Publicidad

Publicidad

 

Página principal
    Los primeros principios
     Herbert Spencer ; traducción de José Andrés Irueste
Página principal Enviar comentarios Ficha de la obra Marcar esta página Índice de la obra Anterior Abajo Siguiente

ArribaAbajo

Capítulo II.

Datos de la filosofía.

     39. Cada pensamiento implica todo un sistema de pensamientos, y cesa de existir desde que está separado de sus correlativos. Así como no podemos aislar un órgano de un cuerpo vivo, y tratarle como si tuviese vida independiente del resto, tampoco podemos separar del organismo de nuestros conocimientos uno de ellos, y estudiarle como si sobreviviera a la separación. El desarrollo del blastema amorfo del embrión, es una especificación de partes que se hacen más distintas a medida que se hacen más complejas. Cada una de esas partes no forma un órgano distinto, sino a condición de estar unida a otras, que se transforman también en otros órganos al mismo tiempo. Del mismo modo, una inteligencia ya desarrollada plenamente no puede organizarse con los informes materiales de la conciencia, sino por una operación que, dando a los pensamientos caracteres definidos, los una entre sí con ciertos lazos de mutua dependencia, con ciertas conexiones vitales, cuya destrucción produciría la de aquéllos. Por haber desconocido esta importante verdad, muchos pensadores han tomado comúnmente por punto de partida uno o varios datos supuestos simples; han creído no admitir más que esos datos, y se han servido de ellos para probar o refutar proposiciones, que implícitamente eran ya afirmadas sin saberlo, a la par que las otras a sabiendas.

     Ese círculo vicioso proviene de un mal uso de las palabras, no del que tanto se habla, o cambio de sentido, origen de tantos errores, sino de un vicio más profundo y menos evidente. Consiste en no considerar sino la idea significada directamente por cada palabra, haciendo caso omiso de las numerosas ideas, significadas casi siempre más o menos indirectamente.

     Porque una palabra hablada o escrita puedo ser aislada de las demás, se supone que la cosa que esa palabra significa puede también ser aislada de las demás cosas. Este error es de la misma naturaleza que el que extravió a los griegos, creyendo en una comunidad de esencia entre el símbolo y la cosa simbolizada; pero es más profundo y difícil de descubrir. Aunque no se admita hoy que la comunidad de naturaleza vaya tan lejos como se creía antiguamente, se admite aún que así como el símbolo es separable de los otros símbolos y puede ser considerado con existencia independiente, lo propio sucede a la cosa simbolizada.

     Bastará un ejemplo para probar hasta qué punto ese error tuerce las deducciones de quien lo adopta. El metafísico escéptico, deseoso de dar a su razonamiento todo el rigor posible, dice: «Yo admitiré tal cosa, mas no otra alguna.» Pero, ¿no hay suposiciones tácitas inseparables de lo que admite? En esa misma proposición, ¿no afirma implícitamente que hay otra u otras cosas que podría y no quiero admitir? Y, en efecto, es imposible pensar en la unidad sin pensar en una dualidad o pluralidad correlativas. Aunque se imponga límites, el escéptico conserva todavía muchas cosas que cree abandonar. Además, antes de nada define lo que admite; luego tiene idea de algo que excluye esa definición, de otra existencia que la definida. Más aún: definir una cosa o limitarla implica la idea de límite, y ésta la de extensión, duración o grado; y la definición es imposible sin las ideas de diferencia y de semejanza entre la cosa definida y otras. La diferencia, no sólo es inconcebible sin la existencia de dos o más cosas que difieran, sino también sin la existencia de otras diferencias, porque es imposible un concepto universal de diferencia. La semejanza es indispensable (24) para la adquisición de una idea, porque ninguna cosa puede ser conocida en absoluto como única, sino como de tal o cual especie, como clasificada con otras en virtud de propiedades comunes. En suma, al lado del único dato admitido por el escéptico hemos hallado otros muchos no admitidos explícitamente, pero que aquél supone implícita o tácitamente, a saber: otra existencia que la supuesta, la cantidad, el número, el límite, la diferencia, la semejanza, el género, el atributo. Sin hablar de otros muchos datos que un análisis completo podría descubrir, tenemos en esos postulados no reconocidos, el diseño de una teoría general, que ni puede probar ni refutar la argumentación del escéptico. Añádase que él interpretará su símbolo, a cada paso, con su plena significación, con todas esas ideas complementarias que implica, y se verá ya reconocido en las premisas el principio que la conclusión debe afirmar o negar.

     ¿Cuál es, pues, el camino que ha de seguir la Filosofía? La inteligencia, en su plena madurez, se compone de conceptos organizados y consolidados, de que no puede desprenderse, y sin los cuales no puede moverse, como el cuerpo sin miembros. ¿Por qué medio la inteligencia, en busca de una filosofía, podrá darse cuenta de sus conceptos y demostrar su validez o invalidez? Sólo hay uno: admitir como verdaderas, provisionalmente, aquellas ideas vitales, o que no pueden ser aisladas sin producir la disolución del espíritu, aquellas intuiciones fundamentales necesarias para pensar las demás cosas, dejando a los resultados el cuidado de justificar esa hipótesis.

     40. Y ¿cómo los resultados podrán justificarla? Como justifican toda otra hipótesis: por la comprobación de que todas las conclusiones deducibles concuerdan con los hechos que revela la experiencia directa; por la conformidad de las experiencias efectivas, con las que la hipótesis nos hace presumir. No hay otro modo de probar la validez de una creencia, que mostrando su conformidad con todas las demás. ¿Qué hacemos, por ejemplo, para probar que es oro una masa determinada, que por su color y brillo sospechamos que lo sea? Recordar otras impresiones que el oro nos produce, y examinar si, en condiciones a propósito, esa masa las produce también. Por ejemplo, el oro tiene un peso específico considerable; luego si sopesando esa sustancia vemos que tiene un gran peso respecto a su volumen, lo consideraremos como una nueva prueba de que es oro. ¿Se quieren más pruebas? Sabemos que el oro, a diferencia de la mayor parte de los metales, es insoluble en el ácido nítrico; por tanto, nos figuramos primero una gota de ácido nítrico puesta sobre esa sustancia amarilla, brillante, posada, sin producir acción química; y si poniéndola realmente no vemos cambio alguno, miramos esta concordancia entre el hecho previsto y el realizado como una razón más para pensar que es oro la sustancia en cuestión. Si además la gran maleabilidad del oro nos parece igualada por la gran maleabilidad de esa sustancia; si, como el oro, se funde a 2.000 grados; y si, en todas las condiciones, la sucede lo que al oro en las mismas condiciones, la convicción de que es oro se eleva a ese grado máximo que llamamos certeza; sabemos ya, en la acepción estricta o rigorosa de la palabra saber, que tal sustancia es oro. En efecto, todo lo que sabemos del oro es: un grupo determinado de impresiones que tienen entre sí relaciones determinadas y que se manifiestan en ciertas condiciones; y si en un experimento presente las impresiones, condiciones y relaciones son perfectamente concordantes con las de experimentos pasados, el conocimiento tiene toda la validez de que es susceptible. De suerte que, para generalizar la proposición, diremos: que las hipótesis, aun las más simples que hacemos a todas horas cuando reconocemos objetos, son comprobadas o confirmadas cuando reconocemos también entera conformidad entre los estados de conciencia que las constituyen y otros estados, dados en la percepción o en la reflexión o en ambas, y no hay para nosotros otro conocimiento posible que el constituido por la intuición de esas conformidades y disconformidades.

     Por consiguiente, la Filosofía, obligada a hacer esas hipótesis fundamentales, sin las que el pensamiento es imposible, puede justificarlas mostrando su conformidad con todas las otras revelaciones de la conciencia. Imposibilitados como estamos para conocer más que lo relativo, la verdad, aun en su forma más elevada, no puede ser para nosotros sino la concordancia perfecta en todo el campo de la experiencia, entre representaciones, que llamamos ideales, de las cosas, y las percepciones que llamamos reales. Si cuando descubrimos que una proposición no es verdadera, queremos decir simplemente que hemos descubierto una diferencia entre lo supuesto y lo observado, preciso es también que cuando no se presentan esas diferencias digamos que hemos hallado la verdad.

     Vemos claramente que siempre que se parta de esas intuiciones fundamentales, cuya verdad se admite provisionalmente, es decir, se admite su compatibilidad con las demás revelaciones de la conciencia, la demostración o la refutación de esa compatibilidad forma el objeto de la Filosofía, y la demostración completa de la compatibilidad, es lo mismo que la unificación completa del conocimiento, objeto real de la Filosofía.

     41. ¿Cuál es, pues, ese dato, o más bien, cuáles son esos datos, necesarios a la Filosofía? La proposición que acabamos de formular implica necesariamente un dato primordial. Hemos ya supuesto implícitamente, y debemos continuar suponiéndolo, que las compatibilidades e incompatibilidades existen y que podemos conocerlas. No podemos dejar de admitir el veredicto de la conciencia, cuando nos dice que ciertas manifestaciones se parecen y que ciertas otras no. Si la conciencia no es juez competente de la semejanza o no semejanza de sus estados, no es posible establecer esa compatibilidad que se encuentra en todos nuestros conocimientos, y que constituye la Filosofía; y no se puede tampoco establecer la incompatibilidad, por la cual únicamente se puede probar la falsedad de una hipótesis filosófica o de otra cualquiera.

     Vemos mas claramente la imposibilidad de avanzar, sea hacia la certeza, sea hacia el escepticismo, sin suponer esos datos, si se nota cómo a cada paso que damos en el razonamiento, los suponemos por doquier y siempre. Decir que todas las cosas de cierta clase están caracterizadas por ciertos atributos, es decir que todas las cosas conocidas como semejantes, por los diversos atributos que connota su nombre común, son también semejantes por los atributos de que se habla. Decir que un objeto determinado, sobre el que en un momento dado se concentra nuestra atención, pertenece a esa clase, es decir: que es semejante a todos los otros, en los diversos atributos connotados por su nombre común. Decir que ese objeto posee tal o cual atributo particular, es decir que es semejante a los otros también bajo ese aspecto. Por el contrario, afirmar que el atributo que se suponía a ese objeto no lo pertenece, es afirmar que en vez de la semejanza anunciada hay una desemejanza. Por consiguiente, ni la afirmación, ni la negación de un teorema racional o de un elemento cualquiera de uno de esos teoremas es posible, si no se admite el testimonio de la conciencia, cuando afirma que ciertos estados suyos son semejantes o desemejantes. Por tanto, después de haber visto que el conocimiento unificado, que constituye una filosofía completa, se compone de partes universalmente compatibles; después de haber visto que la Filosofía tiene por objeto demostrar esa compatibilidad; vemos también que todas las partes de la operación que establece esa compatibilidad universal, comprendidos los elementos de todo raciocinio y de toda observación, consisten en la demostración de una compatibilidad.

     De consiguiente, la hipótesis de que existe una compatibilidad o una incompatibilidad, cuando la conciencia lo afirma, es una hipótesis ineludible. De nada sirve decir, como Hamilton, que «se debe presumir la veracidad de la conciencia, mientras que no se haya probado que nos engaña,» pues no se puede probar que es falaz en eso, que es su acto primordial, porque la prueba implicaría una aceptación doble de ese acto primordial. Más bien, lo que hay que probar no puede siquiera ser expresado, si no se admite la validez de ese acto primordial; puesto que lo falso y lo verdadero son idénticos, si no admitimos el veredicto de la conciencia que afirma su diferencia. Sin esta hipótesis desaparecen simultáneamente la operación de razonar y el producto del raciocinio.

     Sin duda, se puede a veces probar que estados de conciencia creídos semejantes, tras una atenta y minuciosa comparación, son, sin embargo, desemejantes en realidad; o viceversa, que los juzgados, por negligencia, desemejantes, son en realidad semejantes. Pero ¿cómo se prueba eso? Por otra comparación más atenta, ya directa, ya indirecta. ¿Y qué supone la aceptación de la conclusión revisada? Simplemente que un veredicto reflexionado, de la conciencia, es preferible a un veredicto irreflexivo; o para hablar con más precisión, que una intuición de semejanza o de diferencia, que resiste a la crítica, es preferible a otra que no resiste, siendo esa resistencia lo que constituye la preferencia.

     Henos ya en el fondo del asunto. La permanencia de una intuición de semejanza o de diferencia, es la garantía fundamental para afirmar esa semejanza o diferencia, y, de hecho no sabemos más de su existencia que esa intuición permanente. Decir que una compatibilidad o incompatibilidad existe, es simplemente el modo usual de decir que tenemos la intuición invariable de una u otra, al mismo tiempo que de las cosas comparadas. De la existencia sólo conocemos sus continuas manifestaciones.

     42. Pero la Filosofía reclama un dato más concreto. No basta reconocer como indiscutible una operación determinada del pensamiento; es preciso reconocer la misma propiedad en algún producto obtenido mediante esa operación. Si la Filosofía es el saber completamente unificado; si la unificación del conocimiento sólo puede efectuarse, demostrando que una proposición, final envuelve y consolida todos los resultados de la experiencia, es claro que esa última proposición, cuya compatibilidad con las demás es preciso demostrar, debe representar un fragmento del conocimiento y no lo que puede hacerlo válido. Hemos admitido la veracidad de la conciencia; debemos también admitir la verdad de algún dato de la conciencia.

     ¿Y cuál debe ser ese producto? ¿No deberá formular la distinción más amplia y más profunda que las cosas presenten? ¿No debe formular compatibilidades o incompatibilidades más generales que las otras? Un principio primario que debe dar unidad a toda la experiencia, debe tener la misma extensión que ella, no puede limitarse a la experiencia de uno o de muchos órdenes, debe aplicarse a la experiencia universal. El dato que la Filosofía toma por base debe ser una afirmación de alguna semejanza o de alguna diferencia a la cual todas las demás semejanzas y diferencias estén subordinadas. Si conocer es clasificar o agrupar lo semejante y separar lo desemejante, y si la unificación del conocimiento se hace por inclusión de las clases más pequeñas de experiencias en otras mayores, y así sucesivamente, es preciso que la proposición que da unidad al conocimiento, especifique la oposición de las dos últimas clases de experiencias, en las que están incluidas todas las demás.

     Veamos ahora cuáles son esas clases. Trazando entre ambas una línea de demarcación, no podemos evitar el uso de palabras que implican indirectamente más que su sentido directo, no podemos evitar nazcan ideas que suponen implícitamente la distinción misma que el análisis tiene por objeto establecer. No lo olvidemos; pero todo lo que podemos hacer es no tener en cuenta analogías de palabras y dirigir únicamente la atención sobre lo que significan clara y explícitamente.

     43. Si partimos del principio ya sentado de que todas las cosas que conocemos son manifestaciones de lo Incognoscible, y si suprimimos, cuanto sea posible, toda hipótesis sobre lo que se oculta tras de tal o cual orden de manifestaciones, vemos que éstas, consideradas simplemente como tales, pueden ser divididas en dos grandes clases: impresiones e ideas. Lo que estas palabras significan puede viciar los razonamientos de quienes las emplean; y aun cuando sea posible no servirse de ellas sino para recordar los caracteres diferenciales que se quiere indicar empleándolas, vale más evitar el peligro de hacer, siviéndose de ellas, hipótesis aún no reconocidas. La voz sensación, que se usa comúnmente como sinónima de impresión, implica también ciertas teorías psicológicas; y tácita, si no explícitamente, supone un organismo sensitivo y algo que obra sobre ese organismo; no se puede, pues, emplearla sin introducir postulados en los pensamientos y sin incorporarlos en las conclusiones. Análogamente, la frase estados de conciencia, por su doble significado, impresiones e ideas, da armas a la crítica.

     Como no podemos pensar en uno de esos estados sin pensar en algo a que pertenece y que es susceptible de muchos estados, tales palabras implican una conclusión anticipada, un sistema en germen de metafísica. Aceptando el postulado ineludible que toda manifestación implica un manifestado, nuestro fin es evitar todo otro postulado implícito. Indudablemente no podemos excluir de nuestros pensamientos otras suposiciones implícitas ni razonar sin reconocerlas tácitamente; pero sí podemos, hasta cierto punto, rehusar reconocerlas en los primeros términos del razonamiento; lo cual conseguiremos clasificando las manifestaciones en fuertes y débiles, unas respecto a otras. Veamos las diferencias que las separan.

     Digamos primero algunas palabras sobre la distinción más evidente que esas palabras antitéticas revelan. Las manifestaciones que se nos presentan bajo la forma de percepciones (debemos, cuanto nos sea posible, separar de toda hipótesis esas formas, y considerarlas sólo como formando un grupo determinado de manifestaciones) son comúnmente más vivas, más distintas que las que se presentan en las formas de juicios, recuerdos, imágenes o ideas. A veces, sin embargo, difieren muy poco unas de otras. Por ejemplo, cuando está casi oscuro no podemos, en ocasiones, decir si una manifestación determinada pertenece al orden fuerte o al débil, si vemos efectivamente alguna cosa o si imaginamos verla. Análogamente, entre la sensación de un sonido muy débil y la figuración del mismo, es muchas veces difícil decidir el estado real de conciencia. Mas esos casos excepcionales son muy raros, comparativamente al grandísimo número de casos en que las manifestaciones vivas se distinguen de las débiles, sin error posible; inversamente, sucede a veces (aunque en condiciones que, para distinguirlas bien, llamamos anómalas o anormales) que las manifestaciones del orden débil llegan a ser tan fuertes, que se confunden aparentemente con las del orden vivo. En algunos enajenados, por ejemplo, fenómenos puramente ideales de la vista y del oído adquieren tal intensidad, que se los clasifica como fenómenos visuales y auditivos, reales. Esos casos de ilusión, pues así son llamados, se presentan también, en tan pequeño número, relativamente a la gran masa de casos reales, que tenemos derecho a prescindir de ellos y a decir que la debilidad relativa de esas manifestaciones de segundo orden es tan marcada, que no tenemos duda de que son de distinta naturaleza que las de primer orden. Y si la duda nos asalta, por excepción, hay otros medios de averiguar a qué orden pertenece una manifestación determinada, a falta del criterio de la intensidad.

     Las manifestaciones del orden vivo preceden, en nuestra experiencia, a las del orden débil; o usando palabras ha poco indicadas, la idea es una débil e imperfecta repetición de la impresión original. En el orden cronológico, hay: primero una manifestación presente del orden fuerte, y después una manifestación representada semejante a la primera, menos en un punto, a saber: es mucho menos clara. La experiencia universal nos prueba que, después de haber tenido las manifestaciones vivas, que llamamos tales o cuales lugares, personas, cosas, etc., podemos tener las manifestaciones débiles, que llamamos recuerdos de lugares, personas, cosas, que no podíamos tener antes; y también, que antes de gustar u oler ciertas sustancias, carecemos de las manifestaciones débiles que llamamos ideas de sus sabores u olores; sabemos, por último, que cuando ciertos órdenes de manifestaciones vivas faltan (ciegos, sordos, etc.), las manifestaciones débiles correspondientes tampoco se producen. Cierto que, en algunos casos, las manifestaciones débiles preceden a las vivas. Así, lo que llamamos invención de una máquina, empieza generalmente por una idea o imagen que puede ser seguida de la manifestación viva correspondiente, de una verdadera máquina. Pero en primer lugar, la producción de la manifestación viva después de la débil, no tiene analogía con la producción de la débil después de la viva, y no la sigue espontáneamente como la idea sigue a la impresión; y en segundo lugar, aunque una manifestación débil de esa especie pueda presentarse antes que la viva correspondiente, no sucede así a sus elementos; sin previas manifestaciones vivas de ruedas, varillas, tirantes, etc., el inventor no hubiera podido tener manifestación débil alguna de su nueva máquina. Por tanto, la producción de manifestaciones débiles sólo es posible por la producción previa de las vivas, distinguiéndose además en que las vivas son independientes y las débiles son dependientes.

     Esos dos órdenes de manifestaciones forman dos series paralelas, o más bien, porque la palabra serie implica una disposición lineal, dos corrientes o procesos heterogéneos que corren uno al lado del otro, que se ensanchan y se estrechan alternativamente, que tan pronto amenaza cada uno suprimir a su vecino como está expuesto a desaparecer, pero sin que nunca el uno desaloje al otro de su curso común. Estudiemos con cuidado las acciones que los dos procesos ejercen mutuamente uno sobre otro. Durante lo que llamamos nuestros estados de actividad, las manifestaciones vivas predominan; recibimos simultáneamente una multitud de impresiones diversas auditivas, olorosas, gustuales y táctiles; ciertos grupos varían, otros permanecen fijos por cierto tiempo, pero varían cuando nos ponemos en movimiento; y si compararnos en su número y masa ese compuesto heterogéneo de manifestaciones vivas con el compuesto paralelo de manifestaciones débiles, éstas nos parecen insignificantes, sin embargo, no desaparecen: al lado de las manifestaciones vivas, aun en su mayor preponderancia, el análisis descubre una cadena de ideas y de interpretaciones constituidas por las manifestaciones débiles. Si se pretende que una explosión espantosa o un dolor cruel pueden, por un momento, suprimir toda idea, es preciso admitir también, que no se puede conocer inmediatamente tal solución de continuidad, puesto que sin ideas el acto del conocimiento es imposible. Por otra parte, después de ciertas manifestaciones vivas que nos obligan a cerrar los ojos o a tomar medidas para debilitar la presión, el sonido, etc.,las manifestaciones del orden débil adquieren un predominio relativo; su proceso heterogéneo y variable, si no está desfigurado por el de las vivas, aparece más distinto y parece querer excluir el proceso contrario, pero éste tampoco desaparece nunca en el estado consciente, aunque se reduzca a proporciones muy pequeñas; la presión o el tacto jamás desaparece completamente. Sólo en el estado inconsciente llamado sueño las manifestaciones del orden fuerte cesan de ser percibidas como tales, y las del orden débil llenan el lugar de aquéllas y se nos imponen. Nada sabemos de esa usurpación hasta que, al despertar, vuelven las manifestaciones del orden fuerte, cuya ausencia no podemos nunca saber directamente, sólo la sabemos en el momento que reaparecen. Las dos series compuestas y paralelas de manifestaciones conservan, pues, su continuidad. Corriendo una al lado de otra, se usurpan a veces alternativamente sus funciones, pero no se puede decir que la una ha interrumpido a la otra en tal momento o en tal sitio.

     A más de esa cohesión longitudinal, hay otra lateral de las manifestaciones vivas con las vivas y de las débiles con las débiles. Los elementos de la serie de impresiones fuertes están unidos por relaciones de coexistencia y por relaciones de sucesión; lo mismo sucede a los elementos de la serie débil. En ambos casos, la unión presenta diferencias marcadas y muy significativas, en cuanto a su grado. Estudiémoslas. En un espacio, dentro de lo que se llama campo de la visión, hay un grupo de luces, sombras, colores y contornos, que, considerado como signo de un objeto, recibe un nombre; mientras que esas manifestaciones vivas, unidas, estén presentes, son inseparables. Lo mismo sucede a todos los grupos coexistentes de manifestaciones; cada uno persiste como un compuesto especial, y la mayoría conserva relaciones fijas con los que les rodean. Los hay que no son susceptibles de lo que se llama movimientos independientes, y otros que lo son; sin embargo, presentándonos las manifestaciones que los componen, unidos por una conexión constante, presentan a la vez esas mismas manifestaciones unidas a otras por una conexión variable. Aunque después de ciertas manifestaciones vivas, que llamamos cambios en las condiciones de percepción, haya un campo en las proporciones de las manifestaciones vivas que constituyen un grupo cualquiera, su cohesión persiste; no por eso se puede separar o aislar una o muchas de ellas. Vemos también que las manifestaciones débiles presentan cohesiones laterales entre sí, pero mucho menos extensas, y en la mayoría de los casos infinitamente menos intensas. Cerrando los ojos, podemos representarnos un objeto, que está a nuestra vista, en otro lugar, o ausente. Mirando un vaso azul no podemos separar la manifestación viva del color azul, de la manifestación viva de la forma del vaso; pero en ausencia de esas manifestaciones vivas, sí podemos separar la manifestación débil del color azul de la de la forma, y aun sustituir aquélla por una manifestación viva del color rojo, y así en todo lo análogo. Las manifestaciones débiles tienen conexiones entre sí; pero, no obstante, pueden casi siempre entrar en nuevos arreglos o coordinaciones. Se puede también decir que las conexiones de las manifestaciones débiles individuales, no son indisolubles como las de las manifestaciones vivas individuales. Aunque unida a una manifestación débil de presión, hay siempre otra manifestación débil de extensión, ninguna manifestación débil particular de extensión está encadenada a otra manifestación débil particular de presión. En el orden vivo, las manifestaciones individuales contraen adhesiones mutuas indisolubles, y comúnmente forman grandes grupos; pero en el orden débil, las manifestaciones individuales no contraen adhesiones indisolubles, y se unen flojamente casi siempre. Las únicas conexiones indisolubles que suele haber entro las manifestaciones débiles, son las que unen algunas de sus formas genéricas.

     Si los elementos de cada proceso tienen relaciones mutuas, no las tienen menos fuertes los del uno con los del otro. O más exactamente, podemos decir, que el proceso vivo corre generalmente sin sufrir la menor turbación por el débil, y que el débil, aunque sea siempre influenciado, y hasta cierto punto remoleado por el vivo, puede, sin embargo, conservar una independencia real, y deslizarse por su lado sin mezclarse ambos. Dirijamos una ojeada sobre sus intervenciones recíprocas. Las manifestaciones débiles sucesivas que constituyen el pensamiento, son impotentes para modificar en lo más mínimo las manifestaciones vivas que se presentan. Si prescindimos de una clase total de excepciones, de que luego hablaremos, las manifestaciones vivas, fijas o variables, no son modificadas directamente por las débiles. Por ejemplo, las que percibimos como elementos de un paisaje, del bramido del mar, del silbido del viento, del movimiento de los carruajes y de las personas, no son de modo alguno modificadas por las manifestaciones débiles que las acompañan, y que percibimos como ideas. Por otra parte, la corriente de las manifestaciones débiles es modificada, aunque poco, generalmente, por la de las vivas. A veces se compone, principalmente, de manifestaciones débiles, unidas fuertemente a otras vivas, y arrastradas por éstas cuando desaparecen. Los recuerdos, las sugestiones, unidos a las manifestaciones vivas que los producen, forman casi la totalidad de las manifestaciones que percibimos. En otros momentos, cuando estamos, como decirnos, abstraídos en nuestros pensamientos, la alteración de la corriente débil sólo es superficial; las manifestaciones vivas no van acompañadas sino del corto número de manifestaciones débiles necesarias para reconocerlas; a cada impresión van unidas ciertas ideas, que nos dicen lo que aquélla es, y nos sirven para interpretarla. Sin embargo, a veces la gran corriente de manifestaciones débiles corre completamente sin relación con las vivas, por ejemplo, en los ensueños, desvaríos o en una operación de raciocinio puro; durante esos estados, y los que se llaman ensimismamientos, el proceso de manifestaciones débiles predomina, en términos, que no puede afectarlo el proceso de las fuertes. Se ve, pues, que esas dos series paralelas de manifestaciones, de las que cada una presenta entre sus elementos íntimas conexiones longitudinales y transversales, sólo tienen una con otra conexiones parciales. La serie viva es casi siempre insensible al paso de su vecina; y aunque la serie débil sea casi siempre, hasta cierto punto, modificada y a veces arrastrada por la viva, no obstante puede separarse mucho de ella.

     Hay todavía otro carácter diferencial de gran importancia entro todas las series, y que, por tanto, conviene conocer. Las condiciones en que se producen ambos órdenes de manifestaciones son distintas, y las condiciones de producción de las de cada orden son de ese mismo orden. Siempre que se puede averiguar los antecedentes inmediatos de las manifestaciones fuertes, se halla que son otras del mismo género; y si no podemos decir que los antecedentes de las manifestaciones débiles son todas de su mismo proceso, al menos los esenciales, pertenecen también a él. Estas proposiciones no tienen necesidad de mucha explicación. Evidentemente los cambios que sobrevienen entre las manifestaciones vivas que observamos, los movimientos, los sonidos, los cambios de aspecto en los objetos que nos rodean, son: o cambios a consecuencia de ciertas manifestaciones vivas, o bien cambios cuyos antecedentes no se perciben. Con todo, hay manifestaciones vivas, que sólo se producen en condiciones que parecen pertenecer a otro orden. Las que llamamos colores y formas visibles, suponen los ojos abiertos. Pero, ¿qué significa los ojos abiertos en el lenguaje usual? Literalmente, la aparición de ciertas manifestaciones vivas. La idea de abrir los ojos consiste, sin duda, en manifestaciones débiles; pero el acto de abrir los ojos consiste en manifestaciones vivas. Es evidente que lo mismo sucede en los movimientos de los ojos y de la cabeza, que son seguidos de nuevos grupos de manifestaciones vivas, y en las que llamamos sensaciones de tacto y de presión. Todas las que pueden cambiar tienen por condición ciertas manifestaciones vivas, que llamamos sensaciones de tensión muscular. Es verdad que en las condiciones de estas últimas son manifestaciones del orden débil las ideas de las acciones musculares que preceden a éstas.

     Henos ahora frente a una complicación, procedente de que el objeto que llamamos el cuerpo se nos presenta como una serie de manifestaciones vivas, relacionadas de un modo especial a las manifestaciones débiles, único modo de que éstas puedan producir manifestaciones vivas, a no ser en la otra excepción de la misma naturaleza que nos ofrecen las emociones, excepción que no deja de confirmar la regla. En efecto, si no se puede dejar de ver en las emociones una especie de manifestaciones vivas que pueden ser producidas por las débiles que llamamos ideas, no es menos cierto que las clasificamos entre las débiles, y no con las fuertes que llamamos colores, sonidos, presiones, olores, etc., porque las condiciones de su producción y de ellas mismas pertenecen al orden de las débiles.

     Pero si prescindimos de las manifestaciones vivas especiales, que llamamos tensiones musculares y emociones, y que es usual clasificar separadamente, podemos decir de todas las demás que las condiciones de su existencia son manifestaciones de su misma naturaleza. Lo mismo sucede en la corriente paralela; aunque en su mayoría, las manifestaciones del orden débil sean en parte originadas por manifestaciones del orden vivo que evocan recuerdos y sugieren conclusiones, con todo esos resultados dependen principalmente de ciertos antecedentes que pertenecen al orden débil. Por ejemplo, pasa una nube por delante del Sol; unas veces produce efecto y otras no, sobre la corriente de las ideas; unas veces sigue ésta su marcha, y otras se nos ocurre que va a llover; esa diferencia está evidentemente determinada por condiciones que indudablemente son del orden de las ideas. La facultad que tiene una manifestación viva de producir ciertas manifestaciones débiles depende de la existencia de otras manifestaciones débiles apropiadas. Si nunca hemos oído un chorlito, el grito de uno de ellos, invisible en aquel momento, no produce en nosotros la idea de tal ave. No tenemos más que recordar las distintas y sucesivas reflexiones que una misma sensación visual, por ejemplo, va produciendo, para reconocer hasta qué punto cada manifestación débil depende esencialmente de otras manifestaciones débiles que han aparecido antes, o a la vez que aquélla.

     Llegamos, por último, a la más notable y quizá la más importante de las diferencias que separan los dos órdenes de manifestaciones; tiene relación con la acabada de indicar, pero conviene estudiarla aparte. Las condiciones de aparición no se distinguen sólo en que cada grupo pertenece generalmente a su mismo orden de manifestaciones, sino además en otro carácter más insignificante. Las manifestaciones del orden débil tienen antecedentes que se puede descubrir; se puede hacerlas aparecer, realizando sus condiciones de aparición; y suprimirlas, realizando otras condiciones. Al contrario, las manifestaciones del orden vivo ocurren muy a menudo sin antecedentes previos, y en muchos casos persisten o cesan en condiciones conocidas o desconocidas; lo que demuestra que sus condiciones son muchas veces completamente independientes de nuestra voluntad. La impresión llamada relámpago atraviesa la corriente de nuestras ideas sin que nada la anuncie. Los sonidos de una música que empieza a tocar en la calle, o el ruido de loza que se rompe en una habitación próxima, no están ligados con ninguna de las manifestaciones anteriores, ni del orden vivo ni del débil. A veces esas manifestaciones vivas, que nacen de improviso, persisten a través de la corriente de las manifestaciones débiles, la cual no puede modificarlas ni directa ni indirectamente. Un golpe violento recibido por detrás, es una manifestación viva, cuyas condiciones de aparición no están, ni entre las manifestaciones del mismo género, ni entre las débiles, y cuyas condiciones de persistencia están ligadas a las vivas de un modo no manifiesto. De suerte que, si en el orden débil, las condiciones de aparición son siempre otras manifestaciones del mismo orden, preexistentes o coexistentes; en el orden vivo, las condiciones de producción están muchas veces ausentes.

     Acabamos de hallar los caracteres principales en que se parecen las manifestaciones de cada orden y difieren de las del otro. Resumamos en pocas palabras esos caracteres. Las manifestaciones del un orden son vivas o fuertes, las del otro son débiles; las del uno son originales, las del otro son copias; las primeras forman una serie o corriente heterogénea no interrumpida jamás, o, hablando con más exactitud, cuya interrupción no se conoce directamente. Unas y otras tienen conexiones o relaciones entre sí, longitudinales y transversales, indisolubles para las vivas, más fáciles de romper para las débiles; y al paso que los términos de cada serie, las partes de cada corriente, tienen esas íntimas conexiones, las dos corrientes se deslizan paralelamente sin contraer conexiones o relaciones, a no ser someras, superficiales; la gran corriente viva resiste en absoluto a la débil, y ésta puede aislarse de aquélla casi completamente. Las condiciones en que se presentan respectivamente las manifestaciones de cada orden son también del mismo orden; pero si en el orden débil esas condiciones están siempre presentes, en el orden vivo no lo están muchas veces, o están, en cierto modo, fuera de la serie. Siete caracteres distintos sirven, pues, para distinguir uno de otro los dos órdenes de manifestaciones.

     44. ¿Qué quiere decir eso? El análisis precedente ha comenzado por la creencia de que las proposiciones admitidas como postulados por la Filosofía deben afirmar semejanzas y desemejanzas de último orden en las que todas las demás queden absorbidas, y acabamos de hallar que todas las manifestaciones de lo incognoscible se dividen en dos clases de esa naturaleza. ¿A qué responde esa división?

     Es evidente que a la división entre objeto y sujeto. Reconocemos esa distinción, la más profunda de todas las que nos ofrecen las manifestaciones de lo incognoscible, agrupándolas en un Yo y un No-Yo; en manifestaciones débiles que forman un todo continuo que llamamos el Yo, diferentes de las otras, por la cantidad, la calidad, la cohesión, las condiciones de existencia de sus partes, y manifestaciones vivas unidas en masas relativamente inmensas que llamamos No-Yo, por lazos indisolubles, y con condiciones de existencia independientes. O más bien y con más verdad, cada orden de manifestaciones implica necesariamente una fuerza que se manifiesta, y usando las palabras Yo y No-Yo, significamos: por la primera, la fuerza que se manifiesta en las formas débiles; y por la segunda, la que se manifiesta en las formas vivas o fuertes.

     Ya lo vemos; esos conceptos, que tienen cierta consistencia, y han recibido un nombre apropiado, no tienen su origen impenetrable; se explica su origen perfectamente, por la ley fundamental del pensamiento, ley sin apelación. La intuición de semejanza y de diferencia se impone por su sola persistencia, y desafía al escepticismo, puesto que sin ella la duda misma se hace imposible. La división primordial del Yo y del No-Yo es el resultado de la intuición persistente de las semejanzas y desemejanzas acumuladas, que tienen las diversas manifestaciones. Podemos hasta decir que el pensamiento no existe sino por esa especie de acto, que nos conduce a cada momento, a referir ciertas manifestaciones al orden con el que tiene atributos comunes. Repitiéndose millares de veces esas operaciones de clasificación, producen millares de asociaciones de cada manifestación con las de su propia clase, y de ahí la unión de los elementos de cada clase y la desunión de las dos clases.

     En rigor, la separación y la fusión de las manifestaciones en dos todos distintos son, en gran parte, espontáneas, y preceden a todo juicio reflejo, aunque éstos, al producirse, reconocen la existencia de aquellos dos todos. Porque las manifestaciones de cada orden no sólo presentan esa especie de unión, que se reconoce implícitamente cuando se les agrupa como objetos individuales de una misma clase, sino que, como hemos visto, presentan otra unión mucho más íntima, debida a su cohesión actual. Esa cohesión se muestra antes de que se verifique ningún acto consciente de clasificación. De modo que, en realidad, los dos órdenes de manifestaciones se separan y consolidan espontánea y naturalmente. Los elementos de cada orden, uniéndose íntimamente entre sí y alejándose de sus opuestos, forman por sí los todos que llamamos respectivamente objeto y sujeto, Yo y No-Yo. Tal unión espontánea es lo que da a esos todos, formados de manifestaciones, la individualidad que poseen como todos, y la diferencia fundamental que los separa, diferencia anterior y superior a todo Juicio. Este no hace sino afirmar la separación ya efectuada, refiriendo a sus dos clases respectivas las manifestaciones no unidas clara y evidentemente con las demás de su clase.

     Hay también otro juicio que se repite perpetuamente, que fortifica esa antítesis fundamental, y da gran extensión a uno de sus términos. No dejamos de aprender que las condiciones de aparición de las manifestaciones débiles deben siempre encontrarse; que las de las vivas no se encuentran muchas veces, pero aun entonces son semejantes esas manifestaciones vivas, sin antecedentes entre sus análogas, a las manifestaciones vivas anteriores, con antecedentes perceptibles entre las de su clase. De la combinación de esas dos experiencias resulta la idea ineludible de que hay manifestaciones vivas cuyas condiciones de aparición existen fuera de la serie de ese orden, verdaderas manifestaciones potenciales susceptibles de llegar a ser actuales. Así adquirimos vagamente conciencia de una región indefinidamente extensa de fuerza o de ser, separada no sólo del proceso de manifestaciones débiles que constituyen el Yo, sino también del proceso de manifestaciones vivas que constituyen la porción del No-Yo, presente inmediatamente al Yo.

     Acabarnos de indicar (si bien sumaria e imperfectamente, omitiendo objeciones y explicaciones necesarias, para encerrarnos en el poco espacio disponible) la naturaleza esencial y la justificación del dato primordial necesario a la Filosofía como punto de partida. Podríamos admitir con toda seguridad esa verdad primaria, el sentido común la afirma, cada paso de la ciencia la supone, y ningún metafísico ha podido desalojarla de la conciencia, ni un instante. Partiendo del postulado de que las manifestaciones de lo incognoscible se dividen en dos grupos que constituyen: el uno, el mundo interno, de la conciencia, del Yo; y el otro, el mundo externo, de fuera de la conciencia, del No-Yo; hubiéramos podido dejar ese postulado, como probado por todos los resultados, conformes con él, de la experiencia directa o indirecta. Pero como todo lo que sigue se funda en ese postulado, nos ha parecido conveniente exponer, aunque brevemente, sus títulos, a fin de ponerlo al abrigo de la crítica. Nos ha parecido preferible demostrar: que ese dato fundamental no es ni ilusorio, como lo afirma el idealista; ni dudoso, como dice el escéptico; ni inexplicable, como pretende el naturalista; sino que es un producto legítimo de la conciencia, al elaborar sus materiales según las leyes de su funcionamiento normal. Si, en el orden cronológico, esa distinción precede a todo razonamiento, y si se apodera de nuestro espíritu de suerte que es imposible razonar sin admitirla: el análisis nos permite, además, justificar la afirmación de su existencia, mostrando que es el producto de una clasificación basada en la acumulación de semejanzas y de diferencias. En otros términos, el razonamiento, que no es más que una ilación o cohesión de manifestaciones, fortifica con las que forma, aquéllas cuya preexistencia hace constar.

     Tales son los datos de la Filosofía, la cual, como la Religión, admite ese fondo primordial que la conciencia nos revela, el principio que, como hemos visto, tiene más hondos sus cimientos; supone la validez de una operación primordial de la conciencia, sin cuya validez no hay deducción posible, nada se puede afirmar ni negar; supone además la validez de un producto primordial de la conciencia, que originado en aquella operación, es también, hasta cierto punto, su producto, puesto que de ella recibe su verificación y legitimidad. En suma, nuestros postulados son una Fuerza incognoscible, la existencia de semejanzas y diferencias cognoscibles entro las manifestaciones de esa fuerza, y por consiguiente la separación de esas manifestaciones en dos clases, una perteneciente al sujeto y la otra al objeto.

     Antes de pasar al objeto esencial de la Filosofía -unificación completa del conocimiento, ya en parte unificado por la Ciencia, -es preciso tratar un asunto preliminar. Las manifestaciones de lo incognoscible, divididas en dos clases, el Yo y el No-Yo, pueden dividirse también en ciertas formas generales, cuya realidad admiten, lo mismo la Ciencia que el sentido común. Esas formas son las últimas ideas científicas que, como hemos demostrado en el capítulo correspondiente, no podemos conocer en sí mismas. Sin embargo, como nos es forzoso usar las palabras que les sirven de signos, preciso es también decir el significado que las damos.

Arriba

    Los primeros principios
     Herbert Spencer ; traducción de José Andrés Irueste
Página principal Enviar comentarios Ficha de la obra Marcar esta página Índice de la obra Anterior Arriba Siguiente
Marco legal