  Las cerezas
Cierto día de fiesta del mes de junio, a los postres de una
comida de aldea, de las que se prolongan y degeneran en sobremesas
interminables, tuve ocasión de hacer una de esas observaciones,
detrás de las cuales suele vislumbrarse oculta una novela íntima
o latir el asunto de un drama. Hallábase sentado frente a mí el
párroco de Gondar, y como le daba de lleno en el rostro la luz de la
ventana, luz que se abría paso entre las ramas de los rosales, ya sin
flor, pude notar que se inmutaba y se le cubrían de amarillez las
siempre coloradas mejillas al servirle el criado un frutero de cristal donde se
apiñaban, negreando de tan maduras, las últimas cerezas.
Lo demudado de la cara, el movimiento nervioso de la mano crispada
al rechazar el frutero, eran inequívocos, y no podían proceder
únicamente de repugnancia de su paladar a la sabrosa fruta; delataban
algo más: una especie de horror, que sólo originan muy hondas
causas morales. Apunté la observación y resolví salir
cuanto antes de la curiosidad. Una hora después charlaba
confidencialmente con el párroco, recorriendo la larga calle de
castaños que rodea como un cinturón de sueltos cabos flotantes el
soto.
Antes de resumir el relato del cura, debo decir que nuestro clero
rural tiene en él un representante muy típico. Sencillo, encogido
y hasta rudo en sus maneras; nada gazmoño, según se
demostrará en esta historia; más hombre que eclesiástico y
más aldeano que burgués; más positivo que idealista, y
asaz incorrecto en esas exterioridades que el clero de otras naciones tanto
cultiva y estudia, el párroco de Gondar -como muchos curas de aldeas en
España- conserva en su corazón, sin hacer de ello pizca de
alarde, un convencimiento del deber que en momentos críticos y en casos
extremos puede convertirle en mártir y en héroe. Del pueblo en su
origen, tienen las condiciones y también las virtudes del pueblo.
-Ya me da rabia -decíame el párroco bajando los ojos
y frunciendo las cejas- que se me note tanto la impresión que la vista
de las cerezas me produce. ¡Hay que vencerse, caramba! Y, o poco he de
poder, o llegaré a comerme sin escrúpulos una libra de esas
cerezas de pateta..., que, si me descuido, me cuestan el alma o la vida.
-¿El alma... o la vida, nada menos? -repetí con
sorpresa e interés.
-Nada menos. ¿Qué tiene de extraño? ¿No
perdió Esaú, por un plato de lentejas, su derecho de
primogenitura y el porvenir de toda su casta? Pues las cerezas aún saben
mejor que las lentejas, que sólo para dar flato sirven.
Conformes en la superioridad de la cereza comparada a la lenteja, y
viéndome que esperaba atentamente la historia, el párroco
tomó la ampolleta muy gustoso:
-Ha de saber usted que allá, hará unos siete
años, no estaba yo en la mejor armonía con el coadjutor de mi
parroquia... No soy el único cura a quien esto le sucede, y siempre ha
de haber rencillas en el mundo, mientras los hombres no se vuelvan
ángeles... Al decir que no estaba en la mejor armonía,
debí decir que no estábamos propiamente como el gato y el
perro... No quiero hacer mi apología; pero a la verdad, él
tenía la culpa; él era más artero y más zorro que
yo..., y supo maquinar una conjuración tan hábil, que puso en
contra mía a todos los feligreses, tanto, que tuve soplo que no
debía salir de noche porque era fácil que detrás de un
vallado me soltasen, ¡pum!, un tiro. También me avisaron de que
algún día me matarían a palos, fingiendo una de esas
riñas que se arman entre borrachos en las fiestas. El granuja hizo
correr la voz de que yo había jurado dejar sin misa a la gente el
día más solemne y con estas y otras infinitas artimañas,
que sería muy largo contar, logró aislarme y colocarme en
situación muy penosa para un cura.
Cada cual tiene su defecto: yo soy algo terco y muy soberbio; por
eso me desdeñé de refutar las calumnias de mi enemigo, y fui
consintiendo que se les diese crédito, y hasta por tema y
fanfarronería -era uno entonces más muchacho que ahora y
corría la sangre más caliente y más alborotada- me
dejé decir que sí, que dejaría sin misa a la parroquia
cuando se me antojase, y a ver si había hombre para pedirme cuentas de
eso ni de cosa ninguna. Por aquí vino el daño que pudo
suceder...; por aquí y por las cerezas malditas.
El día del Sacramento, los mozos de la aldea dispusieron
costear una función con misa, y para darme en cara quisieron que se
celebrase en la iglesia del anejo. Yo tenía que asistir, claro es, y
concluida mi misa mayor monté a caballo sin volver a la rectoral, porque
en el anejo me esperaría, según costumbre, la «parva»
o desayuno. Al llegar cerca de la iglesia noté que estaba la gente toda
en remolino y que, al verme, los mozos prorrumpían en gritos y amenazas
y levantaban las varas, bisarmas y palos como para herirme. No me
asusté; pasé entre ellos, y apeándome a la puerta de la
sacristía, entré. Allí no había nadie; sin duda
andaban por la iglesia disponiendo la función. Sobre los cajones en que
se guardan los ornatos vi un pañuelo desatado y lleno de cerezas
hermosísimas. Yo venía acalorado; el gaznate se me resecaba del
polvo y también del berrinche; las cerezas convidaban, de tan frescas y
tan maduras... Alargué la mano y me comí tres de un gajo solo.
Apenas las había tragado, apareció en la puerta interior mi
enemigo, como si saliese de debajo de tierra, y, sin mirarme, medio escondiendo
la cara, me dijo (parece que aún le oigo aquella voz tan falsa y
sorda):
-Ahí viene el sacristán... Puede revestirse para
misar, que todo está ya preparado...
¡Revestirme! Vamos, en el primer momento me quedé
hecho un santo de piedra. Vi que había caído en la trampa y
sólo tuve ánimos para preguntar, así, todo tartamudo:
-¡Misar! Pero ¡si ésta la dice usted!...
Y el gran embustero, muy sereno:
-Estuve enfermo de cólico por la mañana, y tuve que
tomar medicinas... Ya le mandé allá recado de que hoy doblaba
usted.
-¿Recado? Ningún recado se ha recibido.
-Pues fue allá el
Cuco bien temprano.
Yo sabía que el tal
Cuco era el paniaguado y compinche de mi
enemigo, y no necesité más para comprender la asechanza.
-Pues no llegó -grité ya atufado y muy sobre
mí.
-Pues no importa -contestó el bribón (¡Dios me
perdone!)- porque usted vendrá en ayunas.
Mire usted, el tantarantán de furia que me entró al
oír esto parecía un ataque de alferecía: los dientes
míos sonaban como castañuelas. Me habían cazado lo mismo
que una liebre. ¡Cogido, cogido! No me cabía duda; detrás
de la puerta me atisbaba mi enemigo, y así que me vio comer las tres
cerezas, apareció, seguro ya de atraparme.
Bien combinado: o mi vida, que me la quitarían a palos los
mozos -se les oía jurar, y maldecir, y bramar detrás de la
puerta- o mi alma, que iba a matar cometiendo un sacrilegio horrible...
Aquí no valen bravatas; la verdad pura; yo titubeaba; el sudor me
corría en gotas por la frente abajo, y era frío, frío, lo
mismo que la escarcha; la vista se me turbaba y el corazón se me
encogía como si lo apretasen poco a poco en una prensa de hierro...
Aquello no sé si duró un segundo o diez minutos;
porque hay ocasiones en que el tiempo no se calcula. «Usted está
en ayunas», repetía el malvado para tentarme... Pero,
¡qué pateta!, una cosa es ser pecador e imperfectísimo y
otra que, cuando se trata del Cuerpo y de la Sangre de Nuestro Señor
Jesucristo, no le tiemblen a uno de respeto las carnes... Me acordé de
lo que es la misa... Cesé de sudar, se me aclararon los ojos, se me puso
expedita la lengua y descarándome con mi enemigo, le dije así...,
no sé de qué manera...: creo que con una especie de
alegría y de afán de padecer:
-No estoy en ayunas, no... He comido tres cerezas de las que usted
puso ahí... ¡Si tiene usted conciencia, hará que no me
rompan el alma, y si no..., ya sé que me espera la misericordia de Dios,
porque no he querido hacerme reo de su Cuerpo sacratísimo! Que vengan,
que me trituren... ¡Hay otra vida, y en ella le aguardo!
No sé si fueron estas mismas las palabras ni sabría
ahora pronunciarlas como en aquel trance; lo cierto es que el hombre se me
quedó así, parado, sobrecogido... Su cara cambió de
expresión, y para mí, le entró el mismo sudor que acababa
de quitárseme y le castañetearon también los dientes...,
hasta que, en un arrebato, se me echa de rodillas y me dice:
-Absuélvame, reconcílieme, que voy a misar... Fue
verdad lo del cólico; pero no lo de las medicinas... Yo sí que
estoy en ayunas...
Le absolví; dijo su misa...; ayudé a la
función..., y tan campantes. Sólo que cuando veo una cereza se me
aprieta la garganta como si aún estuviésemos en la
sacristía y se oyesen tras la puerta los reniegos de los que
querían escabecharme...
-¿Y no fue usted, desde ese día, amigo del coadjutor?
-pregunté con emoción y gozo.
-¡Sí, amigos! Al llegar las elecciones ya me
preparó siete emboscadas diarias. Sólo estuvimos en paz aquel
minuto, que se colocó entre nosotros Cristo Nuestro Señor...
«El Liberal», 10 de julio de 1897.
  El Santo Grial
Aquella madrugada, al recostarse, más cerca de las cuatro
que de las tres, en el diván del Casino, Raimundo, sin saber a
qué atribuirlo, sintió hondamente el tedio de la existencia.
Echada la cabeza atrás, aspirando un cigarrillo turco de ésos que
contienen ligera dosis de opio, entró de lleno en los limbos del
fastidio desesperanzado. Al advertir los pródromos del ataque de tan
siniestra enfermedad, revivió mentalmente la jornada, analizó sus
existencia y adquirió la certeza de que, en su lugar, otro hombre se
consideraría dichoso.
¿Qué había hecho? Levantándose a las
once, después de un sueño algo agitado, las pesas, las
fricciones, el masaje, el baño, el aseo, los cuidados de una higiene
egoísta y minuciosa duraron hasta la hora del almuerzo. Éste fue
delicado, selecto, compuesto de manjares sólidos sin pesadez, que
ahorran trabajos digestivos y reponen las fuerzas vitales.
En pos del almuerzo, ejercicio y sport; paseo en coche de guiar, la
tónica acción del aire puro que azota el rostro, la
alegría de la claridad, la animación de las calles, el fresco
verdor de los parques públicos, ya embalsamados por la florescencia
blanca y rosa de la acacia... Luego, apearse a la puerta del Congreso, y hora y
media de intencionada esgrima en la sección, donde Raimundo, con su
cultura y sus ideas personales, estaba formándose un núcleo de
amigos, la base de una posición política, una aureola para los
años de madurez. Y a casa a escape, a vestirse, habiendo de sentarse a
la mesa de la señora de Armería... Comida encantadora, organizada
con la habilidad y tino social que a la de Armería distingue; doce
personas que todas simpatizan y tienen gusto en reunirse, pero no tan
íntimas que se cansen de verse juntas; dos políticos de talla, un
sabio académico, un artista famoso muy huraño y por lo mismo
apetecido; un diplomático extranjero, ya españolizado y del
género ameno, y algunas señoras de alto copete o de singular
hermosura y elegancia...
La casualidad, siempre complaciente y buena, quiso que entre estas
últimas se contase una muy especial amiga de Raimundo; por casualidad
también salieron a la vez casi, y como Raimundo no tenía coche
allí y la calle no era céntrica, ofreció la dama a su
acompañante un asiento. Al llegar aquí, los recuerdos de
Raimundo, con ser tan recientes, se confundieron y embrumaron, como si los
velase de niebla el humo azul del cigarrillo turco que contenía opio...
Sólo distinguía bien un conocido perfume de
white rose adherido a su ropa, y
sólo podía precisar con exactitud que a cosa de las dos
entró en el casino y jugó su partida de
poker, y ahora, después de
rápida ojeada a los diarios, estaba allí, invadido por un
hastío mortal, detestando la realidad, el momento, el punto del espacio
en que se determinaba su existir; criticando implacablemente, con dolorosa
exasperación, el vacío de los goces materiales de la
civilización, enervante, que no basta, que irrita la concupiscencia del
espíritu al satisfacer la del cuerpo. «Yo he comido, he bebido y
me he recreado, pero hay algo en mí que tiene hambre, y sed, y se queja,
y llora...»
Sobre todo lo sucedido durante el día; sobre las
impresiones, en su mayor parte físicas, destacábase una del orden
intelectual referente a cierta conversación oída a la hora del
café, en el gabinete Luis XVI de la señora de Armería. El
artista -un gran músico- hablaba con el académico del simbolismo
de Wagner. Trataban del palacio o basílica del Santo Grial, y el
académico afirmaba que era una idea de los Templarios, empeñados
en construir el misterioso templo de Salomón y encerrar en él la
clave y el significado de la creación entera. «Allí
-decía el sabio- supusieron que había de custodiarse el vaso de
la redención, nada menos que el Santo Grial, que contiene
líquida, fresca y ardiente la sangre de Cristo, recogida por José
de Arimatea. ¿No nota usted qué simbolismo tan precioso?
¿Y no le encanta el sentido profundo de la condición impuesta a
los que han de ver con sus ojos el invisible Grial? Para ver el Grial es
estrictamente necesario...» Raimundo recordó que, al llegar
aquí, la señora a quien después acompañó, la
que olía a
white rose, le había llamado,
golpeándole suavemente en la manga del frac con el abanico.
«Dígame usted qué hay del lance de la Jaruco con la
Lobatilla, anoche en el teatro... Parece que fue delicioso...» Y
Raimundo, mientras el cigarrillo turco se consumía, experimentaba una
indefinible desazón, angustia, pena; un anhelo vehemente por enterarse
de lo que es necesario si se ha de ver, con los ojos de la cara y
después con los ojos del alma, el invisible Grial...
Entornando los párpados, Raimundo perdió de vista el
salón del Casino, su lujo vulgar, sus dorados insolentes, sus cortinajes
de tapicería industrial y moderna, su alumbrado eléctrico
excesivo; y, poco a poco, con la lentitud de los fenómenos naturales,
cambió la decoración y, sobre el fondo del éter,
surgió un edificio singular y espléndido. Era redondo como el
planeta que habitamos, y tan alto que su cúpula majestuosa se
confundía con las nubes. Por su bóveda de un azul de zafiro,
tachonada de brillantes, giraban un disco grande de oro y otro más
pequeño, de plata, representación del sol y la luna; y al girar,
producían los discos una música a maravilla armoniosa y dulce,
que casi no se escuchaba sino con la mente. El suelo del edificio, revestido de
traslúcido y refulgente cristal, mostraba en relieve peces, monstruos
marinos, rocas, algas y corales, representando la extensión y variedad
del Océano.
Correspondiendo a los cuatro puntos cardinales, las estatuas de oro
de los cuatro evangelistas decoraban el pórtico del edificio, y por
vidrieras esmaltadas, fijas en ventanas góticas del trabajo más
exquisito, entraba la luz, refractándose y descomponiéndose en
las franjas de pedrería que se engastaban en las paredes. Trepaba por
éstas, caprichosamente entrelazada a las columnas, colgando sus festones
por las arcadas hasta la altura de la bóveda, una asombrosa vid; sus
hojas eran de esmeralda y los racimos de granate, pero tan redondos y bien
tallados, que parecían uvas verdaderas llenas y maduras. Raimundo
sintió impulsos de extender la mano, coger un racimo y refrigerarse...
«Es el templo del Santo Grial, no hay duda -discurría Raimundo-, y
ahí, en el centro, donde se condensa una nube blanca, aljofarada, como
formada de gotitas de rocío; sobre ese pedestal de ónice debe de
encontrarse el vaso divino de que oí hablar y que contiene la Sangre...,
el Grial mismo». Impulsado por esta idea, acercóse, alargó
los brazos para disipar la nubecilla, y el rocío, en perlitas menudas,
le mojó las manos y el rostro; pero nada vio; cegábale la
humedad, y el rocío corría por sus mejillas a manera de un arroyo
de llanto.
Mientras se desesperaba y maldecía, he aquí que
vienen lentamente, de los cuatro puntos cardinales señalados por
estatuas de oro, largas teorías de figuras vestidas de blanco, de rojo,
de ricos tisúes, de andrajos míseros. Cantando himnos de gozo,
dirígense al santuario en que Raimundo sólo encontraba
lágrimas, y llegados al pie de la nube, se postran, adoran, alzan las
manos con extático terror, o cruzan los brazos sobre el pecho, dando, en
fin, muestras de contemplar algo celeste que los sumía en transportes de
beatitud.
Acercóse Raimundo a uno de los devotos, muchacho como de
quince años, pálido, demacrado, ascético, capullo marchito
por el hielo antes de abrirse, y le preguntó humildemente:
-¿Dónde estamos? ¿Cómo se llama este
edificio tan admirable?
El adolescente, sin alzar los ojos, respondió:
-Se llama el palacio del Santo Grial, representación del
universo. ¡Es un símbolo! Todo lo creado es palacio del Santo
Grial para las almas puras y los corazones fervorosos. Dondequiera
encontraremos este palacio: mejor dicho, lo llevamos en nuestra
compañía.
-¿Y la nube? -insistió Raimundo-. ¿Qué
hay detrás de ella?
-¿Nube? -replicó el adolescente-. ¡Pobre ciego!
¡Si ahí no existe nube! ¡Si ahí resplandece el Grial,
el vaso sacrosanto! -y su voz, al decirlo, temblaba de amor y de
alegría, de compasión y de fervor.
-¡El Grial! -exclamó Raimundo-. ¡Debo de estar
ciego, sí; ciego del todo! ¡Por caridad!, ¡oh
bienaventurado!, ¡dime... dime qué se necesita para ver el Santo
Grial!
El jovencillo clavó en Raimundo sus pupilas color de
amatista, y con piedad inmensa, con una caridad que encendía su mirar,
arrancándole destellos de piedra preciosa, pronunció:
-¡Se necesita no ser pagano!...
Y Raimundo, ya despierto, saltó en el diván y
oyó el choque de los tacos y el sordo rodar de las bolas de marfil, y
las risas, y las voces, y percibió los efluvios del conocido perfume de
white rose, que le causaron
náusea...
«El Imparcial», 3 de agosto de 1898.
  El talismán
La presente historia, aunque verídica, no puede leerse a la
claridad del sol. Te lo advierto, lector, no vayas a llamarte a engaño:
enciende una luz, pero no eléctrica, ni de gas corriente, ni siquiera de
petróleo, sino uno de esos simpáticos velones típicos, de
tan graciosa traza, que apenas alumbran, dejando en sombra la mayor parte del
aposento. O mejor aún: no enciendas nada; salte al jardín, y
cerca del estanque, donde las magnolias derraman efluvios embriagadores y la
luna rieles argentinos, oye el cuento de la mandrágora y del
barón de Helynagy.
Conocí a este extranjero (y no lo digo por prestar colorido
de verdad al cuento, sino porque en efecto le conocí) del modo
más sencillo y menos romancesco del mundo: me lo presentaron en una
fiesta de las muchas que dio el embajador de Austria. Era el barón
primer secretario de la Embajada; pero ni el puesto que ocupaba, ni su figura,
ni su conversación, análoga a la de la mayoría de las
personas que a uno le presentan, justificaban realmente el tono misterioso y
las reticentes frases con que me anunciaron que me lo presentarían, al
modo con que se anuncia algún importante suceso.
Picada mi curiosidad, me propuse observar al barón
detenidamente. Parecióme fino, con esa finura engomada de los
diplomáticos, y guapo, con la belleza algo impersonal de los hombres de
salón, muy acicalados por el ayuda de cámara, el sastre y el
peluquero -goma también, goma todo-. En cuanto a lo que valiese el
barón en el terreno moral e intelectual, difícil era averiguarlo
en tan insípidas circunstancias. A la media hora de charla volví
a pensar para mis adentros: «Pues no sé por qué nombran a
este señor con tanto énfasis.»
Apenas dio fin mi diálogo con el barón,
pregunté a diestro y siniestro, y lo que saqué en limpio
acrecentó mi curioso interés. Dijéronme que el
barón poseía nada menos que un talismán. Sí, un
talismán verdadero: algo que, como la «piel de zapa» de
Balzac, le permitía realizar todos sus deseos y salir airoso en todas
sus empresas. Refiriéronme golpes de suerte inexplicables, a no ser por
la mágica influencia del talismán. El barón era
húngaro, y aunque se preciaba de descender de Tacsonio, el glorioso
caudillo magiar, lo cierto es que el último vástago de la familia
Helynagy puede decirse que vegetaba en la estrechez, confinado allá en
su vetusto solar de la montaña. De improviso, una serie de raras
casualidades concentró en sus manos respetable caudal: no sólo se
murieron oportunamente varios parientes ricos, dejándole por universal
heredero, sino que al ejecutar reparaciones en el vetusto castillo de Helynagy,
encontróse un tesoro en monedas y joyas. Entonces el barón se
presentó en la corte de Viena, según convenía a su rango,
y allí se vieron nuevas señales de que sólo una
protección misteriosa podía dar la clave de tan extraordinaria
suerte. Si el barón jugaba, era seguro que se llevaba el dinero de todas
las puestas; si fijaba sus ojos en una dama, en la más inexpugnable, era
cosa averiguada que la dama se ablandaría.
Tres desafíos tuvo, y en los tres hirió a su
adversario; la herida del último fue mortal, cosa que pareció
advertencia del Destino a los futuros contrincantes del barón. Cuando
éste sintió el capricho de ser ambicioso, de par en par se le
abrieron las puertas de la Dieta, y la secretaría de la Embajada en
Madrid hoy le servía únicamente de escalón para puesto
más alto. Susurrábase ya que le nombrarían ministro
plenipotenciario el invierno próximo.
Si todo ello no era patraña, efectivamente merecía la
pena de averiguar con qué talismán se obtienen tan envidiables
resultados; y yo me propuse saberlo, porque siempre he profesado el principio
de que en lo fantástico y maravilloso hay que creer a pie juntillas, y
el que no cree -por lo menos desde las once de la noche hasta las cinco de la
madrugada-, es tuerto del cerebro, o sea medio tonto.
A fin de conseguir mi objeto, hice todo lo contrario de lo que
suele hacerse en casos tales; procuré conversar con el barón a
menudo y en tono franco, pero no le dije nunca palabra del talismán.
Hastiado probablemente de conquistas amorosas, estaba el barón en la
disposición más favorable para no pecar de fatuo y ser amigo, y
nada más que amigo, de una mujer que le tratase con amistosa franqueza.
Sin embargo, por algún tiempo mi estrategia no surtió efecto
alguno: el barón no se espontaneaba, y hasta percibí en
él, más que la insolente alegría del que tiene la suerte
en la mano, un dejo de tristeza y de inquietud, una especie de negro pesimismo.
Por otro lado, sus repetidas alusiones a tiempos pasados, tiempos modestos y
oscuros, y a un repentino encumbramiento, a una deslumbradora racha de
felicidad, confirmaban la versión que corría. El anuncio de que
había sido llamado a Viena el barón y que era inminente su
marcha, me hizo perder la esperanza de saber nada más.
Pensaba yo en esto una tarde, cuando precisamente me anunciaron al
barón. Venía, sin duda, a despedirse y traía en la mano un
objeto que depositó en la mesilla más próxima.
Sentóse después, y miró alrededor como para cerciorarse de
que estábamos solos. Sentí una emoción profunda, porque
adiviné con rapidez intuitiva, femenil, que del talismán iba a
tratarse.
-Vengo -dijo el barón- a pedirle a usted, señora, un
favor inestimable para mí. Ya sabe usted que me llaman a mi país,
y sospecho que el viaje será corto y precipitado. Poseo un objeto...,
una especie de reliquia..., y temo que los azares del viaje... En fin, recelo
que me lo roben, porque es muy codiciada, y el vulgo le atribuye virtudes
asombrosas. Mi viaje se ha divulgado; es muy posible que hasta se trame
algún complot para quitármela. A usted se la confío;
guárdela usted hasta mi vuelta, le seré deudor de verdadera
gratitud.
¡De manera que aquel talismán precioso, aquel raro
amuleto estaba allí, a dos pasos, sobre un mueble, e iba a quedar entre
mis manos!
-Tenga usted por seguro que si la guardo, estará bien
guardada -respondí con vehemencia-; pero antes de aceptar el encargo
quiero que usted me entere de lo que voy a conservar. Aunque nunca he dirigido
a usted preguntas indiscretas, sé lo que se dice, y entiendo que,
según fama, posee usted un talismán prodigioso que le ha
proporcionado toda clase de venturas. No lo guardaré sin saber en
qué consiste y si realmente merece tanto interés.
El barón titubeo. Vi que estaba perplejo y que vacilaba
antes de resolverse a hablar con toda verdad y franqueza. Por último,
prevaleció la sinceridad, y no sin algún esfuerzo, dijo:
-Ha tocado usted, señora, la herida de mi alma. Mi pena y mi
torcedor constante es la duda en que vivo sobre si realmente poseo un tesoro de
mágicas virtudes, o cuido supersticiosamente un fetiche despreciable. En
los hijos de este siglo, la fe en lo sobrenatural es siempre torre sin
cimiento; el menor soplo de aire la echa por tierra. Se me cree
«feliz», cuando realmente no soy más que
«afortunado»: sería feliz si estuviese completamente seguro
de que lo que ahí se encierra es, en efecto, un talismán que
realiza mis deseos y para los golpes de la adversidad; pero este punto es el
que no puedo esclarecer. ¿Qué sabré yo decir? Que siendo
muy pobre y no haciendo nadie caso de mí, una tarde pasó por
Helynagy un israelita venido de Palestina, y se empeñó en
venderme eso, asegurándome que me valdría dichas sin
número. Lo compré..., como se compran mil chucherías
inútiles..., y lo eché en un cajón. Al poco tiempo
empezaron a sucederme cosas que cambiaban mi suerte, pero que pueden explicarse
todas..., sin necesidad de milagros -aquí el barón sonrió
y su sonrisa fue contagiosa-. Todos los días -prosiguió
recobrando su expresión melancólica- estamos viendo que un hombre
logra en cualquier terreno lo que se merece..., y es corriente y usual que
duelistas inexpertos venzan a espadachines famosos. Si yo tuviese la
convicción de que existen talismanes, gozaría tranquilamente de
mi prosperidad. Lo que me amarga, lo que me abate, es la idea de que puedo
vivir juguete de una apariencia engañosa, y que el día menos
pensado caerá sobre mí el sino funesto de mi estirpe y de mi
raza. Vea usted cómo hacen mal los que me envidian y cómo el
tormento del miedo al porvenir compensa esas dichas tan cacareadas. Así
y todo, con lo que tengo de fe me basta para rogar a usted que me guarde bien
la cajita..., porque la mayor desgracia de un hombre es el no ser
escéptico del todo, ni creyente a machamartillo.
Esta confesión leal me explicó la tristeza que
había notado en el rostro del barón. Su estado moral me
pareció digno de lástima, porque en medio de las mayores venturas
le mordía el alma el descreimiento, que todo lo marchita y todo lo
corrompe. La victoriosa arrogancia de los hombres grandes dimanó siempre
de la confianza en su estrella, y el barón de Helynagy, incapaz de
creer, era incapaz asimismo para el triunfo.
Levantóse el barón, y recogiendo el objeto que
había traído, desenvolvió un paño de raso negro y
vi una cajita de cristal de roca con aristas y cerradura de plata. Alzada la
cubierta, sobre un sudario de lienzo guarnecido de encajes, que el barón
apartó delicadamente, distinguí una cosa horrible: un figurilla
grotesca, negruzca, como de una cuarta de largo, que representaba en
pequeño el cuerpo de un hombre. Mi movimiento de repugnancia no
sorprendió al barón.
-¿Pero qué es este mamarracho? -hube de
preguntarle.
-Esto -replicó el diplomático- es una maravilla de la
Naturaleza; esto no se imita ni se finge; esto es la propia raíz de la
mandrágora, tal cual se forma en el seno de la tierra. Antigua como el
mundo es la superstición que atribuye a la mandrágora
antropomorfa las más raras virtudes. Dicen que procede de la sangre de
los ajusticiados, y que por eso de noche, a las altas horas, se oye gemir a la
mandrágora como si en ella viviese cautiva un alma llena de
desesperación. ¡Ah! Cuide usted, por Dios, de tenerla envuelta
siempre en un sudario de seda o de lino: sólo así dispensa
protección la mandrágora.
-¿Y usted cree todo eso? -exclamé mirando al
barón fijamente.
-¡Ojalá! -respondió en tono tan amargo que al
pronto no supe replicar palabra.
A poco el barón se despidió repitiendo la
súplica de que tuviese el mayor cuidado, por lo que pudiera suceder, con
la cajita y su contenido. Advirtióme que regresaría dentro de un
mes, y entonces recobraría el depósito.
Así que cayó bajo mi custodia el talismán, ya
se comprende que lo miré más despacio; y confieso que si toda la
leyenda de la mandrágora me parecía una patraña grosera,
una vil superstición de Oriente, no dejó de preocuparme la
perfección extraña con que aquella raíz imitaba un cuerpo
humano. Discurrí que sería alguna figura contrahecha, pero la
vista me desengañó, convenciéndome de que la mano del
hombre no tenía parte en el fenómeno, y que el
homunculus era natural, la propia raíz
según la arrancaran del terreno. Interrogué sobre el particular a
personas veraces que habían residido largo tiempo en Palestina, y me
aseguraron que no es posible falsificar una mandrágora, y que
así, cual la modeló la Naturaleza, la recogen y venden los
pastores de los montes de Galaad y de los llanos de Jericó.
Sin duda la rareza del caso, para mí enteramente
desconocido, fue lo que en mal hora exaltó mi fantasía. Lo cierto
es que empecé a sentir miedo o, al menos, una repulsión
invencible hacia el maldito talismán. Lo había guardado con mis
joyas en la caja fuerte de mi propio dormitorio; y cátate que me acomete
un desvelo febril, y doy en la manía de que la mandrágora
dichosa, cuando todo esté en silencio, va a exhalar uno de sus quejidos
lúgubres, capaces de helarme la sangre en la venas. Y el ruido
más insignificante me despierta temblando y, a veces, el viento que
mueve los cristales y estremece las cortinas se me antoja que es la
mandrágora que se queja con voces del otro mundo...
En fin, no me dejaba vivir la tal porquería, y
determiné sacarla de mi cuarto y llevarla a una cristalera del
salón, donde conservaba yo monedas, medallas y algunos cachivaches
antiguos. Aquí está el origen de mi eterno remordimiento, del
pesar que no se me quitará en la vida. Porque la fatalidad quiso que un
criado nuevo, a quien tentaron las monedas que la cristalera encerraba,
rompiese los vidrios, y al llevarse las monedas y los dijes, cargase
también con la cajita del talismán. Fue para mí terrible
golpe. Avisé a la Policía; la Policía revolvió
cielo y tierra; el ladrón pareció, sí señor,
pareció; recobráronse las monedas, la cajita y el sudario... pero
el talismán confesó mi hombre que lo había arrojado a un
sumidero de alcantarilla, y no hubo medio de dar con él, aun a costa de
las investigaciones más prolijas y mejor remuneradas del mundo.
-¿Y el barón de Helynagy? -pregunté a la dama
que me había referido tan singular suceso.
-Murió en un choque de trenes, cuando regresaba a
España -contestó ella más pálida que de costumbre y
volviendo el rostro.
-¿De modo que era talismán verdadero aquel...?
-¡Válgame Dios! -repuso-. ¿No quiere usted
concederle nada a las casualidades?
«El Imparcial», 8 enero 1894.
  Reconciliación
-Yo la aborrecía como el que más -dijo el
semifilósofo-, ¡y cuidado que la aborrecen los mortales! Pero se
me figura que mi odio revestía un carácter especial de violencia
y desprecio. No sólo me parecía horrible, sino
antipáticamente ridícula, y me burlaba de sus gestos, del aparato
que la rodea, de los versos y artículos que inspira, de las industrias
que sostiene, de las carrozas figurando templetes, de los cocheros y lacayos
«a la Federica»; de las coronas de siemprevivas y violetas de trapo
que parecen roscones; de los pensamientos tamaños como berzas sobre
cuyas negras hojas reluce, adherido con goma arábiga, un descomunal
lagrimón de vidrio... Groseras representaciones simbólicas, que
me inspiraban en vez de respeto, mofadora risa, y que me hacían exclamar
al encontrarme por las calles un entierro: «Ahí va la
última mascarada. Como «me lleven» así..., soy capaz
de resucitar y de dar el disgusto magno a mis herederos.»
Quizá «ella» se enteró de que yo la
detestaba tan seria y encarnizadamente. Lo cierto es que una noche, de verano y
muy apacible, encontrándome en perfecta salud y sin acordarme para nada
de la desagradable acreedora de la Humanidad, como me entretuviese en el
jardín respirando el suave aroma de los dondiegos y las madreselvas, y
recreándome en la fantástica forma que presta la luna a los
árboles y a las lejanías, de pronto vi a la Muerte, a la Muerte
en persona, sentada a mi verita, en el mismo banco, y clavando en mí sus
profundos ojos de esfinge.
¿Que cómo supe que era la Muerte? ¡Bah! Se la
conoce en seguida, ni más ni menos que si la estuviésemos
tratando a todas horas. No creáis, sin embargo, que la Muerte se me
presentó como suelen pintarla, reducida al estado del mondo esqueleto,
armado con una guadaña, sosteniendo un reloj de arena, enseñando
los dientes amarillos y entrechocando pavorosamente los huesos. Ésas son
fantasías de poetas y pintores. No se necesita reflexionar mucho para
comprender que entre lo que llamamos «muerte» y el período
en que el cuerpo se convierte en esqueleto pelado media una distancia grande,
que sólo salva la imaginación, y que significar la Muerte por
medio de una armazón óseo, es como si figurásemos el
nacimiento con un poquillo de albúmina o un germen invisible.
La Muerte que se me apareció era una bella mujer con todas
sus carnes, mórbidas y frescas aún, si bien descoloridas. A no
ser por la palidez intensa de la cara y los brazos, que llevaba descubiertos,
la Muerte parecería vivir. Sus pupilas grandes, fijas y dilatadas,
miraban de un modo interrogador. Vestía -según pude distinguir a
la clara luz de la luna- de una gasa color azul de cielo salpicada de puntitos
menudos que relucían como estrellas. Desde que se presentó a mi
lado, la templada atmósfera se enfrió, como si soplase una brisa
húmeda y glacial.
Al pronto no me atreví a interrogarla. Estoy seguro de que a
ti, lector, te sucedería lo mismo: la Muerte, vista de cerca, por
más que se adorne, y componga, siempre infundirá una miaja de
respeto..., es decir, de asco. Y advirtiendo ella lo que me sucedía, se
adelantó a hablarme con voz sumamente dulce, insinuante y melodiosa, que
suscitaba el presentimiento o el recuerdo del sonido delicadísimo de una
flauta de plata.
-He venido -dijo blandamente- a que hagamos las paces. No me avengo
a que todos me miren con repugnancia y a que sea mi nombre un espantajo.
¡Qué injusticia! De venir al mundo deberían espantarse los
hombres; pero... ¿de salir de él? Y mira, será
chiquillada: lo que más me duele es que me llamen fea. Dime
sinceramente: ¿soy fea yo? ¿No es mucho más feo al nacer;
no es más prosaico, más doloroso, más sucio, más
difícil, hasta más ridículo? Piensa cómo se nace y
cómo se muere, y manifiéstame tu opinión. Muertes bellas,
heroicas, grandiosas, recordarás infinitas; nacimiento heroico no
sé de ninguno. El hombre, cuando nace, sólo afirma su existencia
orgánica. Al morir, en cambio, ¡cuántas cosas grandes se
han afirmado generosamente: ideas altas y nobles, santas creencias,
sentimientos ardientes y profundos! ¿No es cierto que hay vidas que no
tienen más valor ni más significación que la que yo vengo
a prestarles en un momento supremo? Hubo hombres -a centenares- que sólo
viven porque murieron bien.
-Estoy enterado -contesté de mala gana-.
Un bel morir... como dijo no sé
quién... Y a fe que no soy el único que ignora quién dijo
esa sobada frase. Tu tienes razón, hermana Muerte; pero, mira, no lo
podemos remediar; no nos haces gracia. Desde que estás ahí,
¡por ejemplo!, siento frío y se me ha encogido el
corazón.
-Sin embargo, apostaré a que me vas encontrando menos fea,
y, sobre todo, ya no te parezco risible. Estoy segura de llegar a agradarte, a
conquistarte, si me sigues tratando. ¡Quién sabe!
¡Podrás amarme quizá! En eso me diferencio también
de la Vida. A ésta se la recibe con alegría y alborozo; se espera
de ella todo lo bueno, todo lo apetecible, las cosas más bonitas y
seductoras... Y pregúntale a tus semejantes, pregúntate a ti
mismo, si la insolente ladrona desuellacaras cumple lo que prometió.
¡Pregunta, sí, si alguien queda satisfecho de ella, si hay quien
no la maldiga, si hay quien, después de arrancarle la máscara, se
aviene a recibirla de nuevo con su secuela de dolores, berrinches y
aburrimiento intolerable! En cambio, ¿quién se queja de
mí? ¡Observa cómo los que yo me llevo dejan traslucir en
sus facciones inexplicable alivio, expresión de conformidad, de sosiego
dulce y plácido! Es que yo les colmo a todos las medidas. Doy a cada
cual lo que soñó.
-Eres una elocuente abogada -respondí a la Muerte procurando
desviarme de ella con disimulo-, y casi me vas persuadiendo; sin embargo, hay
en ti algo difícil de soportar, y es eso de que no sepamos adónde
nos conduces.
-¿Será a sitios peores que la Tierra?
-Imposible -respondí con gran fe.
-La palabra que acabas de pronunciar es la condena de la vida
-respondió la mujer pálida, fascinándome con sus
enigmáticos ojos y atrayéndome como atrae lo desconocido, hasta
tal punto que, involuntariamente, me acerqué a ella; y notándolo,
me sonrió, y me pasó por la cara unas flores marchitas que
olían a cera y a incienso. Al respirarlas, empecé a sentir que la
Muerte es una sirena.
-Lo que no te perdono -exclamé reaccionando- es tu maldad,
tu impía y cruel acción de llevarte a los que amamos. Comprendo
que si me llevas no resistiré ni protestaré; pero, ¡ay de
ti si te acercas a los seres preferidos! ¿Cómo no quieres que te
maldigan los que te ven llegar tranquila e inevitable, cuchillo en mano, para
separarle el corazón en dos mitades, llevarte la una y dejar la otra
aquí llorando gotas de sangre y hiel? Vamos, Muerte, ahora sí que
no tienes nada que alegar en tu defensa. Jamás nos reconciliaremos
contigo si tocas a un pelo de la cabeza sagrada. Por eso te llamamos tirana y
odiosa; por eso tu aspecto nos crispa y nos indigna, y nunca nos habituaremos a
ti, maldición de Dios que pesa sobre nosotros.
La mujer del rostro pálido permaneció algún
tiempo callada, sin contestar a mi invectiva. Al fin, lentamente, puso mano de
hielo en mi hombro y dijo con acento que penetraba hasta las últimas
capas del cerebro:
-Es cierto que separo a los que se aman, que desanudo los brazos,
que aíslo las bocas, que pongo entre los cuerpos la valla de bronce del
sepulcro, que traigo al espíritu la indiferencia, a la memoria el sopor,
que me río irónicamente de los juramentos en que se invocó
la eternidad, y que el llanto no me apiada, ni el dolor me importa... Pero
¡en cambio!...
-En cambio..., ¿qué? No hay beneficio que tanto
daño pueda compensar.
-Sí lo hay. En cambio..., ¡óyeme bien!... Soy
la vengadora segura, infalible, que nunca falta. Tarde o temprano cumplo los
sacrílegos deseos y entrego al enemigo la cabeza del enemigo.
Y pasó por la faz de mármol de la muerte una vaga
sonrisa de complicidad con la pasión, pasión que en aquel momento
sentí con rubor que me subyugaba. Reconciliado enteramente con el
espectro, le tendí los brazos en un transporte de rencor satisfactorio y
de feroz alegría... Y no tuve tiempo de avergonzarme y arrepentirme de
este anticristiano impulso, porque la Muerte había desaparecido y
sólo quedaba a mi alrededor el silencio, el olor de las madreselvas, la
luna convirtiendo en lago sin límites las lejanías y los
términos del valle, y la majestad tranquila de la inmortal
Naturaleza.
«El Imparcial», 11 febrero 1895.
  La moneda del mundo
Érase un emperador (no siempre hemos de decir un rey) y
tenía un solo hijo, bueno como el buen pan, candoroso como una doncella
(de las que son candorosas) y con el alma henchida de esperanzas lisonjeras y
de creencias muy tiernas y dulces. Ni la sombra de una duda, ni el más
ligero asomo de escepticismo empañaba el espíritu juvenil y puro
del príncipe, que con los brazos abiertos a la Humanidad, la sonrisa en
los labios y la fe en el corazón, hollaba una senda de flores.
Sin embargo, a su majestad imperial, que era, claro está,
más entrada en años que su alteza, y tenía, como suele
decirse, más retorcido el colmillo, le molestaba que su hijo
único creyese tan a puño cerrado en la bondad, lealtad y
adhesión de todas cuantas personas encontraba por ahí. A fin de
prevenirle contra los peligros de tan ciega confianza, consultó a los
dos o tres brujos sabihondos más renombrados de su imperio, que
revolvieron librotes, levantaron figuras, sacaron horóscopos y devanaron
predicciones; hecho lo cual, llamó al príncipe, y le
advirtió, en prudente y muy concertado discurso, que moderase aquella
propensión a juzgar bien de todos, y tuviese entendido que el mundo no
es sino un vasto campo de batalla donde luchan intereses contra intereses y
pasiones contra pasiones, y que, según el parecer de muy famosos
filósofos antiguos, el hombre es lobo para el hombre. A lo cual
respondió el príncipe que para él habían sido todos
siempre palomas y corderos, y que dondequiera que fuese no hallaba sino rostros
alegres y dulces palabras, amigos solícitos y mujeres hechiceras y
amantes.
-Eres príncipe, eres mozo, eres gallardo -advirtió el
viejo meneando la cabeza-, y por eso juzgas así. Mas yo, como padre,
debo abrirte los ojos y que te sirva de algo mi experiencia. Sométete a
una prueba y me dirás maravillas. Ponte al cuello este amuleto
mágico, y ve recorriendo las casas de tus mejores amigos... y amigas.
Pregúntales si te quieren de veras y pídeles una moneda en
señal de cariño. Te la darán muy gustosos;
recógelas en un saco y vuélvete aquí con la colecta.
Obedeció el príncipe, y a la tarde regresó a
palacio con un saco de dinero tan pesado, que lo traían entre dos
pajes.
-Ahora -mandó el emperador- que has recogido fondos,
disfrázate de artesano o de labriego y vete por esos caminos, pagando
tus gastos con las monedas que te dieron hoy.
Cumplió el príncipe la orden y salió solo y en
humilde traje, llevando en el cinto, bolsa y calzas el dinero de su coleta. En
la primera posada donde paró ya quisieron apalearle por pretender pagar
con moneda falsa el gasto. En la segunda, le apalearon de veras. Y en la
tercera, echóle mano la Santa Hermandad, por falso monedero; hasta que,
compadecidos de sus lágrimas, le soltaron los cuadrilleros en una aldea,
donde resolvió no presentar más el dinero de sus amigos... y
amigas y regresar a palacio pidiendo limosna.
Cuando llegó ante su padre, y éste le vio tan
pálido, tan deshecho, tan maltratado y tan melancólico, le
preguntó con aire de victoria:
-¿Qué tal la moneda del mundo?
-De plomo, padre... Falsísima... Pero lo que yo lloro no es
esa moneda, sino otra de oro puro que también perdí.
-¿Cuál, hijo mío?
-Mis ilusiones, que me hacían dichoso -sollozó el
príncipe; y mirando a su padre con enojo y queja, se retiró a su
cuarto, en el cual se encerró para siempre, pues de allí
sólo salió a meterse cartujo, quedándose el imperio sin
sucesor.
  Entrada de año
Fresco, retozón, chorreando juventud, el Año Nuevo,
desde los abismos del Tiempo en que nació y se crió, se dirige a
la tierra donde ya le aguardan para reemplazar al año caduco, perdido de
gota y reuma, condenado a cerrar el ojo y estirar la pata inmediatamente.
Viene el Año Nuevo poseído de las férvidas
ilusiones de la mocedad. Viene ansiando derramar beneficios, regalar a todos
horas y aun días de júbilo y ventura. Y al tropezar en el umbral
de la inmensidad con un antecesor, que pausadamente y renqueando camina a
desaparecer, no se le cuece el pan en el cuerpo y pregunta afanoso:
-¿Qué tal, abuelito? ¿Cómo andan las
cosas por ahí? ¿De qué medios me valdré para dar
gusto a la gente? Aconséjame... ¡A tu experiencia apelo!...
El Año Viejo, alzando no sin dificultad la mano derecha,
desfigurada y llena de tofos gotosos, contesta en voz que silba pavorosa al
través de las arrasadas encías.
-¡Dar gusto! ¡Si creerá el trastuelo que se
puede dar gusto nunca! ¡Ya te contentarías con que no te hartasen
de porvidas y reniegos! De las maldiciones que a mí me han echado,
¿ves?, va repleto este zurrón que llevo a cuestas y que me
agobia... ¡Bonita carga!... Cansado estoy de oír repetir:
«¡Año condenado! ¡Año de desdichas!
¡Año de miseria! ¡Año fatídico! Con otro
año como éste...» Y no creas que las acusaciones van contra
mí solo... Se murmura de «los años» en general...
Todo lo malo que les sucede lo atribuyen los hombres al paso y al peso de los
años... ¡A bien que por último me puse tan sordo, que ni me
enteraba siquiera!...
Aquí se interrumpe el Año decrépito, porque un
acceso de tos horrible le doblega, zamarreándole como al árbol
secular el viento huracanado. Y el Año mozo, que ni lleva pastillas de
goma ni puede entretenerse en cuidar catarros y asmas, prosigue su camino
murmurando con desaliento:
-Adiós, abuelito... Aliviarse... Se hace tarde y voy muy de
prisa...
Al entrar en la Tierra, sentíase descorazonado. Como suele
decirse, se le había caído el alma a los pies, y además
creía herida su dignidad y ofendida su rectitud al acercarse a gentes
que le maldecirían y le achacarían, sin razón, sus
adversidades y desventuras.
Hasta tal extremo fatiga esta cavilación al muchacho
-advierto que el año de mi historia era muy delicado y pundonoroso-, que
decide apelar a una especie de plebiscito. Si le rechaza la mayoría, si
en él ven un enemigo los mortales, hállase resuelto a suprimirse,
a disolverse en la nada, borrando antes con el dedo las cifras de su nombre ya
escritas en la gigantesca y negra pizarra del Destino. Un suicidio por decoro
antes que una vida detestable entre la universal execración.
Con tan firme propósito, el Año Nuevo, vagando por
las calles de populosa ciudad, cruza la primera puerta que ve franca, por la
cual salen quejidos lastimeros. Sobre duro camastro yace tendida una vejezuela,
seca como pergamino, inmóvil. En sus miembros paralizados sólo
vive el dolor. El año se inclina, compadecido, e interroga a la impedida
afectuosamente:
-¿Qué es eso, madre? Mal lo pasamos, ¿eh?
-¡Ay, hijo! Esto se llama rabiar y condenarse... Tengo dentro
un perro que me roe los huesos sin descanso... ¡Y sin esperanzas de
curación! ¡Cuatro años que llevo así!
-¿De modo que no querrá usted llevar uno más?
-exclamó el chico con anhelo-. Porque yo soy el Año que viene
ahora, y si usted gusta, puedo quitarme de en medio. Desaparezco por
escotillón. Usted descuenta ese añito de los que le faltan de
padecer... ¡y a vivir... o a morir, según Dios disponga!
Profundo espanto se pinta en la cara amojamada de la vieja. Brillan
de terror sus apagados ojos, y cruzando las manos -sólo estaba baldada
de la cadera abajo- implora así:
-¡No, Añito del alma, no te vayas, no te quites! No,
Añito, eso no. ¡Ya parece que me siento algo aliviada...!
¡Me anuncia el corazón que no has de ser malo como tus
antecesores!... ¡Un añito! ¡Y a mi edad, que quedan tan
pocos!
Maravillado sale el Año de allí, y como anda tan
ligero, presto deja atrás la ciudad y se encuentra en una especie de
colonia obrera, albergue de los trabajadores en las minas de azogue.
Sórdida estrechez se delata en el aspecto de las casuchas, y
las filas de seres humanos que a la incierta luz del amanecer se dirigen a
hundirse en las entrañas de la mina, llevan estampadas en el rostro las
huellas del veneno que impregna su organismo. Su palidez verdosa, su temblor
mercurial incesante causan escalofrío y miedo.
El Año, espantado de tal vista, se acerca al que más
tiembla, que no parece sino muñequillo de médula de saúco
bajo la influencia de eléctrica corriente, y le hace la misma
proposición que a la vieja tullida.
El temblor del desdichado aumenta. Hiere de pie y de mano, danzando
como si le hubiese picado la tarántula maligna. Sus ojos ruegan, sus
rodillas se doblan y entre dos zapatetas suplica afligido:
-¡Eso nunca, señor de Año! ¡Por lo que
usted más quiera, no me quite un pedazo de la dulce vida! ¡Es el
único bien que poseo!
Apártase el Año, entre horrorizado y despreciativo, y
con la rapidez propia de su marcha (el tiempo vuela, ya se sabe), al instante
llega a orillas del mar, ve un presidio y se introduce en una de sus
cuadras.
Residencia para todos odiosa, sombría, mefítica,
emponzoñada por hediondas emanaciones, ¿qué será
para el hombre que no cesa de dar vueltas a tremenda idea fija: la certidumbre
de haber sido condenado sin culpa a cadena perpetua, y de que, mientras se
consume en el penal, abrumado de ignominias, el verdadero criminal, que le
robó libertad y honor, se pasea tan tranquilo, lisonjeado del mundo,
favorecido de la propia mujer del preso?
Y los abyectos compañeros de cadena, al observar en el
presidiario inocente un instinto de honradez, una imposibilidad de adaptarse a
la degradación, le han tomado por esclavo y víctima, y a fuerza
de golpes le obligan a que les sirva y desempeñe los menesteres
más bajos.
Cuando el Año penetra en la cuadra, el desdichado preso se
ocupa en liar los sucios petates de la brigada toda.
«Lo que es éste, acepta -discurre el Año entre
sí-. A vivir semejante, será preferible el nicho.»
Al formular la proposición, seguro de que la oiría
con transporte, el Año sonríe; pero el presidiario, apenas
comprende, se subleva, chilla, pone las manos como para defender o pegar.
¡No faltaba más! ¡Después de tanta
inmerecida desventura, iban a robarle un año de existencia! ¡En
seguida! ¿Y si mañana reconocían su inculpabilidad y le
echaban a la calle? ¡Pues hombre!
Confuso y aturdido huye del presidio el Año Nuevo. ¿A
qué repetir la tentativa? Nadie quería perder minuto de esta vida
tan injuriada y tan perra...
Sin embargo, por tranquilizar su conciencia, recorre el Año
los lugares en que se llora, las mansiones del dolor y la necesidad, las
famélicas buhardillas, los campos que riega el sudor del labriego, los
asquerosos burdeles, los hospitales, los asilos de la mendicidad, las
leproserías, las glaciales prisiones siberianas... Doquiera le dicen
«arre allá» cuando pretende cercenarles un año de
suplicio...
Ahíto de ver tanta desdicha, el Año quiere reposar
una hora en alguna casa alegre, rica y elegante, y se detiene en el palacio de
un señor poderoso, a quien rodearon desde la cuna prosperidades y
lisonjas, sobre quien llovieron amores, honores y riquezas.
En una estancia que más parece museo, donde tapices de
armoniosos tonos apagados sirven de fondo a relucientes y arrogantes armaduras
antiguas; recostado en un sillón guadamecí, descansando la sien
sobre el puño, está el potentado, siguiendo con lánguido
mirar los reflejos de la llama que arde en la chimenea.
«¿Qué dirá éste de mi
proposición? -calcula el Año-. Saltará al oírla. Me
cruza con aquella tizona, de fijo.»
¡Y por chancearse, por curiosidad, ofrece el consabido
trato... Doce meses menos, un recorte en la tela del vivir!... Alza la frente
el magnate, sonríe penosamente, y tendiendo la diestra, farfulla como si
tuviese pereza de hablar:
-Convenido: venga esa mano... ¡Doce meses de aburrimiento que
desquito! Mil gracias... No tengo arranque para pegarme un tiro; pero
así, indirectamente, es otra cosa...
Y entonces el Año Nuevo se encoge de hombros, alejase de la
señorial mansión, y anuncia a son de trompeta, en calendarios y
diarios, su entrada en la casa de locos de la Humanidad.
  Tiempo de ánimas
No cuento ni conseja, sino historia.
La costa de L*** es temible para los navegantes. No hay abra, no
hay ensenada en que puedan guarecerse. Ásperos acantilados, fieros
escollos, traidoras sirtes, bajíos que apenas cubre el agua, es cuanto
allí encuentran los buques si tuercen poco o mucho el derrotero. Y no
bien se acerca diciembre y las tempestades del equinoccio, retrasadas, se
desatan furiosas, no pasa día en que aquellas salvajes playas no se vean
sembradas de mil despojos de naufragio.
Favorable para la caza la estación en que el otoño
cede el paso al invierno, con frecuencia la pasábamos en L***, y
más de una vez sucedió que Simón Monje -alias
el Tío Gaviota- nos trajese a vender
barricas de coñac o cajas de botellas pescadas por él sin anzuelo
ni redes. El apodo de Simón dice bien claro a qué oficio se
dedicaba desde tiempo inmemorial el viejo ribereño.
Las gaviotas, como todos saben, no abaten el vuelo sobre la playa
sino al acercarse la tormenta y alborotarse el mar. Cuando la bandada de
gaviotas se para graznando cavernosamente y se ven sobre la arena húmeda
millares de huellas de patitas que forman complicado arabesco, ya pueden los
marineros encomendarse a la Virgen, cuya ermita domina el cabo: mal tiempo
seguro. A la primera racha huracanada, al primer bandazo que azota el velamen
de la lancha sardinera, Simón Monje salía de su casa, y
así que la mar se atufaba por lo serio en las largas noches del mes de
Difuntos, solía verse vagar por los escollos una lucecica. El farol de
Gaviota, que pescaba.
No era bien visto en la aldea Simón. Al fin y a la postre,
mientras los demás se rompían el cuerpo destripando terrones o
exponían la vida saliendo a la costera del múgil, él, en
unos cuantos días revueltos, garfiñaba, sabe Dios cómo, lo
suficiente para prestar onzas a rédito y pasar descansadamente el
año. Además, el aspecto de
Gaviota confieso que también a mí
me parecía antipático y una miaja siniestro... Cara amarilla,
nariz ganchuda, barba saliente que con la nariz se juntaba, mirar torvo y
receloso, párpados amoratados, greñas color ceniza,
componían una cabeza repulsiva, aunque con rasgos inteligentes. Sin
embargo, aparte de su equívoca profesión de pescador de despojos,
no daba Simón pretexto a las murmuraciones de la aldea. Puntual en el
pago del canon de la renta de su vivienda, foro nuestro, servicial y respetuoso
con los señores, moro de paz con sus iguales, demostraba además
una devoción extraordinaria, desviviéndose por el culto de la
Virgen de la ermita. Gracias a Simón, la lámpara no se apagaba
nunca, sobraba la cera y dos veces al año se celebraba en el santuario
función solemne costeada por el viejo. Una de las funciones se
verificaba invariablemente durante el mes de Ánimas y en sufragio de las
almas de los náufragos cuyos restos escupía a veces el oleaje
contra los escollos o sobre el playal. Y esta misa de Difuntos la oía
Gaviota postrado, la faz contra el suelo,
barriendo el piso con las canas, repitiendo por centésima vez la
súplica de perdón de su horrendo pecado que no se resolvía
a confesar, pues el que se confiesa ha de restituir, y si él restituyese
tendrá que despojarse de su oro, y su oro lo tenía aún
más adentro en el corazón que el remordimiento y que el temor de
la divina Justicia...
En la estación veraniega, mientras el mar luce sonrisa de
azur, mientras el arenal es de oro, las olas fosforecen de noche y las algas
flotan suavemente bajo el cristal del agua nítida,
Gaviota olvida a ratos la historia terrible y
disfruta en paz sus ganancias. Lo malo es que llega octubre, que el celaje se
espesa en cúmulos de plomo, que gimen y rugen el viento y la resaca, y
que la bruma, al desgarrar sus densos tules en los picos de los
peñascos, finge fantasmas envueltos en sudarios blanquecinos... Y viene
el mes de los muertos, el mes en que el otro mundo se pone en relación
con nosotros, el mes en que la atmósfera se puebla de espíritus
invisibles, en que un vaho de lágrimas, ascendiendo del Purgatorio,
humedece el aire..., y entonces
Gaviota, a cada viaje a la playa en busca de
botín, siente el terror helarle más la sangre en las venas, y sus
dedos, que un día se ciñeron al pescuezo de un hombre vivo
aún para acabar de asfixiarle y quitarle a mansalva el cinto
pletórico de monedas, se crispan y se fijan paralizados, como si ya los
agarrotase la agonía. «Confesarse, restituir», sugiere la
conciencia; pero el instinto repite: «Adquirir, adquirir
más», y afianzando el farolillo, dejando que la áspera
brisa seque el sudor del miedo en las sienes, allá va
Gaviota entre las tinieblas a espigar lo que
lanzan los abismos...
Bien se acuerdan en la parroquia de L***; el último merodeo
de Simón fue la noche de Difuntos del año pasado. Aunque pudiesen
olvidar lo que a
Gaviota sucedió no olvidarían la
tempestad tan horrible que se llevó el campanario de la ermita y
arrancó de cuajo muchos pinos del pinar que la rodea. Frenético,
delirante, el Océano quería tragarse la orilla; el trueno
asordaba, el rayo cegaba y el empuje del vendaval parecía estremecer las
rocas hasta sus profundas bases, alzando montañas líquidas que
empezaban por ser una línea gris en el horizonte; luego, un monstruo de
enormes fauces y cabellera blanquísima, galopando hacia tierra como para
devorarla. Ninguna barca salió a la mar; las mujeres acudieron al
santuario a pedir por los que en ella anduviesen, y como si la Virgen hubiese
extendido la mano, al anochecer se quedó el viento y se adormecieron las
olas. A poco, si los de la aldea no se hubiesen encerrado en sus casuchas,
podrían ver la luz del farolillo de
Gaviota oscilando entre las tinieblas por lo
más escabroso de la orilla.
Al pie de los bajos que llamaremos de Corveira fijóse la
vagarosa luz. Simón la había dejado en el hueco de una
peña y registraba el playazo. Conocía perfectamente los sitios
adonde las corrientes traen la presa, y tanto los conocía, que
cabalmente había sido «allí»... Los dientes de
Simón castañeteaban: ¡aquella noche de noviembre
pertenecía a los muertos! Saltando de charco en charco y de escollo en
escollo, dirigióse a un recodo del cantil, donde su mirada penetrante
distinguía un bulto de extraña forma, probablemente un mueble, un
lío de ropa, señal cierta del desastre de una gran
embarcación. Frío espanto clavó a la arena los pies de
Gaviota al advertir que no era sino un cuerpo
humano..., el cuerpo de un náufrago. Entre las sombras blanqueaba
vagamente el rostro, negreaba la vestimenta, se dibujaban y acusaban las
formas...
El primer impulso de Simón fue huir. Duró un
instante. La codicia se la disfrazaba de humanidad. «Puede estar vivo, y
quién sabe si «a éste» lo salvo.» Cogió
el farolillo y acercóse titubeante como un ebrio. Llegó la
claridad a la cara del náufrago: un rostro juvenil, tumefacto,
congestionado, helado. «Bien muerto está...» Entonces
reparó en el traje rico, en la cadena de oro que cruzaba el chaleco: el
infeliz, sin duda, se había arrojado vestido al agua, y los dedos
ganchudos del
Gaviota deslizáronse, afanosos, hasta
los bolsillos del chaleco, repletos, abultados. Probablemente en esta tarea
hizo el peso de Simón jugar los músculos pectorales del
cadáver que ya se creían inmóviles hasta el solemne
día del Juicio. Sólo así explicaron los médicos que
el rígido brazo pudiera erguirse de pronto y la yerta mano caer sobre
las mejillas de Simón.
A la gente de L***, la explicación no le satisface; es
más, no la comprende siquiera. ¿Quién mueve el brazo de un
difunto para abofetear a un criminal empedernido sino esa misma fuerza que alza
en el mar la ola y agrupa en el cielo las nubes: la fuerza de la eterna
Justicia?
Guardó cama dos días el
Tío Gaviota: uno vivo, otro de cuerpo
presente: al tercero lo enterraron. Se había confesado con muchas
lágrimas y ejemplar arrepentimiento.
«El Imparcial», 11 diciembre 1989.
  El antepasado
-Durante la temporada de los baños de mar -dijo Carmona,
nuestro proveedor de historias espeluznantes- hice migas con un muchacho que
ostenta un apellido precioso, mitad español y mitad italiano, evocador
de nuestras glorias pasadas: Ramírez de Oviedo Esforcia. Familiarmente,
los que le conocíamos en la linda playa de V*** le llamábamos
Fadriquito, y abreviando
Fadrí. Existía curioso contraste
entre los sonoros y heroicos apellidos de
Fadrí y su persona. Era una criatura
endeble, anémica, clorótica, de afeminado semblante, de ojos
claros y transparentes como el agua de dulce carácter y exquisita
finura; y los facultativos, al enviarle a V***, le habían encargado que
viviese en la playa; que se saturase de aire salobre, que se impregnase de
sales marinas; en broma, decíamos que para remedio de su sosería,
y en realidad, para prestar algún vigor a su empobrecida
complexión y a su organismo débil y exangüe.
«¡Qué quieren ustedes...! -repetía
Fadrí-. Soy huérfano, no tengo
quien me cuide... y he de cuidarme solo.»
El joven aristócrata se me aficionó, y juntos nos
bañábamos, almorzábamos, salíamos a paseo y
concurríamos al casino. Había yo notado en
Fadrí una singularidad, que
despertó mi instinto de observador: al desnudarse para entrar en las
olas, se cuidaba de no descubrir la garganta ni un momento,
manteniéndola envuelta en un pañuelo blanco muy ancho, que
sustituía por otro, después de arroparse en la sábana con
el mayor recato. Los cuellos almidonados de sus camisas subían casi
hasta las orejas, y esto, que algunos creyeron afectación de elegancia,
lo relacioné con el detalle del pañuelo, sospechando que
podría tener por objeto encubrir los estigmas de la escrófula,
que llamamos lamparones. Sin embargo, «algo» me indicaba causa
distinta para tan excesiva precaución; y un día, a pretexto de
echarle la sábana, me arreglé de suerte que el pañuelo
quedó en mis manos, y patente la garganta de mi amigo.
Él exhaló un gemido, como si le hubiesen arrancado el
vendaje de una llaga; y yo reprimí un grito -tan extraño me
pareció lo que veía-. Superaba a mis presentimientos...
Destacándose sobre la blancura de los hombros y las espaladas,
señalaba el arranque del cuello ancha marca circular, entre sangrienta y
lívida, de irregular contorno, semejante a la huella que deja el
cuchillo al separar del tronco la cabeza. Diríase que, después de
cortada, habían vuelto a colocarla allí, y que al menor
movimiento rodaría al suelo. No me quedaría, si sucediese,
más helado de lo que me quedé, notando la horrible señal.
Fadrí se cubría ya, con
trémulas manos, y yo permanecí inmóvil; el asombro me
paralizaba la lengua. Por fin, recobrando el uso de la palabra, me deshice en
tan sinceras y sentidas excusas, que el pobre muchacho sólo
contestó a ellas con un abrazo largo y expresivo como amistosa
confidencia...
Y la confidencia tenía que seguir al abrazo, por ley natural
de las cosas. Acaso
Fadrí la deseaba, pues el corazón
no resiste fácilmente la pesadumbre de ciertos secretos... Por la tarde
nos sentamos sobre una peña de la costa, en lugar solitario y salvaje, y
al pavoroso ruido de la resaca se mezcló la voz de
Fadrí, relatándome lo que tanto
deseaba saber: la historia de la señal.
-Después de cinco años de matrimonio estéril
-empezó-, mis padres iban perdiendo la esperanza de tener hijos. Los
médicos lo atribuían a la complexión de mi madre, que era
enfermiza, nerviosa y de una exaltada sensibilidad; y para que se robusteciese
le aconsejaron una larga residencia en el campo y una vida enteramente
rústica: de levantarse temprano, acostarse con las gallinas, comer
mucho, pasear a pie y evitar todo género de emociones. ¡Sobre
todo, las emociones le eran funestas! Para dejarla más tranquila y
atender a varios asuntos pendientes, mi padre resolvió no
acompañarla a la finca de Castilbermejo, que era el lugar escogido por
su amenidad y salubridad, y también porque la familia del mayordomo,
gente honrada y adicta, cuidaría y atendería a la
señora.
Me agrada Castilbermejo -advirtió mi padre- porque, si bien
en los siglos XV y XVI fue una fortaleza donde se batió el cobre, al
reconstruirla se convirtió en una casa grande, cómoda y apacible.
Ya no queda allí ni rastro de los tiempos crueles..., sino la historia
de la cabeza, que supongo es una patraña.
-¿De la cabeza? -preguntó mi madre con
interés-. ¿Qué cabeza es ésa?
-¡Nada, mentiras! -se apresuró a exclamar él,
ya arrepentido-. Como no estuve en Castilbermejo desde chiquillo, apenas
recuerdo...
Ella insistió, y mi padre, de mala gana, dio algunos
detalles.
-Pues aseguran que existe en la casa, dentro de un cofre de
terciopelo granate, la cabeza de un antepasado, un Esforcia, que degollaron en
Italia en el siglo XVI... Parece que fue hijo o sobrino de aquel famoso
Galeazzo, el que envenenó a su propia madre, Blanca Visconti...
¡Tonterías, consejas! Ya te estás poniendo pálida,
criatura... No debí ni mentar semejante embuste.
Calló ella, olvidóse el incidente, y mi madre
salió al fin para Castilbermejo, sentándole divinamente los
primeros días de rusticación. Según confesó
después la pobrecilla, el campo le produjo efectos tan bienhechores, que
no pensó en la cabeza del antepasado, aunque la relación de mi
padre se había quedado fija en su imaginación vehemente, como un
clavo en la pared. El aire puro, el sol, la paz y el sosiego de la comarca, la
leche fresca, la fruta, el sueño tranquilo, los cuidados y sencilla
amabilidad de la familia del mayordomo, influyeron tan provechosamente en la
señora, que su rostro recobró el color, su estómago el
apetito y su carácter la alegría de los pocos años. No
obstante, ¿se ha fijado usted en este fenómeno? El campo, si
tranquiliza los nervios, también a la larga, por efecto de la soledad y
de la misma carencia de cuidados, ocupaciones y distracciones, acaba por
exaltar la fantasía. Esto le sucedió a mi madre. Al mes o poco
más de residir en Castilbermejo, la idea de la cabeza cortada
empezó a preocuparla día y noche -de noche especialmente-. La
veía en sueños, destilando sangre, y se despertaba estremecida, a
las altas horas, como si un fantasma acabase de tocarla con mano glacial...
Comprendiendo -porque era una señora de claro talento- lo
quimérico de estas figuraciones, no quería decir palabra de ellas
a los que la rodeaban ni preguntar por el cofre de terciopelo, recelosa de que
se trasluciese su delirio en la pregunta... Había momentos en que
sospechaba que tal vez, positivamente, fuese todo una conseja ridícula;
y así, entre incrédula y fascinada decidió registrar la
casa, hasta ver confirmados o deshechos sus temores. No sabía ella misma
si deseaba o recelaba encontrar la cabeza. Quizá consideraba una
desilusión el no descubrir el cofre.
A pretextos de arreglos, muy propios de una dama hacendosa,
revolvió la casa de arriba a abajo, escudriñando los desvanes,
los sótanos y hasta las bodegas; pero el cofre no aparecía.
Cuando ya iba cansándose de pesquisas infructuosas, recibió una
carta de mi padre, avisando que llegaba a pasar una semana de campo. Alegre,
olvidada momentáneamente de sus quimeras, púsose a arreglar y
disponer el vasto aposento que servía de dormitorio, limpiándolo
y adornándolo cuanto pudo, trayendo flores del huerto y despejando para
guardarropa las hondas alacenas que formaban uno de los lados de la
habitación. En el estante más alto hacinábanse objetos
llenos de moho y de humedad, frascos de caza, monturas antiguas, papeles
amarillentos; y la hija del mayordomo, que encaramada en una escalera, iba
sacando estos trastos, chilló de pronto:
-Aquí hay también uno a modo de cajón...
¿Lo bajo?
-Bájalo -ordenó mi madre, que extendió las
manos y recogió cuidadosamente una caja no muy grande, desvencijada,
sombría, con herrajes comidos de orín, y cuya tapa, desprendida
de los goznes, se ladeó y descubrió en el interior un objeto
trágico y terrible: una cabeza cortada, momificada, que aún
conservaba parte del pelo y la intacta dentadura.
Fadrí se interpuso, suspiró y
clavó los ojos en los míos.
-¡El cofre! -exclamé, sugestionado.
-¡El cofre!... ¡Usted suponga la sacudida nerviosa que
sufrió mi madre! Lo que buscaba por toda la casa, el enigma, lo
tenía allí, en su cuarto, a dos pasos de su cabecera, en el
único sitio que no se le había ocurrido examinar. Cuando
llegó mi padre la encontró con unas convulsiones muy violentas. A
fuerza de cuidados y cariño, logró que se repusiese un poco, y la
sacó enseguida de Castilbermejo. ¡De allí a nueve meses y
días nací yo..., con esta señal que usted ha visto!
Volvió a guardar silencio
Fadrí, y pregunté, lleno de
compasión:
-¿Y... su madre de usted...?
-No pudieron ocultárselo... ¡Fue su perdición,
fue lo que acabó de trastornar su cerebro! Murió en la casa de
salud del doctor Moyuela..., que prometió con su sistema devolverle la
razón... ¿Mal antecedente, verdad? Yo necesito doble
método y grandes precauciones... ¡Esas cosas se heredan!
  La comedia piadosa
- I -
Casuística
Ni los años ni los corrimientos habían ofendido
demasiadamente la hermosura de doña Petra Regalado Sanz, a quien
conocía por
Regaladita la buena sociedad de Marineda. De
un cabello negro como la pez, aún quedaban abundantes residuos
entrecanos, peinados con el arte en sortijillas; de un buen talle y de unas
lozanas carnes trigueñas, una persona ya ajamonada y repolluda, pero muy
tratable, como dicen los clásicos; de unos ojuelos vivos y flechadores,
«algo» que aún podía llamarse fuego y lumbre; de unas
manitas cucas, otras amorcilladas, pero hoyosas y tersas como rasolíes.
Con tales gracias y prendas, no cabe duda que
Regaladita estaba todavía capaz de dar
un buen rato al diablo y muchisímas desazones al ángel custodio:
por fortuna (apresurémonos a declararlo, no le ocurra al lector a
sospechar de la honestidad de nuestra heroína),
Regaladita no pensaba en tal cosa, sino muy
al contrario, como veremos, y con altísimos y cristianos pensares.
Era viuda, de marido que, por vivir poco, no molestó en
extremo, aunque sí lo bastante para que
Regaladita le cobrase cierto asquillo a la
santa coyunda y se propusiese no reincidir. Disfrutaba una rentita modesta en
papel del Estado, suficiente para el desahogo de una señora
«pelada», como ella decía. Cortaba el cupón
apaciblemente, y ni la apuraban malas cosechas, ni emigraciones, ni
desalquilos, ni impuestos, ni litigios, ni otros inconvenientes que traen a mal
traer a los propietarios de fincas rústicas y urbanas. En cambio, las
alteraciones del orden público y de la paz europea solían
causarle jaqueca y flato. Cuando sus amigas veían a
Regaladita con ruedas de patata en las
sienes, ya se sabe: echaban la culpa a Ruiz Zorrilla o al emperador de
Alemania.
Mas no por eso se crea que la vida de
Regaladita se deslizaba como manso arroyuelo,
exenta de cuidados y de aspiraciones y de poéticas nostalgias.
¡Ah, eso no!
Regaladita no se daba por contenta con su
«pasar» decoroso, su vivienda abrigada como un nido, sus buenas
relaciones y sus frecuentes goces de vanidad al verse más conservada que
manzana en el frutero.
Regaladita, allá en lo
recóndito de su corazón, acariciaba un sueño ambicioso,
inverosímil... ¡Nada menos que el de llegar a santa!...
¡Santa a estas alturas!
Penitencia asidua del padre Incienso, todos los sábados,
al arrodillarse al pie de la rejilla, manifestaba
Regaladita a su confesor firmes y ardientes
propósitos de avanzar por el camino de la perfección espiritual,
y de tratar rigurosamente al asno, o sea al cuerpo antojadizo y goloso.
Entiendan, señores, por Dios, que los antojos del asno de
Regaladita no eran antojos de ésos que
abochornan. La idea de ciertos feísimos pecados ni cruzaba por su mente.
Las tentaciones de sensualidad que
Regaladita combatía con
amazónico denuedo tenían por causa algún plato sabroso,
algún sorbo de rancio jerez, paladeado con morosa delectación:
algún abrigo «pintado» que su dueña miraba de frente
y de espalda, combinando dos espejos con pueril coquetería; algún
par de guantes superfluo, cuyo importe estaría mejor empleado en bonos
de la Sociedad de San Vicente; alguna butaca mullida en que se arrellanaba con
sobrado gusto para que fuese inocente la complacencia.
El padre Incienso, jesuita avisado y perito en achaques de
escrúpulos y conatos de santidad, sonreía con indulgencia,
allá para su faja, siempre que
Regaladita, con harto sobrealiento por lo
incómodo de la postura, le confiaba sus ardientes anhelos de
«padecer o morir».
«Muy fondona y acolchada estás tú para
echarla de ascética -pensaba el discreto confesor, calmando, lo mejor
que sabía, por medio de exhortaciones llenas de profunda sensatez, aquel
místico afán-. Vamos a ver: ¿por qué se me aflige
usted tanto? ¿Por qué en casa de Veniales repitió de la
perdiz estofada y se chupó los dedos? ¡Valiente pecado, hija!...
Le voy a poner a usted de penitencia que se coma una patita más para
otra vez... Pero ¿cómo le he de decir a usted que la
acción de comer es de suyo indiferente, y hasta loable cuando se tiende
a reparar las fuerzas y a conservar la salud?...»
No se daba por convencida la pecadora, y escarbando más y
más en la conciencia, sacaba otras faltillas que, a fuerza de argucia,
disfrazaba de gravísimas infracciones a la ley de Dios.
-No diga usted, padre; es usted demasiado bueno; yo soy terrible,
porque no hago sino dispa |