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Capítulo XXII.El equilibrio. 170. ¿Hacia qué fin tienden los cambios que hemos estudiado? ¿O se verificarán continua o indefinidamente? ¿Puede existir un proceso indefinido de lo menos a lo más heterogéneo? ¿O existe un grado que no puede exceder la integración de la materia y del movimiento? ¿Es posible que esa metamorfósis universal siga el mismo curso indefinidamente, o tiende a producir un estado definitivo que no sea susceptible de nuevas modificaciones? Esta última conclusion es la que se deduce lógicamente de todo lo expuesto, como ahora vamos a ver. En efecto, ya examinemos una operación concreta, ya consideremos la cuestión en abstracto, veremos que la evolución tiene un límite infranqueable; que las redistribuciones de materia, en todas las esferas de nuestro conocimiento, tienen un fin, determinado por la disipación del movimiento que las efectúa. La piedra que rueda comunica su movimiento a los objetos que choca, y acaba por pararse; los objetos que ha chocado, y puesto en movimiento hacen lo mismo. Análogamente, el agua que obedeciendo a la gravedad, corre constantemente hacia las regiones más bajas, primero precipitada de las nubes, después resbalando sobre la tierra para formar los arroyos y ríos, se para ante la resistencia que le opone el agua de los mares o lagos. En ésta, se disipa también, comunicándose a la atmósfera y a los cuerpos de las orillas, el movimiento que producen los vientos o la inmersión de los cuerpos sólidos, y que se propaga en ondas que van disminuyendo en altura, a medida que crecen en amplitud. La impulsión que, los dedos comunican a la cuerda de un arpa, se esparce en todos sentidos, se debilita extendiéndose, y acaba por extinguirse, engendrando ondas caloríficas u otras especies de movimientos. En el ascua que sacamos del fuego, como en la lava que arroja un volcán, vemos que la vibración molecular llamada calor, se disipa por radiación, y tal vez por contacto con los cuerpos vecinos, de modo que en definitiva, por grande que sea el calor inicial, se equilibrará, más o menos pronto, con el de los cuerpos ambientes. Lo mismo sucede a todas las demás formas de fuerzas y de movimientos, pues como ya hemos visto en el capítulo de la multiplicación de efectos, los movimientos van siempre descomponiéndose en otros más y más divergentes. Así, la piedra que rueda impulsa en direcciones más o menos divergentes de la suya a las piedras que choca, y éstas hacen lo mismo, a su vez, con las que encuentran en su camino. El movimiento del aire y del agua, sea cualquiera su forma primitiva, siempre se resuelve en movimientos radiantes. El calor producido por la presión en un sentido determinado se irradia o esparce en ondulaciones en todos sentidos; lo mismo se engendran y propagan la luz y la electricidad; esto quiere decir que esos movimientos, como todos, se dividen y subdividen, reduciéndose en virtud de esa operación continuada indefinidamente a movimientos insensibles, pero sin anularse jamás. Hallamos, pues, doquier, una tendencia al equilibrio. La coexistencia universal de fuerzas antagonistas que necesita la universalidad del ritmo, y la descomposición de toda fuerza en fuerzas divergentes, tienden a la par hacia un equilibrio completo y definitivo. Estando todo movimiento sometido a la resistencia, sufre continuamente sustracciones que terminan con la cesación del movimiento. He aquí el principio en su más simple expresión: vamos ahora a examinarlo en los complejos aspectos bajo los cuales se presenta en la naturaleza. En casi todos los casos el movimiento de una masa es compuesto, y efectuándose aisladamente el equilibrio de cada uno de sus componentes, no influye en el resto. La campana de un navío, que ha cesado de vibrar, está aún agitada por oscilaciones horizontales y verticales producidas porlas aguas del mar. La superficie unida de un agua corriente, rizada un momento por las ondulaciones producidas por un pez, no por eso deja de correr tranquilamente hacia el mar, una vez terminadas dichas ondulaciones accidentales. La bala de cañón que se para, sigue moviéndose con el movimiento de rotación de la tierra; aunque este movimiento cesara, la tierra seguiría moviéndose alrededordel sol y relativamente a los domas cuerpos celestes. De modo que lo considerado como equilibrio es, en todos los casos, una desaparición de uno o varios de los movimientos que un cuerpo posee, mientras que los otros continúan como antes. Para figurarse bien esa operación y comprender el estado de cosas hacia el que tiende, será conveniente citar un caso en que podamos ver más clara y completamente que en los ejemplos recién citados esa combinación de equilibrios y movimientos; y para eso será lo mejor, no un ejemplo raro y sorprendente, sino uno familiar, o de todos conocido. Tomemos el de la peonza: ésta presenta, al ser soltada de la cuerda que se la arrolla, tres movimientos: el de rotación, el de traslación sobre el terreno y el de cabeceo o balanceo. Estos dos movimientos subordinados, que cambian sus relaciones mutuas y con el movimiento principal o de rotación, son destruidos o reducidos a equilibrio por distintas operaciones y causas. El movimiento de traslación encuentra un poco de resistencia en el aire, y mucha en las irregularidades del terreno; así que es el primero que se acaba, y sólo quedan los otros dos. En seguida, y a consecuencia de la resistencia que el movimiento de un cuerpo en rotación presenta a todo cambio en el plano de rotación (como se ve claramente en el giróscopo), el cabeceo disminuye y cesa también a poco tiempo. Después que han cesado esos dos movimientos, y no teniendo ya que vencer el rotatorio más que la resistencia del aire y el frote de la punta, continúa algún tiempo con tal uniformidad que parece estaespecie de equilibrio movible, como se dice generalmente. Es verdad que cuando la velocidad de la rotación decrece lo bastante, aparecen nuevos movimientos que crecen hasta que la peonza cae; pero esos movimientos no se presentan sino en el caso de que el centro de gravedad esté situado sobre el punto de apoyo. Si la peonza tuviese la punta de acero y girase suspendida de una superficie suficientemente imantada, el fenómeno se verificaría como lo exige la teoría, y, una vez establecido, el equilibrio movible continuaría hasta que la peonza se parase, sin cambiar de posición. Resumamos ahora los hechos que ese ejemplo patentiza. En primer lugar, los diversos movimientos que una masa posee, se equilibran separadamente; los movimientos más débiles o los que encuentran mayor resistencia, o antes aun los que reunen esas dos condiciones, se paran los primeros y quedan solamente los que tienen los opuestos caracteres. En segundo lugar, cuando las varias partes de la masa se hallan animadas de movimientos relativos o de unas respecto a otras, que no encuentran sino débiles resistencias exteriores, aquélla es susceptible de permanecer más o menos tiempo en equilibrio. En tercer lugar, ese equilibrio movible acaba finalmente en un equilibrio completo. No es fácil abrazar completamente la operación del establecimiento del equilibrio, puesto que sus diversas fases se presentan simultáneamente. Lo que se puede hacer es descomponerla, para mayor facilidad, en cuatro órdenes diferentes de hechos, y estudiarlos aparte. El primer orden comprende fenómenos relativamente simples, como los de los proyectiles, cuyo movimiento no dura lo bastante para manifestar su ritmo, sino que dividido y subdividido rápidamente en movimientos comunicados a otras partes de materia, se disipa en el ritmo de las ondulaciones etéreas. En el segundo orden, se encuentra las diversas especies de vibraciones y de oscilaciones, que se puede hacer constar; en ellas se gasta el movimiento, produciendo una tensión que, equilibrada por él, produce en seguida un movimiento en sentido inverso, el cual es a su vez destruido, produciéndose un ritmo visible, que luego se disipa en ritmos invisibles. El tercer orden de equilibrio, del cuál no hemos hablado aún, se manifiesta en los cuerpos que gastan tanto movimiento como reciben: tales son las máquinas de vapor, sobre todo las que alimentan ellas mismas sus calderas y hornos: en ellas la fuerza que se gasta en vencer las resistencias del mecanismo puesto en juego, se repara a cada momento, a expensas del combustible, y se mantiene el equilibrio entre esas dos fuerzas, elevando o bajando el gasto de combustible, según la cantidad de fuerza que se necesita y consume. Cada aumento, cada disminución de la cantidad de vapor, implica un aumento o una disminución del movimiento de la máquina, capaz de equilibrarse con las variaciones análogas de la resistencia. Este equilibrio, que podríamos llamar equilibrio movible dependiente, debe ser especialmente notado, puesto que es uno de los que se encuentran comúnmente en las diversas fases de la evolución. Podemos aún admitir un cuarto orden de equilibrio; el equilibrio independiente, o equilibrio móvil perfecto, del cual vemos un ejemplo en los movimientos rítmicos del sistema solar, que, no encontrando otra resistencia que la de un medio, cuya densidad es inapreciable, no experimentan disminución sensible en los períodos de tiempo que podemos medir. Sin embargo, todas esas especies de equilibrio pueden ser consideradas como diferentes modos de una sola especie, mirando la cuestión bajo un punto de vista más elevado. En efecto, en todos los casos, el equilibrio que se establece es relativo, no absoluto; es un movimiento que cesa, de algunos puntos o cuerpos con respecto a otros, lo cual no implica la desaparición del movimiento relativo perdido, que no hace sino transformarse en otros movimientos, ni una disminución de los movimientos con respecto a otros puntos. Este modo de comprender el equilibrio incluye evidentemente al equilibrio móvil que, a primera vista, parece de otra naturaleza. En efecto, todo sistema de cuerpos, que presenta como el sistema solar, una combinación de ritmos mutuamente equilibrados, posee la propiedad de no variar su centro de gravedad, sean cualesquiera los movimientos relativos de los elementos del sistema; porque a todo movimiento de uno de los elementos en cualquier dirección, corresponde instantáneamente otro equivalente en dirección opuesta; de modo que la masa entera del sistema permanece en un reposo relativo. Resulta, pues, que el equilibrio móvil es la supresión de algún movimiento que una masa móvil ejecutaba respecto a los efectos exteriores, y la continuación de los movimientos que las diversas partes de dicha masa verifican unos respecto a otros. Así, en general, es evidente que todas las formas de equilibrio son intrínsecamente las mismas, puesto que, en todo agregado, solamente el centro de gravedad es el que pierde el movimiento; los elementos conservan siempre algún movimiento, unos respecto a otros; tal es el movimiento molecular que constituye el calor, la luz, etc. Todo equilibrio, aun de los considerados comúnmente como absolutos, no es sino un equilibrio móvil, puesto que si la masa total no se mueve, siempre hay movimientos relativos entre sus elementos. Inversamente, todo equilibrio móvil puede ser considerado como absoluto, bajo cierto punto de vista, porque los movimientos relativos de las partes van acompañados de la inmovilidad del todo. Aún tenemos algo que añadir a estos ya extensos preliminares. De lo expuesto podemos deducir, desde luego, dos principios cardinales: el uno relativo al último, o más bien, al penúltimo estado de movimiento, que tiende a producir la operación que vamos estudiando, y el otro relativo a la distribución concomitante de materia. Ese penúltimo estado de movimiento es el equilibrio móvil, el cual, como ya sabemos, tiende a producirse en toda masa animada de movimientos compuestos y servir de estado transitorio para el equilibrio completo. En toda evolución vemos constantemente la tendencia a producirse y conservarse ese equilibrio móvil. Así como en el sistema solar se establece un equilibrio móvil independiente, y tal que los movimientos relativos de las partes constituyentes del sistema están continuamente equilibrados por movimientos opuestos, y que el estado medio de la masa total no varía; así vemos establecerse relaciones análogas, aunque menos distintas quizá, en todas las formas de equilibrio movible dependiente. El estado de cosas, de que hay ejemplos en los ciclos de cambios terrestres, en las funciones de los seres orgánicos adultos, en las acciones y reacciones de las sociedades ya civilizadas, es un estado que tiene también por principal carácter la compensación de unos y otros movimientos oscilatorios. La combinación compleja de ritmos que se nota en cada una de las acciones y reacciones sociales, tiene un estado medio que permanece constante bajo el punto de vista práctico, durante las desviaciones en uno u otro sentido. El hecho que debemos principalmente observar es que, como consecuencia de la ley de equilibrio ya enunciada, toda evolución debe progresar hasta que se establezca el equilibrio móvil; puesto que, como ya hornos visto, el exceso de fuerza que una masa posee, en una dirección, debe gastarse en vencer las resistencias que existan en esa dirección, no quedando en definitiva sino los movimientos que se compensan mutuamente, o que constituyen un equilibrio móvil. En cuanto a la estructura que la masa adquiere al mismo tiempo, se necesita evidentemente que presente una combinación de fuerzas que equilibre a todas las demás que soliciten a la masa total. Mientras haya un exceso de fuerza en cualquier sentido, no puede existir equilibrio, y por tanto debe continuar la redistribución de materia. Resulta, pues, que el límite de la heterogeneidad hacia el cual progresa toda masa en evolución, es la formación de tantas partes especiales y combinaciones de ellas, como fuerzas especiales y combinadas hay que equilibrar. 171. Las formas sucesivamente modificadas, que según la hipótesis nebular deben haberse originado durante la evolución del sistema solar, son otras tantas especies transitorias de equilibrio movible, etapas del proceso que conduce al equilibrio completo. Así, cuando la materia nebulosa que se condensa, toma la forma de un esferoide aplanado, entra en un equilibrio movible transitorio y parcial, pero que debe asegurarse cada vez más, a medida que se disipan los movimientos locales antagonistas. La formación y el desprendimiento de anillos nebulosos que, según la hipótesis, sobrevienen de vez en cuando, nos presentan casos del establecimiento del equilibrio progresivo que termina en un equilibrio móvil completo. En efecto, la génesis de esos anillos implica una compensación perfecta entre la fuerza atractiva que el esferoide entero ejerce sobre su parte ecuatorial y la fuerza centrífuga que dicha parte ecuatorial ha adquirido durante la concentración de toda la masa; mientras que esas dos fuerzas no sean iguales, siendo naturalmente mayor la atractiva, la parte ecuatorial sigue el movimiento general de concentración de la masa; pero así que se equilibran, la porción ecuatorial no sigue a la restante masa, y quedando retrasada se separa. Sin embargo, cuando el anillo que resulta de ese equilibrio, considerado como un todo relacionado por medio de ciertas fuerzas con otros todos exteriores, ha alcanzado un equilibrio móvil, sus partes no están en equilibrio unas respecto a otras. Así, pues, como ya hemos visto (150), las probabilidades contra la persistencia de un anillo formado de materia nebulosa son inmensas; pues de la instabilidad de lo homogéneo se deduce que la materia nebulosa de un anillo debe romperse en varios fragmentos o integrarse en seguida en una sola masa. Eso quiero decir que el anillo debe progresar hacia un equilibrio móvil más completo, durante la disipación del movimiento que daba a sus partes la forma difusa, dando por resultado un planeta, acompañado quizá de un grupo de cuerpos más pequeños, cada uno de los cuales tiene movimientos relativos, a los que no se opone la resistencia de los medios sensibles, constituyéndose así un equilibrio movible casi perfecto(7). Dejando a un lado la hipótesis, el principio del equilibrio se manifiesta perpetuamente en los cambios de menor importancia que presenta el sistema solar: cada planeta, cada satélite, cada cometa, nos muestra, en su afelio, un equilibrio momentáneo entre la fuerza que le aleja de su centro de gravitación y la que retarda su alejamiento, puesto que ese alejamiento dura en tanto que no se equilibran esas dos fuerzas. Análogamente, en el perihelio se establece también un equilibrio momentáneo en el tránsito inverso. La variación de las dimensiones de la excentricidad y de la posición del plano de cada órbita, tiene también dos límites determinados por los casos en que las fuerzas que producen cada uno de esos cambios en una dirección, son equilibradas por las que actúan en sentido contrario. Al mismo tiempo, cada una de esas perturbaciones simples, lo mismo que cada una de las complejas que resultan de su combinación, presenta además del equilibrio temporal de sus puntos extremos, un equilibrio general de desviaciones mutuamente compensadas, de un estado medio. El equilibrio móvil que de ahí resulta, tiende, en el curso indefinido del tiempo, a ser un equilibrio completo, a consecuencia del decrecimiento gradual de los movimientos planetarios y de la integración definitiva de todas las masas separadas que constituyen el sistema solar. Tal es lo que sugieren los retardos de algunos cometas y lo que juzgan muy probable grandes autoridades. Desde el momento en que se admite que el retardo apreciable del período del cometa de Encke implica una pérdida de movimiento causada por la resistencia del medio etéreo, se supone que esa resistencia debe causar también a los planetas una pérdida de movimiento que, aun cuando infinitesimal en los períodos que hasta ahora podemos medir, si continúa indefinidamente, pondrá fin a sus movimientos. Aun cuando hubiera, como supone Sir John Herschell, una rotación del medio etéreo en la misma dirección que los planetas, dicha cesación de movimiento no podría ser del todo impedida. Sin embargo, esa eventualidad está aún tan lejana de nuestros tiempos, que sólo nos ofrece un interés especulativo: el hacer comprender mejor esa tendencia permanente hacia un equilibrio completo, que se manifiesta por una disipación de movimiento sensible o por su transformación en movimiento insensible o molecular. Pero hay otra especie de equilibrio en el sistema solar, el cual nos interesa más, a saber: el equilibrio del movimiento molecular llamado calor. Hasta ahora se ha admitido implícitamente que el Sol puede continuar suministrándonos durante un tiempo indefinido la misma cantidad de luz y de calor que actualmente; pero, indudablemente, eso es imposible, puesto que implica una fuerza nacida de la nada, y no vale más, en realidad, esa hipótesis que las de los ilusos que creen descubrir el movimiento continuo. Otra idea domina ya: se conoce que la fuerza es persistente, y en consecuencia, toda fuerza que se nos revela bajo una forma debe haber existido antes bajo otra forma; y esa noción nos induce a pensar que la fuerza manifestada en los rayos solares no es sino una transformación de alguna otra fuerza, existente en el Sol, y por consecuencia de la disipación gradual de dichos rayos en el espacio, dicha fuerza acabará por agotarse. La fuerza agregativa solar, en virtud de la cual la materia de dicho astro se concentra alrededor de su centro de gravedad, es la única que las leyes de la Física nos autorizan a relacionar con las que emanan de dicho astro; y por lo tanto, el único origen cognoscible que se puede racionalmente atribuir a los movimientos insensibles que constituyen la luz y el calor solares, es el movimiento sensible que desaparece durante la concentración progresiva de la sustancia o materia del Sol. Ya hemos visto que esa concentración progresiva era un corolario de la hipótesis nebular; y ahora debemos añadir otro, a saber: que así como en los miembros más pequeños del sistema solar, el calor engendrado por la concentración se ha disipado, en gran parte, y desde hace mucho tiempo, por la radiación en el espacio, dejando un residuo central que se sigue disipando, pero con grandísima lentitud, así también, en la masa inmensamente mayor del Sol, la cantidad inmensamente mayor de calor engendrado, y que está aún difundiéndose, debe, a medida que la concentración tiende a su fin, disminuir y no dejar un residuo insignificante. Ya se admita, ya se rechace la hipótesis de la condensación de la materia nebulosa de que procede el Sol, la idea de que éste pierde gradualmente su calor está hoy muy acreditada. Se ha calculado la cantidad de luz y de calor ya radiada, la que resta aún por radiar y el período probable durante el cual esa radiación continuará. Helmholtz calcula que desde que, según la hipótesis nebular, la materia de nuestro sistema se extendía hasta la órbita de Neptuno, se ha desarrollado y difundido una cantidad de calor 454 veces mayor que la que aún queda; y que una disminución de 0,0001 en el diámetro solar producirá, partiendo del estado actual, calor para más de dos mil años; o en otros términos, que basta la disminución de media diezmillonésima en el diámetro solar para producir la cantidad de calor que ese astro difunde actualmente en un año; o que se necesita un millón de años para que el diámetro solar se reduzca a 1/20 del actual. Naturalmente, no debe mirarse esas conclusiones sino como aproximadas, pues hasta hace poco hemos ignorado completamente la constitución física del Sol, y aun ahora sólo tenemos de ella un conocimiento superficial; nada sabemos de su estructura interna, y es posible y aun probable, que las hipótesis sobre la densidad del núcleo sean falsas. Pero todas las incertidumbres, todos los errores que sirvan de base a esos cálculos no impiden el poder afirmar apodícticamente que las fuerzas solares se gastan, y por tanto, deben agotarse al fin de un tiempo más o menos largo. El residuo de movimiento aún no gastado, que conserva el Sol actualmente, puede ser, quizá, mayor que lo que supone el cálculo de Helmholtz; la radiación futura irá muy probablemente decreciendo gradual y lentamente y no continuará uniforme como supone dicho sabio; y la época en que el Sol cesará de radiarnos calor y luz suficientes para la vida orgánica estará tal vez más lejana que lo que se deduce de los cálculos citados; pero esa época llegará, infaliblemente, y eso basta para nuestro objeto. Así, pues, mientras que el sistema solar, si efectivamente procede de la evolución de la materia cósmica difusa, es un ejemplo de la ley del equilibrio, puesto que presenta o constituye un equilibrio móvil completo; y mientras que, constituido como lo está actualmente, nos ofrece un ejemplo de esta misma ley, por la compensación de todos sus movimientos, es también otro ejemplo por las operaciones que continúan efectuándose, según los astrónomos y los físicos. El movimiento de masas, producido durante la evolución, está en vía de refundirse en movimiento molecular del medio etéreo, tanto por la integración progresiva de la materia de cada masa, como por la resistencia a su movimiento a través de dicho medio. El momento en que todos los movimientos totales o de masas se transformen en movimientos moleculares, puede estar, quizá, infinitamente lejano; pero es indudable que hacia él tienden ineludiblemente todos los fenómenos actuales del sistema solar, hacia una integración completa y un equilibrio móvil perfecto. 172. La forma esférica es la única que puede equilibrar a las fuerzas de gravitación de los átomos. Si la masa formada por ellos tiene un movimiento de rotación, la forma de equilibrio es un esferoide más o menos aplanado, según la velocidad de la rotación; y está probado que la Tierra es un esferoide cuyo aplanamiento es justamente el necesario y suficiente para equilibrará la fuerza centrífuga que resulta de la velocidad del movimiento diurno o de rotación. Esto es decir que, durante la evolución terrestre, se han equilibrado perfectamente las fuerzas que actúan sobre su contorno o superficie. La única operación nueva de equilibrio que la Tierra puede aún presentar es la pérdida de su movimiento de rotación, pero nada indica que éste esté en vía de cesar próxima ni remotamente. Sin embargo, Helmholtz sostiene que el frotamiento de las mareas con el fondo sumergido, debe disminuir lentamente el movimiento de rotación terrestre y acabar por destruirle. Sin duda, parece haber un error en esa afirmación, puesto que el límite del decrecimiento de la velocidad de rotación terrestre, debe ser el alargamiento del día hasta durar una lunación; pero es indudable que dicha causa retarda la rotación de nuestro globo, y es, por consiguiente, un nuevo ejemplo del progreso universal hacia el equilibrio. Es inútil entrar en más detalles para mostrar cómo esos movimientos que los rayos del Sol engendran en el aire y en el agua, y en la sustancia sólida del globo, después de haber atravesado el aire y el agua, verifican todos, a la vez, el mismo principio. Evidentemente los vientos, las olas, las corrientes, y los desgastes que efectúan, manifiestan continuamente en una gran escala, y de infinitos modos, esa disipación de movimientos de que hemos hablado en la primera sección; y la tendencia hacia una distribución equilibrada de las fuerzas, como corolario de dicha disipación. Cada uno de los movimientos sensibles producidos directa o indirectamente por la integración de los movimientos insensibles comunicados por el Sol, se divide y se subdivide en movimientos cada vez menos sensibles, hasta convertirse otra vez en movimientos insensibles radiados por la Tierra bajo la forma de vibraciones caloríficas. En su totalidad, los movimientos complejos de las sustancias sólidas, líquidas y gaseosas de la corteza terráquea constituyen un equilibrio móvil dependiente, en el cual, como ya hemos visto, se puede descubrir una combinación compleja de ritmos. El agua, en la incesante circulación que la arrastra del Océano hacia los continentes y de estos hacia el Océano, nos presenta un tipo de esas acciones compensatrices, que en medio de todas las irregularidades producidas por sus mutuas intervenciones, conservan un estado medio. Aquí, como en los otros casos de equilibrio de tercer orden, vemos a la fuerza disiparse continuamente y renovarse también continuamente con otras exteriores, siendo constantemente compensadas la alta y la baja en el gasto, por el alta y la baja en la renovación, como atestigua, por ejemplo, la correspondencia entre las variaciones magnéticas y las manchas solares. Pero el hecho que nos importa más considerar es que esa operación tiende a establecer el reposo completo. Los movimientos mecánicos, meteorológicos y geológicos que están continuamente tendiendo al equilibrio, tanto temporalmente por medio de movimientos contrarios, como de un modo permanente, por la disipación de unos y otros, disminuirán lentamente a medida que disminuya la cantidad de fuerza recibida del Sol. Es indudable: a medida que los movimientos insensibles propagados hasta nosotros, por el centro de nuestro sistema, se hagan más débiles, decrecerán también los movimientos sensibles que producen, y en la época lejana en que por el calor solar sea inapreciable, no habrá redistribución de materia en la superficie terráquea. Mirados desde un punto de vista más elevado, los fenómenos terrestres aparecen como detalles del establecimiento del equilibrio cósmico. Hemos ya demostrado (69) que entre las alteraciones incesantes que sufre la corteza del globo y la atmósfera, las que no son debidas al movimiento de concentración de la sustancia terrestre, hacia su centro de gravedad, son debidas al movimiento análogo de la sustancia solar, hacia su centro de gravedad. Observemos que el continuar la integración de la Tierra y el Sol es continuar la transformación del movimiento sensible en movimiento insensible que ya hemos visto tender al equilibrio; y que el punto extremo de la integración es un estado en que no queda movimiento sensible transformable en movimiento insensible, es decir, un estado en que las fuerzas integrantes y las fuerzas desintegrantes sean iguales. 173. Todo cuerpo vivo nos presenta bajo una cuádruplo forma la operación que estudiamos: a cada momento, en el juego de las fuerzas mecánicas; diariamente, en el de las funciones orgánicas; anualmente, en los cambios de estado que compensan los cambios de condiciones climatológicas; y finalmente, en la cesación completa del movimiento vital, o en la muerte. Examinemos los hechos bajo esos cuatro puntos de vista. El movimiento sensible que constituye toda acción orgánica visible se anula más o menos rápidamente, por una fuerza opuesta, procedente del interior o del exterior del organismo. Así, por ejemplo, cuando se levanta un brazo, el movimiento que se le comunica tiene por antagonistas la gravedad o peso del brazo y quizá otro peso sostenido por él, y las resistencias internas resultantes de la estructura; y el movimiento termina cuando el brazo llega a una posición en que todas esas fuerzas se equilibran. Los límites de cada sístole y de cada diástole cardiacas son otro ejemplo de un equilibrio instantáneo entre los esfuerzos musculares antagonistas o que producen movimientos opuestos; y cada oleada de sangre debe ser seguida de otras, porque sino la rápida disipación de su movimiento produciría bien pronto el equilibrio de toda la masa sanguínea. Así también en las acciones y reacciones que se operan entro los órganos internos, y en el juego mecánico del cuerpo entero, se establece a cada momento un equilibrio progresivo de los movimientos producidos. Consideradas en conjunto, como formando una serie, las funciones orgánicas constituyen un equilibrio movible dependiente, un equilibrio movible cuyo poder motor está siempre gastándose en producir los varios equilibrios especiales que acabamos de indicar, y siempre renovándose a expensas de otras fuerzas exteriores. El alimento es un almacén de fuerza, que repara a cada momento lo que las fuerzas vitales pierden en equilibrar o vencer a sus antagonistas. Todos los movimientos funcionales del organismo son, como ya sabemos, rítmicos (85); y sus combinaciones, ritmos compuestos de variadas amplitudes y complejidades. En estos ritmos simples y compuestos, el establecimiento del equilibrio no se manifiesta solamente en cada extremo, sino también en la conservación de un término medio constante; y en su restablecimiento, cuando causas accidentales han producido una desviación de él. Cuando, por ejemplo, hay un gran gasto de movimiento muscular, se hace, en parte, a expensas de los almacenes de movimiento latente, depositados en el interior de los tejidos, bajo la forma de materia combustible. El aumento de las actividades respiratoria y circulatoria es el medio de que se vale el organismo casi siempre para producir nuevas fuerzas que restauren las gastadas o disipadas rápidamente. Esa transformación extraordinaria de movimiento insensible o molecular en movimiento sensible o mecánico es seguida, a poco, de una absorción proporcionada de alimentos, es decir, de materia que tiene almacenada una gran cantidad de movimiento molecular. Cuanto más se ha gastado del capital dinámico acumulado en los sistemas orgánicos, circulatorio, nervioso, etc., más tendencia hay a un reposo prolongado, durante el cual se reparen las pérdidas de ese capital. Si la desviación del curso ordinario de las funciones ha sido bastante grande para turbar su ritmo, como cuando un ejercicio violento hace perder el apetito y el sueño; aunque más tarde se establece al fin en definitiva el equilibrio orgánico, siempre que la perturbación no sea tal que destruya el juego de las funciones, es decir, la vida, en cuyo caso el equilibrio completo se establece bruscamente, en los demás casos se restablece poco a poco el equilibrio, móvil; el apetito vuelve, y se manifiesta tanto más vivo cuanto más grande ha sido la pérdida de los tejidos; un sueño tranquilo y prolongado repara los efectos de largas vigilias, etc. No hay excepción a la ley general ni aun en los casos extremos en que algún exceso ha producido un desarreglo irreparable, porque aun entonces el cielo de las funciones encuentra, después de algún tiempo, su equilibrio alrededor de un nuevo estado medio, que, desde ese momento viene a ser el estado normal del individuo. Así, cuando en medio de los cambios rítmicos que constituyen la vida orgánica, una fuerza perturbadora viene a efectuar un exceso de cambio en una dirección, es gradualmente disminuida, y en definitiva neutralizada, por fuerzas antagonistas, las cuales efectúan un cambio compensador en dirección opuesta y restablecen, después de más o menos oscilaciones, el estado medio. Esta operación es la que los médicos llaman vix medicatrix naturae. La tercera forma de equilibrio manifestada por los cuerpos orgánicos es una consecuencia necesaria de lo que acabamos de exponer. Cuando por un cambio, de costumbres o de circunstancias, un organismo está sometido a nuevas y permanentes influencias, o a una antigua influencia, con diferente intensidad, los ritmos orgánicos son más o menos turbados, pero se establece entre ellos un nuevo equilibrio alrededor de una condición media producida por la nueva influencia. Lo mismo que las divergencias temporales de los ritmos orgánicos son compensadas por otras de especie opuesta, también las divergencias permanentes son compensadas por otras opuestas y permanentes. Si la cantidad de movimiento que debe ser engendrada por un músculo es mayor que la ordinaria, la nutrición del músculo crece y si el exceso de nutrición es suficiente, el músculo crece, cesando el incremento cuando se equilibran las pérdidas y sus reparaciones, el gasto de fuerza y la cantidad de fuerza latente que se añade cada día. Lo mismo sucede, patentemente, en todas las modificaciones orgánicas que dependen de un cambio de clima o de alimento. Y esa conclusión la podemos deducir, sin conocer las reordenaciones especiales que conducen al equilibrio. Si vemos establecerse un nuevo modo de vida después de una perturbación funcional de alguna duración, producida por algun cambio en las condiciones del organismo, si vemos que esas condiciones cambiadas persisten en su nuevo estado, sin nuevos cambios, no tenemos más remedio que suponer que las nuevas fuerzas introducidas en el sistema han sido compensadas por fuerzas opuestas; operación a la cual se ha llamado adaptación a las condiciones de existencia. Finalmente, todo organismo mirado en el conjunto de su vida, es otro ejemplo de la ley: al principio, absorbe cada día bajo la forma de alimentos una cantidad de fuerza mayor que la que gasta; el exceso se equilibra por el crecimiento. En la edad madura, ese exceso disminuye; en el organismo plenamente desarrollado la absorción diaria de movimiento potencial está próximamente compensada o equilibrada por el gasto diario de movimiento actual; es decir, que en el ser orgánico adulto hay constantemente un equilibrio de tercer orden. Por último, llega una edad en que las pérdidas diarias sobrepujan a las ganancias y comienza una disminución progresiva de la acción funcional: los ritmos orgánicos se extienden más o menos ampliamente a uno y otro lado del estado medio, y al fin se establece el equilibrio completo y definitivo que llamamos muerte. El último estado de estructura que acompaña al último estado funcional, hacia el que tiende un organismo, tanto individual como específicamente, puede deducirse de una proposición que hemos sentado en la primera sección de este capítulo. Hemos visto que la heterogeneidad alcanza su límite cuando el equilibrio de un agregado llega a ser completo; que la redistribución de la materia no puede continuar, sino en tanto que persiste su movimiento no equilibrado; y que, por tanto, las coordinaciones terminales de estructura deben ser tales que puedan oponer fuerzas antagonistas equivalentes a todas las fuerzas que actúan sobre el agregado. Ahora bien; supongamos un organismo cuyo equilibrio sea de los que llamamos móviles. Hemos visto que la conservación de un equilibrio móvil exige la producción normal de fuerzas internas, correlativas en número, intensidad y dirección, a las fuerzas externas incidentes; es decir, tantas funciones internas aisladas o combinadas como acciones externas hay que equilibrar. Pero las funciones son, a su vez, correlativas de los órganos; la intensidad de aquéllas es, en igualdad de las demás circunstancias, correlativa al volumen de éstos, y las combinaciones de las funciones son correlativas a las conexiones de los órganos. Resulta de ahí que la complejidad de estructura que acompaña al equilibrio funcional puede definirse: un estado en el que hay tantas partes específicas como son necesarias para que puedan, conjunta o separadamente, equilibrar las fuerzas combinadas o aisladas, en medio de las cuales existe el organismo. Tal es el límite de la heterogeneidad orgánica, al cual se aproxima el hombre más que ningún otro ser orgánico. Los grupos de organismos manifiestan con bastante claridad la tendencia universal hacia el equilibrio. Ya hemos hecho ver (85) que toda especie de planta y de animal está perpetuamente sometida a una variación rítmica en el número de individuos; tan pronto, por efecto de la abundancia de alimentos y de la escasez de enemigos, dicho número excede más o menos al término medio; tan pronto por la escasez de subsistencias, y abundancia de enemigos, el número de individuos desciende bajo el término medio. Así es como se establece el equilibrio entra la suma de las fuerzas que coadyuvan al incremento de la especie y las que conspiran a su decremento. Los límites de esas variaciones son los puntos en que una serie de fuerzas, primero en auge o exceso sobre otras, llega a ser equilibrada por éstas. En medio de las oscilaciones producidas por ese conflicto de fuerzas, se sostiene el término o número medio de individuos de la especie; es decir, el punto en que la tendencia que ésta tiene a extenderse, se equilibra con la tendencia del medio a restringir ese desarrollo, esa extensión. No se puede negar que ese balance de las fuerzas conservatrices y destructoras que vemos tiende a establecerse en todas las especies, debe establecerse final y necesariamente, puesta que el incremento del número no puede continuar sino hasta que le excede el incremento de la mortalidad, y el decrernento del número puede ser detenido o por el exceso de fertilidad o, por la extinción total de la raza o de la especie. 174. Podernos aplicar a los equilibrios de las acciones nerviosas que constituyen la vida psíquica, la misma clasificación que a los de la vida orgánica o corporal. Estudiémoslos en el mismo orden. Toda pulsación de fuerza nerviosa (ya sabemos que las corrientes nerviosas no son continuas, sino rítmicas) (86) encuentra fuerzas resistentes u opuestas; para vencerlas, se dispersa o difunde. Estudiando la correlación y equivalencia de las fuerzas, hemos visto que cada sensación, cada emoción, o más bien el residuo de los fenómenos orgánicos de la excitación de las ideas y de los sentimientos asociados, se gasta en producir otros fenómenos orgánicos, contracciones musculares voluntarias o involuntarias, aumento de secreciones, etc. Hemos visto que los movimientos debidos a esas causas son siempre terminados por la oposición de las fuerzas que ellos mismos provocan. Mas lo que debemos observar principalmente, es, que lo propio sucede a los cambios nerviosos, debidos a las mismas causas. Diversos hechos prueban que la producción de todo pensamiento o sentimiento debe siempre vencer alguna resistencia; por ejemplo, cuando la asociación de ciertos estados mentales no ha sido frecuente, es preciso un esfuerzo apreciable para evocarlos uno tras otro; durante toda postración nerviosa, hay una incapacidad relativa de pensar; las ideas no se enlazan con la rapidez y facilidad habituales: por último, el hecho de que durante un aumento insólito de fuerza nerviosa, natural o artificial, la resistencia a producirse los pensamientos disminuye y se producen fácil y prontamente las más complejas, numerosas y difíciles combinaciones de ideas. Es decir, que la onda de actividad nerviosa, engendrada a cada momento, se propaga en el cuerpo yen el cerebro por los cordones en que la resistencia es mínima; al menos en aquellas condiciones, y difundiéndose después proporcionalmente a su intensidad, no acaba hasta que se equilibra con la resistencia que encuentra por todas partes. Si examinamos nuestras acciones mentales cotidianas, vemos en ellas equilibrios análogos a los que se establecen también cotidianamente entre las demás funciones del cuerpo. En uno y otro caso hay ritmos que presentan una compensación de fuerzas opuestas en sus extremos, y además la conservación de un equilibrio general, lo cual se ve en la alternativa cotidiana de períodos de actividad y de descanso mentales; las fuerzas gastadas durante aquélla, son compensadas o restauradas por las adquiridas durante el sueño; se ve también en las alternativas de ardor y calma de cada deseo; todos llegan a una cierta intensidad, y son equilibrados ya por el gasto de fuerza que se emplea en realizar lo deseado, ya, aunque menos completamente, en imaginar dicha realización, pues en ambos casos la actividad llega a su máximum; es decir, a un reposo relativo que forma uno de los extremos de la onda rítmica. El equilibrio se produce también bajo una doble forma en los casos de dolor o de alegría: todo acceso de pasión que se expresa por gestos vehementes, llega a un máximum, desde el cual las fuerzas antagonistas le vuelven a un término medio; y disminuyendo sucesivamente en intensidad los accesos, se llega a un equilibrio mental semejante o poco diferente al estado anterior al de alegría o dolor actuales. Pero la especie más notable de equilibrio mental, es el que establece una correspondencia entre las relaciones que unen nuestros estados de conciencia y las relaciones del mundo exterior. Toda conexión externa de los fenómenos que somos capaces de percibir, engendra, por efecto de las experiencias acumuladas, una conexión interna de estados mentales; y el resultado al que tiende esa operación, es a formar una conexión relativa de estados mentales de una fuerza proporcionada a la constancia relativa de la conexión física representada a la conciencia. Sabemos que todo movimiento sigue la línea de menor resistencia, y que, en igualdad de condiciones, una vez iniciada una vía por un movimiento, esa ruta es más fácil para todo movimiento futuro; y por tanto, la facilidad con que se comunican las impresiones nerviosas, es, a igualdad de las demás circunstancias, tanto mayor cuanto más repetidas han sido anteriormente por la misma vía. De ese modo se establece en la conciencia una conexión indisoluble correspondiente a una relación invariable que une, por ejemplo, la resistencia de un objeto y la extensión y cohesión de ese objeto; y cuando esa conexión interna es tan firme como puede serlo la externa correlativa, ya no cambia, y se equilibran perfectamente ambas conexiones o relaciones. Inversamente, relaciones variables entre varios fenómenos, como las que unen las nubes y la lluvia, tienen por correlativas o correspondientes relaciones de ideas, también variables o inseguras; y si, no obstante, algunos aspectos de la atmósfera que nos hacen vaticinar buen o mal tiempo, corresponden efectivamente, las más veces, a estos fenómenos, es porque la repetición de experiencias ha establecido cierto equilibrio entro la relación mental y la relación física correspondiente. Si se observa que entre esos casos extremos hay innumerables órdenes de conexiones externas con diferentes grados de constancia, y que, durante la evolución de la inteligencia se forman conexiones internas, correspondientes a esos diversos grados de cohesión de las externas, se ve también patente la tendencia a equilibrarse las relaciones de ideas o subjetivas, con las relaciones de cosas u objetivas. Ese equilibrio llegaría a establecerse definitivamente, cuando cada relación de cosas engendrara en nosotros una relación de ideas tal que, en las condiciones convenientes, la relación mental se reprodujera tan seguramente como la relación física. Supongamos llegado dicho caso, lo que no podrá suceder sino al cabo de un tiempo infinito; la experiencia cesaría de producir nuevas evoluciones mentales, habría una exacta correspondencia entre los hechos y las ideas, y la adaptación intelectual humana a las condiciones externas sería completa. Las mismas verdades generales se manifiestan en la adaptación moral, que es una especie de equilibrio o una aproximación a él, entre los sentimientos y las ideas y las reglas de conducta, correspondientes. Las relaciones de los sentimientos y de los actos entre sí, están determinadas del mismo modo que las conexiones entre las ideas; pues así como la repetición de series de ideas asociadas facilita la evocación de las unas por las otras, así también la descarga nerviosa, excitada por tal o cual sentimiento, para llegar a producir tal o cual acción, facilita la descarga siguiente de otro sentimiento igual en otra acción igual. Resulta de ahí, que, si un individuo está colocado en condiciones permanentes que exijan más cantidad de cierta especie de acción que la exigida antes, o que la posible de ejecutar naturalmente si la presión de los sentimientos penosos que esas condiciones producen, a no ser satisfechas, no forzase a ejecutar dicha acción en mayor escala; si esta ejecución repetida y prolongada bajo la influencia de esa presión, disminuye algo la resistencia para repetirla nuevamente, es indudable que tal disminución es un progreso hacia el equilibrio entre la demanda de esa especie de acción y la oferta del organismo para ejecutarla. Sea en ese mismo individuo, sea en sus descendientes que continúen viviendo en las mismas condiciones, una repetición continuada y enérgica debe indudablemente conducir a un estado en que el modo de dirigir las acciones no ofrezca más dificultad que los otros varios modos ya naturales en la especie. Según eso, el límite hacia el que la evolución psíquica tiende, y al que puede aproximarse asintóticamente, es decir, cada vez más, pero sin poder llegar a él sino al cabo de un tiempo infinito, es una combinación de deseos que corresponda a todos los diversos órdenes de actividad que las circunstancias de la vida hacen nacer, deseos proporcionados todos, en intensidad, a las necesidades de esos diversos órdenes, y satisfechos todos por ellos. Los caracteres que llamamos hábitos adquiridos, y las diferencias morales de las razas y de las naciones, producidas por hábitos que persisten durante varias generaciones, nos ofrecen innumerables ejemplos de esa adaptación progresiva, que no puede cesar sino con el establecimiento de un equilibrio completo entre la constitución de la raza y sus condiciones de existencia. Se dudará, quizá, de que los equilibrios descritos en esta sección, puedan ser clasificados a la par que los citados en el párrafo anterior; se dirá, tal vez, que tomamos analogías por hechos. Es, sin embargo, cierto, que ambos órdenes do equilibrios son puramente físicos. Para demostrarlo, sería preciso un análisis muy detallado, que no cabe en esta obra. Bastará indicar, como ya lo hicimos (71), que los fenómenos que llamamos subjetivamente estados de conciencia, son, objetivamente, modos de fuerza; que tal o cual cantidad de sentimiento, corresponde a tal o cual cantidad de movimiento; que la verificación de un acto corporal cualquiera es la transformación de cierta cantidad de sentimiento o de deseo en la cantidad de movimiento equivalente; que esta acción corporal lucha con otras fuerzas, y se gasta en vencerlas: y, en fin, que lo que necesita la repetición de esa acción para hacerse frecuente, es tan sólo la repetición frecuente de las fuerzas que dicha acción debe vencer. Por consiguiente, la existencia en un individuo de un estímulo psíquico que equilibre o venza ciertas condiciones externas, es, literalmente, la producción habitual de alguna parte especial de fuerza nerviosa equivalente en intensidad a dichas condiciones. Así, pues, el último estado, el límite hacia el cual tiende la evolución psíquica, es un estado en que las especies y cantidades de fuerzas mentales, producidas y transformadas en movimientos, sean equivalentes a los diversos órdenes y a los diversos grados de fuerzas ambientes que luchan con dichos movimientos y los equilibran. 175. Toda sociedad, considerada en su conjunto, presenta una condición de equilibrio en la adaptación del número de sus individuos a las condiciones o medios de subsistencia. Una tribu humana que viva exclusivamente de caza, pesca y frutos o legumbres, está, como otra tribu cualquiera de animales inferiores, sujeta a oscilaciones en torno al número medio de individuos que la localidad puede alimentar. Una raza superior puede muy bien, artificialmente y por sucesivos perfeccionamientos, ampliar los límites que las circunstancias exteriores imponen a su población; pero siempre hay una detención del incremento de población cuando se llega al límite temporal correspondiente. Verdad es que cuando el límite varía tan rápidamente como en nosotros, no hay realmente alto en el incremento; no hay sino una variación rítmica en su intensidad. Pero si se observa las causas de esa variación rítmica, si se sigue con atención el incremento durante los períodos de abundancia y la disminución durante los de escasez del número de tratamientos, se verá que la fuerza expansiva produce un progreso insólito siempre que la fuerza represiva disminuye, y viceversa; así es como se establece entre las dos fuerzas un estado tan próximo al equilibrio como las condiciones lo permiten. Las acciones internas que constituyen las funciones sociales suministran ejemplos tan claros, como los citados, del principio general. La oferta y la demanda tienden continuamente a equilibrarse en todas las transacciones industriales y comerciales, y ese equilibrio puede ser interpretado del mismo modo que los precedentes. La producción y la distribución de un producto industrial son resultados de varias fuerzas que producen movimientos de diversas especies o intensidades. El precio de ese producto es la medida de otro sistema de fuerzas, de otras especies o intensidades, desarrolladas y gastadas por el productor. Las variaciones de precio representan un balanceo rítmico de esas fuerzas. Todas las altas y bajas en los réditos de un capital, y todo cambio en el valor de un producto implica un conflicto de fuerzas, en el que alguna fuerza que predomina temporalmente produce un movimiento, equilibrado a poco por fuerzas opuestas; entre esas oscilaciones horarias o diurnas se halla un punto medio que varia más lentamente, en el cual tiende a fijarse el valor, y se fijaría, si no se añadiesen continuamente nuevas influencias a las ya existentes. Como en el organismo de cada individuo, en el organismo social también son engendrados los equilibrios de estructura por equilibrios funcionales. Cuando los obreros de una industria reciben una demanda mayor, y luego, en pago de una remesa mayor, reciben mayor cantidad de beneficios que la ordinaria; cuando, por consiguiente, las resistencias que tienen que vencer para subsistir son menores que las que encuentran otros obreros, éstos invaden más o menos la industria de aquéllos. Tal invasión continúa hasta que el exceso de la demanda se para; y entonces los salarios bajan hasta que la resistencia total que se necesita vencer para ganar una cantidad determinada de subsistencias es tan grande en el nuevo trabajo, como lo era en aquellos de donde provino el refuerzo de obreros. Hemos visto ya que el principio del movimiento por la línea de mínima resistencia exige que la población se acumule en los sitios en que el trabajo necesario para la subsistencia es más débil; y vemos también ahora, que los obreros establecidos en una localidad ventajosa o en un trabajo lucrativo, deben multiplicarse hasta que se establezca un equilibrio aproximado entre esta localidad o ese trabajo y otras localidades o trabajos accesibles a los mismos individuos. Cuando los padres escogen carreras para sus hijos, discuten las ventajas respectivas de todas las posibles, y escogen las que creen más lucrativas o más conducentes al finque se propongan. A consecuencia de la invasión de unas industrias por obreros de otras, las que estaban en auge sufren una disminución de personal, lo que produce un equilibrio entro la fuerza de cada órgano social y la función que debe desempeñar. Las diversas acciones y reacciones industriales, continuamente oscilantes, constituyen un equilibrio móvil dependiente que se parece al que reina en las funciones de un organismo individual, por su tendencia a hacerse más completo. Durante las primeras épocas de la evolución social, mientras que los recursos de la localidad habitada son aún desconocidos parcialmente y las artes productoras están en su infancia, no hay sino un balanceo temporero y parcial de esas acciones bajo la forma de aceleración y retardo del progreso o desarrollo social. Pero, cuando una sociedad se aproxima a la madurez del tipo de su organización, sus varias especies de actividades industriales, comerciales, etc., son casi constantes. Además, se puede observar que el progreso en la organización, lo mismo que en el desarrollo, conduce a un equilibrio mejor establecido de las funciones industriales. Cuando la difusión del comercio es lenta y faltan los medios de transporte, el equilibrio entre la oferta y la demanda es muy imperfecto: a una gran superabundancia sucede una gran escasez, formándose así un ritmo cuyos puntos extremos se apartan mucho del estado medio en que se realiza el equilibrio entre la oferta y la demanda. Pero cuando hay buenos caminos, cuando los anuncios impresos y escritos se reparten fácil y profusamente y, sobre todo, cuando funcionan los ferro-carriles y los telégrafos; cuando a las ferias periódicas de los primeros tiempos sucedieron los mercados semanales y a éstos los diarios, se halló ya establecido un equilibrio más perfecto entre el consumo y la producción. Un exceso en la demanda es seguido mucho más prontamente de un incremento en la oferta, y las oscilaciones rápidas del precio, entre límites próximos, a uno y otro lado, del precio medio, son signos seguros de un perfecto y cercano equilibrio. Evidentemente ese progreso industrial tiene por límite lo que Stuart Mill ha llamado estado estacionario. Cuando la población se haya hecho muy densa en todos los sitios habitables del globo, cuando los recursos de todas las regiones hayan sido plenamente explorados, cuando las artes productoras hayan sido perfeccionadas completamente, habrá un equilibrio casi perfecto entre la fecundidad y la mortalidad, entre la producción y el consumo humanos; cada sociedad no se apartará mucho de un número medio de individuos, los ritmos diario y anual de sus funciones industriales se verificarán con insignificantes perturbaciones. Sin embargo, aun cuando avancemos hacia ese límite, está infinitamente lejano, y no podremos alcanzarle por completo. La población de la Tierra hasta ese extremo no puede hacerse simplemente por reproducción. En el porvenir, como en el pasado, habrá oleadas rítmicas de emigración radiando de los pueblos más hacia los menos civilizados; esa operación tiene que ser muy lenta y no es fácil que produzca una civilización superior, como piensa Mill. Más bien es creíble que la aproximación a ella ha de ser simultánea con la aproximación al equilibrio completo entre la naturaleza o constitución y las condiciones de existencia del hombre. Hay aún otra especie de equilibrio social, el que da por resultado el establecimiento de las instituciones gubernamentales, el cual se aproxima a la perfección, a medida que aquéllas se armonizan con los deseos y las necesidades de los pueblos. En política como en industria, hay una demanda y una oferta, y en uno y en otro caso las fuerzas antagonistas producen un ritmo que oscila primero entre puntos muy lejanos, y acaba por un equilibrio móvil de una regularidad relativa. Las impulsiones agresivas que el hombre ejecuta en el estado pre-social, las tendencias, a satisfacer sus deseos, sin miramientos a los derechos de los demás seres -caracteres de los animales feroces-, constituyen una fuerza antisocial que tiende siempre a dividir y hacer luchar unos contra otros, a los seres humanos. Por el contrario, los deseos que no pueden ser satisfechos, sino mediante la unión o asociación de unos hombres con otros, son fuerzas que tienden a unirlos con lazos más o menos fuertes y duraderos. Por una parte, hay más o menos resistencia en cada hombre a las restricciones que los demás ponen a sus acciones, resistencia que tiende a extender la esfera de acción de cada individuo y a limitar las de los demás, y que es evidentemente una fuerza repulsiva entre los diversos miembros de una sociedad. Por otra parte, la simpatía general del hombre por el hombre, y la especial de los individuos de cada raza o variedad unos por otros, unidas a otros sentimientos del mismo orden que produce y desarrolla el estado social, actúan como fuerzas atractivas para unir y conservar la unión entre los individuos del mismo origen. Puesto que las resistencias que tienen que superar para satisfacer todos sus deseos, cuando viven separados, son mayores que las que encuentran para el mismo fin, cuando están asociados, queda un exceso de fuerza que impide su separación. Como todas las fuerzas antagonistas, las ejercidas por los hombres unos contra otros producen siempre movimientos alternativos que, extremados primero, después sufren una transformación gradual y se aproximan lentamente a un equilibrio móvil. En las pequeñas sociedades no desarrolladas, esas tendencias antagonistas producen ritmos más o menos marcados. Una tribu cuyos individuos han vivido juntos, durante una generación o dos, alcanza una magnitud que no permite continúe la unión y al menor motivo estalla un antagonismo que basta para producir una división o separación. En todas las naciones primitivas la unión depende mucho del carácter del jefe; así se les ve oscilar entre dos extremos: un despotismo que abruma, o una anarquía desordenada. En las naciones más adelantadas del mismo tipo, se encuentran violentas acciones y reacciones de la misma naturaleza, en el fondo. «El despotismo contrarrestado por el asesinato es el carácter de todo estado político en que una represión intolerable obliga a los súbditos de vez en cuando a romper todo freno social. Todo período de tiranía es seguido de otro de anarquía y vice versa: y esta alternativa nos muestra cómo las fuerzas antagonistas se equilibran mutuamente; y en esos movimientos y contra movimientos que tienden a hacerse más moderados, el equilibrio se aproxima a su perfección. Los conflictos entre los conservadores, que creen que la sociedad debe contener al individuo, y los reformistas, que quieren la plena libertad del individuo, dentro de la sociedad, tienen límites cada vez más estrechos, de suerte que el predominio temporal de una u otra teoría produce una desviación menos marcada del estado medio. Ese equilibrio está tan perfeccionado entre nosotros, que las oscilaciones son relativamente insignificantes, y continuará hasta que el balanceo entre las fuerzas antagonistas no se separe del estado de equilibrio perfecto, sino por diferencias inapreciables. En efecto, hemos visto ya que la adaptación de la naturaleza humana a las condiciones de su existencia, no puede pararse hasta que las fuerzas internas que se llaman sentimientos se equilibran con las fuerzas externas con las que luchan. Lo que caracteriza el establecimiento de ese equilibrio es un estado de la naturaleza humana y de la organización social tales, que el individuo no tenga deseo alguno que no pueda ser satisfecho sin salir de su esfera ordinaria de acción, mientras que la sociedad no imponga más límites a la libertad individual que los que el individuo respete libremente. La extensión progresiva de la libertad de los ciudadanos y la abrogación consiguiente de las restricciones políticas, tales son los grados por los cuales nos elevamos a ese estado». En fin, la abolición de todas las restricciones impuestas a la libertad de cada uno, a excepción de las que se refieren a la libertad de los demás, es el resultado del equilibrio completo entre los deseos del hombre y la conducta que imponen las condiciones ambientes. Naturalmente, en este caso, como en los anteriores, hay un límite al incremento de la heterogeneidad. Ha poco dedujimos que cada paso de la evolución mental consiste en el establecimiento de alguna nueva acción interna correlativa con alguna otra externa, de alguna conexión adicional de ideas y sentimientos correspondiente a una conexión de fenómenos aún incógnita o sin antagonista. Dedujimos también que implicando cada nueva función mental alguna nueva modificación de estructura con aumento subsiguiente de heterogeneidad, la cual, según eso, debe seguir aumentando mientras que las relaciones externas que impresionan al organismo, no son equilibradas por relaciones internas correlativas. De donde se deduce que el incremento de la heterogeneidad no puede cesar, sino cuando el equilibrio sea completo. Evidentemente, lo mismo debe suceder en la sociedad: todo aumento de heterogeneidad en el individuo debe implicar directa o indirectamente, como causa o como consecuencia, algún incremento de heterogeneidad en el arreglo o coordinación de las sociedades. En fin, no puede llegarse al límite de la complejidad social sino cuando se establezca el equilibrio completo y definitivo entre las fuerzas sociales y las individuales. 176. Llegarnos, por fin, a una última cuestión que quizá se ha formulado ya más o menos claramente en el espíritu de nuestros lectores. «Si la evolución, en todas, sus formas, es un incremento de complejidad, en estructura y en funciones, accesorio de la operación universal del establecimiento del equilibrio, y si el equilibrio debe terminar en el reposo completo; ¿cuál es el fin hacia que tienden todas las cosas? Si el sistema solar pierde lentamente sus fuerzas, si el sol pierde sil calor aunque tan lentamente que aún lo durará, muy probablemente, millones de años, si la disminución de la radiación solar trae consigo una disminución en la actividad de las operaciones geológicas y meteorológicas, como también en la cantidad de vida animal y vegetal; si la sociedad y sus individuos dependen de esas fuerzas que tienden gradualmente a extinguirse, ¿no es evidente que todo cuanto vive tiende a una muerte universal? Parece indudable que ese estado de muerte universal sea el límite de la operación que se efectúa doquier: pero, ¿no habrá después una operación ulterior que resucite esos cambios e inaugure una vida nueva? Cuestión es esa que discutiremos más adelante. Por ahora, basta que el fin más próximo de todas las transformaciones que hemos descrito sea un estado de reposo, lo cual, como los demás principios, puede deducirse, a priori, del primero de todos, de la persistencia de la fuerza. Hemos visto (74) que los fenómenos de todos los órdenes no pueden explicarse sino como efectos de fuerzas atractivas y repulsivas universalmente coexistentes. Esas fuerzas son indudablemente modos complementarios de la Fuerza - último dato de la conciencia-. Así como la igualdad de la acción y reacción es un corolario de la persistencia de la fuerza, porque su desigualdad implicaría que la fuerza-diferencia se anula o proviene de la nada; así también no podemos tener conciencia de una fuerza atractiva sin tenerla al mismo tiempo de otra fuerza repulsiva igual y opuesta; porque toda experiencia de una tensión muscular (única forma bajo la que podemos conocer inmediatamente una fuerza atractiva) presupone una resistencia equivalente que se revela, o en la presión de nuestro cuerpo contra los objetos vecinos, o en la absorción de la fuerza que le da movimiento, o en ambos; resistencia que no podemos concebir sino como igual a la tensión, a menos de negar la persistencia de la fuerza. De esa correlación necesaria resulta la incapacidad en que nos hallamos de interpretar fenómenos cualesquiera, sino en función de esos fenómenos correlativos, incapacidad que se revela igualmente en la necesidad que tenemos de concebir las fuerzas extáticas, que manifiesta la materia tangible, como debidas a la atracción y a la repulsión de sus átomos; y en la necesidad, para, concebir las fuerzas dinámicas, que se ejercen a través del espacio, de considerarlo lleno de átomos ligados por fuerzas análogas. Así, pues, de la existencia de una fuerza, cuya cantidad no puede ser alterada, se sigue, como corolario, la existencia co-extensiva de dos formas opuestas de fuerza, formas bajo las cuales nos obligan las condiciones de nuestra mente a representarnos la fuerza absoluta o incognoscible. Pero si las fuerzas de atracción y de repulsión coexisten universalmente, o por doquier, síguese, como lo hemos visto ya, que todo movimiento encuentra ineludiblemente una resistencia. Las unidades de materia sólida, líquida, gaseosa o etérea, que hay infaliblemente en el espacio que atraviesan los cuerpos en movimiento, presentan a éstos una resistencia, función de la inercia o de la cohesión, o de ambas propiedades de aquéllas. En otros términos: debiendo ser más o menos desviado el medio que ocupa los sitios atravesados por todo cuerpo en movimiento, pierde ese cuerpo tanta cantidad de movimiento, cuanta recibe el medio desviado o removido. De tal condición, en que se verifica todo movimiento, se deducen dos corolarios: el primero, que esas sustracciones continuas, producidas por la comunicación del movimiento de un cuerpo, al medio resistente en que se mueve, deben necesariamente poner fin a dicho movimiento al cabo de más o menos tiempo; y el segundo, que no cesará ese movimiento hasta que dichas sustracciones le anulen o destruyan; o de otro modo: el movimiento continuará hasta que se establezca el equilibrio entre las fuerzas que actúen sobre el móvil; y el equilibrio se establecerá siempre. Estos dos principios son también corolarios de la persistencia de la fuerza. En efecto, si todo o parte de un movimiento pudiera desaparecer de otro modo que comunicándose a lo que resiste o se opone a él, más o menos, desaparecería reduciéndose a la nada, sin producir efecto alguno, es decir, no sería una verdad la persistencia de la fuerza. Recíprocamente, decir que el medio atravesado puede ser puesto en movimiento, desplazado de su sitio, por el móvil, sin que éste pierda movimiento, es decir que el movimiento del medio puede nacer de la nada, lo que también contradice a la persistencia de la fuerza. Luego esta verdad primordial es también garantía inmediata de que los cambios en que consiste la evolución no pueden acabar sino cuando se llegue a un equilibrio completo, y de que ese equilibrio se establecerá efectivamente. Las proposiciones que ha poco formulamos, relativas al establecimiento y a la conservación de los equilibrios móviles, bajo sus diversos puntos de vista, son también apodícticas o necesarias, porque son también deducibles de ese principio supremo del Universo. Es un corolario de la persistencia de la fuerza, que los varios movimientos de una masa y de todas sus partes, deben ser disipados por las resistencias que han de vencer; y por eso aquellos que tengan menor intensidad o encuentren mayor resistencia o reúnan ambas condiciones, deben cesar primero, mientras los demás aún deben continuar. Luego en toda masa animada de varios movimientos, los más débiles y los que hallan más resistencia deben cesar los primeros, y los más fuertes y los que hallen menos resistencia deben continuar largo tiempo; así se establecen los equilibrios móviles dependientes o independientes; y, como corolario, la tendencia a la conservación de esos equilibrios móviles: porque los nuevos movimientos, comunicados por una fuerza perturbatriz, a los elementos de un equilibrio móvil, deben ser, o de intensidad y especie tales, que no puedan ser disipados ante los movimientos preexistentes, en cuyo caso dan fin al equilibrio móvil; o viceversa, de intensidad y especie tales que puedan ser disipados por los movimientos anteriores, y entonces el equilibrio móvil turbado se restablece pronto. Así, pues, de la persistencia de la fuerza se deducen, no solamente los equilibrios directos o indirectos, que se establecen doquier se acaban las varias formas de la evolución, sino también los equilibrios móviles menos apreciables, restablecidos después de haber sido turbados. Este último principio explica la tendencia de todo organismo -vix medicatrix- alterado por alguna fuerza anormal, a volver a su equilibrio; y también la adaptación de los individuos y de las especies a nuevas condiciones de existencia. Otro ejemplo comprueba dicho principio, a saber: el progreso gradual del hombre hacia la armonía entre sus condiciones de existencia y sus necesidades psíquicas; pues si son corolarios de ese principio todos los caracteres de la evolución, ésta no puede terminar en el mundo psíquico, sino por el establecimiento de las máximas perfección y felicidad.
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