  «Dura
Lex»
Cada cuatro años, hacia el fin del
otoño, vienen a la ciudad y se anuncian dando mil vueltas por sus calles
los rusos traficantes en pieles, que buscan manera de colocar su
mercancía, y, para conseguirlo, ejercitan la ingeniosidad insinuante de
los mercaderes de Oriente. Cargados con diez o doce pieles de las malas -las
ricas no las enseñan sino cuando descubren un marchante serio-, aguardan
a que desde un balcón se les haga una seña, y suben a vender a
precios módicos el visón lustrado, el rizoso astracán y la
nutria terciopelosa. Si se les ofrece una taza de café y una copa de
anisado, no la desprecian, y si se les interroga, cuentan mil cosas de sus
largos viajes, de los remotos y casi perdidos países donde existen esas
alimañas cuya bella y abrigada vestidura constituye la base de su
comercio. Son pródigos en pintorescos detalles, y describen con
realismo, tuteando a todo el mundo, pues en su patria se habla de tú al
padrecito zar.
Por ellos supe interesantes pormenores de
la existencia de los pueblos que nos surten de pieles finas, de ese
armiño exquisito que parece traído de la región de las
hadas. Son los hombres quizá más antiguos de la tierra;
apegadísimos a sus ritos y costumbres, miserables hasta lo
increíble, alegres como niños y próximos a desaparecer
como las especies animales que acosan.
-El armiño ha encarecido mucho en
estos últimos tiempos -decía Igor, el más elocuente de los
tres traficantes-, y es porque el animalito se acaba; pero tú deja pasar
un siglo, y verás que una piel de esquimal es más rara que la del
armiño, desde el mar de Baffin a las costas islandesas. ¡Es una
gente! -repetía Igor en torno enfático-. ¡No se ha visto
gente tan rara! Y siempre que estuve allí trabajando, a las
órdenes del enviado de la Compañía que compra al por mayor
toda piel, creí morir de asco de tanta suciedad. ¡Oh! ¡Los
muy sucios!
Reprimimos una sonrisa, porque los rusos,
en general, no gozan fama de aseados, y para que un ruso se horripile de la
suciedad de algo o de alguien, ¿cómo será y qué
abismos de inmundicia encerrará la vida de los cazadores de pieles del
país del armiño inmaculado? ¿Y quién sabe si un
holandés que estuviese presente -ellos que lavan las fachadas-
sonreiría, a su vez, de nuestro sonreír?
-¡Es una gente! -repetía
Igor, en cuya cara pomulosa y barbuda se leía una repugnancia antigua,
evocada de nuevo-. ¡Cualquiera se asombra de lo que comen! ¡No es
comer; es como si un saco tuviese la boca abierta y en él
echásemos todo, crudo, medio cocido, medio perdido ya..., o perdido
enteramente, que yo lo he visto! ¡Delante de mí hirieron a un reno
y se comieron pedazos de su carne antes que expirase! ¡Y luego devoraron
la papilla, a medio digerir, de las hierbas que el reno tenía en el
estómago!
-Si esa gente no come lo mismo que fieras,
no resiste el clima -observé.
Igor no apreció la excusa.
Hacía gestos de desagrado, muecas de horror, y acabó por
referirme un episodio que traslado, de su lenguaje semiespañol, falto de
vocabulario y abundante en exclamaciones y onomatopeyas, al habla
corriente.
-No son hombres como nosotros, no...
Aparentan mucho afecto a sus niños; nunca les riñen ni les
castigan; pero si abundan, los depositan en una cuna de hielo, al borde del
mar, y allí los dejan morir de frío... El respeto a los padres es
exagerado; delante de ellos no alzan la voz: ¡y he aquí lo que
ocurrió a mi vista; lo que no pudimos impedir, y el jefe de la
factoría me dijo que sucedía siempre y que anda escrito en los
libros de los sabios!
En la ranchería de los Inuitos,
donde adquirimos muchos lotes de pieles magníficas, conocí a un
viejo, llamado Konega, que dirigía las ventas, por ser el mejor cazador
y pescador de la tribu. Esta especie de patriarca, venerado en la tribu como si
fuese adivino o mágico, ejercía verdadero mando entre una gente
que no tiene forma de gobierno alguna. El mejor trozo de foca era siempre para
él, y no se le escatimaba el aceite de ballena, que bebía a
grandes tragos.
Un día, Konega cayó enfermo.
Todos, y especialmente sus nueras y sus hijos, se desvivían por
cuidarle, con tal celo, que empecé a estimar a los bárbaros por
su ternura filial. Aunque nada sé de Medicina, con tanto viajar he
tenido que aprender algunos remedios, y les ofrecí dos o tres drogas de
que disponía. Poco después pregunté a los de la tribu que
vinieron a la factoría a vender pieles y plumas de aves de mar, y supe
que mis medicinas habían sentado bien al paciente.
-Lo sabemos, sin que quepa duda -me
dijeron-, porque la piedra que Konega tiene debajo de su cabecera disminuye de
peso, señal de que la enfermedad mengua también.
Pasó algún tiempo sin
noticias del viejo pescador. No me decidí a visitarle en su
cabaña o cueva subterránea, construida con pieles de foca y
costillares de ballena, porque, a la verdad, aquel ambiente y aquel olor eran
para tumbar de espaldas, por recio que se tenga el estómago.
Llegó, sin embargo, un momento en que nos acercamos a la
ranchería a fin de contratar a alguno de los esquimales más
robustos y diestros en la caza, que nos acompañasen con sus trineos y
sus perros en una expedición que proyectábamos, y entonces quise
informarme del estado de Konega. Sin indicios de aflicción me
respondieron que, ahora, la piedra pesaba más, indicio evidente de que
el enfermo empeoraba...
¡Y vuelta con la piedra!
¿Quién se pone a discutir con esquimales? ¿Qué
decirles a gentes que comen, a manera de confituras, el sebo y la vaselina y,
cuyas mujeres os abrazan si les regaláis una pastilla de jabón,
que saborean, quitándole el papel de plata, lo mismo que si fuese un
marron glacé?
Al desviarnos un poco de la
ranchería, vi que acababan de construir una cabaña nueva, hecha
por el sistema, usual en estos pueblos del círculo polar, de emplear
como materiales de construcción grandes bloques de hielo. Estos sillares
transparentes son sólidos y duran mucho. Y la cabaña de hielo, al
principio, es bonitísima. Un templete de cristal. Al través de
hielo pasa una luz misteriosa, una claridad dulce, de infinita calma; y si el
sol, al ponerse hiere los muros, les arranca reflejos de fuego y
pedrería y juega con luces peregrinas, como si todo el edificio ardiese.
Algunos esquimales se ocupaban en amueblar la nueva habitación con lujo:
tendían cuidadosamente en el suelo pieles de reno, de oso y de perro
polar, mulliendo una cama; colocaban sobre un poyo de hierro una jarra de agua
de nieve derretida, y una lámpara de las que ellos usan, donde arde un
puñado de musgo seco alimentado con aceite de ballena o de foca.
¿Y qué imaginé yo? Como acababa de dejar en una
aldeíta, cerca de Moscú, a mi novia, y me acordaba bastante de
ella en aquellas soledades, creí que la cabaña era para unos
desposados, y sentí envidia, porque, aun en tierra de mujeres tatuadas y
que llevan a sus hijos dentro de las botas, siempre es cosa buena el
amor...
Aquella noche nos convidaron en la
ranchería a un banquete. Rehusamos políticamente, porque
sabíamos que se trataba de devorar cuartos de perro marino y morsa, y de
beber aceite congelado; ofrecimos dos o tres botellas de aguardiente, y
prometimos ir un momento, como el que dice, a los postres. Aun esto
requería valor. Nos brindarían algún asqueroso regalo...
Grande fue mi sorpresa al ver al anciano Konega presidiendo el festín.
Estaba tan demacrado que daba miedo, y no comía, mientras los
demás tenían la cara roja de indigestión; les salía
por los ojos la comilona. Al final le fue presentada a Konega -supremo
obsequio- una pipa rellena de tabaco, y el patriarca la apuró con
voluptuosidad lenta, tragándose el humo para no perder nada del goce...
Su cara expresaba perfecta beatitud.
Al otro día salimos a la
expedición, en la cual hicimos una matanza regular de morsas y focas, y
regresamos a los dos días, exhaustos de cansancio y habiéndosenos
agotado los víveres. Para los esquimales había hartura, porque
ellos devoran la foca fresca y podrida con igual deleite... Nosotros
sentíamos necesidad, y la cabaña de la factoría, un poco
más decente que las de ellos, nos pareció un paraíso.
Mi primera salida fue para rondar la nueva
residencia, por curiosidad de ver a los novios, a quienes suponía
comiendo el pescado crudo de la boda. Un silencio absoluto reinaba alrededor.
Dentro se oía un gemido estertoroso, y se veía un bulto informe.
Desvié el sillar de hielo que cerraba la puerta, y encontré al
viejo Konega en el trance de morir. La lámpara estaba apagada, la
cántara vacía. Me incliné para socorrerle; el moribundo
abrió a medias los ojos y, sin articular palabra, se volvió hacia
la pared. Fue como si me dijese: «Déjame irme en paz; mi hora ha
llegado...»
En la factoría me enteraron luego
de la costumbre. Cuando se prolonga el padecimiento, el enfermo es abandonado
dentro de una cabaña, cuya puerta se cierra. Ni él protesta, ni
titubea la familia. El cariño es una cosa y esto es otra...
-¿Verdad que es un pueblo
extraño? -añadió Igor, que aún parecía
sentir la horripilación de la cabaña que creyó
tálamo y era ataúd.
-No es pueblo -respondí-. Es una
plaza sitiada por hambre... ¡Sobran las bocas inútiles...!
«Blanco y Negro», núm. 991,
1910.
  El peligro del rostro
El fundador de aquel Imperio turco, que
tanto dio que hacer antaño a venecianos y españoles, hasta que
logramos contenerle definitivamente en sus fronteras europeas, por medio de la
función de Lepanto, fue uno de esos héroes que, dotados de valor
sin límites, unía a él -sucede lo mismo a casi todos los
superhombres de acción- prudencia y astucia dignas de un
discípulo de Maquiavelo, que aún había de tardar en nacer
algunos siglos cuando vivió Gazi-Osmán.
Gazi-Osmán no nació en las
gradas del trono, y todavía andaba lejos de él al ocurrir la
aventura que os refiero. Los cronistas orientales se han complacido en atribuir
al fundador del Imperio otomano fabulosos orígenes, remontando su
genealogía hasta el diluvio; pero esto sólo prueba que en todas
partes pasan las mismas cosas. No por eso se crea tampoco que Osmán
hubiese nacido en las pajas: descendía de un general de la Horda, lo
cual ya es honorífico. La sangre nómada que latía en las
arterias de Osmán, le prestó esa energía de instinto que
conduce a acometer sin recelo las más increíbles empresas.
Mientras el padre de Osmán ejercía irrisorio poder feudal sobre
un pedacillo de tierra, el hijo meditaba en el Imperio magnífico que
extendería la palabra y la doctrina del Profeta por Europa y Asia,
cogiendo a los perros cristianos entre los brazos de la tenaza del Islam; los
africanos por España y los turquestanos desde el canal del
Bósforo hasta Transilvania, para avanzar de allí hasta donde
fuese preciso.
Como nadie podía saber lo que
Gazi-Osmán pensaba, y le veían en la minúscula corte de su
padre, entregado a las distracciones y al amor, al que era asaz inclinado, a
fuer de magnánimo, llamábanle Osmanlick, que quiere decir
Osmancillo. Y ocurrió de súbito que, habiéndole conferido
el Soldán de Iconio, en el Asia Menor, el tambor y el estandarte, lo
cual significaba entregarle el mando de un ejército, además del
derecho a acuñar moneda y a que su nombre se pronunciase en las
oraciones de las mezquitas, la gente, siempre desdeñosa, dio en decir
que se había vuelto loco el Soldán al atribuir a Osmancillo tan
alto puesto. Fue preciso que Osmancillo ganase algunas batallas contra griegos
y tártaros para que la afectación de desdén se volviese
amarilla envidia y propósito secreto de venganza.
Venganza, ¿de qué? Como
todos los ambiciosos de alto vuelo, Osmán no molestaba ni dañaba
a persona que no le estorbase en el logro de sus designios. Era, al contrario,
servicial y afable, y alardeaba de esa fidelidad a la palabra empeñada
que distingue a los pueblos arabíes. Después súpose que
Osmán creía necesario, al que ha de manejar hombres y razas,
pasar siempre por leal, a fin de poder valerse, en caso extremo y
crítico, de la traición como arma decisiva. Por entonces, la mano
de Gazi-Osmán había cumplido siempre lo que prometía su
boca.
Acaso lo que le valió a
Osmán enemigos fuese el presentimiento de su altura... Y no falta quien
insinúe que anduvo de por medio el rostro de una mujer. Ello es que se
convino en tender a Osmán una celada, convidándole a las bodas
del principal conspirador, Kalil, con la hermosísima Nilufer, celebrada
y cantada por los poetas. Envanecida de su hermosura, Nilufer no quería
cubrir su faz con el velo que empezaba a ser ritual en las mujeres de los
buenos musulmanes; y así, las maravillas de su rostro eran conocidas y
comentadas, y se hacían apuestas sobre si vencían sus labios a
las flores de los granados, y si sus ojos rasgados y ovales brillaban tanto o
más que la luna, alumbrando aquella tan bermeja boca, donde los dientes
rebrillaban como las perlas que entretejían sus trenzas pesadas, luengas
hasta besar el tacón de sus curvas babuchas. Kalil, el mayor enemigo de
Osmán, joven, apuesto, señor de un principado y un castillo,
había logrado cautivar a la presumida Nilufer, y pensaba reunir en un
mismo día dos emociones: la posesión de la mujer amada y la
muerte del enemigo, acaso del rival, que esto no lo aclaran las historias.
Convidó, pues, a Osmán, y este prometió asistir, y hasta
dirigió a Kalil un ruego, que denotaba la confianza más absoluta:
que le permitiese transportar a su castillo el harén y los tesoros, a
fin de prevenir alguna sorpresa de los griegos durante su ausencia. Y Kalil se
avino con júbilo, felicitándose de la imprevisión de
Osmancillo, que así le entregaba, con su persona, lo más
preciado: sus odaliscas, sus riquezas.
El día señalado
presentóse ante la fortaleza de Kalil una dilatada comitiva regia. Al
frente, rigiendo su caballo, cuyos jaeces desaparecían bajo los bordados
de plata, cabalgaba Osmán, vistiendo, con su habitual sencillez,
caftán de larga manga perdida, colorado bonetillo que rodeaba blanco
turbante de haldas -la corona korosánica- y, según conviene al
que llega a casa de un amigo, ningún arma ni escolta fuerte. Era
Osmán diestro jinete, y a caballo disimulaba el defecto de su
configuración, los largos brazos que descendían hasta más
abajo de la rodilla. La majestad de su actitud y la gravedad de su semblante
barbudo y velloso infundían respeto. Kalil sintió un recelo
indefinible. Iba a asesinar al huésped, maldad que pocos de su raza
osarían cometer. Pero para retroceder era tarde. Los demás
conjurados, en número de doce, estaban ocultos en el castillo aguardando
el momento...
Detrás de Osmán, en
prolongada fila, venían las jóvenes odaliscas, rigurosamente
rebozadas hasta los pies. Imposible adivinar nada de sus facciones, ni aun de
sus formas: tanto cendal las envolvía. Sólo se oía el
choque metálico de collares y ajorcas. Y como Nilufer, chanceramente,
vibrando una mirada de sus ojos de gacela al caudillo, le preguntase si no
sería lícito admirar la beldad de las huríes, Osmán
respondió con naturalidad que, mientras él viviese, nadie
vería la faz de mujer que fuese suya.
-¡Ah, felices las que pertenezcamos
a Kalil! -exclamó con coquetería la novia.
-Felices también los amigos de
Kalil -declaró Osmán, sin recargar la ironía al pronunciar
la ambigua frase.
Y cruzaron la puerta de herradura del
castillo, y detrás pasaron las mujeres veladas, y sus guardianes, y los
carros donde pesados cofres de cuero relevado encerraban los tesoros de
Osmán. Pidió éste licencia para acomodar su harén
lo primero, y se encerró con las mujeres en las habitaciones reservadas.
Cayeron, en menos de un minuto, los densos cendales y sutiles lanas
envolvedoras, y aparecieron las gallardas figuras y los viriles rostros de los
cuarenta montañeses del Aral, que seguían a Osmán en los
combates y le defendían como leales perros, formando una guardia a
prueba. Sus armas eran lo que sonaba a metal. Recibieron una consigna, y
Osmán, con la sonrisa en los labios y el puñal corvo oculto en el
pecho, bajó a reunirse con Kalil. Conocía la conjura desde que se
fraguó; la suerte, prendada de los que han de ejecutar cosas memorables,
quiso que entre los conjurados hubiese uno que le previno...
Dio principio el festín de bodas...
Osmán, sabedor de que pronto se arrojarían sobre él,
apretaba el puñal y prestaba oídos, mientras su corazón
tenía el latido involuntario de los momentos supremos. Allá
dentro, en lo más recóndito del castillo sin almenas, de redondas
cúpulas, creyó oír voces, ruido de lucha. Eran sus
montañeses que ataban y amordazaban a los conjurados. Embebecido Kalil
con tener a su lado a Nilufer, que le decía mieles, nada notó,
aunque extrañaba que no viniesen sus cómplices. La hermosa del
rostro descubierto se levantó y tendió a Osmán una copa,
no de vino, prohibido a los creyentes, sino de licor de granada, que embriagaba
como el vino. Nilufer conocía la conjura, y en el licor había
mezclado un narcótico para que Osmán no sufriese ni se
resistiese. Con su luengo brazo izquierdo, Osmán volcó la copa al
rechazarla, y con el derecho sacó el puñal, mientras gritaba:
-¡A mí!...
Los montañeses irrumpieron en la
sala del festín, pero ya Kalil estaba tendido a los pies del Longibrazo,
con la garganta abierta...
Una hora después, Osmán
cubría la faz de Nilufer -después de estampar en ella el
último beso-, con velo tupido, murmurando sin cólera,
firmemente:
-No lo alzarás nunca; y ninguna
mujer tendrá descubierto el rostro donde mande Osmán...
La hermosa hubo de obedecer a su vencedor,
al que ya era su dueño. Se cuenta que lloró tanto, que le dieron
el nombre de Nilufer al río claro, caudaloso, rodeado de
nenúfares, que cruza la llanura de Brusa, de Este a Oeste.
  Recompensa
Al pie del bosque consagrado a Apolo,
allí donde una espesura de mirtos y adelfas en flor oculta el
peñasco del cual mana un hilo transparente, se reunieron para lavar sus
pies resecos por el polvo Demodeo y Evimio, que no se conocían, y
habían venido por la mañana temprano, con ofrendas al numen.
Demodeo era arquitecto y escultor. Muchos
de los blancos palacios que se alzaban en Atenas eran obra suya, y se esperaba
de él un monumento magnífico en que revelase la altura y el
arranque vigoroso de su genio.
Evimio era un opulento negociante
establecido en Tiro, que expedía flotas enteras con cargamentos de lana
teñida, polvo de oro, plumas de avestruz y perlas, traficando
sólo en esos géneros de lujo en que es incalculable el beneficio.
Contábase que en los subterráneos de su quinta guardaba tesoros
suficientes para costear una guerra con los persas, si el patriotismo a tanto
le indujese.
A pesar de su riqueza, Evimio había
querido venir al santuario de Apolo sin séquito, como un navegante
cualquiera, subiendo a pie la riente montaña, cuyos senderos estaban
trillados por el paso de los devotos; y cual los demás peregrinos,
había dejado pendientes de una rama sus sandalias, y trepado descalzo
hasta el edículo, donde, sobre un ara de mármol amarillento ya,
se alzaba la imagen del dios del arco de plata.
Ahora, el millonario y el artista
bañaban con igual fruición sus plantas incrustadas de arenas -a
cuya piel se habían adherido hojas de mirto- en el hialino raudal y,
respirando la fragancia de los ardientes laureles, arrancada por el sol, se
comunicaban sus impresiones. Se conocían de nombre y fama, y se miraban,
buscándose en la faz la causa de la inspiración del uno y del
fabuloso caudal del otro.
Evimio, sentándose en la
peña, dando tiempo a que se enjugasen sus pies húmedos, se
quejó del peso de los negocios, mostrando fatiga; y Demodeo, inclinando
la cabeza y recostándola en la mano, se lamentó de las ansias
incesantes de la profesión artística, de la lucha con los
envidiosos rivales y los ignorantes censores, de la mezquindad de los
atenienses, que sólo construían edificios sin desarrollo para
vivir mediocremente, cuando la belleza reclama lo innecesario, lo que se hace
sólo por la belleza misma. Evimio, pensativo, aprobaba. También
él había notado la cortedad de espíritu de los atenienses,
en contraste con la asiática suntuosidad. Si se reuniesen ambas
condiciones, el buen gusto de la Hélade y la generosidad de los
emperadores persas, se podría realizar algo que fuese asombro del mundo.
Y de repente, como iluminado por la chispa de una idea, exclamó:
-Unamos nuestras fuerzas, ilustre Demodeo.
Vamos a erigirle un templo a Helios, como no se haya visto ningún templo
a ninguna deidad. Ese santuario en que acabamos de depositar nuestras ofrendas,
es indigno del Gran Arquero. Edificado cuando no se conocían otras
exigencias, en su angosto recinto apenas caben los que a diario vienen a rendir
homenaje al hermano de Latona. Yo costearé el templo; no temas hacerlo
demasiado espléndido: quiero que sea admiración de las edades. A
tu genio confío lo que nos ha de inmortalizar.
Demodeo, transportado, abrazó al
negociante, y convinieron en que al siguiente día el arquitecto diese
principio a trazar los planos, y sin levantar mano se emprendiese la
fábrica.
Antes de un año salían del
suelo las primeras hiladas del suntuoso edificio. Rápidamente, que es
gran constructor el oro, creció la maravilla. La base de la
construcción era el mármol, ese mármol puro y
nítido como el arquetipo de la hermosura, trabajado profundamente por el
pico y el cincel; un influjo oriental, sin embargo, se revelaba en ciertos
detalles ostentosos de ornamentación, en la cámara secreta que
había de albergar la estatua de Dios, y que incrustaban y engalanaban
metales y piedras preciosas. Alrededor, el artista había desarrollado el
sacro jardín, no menos esplendoroso de lo que iba a ser el templo.
Grutas, fuentes, cascadas, estanques, a los cuales tributaba agua un inmenso
acueducto; bosquecillos, terrazas llenas de flores, reemplazaban a la selva
antigua y ofrecían a los devotos el más deleitoso descanso. El
pueblo entero de Atenas venía en caravanas a ver adelantar la obra de
Demodeo. Se reconocía su gloria; su talento no era discutido ya por
nadie. Se empezaba a hablar de erigirle una estatua si muriese. De la
munificencia de Evimio se hacían lenguas todos.
Por las tardes, cuando el ruido armonioso
del pico se extinguía, y las cuadrillas de esclavos picapedreros se
alejaban para descansar en sus lechos duros, Demodeo y Evimio recorrían
la obra, se sentaban a ver cómo el sol, el protocreador Helios, entre
una gloria inflamada, purpúrea, descendía a reclinarse en el seno
de Anfitrite, derramando melancolía majestuosa sobre las cosas y los
lugares, y también en los corazones.
-A pesar de tanta grandeza -murmuraba el
opulento-, se diría que Apolo no es feliz; hay tristeza en su manera de
recogerse, tristeza en su misma radiación triunfal. También
nosotros frecuentemente estamos tristes, ahora que nuestro propósito se
realiza y vamos a ver terminado el templo. ¿No te parece a ti ¡oh
ilustre!, que Apolo nos estará agradecido? Ningún templo
así le erigieron hasta el día. La fama de este portento se ha
extendido por el Asia, y gente de los más remotos climas se prepara a
visitarlo y a respetar el oráculo del Dios, ahora que tiene morada
digna.
-Apolo -respondió el arquitecto-
nos está agradecido seguramente, y no me sorprendería que se nos
apareciese en su olímpica, augusta forma. A veces, en este bosquecillo
de rosales, me ha parecido ver un vago nimbo de claridad, y escuchar unos pasos
celestiales, ligeros. Quizá mientras nos parece que se duerme sobre la
superficie del Ponto, está aquí, detrás de nosotros, y
escucha los votos que formulamos.
-En ese caso -dijo Evimio-, yo le pido,
como recompensa, un bien que sea el mayor, el verdadero, el soberano bien a que
el hombre puede aspirar. Semejante bien, Demodeo, no será la riqueza,
puesto que yo la poseo desde hace muchos años, y no por eso dejo de
sentir esta inquietud, esta especie de interior desconsuelo, este vago terror a
no sé qué desconocidos peligros, que me está poniendo el
cabello cano y los ojos mortecinos y como velados por el humo de una
hoguera.
-Semejante bien -asintió Demodeo-
tampoco será la gloria artística, puesto que yo estoy seguro de
haberla conquistado con la erección de un monumento que asombra a los
presentes y que durará siglos y, sin embargo, lejos de bañarme en
las ondas de oro de la alegría, tengo fiebre como si me hubiese dormido
al borde de un pantano, y mi pensamiento, semejante a mosca negra que
revolotease alrededor del cuerpo de un guerrero muerto de sus heridas,
revolotea siempre alrededor de las cosas trágicas y amargas,
embriagándose con su zumo. El Dios, cuya presencia siento, sabrá
lo que a título de recompensa nos debe, y nos dará cumplido,
colmado, ese bien que le pedimos.
-Sea como dices -respondió Demodeo,
estremeciéndose, porque al desaparecer Apolo, su blanca hermana
aparecía rasando las olas y un soplo frío había acariciado
los pétalos de las rosas y la desnudez de las estatuas.
Poco tiempo después, se dio el
templo por terminado. La imagen del Numen sólo esperaba el primer
sacrificio que le sería ofrecido, al amanecer, por los dos fundadores.
Evimio y Demodeo inmolarían, con sus propias manos, un blanco toro.
Acostáronse rendidos de fatiga en la antecámara del santuario, y
no tardaron en dormirse. La luna filtraba sus rayos al través de la
columnata del peristilo, y el simulacro de Apolo, de oro puro, se erguía
gallardo, alzando su divina frente. Demodeo -el de mayor fantasía de los
dos durmientes-, creyó ver, al través de las paredes, que el Dios
descendía de su pedestal, y regulando su armonioso andar por los sones
de la lira que llevaba en la mano, se acercaba airoso, bello hasta la
idealidad, al rincón en que dormían los fundadores del templo. Y
con ansia invencible, con el impulso de toda su voluntad, clamó hacia la
aparición:
-¡La recompensa!
El Dios inclinó la cabeza;
sonrió con su sonrisa de luz, que lo ilumina todo; dejó su lira,
se desciñó el arco y la aljaba, y con la gracia de movimientos
que sólo él posee, envió de costados dos flechas agudas,
silenciosas, que pasaron el corazón a los dos amigos.
A la mañana siguiente, la turba de
madrugadores devotos, sacerdotes y sacrificadores, los pastores de la
Hélade y los pescadores del golfo, vieron atónitos que Demodeo,
el insigne arquitecto, y Evimio, el opulentísimo negociante, estaban
muertos, bien muertos. La expresión de su cara era como la que da un
sueño feliz.
«El Imparcial», 25 de julio de 1908.
  Dioses
Cuidadosamente elegidos en el mercado,
según es ley cuando se trata de mercancía destinada al servicio
del templo, los dos esclavos eran hermosos ejemplares de raza, y si él
parecía gallarda estatua de barro cocido, modelada por dedos viriles,
ella tenía la gracia típica y curiosa de un idolillo de oro. Los
pliegues del huépil apenas señalaban sus formas nacientes,
virginales; los aros de cobre que rodeaban su antebrazo acusaban la finura de
sus miembros infantiles. Entre él y ella no sumarían treinta y
cinco años y, recién cautivos, el trabajo no había
alterado la pureza de sus líneas ni comunicado a sus rostros esa
expresión sumisa, aborregada, que imprime el yugo.
Al encontrarse reunidos en la casa donde
los soltaron -casa bien provista de ropas, vajillas y víveres-, se
miraron con sorpresa, reconociendo que eran de una misma casta, la de los
belicosos tecos, adoradores del Colibrí. Desde el primer instante hubo,
pues, entre los esclavos confianza, y se llamaron por sus nombres -él,
Tayasal; ella, Ichel-. Sin preliminares se concertó la unión.
Tayasal se declaraba marido y dueño de Ichel, «la de los pies
veloces», y ella le serviría a la mesa y en todo.
Dócilmente, Ichel presentó a su esposo los puches de maíz,
el zumo del maguey y el agua para purificarse las manos, y a su turno
comió después, con buen apetito juvenil.
De la suerte que les esperaba apenas
hablaron, haciendo sólo breves alusiones sobreentendidas. El quejarse
hubiese sonado a cobardía. No ignoraban la costumbre del poderoso pueblo
donde tenían la desgracia de sufrir esclavitud, y ni aun la censuraban,
porque las de su patria eran asaz parecidas, y el Colibrí, aún
más sanguinario que los dioses del agua, en cuyas aras debía ser
sacrificada la joven pareja a la vuelta de un mes. Aprovecharían a
solaz, eso sí, los días que restaban; harían vida
descuidada y deleitosa, de engordadero y amadero, y llegada la fecha, la sexta
veintena, el 7 de junio, se despedirían del mundo bailando incansables
hasta que la luna, subiendo por el cielo, señalase la hora de morir.
El día fatal ascenderían a
divinidades. Ichel se revestiría con los atavíos de la diosa del
agua; Tayasal, con los del dios. No cabía nada más
honorífico para esclavos que respetaban a las deidades, aun cuando no
fuesen las que desde niños adoraban con temblor fanático.
Frecuentemente hablaban de cómo pasarían la fiesta, mil veces
oída describir. No se trataba de una solemnidad guerrera, sino
agrícola. Las aguas estarían entradas ya; las sementeras,
crecidas y con mazorcas. Los sacerdotes, a la aurora, irían a quebrar
cañas de maíz y clavarlas en las encrucijadas; las mujeres
acudirían con ofrendas. Por la mañana también, una
niña, vestida de azul, sería llevada, entre cánticos y
música, al centro del lago, en ligera canoa, y allí, con fisga de
descabezar patos, la degollarían, arrojando a las ondas rosadas por su
sangre el corpezuelo y la destroncada cabeza. En cada vivienda, los
instrumentos de labranza, en trofeo, se verían engalanados con ramaje y
adornados. En ríos y fuentes se bañaría la mocedad; en las
plazas danzarían los señores, llevando en la diestra una
caña, en la siniestra una cazuela de fríjoles y maíz
cocido; la plebe, de puerta en puerta, mendigaría el mismo plato, la
abundancia que el agua produce y asegura... Y mientras tanto, los dos esclavos,
Ichel y Tayasal, diademados de oro y perlas, encollarados de oro con pinjantes
de esmeraldas, vestidos de túnicas y mantos delicadísimos de
plumas que reverberan como esmalte, perfumados, embriagados por continuas
libaciones de zumo de maguey, danzarían entre las aclamaciones
delirantes de la multitud, sin notar que el sol caía y que la terrible
luna, sedienta de sangre y dolor humano, iba señalando con su majestuoso
curso el instante del suplicio. Hasta el género de muerte les era
notorio: víctimas civiles, de paz, no les abrirían el pecho con
la rajante hoja de obsidiana, para sacarles chorreando y palpitando el
corazón; se limitarían a reclinarlos en un hoyo y cubrirlos de
tierra -la bendecida tierra que produce el maíz y que el agua fecunda.
No pasaría más..., y habrían sido dioses, tan dioses como
los ídolos que en el escondido santuario oían preces y
recibían humo de gomas exquisitas...
Sin embargo, según iba
aproximándose el día de la apoteosis, Tayasal se
entristecía; tenía momentos de profunda preocupación.
Ichel, que cantaba jubilosa, mojando las mazorcas para las frescas tortillas de
la cena, solía acercarse a él preguntarle dulcemente:
-¿Qué tienes, esposo
mío? ¿Sientes morir por una nación que no es la nuestra?
¿Te da miedo la fosa que ya cavan al pie del templo de Tlaloc y que nos
servirá de último lecho nupcial?
Él fruncía el ceño
sin responder. Una noche -faltaban tres para la del sacrificio-, apretando
contra su pecho a Ichel, en medio del silencio y la oscuridad, balbució
a su oído:
-No quiero que mueras, ni por esta
nación ni por ninguna. ¿Entiendes, Ichel? No quiero que echen
pellones de tierra sobre tu boca olorosa. Mi alma se ha pegado a ti como la
goma al árbol, y te desea como la caña desea la lluvia. No
morirás. Escaparemos mañana mismo, antes de que la luna cruel
asome su cara blanca. Conozco el camino; soy esforzado; no nos vigilan. Nos
amanecerá en la sierra. Tus pies veloces volarán. ¿Has
comprendido? ¿Por qué callas? Contesta, contesta.
Ichel tardó en hacerlo. Por fin
pronunció despacio:
-Y si nos escapamos, Tayasal,
¿qué ocasión tendremos nunca de ser dioses?
Él se quedó mudo. No se le
había ocurrido que, en efecto, fugarse era perder la divinidad...
-Ichel -murmuró al cabo,
apasionadamente-, ¿no es mejor renunciar a ser dioses un momento; ser
hombre y mujer y vivir así, así, unidos como ahora?
-No, no es mejor -declaró ella-.
¿Sabes por qué no nos vigilan? Porque conocen que nadie renuncia
de buen grado, neciamente, a ser dios. Si nos evadimos, si ganamos la libertad
y una larga existencia, no creas tampoco que estaremos así siempre... Yo
envejeceré; tú ganarás con tu brazo otras esclavas mozas,
hábiles en tejer lana y moler grano, y entonces maldeciré mi
ánima. Un mes hemos sido esposos. Ahora seamos dioses. Sólo hay
en la vida una hora en que poder serlo; ¡esa hora es corta y no vuelve
nunca! Duérmete, Tayasal, mi colibrí. No pienses en fugas...
Duerme.
Y Tayasal se durmió: la de los pies
veloces sonreía triunfante. Un orgullo delicioso agitaba su pecho de
niña.
Al alba del tercer día,
cánticos y gritos despertaron a los dos amantes, que se habían
olvidado en absoluto de la muerte. Sobre la linda escultura del cuerpo de
Ichel, semejante a esbelto idolillo de oro, y frotado de aromas y copal por los
sacerdotes, cayeron las galas y preseas de la diosa del agua. Para colgarle el
bezote de cristal de roca hubo que perforar a Ichel el labio. Estoica, no se
quejó siquiera. Se sentía divina.
A su alrededor, el místico
vocerío de los fieles comenzaba. Todos ansiaban tocar sus ropas, coger
una hoja de haz de cañas que empuñaban, besar la huella de sus
pies, robar uno de sus cabellos peinados en pabellones, como los lleva la
imagen de la Dispensadora del agua, la excelsa Chalchi. La esclava creía
caminar como en sueños, y al son de pitos y clarinetes, de las sonajas
de barro y las tamboras de piel, que acompañaban al areyto del agua
vencedora, la víctima, infatigable, danzaba, brincaba, giraba en un
vértigo, moviendo los veloces pies, entornando los ojos
extáticos, hasta el momento en que un sacrificador la empujó, y
cayó, al lado de Tayasal, en la zanja profunda. Derramaron sobre los dos
cascadas de tierra, que apisonaron reciamente, y el pueblo siguió
bailando encima hasta el amanecer.
«El Imparcial», 13 de julio de 1908.
  Idilio
Desde la aldeíta de Saint-Didier la
Sauve, el soñador y dulce Armando se vino derecho a París.
Había estudiado para cura antes de que estallara la revolución,
interrumpiendo de golpe su carrera y dejándole sin saber a qué
dedicarse. El hábito de la lectura y la timidez del carácter, sus
manos blancas y la delicadeza de sus gustos, le alejaban del ejército y
de la ardiente y furiosa lucha social de aquel período histórico,
lo mismo que de los oficios manuales y mecánicos. De buena gana
sería preceptor, ayo de unos adolescentes nobles y elegantemente
vestidos de terciopelo y encajes... Pero ahora esos adolescentes, con ropa de
luto, lloraban en el extranjero a sus familias degolladas, o ni a llorarlas se
atrevían, porque no habían podido emigrar a un país donde
no fuese peligroso derramar llanto...
Y el caso es que urgía decidirse a
emprender un camino, porque los padres de Armando, aldeanos menesterosos, no
estaban dispuestos a mantenerle a sus expensas, y el mozo, en su
afinación, no acertaba ya a coger la azada ni a guiar el arado. Bocas
inútiles no se comprenden entre los labriegos. El que come, que se lo
gane. A París con su hatillo al hombro. Una vez allí, ya le
acomodaría de escribiente, o de lo que saltase, el ebanista Mauricio
Duplay, nacido en aquel rincón y grande amigo del alcalde de
Saint-Didier. En la aldehuela se contaba que Mauricio Dupley, no contento con
labrarse una fortuna por medio de su trabajo, actualmente era poderoso; mandaba
en la capital. ¿Cómo y por qué mandaría? No le
importaba eso a Armando. Se sentía indiferente a la política, que
tanto agitaba entonces los espíritus.
Los que leen la historia conceden tal vez
exclusiva importancia a los hechos de mayor relieve; los que viven esa misma
historia, se preocupan más de lo pequeño y cotidiano, la
subsistencia, el empleo de las horas del día. Cuando Armando
llegó a París, se arrastraba de cansancio y se moría de
calor. Preguntando, se dirigió al domicilio de Duplay. Cruzó la
puerta cochera, entró en el vasto patio, cuyo fondo ocupaban los
talleres de ebanistería, y se detuvo ante el edificio que sobre el patio
avanzaba. Allí residía la familia, ocupando un piso bajo y un
entresuelo. A derecha e izquierda del pabellón abríanse dos
tiendecillas, una de restaurador, otra de joyero, y dos pacíficos
viejos, uno calvo, el otro de nevado cabello, se dedicaban a la menuda y
afiligranada labor de su oficio. En el fondo del patio se divisaban un diminuto
jardín, cuyas matas de rosales, geranios y mosquetas se metían
por las ventanas del piso bajo. Una impresión de calma y bienestar se
apoderó de Armando, embargándole. Una mujer de edad madura le
abrió la puerta, y al oír que preguntaba por el dueño de
la casa, le guió a un salón. Armando no se atrevió a
entrar; puso un dedo sobre los labios y escuchó atentamente.
La familia Duplay se encontraba reunida
allí, y alguien leía en voz alta, con admirable
entonación, versos magníficos. El joven estudiante había
reconocido el texto: era el tierno pasaje de la despedida, en la
Berenice, de Racine:
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Pour jamais! Ah seigneur! Songez vous, en
vous même, |
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combien ce mot cruel est affreux quand on
aime? |
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con todas las enamoradas y sentidas razones que
la princesa dice al emperador Tito. Un aire dulce balanceaba las ramas de los
rosales, todavía en flor: su perfume entraba por la ventana abierta. El
hombre que leía representaba unos treinta y cinco años, y era
mediano de estatura, de bien delineadas facciones, de frente espaciosa,
guarnecida de cabellos castaños, de profundo mirar; pulcramente vestido
de chupa y casaca, con manguitos y corbata de fina muselina orlada de encaje.
Al leer, sus ojos se fijaban en una de las muchachas encantadoras que,
agrupadas formando círculo alrededor de su padre, la esposa de Duplay,
acababan de soltar la aguja de hacer tapicería, y con las pupilas
nubladas de lágrimas escuchaban los divinos alejandrinos del poeta.
Armando, permanecía en el umbral, extasiado, sin respirar siquiera, por
no hacer el menor ruido, esperando a que el lector terminase la escena con
aquella invectiva tan propia de mujer apasionada: «¡Ingrato, si
antes de morir por tu culpa quiero buscar y dejar un vengador detrás de
mí, en tu corazón mismo he de encontrarlo!»
El llanto de las lindas niñas, al
llegar a este pasaje, corrió ya suelto por las mejillas frescas,
mezclado con la sonrisa de felicitación al que declamaba con tanta alma
y tanta maestría. Sólo entonces se resolvió Armando a
avanzar, arrebatado de entusiasmo poético: él también
llevaba en los párpados la humedad de las emociones bellas, ese efusivo
enternecimiento que produce el arte.
Sin explicación alguna se
acercó al lector y le elogió calurosamente, estrechándole
la mano. Nadie mostró extrañeza al verle. Le señalaron un
sillón de caoba tallada y rojo terciopelo de Utrecht, y al explicar que
era el recomendado del alcalde de Saint-Didier la Sauve, la mujer de Duplay le
alargó la mano.
-Mi marido no está en casa en este
momento, ni quizá vuelva hoy, pero conozco su manera de pensar.
¡Nos hallamos tan identificados! Sé bien venido, ciudadano,
estás entre amigos. Isabel, mi hija menor, te preparará una
habitación arriba, y mientras no encuentres modo de ganar tu pan, te
sentarás a nuestra mesa. ¿No te parece, Maximiliano?
-añadió la excelente señora, volviéndose hacia el
lector.
Este aprobó, inclinando la cabeza
con un gesto serio y cortés, lleno de buena voluntad. Armando
sintió que el corazón se le dilataba de alegría. Un calor
simpático, la hospitalidad, la bondad, le salían al
encuentro.
-Gracias, señorita -murmuró
dirigiéndose a Isabel, que, al salir para alojarle, le sonreía de
una manera afable y picaresca. Corrigiéndose al punto,
añadió:
-Gracias, ciudadana...
Los presentes rieron la
rectificación. Otra de las muchachas encendió las bujías
de los candelabros; la estancia aparecía como en fiesta, saludando al
nuevo huésped.
-¡A cenar! -ordenó luego el
ama de casa.
Se dirigieron al comedor. Armando,
extenuado por la caminata a pie y en diligencia, hambriento con el hambre sana
de los veintidós años, encontró deliciosa la
colación, sazonada por la franqueza y sencillez de los comensales. La
inflada tortilla, el pastel, las frutas, supiéronle a gloria.
Habló poco, pero discretamente, y el lector, sentado a la derecha de la
esposa de Duplay, sostuvo la conversación interrogándole sobre
arte y literatura.
-Pronto -dijo con benignidad- te
mostraré las pinturas de Gerard y de Prudhon. Verás cómo
el pincel eclipsa a la naturaleza...
Acostóse Armando tan contento, tan
embriagado de ventura, que ni dormir conseguía. Aquella familia ideal,
aquel interior afectuoso, cordial, artístico, en que se rendía
culto a la amistad y a la belleza; aquellas criaturas gentiles que le
acogían como hermano... Todo ello sobrepujaba a lo que pudo haber
soñado nunca.
Cuando concilió el sueño,
fue un dormir el suyo a la vez ligero y febril, en que el cerebro repasaba las
escenas de la víspera, mejorándolas aún. Se veía a
sí mismo en un valle florido de rosas, cogiendo de la mano a Isabel,
guiado por ella y por el lector hacia un templete de mármol, donde un
ara revestida de hiedra sostenía a un cupido riente, que aproximaba dos
antorchas para confundir su llama...
Un estrépito en la calle le
despertó con sobresalto. Era día claro. Saltó del lecho,
abrió la ventana y se puso de bruces en ella. Le inmovilizó el
horror.
La faz de una cabeza cortada,
lívida, que llevaban en el hierro de una pica, había venido casi
a tropezar con la cara de Armando. Negra sangre destilaba el cuello; algunas
moscas revoloteaban, porfiadas, alrededor del despojo. Y el grupo,
deteniéndose bajo la ventana, rompió en vítores.
-¡Viva Robespierre! ¡Viva
Maximiliano, viva!
Armando retrocedió, casi tan
pálido como la faz de la cabeza cortada... ¡Acababa de comprender
quién era el lector de Racine, el hombre sensible... el amigo, el
inteligente comensal!...
Tambaleándose, retrocedió y
se dejó caer, medio desmayado, sobre la cama, caliente aún. A la
media hora, recobrando alguna fuerza, capaz de pensar, recogió su
hatillo pobre y salió huyendo de aquella casa maldita. Fue suerte para
él; de otra manera, le hubiesen descabezado también en
Termidor.
«El Imparcial», 8 de octubre de 1906.
  Por otro
Mi profesora de francés era una
viejecita con espejuelos de aro reluciente, «falla» de encaje negro
decorado por lazos de cinta amaranto, bucles grises a lo reina Amelia y manos
secas y finas, prisioneras en mitones que ella misma calcetaba. Sus ojos, de un
azul desteñido por la edad, se encadilaban al recuerdo de la juventud, y
sus labios rosa-muerto sonreían enigmáticos, al entreabrirse, sin
soltar los secretos del ayer.
Su apellido, Ives de l'Escale, olía
a buena nobleza de provincia; sus ideas no desmentían el apellido;
legitimista acérrima, usaba, pendiente de una cadenita sutil, una
medalla conmemorativa, la efigie del Delfín preso en el Temple, y que
ella no creía muerto allí, sino evadido. De este misterio
histórico, acerca del cual le hice mil preguntas, no quería decir
nada: movía la cabeza; una compunción religiosa solemnizaba su
semblante; un ligero carmín teñía sus mejillas chupadas;
pero lo único que pude arrancar a su reserva fue un dicho propio para
avivar la curiosidad:
-¡Ah! Eso, quien lo sabía
bien era aquel que vivió por otro.
Como transacción, pues yo la
acosaba, se resignó a explicarme de qué manera se puede vivir por
otro. En cuanto al enigma del Delfín, tuve que resignarme a estudiarlo
años después, en libros y revistas, cuando ya la anciana francesa
se convertía en ceniza dentro de su olvidada sepultura.
-No le llamaremos sino Jacobo; omitamos su
apellido -me había dicho exagerando la reserva, en ella
característica-. Jacobo era el onceno de los catorce hijos de unos
señores linajudos y escasos de dinero. Su tío y padrino
ejercía en París la profesión de maestro de baile, y era
hombre de porte elegante y escogidas maneras. ¡Qué tiempos
aquellos tan hermosos! Hoy no se aprenden modales finos. Hoy las
señoritas levantan el brazo más arriba de la cabeza y no saben
hacer una reverencia ni ante Nuestro Señor sacramentado... En suma, el
padrino de Jacobo contaba, entre sus alumnos, a todos los niños del
arrabal de San Germán, al primer Delfín y a madame Royale. Jacobo
era ágil, distinguido y guapo. Su padrino le enseñó el
baile y le presentó a la nobleza y a la corte. A los trece años,
Jacobo danzaba, una vez por semana, con la hija de cien reyes. Todos
sabían que el nuevo profesor de baile era un caballero, aunque pobre,
muy emparentado y con auténticos pergaminos. Caminaba hacia una
posición, cuando la suerte ajena que había empezado a
encumbrarle, le torció y le cerró el porvenir. Su padrino
murió repentinamente.
No sabiendo qué hacer de sí,
y teniendo alma de verdadero aristócrata, sentó plaza. En el
ejército del Rin, su valentía le hizo notorio. Se batía
con la misma gracia con que bailaba el minué en las
Tullerías.
Después de la toma de Worms, el
general Custine le nombró su ayudante de órdenes,
distinción no pequeña, dada la severidad de aquel héroe,
que no estimaba sino el valor tranquilo y frío. Jacobo se sentía
atraído hacia Custine; atraído singularmente, como por fuerza de
sortilegio. No hubiese querido obedecer a otro caudillo. Comprendía
quizá, o lo sentía sin comprenderlo, que al destino del general
estaba ligado su destino propio.
Poco tardó Custine, el héroe
sereno, en hacerse sospechoso a la Revolución triunfante. Entonces,
descollar y ser leal era jugarse la cabeza. A pretexto de un descuido en
defender una plaza, Custine fue enjuiciado y sentenciado a morir. Los mismos
jueces, el mismo día, condenaron al ayudante a igual pena. Cuando
salían del tribunal en carreta para volver a la prisión, antesala
del patíbulo, Jacobo pensaba en su suerte, sometida a la de otro.
Ningún delito podía imputársele: iba a ser guillotinado
por ayudante de Custine solamente.
Una tristeza horrible le embargó
ante el pensamiento de su inútil y oscuro sacrificio. Era la hora del
anochecer: plomizas nubes ensombrecían el horizonte y las exhalaciones
lo alumbraban un momento con lividez aterradora. Un gentío hirviente se
agolpaba alrededor de las carretas, que marchaban muy despacio. Había
mareas, y la multitud se apelotonaba, clamorosa.
A media distancia de la prisión, un
tropel separó a la primera carreta de la segunda, en la cual iba Jacobo
entre dos guardias municipales. La primera siguió andando; alrededor de
la segunda se arremolinó denso núcleo de hombres. Hubo tumulto,
se cruzaron injurias entre la escolta y el pueblo; dos enormes carros cargados
de heno se plantaron ante la carreta; el más cercano volcó
adrede. Jacobo comprendió.
Al ver que, de sus guardias uno se bajaba
para ayudar a poner orden, dio al que quedaba un puñetazo tremendo en
los ojos. No llevaba las manos atadas; al fin era oficial del ejército
del Rin. Y acordándose de las danzas y los minuetos, saltó con
ligero pie y se coló entre la muchedumbre alborotada, que pugnaba y se
empujaba medio a oscuras. Apenas se hubo alejado diez pasos de la carreta, una
mano desconocida cubrió sus hombros con un capote; otra mano, de mujer,
asió la suya, le arrastró, y una puerta entreabierta le dio paso
y se cerró tras él, sigilosa. La casa tenía dos puertas: a
la media hora, Jacobo se encontraba completamente a salvo. A la mañana
siguiente, un frío mortal heló su sangre, que milagrosamente
conservaba en las venas. Porque fue el caso que le trajeron un periódico
y, leyéndolo, supo que al salvarle se había creído salvar
al general, suponiendo que éste iba en la carreta segunda. El
periódico lo repetía con feroz regocijo: el complot había
sido vano, y la cabeza de Custine cortada al amanecer.
Estuvo Jacobo como atontado varios meses,
y además gravemente enfermo. La mujer, cuya mano le había guiado
al asilo, le cuidó afectuosa. Era la amada del general, y ella
también le tomaba «por otro» sin querer. Se
estableció al pronto tierna amistad; después, algo más
íntimo, que les horripilaba y les avergonzaba, como una traición
a la memoria del muerto. El amor se tragó al escrúpulo y se
casaron. Parecían el matrimonio más feliz. Sin embargo, a Jacobo
no se le veía sonreír nunca. Un pliegue tenaz arrugaba su frente;
un abatimiento sin causa física doblegaba su gallardo cuerpo. Yo
-afirmó la anciana profesora, como término de la historia
extraña que me refería-, yo, a título de amiga de la mujer
de Jacobo, entré mucho en aquella casa, recibí confidencias y
recogí suspiros de almas cerradas ante todos, que conmigo solamente se
atrevían a respirar. La esposa, deshecha en lágrimas, me
decía:
-¿No sabes la tema en que ha dado
mi marido? Asegura que «es otro»; que a pesar de las apariencias,
él nunca ha sido Jacobo de...
-¡Cuidado! ¡Va usted a
enterarme del apellido! -exclamé involuntariamente.
-¡Ay! ¡Eso no! -y la profesora
se detuvo, asustada de ser tan indiscreta-. ¡Eso no! Porque hablo de
personas que existieron, y cuanto he referido es verdad histórica.
Jacobo murió de pasión de
ánimo; su esposa le siguió al sepulcro, minada por una languidez
profunda. Al cabo se le había pegado la manía de su marido, y
sostenía que Jacobo era el propio Custine. En la hora anterior a su
agonía, encargó que se hiciese al héroe Custine suntuoso
mausoleo... y que allí la depositasen a ella también. Jacobo
siempre fue «otro» ¡hasta ante el amor!...
«El Imparcial», 9 de julio de 1906.
  La madrina
Al nacer el segundón -desmirriado,
casi sin alientos- el padre le miró con rabia, pues soñaba una
serie de robustos varones, y al exclamar la madre -ilusa como todas-:
«Hay que buscarle madrina», el padre refunfuñó:
-¡Madrina! ¡Madrina! La muerte
será..., ¡porque si éste pelecha!
Con la idea de que no era vividero el
crío, dejó el padre llegar el día del bautizo sin prevenir
mujer que le tuviese en la pila. En casos tales trae buena suerte invitar a la
primera que pasa. Así hicieron, cuando al anochecer de un día de
diciembre se dirigían a la iglesia parroquial. Atravesada en el camino,
que la escarcha endurecía, vieron a una dama alta, flaca, velada,
vestida de negro. La enlutada miraba fijamente, con singular interés, al
recién, dormido y arrebujado en bayetes y pieles. A la pregunta de si
quería ser madrina, la dama respondió con un ademán de
aquiescencia. Despertóse en la iglesia la criatura y rompió a
llorar; pero apenas le tomó en brazos su futura madrina, la carita
amarillenta adquirió expresión de calma, y el niño se
durmió, y dormido recibió en la chola el agua fría y en
los labios la amarga sal.
En las cocinas del castillo se
murmuró largamente, al amor de la lumbre, de aquel bautizo y aquella
madrina, que al salir de la iglesia había desaparecido cual por arte de
encantamiento. Un cuchicheo medroso corría como un soplo del otro mundo,
hacía estremecerse el huso en manos de las mozas hilanderas, temblar la
papada en las dueñas bajo la toca y fruncirse las hirsutas cejas de los
escuderos, que sentenciaban:
-No puede parar en bien caso que empieza
en brujería.
El segundón, entre tanto, se
desarrollaba trabajosamente. Enfermedades tan graves le asaltaron, que tuvo dos
veces encargado el ataúd, y siempre, al parecer iniciarse el estertor de
la agonía, verificábase una especie de resurrección: el
niño se incorporaba, se pasaba la mano por los ojos, sonreía y
con ansia infinita pedía de comer...
-Siete vidas tiene como los gatos
-decía la dueña Marimiño a Fernán el escudero-.
¡Embrujado está, y no muere así le despeñen de la
torre más alta!
Este dicho se recordó con espanto
pocos días después. Jugando el segundón con el mayor en la
plataforma de la torre, lucharon en chanza, se acercaron a la barbacana, y
colándose por una brecha, cayeron de aquella formidable altura. Del
mayor, don Félix, se recogió una masa sanguinolenta e informe. El
otro, don Beltrán, detenido por un reborde de la cornisa y unas matas
que lo mullían algún tanto, pudo sostenerse, agarrarse a la
muralla y trepar hasta la plataforma otra vez. Con asombro supersticioso
refirió el lance Fernán, ocular testigo; y en las veladas del
invierno, los servidores evocaron la temerosa figura de la enlutada madrina.
Sólo ella podía haber dispuesto los sucesos del modo más
favorable a su ahijado. Ya no ingresaría Beltrán en un
monasterio; suyos eran casa y estados; de segundón pasaba a heredero
universal.
Entonces se pensó en instruirle
para las fatigas de la guerra. Endeble como seguía siendo, hubo de
ejercitarse en las armas. Salió pendenciero, amigo de gazaperas, retos,
cuchilladas, y su débil brazo hacía saltar la espada de la
muñeca de los mejores reñidores, y en las funciones militares
libraba sin un rasguño, a pesar de alardes de valor temerario.
Mirábanle ya con aprensión los demás señores, con
mezcla de veneración y terror el vulgo. Un suceso casual dio mayor
pábulo a las hablillas.
Andaba perdidamente enamorado don
Beltrán de doña Estrella de Guevara, viuda principal cuanto
hermosa, codiciada de todos. Ella prefería a un Moncada, el duque de San
Juan, y con éste dispuso casarse. En vísperas de la boda, estando
el duque solazándose a orillas del río Jarama con su prometida y
muchos amigos, salió un toro bravo, arremetióle y le paró
tan mal, que al otro día era difunto. Llovía sobre mojado. Se
alzó imponente la voz de que danzaba brujería en los asuntos de
don Beltrán, y el Santo Oficio hubo de resolver mezclarse en lo que
traía alborotada a la villa y corte, inspirando peregrinas
fábulas. Como que se llegaba hasta la afirmación de que el toro
no era toro, sino un fantástico dragón que espiraba lumbre, y en
el cuerpo del mísero duque las señales parecían, no de
cornadas, sino de garras candentes.
Honda marejada se produjo en el Santo
Tribunal antes de prender a un noble señor. Ejercía las funciones
de inquisidor general el obispo de Oviedo y Plasencia, don Diego Sarmiento de
Valladares, caballero por los cuatro costados, y los rigores inquisitoriales no
recaían sino sobre gentecilla, mercaderes y tratantes gallegos y
portugueses, oscuros alumbrados y judaizantes renegados y bígamos. Una
buena traílla de estos mezquinos acababa de ser agarrotada, quemada
viva, encarcelada perpetuamente, relajada en estatua, azotada por las calles y
embargados los bienes que no tenían, con ocasión del famoso auto
de fe a que habían querido asistir Carlos II y las dos reinas, enviando
el monarca el primer haz de fajina que alimentase el fuego del brasero. Mas las
poderosas familias del duque de San Juan y de doña Estrella de Guevara
apretaron tanto, que al fin don Beltrán fue preso y recluido en los
calabozos, donde todavía no habían acabado de evaporarse las
lágrimas de las infelices penitencias del auto. En las tinieblas de la
mazmorra recordó confusamente palabras de su nodriza, insinuaciones de
la dueña Mari Nuño, conversaciones reticentes de sus padres,
auras de consejas y mentiras que oreaban sus cabellos desde niño. Y con
ahínco desesperado, exclamó:
-¡Señora Muerte!
¡Madrina mía! ¡Acúdeme!
Esparcióse por el encierro
cárdena claridad, y don Beltrán vio delante a una mujer
extraña, medio moza y medio vieja, por un lado engalanada; por otro,
desnuda. Su cara se parecía a la de don Beltrán, como que era
él mismo, «su muerte propia». Y don Beltrán
recordó el dicho de cierto ilustre caballero del hábito de
Santiago: «La muerte no la conocéis, y sois vosotros mismos
vuestra muerte: tiene la cara de cada uno de vosotros, y todos sois muertes de
vosotros mismos».
-¿Qué se te ofrece, ahijado?
-preguntó solícita ella.
-¡Salir de esta cárcel!
-suplicó don Beltrán.
-No alcanza mi poder a eso. Te he servido
bien; me he desviado de ti veinte veces, te he quitado de delante estorbos y te
he mullido el camino con tierra de cementerio. Pero mi acción tiene
límites, y el amor y el odio son más fuertes que yo. Habrá
cárcel por muchos años: los deudos de tu rival han resuelto que
te pudras en ella.
Mesándose el cabello, don
Beltrán insistió con ardor:
-¿No hay ningún recurso,
madrina? Por ahí fuera hace sol, la gente se pasea, brillan los ojos,
resuenan músicas festivas, requiebran los galanes, se cruzan
estocadas... ¡Y yo aquí, sepultado en una fosa, expuesto a que me
saquen con coraza y sambenito! Madrina, tú eres omnipotente, temida y
respetada... ¡He sentido tantas veces tu protección terrible!
¿No acertarás a salvarme ahora?
La madrina calló un momento, y
luego articuló entre un susurro lento y prolongado como el de los
árboles de inmensa copa:
-Sé un remedio para darte libertad.
¿No lo adivinas? Yo saco infaliblemente a los mortales del sitio en que
penan, llevándolos conmigo.
Sintió un sutil escalofrío
don Beltrán y se tapó los ojos con las manos. Cuando las
apartó se halló solo: la madrina había desaparecido. En
más de dos años no se atrevió el ahijado a invocarla. Al
contrario, a ratos la conjuraba para que no se acercase: temía la
tentación de asir aquella mano blanca, lisa, marmórea, y agarrado
a ella salir del cautiverio. No llamó a su madrina ni en el día
en que, tendiéndole sobre el caballete del potro, le dieron por tres
veces el trato de cuerda que hace crujir los huesos, estira los tendones y
lleva el dolor hasta las últimas reconditeces de los nervios.
Quedó moribundo y le trasladaron a una celda con reja a la calle.
Y una mañana, mirando por la reja,
sucedióle que vio pasar a una mujer hermosísima,
acompañada de una dueña grave y halduda y de un galán
bizarro: la propia doña Estrella de Guevara. Sus crespos cabellos
teñidos de rubio veneciano hacían parecer más clara su tez
y sus labios más bermejos; vestía de terciopelo verde con
pasamanos de oro, y en sus ojos negros como la endrina chispeaba una
alegría de vivir insolente y triunfadora.
-¡Madrina! ¡Ven, acude!
-gritó con fervor don Beltrán, incorporándose, a pesar del
quebrantamiento de sus huesos.
Y apenas hubo llamado sinceramente a su
madrina, se cerraron los párpados del caballero, se extinguió el
hálito de su pecho, cayó sobre la fementida cama, una mano
glacial cogió la suya, y don Beltrán salió de la
prisión, libre y feliz.
«El Imparcial», 1 de diciembre de
1902.
  El pajarraco
Así como es misteriosa la vena en
el juego, lo es la vena en amor. Los seductores no reúnen infaliblemente
dotes que expliquen su buena sombra. Siempre que dice la voz pública:
«Ese tiene con las mujeres partido loco», nos preguntamos:
¿Por qué? Y a menudo no damos con la respuesta.
Todavía, en la villa y corte, la
guapeza en lances y la destreza en
sports; lo escogido de la indumentaria y
lo vistoso de la posición social; ese conjunto de circunstancias que
rodean a los llamados por excelencia «elegantes», dan la clave de
ciertos triunfos. Mas no sucede así en los pueblos, donde los
profesionales del galanteo suelen gastar corbatas de raso tramado y
puños postizos. Allí, sin embargo -lo mismo que aquí-
existen individuos que en opinión general ejercen la fascinación,
y padres y maridos los miran de reojo.
Laurencio Deza, entre los veinticinco y
los treinta y tres de su edad, fue fascinador reconocido en una ciudad donde
faltarán grandes industrias y actividades modernas, pero donde abundan
lindos ojos negros, verdes y azules, que desde las ventanas no cesan de mirar
hacia la solitaria calle, por si resuena en sus baldosas desgastadas un paso
ágil y firme, y por si una cabeza morena se alza como preguntando:
¿Soy costal de paja, niña?
Laurencio ni era feo ni guapo.
Tenía, eso sí, gancho, una mirada peculiar, un repertorio de
frases variado, y a su alrededor flotaban, prestigiándole, las sombras
melancólicas de algunas abandonadas inconsolables y de otras
desdeñadas caprichosamente. A la que rondaba, sabía alternarle
azúcares con hieles, rabietas de despecho con satisfacciones orgullosas,
y por este procedimiento la curtía, zurraba y ablandaba a su gusto,
dejándola flexible como piel de fino guante.
Jamás discutía principios de
moral. Procedía como si no existiesen. Al oírle hablar con tal
soltura y sencillez de enormidades, dijérase que suprimía leyes,
respetos humanos y toda valla a sus antojos. Era elocuente en su charla, como
lo son tantos españoles, y no carecía de donaire para poner en
solfa a quien le placía. No ejercitaba jamás este don contra las
mujeres, sino contra los hombres que, momentáneamente, podían
estorbarle. No rehuía una cachetina, puesto que en aquella ciudad los
lances dramáticos de honor eran casos rarísimos. Los cachetes,
cosa quizá más seria, los afrontaba Laurencio con ímpetu
juvenil, y también los repartía, si se terciaba.
Al punto de esta verdadera historia,
andaba Laurencio, según murmuraban sus amigos, enredado en tres devaneos
principales, sin contar los accesorios. Aunque practicase Laurencio esa
discreción que el honor más elemental impone a los varones, en
los pueblos pequeños todo se sabe, y a falta de otros intereses y
emociones, la curiosidad vela. Sin que Laurencio se clarease, los socios del
Casino estaban en ello. Tratábase de Cecilita, la hija de Mardura, el
del almacén al por mayor de paños, lienzos y cotonías. De
Obdulia Encina, mujer del librero de la calle Vieja. Y para broche del
ramillete, de la guapetona Rosa
la Gallinera, casada con un tratante en
averío, Ulpiano Paredes, que empezó por despachar huevos y pollos
y ahora lanzábase con brío a establecer negocios más en
grande.
Era lo notable del asunto que entre
Mardura, Paredes y Encinas existía íntima amistad, y se
veían diariamente en la trastienda del librero. Y la consabida vocecilla
pública susurraba que la hija de Mardura ya había sido burlada,
la mujer de Encina pertenecía quizá al pasado, y sólo Rosa
no sufría aún la fascinación. Pero la sufriría, y
pronto. No podía augurarse otra cosa de una casquivana como ella.
A la verdad, era irritante lo que
sucedía con Rosa. Aquello de presentarse hecha un brazo de mar en el
teatro, en el paseo y hasta en los bailes del Casino, a los cuales la directiva
tenía la debilidad de invitarla, poniendo la moda y hasta luciendo a
veces joyas que no podían ostentar las esposas de los contados
aristócratas de la ciudad, daba base y razón suficiente a las
críticas. Todos recordaban, o afirmaban recordar, que no es lo mismo, a
Rosa con refajo corto y pañuelo de talle, y hasta, según algunos,
«en pernetas». ¡Y ahora, con salida de «teatro»
de flecos y trajes de seda azul celeste, guarnecido de encaje
«crudo»!
Lo más acerbo de la censura iba con
el marido. ¿En qué pensaba, al consentir a su mujer ese lujo
escandaloso? Lo «que sucedía» era natural...
Y llegando a preguntar lo «que
sucedía», es el caso que nadie pudiera decirlo. Lo único
positivo, que
la Gallinera se presentaba de un modo
inadecuado a su categoría social. El runrún, sin embargo, iba en
aumento.
A pesar de la amistad que unía a su
padre y esposo con Paredes, Cecilia Mardura y Obdulia Encina mordían a
Rosa, soltando insinuaciones en los círculos de la devoción y de
la clase media comercial, con una inquina en que se mezclaban los rencores
celosos y el despecho de la ropa anticuada y modesta que vestían ambas,
mientras
la Gallinera, ayer, ayer mismo, había
estrenado un sombrero de plumas..., y no de gallina, sino de legítimo
avestruz.
Tomó doble incremento el rumor con
motivo de una ausencia del marido de Rosa. Era Paredes activísimo en
negociar, y creíase que, molestada su mujer por lo humilde, y prosaico
de la esfera en que se desarrollaba su industria, deseaba salir de ella, e
impulsaba a Paredes nada menos que hacía especulaciones en gran escala,
negocios bancarios. Hablábase de emisión de acciones, de
capitales dedicados a una fabricación vasta, de papel y serrería.
Era voz unánime de la envidia, que se despereza rugiendo cuando alguien
mejora de suerte, que por mucho que ascendiera Ulpiano
el Gallinero, jamás llegaría a
señor, ni perdería su facha ordinaria y tosca, sus manazas
peludas, sus orejas coloradas y su faz ruda, en que los dientes sin limpiar,
verdosos, infundían repugnancia.
Reíanse los guasones de los
esfuerzos que hacía su mujer en las solemnidades para embutirle el
corpachón en una levita, y las garras en unos guantes que estallaban y
se descosían precipitados, y el pescuezo en un cuello alto que le
ahorcaba, hasta agolpar la sangre a su cabeza, cual si fuese a sufrir una
apoplejía. No faltaba, sin embargo, quien defendiese a Paredes. Era mozo
muy listo, ¡vaya si lo era! En pocos años habíase abierto
un porvenir, y desde la esfera social más humilde, llegaría a la
más alta. Al
Gallinero le verían en coche, en casa de
campo, con muchos miles de duros en juego, porque bajo la apariencia zopa,
torpona, del tratante, se ocultaba una resolución, una energía y
una astucia de primer orden.
Y estas apologías de Paredes las
hacían, en especial, Mardura y Encina. Del primero se creía que
fuese socio en lo de la fábrica.
-Pero ¡si es un bruto Paredes!
-decíanle al librero con retintín.
-No sé por qué ha de ser un
bruto... Brutos y tontos, los que nunca pasamos de pobres.
«Es bruto cuando no ve lo de su
mujer...», iba a contestar el murmurador de Casino; pero, advertido por
un guiño expresivo de alguien, se limitó a decir, con
diplomática reserva:
-Porque puede que ande a oscuras en lo que
más le importe...
-Nadie anda a oscuras... -murmuró
Encina, fosco y bilioso, clavando la quijada en el pecho-. La gente sufre a
veces por prudencia..., hasta que un día u otro...
Sobre esta conversación
hiciéronse infinitos comentarios. En el aire parecía flotar el
drama. Algo ruidoso se preparaba, sí. La hermosa
Gallinera, sola en aquel caserón viejo y
enorme, en cuyo patio se recriaban las gallinas, y que tenía varias
salidas y entradas: unas, al campo; otras, a callejas extraviadas y angostas,
por donde no pasaba alma viviente... «Lo que es como a Rosa se le
antojase..., sabe Dios, sabe Dios...», repetían los fantaseadores
con sonrisa picaresca.
Ocurría esto en mitad del invierno,
con una temperatura rigurosa, caso no muy frecuente en aquella ciudad, donde,
si llueve a cántaros, rara vez desciende demasiado el termómetro.
Y, por obra del frío, las capas treparon a envolver los rostros,
igualando las figuras de los transeúntes. La capa, amplia y con embozos
de felpa, subida hasta los ojos, que sepulta en sombra el ala del hongo blando,
es como un disfraz protector de secretas aventuras. A Laurencio, que
poseía otros abrigos, se le desarrolló en aquellos días
desmedida afición a la capa; pero nadie hizo alto en ello, porque todos
los moradores de la ciudad salían igualmente rebozados en los pliegues
de sus pañosas.
Al par que sintió Laurencio
decidida simpatía por la capa, se dedicó más que nunca a
vagar por desviados y solitarios callejones. En sus correrías, le
extrañó algo observar que varias noches, dos o tres bultos no
menos embozados parecían coincidir en su itinerario, y que, si
desaparecía a veces como por arte de magia, desvaneciéndose tras
un soportal o en una rinconada sombría, otra cruzaban a lo lejos, sin
que pudiese adivinar ni su edad, ni su condición social, pues la
española capa, recatadora de rostros y talles, no es prenda exclusiva de
gente acomodada, y el pobre artesano en ella se cobija. No obstante la
impavidez del fascinador, los bultos habían llegado a inquietarle un
poquillo, más por instinto que razonablemente. Laurencio era, como todos
los fascinadores, un instintivo. Algo indefinible le escalofriaba.
Sin embargo, al llegar cada anochecer,
después de mil revueltas, al pie de la ventana baja de Rosa
la Gallinera, insistía en la
súplica: «¿Cuándo se abriría, en vez de la
ventana, la puerta, la que caía al campo? ¿Cuándo, en vez
de palabritas insulsas, podrían entrelazar pláticas
íntimas y dulces? El tiempo corría, volaba, y cuando menos se
pensase, sería imposible, por lo que no ignoraba Rosa..., porque
regresaría el ausente... Y ella reía, coqueteaba, se
resistía... Estas resistencias, sin embargo, tienen término
previsto; y una noche...
¡Oh noche, protectora de este y de
tantos delitos, ya confitados en poesía, ya descarnados como la
realidad! Te bendijo Laurencio, que empezaba a encontrar larga la espera, y,
airosamente embozado, dio la vuelta al caserón y acercóse, como
quien conoce perfectamente la topografía de los lugares, a una
portezuela que salía al agro, y lindaba con un caminejo, de tierra
generalmente fangosa, y ahora endurecida por la escarcha.
La luna, embozada ella también en
aborregados nubarrones, alzó el velo, como fascinada a su vez, y dentro
rechinó una llave y una voz de mujer, sofocada por alguna emoción
intensa, profirió:
-Pase..., pase...
Hizo Laurencio lo propio que la luna, y se
desembozó, para asir la ya ansiada presa... En el espacio de un segundo
pudo ver que estaba en el patio de la gallinería, cerca de un alpendre o
cobertizo, lleno de masas confusas de plumaje. Guardábase allí
las plumas de las aves que Ulpiano, agenciador en todo, vendía
desplumadas, sacando provecho del despojo, que le compraban para colchones. No
supo jamás decir Laurencio por qué se fijó en aquel
detalle, mientras echaba al cuello de Rosa ambos brazos. No llegaron a
ceñirlo: dos hombres los asieron y los sujetaron, mientras otro
descargaba el primer golpe en mitad del rostro. Y a éste, que hizo fluir
de las narices copia de sangre, siguieron dos o tres más; de
puños como mandarrias, en la boca, en la sien, que le tendieron
desvanecido. Rosa inmóvil, presenciaba la escena, sin demostrar
sorpresa; su actitud era de espectadora, aunque, a la claridad lunar,
parecía de pálido mármol su cara. El esposo se
restregó las manos con que acababa de infligir la feroz
corrección, y ordenó:
-A casa, ahora mismo.
Retiróse Rosa, cabizbaja,
volviendo, mal de su grado, la vista atrás, y los tres hombres, los tres
vengadores -el librero, el almacenista, el gallinero-, procedieron a desnudar
al desmayado. Cuando le hubieron dejado en cueros vivos, sólo con las
botas, la frialdad del aire lo reanimó. Miró a su alrededor,
espantado, y quiso alzarse, defenderse. Una lluvia de puntapiés y
mojicones, sobre las carnes sin ropa, sobre el torso que el frío
mordía, le aturdió de nuevo. Sus enemigos, riendo, trajeron del
alpendre una orza descacharrada, en cuyo fondo dormitaba espeso líquido.
Con una brocha enorme, pintaron a grandes brochazos el cuerpo inerte,
untándolo de miel mezclada con pez. Y hecho esto, tomaron al fascinador,
uno por los pies y dos por los sobacos, y llevándole bajo el cobertizo,
le revolcaron en la pluma, hasta que lo emplumaron todo, de alto abajo. Y como
en los movimientos de tal operación, segunda vez pareciese revivir, le
empujaron hacia la puerta y le lanzaron a la calle en su extraño
atavío, hecho una, bola de plumaje, cerrando la puerta de la corraliza
con llave y cerrojo.
-Ahora -ordenó Paredes, natural
director de la empresa-, vamos a tomarnos un café caliente y unas
copas... ¡Hace un frío de mil diablos!
Tambaleándose, Laurencio
tardó en darse a la fuga breves momentos. Hasta pensó llamar,
gritar... Al fin, corrió, sin más propósito que el de
verse a cien leguas y refugiarse en una cama, donde se aliviasen sus
magulladuras... Fluía sangre de sus labios rotos, con dos dientes
perdidos... Como sabemos, lo único que no le habían quitado eran
las botas, y volaba, loco de terror aún, hacia las calles
céntricas, hacia su posada, próxima a la catedral. Y he
aquí que oyó risas, exclamaciones; dos transeúntes se
habían fijado en su facha; un guardia le detenía severamente,
amenazándole. Un grupo se reunía; las carcajadas le abofetearon;
acudía gente de las bocacalles; se abrió un balcón
iluminado.
-¡Vaya un pajarraco!
-repetían-. ¡Buena gallina para el puchero! ¡Mira: tiene
alas! ¡Hu, hu, el pajarraco!
Trémulo de frío, de
vergüenza y de coraje, Laurencio imploraba:
-¡Señores...! ¡Una capa
para cubrirme...! ¡Soy inocente; no me lleven a la cárcel!...
¡Que me desemplumen!
Salvado por el guardia de la rechifla y la
agresión, al otro día del ridículo incidente, Laurencio
estaba en la cama con fiebre; y en la cama permaneció un mes, dolorido,
hecho un guiñapo. Antes de levantarse, solicitaba permuta de destino, y
su primera salida la hizo furtivamente, para abandonar la ciudad testigo de su
derrota.
Lo peor de su castigo fue que el mote de
pajarraco le siguió ya a todas partes.
La noticia iba con él, y el ridículo lo llevaba en su maleta,
como llevaba Byron el esplín. Aumentaba su ignominia el que se dijese
que Rosa, de acuerdo con su marido, había preparado la emboscada y
sugerido la burla. Laurencio tenía impulsos de embarcarse para
América o suicidarse. Al cabo, halló otro refugio, otro
género de muerte. ¡Pecho al agua! Se casó...
  La leyenda de la torre
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