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    Los primeros principios
     Herbert Spencer ; traducción de José Andrés Irueste
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Capítulo V.

Continuidad del movimiento.

     55. Otra verdad general, del mismo orden que la demostrada en el precedente capítulo, vamos a demostrar en éste; verdad que, aun cuando no es tan vulgar y generalmente reconocida, esto ya hace tiempo para los hombres de ciencia. La continuidad del movimiento, como la indestructibilidad de la materia, es evidentemente una proposición de cuya verdad depende la posibilidad de una ciencia exacta, y por consiguiente de una filosofía que unifique los resultados de esa ciencia exacta. Los movimientos de masas, y moleculares, que se verifican tanto en los cuerpos inorgánicos como en los orgánicos, forman más de la mitad de los fenómenos que se trata de interpretar, y si fuera posible que esos movimientos se originaran o concluyeran en la nada, no habría que buscarles interpretación científica; se podría admitir que empezaban y terminaban por sí mismos. No se reconoce el carácter axiomático del principio de la continuidad del movimiento, hasta que la disciplina de las ciencias exactas ha dado precisión a los conceptos. Los hombres primitivos, nuestras poblaciones incultas, y aun muchas de las personas que pasan por instruidas, piensan de un modo muy poco preciso; de observaciones inexactas pasan, por razonamientos débiles, a conclusiones, cuyas consecuencias, no prevén, y cuya deducción no comprueban lógicamente. Admitiendo, sin criterio, los datos de una percepción irreflexiva, la cual revela que los cuerpos que nos rodean, al ser puestos en movimiento, vuelven pronto al reposo, la gran mayoría admite que aquel movimiento se ha perdido realmente, se ha aniquilado. No se inquiere si el fenómeno es susceptible de otra interpretación, o si la que se le da es siquiera concebible, se atiende sólo a las apariencias. Sin embargo, ciertos hechos, que implican consecuencias opuestas, han provocado investigaciones de las que ha salido, poco a poco, la falsedad de aquellas apariencias. El descubrimiento de la revolución de los planetas alrededor del Sol, con una velocidad media constante, hizo sospechar que un cuerpo en movimiento, abandonado a sí mismo, continúa moviéndose sin cambiar de velocidad, y sugirió la idea de que los cuerpos que pierden su movimiento, es porque le ceden en igual cantidad, y en el mismo instante, a otros cuerpos. Se observó que una bola rodaba más tiempo, lanzada con la misma fuerza, por una superficie lisa, como la del hielo, desprovista de pequeños cuerpos a los que la bola pudiese ceder, por el choque, parte de su movimiento, que sobre una superficie con tales obstáculos; y que un proyectil avanza más a través de un medio ligero, como el aire, que a través de un medio denso, como el agua. Así desapareció la idea primitiva de que los cuerpos tienen una tendencia innata a perder gradualmente su movimiento, hasta pararse; idea de que los filósofos griegos no pudieron desprenderse, y que se impuso hasta a Galileo. Fue también quebrantada por los experimentos de Hooke, quien probó que una peonza gira mucho más tiempo si se la impide comunicar su movimiento a los objetos cercanos; esos experimentos repetidos con ayuda de los procedimientos modernos, han demostrado que, en el vacío, la rotación de la peonza, únicamente retardada por el rozamiento del eje, continúa casi una hora. Destruidos así sucesivamente todos los obstáculos que se oponían a la admisión de la primera ley del movimiento, pudo al fin el gran Kepler formularla, diciendo: Todo cuerpo en movimiento continúa moviéndose en línea recta y con la misma velocidad, si fuerzas exteriores no llegan a actuar sobre él. Esta ley ha sido modernamente incluida en otra más general, a saber: el movimiento, como la materia, es indestructible, y todo el que se pierde por una porción cualquiera de materia, se transmite a otras porciones. Aunque esta nueva ley parezca en desacuerdo con los hechos, que nos muestran cuerpos parados súbitamente, al haber chocado con otro inmóvil, se concilia con esos hechos, después que se sabe que el movimiento perdido, en apariencia, continúa bajo nuevas formas, que no son, sin embargo, directamente apreciables.

     56. Debemos hacer, respecto al Movimiento, la misma advertencia que hicimos respecto a la Materia; su indestructibilidad no es sólo una verdad inductiva, es una necesidad de nuestro pensamiento; su destructibilidad no ha sido jamás realmente concebida, ha sido siempre, como lo es ahora, una pura forma verbal, una pseudo-idea. Nos es imposible decir si la realidad absoluta que produce en nosotros la conciencia de lo que llamamos movimiento, es o no un modo eterno de lo Incognoscible; pero que la realidad relativa de lo que llamamos movimiento, no puede jamás aniquilarse, ni nacer de la nada, es una verdad implantada en lo más íntimo de nuestro espíritu. Decir que el movimiento puede ser creado o anulado, decir que nada llega a ser algo o que algo llega a ser nada, es establecer en la conciencia relación entre dos términos, de los que uno está ausente de ella, lo que es absurdo. La misma naturaleza de nuestra inteligencia desmiente la hipótesis de que se puede concebir, y menos aún conocer, la cesación o la creación del movimiento.

     57. Queda por demostrar que la continuidad del movimiento, lo mismo que la indestructibilidad de la materia, nos es conocida realmente en función de la fuerza. Cada manifestación de fuerza permanece siempre la misma en cantidad; esta es la verdad última, en las cuestiones de movimiento, sea adquirida a posteriori, o dada a priori.

     Tomemos, por ejemplo, la propagación de las vibraciones sonoras a una gran distancia. Siempre que tenemos conciencia directamente de la producción de un sonido (por ejemplo, cuando le producimos nosotros mismos), su antecedente invariable es la fuerza; sabemos que lo que sigue inmediatamente a esa fuerza es el movimiento, primero de nuestros propios órganos, y enseguida de los cuerpos que ponemos en vibración. Podemos distinguir esas vibraciones con los oídos o con los dedos. Las sensaciones percibidas por el oído son el equivalente de la fuerza mecánica transmitida al aire, que se comunica por ese medio a los cuerpos circunvecinos, de lo cual tenemos una prueba evidente cuando esos objetos se quiebran por la intensidad de un sonido fuerte, como los vidrios rotos por el estampido de un cañonazo. ¿Cómo puede suceder que, en circunstancias favorables, se oiga desde los palos de un navío alejado cien millas de tierra las campanas de las iglesias, y cómo se sabe que las ondulaciones atmosféricas han atravesado esa inmensa distancia? Es evidente que cuando decimos que el movimiento del badajo, transformado en vibraciones de la campana y comunicado al aire ambiente, se ha transmitido a esa distancia en todos sentidos, disminuyendo en intensidad, a medida que la masa de aire atravesada ha ido aumentando, nos fundarnos en un cambio producido en la sensibilidad por el intermedio del oído. El que escucha no tiene conciencia de movimiento alguno; sólo la tiene de una impresión que siente y que implica una fuerza, como su correlativo necesario. Las impresiones comienzan por la fuerza y acaban por ella; el movimiento intermedio no es conocido muchas veces sino por inducción. Además, en mecánica celeste, si se prueba cuantitativamente la continuidad del movimiento, la prueba no es directa, sino inductiva, y los datos para la inducción son fuerzas. Un planeta determinado no puede ser reconocido sino por el poder constante que tiene de afectar nuestra vista de un modo especial, de producir sobre la retina un grupo de fuerzas unidas por una correlación característica. Además, el astrónomo no ve a ese planeta moverse, sino que de la comparación de sus posiciones presentes y pasadas ha deducido que se mueve. Y hablando con todo rigor, esa comparación no es más que una comparación de impresiones distintas producidas en el observador, por adaptaciones distintas de los instrumentos de observación. Un paso más y se ve que tal diferencia está desprovista de significación, mientras que no se ha probado que corresponde a una posición determinada, dada por el cálculo, y suponiendo que no se ha perdido movimiento alguno. Si, finalmente, examinamos el cálculo que da esa posición, descubrimos que se basa en aceleraciones y retrasos debidos a la naturaleza elíptica de la órbita, y a las perturbaciones producidas por los planetas próximos. Llega, pues, a concluir la indestructibilidad del movimiento del planeta, no por su movimiento uniforme, sino por la cantidad constante del movimiento manifestado, salvo lo comunicado a los otros cuerpos celestes o transmitido por ellos. Cuando inquirimos cómo se aprecia ese movimiento transmitido, vemos que es fundándose en ciertas leyes de fuerza, que todas sin excepción implican el postulado de que la fuerza es indestructible. Sin el axioma de la igualdad y antagonismo de la acción y de la reacción, la Astronomía no podría hacer predicciones exactas, y perderíamos la rigorosa prueba inductiva en ellas fundada de que el movimiento no puede jamás anularse; sólo puede transmitirse.

     Lo mismo sucede respecto a la conclusión a priori, de la continuidad del movimiento. Lo que el pensamiento no puede concebir se anule es la fuerza que el movimiento indica. El cambio constante de posición puede ser dejado de imaginar sin dificultad; tal sucede al pensar en el reposo; pero no es posible imaginar que la disminución y cesación de un movimiento se verifiquen, aun producidos por cuerpos exteriores al móvil, si no se hace abstracción de la fuerza de ese movimiento, la cual tenemos forzosamente que concebir bajo la forma de reacción en dichos cuerpos; mirando el movimiento a ellos comunicado como un producto de la fuerza comunicada, no como comunicado directamente. Podemos mentalmente disminuir la velocidad, el elemento espacio del movimiento, repartiendo el elemento fuerza entre mayor masa de materia; pero la cantidad de ese elemento-fuerza que consideramos como la causa del movimiento, es invariable para nuestra razón.

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