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    Los primeros principios
     Herbert Spencer ; traducción de José Andrés Irueste
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Capítulo VI.

Persistencia de la fuerza(2).

     58. Antes de dar el primer paso en la interpretación racional de los fenómenos, es preciso reconocer, no solamente los dos hechos de la indestructibilidad de la materia y de la continuidad del movimiento, sino también el de la persistencia de la fuerza. Sería absurdo querer hallar las leyes a que obedecen las manifestaciones, en general y en particular, si la fuerza que las produce pudiera comenzar o dejar de existir. Entonces la sucesión de fenómenos sería arbitraria; la Ciencia y la Filosofía serían imposibles.

     La necesidad de admitir esos dos hechos es más imperiosa que en las dos cuestiones precedentes; porque, como ya hemos visto, la validez do las pruebas de aquéllas descansa únicamente en la validez de la prueba de la persistencia de la fuerza. El análisis de nuestros razonamientos nos ha demostrado, en los dos casos, que la conclusión a posteriori implica la hipótesis de que basta probar que las manifestaciones de fuerza no cambian, para que resulte probado que no han cambiado las cantidades de Materia y de Movimiento; y hemos hallado también, que ese hecho es el elemento esencial del conocimiento a priori. Por consiguiente, el principio de que la cantidad de fuerza permanente invariable es la idea fundamental, sin la que esas otras ideas derivadas no pueden subsistir.

     59. ¿En qué razones nos fundamos para afirmar la persistencia de la fuerza? Inductivamente sólo tenemos una prueba, la que nos presenta el mundo de los fenómenos sensibles. Con todo, no conocemos inmediata o directamente fuerza alguna, a no ser la que desarrollamos con nuestros esfuerzos musculares; las demás son conocidas mediatamente por los cambios que las atribuimos. Mas puesto que no podemos inferir la persistencia de la fuerza, de la sensación que nos produce, que no persiste, debemos inferirla, si la inferimos, de la continuidad del movimiento o de la aptitud siempre igual de la Materia, para producir ciertos efectos. Pero ese razonamiento es un círculo vicioso; es ilógico afirmar la indestructibilidad de la Materia, porque la experiencia nos enseña que en todos los cambios o modificaciones que experimente una masa dada de materia, presenta la misma gravitación, y afirmar en seguida que la gravitación es constante porque una masa dada de materia presenta siempre la misma cantidad; o, lo que es lo misino, probar la continuidad del movimiento por la persistencia de la fuerza, y probar recíprocamente la persistencia de la fuerza por la continuidad del movimiento.

     Siendo, pues, necesarios los datos de la Ciencia, tanto objetiva como subjetiva, para resolver esa cuestión, idea de la persistencia de la fuerza, es conveniente examinar dicha idea muy detenidamente. A riesgo de cansar la paciencia del lector, debemos examinar de nuevo el razonamiento que demuestra la indestructibilidad de la Materia y la continuidad del Movimiento, y veremos que es imposible llegar, por un razonamiento análogo, a la persistencia de la Fuerza. En los tres casos la cuestión versa sobre cantidad; ¿disminuyen en cantidad la Materia, el Movimiento o la Fuerza? La ciencia cuantitativa implica la medida, y la medida implica la unidad de medida. Las unidades de medida, de que se derivan todas las demás medidas exactas, son unidades de extensión lineal. Partiendo de esas unidades, con palancas de brazos iguales o balanzas, se establecen las unidades iguales de peso o de fuerza gravitativas que usamos; y por medio de esas unidades iguales de extensión y peso, hacemos las comparaciones cuantitativas que nos conducen a las verdades de la ciencia de precisión. En las investigaciones que conducen al químico a concluir que ninguna parte del carbón desaparecido en una combustión se ha perdido, y que en el producto que resulta, el ácido carbónico, se encuentra todo aquel carbón, ¿qué prueba se invoca siempre? La prueba suministrada por la balanza. ¿En función de qué se expresa el veredicto de la balanza? En unidades de peso o de fuerza gravitativa. ¿Y cuál es el veredicto? Que el carbón presenta aún tantas unidades de fuerza gravitativa como antes de ser quemado. Se dice, pues, que la cantidad de materia es la misma si el número de unidades de fuerza que equilibra es el mismo; por consecuencia, la validez de la conclusión pende exclusivamente del número constante de unidades de fuerza; de modo, que si varía la fuerza con que la pesa, que representa la unidad de peso, tiende hacia la tierra, la deducción de la indestructibilidad de la materia, es viciosa o ilegítima. Todo estriba en el principio o hipótesis de que la gravedad de las pesas es constante; mas de esa constancia no tenemos ni podemos tener prueba alguna. Los razonamientos de los astrónomos implican una hipótesis semejante, de la cual podemos sacar una conclusión análoga.

     En Física celeste no hay problema que se pueda resolver, sin admitir alguna unidad de fuerza; no es preciso que esa unidad sea, como la libra o la tonelada, de las que podemos conocer directamente; basta tomar como unidad la atracción mutua de dos cuerpos determinados a una distancia dada, de suerte que las otras atracciones de que se ocupa el problema, puedan expresarse en función de aquélla. Adoptada esa unidad, se calculan los momentos que cada masa aislada produce en cada una de las otras, en un tiempo dado, y combinando esos momentos con los que ya poseen, se predice sus posiciones al fin de dicho tiempo, viniendo luego la observación a confirmar la predicción, de lo cual se pueden sacar dos conclusiones: si las masas son constantes, se prueba que el movimiento no ha disminuido; y si el movimiento no ha disminuido, se prueba que las masas son constantes. Pero lavalidez de una u otra conclusión pende, igualmente, de que la unidad de fuerza no haya variado. Y no sólo en las cuestiones concretas, suponen la persistencia de la Fuerza los razonamientos de la Física terrestre y de la Astronomía, si que también en el principio abstracto que les sirve de punto de partida y que invocan siempre, para justificar cada paso que dan. En efecto, ese principio -igualdad y oposición directa de la acción y de la reacción- equivale a decir: que no puede haber una fuerza aislada nacida de la nada y reducible a la nada, sino que una fuerza, que se manifiesta doquier, implica una fuerza antecedente, de la que se deriva, y contra la que reacciona. Además, aquella fuerza no puede desaparecer sin resultado; es preciso que se gaste en alguna otra manifestación de fuerza, que una vez producida constituye su reacción, y así sucesivamente. Es, pues, evidente que la persistencia de la fuerza es una verdad primaria, que no puede tener prueba inductiva. Sin necesidad del análisis precedente, podíamos asegurar; debe haber un principio- base de la Ciencia,- y que, por tanto, no puede ser establecido por la Ciencia. En efecto, sabemos que todos los razonamientos se fundan en algún postulado, y sabemos también (23) que, si referimos los principios derivados, a aquellos, cada vez más abstractos y generales, de que se derivan, no podemos dejar de llegar, al fin, a un principio más general y abstracto que todos, y que, por tanto, no puede derivarse ni deducirse de ningún otro. Pues bien, ese principio es, para la Ciencia en general, según las relaciones que hemos visto sostiene con todos los demás, la persistencia de la Fuerza.

     60. ¿Cuál es, pues, la fuerza cuya persistencia afirmamos? No es la fuerza de que tenemos conciencia en nuestros esfuerzos musculares, porque esa no persiste. Desde el momento en que un miembro extendido se afloja, desaparece la conciencia de la tensión. Es verdad que decimos, que en la piedra que lanzamos, o en el peso que levantamos, se manifiesta el efecto de dicha tensión muscular, y que la fuerza que ha dejado de estar presente a nuestro espíritu, existe en otra parte. Pero no existe en forma que podamos conocerla. Se ha probado (18) que, si por una parte nos vemos obligados, cuando levantamos un objeto del suelo, a pensar que su presión hacia abajo es igual a nuestra tensión hacia arriba, y que es imposible figurarse la igualdad de esas dos fuerzas, sin imaginar también su igualdad de especie; por otra parte, como esa igualdad de especie implicaría en el objeto una sensación de tensión muscular, que es absurdo atribuirle, debemos concluir que la fuerza, tal como existe fuera de nuestra conciencia, no es como la que en ella o por ella conocemos. Por consiguiente, la fuerza cuya persistencia afirmamos es la Fuerza, absoluta, de la que tenemos vagamente conciencia como correlativa necesaria de la fuerza que conocemos. Así, por persistencia de la fuerza entendemos: persistencia de un poder que supera a nuestro conocimiento y a nuestra razón. Las manifestaciones que se verifican en nosotros y fuera de nosotros, no persisten, lo que persiste es la causa incógnita de esas manifestaciones. En otros términos, afirmar la persistencia de la fuerza, no es más que otra manera de afirmar una realidad incondicionada, sin principio ni fin.

     Llegamos así de nuevo, impensadamente, a la verdad primaria, lazo de unión entre la Religión y la Ciencia. Examinando los datos que implica una teoría racional de los fenómenos, hallamos que todos pueden referirse a uno, sin el cual la conciencia es imposible, la existencia necesaria de un Incognoscible, correlativo necesario de lo cognoscible. Una vez comenzado, el análisis de las verdades admitidas como base de las investigaciones científicas nos conduce al principio fundamental en que se reconcilian la Filosofía y el sentido común.

     Los argumentos y las conclusiones contenidas en este capítulo y en los tres precedentes, son un complemento de los argumentos y conclusiones de la primera parte de esta obra.

     Allí probamos, por el examen de nuestras últimas o, más bien, primarias ideas religiosas y científicas, la imposibilidad de conocer el Ser absoluto; y en el capítulo siguiente probamos también por un análisis subjetivo que las condiciones mismas del pensamiento nos impiden conocer nada más que seres relativos; pero que esas mismas condiciones suponen necesariamente una conciencia o conocimiento vago e indeterminado del Ser absoluto. Ahora acabarnos de hallar, por el análisis objetivo, un resultado análogo, a saber: que las verdades axiomáticas de las ciencias físicas suponen como base común el Ser absoluto.

     Hay, pues, entre la Religión y la Ciencia una conformidad más profunda que la mostrada anteriormente; no sólo ambas confluyen en la proposición negativa de que no es posible conocer lo no relativo, sino también en la proposición positiva de que lo no relativo tiene existencia real. Ambas se ven obligadas, por la probada imposibilidad de sus pretendidos conocimientos, a confesar que la realidad última es incognoscible; y no obstante, se ven también forzadas a admitir su existencia, puesto que sin ella ni la Religión tiene objeto, ni la Ciencia subjetiva y objetiva tiene su dato primordial o indispensable. Sin suponer el Ser absoluto no podemos establecer una teoría de los fenómenos internos, ni una teoría de los fenómenos externos.

     61. Hemos considerado bajo diversos puntos de vista la naturaleza de esa intuición fundamental; no será, pues, inútil resumamos ahora los resultados obtenidos.

     En el cap. IV hemos visto que el poder incógnito, cuyo, principio y fin son inconcebibles, está presente en nuestro espíritu como una materia informe que recibe una nueva forma en cada pensamiento. Nuestra incapacidad para concebirle límites es simplemente correlativa de nuestra incapacidad de poner fin al sujeto pensante en tanto que piensa.

     En los dos capítulos precedentes hemos considerado esa verdad fundamental bajo otro aspecto. Hemos visto que la indestructibilidad de la Materia y la continuidad del Movimiento son en realidad corolarios de la imposibilidad de establecer una relación mental entre algo y nada; imposibilidad que nace de que, siendo lo que llamamos establecer una relación mental, el paso de la sustancia pensante de una forma a otra, pensar que algo se reduce a nada, equivaldría a que la sustancia pensante, después de haber existido bajo una forma dada, existiese sin forma alguna o cesase de existir. La incapacidad de concebir la destrucción de la Materia y del Movimiento, es la incapacidad de destruir la conciencia misma. Lo que hemos hallado de cierto, respecto a la Materia y al Movimiento, en los dos capítulos precedentes, lo es, a fortiori, de la Fuerza, es decir, del elemento integrante de los conceptos de Materia y de Movimiento; pues, como hemos visto, lo indestructible en la Materia y en el Movimiento es la Fuerza que manifiestan. Y últimamente acabamos de ver que el principio de la indestructibilidad de la fuerza es el correlativo del principio de la indestructibilidad de la causa incógnita de los cambios que se verifican en la conciencia. De modo, que la persistencia de la conciencia es la experiencia inmediata que tenemos de la persistencia de la Fuerza, y al mismo tiempo nos impone la necesidad de afirmar ésta.

     62. Vemos, pues, que bajo todos conceptos estamos obligados a reconocer que hay una verdad fundamental, dada a priori en nuestra constitución psíquica, la cual verdad no es sólo un dato de la Ciencia, si que también de la ignorancia o del sentido común inculto. Cualquiera que afirme que la incapacidad de concebir principio y fin al Universo es un resultado negativo de la estructura de nuestro pensamiento, no podrá negar que la intuición del Universo como persistente es un resultado positivo de esa misma estructura. La persistencia del Universo es la persistencia de la causa incógnita- Poder o Fuerza -que se nos manifiesta a través de todos los fenómenos.

     Tal principio es el fundamento de toda ciencia positiva, es anterior a toda demostración y a todo conocimiento determinado; es, en fin, tan antiguo como nuestro espíritu; es también superior en autoridad a toda otra autoridad, porque no sólo está dado en la constitución de nuestra propia conciencia, sino que es imposible imaginar una conciencia constituida de modo que no esté dado en ella aquel principio. Puesto que el pensamiento sólo implica el establecimiento de relaciones, se puede fácilmente concebir que se ejerza, aun cuando las relaciones no hayan sido aún sistematizadas en las nociones o ideas abstractas que llamamos Espacio y Tiempo; se puede concebir una especie de conciencia que no posea los principios a priori, que supone la organización de esas formas de relación; mas no se puede concebir que el pensamiento se ejerza sin ciertos elementos entre, los que puedan establecerse dichas relaciones; no se puede concebir una conciencia que no implique la existencia continua, como dato fundamental. La conciencia es posible sin tal o cual forma particular, pero es imposible sin materia, sin contenido.

     El único principio que supera, pues, a la experiencia, porque la sirve de base, es la persistencia de la Fuerza; que no sólo es la base de la experiencia, sino que debe serlo de toda organización científica de experiencias. A ese principio nos conduce el análisis; sobre él debe, pues, fundarse toda síntesis racional.

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