  El abuelo
Novela en cinco jornadas
Benito Pérez Galdós
-[V]-
  Prólogo
A los lectores que con tanta indulgencia
como constancia me favorecen, debo manifestarles que en la composición
de EL ABUELO he querido halagar mi gusto y el de ellos, dando el mayor
desarrollo posible, por esta vez, al procedimiento dialogal, y contrayendo a
proporciones mínimas las formas descriptiva y narrativa. Creerán,
sin duda, como yo, que en esto de las formas artísticas o literarias
todo el monte es orégano, y que
sólo debemos poner mal ceño a lo que resultare necio,
inútil o fastidioso. Claro es que si de los pecados de tontería o
vulgaridad fuese yo, en esta o en otra ocasión, culpable,
sufriría resignado el desdén de los que me leen; pero al maldecir
mi inhabilidad, no creería que el camino es malo, sino que yo no
sé andar por él.
El sistema dialogal, adoptado ya en
Realidad, nos da la forja expedita y concreta
de los caracteres. Estos se hacen, se componen, imitan más
fácilmente, digámoslo así, a los seres vivos, cuando
manifiestan su contextura moral con su propia palabra, y con ella, como en la
vida, nos dan el relieve más o menos hondo y firme de sus acciones. La
palabra del
-VI-
autor, narrando y describiendo, no tiene, en
términos generales, tanta eficacia, ni da tan directamente la
impresión de la verdad espiritual. Siempre es una referencia, algo como
la
Historia, que nos cuenta los acontecimientos y
nos traza retratos y escenas. Con la virtud misteriosa del diálogo
parece que vemos y oímos sin mediación extraña el suceso y
sus actores, y nos olvidamos más fácilmente del artista oculto;
pero no desaparece nunca, ni acaban de esconderle los bastidores del retablo,
por bien construidos que estén. La impersonalidad del autor, preconizada
hoy por algunos como sistema artístico, no es más que un vano
emblema de banderas literarias, que si ondean triunfantes, es por la vigorosa
personalidad de los capitanes que en su mano las llevan.
El que compone un asunto y le da vida
poética, así en la Novela como en el Teatro, está presente
siempre: presente en los arrebatos de la lírica, presente en el relato
de pasión o de análisis, presente en el Teatro mismo. Su
espíritu es el fundente indispensable para que puedan entrar en el molde
artístico los seres imaginados que remedan el palpitar de la vida.
Aunque por su estructura y por la
división en jornadas y escenas parece EL ABUELO obra teatral, no he
vacilado en llamarla novela, sin dar a las denominaciones un valor absoluto,
que en esto, como en todo lo que pertenece al reino infinito del arte, lo
más prudente es huir de los encasillados, y de las clasificaciones
-VII-
catalogales de géneros y formas. En toda novela en que los
personajes hablan, late una obra dramática. El Teatro no es más
que la condensación y acopladura de todo aquello que en la Novela
moderna constituye acciones y caracteres.
El arte escénico, propiamente
dicho, ha venido a encerrarse en nuestra época (por extravíos o
cansancios del público, y aún por razones sociales y
económicas que darían materia para un largo estudio) dentro de un
módulo tan estrecho y pobre, que las obras capitales de los grandes
dramáticos nos parecen
novelas habladas. Saltando de nuestras
pequeñeces a los grandes ejemplos, pregunto: el
Ricardo III de Shakespeare, colosal cuadro de
la vida y las pasiones humanas, ¿puede ser hoy considerado como obra
teatral
práctica? Hace un siglo lo representaba
Garrick íntegramente, y existía un público capaz de
entenderlo, de sentirlo, y de asimilarse su intensísima savia
poética. Hoy aquélla y otras obras inmortales pertenecen al
teatro ideal, leído, sin
ejecución; arte que por la muchedumbre y
variedad de sus inflexiones, por su intensidad pasional, en un grado que no
resiste lo que llamamos público (mil señoras y mil caballeros
sentaditos en una sala), difícilmente admite intermediario entre el
ingenio creador y el ingenio leyente, que ambos creo han de ser ingenios para
que resulte la emoción y el gusto fino de la belleza.
Que me diga también el que lo sepa
si la
Celestina es novela o drama.
Tragicomedia la llamó su autor;
drama de lectura es realmente, y, sin duda, la
más grande y bella de las novelas habladas. Resulta
-VIII-
que
los nombres existentes nada significan, y en literatura la variedad de formas
se sobrepondrá siempre a las nomenclaturas que hacen a su capricho los
retóricos. Sólo tengo que decir ya a mis buenos amigos, que sin
cuidarse de
cómo se llama esta obra, humilde ensayo
de una forma que creo muy apropiada a nuestra época, tan gustosa de lo
sintético y ejecutivo, la acojan con benevolencia.
B.P.G.
-[1]-
-[2]-
DRAMATIS PERSONAE
|
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| D. RODRIGO DE ARISTA-POTESTAD,
Conde de Albrit, señor de Jerusa y de Polan, etc.,
abuelo de |
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| LEONOR
(Nell), y |
|
| DOROTEA
(Dolly). |
|
| LUCRECIA,
condesa de Laín, madre de Nell y Dolly, y nuera
del Conde. |
|
| SENÉN,
criado que fue de la casa de Laín; después,
empleado. |
|
| VENANCIO,
antiguo colono de la Pardina; actualmente
propietario. |
|
| GREGORIA,
su mujer. |
|
| EL CURA DE JERUSA
(D. Carmelo). |
|
| EL MÉDICO
(D. Salvador Angulo). |
|
| EL ALCALDE
(D. José M. Monedero). |
|
| LA ALCALDESA
(Vicenta). |
|
| D. PÍO CORONADO,
preceptor de las niñas Nell y Dolly. |
|
| CONSUELO,
viuda rica, chismosa. |
|
| LA MARQUEZA,
viuda campesina, pobre. |
|
| EL PRIOR DE LOS JERÓNIMOS
(Padre Maroto). |
|
La acción se supone en la villa de
Jerusa y sus alrededores; las principales
escenas en la
Pardina, granja que perteneció a los
Estados de Laín. Careciendo esta obra de colorido local, no tienen
determinación geográfica el país ni el mar que lo
baña. Todos los nombres de pueblos y lugares son imaginarios.
Época contemporánea.
-[3]-
  Jornada I
  Escena I
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Terraza en la
Pardina. A la derecha, la casa; al fondo,
frondosa arboleda de frutales; a lo lejos, el mar.
GREGORIA, junto a la mesa de piedra, desgranando
judías en la falda;
VENANCIO, que viene por la huerta y se entretiene con
un criado, observando los frutales. En la mesa una cesta de hortalizas.
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|
GREGORIA.-
¡Eh... Venancio!... Que estoy
aquí.
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|
VENANCIO.-
Voy... Más de cincuenta
duquesas se han caído con el
ventoleo de anoche.
|
|
GREGORIA.-
¡Anda con Dios!... Deja las
peras y ven a contarme... ¿Es verdad que...?
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|
(Entra
VENANCIO, respirando fuerte y limpiándose el
sudor de la cabeza, trasquilada al rape.
GREGORIA espera impaciente la respuesta.)
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|
|
(Son marido y mujer, de más de cincuenta años,
ambos regordetes y de talla corta, de cariz saludable, coloración
-4-
sanguínea y mirar inexpresivo. Pertenecen a la clase
ordinaria, que ha sabido ganar con paciencia, sordidez y astucia una holgada
posición, y descansa en la indiferencia pasional y en la santa
ignorancia de los grandes problemas de la vida. El rostro de ella es como una
manzana, y el de él como pera de las de piel empañada y pecosa.
No tienen hijos, y cansados de desearlos principian a alegrarse de que no hayan
querido nacer. Se aman por rutina, y apenas se dan cuenta de su felicidad, que
es un bienestar amasado en la sosería metódica y sin accidentes.
Gruñen a veces, y rezongan por contrariedades menudas que alteran la
normalidad del reloj de sus plácidas existencias. En edad madura viven
donde han nacido, y son propietarios donde fueron colonos. Su única
ambición es vivir, seguir viviendo, sin que ninguna piedrecilla estorbe
el manso correr de la onda vital. El hoy es para ellos la serie de actos que
tiene por objeto producir un mañana enteramente igual al de ayer. Visten
el traje corriente y general, así en pueblos como en ciudades, muy
apañaditos, limpios, modestos.
GREGORIA es hacendosa, guisandera excelente, tocada
del fanatismo económico, lo mismo que su marido. Este entiende de
labranza horticultura, de caza y pesca, de algunas industrias agrícolas
y no es lerdo en jurisprudencia hipotecaria, ni en todo lo tocante a propiedad,
arrendamientos, servidumbres, etc. Para entrambos la Naturaleza es una
contratista puntual, y una despensera honrada, como ellos, prosaica, avarienta,
guardadora.)
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VENANCIO.-
¡Brrr...!
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GREGORIA.-
Pero, hombre, sácame de dudas.
¿Es cierto lo que han dicho? ¿Tendremos tarasca?
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-5-
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|
VENANCIO.-
Sí. ¿Has visto tú
alguna vez que falle una mala noticia?
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GREGORIA.-
(Suspensa.) ¿Y cuándo llega la
señora Condesa?
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|
VENANCIO.-
Hoy... Pero no te apures; se
alojará en casa del señor Alcalde.
|
|
GREGORIA.-
Menos mal.
(Volviendo a desgranar.) Pues
otra... Si llega también el señor Conde, se juntarán
aquí el agua y el fuego.
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|
VENANCIO.-
Se pelearán hoy como ayer...
Suegro y nuera rabian de verse juntos. Si no quedaran de uno y otro más
que los rabos, ¡qué alegría!... Por supuesto, al
señor Conde habremos de alojarle.
|
|
GREGORIA.-
¿Qué duda tiene? No
faltaba más... Yo digo: ¿vienen y se topan aquí por
casualidad... o es que se dan cita para tratar de asuntos de la casa?... porque
de resultas de la muerte del Condesito habrá enredos...
|
|
VENANCIO.-
¿Yo qué sé? La
Condesa Lucrecia vendrá, como siempre, a dar un vistazo a sus hijas.
|
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|
GREGORIA.-
Y a pagarnos la anualidad vencida por
el cuidado, manutención y servicio de las dos señoritas que puso
a nuestro cargo... ¡Ah, ruin pécora...! Las tiene en este
destierro para poder zancajear y divertirse sola por esos Parises y esas
Ingalaterras1 de Dios... o del diablo... ¡Tunanta! Lo que yo
digo, Venancio: comprendo que su suegro, el señor Conde de Albrit, que
es el primer caballero de España, ¡y que lo digan! le tenga tan
mala voluntad a esa condenada extranjera, de quien se enamoró como un
tontaina su hijo (que esté en gloria)... Lo que no me cabe en la cabeza
es que parezca por aquí, si sabe que ha de hocicar con ella... O
será que lo ignora... ¿Qué piensas, hombre?
|
|
VENANCIO.-
(Revolviendo
en la cesta de hortalizas.) Pronto hemos de ver si vienen a posta los
dos, o si la casualidad les hace empalmar en Jerusa... ¡Y que no
traerán ella y él las uñas bien afiladas!...
Créetelo... hemos de ver por tierra mechones de barbas blancas o de
pelos rubios, y tiras de pellejo... porque si el Conde D. Rodrigo quiere a su
hija política como a un dolor de muelas, ella en la misma moneda le
paga.
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|
GREGORIA.-
Yo digo lo que tú: el pobre D.
Rodrigo viene a que le demos de comer.
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VENANCIO.-
Así lo pensé cuando supe
su viaje.
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GREGORIA.-
Es cosa averiguada que no ha
traído de América el polvo amarillo que fue a buscar.
|
|
VENANCIO.-
Ha traído el día y la
noche. Cuando embarcó para allá, había desperdigado toda
su fortuna... Esperaba recoger otra, que le ofreció el Gobierno del
Perú por las minas de oro que allá tuvo su abuelo, el que fue
Virrey... Pero no le dieron más que sofoquinas, y ha vuelto pobre como
las ratas, enfermo y casi ciego, sin más cargamento que el de los
años, que ya pasan de setenta. Luego, se le muere el hijo, en quien
adoraba...
|
|
GREGORIA.-
¡Infeliz señor!...
Venancio, tenemos que ampararle.
|
|
VENANCIO.-
Sí, sí, no salgan
diciendo que no es uno cristiano, ¡Quién lo había de
pensar!... ¡Nosotros, Gregoria, dando de comer al conde de Albrit, el
grande, el poderoso, con su cáfila de reyes y príncipes en su
parentela, el que no hace veinte años todavía era dueño de
los términos de Laín, Jerusa y Polan!... Díganme luego que
no da vueltas el mundo...
|
|
GREGORIA.-
(Acentuando
con un manojo de judías.) ¿Oyes lo que te digo? Que
tenemos que ampararle. Es nuestro deber.
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VENANCIO.-
(Filosofando
con un tomate que coge de la cesta.) ¡Qué caídas y
tropezones, Gregoria; qué caer los de arriba, y qué empinarse los
de abajo!... Claro, le ampararemos, le socorreremos. Ha sido nuestro
señor, nuestro amo; en su casa hemos comido, hemos trabajado... Con las
migajas de su mesa hemos ido amasando nuestro pasar.
(Levántase con aire de
protección.) Pues, sí: hay aquí cristianismo,
delicadeza...
(Coge otro tomate y admira su belleza y
tamaño.) Estos son tomates, Gregoria... Que venga el Cura
refregándonos los suyos por las narices... Pues, sí, mujer: me da
lástima del buen D. Rodrigo.
|
|
GREGORIA.-
(Contestando a
la apología del tomate.) Pero las judías no granaron
bien.
(Mostrándolas.) Mira
esto... También a mí me aflige ver tan caidito al señor
Conde... Parece castigo... y si no castigo, enseñanza.
|
|
VENANCIO.-
Castigo, has dicho bien. Todo ello por
no ser económico, y no pensar más que en darse la gran vida, sin
mirar al día de mañana. Ahí tienes el caso, Gregoria, y
pónselo delante a los que le critican a uno por la economía. En
fiestas y viajes, en caballos y trenes, en convitazos y otras mil vanidades, se
le escurrieron al señor los bienes de la casa de Albrit, y parte de los
de Laín, que eran de su madre. La casa venía empeñada de
atrás, pues dicen las historias que ningún Conde de Albrit supo
arreglarse. Mira por dónde las culpas de todos las paga
-9-
este
desdichado. Ya ves, después que le dejan en cueros los acreedores, le
falla el negocio de América; luego le quita Dios el hijo, y se encuentra
mi hombre al fin de la vida, miserable, enfermo, sin ningún
cariño... Es triste, ¿verdad?
|
|
GREGORIA.-
Ahora caigo en que viene a ver a sus
nietas: sí, Venancio, anda en busca de un querer que dé consuelo
a su alma solitaria...
|
|
VENANCIO.-
(Cogiendo de
la cesta una berenjena.) Puede ser... ¿Y qué tienes que
decir de estas berenjenas?
|
|
GREGORIA.-
No son malas... Lo que digo es que al
señor Conde le atrae el calorcillo de la familia.
|
|
VENANCIO.-
Pero ya verás: mi D. Rodrigo,
buscando el agazajo2, mete la mano en el nidal, y toca una cosa fría
que resbala... ¡Ay! Es el culebrón de la madre, es la extranjera,
la mala sombra de la familia, pues desde que el Conde D. Rafael casó con
esa berganta, la casa empezó a hundirse...
(Poniendo en el cesto la berenjena con
que acciona.) En fin, que en tomates y berenjenas no hay quien nos
tosa... pero no sabemos qué vientos echan para acá al
señor Conde de Albrit.
|
|
GREGORIA.-
Él nos lo dirá. Y si se
lo calla, no callarán sus hechos.
(Dando por terminada su tarea, y pasando
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de la falda a un cesto las judías.) No te
descuides, Gregoria; que venga por lo que venga, tienes que prepararle una
buena mesa... Ya es un respiro que la extranjera no se meta en casa.
|
|
VENANCIO.-
Y aunque viniera... Nunca está
más de dos días o tres. Jerusa es muy chica, y esa necesita
tierra ancha para zancajear a gusto.
|
|
GREGORIA.-
(Asaltada de
una idea.) ¡Ay, Venancio de mi alma, lo que se me ocurre!
¡No haber caído en ello ni tú ni yo! ¿Apostamos a
que Doña Lucrecia viene a llevarse sus niñas?
|
|
VENANCIO.-
(Permaneciendo
largo rato con la boca abierta.) Puede que aciertes... Ya son
grandecitas... mujercitas ya. Pues, mira, nos fastidia...
|
|
GREGORIA.-
¡Hijo de mi alma, cuándo
nos caerá otra breva como esta!
|
|
VENANCIO.-
(Paseándose meditabundo.) No es mucho lo que
nos pasa cada trimestre por cuidarlas y mantenerlas; pero algo es algo: rentita
puntual, saneada... No, no: verás cómo no se las lleva.
|
|
GREGORIA.-
Ea, no nos devanemos los sesos por
adivinar hoy lo que sabremos mañana. (Dispónese a pasar a la casa.)
|
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|
VENANCIO.-
¿Sabes tú quién
nos lo va a decir? Pues Senén. Desde ayer está aquí.
|
|
GREGORIA.-
¿Senén?... ¿El de
la Coscoja?... Sí: las niñas me dijeron que le habían
visto, y que está hecho un caballero.
|
|
VENANCIO.-
Empleado público, funcionario,
como quien dice, nada menos que en las oficinas de Hacienda de Durante3. Fue criado de la Condesa, que en premio de sus buenos
servicios le ha dado credenciales, ascensos; en fin, que de un gaznápiro
ha hecho un hombre.
|
|
GREGORIA.-
Le protege, según dicen, porque
le servía de correveidile y de tapa-enredos en sus...
|
|
VENANCIO.-
Chist... Cuidado... puede llegar... Le
espero. Ha quedado en traerme noticias.
|
|
GREGORIA.-
(Bajando la
voz.) De tapadera en sus trapisondas amorosas... Ello es que siempre
que nos visita la señora, recala Senén, y no la deja vivir con su
pordioseo
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impertinente: que si la recomendación; que si la
tarjeta al Jefe, que si la carta al Ministro, o al demonio coronado... Y como
la tal Condesa es persona de grandes influencias, y trae a los personajes de
allá cogidos por el morro...
|
|
VENANCIO.-
Senén es listo, se cuela por el
ojo de una aguja. Pues me ha contado que doña Lucrecia salió de
Madrid el 12, y que de aquí irá a visitar a los señores de
Donesteve en sus posesiones de Verola. Todo lo sabe el indino. Él es
quien ha dicho al Alcalde que la señora llega hoy, y... ¡Ah, pues
se me olvidaba lo mejor! Le harán un gran recibimiento, por los grandes
beneficios y mejoras que Jerusa le debe.
|
|
GREGORIA.-
¡Festejos! ¡Y aquí
no sabíamos nada!... Y de esta visita del Conde, ¿tenía
Senén conocimiento?
|
|
VENANCIO.-
¡Pues no! Como que se le han
respingado las narices de tanto olfatear, de tanto meterlas en todos los
secreticos de la casa en que sirvió antes de andar en oficinas. Se
cartea con marmitones y cocheros de la casa de Laín, y allí no
vuela una mosca sin que él lo sepa.
|
|
GREGORIA.-
(Alegre.) Pues ese, ese pachón de vidas ajenas
nos ha de sacar de dudas.
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VENANCIO.-
Ya tarda... Me dijo que a las diez. Ha
ido a telegrafiar al jefe de la estación de Laín, y al Alcalde de
Polan...
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|
GREGORIA.-
(Mirando a la
huerta.) Me parece que está ahí... Alguien anda por la
huerta llamándote.
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|
VENANCIO.-
Él es...
(Llama.) ¡Senén,
Senén, chicooo...!
|
  Escena II
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|
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GREGORIA,
VENANCIO;
SENÉN, de veintiocho años, más
bien más que menos, vestido a la moda, con afectada elegancia de plebeyo
que ha querido cambiar rápidamente y sin estudio la grosería por
las buenas formas. Su estatura es corta; sus facciones aniñadas, bonitas
en detalle, pero formando un conjunto ferozmente antipático. Pelito
rizado; chapas carminosas en las mejillas; bigote rubio retorcido en
sortijilla. Lucha por su existencia en el terreno de la intriga, olfateando las
ocasiones ventajosas y utilizando la protección y gratitud de las
personas a quienes ha prestado servicios de ínfima calidad, sobre los
cuales guarda cuidadoso secreto. Ya no se acuerda de cuando andaba descalzo y
harapiento por las mal empedradas calles de Jerusa. Nacido de la
Coscoja, viuda pobre que adormecía sus
penas emborrachándose, Senén vivió de la caridad
pública hasta que fue recogido por los Condes de Laín, que lo
pusieron en la escuela y después le tomaron a su servicio. Fue pinche de
cocina, escribiente,
-14-
ayuda de cámara, hasta que su agudeza,
reforzada por ardiente ambición de dinero, le emancipó de la
servidumbre. En diversos trabajos y granjerías, hubo de probar fortuna:
viajante de comercio, corredor de vinos, administrador de periódicos, y
por fin la Condesa le abrió los espacios de la Administración
pública con un destinillo de Hacienda, al que siguieron ascensos,
comisiones y otras gangas. Compensa la cortedad de su inteligencia con su
constancia y sagacidad en la adulación, su olfato de las oportunidades,
y su arte para el pordioseo de recomendaciones. Su egoísmo toma
más bien formas solapadas que brutales, y para disimularlo, el instinto,
más que la voluntad, le sugiere la economía, y todo el ahorro
compatible con el lucimiento y afeite de su persona. Guarda su dinero, y se
apropia todo lo que sin peligro puede apropiarse. En lo que no es ostensible, o
sea en el comer, gasta lo indispensable, reservando casi todo su peculio para
el
coram vobis. Su vicio es la buena ropa, y su
pasión las alhajas; lleva constantemente tres sortijas de piedras finas
en el meñique de la mano izquierda, y al llegar a Jerusa ha sacado a
relucir un alfiler de corbata, que es ¡ay!, la desazón de sus
compatriotas de ambos sexos.
|
|
SENÉN.-
Allá voy. Estaba mirando las
peras...
(Entra en la terraza.) Hola,
Gregoria; usted siempre tan famosa.
|
|
GREGORIA.-
¡Y tú qué guapo...
y qué bien hueles, condenado! Estás hecho un príncipe.
|
|
SENÉN.-
Hay que pintarla un poquillo,
Gregoria. Es uno esclavo de la posición.
|
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-15-
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|
VENANCIO.-
(Impaciente.) Vengan pronto esas noticias.
|
|
SENÉN.-
La Condesa llegará a
Laín en el tren de las doce y cinco. He tenido un parte.
(Mostrándolo.) Se lo he
llevado al Alcalde, que no estaba seguro de la hora de llegada.
|
|
GREGORIA.-
Y D. José irá a
esperarla en su coche.
|
|
VENANCIO.-
Claro.
|
|
SENÉN.-
(Sentándose con indolencia. Se cuida mucho de emplear
un lenguaje muy fino.) Y el Municipio ¡oh!, le prepara un gran
recibimiento, una ovación entusiasta.
|
|
GREGORIA.-
¡A tu ama!
|
|
SENÉN.-
A la que fue mi ama.
¡Estaría bueno que no se hicieran los honores debidos a la ilustre
señora; por cuya influencia ha obtenido Jerusa la estación
telegráfica, la carretera de Jorbes, amén de las dos
condonaciones!
|
|
GREGORIA.-
Puede que, si hay festejos, tengamos
aquí a Doña Lucrecia más tiempo del que acostumbra.
|
|
-16-
|
|
SENÉN.-
Creo que no; está invitada a
pasar unos días en Verola con los señores de Donesteve.
|
|
VENANCIO.-
¿Y del Conde qué me
dices?
|
|
SENÉN.-
Que Su Excelencia debió llegar
a Laín anoche, o esta mañana en el primer tren. De modo que no me
explico... digo que no me explico, mi querido Venancio, que no le tengas ya en
tu casa.
|
|
GREGORIA.-
De fijo habrá ido a Polan a
visitar el sepulcro de su esposa, la Condesa Adelaida.
|
|
VENANCIO.-
Bueno, Senén. Tú que
todo lo sabes... naturalmente, has vivido en la intimidad de la familia,
conoces sus costumbres, la manera de pensar de cada uno, sus discordias y
zaragatas, dinos... ¿D. Rodrigo y su nuera se encontrarán
aquí por casualidad, o es que...?
|
|
SENÉN.-
(Seguro,
dándose importancia.) No: se han dado cita en Jerusa.
|
|
GREGORIA.-
¿Cómo es eso? ¿Y
para qué se citan los que se aborrecen? ¿Qué hacen?
|
|
-17-
|
|
SENÉN.-
Lo contrario de lo que hacen los que
se aman. Los amantes se acarician; éstos se muerden.
|
|
VENANCIO.-
Vamos, es al modo de un
desafío... Dicen: «en tal parte, a tal hora, nos juntamos para
rompernos el bautismo».
|
|
GREGORIA.-
Será que el señor Conde,
que no ha visto a su nuera desde que él embarcó para el
Perú, querrá ajustar con ella alguna cuenta...
|
|
VENANCIO.-
De interés, o de cosas tocantes
al honor de la familia, pues para nadie es un secreto... no te enfades,
Senenillo... que tu protectora la señora Condesa... En fin, no
está bien que yo repita...
|
|
SENÉN.-
Sí, que el repetir es cosa fea.
¿Qué les importa a ustedes, ni qué me importa a mí,
que el señor conde de Albrit y su nuera la Condesa viuda de Laín
se peleen, se arañen y se tiren de los pelos por un pedacito así
de honra, o por un pedazo grande...? Pongamos que es pedazo de honra tan grande
como esta casa.
|
|
VENANCIO.-
Tiene razón Senén.
Haiga virtud o no la
haiga, nada nos dan ni nada nos quitan.
|
|
-18-
|
|
SENÉN.-
Yo no sé sino que el viejo
Albrit, que hasta ahora, desde la muerte de su hijo, no se ha movido de
Valencia, escribió a la Condesa...
|
|
VENANCIO.-
(Riendo.) Pidiéndole dinero.
|
|
SENÉN.-
Hombre, no: le proponía una
entrevista para tratar de asuntos graves...
|
|
GREGORIA.-
De asuntos de familia. Y como la
Condesa no quiere altercados en Madrid, porque allí puede haber
escándalo, y se entera todo el mundo, y hasta lo sacan los papeles, le
ha citado en este rincón de Jerusa, donde sólo vivimos cuatro
papanatas, y si hay zipizape aquí se queda, y la ropa sucia en casita se
lava. ¿Qué tal, señor cortesano, entiendo yo a mi
gente?
|
|
VENANCIO.-
Di que no es lista mi mujer.
|
|
SENÉN.-
(Risueño y galante.) Sabe griego y
latín. ¡Vaya un talento! Y para acabar de granjearse mi
estimación me va a traer un vasito de cerveza. Estoy abrasado.
|
|
GREGORIA.-
Ahora mismo: hubiéraslo dicho
antes.
(Entra a la casa, llevándose las
hortalizas.)
|
|
-19-
|
|
VENANCIO.-
Y tú, rey de las hormigas,
¿qué pretendes ahora de tu ama? ¿Otro ascenso, una plaza
mejor?
|
|
SENÉN.-
Quiero adelantar, salir de esta
miseria de la nómina, del triste jornal que el Gobierno nos da por
aburrirnos, y aburrir al país que paga.
|
|
VENANCIO.-
Picas alto. Digan lo que quieran,
chico, tú tienes mucho mérito. Yo te vi salir del lodo.
|
|
SENÉN.-
Y me verás subir, subir... El
lodo, créeme, es un gran trampolín para dar el salto.
|
|
GREGORIA.-
(Que vuelve
con la cerveza y copas, y les sirve.) Dime, Senenillo, ¿y para
tus medros, no te agarras también a los faldones del señor
Conde?
|
|
SENÉN.-
Albrit no tiene una peseta, y nadie le
hace caso ya.
|
|
VENANCIO.-
Ese roble ya no da sombra, y
sólo sirve para leña.
|
|
GREGORIA.-
(Que
sentándose entre los dos bebedores de cerveza, acaricia a
SENÉN.) Vamos a ver, hijo,
¿por qué no nos cuentas el por qué y el cómo de que
tan mal se quieran la Condesa viuda y el abuelo? Tú lo sabes todo.
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-20-
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VENANCIO.-
Vaya si lo sabe; pero no muerde el
gosque4 a quien le da de comer.
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(SENÉN paladea la
cerveza, dándose aires de madrileño, y calla.)
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GREGORIA.-
Ya lo ves: callado como un besugo.
Dinos otra cosa. Será cuento todo eso que se dice de tu señora...
Es cuento, ¿verdad?
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SENÉN.-
(Enfático.) Me
permitiréis, queridos amigos, que no hable mal de mi bienhechora. Os
diré tan sólo que es un corazón tierno y una voluntad
generosa y franca hasta dejárselo de sobra. No le pidáis
gazmoñerías, eso no. Es mujer de muchísimo desahogo...
Compadece a los desgraciados y consuela a los afligidos. Y como persona de
instrucción, no hay otra: habla cuatro lenguas, y en todas ellas sabe
decir cosas que encantan y enamoran.
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|
VENANCIO.-
Todas esas lenguas, y más que
supiera, no bastan para contar los horrores que acerca de ella corren en
castellano neto.
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|
SENÉN.-
(Endilgando
sabidurías que aprendió en los cafés.)
¡Horrores!... No hagáis caso. La honradez y la no honradez,
señores míos, son cosas tan elásticas, que cada
país y cada civilización... cada civilización, digo, las
aprecia de distinto modo. Pretendéis que la moralidad sea la misma
-21-
en los pueblos patriarcales, digamos primitivos; como esta pobre
Jerusa, y los
grandes centros... ¿Habéis
vivido vosotros en los
grandes centros?
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VENANCIO.-
Ni falta.
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SENÉN.-
Pues en los
grandes centros veríais otro mundo,
otras ideas, otra moralidad. La Condesa Lucrecia no es una mujer: es una dama,
una gran señora. ¿Qué? ¿Que le gusta divertirse?
Cierto que sí; se divierte por la noche, por la mañana y por la
tarde... No, no me saquéis el Cristo de la moralidad. Yo os digo, y lo
pruebo, que es cosa esencial en las sociedades que las damas se diviertan;
porque del divertirse damas y galanes viene el lujo, que es cosa muy buena...
(Riendo del asombro de sus
interlocutores.) Ya... papanatas; creéis que es malo el lujo...
Vivís en Babia. Pues os digo, y lo pruebo, que el lujo es lo que
sostiene la industria... la industria de los
grandes centros, por la cual y con la cual,
lo pruebo, come todo el mundo.
Reasumiendo: que si hubiera moralidad, tal
y como vosotros la entendéis, la gente no se divertiría, y sin
diversiones, no tendríamos lujo, y
por ende, no habría industrias: la
mitad de los que hoy comen se morirían de hambre, y la otra mitad
mascarían tronchos de berzas.
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VENANCIO.-
Vaya que eres parlanchín, y
entiendes la aguja de marear.
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-22-
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|
GREGORIA.-
(Imitando, sin
saberlo, a las brujas de Macbeth.) ¡Senén, tú
serás ministro!
|
|
SENÉN.-
¿Ministro yo? No, no: mi
ambición, como nacida del lodo, no quiere viento, sino barro, barro
substancioso que amasar.
Mis tendencias son a lo positivo;
tiendo a ganar dinero, mucho dinero. No me
conformo con un sueldo más o menos cuantioso; ambiciono más;
ambiciono el trabajo libre...
|
|
GREGORIA.-
Manos libres, quieres decir.
|
|
VENANCIO.-
(Da un cigarro
a
SENÉN, y fuman los dos.) Lo que
tú buscas, tunante, es una dote; andas a la husma de una rica
heredera.
|
|
GREGORIA.-
Por eso vistes tan elegantito, y te
quitas el pan de la boca para comprarte trapos... Por eso gastas anillos, y te
echas esencia en el pañuelo. Vaya, que hueles bien.
(Oliéndole.)
¿Qué es eso? ¿Heliotropo?
|
|
SENÉN.-
(Reventando de
fatuidad.) Es mi perfume favorito... Pues no he pensado en casarme, y
lo pruebo. Claro, si se me presentase una buena ganga matrimonial, no la
desperdiciaría. Estamos a la que salta.
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-23-
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|
GREGORIA.-
Por un camino o por otro, has de ser
rico.
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|
VENANCIO.-
A trabajar, se ha dicho. En la corte
hay mil maneras de afanar el garbanzo.
|
|
GREGORIA.-
Allí donde hay bambolla,
derroche, y donde los ricos por su casa gastan, según dicen, más
de lo que tienen, el pobre allegador, económico y despabilado como
tú, sabe encontrar piltrafa. Ahí tienes el caso del señor
Conde. Toda su riqueza se ha repartido entre muchos que andaban quizás
con los codos al aire.
|
|
VENANCIO.-
Prestamistas, curiales, cuervos y
buitres, y todos los golosos de carne muerta.
|
|
SENÉN.-
(Desdeñoso.) Mal fin ha tenido el
prócer. Vaya usted preparando, Gregoria, las buenas calderadas de
patatas, las sopitas de leche, para que se acostumbre a la frugalidad, y olvide
sus hábitos gastronómicos.
|
|
GREGORIA.-
No, no: lo que es hoy, al menos, si
viene, tengo que prepararle una buena comida.
|
|
-24-
|
|
VENANCIO.-
Como se entretenga en Polan y no coja
el coche que ha salido de allí a las diez, no vendrá hasta
mañana.
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|
SENÉN.-
Me inclino a
creer que le veremos venir en carreta, porque el buen señor padece
tal
tronitis, que no tendrá para el
coche.
|
|
GREGORIA.-
No exageres... Esos nobles arrumbados
siempre guardan algo para sus últimas, y también te digo que
suelen encontrar algún tonto que les alimente los vicios.
|
|
SENÉN.-
Albrit no tiene más vicios que
la rabia de verse pobre, y el orgullo de casta, que se le ha recrudecido con la
pobreza.
|
|
GREGORIA.-
(Intranquila.) Dime, Senén, ¿y al
señor Conde no le dará la ventolera de quitarnos las
niñas?
|
|
SENÉN.-
¿Para qué?... ¿Y
a dónde las lleva?
|
|
VENANCIO.-
A un colegio de Francia.
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-25-
|
|
SENÉN.-
No temáis perder esta ganga. El
Conde no tiene con qué pagarles un buen colegio, y la mamá no
está por esos gastos, que
dejarían indotado su presupuesto.
Todo es poco para ella. Además, la presencia de las niñas en
sociedad junto a ella, la envejece.
Su obsesión es ser joven, o
parecerlo.
|
|
VENANCIO.-
Su... ¿qué has dicho?
¡Vaya unas palabras finas que te traes!
|
|
GREGORIA.-
(Incomodándose.) Pero ya son creciditas,
jinojo... Algún día tiene que presentarlas en la corte,
casarlas...
|
|
SENÉN.-
¿Casarlas? Dificilillo es... y
lo pruebo.
|
|
GREGORIA.-
¿Cómo no, si son tan
monas?
|
|
SENÉN.-
Les concedo el buen palmito. Pero
cualquiera carga con ellas, educadas en la ñoñería, con
hábitos y maneras de pueblo, y, por añadidura, pobres..., porque
la Condesa está dando aire a la fortuna, y cuando toquen a liquidar no
habrá más que pagarés vencidos, cuentas no liquidadas, y
el diluvio... Ya lo dijo Luis XV:
(Estropeando el francés.) Apré muá, le diluch.
|
|
-26-
|
|
GREGORIA.-
(Incomodándose más.) La madre
será lo que quieran: una feróstica, una púa extranjera;
pero Dorotea y Leonor a ella no salen, digo que no salen... y lo pruebo
también.
|
|
VENANCIO.-
Son buenísimas, aunque algo
traviesas; almas puras, ángeles de Dios, como dice D. Carmelo.
|
|
GREGORIA.-
Créelo, Senén; las
quiero como si fueran mis hijas, y el día que se las lleven me ha de
costar algunas lágrimas.
|
|
SENÉN.-
(Con
impertinencia.) ¿Y de instrucción, qué tal?
|
|
VENANCIO.-
Poca cosa les enseña D.
Pío, el maestro jubilado del pueblo. Sobre que él sabe poco, no
tiene carácter, y las chicas le han tomado por monigote para
divertirse.
|
|
GREGORIA.-
Todo el día se lo pasan
enredando. Ya se ve: no están en su esfera, como dice Angulo, nuestro
médico.
|
|
VENANCIO.-
(Repitiendo
una frase del Doctor.) Su institutriz es la Naturaleza, su elegancia,
la libertad, su salón el bosque. Bailan al compás de la mar con
la orquesta del viento.
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-27-
|
|
SENÉN.-
(Que se
levanta, recordando con inquietud algo que había olvidado.)
¡Buena la hemos hecho!
|
|
VENANCIO.-
¿Qué te pasa?
|
|
SENÉN.-
Que con tanto charlar se me
olvidó el encargo del señor Alcalde.
|
|
GREGORIA.-
¿Para nosotros?
|
|
SENÉN.-
Sí... ¡qué cabeza!
Pues que inmediatamente le llevéis las niñas, para que la Condesa
las vea en cuanto llegue.
|
|
VENANCIO.-
Es natural. Y comerán
allí.
|
|
SENÉN.-
¿Están en casa?
|
|
GREGORIA.-
De paseo andan por el bosque.
(Mirando hacia la izquierda.) No
las veo.
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|
VENANCIO.-
Correteando, y de juego en juego, se
habrán ido a media legua de Jerusa.
|
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-28-
|
|
SENÉN.-
¿Y las dejáis andar
solas por el bosque?
|
|
GREGORIA.-
Solitas van. Todo el mundo las
respeta.
|
|
VENANCIO.-
Hay que ir corriendo a buscarlas.
|
|
SENÉN.-
Si queréis, iré yo...
¿No saben todavía que hoy viene su mamá?
|
|
GREGORIA.-
No lo saben... ¡pobres
hijas!
|
|
SENÉN.-
Pues yo se lo diré, y las
traeré por delante, como un pavero de Navidad.
|
|
VENANCIO.-
Las encontrarás, de fijo,
bosque arriba, en el sendero de Polan... Pero mira, chico, no les hagas la
corte. Verdad que sería inútil...
|
|
SENÉN.-
(Con ganas de
irse pronto.) ¿La corte yo?... ¿Yo,
este cura? ¡Señoritas que no
viven en
su elemento y reúnen todo lo malo,
orgullo y pobreza...!
|
|
GREGORIA.-
Están verdes.
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|
|
SENÉN.-
Que las madure quien quiera.
¿Decís que bosque adentro?...
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VENANCIO.-
Vete, y tráelas pronto.
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|
GREGORIA.-
Vivo...
(Viéndole partir.)
¡Vaya un pájaro!
|
|
VENANCIO.-
¡Vaya un peje!
|
  Escena III
|
|
|
|
Bosque en las inmediaciones de Jerusa, formado
de corpulentos robles, hayas y encinas. Lo atraviesa un tortuoso sendero, donde
se ven los surcos trazados por los carros del país. Por el Norte,
formidable cantil de roca y conglomerado, en cuyos cimientos baten las olas del
mar; al Sur cierra el paisaje la espesura de la vegetación; hacia el
Oeste serpentea y se subdivide el sendero, atravesando algunas calvas y espesos
matorrales.
|
|
|
|
LEONOR y
DOROTEA, niñas de quince y catorce años
respectivamente, lindas, graciosas, de tipo aristocrático, la tez
bronceada por el aire marino y el sol. Son negros sus ojos, rasgados,
melancólicos; negro también su cabello, peinado al descuido en
moño alto. Se lo adornan con flores silvestres, que van clavando en
él como se clavan los alfileres en un acerico. La diferencia de edad, un
año y meses, apenas en ellas se distingue, y por gemelas las tienen
muchos, viendo la semejanza de sus rostros,
-30-
y la igualdad del
talle y estatura. Son ágiles, corretonas, traviesas; dos diablillos
encantadores. Visten, con sencillez graciosa y elegancia no aprendida,
trajecitos claros, cortados y cosidos en Jerusa. La modestia da más
realce a su gentileza vivaracha, y les imprime cierta gravedad dulce cuando
están quietas. Desde la niñez, su madre, irlandesa, las nombraba
con los diminutivos ingleses
NELL y
DOLLY, y estos nombres exóticos prevalecieron
en Madrid como en Jerusa. Las acompaña y juega y brinca con ellas un
perrito canelo, de pelo largo y fino, hocico muy inteligente, rabo que parece
un abanico. Atiende por
Capitán.
|
|
DOLLY.-
Estoy cansada; yo me siento.
(Se recuesta en el tronco de un
roble.)
|
|
NELL.-
Estoy entumecida; yo quiero correr.
(Disparándose en carrera circular,
vuelve al punto de partida.)
|
|
DOLLY.-
(Mirando a la
copa del árbol.) ¡Qué gusto poder subir y posarse
en una rama!... ¡Nell!
|
|
NELL.-
¿Qué quieres?
|
|
DOLLY.-
Decirte una cosa. ¿Qué
te apuestas a que me subo a este árbol?
|
|
NELL.-
Te desgarrarás el
vestido...
|
|
-31-
|
|
DOLLY.-
Lo coseré... sé coser
tan bien como tú... ¿A que me subo?
|
|
NELL.-
No está bien. Nos
tomarían por chiquillas de pueblo.
|
|
DOLLY.-
(Que
suspendiéndose de una rama, se balancea.) Pues ser chiquilla de
pueblo o parecerlo, ¿crees tú que me importa algo? Dime, Nell,
¿andarías tú descalza?
|
|
NELL.-
Yo no.
|
|
DOLLY.-
Yo sí. Y me reiría de
los zapateros.
(Viendo que
NELL se sienta y saca un librito.)
¿Qué haces?
|
|
NELL.-
Quiero repasar mi lección de
Historia. Ya hemos corrido bastante; estudiemos ahora un poquito.
Acuérdate, Dolly: ayer, D. Pío te dijo que no sabes jota de
Historia antigua ni moderna, y en buenas formas te llamó burra.
|
|
DOLLY.-
Burro él... Yo sé una
cosa mejor que él: sé que no sé nada, y D. Pío no
sabe que no sabe ni pizca.
|
|
NELL.-
Eso es verdad... Pero debemos estudiar
algo, aunque no sea más que por ver la cara que pone
-32-
el
maestrillo cuando le respondamos bien. Es un alma de Dios.
|
|
DOLLY.-
Mejor la pone cuando le damos alguna
golosina, de las que guardamos para
Capitán.
|
|
NELL.-
Anda, ven; estudiemos un poquito.
¿Sabes que es un lío tremendo esto de los Reyes godos?
|
|
DOLLY.-
El demonio cargue con ellos. Son
ciento y la madre... y con unos nombres que pican como las zarzas, cuando una
quiere metérselos en la memoria.
|
|
NELL.-
Ninguno tan antipático y
majadero como este señor de Mauregato.
|
|
DOLLY.-
¡Valiente bruto!
|
|
NELL.-
Nada: que tenían que echarle
cien doncellas por año para desenfadarle.
|
|
DOLLY.-
Para desengrasar, como dice D.
Carmelo.
|
|
NELL.-
La verdad es que la Historia nos trae
acá mil chismes y enredos que no nos importan nada.
|
|
-33-
|
|
DOLLY.-
(Siéntase junto a su hermana. El perro se echa entre
las dos.) Figúrate qué tendremos que ver nosotras con que
hubiera un señor que se llamaba Julio César, muy vivo de genio...
Ni qué nos va ni nos viene con que le matara otro caballero, cuyo nombre
de pila era Bruto... ¿A mí qué me cuenta usted,
señora Historia?
|
|
NELL.-
Pero, hija, la ilustración...
¿A ti no te gustaría ser ilustrada?
|
|
DOLLY.-
(Acariciando
al perrito.) Ilústrate tú también,
Capitán. La verdad: me carga la
ilustración desde que he visto que también se ha hecho ilustrado
Senén. ¿Te acuerdas de cuando estuvo aquí hace dos meses,
creyendo que venía mamá?
|
|
NELL.-
Sí: a cada instante sacaba la
Edad Media, y qué sé yo qué.
|
|
DOLLY.-
¡Qué tendremos nosotras
que ver con las edades medias o partidas!... Y el mejor día nos salen
con que a Cleopatra le dolían las muelas.
|
|
NELL.-
O que a Doña Urraca le salieron
sabañones.
|
|
-34-
|
|
DOLLY.-
Pero, en fin, nos ilustraremos algo,
puesto que mamá, en todas sus cartas, nos manda que aprendamos, que
seamos aplicaditas.
|
|
NELL.-
Mamá nos idolatra; pero no nos
lleva consigo.
(Con tristeza.) ¿Por
qué será esto?
|
|
DOLLY.-
Porque, porque... Ya nos lo ha dicho.
Como nos criamos tan raquíticas, quiere que engordemos con los aires del
campo. Ya sabe mamá lo que hace.
|
|
NELL.-
Mamá es muy buena. Pero que
venga al campo con nosotras a robustecerse también.
|
|
DOLLY.-
Tonta, ¿no le oíste que
se espanta de engordar, y que lo que quiere ahora es enflaquecer?
|
|
NELL.-
Gorda o flaca, mamá es
guapísima.
|
|
DOLLY.-
Sí que lo es... Ya nos
llevará consigo cuando seamos mayores. Yo no tengo prisa.
|
|
NELL.-
(Rayando la
tierra con un dedito.) Como prisa, yo tampoco.
|
|
-35-
|
|
DOLLY.-
Me gusta el campo.
|
|
NELL.-
Y la soledad, ¡qué me
gusta!
|
|
DOLLY.-
En la soledad piensa una mejor que
entre personas.
|
|
NELL.-
¡Y esta libertad...!
|
|
DOLLY.-
(Poniendo en
dos patas al perrito.) Yo te digo una cosa: creo que cuanto más
salvajes, más felices somos.
|
|
NELL.-
Eso no: la civilización,
Dolly...
|
|
DOLLY.-
Me carga la civilización desde
que oigo hablar tanto de ella a nuestro amigo el Alcalde, que se ha hecho rico
y personaje fabricando fideos.
|
|
NELL.-
(Mordiendo el
palo de una florecita.) Salvaje no quiero yo ser... ni civilizada a
estilo de D. José Monedero. También te digo que dentro de la
civilización puede existir la soledad que tanto me agrada. ¿A ti
no se te ha ocurrido alguna vez ser monjita?
|
|
-36-
|
|
DOLLY.-
¡Ay, no! Nunca he pensado en
eso.
|
|
NELL.-
Yo sí, sobre todo cuando nos
llevan a misa a las Dominicas. ¡Qué iglesita más mona y
más sosegada! Me figuro yo que de aquellas rejas para dentro hay una
paz, una tranquilidad...
|
|
DOLLY.-
(Recogiendo
piedrecitas.) La religión es cosa bonita... lo mejor entre lo
bueno. El rezar consuela... Pero eso de estar siempre rezando, siempre,
siempre... francamente, hija... Y metida entre rejas, como están las
monjas, ni ves árboles, ni ves flores...
|
|
NELL.-
Tonta, si tienen huertas y
jardines...
|
|
DOLLY.-
Pero no ves el mar.
|
|
NELL.-
¡Bah!... Veo a Dios, que es
más grande.
|
|
DOLLY.-
¡Si Dios está en todas
partes! ¿Crees que no está también aquí, oyendo
todo lo que decimos?
|
|
NELL.-
Pero no le vemos ni le oímos
nosotras.
|
|
-37-
|
|
DOLLY.-
Hay que mirar bien, Nell, y escuchar
callandito.
(Pausa. Las dos, silenciosas y un tanto
sobrecogidas, exploran con lento mirar el horizonte, mar y cielo, y la
sombría espesura del bosque.)
|
|
NELL.-
¿Qué oyes?
|
|
DOLLY.-
Como un aliento muy grande. ¿Y
tú, qué ves?
|
|
NELL.-
Como una mirada grandísima.
(Otra pausa larga. Bruscamente, como
quien vuelve sobre sí, se incorpora.) Pero se nos va el tiempo
charlando, y no hemos estudiado ni una letra.
|
|
DOLLY.-
¡Está el día tan
hermoso!
|
|
NELL.-
Salimos con ganas de leer. Tú
dijiste que estudiaríamos en el campo mejor que en casa.
|
|
DOLLY.-
Porque allí nos molestaban los
berridos de Venancio.
|
|
NELL.-
(Repitiendo
una frase de su maestro.) ¡Sus, valientes, y a los libros!
(Dando a su hermana el manualito de
Historia.) Mira, lees en alta voz, y así nos enteramos las dos a
un tiempo.
|
|
-38-
|
|
DOLLY.-
(Toma el libro
y levántase de un brinco.) Dame acá. ¿Sabes lo que
se me ocurre? Que conviene que se instruyan también los
pájaros... Toda la ciencia no ha de ser para nosotras.
(Lanzando el libro a los aires con fuerte
impulso.)
|
|
NELL.-
¿Qué haces, tonta?
|
|
|
|
(El libro, abierto en el aire y dando al
viento sus hojas, describe una curva, y se detiene al fin en una rama de
encina, como pájaro que se posa.)
|
|
DOLLY.-
Ya lo ves.
|
|
|
|
(El perro se entrega al trajín
inocente de cazar moscas.)
|
|
NELL.-
¡Buena la has hecho! ¿Y
cómo lo cogemos ahora?
|
|
DOLLY.-
De ninguna manera. Los pájaros
se enterarán ahora de lo que hicieron D. Alejandro Magno, el
señor de Atila y el moro Muza.
|
|
NELL.-
(Riendo.) ¡Si a los pajaritos todo eso les tiene
sin cuidado!
|
|
DOLLY.-
Como a mí.
|
|
NELL.-
¡Vaya un compromiso! ¡Si
pasara por ahí un chiquillo que se subiera a cogerlo!
|
|
-39-
|
|
DOLLY.-
Me subiré yo.
(Disponiéndose a encaramarse en la
encina.)
|
|
NELL.-
No, no, que te
(Tirándola de la falda.)
desnucas.
|
|
DOLLY.-
Espérate; le tiraré
piedras a ver si se atonta y cae.
(Hace lo que dice.)
|
|
NELL.-
Hay viento... Puede que vuele el
libro.
|
|
DOLLY.-
¡Ay, no, que es muy pesado!
(Tirando piedras.) A mí,
bribón; baja, ven acá.
|
|
|
|
(El perro cree de su obligación
ladrar fuertemente al libro para que baje.)
|
|
NELL.-
(Sintiendo
pasos.) Basta, Dolly. Viene gente... ¡Qué vergüenza!
Te tomarán por una desarrapada del pueblo.
|
|
DOLLY.-
¿Y qué me importa?
|
|
NELL.-
Que te estés quieta.
(Mirando a lo largo del sendero.)
Aquí viene un señor, un hombre... por el camino que baja de
Polan, ¿ves?... Mira.
|
|
|
|
(Aparece por entre los robles el
CONDE DE ALBRIT, con lento paso.)
|
|
DOLLY.-
No le veo.
|
|
-40-
|
|
NELL.-
Mírale... Se ha parado al
vernos, y allí le tienes como una estatua. No nos quita los ojos...
|
  Escena IV
|
|
|
|
NELL y
DOLLY,
DON RODRIGO DE ARISTA-POTESTAD, CONDE DE ALBRIT,
MARQUÉS DE LOS BAZTANES, SEÑOR DE JERUSA Y DE POLAN, GRANDE DE
ESPAÑA, etc. Es un hermoso y noble anciano de luenga barba blanca
y corpulenta figura, ligeramente encorvado. Viste buena ropa de viaje, muy
usada; calza gruesos zapatones y se apoya en garrote nudoso. Revela en su
empaque la desdichada ruina y acabamiento de una personalidad ilustre.
|
|
NELL.-
(Observándole medrosa.) Es un pobre viejo...
¿Por qué nos mira así? ¿Nos hará
daño?
|
|
DOLLY.-
Parece el Santa Closs de los cuentos
ingleses. Pero no trae saco a la espalda.
|
|
NELL.-
¿Sabes que tengo miedo,
Dolly?
|
|
DOLLY.-
Yo también. ¿Será
un mendigo?
|
|
NELL.-
Si tuviéramos cuartos, se los
daríamos... ¡Ay, no se mueve!...
|
|
-41-
|
|
DOLLY.-
Y ahora, en nosotras clava los
ojos...
|
|
NELL.-
(Palideciendo.) Parece que habla solo...
¡Qué miedo!
|
|
DOLLY.-
(Trémula.) Y no pasa un alma. Si llamamos nadie
nos oirá.
|
|
NELL.-
No nos hará nada, creo yo.
|
|
DOLLY.-
Lo mejor es hablarle.
|
|
NELL.-
Háblale tú... Dile:
«Señor mendigo...».
|
|
DOLLY.-
Mendigo no es. Parece más bien
una persona decente mal trajeada.
|
|
|
|
(Lánzase el perrillo con furiosos
ladridos hacia el
CONDE.)
|
|
NELL.-
Capitán,
ven acá...
|
|
DOLLY.-
¡Ay, Nell, yo conozco esa
cara!...
|
|
NELL.-
Y yo también. Yo le he visto en
alguna parte... ¡Ay, ay!
(Se juntan las dos, como para protegerse
-42-
mutuamente.) Ahora se adelanta...Nos hace
señas...
|
|
DOLLY.-
Parece que llora. ¡Pobre
señor!...
|
|
EL CONDE.-
(Con voz
grave, avanzando.) Preciosas niñas, no me tengáis miedo.
¿Sois Leonor y Dorotea?
|
|
NELL.-
Sí, señor: así
nos llamamos.
|
|
EL CONDE.-
(Llegándose a ellas.) Pues abrazadme. Soy
vuestro abuelo. ¿No me conocéis? ¡Ay! Han pasado algunos
años desde que me visteis por última vez. Erais entonces
chiquitinas, y tan monas... Me volvíais loco con vuestra gracia, con
vuestra donosura angelical...
(Las abraza, las besa en la
frente.)
|
|
DOLLY.-
¡Abuelito!
|
|
NELL.-
Yo decía: le conozco.
|
|
DOLLY.-
Por el retrato te conocemos.
|
|
EL CONDE.-
Y yo a vosotras por la voz. No
sé qué hay en el timbre de vuestras vocecitas que me remueve toda
el alma. ¿Y cómo es que los dos sonidos me parecen uno solo?
Dejadme que os mire bien: ¿serán iguales vuestras caritas como lo
son
-43-
vuestras voces?... No, no puedo veros bien, hijas de mi alma.
Estoy casi ciego. Vamos, sigamos hacia Jerusa.
(Capitán
abre la marcha.)
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NELL.-
¡Qué sorpresa tan
agradable, abuelito! Pues, mira, te tuvimos miedo.
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EL CONDE.-
¿Miedo a mí, que os
adoro?
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DOLLY.-
Senén nos dijo anoche que
venías; pero no creíamos que llegases tan pronto.
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NELL.-
¿Y cómo no has venido en
el coche?
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EL CONDE.-
Me molesta horriblemente el traqueteo
de ese armatoste... y el venir prensado entre otras personas groseras y
estúpidas... No, no... He preferido venirme a pie, sin más
compañía que la de este palo, que me ha regalado un pastor de mis
tiempos, a quien encontré en Polan. ¡Figuraos si será viejo
el hombre! Era yo un niño, y él un mocetón como un
castillo que me llevaba a la pela por estos montes...
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NELL.-
¿Pero vienes de Polan?
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EL CONDE.-
Allí pasé la noche, en
la cabaña de Martín Paz... Luego me he venido pasito a paso por
el
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filo del cantil, recordando mis tiempos. ¡Ah!, todos los
caminos y veredas de este país me conocen; conócenme las
breñas, las rocas, los árboles... Hasta los pájaros creo
que son los mismos de mi niñez... Esta hermosa Naturaleza fue mi
nodriza. No podréis comprender, niñas inocentes que
empezáis a vivir, cuán grato, y cuán triste al mismo
tiempo es para mí recorrer estos sitios, ni cuánto padezco y gozo
haciendo revivir a mi paso cosas y personas! Todo lo que me rodea
paréceme a mí que me ve y me reconoce... y que desde el mar
grande al insecto casi invisible, todo cuanto aquí vive, se queda en
suspenso... no sé cómo decirlo... se para y mira... para ver
pasar al desdichado Conde de Albrit.
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(Las dos niñas
suspiran.)
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DOLLY.-
Apóyate en mi brazo,
abuelito.
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NELL.-
En el mío.
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EL CONDE.-
En los dos... Una por cada lado.
Así... Me lleváis como en volandas.
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El abuelo : (novela en cinco jornadas)
por B. Pérez Galdós
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