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    Discurso sobre el origen de la desigualdad entre los hombres
     J.J. Rousseau ; la traducción del francés ha sido hecha por Ángel Pumarega
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Primera parte

     Por importante que sea, para bien juzgar del estado natural del hombre, considerarla desde su origen y examinarle, por así decir, en el primer embrión de la especie, yo no seguiré su organización a través de sus desenvolvimientos sucesivos ni me detendré tampoco a buscar en el sistema animal lo que haya podido ser al principio para llegar por último a lo que es. No examinaré si, como piensa Aristóteles, sus prolongadas uñas fueron al principio garras ganchudas; si era velludo como un oso, y si, caminando a cuatro pies (7), su mirada, dirigida hacia la tierra y limitada a un horizonte de algunos pasos, no indicaba al mismo tiempo el carácter y los límites de sus ideas. No podría hacer sobre esta materia sino conjeturas vagas y casi imaginarias. La anatomía comparada no ha hecho todavía suficientes progresos y las observaciones de los naturalistas son aún demasiado inciertas para que pueda establecerse sobre fundamentos semejantes la base de un razonamiento sólido; de modo que, sin recurrir a los conocimientos naturales que poseemos sobre este punto y sin parar atención en los cambios que han debido tener lugar tanto en la conformación interior como en la exterior del hombre a medida que aplicaba sus miembros a nuevos usos y se nutría con nuevos alimentos, le supondré constituido de todo tiempo como le veo hoy día, andando en dos pies, sirviéndose de sus manos como nosotros de las nuestras y midiendo con la mirada la infinita extensión del cielo.

     Despojando a este ser así constituido de todos los dones sobrenaturales que haya podido recibir y de todas las facultades artificiales que no ha podido adquirir sino mediando largos progresos; considerándole, en una palabra, tal como ha debido salir de manos de la naturaleza, veo un animal menos fuerte que unos, menos ágil que otros, pero, en conjunto, el más ventajosamente organizado de todos; le veo saciándose bajo una encina, aplacando su sed en el primer arroyo y hallando su lecho al pie del mismo árbol que lo ha proporcionado el alimento; he ahí sus necesidades satisfechas.

     La tierra, abandonada a su fertilidad natural (8) y cubierta de bosques inmensos, que nunca mutiló el hacha, ofrece a cada paso almacenes y retiros a los animales de toda especie. Dispersos entre ellos, los hombres observan, imitan su industria, elevándose así hasta el instinto de las bestias, con la ventaja de que, si cada especie sólo posee el suyo propio, el hombre, no teniendo acaso ninguno que le pertenezca, se los apropia todos, se nutre igualmente con la mayor parte de los alimentos (9) que los otros animales se disputan, y encuentra, por consiguiente, su subsistencia con mayor facilidad que ninguno de ellos.

     Acostumbrados desde la infancia a la intemperie del tiempo y al rigor de las estaciones, ejercitados en la fatiga y forzados a defender desnudos y sin armas su vida y su presa contra las bestias feroces, o a escapar de ellas corriendo, fórmanse los hombres un temperamento robusto y casi inalterable; los hijos, viniendo al mundo con la excelente constitución de sus padres y fortificándola con los mismos ejercicios que la han producido, adquieren de ese modo todo el vigor de que es capaz la especie humana. La naturaleza procede con ellos precisamente como la ley de Esparta con los hijos de los ciudadanos (10): hace fuertes y robustos a los bien constituidos y deja perecer a todos los demás, a diferencia de nuestras sociedades, donde, el Estado, haciendo que los hijos sean onerosos a los padres, los mata indistintamente antes de su nacimiento.

     Siendo el cuerpo del hombre salvaje el único instrumento de él conocido, lo emplea en usos diversos, de que son incapaces los nuestros por falta de ejercicio, y es nuestra industria la que nos arrebata la agilidad y la fuerza que la necesidad lo obliga a adquirir. Si hubiera tenido hacha, ¿habría roto con el puño tan fuertes ramas? Si hubiese tenido honda, ¿lanzaría a brazo con tanta fuerza las piedras? Si hubiera tenido escalera, ¿treparía con tanta ligereza por los árboles? Si hubiese tenido caballos ¿sería tan rápido en la carrera? Dad al hombre civilizado el tiempo preciso para reunir todas esas máquinas a su derredor: no cabe duda que superará fácilmente al hombre salvaje. Mas si queréis ver un combate aún más desigual, ponedlos desnudos y desarmados frente a frente, y bien pronto reconoceréis cuáles son las ventajas de tener continuamente a su disposición todas sus fuerzas, de estar siempre preparado para cualquier contingencia y de conducirse siempre consigo, por así decir, todo entero (11).

     Hobbes pretende que el hombre es naturalmente intrépido y ama sólo el ataque y el combate. Un filósofo ilustre piensa, al contrario, y Cumberland y Puffendorf así lo aseguran, que nada hay tan tímido como el hombre en el estado natural, y que se halla siempre atemorizado y presto a huir al menor ruido que oiga, al menor movimiento que perciba. Acaso suceda así por lo que se refiere a los objetos que no conoce, y no dudo que no quede aterrado ante los nuevos espectáculos que se ofrecen a su vista cuando no puede discernir el bien y el mal físicos que de ellos debe esperar, ni comparar sus fuerzas con los peligros que tiene que correr; circunstancias raras en el estado de naturaleza, en el cual todas las cosas marchan de modo tan uniforme y en el que la faz de la tierra no se halla sujeta a esos cambios bruscos y continuos que en ella causan las pasiones y la inconstancia de los pueblos reunidos. Pero el hombre salvaje, viviendo disperso entre los animales y encontrándose desde temprano en situaciones de medirse con ellos, hace en seguida la comparación, y viendo que si ellos le exceden en fuerza él los supera en destreza, deja de temerlos ya. Poner a un oso o a un lobo en lucha con un salvaje robusto, ágil e intrépido como lo son todos, armado de piedras y de un buen palo, y veréis que el peligro será cuando menos recíproco, y que después de muchas experiencias parecidas, las bestias feroces, que no aman atacarse unas a otras, atacarán con pocas ganas al hombre, que habrán hallado tan feroz como ellas. Con respecto a los animales que tienen realmente más fuerza que él destreza, encuéntrase frente a ellos en el caso de otras especies más débiles, que no por esto dejan de subsistir; con la ventaja para el hombre de que, no menos ágil que aquéllos para correr y hallando en los árboles refugio casi seguro, puede en todas partes afrontarlos o no, teniendo la elección de la huida o de la lucha. Añadamos que parece ser que ningún animal hace espontáneamente la guerra al hombre, salvo en caso de propia defensa o de un hambre extrema, ni manifiesta contra él esas violentas antipatías que parecen anunciar que una especie ha sido destinada por la naturaleza a servir de pasto a las otras.

     He aquí, sin duda, la razón por la cual los negros y los salvajes se preocupan tan poco de los animales feroces que pueden encontrar en los bosques. Los caribes de Venezuela, entre otros, viven a este respecto en la más completa seguridad y sin el menor contratiempo. Aunque anden casi desnudos, dice Francisco Correal, no dejan de exponerse atrevidamente en los bosques, armados solamente de la flecha y el arco, sin que se haya oído decir nunca que alguno fuera devorado por las fieras.

     Otros enemigos más temibles, contra los cuales no tiene el hombre los mismos medios de defensa, son los achaques naturales, la infancia, la vejez y las enfermedades de toda suerte, tristes signos de nuestra debilidad, cuyos dos primeros son comunes a todos los animales, mientras que el último es propio principalmente del hombre que vive en sociedad. Hasta observo, a propósito de la infancia, que la madre, llevando consigo a todas partes a su hijo, tiene mucha más facilidad para alimentarlos que las hembras de diversos animales, forzadas a ir y venir continua y fatigosamente, de un lado, para buscar su alimento; de otro, para amamantar o alimentar a sus crías. Es verdad que si la mujer perece, el niño corre bastante el riesgo de perecer con ella; pero este mismo peligro es común a otras cien especies, cuyos pequeñuelos no se hallan por largo tiempo en situación de buscar por sí mismos su alimento; y si la infancia es entre nosotros más larga, siendo la vida más larga también, todo viene a ser poco más o menos igual en este punto (12), aunque haya sobre la duración de la primer edad y el número de pequeñuelos (13) otras reglas que no entran en mi objeto. Entre los viejos, que accionan y transpiran poco, la necesidad de alimentos disminuye con la facultad de adquirirlos, y como la vida salvaje aleja de ellos la gota y los reumatismos, y como la vejez es de todos los males el que menos alivio puede esperar de la ayuda humana, se extinguen en fin sin que se advierta que dejan de existir y casi sin darse cuenta ellos mismos.

     Respecto de las enfermedades, no repetiré las vanas y falsas declamaciones de las personas de buena salud contra la medicina; pero preguntaré si se puede probar con alguna observación sólida que la vida media del hombre es más corta en aquel país donde ese arte se halla descuidado que donde es cultivado con más atención. ¿Cómo podría suceder así si nosotros nos procuramos más enfermedades que la medicina nos proporciona remedios? La extrema desigualdad en el modo de vivir, el exceso de ociosidad en unos y de trabajo en otros, la facilidad de excitar y de satisfacer nuestros apetitos y nuestra sensualidad, los alimentos tan apreciados de los ricos, que los nutren de substancias excitantes y los colman de indigestiones; la pésima alimentación de los pobres, de la cual hasta carecen frecuentemente, carencia que los impulsa, si la ocasión se presenta, a atracarse ávidamente; las vigilias, los excesos de toda especie, los transportes inmoderados de todas las pasiones, las fatigas y el agotamiento espiritual, los pesares y contrariedades que se sienten en todas las situaciones, los cuales corroen perpetuamente el alma: he ahí las pruebas funestas de que la mayor parte de nuestros males son obra nuestra, casi todos los cuales hubiéramos evitado conservando la manera de vivir simple, uniforme y solitaria que nos fue prescrita por la naturaleza. Si ella nos ha destinado a ser sanos, me atrevo casi a asegurar que el estado de reflexión es un estado contra la naturaleza, y que el hombre que medita es un animal degenerado. Cuando se piensa en la excelente constitución de los salvajes, de aquellos al menos que no hemos echado a perder con nuestras bebidas fuertes; cuando se sabe que apenas conocen otras enfermedades que las heridas y la vejez, vese uno muy inclinado a creer que podría hacerse fácilmente la historia de las enfermedades humanas siguiendo la de las sociedades civiles. Tal es por lo menos la opinión de Platón, quien juzga, a propósito de ciertos remedios empleados o aprobados por Podaliro y Macaón en el sitio de Troya, que diversas enfermedades que estos remedios hubieron de provocar no eran conocidas entonces entre los hombres, y Celso refiere que la dieta, tan necesaria hoy día, fue inventada por Hipócrates.

     Con tan contadas causas de males, el hombre, en el estado natural, apenas tiene necesidad de remedio y menos de medicina. La especie humana no es a este respecto de peor condición que todas las demás, y fácil es saber por los cazadores si encuentran en sus correrías muchos animales mal conformados. Algunos encuentran animales con grandes heridas perfectamente cicatrizadas, con huesos y aun miembros rotos curados sin más cirujano que la acción del tiempo, sin otro régimen que su vida ordinaria, y que no por no haber sido atormentados con incisiones, envenenados con drogas y extenuados con ayunos han dejado de quedar perfectamente curados. En fin; por muy útil que sea entre nosotros la medicina bien administrada, no es menos cierto que si el salvaje enfermo, abandonado a sí mismo, nada tiene que esperar sino de la naturaleza, nada tiene que temer, en cambio, sino de su mal, lo cual hace con frecuencia que su situación sea preferible a la nuestra.

     Guardémonos, pues, de confundir al hombre salvaje con los que tenemos ante los ojos. La naturaleza trata a los animales abandonados a sus cuidados con una predilección que parece mostrar cuán celosa es de este derecho. El caballo, el gato, el toro y aun el asno mismo tienen la mayor parte una talla más alta y todos una constitución más robusta, más vigor, más fuerza y más valor en los bosques que en nuestras casas; pierden la mitad de estas cualidades siendo domésticos, y podría decirse que los cuidados que ponemos en tratarlos bien y alimentarlos no dan otro resultado que el de hacerlos degenerar. Así ocurre con el hombre mismo: al convertirse en sociable y esclavo, vuélvese débil, temeroso, rastrero, y su vida blanda y afeminado acaba de enervar a la vez su valor y su fuerza. Añadamos que entre la condición salvaje y la doméstica, la diferencia de hombre a hombre debe ser mucho mayor que de bestia a bestia, pues habiendo sido el animal y el hombre igualmente tratados por la naturaleza, todas las comodidades que el hombre se proporcione de más sobre los animales que domestica son otras tantas causas particulares que le hacen degenerar más sensiblemente.

     La desnudez, la falta de habitación y la carencia de todas esas cosas inútiles que tan necesarias creemos no constituyen, por consiguiente, una gran desdicha para esos primeros hombres ni un gran obstáculo para su conservación. Si no tienen la piel velluda, para nada la necesitan en los países cálidos; y en los climas fríos bien pronto saben apropiarse las de las fieras vencidas; si sólo tienen dos pies para correr, poseen dos brazos para atender a su defensa y a sus necesidades. Sus hijos tal vez andan tarde y penosamente, pero las madres los llevan con facilidad, ventaja de que carecen las demás especies, en las cuales la madre, cuando es perseguida, se ve obligada a dejar abandonados sus pequeñuelos o a seguir a su paso (14). En fin, a menos de suponer el concurso singular y fortuito de circunstancias de que hablaré más adelante, y que podrían muy bien no haber ocurrido nunca, es claro, en todo caso, que el primero que se hizo vestidos o construyó un alojamiento diose con ello cosas poco necesarias, puesto que hasta entonces se había pasado sin ellas, y no se comprende por qué no hubiera podido soportar siendo hombre el género de vida que llevaba desde su infancia.

     Solo, ocioso y cerca sieinpre del peligro, el hombre salvaje debe gustar de dormir y tener el sueño ligero como los animales, los cuales, como piensan poco, duermen, por así decir, todo el tiempo que no piensan. Siendo su propia conservación casi su único cuidado, las facultades que más debe ejercitar son las que tienen por principal objeto el ataque y la defensa, bien sea para dominar su presa, bien para guardarse de ser la presa de otro animal; y, por el contrario, aquellos órganos que sólo se perfeccionan por la pereza y la sensualidad deben permanecer en un estado rudimentario que excluya toda suerte de delicadeza. Hallándose divididos en este punto sus sentidos, el gusto y el tacto serán de una extrema rudeza; la vista, el olfato y el oído, de una extraordinaria agudeza. Tal es el estado animal en general, y también, según el testimonio de los viajeros, el de los pueblos salvajes. No es, por tanto, de extrañar que los hotentotes del Cabo de Buena Esperanza descubran a simple vista los barcos en alta mar desde tanta distancia como los holandeses con sus anteojos; ni que los salvajes de América descubrieran a los españoles olfateando sus huellas, como hubiesen podido hacer los mejores perros; ni que todas esas naciones bárbaras soporten sin molestia su desnudez, afinen su gusto a fuerza de pimienta y beban como agua los licores europeos.

     Hasta aquí sólo he hablado del hombre físico; tratemos ahora de considerarlo en su aspecto metafísico y moral.

     No veo en cada animal más que una máquina ingeniosa dotada de sentidos por la naturaleza para elevarse ella misma y asegurarse hasta cierto punto contra todo aquello que tiende a destruirla o desordenarla. La misma cosa observo precisamente en la máquina humana, con la diferencia de que sólo la naturaleza lo ejecuta todo en las operaciones del animal, mientras que el hombre atiende las suyas en calidad de agente libre. Aquél escoge o rechaza por instinto; éste, por un acto de libertad; lo que da por resultado que el animal no puede apartarse de la regla que le ha sido prescrita, aun en el caso de que fuese ventajoso para él hacerlo, mientras que el hombre se aparta con frecuencia y en su perjuicio. Así sucede que un pichón perecerá de hambre cerca de una fuente colinada de las mejores carnes y un gato sobre montones de frutas o de granos, aunque uno y otro podrían muy bien nutrirse con los alimentos que desdeñan, de intentar ensayarlo; así ocurre que los hombres disolutos se entregan a excesos que les producen la fiebre o la muerte porque el espíritu corrompe los sentidos y la voluntad habla cuando calla la naturaleza.

     Todos los animales tienen ideas, puesto que tienen sentidos, y aun combinan sus ideas hasta cierto punto; el hombre no se distingue a este respecto del animal más que del más al menos; incluso ciertos filósofos han aventurado que hay algunas veces más diferencia entre dos hombres que entre un hombre y una bestia. No es, pues, tanto el entendimiento como su cualidad de agente libre lo que constituyó la distinción específica del hombre entre los animales. La naturaleza manda a todos los animales, y la bestia obedece. El hombre experimenta la misma sensación, pero se reconoce libre de someterse o de resistir, y es sobre todo en la conciencia de esta libertad donde se manifiesta la espiritualidad de su alma. La física explica en cierto modo el mecanismo de los sentidos y la formación de las ideas; pero en la facultad de querer o, mejor, de elegir, y en el sentimiento de este poder, sólo se encuentran actos puramente espirituales, de los cuales nada se explica por las leyes de la mecánica.

     Pero, aun cuando las dificultades que rodean estas cuestiones dieran lugar para discutir sobre esa diferencia entre el hombre y el animal, hay una cualidad muy específica que los distingue y sobre la cual no puede haber discusión: es la facultad de perfeccionarse, facultad que, ayudada por las circunstancias, desarrolla sucesivamente todas las demás, facultad que posee tanto nuestra especie como el individuo; mientras que el animal es al cabo de algunos meses lo que será toda su vida, y su especie es al cabo de mil años lo mismo que era el primero de esos mil años. ¿Por qué sólo el hombre es susceptible de convertirse en imbécil? ¿No es porque vuelve así a su estado primitivo y porque, en tanto la bestia, que nada ha adquirido y que nada tiene que perder, permanece siempre con su instinto, el hombre, perdiendo por la vejez o por otros accidentes todo lo que su perfectibilidad lo ha proporcionado, cae más bajo que el animal mismo? Triste sería para nosotros vernos obligados a reconocer que esta facultad distintiva y casi ilimitada es la fuente de todas las desdichas del hombre; que ella es quien le saca a fuerza de tiempo de su condición original, en la cual pasaría tranquilos e inocentes sus días; que ella, produciendo con los siglos sus luces y sus errores, sus vicios y virtudes, le hace al cabo tirano de sí mismo y de la naturaleza (15). Sería horrible verse obligado a alabar como bienhechor al primero que enseñó a los habitantes de las orillas del Orinoco el uso de esas tablillas de madera que aplican a las sienes de sus hijos y que les aseguran al menos una parte de su imbecilidad y de su felicidad original.

     El hombre salvaje, entregado por la naturaleza al solo instinto, o más bien compensado del que acaso le falta con facultades capaces de suplir primero a ese instinto y elevarle después a él mismo muy por encima de la propia naturaleza, comenzará, pues, por las funciones puramente animales (16). Percibir y sentir será su primer estado, que le será común con todos los animales; querer y no querer, desear y tener, serán las primeras y casi las únicas operaciones de su alma, hasta que nuevas circunstancias ocasionen en ella nuevos desenvolvimientos.

     Digan lo que quieran los moralistas, el entendimiento humano debe mucho a las pasiones, las cuales, según el común sentir, le deben mucho también. Por su actividad se perfecciona nuestra razón; no queremos saber sino porque deseamos gozar, y no puede concebirse por qué un hombre que careciera de deseos y temores habría de tomarse la molestia de pensar. A su vez, las pasiones se originan de nuestras necesidades, y su progreso, de nuestros conocimientos, pues no se puede desear o tener las cosas sino por las ideas que sobre ellas se tenga o por el nuevo impulso de la naturaleza. El hombre salvaje, privado de toda suerte de conocimiento, sólo experimenta las pasiones de esta última especie; sus deseos no pasan de sus necesidades físicas (17); los únicos bienes que conoce en el mundo son el alimento, una hembra y el reposo; los únicos males que teme son el dolor y el hambre. Digo el dolor y no la muerte, pues el animal nunca sabrá qué cosa es morir; el conocimiento de la muerte y de sus terrores es una de las primeras adquisiciones hechas por el hombre al apartarse de su condición animal.

     Si fuera necesario, fácil me sería apoyar con hechos este sentimiento y demostrar que en todas las naciones del mundo los progresos del espíritu han sido precisamente proporcionados a las necesidades que los pueblos habían recibido de la naturaleza o a las cuales les habían sometido las circunstancias, y, por consiguiente, a las pasiones que los llevaban a satisfacer esas necesidades. Mostraría las artes naciendo en Egipto y extendiéndose con el desbordamiento del Nilo; seguiría su progreso entre los griegos, donde se las vio brotar, crecer y elevarse hasta el cielo entre las arenas y las rocas del Ática, sin que pudieran echar raíces en las fértiles orillas del Eurotas (18). Señalaría que, en general, los pueblos del Norte son más industriosos que los del Mediodía, porque no pueden por menos de serlo, como si la naturaleza quisiera de este modo igualar las cosas, dando a los espíritus la fertilidad que niega a la tierra.

     Pero, sin recurrir al testimonio de la Historia, ¿quién no ve que todo parece alejar del hombre salvaje la tentación y los medios de dejar de serlo? Su imaginación nada le pinta; su corazón nada le pide. Sus escasas necesidades se encuentran tan fácilmente a su alcance, y se halla tan lejos del grado de conocimientos necesario para desear adquirir otras mayores, que no puede tener ni previsión ni curiosidad. El espectáculo de la naturaleza llega a serle indiferente a fuerza de serle familiar; es siempre el mismo orden, siempre son las mismas revoluciones. Carece de aptitud de espíritu para admirar las mayores maravillas, y no es en él donde puede buscarse la filosofía que el hombre necesita para saber observar una vez lo que ha visto todos los días. Su alma, que nada agita, se entrega al sentimiento único de su existencia actual, sin idea alguna sobre el porvenir, por cercano que pueda estar, y sus proyectos, limitados como sus miras, apenas se extienden hasta el fin de la jornada. Tal es aún el grado de previsión del caribe: vende por la mañana su lecho de algodón. y vuelve llorando al atardecer para recuperarlo, por no haber previsto que lo necesitaría para la noche cercana.

     Cuanto más se medita sobre este asunto, más se ensancha a nuestros ojos la distancia entre las puras sensaciones y los simples conocimientos; se hace imposible concebir cómo un hombre habría podido franquear tan gran intervalo con sus solas fuerzas, sin el concurso de la comunicación y sin el aguijón de la necesidad. ¡Cuántos siglos quizá habrán transcurrido antes de que los hombres hayan podido ver otro fuego que el del cielo! ¡Cuántos azares diversos habrán necesitado para aprender los usos más comunes de ese elemento! ¡Cuántas veces le habrán dejado extinguir antes de haber adquirido el arte de reproducirlo! ¡Y cuántas acaso habrá perecido con su descubridor cada uno de esos secretos! ¿Qué diremos de la agricultura, arte que tanto trabajo y tanta previsión exige, que tanto tiene de otras artes, que evidentemente no es practicable sino en una sociedad al menos empezada, y que no nos sirve tanto a sacar de la tierra alimentos que ella produciría muy bien sin esto como a forzarla a satisfacer las preferencias de nuestro gusto?

     Pero supongamos que los hombres se hubieran multiplicado de tal modo que los productos naturales no hubiesen bastado para alimentarlos, suposición que, por decirlo de paso, demostraría una gran ventaja para la especie humana en esta manera de vivir; supongamos que, sin fraguas y sin talleres, los instrumentos de labor hubiesen caído del cielo en manos de los salvajes; que estos hombres hubiesen vencido el odio mortal que todos sienten contra el trabajo continuo; que hubiesen aprendido a prever tan anticipadamente sus necesidades; que hubieran adivinado cómo es necesario cultivar la tierra, sembrar los granos y plantar los árboles; que hubiesen descubierto el arte de moler el trigo y de hacer fermentar la uva, cosas todas que les ha sido preciso fueran enseñadas por los dioses, a falta de concebir cómo las habrían aprendido por sí mismos; ¿quién sería después de esto el hombre bastante insensato para fatigarse cultivando un campo que será despojado por el primer venido, hombre o bestia indistintamente, a quien conviniese la cosecha? ¿Y cómo podía decidirse cada cual a consagrar su vida a un penoso trabajo, tanto más seguro de no recoger sus frutos cuanto más sentiría su necesidad? En una palabra: ¿cómo esta situación podía decidir a los hombres a cultivar la tierra en tanto no estuviera repartida entre ellos, es decir, en tanto no hubiese sido destruido el estado natural?

     Aun cuando imaginásemos un hombre salvaje tan hábil en el arte de pensar como lo presentan nuestros filósofos; aunque hiciéramos de él, siguiendo ese ejemplo, un filósofo, descubriendo por sí solo las verdades más sublimes, componiendo por medio de razonamientos abstractos máximas de justicia y de razón sacadas del amor al orden en general o de la voluntad conocida de su creador, en una palabra: aunque supusiéramos en su espíritu tantas luces y tanta inteligencia como torpeza y estupidez debe tener y tiene en efecto, ¿qué utilidad sacaría la especie de toda esta metafísica, que no podía comunicarse y que perecería con el individuo que la hubiera inventado? ¿Qué progresaría el género humano disperso en los bosques entre los animales? ¿Y hasta qué punto podrían perfeccionarse e ilustrarse mutuamente unos hombres que, no teniendo domicilio fijo ni necesidad unos de otros, apenas se encontrarían dos veces en su vida, sin conocerse y sin hablarse?

     Considérese cuantas ideas debemos al uso de la palabra; cuánto ejercita y facilita la gramática las operaciones del espíritu; piénsese en las fatigas inconcebibles y en el infinito tiempo que ha debido costar la primera invención de las lenguas; añádanse estas reflexiones a las precedentes, y se comprenderá cuántos millares de siglos han debido necesitarse para desarrollar sucesivamente en el espíritu humano las operaciones de que era capaz.

     Séame permitido considerar un instante los problemas del origen de las lenguas. Podría contentarme con citar o repetir las investigaciones que el abate de Condillac ha hecho sobre esta materia, puesto que todos confirman mi opinión y acaso me han sugerido la primer idea. Pero el modo como este filósofo resuelve las dificultades que él mismo se plantea sobre el origen de los signos instituidos demuestra que ha supuesto lo que yo discuto, a saber, una especie de sociedad ya establecida entre los inventores del lenguaje, y al referirme a sus reflexiones creo que debo añadir las mías para exponer las mis mas dificultades bajo el aspecto que conviene a mi objeto. La primera que se presenta es imaginar cómo pudieron ser necesarias las lenguas, pues no teniendo los hombres ninguna comunicación entre sí ni necesidad alguna de ella, no se concibe ni la necesidad de esa invención ni su posibilidad si no fue indispensable. Y aun diría, como muchos otros, que las lenguas han nacido en el comercio doméstico de padres, madres e hijos. Pero, además de que esto no resolvería las objeciones, sería cometer el error de quienes, razonando sobre el estado de naturaleza, transfieren a éste ideas tomadas de la sociedad; ven a la familia reunida en una misma habitación y a sus miembros observando entre sí una unión tan íntima y tan permanente como entre nosotros, en que tantos intereses comunes los reúnen; cuando, al contrario, no habiendo en ese estado primitivo ni casas, ni cabañas, ni propiedades de ninguna especie, cada cual se alojaba al azar, y frecuentemente por una sola noche; los machos y las hembras se ayuntaban fortuitamente, al azar del encuentro, según la ocasión y el deseo, sin que la palabra fuera un intérprete muy necesario para las cosas que tenían que decirse, y con la misma facilidad se separaban (19). La madre amamantaba a los hijos por propia necesidad; después, habiéndose encariñado con ellos por la costumbre, los alimentaba por la suya; en cuanto tenían la fuerza necesaria para buscar su alimento, no tardaban en abandonar a su madre misma, y como casi no había otro medio de encontrarse que no perderse de vista, bien pronto se hallaban en estado de no reconocerse unos a otros. Observad también que teniendo el niño que explicar todas sus necesidades, y, por tanto, más cosas que decir a la madre que la madre al niño, debe correr con los mayores gastos de la invención, y que el lenguaje que emplea tiene que ser en gran parte su propia obra, lo que multiplica tanto las lenguas como individuos hay para hablarlas, a lo cual contribuye también la vida errante y vagabunda, que no deja a ningún idioma el tiempo de adquirir consistencia. Decir que la madre dicta al niño las palabras que habrá de emplear para pedirle tal o cual cosa demuestra cómo se enseñan las lenguas ya formadas, pero no enseña cómo se forman.

     Supongamos vencida esta primera dificultad; franqueemos por un momento el espacio inmenso que debió mediar entre el puro estado natural y la necesidad de las lenguas, y busquemos, suponiéndolas necesarias (20), cómo han podido empezar a establecerse. Nueva dificultad, mayor aún que la precedente, porque si los hombres han necesitado de la palabra para aprender a pensar, mayor necesidad han tenido de saber pensar para descubrir el arte de la palabra; y aunque se comprendiera cómo fueron tomados los sonidos de la voz por intérpretes convencionales de nuestras ideas, siempre quedaría por saber cuáles han podido ser los intérpretes de esa convención para las ideas que, careciendo de un objeto sensible, no podían ser indicadas ni por el gesto ni por la voz. De suerte que apenas se pueden formular conjeturas soportables sobre el nacimiento de este arte de comunicar los pensamientos y de establecer un comercio entre los espíritus, arte sublime que tan lejos se encuentra ya de su origen, pero que el filósofo ve todavía a tan prodigiosa distancia de su perfección, que no existe hombre alguno bastante atrevido para asegurar que ésta llegará algún día, aunque fueran suspendidas en su favor las revoluciones que el tiempo aporta necesariamente, y los prejuicios salieran de las Academias o se callasen ante ellas, y éstas pudieran ocuparse de este espinoso asunto durante siglos enteros y sin interrupción.

     El primer lenguaje del hombre, el lenguaje más universal, más enérgico, el único de que hubo necesidad antes de que fuese necesario persuadir a hombres reunidos, fue el grito de la naturaleza. Como este grito sólo era arrancado por una especie de instinto en las ocasiones apremiantes para implorar ayuda en los grandes peligros o alivio en los dolores violentos, no era de uso frecuente en el uso ordinario de la vida, en el cual reinan sentimientos más moderados. Cuando las ideas de los hombres empezaron a desarrollarse y multiplicarse, estableciéndose entre ellos una comunicación más estrecha, buscaron signos más numerosos y un lenguaje más extenso; multiplicaron las inflexiones de la voz, acompañándolas de gestos, que, por su naturaleza, son más expresivos y cuyo sentido depende menos de una determinación anterior. Expresaban, pues, los objetos visibles y móviles por medio de gestos, y los que hieren el oído, por sonidos imitativos; pero como el gesto sólo indica los objetos presentes o fáciles de escribir y las acciones visibles; como no es de uso universal, porque la obscuridad o la interposición de un cuerpo le hacen inútil, y exige más bien atención que no la excita, se pensó, en fin, en substituir el gesto por las articulaciones de la voz, que, sin tener la misma relación con ciertas ideas, son más adecuadas para representarlas todas como signos instituidos; esa substitución no pudo hacerse sino por común consentimiento y de modo muy difícil de practicar para unos hombres cuyos órganos groseros no tenían todavía ningún ejercicio, y más difícil aún de concebir en sí misma, puesto que ese acuerdo unánime debió de ser razonado, y la palabra parece haber sido muy necesaria para establecer el uso de la palabra.

     Se debe pensar que las primeras palabras que usaron los hombres tuvieron en su espíritu una significación mucho más extensa que las empleadas en las lenguas ya formadas, y que, ignorando la división de la oración en sus partes constitutivas, dieron al principio a cada palabra el sentido de una proposición entera. Cuando empezaron a distinguir el sujeto del atributo y el verbo del nombre substantivo, no fue éste un mediocre esfuerzo de genio. Los substantivos sólo fueron al principio nombres propios; el presente de infinitivo fue el único tiempo verbal; en cuanto a los adjetivos, su noción debió de desenvolverse muy difícilmente, porque todo adjetivo es un nombre abstracto y las abstracciones son operaciones penosas y poco naturales.

     Cada objeto recibió al principio un nombre particular, sin considerar el género y la especie, que esos primeros fundadores no podían distinguir. Todos los individuos aparecieron a su espíritu aisladamente, como se hallan en el cuadro de la naturaleza; si una encina se llamaba A, otra se llamaba B, pues la primer idea que se deduce de dos cosas es que son distintas, y hace falta con frecuencia mucho tiempo para observar lo que tienen de común; de suerte que cuanto más limitados eran los conocimientos, más extensión adquiría el diccionario. Las dificultades de toda esta nomenclatura no pudieron ser vencidas fácilmente, porque para clasificar a los seres bajo denominaciones comunes y genéricas era preciso conocer las propiedades y las diferencias; eran necesarias observaciones y definiciones; es decir, hacía falta la historia natural y la metafísica, mucho más de lo que podían tener los hombres de ese tiempo.

     Por otra parte, las ideas generales no pueden introducirse en el espíritu sino con ayuda de las palabras, y el entendimiento no las comprende sino por medio de proposiciones. Esta es una de las razones por las cuales los animales no pueden formarse tales ideas ni adquirir nunca la perfectibilidad que de ellas se deriva. Cuando un mono se lanza sin vacilar de una nuez a otra, ¿se cree que tiene la idea general de esta clase de fruto y que compara su arquetipo a esos dos individuos? No, sin duda; pero la vista de una de esas nueces evoca en su memoria las sensaciones que ha recibido de la otra, y sus ojos, modificados de cierta manera, anuncian a su gusto la modificación que va a recibir. Toda idea general es puramente intelectual; por poco que intervenga la imaginación, la idea se convierte en seguida en particular. Intentad trazar la imagen de un árbol en general: nunca lo conseguiréis; a pesar vuestro, será necesario ver uno, pequeño o grande, pobre o frondoso, claro u obscuro; y si dependiera de vosotros ver solamente lo que es común a todos los árboles, esta imagen no se parecería a ningún árbol. Los seres puramente abstractos se ven de la misma manera o no se conciben sino por el razonamiento. La sola definición del triángulo os da la verdadera idea; tan pronto como os figuráis uno en vuestro espíritu, es un triángulo determinado y no otro alguno, y no podéis evitar hacer sensibles sus líneas o coloreada la superficie. Es, pues, necesario enunciar proporciones; es preciso hablar para tener ideas generales, porque tan pronto como la imaginación se detiene, el espíritu no trabaja sino con ayuda del razonamiento. Si, por consiguiente, los primeros inventores del lenguaje no han podido dar nombres mas que a las ideas que ya tenían, se deduce de aquí que los primeros substantivos sólo han podido ser nombres propios.

     Pero cuando, por medios que yo no concibo, nuestros nuevos gramáticos empezaron a extender sus ideas y a generalizar sus palabras, la ignorancia de los inventores debió de reducir este método a límites muy estrechos, y así como al principio habían multiplicado con exceso los nombres de los individuos por no conocer los géneros y las especies, después hicieron escaso número de especies y de géneros por no haber considerado a los seres en todas sus diferencias. Para dar mayor impulso a estas divisiones, hubiera hecho falta más experiencia y más cultura de las que podían tener, hubiera sido necesario más trabajo y más investigaciones que poder dedicar a esa tarea. Ahora bien; si aún hoy se descubren cada día nuevas especies, que habían escapado hasta ahora a todas nuestras observaciones, júzguese cuántas debieron substraerse al conocimiento de unos hombres que sólo consideraban las cosas bajo el primer aspecto. En cuanto a las clases primitivas y a las nociones más generales, es superfluo añadir que también debieron de escaparles. ¿Cómo, por ejemplo, habrían imaginado o entendido las palabras materia, espíritu, substancia, modo, figura, movimiento, toda vez que a nuestros mismos filósofos, que se sirven de ellas desde tan largo tiempo, cuéstales trabajo entenderlas, y dado que, siendo metafísicas las ideas que se asocian a esas palabras, no hallarían ningún modelo en la naturaleza?

     Me detengo en estos primeros pasos y suplico a mis jueces suspendan en este punto la lectura para que consideren, solamente sobre la invención de las substantivos físicos, es decir, sobre la parte de la lengua más fácil de hallar, el camino que aún le queda para expresar todos los pensamientos de los hombres, para tomar una forma constante, para poder ser hablada públicamente e influir sobre la sociedad; les suplico que reflexionen cuánto tiempo y cuántos conocimientos han sido necesarios para descubrir los números (21), los nombres abstractos, los aoristos (22) y todos los tiempos de los verbos, las partículas, la sintaxis; para unir los razonamientos y construir la lógica del discurso. En cuanto a mí, asustado por las dificultades, que se multiplican a cada paso, y convencido de la imposibilidad casi demostrada de que las lenguas hayan podido nacer y establecerse por medios puramente humanos, dejo a quien quiera emprenderla la discusión de este difícil problema: si ha sido más necesaria la sociedad ya establecida para la institución de las lenguas, o las lenguas ya inventadas para la constitución de la sociedad.

     Sea lo que fuere de estos orígenes, se ve cuando menos, en el escaso cuidado puesto por la naturaleza para aproximar a los hombres mediante necesidades mutuas y facilitarles el uso de la palabra, cuán poco ha preparado su sociabilidad y qué poco ha puesto de su parte para que se establecieran sus relaciones. En efecto; es imposible imaginar por qué en ese estado primitivo un hombre tendrá más necesidad de otro hombre que un mono o un lobo de sus semejantes; ni, suponiendo esa necesidad, qué motivo podría inducir al otro a acceder; ni tampoco, en este último caso, cómo podrían convenir entre ellos las condiciones. Bien sé que se repite incesantemente que nada habría sido tan miserable como el hombre en ese estado; mas si es verdad, como creo haberos demostrado, que no pudo hasta muchos siglos después tener el deseo y la ocasión de salir de aquel estado, habría que acusar a la naturaleza y no a quien ella hubiese constituido de ese modo. Pero, si yo comprendo bien ese término de miserable, es una palabra que, o no tiene ningún sentido, o significa una privación dolorosa o el sufrimiento del cuerpo o del alma. Ahora bien; desearía que se me explicase cuál puede ser el género de miseria de un ser libre cuyo corazón se halla en paz y el cuerpo en salud. Yo pregunto: de la vida social o natural, ¿cuál está más sujeta a convertirse en insoportable para quienes las disfrutan? Alrededor nuestro casi sólo vemos gentes lamentándose de su existencia y aun algunos que se privan de ella en cuanto está en su poder, no bastando apenas el concurso de la ley divina y de la humana para contener este desorden. Yo pregunto si alguna vez se ha oído decir que un salvaje en libertad hubiera tan sólo pensado en quejarse de la vida o en darse la muerte. Júzguese, pues, con menos orgullo de qué lado se halla la verdadera miseria. Al contrario: nada habría sido más miserable que el hombre salvaje deslumbrado por los conocimientos, atormentado por las pasiones y razonando sobre un estado diferente al suyo. Por una sapientísima providencia, las facultades que poseía en potencia no debían desarrollarse sino en las ocasiones de ejercerlas, a fin de que no fueran para él ni superfluas ni onerosas antes de tiempo, ni tardías e inútiles en caso necesario. Tenía en su solo instinto cuanto necesitaba para vivir en el estado natural; en la razón cultivada sólo tiene lo que necesita para vivir en sociedad.

     Parece a primera vista que en este estado, no teniendo los hombres entre sí ninguna clase de relación moral ni de deberes conocidos, no podrían ser ni buenos ni malos, ni tenían vicios ni virtudes, a menos que, tomando estas palabras en un sentido físico, se llamen vicios del individuo las cualidades que pueden perjudicar su propia conservación, y virtudes, las que a ella puedan contribuir; en este caso, habría que considerar como más virtuoso a quien menos resistiera los meros impulsos de la naturaleza. Pero, sin apartarnos de su sentido ordinario, conviene retener la opinión que podríamos manifestar sobre tal situación y desconfiar de nuestros prejuicios hasta que, la balanza en la mano, se haya examinado si los hombres civilizados poseen más virtudes que vicios, o si sus virtudes son más ventajosas que funestos sus vicios, o si el progreso de sus conocimientos constituye una compensación suficiente de los males que mutuamente se causan a medida que aprenden el bien que debían hacerse, o si, bien mirado, no se encontrarían en una situación más feliz no teniendo daño que temer ni bien que esperar de nadie que hallándose sometidos a una dependencia universal y obligados a recibir todo de quienes no se obligan a darles nada.

     No saquemos la conclusión, como Hobbes, de que, no teniendo ninguna idea de la bondad, el hombre es naturalmente malo; vicioso, porque no conoce la virtud; que niega siempre a sus semejantes los servicios que cree no deberles; que, en virtud del derecho que se arroga sobre las cosas que necesita, se imagina insensatamente ser el propietario único del universo entero. Hobbes ha visto muy bien el defecto de todas las definiciones modernas del derecho natural; pero las consecuencias que deduce de la suya demuestran que la toma en un sentido no menos falso. Razonando sobre los principios que enuncia, este autor debía decir que, siendo el estado de naturaleza aquel en que el cuidado de nuestra conservación es el menos perjudicial para la conservación de nuestros semejantes, éste era por consiguiente el estado más a propósito para la paz y el más conveniente para el género humano. Pues dice precisamente lo contrario, por haber hecho entrar, con gran desacierto, en el cuidado de la conservación del hombre salvaje la necesidad de satisfacer una multitud de pasiones que son producto de la sociedad y que han hecho necesarias las leyes. El malo, dice, es un niño fuerte. Falta saber si el hombre salvaje, es un niño fuerte. Aunque ello se concediera, ¿qué se deduciría? Que si, siendo fuerte, este hombre dependía de los demás tanto como siendo débil, no hay ninguna clase de excesos a los que no se entregara; que pegaría a su madre cuando tardase demasiado en darle de mamar; que estrangularía a uno de sus pequeños hermanos cuando estuviese enojado; que mordería al otro en la pierna cuando fuese tropezado o molestado. Pero ser fuerte y dependiente son supuestos contradictorios en el estado natural. El hombre es débil cuando está sometido a dependencia, y es libre antes de ser fuerte. Hobbes no ha visto que la misma causa que impide a los salvajes el uso de razón, como pretenden nuestros jurisconsultos, les impide al mismo tiempo el abuso de sus facultades, como él mismo pretende; de modo que podría decirse que los salvajes no son malos precisamente porque no saben qué cosa es ser buenos, toda vez que no es el desenvolvimiento de la razón ni el freno de la ley, sino la ignorancia del vicio y la calma de las pasiones, lo que los impide hacer el mal: Tanto plus in illis proficit vitiorum ignoratio, quam in his cognitio virtutis (23).

     Hay además otro principio que Hobbes no ha observado, el cual, habiéndole sido dado al hombre para suavizar en ciertas circunstancias la ferocidad de su amor propio o su deseo de conservación antes del nacimiento de este amor (24), modera el ardor que siente por su bienestar con una innata repugnancia a ver sufrir a sus semejantes. No creo que deba temer una contradicción concediendo al hombre la única virtud natural que se ha visto obligado a reconocer el más furioso detractor de las virtudes humanas. Me refiero a la piedad, disposición adecuada a seres tan débiles y sujetos a tantos males como somos nosotros; virtud tanto más universal y tanto más útil al hombre cuanto que precede al uso de toda reflexión, y tan natural, que las bestias mismas dan de ella algunas veces sensibles muestras. Sin hablar de la ternura de las madres con sus pequeños y de los peligros que arrostran para protegerlos, obsérvase a diario la repugnancia que experimentan los caballos a pisotear un cuerpo vivo. Un animal no pasa nunca al lado de otro de su especie muerto sin sentir cierta inquietud; hasta hay animales que les dan una suerte de sepultura, y los tristes mugidos del ganado entrando en el matadero anuncian la impresión que recibe ante el horrible espectáculo que contempla. Con placer se ve al autor de la fábula Las abejas (25), obligado a reconocer al hombre como un ser compasivo y sensible, abandonar su estilo frío y sutil para ofrecernos la patética imagen de un hombre encerrado que ve fuera a una bestia feroz arrancar a un niño de brazos de su madre, triturar con sus mortíferos dientes sus débiles miembros y desgarrar con sus uñas las entrañas palpitantes de la criatura. ¡Qué horribles estremecimientos experimenta ese testigo de un suceso en el cual no interviene su interés personal! ¡Qué angustias sufro por no poder prestar auxilio alguno a la madre desvanecida y a la expirante criatura!

     Tal es el puro movimiento de la naturaleza, anterior a toda reflexión; tal la fuerza de la piedad natural, que las costumbres más depravadas difícilmente pueden destruirla, puesto que se ve a diario en nuestros espectáculos enternecerse y llorar ante las desventuras de un infortunado a un tal que, de hallarse en el lugar del tirano, agravaría más aún los tormentos de su enemigo, semejante al sanguinario Sila, tan sensible ante las desgracias que él no había causado, o a ese Alejandro de Feres, que no osaba asistir a la representación de ninguna tragedia por temor de que se le viera llorar con Andrómaca y con Príamo, mientras escuchaba sin emocionarse los gritos de los ciudadanos que mandaba degollar todos los días.

                                                  Mollissima corda
Humano generi dare se natura fatetur,
Quae lacrymas dedit (26).

     Mandeville ha comprendido perfectamente que los hombres, con toda su moral, hubieran sido siempre unos monstruos si la naturaleza no les hubiese dado la piedad en apoyo de la razón; pero no ha visto que de esta sola cualidad se derivan todas las virtudes sociales que pretende negar a los hombres. En efecto: ¿qué es la generosidad, la clemencia, la humanidad, sino la piedad aplicada a los débiles, a los culpables, o a la especie humana en general? La benevolencia y la misma amistad son, bien miradas, productos de una constante piedad fijada en un objeto particular; pues desear que alguien no sufra, ¿qué es sino desear que sea feliz? Aun cuando fuera cierto que la conmiseración es sólo un sentimiento que nos pone en el lugar de quien sufre, sentimiento obscuro y vivo en el salvaje, desarrollado pero débil en el hombre civilizado, ¿qué importaría esto a la verdad de lo que afirmo, sino para darle más fuerza? En efecto: la conmiseración será tanto más enérgica cuanto más íntimamente se identifique el animal espectador con el animal paciente. Ahora bien; es evidente que esta identificación ha debido de ser infinitamente más estrecha en el estado de naturaleza que en el estado de razonamiento. Es la razón quien engendra el amor propio, y la reflexión lo fortifica; ella repliega al hombre sobre sí mismo; ella le aparta de todo lo que le molesta o le aflige. Es la filosofía quien le aísla; por ella dice en secreto, a la vista de un hombre que sufre: «Muere si quieres; yo estoy seguro.» Sólo los peligros de la sociedad entera turban el sueño tranquilo del filósofo y le arrancan del lecho. Se puede degollar impunemente a un semejante suyo bajo sus ventanas; no tiene más que taparse los oídos y razonar un poco para impedir a la naturaleza que se subleva dentro de él identificarlo con aquel a quien se asesina (27). El hombre salvaje carece de este admirable talento; falto de razón y de prudencia, vésele siempre entregarse aturdidamente al primer sentimiento de la humanidad. En los motines, en las contiendas callejeras, acude el populacho y el hombre prudente se aparta; es la canalla, son las mujeres del mercado quienes separan a los combatientes o impiden a la gente de bien su mutuo exterminio.

     Es, por tanto, perfectamente cierto que la piedad es un sentimiento natural que, moderando en cada individuo de su amor a sí mismo, concurre a la mutua conservación de la especie. Ella nos impulsa sin previa reflexión al socorro de aquellos a quienes vemos sufrir; ella substituye en el estado natural a las leyes, a las costumbres y a la virtud, con la ventaja de que nadie se siente tentado de desobedecer su dulce voz; ella disuadirá a un salvaje fuerte de quitar a una débil criatura o a un viejo achacoso el alimento que han adquirido penosamente, si espera hallar el suyo en otra parte; ella inspira a todos los hombres, en lugar de la sublime máxima de justicia razonada Pórtate con los demás como quieres que se porten contigo, esta otra de bondad natural, acaso menos perfecta, pero mucho más útil que la anterior: Haz tu bien con el menor daño posible para otro. En una palabra: es en este sentimiento natural, más bien que en los sutiles argumentos, donde hay que buscar la causa de la repugnancia que todo hombre siente a obrar mal, aun independientemente de los preceptos de la educación. Aunque Sócrates y los espíritus de su tiempo puedan adquirir la virtud por medio del razonamiento, hace tiempo que habría desaparecido el género humano si su conservación hubiese dependido de quienes lo componen.

     Con pasiones tan poco activas y un freno tan saludable, los hombres, más bien feroces que malos, más atentos a ponerse a cubierto del mal que podían recibir que inclinados a hacer daño a otros, no estaban expuestos a contiendas muy peligrosas. Como no tenían entre sí ninguna especie de relación; como por tanto, no conocían la vanidad, ni la consideración, ni la estima, ni el desprecio; como no tenían la menor noción del bien ni del mal, ni alguna idea verdadera de justicia; como miraban las violencias que podían recibir como daño fácil de reparar, y no como una injuria que debe ser castigada, y como ni siquiera pensaban en la venganza, a no ser tal vez maquinalmente y en el mismo momento, como el perro que muerde la piedra que se le arroja, sus disputas raramente hubieran tenido causa más importante que el alimento. Pero veo una más peligrosa y de la cual voy a tratar.

     Entre las pasiones que agitan el corazón humano hay una, ardiente, impetuosa, que hace a un sexo necesario al otro; terrible pasión que desafía todos los peligros, destruye todos los obstáculos y más parece, en su furor, propia para aniquilar el género humano que no destinada a conservarlo. ¿Qué sería de los hombres presa de esta rabia desenfrenada y brutal, sin pudor ni continencia, y disputándose cada día sus amores al precio de su sangre?

     Es preciso conceder desde luego que cuanto más violentas son las pasiones más necesarias son las leyes; pero, además de que los desórdenes y los crímenes que a diario causan esas pasiones demuestran demasiado la insuficiencia de las leyes a este respecto, convendría examinar si estos desórdenes no han nacido con las leyes mismas; porque entonces, aunque fueran capaces de reprimirlos, lo menos que podría exigírseles es que detuviesen un mal que sin ellas no existiría.

     Empecemos por distinguir en el sentimiento del amor lo moral y lo físico. Lo físico es ese deseo general que impulsa a un sexo a unirse con otro. Lo moral es lo que determina ese deseo y lo fija exclusivamente en un solo objeto, o que, por lo menos, le da hacia ese objeto preferido un mayor grado de energía. Ahora bien; es fácil ver que lo moral del amor es un sentimiento facticio nacido del uso de la sociedad y elogiado por las mujeres con suma habilidad y cuidado para implantar su imperio y hacer dominante el sexo que debía obedecer. Como este sentimiento está fundado sobre ciertas nociones del mérito y de la belleza que un salvaje no se halla en estado de poseer, y sobre comparaciones que éste no puede hacer, debe de ser casi nulo para él; porque del mismo modo que su espíritu no ha podido forjar ideas abstractas de regularidad y de proporción, así su corazón no es tampoco susceptible de sentimiento de admiración y de amor, los cuales nacen, sin que uno se dé cuenta, de la aplicación de esas ideas. Únicamente escucha al temperamento que la naturaleza le ha dado, no al gusto que no ha podido adquirir, y cualquier mujer le parece buena.

     Limitados a la parte física del amor y bastante felices para ignorar esas preferencias que irritan el sentimiento amoroso y aumentan las dificultades, los hombres deben de sentir menos frecuentemente y con menor viveza los ardores del temperamento, y, por consiguiente, sus disputas deben de ser más raras y menos crueles. La imaginación, que tantos estragos produce entre nosotros, no habla a esos corazones salvajes; cada uno espera tranquilamente los impulsos de la naturaleza, se entrega a ellos sin elección, con mayor placer que furor, y, satisfecha su necesidad, el deseo queda extinguido.

     Es, pues, incontestable que así el amor como las demás pasiones no han adquirido sino en la sociedad ese ardor impetuoso que tan funestos los hace ser con frecuencia para los hombres. De modo que es en extremo ridículo representar a los salvajes exterminándose mutuamente y sin cesar por satisfacer su brutalidad, toda vez que esta opinión está en completa contradicción con la experiencia, pues los caribes, el pueblo que menos se ha apartado hasta aquí, entre todos los existentes, del estado natural, son precisamente los más tranquilos en sus amores y los menos sujetos a los celos, aunque viven bajo un clima abrasador, que parece dar a sus pasiones una actividad mayor.

     Respecto a las consecuencias que podrían deducirse, en ciertas especies animales, de las luchas entre machos que en todo tiempo ensangrientan nuestros corrales o hacen retumbar los bosques en la primavera con sus gritos disputándose la hembra, es necesario empezar por excluir a todas aquellas especies en que la naturaleza ha establecido manifiestamente, por lo que hace al poder relativo de los sexos, distintas relaciones que entre nosotros; así, las peleas entre gallos no constituyen una inducción para la especie humana. En las especies en que la proporción está mejor observada, estas luchas sólo pueden tener por causa la escasez de hembras respecto al número de machos o los intervalos durante los cuales la hembra rehúsa constantemente ayuntarse con el macho, lo que equivale a la primer causa; porque si la hembra sólo admite al macho durante dos meses al año, es igual que si el número de hembras fuese cinco sextas partes menor. Pero ninguno de estos dos casos es aplicable a la especie humana, en la cual el número de las hembras excede generalmente al de varones, no habiéndose observado nunca tampoco, ni aun entre los salvajes, que las hembras tengan, como en las otras especies, épocas de celo y de abstención. Además, en muchas clases de animales, entrando la especie entera a la vez en mutua efervescencia, sobreviene un momento terrible de común ardor, de tumulto, desorden y combate; momento que no existe en la especie humana, porque el amor en ella no es periódico. No puede deducirse, por consiguiente, de los combates entre ciertos animales por la posesión de la hembra, que lo mismo sucedería al hombre en el estado natural; y aunque se pudiera sacar esa conclusión, así como esas luchas no destruyen esas especies, debe pensarse cuando menos que no serían más funestas para la nuestra; y aun parece que no causarían tantos estragos como causan en la sociedad, sobre todo en aquellos países en que, por respetarse todavía las costumbres, los celos de los amantes y la venganza de los maridos son diario motivo de duelos, crímenes y peores cosas; sociedad en que el deber de una eterna fidelidad sólo sirve para originar adulterios y donde las mismas leyes del honor y la continencia extienden necesariamente la corrupción y multiplican los abortos.

     Concluyamos que el hombre salvaje, errante en los bosques, sin industria, sin palabra, sin domicilio, sin guerra y sin relaciones, sin necesidad alguna de sus semejantes, así como sin ningún deseo de perjudicarlos, quizá hasta sin reconocer nunca a ninguno individualmente; sujeto a pocas pasiones y bastándose a sí mismo, sólo tenía los sentimientos y las luces propias de este estado, sólo sentía sus verdaderas necesidades, sólo miraba aquello que le interesaba ver, y su inteligencia no progresaba más que su vanidad. Si por casualidad hacía algún descubrimiento, tanto menos podía comunicarlo cuanto que ni reconocía a sus hijos. El arte perecía con el inventor. No había educación ni progreso; las generaciones se multiplicaban inútilmente, y, partiendo siempre cada una del mismo punto, los siglos transcurrían en la tosquedad de las primeras edades; la especie era ya vieja, y el hombre seguía siendo siempre niño.

     Si me he extendido tanto tiempo sobre la suposición de esta condición primitiva es porque, siendo necesario destruir antiguos errores y prejuicios, he creído que debía ahondar hasta las raíces para demostrar en el cuadro del verdadero estado de naturaleza cómo la desigualdad, aun natural, está lejos de tener en ese estado la realidad y la influencia que pretenden nuestros escritores.

     En efecto: es fácil ver que, entre las diferencias que distinguen a los hombres, pasan por naturales muchas que son únicamente obra de la costumbre y de los diversos géneros de vida que llevan los hombres en la sociedad. Así, un temperamento fuerte o delicado, la fuerza o la debilidad que de éste dependen, proceden con frecuencia más de la manera ruda o afeminada con que uno ha sido criado que de la constitución primitiva del cuerpo. Lo mismo sucede con las fuerzas del espíritu, y no solamente la educación establece diferencias entre los espíritus cultivados y los que no lo están, sino que aumenta la que existe entre los primeros en proporción con la cultura, pues si un gigante y un enano van por el mismo camino, cada paso que adelanten dará una nueva ventaja al gigante. Ahora bien: si se compara la prodigiosa variedad de educación y de géneros de vida que reina en los diferentes órdenes del estado civil con la simplicidad y la uniformidad de la vida animal o salvaje, en la cual todos se nutren con los mismos alimentos, viven del mismo modo y hacen exactamente las mismas cosas, se comprenderá entonces cómo la diferencia de hombre a hombre debe ser menor en el estado de naturaleza que en el de sociedad, y cómo la desigualdad natural debe aumentar en la especie humana por la desigualdad de educación.

     Pero aunque la naturaleza afectase en la distribución de sus dones tantas diferencias como se pretende, ¿qué ventajas gozarían los más favorecidos en perjuicio de los demás en un estado de cosas que no admitiría casi ninguna especie de relación entre ellos? Donde no hay amor, ¿de qué sirve la belleza? ¿De qué sirve el ingenio a gentes que no hablan nunca, y la astucia a los que no tienen negocios? Oigo repetir a cada instante que los más fuertes oprimirían a los débiles; pero explíqueseme qué se quiere decir con la palabra opresión. Unos dominarían con violencia, otros gemirían sometidos a su capricho. He aquí precisamente lo que observo entre nosotros; pero no veo cómo puede decirse esto de los hombres salvajes, a quienes difícilmente se haría comprender qué significan servidumbre y dominación. Podrá un hombre apoderarse de los frutos que otro ha cogido, de la caza que ha matado, de la caverna que le servía de asilo; pero ¿cómo conseguiría nunca hacerse obedecer y cuáles podrían ser las cadenas de la dependencia entre unos hombres que nada poseen? Si se me arroja de un árbol, libre estoy para ir a otro; si alguien me molesta en un sitio, ¿quién me impedirá marcharme a otra parte? ¿Hay un hombre de fuerza superior a la mía, y además bastante depravado, bastante perezoso, bastante feroz para obligarme a proveer a su subsistencia mientras él permanece ocioso? Pues es preciso que se resuelva a no perderme de vista un solo instante, a tenerme cuidadosamente atado durante su sueño por temor a que me escape o le mate; es decir, que se ve obligado a exponerse voluntariamente a una fatiga mucho más grande que la que quiere evitarse y que la que a mí me causa. Después de todo esto, si su vigilancia afloja un instante, si un ruido imprevisto le hace volver la cabeza, doy veinte pasos en el bosque, y mis cadenas quedan rotas y jamás en su vida vuelve a verme.

     Sin necesidad de prolongar inútilmente estos detalles, cada cual debe ver que, no siendo los lazos de la servidumbre sino la dependencia mutua de los hombres y de las necesidades recíprocas que los unen, es imposible esclavizar a un hombre si antes no se le ha puesto en el caso de no poder prescindir de otro; y como esta situación no existe en el estado natural, todos se hallan libres del yugo, resultando, vana en él la ley del más fuerte.

     Después de haber demostrado que la desigualdad apenas se manifiesta en el estado natural y que su influencia es casi nula, me falta explicar su origen y sus progresos en los desenvolvimientos sucesivos del espíritu humano. Después de haber demostrado que la perfectibilidad, las virtudes sociales y las demás facultades que el hombre natural había recibido en potencia no podían desarrollarse nunca por sí mismas; que para ello necesitaban el concurso fortuito de diferentes causas externas que podían no haber nacido nunca y sin las cuales el hombre natural hubiera permanecido eternamente en su condición primitiva, me falta considerar y reunir los diferentes azares que han podido, echando a perder la especie, perfeccionar la razón humana; volver malos a los seres haciéndolos sociables, y de un término tan lejano, traer al hombre y al mundo al punto en que los vemos.

     Los acontecimientos que voy a describir pueden haber ocurrido de diferentes maneras; confieso, pues, que sólo me puedo decidir en su elección por conjeturas; pero, además de que estas conjeturas se convierten en razones cuando son las más probables conclusiones de la naturaleza de las cosas y los únicos medios de que puede disponerse para descubrir la verdad, las consecuencias que quiero deducir de las mías no serán por ello conjeturales, puesto que sobre los principios que he formulado no podría construirse ningún otro sistema que me proporcione los mismos resultados y del cual pueda sacar las mismas conclusiones.

     Esto me dispensará de extender mis reflexiones sobre el modo como el lapso de tiempo transcurrido compensa la escasa verosimilitud de los acontecimientos; sobre el sorprendente poder de las pequeñas causas cuando obran sin descanso; sobre la imposibilidad en que nos hallamos, de un lado, de destruir ciertas hipótesis, si del otro no se les puede dar el grado de certidumbre de los hechos; sobre que, dados dos hechos como reales y habiendo que unirlos por una serie de hechos intermediarios, desconocidos o considerados como tales, corresponde a la Historia, cuando existe, procurar los hechos que sirven de enlace, o a la Filosofía, en su defecto, determinar los hechos análogos que pueden enlazarlos; y, en fin, sobre que, en materia de acontecimientos, la analogía reduce los hechos a un número mucho más pequeño de clases diferentes de lo que se imagina. Tengo suficiente con ofrecer estos temas a la consideración de mis jueces; me basta con haberme arreglado de modo que los lectores vulgares no tuvieran necesidad de considerarlos.

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    Discurso sobre el origen de la desigualdad entre los hombres
     J.J. Rousseau ; la traducción del francés ha sido hecha por Ángel Pumarega
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