Publicidad
Publicidad
|
||||
Capítulo IV.Indestructibilidad de la materia. 52. No porque no sea una verdad, vulgarmente admitida, es necesario decir algo sobre la indestructibilidad de la materia, sino porque así lo exige la simetría de nuestro asunto, y porque debemos examinar las pruebas en que se funda esa verdad. Si se pudiera probar, o siquiera suponer con algunos visos de razón, que puede aniquilarse la materia, ya en masas, ya en átomos, sería preciso: o hacer constar bajo qué condiciones puede aniquilarse, o confesar la imposibilidad de la Filosofía y de la Ciencia. En efecto, si en vez de tener que tratar de cantidades y pesos fijos, tuviésemos que referirnos a cantidades y pesos susceptibles de ser aniquilados total o parcialmente, entraría en nuestros cálculos un elemento incoercible, opuesto a toda conclusión positiva. Se ve, pues, que merece ser estudiada detenidamente la cuestión de la indestructibilidad de la materia; que lejos de haber sido admitida desde luego como una verdad evidente por sí misma, ha sido, en los primeros tiempos, rechazada universalmente como un error palmario. Se creía que las cosas podían reducirse a la nada y nacer de la nada. Si analizamos las supersticiones primitivas o la creencia en la magia, que no ha mucho tiempo reinaba aún en casi todos los espíritus, y reina aún hoy en las gentes incultas, vemos que entre otros varios postulados, uno supone que, mediante un encanto poderoso, la materia puede ser evocada de la nada o vuelta a la nada. Y si no se cree eso precisamente (porque el creerlo, en el sentido estricto de esta palabra, implicaría que la creación y el aniquilamiento eran claramente concebidos), se cree creerlo; y se obra de modo que, en esa confusión de ideas, el resultado es el mismo. No es sólo en las épocas de oscurantismo y en espíritus incultos, donde hallamos las trazas de esa creencia; domina también en teología, acerca del principio y del fin del mundo; y se puede dudar si Shakespeare estaba bajo su influencia, al anunciar poéticamente un tiempo en que «todo desaparecerá sin quedar un tallo de hierba.» La acumulación gradual, y más bien la sistematización de hechos, han dado por resultado borrar poco a poco esa convicción, hasta el punto de que hoy es una verdad vulgar la indestructibilidad de la materia. Sea lo que quiera en sí misma, la materia no nace ni perece, al menos para nuestro pensamiento. Los hechos que habían dado apariencia de verdad a la ilusión de que algo puede provenir de nada, se han desvanecido poco a poco ante un conocimiento más profundo. El cometa, que se ve en una noche aparecer y agrandarse en los cielos, no es un cuerpo creado recientemente, sino oculto, hasta entonces, por estar fuera del alcance de nuestra vista. La nube, que se forma en pocos minutos, no se compone de una sustancia que comienza entonces a ser, sino que existía ya en la atmósfera en forma difusa y transparente. Lo mismo sucede al cristal o al precipitado que se forman en el fondo de un líquido. Inversamente, observaciones exactas nos hacen ver que las destrucciones aparentes de materia no son sino cambios de estado. Así, el agua evaporada, aunque se ha hecho invisible, puede, por condensación, volver a tomar su forma primitiva. Un disparo de arma de fuego nos prueba que si la pólvora ha desaparecido, han aparecido, en su lugar, gases que, ocupando mayor volumen, han causado la explosión. Claro es, que sólo desde el nacimiento de la química cuantitativa han podido hacerse patentes las conclusiones acabadas de citar y todas sus análogas. La prueba fue completa desde el momento en que los químicos, no contentándose con saber las combinaciones que podían formar las diversas sustancias, hallaron las proporciones definidas en que se combinan, y pudieron explicar cómo una materia aparecía o bien se hacía invisible. Cuando se hizo ver que al quemarse una vela se reducía, como resultado de la combustión, agua y ácido carbónico, cuyos pesos sumados equivalían al de la vela, más el del oxígeno unido a los elementos de la misma durante la combustión, se puso fuera de duda que el hidrógeno y el carbono de la vela existían aún y no habían hecho más que cambiar de forma o de estado. El análisis químico cuantitativo que sigue a una masa de materia, al través de todas sus transformaciones, y al fin la aísla, confirma plenamente la conclusión general inducible de los ejemplos citados y sus análogos. El efecto de esa prueba específica, unido a la prueba que nos suministra diariamente la permanencia de los objetos que nos son familiares, ha adquirido tal potencia, que hoy día la indestructibilidad de la materia es una verdad, cuya negación es inconcebible. Es, pues, un axioma científico, universalmente reconocido, que la cantidad de materia es invariable, cualesquiera que sean las metamorfosis que sufra; axioma establecido desde el momento en que, lejos de contradecir a las experiencias vulgares, otras experiencias, como parecía antiguamente las contradecían, son una prueba más de que la Materia, es permanente, aun cuando los sentidos no tengan a veces alcance para hacer constar esa permanencia; y axioma, que no sólo admiten unánimes los físicos, químicos y fisiólogos, sino que se juzgan incapaces de concebir lo contrario. 53. Esto último sugiere naturalmente la cuestión: de si tenemos por garantía de esa creencia fundamental una autoridad superior a la de una inducción consciente. La experiencia prueba que, hasta donde ella alcanza, la indestructibilidad de la materia es una ley absoluta. Pero las leyes absolutas de la experiencia engendran leyes absolutas del pensamiento. ¿No resulta, pues, que esta verdad última debe ser un dato cognitivo implícito en nuestro organismo mental? Vamos a ver que es ineludible la respuesta afirmativa a tal cuestión. La incompresibilidad absoluta de la materia es una ley evidente para nuestro espíritu. Aun cuando pudiéramos concebir un pedazo de materia, comprimido indefinidamente, no podríamos, sin embargo, concebir que su volumen, por pequeño que se hubiera hecho, se hubiera reducido a cero; porque podemos imaginar las partículas materiales indefinidamente aproximadas y el espacio que ocupa una masa indefinidamente aminorada; pero no podemos concebir disminuida la cantidad de materia de esa masa, pues para eso sería preciso admitir que algunas partículas desaparecían, se reducían a la nada, por la compresión. Resulta, pues, evidentemente, que no se puede concebir disminuida ni aumentada la cantidad de materia que existe en el Universo. Pues bien: esa incapacidad que tenemos de concebir el aniquilamiento de la materia, es consecuencia directa de la naturaleza de nuestro pensamiento. En efecto, éste es, como sabemos, un depósito de relaciones; no se puede establecer relación, ni por consiguiente pensar, si uno de los términos relacionables está ausente de la conciencia. Es, pues, imposible, que nada llegue a ser algo, ni que algo llegue a ser nada, puesto que la nada no puede ser objeto de conciencia. El aniquilamiento y la creación de la Materia son inconcebibles, por una misma razón; y su indestructibilidad, es, pues, un conocimiento a priori del orden más elevado, no por ser resultado de una larga serie de experiencias, organizadas gradualmente en un modo de pensar irrevocable, sino por ser dato obligado de todas las formas posibles de experiencias. Extrañará que una verdad, sólo en los tiempos modernos y por los hombres de ciencia, puesta fuera de duda, la clasifiquemos entre las verdades a priori; pero es indudable que tiene tanta o mayor evidencia que las verdades a priori. Parece absurdo decir que una proposición no puede ser concebida cuando la humanidad entera hizo profesión de concebirla, y aun hoy creo concebirla la gran mayoría de los hombres. Pero, como ya demostramos al principio, la mayor parte de nuestros conceptos son simbólicos; entre éstos, los hay que, aun cuando rara vez llegan a ser conceptos reales, pueden, no obstante, llegar: y son válidos, porque se puede probar directa o indirectamente que corresponden a realidades; pero hay también otros que jamás salen del estado simbólico, que no se pueden directa ni indirectamente realizar en el pensamiento, y menos aún demostrar que corresponden a objetos reales actualmente. Con todo, como habitualmente no se analizan los conceptos, se supone que se piensa como real, en lo que sólo se piensa simbólicamente, y se presume creer proposiciones cuyos términos no pueden unirse en la conciencia. De ahí, por ejemplo, que se acepten, sobre el origen del Universo, hipótesis absolutamente inconcebibles. Vimos ya que la doctrina comúnmente admitida de que la Materia ha sido creada de la nada, nunca ha sido concebida real sino sólo simbólicamente. Del mismo modo podemos decir ahora que el aniquilamiento de la materia sólo ha sido concebido simbólicamente y que se ha tomado un concepto simbólico, equivocadamente, por un concepto real. Se podría, quizá, objetar que las palabras pensamiento, esencia, concepto, son usadas aquí con nuevas acepciones, y no es propio decir que los hombres no han pensado realmente, en lo que, no obstante, tanta influencia ha ejercido en su conducta. Preciso es confesar que es molesto restringir así el sentido de las palabras; mas no hay remedio: sólo con palabras de significación precisa, se puede llegar a conclusiones precisas. No se puede discutir, con provecho, las cuestiones tocantes a la validez de nuestros conocimientos, si las palabras conocer y pensar no tienen una acepción bien determinada. No debemos, por ejemplo, aplicarlas a todas esas operaciones confusas de nuestro espíritu, a las que el vulgo las aplica; debemos reservarlas para operaciones bien distintas o claras. Si esto nos obliga a desechar una parte de los llamados pensamientos humanos, por no ser pensamientos, sino pseudo pensamientos, no podemos remediarlo. Volvamos a la cuestión general. Hemos hallado, en suma, que tenemos una experiencia positiva de la persistencia continua de la Materia; que la forma del pensamiento hace imposible que conozcamos directamente el aniquilamiento de la Materia, puesto que ese conocimiento implicaría el conocimiento de una relación, uno de cuyos términos no sería cognoscible; que, por consiguiente, la indestructibilidad de la Materia es, rigorosamente hablando, una verdad a priori; que si ciertas experiencias falaces, sugiriendo la ideado ese aniquilamiento, han producido en los espíritus incultos, no sólo la suposición de que se podía concebir la materia aniquilada, sino, la idea de que se aniquilaba, en ciertas condiciones, sin embargo, una observación más atenta, mostrando que los presuntos aniquilamientos nunca se han verificado, ha confirmado a posteriori el conocimiento a priori, que, según la psicología, resulta de una ley de experiencia contra la cual no puede haber otra experiencia. 54. Con todo, el hecho que debe fijar más nuestra atención, es la naturaleza de las percepciones que nos suministran perpetuamente ejemplos de la permanencia de la materia, de donde la ciencia saca la conclusión de que la materia es indestructible. Esas percepciones, bajo todas sus formas, se reducen a que la fuerza ejercida por una misma cantidad de materia, es siempre la misma. No es otra la prueba en que se fundan, a la vez, el sentido más común y la ciencia más exacta. Cuando, por ejemplo, decimos que un individuo que existía hace algunos años, existe aún, porque acabamos de verle; nuestra aserción equivale a decir que un objeto, que hace algún tiempo produjo en nuestro espíritu ciertas impresiones, existe aún, porque un grupo semejante de impresiones ha sido producido nuevamente en nosotros; y consideramos la continuación de poder impresionarnos como una prueba de la continuación del objeto. Si alguien supone que hemos podido engañarnos sobre la identidad del individuo, se reconoce que damos pruebas decisivas de nuestra afirmativa, si decimos que no sólo le hemos visto, sino que le hemos estrechado la mano, reparando que le faltaba el dedo índice, seña particular que se sabe tenía tal persona. Todo eso no es sino admitir que un objeto que, por una combinación especial de fuerzas, produce impresiones táctiles especiales, existe en tanto que las produce. Por la fuerza medimos también la materia, en el caso de que su forma haya variado. Se da a un platero un pedazo de oro para hacer una alhaja; cuando la entrega se la pone en una balanza; si hace equilibrio a un peso mucho menor que cuando estaba en bruto, se infiere que ha perdido mucho, sea por la hechura, sea por una sustracción. Esto prueba que la cantidad de materia puede, en suma, determinarse por la cantidad de fuerza gravitativa que presenta. Esa es la prueba principal en que la Ciencia funda la inducción experimental de la indestructibilidad de la materia. Siempre que una masa cualquiera, primero visible y tangible, se reduce a forma invisible e impalpable, y el peso del gas en que se ha transformado prueba que existe aún, se admite que la suma de materia, aunque ya inaccesible a nuestros sentidos, es la misma, puesto que pesa lo mismo. Análogamente, siempre que se determina el peso de un elemento de una combinación, mediante el de otro elemento que le neutraliza, se expresa la cantidad de materia en función de la cantidad de fuerza química que ejerce, y se supone que esa fuerza química es correlativa, necesariamente, de una fuerza gravitativa determinada. Así, pues, por indestructibilidad de la materia debe entenderse: indestructibilidad de la fuerza, por la cual la materia nos produce impresiones; porque del mismo modo que no tenemos conciencia de la materia, sino por la resistencia mayor o menor que opone a nuestra actividad muscular, tampoco la tenernos de la permanencia de la materia, sino por la de la resistencia que nos ofrece directa o indirectamente. Esta verdad se hace evidente, no sólo por el análisis del conocimiento a posteriori, si que también por el análisis del conocimiento a priori, porque lo que no podemos concebir disminuya indefinidamente, por la compresión también indefinida de la materia, no es su volumen, sino su resistencia.
|