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Capítulo XXI.La segregación. 163. Todavía no hemos acabado de explicar la evolución, en los capítulos precedentes; es necesario aún examinar, bajo otro aspecto, los fenómenos que la constituyen, para poder llegar a un concepto preciso, claro y completo de tan notable como compleja operación. Las leyes, hasta ahora establecidas, explican bien la redistribución que procede de lo uniforme a lo multiforme, pero no la de lo indefinido a lo definido. El estudio de las acciones y reacciones, doquier en juego, nos ha revelado que son consecuencias necesarias de un principio primordial, a saber: que lo homogéneo debe pasar a heterogéneo, y lo menos, a más heterogéneo; pero no nos ha explicado por qué las varias partes de un todo toman, al ser modificadas distintamente, caracteres cada vez más diferentes y señalados. No hemos hallado aún la razón, en virtud de la cual no se produce una heterogeneidad vaga y caótica, en vez de la heterogeneidad armónica a que conduce la evolución. Debemos, pues, buscar la causa inmediata de esa integración local que acompaña a la diversificación, es decir, la segregación gradualmente completada de unidades semejantes para formar un grupo, distinto por caracteres bien marcados, de los grupos inmediatos, compuestos a su vez de otras especies de unidades. Esa causa, esa razón de la heterogeneidad armónica, la encontraremos analizando algunos hechos, en los que se puede seguir las huellas de la segregación. Cuando, a fines de Setiembre, los árboles empiezan a perder sus colores estivales, y esperamos ver de un día a otro, cambiar el aspecto del paisaje, no es raro que seamos sorprendidos desagradablemente por una brusca ráfaga de viento, que, arrastrando las hojas, ya suficientemente secas, deja aún en las ramas las hojas verdes. Estas últimas, arrugadas y desecadas por los choques continuos y repetidos de unas contra otras, o contra las ramas, dan al bosque un color sombrío, mientras que las caídas, y variamente coloreadas de rojo, amarillo, anaranjado, etc., se amontonan en los hoyos o junto a las paredes, donde estén más resguardadas del viento. ¿Qué ha pasado pues? Que la fuerza del viento, actuando sobre las dos clases de hojas, ha segregado las moribundas de las vivas y las ha hecho montones. El mismo viento, y más señaladamente el de Marzo, que es más fuerte y continuo, hace también montones de partículas terrestres de diversos tamaños, de polvo, de arena, de grava. Desde los tiempos más remotos se ha utilizado esa propiedad que tienen las corrientes de aire, naturales o artificiales, de separar las partículas de diferentes densidades, para separar el grano de la paja. En todo río, los materiales mezclados que acarrea, se depositan separadamente; en los rápidos, el fondo únicamente conserva los gruesos y pesados guijarros; en los sitios en que no es tan fuerte la corriente, se deposita arena; y, en fin, en los parajes en que es muy mansa y tranquila, se forma barro o cieno. También se utiliza esta propiedad electiva del agua en movimiento, para recoger separadamente partículas de diferentes tamaños; por ejemplo, en la fabricación del esmeril: después de machacada la piedra se lavan las partículas con una corriente lenta, que cae de unos a otros receptáculos sucesivos; los granos más gruesos se detienen en el primero de ellos; los que siguen en tamaño se paran en el segundo, y así sucesivamente, hasta que tan sólo cae con el agua, al último depósito, el polvo finísimo que se emplea en las artes para pulir metales y algunas piedras. El agua puede ejercer también su acción segregadora de otro modo: disolviendo las materias solubles, mezcladas antes con otras insolubles, cual vemos se efectúa continuamente en los laboratorios. Efectos análogos de segregación a los que acabamos de citar efectúan, de varios modos, las fuerzas mecánicas y químicas del aire y del agua, son también producidos por otras fuerzas. Así las atracciones y repulsiones eléctricas separan los cuerpos pequeños de los mayores, los ligeros de los pesados. La atracción magnética permite separar las partículas de hierro o acero de otras, con las que están mezcladas; así separan los afiladores de Sheffield, con un filtro de gasa imantada, el polvo de acero del polvo de piedra, que caen mezclados al afilar los instrumentos allí fabricados. No hay fenómeno químico de descomposición, que no patentice cómo la diversa afinidad de un cuerpo para con los componentes de otro, permite separar éstos. ¿Cuál es, pues, el principio que esos casos demuestran? ¿Cómo expresar en una fórmula, que los contenga a todos, los innumerables hechos análogos a los que acabamos de citar? En cada uno de esos casos vemos en acción una fuerza, que podemos considerar como simple; ora, el movimiento de un líquido con determinada dirección y velocidad; ora una atracción eléctrica o magnética de cierta intensidad; ya una afinidad química; o, para ser más exactos, la fuerza en acción es la resultante de cada una de las citadas y de otras fuerzas continuas, como la gravitación, la cohesión, etc. En cada caso hay un agregado de partículas desemejantes, o de átomos de distintas especies, combinados o mezclados íntimamente, o bien fragmentos de una misma materia, pero diferentes por sus volúmenes, o densidades o formas, etc., y que se separan unos de otros bajo la acción de una fuerza que actúa sobre todos, y se separan en grupos o agregados menores, pero compuestos cada uno de unidades semejantes entre sí, y desemejantes de las de los demás agregados parciales. He ahí lo que pasa en todos esos cambios; procuremos ahora interpretar y explicar ese hecho general. En el capítulo titulado, «Instabilidad de lo homogéneo,» hemos visto que una misma fuerza, actuando sobre las diferentes partes de un todo, produce efectos diversos; hace a lo homogéneo heterogéneo, y a esto más heterogéneo. Esas transformaciones consisten, ya en cambios sensibles o apreciables, ya en cambios insensibles, ya en cambios de ambas clases, de las posiciones relativas de las partes o unidades del todo; es decir, o en esas redistribuciones moleculares que llamamos químicas o físico- moleculares, o en las transposiciones más extensas de partículas visibles, que llamamos mecánicas, o en ambas clases de transposiciones combinadas. La porción de fuerza, que cae sobre cada una de las partes del todo, puede efectivamente gastarse: o en modificar sólo las relaciones mutuas de sus moléculas constituyentes, o en cambiar de lugar toda la parte, o en ambas clases de cambios; de consiguiente, la porción de fuerza que no se gaste en producir uno de esos efectos, debe emplearse en producir el otro; y es evidente que, si una parte pequeña de la fuerza efectiva que actúe sobre una unidad compuesta de un agregado, se gasta en reordenar los elementos irreductibles de esa unidad compuesta, el resto, o sea la mayor parte de esa fuerza, debe producir el movimiento de dicha unidad hacia otro punto del agregado, y recíprocamente si poco o nada de la fuerza total que actúe sobre la unidad de la masa en cuestión, se emplea en moverla, en producir un cambio visible, la mayor parte o la totalidad de dicha fuerza producirá cambios moleculares. ¿Qué debe resultar de ahí? En el caso en que nada, o tan sólo una parte de la fuerza incidente engendre redistribuciones químicas, ¿cuáles son las redistribuciones físicas que deben verificarse? Las partes semejantes entre sí serán modificadas semejantemente por la fuerza, y reaccionarán sobre ella semejantemente; las partes diferentes serán modificadas diferentemente, y reaccionarán diferentemente. En consecuencia, la fuerza efectiva, una vez transformada total o parcialmente en movimiento mecánico de las unidades de masa, producirá movimientos semejantes en las unidades semejantes y movimientos diferentes en las unidades diferentes. Si, pues, en un agregado, compuesto de unidades de varias clases, las de la misma clase son puestas en movimiento en el mismo sentido y con la misma velocidad, y en diferente sentido, o con diferente velocidad o con diferencia de ambas cosas, que las unidades de otra clase, de hecho serán separadas o segregadas las varias clases de unidades. Antes de terminar estos preliminares o generalidades, debemos establecer un principio complementario, a saber: que las fuerzas mezcladas son separadas por la reacción de las sustancias uniformes, análogamente a como las sustancias mezcladas son separadas por la acción de fuerzas uniformes. La dispersión de la luz refractada nos ofrece un ejemplo completo de ese principio: un haz de luz, formado por ondulaciones etéreas de diferentes órdenes, no es refractado uniformemente por un cuerpo refringente homogéneo, sino que los varios órdenes de ondulaciones son desviados bajo ángulos distintos; de modo que forman, así separados o integrados, lo que llamamos los colores del espectro. Otro género de separación se verifica cuando los rayos luminosos atraviesan medios que les ofrecen resistencia: los rayos formados de ondulaciones relativamente cortas son absorbidos antes que los demás, y tan solamente los rayos rojos, que son los correspondientes a las ondulaciones más largas, atraviesan todo el medio, si éste es bastante grueso. 164. En la hipótesis nebular, el origen de las estrellas y de los planetas se explica por una segregación material, como las que acabamos de citar, producida por la acción de fuerzas diferentes sobre masas semejantes. En efecto, vemos en uno de los párrafos anteriores (150) que si la materia existió en algún tiempo, en estado difuso, indudablemente no pudo persistir homogénea, sino que debió fraccionarse en masas distintas puesto que en la imposibilidad de un equilibrio perfecto entre las atracciones mutuas de átomos dispersos en un espacio infinito, debieron formarse centros de atracción preponderantes, alrededor de los cuales se agruparan los átomos, en dichas masas. Esa primera segregación o integración de masas materiales, fue, pues, debida a la desigualdad de las fuerzas que actuaban sobre los diversos átomos primitivos. La formación y la separación de un anillo nebuloso son dos ejemplos de la misma ley: pues admitir, con Laplace, que la zona ecuatorial de un esferoide nebuloso en rotación, debe, durante el período de concentración, adquirir suficiente fuerza centrífuga para no poder seguir la concentración de la masa restante, es suponer que esa zona debe separarse del esferoide, porque está sometida a una fuerza distinta. La división se haría indudablemente por el límite que separara los puntos en que la fuerza centrífuga excediese a la fuerza de agregación o concentración de los puntos en que la fuerza de concentración excediera a la centrífuga. Esta operación obedeció evidentemente (según la hipótesis) a la ley en virtud de la cual, cuando masas semejantes están sujetas a fuerzas desiguales, las que están sometidas a las mismas condiciones se agrupan entre sí, y se apartan de las que están sometidas a condiciones diferentes. Para hacer comprender mejor esta operación, es conveniente presentar algunos ejemplos comprobantes de que, en igualdad de las demás circunstancias, la separación es tanto más profunda cuanto más distintas son las unidades separadas. Tomemos un puñado de una sustancia molida, pero con granos o partículas de diferentes gruesos, y dejémosle caer a merced de un viento suave: los fragmentos más gruesos caerán verticalmente o poco menos, agrupándose debajo de donde se situó el puño; los demás irán cayendo sucesivamente tanto más lejos, cuanto más tenues sean. Hagamos pasar lentamente agua a través de una mezcla de sustancias solubles e insolubles; se hará lo primero la separación de las sustancias más distintas respecto a la acción de la fuerza incidente, las sustancias solubles serán disueltas y llevadas por el agua, y las insolubles quedarán; unas y otras sufrirán en seguida otras segregaciones: puesto que, de las solubles, si las hay en distintos grados, primero irán las más solubles y luego las demás por orden de solubilidad; y de las insolubles el agua arrastrará también, y a la vez que las solubles, primeramente las más tenues y luego las demás, por orden de tenuidad, depositándolas en su trayecto, primero las más densas, luego las otras en orden descendente de tamaños y densidades. Añadamos, para completar esta explicación, un hecho que hace juego con los acabados de citar. Las unidades de masa o partículas mezcladas pueden no presentar entre sí sino ligeras diferencias; y en consecuencia, cuando actúen sobre ellas fuerzas incidentes, pueden no experimentar sino pequeños movimientos, separaciones insignificantes; entonces es preciso para separarlas, combinaciones de fuerzas susceptibles de acrecer esas ligeras diferencias; y de hacer, por tanto, más señalada, más profunda la segregación. Tal principio ha sido patentizado, por antítesis, en los ejemplos precedentes, pero puede aún aclararse con otros ejemplos tomados de la análisis química. Uno de los mejores es la separación del agua y el alcohol por destilación. Aquélla consta, como es sabido, de oxígeno o hidrógeno, y éste de esos dos elementos, más carbono; ambos conservan el estado líquido hasta temperaturas no muy lejanas: de modo que si se calienta la mezcla más de lo necesario, pasa mucha agua con el alcohol, en la destilación; y por tanto, sólo entre temperaturas muy próximas, se separan, y aun así siempre arrastran moléculas del otro, las del primero que va pasando. Pero el ejemplo quizá más notable o instructivo es el de la cristalización por vía húmeda: cuando varias sales, que tengan poca analogía de constitución, están disueltas en la misma el masa de agua, es fácil separarlas por cristalización: las moléculas de cada una se mueven unas hacia otras en virtud de fuerzas polares, según suponen los físicos; y se separan de las moléculas de las demás, formando cristales de especies distintas. Verdad es que los cristales de cada sal contienen, casi siempre, pequeñas cantidades de las otras sales, sobre todo, si la cristalización ha sido rápida; pero, se los va purificando o separando más, redisolviéndolos y haciéndolos cristalizar de nuevo, otras varias veces si es preciso. Mas si las sales mezcladas y disueltas son homólogas químicamente, no es posible separarlas por cristalización, pues son también isomorfas, por lo general, y cristalizan juntas, cuantas veces se las disuelva y redisuelva y haga cristalizar. He aquí, pues, ejemplos manifiestos de que las moléculas de especies diferentes son elegidas y separadas por las fuerzas moleculares con una precisión proporcionada al grado de su desemejanza: en el primero las moléculas, desemejantes por su forma, aunque semejantes por su solubilidad, se separan, aunque imperfectamente, al tratar de recobrar las formas propias de su estado sólido; en el segundo, como las moléculas son semejantes, no sólo por su solubilidad en el mismo disolvente, si que también por su estructura o constitución atómica, no se separan al solidificarse, sino muy imperfectamente, y en condiciones muy especiales. En otros términos, la fuerza de polaridad mutua imprime a las moléculas mezcladas movimientos cuya diferencia de direcciones, velocidades, etc., es proporcionada a la desemejanza de aquéllas, y por tanto tiende a separarlas, o segregarlas unas de otras, en proporción, también, con esa desemejanza. Hay otra causa de separación mutua de las partes de un todo, que es inútil consideremos con tantos detalles. Si unidades de masa diferente bajo uno o varios aspectos, deben tomar movimientos diferentes, sometidas a la misma fuerza; unidades iguales, deben tomar movimientos distintos, bajo la acción de fuerzas distintas. Supongamos que un grupo de moléculas, de un agregado homogéneo, esté sometido a la acción de una fuerza, diferente en su intensidad o en su dirección, o en ambas cosas, de la que actúa sobre el resto del agregado, ese grupo de moléculas se separará del resto, siempre que esa fuerza que actúa sobre él no se gaste únicamente en producir vibraciones o redistribuciones moleculares; y esto es evidente, sin más pruebas que las consideraciones generales hechas ha poco. 165. Las revoluciones geológicas, llamadas comunmente ácueas o acuosas, presentan numerosos ejemplos de segregación de masas distintas por una misma fuerza incidente. Las olas del mar desagregan y separan continuamente los materiales de las costas; el flujo y el reflujo arrastran, de las rocas sumergidas, partículas, de las cuales las más pequeñas permanecen algún tiempo suspensas en las aguas, hasta que al fin se depositan a mayor o menor distancia de la costa, bajo la forma de un sedimento muy fino; las partículas de algo mayor tamaño, cayendo o precipitándose relativamente más pronto que las muy pequeñas, forman las playas arenosas, secas en el reflujo, y sumergidas durante el flujo; las más gruesas aún, tales como la grava y guijarros, se acumulan en las pendientes que azotan las olas, etc. Aún se puede observar segregaciones más específicas: acá, una pequeña ensenada, formada exclusivamente de guijarros planos; allá, otra de cieno; acullá, otra de arena: a veces, una misma bahía redondeada, de cuyos extremos uno está más descubierto que el otro, presenta su fondo cubierto de guijarros, cuyos tamaños van siendo gradualmente mayores desde la extremidad menos descubierta a la que lo está más. Sigamos la historia de cada formación geológica, y reconoceremos fácilmente que, fragmentos de distintos volúmenes, pesos y formas, mezclados primitivamente, han sido elegidos, separados, y reunidos en grupos relativamente homogéneos bajo la acción del frote de las aguas, combinado con la atracción terrestre; y la separación es tanto más marcada, cuanto más distintos los fragmentos. Las capas de sedimento presentan, aun después de su formación, segregaciones de otro orden: los trozos de pedernal y de pirita de hierro que se encuentran en las calizas, sólo pueden explicarse por la agregación de las moléculas de sílice y de sulfuro de hierro, primitivamente repartidas casi con uniformidad en toda la masa que les sirve de ganga, y agrupadas luego gradualmente, alrededor de ciertos centros, a pesar del estado semi-sólido de la materia ambiente. La limonita es un ejemplo patente de esos resultados, y de sus condiciones. Entre los fenómenos ígneos no hay tantos ejemplos de la operación que estudiamos. Y al distinguir la evolución simple de la compuesta, hemos indicado (102) que una cantidad muy grande de movimiento molecular latente se opone a la permanencia de las redistribuciones secundarias que constituyen la evolución compuesta. Sin embargo, los fenómenos geológicos ígneos no están totalmente desprovistos de ejemplos de segregación. Cuando las materias mezcladas que componen la corteza terrestre alcanzaron su máxima temperatura, la segregación comenzó desde el momento en que bajó la temperatura. Algunas sustancias lanzadas de los volcanes, en estado gaseoso, se subliman y cristalizan en las superficies frías que, encuentran; y como se solidifican a diferentes temperaturas, se depositan también a distintas alturas, en las cavidades que atraviesan. Pero el mejor ejemplo es el de los cambios que sobrevienen en el enfriamiento lento de una roca ígnea, cuando una parte del núcleo fundido terrestre es lanzada al exterior por una de las roturas que se verifican en la corteza. Cuando esa materia se enfría bastante deprisa por erecto de la radiación, y del contacto con masas frías, forma un cuerpo llamado basalto, de una estructura homogénea, aunque compuesto de varios elementos. Pero cuando esa parte del núcleo en fusión no se escapa a través de las capas superficiales, se enfría lentamente y resulta lo que llamamos granito. Las partes de cuarzo, feldespato y mica, que contiene en estado de mezcla, habiendo permanecido mucho tiempo fluidos o semi-fluidos, es decir, con una movibilidad relativamente considerable, experimentaron los cambios de posición que exigían las fuerzas a que estaban sometidas. Las fuerzas diferenciales, que nacen de una polaridad mutua, tuvieron tiempo de producirlos movimientos necesarios en las moléculas, y separaron el cuarzo, feldespato y mica, que cristalizaron. Y la prueba de que esa separación depende totalmente de la agitación, continuada largo tiempo, de las partículas mezcladas y de la movilidad de las fuerzas diferenciales, es, que los cristales que ocupan el centro de las venas de granito en que la fluidez y semifluidezhan durado más, son mucho más gruesos que los de las partes que, próximas a la superficie, se han enfriado y solidificado más rápidamente. 166. Son tan complejas y delicadas las segregaciones que se verifican en un organismo, que no es fácil hacer constar las fuerzas particulares que las efectúan. Entro los pocos casos susceptibles de una interpretación bastante exacta, los mejores son aquellos en que se puede reconocer los efectos de presiones y tensiones mecánicas, de los cuales hallaremos algunos, estudiando la estructura ósea de los animales superiores. La columna vertebral de un hombre está sometida en su conjunto a ciertos esfuerzos, a saber: el peso del cuerpo, combinado con las reacciones que suponen todos los grandes esfuerzos musculares; pues bien, obedeciendo a esos esfuerzos, es como se ha formado, por segregación. Al mismo tiempo, como permanece sometida a fuerzas diferentes, mientras que se encorva lateralmenle bajo la influencia de los movimientos, sus partes permanecen separadas, hasta cierto punto. Si seguimos el desarrollo de la columna vertebral desde su forma primitiva el -cordón cartilagíneo de los peces inferiores-, veremos que hay en ella una integración continua, que corresponde a la unidad de las fuerzas incidentes, combinada con la división en segmentos, que corresponde a la variedad de las mismas fuerzas. Cada segmento, considerado aparte, nos hace comprender aún más sencillamente el mismo principio: una vértebra no es un hueso único; se compone de una masa central provista de apéndices y de eminencias; en el tipo rudimentario esos apéndices están separados de la masa central, y aun existen antes que ella; pero esos diversos huesos independientes, que constituyen un segmento espinal primitivo, están sometidos a un sistema de fuerzas más semejantes que diferentes; como forman la palanca de un grupo de músculos que actúan conjuntamente, sufren también un sistema de reacciones en conjunto, y por consiguiente se sueldan poco a poco, hasta constituir un solo hueso. Otro ejemplo, aún más notable, presentan las vértebras que se sueldan en una sola masa, cuando están sometidas a esfuerzos preponderantes y continuados: el sacro, por ejemplo, que en el avestruz y algunas otras aves del mismo género consta de 17 a 20 vértebras soldadas, no tan sólo entro sí, sino también con los huesos iliacos de ambos lados. Si consideramos que esas vértebras han estado separadas en su origen, como lo están en el embrión, y consideramos también las condiciones mecánicas a que están sometidas, fácilmente inferiremos que su unión es el resultado de dichas condiciones. En efecto, por medio de esas vértebras se transmite las piernas el peso total del cuerpo, toda vez que éstas sostienen la pélvis, y ésta, por el intermedio del sacro, sostiene la espina dorsal, con la cual están articulados casi todos los demás huesos; por consiguiente, si las vértebras sacras no estuvieran soldadas, deberían estar mantenidas juntas por músculos poderosos, fuertemente contraidos, que las impidieran tomar los movimientos laterales a que están sujetas todas las demás vértebras, deberían estar sometidas a un esfuerzo común, y preservadas de esfuerzos parcialesque las afectaran diversamente; sólo así llenarían las condiciones bajo las cuales se verifica la segregación. Pero donde las relaciones entre la causa y el efecto aparecen más patentes, es en las extremidades: los huesos metacarpianos, que en el hombre sostienen unidos la palma de la mano, están separados en la mayoría de los mamíferos, en virtud de los movimientos separados de los dedos; pero no lo están en los solípedos y bisulcos, tales como los caballos y los bueyes. En éstos, tan sólo están desarrollados el tercero y cuarto metacarpianos, que alcanzan un tamaño muy considerable, y se sueldan para constituir el hueso del canon; en los caballos, la segregación tiene un carácter, que podríamos llamar indirecto; el segundo y el cuarto metacarpianos, en estado rudimentario, están unidos lateralmente al tercero, muy desarrollado, el cual forma él solo el canon, distinto del de los bueyes, que consta de dos huesos soldados, como ya hemos dicho. El metatarso presenta análogos cambios en esos cuadrúpedos. Ahora bien: esos agruparnientos de huesos se manifiestan sólo donde los huesos agrupados no desempeñan funciones distintas, sino todos una misma: los pies y las manos de los caballos y de los bueyes y de los mamíferos ungulados, en general, tan sólo sirven para la locomoción, y no para otros usos, que suponen movimientos relativos de los metatarsianos y metacarpianos; vemos, pues, que, donde la fuerza incidente es única, se forma una masa única ósea, e inferimos que esos hechos tienen una relación de causa a efecto, y hallamos una nueva confirmación de esa hipótesis, en la clase entera de las aves, en cuyas patas y alas vemos análogas segregaciones, producidas por análogas circunstancias. Recientemente Huxley ha dado a conocer un hecho que demuestra aún más claramente ese principio general: el Glyptodon, mamífero de especie extinguida, hallado fósil en la América del Sud, ha pasado, durante mucho tiempo, por un gran animal afino al armadillo; se sabía que había tenido un dermato-esqueleto, compuesto de placas poligonales, íntimamente unidas, para formar una armazón maciza, en la cual estaba el cuerpo aprisionado, sin poder efectuar flexión alguna lateral ni vertical. Esa armazón, que debía pesar muchos quintales, estaba sostenida por las apófisis espinosas de las vértebras, y por los huesos próximos del torax y de la pélvis. Pues bien, el hecho importante a nuestro objeto, que debemos hacer notar, es: que en los sitios en que varias vértebras estaban sometidas simultáneamente a la presion de esa enorme armadura cutánea, cuya rigidez las impedía efectuar movimientos relativos, la serie entera de esas vértebras se soldaba en un hueso único. Análoga interpretación puede también darse del modo de formación y de conservación de una especie, considerándola como un conjunto de organismos semejantes. Hemos visto ya que los miembros de una especie homogénea se subdividen, o mejor, se agrupan en variedades, si están sometidos a las acciones de distintos sistemas de fuerzas incidentes; réstanos hacer ver que, inversamente, si todas las variedades formadas y conservadas por segregación, se encuentran sometidas, durante largo tiempo, a la acción de un mismo sistema, o de sistemas análogos de fuerzas exteriores, formarán y se conservarán en un grupo homogéneo y único. En efecto, mediante la «selección natural», cada especie se desprende incesantemente de los individuos que se apartan del tipo común por deformaciones que los hacen impotentes para acomodarse a las condiciones de su existencia; quedan, pues, solamente los aptos para ese acomodamiento; es decir, los individuos más semejantes entre sí. Reduciéndose, como ya sabemos, todas las circunstancias a que está sometida cada especie, a una combinación más o menos compleja de fuerzas incidentes, y habiendo entre todos los individuos de la especie algunos que difieren de la estructura media, más de lo necesario para poder soportar la acción de dichas fuerzas, éstas separan continuamente del total de la especie, dichos individuos demasiado divergentes del tipo medio, y conservan, mediante esa elección o selección, la uniformidad o integridad de la especie. Así como los vientos de otoño arrancan las hojas ya secas de entre las hojas verdes; o, usando el símil que usa Huxley, así como los granos pequeños pasan a través de una criba, mientras los gruesos son retenidos, así las fuerzas exteriores, cuando obran un uniformemente sobre todos los individuos de un grupo orgánico, influyen semejantemente sobre los semejantes, y distintamente sobre los distintos, con exacta proporcionalidad a los grados de semejanza y de diferencia; y conservando los individuos más análogos entre sí, eliminan los más distintos de aquellos, o del tipo medio de todos los de la especie. Que esos individuos eliminados perezcan, como es lo más frecuente, o que sobrevivan y se multipliquen, formando una variedad o una especie distinta, mediante su adaptación a distintas condiciones, es indiferente a nuestro objeto; pues el primer caso obedece a la ley de que las unidades desemejantes de un agregado, se agrupan con sus análogas y se separan de aquél, cuando están todas sometidas a las mismas fuerzas incidentes; y el segundo caso obedece a la ley correlativa de que las unidades semejantes, de un agregado, se separan y agrupan aparte, cuándo están sometidas a fuerzas diferentes. Si se consulta las observaciones de Darwin sobre la divergencia de caracteres, se verá que las segregaciones debidas a la influencia de esas leyes tienden a ser cada vez más definidas o marcadas. 167. Hemos visto que la evolución mental, considerada bajo uno de sus principales puntos de vista, consiste en la formación de grupos de objetos semejantes y de relaciones semejantes, es decir, en una distinción o diferenciación de las diversas cosas confundidas en un solo conjunto; y una integración de cada orden de cosas análogas, en un solo grupo (153). Quédanos ahora por probar que si la desemejanza de las fuerzas incidentes es la causa de esas diferenciaciones, la semejanza de las fuerzas incidentes es la causa de esas integraciones. En efecto, ¿en qué consiste la operación de clasificar? Al principio, los botánicos, siguiendo al vulgo, no reconocieron más divisiones de plantas que las adaptadas por la agricultura: cereales, legumbres y plantas salvajes. ¿Cómo formaron luego los órdenes, géneros, especies, etc.? Cada planta examinad a les producía ciertas impresiones complejas, y examinando muchas, se producían grupos de sensaciones análogas, correspondientes a grupos de atributos análogos; o en otros términos, se verificaban en los nervios series coordenadas de cambios, semejantes a otras series anteriormente producidas. Analizada cada una de esa serie de cambios, no es sino una serie de modificaciones moleculares en la parte impresionada del organismo: cada vez que la impresión se repito, una nueva serie coordenada de modificaciones moleculares, se superpone a las precedentes y análogas, y las refuerza; produciendo así la idea de la semejanza de las causas externas de dichas impresiones. Por el contrario, otra especie de plantas producían en el cerebro del botánico otros grupos de cambios combinados, o de modificaciones moleculares no semejantes sino diferentes a las anteriormente consideradas; pero, que repetidas también y reforzadas, engendraban una idea diferente correlativa a una especie distinta. ¿Cómo expresaremos, en términos generales, la naturaleza de esa operación? Por una parte, tenemos las cosas semejantes y las cosas desemejantes, de las cuales emanan los sistemas o grupos de fuerzas que nos hacen percibir aquéllas. Por otra parte, hay órganos de los sentidos y centros de percepción, que transmiten esos grupos de fuerzas durante la observación; y en esa transmisión, los sistemas semejantes de fuerzas son aislados o separados de los desemejantes; y cada una de esas series de grupos de fuerzas separada de las demás y correspondiente a un grupo de objetos exteriores, constituye un estado psíquico, a que llamamos la idea de ese grupo-género, especie, etc. Hemos visto ya que si por una parte, una misma fuerza verifica la separación de materias mezcladas, por otra, una misma materia verifica la separación de fuerzas mezcladas; y vemos ahora además, que las fuerzas desemejantes, una vez separadas, efectúan en los agregados que las separan, cambios de estructura, de los que cada uno es representante y equivalente de la serie integrada de los movimientos que le han producido. Una operación análoga separa las relaciones de coexistencia y de sucesión, para formar especies, y a la vez las agrupa con las impresiones que las han revelado. Cuando dos fenómenos que han sido observados en cierto orden se repiten en el mismo, los nervios que han sido modificados por el paso de una impresión a otra, lo son de nuevo; y las modificaciones moleculares que han experimentado, al propagarse el primer movimiento, crecen al propagarse el segundo análogo al primero; cada uno de esos movimientos produce una alteración de estructura, que conforme a la ley general enunciada en el capítulo IX, implica una disminución de la resistencia opuesta a todos los movimientos análogos sucesivos. La segregación de éstos, o más bien, de las partes eficaces de ellos, empleadas en vencer dicha resistencia, viene a ser la causa y la medida de la conexión mental que liga entre sí las impresiones producidas por los fenómenos. Durante ese tiempo, las conexiones de los fenómenos que reconocemos como diferentes de aquéllos, es decir, que afectan a distintos elementos nerviosos, estarán representadas por movimientos, efectuados en distintas rutas, en cada una de las cuales la descarga nerviosa se hará con una facilidad y una rapidez proporcionadas a la frecuencia con que se produce la conexión de los fenómenos. La clasificación de las relaciones debe, pues, proceder a la par que la de los objetos que constituyen sus términos. Las relaciones mezcladas, que presenta el mundo exterior, tienen con las sensaciones mezcladas que produce, un carácter común; y es no poderse fijar en el organismo, sin experimentar una segregación más o menos completa. Y por esa continua y doble operación de segregar y agrupar cambios y movimientos, que constituye la esencia de la inervación, se efectúan, poco a poco, la segregación y el agrupamiento de materia que constituyen la estructura nerviosa. 168. Al principio de la evolución social los individuos semejantes se reunieron en un grupo, y los desemejantes se separaron, bajo la acción de las fuerzas incidentes, de un modo análogo a como hemos visto se agrupan y separan los seres inferiores. Las razas humanas tienden a integrarse y a diferenciarse como los otros seres vivos. Entre las fuerzas que operan y conservan las segregaciones humanas, podemos considerar, en primer término, las fuerzas exteriores, llamadas físicas. El clima y los alimentos de un país son más o menos favorables a los indígenas, y más o menos perjudiciales a los forasteros de regiones lejanas. Las razas del Norte no pueden perpetuarse en los climas tropicales; si no perecen a la primera generación, sucumben a la segunda, y, como pasa en la India, no pueden conservarse sino artificialmente por inmigraciones y emigraciones incesantes. Esto quiere decir, que las fuerzas exteriores, actuando igualmente sobre todos los habitantes de una localidad, tienden a eliminar los que no son parecidos a un cierto tipo, y a conservar, por ese medio, la integración de los que lo son. Si en Europa vemos una especie de mezcla permanente debida a otras causas, observamos, sin embargo, que las variedades mezcladas corresponden a tipos poco distintos, y se han formado en condiciones poco diferentes. Las otras fuerzas que concurren a formar o producir las segregaciones étnicas son las fuerzas psíquicas, reveladas en las afinidades que reúnen a los hombres semejantes en sus afectos, ideas y deseos. Generalmente, los emigrados y emigrantes tienen deseos de volver a su país, y si no lo realizan es porque los retienen causas bastante poderosas. Los individuos de una sociedad, precisados a residir en otra, forman colonias, pequeñas sociedades, semejantes a las de sus metrópolis. Las razas que han sido divididas artificialmente tienen una fuerte tendencia a unirse de nuevo. Ahora bien, aunque las segregaciones que resultan de las afinidades naturales de los hombres de una misma variedad, no parecen poder ser explicadas por el principio general que discutimos; son, sin embargo, buenos ejemplos de ese principio. Al hablar de la dirección del movimiento (80), hemos visto que los actos ejecutados por los hombres, para la satisfacción de sus necesidades, eran siempre movimientos en el sentido opuesto al de la mínima resistencia; los sentimientos y deseos que caracterizan a los individuos de una raza o variedad son tales, que no pueden hallar su completa satisfacción sino entre los demás miembros o individuos de aquélla; esa satisfacción procede, en parte, de la simpatía que aproxima a los que tienen sentimientos semejantes, y sobre todo de las condiciones sociales correlativas que se desarrollan doquier reinan los mismos sentimientos. Luego, cuando un individuo de una nación es, como sucede frecuentemente, atraído hacia los de otra nación, es porque ciertas fuerzas, que llamamos deseos, le empujan en la dirección de la mínima resistencia. Los movimientos humanos, como todos los demás, son determinados por la distribución de las fuerzas que los producen, y por tanto es preciso que las segregaciones de razas, que no son resultado de fuerzas exteriores, sean producidas por las fuerzas interiores, o que los individuos de esas razas ejercen unos sobre otros. Análogas segregaciones se operan bajo la influencia de causas análogas, en el desarrollo de cada sociedad: algunas resultan de afinidades naturales menos importantes; pero las segregaciones principales, que constituyen la organización política o industrial, resultan de la unión de individuos, cuyas analogías son efecto de la educación, tomando esta palabra en su más lata acepción, a saber: el conjunto de todos los procedimientos que forman a los ciudadanos para desempeñar funciones especiales. Los hombres dedicados al trabajo corporal tienen todos cierta semejanza que borra o disimula las diferencias naturales entre sus restantes facultades activas. Los dedicados al trabajo intelectual tienen, a su vez, ciertos caracteres comunes que los hacen más semejantes entre sí, que a los ocupados en trabajos manuales. Verifícanse, pues, segregaciones, y se establecen clases correspondientes a esas nuevas analogías y diferencias. Pero aún se establecen otras más marcadas entre los individuos dedicados a la misma profesión, pues aun aquellos a quienes la índole de sus trabajos les impide concentrarse en una misma localidad, como los albañiles, médicos, etc., forman asociaciones, es decir, se integran todo lo posible. Y los que no están obligados a cierto grado de dispersión, como en las clases manufactureras, se agrupan todo lo posible en localidades especiales. Si ahora buscamos las causas de esas segregaciones, consideradas como resultados de la fuerza y del movimiento, vendremos a parar al principio general que discutimos. La semejanza que la educación produce en una clase de ciudadanos es una aptitud especial que han adquirido para satisfacer sus necesidades por los mismos medios. Es decir, que la ocupación para la cual ha sido educado un individuo es evidentemente, para él, como para todos los educados como él, la línea de mínima resistencia. Síguese de ahí, que bajo la presión que obliga a la mayoría de los hombres a trabajar, a ser activos, los que son modificados semejantemente tienden a seguir la misma profesión. Si, pues, una localidad llega a ser el sitio de menor resistencia para una industria dada, sea por circunstancias físicas, sea por las que se desarrollan durante la evolución social, las leyes de la dirección del movimiento exigen que los individuos dedicados a esa industria se dirijan a esa localidad y se agrupen o integren. Así, por ejemplo, Glascow ha conquistado una gran superioridad en la construcción de navíos de hierro, porque estando en la desembocadura de un río navegable, en cuyas inmediaciones hay minas de hierro y de hulla, el trabajo total requerido para la construcción de un mismo navío, y para la adquisición del equivalente de ese trabajo en alimentos y vestidos, es menor que en otro sitio; y en consecuencia, los obreros constructores de navíos de hierro se concentraron en Glascow. Tal concentración seria aún más marcada, si no hubiese otros distritos con algunas ventajas capaces de competir con las de Glascow. El principio es también verdadero para las profesiones comerciales: los agentes de cambios se concentran en la Cité, porque la suma de esfuerzos que cada uno debe ejecutar para cumplir sus funciones y recoger los beneficios, es menor que en otras localidades; y a la misma ley obedece la creación de las Bolsas. Con tantas y tan complejas unidades y fuerzas como constituyen una sociedad, hay motivos para pensar que deben establecerse selecciones y segregaciones, más complicadas y menos claras que las acabadas de indicar. Se puede quizá mostrar anomalías, que, a primera vista, podrían parecer en contradicción con la ley que cuestionamos; pero, estudiándolas mejor, se verá que no son sino casos particulares, no menos notables. En efecto, habiendo entro los hombres tantas especies de semejanzas, debe también haber muchas especies de segragaciones: hay semejanzas de pensamientos, de gustos, de aficiones intelectuales, de sentimientos religiosos y políticos, y cada una de ellas origina agrupamientos o asociaciones de los individuos correspondientes. Sucede algunas veces que las segregaciones se cruzan, anulan mutuamente sus efectos, total o parcialmente, y se oponen a que una clase se integre por completo; esas son las anomalías de que hablábamos. Pero si se estudia convenientemente esa causa de imperfección, se vera que esas segregaciones, aparentemente anormales, se conforman a la misma ley que las demás; se reconocerá, por un análisis conveniente, que, sea por efecto de fuerzas exteriores, sea por efecto de una especie de polaridad mutua, se producen en la sociedad segregaciones o clases cuyos miembros tienen una semejanza natural o una semejanza producida por la educación. 169. ¿Puede también deducirse de la persistencia de la fuerza, la ley general de que acabamos de dar tantos y tan diversos ejemplos? Creemos que la exposición preliminar que hicimos al comenzar este capítulo, basta para responder, con razón, afirmativamente. En efecto, todos los hechos últimamente enumerados se resumen en tres proposiciones abstractas: primera, unidades iguales, sometidas a una fuerza única y constante en dirección y magnitud, y capaz de moverlas, se mueven en la misma dirección y con la misma velocidad todas; segunda, unidades iguales, sometidas a fuerzas diferentes y capaces de moverlas, se mueven diferentemente, ya en dirección, ya en velocidad, ya en ambas; tercera, unidades desiguales, sometidas a la acción de una fuerza uniforme o constante en dirección y magnitud, se moverán con velocidades o direcciones, o ambos elementos diferentes. Por último, las fuerzas incidentes deben ser también modificadas análogamente: fuerzas iguales que actúen sobre unidades iguales, recibirán modificaciones iguales; fuerzas desiguales actuando sobre unidades iguales, serán modificadas diversamente; y fuerzas iguales que actúen sobre unidades desiguales, serán también diversamente modificadas. Todavía se pueden reducir estas proposiciones a formas más abstractas, pues todas equivalen a ésta: en todas las acciones y reacciones de la fuerza y de la materia, una desigualdad en uno u otro de ambos factores implica una desigualdad en los efectos; y éstos son, por el contrario, idénticos, siéndolo respectivamente ambos elementos. En este grado de generalización, es muy fácil de inferir la subordinación de esas proposiciones, últimamente enunciadas, al principio de la persistencia de la fuerza. Cuando dos fuerzas cualesquiera no son idénticas, difieren o por su intensidad o por su dirección, o por ambos caracteres, y se puede probar por los principios de la Mecánica, que esa diferencia es debida a la existencia en una de aquéllas de un elemento o porción de fuerza que no existe en la otra. Análogamente, dos unidades de materia desiguales en volumen, en peso, en forma, o en algún otro atributo, no pueden parecernos desiguales sino por las diferentes fuerzas con que nos impresionan; luego esa diferencia es también debida a la presencia en una u otra partícula, de una o muchas fuerzas que no están en la otra. ¿Cuál, es, pues, la consecuencia ineludible de ese carácter común de las desigualdades dinámicas o materiales? Toda desigualdad en las fuerzas incidentes debe producir efectos distintos en unidades iguales de materia, puesto que, si no, la fuerza residuo o diferencia de aquéllas, no produciría efecto alguno, y por tanto la persistencia de la fuerza no sería una verdad universal. Toda desigualdad en las masas sometidas a la acción de una misma fuerza o de fuerzas idénticas, debe producir efectos diversos; puesto que si no, la fuerza que constituye para nosotros la diferencia de esas masas, no produciría efecto alguno, y sería falsa, en ese caso, la persistencia de la fuerza. Por último: recíprocamente, si las fuerzas que ejercen una acción, y las masas sobre que actúan son iguales, los efectos serán iguales; pues si no, habría una diferencia de efectos producida sin diferencia de causas, contradicción patente del principio de la persistencia de la fuerza. Ahora bien: si esas verdades generales están implicadas en la universal de la persistencia de la fuerza, todas las redistribuciones que hemos estudiado hasta ahora al investigar los caracteres de las diversas fases de la evolución, están también implicadas en dicha ley universal. Las fuerzas efectivas y permanentes que actúan sobre un anegado material y producen en él movimientos sensibles, no pueden menos de producir las segregaciones que vemos sobrevienen entre las partes de ese agregado; si éste se compone de unidades mezcladas de diversas especies, las de cada especie recibirán movimientos semejantes de una fuerza incidente, mientras que las de otra especie recibirán movimientos más o menos distintos de los de aquélla, aunque semejantes entre si; las dos especies se separarán, pues, y se integrarán separadamente o cada una de por sí. Si las unidades son semejantes y las fuerzas diferentes, se verificará también la separación y la integración de aquéllas, por las razones ya tan repetidas. Así se produce ineludiblemente la segregación y el agrupamiento concomitante que vemos doquier, y en su virtud, el cambio de lo uniforme en lo multiforme, va acompañado del cambio de lo indefinido o indeterminado en lo definido o determinado. Así, pues, el paso do una homogeneidad indefinida a una heterogeneidad definida, se deduce del principio de los principios -la persistencia de la fuerza, -tan fácilmente como el simple paso de lo homogéneo a lo heterogéneo.
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