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    Discurso sobre el origen de la desigualdad entre los hombres
     J.J. Rousseau ; la traducción del francés ha sido hecha por Ángel Pumarega
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Notas

10.      Pueblo de guerreros dominando sobre una masa de 290.000 ilotas y rodeado de otros pueblos fuertes y agresivos, los ciudadanos de esparta querían que sus hijos fueran como ellos aguerridos y valerosos. Cuando nacía un niño, los ancianos le examinaban inmediatamente, y si le hallaban débil o mal constituido, se le conducía al monte Taigeto, donde era abandonado.

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11.      Todos los conocimientos que exigen reflexión, todos aquellos que no se consiguen sino por el encadenamiento de las ideas y sólo se perfeccionan sucesivamente, parecen hallarse fuera del alcance del hombre salvaje, que carece de comunicación con sus semejantes, es decir, del instrumento que sirve para esta comunicación y de las necesidades que la hacen necesaria. Su saber y su industria se reducen a saltar, correr, batirse, lanzar piedras, trepar por los árboles. Pero si sólo sabe estas cosas, las conoce en cambio mucho mejor que nosotros, que no tenemos de ellas la misma necesidad, y como dependen únicamente del ejercicio del cuerpo y no son susceptibles de ninguna comunicación ni progreso de un individuo a otro, el primer hombre ha podido ser tan hábil como sus últimos descendientes.

     Los relatos de los viajeros están llenos de ejemplos de la fuerza y vigor de los hombres en las naciones bárbaras y salvajes. En ellos no se alaba menos su agilidad que su ligereza, y como para observar esas cosas sólo se necesitan ojos, nada impide que se dé fe a lo que certifican esos testigos oculares. Al azar saco algunos ejemplos de los primeros libros que tengo a mano:

     «Los hotentotes -dice Kolben- entienden la pesca mejor que los europeos del Cabo. Su habilidad es la misma con la red, el anzuelo o el arpón, igual en las bahías que en los ríos. No menos hábilmente cogen los peces con la mano. En la natación poseen una destreza incomparable. Su manera de nadar tiene algo de sorprendente y exclusivo. Nadan con el cuerpo derecho y las manos fuera del agua, de modo que parecen caminar por la tierra. En la mayor agitación del mar y cuando las olas forman montañas, danzan en cierto modo sobre el dorso de las olas, subiendo y bajando como pedazos de corcho.»

     «Los hotentotes -añade el mismo autor- tienen una sorprendente agilidad para la caza, y la velocidad de su carrera excede a la imaginación.» Se extraña de que no hagan con más frecuencia mal uso de su agilidad, cosa que sucede, sin embargo, como puede verse por el ejemplo que él presenta: «Un marinero holandés, al desembarcar en El Cabo, encargó a un hotentote -dice- que lo siguiera a la ciudad con un rollo de tabaco de cerca de veinte libras. Cuando se hallaron a cierta distancia de la gente, el hotentote preguntó al marinero si sabía correr. «¿Correr? -contestó el marinero-; sí, ya lo creo.» «Vamos a verlo» -replicó el africano, y, huyendo con el tabaco, desapareció casi al instante. El marinero, admirado de esta extraordinaria velocidad, desistió de perseguirlo y no volvió a ver ni su tabaco ni al que lo llevaba.»

     «Tienen tan rápida la mirada y tan certera la mano, que los europeos no les alcanzan. A cien pasos hacen blanco de una pedrada en una moneda de dos céntimos, y lo más sorprendente es que, en vez de fijar como nosotros la mirada en el blanco, hacen movimientos y contorsiones continuamente. Parece como si una mano invisible condujera la piedra.»

     El padre Del Tertre dice sobre los salvajes de las Antillas más o menos las mismas cosas que acaban de leerse sobre los hotentotes del Cabo de Buena Esperanza. Alaba especialmente su puntería para cazar con flecha los pájaros al vuelo y su habilidad para coger a nado los peces. Los salvajes de la América septentrional no son menos célebres por su fuerza y su destreza. He aquí un ejemplo que permitirá juzgar las de los indios de la América meridional:

     En 1746, un indio de Buenos Aires, habiendo sido condenado a galeras en Cádiz, propuso al gobernador rescatar su libertad exponiendo su vida en una fiesta pública. Prometió atacar sólo al toro más furioso sin otra arma en la mano que una cuerda, que lo echaría a tierra, que lo ataría por cualquier parte que se le señalara, que lo ensillaría, lo enfrenaría, lo montaría y montado de esa manera combatiría contra otros dos toros de los más furiosos que se hicieran salir del toril, y que los mataría en el momento que se le mandase y sin ayuda de nadie. Le fue concedido. El indio mantuvo su palabra y llevó a cabo cuanto había prometido. Sobre la manera como lo hizo y los detalles del combate puede consultarse el primer tomo de las Observaciones sobre la historia natural, de Gautier, de donde ha sido sacado este ejemplo.

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12.      La duración de la vida de los caballos -dice Buffón- es, como en todas las demás especies de animales, proporcionada a la duración del tiempo de su desarrollo. El hombre, cuyo desarrollo dura catorce años, puede vivir seis o siete veces más, es decir, noventa o cien años. Los ejemplos que pueden presentarse contrarios a esta regla son tan raros, que no pueden ser considerados como una excepción de la cual pudieran sacarse algunas consecuencias. Y como el crecimiento de los caballos ordinarios es de menor duración que el de los caballos finos, viven también menos tiempo y son viejos desde los quince años.» (HISTORIA NATURAL, Del caballo.)

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13.      Creo ver entre los animales carniceros y frugívoros una diferencia más general todavía que la señalada en la nota 10ª, puesto que esa diferencia se extiende hasta los pájaros. Consiste en el número de hijos, que no excede nunca de dos en cada parto en las especies que sólo viven de vegetales y que ordinariamente pasa de ese número en los animales voraces. Fácil es a este respecto conocer la voluntad de la naturaleza por el número de las mamas, que sólo son dos en cada hembra de la primer especie, como la yegua, la vaca, la cabra, la cierva, la oveja, etc., y siempre seis u ocho en las otras hembras, como la perra, la gata, la loba, el tigre hembra, etcétera. La gallina, la pata, la oca, aves voraces; el águila y las hembras del gavilán y del mochuelo ponen también y empollan gran número de huevos, lo que no sucede nunca con la paloma, la tórtola y otras aves que sólo se alimentan con granos, las cuales no ponen ni empollan más de dos huevos cada vez. La razón que puede darse de esta diferencia es que los animales que viven sólo de hierbas y plantas, permaneciendo casi todo el día en los pastos y teniendo que emplear mucho tiempo en alimentarse, no podrían dedicarse a amamantar muchas crías; en vez que los voraces, comiendo en un momento, pueden másfácilmente y con mayor frecuencia atender a sus pequeñuelos y a la caza y reparar tan gran cantidad de leche. Claro que podrían hacerse a esto muchos reparos, pero ésta no es la ocasión; tengo suficiente con haber demostrado en esta parte el sistema más general de la naturaleza, sistema que suministra una nueva razón para sacar al hombre de la clase de los carniceros y clasificarlo entre las especies frugívoras.

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14.      Puede haber algunas excepciones, como, por ejemplo, ese animal de la provincia de Nicaragua, parecido a un zorro, que tiene los pies como las manos de un hombre y que, según Correal, tiene en el vientre una bolsa donde la madre mete a sus pequeñuelos cuando se ve en la necesidad de huir. Es, sin duda, el mismo animal que llaman en Méjico tlacuatzin, a cuya hembra atribuye Laet una bolsa parecida y para el mismo uso.

     Estos datos imprecisos deben de referirse indudablemente al canguro, mamífero marsupial de Australia, que llega a alcanzar, erguido sobre sus patas traseras, hasta dos metros de altura; sus miembros anteriores son muy cortos, mientras que los posteriores, mucho más robustos, tienen más del doble de longitud, por lo que corre a brincos. Las hembras de estos animales tienen, en efecto, una especie de bolsa sobre el vientre, en la cual recogen a los pequeñuelos en caso de peligro. -Nicaragua estaba todavía en tiempo de Rousseau bajo la dominación española, formando una provincia de la capitanía general de Guatemala. En 1821 conquistó su independencia.

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15.      Calculando un autor célebre los bienes y los males de la existencia y comparando las dos sumas, ha encontrado que la última excedía en mucho a la primera, y que, bien mirado, la vida constituía un mal presente para el hombre. No me sorprende su conclusión. Ha deducido sus razonamientos de la constitución del hombre civil; si se hubiera remontado hasta el hombre natural, puede creerse que hubiera hallado resultados muy diferentes, que hubiese visto que el hombre no sufre sino aquellos males que él mismo se procura y que hubiera justificado a la naturaleza. No sin trabajo hemos llegado a ser tan desgraciados. Cuando por un lado se consideran los inmensos esfuerzos de los hombres, tantas ciencias profundizadas, tantas antes inventadas, tantas fuerzas empleadas, abismos colmados, montañas allanadas, ríos canalizados, tierras roturadas, lagos dragados, pantanos desecados, construcciones enormes en la tierra, el mar cubierto de barcos y marineros; y por otro se inquieren con un poco de reflexión cuáles son las verdaderas ventajas que de todo eso han resultado para la felicidad de la especie humana, no se puede menos de quedar asombrado de la enorme desproporción que existe entre ambas cosas y deplorar la ceguera del hombre, que, por satisfacer su insensato orgullo y no sé qué vana admiración de sí mismo, corre ardientemente tras de todas las miserias de que es susceptible y que la benigna naturaleza había tenido cuidado de apartar de él.

     Los hombres son perversos; una triste y continua experiencia dispensa la prueba. Sin embargo, el hombre es naturalmente bueno; creo haberle demostrado. ¿Qué puede, pues, haberle pervertido sino los cambios ocurridos en su constitución, los progresos que ha realizado y los conocimientos que ha adquirido? Admírese cuanto se quiera la sociedad humana, pero no será menos cierto que lleva necesariamente a los hombres a odiarse entre sí a medida que sus intereses se encuentran, a prestarse en apariencia mutuos servicios y hacerse en realidad todo el daño imaginable. ¿Qué se puede pensar de un trato en el cual la razón de cada particular le dicta a éste principios completamente opuestos a aquellos que la razón pública aconseja al cuerpo de la sociedad, y en el que cada uno encuentra su provecho en la desgracia ajena? No existe acaso ningún hombre acomodado a quien sus ávidos herederos, y con frecuencia sus propios hijos, no deseen secretamente la muerte; ningún barco en el mar cuyo naufragio no fuera una buena noticia para algún negociante; ninguna casa que no desee ver ardiendo con todos los papeles guardados en ella algún deudor de mala fe; ningún pueblo que no se regocije de los desastres de sus vecinos. De modo que hallamos nuestro provecho en el daño de nuestros semejantes, y casi siempre la desgracia de uno es causa de la prosperidad de otro. Pero lo más peligroso es que las calamidades públicas constituyen la esperanza de una multitud de particulares; unos desean que haya enfermedades; otros, mortandad; otros, guerra; otros, hambre. Yo he visto hombres horribles llorando de dolor por la promesa de un año fértil, y el grande y funesto incendio de Londres, que costó la vida y los bienes a tantos infortunados, hizo tal vez la fortuna de diez mil personas. Sé que Montaigne censura al ateniense Demades por haber hecho castigar a un obrero que, vendiendo muy caros los sarcófagos, obtenía grandes ganancias con la muerte de los ciudadanos; pero como la razón que alega Montaigne es que haría falta castigar a todo el mundo, es evidente que confirma las mías. Penétrese, pues, a través de nuestras superficiales demostraciones de benevolencia, hasta el fondo de los corazones; reflexiónese sobre lo que es un estado de cosas en que todos los hombres se ven forzados a acariciarse y destruirse mutuamente y donde nacen enemigos por deber y granujas por interés. Si se me respondo que la sociedad se halla constituida de tal modo que cada hombre gana sirviendo a los demás, replicaría que estaría muy bien si no ganase más perjudicándolos. No hay provecho legítimo que no sea superado por el que puede obtenerse ilegalmente, y el daño causado, al prójimo es siempre más lucrativo que los servicios. Sólo se trata, pues, de poseer el medio de asegurarse la impunidad, en lo cual emplean todas sus fuerzas los poderosos, y los débiles toda su astucia.

     El hombre salvaje, cuando ha comido hállase en paz con la naturaleza y en amistad con sus semejantes. Si alguna vez tiene que disputar a otro su alimento, no llega nunca a los golpes sin haber comparado antes la dificultad de vencer con la de hallar en otra parte su subsistencia, y como el orgullo no se mezcla en la lucha, ésta acaba en unos cuantos puñetazos; el vencedor come, el vencido va a buscar fortuna y todo queda en paz. Pero con el hombre social la cosa es muy distinta. Trátase primero de proveer a lo necesario y después a lo superfluo; luego vienen los placeres, y después las riquezas inmensas, y después los esclavos. No hay un solo momento de reposo, y lo más singular es que cuanto menos urgentes y naturales son las necesidades más aumentan las pasiones y, peor todavía, el poder de satisfacerlas; de modo que, después de prolongadas prosperidades, después de haber devorado enormes tesoros y arruinado a multitud de hombres, mi héroe acabará por destruir todo hasta que sea el dueño del universo. Tal es el cuadro moral, si no de la vida humana, por lo menos de las pretensiones secretas del corazón de todo hombre civilizado.

     Comparad sin prevenciones el estado del hombre civil con el del hombre salvaje, e inquirid, si podéis, cuántas nuevas puertas al dolor y a la muerte ha abierto el primero, además de su maldad, sus necesidades y sus miserias. Si consideráis los tormentos del espíritu que nos consumen, las pasiones violentas que nos agobian y agotan, los excesivos trabajos de que están sobrecargados los pobres, la ociosidad todavía más peligrosa a que se entregan los ricos, muriendo aquéllos de privaciones y éstos de sus excesos; si pensáis en las monstruosas mezcolanzas de los alimentos, en sus perniciosos condimentos, en los géneros corrompidos, las drogas falsificadas, los engaños de quienes las venden, los errores de quienes las administran, en el veneno de las vasijas en que se preparan; si prestáis atención a las enfermedades epidémicas engendradas por el aire corrompido por multitudes de hombres reunidos, en las que ocasionan la delicadeza de nuestra manera de vivir, el paso alternativo de nuestras habitaciones al aire libre, el uso de vestidos puestos o quitados con poca precaución, y todos aquellos cuidados que nuestra sensualidad excesiva ha convertido en costumbres necesarias, cuya negligencia o privación nos cuesta la salud o la vida; si añadís los incendios y los temblores de tierra, que, destruyendo ciudades enteras, hacen perecer por millares a sus habitantes; en una palabra: si juntáis los peligros que todas esas causas acumulan continuamente sobre nuestras cabezas, comprenderéis entonces cómo la naturaleza nos hace pagar con exceso el desprecio que hemos hecho de sus enseñanzas.

     No repetiré aquí lo que en otra parte he dicho sobre la guerra; pero desearía que las gentes instruidas quisieran u osaran dar de una vez al público los detalles de los horrores que se cometen en los ejércitos por los proveedores de víveres y los administradores de hospitales; se vería que sus maniobras, nada secretas, por las cuales se derrumban en un instante los más brillantes ejércitos, hacen perecer más soldados que el fuego enemigo. No es menos sorprendente el cálculo de los hombres que el mar englute todos los años, sea por el hambre o el escorbuto, los piratas, el fuego o los naufragios. Es claro que hay que poner también en la cuenta de la propiedad establecida, y por consiguiente de la sociedad, los asesinatos, envenenamientos, robos en los caminos, y los castigos mismos de estos crímenes, castigos necesarios para prevenir mayores males, pero que, costando la vida a uno o más seres por la muerte de un hombre, no dejan de doblar en realidad las pérdidas de la especie humana. ¡Cuántos medios vergonzosos de impedir el nacimiento de los hombres y defraudar a la naturaleza, sea por esos gustos brutales y depravados que injurian a su más bella obra, gustos que jamás conocieron ni los salvajes ni los animales y que han nacido en los países civilizados de la imaginación corrompida; sea por esos abortos secretos, dignos frutos de la relajación y del honor vicioso; sea por el abandono o la muerte de una multitud de niños, víctimas de la miseria de sus padres o de la bárbara vergüenza de sus madres; sea, en fin, por la mutilación de esos infortunados, una parte de cuya existencia y toda su posteridad son consagradas a vanas canciones, o, peor todavía, a los celos brutales de algunos hombres, mutilación que en este último caso es un doble ultraje a la naturaleza: por el tratamiento de quienes las sufren y por el uso a que se les destina!

     Pero ¿no hay aún mil casos más frecuentes y peligrosos en que los derechos paternales ofenden abiertamente a la humanidad? ¡Cuántos talentos perdidos e inclinaciones forzadas por la imprudente violencia de los padres! ¡Cuántos hombres que se habrían distinguido en una situación conveniente mueren desgraciados y deshonrados en otra hacia la cual no sentían inclinación alguna! ¡Cuántos matrimonios felices, aunque desiguales, han sido deshechos o perturbados, y cuántas castas esposas deshonradas por este orden de condiciones, en contradicción con la naturaleza! ¡Cuántas uniones extravagantes hechas por interés y reprobadas por el amor y por la razón! ¡Cuántos esposos honestos y virtuosos sufren mutuamente su suplicio por haber sido mal casados! ¡Cuántas jóvenes e infortunadas víctimas de la avaricia de sus familias se hunden en el vicio o pasan sus tristes días en lágrimas, gimiendo en unos lazos indisolubles que el corazón repugna y que sólo el oro ha formado! ¡Felices algunas veces aquellas que el valor y la virtud misma arrancan a la existencia antes de que una bárbara violencia las fuerce a pasarla en el crimen o en la desesperación! ¡Perdonadme, padres y madres para siempre dignos de lástima! Con pesar avivo vuestros sufrimientos, pero ¡ojalá puedan servir de ejemplo eterno y terrible a quienquiera se atreva, en nombre mismo de la naturaleza, a violar el más sagrado de sus derechos!

     Si sólo he hablado de esas uniones mal avenidas que son obra de nuestra civilización, ¿créese acaso que aquellas que fueron presididas por el amor y la simpatía están exentas de inconvenientes? ¿Qué sería si yo intentara presentar a la especie humana atacada en sus mismas fuentes, y hasta en el más sagrado de todos los vínculos, cuando no se escucha la voz de la naturaleza sino después de haber consultado la fortuna, y cuando, confundiéndose en el desorden social los vicios y las virtudes, la continencia se convierte en una precaución criminal y la negativa a dar vida a un semejante en un acto de humanidad? Pero, sin desgarrar el velo que cubre tantos horrores, contentémonos nosotros con indicar el mal, al cual otros deben aportar el remedio.

     Añádase a todo esto esa cantidad de oficios malsanos que abrevian la existencia o destruyen el organismo, tales como los trabajos en las minas, las diversas preparaciones de metales, de minerales, el plomo sobre todo; del cobre, del mercurio, del cobalto, del arsénico, del rejalgar; esos otros oficios peligrosos que cuestan a diario la vida a muchos obreros, unos plomeros, otros carpinteros, otros albañiles, otros trabajadores de las canteras; júntense, digo, todos esos objetos, y podrán verse en el establecimiento y perfección de las sociedades las razones de la disminución de la especie, cosa que ya ha sido observada por más de un filósofo.

     El lujo, imposible de evitar entre hombres ávidos de sus propias comodidades y de la consideración ajena, acaba en seguida el mal empezado por las sociedades, y, con el pretexto de dar de comer a los pobres, que no se debía haber hecho, empobrece al resto y despuebla el Estado pronto o tarde.

     El lujo es un remedio mucho peor que el mal que pretende curar, o, mejor, él es el peor de todos los males en cualquier Estado, grande o pequeño, que, por mantener turbas de lacayos y de miserables que él mismo ha hecho, agobia y arruina al campesino y al ciudadano, semejante a esos vientos ardientes del Mediodía que, cubriendo la hierba y las verduras de los campos de insectos devoradores, quitan la subsistencia a los animales útiles y llevan la penuria y la muerte a todos los lugares en que se hacen sentir.

     De la sociedad y del lujo que ella engendra nacen las artes liberales y mecánicas, el comercio, las letras y todas esas inutilidades que hacen florecer la industria y enriquecen y pierden a los Estados. La razón de esta decadencia es muy sencilla. Es fácil ver que, por su naturaleza, la agricultura es la menos lucrativa de todas las artes, porque siendo sus productos de los más indispensables para el hombre, su precio debe ser proporcionado a las facultades de los más pobres. Del mismo principio puede deducirse la siguiente regla: que, en general, las artes son lucrativas en razón inversa de su utilidad, y que las más necesarias son al cabo las más descuidadas. Por donde se ve lo que debe pensarse de las verdaderas ventajas de la industria y del efecto real que resulta de sus progresos.

     Tales son las causas sensibles de todas las miserias a que son lanzadas en fin por la opulencia las naciones más admiradas. A medida que la industria y las artes se desarrollan y florecen, el campesino, despreciado, cargado de impuestos necesarios para el mantenimiento del lujo y condenado a pasar su existencia entre el trabajo y el hambre, abandona sus tierras para buscar en las ciudades el pan que debía llevar a ellas. Cuanto más las capitales deslumbran de admiración los ojos estúpidos del pueblo, más habrá que gemir viendo los campos abandonados, las tierras sin cultivar, los grandes caminos inundados de desgraciados ciudadanos convertidos en mendigos o salteadores y destinados a acabar un día su miseria en un estercolero o en el suplicio. Así es como el Estado, enriqueciéndose por un lado, se debilita y despuebla por otro, y las más poderosas monarquías, después de grandes esfuerzos para hacerse opulentas y al mismo tiempo desiertas, terminan por ser la presa de las naciones pobres, que sucumben a la funesta tentación de invadirlas, y que se enriquecen y debilitan a su vez, hasta que ellas mismas sean invadidas y destruidas por otras.

     Explíquesenos de una vez qué es lo que ha podido producir esas nubes de bárbaros que durante tantos siglos han inundado a Europa, Asia y África. ¿Eran la industria de sus artes, la sabiduría de sus leyes, la excelencia de su vida social las causas de su prodigiosa población? Que nuestros sabios tengan la bondad de decirnos por qué, lejos de multiplicarse hasta ese punto, esos hombres feroces y brutales, sin luces, sin freno, sin educación, no se exterminaban mutuamente a cada instante disputándose el alimento o la caza; que nos expliquen cómo esos miserables han tenido el atrevimiento de mirar frente a frente a unas gentes tan hábiles como nosotros, con tan hermosa disciplina militar, tan bellos códigos y tan sabias leyes; en fin, por qué, después que la sociedad se ha perfeccionado en los países del Norte y después de tanto trabajo para enseñar a esos hombres sus mutuos deberes y el arte de vivir agradable y apaciblemente en sociedad, no se vuelven a ver salir multitudes de hombres como en otro tiempo. Mucho me temo que no salga alguno respondiéndome que todas esas grandes cosas, a saber: las artes, las ciencias y las leyes, han sido sabiamente inventadas por los hombres como una peste saludable para prevenir la excesiva multiplicación de la especie, de miedo a que el mundo que nos está destinado resultara al cabo harto pequeño para sus habitantes.

     ¿Cómo? ¿Es necesario destruir las sociedades, suprimir el tuyo y el mío y volver a vivir en los bosques con los osos? Consecuencia al modo de mis adversarios, que me gusta tanto prever como dejarles la vergüenza de deducirla. ¡Oh vosotros a quienes no ha llegado la voz del cielo y que no reconocéis a vuestra especie otro destino que el de acabar en paz esta corta vida; vosotros los que podéis dejar en medio de las ciudades vuestras funestas adquisiciones, vuestros espíritus inquietos, vuestros corazones corrompidos y vuestros deseos desenfrenados! ¡Volved a vuestra antigua y primera inocencia, puesto que depende de vosotros; id a los bosques a perder de vista y olvidar los crímenes de vuestros contemporáneos, y no temáis envilecer a vuestra especie renunciando a sus luces por renunciar a sus vicios! En cuanto a los hombres como yo, cuyas pasiones han destruido para siempre la sencillez original, que no pueden ya alimentarse con hierbas y bellotas, ni prescindir de jefes ni de leyes; los que fueron honrados en su primer padre con lecciones sobrenaturales; los que verán en la intención de dar a las acciones humanas una moralidad que no hubiesen adquirido en mucho tiempo la razón de un precepto indiferente en sí mismo e inexplicable en cualquier otro sistema; aquellos, en una palabra, que están convencidos de que la voz divina llama a todo el género humano a las luces y a la felicidad de las celestiales inteligencias, todos esos intentarán, por el ejercicio de las virtudes que se obligan a practicar aprendiendo a conocerlas, merecer el premio eterno que deben esperar; respetarán los lazos sagrados de las sociedades de que son miembros; amarán a sus semejantes y los servirán con todas sus fuerzas; obedecerán escrupulosamente a las leyes y a los hombres que son sus autores y ministros; honrarán especialmente a los buenos y sabios príncipes que sepan prevenir, remediar o atenuar esa multitud de abusos y males pronta siempre a agobiarnos; animarán el celo de esos dignos jefes enseñándolos sin temor ni adulación la grandeza de su empresa y el rigor de sus deberes; pero no por eso dejarán de despreciar una organización que no puede mantenerse sino mediante la ayuda de tantas gentes respetables que más frecuentemente se desean que se consiguen, y de la cual, a pesar de todos sus cuidados, nacen a diario más calamidades reales que aparentes beneficios.

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16.      Entre los hombres que conocemos, bien por nosotros mismos, bien por los historiadores y viajeros, unos son blancos, otros son negros, otros son rojos; unos llevan el cabello largo, otros tienen sólo lana rizada; unos son velludos casi del todo, otros no tienen ni aun barba. Han existido y acaso existan pueblos de hombres de talla gigantesca, y, dejando de lado la fábula de los pigmeos, que puede muy bien no ser sino pura exageración, se sabe que los lapones, especialmente los groenlandeses, son de talla bastante inferior a la media del hombre. Incluso se pretende que hay pueblos enteros en que los hombres tienen cola como los cuadrúpedos. Y, sin conceder una fe excesiva a los relatos de Herodoto y Ctesias, se puede al menos sacar esta conclusión bastante verosímil: que si se hubieran podido hacer buenas observaciones en esos tiempos antiguos, en que los diversos pueblos seguían costumbres más distintas entre sí que hoy día, se hubiesen observado, tanto en la figura como en la conformación del cuerpo, variaciones mucho más sorprendentes. Todos estos hechos, de los cuales es fácil presentar pruebas incontestables, no pueden sorprender sino a aquellos que están acostumbrados a no ver más que los objetos que los rodean y que ignoran los poderosos efectos de las variaciones del clima, del aire, de los alimentos, de la manera de vivir, de las costumbres en general, y sobre todo la fuerza asombrosa de las mismas causas cuando obran ininterrumpidamente sobre una larga serie de generaciones. Hoy que el comercio, los viajes y las conquistas aproximan cada vez más a los diversos pueblos y que sus costumbres se confunden sin cesar por la frecuente comunicación, se advierte que ciertas diferencias nacionales se han atenuado; así, por ejemplo, puede observar cualquiera que los franceses actuales no tienen ya aquellos cuerpos grandes, blancos y rubios descritos por los historiadores latinos, aunque el tiempo, junto con la mezcla de francos y normandos, blancos y rubios también, hubiera debido restaurar lo que el frecuente trato con los romanos hubiese podido restar a la influencia del clima sobre la constitución natural y el color de los habitantes. Todas estas observaciones acerca de las diferencias que mil causas pueden producir y han producido en la especie humana me hacen dudar si diversos animales parecidos a los hombres, considerados como bestias por los viajeros sin detenido examen, o a causa de algunas diferencias en su conformación exterior, o solamente por que esos animales no hablaban, no serían, en efecto, verdaderos hombres salvajes cuya raza, antiguamente dispersa en los bosques, no hubiera tenido ocasión de desarrollar ninguna de sus facultades virtuales, ni adquirir ningún grado de perfección, y se hallaba todavía en el primitivo estado natural. Demos un ejemplo de lo que quiero decir:

    «Encuéntrase en el reino del Congo -dice el traductor de la Historia de los viajes- gran número de esos animales que en las Indias orientales llaman orangutanes, los cuales ocupan como un término medio entre la especie humana y los babuinos. Battel refiere que en los bosques de Mayomba, en el reino de Loango, se ven dos especies de monstruos, los más grandes de los cuales se llaman pongos y los otros enjocos. Los primeros tienen una semejanza exacta con el hombre, pero son mucho más robustos y de mayor talla. Tienen un rostro humano, pero los ojos muy hundidos; sus manos, sus mejillas, sus orejas no tienen pelo, excepto las cejas, que son muy largas. Aunque tienen el resto del cuerpo bastante velludo, el pelo no es excesivamente espeso, y su color es moreno. En fin, la única parte que los distingue del hombre es la pierna, que carece de pantorrilla. Andan derechos, sujetándose con la mano el pelo del cuello. Viven retirados en los bosques; duermen encima de los árboles y se construyen una especie de techo que los resguarda de la lluvia. Su alimento lo constituyen las frutas o nueces silvestres; nunca comen carne. Los negros acostumbran, cuando atraviesan de noche los bosques, encender fuegos; por la mañana, cuando se marchan, observan que los pongos ocupan su plaza alrededor del fuego y no se retiran hasta que se apaga, pues, aunque tienen mucha habilidad, no tienen suficiente, entendimiento para entretener el fuego echando leña.

     «Caminan a veces en grandes grupos y matan a los negros que cruzan los bosques. También se arrojan sobre los elefantes que van a pastar a los sitios en que ellos se encuentran, y tanto los molestan a palos o puñetazos, que los obligan a huir lanzando gritos. Nunca se cogen pongos vivos, porque son tan fuertes, que diez hombres no serían suficientes para coger a uno solo; pero los negros cogen gran número de pongos jóvenes después de haber matado a la madre, a cuyo cuerpo el pequeño se agarra fuertemente. Cuando muere uno de estos animales, los demás cubren su cuerpo con un montón de ramas o de hojas. Purchass cuenta que en las conversaciones que había tenido con Battel le había oído referir que un pongo le arrebató mi negrito, el cual pasó un mes entero entre esos animales, pues no hacen daño alguno a los hombres que sorprenden, por lo menos cuando éstos no los miran, como había observado el negrito. Battel no ha descrito la segunda especie de esos monstruos.

     Dapper confirma que el Congo está lleno de esos animales que llevan en las Indias el nombre de orangutanes, es decir, habitantes de los bosques, y que los africanos llaman quojas-morros. Este animal es tan parecido al hombre -dice-, que a algunos viajeros se los ha ocurrido pensar si podía haber nacido de una mujer y un mono, quimera que los mismos negros rechazan. Uno de esos animales fue transportado a Holanda y presentado al príncipe de Orango Federico Enrique. Tenía la altura de un niño de tres años y era de mediano, gordura, pero cuadrado y bien proporcionado, muy ágil y vivo, las piernas carnosas y robustas, la parte anterior del cuerpo desnuda, pero la posterior cubierta de pelo negro. A primera vista, su cara parecía la de un hombre, pero tenía la nariz aplastada y retorcida; sus orejas eran también como en la especie humana; los pechos, pues era hembra, redondeados; el ombligo, hundido; los hombros, bien proporcionados; las manos, divididas en dedos y pulgares; sus pantorrillas y talones, gruesos y carnosos. Andaba con frecuencia derecho sobre sus dos pies, y era capaz de alzar y llevar pesos bastante grandes. Cuando quería beber cogía con una mano la tapadera y con la otra tenía el jarro por el culo; después se limpiaba graciosamente los labios. Para dormir ponía la cabeza en un almohadón, tapándose con tanta habilidad, que se le hubiera tomado por un hombre en el lecho. Los negros refieren cosas extrañas sobre este animal; aseguran que no solamente fuerza a las mujeres y a las muchachas, sino que no teme atacar a hombres armados. En una palabra: hay bastante probabilidad de que sea el sátiro de los antiguos. Merolla habla seguramente de estos animales cuando cuenta que los negros cogen algunas veces en sus cacerías hombres y mujeres salvajes.»

     También se habla de esa especie de animales antropomorfos en el tercer tomo de la misma Historia de los viajes, bajo el nombre de begos y mandriles; mas, para no volver a las anteriores descripciones, digamos que se encuentran en la descripción de estos supuestos monstruos sorprendentes analogías, con la especie humana y diferencias menores que las que podían señalarse de hombre a hombre. No se hallan en estos pasajes las razones en que se fundan los autores para negar a los animales en cuestión el nombre de hombres salvajes; pero es fácil comprender que es a causa de su estupidez y también porque no hablan, flojas razones para aquellos que saben que, aunque el órgano de la palabra es natural al hombre, no lo es la palabra misma, y que conocen hasta qué punto su perfectibilidad puede haber llevado al hombre por encima de su estado original. El esca o número de líneas que contienen esas descripciones nos permite juzgar qué mal han sido observados esos animales y con qué prejuicios han sido considerados. Por ejemplo: son calificados de monstruos, y, sin embargo, se conviene en que engendran. En un lugar, Battel dice que los pongos matan a los negros cuando éstos cruzan los bosques; en otro, Purchass afirma que no les hacen ningún daño, aun cuando los sorprendan, por lo menos si los negros no se paran a mirarlos. Los pongos se reúnen alrededor de las hogueras encendidas por los negros cuando éstos se retiran, y se marchan a su vez cuando el fuego se apaga. Este es el hecho; he aquí ahora el comentario del observador: pues, aunque tienen mucha habilidad, no poseen entendimiento suficiente para mantener el fuego arrojando leña. Quisiera adivinar cómo Battel, o Purchass su compilador, ha podido saber que la retirada de los pongos es un efecto de su estupidez y no de su voluntad. En un clima como el de Loango, el fuego no es una cosa muy necesaria a los animales, y si los negros los encienden es más para ahuyentar a las fieras que contra el frío. Es, pues, muy sencillo que, después de haber estado algún tiempo entreteniéndose con las llamas, o luego de haberse calentado bien, los pongos se cansen de estar siempre en el mismo sitio y se marchen a buscar su alimento, que exige más tiempo que si comieran carne. Por otro lado, se sabe que la mayoría de los animales son naturalmente perezosos y que se resisten a toda clase de cuidados que no son de absoluta necesidad. Parece, en fin, muy extraño que los pongos, cuya destreza y fuerza se alaban, que saben enterrar sus muertos y construirse techos de ramas, no sepan echar leña al fuego. Recuerdo perfectamente haber visto hacer a un mono esta misma maniobra que se pretende no pueden hacer los pongos; es verdad que mi atención no estaba entonces inclinada de este lado, y que cometí igual falta que reprocho a esos viajeros, descuidando examinar si la intención del mono era, en efecto, entretener el fuego o simplemente, como yo creo, imitar la acción de un hembra. Sea lo que fuere, está suficientemente demostrado que el mono no es una variedad del hombre, no sólo porque está privado de la facultad de pensar, sino porque es evidente que su especie carece de la facultad de perfeccionarse, que constituye el carácter específico de la especie humana, experiencias que parece no haber sido hechas con suficiente atención con el pongo y el orangután para poder sacar la misma conclusión. Habría, sin embargo, un medio por el cual, si el orangután y otros eran de la especie humana, los observadores menos hábiles podrían asegurarse de ello hasta con demostración práctica; pero, además de que no bastaría para esta experiencia una sola generación, debe pasar por impracticable, porque sería necesario que lo que sólo es mera suposición fuera demostrado cierto antes de que la prueba corroborativa pudiera ser intentada inocentemente.

     Los juicios precipitados, que no son fruto de una razón esclarecida, están propensos a caer en el exceso. Nuestros viajeros convierten sin reparo en bestias, bajo el nombre de pongos, de mandriles, de orangutanes, a esos mismos seres que los antiguos, con el nombre de sátiros, faunos y silvanos, hacían divinidades. Tal vez, después de investigaciones más exactas, se halle que no son ni bestias ni dioses, sino hombres. Entro tanto, me parece que debe darse la preferencia sobre estas cuestiones a Merolla, ilustrado religioso, testigo ocular y que, a pesar de su ingenuidad, no dejaba de ser un hombre de espíritu, que no al comerciante Battel, a Dapper, Punchass y demás compiladores.

     ¿Qué juicio habrían formulado semejantes observadores sobre el niño hallado en 1694, del que ya he hablado en la nota 8.ª, que no daba prueba alguna de razón, andaba a cuatro pies, carecía de lenguaje articulado y emitía unos sonidos en nada parecidos a los de un hombre? Pasó mucho tiempo, continúa el mismo filósofo que me refiere el hecho, antes de que pudiera proferir algunas palabras. En cuanto pudo hablar se le preguntó sobre su primer estado, pero no recordaba mucho más que recordamos nosotros de lo que nos ha sucedido en la cuna. Si, desgraciadamente para él, esta criatura hubiera caído en manos de nuestros viajeros, no cabe duda que, después de haber observado su silencio y su estupidez, habrían tornado el partido de dejarlo en los bosques, o bien de encerrarlo en una casa de fieras, después de lo cual hubieran hablado sabiamente de él en bonitas relaciones como de una bestia muy curiosa y que se parecía mucho al hombre.

     Desde hace tres o cuatro siglos los habitantes de Europa inundan las otras partes del mundo y publican incesantemente nuevas colecciones de viajes y relatos; pero yo estoy persuadido de que los únicos hombres que conocemos son los europeos, y aun parece, debido a los prejuicios ridículos, que no se han extinguido ni entre las gentes de letras, que no hace cada uno, bajo el pomposo nombre de estudio del hombre, sino el estudio de los hombres de su país. Los particulares van y vienen de un pueblo a otro, pero la filosofía parece que no viaja; así, la de un pueblo parece poco a propósito para otro. La razón de esto es manifiesta, al menos por lo que se refiere a las regiones apartadas; sólo hay cuatro clases de hombres que realicen largos viajes: los marinos, los comerciantes, los soldados y los misioneros. Ahora bien; no puede esperarse que las tres clases primeras proporcionen buenos observadores; en cuanto a los últimos, ocupados en una vocación sublime, aunque no estuvieran sujetos a los prejuicios de su condición como los otros, debe creerse que no se entregarían voluntariamente a investigaciones que parecen de pura curiosidad y que los distraerían de trabajos más importantes a que están destinados. Por lo demás, para enseñar el Evangelio no hace falta más que celo, y Dios pone el resto; mas para estudiar a los hombres son precisas aptitudes que Dios no se compromete a dar a nadie y que no siempre son patrimonio de los santos.

     No se abre un libro de viajes en que no se vean descripciones de caracteres y costumbres; pero queda uno sorprendido viendo que esas gentes que tantas cosas han descrito no han dicho más que lo que ya sabía cada cual, no han sabido advertir al otro extremo del mundo sino lo que hubieran podido observar en su propia calle, y que esos rasgos verdaderos que distinguen a los pueblos y atraen la mirada de los ojos hechos para ver han escapado casi siempre a los suyos. De aquí ha salido ese bello principio de moral tan rebatido por la turba filosofante: que los hombres son iguales en todas partes; que, teniendo en todo lugar las mismas pasiones y los mismos vicios, es perfectamente inútil tratar de caracterizar a los diferentes pueblos; lo que está tan bien discurrido como si se dijera que no podía distinguirse a Juan de Pedro porque ambos tienen nariz, boca y ojos.

     ¿No se verán renacer aquellos tiempos felices en que los pueblos no se mezclaban en la filosofía, en que los Platones, los Tales y los Pitágoras, poseídos de un ardiente deseo de sabor, emprendían grandes viajes únicamente para instruirse y sacudir lejos de su patria el yugo de los prejuicios nacionales, aprender a conocer a los hombres por sus semejanzas y por sus diferencias y adquirir esos conocimientos universales que no son de un siglo ni de un país exclusivamente, sino que, por ser de todos los tiempos y lugares, constituyen, por así decir, la ciencia común de los sabios?

     Se admira la munificencia de algunos curiosos que han hecho o ayudado a hacer, sin reparar en gastos, viajes en Oriente con sabios y pintores para dibujar las ruinas y descifrar o copiar las inscripciones; pero apenas concibo cómo en un siglo en que todo el mundo se envanece de bellos conocimientos no se encuentran dos hombres cordialmente unidos, ricos uno en dinero y otro en genio, amantes de la gloria y de la inmortalidad, dispuestos a sacrificar, uno veinte mil escudos de su fortuna, otro diez años de su vida, en un célebre viaje alrededor del mundo para estudiar, no plantas y piedras, sino a los hombres y las costumbres, y que, después de tantos siglos empleados en medir y estudiar la casa, se dispusieran al fin a conocer a los que la habitan.

     Los académicos que han recorrido la parte septentrional de Europa y la meridional de América tenían por objeto visitarlas más como geómetras que como filósofos. Sin embargo, como eran a la vez ambas cosas, no pueden mirarse como completamente desconocidas las regiones vistas y descritas por los La Condamine y los Maupertuis. El lapidario Chardín, que ha viajado como Platón, no ha dejado nada por decir sobre Persia. China parece haber sido bien observada por los jesuitas. Kempfer da una idea pasable de lo poco que ha visto en el Japón. Fuera de estas referencias, no conocemos las Indias orientales, únicamente frecuentadas por europeos más atentos a llenar sus bolsas que sus cabezas. El África entera, con sus numerosos habitantes, tan singulares por su carácter como por su color, está todavía sin explorar. La tierra está cubierta de naciones de las cuales no conocemos más que los nombres, ¡y pretendemos juzgar al género humano! Supongamos un Montesquieu, un Buffón, un Diderot, un Duclos, un D'Alembert, un Condillac u hombres de este temple viajando para instruir a sus compatriotas, observando y descubriendo como ellos saben hacerlo Turquía, Egipto, Berbería, el imperio de Marruecos, la Guinea, el territorio de los cafres, el interior de África y sus costas orientales, las Malabares, el Mogol, las riberas del Ganges, los reinos de Siam, de Pegu, de Ava, la China y Tartaria, y especialmente el Japón; después, en el otro hemisferio, Méjico, Perú, Chile, territorios magallánicos, sin olvidar los Patagones, falsos o verdaderos; Tucumán, Paraguay, si era posible; el Brasil, los Caribes, la Florida y todas las regiones salvajes. Este sería el viaje más importante de todos, el que habría que hacer con la más extrema atención. Supongamos que estos nuevos Hércules, de regreso de sus excursiones memorables, escribieran holgadamente la historia natural, moral y política de lo que habían visto; nosotros mismos veríamos salir un mundo nuevo de su pluma y así aprenderíamos a conocer el nuestro. Digo que cuando tales observadores afirmaran que tal animal era un hombre, y de otro que era una bestia, se les podría creer; pero sería una gran simpleza conceder el mismo crédito a esos viajeros incultos, con los cuales se siente algunas veces la intención de examinar la misma cuestión que ellos se meten a resolver sobre otros animales.

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17.      Esto me parece de la mayor evidencia y no puedo concebir de dónde hacen nacer nuestros filósofos todas las pasiones que atribuyen al hombre natural. Exceptuadas las puras necesidades físicas, que la misma naturaleza exige, todas nuestras restantes necesidades no son tales sino por la costumbre, con anterioridad a la cual no eran tales necesidades, o por nuestros deseos, y no se desea lo que no se conoce. De aquí se deduce que, no deseando el hombre salvaje más que las cosas conocidas, y no conociendo sino aquello que está a su alcance o es fácil de adquirir, nada debe haber tan tranquilo como su alma y tan limitado como su espíritu.

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18.      Célebre río de la península del Peloponeso, a cuya orilla se asentaba Esparta. Los espartanos, después de hacer el ejercicio, corrían llenos de sudor y de polvo a bañarse en sus aguas. Las alusiones al Eurotas son muy frecuentes en las tradiciones de Esparta. Cuéntase en una, como ejemplo del carácter de las mujeres espartanas, que una de ellas, viendo a su hijo huir de un combate, le mató con sus propias manos, exclamando: ¡Las aguas del Eurotas no corren para los ciervos!»

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19.      Encuentro en el Gobierno civil de Locke una razón demasiado especiosa para que me sea permitido ocultarla. «Como el fin de la unión entre el macho y la hembra -dice ese filósofo- no es simplemente el de procrear, sino el de propagar la especie, esta sociedad debe durar, aun después de la procreación, por lo menos tanto tiempo como es necesario para la alimentación y la conservación de los procreados, es decir, hasta que sean capaces de proveer por sí mismos a sus necesidades. Esta regla, que la infinita sabiduría del Creador ha establecido sobre todas las obras de sus manos, vemos que es observada por las criaturas inferiores al hombre constantemente y con exactitud. Entre los animales que se nutren de hierba la sociedad entre el macho y la hembra no dura más tiempo que cada acto de ayuntamiento, porque, como las mamas de la madre son suficientes para nutrir a las crías hasta que éstas son capaces de comer la hierba, el macho se contenta con engendrar y no se ocupa más después de la hembra ni de los pequeñuelos, a cuya subsistencia en nada puede contribuir. Pero entre los animales carnívoros la sociedad dura más tiempo, a causa de que, no pudiendo la madre proveer a su propia subsistencia y a alimentar al mismo tiempo a sus cachorros con su sola presa, que es una manera de alimentarse mucho más laboriosa y peligrosa que la herbívora, la asistencia del macho es indispensable para el sostenimiento de su común familia, si puede usarse este término, la cual, mientras no pueda ir a buscar alguna presa, no podrá subsistir sin los cuidados del macho y de la hembra. La misma cosa se observa en todas las aves, exceptuados algunos pájaros domésticos que se encuentran en sitios en que la abundancia de alimento exime al macho del cuidado de alimentar a las crías; se ve que mientras las crías en sus nidos tienen necesidad del sustento, el macho y la hembra se lo llevan hasta que los pequeñuelos pueden volar y proveer a su subsistencia.

     «Y en esto consiste, en mi opinión, la principal, si no la única razón de por qué el macho y la hembra, en el género humano, están obligados a una sociedad más duradera que entre las demás criaturas. Esta razón es que la mujer es capaz de concebir, y ordinariamente queda de nuevo embarazada y pare un nuevo hijo mucho antes de que el precedente esté en situación de poder prescindir de la ayuda de sus padres y pueda atender por sí mismo a sus necesidades. De este modo, obligado un padre a cuidar de los hijos que ha engendrado y a hacerlo por mucho tiempo, también está en la obligación de vivir en la sociedad conyugal con la misma mujer de quien los ha tenido y de permanecer en esta sociedad mucho más tiempo que las otras criaturas, cuyos pequeñuelos pueden subsistir por sí mismos antes de que llegue la época de una nueva procreación, y el lazo entre macho y hembra se rompe por sí mismo y uno y otro quedan en plena libertad hasta que la época en que acostumbran ayuntarse los animales los obligue a escoger nuevos compañeros. En este punto no se sabría admirar bastante la sabiduría del Creador, que, habiendo dado al hombre cualidades propias para proveer tanto al porvenir como al presente, ha querido y hecho de manera que la sociedad del hombre durara mucho más tiempo que la del macho y la hembra entre las demás criaturas, a fin de que la industria del hombre y de la mujer fuera más excitada y sus intereses más unidos, con objeto de hacer provisiones para sus hijos y dejarles hacienda, por no haber nada más perjudicial para los hijos que una unión incierta y vaga o una disolución fácil y frecuente de la sociedad conyugal.»

     El mismo amor de la verdad que me ha hecho exponer sinceramente esta objeción me excita a acompañarle de algunas observaciones, si no para resolverla, al menos para aclararla.

     1.ª Señalaré en primer lugar que las pruebas morales no tienen gran fuerza en materia de física y que sirven más bien para justificar hechos existentes que para constatar la existencia real de esos hechos. Ahora bien; tal es el género de pruebas que Locke aduce en el pasaje que he copiado; pues aunque pueda ser ventajoso para la especie humana que la unión entre el hombre y la mujer sea permanente, no se deduce que así haya sido establecido por la naturaleza; de otro modo habría que decir también que ella ha instituido la sociedad civil, las artes, el comercio y cuanto se pretende ser útil a los hombres.

     2.ª Ignoro dónde ha hallado Locke que entre los animales de presa la sociedad del macho y la hembra dure más tiempo que entre los herbívoros y que uno ayude al otro a alimentar a las crías, pues no se ve que el perro, el gato, el oso ni el lobo reconozcan a su hembra mejor que el caballo, el carnero, el toro, el ciervo y los demás animales cuadrúpedos a la suya. Parece, al contrario, que si el concurso del macho fuera necesario a la hembra para conservar sus pequeñuelos, esto sucedería sobre todo en las especies que sólo viven de hierbas, porque la hembra necesita mucho tiempo para pastar y en este intervalo se ve forzada a descuidar sus crías, mientras que una osa o una loba tienen más tiempo para amamantar sus pequeñuelos porque devoran en un instante su presa. Este razonamiento está confirmado por el examen del número relativo de mamas y de hijuelos que distingue las especies carniceras de las frugívoras, de lo que he tratado en la nota 14ª. Si esta observación es justa y general, como la mujer sólo tiene dos tetas y no da existencia cada vez mas que a un hijo, ésta es una fuerte razón más para dudar que la especie humana sea naturalmente carnicera; de suerte que me parece que para llegar a la conclusión de Locke sería necesario invertir su razonamiento. No tiene más solidez la misma distinción aplicada a las aves; porque ¿quién podrá admitir que la unión del macho y la hembra es más duradera entre los buitres y los cuervos que entre las tórtolas? Tenemos dos especies de aves domésticas, el pato y el pichón, que nos dan ejemplo completamente contrario al sistema de ese autor. El pichón, que sólo vive de granos, sigue unido con su hembra y juntos alimentan a las crías. El pato, cuya voracidad es conocida, no reconoce ni a la hembra ni a sus crías y no ayuda en nada a su sustento, y entre los pollos, especie que no es menos carnívora, no se ve que el gallo se preocupe poco ni mucho de la pollazón. Si en otras especies el macho comparte con la hembra el cuidado de alimentar los pequeñuelos es porque éstos, que no pueden volar en seguida ni pueden ser amamantados por la madre, están en peores condiciones que los cuadrúpedos para poderse pasar sin la ayuda del padre, mientras que a estos últimos les basta con las mamas de la madre, por lo menos durante cierto tiempo.

     3.ª Hay mucha incertidumbre sobre el hecho principal que sirve de base a todo el razonamiento de Locke, porque para saber, como él pretende, si en el puro estado natural la mujer queda por lo general embarazada de nuevo y da a luz un nuevo hijo mucho tiempo antes que el anterior pueda proveer por sí mismo a sus necesidades, harían falta experiencias que seguramente no ha hecho Locke ni nadie puede hacer. La cohabitación continua del marido y la mujer es tan propicia a exponerse a un nuevo embarazo, que es muy difícil creer que el ayuntamiento fortuito o el impulso único del temperamento produzcan efectos tan frecuentes en el puro estado natural que en el de la sociedad conyugal; esta lentitud acaso contribuiría a hacer a los niños más robustos y podría ser, por otra parte, compensada por la facultad de concebir prolongada hasta una edad más avanzada en las mujeres que hubieran abusado menos de ella en su juventud. Respecto a los niños, hay bastantes razones para creer que sus fuerzas y órganos se desarrollan más tarde entre nosotros que en el estado primitivo de que hablo. La debilidad original que heredan de sus padres, el cuidado que se tiene de envolver y torturar sus miembros, la molicie en que se crían y quizá también el uso de leche distinta a la de su madre, todo contraría y retarda en ellos los primeros progresos de la naturaleza. La aplicación que se les exige sobre mil cosas en las cuales tienen que tener fija continuamente su atención, mientras que no se da ningún ejercicio a sus fuerzas corporales, puede también trabar considerablemente su crecimiento; de modo que si, en lugar de sobrecargar y fatigar desde el principio sus espíritus de mil maneras, se dejara que ejercitasen su cuerpo en los movimientos continuos que la naturaleza parece exigirles, es de creer que estarían mucho antes en condición de andar, de accionar y de atender por sí mismos a sus necesidades.

     4.ª En fin, Locke prueba, cuando más, que podría muy bien existir en el hombre un motivo de seguir unido a la mujer cuando ésta tiene un hijo; pero no prueba de ningún modo que ha debido unirse a ella antes del parto y durante los nuevo meses de su embarazo. Si una mujer es indiferente al hombre durante esos nueve meses y si aun llega a no reconocerla, ¿por qué la va a ayudar después del parto?¿Por qué va a ayudarla a criar un niño que no sabe si le pertenece enteramente y cuyo nacimiento no ha resuelto ni previsto? Locke supone evidentemente de qué se trata, pues no es cuestión de saber por qué el hombre sigue unido a la mujer después del alumbramiento, sino por qué se une a ella después de la concepción. Satisfecho el apetito sexual, el hombre no tiene necesidad de la mujer ni la mujer del hombre. Éste no tiene la menor preocupación ni tal vez la menor idea de las consecuencias de su acto. Cada uno se va por su lado, y no hay la menor razón para suponer que al cabo de nueve meses recuerden haberse conocido, pues esta clase de memoria, por la cual un individuo da su preferencia a otro para el acto de la generación, exige, como pruebo en el texto, más adelanto o corrupción en el entendimiento humano que puede concebirse en el estado de animalidad de que aquí se trata. Cualquier mujer puede satisfacer tan bien como la otra los nuevos deseos del hombre, y otro hombre satisfacer a la misma mujer, suponiendo que sienta el mismo apetito durante la preñez, de lo que puede razonablemente dudarse. Y si en el estado de naturaleza la mujer no siente la pasión amorosa después de la concepción del hijo, la dificultad de su sociedad con el hombre hácese mucho mayor, porque entonces no necesita ni del hombre que la ha fecundado ni de otro alguno. No hay, pues, en el hombre ninguna razón para buscar la misma mujer ni en la mujer para buscar el mismo hombre. El razonamiento de Locke cae por tierra, y toda la dialéctica de este filósofo no le ha garantido contra la falta que Hobbes y otros han cometido. Tenían que explicar un hecho del estado natural, es decir, de un estado en que los hombres vivían aislados, en que ningún hombre tenía motivo alguno para permanecer al lado de otro, ni acaso los hombres de vivir al lado unos de otros, lo que todavía es peor; y no han pensado en transportarse más allá de los siglos de la sociedad, es decir, de estos tiempos en que los hombres tienen siempre una razón de permanecer unidos y en los cuales tal hombre tiene con frecuencia algún motivo para seguir al lado de tal hombre o mujer.

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    Discurso sobre el origen de la desigualdad entre los hombres
     J.J. Rousseau ; la traducción del francés ha sido hecha por Ángel Pumarega
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