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    Hispania [Publicaciones periódicas]. Volume 76, Number 2, May 1993
    
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Hallazgo y significación de un texto en prosa perteneciente a los últimos años de sor Juana Inés de la Cruz

Guillermo Schmidhuber


University of Louisville

Abstract: En 1992 el autor de este artículo descubrió una Protesta de sor Juana Inés de la Cruz que había sido incorporada a un devocionario, cuyo autor es el padre Antonio Núñez de Miranda, confesor de la monja. Se reproduce el texto, que no fue incorporado en ninguna de las tres ediciones príncipes ni en las modernas, y se traza su relación con varios textos ascéticos del padre Núñez. Por la fecha que se propone, el hallazgo invita a reconsiderar los últimos años de la vida de sor Juana, especialmente el período de crisis que parte de su Respuesta a sor Filotea, y ayuda a esclarecer el verdadero obstáculo que la alejó de la vida intelectual.

Key Words: Barroco hispanoamericano, inéditos, Juana Inés de la Cruz (sor), literatura mexicana, Núñez de Miranda (P. Antonio)


En mayo de 1992 localicé un texto de sor Juana Inés de la Cruz que no se encuentra incluido en las ediciones príncipes de sus obras completas -1689, 1692 y 1700- ni en ninguna de las ediciones modernas, sino conservado en un libro de meditación titulado Testamento místico de una alma religiosa que agonizante de amor por su divino esposo, moribunda ya, para morir al mundo, instituye a su querido, voluntario heredero de todos sus bienes. Dispuesta por el M. R. P. Antonio Núñez, prefecto que fue de la Congregación de la Purísima y fue publicado en México por Joseph Bernardo de Hogal, ministro e impresor real y apostólico tribunal de la Santa Cruzada, en 1707 y en 17313. En la «Exordial advertencia» se informa que el padre Núñez de Miranda «dispuso para una hija suya espiritual religiosa este testamento místico» (s. pag.), por lo que cabe conjeturar si estaría dirigido a sor Juana, ya que el autor fue su confesor por muchos años. Tanto el nuevo texto sorjuanino como el libro del padre Núñez son imprescindibles para conocer el camino de ascetismo que su guía espiritual impuso a sor Juana y comprender con una perspectiva diferente los últimos años de la vida de la poeta mexicana.

La relación de consejería espiritual se inició al final de la estancia en la corte virreinal, cuando la joven Juana Inés siguió la sugerencia del padre Núñez para que entrara como postulante en el convento de las Carmelitas Descalzas, en el que permaneció únicamente un trimestre. Meses después, la joven decidió con la ayuda de este jesuita ingresar al convento de San Jerónimo, y con este motivo hizo testamento legal un día antes de abandonar el mundo secular, el 23 de febrero de 1669, teniendo como testigo firmante a su inseparable guía (Ramírez España 19). Por eso no es coincidencia que en el Testamento místico se incluya la Protesta de la fe y renovación de los votos religiosos que hizo y dejó escrita con su sangre la M. Juana Inés de la Cruz, monja profesa en S. Jerónimo de México4. Por primera vez en tiempos modernos este texto se imprime aquí, en espera de que sea incluido en las Obras completas de sor Juana:

Jesús, María y José. Yo, [Juana Inés de la Cruz], monja profesa de este convento de [San Jerónimo] de México, protesto que creo en Dios todo poderoso, tres personas distintas y un sólo Dios verdadero, y creo que encarnó y se hizo hombre el Verbo para redimirnos, con todo lo demás que cree y confiesa la Santa Madre Iglesia Católica Romana, cuya hija obediente soy, y como tal quiero y protesto vivir y morir en esta fe y creencia, y que se entienda que no es mi voluntad hacer, decir, ni creer cosa en contra de esta verdad, por lo cual estoy pronta a dar mil vidas que tuviera y a derramar toda la sangre que hay en mis venas5, y así como escribo con ella estos renglones, así deseo que toda se derrame, confesando la santa fe que profeso, creyendo con el corazón,

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y confesando con la boca esta verdad a todo trance y riesgo. Protesto también que pido confesión de mis culpas, de las cuales me duelo sobre todo dolor, por ser ofensas de Dios, a quien amo sobre todas las cosas, sólo por ser quien es, en quien creo, a quien amo, a quien espero, que me ha de perdonar mis culpas por sola su misericordia infinita y por la preciosísima sangre [que] por mí derramó, y por intercesión de mi Señora la Virgen María; todo lo cual ofrezco en satisfacción de mis culpas. Y así mismo, como monja profesa que soy (de que doy infinitas gracias a S. M.) nuevo la obligación de los cuatro votos religiosos y de nuevo hago voto de obediencia, pobreza, castidad y perpetua clausura, y reitero a Cristo, mi Señor y mi esposo, la palabra que le di en mi profesión (que tan mal le he cumplido, y de que me pesa en el alma) de no admitir otro amor, sino sólo el suyo, y guardarle la lealtad de verdadera y fiel esposa, enmendando lo que hasta aquí he faltado y doliéndome infinito de lo mal que he obrado. Todo lo cual prometo en presencia de la Santísima Trinidad y de la Santísima Virgen mi señora, y de toda la corte del cielo a quienes pongo por testigos de esta obligación, que de nuevo hago y me obligo a cumplir con la gracia y el favor de Dios e intercesión de su madre santísima (cuya Concepción purísima libre de toda mancha de pecado en el primer instante de su ser, hago votos de creer y defender hasta dar la vida) y quiero que estas obligaciones sean irrevocables por toda la eternidad, y así lo firmé en ___.


(s. pag.)                


Este hallazgo nos invita a reconsiderar los últimos años de la vida de sor Juana para intentar descubrir el meollo de la crisis sorjuanina y las consecuencias que en él tuvieron la ascética monacal y la observancia del voto de obediencia.

En el Testamento místico que acompaña a la Protesta de sor Juana se hace patente el pensamiento moral del padre Núñez de Miranda. El texto está redactado en lenguaje legal testamentario; se inicia con la invitación a la monja para que declare ser hija legítima de la iglesia y confirme su vocación en el cumpleaños de profesión religiosa, frente a la imagen de «su esposo», con la ratificación de los cuatro votos: pobreza, castidad, obediencia y perpetua clausura. Luego, se le insta para que nombre heredero universal a su «dulcísimo esposo Cristo Jesús». La siguiente cita bastará para señalar el desasimiento que era exigido a las religiosas, demanda que podemos conjeturar también fue exigida a sor Juana:

Mando, pues, que mi alma se entregue toda luego en sus manos, y que en todo, y por todo, se trate como suya, empleada en lo eterno, sin acordarme de cosa temporal mi entendimiento sólo piense, juzgue y discurra del cielo, sin atender a la tierra, mi voluntad se ocupe toda en amar tan infinita bondad y amable dueño: sin mirar sujeto criado que sería vil sacrilegio a vista de tal Esposo, en quien totalmente y únicamente se deben emplear todos mis pensamientos.


(s. pag.)                


Luego se agrega una petición: que «mi cuerpo sea enterrado vivo en las cuatro paredes del convento de donde ni por imaginación salga paso. Y como verdaderamente muerto al Mundo, ni vea, ni oiga, ni hable, ni se acuerde de sus cosas. Allá se lo haya el Siglo con sus máquinas. No me toca, ni me atañe; ruede, vuelva y caiga... Que todos mis sentidos sean con mi cuerpo enterrados... y que todos mis potencias se encielen para que obren sólo a lo celestial» (s. pag.). Al final se nombra albaceas a la Virgen, San José y al Ángel de la Guarda, con el testimonio de los santos.

El padre Núñez de Miranda (1618-1695) fue director espiritual de dos arzobispos y tres virreyes, y autor de numerosos libros ascéticos dirigidos principalmente a monjas y mujeres que buscaban el camino de perfección. Era originario de Fresnillo, Zacatecas, y estudió filosofía en la capital de la Nueva España, llegando a ser maestro de latín, filosofía y teología moral, así como rector del colegio máximo y provincial de la Compañía de Jesús; además, sirvió al tribunal de la inquisición en el oficio de calificador por 30 años y fue capellán de la Congregación de la Purísima Concepción por 32 años (Beristáin 2: 340-42; Eguiara 3: 460-81). Sus ejercicios espirituales ignacianos y sus sermones de piadosa elocuencia adquirieron fama en el México colonial, como lo afirma un comentarista: «Nunca por menores dieron indicios de fastidio sus auditorios numerosos, siempre el concurso de los que a él siguen es demostración de la buena gana con que le oyen» (Sermón de santa Teresa s. pag.). Para conocer el pensamiento moral de este director espiritual conviene hacer mención de algunos otros de sus múltiples libros piadosos.

De particular interés en lo que concierne a sor Juana está en la Cartilla de la doctrina religiosa... para las niñas que se crían para monjas, y desean serlo con toda perfección, donde se prohíbe explícitamente la dramaturgia por la incompatibilidad de la disciplina

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conventual con la escritura de comedias y villancicos. Este libro está escrito a manera de un diálogo entre una monja y su confesor:

Núm. 153. «Padre, ¿Y en oír músicas, ver comedias y bailes deshonestos, hay quebrantos del voto? Deleitándose, señora, en sus obscenidades o deseándolas como dije que raro contingit, sí señora, pero si es por recreación y cesando el escándalo, es muy probable que no».


Núm. 155. «Padre, ¿y en quitarse el hábito de las Monjas para hacer alguna comedia u otro festejo así, en una cuelga de una abadesa o en unas carnestolendas, hay materia de pecado? Señora del mismo modo respondo, que si es dentro del convento recreationes causa, no hay culpa, pero si es delante de los seglares, hay culpa mortal».


(45 y 46)                


La recreación conventual era permitida, pero era inexcusable cuando sobrepasaba los muros del claustro. Tres de las comedias de sor Juana fueron representadas públicamente durante su vida, lo que según este texto fue causa de pecado mortal por haber transgredido una ley divina en materia grave: La segunda Celestina se representó en 1679 (María y Campos 98), Los empeños de una casa, el 4 de octubre de 1683, y Amor es más laberinto, el 11 de enero de 1689 (Salceda, OC 4: xviii y xxii)6. Paralelamente se niega más adelante en la Cartilla la plausibilidad de los villancicos:

Núm. 311. Pues Padre, yo he oído decir a hombres doctos que lo que se prohíbe es cantar cosas indecentes, pero ¿letras sagradas no se pueden cantar? Señora, lo que yo sé es que letras por sí están prohibidas, lo que he leído y puede leer [cita a Inocencio XII] es que su santidad manda que en las misas cantadas, vísperas y maitines, nada se puede cantar fuera de oficio porque es pervertir el orden de nuestra madre la Iglesia que en materia de ritos, ella sólo puede hacer resolución decisiva.


(82)                


Por implicación, los veintidós villancicos de sor Juana, doce nominales y diez atribuibles, quedan descreditados como perversión litúrgica, a pesar de que son la máxima expresión literaria de la religiosidad de esta autora. El padre Núñez de Miranda fue autor de muchos otros libros de ascética moral dirigidos a monjas o a seglares piadosas7.

Para comprender los últimos años de la vida de sor Juana conviene tomar en cuenta los intríngulis políticos de los grupos religiosos. Indudablemente la Compañía de Jesús tuvo una intervención crucial; a esta orden religiosa pertenecían Núñez de Miranda, su confesor; Juan Ignacio de Castorena y Ursúa, el editor del tercer volumen antiguo de sor Juana; y el padre Diego Calleja, su primer biógrafo y firmante de la aprobación de dos de las ediciones antiguas de sor Juana. El arzobispo de México Francisco de Aguiar y Seijas era gran amigo de los jesuitas y admirador del padre Antonio de Vieira, también de la Compañía de Jesús, quien fue el autor del sermón que sor Juana critica en su Carta atenagórica. Con esta carta se inició el periodo de asedio a sor Juana. Como bien se sabe, su publicación se debió al obispo de Puebla, Manuel Fernández de Santa Cruz, quien al publicarla ocultó su identidad en una carta introductoria con el seudónimo de sor Filotea. El adjetivo «atenagórica» no fue escrito por sor Juana, sino agregado por Fernández de Santa Cruz en homenaje a la inteligencia de sor Juana. Ezequiel A Chávez explica la etimología en forma inexacta: «de las voces griegas Athena, Minerva, y del sufijo ica, que vale tanto como propio de, digno de» (Chávez 300). Todos los críticos posteriores han aceptado esta explicación a pesar de que el adjetivo debiera en tal caso ser «atenaica o ateniense». Propongo que «Atenagórica» significa «digna de Atenágoras» y que es una referencia al filósofo y apologeta griego del siglo II, quien ya convertido al cristianismo dedicó a Marco Antonio su Súplica en favor de los cristianos, obra que «resalta las concordancias que existen entre el mundo de la fe y el de la razón», y que fue calificada por Bossuet de «una de las más bellas y antiguas apologías de la religión cristiana» (Aznar 299-300)8. En contestación, sor Juana escribió la Respuesta a sor Filotea (1 de marzo de 1691), que es una elocuente «protesta» declaratoria de la libertad de la mujer como ser pensante.

Los últimos años de sor Juana Inés de la Cruz permanecen cubiertos por un velo de incertidumbre. ¿Cuál fue la razón del inexplicable cambio de conducta que sufrió durante ese periodo crucial? Tanto los historiadores como la critica se han polarizado en dos opiniones; mientras unos apoyan que la razón fue la renuncia de la monja a todo lo mundano para proseguir su camino de perfección, otros afirman que fue resultado del asedio de varios personajes en posiciones de poder con el propósito

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de alejar a sor Juana de su vocación de mujer intelectual. ¿Ascetismo o sobrevivencia? Para reconstruir esos años contamos con los escritos suyos y los exiguos datos conservados por sus contemporáneos. En este periodo se fechan los Villancicos de Santa Catarina, de 1691, y los Villancicos de San Pedro, de 1691 y 1692, y el romance «¿Cuándo, Númenes divinos...» que se encontró inacabado después de la muerte de la poeta (OC 2: 163-81, 330-42 y 342-53; 1: 158-61). Varios documentos en prosa pertenecen a este periodo de crisis: Voto a la Purísima Concepción (17 de febrero de 1694), Protesta rubricada con su sangre (5 de marzo de 1694), y la Petición causídica, sin fecha (OC 4: 518-21); y asimismo dos documentos ológrafos incluidos en el Libro de Profesiones del convento de san Jerónimo: una ratificación de Profesión firmada con su sangre, y una súplica para que se anotara el día de su muerte en dicho libro (OC 4: 522-23)9. Además, ahora podemos contar con la nueva Protesta para hacer una reconsideración de las causas que confluyeron en el periodo final de la vida de sor Juana.

La Protesta de reciente descubrimiento no lleva datos temporales, pero podría fecharse el 8 de febrero de 1694, en el mes de la celebración de sus veinticinco años de religiosa y en el día que coincide en ese mes con la celebración de la Purísima Concepción, la advocación mariana predilecta de su confesor. Para fijar esta fecha hay que observar la forma como sor Juana registra las fechas en varios documentos: en el Voto 408 («Lo juro, afirmo, prometo y ratifico, en 17 de febrero de 1694»); en la Petición 409 («Lo firmo... en cinco de marzo del año 1694)»; y en la Petición 412 del Libro de las profesiones («En fe de lo cual lo firmé en 8 de febrero de 1694 con mi sangre»). El verbo está conjugado en forma presente en los dos primeros documentos, mientras que en la Petición 412 el verbo está en pretérito, por lo que bien pudiera hacer referencia a un documento aparte, es decir, a la Protesta localizada recientemente. A pesar de la pequeña extensión de la Protesta Núm. 412, en comparación con la Protesta incluida en el libro de su confesor, ambas poseen frases coincidentes que invitan a sospechar que la protesta escrita en el Libro de las Profesiones es una ratificación de la Protesta encontrada por mí, como se puede comprobar a continuación (Figura 1):

Protesta [Ratificación]
Núm. 412, 114 palabras
Protesta descubierta
427 palabras
Y así mismo hago voto de creer cualquier privilegio suyo, como no se oponga a la santa fe. Protesto vivir y morir en esta fe y creencia, y que se entienda que no es mi voluntad hacer, decir, ni creer cosa en contra de esta verdad...
En fe de lo cual lo firmé en 8 de febrero de 1694 con mi sangre... Ojalá y toda se derramara en defensa de esta verdad por su amor y de su hijo. Por lo cual estoy pronta a dar mil vidas que tuviera y a derramar toda la sangre que hay en mis venas, y así como escribo con ella estos renglones, así deseo que toda se derrame...

Figura 1

Además, en la biografía de sor Juana escrita por el padre Calleja, incluida en el tercer volumen de las obras completas de sor Juana (1700), se mencionan dos escritos firmados con su sangre: «Dos protestas que escribió con su sangre, sacada sin lástima, pero repasada, no sin ternura todos los días» (Fama y obras póstumas s. pag.). La Protesta 409 es una, pero ¿y la otra?, por eso concluyo que Calleja pudo haber hecho referencia al texto recientemente localizado. Paz nota la falta de una segunda Protesta con firma cruenta (Trampas 594).

Si comparamos la Protesta descubierta con la Núm. 409 (OC 4:418) encontramos discrepancias. Ésta última tiene comparativamente mayor longitud y una estructura temática dispar (Figura 2).

Protesta descubierta
427 palabras
Protesta Núm.409
569 palabras
a. nombre de la monja a. nombre de la monja
b. paráfrasis sucinta del credo b. paráfrasis del credo
c. protesta de fe firmada con su sangre c. promesa de obediencia a la iglesia a perpetuidad
d. disposición de martirio escrita con su sangre d. confesión de culpas sin signos externos
e. confesión de culpas con dolor e. una reiteración del voto mariano
f. renovación irrevocable de los cuatro votos religiosos f. firma
g. firma

Figura 2

También hay disparidad de estilos, la Protesta recientemente descubierta es más emotiva: «Por lo cual estoy pronta a dar mil vidas que tuviera y a derramar toda la sangre que hay en mis venas, y así como escribo con ella estos renglones, así deseo que toda se derrame»; mientras que la Núm. 409 es más legalista: «Por cuya defensa estoy presta a

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derramar la sangre y defender a todo riesgo la santa Fe que profeso, no sólo creyéndola y adorándola con el corazón». Las diferencias apuntan a dos documentos diferentes, primordialmente porque en la Núm. 409 (5 de marzo de 1694) no se incluye una renovación de los cuatro votos religiosos.

En el Testamento místico, el padre Núñez de Miranda enumera los cuatro votos religiosos en el siguiente orden: pobreza, castidad, obediencia y perpetua clausura, lo que concuerda con las enseñanzas pastorales del severo arzobispo Aguiar y Seijas en esos años, quien no únicamente hacía alarde de su extrema pobreza, sino que la imponía a toda la sociedad novohispánica. Bien es sabido el cuidado que dicho arzobispo ponía en la castidad hasta llegar al extremo de la misoginia. Por el contrario, cuando sor Juana enumera los cuatro votos religiosos en la Protesta recientemente localizada, altera el orden: obediencia, pobreza, castidad y perpetua clausura. El anteponer el voto de obediencia es posiblemente una indicación de la importancia que para ella tuvo el acatar las órdenes de sus superiores y de la curia. Este es el mismo orden de votos que ella había escrito veinticinco años antes en el Libro de Profesiones, el día de su toma de hábito, el 24 de febrero de 1669. El voto de obediencia le exigía con obligatoriedad todo lo marcado por sus superioras, su confesor y su arzobispo, y en él se debieron fundamentar las decisiones de la monja: su desasimiento de los bienes temporales, su desprendimiento de sus libros e instrumentos de aprendizaje y su mayor empeño por vivir en religión.

El meollo de la crisis sorjuanina debió ser la obediencia. Anteriormente, la observancia de este voto no había sido un obstáculo para sor Juana. En la Respuesta a sor Filotea, la misma monja afirma la postura permisiva de la Iglesia: «Ella con su santísima autoridad no me lo prohíbe, ¿por qué me lo han de prohibir otros?», y en la misma carta afirma: «Yo no he escrito cosa alguna por mi voluntad, sino por ruegos y preceptos ajenos; de tal manera que no me acuerdo haber escrito por mi gusto sino un papelillo que llaman El sueño» (OC 4: 468 y 471). Desde el principio de la vida conventual de sor Juana, sus superiores le habían otorgado un alto grado de libertad creativa y de pensamiento, y la habían impulsado a seguir el camino de las letras con su venia y hasta con encargos. Sin embargo, al final de su vida el conflicto de obediencia surgió inexorable cuando las autoridades eclesiásticas y monacales le prohibieron proseguir por los caminos antes recorridos con tanta libertad y afán. Este cambio concuerda con el regreso del padre Núñez de Miranda como guía de la monja y con la confesión general que la religiosa hizo. ¿Qué sucedió en el alma de sor Juana? Sus contemporáneos nos dejaron exiguas informaciones de su progreso espiritual; mientras unos aceptaron sin averiguaciones el comentario del padre Núñez de Miranda: «Juana Inés no corría sino que volaba a la perfección» (Oviedo 281); otros sospecharon una imposición de su confesor, como lo afirma Eguiara y Eguren en 1755: le pareció que aquella no corría bastante en el arduo camino de la perfección, cuando él más bien deseaba que volara» (3: 469); y como lo parafrasea irónicamente Beristáin en 1819: «se lisonjeaba de haber enviado al cielo como una paloma blanca a la que había sido canoro cisne de México» (2: 361).



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Al comparar las biografías de sor Juana, Georgina Sabat Rivers ha destacado con gran claridad que Octavio Paz «habla de la vida de la monja como de extrema soledad y de miedo terrible a causa de las circunstancias ambientales», y así las trampas que le puso la fe la convirtieron en una «mujer aterrada», en expresión de Paz; por su parte, Dorothy Schons «lo explica como una toma de conciencia de sor Juana que la puso frente al mundo de su época», un cambio interior nacido de un autodescubrimiento, lo que pudiéramos calificar de las trampas de la sabiduría, que la convirtieron en una mujer iluminada (Sabat 927-37; Schons 155-62). Otra explicación pudiera partir de las demandas que le fueron impuestas y que hoy nos parecen inexigibles, lo que califico de las trampas de la obediencia en un camino ascético impuesto bajo la obligatoriedad de un voto, compromiso que la convirtió en una mujer sometida a la autoridad moral. Esta aceptación de sor Juana no conllevó su destrucción interior, no sólo porque había en ella reciedumbre en espera de tiempos mejores, sino porque pudo haber aceptado vivir esa prueba con el mismo razonamiento con que la voz poética sorjuanina parece someterse al soñar como medio del descubrimiento interior en el Primero sueño, tal como lo describe el padre Calleja en su biografía, acaso citando alguna de las cartas que le envió la monja: «Siendo de noche me dormí; soñé, que en una vez quería comprender todas las cosas de que el universo se compone; no pude, ni aun divisas por sus categóricas, ni aun solo un individuo. Desengañada, amaneció y desperté» (Fama y obras póstumas s. pag.).

A la muerte de sor Juana se encontraron en su celda unas alhajas, una cantidad considerable de dinero y el poema inconcluso «¿Cuándo, Númenes divinos...» Lo monetario se refiere a los cinco mil doscientos pesos que reclamaron las monjas posteriormente a la muerte de sor Juana y otros dos mil pesos de su propiedad que estaban invertidos. La cantidad no es pequeña, habría que compararla con la dote de sor Juana que fue de tres mil pesos (Paz, Trampas 601). ¿Cómo explicar estos bienes materiales que parecerían inexcusables para una monja que hubiera seguido paso a paso el Testamento místico propuesto por su confesor? Si el desasimiento de los bienes temporales hubiera sido total, estas posesiones deberían de haber pasado a manos de sus superiores. Sin embargo, es posible entender que la obediencia debida al confesor y al arzobispo no le había llegado a exigir esta entrega última. Sorprende constatar que en ninguna de las Protestas sor Juana abjura de la vida intelectual o de las letras. Únicamente contamos con los comentarios de sus contemporáneos sobre su intensificación de la vida piadosa y ascética, acciones que bien pudieron ser ordenadas por sus superiores. La inesperada muerte de sor Juana el 17 de abril de 1695 fue debida a un contagio epidémico mientras cuidaba a sus hermanas en religión. Así le fue otorgado su deseo expreso de «vivir y morir en esta fe» y de estar «pronta a dar mil vidas que tuviera y a derramar toda la sangre que hay en mis venas», como lo escribió en la Protesta descubierta. Esta formulación retórica para lograr la virtud llegó a ser, inexplicablemente, su destino. Es irónico que este nuevo texto sorjuanino permaneciera en el anonimato por casi tres siglos, y que su recuperación para la historia literaria esté relacionada con un devocionario escrito por su inflexible confesor.

¿Qué hubiera pasado si sor Juana hubiera vivido cinco años más? El siglo XVII estaba por terminar y el nuevo siglo traería otro espíritu y una mayor libertad intelectual; para 1700 ya habían muerto su confesor y su arzobispo, y la casa de los Habsburgo había dejado de reinar con el advenimiento de los Borbón, pero también la mayor poeta de su tiempo había muerto en el ocaso del barroco. Por eso los siglos de oro de la literatura hispánica debieran ser cerrados en el año de la muerte de sor Juana, y no en 1681 como se acostumbra, en la fecha del fallecimiento de Calderón de la Barca, para así incluir entre tantos ingenios a una mujer de la misma talla. A pesar de tantas elucubraciones críticas, el misterio que rodea el final de la vida de sor Juana sigue siendo inescrutable; aunque el poema siguiente, que fue encontrado póstumamente en su celda, nos da nuevas luces sobre su propia visión de sí misma:



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No soy yo la que pensáis,
sino es que allá me habéis dado
otro ser en vuestras plumas
y otro aliento en vuestros labios,
y diversa de mí misma,  5
entre vuestras plumas ando,
no como soy, sino como
quisisteis imaginarlo.


(OC 1: 159)                


Desde esta perspectiva sorjuanina, parece descifrable todo lo que desde nuestro punto de vista consideramos inexplicable.


OBRAS CITADAS

Aznar Tello, Sandalio. «Atenágoras». Gran Enciclopedia. RIALP. Madrid: RIALP, 1981.

José Mariano Beristáin, Biblioteca hispanoamericana setentrional [sic]. Amecameca: Colegio Católico, 1883.

Chávez, Ezequiel A. Ensayo de psicología de Sor Juana Inés de la Cruz. Barcelona: Araluce, 1931.

Eguiara y Eguren, Juan José. Biblioteca mexicana. México: UNAM, 1986.

Juana Inés de la Cruz, Sor. Villancicos de Santa Catarina. Puebla: Imprenta de Diego Fernández de León, 1691.

___. Villancicos de San Pedro. México: Herederos de la viuda de Bernardo Calderón, 1691.

___. Villancicos de San Pedro. México: Herederos de la viuda de Calderón, 1692 [Ambos villancicos fueron editados en forma anónima pero han sido adjudicados a Sor Juana].

___. Protesta de fe y renovación de los votos religiosos que hizo y dejó escrita con su sangre la M. Juana Inés de la Cruz, monja profesa de S. Jerónimo de México. Núñez de Miranda: Testamento místico, s. pag.

___. Fama y obras posthumas del Fénix de México, Dézima Musa, poetisa americana Sor Juana Inés de la Cruz. Ed. Fedro Arias de la Canal. México: Frente de Afirmación Hispanista, 1989 [facsimilar de la edición de 1714].

___. Obras completas (OC). Ed. A. Méndez Plancarte y A. G. Salceda. 4 vols. México: Fondo de Cultura Económica, 1976.

___. y Agustín de Salazar y Torres. La segunda Celestina. Ed. Olga Martha Peña Doria y Guillermo Schmidhuber. México: Vuelta, 1990.

Núñez de Miranda, Antonio. Ejercicios espirituales y prácticas de semana santa. México: Viuda de Bernardo Calderón, 1665.

___. Sermón de santa Teresa... en presencia de... Fray Payo de Ribera, Arzobispo de México. México: Por la viuda de Bernardo Calderón, 1678.

___. Ejercicios espirituales de san Ignacio. México: Herederos de la Viuda de Bernardo Calderón, 1695.

___. Testamento místico de una alma religiosa que agonizante de amor por su divino esposo, moribunda ya, para morir al mundo, instituye a su querido

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voluntario heredero de todos sus bienes. Dispuesta por el M. R. P. Antonio Núñez, prefecto que fue de la Congregación de la Purísima
. México: Joseph Bernardo de Hogal, ministro e impresor real y apostólico tribunal de la Santa Cruzada, 1707 y 1731. Sin paginación. [De la primera edición he localizado un ejemplar en la Biblioteca de University of Indiana, en Bloomington, en donde también existe un ejemplar de la segunda edición. Ésta última también en la Hispanic Society de Nueva York].

___. Cartilla de la doctrina religiosa... en obsequio de las llamadas a religión y para alivio de los maestros que las instruyen. México: Por la viuda de Miguel de Ribera, 1708. Este volumen fue reimpreso como: Cartilla de la doctrina religiosa... para las niñas que se crían para monjas, y desean serlo con toda perfección. México: Imprenta de la Biblioteca Mexicana, 1766.

___. Distribución de las obras ordinarias y extraordinarias. México: Viuda de Miguel de Ribera, 1712.

___. Comulgador y explicación mística de la regla 18 de la Congregación de la Purísima. México: Viuda de Miguel de Ribera, 1714.

Oviedo, Juan Antonio de. Vida ejemplar... del padre Antonio Núñez de Mirada. Sor Juana Inés de la Cruz ante la historia. Ed. Francisco de la Maza. México: UNAM, 1980. 278-82.

Paz, Octavio. Sor Juana Inés de la Cruz o Las trampas de la fe. México: Fondo de Cultura Económica, 1985.

___. «¿Azar o justicia?». La segunda Celestina. De Sor Juana Inés de la Cruz y Agustín de Salazar y Torres. 7-10.

Ramírez España, Guillermo. Cuatro documentos relativos a Sor Juana. México: Imprenta Universitaria, 1947.

Sabat Rivers, Georgina. «Biografías: Sor Juana vista por Dorothy Schons y Octavio Paz» Revista Iberoamericana 132-33 (1985): 927-37.

Schmidhuber, Guillermo. Introducción: «Búsqueda y hallazgo de una comedia perdida de Sor Juana». La segunda Celestina. De Sor Juana Inés de la Cruz y Agustín de Salazar y Torres. 11-26.

___. «La segunda Celestina, Sor Juana y la estilometría». Vuelta (México) 15.174 (1991): 54-60.

___. «Elementos biográficos en una comedia desconocida de Sor Juana, La segunda Celestina». Hispanófila (en prensa).

Schons, Dorothy. «Some Obscure Points in the Life of Sor Juana Inés de la Cruz». Modern Philology 24 (1926-1927): 141-62.





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