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    Los primeros principios
     Herbert Spencer ; traducción de José Andrés Irueste
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Capítulo V.

     27. Así, pues, todas las formas de argumentos nos conducen a la misma conclusión. La consecuencia deducida a priori en el último capítulo, confirma las deducidas a posteriori en los dos capítulos precedentes a ése. Cuando intentamos responder a las más elevadas cuestiones de la ciencia objetiva, el entendimiento nos revela su propia impotencia, y la ciencia subjetiva nos hace ver que esa impotencia es resultado necesario de las leyes del entendimiento. No solamente aprendemos, por la ineficacia de nuestros esfuerzos, que la realidad oculta tras de los fenómenos es y será siempre inconcebible para nosotros, si que también aprendemos por qué eso es consecuencia forzosa de la naturaleza de nuestra inteligencia. Descubrimos, por último, que esa conclusión, que en su forma absoluta parece contraria a las convicciones instintivas de la humanidad, se armoniza con ellas cuando se hacen las restricciones necesarias. Aunque no podamos conocerlo absoluto, de ningún modo y en ningún grado, si se toma la palabra conocer en su sentido estricto, vemos, sin embargo, que la existencia positiva de lo absoluto es un dato necesario de la conciencia, indeleble además, mientras ésta dura; y que, por tanto, la creencia que tiene su fundamento en ese dato nos debe ser más evidente que todas las demás.

     Ese dato será, pues, la base de la concordia que queríamos hallar. Esa conclusión que la ciencia objetiva demuestra y cuya necesidad prueba a la vez la ciencia subjetiva; esa conclusión, que por una parte expresa la doctrina de la escuela inglesa, y por otra reconoce un fondo de verdad en la doctrina de sus adversarios los filósofos alemanes; esa conclusión, que pone los resultados de la más elevada especulación en armonía con los del sentido común, es también la que reconcilia a la Religión y la Ciencia. El sentido común afirma la existencia de una realidad; la ciencia objetiva prueba que esa realidad no puede ser lo que pensamos que es; la ciencia subjetiva prueba por qué no podemos pensarla como es; y en esa afirmación de una realidad cuya naturaleza o esencia íntima nos es absolutamente insondable, la Religión reconoce un principio esencialmente idéntico con el suyo. Queramos o no, vémonos obligados a mirar todos los fenómenos como manifestaciones de un poder que actúa sobre nosotros; aunque la omnipotencia sea ininteligible, como la experiencia no descubre límites a la difusión de los fenómenos, tampoco podemos concebirlo a la presencia de ese poder, y por otra parte, la crítica científica nos enseña que ese poder es incomprensible. Pues bien, esa idea de un poder incomprensible, que llamamos omnipresente porque somos incapaces de fijar sus límites, es precisamente lo que sirve de base a toda Religión.

     Para comprender plenamente hasta qué punto es real la reconciliación fundada en ese principio, es preciso examinar la actitud que la Religión y la Ciencia han guardado, cada una constantemente, respecto a esa conclusión. Bueno será notar que en todos tiempos las imperfecciones de la una han debido sufrir los correctivos de la otra, y que el objeto final de su mutua crítica no puede ser más que un acuerdo perfecto en ese principio, el más amplio y el más profundo de todos.

     28. Reconozcamos a la Religión el gran mérito de haber vislumbrado siempre el último principio, y no haber cesado jamás de proclamarlo. En sus primitivas formas ya manifestaba vagamente una intención, que forma el germen de la creencia suprema en la cual todas las filosofías se unen finalmente. En el más grosero fetichismo se puede ya reconocer la conciencia de un misterio, cada una de las creencias sucesivas, al desechar las sencillas y precisas interpretaciones, que se daban antes de ella, de la naturaleza, se ha hecho, ipso facto, más religiosa que las anteriores. A medida que las potencias concretas y concebibles, que se suponía eran las causas de las cosas, han sido sustituidas por potencias menos concretas y concebibles, el elemento misterioso ha ido haciéndose necesariamente preponderante. La historia religiosa no es, en el fondo, más que la serie de fases de la desaparición de los dogmas positivos que quitaban el misterio del misterio. Así, la Religión se ha acercado cada vez más al reconocimiento completo de la existencia del misterio, su objeto final o definitivo.

     Por esa creencia, esencialmente cierta, es por la que la Religión ha combatido siempre; se unió a ella cuando la cubrían burdas vestiduras: sigue unida a pesar de los disfraces que aún la desfiguran, y no cesa de defenderla. Ha proclamado y propagado por doquier, bajo diversas formas, la doctrina de que todas las cosas son manifestaciones de un poder que supera a nuestro conocimiento. Siglo tras siglo, la Ciencia ha vencido a la Religión en cuanto ésta ha pretendido sostener contra aquélla y la ha forzado a dejar algunas de sus posiciones; mas a pesar de esos reveses, la Religión defiende las posiciones que aún la quedan, con una obstinación inquebrantable. Se puede mostrar la inconsecuencia lógica de sus conclusiones, se puede probar el absurdo de cada uno de sus dogmas particulares; mas no se puede quebrantar su fidelidad a la verdad última que proclama. La crítica ha pulverizado todos sus argumentos y la ha reducido al silencio; pero la Religión guarda, siempre el sentimiento indestructible de una verdad que, a pesar de los vicios de los dogmas que la expresan, no por eso está menos fuera de toda discusión. Su adhesión a esa creencia ha sido esencialmente sincera, y la humanidad la debe y la ha debido siempre reconocimiento por haberla conservado y propagado.

     Pero si la Religión ha tenido desde el principio la misión de impedir a los hombres absorberse completamente en lo relativo y en lo inmediato, y de revelarlos la existencia de algo superior, no la ha cumplido casi siempre sino muy imperfectamente. La Religión ha sido siempre más o menos irreligiosa;

lo es aún hoy. En primer lugar, ha pretendido poseer algún conocimiento de lo superior a todo conocimiento, contradiciendo así sus propias doctrinas. Tan pronto afirma que la causa de todo es incomprensible, tan pronto que posee tales o cuales atributos, y que es comprensible. En segundo lugar si, por una parte ha sido sincera en su fidelidad a la gran verdad que tenía la misión de defender, no lo ha sido a veces, y por tanto ha sido irreligiosa, afirmando doctrinas que ofuscaban y comprometían esa verdad. Discutiendo cada una de las afirmaciones de la Religión, sobre la esencia, los actos y los motivos de ese poder que el Universo nos revela, se ha visto que están en contradicción unas con otras, o consigo mismas. Con todo, siglo tras siglo, se ha servido de esas afirmaciones, aunque debía saber que no podían soportar una severa crítica. Pareciendo ignorar que su posición central es inexpugnable, la Religión ha defendido con obstinación todas las obras exteriores, mucho tiempo después que eran evidentemente insostenibles. Esto nos lleva naturalmente a la tercera y más grave forma de irreligión que la Religión ha tenido, a saber: una creencia imperfecta en el objeto que ha hecho particularmente profesión de creer. La Religión no ha comprendido nunca bien que su posición central es inexpugnable. Todos los días lo estamos viendo: en la más fervorosa fe hay un núcleo de escepticismo, y ese núcleo es la causa del miedo que tiene a la Ciencia la Religión. Obligada ésta por aquélla a ir abandonando una a una las supersticiones que defendía antes valientemente, y viendo cada día sus más caras creencias más y más quebrantadas, la Religión tiene miedo de que llegue un día en que todo se explique, y de ese modo demuestra que, en el fondo, duda de la incomprensibilidad de lo que proclama incomprensible.

     No olvidemos nunca que la Religión, a pesar de sus numerosos errores y corrupciones, ha proclamado y propagado constantemente una verdad suprema. Desde el principio, el reconocimiento de esa verdad suprema, aunque imperfectamente concebida, ha sido su elemento vital; y sus vicios, primero excesivos y luego menores, han provenido de que no reconocía plenamente lo que reconocía en parte. El elemento verdaderamente religioso de la Religión ha sido siempre bueno; sus elementos irreligiosos son los únicos reconocidos insostenibles en teoría, y malos en la práctica, pero se ha ido purificando de ellos cada vez más.

     29. Notemos ahora que el agente de esa purificación ha sido siempre la Ciencia. Generalmente se tiene poco en cuenta ese aspecto de las funciones científicas. La Religión ignora o desprecia la deuda inmensa que ha contraído con la Ciencia, y ésta sabe apenas lo que la Religión la debe. Y sin embargo, sería fácil probar: que todos los grados de desarrollo recorridos por la Religión, desde sus primitivas creencias hasta las ideas, relativa mente elevadas, que hoy profesa, los ha recorrido, gracias a la Ciencia u obligada por la Ciencia. En nuestros tiempos mismos, ¿no la impulsa la Ciencia a que avance en el mismo sentido? Si damos a la palabra Ciencia su verdadero sentido, es decir, si representa la suma de conocimientos positivos y definidos acerca del orden que reina entre los fenómenos que nos rodean, vemos manifiestamente que, desde el principio, el descubrimiento de un orden establecido ha modificado la idea del desorden o del orden indeterminado que hay en el fondo de toda superstición. Cuando la experiencia enseñó que ciertos cambios -los más familiares -suceden siempre en el mismo orden, el concepto de una personalidad especial, cuya voluntad regía esos cambios, tendió a borrarse del espíritu humano. Y cuando, sucesivamente, la acumulación de hechos hizo sufrir la misma suerte a los cambios menos familiares, las creencias correspondientes sufrieron también análoga modificación.

     Tal presión de la Ciencia sobre la Religión parece anti religiosa a quien la ejerce y a quien la sufre, y, sin embargo, es todo lo contrario. A la potencia específica inteligible, que se suponía en primer lugar, le sustituye una potencia menos específica y menos comprensible; en el primer momento, la última, en virtud de su oposición con la primera, no puede quizá despertar el mismo sentimiento; pero a poco, por lo mismo que es menos comprensible, debe producirle más perfecto. Tomemos un ejemplo. En otro tiempo se miraba el Sol como el carro de un dios, arrastrado por caballos. No tenemos para qué examinar hasta qué punto se idealizaba la idea que tan groseramente se expresaba. Basta observar que explicando así, el movimiento aparente del Sol, por una potencia semejante a las fuerzas terrestres y visibles, se rebajaba una maravilla de todos los días al nivel de las más pobres inteligencias. Cuando, muchos siglos después, Kepler descubrió que los planetas giran alrededor del Sol en trayectorias elípticas, y que los radios vectores describen áreas proporcionales a los tiempos, dedujo que en cada planeta debía haber un espíritu para dirigir su movimiento. Vemos, por este ejemplo, cómo los progresos de la Ciencia hicieron desaparecer la idea de una tracción material, como la que se suponía primero daba movimiento al Sol; vemos también que cuando a esa mezquina idea se sustituyó la de una fuerza indefinida y menos fácil de concebir, se creyó aún necesario suponer que un agente personal era la causa de la irregularidad regular del movimiento. Cuando, por último, probó Newton que las revoluciones planetarias, con sus variaciones y perturbaciones, obedecen a una ley universal; cuando los espíritus directores, concebidos por Kepler, fueron desechados, y en su lugar se puso la fuerza de la gravitación, el cambio fue, realmente, la abolición de una potencia que se podía imaginar la introducción de otra inimaginable. Porque, si la ley de la gravitación cae bajo el dominio de nuestro entendimiento, es imposible formarse una idea de la fuerza de la gravitación. Newton mismo confesaba que esa fuerza es incomprensible sin el intermedio de un éter; mas ya hemos visto que la hipótesis del éter (18) no nos hace avanzar, un paso. Lo mismo sucede en general; la Ciencia progresa agrupando relaciones particulares de fenómenos bajo ciertas leyes; después, agrupando esas leyes especiales bajo otras cada vez más generales, y descubriendo causas cada vez más abstractas. Pero causas más abstractas son causas menos concebibles, puesto que la formación de un concepto abstracto supone la supresión de cientos elementos concretos del pensamiento. Resulta de ahí, que el concepto más abstracto, hacia el que la Ciencia avanza gradualmente, es el que se confunde con lo inconcebible y lo ininteligible, a consecuencia de la supresión de todos los elementos concretos del pensamiento. Eso es lo que nos da derecho para afirmar que las creencias impuestas por la Ciencia a la Religión, son en el fondo más religiosas que las sustituidas.

     Muchas veces, la Ciencia, como la Religión, no ha cumplido su misión sino muy imperfectamente. Del mismo modo que la Religión ha estado inferior a sus funciones, porque ha sido irreligiosa, la Ciencia ha estado inferior a las suyas, porque ha sido anticientífica. Notemos los puntos de semejanza. Cuando la Ciencia comenzó, en su origen, a enseñar las relaciones constantes de los fenómenos, y en consecuencia desacreditó la creencia en las personalidades distintas que se miraban como sus causas, les sustituyó la creencia en potencias causales, que si no eran personales, eran a lo menos concretas. Cuando se hablaba del horror la naturaleza al vacío, de la aureidad, del principio vital, se establecía un modo de interpretar los hechos, que si era anti religioso, porque atribuía esos hechos a potencias no divinas, era también anticientífico, porque suponía conocer lo que no conocía en lo más mínimo. Por fin, la Ciencia ha abandonado esas potencias metafísicas, ha reconocido que no tenían existencia independiente, que no eran sino combinaciones particulares de causas generales; en consecuencia, ha atribuido después grandes grupos de fenómenos, a la electricidad, a la afinidad química y a otras fuerzas generales análogas. Mas, haciendo de esas fuerzas entidades independientes y últimas, la Ciencia ha guardado, en suma, la misma actitud que antes. Explicando así todos los fenómenos, inclusos los de la vida y el pensamiento, no sólo ha perseverado en su antagonismo aparente con la Religión, porque ha recurrido a potencias radicalmente distintas de las de aquélla, sino que también ha seguido siendo anticientífica, porque ha supuesto saber algo de la naturaleza de esas potencias. Verdad es que actualmente los sabios más ilustrados abandonan esas últimas supuestas entidades, como sus predecesores abandonaron las primitivas. El magnetismo, el calor, la luz, que eran mirados, no hace mucho, como otros tantos flúidos imponderables, no son ya, para los físicos, más que modos diversos de manifestación de la fuerza universal, la cual, al mismo tiempo, cesa de ser mirada como comprensible. En cada fase de su progreso, la Ciencia ha dado muchas veces a cuestiones profundas, soluciones superficiales. Infiel a su método, ha descuidado inquirir la naturaleza de los agentes que invocaba con tanta facilidad. Sin duda, en cada una de las fases, que ha recorrido sucesivamente, y al avanzar cada vez más, ha absorbido las pretendidas potencias que había invocado, en otras más generales y más abstractas, pero ha cometido la falta de contentarse con estas últimas, como se contentaba antes con las primeras, y darlas por realidades confirmadas:. He ahí lo que ha formado siempre el carácter anticientífico de la Ciencia, y ha sido siempre, en parte, la causa de su lucha constante con la Religión.

     30. Vemos, pues, que desde su origen, tanto las faltas denla Religión como las de la Ciencia, han sido hijas de un desarrollo incompleto. Simples bocetos en un principio, cada una de las dos ha crecido y ha ido tomando formas más perfectas; pero siempre los ha faltado algo para la perfección, y consecuencias, no más, de esa imperfección, han sido todos sus desacuerdos; así se va estableciendo ya más armonía, a medida que ambas se aproximan a su estado definitivo.

     El progreso de la inteligencia ha sido siempre doble. Cada paso de avance ha aproximado, a la vez, lo natural y lo sobrenatural, aun cuando los que han dado ese paso no lo hayan creido así. La explicación de un fenómeno se ha hecho mejor cuando, por una parte, se ha desechado una causa relativamente concebible en su naturaleza, pero desconocida en cuanto al orden o a la ley de sus acciones, y por otra se ha admitido una conocida, en cuanto al orden de sus acciones, pero relativamente inconcebible en su naturaleza. El primer paso que ha hecho salir a los hombres del fetichismo universal, implicaba evidentemente el concepto de agentes menos asemejables a los agentes comunes, hombres y animales, y por consecuencia, menos comprensibles. Pero al mismo tiempo, esas potencias nuevamente ideadas se distinguían por efectos uniformes, eran mejor comprendidas que las reemplazadas por ellas. Todos los progresos subsiguientes han dado el mismo lo resultado. Las fuerzas más lejanas y más generales, que se llegaba a considerar como causas de los fenómenos, eran menos comprensibles que las fuerzas especiales sustituidas; es decir, que eran menos susceptibles de ser claramente representadas en el entendimiento; pero al mismo tiempo eran más comprensibles, en cuanto se podía atribuirlas sus acciones, más completamente. El progreso ha dado, pues, por resultado, tanto la demostración de lo desconocido positivo, cuanto la de lo conocido. A medida que la Ciencia se eleva a su apogeo, todos los hechos inexplicables, y en apariencia sobrenaturales, se hacen explicables y naturales. Y al mismo tiempo se adquiere la certeza de que todos los hechos explicables y naturales son, en su origen primero, inexplicables y sobrenaturales. De ese modo nacen dos estados antitéticos del espíritu, correspondientes a los dos lados opuestos de esa existencia -objeto final de nuestro pensamiento; -uno de esos estados constituye la Ciencia, el otro constituye la Religión.

     Considerando los hechos de otra manera, podemos decir: que la Religión y la Ciencia han progresado, sufriendo un deslinde gradual, y que sus interminables conflictos no han tenido otra causa que la separación incompleta de sus dominios y funciones. Desde el principio, la Religión ha hecho grandes esfuerzos para unir más o menos a su ignorancia la Ciencia; y también la Ciencia ha querido retener más o menos ignorancia, que tomaba por Ciencia. Cada una se ha visto, poco a poco, obligada a abandonar el terreno que retenía ilegítimamente, y que la otra recobraba en virtud de un derecho real o legítimo. El antagonismo de la Religión y la Ciencia fue la secuela natural de ese progreso. Expongamos estas ideas de un modo especial, a fin de hacerlas más claras. Desde el principio, la Religión, cuando afirmaba un misterio, hacia muchas afirmaciones definidas sobre tal misterio; suponía conocer su naturaleza en los detalles más íntimos; mas como esto era pretender estar en posesión de un conocimiento positivo, era, por tanto, usurpar dominios a la Ciencia.

     Desde los tiempos de las primeras mitologías, en que se creía conocer la explicación del misterio, hasta nuestros días, en que ya no se conservan más que un corto número de proposiciones vagas y abstractas, la Religión se ha visto obligada, por la Ciencia a ir abandonando unos tras otros sus dogmas, es decir, sus pretendidos conocimientos, que no podía establecer sólidamente. Durante ese tiempo, la Ciencia sustituía a las personalidades, que la Religión suponía para explicar los fenómenos, ciertas entidades metafísicas, usurpando así terreno do la Religión, puesto que clasificaba entre lo comprensible, formas de lo incomprensible.

      Bajo las presiones, por un lado, de la crítica religiosa, que ponía en duda muchas veces sus hipótesis, y por otro lado, de su propio desarrollo, tuvo que renunciar la Ciencia a los esfuerzos que había hecho, para encerrar lo incognoscible en los límites del conocimiento positivo, volviendo así a la Religión, lo que de derecho lo pertenece. Mientras no termine ese deslinde, habrá más o menos antagonismo entre esas dos esferas de nuestra actividad; pero a medida que los límites del conocimiento posible vayan siendo bien marcados, las causas del conflicto irán disminuyendo gradualmente. Cuando la Ciencia esté plenamente convencida de que sus explicaciones son próximas y relativas, y la Religión lo esté de que el misterio que contempla es absoluto, reinará entre ambas una paz perpetua.

     La Religión y la Ciencia son, pues, necesariamente correlativas. Como lo hemos ya indicado, representan dos modos antitéticos de la conciencia, que no pueden existir aislados. No se puede pensar en lo conocido, sin pensar en lo desconocido, ni en esto, sin pensar en aquello. Por consiguiente, ninguno de los dos puede hacerse más distinto, sin que el otro se haga a la par. Usando una metáfora, ya empleada, diremos: que son los polos positivo y negativo del pensamiento; no puede crecer en el uno la intensidad de la corriente, sin que, a la vez, crezca en el otro.

     31. Así como durante el pasado se ha ido haciendo más claro el concepto del poder insondable, causa de todo, en el porvenir se hará completamente perfecto tal concepto. La certeza de que ese poder existe, y de que su naturaleza se eleva más allá de nuestra razón y de nuestra imaginación, ha sido siempre el fin que se ha propuesto alcanzar la inteligencia. La Ciencia llega ineludiblemente a esa conclusión cuando toca a sus límites, y la Religión la adopta como suya, obligada por la crítica. Esa conclusión satisface a la más rigorosa lógica, y da, al mismo tiempo, al sentimiento religioso su más vasta esfera de actividad; debemos, pues, admitirla plenamente, sin restricciones ni reservas.

     Dícese: que aun cuando la causa última de todo no pueda sernos realmente conocida, como poseyendo tales o cuales atributos, no dejamos por eso de estar obligados a la afirmación de esos atributos; y aunque las formas de nuestra conciencia sean tales, que no se pueda de modo alguno introducir en ella lo absoluto, debemos concebir lo absoluto bajo esas formas. «Es nuestro deber considerar a Dios como personal; es nuestro deber creer que es infinito,» dice M. Mansel en la obra ya citada tantas veces.

     Inútil es decir que no reconocemos ese deber. Si los argumentos acumulados en todo lo anterior tienen algún valor, resulta que no debemos, ni afirmar, ni negar la personalidad divina.Nuestro deber quiere, que ni nos sometamos humildemente a los límites de nuestra inteligencia, ni nos rebelemos abiertamente contra ellos. Crea, quien pueda, que entro nuestras facultades intelectuales y nuestras obligaciones morales hay una guerra eterna; nosotros no admitimos ese vicio radical en la constitución de las cosas.

     Este punto de vista parecerá irreligioso a la mayor parte de los hombres, siendo, por el contrario, esencialmente religioso; más diremos, el único plenamente religioso: los otros no lo son sino aproximadamente. En la idea de la última causa no hay que pararse en alternativas embarazosas; no hay más que saltarlas. Los que se paran, suponen torcidamente que hay que elegir entre una personalidad, y algo menos, y es, por el contrario, entre una personalidad, y algo más o superior a toda personalidad, entre lo que hay que elegir. ¿No puede haber un modo de existencia tan superior a la Inteligencia y a la Voluntad, cuanto estos modos son superiores al movimiento mecánico? Somos, es cierto, incapaces de concebir ese modo de existencia; pero esto no es razón para ponerlo en duda, antes al contrario. ¿No hemos visto cuán impotentes son nuestras facultades para concebir lo que hay más allá de los fenómenos? ¿No hemos probado que esa impotencia no es otra que la de lo condicionado para concebir lo Incondicionado? ¿No resulta que en nada es para nosotros cognoscible la causa suprema, porque es, en todo, superior a lo que puede ser conocido? Y por tanto, ¿no hay razón para no asignarla atributos, puesto que, fueron los que quisieron, habían de rebajarla, como derivados necesariamente de nuestra propia naturaleza? Verdaderamente es bien extraño crea el hombre: que el culto supremo consiste en hacer a su imagen el objeto de su culto, y mire como elemento esencial de su fe, no afirmar una diferencia transcendente entre Dios y él, sino afirmar una semejanza. Sin duda, desde los tiempos de los más primitivos salvajes, que imaginaban a sus dioses seres de carne y hueso, como ellos, hasta ahora, la pretendida semejanza ha disminuido; pero si en las razas civilizadas se ha dejado, ya hace mucho tiempo, de atribuir a la causa última, forma y sustancia análogas a las humanas; si han parecido atributos poco dignos de Ella los más groseros deseos humanos; si hasta se duda en atribuirla los afectos superiores del hombre, como no sean muy idealizados, se piensa todavía como indispensable atribuirla las cualidades inherentes a nuestra naturaleza. Personas que consideran impío pensar que el poder creador es antropomorfo, bajo todos sus aspectos, se creen, sin embargo, obligados a figurársele antropomorfo bajo ciertas relaciones, no advirtiendo que la idea que admiten no es más que una forma debilitada de la que rechazan. Y lo que es más chocante, esa opinión tiene por defensores a los mismos que sostienen que somos completamente incapaces de formarnos concepto alguno del poder creador. Se nos muestra que toda suposición sobre la génesis del Universo nos fuerza a elegir entre pensamientos imposibles; que toda tentativa para concebir la Existencia real, nos lleva a un suicidio intelectual; se nos hacer ver, cómo la constitución misma de nuestro espíritu nos prohibe concebir lo absoluto, y después se nos dice que debemos pensar lo Absoluto con tales o cuales atributos. Todas las vías nos conducen a creer, con certeza, que no nos es dable, no ya conocer, ni aun concebir, la realidad oculta bajo el velo de las apariencias, y se nos dice que debemos creer, y aun concebir, que esa realidad existe de una manera determinada. Tal pretensión, ¿es un homenaje o una impertinencia?

     Se podría escribir volúmenes sobre la impiedad de las gentes piadosas. En casi todos los escritos y discursos de los sacerdotes, se descubre que pretenden conocer íntimamente el misterio fundamental de todas las cosas; pretensión que, por no decir más, concuerda bastante mal con las palabras de humildad que la acompañan; y, cosa sorprendente, los dogmas donde ese conocimiento íntimo es menos posible, son objeto de marcada preferencia; en ellos se ven los elementos esenciales de la creencia religiosa. No se puede representar mejor el papel de los teólogos que por un ejemplo tomado de las mismas controversias religiosas, el del reloj. Si, partiendo de la suposición burlesca de que el tic-tac y los movimientos de un reloj constituyen una especie de conciencia, admitimos que el reloj quiere que las acciones del relojero estén determinadas como las suyas por resortes y escapes, no haremos sino completar un símil, muy acariciado por los ministros de la Religión. Supongamos aún que un reloj explica la causa de su origen con términos de mecánica, que sostiene que los otros relojes están oblilgados, por el respeto debido a las cosas santas, a imaginar también esa causa, y que increpa y llama ateos a los relojes que no osan imaginarla; no haremos más que poner de manifiesto la presunción de los teólogos, exagerando uno de sus argumentos. Algunas citas bastarán para demostrar al lector la exactitud de esa comparación. Dícenos, por ejemplo, uno de los pensadores religiosos más afamados, que «el Universo es la manifestación y la morada de un espíritu libre como el nuestro, que personifica sus ideas personales en el orden del Universo, que realiza su propio ideal en los fenómenos, del Universo, exactamente como expresamos nuestras facultades, y nuestro carácter íntimo, por el lenguaje natural de nuestros actos. Partiendo de esas ideas, interpretamos la Naturaleza por la humanidad, explicamos sus aspectos por designios y afecciones como las que podemos concebir, buscamos por todas, partes signos físicos de una voluntad siempre viva, y, descifrando el Universo, leemos la autobiografía de un espíritu infinito, que se reproduce en miniatura en nuestro espíritu finito.» Este autor va más léjos; no se contenta con asemejar el relojero al reloj y pensar que la criatura puede «descifrar la autobiografía del Creador,» sino que afirma que los límites necesarios del uno son los límites necesarios del otro. «Las cualidades primarias de los cuerpos -dice- pertenecen eternamente al dato material-objetivo, para Dios, y limitan sus actos; mientras que las cualidades secundarias son productos de la razón inventiva pura y de la voluntad determinante, constituyendo el dominio de la originalidad divina... En ese terreno secundario, su espíritu y el nuestro se hallan, pues, en oposición; mientras que concuerdan en el primario, porque no hay más que una vía posible para todas las inteligencias, tocante a las operaciones deductivas de la razón; no hay voluntad arbitraria que pueda invertir lo verdadero y lo falso, o hacer que haya más de una Geometría, o más de un sistema físico para todos los mundos; y el omnipotente arquitecto, cuando realiza la idea cósmica, cuando traza las órbitas en la inmensidad y determina las estaciones desde la eternidad, no puede menos de obedecer a las leyes de curvatura, de medida, de proporción.» Esto quiere decir que la Causa última es como un obrero, no sólo porque «trabaja el dato material, objetivo para Ella,» si que también porque está obligada a obedecer a «las propiedades necesarias de ese dato.» Y no es eso todo; en una exposición de la Psicología divina, que sigue a eso, el autor llega hasta decir «que aprendemos el carácter de Dios, el orden de las impresiones que se suceden en él por la distribución de la autoridad en la jerarquía de nuestros pensamientos.» En otro párrafo se dice que la Causa última tiene deseos superiores e inferiores, como los nuestros Todo el mundo ha oído hablar de aquel Rey que sentía no haber presenciado la Creación, porque hubiera podido dar muy buenos consejos al Creador; pues ese Rey era la humildad misma, al lado de los que tienen la pretensión, no sólo de comprender las relaciones del Creador con la criatura, sino de saber cómo es el Creador. Se tiene la audacia suma de pretender penetrar los secretos del Poder que se nos revela en todos los seres; y se hace más: colocándose a su nivel se marcan las condiciones de todos sus actos; y esa audacia ¡pasa, no obstante, por religiosidad! ¿No podemos afirmar, sin vacilación, que un sincero reconocimiento de que nuestra existencia y todas las demás son misterios absoluta y eternamente superiores a nuestra inteligencia, contiene más verdadera religión, que todos los libros de teología dogmática?

     Reconozcamos, de paso, todo lo que hay de útil en las tentativas continuas para formarse un concepto de lo inconcebible. Desde las primeras ideas religiosas ha podido elevarse gradualmente nuestro espíritu a otras cada vez más altas, gracias al choque de conceptos que no le satisfacían; y, no hay que dudarlo, las hoy en auge son, como las pasadas, transiciones indispensables. No tenemos dificultad en conceder algo más. Es posible, y aun probable, que bajo formas más abstractas, las ideas actuales u otras análogas continúen siempre ocupando el fondo de la conciencia: lo es también que se crea siempre necesario dar una forma más o menos determinada a ese vago sentimiento de una existencia última, que forma la base de nuestro pensamiento, que tengamos que considerarla como algún modo de ser, imaginarla bajo alguna forma, siquiera sea algo vaga; pero aun obedeciendo a esa necesidad, no desvariaremos, mientras no veamos en las nociones que nos formamos más que meros símbolos, absolutamente desprovistos de semejanza con lo que pretenden representar. Quizá la formación y abolición, siempre renovándose, de esos símbolos, serán como lo han sido hasta aquí, un medio de disciplina.

     Construir, sin cesar, ideas que exigen los más enérgicos esfuerzos de nuestras facultades, y descubrir perpetuamente que esas ideas no son sino fútiles ilusiones, y que debemos abandonarlas, es, sin duda, un trabajo que más que otro alguno nos hace comprender la grandeza de lo que inútilmente pretendemos alcanzar. Esos esfuerzos y esas alternativas pueden servir para mantener, en nuestro espíritu, una cabal idea del abismo inmensurable que separa lo condicionado de lo Incondicionado. Intentamos continuamente conocer a éste, somos continuamente rechazados, y esas repulsas nos forman la íntima convicción de la imposibilidad de conocerle, y nos hace, comprender claramente: que el mayor grado de sabiduría y nuestro más imperioso deber consisten en considerar a la Causa primaria de todas las cosas como Incognoscible.

     32. La inmensa mayoría de los hombres rechazan, con indignación una creencia que parece tan vaga y tan mal fundada. Se ha personificado siempre la causa primaria, puesto que era preciso, para representársela mentalmente; se debe, por tanto, ver con pena el advenimiento de una causa primaria, inimaginable. Se nos dirá:»Nos dais una abstracción ininteligible, en lugar de un ser respecto del cual podemos tener sentimientos definidos. Nos decís que lo absoluto es real: pero como nos prohibís concebirlo, lo que nos dais no es para nosotros más que una pura negación. Queréis que en vez de volver nuestra vista hacia un poder que, según nuestra creencia, tiene simpatías para nosotros, dirijamos nuestras preces a otro poder que no sabemos si se emociona. Eso es arrancarnos el corazón mismo de nuestra fe.»

     Tales protestas acompañan siempre, el paso de una creencia inferior a una creencia superior. El hombre se ha conceptuado, siempre feliz en creerse de naturaleza semejante a la del objeto de su culto, ha recibido siempre con repugnancia los conceptos menos concretos que se lo imponían. No es dudoso que, en todos los tiempos y países, el hombre incivilizado que hallaba un gran consuelo en pensar que la naturaleza de sus dioses se parecía a la suya, y que podía granjearse su favor con alimentos y otras ofrendas, haya experimentado una gran pena oyendo afirmar que no se soborna a los dioses con ofrendas, y viéndose privado de un modo cómodo de ganarse una protección sobrenatural. Evidentemente, los griegos cobraban valor pensando que en medio de circunstancias difíciles podían recibir, por los oráculos, avisos de sus dioses, u aun asegurar su existencia personal en los combates; fue muy natural la ira con que increparon a los filósofos por haber puesto en duda las groseras ideas de su mitología. Una religión que enseñe al indio que es imposible ganar la eterna felicidad arrojándose bajo las ruedas del carro de Jaggernaut, no puede menos de parecerle cruel, puesto que lo quita la bienhechora creencia de que puede, cuando quiera, cambiar sus miserias por la bienaventuranza. Es también evidente que nuestros católicos abuelos hallaban gran consuelo en creer que se les perdonaban sus crímenes fundando iglesias; que se abreviaba su castigo y el de sus parientes, en el purgatorio, diciéndoles misas; y que se podía obtener la gracia o el perdón de Dios, por la intercesión de los santos. El protestantismo, sustituyendo a esas creencias el concepto de un Dios tan poco semejante a nosotros, que aquellas prácticas no tenían influencia sobre él, debió parecer, a los católicos, frío y seco. Y análoga resistencia hallará, en los sentimientos desdeñados, otro nuevo paso en el mismo sentido. Ninguna revolución en las ideas se verifica sin violencia. Ya se trato de un cambio de costumbres, ya de un cambio de convicciones, si éstas o aquéllas son fuertes, es preciso hacer violencia a los sentimientos, y éstos, entonces, resisten.

     En efecto, es preciso sustituir a fuentes de consuelo, largo tiempo experimentadas y bien conocidas, nuevas fuentes, aún no experimentadas y, por consiguiente, no conocidas. En lugar de un bien, relativamente conocido y real, se quiere poner un bien, relativamente desconocido e ideal; tal cambio no puede operarse sin luchas ni sufrimientos. Pero, sobre todo, en el concepto tan vital que nos ocupa es donde una tentativa de cambio debe encontrar enérgicas resistencias. Es la base de todos los demás, y cambiar algo en ella es arriesgar la ruina de todos los edificios que en ella se apoyan. O, siguiendo otro orden de ideas, es la raíz de nuestras ideas de bien, de justicia, del deber, y parece imposible que pueda transformarse sin que esas ideas sean heridas de muerte. Todo lo que hay de elevado en la naturaleza se subleva, por decirlo así, contra un cambio, que, destruyendo las asociaciones mentales ya aceptadas, parece arrancar de raíz la moral.

     Hay algo más que decir en favor de esas protestas; tienen una significación más profunda. Preciso es ver en ellas, no simplemente la expresión de la repugnancia que inspira una revolución en las creencias, hecha más intensa en el caso de la Religión, por la importancia vital de la creencia que la revolución viene a atacar, sino también la expresión del afecto instintivo a una creencia que, para sus partidarios, es la mejor de todas. Añádase que las imperfecciones religiosas de que hemos hablado, primero muy notables y luego menores, no son imperfecciones respecto a un modelo relativo, sino respecto a un tipo absoluto de perfección religiosa.

     En general, la religión adoptada en un pueblo y en una época dados, ha sido siempre la expresión más aproximada a la verdad, que en esa época era susceptible de adoptar ese pueblo. Las formas más o menos concretas que se han dado a la verdad no han sido sino medios de hacerla inteligible, sin los cuales hubiera sido ininteligible, y a la vez han suministrado a la verdad, en los diversos tiempos, grandes medios de hacer impresión. Vamos a ver que no puede suceder de otro modo. En cada uno de los grados de su evolución, los hombres deben pensar con las ideas que poseen; todos los cambios que fijan primero su atención, y cuyos orígenes y causas pueden reconocer, tienen hombres o animales por antecedentes; por consiguiente, son incapaces de figurarse las causas en general, bajo otras formas, y dan esas formas a las potencias creativas. Si entonces se pretendo quitarles sus ideas concretas para sustituirlas por ideas relativamente abstractas, su espíritu no tendrá ideas ningunas, puesto que las nuevas no podrán ser representadas en su entendimiento. Lo mismo ha pasado en cada época de la historia religiosa, desde la primera hasta la última. Aunque la acumulación de experiencias modifica gradualmente las primeras ideas formadas acerca de las personalidades creadoras, y origina ideas más generales y más vagas, éstas no pueden, sin embargo, ser reemplazadas repentinamente por otras aun más generales y más vagas. Es necesario que nuevos conocimientos suministren las nuevas abstracciones indispensables, antes que el vacío dejado en el espíritu por la destrucción de ideas pueda ser llenado por ideas relativamente superiores. En nuestros días, rehusar el abandono de una noción relativamente concreta, por una noción relativamente abstracta, implica la incapacidad de formarse ésta, y demuestra que el cambio sería prematuro y peligroso. Vemos aun más claramente el peligro de un cambio prematuro en las creencias, si consideramos que la influencia de una creencia sobre la conducta debe debilitarse en la misma razón en que deje de impresionar fuertemente a nuestro espíritu el objeto de la creencia. Los males y los bienes análogos, a los que el salvaje ha experimentado personalmente, o a los que lo han hecho conocer quienes los han experimentado, son los únicos males y bienes que puede comprender, y debe creer que se producen siempre análogamente a como su experiencia se los ha revelado. Debe imaginar que sus dioses tienen pasiones, motivos y modos de obrar semejantes a los de los seres que lo rodean; porque siéndole desconocidos y hasta ininteligibles los motivos, pasiones y procederes de superior categoría, no puede formarse de ellos una idea exacta que pueda influir en su conducta. Durante cada período de la civilización, los actos de la Realidad invisible, lo mismo que los premios y los castigos que da, no son concebibles sino bajo las formas enseñadas por la experiencia, y de ahí resulta que si se los reemplaza por formas superiores, antes que experiencias más amplias las hayan hecho concebibles, es como si se reemplazasen motivos determinados o influyentes por motivos vagos y sin influencia. En nuestros tiempos mismos, siendo incapaz la gran mayoría de los hombres, por falta de cultura intelectual, de ver con suficiente claridad las consecuencias buenas, y malas que un acto suyo puede traer en el orden conocido de lo incognoscible, se necesita, para influir en sus actos, pintar con los más vivos colores un porvenir de tormentos o de alegría, de placeres o de penas, y de una especie determinada, para que puedan figurárselos. Llevemos aun más allá las concesiones. Pocas personas son capaces de abandonar las creencias religiosas que recibieron en su infancia. Para concebir vigorosamente las más elevadas abstracciones se necesita tan gran potencia intelectual, y si no son concebidas vigorosamente, tienen tan poca influencia sobre nuestra conducta, que los efectos de su dirección moral no se harán sentir, en mucho tiempo, sino en una débil minoría.

     Para ver claramente cómo un acto bueno o malo engendra consecuencias externas e internas que van, con el transcurso de los años, extendiéndose cada vez más, como las ramas de un árbol, se necesita una gran, y por tanto rara, fuerza de análisis. Aun para representarse mentalmente una sola serie de esas consecuencias en un porvenir lejano, se necesita una rara potencia imaginativa. Y para apreciar las consecuencias en su conjunto, para ver su número multiplicarse, al paso que va decreciendo su intensidad, se necesitaría un talento que nadie posee. Y sin embargo, solamente ese análisis, esa imaginación, ese talento, pueden, a falta de toda regla, dirigir bien nuestra conducta; solamente la idea de las recompensas o castigos finales puede vencer la influencia respectiva de las penas o placeres inmediatos que producen nuestros actos. Si los hombres no hubieran formado, poco a poco, generalizaciones y principios de moral, en virtud de los progresos de la especie, y de la experiencia adquirida acerca de los efectos de tal o cual conducta: si esos principios no hubieran sido inculcados, de generación en generación, por los padres a sus hijos, proclamados por la opinión pública, santificados por la Religión, y fortificados por las amenazas de condenación eterna en castigo de la desobediencia; si bajo la influencia de esos medios poderosos, las costumbres no se hubiesen modificado y los sentimientos correspondientes no se hubiesen hecho instintivos; en una palabra, si no hubiéramos llegado a ser seres orgánicamente morales, indudablemente la supresión de los motivos enérgicos y precisos inculcados por la creencia adoptada traería consecuencias desastrosas. Aun con todo eso, podrá suceder muy bien, y ser lo más frecuente, que los que abandonan la fe en que fueron educados por otra más abstracta, que reconcilie, la Ciencia con la Religión, no conformen su conducta a sus convicciones. Reducidos a su moralidad orgánica, únicamente reforzada por razonamientos abstractos mal preparados, que es difícil tener siempre presentes, sus defectos naturales se manifestarán más enérgicamente que lo habrían hecho bajo el imperio de sus creencias pasadas. Un nuevo Credo no adquirirá bastante influencia sino cuando sea, como el que hoy reina, un elemento de la primera educación y se apoye en una fuerte sanción social. Los hombres no estarán prontos a adoptarle sino cuando, por la influencia largo tiempo continuada de la disciplina, que los ha hecho acomodarse, en parte, a las condiciones de la vida social, hayan sido preparados suficientemente. Debemos, pues, reconocer que la resistencia a un cambio de opinión teológica es grandemente saludable; y lo es, no sólo por los enérgicos y profundamente arraigados sentimientos que necesariamente han de entrar en lucha; no sólo, porque los sentimientos morales más elevados se unen para condenar un cambio que parece minar su autoridad, sino también porque existe una adaptación real entre las creencias establecidas y la naturaleza del espíritu de los que las defienden, y la obstinación que se pone en la defensa de la medida del grado de esa adaptación. Es preciso que las formas de Religión, como las formas de gobierno, sean apropiadas a los individuos que viven bajo su imperio, y en uno y otro caso la forma más apropiada es la que se prefiere instintivamente. Un pueblo bárbaro, que tiene necesidad de una ley, terrestre dura, y que muestra inclinación por un poder despótico capaz de ejercer la autoridad con el rigor necesario, necesita también creer en una ley celeste dura como la terrestre, y sólo siendo así la obedece. He ahí por qué el reemplazar instituciones tiránicas por otras libres va siempre seguido de una reacción. Del mismo modo, cuando una creencia que amenaza con penas terribles, imaginarias es sustituida repentinamente, por otra que no habla sino de penas ideales relativamente suaves, hay ineludiblemente un retroceso a la antigua creencia modificada. En los períodos en que hay completa disparidad entre lo mejor relativo y lo mejor absoluto, los cambios religiosos y políticos, cuando se verifican, que es a grandes intervalos, son necesariamente violentos y producen también reacciones violentas. Pero a medida que disminuye la disparidad entre lo que es y lo que debería ser, los cambios son más suaves y las reacciones también, hasta que esos movimientos y contra movimientos, decreciendo en intensidad y aumentando en frecuencia, se pierden, al fin, en un desarrollo casi continuo. La adhesión a las primitivas instituciones y a las antiguas creencias, que, en las primeras sociedades oponía una barrera de hierro a todo progreso, y que, después que la barrera ha sido derribada, empuja aún hacia atrás las instituciones y las creencias, haciéndoles abandonar la posición avanzada a que el impulso del cambio las había llevado, y por ese retroceso reproduce la adaptación de condiciones sociales al carácter del pueblo; esa adhesión es, en definitiva, el freno permanente que modera la marcha constante del progreso y le impide tome demasiado rápido curso. Hay, pues, creencias y formas como creencias y formas civiles; y el sistema conservador, en teología como en política, desempeña una función de la más alta importancia.

     33. El espíritu de tolerancia, que es el verdadero carácter de los tiempos modernos y que crece todos los días, tiene, pues, un sentido más profundo que lo que se supone. Donde, en general, no vemos más que el respeto debido a los derechos del juicio individual, hay realmente una condición necesaria para el equilibrio de las tendencias progresistas y conservadoras, un medio de conservar la adaptación entre las creencias de los hombres y su naturaleza. Es un espíritu (el de tolerancia) que es preciso sostener, y el pensador de elevadas miras, que distingue las funciones de sus diversas creencias antagonistas, debe estar más provisto de él que los demás individuos. Sin duda, quien comprende la magnitud del error que siguen sus contemporáneos y la magnitud de la verdad que rechazan, hallará difícil ejercitar tanta paciencia. Es duro, para él, oír con calma los fútiles argumentos con que se defienden doctrinas irracionales y ver desfigurar las que él opone; es duro sufrir el orgullo de la ignorancia, mil veces mayor que el de la Ciencia. Es natural que se indigne al oírse acusar de irreligioso, porque no admite como la mejor teoría de la creación la que asemeja ese misterio al trabajo de un carpintero. Puede tener dificultad y muy poca utilidad en ocultar su antipatía por una creencia que atribuye a lo incognoscible, placer por una baja adulación que a un hombre digno inspiraría desprecio. Convencido de que todo castigo no es, como lo vemos en las obras de la naturaleza, sino un beneficio disfrazado, condenará con amargura la creencia que hace de los castigos del Juez Supremo, una venganza divina, y supone que esa venganza es eterna. Se verá inclinado a manifestar su desprecio, al oír que las acciones inspiradas por una simpatía sin egoísmo o por el puro amor al bien, son en el fondo culpables, y que la conducta no es verdaderamente buena sino cuando está guiada por la fe en las recompensas del otro mundo. Pero debe refrenar esos sentimientos. Si no le es, posible dominarlos en el calor de la discusión o cuando otras circunstancias le pongan frente a frente con las supersticiones reinantes, es preciso que en los momentos de calma modere su oposición, de modo que preserve de toda violencia la madurez de su juicio y la conducta que es su natural consecuencia.

     Para eso es preciso tener siempre presentes tres hechos cardinales. Ya hemos insistido sobre dos de ellos, quédanos por indicar el tercero. El primero es nuestro punto de partida, a saber: que hay una verdad fundamental, por desfigurada que aparezca, en todas las formas de religión; verdad que siempre se vislumbra oscura, o claramente, según las religiones, a través del tejido do sus dogmas, tradiciones y ritos; verdad que hace vivir aun a las más groseras creencias, que sobrevive a todos los cambios, y que debemos respetar, aun cuando condenamos las formas en que se presenta. En el capítulo anterior hemos discutido ampliamente el segundo de esos hechos cardinales. Hemos visto que, si los elementos concretos en que cada creencia encarna su fondo de verdad son malos respecto a un tipo absoluto, son buenos respecto a un tipo relativo; que, comparados a ideas más elevadas, ocultan, como tras un velo, la verdad abstracta; pero, comparados a otras más bajas, la muestran con mayor brillo. Esos elementos concretos sirven para dar realidad o influencia sobre los hombres, a lo que, sin ellos, no las tendría. Podríamos llamarlos las cubiertas protectoras sin las que la verdad perecería. El tercer hecho cardinal que nos resta discutir, es que la diversidad de creencias forma parte, y parte no accesoria, sino esencial, del orden universal. Viendo cómo algunas de las creencias religiosas están difundidas por todas partes y progresan continuamente, y si desaparecen, renacen con modificaciones apenas sensibles, forzoso es deducir que son elementos necesarios de la vida humana, y que cada una de ellas es apropiada a la sociedad en que se desarrolla espontáneamente. Desde, el punto de vista en que nos hemos colocado, debemos reconocer en esas creencias los elementos de la gran evolución, cuyo principio y fin están fuera de los límites del conocimiento y aun de la imaginación humana: es decir. modos de manifestación de lo Incognoscible.

     Nuestra tolerancia debería ser la mayor posible, o más bien, deberíamos tender hacia algo mejor que la tolerancia, tal como se la entiende comúnmente: hablando de las creencias de otros, no sólo debemos procurar no cometer ninguna injusticia, en palabras ni obras, sino reconocerlas francamente un valor positivo. Debemos atenuar nuestro disentimiento, con nuestras simpatías.

     34. Se creerá, quizá, que estas concesiones quieren decir que es preciso aceptar pasivamente la Teología reinante, o al menos, no hacerla una activa oposición. «¿Por qué, se dirá, si todas las creencias son, en suma, apropiadas a su tiempo y a su país, no nos contentamos con aquélla en cuyo seno hemos nacido? Si las creencias establecidas contienen una verdad esencial; si las formas, bajo las que nos la presentan, aunque malas, intrínseca, son buenas extrínsecamente; si la abolición de esas formas sería funesta, en este momento histórico, a la gran mayoría; si nadie hay, quizá, a quien la creencia definitiva, la creencia más abstracta pueda suministrar suficientes reglas de conducta, es ciertamente malo, por ahora propagarla.»

     He aquí la respuesta. Sin duda, las ideas religiosas, como las instituciones políticas actuales, están adaptadas al carácter de los pueblos que viven a su sombra; con todo, como los caracteres sociales cambian continuamente, la adaptación se hace cada vez más imperfecta, y aquellas ideas o instituciones necesitan ser reformadas tan frecuentemente como lo exige la rapidez del cambio. De donde se deduce que, si es preciso dejar a la idea y a la obra conservadora toda libertad, también a ésta tienen derecho la idea y la obra del progreso. Sin el libre juego de esas dos fuerzas, no puede producirse la serie continua de readaptaciones necesarias para la regularidad del progreso.

     Si alguien vacila en proclamar lo que cree la verdad suprema por miedo de que sea muy avanzada para su tiempo, hallará razones para fijarse, mirando sus actos como impersonales. Comprenda bien que la opinión es la fuerza, por la cual son modificadas todas las instituciones del fuero externo; que su opinión forma parte de esa fuerza; es una unidad de fuerza que, con otras unidades del mismo orden constituye la potencia general que opera los cambios sociales; entonces verá que puede legítimamente dar publicidad a sus íntimas convicciones, produzca el efecto que quiera. No en vano tiene simpatía por ciertos principios y repugnancia por otros. Tenga presente que con todas sus facultades, aspiraciones y creencias, no es un accidente fortuito, es un producto natural de su tiempo; es hijo del pasado, pero padre del porvenir; sus pensamientos son sus hijos, y no debe, por tanto, dejarlos morir abandonados. Como todo hombre puede considerarse como una de las mil y mil fuerzas que emplea la Causa desconocida, y cuando, ésta produce en él una creencia determinada, no debe necesitar más para manifestarla y propagarla, porque, dando a los versos del poeta su más sublime sentido...

          Mejorar no podemos la natura,
Si ella de mejorarla no da medios,
Pues superior al arte, que enmendarla
Pretende, hay otro que ella misma crea.

     El verdadero sabio no considera su fe como un accidente sin importancia; manifiesta, sin temor, la verdad suprema que concibe, y entonces sabe que, suceda lo que quiera, él ha llenado su misión en la Tierra; si se verifica el cambio deseado, bien; si se desgracia, bien todavía, aunque menos bien.

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     Herbert Spencer ; traducción de José Andrés Irueste
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