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    Los primeros principios
     Herbert Spencer ; traducción de José Andrés Irueste
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Capítulo III.

Últimas ideas de la ciencia.

     15. ¿Qué es el espacio.? ¿Qué es el tiempo? Dos hipótesis se hacen sobre su naturaleza. Según la una, son objetivos; según la otra subjetivos; la primera supone que son exteriores a nosotros e independientes de nosotros; la segunda, que nos son internos, que pertenecen a nuestra propia conciencia. Veamos lo que son esas hipótesis a la luz del análisis.

     Si el espacio y el tiempo tienen existencia objetiva, son algo, son entidades; pues las no entidades son no existencias, y decir que no existencias existen objetivamente, es unir términos contradictorios. Además, negar que el espacio y el tiempo sean algo, es, en el fondo, afirmar que son nadas; es caer en el absurdo de decir que hay dos especies de nada. No podemos considerar al espacio y al tiempo como atributos de una entidad, en virtud de las dos razones siguientes: es imposible concebir una entidad cuyos atributos sean; y, por el contrario, no podemos concebir su no existencia, aun cuando todas las demás cosas dejasen de existir; siendo así, que los atributos desaparecen necesariamente con los seres a que pertenecen. El espacio y el tiempo no pueden ser ni no-entidades, ni atributos de entidades; no podemos, pues, elegir; es preciso considerarlos como entidades. Pero, si en la hipótesis de la objetividad del espacio y del tiempo, es forzoso considerarlos como cosas, la experiencia nos prueba que es imposible representárselos mentalmente como cosas. Para ser concebida o imaginada una cosa, debe ser concebida o imaginada con atributos. No podemos distinguir algo de nada, sino por el poder inherente a ese algo, de actuar sobre nuestra conciencia, atribuyéndole las diversas afecciones que en ella produce, o más bien, las causas hipotéticas de esas afecciones, a cuyas causas llamamos sus atributos: y por tanto, la ausencia de atributos, es la ausencia de los términos necesarios para concebir una cosa, e implica la ausencia de tal concepto. ¿Y cuáles son los atributos del espacio? El único que podemos asignarle, por ahora, es la extensión, y aun eso, con cierta confusión de ideas. En efecto, extensión y espacio son términos sinónimos; cuando decimos que la extensión es una propiedad de los cuerpos, queremos decir que ocupan espacio; por tanto, decir que el espacio es extenso, es decir que el espacio ocupa espacio. Inútil es querer probar que no podemos asignar al tiempo atributos. Pero el espacio y el tiempo, no sólo no son concebibles como entidades, porque no tienen atributos, sino por otra razón, además, bien conocida de los metafísicos. Todas las entidades que conocemos real y efectivamente, son finitas, limitadas y, aunque pudiéramos concebir y conocer una entidad ilimitada, la concebiríamos, de hecho, como tal; mas del espacio y del tiempo, no podemos afirmar ni la limitación ni la infinitud; nos es tan imposible imaginar el espacio sin límites, como imaginar límites más allá de los cuales no haya espacio. Igualmente, y pasando de lo infinitamente grande a lo infinitamente pequeño, es imposible pensar un límite a la divisibilidad del espacio, y lo es también concebirle divisible hasta lo infinito. Es fácil ver también, sin necesidad de enumerarlas, que análogas imposibilidades mentales encierra la idea de tiempo. Así, pues, no podemos concebir el espacio y el tiempo como entidades ni como no entidades, ni como atributos de entidades. Por un lado, hemos de pensarlos como cosas existentes, y por otro, no podemos reducirlos a las condiciones de cognoscibilidad de las verdaderas existencias.

     ¿Adoptaremos, en vista de eso, la doctrina de Kant? ¿Diremos que el espacio y el tiempo son formas del entendimiento, leyes a priori, o condiciones del espíritu consciente? Entonces, huyendo grandes dificultades, daríamos en otras mayores. La proposición que sirve de base a la filosofía de Kant, aunque verbalmente inteligible, no puedo ser realmente concebida, por más esfuerzos mentales que se hagan; no puede ser una idea propiamente dicha, y sí sólo una pseudo-idea.

     Desde luego, afirmar que el espacio y el tiempo, tales como los pensamos, son condiciones subjetivas, es afirmar implícitamente que no son realidades objetivas, que pertenecen al Yo y no pueden evidentemente pertenecer al No-yo, lo que no podemos absolutamente concebir. El hecho mismo sobre el que Kant funda su hipótesis, a saber: que nuestra conciencia del tiempo del espacio no puede ser suprimida, lo prueba, porque esa conciencia del tiempo y del espacio, de la que no podemos prescindir, es una conciencia de la existencia objetiva de tales entidades. Y no vale decir que esa imposibilidad de prescindir del tiempo y del espacio es consecuencia inevitable de ser formas subjetivas, porque la cuestión puede plantearse clara y explícitamente de este modo: ¿qué es lo que la conciencia afirma directamente? La conciencia afirma directamente que el tiempo y el espacio no están en nosotros, en el espíritu, sino fuera del espíritu, que no se puede concebir dejen de existir aun cuando el espíritu dejara.

     No sólo la teoría de Kant es inconcebible en lo que niega implícitamente, sino también en lo que afirma explícitamente. No sólo son inconcebibles el tiempo y el espacio como formas subjetivas, porque no podemos combinar sus ideas con la de nuestra personalidad y mirarlas como propiedades de ésta, sino porque esa hipótesis lleva en sí misma la prueba de que es inconcebible. En efecto, si el espacio y el tiempo son formas del pensamiento, no podremos jamás imaginarlos, puesto que es imposible que una cosa sea a la vez forma y materia de un pensamiento. El espacio y el tiempo son objetos de conocimiento. Kant lo afirma expresamente diciendo que es imposible suprimir la idea de uno y otro. ¿Cómo, pues, si son objetos de conocimiento, pueden ser al mismo tiempo condiciones del conocer? Si el espacio y el tiempo están en el número de las condiciones de todo pensamiento, preciso es que, cuando pensamos en ellos, nuestros pensamientos sean incondicionados, y si puede haber pensamientos incondicionados, ¿qué es de la teoría que discutimos?

     Resulta, pues, que el espacio y el tiempo son completamente incomprensibles. El conocimiento inmediato que creemos tener de ellos se convierte, analizado, en una total ignorancia. Si por una parte creemos invenciblemente en su realidad objetiva, por otra somos incapaces de dar cuenta racional de ella. Por último, la otra hipótesis, la no realidad objetiva del espacio y del tiempo, fácil de formular pero imposible de imaginar, no hace más que multiplicar inútilmente los absurdos.

     16. A no ser una exigencia ineludible, no fatigaríamos la atención del lector ocupándonos de la cuestión tan debatida, aunque no agotada, de la divisibilidad de la materia. ¿La materia es divisible hasta lo infinito o no lo es? Si suponemos que la materia es divisible hasta lo infinito, haremos una hipótesis que no podemos imaginar. Un cuerpo puede ser dividido en dos, y cada una de esas partes en otras dos, y así hasta que el espesor de cada parte, no sea divisible físicamente, y aun entonces, podemos suponer continuada sin fin la división. Pero eso no es concebir la divisibilidad infinita de la materia, es formarse un concepto simbólico que no puede hacerse real, y que no tiene medio alguno de comprobación. Realmente, concebir la divisibilidad hasta lo infinito es seguir mentalmente las divisiones hasta lo infinito, para lo cual se necesitaría un tiempo infinito. Por otra parte, afirmar que la materia no es infinitamente divisible, es afirmar que se compone de partes indivisibles que ningún poder es ya capaz de dividir; mas esta hipótesis verbal no es más imaginable que la otra, porque cada una, de esas partes elementales, si existe, debe tener caras superior, inferior, laterales, y es imposible suponer esas caras opuestas tan próximas que no pueda pasar entre ellas un plano secante, y cualquiera, que sea la fuerza de cohesión que se suponga a ese elemento, es imposible no concebir otra superior que pueda, dividirle. De modo que para la inteligencia humana ninguna de las dos hipótesis es accesible, y sin embargo tampoco puede dejar de pensar que una u otra ha de estar conforme con la realidad.

     Dejemos esa cuestión insoluble, y veamos si la materia tiene efectivamente algo que justifique esa extensión maciza con que nos la imaginamos. La parte de espacio ocupada por un pedazo de metal parece, a la vista y al tacto, perfectamente llena, una masa homogénea, resistente, sin solución de continuidad. ¿Diremos, por eso, que la materia del metal es realmente tan maciza como parece? Tal afirmación nos llenaría de dificultades inexplicables. Si la materia fuese absolutamente maciza, sería absolutamente incomprensible, lo que no sucede; porque es claro que no se puede concebir la compresibilidad, o implícitamente la aproximación de las partes constitutivas, si no hay entre ellas espacios vacíos. Aún más; según una ley mecánica, si un cuerpo en movimiento choca con otro de igual masa en reposo, de modo que los dos sigan moviéndose juntos, su velocidad común será la mitad de la que traía el cuerpo chocante. Pero, en virtud de un principio cuya negación es inconcebible, el paso de un valor a otro en toda cantidad variable no puede verificarse sino por todos los grados intermedios.

Por ejemplo, en el caso actual, un cuerpo en movimiento con una velocidad como cuatro, no puede por el choque reducir su velocidad a dos, sin pasar por todas las velocidades intermedias. Mas si la materia fuese verdaderamente maciza e incompresible, si sus elementos estuvieran en íntimo contacto, esa ley de continuidad sería violada en todos los choques. Porque, dadas dos unidades elementales, si la una, móvil con la velocidad cuatro, choca a la otra que está en reposo, la masa chocante debe sufrir instantáneamente la diminución de cuatro a dos en su velocidad, sin que transcurra tiempo alguno y, sin pasar por las velocidades intermedias, es preciso, pues, que en el mismo instante se mueva con las velocidades cuatro y dos, lo que es imposible.

     Inadmisible ya la hipótesis de que la materia es absolutamente maciza, examinemos la de Newton. Según este hombre ilustre, la materia se compone de átomos sólidos que no están en contacto; pero actúan unos sobre otros mutuamente, por medio de fuerzas atractivas y, repulsivas, que varían con la distancia. Sin embargo, esta hipótesis no hace más que alejar la dificultad, quitándola de las masas o agregados de materia y llevándola a esos átomos hipotéticos. En efecto, si se admite, que la materia está compuesta de átomos o unidades sólidas, extensas, y rodeadas de una atmósfera de fuerza, se ocurre en seguida esta cuestión: ¿cómo están constituidas esas unidades? No hay duda en que son pequeños trozos de materia; vistas, pues, con el microscopio de la imaginación, permítase la frase, cada cual de esas unidades viene a ser una masa como la considerada primitivamente. Se puede, por tanto, proponer, respecto a las partes de que cada átomo se compone, las mismas cuestiones, y en cada solución se hallarán las mismas dificultades: y es evidente que aun suponiendo los átomos más tenues, la dificultad no desaparece sino para reaparecer más allá, no pudiendo deshacernos de ella, aun haciendo una serie infinita de tales hipótesis.

     Queda, por último, la suposición de Boscovich. Viendo que la materia no puede componerse de mónadas inextensas, como Leibnitz suponía (puesto que la yuxtaposición de puntos sin extensión no podría producir la extensión que posee la materia), y comprendiendo el valor de las objeciones a las ideas de Newton, Boscovich propuso una teoría mixta que, según él, evita las dificultades y reúne las ventajas de esas dos. Según esa teoría, las partes constitutivas de la materia son centros de fuerza, puntos sin dimensiones, que se atraen y rechazan mutuamente para conservar siempre entre sí cierta distancia. Boscovich dice: que las fuerzas que poseen esos centros pueden variar con las distancias, de modo que en condiciones dadas, dichos centros estarán en equilibrio estable, a distancias determinadas; y en otras condiciones, los intervalos aumentarían o disminuirían. Este punto de vista es bastante ingenioso, y evita muchas dificultades, pero sienta una proposición que todos los esfuerzos mentales no pueden hacer concebir: «centros de acción inextensos»; así que, si evita las condiciones de inconcebibles de las otras hipótesis, su punto de partida es más inconcebible que todas ellas. Lo más que podemos hacer es formarnos de esa teoría un concepto simbólico del orden ilegítimo. La idea de resistencia no puede separarse en nuestra mente de la idea de un cuerpo extenso que resiste. Admitir que fuerzas centrales pueden residir en puntos no ya infinitamente pequeños, sino absolutamente inextensos, puntos que no tienen otras relaciones que las de posición y que no pueden marcarla, puntos que nada distingue de los otros puntos próximos que no son centros de fuerza, es hacer una hipótesis completamente fuera del alcance del pensamiento humano.

     Se dirá, tal vez, que aun cuando todas las hipótesis sobre la constitución de la materia nos llevan a conclusiones inconcebibles, al desarrollarlas lógicamente, no tenemos por eso razón bastante para pensar que no concuerdan con los hechos. Aunque el concepto de la materia bajo la forma de un compuesto de unidades indivisibles sólidas sea simbólico, y no pueda ser representado mentalmente por completo, podemos, con todo, suponer que hallará su comprobación en la Química. Los principios de la Química descansan en la creencia de que la materia se compone de partículas que tienen pesos específicos y, por consiguiente, espesores específicos. La ley general de las proporciones definidas parece imposible si no hay átomos; y aunque, los pesos proporcionales de cada uno de los elementos son llamados pos los químicos equivalentes, para evitar una hipótesis dudosa, nos es imposible pensar en la combinación de pesos definidos, como los equivalentes, sin suponer que aquélla tiene lugar entre un número definido de átomos o de moléculas. Esto haría pensar que la hipótesis de Newton es, en cierto modo, preferible a la de Boscovich. Sin embargo, un discípulo de Boscovich responderá que la teoría de su maestro está implícitamente contenida en la de Newton, sin posibilidad de prescindir de ella. Para probarlo dirá: ¿qué fuerza mantiene unidas las partes de los átomos? Una fuerza de cohesión, responderá el newtoniano. Pero, añadirá el primero, cuando un poder suficiente haya roto los últimos átomos ¿qué es lo que retendrá todavía unidas las partes de esos pedazos? El newtoniano responderá aún: la fuerza de cohesión. Se puede imaginar, proseguirá el otro, que el átomo se ha reducido a partes tan pequeñas respecto a él, como lo es él respecto a una masa apreciable, ¿qué es lo que da a esas partes tan sumamente pequeñas la propiedad de resistir y ocupar espacio? Y no hay otra respuesta posible a esa eterna cuestión que la misma: la fuerza de cohesión. Y aunque, se suponga prolongada la división hasta que la extensión de las partes sea menor que todo lo imaginable, no se podrá evitar admitir fuerzas que sostengan esa extensión, a menos que lleguemos a la idea de los centros de fuerzas sin extensión.

     La materia es, pues, tan incomprensible en su intima esencia como el espacio y el tiempo. Cualquier hipótesis que se haga respecto a ellas conduce, analizada, a absurdos y contradicciones.

     17. Si empujamos un cuerpo pequeño, vemos que se mueve en la dirección del empuje. A primera vista parece que no puede haber duda de la realidad de su movimiento ni de la dirección que sigue. Con todo, es fácil probar que no sólo podemos equivocarnos, sino que, muy comúnmente nos equivocamos en uno u otro de esos juicios. Sea, por ejemplo, un navío, que, para más sencillez, supondremos anclado en el Ecuador, con la proa hacia el Oeste. Cuando un navegante anda en dicho navío de proa a popa, ¿en qué dirección se mueve? Hacia el Este, se responderá, y mientras, el buque esté anclado la respuesta puede pasar. Pero el navío leva anclas, y boga hacia el O. con la misma, velocidad que la del navegante al andar hacia el E.: ¿en qué dirección se mueve ese individuo? No podemos decir, como antes, hacia, el Este, pues mientras él va en esa dirección el buque le lleva hacia el O. Con respecto al espacio ambiente, no se mueve, aunque parezca moverse respecto a lo que está a bordo. Pero ¿estamos plenamente seguros de esa conclusión? ¿El navegante está efectivamente siempre en el mismo sitio? Si atendemos al movimiento de rotación de la Tierra, resulta que, lejos de estar quieto, dicho individuo se mueve hacia el E. con una velocidad de mil millas por hora; de suerte, que ni la sensación del que le mira, ni la del que sólo tiene en cuenta el movimiento del navío, se aproximan a la verdad. Además, un examen más minucioso nos hará ver, que aun la última conclusión no vale más que las otras. Tengamos en cuenta el movimiento de traslación de la tierra: como éste tiene una velocidad de 68.000 millas por hora, se sigue que en realidad el navegante se mueve, no a razón de 1.000 millas por hora hacia el E., sino a razón de 67.000 millas por hora hacia el O. Y aún no hemos hallado el verdadero sentido y la verdadera velocidad de su movimiento, pues al movimiento de la Tierra en su órbita es preciso unir el de todo el sistema solar hacia la constelación Hércules, y uniéndolo veremos, que el capitán no va hacia el E. ni hacia, el O., sino que sigue una trayectoria inclinada sobre el plano de la eclíptica, y que va con una velocidad mayor o menor, según la época del año, que la dicha últimamente. Y a todo eso podemos añadir que si los cambios dinámicos de nuestro sistema sideral nos fuesen del todo conocidos, que no nos son, descubriríamos probablemente que la dirección y la velocidad del movimiento real de que se trata, difieren considerablemente de los ya enunciados. Véase, pues, cuán vagas son nuestras ideas de movimiento; lo que parece moverse está quieto, lo que parece quieto se mueve; lo que, según nuestra vista, se mueve en una dirección, muévese, al contrario, en dirección opuesta con mayor o menor velocidad. Resulta de todo eso que lo quo realmente conocemos no es el movimiento efectivo de cada cuerpo con su dirección y velocidad, sino su movimiento respecto a puntos de referencia, sea los que nosotros ocupamos, sea otros. Por otra parte, deduciendo que los movimientos observados, no son los movimientos reales, suponemos que hay movimientos reales; corrigiendo los juicios sucesivos que formamos de la dirección y velocidad de un movimiento, tenemos por cierto que hay una dirección y una velocidad reales, es decir, que hay puntos en el espacio absolutamente fijos, y con respecto a los cuales, por tanto, todos los movimientos son absolutos; y no hay medio de prescindir de, esa idea.

     Sin embargo, el movimiento absoluto no puedo ser imaginado y menos aún percibido. El movimiento, considerado fuera de las condiciones normales que le suponemos, según nuestras sensaciones, es completamente inconcebible. En efecto, el movimiento es un cambio de lugar; pero en un espacio sin límites, el cambio de lugar es inconcebible, porque lo es el lugar. Este no puede ser concebido sino respecto a otros; y en ausencia de objetos de referencia, dispersos por el espacio, no podemos concebir un lugar sino respecto a los límites del espacio: luego en un espacio ilimitado, un lugar determinado es inconcebible, todos los lugares deben estar a igual distancia de los límites que no existen. Así, pues, por una parte nos vemos obligados, a pensar que hay movimiento absoluto, y por otra vemos que el movimiento absoluto es incomprensible.

     Otra dificultad se nos presenta, cuando consideramos la transmisión del movimiento. El hábito nos impide ver todo lo verdaderamente maravilloso de tal fenómeno. Familiarizados con él desde la infancia, no vemos nada notable en que una cosa en movimiento engendre movimiento en otra que estaba en reposo. Sin embargo, es imposible comprender bien ese cambio. ¿En qué difiere un cuerpo que ha sufrido un choque, de lo que era antes de sufrirlo? ¿Qué cosa se le ha unido que, sin cambiar sensiblemente sus propiedades, lo ha hecho capaz de atravesar el espacio? El mismo es en reposo que en movimiento, y con todo en el primer estado no tiene tendencia a cambiar de sitio, y en el segundo cambia a cada momento. ¿Qué es, pues, lo que continúa produciendo ese efecto sin agotarse? ¿Cómo permanece en el objeto? Dícese que el movimiento ha sido comunicado. Pero ¿qué cosa ha sido comunicada? El cuerpo chocante no ha transferido al chocado ni una sustancia, ni un atributo. ¿Qué es, pues, lo que le ha transferido? Henos aquí aún, en presencia del antiguo enigma del movimiento y del reposo. Todos los días vemos que los objetos lanzados con la mano, o de otro modo cualquiera, sufren un retardo gradual y acaban por pararse; y viceversa, vemos frecuentemente el paso del reposo al movimiento por la acción de una fuerza. Pero también vemos que es imposible imaginar claramente esas transiciones, pues para ello necesitaríamos concebir una violación de la ley de continuidad, lo que es imposible. Un cuerpo móvil, con una velocidad dada, no puede quedar en reposo, ni cambiar de velocidad, sin pasar por todas las velocidades intermedias. A primera vista parece fácil imaginar ese paso de uno a otro estado dinámico, suponiendo que el movimiento disminuye insensiblemente hasta hacerse infinitesimal, y muchos creerán posible pasar mentalmente de un movimiento infinitesimal a un movimiento cero; pero es un error. Siguiendo con el pensamiento una velocidad decreciente, siempre queda algo de velocidad. Tomando la mitad de una velocidad, y así sucesivamente hasta el infinito, siempre hay movimiento; aun el más lento imaginable está separado del cero de movimiento por un abismo. Del mismo modo que una cosa, por pequeña que sea, es infinitamente grande con respecto a cero, el movimiento más pequeño concebible es infinito con respecto al reposo. No es preciso especificar las dificultades análogas de la cuestión inversa -tránsito del reposo al movimiento-. Veríamos, como en el otro caso, que, aun cuando obligados a pensar esos cambios como que pasan realmente, no podemos concebir su realización.

     Resulta, pues, que, ya lo consideremos con relación al reposo, o con relación al espacio, o con relación a la materia, el movimiento no es un objeto claro y distinto de conocimiento. Todos los esfuerzos que hacemos para comprender su naturaleza íntima, nos llevan insensiblemente a escoger entre dos pensamientos igualmente imposibles.

     18. Levantando un peso cualquiera, hacemos un esfuerzo o desarrollamos una fuerza, que consideramos naturalmente como antagonista de la que llamamos peso, y no podemos pensar en la igualdad de esas dos fuerzas sin pensar en que son de la misma especie, pues no se puede concebir la igualdad sino entre cosas de igual naturaleza. El axioma «la reacción es igual y contraria a la acción,» del cual es un ejemplo el hecho que acabamos de mencionar de la fuerza muscular opuesta a la gravedad, no puede ser concebido de otro modo o en otras condiciones. Y, sin embargo, por otra parte, no podemos imaginar que la fuerza que llamamos peso sea parecida a la que hacemos para sostenerlo. No hay para qué advertir que un mismo peso nos produce distintas sensaciones, según que lo sostengamos con un dedo, o con una mano, o con una pierna, etc.; y por tanto no habiendo razón para suponer que el peso se parece más a una que a otra de esas sensaciones, no la hay tampoco para suponer se parece a ninguna de ellas. Basta además notar, que siendo nuestra fuerza, para nosotros, una impresión de nuestra conciencia, no podemos concebir de igual forma la fuerza llamada peso, a menos deo atribuir a todo cuerpo conciencia. De modo que es absurdo pensar que una fuerza en sí misma se parece a la sensación que tenemos de la nuestra, y es preciso pensarlo, si queremos representarnos mentalmente las fuerzas.

     Por otra parte, ¿cómo concebir la conexión entre la fuerza y la materia? Ésta no nos es conocida en realidad, sino por las manifestaciones de aquélla; la última prueba de la existencia de la materia es su capacidad de resistencia suprimida ésta, no queda sino una extensión vacía, y al mismo tiempo, la resistencia aislada o separada de la materia es inconcebible. No solamente centros inextensos de fuerzas son inimaginables, sino que tampoco podemos concebir que centros de fuerzas, extensos o no, se atraigan y rehacen mutuamente sin interposición de algo material. Ahora es ocasión de notar, lo que no podíamos hacer sin anticipar ideas, cuando tratábamos de la materia, a saber: que la hipótesis de Newton, lo mismo que la de Boscovich, suponen que una cosa puede obrar sobre otra a través del espacio completamente vacío, lo que es inconcebible. Se responde a esta observación suponiendo un fluido especial entro los átomos o centros, pero eso no resuelve el problema; no hace sino alejarlo, para que reaparezca, en cuanto se quiere examinar la constitución de ese fluido. Sobre todo, cuando se trata de fuerzas astronómicas, es cuando se ve mejor cuán imposible es eludir la dificultad de la transmisión de la fuerza en el espacio. El Sol actúa sobre nosotros, produciéndonos las sensaciones de luz y de calor, y sabemos que entre la producción causal en dicho astro y el efecto producido en la Tierra, pasan próximamente ocho minutos; de ahí resultan inevitablemente los conceptos de una fuerza y de un movimiento. Pues bien: no sólo la acción de una fuerza a través de 95.000.000 de millas de vacío absoluto es inconcebible, sino que, además, es imposible concebir un movimiento sin algo que se mueva. Newton mismo declara imposible pensar que la atracción entre dos cuerpos, a distancia, pueda ejercerse sin algo intermedio. Pero, ¿adelantamos algo con la hipótesis del éter? Este fluido, cuyas ondulaciones, según se supone, constituyen el calor y la luz, y que es también el vehículo de la gravitación, ¿cómo está constituido? Según los físicos, debemos considerarle como compuesto de átomos que se atraen y se repelen mutuamente, átomos infinitamente pequeños, si se comparan con los de la materia ponderable; mas al fin, átomos, y siempre átomos. Recordemos que ese éter es imponderable, y forzosamente habremos de admitir, que la razón entre las distancias que separan sus átomos, y el tamaño de éstos es inconmensurablemente mayor que la razón análoga en la materia ponderable, sin lo cual las densidades de una y otra clase de materia no serían inconmensurables o incomparables. En vez, pues, de tener que concebir la acción directa del Sol sobre la Tierra, sin intermedio de materia alguna, hemos de concebir esa acción a través de un medio, cuyas moléculas son, muy probablemente, tan pequeñas, respecto a sus distancias mutuas, como el Sol y la Tierra respecto a su distancia. Y ¿es más fácil adquirir éste que el otro concepto? Tenemos siempre que imaginar la acción de un cuerpo en donde no está, y sin medio material alguno que pueda transmitir su acción; ¿qué importa que la escala en que se verifique esa transmisión de fuerzas, sea grande o pequeña? Vemos que el modo de actuar una fuerza es completamente ininteligible. No podemos imaginarlo sino a través de un medio extenso y material; y al hacer hipótesis sobre ese medio, vemos que las dificultades no desaparecen, solamente se alejan. Así, no hay más remedio que suponer que la materia ponderable o imponderable, en masas, o en sus hipotéticas unidades, actúa sobre la materia a través del espacio absolutamente vacío, y con todo, esa conclusión es también inconcebible.

     Además, la luz, el calor, la gravitación y todas las fuerzas que radian de un centro, varían en razón inversa del cuadrado de la distancia; y los físicos, en sus investigaciones, suponen que las unidades de materia actúan unas sobre otras, según la misma ley: y deben hacerlo así, puesto que esa ley no es simplemente empírica, sino que se deduce también matemáticamente, y su negación es inconcebible. Pero en una masa de materia en equilibrio interno, ¿qué debe suceder? Las atracciones y repulsiones de los átomos constituyentes se neutralizan. En virtud de esa neutralización, los átomos permanecen a las mismas distancias, y la masa ni se contrae ni se dilata. Pero si las fuerzas, tanto atractiva como repulsiva de dos átomos adyacentes varían, ambas a la vez, en razón inversa del cuadrado de la distancia, como debe suceder, y si los átomos están en equilibrio a sus distancias actuales, también lo estarán necesariamente a todas las distancias. Supongamos, por ejemplo, los átomos separados por un intervalo doble; sus atracciones y repulsiones se reducirán a la cuarta parte de su valor primitivo, así como se cuadruplicarían si la distancia se redujese a la mitad de la primera. Resulta, pues, que tal materia toma todas las densidades con suma facilidad, y no debe, por tanto, resistir a las fuerzas exteriores. Hemos, pues, de pensar, o que las fuerzas moleculares antagonistas no varían las dos en razón inversa del cuadrado de la distancia, lo que es inconcebible, o que la materia no posee ese atributo de la impenetrabilidad o resistencia, en virtud del cual la distinguimos del espacio vacío, lo que es absurdo.

     Así, pues, es imposible, por una parte, formarse idea de la fuerza en sí misma, y lo es también, comprender su modo de acción y las leyes de sus variaciones.

     19. Pasemos ahora del mundo exterior al mundo interno, y consideremos, no las fuerzas a que atribuimos, nuestras modificaciones subjetivas, sino estas mismas modificaciones. Desde luego forman una serie; aun cuando tengamos a veces dificultad en separarlas unas de otras, en individualizarlas, es indudable que nuestros fenómenos psíquicos suceden unos tras otros, sucesivamente. Y esa cadena de estados de conciencia ¿es finita o infinita? No podemos decir infinita, no sólo porque hemos llegado indirectamente a la conclusión de que ha tenido un principio, sino porque toda infinidad es inconcebible, inclusa la de una serie. No podemos decir finita, porque no es posible fijar principio ni fin. Por lejos que vayamos en nuestra memoria, recorriendo nuestra vida pasada, siempre nos será imposible fijar nuestros primeros estados de conciencia; la perspectiva de nuestros primeros pensamientos se pierde en una densa oscuridad, en que nada recordamos. Lo mismo sucede en el extremo opuesto. No tenemos conocimiento inmediato de la terminación futura de nuestras series de afecciones, y aun no podemos asignar límite en el tiempo, a las que actualmente nos modifican. En efecto, cualquier estado psíquico que miramos como el último, no lo es realmente, pues en el momento que lo consideramos ya formando parte de la serie, no es presente, sino pasado; no es producido, sino reproducido en nuestro pensamiento. El estado verdaderamente último es el que se verifica al considerar el que acaba de pasar, es decir, el acto de pensar que un estado interior era el último. De suerte, que el fin de la cadena se escapa al pensamiento, como su principio.

     Mas se dirá, si no podemos saber directamente, si la conciencia es finita en cuanto a su duración, porque no podemos fijar realmente sus límites pasado ni futuro, podemos, al menos, concebir que lo es. No, eso no es verdad. Primeramente, no podemos, en realidad, ni concebir ni percibir los límites de nuestra propia conciencia, única que conocemos, porque esos dos actos no son verdaderamente más que uno.

     En uno y otro, esos límites deben ser como lo hemos dicho anteriormente, re-presentados, y no presentados como produciéndose. Ahora bien, representarse el límite actual del acto de conciencia que está produciéndose en nosotros, es, como hemos visto, concebirnos pensando en la cesación del acto anterior; lo que implica la continuación de actos después del último, lo que es absurdo. En segundo lugar, si queremos considerar el sujeto bajo el punto de vista objetivo, si estudiamos esos fenómenos en otras conciencias o en abstracto, nada conseguimos. La conciencia implica un cambio continuo y una correlatividad perpetua entre sus fases sucesivas. Para que una impresión psíquica sea conocida, es preciso que lo sea de éste o del otro modo, como semejante o desemejante a otra anterior. Si no se la piensa en conexión con otras, si no se la distingue o identifica por comparación con otras impresiones, no es recognoscible, no es tal impresión. Un último estado de conciencia, como otro cualquiera, no puede ser conocido, si no se perciben sus relaciones con otros estados anteriores. Pero la percepción de esas relaciones constituye ya un estado posterior al último, lo que es una contradicción. Presentemos aún la dificultad bajo otra forma: si un cambio incesante de estados es la condición de existencia de la conciencia, cuando el supuesto último ha sido alcanzado por la terminación de los precedentes, el cambio ha cesado; luego la conciencia ha cesado también; luego ese supuesto estado, no es tal estado de conciencia, luego no hay último estado de conciencia.

     Del mismo modo que vimos la imposibilidad real de concebir que el reposo se cambie en movimiento y viceversa, vemos ahora la de concebir, tanto el principio como el fin de los cambios que constituyen las conciencia. De todo lo cual resulta, que si, por una parte, somos incapaces de creer o concebir la duración infinita de la conciencia, por otra, no es tan imposible conocerla y concebirla como finita.

     20. No conseguimos mucho más cuando, en vez de la duración, consideramos la sustancia, de lo que en nosotros siente, piensa y quiere. La humanidad, en general, ha considerado siempre como la verdad más incontestable para cada individuo, su propia existencia. Así se dice vulgarmente: «estoy tan cierto de eso como de m propia existencia,» como la más enérgica expresión de certeza. El hecho de la existencia personal, atestiguado por la conciencia universal de la humanidad, ha sido la base de muchos sistemas filosóficos; de modo que esa creencia está, para los pensadores, lo mismo que para el vulgo, fuera de toda duda y objeción. En efecto, ninguna hipótesis es posible para evitar la creencia en nuestra propia realidad. Ahora bien; eso supuesto, ¿qué diremos de las sensaciones o ideas sucesivas que constituyen la conciencia? ¿Diremos que son modificaciones de algo llamado alma o espíritu, y que es, por tanto, el Yo real de cuya existencia estamos ciertos? Entonces admitimos que el Yo es una entidad. ¿Afirmaremos que las sensaciones y las ideas no son tan sólo modificaciones o cambios de la sustancia pensante, sino que constituyen la esencia misma de esa sustancia, no siendo otra cosa que las formas diversas que esa sustancia toma de un instante a otro? Esta hipótesis, lo mismo que la anterior, implican que cada individuo existe como un ser permanente y distinto, puesto que formas y modificaciones suponen algo modificable e informable. ¿Diremos, con los escépticos, que sólo conocemos realmente nuestras ideas y sensaciones, y que la personalidad a que pretendemos referirlas es una pura ficción? No salimos de dificultades, porque la proposición anterior, verbalmente inteligible y realmente inconcebible, supone la misma creencia que pretende rechazar. En efecto, ¿cómo la creencia puede resolverse completamente en sensaciones y en ideas, si toda sensación supone necesariamente algo que siente? O en otros términos, ¿cómo el escéptico que ha descompuesto completamente su conciencia en sensaciones y en ideas, puede aún considerarlas como sus sensaciones y sus ideas? O, aún más, si, como no puede menos, admite que tiene una intuición de su existencia personal, ¿qué razón hay para que rechace esa intuición como falsa, y admita las otras como verdaderas? A menos de dar respuestas satisfactorias a estas cuestiones, lo que no es posible, es preciso que abandone sus conclusiones y admita la realidad del espíritu individual.

     Ahora bien, por inevitable que sea esta creencia, por sólidamente que se halle establecida, no sólo por acuerdo general de la humanidad, adoptado por tantos filósofos, si que también por el mismo argumento de los escépticos, no es, con todo, justificable ante la razón; más bien, cuando la razón se ve obligada, a juzgarla, la condena. Uno de los escritores más modernos que tratan esa cuestión, el ya citado M. Mansel, sostiene que en la conciencia de sí mismo tiene cada hombre un conocimiento real, y sostiene que la validez de la intuición inmediata, en ese caso está fuera de duda. «Digan lo que quieran los fundadores de sistemas» -dice, -«el sentimiento no corrompido de la humanidad rehúsa reconocer que el espíritu sea únicamente un haz de estados de conciencia, del mismo modo que la materia es, quizá, un haz de cualidades sensibles.» Bajo ese punto de vista, una objeción se ocurre desde luego, y es que esa afirmación no es consecuente en un kantista que no concede sino un débil tributo de respeto al «sentimiento no corrompido de la humanidad,» cuando ese sentimiento afirma la objetividad del espacio. Mas prescindamos de eso, y probemos que la percepción de sí mismo, propiamente dicha, es absolutamente incompatible con las leyes del pensamiento. La condición fundamental de todo conocimiento, dicen Mansel y Hamilton, y otros muchos, es la antítesis entre el sujeto y el objeto. Sobre ese dualismo primitivo de la conciencia, que debe servir de punto de partida a las explicaciones de la filosofía, funda M. Mansel su refutación de los absolutistas alemanes. Ahora bien, ¿cuál es el corolario de esta doctrina en lo tocante a la conciencia de sí mismo? El acto mental en el que el Yo es percibido implica, como todo acto mental, un sujeto que percibe y un objeto percibido. Si el objeto percibido es el Yo, ¿cuál es el sujeto percipiente? O si éste es el verdadero Yo que piensa, ¿cuál es el otro Yo pensado? Evidentemente un verdadero conocimiento del Yo, implica un estado, en el cual, el que conoce y lo conocido son uno mismo; el sujeto y el objeto se identifican, y eso, como sostiene con razón M. Mansel, es el aniquilamiento del sujeto y del objeto.

     De modo que la personalidad, de que cada uno tiene conciencia y cuya existencia es, para todos, el hecho más cierto que conocen, es completamente incognoscible en su esencia; el conocimiento de esa personalidad está vedado, por la misma naturaleza del pensamiento.

     21. Luego las ideas últimas de la Ciencia representan todas, realidades incomprensibles. Por grandes que sean los progresos realizados, sintetizando hechos y generalizando cada vez más, por lejos que se lleve la reducción de verdades particulares y concretas a otras generales y abstractas, las verdades fundamentales siguen y seguirán fuera de nuestro alcance. La explicación de lo explicable, no hace sino probar más claramente que lo que hay más allá es inexplicable. En el mundo interno o de la conciencia, como en el mundo exterior, el hombre de ciencia se ve rodeado de cambios perpetuos, de los que no puede descubrir ni el principio ni el fin. Si retrocediendo en el pasado, y siguiendo el curso de evolución de las cosas, adopta la hipótesis según la cual el Universo tuvo en otros tiempos una forma difusa, se encuentra al fin en la imposibilidad de concebir cómo el Universo llegó a dicho estado. Si discurre sobre lo futuro, no puede asignar límites a la inmensa sucesión de fenómenos que se desarrollan ante él. Si mira en su interior, ve fuera de su alcance los dos extremos de la cadena de su conciencia, o más bien, ve que no lo es posible concebir que su conciencia haya comenzado y haya de terminar. Si dejando la de los fenómenos internos y externos, quiere conocer su esencia o naturaleza íntima, se encuentra tanto o más impotente. Aunque todas las propiedades y todos los fenómenos del mundo exterior se pudieran reducir a manifestaciones de fuerzas en el tiempo y en el espacio, las ideas de fuerza, espacio y tiempo son completamente incomprensibles. Analógicamente, aun reduciendo, en último análisis, todos los fenómenos de conciencia a sensaciones, como materiales primitivos del mundo interno, nada se adelanta, porque no es posible explicar verdaderamente, ni las sensaciones en sí mismas, ni lo que siente y, tiene conciencia de que siente; resultando así, que son igualmente impenetrables las sustancias y orígenes del mundo objetivo y del mundo subjetivo. En cualquier sentido que dirija sus investigaciones, le llevan siempre a enigmas insolubles, y cuya insolubilidad reconoce, cada vez más claramente. Así aprende a conocer la grandeza y la pequeñez de la inteligencia humana, su poder en el dominio de la experiencia y su impotencia fuera de él; se forma idea exacta de la incomprensibilidad del hecho más sencillo, considerado en sí mismo, en su esencia íntima, en la cual se convence indudablemente de que nada puede ser explicado.

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    Los primeros principios
     Herbert Spencer ; traducción de José Andrés Irueste
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