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    Los primeros principios
     Herbert Spencer ; traducción de José Andrés Irueste
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Capítulo XV.

La ley de evolución (continuación).

     116. A la par que los cambios de que acabamos de ocuparnos, se verifican otros de una gran intensidad y de una gran diversidad, que han sido completamente desconocidos o muy poco conocidos hasta ahora. Hemos dicho que la integración de cada todo se verifica al mismo tiempo que la integración de cada una de sus partes. Pero, ¿cómo cada todo se divide en partes? He ahí una transformación más notable que la del paso de un estado incoherente a otro coherente, y tanto, que una fórmula que nada dijera de esa transformación, omitiría más de la mitad de lo que debía expresar.

     Ocupémonos, pues, de esa otra especie de cambios, de las redistribuciones secundarias de materia y de movimiento que acompañan a la redistribución primaria. Hemos visto que, si en agregados muy incoherentes las redistribuciones secundarias sólo producen resultados efímeros, no sucedo así en los de una mediana coherencia; en éstos, los resultados de la redistribución secundaria son más permanentes, son modificaciones de estructura, cuya fórmula general vamos a investigar.

     El nombre de Evolución compuesta responde ya a la cuestión; pues habiendo llamado evolución simple a la que se reduce a integración de la materia y disipación de movimiento, sin redistribución secundaria alguna, hemos afirmado tácitamente que la compuesta se verifica cuando hay redistribuciones secundarias. Evidentemente, si a la vez que se opera una transformación de lo incoherente a lo coherente se verifican también otras transformaciones, la masa debe pasar de uniforme a multiforme. Es, pues, lo mismo: decir que la redistribución primaria va acompañada de redistribuciones secundarias, esto es, que a la par de cambios que proceden de un estado difuso a un estado concreto, se verifican cambio que proceden de un estado homogéneo a otro heterogéneo; que decir que los componentes de la masa, a la vez que se integran, se diversifican o diferencian unos de otros(3).

     Ese es, como ya dijimos, el segundo punto de vista de la evolución, y que ahora vamos a estudiar; es decir, que así como en el capítulo anterior hemos considerado los seres de todos los órdenes en su integración progresiva, vamos a considerarlos en este capítulo en su diversificación o diferenciación progresiva.

     117. Los contrastes que indican una operación integradora en toda la extensión del sistema solar, implican a la vez una diversificación de estructura que sigue una marcha progresivamente creciente. Hay nebulosas difusas o irregulares, otras en forma de espiral, anulares, esféricas, etc. Hay grupos de estrellas cuyos miembros están esparcidos, otros que presentan todos los grados de concentración, hasta formar grupos globulares muy condensados, que difieren por el número de sus estrellas, desde los que tienen muchos millares hasta los que sólo tienen dos (estrellas dobles). Hay entre las magnitudes de las estrellas enormes diferencias reales y aparentes; hay también, entre esos astros, diferencias de color, de espectros (en el espectróscopo), y en consecuencia, de constitución física y química, muy probablemente. Además de esas diferencias de detalle hay otras generales; por ejemplo, en algunas regiones del cielo hay muchas nebulosas, en otras sólo hay estrellas y en otras hay grandes espacios vacíos sin estrellas ni nebulosas.

     La sustancia del sistema solar se ha hecho más multiforme durante su concentración. El esferoide gaseoso, en vía de agregación, ha experimentado diversificaciones cada vez más numerosas y marcadas, por efecto de la disipación de su movimiento latente, de la diferencia creciente entre la densidad y temperatura de su interior y las de su exterior, y en fin, de las repetidas pérdidas de sustancia que resultan del abandono, en el espacio, de anillos de materia, hasta el momento en que el grupo, organizado tal como ahora existe, compuesto del Sol, los planetas y sus satélites, se constituyó definitivamente. La heterogeneidad de ese grupo se manifiesta por varios contrastes: contrastes inmensos entro el Sol y los planetas, en cuanto al peso y al volumen; menores, pero también muy marcados, entre los planetas, y entre los planetas y sus satélites. Hay, además, otro contraste entre el Sol y los planetas en la temperatura; y es muy posible que los planetas y sus satélites difieran también unos de otros por su calor propio, a la vez que por el calor que reciben del Sol. Recordemos, por último, que los planetas difieren en los planos de sus órbitas, en las inclinaciones respectivas de sus ejes de rotación sobre dichos planos, en sus densidades, etc., y tendremos idea de la complejidad que se ha desarrollado en el sistema solar, en virtud de las redistribuciones secundarias que han acompañado a la redistribución primaria.

     118. Dejemos ese ejemplo hipotético, que no debe ser apreciado en más que lo que vale, sin que ese valor disminuya el de la tesis general, y vamos a otro orden de pruebas menos expuesto a objeciones.

     Sabido es que para la inmensa mayoría de los geólogos la Tierra ha sido antiguamente una masa fundida, y que su interior está aún fundido y candente. Entonces, cuando estaba aún fundida, la Tierra tenía, sin duda, una consistencia relativamente homogénea y una temperatura también casi uniforme, en virtud de las corrientes que se establecen en los fluidos calentados. Su atmósfera debió, en esa época primitiva, estar compuesta, además de los elementos del aire y del agua que hoy la forman, de otros elementos que toman la forma gaseosa a elevadas temperaturas, y que hoy están formando parte de la costra terráquea. El enfriamiento por radiación, que era entonces mucho más rápido que ahora, pero que no por eso ha dejado de necesitar una inmensidad de años para producir un cambio notable, ha debido producir, a la larga, una separación entre la masa aún muy caliente, y la parte más susceptible de enfriarse, es decir, la superficie. Un nuevo enfriamiento, produciendo la precipitación, primero de todos los elementos solidificables contenidos en la atmósfera, y después de la gran masa de agua que hoy forma los mares, produjo una segunda y bien marcada separación o distinción de partes; y como, la condensación debió comenzar en las partes más frías de la superficie, es decir, hacia los polos, de ahí resultaron las diferencias geográficas.

     A estos ejemplos de una heterogeneidad creciente que, aun cuando deducidos de las leyes del mundo físico, en rigor pueden ser considerados como hipotéticos, la geología añade una serie numerosa de hechos, comprobados por la experiencia y la inducción. La estructura de la tierra se ha ido constituyendo sucesivamente por la multiplicación de las capas que forman su costra, y se ha ido haciendo a la vez más complicada, por la complejidad de las combinaciones que componen las capas; las más recientes, en efecto, formadas de los detritus de las antiguas, son, la mayoría, muy complicadas, por la mezcla de sus materiales. Esta heterogeneidad aumentó enormemente por la acción del núcleo, aún fundido, sobre la corteza; de cuya acción resultaron, no sólo una gran diversidad de rocas ígneas, sino la colocación de los estratos de sedimento formando ángulos varios, la formación de fallas, filones metálicos y una variedad infinita de dislocaciones y de irregularidades. Además, nos dice también la Geología: que la superficie terráquea se ha ido haciendo cada vez más desigual; que las montañas más antiguas son las más bajas, y las más modernas los Andes y el Himalaya, siguiendo, muy probablemente, la misma ley las desigualdades del fondo del Océano. Esa incesante multiplicación de diferencias ha dado por resultado que no haya quizá dos partes de la superficie, terrestre semejantes, a la vez, por su aspecto exterior, su estructura geológica y su composición química.

     Al mismo tiempo se han diversificado gradualmente los climas; a medida que la Tierra se enfriaba y su costra se solidificaba, la temperatura se hacía desigual en la superficie, entre las partes más y menos expuestas al calor solar, estableciéndose los contrastes actuales entre las regiones cubiertas perpetuamente de nieve y hielo, las que tienen verano o invierno variables en su duración, según la latitud geográfica, y las que tienen una temperatura casi siempre elevada, sin variaciones apreciables. Además, habiendo producido las elevaciones y las depresiones, verificadas doquier en la costra terrestre, una distribución irregular de los continentes y de los mares, se añadieron nuevas modificaciones climáticas a las dependientes de la latitud y de la altitud; pudiendo existir a pocas millas de distancia lugares con clima tropical, templado y glacial respectivamente, en virtud de la acumulación de esas varias circunstancias modificadoras. Como resultados generales de esos cambios, cada región extensa tiene condiciones meteorológicas propias, y las localidades de una misma región difieren entre sí más o menos por su estructura, contornos, etc.

     Vemos, pues, que hay un contraste muy notable entre la Tierra, tal como hoy existe, con la inmensa variedad de fenómenos aún no descritos por los geólogos, mineralogistas, geógrafos y meteorologistas, y el globo fundido de que aquélla procede por evolución.

     119. Los ejemplos más evidentes, más numerosos y más variados de la creciente multiformidad que acompaña a la integración, los presentan los cuerpos organizados vivos. Esos seres están caracterizados, como ya sabemos, por la gran cantidad de movimiento latente que conservan, lo cual les hace presentar, en el más alto grado, las redistribuciones secundarias que aquel movimiento facilita. La historia de una planta y de un animal, al referirnos cómo crecen, nos dice también cómo sus varias partes se van haciendo cada vez más distintas unas de otras. Estudiemos los diversos aspectos de esa transformación.

     La composición química es casi uniforme primitivamente en el óvulo o germen animal o vegetal; mas a poco deja de serlo, sobre todo después de la fecundación. Primero, los diversos compuestos, azoados o no, se separan gradualmente, se acumulan en ciertos puntos en distintas proporciones, y producen, por su transformación o modificación, nuevas combinaciones. En las plantas, las sustancias amiláceas y albuminosas que constituyen el embrión, producen en una parte mayor cantidad de celulosa, en otra mayor cantidad de clorofila. Por un lado, el almidón se transforma en su equivalente isomérico el azúcar; por otro en la goma, también isomérica con aquéllos. Cambios secundarios transforman una parte de la celulosa en madera, otra parte en cortezas. Los compuestos más numerosos, así formados, se diversifican aún más, mezclándose y combinándose en proporciones varias. El óvulo animal, cuyos elementos están al principio mezclados y difusos, se transforma químicamente de un modo análogo. La proteína, la grasa, las sales que la componen, se agrupan en varias proporciones, en diversos puntos, y la multiplicación de las formas isoméricas produce nuevas mezclas, nuevas combinaciones, que constituyen otras diferencias, aunque menos importantes. Acá, una masa oscurecida por una acumulación de hematina se transforma en sangre; allá, la unión de sustancias grasas albuminosas forma el tejido nervioso; acullá, ciertas sustancias azoadas constituyen los cartílagos, que, endurecidos luego por sales calizas, se transforman en huesos. Todas esas y otras muchas diversificaciones químicas se verifican lenta o insensiblemente y cada vez más señaladas y múltiples.

     Al mismo tiempo se verifican también análogas diversificaciones anatómicas u orgánicas: diversidad de tejidos sustituye a otro que no presentaba diferencias apreciables de estructura; el protoplasma granuloso del germen vegetal y el que forma el centro evolutivo de cada yema, producen células semejantes en su principio; de estas, unas, al crecer, se aplastan, y uniéndose por sus bordes, forman la cubierta exterior; otras se alargan mucho y se unen lateralmente constituyendo fibras; otras, antes de alargarse, cesan de recibir nueva materia en su interior, y la primitiva, forma, al prolongarse, anillos, retículos, espirales, etc.; otras, por fin, se sueldan longitudinalmente formando vasos. Siguiendo el desarrollo orgánico, cada uno de esos tejidos se diversifica nuevamente; por ejemplo: la parte esencial de la hoja -la clorofila- se une en paquetes compactos a la cara superior o envés, al paso que toma una consistencia esponjosa en la cara inferior o revés.

     Análogas transformaciones se verifican en el huevo fecundado: esto, es al principio un conjunto de células semejantes que muy pronto se hacen desemejantes: primeramente por rotura repetida de las células superficiales, y su unión, en seguida, para formar la capa exterior o membrana vitelina; después el medio de esa capa se separa del resto por una operación análoga aún más activa. Por modificaciones sucesivas harto numerosas y complicadas para ser aquí descritas, se forman las clases y subclases de tejidos, que diversamente combinados forman los órganos.

     Los cambios de configuración del organismo entero y de los órganos siguen también la ley general. Así, todos los gérmenes son primeramente esferas, y todos los órganos en su origen son botones o protuberancias redondeadas. Del seno de esa uniformidad, y de esa simplicidad primitivas, parte la divergencia, tanto del todo como de las partes, hacia la multiformidad y complejidad de los organismos ya desarrollados. Cuando se cortan las hojas tiernas estrechamente unidas, que encierra una yema, se ve que el núcleo es un botón central, que sostiene otros laterales, de los que cada uno puede transformarse en hoja, en sépalo, en pétalo, en estambre, etc. Todas estas partes tan desemejantes han sido, pues, semejantes. Las yemas mismas se apartan, al crecer, de su uniformidad primitiva de figura; y así, mientras que las ramas se diversifican de mil modos, la parte aérea de la planta se hace también muy distinta de la inmergida en la tierra. Lo mismo sucede a los animales: un articulado, por ejemplo, tiene al principio sus miembros confundidos o formando una masa homogénea; mas, por efecto de sucesivas divergencias, prodúcense las diferencias marcadas de forma y de volumen que se puede ver en un insecto perfecto o en otro articulado totalmente desarrollado. Los vertebrados presentan análogamente numerosos ejemplos de esa uniformidad primitiva y multiformidad subsiguiente; por ejemplo: las alas y las patas de un pájaro tienen la misma forma cuando aparecen en el embrión.

     Así, pues, en cada planta, en cada animal, numerosas y notables redistribuciones secundarias acompañan a la redistribución primaria. Aquéllas empiezan por una división en dos partes; siguen numerosas diferencias, que se van marcando en cada una de las partes al subdividirse; diferencias, que puede decirse van creciendo en progresión geométrica, a medida que crece y se desarrolla el individuo, hasta que adulto éste, alcanzan aquéllas su máximum de complejidad. Esa es, en resumen, la historia de todo ser vivo. Wolf y Baer, siguiendo una idea de Harvey, han demostrado: que todo organismo pasa, en su evolución, de un estado homogéneo a otro heterogéneo, principio admitido ya por todos los fisiólogos de la actual generación(4).

     120. Si pasamos de las plantas y animales vivos, a la vida en general, o inquirimos: si sus manifestaciones obedecen, en su conjunto, a la misma ley, es decir, si las plantas y los animales modernos son más heterogéneos que los antiguos, individualmente; y si la flora y la fauna actuales son mas heterogéneas que las pasadas, no hallaremos sino algunas pruebas sueltas, y la cuestión, por tanto, queda dudosa. En efecto, las dos terceras partes de la superficie terráquea están cubiertas por las aguas; una gran porción de la tercera parte descubierta es inaccesible, o no ha sido aún explorada por los geólogos; la mayoría de lo restante no lo ha sido sino muy ligeramente, y aun las partes mejor conocidas, como por ejemplo, Inglaterra, ha sido tan mal estudiada, que hace pocos años se ha reconocido en su estructura una nueva serie de capas; nos es, pues, imposible decir con certeza, qué seres han existido y cuáles no, en un período geológico dado. Si, por otra parte, consideramos que muchas formas orgánicas inferiores son muy fáciles de destruir; que muchas capas de sedimento se han metamorfoseado, y las que no, presentan grandes lagunas, tendremos nuevos motivos para desconfiar de nuestras deducciones. Sabemos, por una parte, que, al cabo de muchas investigaciones, se han descubierto restos de vertebrados en capas que se creía no las contenían; restos de reptiles, donde se creía no haber más que peces; restos de mamíferos, donde se creía no existían seres superiores a los reptiles; lo que demuestra el poco valor de la prueba negativa. Por otra parte, se ve perder totalmente su valor a la hipótesis de haber descubierto los restos orgánicos de la primera época de la vida, o próximamente. No se puede negar que las formaciones acuosas, conocidas como las más antiguas, han sido modificas considerablemente por la acción ígnea; y quizá otras, aún más antiguas, han sido completamente metamorfoseadas. Ahora bien: desde el momento en que admitimos que han llegado a fundirse capas sedimentarias, más antiguas que las más antiguas conocidas, preciso es confesar que nos es imposible determinar cuánto tiempo ha transcurrido desde la destrucción de esas capas sedimentarias. Luego, evidentemente, dar el nombre de paleozóicas a las capas fosilíferas, conocidas como más antiguas, es cometer una petición de principio; y, por el contrario, debemos suponer que tan sólo los últimos capítulos de la historia biológica de la Tierra, son los que conocemos; y por tanto, de todos los hechos paleontológicos, hasta ahora recogidos, no se puede sacar conclusiones ciertas. Un partidario del desarrollo progresivo de las formas animales, puede, fundándose en esos hechos, pensar que los restos más antiguos conocidos, de vertebrados, son restos de peces, los más homogéneos de los vertebrados; que después se presentaron los reptiles, que siguen a los peces en homogeneidad; y por último, los mamíferos y aves, los vertebrados más heterogéneos. Pero se le puede contestar que, no habiéndose verificado en ensenadas los depósitos paleozóicos, no deben contener restos de vertebrados terrestres, aunque éstos existieran ya en aquella época.

     Igual respuesta puede darse a los que sostienen quela fauna vertebral del período palcozóico, compuesta, según lo que hasta ahora sabemos, exclusivamente de peces, era menos heterogénea que la actual, compuesta de gran número de géneros de reptiles, peces y mamíferos; o bien, los partidarios de la uniformidad de los tipos, pueden sostener, con gran apariencia de verdad, que si las últimas épocas geológicas presentan más variadas y complejas formas zoológicas, débese a las inmigraciones. Pueden decir que un continente elevado sobre el Océano lejos de los preexistentes, se poblaría necesariamente a sus expensas, siguiendo el orden de las capas geológicas. Los argumentos en pro y en contra son tan poco concluyentes unos como otros. El partidario de la uniformidad señala las lagunas que rompen la serie de formas orgánicas necesarias para la evolución de las más homogéneas a las más heterogéneas; pero puede respondérsele: que los cambios geológicos actuales nos explican por qué deben existir esas lagunas, como efecto de las grandes elevaciones y depresiones, que han roto bruscamente la gradual sucesión de las épocas geológicas. Si el adversario de la teoría del desarrollo cita los hechos publicados por Huxley en su lección sobre los tipos persistentes; si hace notar que en más de doscientas familias de plantas hoy admitidas, ninguna es exclusivamente fósil; que en los animales, no hay, tampoco, una clase totalmente extinguida, y aun en los órdenes de animales fósiles, sólo hay un siete por ciento que no están representados en la fauna actual; si sostiene que entre esos órdenes, los hay que han durado desde la época siluria hasta la nuestra, sin cambio alguno; y si de eso deduce que la semejanza entre las formas vivas pasadas y las presentes, es mucho mayor que la que puede resultar, admitiendo la hipótesis del desarrollo, se puede responderle victoriosamente con un hecho, sobre el cual insiste Mr. Huxley, a saber: que hay pruebas de una época pregeológica de duración desconocida.

     Cuando se recuerda que los enormes hundimientos del período silurio prueban que la costra terráquea era entonces tan espesa como ahora; cuando se afirma que el tiempo necesario para que haya podido formarse tal espesor, es inmenso, comparado con el transcurrido después; cuando se supone, como debe haber sucedido, que durante ese inmenso período los cambios geológicos y biológicos se han verificado con regularidad, se puede asegurar, no solamente que los testigos paleontológicos que encontramos no desmienten la teoría de la evolución, sino que son tales como se podía razonablemente imaginarlos.

     Además, bueno es tener en cuenta: que aun cuando los hechos no autorizan ni la afirmación ni la negación, los más notables conducen, no obstante, a creer que los organismos y grupos de organismos más heterogéneos son el desarrollo natural de otros más homogéneos. Uno de esos hechos es: que los fósiles de las capas contiguas o coetáneas son próximamente del mismo tipo; y sobre todo, que los últimos fósiles terciarios son del mismo tipo que los animales y plantas actuales. Otro hecho es: el descubrimiento del Paleotherium y Anaplotherium, que según Owen, tienen un tipo de estructura intermedia entre ciertos tipos actuales. Hay, por último, un tercer hecho, cuya significación es aun mayor, a saber: la aparición, relativamente reciente, del hombre. Por consiguiente, podemos decir: que si conocemos muy poco la historia de la Tierra, para poder afirmar plenamente una evolución de lo simple a lo complejo, tanto en las formas individuales como en los grupos de formas semejantes; lo que sabemos, no sólo no nos autoriza a creer que se ha verificado tal evolución, sino que concuerda mejor con esa hipótesis que con cualquiera otra.

     121. Manifieste o no la historia biológica terrestre un proceso de lo homogéneo a lo heterogéneo, el progreso de la última criatura, la más heterogénea de todas, el Hombre, es un ejemplo sorprendente de dicho proceso. Es igualmente cierto que en el período, durante el cual se ha poblado la Tierra, el organismo humano se ha hecho más heterogéneo, en las subdivisiones civilizadas de la especie; y ésta, considerada en conjunto, se ha hecho más heterogénea, por la multiplicación y la diversificación de razas. En pro de la primera proposición, podemos citar un hecho, y es que en el desarrollo relativo de sus extremidades, el hombre civilizado se aparta más del tipo general de los mamíferos monodelfos, que las razas inferiores. El Papua tiene el cuerpo y los brazos bien desarrollados, pero sus piernas son muy cortas, asemejándose, en eso, a los cuadrumanos, cuyas extremidades anteriores y posteriores son próximamente del mismo tamaño. En el Europeo, por el contrario, las extremidades inferiores han tomado una longitud y un grueso relativamente mayores; hay, pues, más heterogeneidad entre unas y otras extremidades. Análogo progreso se observa en la relación de magnitud de los huesos del cráneo y de la cara, siendo indudable el aumento progresivo del volumen de aquéllos y la disminución del de éstos, a medida que se asciende en la escala de los vertebrados. Ese carácter, más notable en el hombre que en ningún otro animal, lo es aún mucho más en el europeo que en el salvaje. Además, a juzgar por la mayor extensión y variedad de funciones que desempeñan respectivamente, se puede inferir que el hombre civilizado tiene un sistema nervioso más complicado y heterogéneo que el salvaje; y lo comprueba el aumento del tamaño de su cerebro, respecto a las demás partes del encéfalo. Nuevos ejemplos suministran los niños, del proceso que estudiamos; el niño europeo, tiene más semejanza que el adulto, con las razas inferiores, a saber: el aplastamiento de las alas y la depresión del caballete de la nariz, a la par que la separación y ensanchamiento de sus ventanas; la forma de los labios, la ausencia de los senos frontales, la distancia de los ojos y el pequeño tamaño de las piernas. El desarrollo que transforma esos caracteres en los del europeo adulto, es una continuación del cambio de lo homogéneo a lo heterogéneo, que se verifica durante la evolución del embrión; todos los fisiólogos lo reconocen. Igualmente, puede decirse: que el progreso que ha cambiado los caracteres del salvaje en los del hombre civilizado, es también una continuación del cambio de lo homogéneo a lo heterogéneo, en el desarrollo de la humanidad, cuyo cambio es demasiado evidente, para que necesite explicaciones. En efecto, no hay obra de Ethnología que no muestre esa heterogeneidad, en sus divisiones y subdivisiones. Aun admitiendo la hipótesis de la multiplicidad de origen del género humano, no dejaría de ser cierto que pueblos, o tribus, hoy muy distintos, han salido del mismo origen; y que cada raza en su conjunto es mucho menos homogénea que lo era antiguamente. Añádase, por ejemplo, que los anglo-americanos son una prueba de una nueva variedad formada en algunas generaciones, y si creemos a ciertos observadores, pronto habrá otra novísima en la Australia.

     122. Si de la humanidad, considerada en sus formas individuales, pasamos a las formas sociales, hallaremos ejemplos aún más numerosos de laley general. El cambio de lo homogéneo a lo heterogéneo se manifiesta tan evidente en el progreso de la humanidad considerada como un todo, como en el de cada tribu o nación; y se verifica, aun ahora, con una rapidez creciente. En efecto, la sociedad, en su forma primitiva o inferior, como aun hoy la presentan algunos países, es un conjunto homogéneo de individuos que tienen facultades y funciones semejantes, sin más diferencia que la inherente a la de sexos. Así, cada hombre es, a la vez, guerrero, pescador, cazador, albañil, fabricante de herramientas; todas las mujeres hacen los mismos trabajos; cada familia se basta a sí misma, y podría vivir aislada de las demás si no fuese por el ataque y defensa de las otras tribus. Sin embargo, desde el principio se encuentra bien pronto en la evolución social una distinción entre gobernantes y gobernados; pues parece que en la primera etapa del progreso, la que agrupó ya las familias errantes en tribus nómadas, la autoridad del más fuerte se impuso a la tribu, como sucede en un rebaño de bestias. Esa autoridad es primero vaga, insegura; no implica diferencia en las ocupaciones o modo de vivir, y es, por lo general, compartida por varios individuos de igual fuerza próximamente. El primer jefe mata él mismo su caza, fabrica sus armas, edifica su choza, y en nada difiere, bajo el punto de vista económico, de los demás individuos de la tribu. A medida que ésta marcha hacia la civilización o en la vía del progreso, el contraste entre gobernantes y gobernados se va haciendo más marcado: el poder supremo se hace hereditario en una familia; el jefe cesa de proveer por sí mismo a todas sus necesidades; es servido por otros miembros de la tribu y comienza a no ocuparse más que del gobierno. Al mismo tiempo, se forma otra especie de gobierno, coordenado con el primero, el de la Religión. Todas las antiguas tradiciones prueban que los primeros jefes eran mirados como personajes divinos; las leyes y las órdenes que daban eran miradas como sagradas aun después de su muerte; y sus sucesores, también considerados como de origen divino, daban a dichas leyes todo el apoyo de su poder, y todos eran sepultados en el mismo panteón para recibir las mismas preces y adoraciones. El primero o más antiguo de esos jefes-dioses fue el Dios supremo; los demás o sucesores de aquél fueron dioses subordinados. Durante muchos siglos, los dos poderes, religioso y civil, nacidos al mismo tiempo, estuvieron íntimamente unidos; el Rey era, a la vez, el Sumo Pontífice, y el sacerdocio estaba vinculado en la familia real; la ley religiosa contenía más o menos preceptos civiles, y la ley civil era más o menos sancionada por la Religión. Por largo tiempo, aun en países ya muy civilizados, esos dos poderes que se ayudaban y enfrenaban mutuamente, no se apartaron uno de otro del todo.

     Pero los títulos y honores que se tributaban primeramente al Rey-Dios, después a Dios y al Rey, fueron luego tributados a las personas de alto rango, y por último, de hombre a hombre. Todas las formas sociales que hoy llamamos cumplimientos, fueron primitivamente expresiones de sumisión de los prisioneros a su vencedor y de los súbditos a su señor, divino y humano; luego se usaron para las autoridades subalternas, y hoy son usadas entro personas cualesquiera, medianamente cultas. Todos los modos de saludar eran, al principio, inclinaciones ante el monarca, que constituían una especie de culto antes y después de su muerte; luego se saludó del mismo modo a los demás individuos de la familia real, y por último, muchos de esos saludos pertenecieron ya a todo el mundo. Así, pues, cada sociedad, primitivamente homogénea, se dividió primero en gobernantes y gobernados, subdividiéndose después aquéllos en sacerdotes y seglares, cuyas respectivas instituciones- Iglesia y Estado- quedaron así constituidas, al mismo tiempo que otra tercera especie de gobierno, que regula nuestros actos y relaciones diarias. Cada una de esas especies de gobierno ha sufrido a su vez diversificaciones sucesivas, hasta constituir la actual organización política tan completa, de Inglaterra, por ejemplo, compuesta de un monarca, ministros, lores, diputados; con los departamentos administrativos subordinados, tribunales, etc.; y en las provincias, las administraciones de los ayuntamientos, de los condados, do las parroquias, etc. A la par se eleva la organización religiosa, también muy compleja, con sus funcionarios de todos los grados, desde los arzobispos hasta los sacristanes; con sus colegios, sus congregaciones, sus seminarios; y por fin, con sus sectas, cada vez más numerosas, que todas tienen sus autoridades generales y locales. Al mismo tiempo se ha desarrollado un sistema muy complejo de costumbres, de trajes, de modas temporeras impuestas por la sociedad entera, y que sirven para arreglar las transacciones de menor importancia que se esa heterogeneidad, siempre creciente, en las funciones gubernamentales de cada nación, va acompañada de una heterogeneidad, creciente también, entre las formas de gobierno de las diversas naciones; todas las cuales son más o menos diferentes por su sistema político y legislativo, por sus creencias o instituciones religiosas, por los trajes y ceremonias de esas mismas instituciones.

     Al mismo tiempo se ha efectuado otra división, la de la masa total de la sociedad en clases u órdenes de trabajadores. Mientras que la clase gobernante sufría el desarrollo complejo de que hemos hablado, la clase gobernada sufría otro, mucho más complejo aún, que daba por resultado la minuciosa división del trabajo que se admira en las naciones civilizadas. No es necesario seguir ese progreso desde sus primeros pasos hasta el establecimiento de las castas en Oriente y de las corporaciones en Europa, hasta la sabia división en productores y repartidores. La economía política ha demostrado, ya ha tiempo, que el punto de partida de la evolución social es: una tribu, cuyos miembros efectúan todos los mismos actos, cada uno para sí; y el punto de llegada: una sociedad o, mejor, una comunidad, en que todos los miembros ejecutan actos distintos, unos para otros; ha indicado también los cambios en virtud de los cuales el productor aislado de una mercancía se transforma en un sistema de productores que, unidos bajo la dirección de un maestro, toma cada uno parte distinta en la producción de la misma mercancía. Pero ese progreso de lo homogéneo a lo heterogéneo, en la organización industrial de la sociedad, nos presenta otras fases de mayor interés aún. Mucho tiempo después de la división del trabajo entre diversas clases de obreros, no la hay aún entre las partes separadas de una misma nación, puesto que en cada región se hacen próximamente los mismos trabajos, y la nación permanece, relativamente homogénea. Pero cuando los caminos y demás vías de comunicación y de transporte se multiplican y perfeccionan, las varias regiones empiezan a efectuar diversos trabajos y a ligarse por mutuos y recíprocos lazos de dependencia. Las manufacturas de algodón se localizan en una región, las de lana en otra, acá se produce y trabaja la seda, allá las blondas y encajes, etc., etc. En suma, cada localidad se desarrolla más o menos, distinguiéndose de las otras por la ocupación más general o principal de sus habitantes. Y no solamente en cada nación se efectúa esa división regional del trabajo, sino también entre las varias naciones. El cambio de mercancías que la libertad de comercio promete acrecentar en tan grandes proporciones, hará en definitiva especializarse a la industria de cada nación.

     De suerte que, a partir, de las tribus bárbaras, homogéneas, o poco menos, en las funciones que desempeñan todos sus individuos, el progreso conduce, o tiende lentamente, hacia una integración económica de toda la especie humana, la cual se va haciendo más y más heterogénea: por las distintas funciones que desempeñan o tienden a desempeñar las diversas naciones; por las distintas funciones desempeñadas por las diferentes localidades o regiones de cada nación; por las distintas funciones adoptadas por las varias clases de fabricantes, comerciantes, etc., de cada localidad; y por las distintas funciones, en fin, de los dependientes de cada fábrica, comercio, etc.

     123. No solamente el organismo social entero es un bonito ejemplo de la ley que venimos estudiando; lo son también todos los productos del pensamiento y de la actividad humanas, ya sean abstractos o concretos, reales o ideales. Consideremos primeramente el lenguaje.

     La forma primitiva o inferior del lenguaje es el grito, que expresa con un solo sonido cada idea. En verdad, nada prueba que el lenguaje humano haya estado compuesto, en su origen, exclusivamente de gritos, y haya sido, por tanto, enteramente homogéneo. Pero, sí se ha podido ascender, en la historia, a una época en que el lenguaje se componía exclusivamente de nombres y verbos. Ha habido, pues, un cambio progresivo de lo homogéneo a lo heterogéneo, en la multiplicación gradual de las partes de la oración; en las divisiones de los verbos en activos y pasivos, y de los nombres en abstractos y concretos; en la distinción de modos, tiempos, personas y casos, para la conjugación y la declinación; en la formación de los verbos auxiliares, adjetivos, adverbios, pronombres, artículos, preposiciones y conjunciones; en las inflexiones, acentos y demás signos ortográficos y prosódicos con que las razas civilizadas expresan su riquísima variedad de afectos, pensamientos, deseos, y hasta las más pequeñas diferencias de sentido o significado de las voces, diferencias correspondientes naturalmente a otras análogas en aquellos fenómenos de la vida humana. Notemos, de paso, que la lengua inglesa debe sus ventajas, o superioridad, sobre otras muchas, a la mayor subdivisión de funciones, en las voces de que consta. Hay aún otro punto de vista, bajo el cual se puede seguir también el desarrollo del lenguaje, a saber: la diversificación de palabras de sentido congénere. La Filología ha descubierto, ha mucho tiempo, que en todas las lenguas se pueden agrupar las palabras en familias derivadas de un origen común; es decir, que un nombre primitivo, aplicado primero indistintamente a toda una clase de objetos- cosas o acciones- sufre, bien pronto, modificaciones, que expresan las divisiones principales de la clase; esos varios nombres, originarios de la misma raíz primitiva, se convierten, a su vez, en raíces de otros aún más modificados; además, tenemos actualmente medios sistemáticos de formar palabras derivadas, y de combinar voces, para expresar las más pequeñas variaciones de ideas, afectos, etc.; y en virtud de esas facilidades se forman familias de palabras, siendo éstas tan heterogéneas, a veces, en cada familia, que, a no saber su origen, cuesta trabajo creer se derivan todas de la misma voz. Así se forman, en un mismo idioma, cinco o seis mil palabras, que designan otras tantas cosas, cualidades, acciones, etc.; pero hay, como sabemos, otro modo, en el lenguaje humano, de proceder de lo homogéneo a lo heterogéneo, y es la diversificación o multiplicación de idiomas. Tengan todas las lenguas un solo y mismo origen, como opinan Max Múller y Bunsen, o tengan dos o tres, según opinan otros filólogos, es indudable que, pues grandes familias de lenguas, como la familia indo-europea, proceden de un solo y mismo origen, han debido hacerse distintas por efecto de una divergencia progresiva y continua. La dispersión que ha producido una diferenciación o diversificación de razas, ha producido simultáneamente una diversificación en sus respectivas lenguas, de lo cual aún se halla la prueba en todas las naciones, en las particularidades de los varios dialectos. Así, pues, el progreso del lenguaje obedece a la ley general, en la evolución general de las lenguas, en la de las familias de palabras, y en la de las partes de la oración.

     Pasando ahora del lenguaje hablado al escrito, hallaremos muchos órdenes de hechos que tienen todos el mismo sentido: el lenguaje escrito es de la misma clase que la pintura y la escultura; los tres son accesorios de la arquitectura, y se refieren directamente a la forma primitiva de gobierno, la forma teocrática. Notemos, de paso, que las razas salvajes, como por ejemplo, los australianos y las razas del Sud del África, pintan personajes y sucesos en los muros subterraneos, que son, probablemente, considerados como lugares sagrados; y pasemos a los egipcios. En éstos, como entre los asirios, las pinturas murales servían para decorar el templo del Dios y el palacio del Rey (que al principio era uno mismo), y por tanto, eran funciones gubernamentales, como las ceremonias y fiestas religiosas y políticas. Además, eran también funciones gubernamentales, en cuanto que representaban el culto del Dios, los triunfos del Rey-Dios, la sumisión de sus súbditos y el castigo de los rebeldes, y en cuanto que eran productos de un arte reverenciado por el pueblo como un misterio sagrado. El uso de esas representaciones ilustradas dio origen al jeroglífico, que no es sino una modificación de aquéllas, y que aún se usaba entre los mejicanos, al tiempo del descubrimiento de Méjico. Se simplificaron, unas tras otras, las figuras más familiares de esas pinturas, empleando abreviaciones análogas a las que hoy se usan en nuestras lenguas hablada y escrita; y así se formó un sistema de signos, cuya mayoría no eran, sino muy remotamente, semejantes a las cosas que representaban o significaban.

     Lo que prueba que los jeroglíficos egipcios tienen ese origen es que el jeroglífico de los mejicanos ha dado también origen a una familia análoga de formas ideográficas; y en los mejicanos, como en los egipcios, esas formas se diversificaron para producir la escritura huriológica o imitativa, y la escritura trópica o simbólica, a veces empleadas ambas en el misino cuadro. En Egipto, la escritura sufrió una nueva diversificación, de la cual resultaron la escritura hierática y la epistolográfica o encórica, que se derivan ambas de la jeroglífica primitiva. En la misma época hallamos símbolos fonéticos para los nombres propios, inexpresables de otro modo; y aunque se asegura que los egipcios no han poseído una escritura alfabética completa, no se puede dudar que los símbolos fonéticos que usaban, a veces, para ayudar a sus símbolos ideográficos, fueron gérmenes de una escritura alfabética. Ésta, una vez ya formada, sufrió numerosas modificaciones; los alfabetos se multiplicaron, pudiéndose aún reconocer entre los actuales más o menos relaciones. Ahora cada nación civilizada posee, para representar cada serie de sonidos, muchas series de signos escritos destinados a diversos usos. Por último, una diversificación aún más notable ha producido la imprenta, que de uniforme al principio se ha hecho multiforme prodigiosamente.

     124. Mientras que el lenguaje escrito atravesaba los primeros períodos de su desarrollo, la decoración mural que le había dado origen, producía la pintura y la escultura. Los dioses, los reyes, los hombres, los animales, eran representados sobre los muros por líneas grabadas y coloreadas. En la mayoría de los casos esas líneas tenían tal profundidad, estaban tan bien redondeados los objetos contorneados por ellas, que formaban una especie de intermedio entre el grabado y el bajo relieve. En otros casos se observa otro progreso: las partes salientes que separaban las figuras son quitadas por el cincel, y las figuras son coloreadas con sus respectivos colores propios, formándose un bajo relieve pintado.

     En Sydenham pueden verse restauraciones de arquitectura asiria, en que ese estilo ha sido elevado a una gran perfección; en ellas están generalmente las cosas y personas representadas, muy mal pintadas, pero muy bien talladas en todos sus detalles; los leones y toros alados, de los ángulos de las puertas, se aproximan mucho a ser figuras completamente cinceladas, pero están aún pintadas y formando un cuerpo con la obra total. Los asirios han procurado poco o nada llegar a producir verdaderas estatuas; pero en el arte egipcio puede seguirse fácilmente la gradación, en virtud de la cual han llegado a separarse de los muros figuras primitivamente en él talladas. Basta para eso darse un paseo por el Museo Británico; en él se ven patentes las pruebas de que las estatuas aisladas, independientes, se originaron de los bajo-relieves. En efecto, casi todas las estatuas presentan la unión de brazos y piernas al cuerpo que caracteriza a los bajo-relieves, y están unidas por el dorso, de la cabeza a los pies, a un trozo efectivo o figurado del muro en que estaba el bajo-relieve. La Grecia reprodujo a grandes rasgos ese progreso. En ella, lo mismo que en Egipto y Asiria, las artes gemelas, Pintura y Escultura, estaban unidas entre sí y con su madre la Arquitectura, y eran las tres auxiliares de la religión y del gobierno. Sobre los frisos de los templos griegos se ven bajo-relieves pintados, representando sacrificios, batallas, procesiones, juegos y demás actos religiosos y políticos. En los frontones hay también figuras más o menos unidas al muro y representando los triunfos de los dioses y de los héroes. Aun al llegar a las estatuas, aisladas totalmente del muro al que pertenecían, las encontramos también pintadas, y sólo en los últimos tiempos de la civilización griega aparece ya terminada la distinción o diferenciación entre la pintura y la escultura.

     Una evolución análoga podemos notar en el arte cristiano: todas las pinturas y esculturas, en Europa entera, eran asuntos religiosos. Cristos, Vírgenes, Sacras familias, Apóstoles, Santos, formaban parte integrante de la arquitectura de iglesia, y servían de medios para estimular el celo religioso, como hoy sirven aún, en los países católicos. Añádase que las primeras esculturas de Cristo en la cruz, de Vírgenes, de Santos, estaban pintadas; y no tenemos sino recordar las Madonas y los Crucifijos pintados, tan numerosos entonces en las Iglesias y en las calles del continente, para comprender el hecho significativo de que la pintura y la escultura estaban aún estrechamente unidas a su madre la arquitectura. Aun después de que la escultura cristiana se había diferenciado bien claramente de la pintura, persistió en sus asuntos religiosos y políticos; se hacían mausoleos en los templos, y estatuas para los reyes; por su parte, la pintura, cuando no se consagraba a los servicios puramente religiosos, servía para la decoración de los palacios; y cuando no representaba personas reales, se consagraba a reproducir asuntos sagrados. Sólo en los tiempos modernos se han secularizado enteramente la pintura y la escultura, dividiéndose la pintura en géneros, llamados respectivamente de historia, de paisaje, de marina, de arquitectura, de género, de animales, de naturaleza muerta, etc., y la escultura también se ha hecho heterogénea, con respecto a la variedad de asuntos reales o imaginarios que representa.

     Aunque parezca raro, no por eso es menos verdadero, que todas las formas del lenguaje escrito, de la pintura y de la escultura, tienen su origen común en las decoraciones político-religiosas de los templos y palacios antiguos. El busto que hoy miramos sobre una consola, el paisaje adosado al muro, el número del Times desdoblado sobre la mesa, no se parecen, ciertamente, pero tienen, sin embargo, un lejano parentesco de naturaleza y de origen.

     El martillo de bronce que el factor acaba de levantar, no solamente es afine del grabado de La Ilustración (periódico) que ese, factor distribuye, sino también de los caracteres o letras del billete amoroso, etc. Las vidrieras de un templo, y el libro de oraciones sobre el cual dejan filtrar la luz, son de la misma familia. Los bustos de nuestras monedas, las muestras de las tiendas, las viñetas y láminas de nuestros libros, los blasones pintados en un carruaje, los anuncios fijos en las esquinas, son, como igualmente las muñecas, los papeles pintados, etc., descendientes directos de las primitivas esculturas pintadas que los Egipcios consagraban a la gloria y culto de sus reyes-dioses. No hay, quizá, ejemplo que muestre más claramente la multiplicidad y heterogeneidad de los productos que pueden nacer con el tiempo, y por efecto de diferenciaciones o diversificaciones sucesivas, de un origen común.

     Antes de pasar adelante, haremos observar que la evolución de lo homogéneo a lo heterogéneo, en las bellas artes, se manifiesta no sólo por la separación que destacó la pintura y la escultura de la arquitectura, y luego una de otra aquellas dos, y por la mayor variedad de asuntos que representan, sino también por la composición de cada obra. Cualquier pintura o estatua moderna es más heterogénea que las antiguas. Un bajo-relieve pintado egipcio, presenta todas sus figuras en un mismo plano, es decir, a igual distancia de los ojos del observador, es, pues, más homogéneo que una pintura moderna que las presenta a distancias distintas. Aquel, además, presenta todos sus objetos, a la misma luz, al paso que la pintura moderna distribuye a los distintos objetos, y aun a las partes diversas de un mismo objeto, diferentes cantidades de luz, nueva fase del paso de lo homogéneo a lo heterogéneo, en las artes que historiamos. Todavía más: la pintura antigua no hacía uso más que de colores primitivos, conservándolos toda su intensidad; era, pues, menos heterogénea que una pintura moderna, que, no usando los colores primitivos sino con cierto tacto, emplea una variedad infinita de tintas intermedias, de una composición heterogénea, y diferentes, no sólo por la especie, sino por la intensidad. Las obras del arte primitivo tenían todas una gran uniformidad de composición: la misma distribución de figuras se reproducía indefinidamente; y en éstas, siempre las mismas actitudes, los mismos ropajes, los mismos rasgos. En Egipto, los modos de representación tenían tal fijeza, que era sacrílego introducir una novedad cualquiera; y sólo así, como consecuencia de un modo inmutable de representación, era posible la escritura jeroglífica. Los bajo-relieves asirios presentan análogos caracteres: los dioses, los reyes y su séquito, las figuras y los animales alados, aparecen siempre en las mismas posturas, con los mismos instrumentos o insignias, ocupados en las mismas cosas, y con la misma expresión o falta de expresión en sus caras. Si el artista ha representado un grupo de palmeras, por ejemplo, todos esos árboles figurados tienen la misma altura, el mismo número de hojas, y están igualmente esparcidas; si ha pintado el mar, todas las olas son iguales; y si hay peces, todos parecen de la misma especie, y están colocados en la misma línea. Las barbas de los dioses, de los reyes, de las figuras aladas, son siempre iguales; las crines de los leones se parecen todas, y las de los caballos también. Los cabellos están siempre peinados del mismo modo; las barbas de los reyes tienen una construcción casi arquitectónica; cada una se compone de filas de bucles uniformes, alternando con otras filas retorcidas, dispuestas transversalmente y con perfecta regularidad. El mechón que termina la cola de los toros y de los leones, está siempre representado igualmente.

     Sin detenernos a buscar en el arte cristiano primitivo hechos análogos, aún visibles, aunque menos notables, bastará, para patentizar el progreso en la heterogeneidad, recordar que en las pinturas modernas la composición ofrece variaciones infinitas; que las actitudes, las fisonomías y sus expresiones difieren prodigiosamente; que los objetos secundarios tienen volúmenes, formas, posiciones y distribuciones diferentes, Y, en fin, que los detalles presentan contrastes más o menos marcados. Véase una estatua egipcia sentada, rígida y derecha, sobre un trozo de la misma materia, con las manos sobre las rodillas, los dedos extendidos y paralelos, los ojos mirando al frente, los dos lados perfectamente simétricos en todos sus detalles; compárese a una estatua moderna o a una de la buena época del arte griego, en las cuales nada hay dispuesto simétricamente, ya se considere la cabeza, o el cuerpo, o los miembros, o los cabellos, o las vestiduras, o los accesorios, o las relaciones con los objetos próximos, y se tendrá otro ejemplo, bien notable, del paso de lo homogéneo a lo heterogéneo.

     125. El origen coordenado y la diferenciación gradual de la poesía, la música y la danza, nos presentan otra serie de ejemplos. El ritmo en el lenguaje, en los sonidos y en el movimiento, eran primitivamente partes de un mismo todo, y no se han separado sino con el transcurso del tiempo; aun hoy siguen unidos en las tribus bárbaras, en las cuales las ceremonias políticas y religiosas van casi siempre acompañadas de danzas, cuyos movimientos son acompasados por cantos monótonos, por el batir de las palmas y tal vez por algun sencillísimo instrumento. Esas tres formas de acción se verificaban también unidas en las más antiguas fiestas religiosas, de que tenemos testimonios históricos. Así, leemos en los libros hebreos que el himno triunfal compuesto por Moisés sobre la derrota de los egipcios se cantaba por los israelitas con acompañamiento de timbales y de danzas. Los mismos cantaron y danzaron «en la inauguración del becerro de oro,» cuyo culto se admite que era la reproducción del culto del buey Apis y sus misterios; y es muy probable que la danza ante aquél fuese también la reproducción de las danzas de los egipcios ante Apis, y en sus fiestas. Había una danza anual a Siloe en su fiesta religiosa, y David bailó ante el Arca de la alianza. Lo mismo se verificaba en Grecia, donde el culto a cada dios se reducía muchas veces a cantar y representar mímicamente la vida del dios y sus aventuras; siendo muy probable se hiciera lo mismo en los otros países. Las danzas de Esparta eran acompañadas de himnos y cantos; y en general los griegos no tenían fiestas ni asambleas religiosas que no fuesen acompañadas de cantos y danzas; formas ambas del culto ante los mismos altares. Los romanos tenían también sus danzas sagradas, por ejemplo, las lupercales. En los países cristianos y aun en tiempos relativamente modernos, como en Limoges, el pueblo bailaba en el coro en honor de un santo. En Grecia fue donde por vez primera se separaron, y perdieron su carácter religioso esas tres artes, hasta entonces unidas, y usadas exclusivamente con aquel carácter. Muy probablemente, de las primitivas danzas religiosas y guerreras, de que eran ejemplo las de los Corybantes, provinieron las danzas guerreras, propiamente dichas, en sus varias clases; y por último, los bailes profanos o danzas ni religiosas ni guerreras. Al mismo tiempo la música y la poesía, hasta entonces unidas a la danza, se separaban de ésta. Los primeros poemas griegos eran religiosos, no se les recitaba, se les cantaba; primeramente con acompañamiento de coro, luego sin él. Después la poesía se dividió en dos géneros, épico y lírico, llamando líricos a los poemas que eran cantados, y épicos a los que eran recitados. Entonces nació la poesía, propiamente dicha; al mismo tiempo los instrumentos de música se multiplicaron, y puede presumirse que también entonces la música se separó de la poesía. Ambas empezaron a la vez a tomar otras formas que la religiosa. Aun la historia de los tiempos y pueblos modernos nos presenta hechos de la misma significación, tales eran, por ejemplo, nuestros antiguos trovadores que cantaban con el arpa o con el laúd, versos heroicos o amorosos, compuestos e instrumentados por ellos mismos, que de ese modo unían las funciones, hoy se paradas, en general, de poeta, compositor, cantor y músico instrumentista. Sin más ejemplos podemos afirmar con toda certeza: que la música, la poesía y la danza han tenido un mismo origen y se han separado, con el tiempo, gradual y mutuamente.

     El progreso de lo homogéneo a lo heterogéneo no se manifiesta solamente por la separación que aísla esas artes unas de otras y de la religión, sino también en las múltiples diversificaciones que cada una sufre sucesivamente.

     No insistamos sobre las innumerables especies de danzas usadas en la serie de los siglos; prescindamos de los progresos de la poesía, tales como se han verificado por el desarrollo sucesivo de las diversas formas de metro, de las rimas de su organización general, y limitémonos a estudiar los progresos de la música, como tipo de este grupo. Según afirma Burney, y nos lo revelan las tribus que están aún en estado salvaje, los primeros instrumentos de música eran, indudablemente, de percusión, calabazas, tam-tams, y sólo se usaban para llevar el compas del baile; esa repetición constante del mismo son, constituye evidentemente el estado más homogéneo de la música. Los egipcios tuvieron ya una lira de tres cuerdas, los griegos una de cuatro-el tetracordio,- y al cabo de algunos siglos llegó a tener siete y ocho. Fueron precisos mil años para llegar al gran sistema de la doble octava. Todos esos cambios introdujeron naturalmente una gran heterogeneidad en la melodía; al mismo tiempo se comenzaron a usar los distintos modos, el dórico, el jónico, el frigio, el eólico, y el lidio, que correspondían a nuestras llaves, y de los que llegó a haber hasta quince. Hasta entonces, sin embargo, la medida de la música presentaba poca heterogeneidad. La música instrumental sólo era, durante ese período, acompañamiento de la música vocal, y ésta seguía completamente subordinada a las palabras. El cantor era, a la vez, el poeta, cantaba sus composiciones, y arreglaba las notas de la música a la medida de los versos; así resultaba una melodía fatigosa y monótona que, como dice Burney, ningún recurso del arte podía mejorar; pues faltando el ritmo complicado, que hoy usamos, con medidas iguales y notas diferentes, el que resultaba tan sólo de la cantidad de las sílabas era y debía ser forzosamente monótono. Además, el canto no era más que una especie de recitado, y se diferenciaba mucho menos del lenguaje hablado que nuestro canto moderno. Sin embargo, teniendo en cuenta la extensión de las notas usadas, la variedad de los modos, las variaciones accidentales de medida que dependían del cambio del metro, y de la multiplicación de instrumentos, se ve que, en el último período de la civilizacion griega, la música era ya bastante heterogénea, no seguramente comparada con la música moderna, pero sí con relación a la que la precedía. Hasta esa época la armonía era completamente incógnita; sólo era conocida la melodía. Unicamente cuando la música religiosa cristiana hubo alcanzado cierto desarrollo, se vio nacer la armonía, por efecto de una diferenciación cuya moda y forma son inapreciables. Es difícil, ciertamente, concebir, a priori, ese paso de la melodía a la armonía, a no ser por un salto brusco; mas es indudable que dicho paso se verificó, de una u otra manera. Tal vez fue preparación para ese paso, el empleo de dos coros, cantando alternativamente el mismo aire; luego, empezando el uno a cantar antes que el otro acabase, lo cual, dados los sencillos cánticos de entonces, bien pudo originar una fuga, armoniosa aunque en muy pequeña parte, pues sólo así agradaba entonces al oído, según lo prueban los ejemplos conservados. Dada ya la idea, se desarrollaría naturalmente la composición de trozos con armonía de fugas, como éstas habían nacido de los coros alternantes; y de la fuga a los concertantes de dos, tres y cuatro partes, la transición era fácil. Sin describir detalladamente el incremento de complejidad que resultó de la introducción de notas de longitudes varias, de la multiplicación de llaves, del uso de los accesorios, de las variedades de tiempo, modulaciones, etc.; bastará recordar lo que era la música primitiva y compararla con la actual, para patentizar su inmenso progreso de lo homogéneo a lo heterogéneo. Basta considerar la música, en su conjunto, enumerar sus varios géneros y especies: música vocal, instrumental y mixta, y las subdivisiones en las diversas voces e instrumentos; observar las varias formas de música sagrada o religiosa, desde el simple himno, el motete, el cánon, la antífona, etc., hasta el oratorio y la misa completa, y las formas de música profana, mucho más numerosas aún, desde la balada hasta la serenata, y desde el solo instrumental hasta la sinfonía. Análogamente, se reconoce también la misma ley de progreso, comparando un trozo de música primitiva con un trozo de música moderna, ésta es mucho más heterogénea, no sólo por la variedad de longitud y altura de las notas; el número de notas distintas que suenan en el piano, por ejemplo, acompañando, a la vez, al mismo trozo de canto, y las variaciones de fuerza en que alternativamente dominan ya la voz ya el instrumento; sino también por los cambios de llaves, de tiempos, de timbre de la voz, y por otras muchas modificaciones de expresión. Por otra parte, hay tan inmenso contraste, entre la homogeneidad del antiguo y monótono canto de baile y la heterogeneidad de una ópera, que apenas es creible sea ésta descendiente de aquél.

     126. Si fuere necesario, aún se pueden dar más pruebas. En los tiempos primitivos, las acciones del Rey-Dios eran cantadas y representadas en pantomima, danzando alrededor del altar; después se consignaban en los muros de los templos y de los palacios, engendrándose así una especie de literatura primitiva, cuyo sucesivo desarrollo puede seguirse fácilmente. Por ejemplo, en las Escrituras hebraicas están reunidas la teología, la cosmogonía, la historia, la legislación, la moral y la poesía. En otros libros, de los que la Iliada es buen ejemplo, se ve la misma mezcla de elementos religiosos, guerreros, históricos, épicos, dramáticos y líricos. En nuestros días, por el contrario, el desarrollo heterogéneo de la literatura (en su más lata acepción) presenta divisiones y subdivisiones, tan numerosas y variadas, que desafían toda clasificación. Podríamos seguir también el desarrollo de la Ciencia, desde la época en que unida aún al Arte sufrían ambas el yugo de la Religión; pasando luego al período en que las ciencias eran todavía tan pocas y tan rudimentarias, que podían ser estudiadas y poseídas todas por un solo hombre, hasta llegar a los tiempos presentes, en que los géneros y especies de ciencias son tan numerosos, que muy pocos pueden siquiera enumerarlos, y nadie poseer completamente todo un género.

     Igualmente podríamos invocar, por nuevos testimonios de nuestra tesis, el desarrollo de la Arquitectura, del drama, de nuestra vestimenta; pero el lector debe estar ya fatigado y juzgar innecesarias más pruebas. Con las dadas creemos haber hecho indudable que el principio descubierto por los fisiólogos alemanes como una ley del desarrollo orgánico, es ley de todo desarrollo, y se manifiesta: en los primeros cambios del Universo, tanto inducidos como deducidos hipotéticamente; en la evolución geológica y meteorológica de la Tierra; en la de cada uno de los organismos que la pueblan; en la evolución de la humanidad, tanto en cada individuo civilizado, como en las razas y sus grupos; en la evolución de la sociedad, bajo el triple punto de vista de sus instituciones religiosas, políticas y económicas; y en fin, en la evolución de los innumerables productos abstractos y concretos de la actividad humana, más o menos necesarios para la vida social. Desde el pasado más remoto a que la Ciencia alcanza, hasta las últimas novedades de todos los géneros, la evolución, el desarrollo de todo ser tiene por principal carácter el paso de un estado homogéneo a un estado heterogéneo.

     127. La fórmula dada en el capítulo anterior tiene, pues,necesidad de ser completada. Es verdad que la evolución consiste en el paso de una forma menos a otra más coherente, consecuencia de una disipación de movimiento y una integración simultánea de materia; pero eso es tan sólo una parte de la verdad; a la par que el paso de lo incoherente a lo coherente, hay otro de lo homogéneo a lo heterogéneo, de lo uniforme a lo multiforme; a lo menos en la evolución compuesta, es decir, en la inmensa mayoría de los casos, en los cuales, a la vez que se verifica una concentración progresiva, ya por una condensación mayor de la misma materia, ya por una agregación de más materia, ya por ambas causas; el conjunto se divide y subdivide en partes, cada vez más numerosas y desemejantes por su volumen, por su forma, por su estructura, por su composición o por muchos de esos caractéres. La misma doble operación que en el conjunto, se verifica en cada parte; aquel se integra y se diferencia de otros conjuntos; cada parte se integra y se diferencia de las otras del mismo todo.

     El concepto de la evolución compuesta debe, pues, reunir esos dos caracteres; y por tanto, podremos definirla: «El paso de una homogeneidad incoherente a una heterogeneidad coherente, a consecuencia de una disipación de movimiento y de una integración de materia.»

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     Herbert Spencer ; traducción de José Andrés Irueste
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