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    Los primeros principios
     Herbert Spencer ; traducción de José Andrés Irueste
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Capítulo IX.

Dirección del movimiento.

     74. La causa absoluta de todos los fenómenos del Universo es tan incomprensible bajó el punto de vista de la unidad o de la dualidad de su acción, como todas las demás causas.

     No es posible decidirse plena y racionalmente entre las dos hipótesis: una, que los fenómenos son los efectos de una causa única actuando en diversas condiciones, y otra, que son efectos del conflicto de dos fuerzas. ¿Es posible explicar todas las fuerzas particulares por una presión universal, en cuyo caso, lo que llamamos tensión resultaría de diferencias entre presiones desiguales u opuestas; o vice-versa, por una tensión universal, cuyas componentes opuestas darían por resultado lo que se llama presión; o finalmente, por la existencia simultánea de ambas fuerzas universales? Cuestiones son estas, insolubles, como todas las primarias, puesto que cada una de esas hipótesis es inconcebible, si bien sirve para explicar los hechos. Para admitir una presión universal, es preciso, evidentemente, admitir un lleno absoluto, un espacio ilimitado lleno de algo, comprimido por otro algo exterior, lo que es absurdo. Análoga objeción se puede hacer a la hipótesis de una tensión universal; y por último, si la hipótesis de la tensión y presión simultáneas es inteligible verbalmente, es más inconcebible la existencia de unidades de materia, atrayéndose y repeliéndose a la vez.

     Sin embargo, es forzoso admitir esta hipótesis, pues, para nuestro espíritu, el Cuerpo material se distingue del Cuerpo geométrico o del Espacio puro, por la oposición que presenta aquél a nuestra fuerza muscular, oposición que sentimos bajo la doble forma de una cohesión que exige nuestros esfuerzos para dividirle, y de una resistencia que se opone a nuestros esfuerzos para comprimirlo. Sin resistencia, sólo puede haber una extensión vacía; sin cohesión, no puede haber resistencia. Es probable que esos conceptos antagónicos hayan nacido en el principio del antagonismo de nuestros músculos extensores y flexores. Sea lo que quiera, nos vemos obligados a concebir todos los cuerpos como compuestos de partes que se atraen y se repelen mutuamente, puesto que así nos los revela la experiencia.

     Una abstracción mayor nos da el concepto de las fuerzas atractivas y repulsivas que dominan en el espacio; pues aunque no podemos separar la fuerza de la extensión ocupada, ni ésta de la fuerza, porque no tenemos conciencia inmediata de la una sin la otra, sin embargo, tenemos pruebas abundantes de que la fuerza se ejerce a través de espacios vacíos, para nuestros sentidos. Para representarnos esa acción, mentalmente, hemos tenido que suponer una especie de materia -el éter, -llenando esos espacios, vacíos aparentemente. Pero la constitución que suponemos a ese medio etéreo, como la que asignamos a la materia sólida, no es más que un resumen de las impresiones que recibimos de los cuerpos tangibles. La resistencia a la compresión o a la distensión, que manifiestan los cuerpos, se ejerce en todas direcciones, a partir de cada unidad material de las que se los supone compuestos. Sean, pues, esas unidades, átomos de materia ponderable o de éter, las propiedades de que las suponemos provistas no son otras que esas propiedades perceptibles, idealizadas. Centros de fuerza, atrayéndose y repeliéndose mutuamente en todas direcciones, no son sino partes imperceptibles de materia, provistas de las propiedades comunes o inseparables de las partes perceptibles. Esas propiedades son el volumen, la forma, la calidad, etc., de las cuales nos serviremos aún para interpretar las manifestaciones de fuerza que el tacto no puede apreciar, siquiera sean términos ideales o abstractos de nuestras sensaciones táctiles. Verdad es que no tenemos otros términos de que servirnos.

     Según lo que precede, inútil es decir que esas fuerzas, universalmente coexistentes, de atracción y de repulsión, no deben ser consideradas como realidades, sino como símbolos, por cuyo medio representamos la realidad; son las formas, bajo las cuales se nos revelan las operaciones de lo Incognoscible, los modos de lo Incondicionado, en cuanto están presentes a las condiciones de nuestro espíritu. Pero sí sabemos que las ideas así producidas en nosotros no tienen una verdad absoluta, podemos confiar en ellas como verdades relativas, y sacar una serie de deducciones de una verdad relativa de igual valor.

     75. De la coexistencia universal de las fuerzas de atracción y repulsión, resultan ciertas leyes de dirección de todos los movimientos. Cuando sólo hay fuerzas atractivas, o cuando son las únicas apreciables, el movimiento se verifica en el sentido de su resultante, que puede llamarse la línea de máxima atracción. Cuando sólo hay o son apreciables fuerzas repulsivas, el movimiento se verifica en el sentido de la que se llama línea de mínima resistencia. Cuando ambos órdenes de fuerzas son apreciables, el movimiento se efectúa en el sentido de la resultante de todas las tracciones y de todas las resistencias;.y este caso, como ya sabemos, es el único efectivo, puesto que siempre están actuando unas y otras fuerzas. Pero sucede muchas veces que una de las fuerzas presenta un exceso tal de intensidad, que los efectos de la otra pueden ser despreciados. Así, podemos decir, que un cuerpo cae hacia la Tierra, por la línea de máxima tracción, aunque la resistencia del aire desvía algo de aquella línea a los cuerpos ligeros (plumas, etc.).

     Análogamente, aunque la dirección del vapor de una caldera que estalla, difiera algo de la que sería si la gravitación no existiese, como esta fuerza puede considerarse infinitesimal, en ese caso, podemos afirmar que el vapor se escapa según la línea de mínima resistencia. Podemos pues, decir, que el movimiento sigue siempre la línea de máxima tracción, o la de mínima resistencia, o la resultante de ambas fuerzas, caso único y rigorosamente verdadero, aunque los otros sean aceptables, muchas veces, en la práctica.

     El movimiento efectuado en una dirección es, a su vez, causa de otro movimiento en esa misma dirección, puesto que éste no es sino la manifestación de un sobrante de fuerza en esa dirección. Lo propio sucede en el transporte de la materia a través del Espacio, en el transporte de la materia a través de la materia, y en el transporte de las vibraciones a través de la materia. Cuando se mueve la materia a través del Espacio, ese principio se traduce en la ley de inercia, fundamento general de todos los cálculos astronómicos. Cuando se mueve la materia a través de la materia, volvemos a hallar el mismo principio; como lo comprueba la experiencia diaria de las roturas o penetraciones de unos sólidos por otros, los canales formados por los fluidos a través de los sólidos, en cuyas direcciones se verifican, a igualdad de las demás circunstancias, todos los movimientos subsiguientes de la misma naturaleza. Por último, cuando algunos movimientos atraviesan la materia, bajo, la forma de una impulsión comunicada de parte a parte, el establecimiento de ondulaciones en determinado sentido, favorece su continuación en el mismo, como lo comprueban, por ejemplo, los fenómenos magnéticos.

     Otra consecuencia de esas condiciones primordiales, es que la dirección del movimiento no puede ser, sino rarísima vez, rectilínea; pues para que lo fuera, sería preciso que las fuerzas atractivas y repulsivas estuviesen dispuestas simétricamente alrededor de la dirección inicial, y hay infinitas probabilidades para que eso no suceda. Así, es imposible hacer una arista perfectamente recta de cualquier materia que sea; todo lo que se puede hacer, recurriendo a los procedimientos mecánicos más delicados, es reducir las irregularidades de la arista a una pequeñez tal, que no puedan ser vistas sino con instrumentos amplificadores. Este ejemplo basta para demostrar lo afirmado en la cláusula anterior.

     Debemos añadir que la curva descrita por un cuerpo en movimiento, es necesariamente más o menos compleja, en razón del número y variedad de las fuerzas que actúan sobre él; ejemplo, el contraste entre el vuelo de una flecha y las vueltas y revueltas que da un palo arrastrado por unas aguas agitadas.

     Para dar un paso más en la unificación del conocimiento, tenemos que seguir esas leyes generales a través de los varios órdenes de cambios que presenta el Cosmos; tenemos que comprobar, cómo cada movimiento se efectúa siempre, o según la línea de máxima tracción, o según la de mínima resistencia, o según la resultante de ambas; cómo un movimiento iniciado en cierto sentido, determina otros movimientos en esa misma dirección; cómo, sin embargo, la influencia de fuerzas exteriores hace desviar esa dirección, creciendo el grado de la desviación siempre que una nueva influencia se añade a las ya existentes.

     76. Si admitimos, como carácter del primer periodo de condensación de las nebulosas, que la materia densa, antes difusa, se precipitó en copos (hipótesis que legitiman los conocimientos físicos, y que concuerdan con algunas observaciones astronómicas), el movimiento que se verificó entonces en las nebulosas puede explicarse como una consecuencia de las leyes generales que hemos señalado. Todas las partes de esa materia gaseiforme debieron moverse hacia su centro común de gravedad. Las fuerzas atractivas, que por si solas hubieran hecho verificarse rectilíneamente ese movimiento hacia el centro de gravedad, encuentran las fuerzas resistentes del medio, a cuyo través se verifica aquella atracción; el movimiento debe, pues, seguir la resultante de esas fuerzas antagonistas, que, según la forma asimétrica del copo, debe ser una línea dirigida, no hacia el centro de gravedad, sino hacia un lado; y se demuestra fácilmente que en un grupo de copos cada uno de los cuales se mueva separadamente, la composición de fuerzas debe producir, en definitiva, una rotación de toda la nebulosa en una dirección determinada.

     Sólo hornos recordado esa hipótesis, para mostrar que la ley se aplica a ese caso. Supongamos, ahora, la nebulosa transformada, y estudiemos los fenómenos actuales de nuestro sistema solar. En él se ven continuamente ejemplos de los principios generales antes expuestos. Cada planeta, cada satélite, tiene un momento que, si actuase solo, le llevaría en la dirección en que se mueve en aquel instante; momento que, según eso, obra como una fuerza resistente al movimiento en otra dirección. Además, dichos cuerpos están solicitados por fuerzas que, si actuasen solas -una sobre cada astro, -los dirigirían en sentido inverso de su dirección primitiva. La resultante de esas dos fuerzas es la línea que el astro describe, resultado de la distribución asimétrica de las fuerzas alrededor de su trayectoria. Estudiando ésta más detenidamente, hallamos nuevas comprobaciones. En efecto, no es rigorosamente una elipse (lo que sería, si no actuasen más fuerzas que la tangencial y la centrípeta), porque las atracciones de los astros más próximos del sistema, causan lo que se llama perturbaciones; es decir, pequeñas desviaciones en cada uno de los elementos de la elipse tipo que producirían las dos fuerzas principales. Esas perturbaciones nos muestran cómo la línea del movimiento se hace más complicada, a medida que se multiplican las fuerzas. Si examinamos los movimientos de las partes de esos astros, los hallamos más complejos aún. Cada partícula terrestre describe una trayectoria, resultado de una multitud de fuerzas, a saber: la resistencia que la impide aproximarse al centro, las fuerzas tangencial y centrípeta del movimiento de rotación, y las del de traslación terrestre, etc.; y si se trata de aguas, hay que añadir las atracciones solar y lunar, causas de las marcas, o las fuerzas que hacen correr los ríos, arroyos, etc.

     77. Consideremos, ahora, los cambios terrestres, tanto los presentes, como los pasados, inducidos por los geólogos. Comenzaremos por los cambios que sobrevienen continuamente en la atmósfera terrestre; pasaremos luego a los más lentos de la superficie, y, por último, a los que se verifican, mucho más lentamente aún, en el interior.

     Las masas de aire inferiores, o en contacto con la Tierra, absorbiendo parte del calor recibido del Sol por aquélla, se dilatan, y en consecuencia se elevan, según la línea de menor presión o resistencia, viniendo en seguida a reemplazarlas las masas de aire adyacentes, que hallan la resistencia lateral disminuida. A consecuencia de la ascensión de las masas de aire calentadas por las vastas llanuras de la zona tórrida, se produce en la parte superior de la atmósfera una protuberancia que supera el límite del equilibrio; y el aire que la forma se desborda, por tanto, hacia los polos, lateralmente, porque en este sentido disminuye la resistencia, al paso que la atracción terrestre permanece próximamente constante. En cada corriente del mismo origen, como en cada contracorriente que reemplaza el vacío dejado por la primera, la dirección es siempre la resultante de la fuerza atractiva terrestre y de la resistencia opuesta por las masas del aire ambiente, modificada sólo por el choque con otras corrientes y con las prominencias de la superficie terrestre, y por la rotación terrestre de que participa la atmósfera. Los movimientos del agua en sus dos estados, líquido y gaseoso, suministran otros ejemplos. Se puede demostrar, según la teoría mecánica del calor, que la evaporación es la fuga de las moléculas del líquido en el sentido de la mínima resistencia, y que a medida quela resistencia disminuye la evaporación aumenta. Recíprocamente, la precipitación de moléculas llamada condensación, que se verifica cuando una parte del vapor atmosférico se enfría lo suficiente, puede interpretarse como una disminución de la tensión mutua de las moléculas que se condensan, mientras que la presión de las moléculas ambientes permanece la misma. El movimiento se hace, pues, en el sentido de la menor resistencia. En la caída de las gotas de lluvia, que resultan de esa condensación, vemos un ejemplo, de los más sencillos, del efecto combinado de las dos fuerzas antagonistas. La atracción terrestre y la resistencia de las corrientes atmosféricas, que varían a cada instante en dirección o intensidad, dan por resultados líneas inclinadas sobre el horizonte según todos los grados, y que sufren perpetuas variaciones. Esas mismas gotas de lluvia suministran un ejemplo más evidente aún de la ley, después que llegan a la tierra; corriendo por su superficie en arroyos y ríos, cuyo curso sigue siempre una línea tan recta como lo permiten los obstáculos que halla el agua en la materia sólida sobre que corre y en la circunvecina; siendo siempre la dirección seguida la resultante de las líneas de máxima atracción terrestre y de mínima resistencia de los obstáculos. Las cascadas, lejos de presentar una excepción a la ley, como parece a primera vista, son otra confirmación de aquélla. En efecto, aun cuando, en ese caso, estén separados todos los obstáculos sólidos que se pudieran oponer a la caida vertical, queda uno, sin embargo, el momento horizontal que, combinado con la gravedad, engendra la parábola, según la cual se verifica la caida. No olvidemos la complicación que produce en las trayectorias de los fluidos terráqueos la multitud y variedad de las fuerzas que entran en juego. Las corrientes atmosféricas, y más evidentemente el curso de las aguas, inclusas las del Océano, siguen indudablemente líneas alabeadas, de ecuaciones variables con el tiempo.

     Los cambios de la costra sólida terrestre son otro grupo de ejemplos sujetos a la ley. Desde luego, el acarreo de tierras y el depósito de las transportadas para formar nuevas capas, en el fondo de los lagos y los mares, se verifican evidentemente del mismo modo que el movimiento de las aguas que las acarrean. Además, aunque nada pruebe inductivamente que las fuerzas ígneas actúan según las líneas de mínima resistencia, lo poco que sabemos de ellas y, de sus efectos confirma la creencia de que obedecen también a la ley. Los terremotos se reproducen próximamente en lag mismas localidades, y hay grandes comarcas que experimentan, durante largos períodos, elevaciones y depresiones lentas de nivel. Eso implica que las partes de la corteza terrestre, una vez rotas o dobladas, están más dispuestas a ceder a nuevas presiones interiores, o a nuevas contracciones. La distribución de los volcanes en ciertas direcciones, y la repetición de las erupciones por las mismas aberturas, tienen la misma significación.

     78. Sir James Hinton ha demostrado en The Medico-Chirurgical Review de Octubre 1858, que el crecimiento de los seres organizados se verifica siempre en el sentido de la mínima resistencia. Después de haber descrito detalladamente algunas de las primeras observaciones que han conducido a esa generalización, la formula así:

     « La forma orgánica es resultado del movimiento. Este sigue siempre la dirección de la mínima resistencia. De consiguiente, la forma orgánica es resultado del movimiento en la dirección de la mínima resistencia.»

     Después de haber explicado y defendido su proposición, Hinton se sirve de ella para explicar diversos fenómenos del desarrollo orgánico. Así, hablando de las plantas, dice: « La formación de la raíz es un bonito ejemplo de la ley de la menor resistencia; en efecto, la raíz crece, introduciéndose, célula por célula, en los intersticios del suelo; y crece por adiciones tan tenues, que remueve o rodea todos los obstáculos que encuentra, y se dirige hacia donde puede absorber mejor los materiales nutritivos. Cuando miramos las raíces de un árbol vigoroso, nos parece que las ha hecho penetrar con gigántea fuerza en la tierra. Nada de eso; han penetrado lenta y dulcísimamente, célula tras célula, a medida que la humedad descendía y que la tierra estaba menos dura y las abría paso. Sin duda, una vez formadas, se extienden con una fuerza enorme; mas su naturaleza esponjosa nos veda creer que penetren en la tierra a viva fuerza. Lo que sí es probable que algunas de las nuevas raicillas se alojen en las grietas formadas en el terreno por las partes ya duras y voluminosas.

     «En casi todo el reino orgánico se dibuja más o menos aparentemente la forma espiral. Ahora bien; el movimiento que sufre alguna resistencia sigue siempre esa dirección, como se ve en el movimiento de un cuerpo que sube o baja en el agua. La forma espiral que domina en los seres organizados parece, pues, una presunción más en pro de la ley que tratamos de probar. La forma espiral de las ramas de un gran número de árboles es muy aparente, y basta recordar que, las hojas se colocan casi siempre en espiral alrededor de la rama. El corazón comienza por una espira, y en su forma perfecta se nota una espiral bien manifiesta, en el ventrículo izquierdo, el derecho, la aurícula izquierda y la derecha. ¿Qué es la espira en que aparece el corazón primeramente, sino el resultado necesario del alargamiento, limitado forzosamente, de la masa celular de que se compone entonces?

     «Todo el mundo ha notado el rizado particular de las hojas del helecho común, las cuales parecen arrolladas sobre sí mismas, no siendo, sin embargo, tal forma sino un resultado del crecimiento sujeto también a límites.

     «El arrollamiento o imbricación de los pétalos en muchas flores es un fenómeno análogo; al principio se los ve unos al lado de otros, pero luego, creciendo en el capullo, se arrollan unos sobre otros.

     «Si se abre, en una época suficientemente lejana de la floración, el botón o capullo de una flor, los estambres parecen moldeados en la cavidad comprendida entre los pistilos y la corola, cavidad que las anteras llenan totalmente; los filamentos se forman después. Nótase también que en ciertos casos en que las flores o los pétalos son imbricados o arrollados, el pistilo está modelado como si creciese entre los pétalos. En otras flores cuyos pétalos se colocan en el capullo en forma de cúpula (como en el oxiacanto), el pistilo está aplastado en su vértice y ocupa en el botón un espacio exactamente limitado por los estambres, inferiormente, y los pétalos, lateral y superiormente. Sin embargo, no puede asegurarse que esa forma exista en todos los vasos.»

     Sin dar a todos los ejemplos que pone Hinton todo el valor que él les da, puesto que a muchos de ellos puede ponérseles serias objeciones, puede, sin embargo, aceptarse su conclusión como verdadera en su mayor parte. Con todo, es digno de ser notado que en el crecimiento de los organismos, como en todos los demás casos, la línea del movimiento es rigorosamente la resultante de las fuerzas de tracción y de resistencia, y que las fuerzas atractivas entran en una escala tan considerable que la fórmula no es completa si no las tiene en cuenta. Así, la dirección de una rama no es la que hubiera sido sin la acción atractiva de la Tierra; cada flor, cada hoja está un poco cambiada en el curso de su desarrollo por el peso de sus partículas. En los animales son menos visibles los efectos de la gravedad; ésta, sin embargo, ejerce manifiestamente su acción, desviando de su dirección a algunos órganos flexibles; lo cual nos da derecho para decir que en todo el reino orgánico, las formas son modificadas por la fuerza de gravedad.

     Pero no sólo hay que considerar los movimientos orgánicos que dan por resultado el crecimiento, sí que también los que constituyen las diversas funciones, los cuales obedecen a las mismas leyes generales. Los vasos en que corren la sangre la linfa, la bilis, etc., son conductos en que la resistencia es mínima; el hecho es tan evidente, que casi no se debe ni mentarle; pero hay otro no tan evidente, y es la influencia de la atracción terrestre que sufren las corrientes de los líquidos contenidos en dichos vasos. Son tres ejemplos de esa influencia: las venas varicosas, el alivio de las partes inflamadas cuando se las sostiene, y la congestión de la cabeza, visible inmediatamente en la cara, cuando nos ponemos cabeza abajo. La infiltración o edema de las piernas crece por el día y disminuye por la noche, mientras que, al contrario, la hinchazón de los párpados, síntoma común en la debilidad, aumenta en el lecho y disminuye estando levantados; estos dos ejemplos prueban que la exhalación del líquido por las paredes de los capilares varía, cuando un cambio de posición cambia el efecto de la gravedad sobre las diversas partes del cuerpo.

     Bueno será indicar, de paso, el alcance del principio en cuestión en el desarrollo de las especies. Bajo el punto de vista dinámico la selección natural implica cambios en el sentido de las líneas de menor resistencia. La multiplicación de una especie de planta o de animal, en las localidades que le son favorables, es un crecimiento en el punto en que las fuerzas antagonistas son menores que en otra parte. La conservación de las variedades que prevalecen mejor que sus compañeras, en la lucha con las condiciones ambientes, es la continuación del movimiento vital en las direcciones en que los obstáculos son más fácilmente eludibles o superables.

     79. No es tan fácil probar que la ley general de la dirección del movimiento rige también los fenómenos del espíritu. Desde luego, en la mayor parte de esos fenómenos -los de sentimiento e inteligencia- no hay movimiento apreciable; y aun en los de sensación y de voluntad, que nos muestran en una parte del cuerpo un efecto originado por una fuerza aplicada a otra parte, el movimiento intermedio se infiero más bien que se ve. Las dificultades son tales que no podemos sino indicar brevemente las pruebas que se podrían dar si el espacio lo permitiera.

     Supongamos, primeramente, en equilibrio las diversas fuerzas que reinan en un organismo; si en una parte de él se añade o desarrolla alguna nueva fuerza, allí, y en el sentido de esa fuerza principiará un movimiento, puesto que en ese sentido será máxima la presión o mínima la resistencia; si al mismo tiempo hay en otra parte del mismo ser orgánico un gasto o disminución de fuerza, el movimiento que se verificará entre esos dos puntos, será indudablemente según la ley consabida.

     Ahora bien: una sensación implica el aumento o desarrollo de una fuerza, en el punto impresionado del organismo, y un movimiento supone un gasto, una pérdida de fuerza en el órgano movido total o parcialmente. Resulta, pues, que, si como se comprueba continuamente, el movimiento se propaga desde las partes del organismo en que el mundo exterior añade fuerzas, bajo la forma de impresiones nerviosas, a las partes que reaccionan sobre el mundo exterior por contracciones musculares, no hace sino obedecer a la ley tantas veces enunciada. De esta conclusión general podemos pasar a otra más especial, a saber: cuando hay en la vida animal algo que implica que una sensación, en determinada parte, va comúnmente seguida de una contracción en otra; si se establece entre esas dos partes un movimiento repetido frecuentemente, ¿cuál debe ser el resultado, en cuanto a la línea en cuya dirección se verifican esos movimientos? El restablecimiento del equilibrio entre los puntos en que las fuerzas han crecido o disminuido debe hacerse por alguna vía; si esta vía es afectada por la descarga; si la acción obstructora de los tejidos atravesados produce una reacción sobre ellos, a expensas de su poder obstructor, un nuevo movimiento entre los dos puntos hallará menos resistencia en esa misma vía, que la hallada por el primero, y por consiguiente la seguirá mucho más fácilmente. Del mismo modo, cada repetición disminuirá, para el porvenir, la resistencia opuesta en esa vía, y, por consecuencia, se formará, entre los dos puntos, una línea permanente de comunicación. Siempre, pues, que entre una impresión particular y un movimiento que la sigue, se establece la conexión, que se ha llamado acción refleja, ésta se explica fácilmente por la ley de que el movimiento sigue la línea de mínima resistencia, y de que, permaneciendo constantes las condiciones, la resistencia en una dirección disminuye por un movimiento anterior en esa dirección. Sin más detalles, se verá manifiestamente que se puede dar una interpretación semejante de todos los cambios nerviosos sucesivos o consecutivos. Si en el mundo exterior hay objetos, atributos, acciones, que comúnmente se presentan juntos, los efectos que producirán en el organismo se unirán por las repeticiones que constituyen la experiencia, y serán producidos también juntos. La fuerza de conexión entre estados nerviosos, que corresponda a una conexión exterior entre los fenómenos, será proporcional a la frecuencia con que esa conexión exterior se reproduzca en la experiencia (para el mismo individuo). Así se formarán entre los estados nerviosos todos los grados de cohesión, como hay todos los grados de frecuencia entre los fenómenos coexistentes y sucesivos, que como tales originan dichos estados nerviosos; debe, pues, resultar una correspondencia general entro las ideas asociadas y las acciones asociadas que se verifican en el exterior.

     Del mismo modo se puede interpretar la relación que une entre sí las emociones y las acciones. Veamos primeramente lo que sucede a las emociones involuntarias. Éstas, como los sentimientos en general, producen cambios orgánicos, y sobre todo contracciones musculares, resultando, como ya indicamos en el último capítulo, movimientos, ora voluntarios, ora involuntarios, cuya intensidad varía en razón directa de la fuerza de las emociones. Fáltanos indicar que el orden en que son afectadas los músculos no es explicable sino por la ley general de la dirección del movimiento. Así, un estado psíquico agradable o penoso, pero de poca intensidad, apenas hace más que aumentar los latidos del sistema circulatorio; ¿por qué? Porque siendo común a casi todos los géneros y especies de sentimientos la relación entre la excitación nerviosa y la contracción vascular, es repetida más frecuentemente que las otras relaciones, y por tanto presenta menos resistencia a la descarga nerviosa esa dirección que otra alguna, bastando una fuerza muy débil para producir movimiento en ese sistema orgánico. Un sentimiento más fuerte o una pasión más viva afecta, no sólo al corazón, si que también a los músculos de la cara, y especialmente a los que rodean la boca, en lo cual sigue manifiesto el cumplimiento de la ley, porque esos músculos, en continuo movimiento para la palabra, presentan menos resistencia que otros músculos voluntarios a la fuerza neuro-motriz. Una emoción aún más fuerte excita de una manera visible los músenlos de la respiración y de la voz. En fin, una emoción o una pasión violentísima produce contracciones violentas en casi todos los músculos. No es esto decir que tal interpretación se aplique a todos los detalles de los varios fenómenos psíquico-orgánicos (serían necesarios, para saberlo, datos imposibles de ser obtenidos); pero sí puede asegurarse: que si se colocase a los músculos por orden de excitabilidad estarían primero los más débiles y más frecuentemente en acción, y después los más fuertes y menos frecuentes en sus acciones. La risa, descarga espontánea de sentimientos, que afecta primero los músculos dispuestos alrededor de la boca, luego los del aparato vocal y respiratorio, y por último los de los miembros y los de la columna vertebral, basta para probar que cuando una fuerza nacida en los centros nerviosos no tiene va abierta una ruta especial, produce un movimiento por las vías que la ofrecen menos resistencia, y si es demasiado intensa para que la basten esas vías, produce movimientos en las otras, que gradualmente la van presentando más y más resistencia.

    Probablemente se juzgará imposible extender la ley a las voliciones. Sin embargo, no faltan testimonios de que a ella se conforma el paso de los deseos a los actos musculares correlativos. Es fácil probar que los antecedentes mentales de un movimiento voluntario son tales que la línea según la cual se verifica ese movimiento es, temporalmente al menos, la línea de mínima resistencia. En efecto, un pensamiento sugerido, como es necesario, por un pensamiento anterior y ligado a él por asociaciones que determinan la transición, es una representación del movimiento deseado y de sus consecuencias. Pero representarse algunos de nuestros propios movimientos es, en parte recordar las sensaciones que los acompañan, inclusa la de tensión muscular, en parte excitar los nervios motores convenientes y todos los demás que terminan en los órganos puestos en juego. Esto quiere decir que la volición es una descarga inicial a lo largo de una línea que, por efecto de fenómenos anteriores, ha venido a ser la línea de menor resistencia. El paso de la volición a la acción no es sino el complemento de la descarga.

     Antes de seguir, notaremos un corolario de ese hecho, a saber: que la serie particular de movimientos musculares, por los cuales se alcanza el objeto de un deseo, se compone de movimientos que implican la menor suma posible de resistencias que vencer. Como cada sentimiento engendra un movimiento en el sentido de la mínima resistencia, es claro que un grupo de sentimientos que constituya un deseo más o menos complejo, engendrará un movimiento sobre una serie de líneas de mínima resistencia. Es decir, que el fin deseado será obtenido por la suma mínima de esfuerzos. Si se objeta que por falta de conocimientos o de destreza, un hombre sigue, a veces, la más difícil de dos vías, y tiene, por consiguiente, que vencer una suma de fuerzas antagonistas mayor que la necesaria, responderemos que, relativamente a su estado mental, la vía que sigue es la que cree más fácil; hay otra, sin duda, que lo es más, bajo el punto de vista abstracto, pero su ignorancia de tal vía, o su incapacidad de tomarla es tal, bajo el punto de vista físico, que impide insuperablemente la descarga de sus fuerzas en esa dirección. La experiencia adquirida o la que otros le han comunicado, no ha creado en él aún las vías de comunicación nerviosa necesarias para que esa dirección, mejor para él, sea la dirección verdadera de la menor resistencia.

     80. Puesto que en todos los animales, incluso el hombre, el movimiento sigue las líneas de mínima resistencia, lo mismo sucederá en las agrupaciones cualesquiera de hombres; pues dependiendo los cambios de las sociedades, de las acciones combinadas de sus miembros, el curso de esos cambios será determinado por las mismas leyes que rigen todos los cambios que se verifican por composición de fuerzas.

     Así, cuando se considera la sociedad como un organismo y se observa la dirección de su crecimiento, se halla que es aquélla en que la resultante de las fuerzas opuestas es mínima. En efecto, los individuos o unidades sociales tienen fuerzas disponibles para mantenerse y reproducirse; esas fuerzas encuentran otras antagonistas, a saber: unas geológicas o climatológicas, otras de animales feroces, o de otros hombres enemigos o competidores. Las superficies sobre las que esa sociedad se reparte son aquéllas en que la suma de fuerzas antagonistas es más débil. Para reducir la cuestión a sus términos más sencillos, podemos decir que las unidades sociales tienen que consagrar sus fuerzas, combinadas o aisladas, a preservarse, ellas y sus descendientes, de las fuerzas inorgánicas y orgánicas que tienden continuamente a destruirlas (sea indirectamente por oxidación o destrucción anormal de calor, sea directamente por una mutilación del cuerpo); que esas fuerzas pueden ser, ya neutralizadas por otras, en forma de alimentos, vestidos, habitaciones, instrumentos de defensa, etc., ya eludidas en lo posible; en fin, que la población se extiende en todas las direcciones en que encuentra, o los medios de evitar dichas fuerzas antagonistas más fácilmente, de emplear menos trabajo en adquirir los materiales para los medios de resistencia, o bien las dos ventajas simultáneamente. Por estas razones, los valles fértiles, en que abundan el agua y los productos vegetales, han sido los habitados desde luego por los primeros pueblos; así como las orillas del mar, que les ofrecía, en gran abundancia, un alimento fácil de ser cogido. Un hecho general que tiene la misma significación es que, en cuanto podemos juzgar por las trazas que han dejado, las grandes sociedades se desarrollaron primero, en las regiones intertropicales en que los frutos terrestres se producen más fácilmente, y donde, también, cuesta menos trabajo sostener o conservar el calor animal. Puede añadirse a esos hechos otro que está pasando continuamente a nuestra vista: la emigración, que vemos se dirige constantemente hacia los sitios que ofrecen menos obstáculos a la conservación de los individuos, y de consiguiente al desarrollo de las naciones. Lo propio sucede en la resistencia que oponen a los movimientos de una sociedad, las sociedades vecinas. Cada tribu o nación que habita una comarca, crece en población hasta que sobrepuja a sus medios de subsistencia; hay en ella una fuerza continua de expansión, hacia las comarcas vecinas, que encuentra, naturalmente, la resistencia de las tribus o naciones que las ocupan. Las guerras incesantes que de ahí resultan, las conquistas sobre las tribus o naciones más débiles, la devastación del territorio por los vencedores, son movimientos sociales que se verifican en las direcciones de mínima resistencia. Los pueblos conquistados, cuando escapan al exterminio o a la esclavitud, no dejan de presentar también movimientos del mismo origen. En efecto, emigrando hacia las regiones menos fértiles, buscando un refugio en los desiertos y en las montañas, dirigiéndose a regiones cuya resistencia al desarrollo social es relativamente fuerte, no hacen más que obedecer, a una presión que los rechaza de sus habitaciones primeras, y que es mayor que la resistencia que les ofrecen los obstáculos físicos de la nueva comarca, a la conservación y desarrollo sucesivos.

     También se puede interpretar del mismo modo los movimientos internos de una sociedad. Las localidades naturalmente propias para producir ciertos géneros, naturales o artificiales, es decir, donde esos géneros se obtienen con menos trabajo, o el deseo de procurárselos ofrece menos resistencia, llegan a ser los centros especialmente consagrados a producirlos. Así, en un país en que el suelo y el clima concurren para hacer del trigo un producto remunerador, es decir, que restituye la suma de fuerzas, de todas clases, empleadas en su cultivo, con una suma mayor, relativamente, de sustancia nutritiva, el cultivo del trigo llega a ser el trabajo dominante. Al contrario, en los países en que no se puede obtener trigo directa y económicamente, la avena, el centeno, el maíz, el arroz, las patatas, son los principales productos agrícolas. En las orillas del mar, la alimentación más fácil es el pescado; así sus habitantes son, la mayoría, pescadores. En los países ricos en carbones y en metales, la población es minera, en su mayoría, porque el trabajo empleado en la extracción del mineral representa mayor suma de alimentos y de vestidos, que si lo empleasen de otro modo. Este ejemplo nos conduce a tratar del comercio, nueva prueba de la generalidad de la ley en cuestión. En efecto, el comercio empieza desde el momento en que se facilita al hombre conseguir sus deseos, disminuyendo los esfuerzos que habría de efectuar para esa consecución. Cuando en vez de hacer cada familia para sí la recolección de sus granos, el tejido y confección de sus vestidos, etc., se dedicaron unos a labradores, otros a tejedores, sastres, zapateros, etc., fue porque conocieron que era mucho más penoso hacer cada uno todo lo que necesitaba, que hacer una gran cantidad de una sola cosa, y quedándose con lo necesario, cambiar el resto. Aun en eso, el decidirse cada hombre a obtener tal o cual producto, fue, y lo es todavía hoy, obedeciendo a la misma ley. En efecto, a más de las condiciones locales que determinan a secciones enteras de una sociedad a dedicarse a los trabajos que les son más fáciles, hay también aptitudes y condiciones individuales que hacen a cada uno preferir determinada ocupación; de suerte que, escogiendo las formas de actividad impuestas por las circunstancias que les rodean y por las propias facultades, las unidades sociales se mueven, cada una hacia los objetos deseados, según las direcciones que presentan menos obstáculos. Los transportes que implica el comercio siguen la misma ley. Así, mientras que las fuerzas que es necesario vencer para procurarse los objetos necesarios a la vida, en la región en que han de ser consumidos, son menores que las fuerzas análogas para hacerlos venir de otras regiones, no hay comercio exterior; pero cuando las regiones próximas los producen con una economía, que no es destruida aún por los gastos de transporte; cuando la distancia es tan pequeña y el camino tan fácil, que el trabajo del transporte, sumado con el de la producción, da una suma menor que el trabajo de producción en el país del consumo, el transporte se establece. Nótase también que las vías para las comunicaciones comerciales se abren en el sentido de la menor resistencia. Al principio, cuando las mercancías eran transportadas a lomo, se escogían los senderos que tuvieran la triple ventaja de ser más cortos, con menos cuestas y con menos obstáculos; es decir, los que podían recorrerse con menos fuerza. Después, al tener que subir cuestas, se procuraba que no se desviasen de la horizontal, sino lo estrictamente preciso para evitar las desviaciones verticales que hubieran exigido mayor tracción. Siempre es la menor suma de obstáculos lo que determina la ruta, aun en los casos que parecen excepcionales, como cuando se da un rodeo por evitar la oposición de un propietario territorial. Todos los perfeccionamientos aplicados sucesivamente a la construcción de vías de comunicación, hasta las carreteras, canales y ferrocarriles, que reducen al mínimum las fuerzas resistentes, gravedad y rozamiento, suministran ejemplos que confirman el principio general en cuestión.

     Si se puede escoger ruta entre dos puntos, la escogida es, generalmente, la que cuesta menos, sirviendo en ese caso el precio, de medida a la resistencia. Cuando, teniendo en cuenta el tiempo, se escoge la vía más costosa, es que la pérdida de tiempo implica una pérdida de fuerza. Cuando la división del trabajo se ha llevado aún más lejos, y los medios de comunicación se han hecho más fáciles, se localizan las industrias; y por consiguiente el incremento de la población dedicada a cada industria se puede explicar por el mismo principio general. La afluencia de los inmigrantes en cada centro industrial y la multiplicación de las familias correspondientes, son determinadas por el precio del trabajo; es decir, por la cantidad de mercancías que puede producir una fuerza dada. Decir que los obreros se aglomeran en los sitios, en que por consecuencia de las facilidades de producción, puede darse bajo la forma de salario una cantidad proporcionalmente mayor de producto, es decir que se aglomeran en los sitios en que hay menos obstáculos al sostén de su persona y de su familia. Por consecuencia, el incremento rápido del número de artesanos en esos lugares, es un incremento social en los puntos en que las fuerzas antagonistas son menores.

     La aplicación de la ley es también evidente en las transacciones diarias; por ejemplo, el empleo de los capitales en los negocios que dan más rédito, el comprar lo más barato y vender lo más caro posible, la introducción de modos de fabricación más económicos, el desarrollo de los mejores medios de distribución, y todas esas variaciones comerciales que los periódicos traen diariamente y los telegramas hora por hora, son otros tantos movimientos verificados en las direcciones de menores resistencias. En efecto, si analizamos cada uno de esos cambios, si en lugar de los intereses del capital consideramos el exceso de los productos al gasto de la fabricación, si interpretarnos un gran interés o un gran exceso de esa clase por un trabajo bien remunerado, si un trabajo bien remunerado quiere decir una acción muscular dirigida de modo que tropiece con los menos obstáculos posibles; reconoceremos que todos esos fenómenos comerciales no son sino movimientos complicados que se efectúan según las líneas de mínima resistencia.

     Se harán, quizá, dos clases de objeciones a esta aplicación sociológica de la ley. Unos dirán que la palabra fuerza, sólo tiene aquí un sentido metafórico, que al decir que los hombres son impulsados por sus deseos, en ciertas direcciones, se emplea un lenguaje figurado, no se expresa de modo alguno un hecho físico. A eso puede responderse que las operaciones mencionadas en los ejemplos precedentes, son hechos físicos, si se les interpreta recta y literalmente. La presión del hambre es una fuerza física, una sensación, que implica cierto estado de tensión nerviosa, y la acción muscular que esa sensación provoca es una descarga de la sensación bajo la forma de movimiento corporal; en fin, si se analiza los hechos mentales que comprende, se verá que esa descarga sigue las líneas de menor resistencia. Por consiguiente, es preciso entender en sentido literal y no en sentido metafórico, los movimientos sociales producidos por tales o cuales deseos. Puede también hacerse una objeción en sentido contrario, diciendo que todos esos ejemplos son inútiles, porque desde el momento en que se ha reconocido la ley general de la dirección del movimiento, resulta necesariamente que los movimientos sociales deben conformarse a ella como todos los demás; pero puede replicarse que afirmando meramente, en abstracto, la conformidad de los movimientos sociales a dicha ley general, no se lleva la convicción a la mayoría de los entendimientos, para lo cual es necesario mostrar el cómo de esa conformidad; pues, para que los fenómenos sociales puedan unificarse con los de especies más sencillas, formando un mismo sistema, es preciso que las generalizaciones de la Economía política sean reducidas a proposiciones equivalentes, expresadas en función de fuerza y de movimiento.

     Los movimientos sociales se conforman también a las dos leyes derivadas o secundarias, antes citadas. En primer lugar, es evidente que, una vez comenzados en ciertas direcciones, esos movimientos, como todos los demás, tienden a persistir en esas mismas direcciones. Una locura o un pánico comercial, una producción de mercancías, una costumbre, una agitación política, continúan su curso mucho tiempo después que cesó la fuerza inicial productora, hasta que hallan fuerzas antagonistas que las detienen. En segundo lugar, los movimientos sociales son tanto más tortuosos, cuanto más complejas las fuerzas productoras y sus antagónicas. Las numerosas y complicadas contracciones musculares que efectúa un pobre jornalero, para ganar un pan, prueban cuán tortuosa es la dirección del movimiento, cuando son muy numerosas las fuerzas en acción; lo mismo que se observa en la elección para diputado, de un hombre enriquecido hacia el fin de su vida.

     81. Inquiramos ahora cuál es la prueba plena, la razón última del principio general expuesto en este capítulo, como lo hicimos en el capítulo anterior, respecto al principio en él tratado. ¿Debemos admitirle simplemente como una generalización inductiva, o podemos formularle como corolario de un principio aún más fundamental? Puede, en efecto, deducirse del dato de conciencia que sirve de fundamento a todas las ciencias.

     Supongamos varias fuerzas actuando sobre un mismo cuerpo en diversos sentidos. En virtud del principio de la composición de fuerzas, se puede sustituir todo el sistema de fuerzas en cuestión por una sola, o a lo menos por dos de igual intensidad y de sentidos opuestos. En el primer caso habrá movimiento en el sentido de esa fuerza única, pues si no, habría una fuerza gastada sin resultado o efecto alguno, sin engendrar otra equivalente, lo que implicaría un aniquilamiento, una no persistencia de una fuerza. En el segundo caso, si las dos fuerzas resultantes actúan en la misma dirección, es decir, en la misma línea recta, aunque en sentidos opuestos, no hay movimiento, porque no hay línea de máxima tracción, ni de mínima resistencia; y si actúan en direcciones paralelas, prodúcese un movimiento de giro o rotación, único que puede verificarse sin faltar a la ley general de la dirección. Si reducimos la ley a sus términos más simples, veremos aún más claramente que es un corolario de la persistencia de la fuerza. Supongamos dos pesos suspendidos de los dos lados de una polea fija, o de los dos extremos de una palanca de brazos iguales, o dos hombres tirando en esos puntos. Decimos que el peso mayor bajará, que el hombre más fuerte vencerá al más débil. Mas, sí se nos pregunta cómo sabemos que hay un peso mayor o un hombre más fuerte, todo lo que podemos decir es que uno de los pesos o uno de los hombres producen un movimiento en el sentido de su tracción. La única prueba del exceso de fuerza en un sentido, es el movimiento que produce. Pero si no podemos decidir cuál de las dos tracciones opuestas es mayor, sino por el movimiento que produce en su misma dirección, cometemos un círculo vicioso o una petición de principio, afirmando que el movimiento se verifica en el sentido de la mayor tracción. Si damos ahora un paso más y preguntamos en qué se funda la hipótesis de que entre dos fuerzas opuestas la mayor es la que produce movimiento en su misma dirección, no hallamos otra prueba sino la intuitiva de que la parte de la fuerza mayor, no equilibrada por la menor, debe producir su efecto; es decir, la intuición de que esa fuerza, residuo de la sustracción de las dos componentes, no puede aniquilarse, sino que debe producir algún cambio equivalente; es decir, por último, la intuición de la persistencia de la fuerza. En el caso que nos ocupa, como en los precedentes, los ejemplos, por numerosos que sean, no pueden dar mayor certeza que la adquirida por deducción, partiendo de un dato fundamental de nuestra razón. En efecto, en todos los casos, como en el sencillísimo que acabamos de citar, no se puede conocer la fuerza mayor sino por el movimiento que resulta. Nos es completamente imposible comprobar la producción de un movimiento en otra dirección que en la de la fuerza mayor o resultante, puesto que nuestra medida de las fuerzas no puede hacerse sino por sus poderes relativos de producir movimientos. Es, pues, evidente que, si de ese modo determinamos la magnitud relativa de las fuerzas, no hay multiplicación de ejemplos que pueda aumentar la certeza de la ley de la dirección del movimiento, ley que se deduce inmediatamente del principio de la persistencia de la fuerza.

     Se puede también deducir de esa verdad primordial, la ley de que el movimiento, una vez establecido en una dirección, se convierte en una causa de movimiento subsiguiente en esa misma dirección. El axioma de mecánica, según el cual la materia en movimiento en una dirección, y abandonada a sí misma, continúa moviéndose en esa misma dirección, sin perder su velocidad, no es sino una afirmación indirecta de la persistencia de la fuerza; puesto que se afirma que la fuerza manifestada en el movimiento de un cuerpo en dirección, espacio y tiempo determinados, no puede desaparecer sin producir un efecto igual que, en ausencia de toda otra fuerza, no puede ser sino un movimiento, con iguales dirección y velocidad que el anterior. Lo mismo sucede en el movimiento de la materia atravesando la materia; sólo que en este caso las acciones son más complicadas. Un líquido que sigue su ruta a través o por encima de un cuerpo sólido, como el agua en la superficie terrestre, pierde una parte de su movimiento, bajo la forma de calor, por el frote y los choques con las materias que forman su lecho. Puede perder también una parte de su movimiento en vencer fuerzas que pone en libertad; por ejemplo, cuando arrastra una masa que obstruye su camino. Pero una vez deducidas esas sustracciones de fuerzas, transformadas en otros modos de fuerza, hay además otra sustracción, bajo la forma de reacción contra el álveo, que disminuye mucho su poder obstructor, como lo prueban las materias arrastradas y las zanjas excavadas por los ríos. La complicación es mucho mayor en el caso del movimiento que atraviesa la materia de parte a parte; por ejemplo, en una descarga nerviosa, durante la cual pueden verificarse en la ruta de la corriente cambios químicos que dificulten su paso; o bien puede el movimiento mismo, sea cual fuere, transformarse parcialmente en una fuerza obstructora, como por ejemplo, en los metales, cuyo poder conductor-eléctrico disminuye por efecto del calor que el paso de la electricidad produce. La verdadera cuestión es saber qué modificación de estructura se verifica en la materia atravesada, aparte de las fuerzas perturbatrices accidentales, aparte de todo lo que no es la resistencia necesaria de la materia, es decir, la resistencia que resulta de la inercia de las moléculas. Si fijamos nuestra atención en la parte del movimiento primitivo que continúa su curso sin transformarse, podemos deducir de la persistencia de la fuerza que la parte de ese movimiento, que se gasta en cambiar las posiciones de las moléculas, debe dejarse en un estado que facilite todo otro movimiento en la misma dirección. Así, en todos los cambios que el sistema solar ha manifestado hasta ahora y manifiesta aún; en todos los cambios pasados y presentes de nuestro globo; en todas las acciones psíquicas y sus efectos materiales; en todas las modificaciones de estructura y de actividad de las sociedades, los movimientos productores siguen las leyes generales antedichas. Doquier veamos un movimiento, su dirección debe ser la de la fuerza resultante. Doquier sepamos la dirección de la fuerza máxima, o más bien de la resultante, en esa dirección debe haber movimiento. Estos principios no son verdaderos, sólo para una clase o para algunas clases de fenómenos, son principios universales de los que sirven para unificar todos nuestros conocimientos fenomenales.

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    Los primeros principios
     Herbert Spencer ; traducción de José Andrés Irueste
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