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    Los primeros principios
     Herbert Spencer ; traducción de José Andrés Irueste
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Capítulo XII.

Evolución y disolución.

     93. La historia completa de una cosa debe considerársela, desde su salida de lo imperceptible, hasta su regreso a lo imperceptible. Ya se trate de un solo objeto, ya del Universo entero, toda explicación que le empiece a considerar bajo una forma concreta y termine considerándole de igual manera, es incompleta, puesto que una parte de la existencia cognoscible del objeto queda sin historia, sin explicación. Al admitir o afirmar que el conocimiento está limitado a los fenómenos, hemos afirmado implícitamente que la esfera del conocer comprende todos los fenómenos, todos los modos de lo incognoscible, que pueden impresionarnos.

     Supongamos, pues, un objeto cualquiera en las condiciones a propósito para ser percibido; dos cuestiones se suscitan inmediatamente: ¿cómo ese objeto está, o más bien, ha llegado a estar en esas condiciones, y cómo cesará de estar en ellas? A no admitir que ha tomado una forma sensible en el momento de la percepción para perderla un momento después, forzoso es creer que ha tenido una existencia anterior, bajo esa forma sensible, y que la tendrá posterior; tales existencias anterior y posterior, bajo formas apreciables, son, pues, objetos posibles de ser conocidos, y el conocimiento de todo objeto no es, evidentemente, completo, si no se le conoce en su pasado, en su presente y en su porvenir.

     Las palabras y las acciones de la vida suponen más o menos, ese conocimiento, actual o posible, de estados que han sido y de estados que serán, y la mayoría de nuestros conocimientos implica esos elementos. Conocer a una persona supone haberla visto antes, bajo una forma muy parecida a su forma actual; y conocerla bien, implica haberla conocido en sus primeros años, en su juventud, en su vida toda. Sin duda, no se conoce en todos sus detalles el futuro del hombre, pero se le conoce en general; se sabe que morirá, que su cuerpo se descompondrá, y esos hechos completan el plan de los cambios que ha de experimentar. Lo mismo sucede respecto a los objetos que nos rodean: así, podemos retroceder un poco en la historia de los tejidos de seda, algodón, etc., que conocemos; estamos ciertos de que nuestros muebles se componen de maderas que ciertos árboles se han formado no hace mucho tiempo, como también de que las piedras que han servido para construir nuestras habitaciones, formaban antes parte de una de las capas estratificadas de la costra terrestre. Además, podemos también predecir el porvenir de nuestras ropas, de nuestros muebles, de nuestras habitaciones; pues sabemos que entrarán en descomposición, y tras un período de tiempo, más o menos largo, perderán su cohesión y su forma actuales. Ese conocimiento, que casi todos los hombres tienen, relativamente al porvenir y al pasado de los objetos que nos rodean, la Ciencia lo ha extendido, y lo extiende cada vez más: a la historia del hombre, desde que nace, añade la historia intrauterina, pudiéndose decir que hoy se sigue a cada individuo, desde el estado de germen microscópico hasta su descomposición, o reducción a los gases y demás cuerpos resultantes de aquélla. Al historiar un tejido de lana o seda, la Ciencia no se para en la piel del carnero, ni en el capullo del gusano de seda, sino que descubre en esas primeras materias el nitrógeno y demás elementos que el carnero y el gusano han tomado de las plantas, y éstas del aire y tierra en que viven, y así sucesivamente.

     Si, pues, el pasado y el futuro de cada objeto constituye una esfera de conocimiento posible, y si el progreso intelectual consiste, parcial si no principalmente, en extender nuestras posesiones por esos dominios de lo pasado y de lo futuro, es evidente que no habremos adquirido todo el conocimiento de que es susceptible nuestra inteligencia, mientras que no sepamos todo el pasado y todo el porvenir de cada objeto y agregado de objetos. Puesto que conocemos cómo un objeto visible y tangible ha llegado a poseer su forma y consistencia actuales, estamos plenamente convencidos de que, partiendo bruscamente, como lo hacemos, de una sustancia que tiene ya una forma concreta, no hacemos más que una historia incompleta, una vez que el objeto tenía ya una historia cuando tomó esa forma.

     ¿No puede, desde luego, concluirse, que incumbe a la Filosofía formular ese paso de lo imperceptible a lo perceptible, y viceversa? ¿No es evidente que la ley general de la redistribución de la materia y el movimiento, necesaria, según acabamos de ver, para unificar las diversas especies de cambios, debe ser la ley que unifique los cambios sucesivos que experimentan separada y conjuntamente las existencias sensibles? Solamente una fórmula que combine todos esos caracteres dará al conocimiento humano toda su coherencia y unidad posibles.

     94. Esa fórmula ya la hemos visto bosquejada en los párrafos precedentes; en ellos hemos reconocido: que la Ciencia, siguiendo en el pasado la genealogía de diversos objetos, halla que sus componentes han existido Antes en estado de difusión, y que a ese estado volverán también, con el tiempo; lo cual quiere decir que la fórmula en cuestión debe comprender esos dos actos de concentración y disolución o difusión. Aún nos hemos aproximado más a la expresión de dicha fórmula, al trazar o indicar sus caracteres generales. El paso de un estado difuso imperceptible, a un estado concreto perceptible es una integración de materia y una disipación concomitante de movimiento; por el contrario, el paso de un estado concreto perceptible, a un estado difuso imperceptible es una desintegración de materia acompañada de una producción de movimiento. Tales proposiciones son evidentes por sí mismas, pues claro está que las partes integrantes no pueden agregarse a constituir el todo, sin perder algo de su movimiento relativo, y no pueden desintegrarse o separarse, sin recibir más movimiento relativo. No se trata aquí de movimientos de una masa, respecto a otras masas, sino del movimiento relativo, o de unos respecto a otros, de los elementos de una misma masa. Limitándonos a considerar ese movimiento interno y la materia que lo posee, es un axioma: que toda consolidación progresiva de aquélla implica disminución del movimiento interno, y que todo incremento de ese movimiento implica desintegración o difusión de la materia.

     El conjunto de las dos operaciones opuestas que acabamos de formular, constituye la historia completa de toda existencia sensible, bajo su forma más sencilla. Pérdida de movimiento e integración consecutiva o simultánea, seguidas de adquisición de movimiento y desintegración concomitante; he aquí enunciada la serie entera de cambios de un ser, o de un conjunto cualquiera de seres, entre sí relacionados. Tal vez parecerá demasiado atrevida la anterior afirmación, mas ya la justificaremos en los párrafos sucesivos.

     95. En efecto, hemos de notar, desde luego, un nuevo hecho de una importancia capital, a saber: que todo cambio que experimenta una sustancia apreciable, se verifica en una u otra de esas dos direcciones opuestas. Aparentemente, muchos seres que han pasado de un estado difuso a un estado concreto, permanecen en él indefinidamente, sin proseguir su integración, y sin comenzar a desintegrarse. Sin embargo, no es verdad esa apariencia; todos los seres ganan o pierden movimiento y sustancia, se integran o se desintegran; todas las cosas varían en su temperatura, se contraen o se dilatan, se integran o se desintegran. Las cantidades de materia y de movimiento interno de una masa cualquiera, crecen o decrecen continuamente; y esos incrementos y decrementos son pasos hacia la difusión o hacia una concentración mayor. Las pérdidas y ganancias de sustancia, por lentas que sean, implican o una disolución o un incremento definitivo; y las pérdidas o ganancias del movimiento invisible, que llamamos calor, producirán, continuadas, una integración o una desintegración completa. Al caer los rayos solares sobre una masa fría, aumentan los movimientos moleculares, que en ella se verifican, y haciéndola así ocupar mayor espacio, inician una operación que, suficientemente continuada, desintegrará la masa haciéndola pasar al estado líquido; y continuada aun más, la desintegrará más, haciéndola pasar al estado gaseoso. Inversamente, el volumen de una masa de gas disminuye, cuando éste se enfría, o pierde movimiento molecular, y si la pérdida continúa suficientemente, la disminución de volumen terminará en la licuefacción, y aun en la solidificación. Y puesto que no hay, en masa alguna, temperatura absolutamente constante, forzoso es concluir que toda masa tiende continuamente a una mayor concentración, o a una mayor difusión.

     No solamente todo cambio que consista en adición o sustracción de materia, en adición o sustracción del movimiento molecular térmico entra en esa categoría o clase general, sino también todos los cambios llamados transformaciones y transposiciones. En efecto, toda redistribución interna que deje las moléculas, o, en general, las partes constituyentes de una masa, en posiciones relativas diferentes, no puede menos de ser una etapa hacia la integración o hacia la desintegración, y de haber cambiado más o menos el volumen ocupado por la masa. Pues cuando las partes han sido puestas en movimiento, unas respecto a otras, hay infinitas probabilidades de que las distancias medias que las separan del centro de gravedad de toda la masa, no permanezcan las mismas; de lo que resulta que, sea cual fuere el carácter especial de la redistribución, siempre será un paso hacia la integración o la desintegración.

     96. Ahora que tenemos una idea general de esas operaciones universales, bajo sus más sencillas relaciones, podemos examinarlas bajo otras más complejas. Los cambios que tienden hacia una concentración, o hacia una difusión mayor, son generalmente más complicados, que lo que acabamos de indicar. Hasta ahora, hemos supuesto que sólo se verificaba una u otra de las dos operaciones opuestas; que una masa perdía movimiento y se integraba, o bien ganaba movimiento y se desintegraba. Pero, si es verdad que todo cambio favorece a una o a otra de esas dos operaciones, no lo es que sean siempre independientes una de otra. En efecto, toda masa, todo conjunto de materia, pierde y gana movimiento, continua y simultáneamente.

     Todas las masas, desde el grano de arena hasta el astro, radian calor hacia las otras masas, y absorben calor del que las otras radian; al radiar se contraen, se integran; al absorber se dilatan, se desintegran. Generalmente, esa doble acción no produce efectos apreciables en los cuerpos inorgánicos; sólo en algunos casos, como por ejemplo, en las nubes, produce rápidas y notables transformaciones, pues se dilatan y disipan si la cantidad de movimiento molecular, que reciben del Sol y de la Tierra, excede a la que pierden por radiación hacia las superficies próximas y hacia el espacio; y al contrario, se liquidan y caen en forma de lluvia si, arrastradas hacia las altas y frías cumbres de las montañas, radian sobre ellas mucho más calor que el que reciben, sufriendo así una pérdida de movimiento molecular y una integración creciente del vapor de agua hasta que se liquida y aun se solidifica, si es suficientemente intenso el enfriamiento. La integración y desintegración son, pues, siempre resultados de una diferencia de movimientos.

     En los seres vivos, y más especialmente en los animales, esas operaciones opuestas se verifican con la mayor actividad, bajo diversas formas. No sólo hay en ellos lo que podemos llamar integración pasiva de la materia, que resulta, en los seres inorgánicos, de simples atracciones moleculares; hay además una integración activa de la materia, bajo la forma de alimentos. Análogamente, a la desintegración superficial pasiva que sufren les seres inanimados, añádese, en los animales, una desintegración activa, que ellos mismos producen, absorbiendo en su sustancia ciertos agentes exteriores. Como los seres inorgánicos, los organizados comunican y reciben movimiento pasivamente; pero, además, absorben y gastan activamente el movimiento latente de los alimentos. Mas, a pesar de esa complicación en las dos operaciones, y de la inmensa actividad de su lucha, hay constantemente en los seres vivos un progreso-diferencia, ya hacia la integración, ya hacia la desintegración. Durante un primer período de la vida de cada individuo, la integración predomina, hay lo que llamamos crecimiento. Sigue luego una época media caracterizada, no por el equilibrio de las dos operaciones, sino por el predominio alternativo de la una o de la otra. El cielo se cierra por un período, en que empieza a predominar la desintegración, hasta que pone término a la integración y deshace lo que ésta había hecho. No hay período en que la asimilación y las pérdidas se equilibren y no haya crecimiento ni decrecimiento. Aun en los casos en que unos órganos crecen mientras otros decrecen, y en que diversas partes están expuestas diferentemente a los orígenes externos de movimiento, de modo que unas se dilatan, mientras otras se contraen, la ley últimamente enunciada se verifica también, pues hay infinitas probabilidades para que esos cambios opuestos no se equilibren, y no equilibrándose, el ser en cuestión, como todos, se integra o se desintegra.

     En todos los seres, y siempre, los cambios operados en un momento cualquiera pertenecen a una u otra de esas dos operaciones. Si, pues, la historia general de todo ser puede sintetizarse diciendo: consiste en el paso de un estado imperceptible difuso, a un estado perceptible concreto; también puede expresarse como una parte de uno u otro de esos cambios, cada parte de la historia de todo ser. Ese principio debe ser, pues, la ley universal de la redistribución de la materia y del movimiento, que unifica, a la vez, los grupos de cambios distintos en apariencia y la marcha de cada grupo.

     97. Esas operaciones, doquier antagonistas, que obtienen alternativamente, ya triunfos pasajeros, ya triunfos permanentes, las llamaremos evolución y disolución. La evolución es, pues, en su forma más general y sencilla: integración de la materia, acompañada de disipación de movimiento; la disolución, por el contrario, es: absorción de movimiento y desintegración a la vez de la materia. Tales nombres no llenan completamente todas las condiciones deseables, o mejor dicho, si el último satisface bastante, el primero está expuesto a graves objeciones. En efecto, la palabra evolución tiene otras significaciones, algunas incompatibles, y aun directamente opuestas a la que aquí la damos, en sentido vulgar significa desarrollo, expansión, manifestación externa, etc.; aquí, aun cuando siempre implicará incremento de un todo y por consiguiente expansión, desarrollo del mismo, implicará también que las partes de ese todo han pasado de un estado más a otro menos difuso, más concentrado. La palabra antitética involución, expresaría mejor la naturaleza de la operación y los caracteres secundarios de que vamos a ocuparnos; pero nos vemos obligados a usar la evolución, a pesar de lo dicho, para oponerla a la palabra disolución. Aquélla se usa, en verdad, muy comúnmente, para designar, si no a la operación general que así llamamos, a muchas de sus variedades y de las circunstancias secundarias, pero notables, que la acompañan: no debemos, pues, usar otra palabra; basta que demos una definición rigorosa del sentido o significado que la atribuimos.

     Por disolución entenderemos, pues, como vulgarmente se entiende, la absorción de movimiento y la desintegración de materia; y por evolución la operación inversa, o sea la integración de materia y disipación de movimiento por lo menos; siendo, como ahora veremos, en la mayoría de los casos, algo más.

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