 Metamorfosis
Publio Ovidio Nasón
Traducción
de Ana Pérez Vega
 Libro primero
|
Invocación
| | Me lleva el ánimo a
decir las mutadas formas | | | | a nuevos cuerpos: dioses, estas empresas mías -pues
vosotros los mutasteis- | | | | aspirad, y, desde el primer origen
del cosmos | | | | hasta mis tiempos, perpetuo desarrollad mi
poema.
| | |
|
El origen del mundo
| | Antes del mar y de las
tierras y, el que lo cubre todo, el cielo, |
5 | | | uno solo
era de la naturaleza el rostro en todo el orbe, | | | | al que
dijeron Caos, ruda y desordenada mole | | | | y no otra cosa
sino peso inerte, y, acumuladas en él, | | | | unas discordes
simientes de cosas no bien unidas. | | | | Ningún Titán
todavía al mundo ofrecía luces, |
10 | | | ni nuevos,
en creciendo, reiteraba sus cuernos Febe, | | | | ni en su circunfuso
aire estaba suspendida la tierra, | | | | por los pesos equilibrada
suyos, ni sus brazos por el largo | | | | margen de las tierras
había extendido Anfitrite, | | | | y por donde había
tierra, allí también ponto y aire: |
15 | | | así,
era inestable la tierra, innadable la onda, | | | | de luz carente
el aire: ninguno su forma mantenía, | | | | y estorbaba
a los otros cada uno, porque en un cuerpo solo | | | | lo frío
pugnaba con lo caliente, lo humedecido con lo seco, | | | | lo
mullido con lo duro, lo sin peso con lo que tenía
peso. |
20 | | | Tal lid un dios
y una mejor naturaleza dirimió, | | | | pues del cielo
las tierras, y de las tierras escindió las ondas,
| | | | y el fluente cielo segregó del aire espeso. | | | |
Estas cosas, después de que las separó y eximió
de su ciega acumulación, | | | | disociadas por lugares,
con una concorde paz las ligó. |
25 | | | La fuerza ígnea
y sin peso del convexo cielo | | | | rieló y un lugar se
hizo en el supremo recinto. | | | | Próximo está
el aire a ella en levedad y en lugar. | | | | Más densa
que ellos, la tierra, los elementos grandes arrastró
| | | | y presa fue de la gravedad suya; el circunfluente humor
|
30 | | | lo último poseyó y contuvo al sólido
orbe. | | | | Así cuando
dispuesta estuvo, quien quiera que fuera aquel, de los dioses,
| | | | esta acumulación sajó, y sajada en miembros
la rehizo. | | | | En el principio a la tierra, para que no desigual
por ninguna | | | | parte fuera, en forma la aglomeró
de gran orbe; |
35 | | | entonces a los estrechos difundirse, y
que por arrebatadores vientos se entumecieran | | | | ordenó
y que de la rodeada tierra circundaran los litorales. | | | |
Añadió también fontanas y pantanos inmensos
y lagos, | | | | y las corrientes declinantes ciñó
de oblicuas riberas, | | | | las cuales, diversas por sus lugares,
en parte son sorbidas por ella, |
40 | | | al mar arriban en parte,
y en tal llano recibidas | | | | de más libre agua, en
vez de riberas, sus litorales baten. | | | | Ordenó también
que se extendieran los llanos, que se sumieran los valles,
| | | | que de fronda se cubrieran las espesuras, lapídeos
que se elevaran los montes. | | | | Y, como dos por la derecha
y otras tantas por su siniestra |
45 | | | parte, el cielo cortan
unas fajas -la quinta es más ardiente que aquéllas-,
| | | | igualmente la carga en él incluida la distinguió
con el número mismo | | | | el cuidado del dios, y otras
tantas llagas en la tierra se marcan. | | | | De las cuales la
que en medio está no es habitable por el calor. | | | | Nieve cubre, alta, a dos; otras tantas entre ambas colocó
|
50 | | | y templanza les dio, mezclada con el frío la
llama. | | | | Domina sobre ellas el aire, el cual, en cuanto
es, que el peso de la tierra, | | | | su peso, que el del agua,
más ligero, en tanto es más pesado que el fuego.
| | | | Allí también las nieblas, allí aposentarse
las nubes | | | | ordenó, y los que habrían de conmover,
los truenos, las humanas mentes, |
55 | | | y con los rayos, hacedores
de relámpagos, los vientos. | | | | A ellos también
no por todas partes el artífice del mundo que tuvieran
| | | | el aire les permitió. Apenas ahora se les puede
impedir a ellos, | | | | cuando cada uno gobierna sus soplos por
diverso trecho, | | | | que destrocen el cosmos: tan grande es
la discordia de los hermanos. |
60 | | | El Euro a la Aurora y
a los nabateos reinos se retiró, | | | | y a Persia, y
a las cimas sometidas a los rayos matutinos. | | | | El Anochecer
y los litorales que con el caduco sol se templan, | | | | próximos
están al Céfiro; Escitia y los Siete Triones
| | | | horrendo los invadió el Bóreas. La contraria
tierra |
65 | | | con nubes asiduas y lluvia la humedece el Austro.
| | | | De ello encima impuso, fluido y de gravedad carente,
| | | | el éter, y que nada de la terrena hez tiene. | | | | Apenas así con lindes
había cercado todo ciertas, | | | | cuando, las que presa
mucho tiempo habían sido de una calina ciega, |
70 | | | las estrellas empezaron a hervir por todo el cielo, | | | | y
para que región no hubiera ninguna de sus vivientes
huérfana, | | | | los astros poseen el celeste suelo, y
con ellos las formas de los dioses; | | | | cedieron para ser
habitadas a los nítidos peces las ondas, | | | | la tierra
a las fieras acogió, a los voladores el agitable aire.
|
75 | | | Más santo que ellos
un viviente, y de una mente alta más capaz, | | | | faltaba
todavía, y que dominar en los demás pudiera:
| | | | nacido el hombre fue, sea que a él con divina simiente
lo hizo | | | | aquel artesano de las cosas, de un mundo mejor
el origen, | | | | sea que reciente la tierra, y apartada poco
antes del alto |
80 | | | éter, retenía simientes
de su pariente el cielo; | | | | a ella, el linaje de Jápeto,
mezclada con pluviales ondas, | | | | la modeló en la efigie
de los que gobiernan todo, los dioses, | | | | y aunque inclinados
contemplen los demás vivientes la tierra, | | | | una boca
sublime al hombre dio y el cielo ver |
85 | | | le ordenó
y a las estrellas levantar erguido su semblante. | | | | Así,
la que poco antes había sido ruda y sin imagen, la
tierra | | | | se vistió de las desconocidas figuras, transformada,
de los hombres. | | |
|
Las edades del hombre
| | Áurea la primera
edad engendrada fue, que sin defensor ninguno, | | | | por sí
misma, sin ley, la confianza y lo recto honraba. |
90 | | | Castigo
y miedo no habían, ni palabras amenazantes en el fijado
| | | | bronce se leían, ni la suplicante multitud temía
| | | | la boca del juez suyo, sino que estaban sin defensor seguros.
| | | | Todavía, cortado de sus montes para visitar el
extranjero | | | | orbe, a las fluentes ondas el pino no había
descendido, |
95 | | | y ningunos los mortales, excepto sus litorales,
conocían. | | | | Todavía vertiginosas no ceñían
a las fortalezas sus fosas. | | | | No la tuba de derecho bronce,
no de bronce curvado los cuernos, | | | | no las gáleas,
no la espada existía. Sin uso de soldado | | | | sus blandos
ocios seguras pasaban las gentes. |
100 | | | Ella misma también,
inmune, y de rastrillo intacta, y de ningunas | | | | rejas herida,
por sí lo daba todo la tierra, | | | | y, contentándose
con unos alimentos sin que nadie los obligara creados,
| | | | las crías del madroño y las montanas fresas
recogían, | | | | y cornejos, y en los duros zarzales
prendidas las moras |
105 | | | y, las que se habían desprendido
del anchuroso árbol de Júpiter, bellotas.
| | | | Una primavera era eterna, y plácidos con sus cálidas
brisas | | | | acariciaban los céfiros, nacidas sin semilla,
a las flores. | | | | Pronto, incluso, frutos la tierra no arada
llevaba, | | | | y no renovado el campo canecía de grávidas
aristas. |
110 | | | Corrientes ya de leche, ya corrientes de néctar
pasaban, | | | | y flavas desde la verde encina goteaban las mieles.
| | | | Después de que,
Saturno a los tenebrosos Tártaros enviado, | | | | bajo
Júpiter el cosmos estaba, apareció la plateada
prole, | | | | que el oro inferior, más preciosa que el
bermejo bronce. |
115 | | | Júpiter contrajo los tiempos
de la antigua primavera | | | | y a través de inviernos
y veranos y desiguales otoños | | | | y una breve primavera,
por cuatro espacios condujo el año. | | | | Entonces por
primera vez con secos hervores el aire quemado | | | | se encandeció,
y por los vientos el hielo rígido quedó suspendido.
|
120 | | | Entonces por primera vez entraron en casas, casas las
cavernas fueron, | | | | y los densos arbustos, y atadas con corteza
varas. | | | | Simientes entonces por primera vez, de Ceres, en
largos surcos | | | | sepultadas fueron, y hundidos por el yugo
gimieron los novillos. | | | | Tercera tras aquella sucedió
la broncínea prole, |
125 | | | más salvaje de ingenios
y a las hórridas armas más pronta, | | | | no criminal,
aun así; es la última de duro hierro. | | | | En
seguida irrumpió a ese tiempo, de vena peor, | | | | toda
impiedad: huyeron el pudor y la verdad y la confianza, | | | | en cuyo lugar aparecieron los fraudes y los engaños
|
130 | | | y las insidias y la fuerza y el amor criminal de poseer.
| | | | Velas daba a los vientos, y todavía bien no los
conocía | | | | el marinero, y las que largo tiempo se
habían alzado en los montes altos | | | | en oleajes desconocidos
cabriolaron, las quillas, | | | | y común antes, cual las
luces del sol y las auras, |
135 | | | el suelo, cauto lo señaló
con larga linde el medidor. | | | | Y no sólo sembrados
y sus alimentos debidos se demandaba | | | | al rico suelo, sino
que se entró hasta las entrañas de la tierra,
| | | | y las que ella había reservado y apartado junto
a las estigias sombras, | | | | se excavan esas riquezas, aguijadas
de desgracias. |
140 | | | Y ya el dañino hierro, y que
el hierro más dañino el oro | | | | había
brotado: brota la guerra que lucha por ambos, | | | | y con su
sanguínea mano golpea crepitantes armas. | | | | Se vive
al asalto: no el huésped de su huésped está
a salvo, | | | | no el suegro de su yerno, de los hermanos también
la gracia rara es. |
145 | | | Acecha para la perdición
el hombre de su esposa, ella del marido, | | | | cetrinos acónitos
mezclan terribles madrastras, | | | | el hijo antes de su día
inquiere en los años del padre. | | | | Vencida yace la
piedad, y la Virgen, de matanza mojadas, | | | | la última
de los celestes, la Astrea, las tierras abandona. |
150 | |
|
La Gigantomaquia
| | Y para que no estuviera
que las tierras más seguro el arduo éter,
| | | | que aspiraron dicen al reino celeste los Gigantes, | | | | y
que acumulados levantaron hacia las altas estrellas sus montes.
| | | | Entonces el padre omnipotente enviándoles un rayo
resquebrajó | | | | el Olimpo y sacudió el Pelión
del Osa, a él sometido; |
155 | | | sepultados por la mole
suya, al quedar sus cuerpos siniestros yacentes, | | | | regada
de la mucha sangre de sus hijos dicen | | | | que la Tierra se
impregnó, y que ese caliente crúor alentó,
| | | | y para que de su estirpe todo recuerdo no desapareciera,
| | | | que a una faz los tornó de hombres. Pero también
aquel ramo |
160 | | | despreciador de los altísimos y salvaje
y avidísimo de matanza | | | | y violento fue: bien sabrías
que de sangre habían nacido. | | |
|
El concilio de los dioses (I)
| | Lo cual el padre cuando
vio, el Saturnio, en su supremo recinto, | | | | gime hondo, y,
todavía no divulgados por recién cometidos,
| | | | los impuros banquetes recordando de la mesa de Licaón,
|
165 | | | ingentes en su ánimo y dignas de Júpiter
concibió unas iras, | | | | y el consejo convoca; no retuvo
demora ninguna a los convocados. | | | | Hay una vía sublime,
manifiesta en el cielo sereno: | | | | Láctea de nombre
tiene, por su candor mismo notable. | | | | Por ella el camino
es de los altísimos hacia los techos del gran Tonante
|
170 | | | y su real casa: a derecha e izquierda los atrios | | | | de los dioses nobles van concurriéndose por sus compuertas
abiertas, | | | | la plebe habita otros, por sus lugares opuestos:
en esta parte los poderosos | | | | celestiales y preclaros pusieron
sus penates. | | | | Éste lugar es, al que, si a las palabras
la audacia se diera, |
175 | | | yo no temería haber llamado
los Palacios del gran cielo. | | | | Así
pues, cuando los altísimos se sentaron en su marmóreo
receso, | | | | más excelso él por su lugar, y apoyado
en su cetro marfileño, | | | | terrorífica, de su
cabeza sacudió tres y cuatro veces | | | | la cabellera,
con la que la tierra, el mar, las estrellas mueve; |
180 | | | de tales modos después su boca indignada libera:
| | | | «No yo por el gobierno del cosmos más ansioso en
aquella | | | | ocasión estuve, en la que cada uno se disponía
a lanzar, | | | | de los angüípedes, sus cien brazos
contra el cautivo cielo, | | | | pues aunque fiero el enemigo
era, aun así, aquélla de un solo |
185 | | | cuerpo
y de un solo origen pendía, aquella guerra; | | | | ahora
yo, por doquiera Nereo rodeándolo hace resonar todo
el orbe, | | | | al género mortal de perder he: por las
corrientes juro | | | | infernales, que bajo las tierras se deslizan
a la estigia floresta, | | | | que todo antes se ha intentado,
pero un incurable cuerpo |
190 | | | a espada se ha de sajar, por
que la parte limpia no arrastre. | | | | Tengo semidioses, tengo,
rústicos númenes, Ninfas | | | | y Faunos y Sátiros
y montañeses Silvanos, | | | | a los cuales, puesto que
del cielo todavía no dignamos con el honor, | | | | las
que les dimos ciertamente, las tierras, habitar permitamos.
|
195 | | | ¿O acaso, oh altísimos, que bastante seguros
estarán ellos creéis, | | | | cuando contra mí,
que el rayo, que a vosotros os tengo y gobierno, | | | | ha levantado
sus insidias, conocido por su fiereza, Licaón?». | | | | Murmuraron todos, y con afán
ardido al que osó | | | | tal reclaman: así, cuando
una mano impía se ensañó |
200 | | | con la
sangre de César para extinguir de Roma el nombre,
| | | | atónito por el gran terror de esta súbita
ruina | | | | el humano género queda y todo se horrorizó
el orbe, | | | | y no para ti menos grata la piedad, Augusto,
de los tuyos es | | | | que fue aquélla para Júpiter.
El cual, después de que con la voz y la mano |
205 | | | los murmullos reprimió, guardaron silencios todos.
| | | | Cuando se detuvo el clamor, hundido del peso del soberano,
| | | | Júpiter de nuevo con este discurso los silencios
rompió: | | |
|
Licaón
| | «Él, ciertamente,
sus castigos -el cuidado ese perded- ha cumplido. | | | | Mas
qué lo cometido, cuál sea su satisfacción,
os haré saber. |
210 | | | Había alcanzado la infamia
de ese tiempo nuestros oídos; | | | | deseándola
falsa desciendo del supremo Olimpo | | | | y, dios bajo humana
imagen, lustro las tierras. | | | | Larga demora es de cuánto
mal se hallaba por todos lados | | | | enumerar: menor fue la
propia infamia que la verdad. |
215 | | | El Ménalo había
atravesado, por sus guaridas horrendo de fieras, | | | | y con
Cilene los pinares del helado Liceo: | | | | del Árcade
a partir de ahí en las sedes, y en los inhóspitos
techos del tirano | | | | penetro, cuando traían los tardíos
crepúsculos la noche. | | | | Señales di de que
había llegado un dios y el pueblo a suplicar |
220 | | | había empezado: se burla primero de esos piadosos
votos Licaón, | | | | luego dice: «Comprobaré si
dios éste o si sea mortal | | | | con una distinción
abierta, y no será dudable la verdad». | | | | De noche,
pesado por el sueño, con una inopinada muerte a perderme
| | | | se dispone: tal comprobación a él le place
de la verdad. |
225 | | | Y no se contenta con ello: de un enviado
de la nación | | | | molosa, de un rehén, su garganta
a punta tajó | | | | y, así, semimuertos, parte
en hirvientes aguas | | | | sus miembros ablanda, parte los tuesta,
sometiéndolos a fuego. | | | | Lo cual una vez impuso a
las mesas, yo con mi justiciera llama |
230 | | | sobre unos penates
dignos de su dueño torné sus techos. | | | | Aterrado
él huye y alcanzando los silencios del campo | | | | aúlla
y en vano hablar intenta; de sí mismo | | | | recaba su
boca la rabia, y el deseo de su acostumbrada matanza | | | | usa
contra los ganados, y ahora también en la sangre se
goza. |
235 | | | En vellos se vuelven sus ropas, en patas sus
brazos: | | | | se hace lobo y conserva las huellas de su vieja
forma. | | | | La canicie la misma es, la misma la violencia de
su rostro, | | | | los mismos ojos lucen, la misma de la fiereza
la imagen es. | | | | Cayó una sola casa, pero no una casa
sola de perecer |
240 | | | digna fue. Por doquiera la tierra se
expande, fiera reina la Erinis. | | | | Para el delito que se
han conjurado creerías; cumplan rápido todos,
| | | | los que merecieron padecer, así consta mi sentencia,
sus castigos». | | |
|
El concilio de los dioses (II)
| | Las palabras de Júpiter
parte con su voz, murmurando, aprueban e incitamentos | | | | añaden. Otros sus partes con asentimientos cumplen.
|
245 | | | Es, aun así, la perdición del humano
género causa de dolor | | | | para todos, y cuál
habrá de ser de la tierra la forma, | | | | de los mortales
huérfana, preguntan, quién habrá de
llevar a sus aras | | | | inciensos, y si a las fieras, para que
las pillen, se dispone a entregar las tierras. | | | | A los que
tal preguntaban -puesto que él se preocuparía
de lo demás- |
250 | | | el rey de los altísimos
turbarse prohíbe, y un brote al anterior | | | | pueblo
desemejante promete, de origen maravilloso. | | |
|
El diluvio
| | Y ya iba sobre todas las
tierras a esparcir sus rayos; | | | | pero temió que acaso
el sagrado éter por causa de tantos fuegos | | | | no concibiera
llamas, y que el lejano eje ardiera. |
255 | | | Que está
también en los hados, recuerda, que llegará
un tiempo | | | | en el que el mar, en el que la tierra y arrebatados
los palacios del cielo | | | | ardan y del mundo la mole, afanosa,
sufra. | | | | Esas armas vuelven a su sitio, por manos fabricadas
de los Cíclopes: | | | | un castigo place inverso, al género
mortal bajo las ondas |
260 | | | perder, y borrascas lanzar desde
todo el cielo. | | | | En seguida
al Aquilón encierra en las eolias cavernas, | | | | y a
cuantos soplos ahuyentan congregadas a las nubes, | | | | y suelta
al Noto: con sus mojadas alas el Noto vuela, | | | | su terrible
rostro cubierto de una bruma como la pez: |
265 | | | la barba
pesada de borrascas, fluye agua de sus canos cabellos, | | | | en su frente se asientan nieblas, roran sus alas y senos.
| | | | Y cuando con su mano, a lo ancho suspendidas, las nubes
apretó, | | | | se hace un fragor: entonces densas se derraman
desde el éter las borrascas. | | | | La mensajera de Juno,
de variados colores vestida, |
270 | | | concibe, Iris, aguas,
y alimentos a las nubes allega: | | | | póstranse los sembrados,
y llorados por los colonos | | | | sus votos yacen, y perece el
trabajo frustrado de un largo año. | | | | Y no al cielo
suyo se limitó de Júpiter la ira, sino que
a él | | | | su azul hermano le ayuda con auxiliares ondas.
|
275 | | | Convoca éste a los caudales. Los cuales, después
de que en los techos | | | | de su tirano entraron: «Una arenga
larga ahora de usar», | | | | dice, «no he: las fuerzas derramad
vuestras. | | | | Así menester es. Abrid vuestras casas
y, la mole apartada, | | | | a las corrientes vuestras todas soltad
las riendas». |
280 | | | Había ordenado; ellos regresan,
y de sus fontanas las bocas relajan, | | | | y en desenfrenada
carrera ruedan a las superficies. | | | | Él mismo con
el tridente suyo la tierra golpeó, mas ella | | | | tembló
y con su movimiento vías franqueó de aguas.
| | | | Desorbitadas se lanzan por los abiertos campos las corrientes
|
285 | | | y, con los sembrados, arbustos al propio tiempo y rebaños
y hombres | | | | y techos, y con sus penetrales arrebatan sus
sacramentos. | | | | Si alguna casa quedó y pudo resistir
a tan gran | | | | mal no desplomada, la cúpula, aun así,
más alta de ella, | | | | la onda la cubre, y hundidas
se esconden bajo el abismo sus torres. |
290 | | | Y ya el mar
y la tierra ninguna distinción tenían: | | | | todas
las cosas ponto eran, faltaban incluso litorales al ponto.
| | | | Ocupa éste un collado, en una barca se sienta
otro combada | | | | y lleva los remos allí donde hace
poco arara. | | | | Aquél sobre los sembrados o las cúpulas
de una sumergida villa |
295 | | | navega, éste un pez sorprende
en lo alto de un olmo; | | | | se clava en un verde prado, si
la suerte lo deja, el ancla, | | | | o, a ellas sometidos, curvas
quillas trillan viñedos, | | | | y por donde hace poco,
gráciles, grama arrancaban las cabritas, | | | | ahora
allí deformes ponen sus cuerpos las focas. |
300 | | | Admiran
bajo el agua florestas y ciudades y casas | | | | las Nereides,
y las espesuras las poseen los delfines y entre sus altas
| | | | ramas corren y zarandeando sus troncos las baten. | | | | Nada
el lobo entre las ovejas, bermejos leones lleva la onda,
| | | | la onda lleva tigres, y ni sus fuerzas de rayo al jabalí,
|
305 | | | ni sus patas veloces, arrebatado, sirven al ciervo,
| | | | y buscadas largo tiempo tierras donde posarse pudiera,
| | | | al mar, fatigadas sus alas, el pájaro errante ha
caído. | | | | Había sepultado túmulos la
inmensa licencia del ponto, | | | | y batían las montanas
cumbres unos nuevos oleajes. |
310 | | | La mayor parte por la
onda fue arrebatada: a los que la onda perdonó,
| | | | largos ayunos los doman, por causa del indigente sustento.
| | |
|
Deucalión y Pirra
| | Separa la Fócide
los aonios de los eteos campos, | | | | tierra feraz mientras
tierra fue, pero en el tiempo aquel | | | | parte del mar y ancha
llanura de súbitas aguas. |
315 | | | Un monte allí
busca arduo los astros con sus dos vértices, | | | | por
nombre el Parnaso, y superan sus cumbres las nubes. | | | | Aquí
cuando Deucalión -pues lo demás lo había
cubierto la superficie- | | | | con la consorte de su lecho, en
una pequeña balsa llevado, se aferró, | | | | a
las corícidas ninfas y a los númenes del monte
oran |
320 | | | y a la fatídica Temis, que entonces esos
oráculos tenía: | | | | no que él mejor ninguno,
ni más amante de lo justo, | | | | hombre hubo, o que ella
más temerosa ninguna de los dioses. | | | | Júpiter,
cuando de fluentes lagos que estaba empantanado el orbe,
| | | | y que quedaba un hombre de tantos miles hacía poco,
uno, |
325 | | | y que quedaba, ve, de tantas miles hacía
poco, una, | | | | inocuos ambos, cultivadores de la divinidad
ambos, | | | | las nubes desgarró y, habiéndose
las borrascas con el aquilón alejado, | | | | al cielo
las tierras mostró, y el éter a las tierras.
| | | | Tampoco del mar la ira permanece y, dejada su tricúspide
arma, |
330 | | | calma las aguas el regidor del piélago,
y al que sobre el profundo | | | | emerge y sus hombros con su
innato múrice cubre, | | | | al azul Tritón llama,
y en su concha sonante | | | | soplar le ordena, y los oleajes
y las corrientes ya | | | | revocar, su señal dando: su
hueca bocina toma él, |
335 | | | tórcil, que en
ancho crece desde su remolino inferior, | | | | bocina, la cual,
en medio del ponto cuando concibió aire, | | | | los litorales
con su voz llena, que bajo uno y otro Febo yacen. | | | | Entonces
también, cuando ella la boca del dios, por su húmeda
barba rorante, | | | | tocó, y cantó henchida las
ordenadas retretas, |
340 | | | por todas las ondas oída
fue de la tierra y de la superficie, | | | | y por las que olas
fue oída, contuvo a todas. | | | | Ya el mar litoral tiene,
plenos acoge el álveo a sus caudales, | | | | las corrientes
se asientan y los collados salir parecen. | | | | Surge la tierra,
crecen los lugares al decrecer las ondas, |
345 | | | y, después
de día largo, sus desnudadas copas las espesuras
| | | | muestran y limo retienen que en su fronda ha quedado.
| | | | Había retornado el
orbe; el cual, después de que lo vio vacío,
| | | | y que desoladas las tierras hacían hondos silencios,
| | | | Deucalión con lágrimas brotadas así
a Pirra se dirige: |
350 | | | «Oh hermana, oh esposa, oh hembra
sola sobreviviente, | | | | a la que a mí una común
estirpe y un origen de primos, | | | | después un lecho
unió, ahora nuestros propios peligros unen, | | | | de
las tierras cuantas ven el ocaso y el orto | | | | nosotros dos
la multitud somos: posee lo demás el ponto. |
355 | | |
Esta tampoco todavía de la vida nuestra es garantía
| | | | cierta bastante; aterran todavía ahora nublados
nuestra mente. | | | | ¿Cuál si sin mí de los hados
arrebatada hubieras sido | | | | ahora tu ánimo, triste
de ti, sería? ¿De qué modo sola | | | | el temor
soportar podrías? ¿Con consuelo de quién te
dolerías? |
360 | | | Porque yo, créeme, si a ti
también el ponto te tuviera, | | | | te seguiría,
esposa, y a mí también el ponto me tendría.
| | | | Oh, ojalá pudiera yo los pueblos restituir con
las paternas | | | | artes, y alientos infundir a la conformada
tierra. | | | | Ahora el género mortal resta en nosotros
dos |
365 | | | -así pareció a los altísimos-
y de los hombres como ejemplos quedamos». | | | | Había
dicho, y lloraban; decidieron al celeste numen | | | | suplicar
y auxilio por medio buscar de las sagradas venturas. | | | | Ninguna
demora hay: acuden a la par a las cefísidas ondas,
| | | | como todavía no líquidas, así ya
sus vados conocidos cortando. |
370 | | | De allí, cuando
licores de él tomados rociaron | | | | sobre sus ropas
y cabeza, doblan sus pasos hacia el santuario | | | | de la sagrada
diosa, cuyas cúspides de indecente | | | | musgo palidecían,
y se alzaban sin fuegos sus aras. | | | | Cuando del templo tocaron
los peldaños se postró cada uno |
375 | | | inclinado
al suelo, y atemorizado besó la helada roca, | | | | y
así: «Si con sus plegarias justas», dijeron, «los
númenes vencidos | | | | se enternecen, si se doblega la
ira de los dioses, | | | | di, Temis, por qué arte la merma
del género nuestro | | | | reparable es, y presta ayuda,
clementísima, a estos sumergidos estados». |
380 | | | Conmovida
la diosa fue y su ventura dio: «Retiraos del templo | | | | y
velaos la cabeza, y soltaos vuestros ceñidos vestidos,
| | | | y los huesos tras vuestra espalda arrojad de vuestra gran
madre». | | | | Quedaron suspendidos
largo tiempo, y rompió los silencios con su voz | | | | Pirra primera, y los mandatos de la diosa obedecer rehúsa,
|
385 | | | y tanto que la perdone con aterrada boca ruega, como
se aterra | | | | de herir, arrojando sus huesos, las maternas
sombras. | | | | Entre tanto repasan, por sus ciegas latencias
oscuras, | | | | las palabras de la dada ventura, y para entre
sí les dan vueltas. | | | | Tras ello el Prometida a la
Epimetida con plácidas palabras |
390 | | | calma, y: «O
falaz», dice, «es mi astucia para nosotros, | | | | o -píos
son y a ninguna abominación los oráculos persuaden-
| | | | esa gran madre la tierra es: piedras en el cuerpo de la
tierra | | | | a los huesos calculo que se llama; arrojarlas tras
nuestra espalda se nos ordena». | | | | De
su esposo por el augurio aunque la Titania se conmovió,
|
395 | | | su esperanza, aun así, en duda está:
hasta tal punto ambos desconfían | | | | de las celestes
admoniciones. Pero, ¿qué intentarlo dañará?
| | | | Se retiran y velan su cabeza y las túnicas se desciñen,
| | | | y las ordenadas piedras tras sus plantas envían.
| | | | Las rocas -¿quién lo creería, si no estuviera
por testigo la antigüedad?- |
400 | | | a dejar su dureza
comenzaron, y su rigor | | | | a mullir, y con el tiempo, mullidas,
a tomar forma. | | | | Luego, cuando crecieron y una naturaleza
más tierna | | | | les alcanzó, como sí semejante,
del mismo modo manifiesta parecer no puede | | | | la forma de
un humano, sino, como de mármol comenzada, |
405 | | | no
terminada lo bastante, a las rudas estatuas muy semejante
era. | | | | La parte aun así de ellas que húmeda
de algún jugo | | | | y terrosa era, vuelta fue en uso
de cuerpo. | | | | Lo que sólido es y doblarse no puede,
se muta en huesos, | | | | la que ahora poco vena fue, bajo el
mismo nombre quedó; |
410 | | | y en breve espacio, por
el numen de los altísimos, las rocas | | | | enviadas por
las manos del hombre la faz tomaron de hombres, | | | | y del
femenino lanzamiento restituida fue la mujer. | | | | De ahí
que un género duro somos y avezado en sufrimientos
| | | | y pruebas damos del origen de que hemos nacido. |
415 | | | A los demás seres la
tierra con diversas formas | | | | por sí misma los parió
después de que el viejo humor por el fuego | | | | se caldeó
del sol, y el cieno y los húmedos charcos | | | | se entumecieron
por su hervor, y las fecundas simientes de las cosas, | | | |
por el vivaz suelo nutridas, como de una madre en la matriz
|
420 | | | crecieron y faz alguna cobraron con el pasar del tiempo.
| | | | Así, cuando abandonó mojados los campos
el séptuple fluir | | | | del Nilo, y a su antiguo seno
hizo volver sus corrientes, | | | | y merced a la etérea
estrella, reciente, ardió hasta secarse el limo,
| | | | muchos seres sus cultivadores al volver los terrones
|
425 | | | encuentran y entre ellos a algunos apenas comenzados, en
el propio | | | | espacio de su nacimiento, algunos inacabados
y truncos | | | | los ven de sus proporciones, y en el mismo
cuerpo a menudo | | | | una parte vive, es la parte otra ruda
tierra. | | | | Porque es que cuando una templanza han tomado
el humor y el calor, |
430 | | | conciben, y de ellos dos se originan
todas las cosas | | | | y, aunque sea el fuego para el agua pugnaz,
el vapor húmedo todas | | | | las cosas crea, y la discorde
concordia para las crías apta es. | | | | Así pues,
cuando del diluvio reciente la tierra enlodada | | | | con los
soles etéreos se encandeció y con su alto hervor,
|
435 | | | dio a luz innumerables especies y en parte sus figuras
| | | | les devolvió antiguas, en parte nuevos prodigios
creó. | | |
|
La sierpe Pitón
| | Ella ciertamente no lo
querría, pero a ti también, máximo Pitón,
| | | | entonces te engendró, y de los pueblos nuevos,
desconocida sierpe, | | | | el terror eras: tan grande espacio
de un monte ocupabas. |
440 | | | A él el dios señor
del arco, y que nunca tales armas | | | | antes sino en los gamos
y corzas fugaces había usado, | | | | hundido por mil disparos,
exhausta casi su aljaba, | | | | lo perdió, derramándose
por sus heridas negras su veneno. | | | | Y para que de esa obra
la fama no pudiera destruir la antigüedad, |
445 | | | instituyó,
sagrados, de reiterado certamen, unos juegos, | | | | Pitios con
el nombre de la domada serpiente llamados. | | | | Ése
de los jóvenes quien con su mano, sus pies o a rueda
| | | | venciera, de fronda de encina cobraba un galardón.
| | | | Todavía laurel no había y, hermosas con
su largo pelo, |
450 | | | sus sienes ceñía de cualquier
árbol Febo. | | |
|
Apolo y Dafne
| | El primer amor de Febo:
Dafne la Peneia, el cual no | | | | el azar ignorante se lo dio,
sino la salvaje ira de Cupido. | | | | El Delio a él hacía
poco, por su vencida sierpe soberbio, | | | | le había
visto doblando los cuernos al tensarle el nervio, |
455 | | | y:
«¿Qué tienes tú que ver, travieso niño,
con las fuertes armas?», | | | | había dicho; «ellas son
cargamentos decorosos para los hombros nuestros, | | | | que darlas
certeras a una fiera, dar heridas podemos al enemigo, | | | |
que, al que ahora poco con su calamitoso vientre tantas yugadas
hundía, | | | | hemos derribado, de innumerables saetas
henchido, a Pitón. |
460 | | | Tú con tu antorcha
no sé qué amores conténtate | | | | con
irritar, y las alabanzas no reclames nuestras». | | | | El hijo
a él de Venus: «Atraviese el tuyo todo, Febo, | | | | a
ti mi arco», dice, «y en cuanto los seres ceden | | | | todos
al dios, en tanto menor es tu gloria a la nuestra». |
465 | | | Dijo, y rasgando el aire a golpes de sus alas, | | | | diligente,
en el sombreado recinto del Parnaso se posó, | | | | y
de su saetífera aljaba aprestó dos dardos
| | | | de opuestas obras: ahuyenta éste, causa aquél
el amor. | | | | El que lo causa de oro es y en su cúspide
fulge aguda. |
470 | | | El que lo ahuyenta obtuso es y tiene bajo
la caña plomo. | | | | Éste el dios en la ninfa
Peneide clavó, mas con aquél | | | | hirió
de Apolo, pasados a través sus huesos, las médulas.
| | | | En seguida el uno ama, huye la otra del nombre de un amante,
| | | | de las guaridas de las espesuras, y de los despojos de
las cautivas |
475 | | | fieras gozando, y émula de la innupta
Febe. | | | | Con una cinta sujetaba, sueltos sin ley, sus cabellos.
| | | | Muchos la pretendieron; ella, evitando a los pretendientes,
| | | | sin soportar ni conocer varón, bosques inaccesibles
lustra | | | | y de qué sea el Himeneo, qué el amor,
qué el matrimonio, no cura. |
480 | | | A menudo su padre
le dijo: «Un yerno, hija, me debes». | | | | A menudo su padre
le dijo: «Me debes, niña, unos nietos». | | | | Ella, que
como un crimen odiaba las antorchas conyugales, | | | | su bello
rostro teñía de un verecundo rubor | | | | y de
su padre en el cuello prendiéndose con tiernos brazos:
|
485 | | | «Concédeme, genitor queridísimo» le dijo,
«de una perpetua | | | | virginidad disfrutar: lo concedió
su padre antes a Diana». | | | | Él, ciertamente, obedece;
pero a ti el decor este, lo que deseas | | | | que sea, prohíbe,
y con tu voto tu hermosura pugna. | | | | Febo ama, y al verla
desea las nupcias de Dafne, |
490 | | | y lo que desea espera,
y sus propios oráculos a él le engañan;
| | | | y como las leves pajas sahúman, despojadas de sus
aristas, | | | | como con las antorchas los cercados arden, las
que acaso un caminante | | | | o demasiado les acercó o
ya a la luz abandonó, | | | | así el dios en llamas
se vuelve, así en su pecho todo |
495 | | | él se
abrasa y estéril, en esperando, nutre un amor. | | | |
Contempla no ornados de su cuello pender los cabellos | | | |
y «¿Qué si se los arreglara?», dice. Ve de fuego rielantes,
| | | | a estrellas parecidos sus ojos, ve sus labios, que no
| | | | es con haber visto bastante. Alaba sus dedos y manos
|
500 | | | y brazos, y desnudos en más de media parte sus hombros:
| | | | lo que oculto está, mejor lo supone. Huye más
veloz que el aura | | | | ella, leve, y no a estas palabras del
que la revoca se detiene: | | | | «¡Ninfa,
te lo ruego, del Peneo, espera! No te sigue un enemigo;
| | | | ¡ninfa, espera! Así la cordera del lobo, así
la cierva del león, |
505 | | | así del águila
con ala temblorosa huyen las palomas, | | | | de los enemigos
cada uno suyos; el amor es para mí la causa de seguirte.
| | | | Triste de mí, no de bruces te caigas o indignas
de ser heridas | | | | tus piernas señalen las zarzas,
y sea yo para ti causa de dolor. | | | | Ásperos, por los
que te apresuras, los lugares son: más despacio te
lo ruego |
510 | | | corre y tu fuga modera, que más despacio
te persiga yo. | | | | A quién complaces pregunta, aun
así; no un paisano del monte, | | | | no yo soy un pastor,
no aquí ganados y rebaños, | | | | hórrido,
vigilo. No sabes, temeraria, no sabes | | | | de quién
huyes y por eso huyes. A mí la délfica tierra,
|
515 | | | y Claros, y Ténedos, y los palacios de Pátara
me sirven; | | | | Júpiter es mi padre. Por mí lo
que será, y ha sido, | | | | y es se manifiesta; por mí
concuerdan las canciones con los nervios. | | | | Certera, realmente,
la nuestra es; que la nuestra, con todo, una saeta | | | | más
certera hay, la que en mi vacío pecho estas heridas
hizo. |
520 | | | Hallazgo la medicina mío es, y auxiliador
por el orbe | | | | se me llama, y el poder de las hierbas sometido
está a nos: | | | | ay de mí, que por ningunas hierbas
el amor es sanable, | | | | y no sirven a su dueño las
artes que sirven a todos». | | | | Del
que más iba a hablar con tímida carrera la
Peneia |
525 | | | huye, y con él mismo sus palabras inconclusas
deja atrás, | | | | entonces también pareciendo
hermosa; desnudaban su cuerpo los vientos, | | | | y las brisas
a su encuentro hacían vibrar sus ropas, contrarias
a ellas, | | | | y leve el aura atrás daba, empujándolos,
sus cabellos, | | | | y acrecióse su hermosura con la huida.
Pero entonces no soporta más |
530 | | | perder sus ternuras
el joven dios y, como aconsejaba | | | | el propio amor, a tendido
paso sigue sus plantas. | | | | Como el perro en un vacío
campo cuando una liebre, el galgo, | | | | ve, y éste su
presa con los pies busca, aquélla su salvación:
| | | | el uno, como que está al cogerla, ya, ya tenerla
|
535 | | | espera, y con su extendido morro roza sus plantas;
| | | | la otra en la ignorancia está de si ha sido apresada,
y de los propios | | | | mordiscos se arranca y la boca que le
toca atrás deja: | | | | así el dios y la virgen;
es él por la esperanza raudo, ella por el temor.
| | | | Aun así el que persigue, por las alas ayudado del
amor, |
540 | | | más veloz es, y el descanso niega, y la
espalda de la fugitiva | | | | acecha, y sobre su pelo, esparcido
por su cuello, alienta. | | | | Sus fuerzas ya consumidas palideció
ella y, vencida | | | | por la fatiga de la rápida huida,
contemplando las peneidas ondas: | | | | «Préstame, padre»,
dice, «ayuda; si las corrientes numen tenéis, |
545 | | | por la que demasiado he complacido, mutándola pierde
mi figura». | | | | Apenas la plegaria acabó un entumecimiento
pesado ocupa su organismo, | | | | se ciñe de una tenue
corteza su blando tórax, | | | | en fronda sus pelos, en
ramas sus brazos crecen, | | | | el pie, hace poco tan veloz,
con morosas raíces se prende, |
550 | | | su cara copa posee:
permanece su nitor solo en ella. | | | | A ésta también
Febo la ama, y puesta en su madero su diestra | | | | siente todavía
trepidar bajo la nueva corteza su pecho, | | | | y estrechando
con sus brazos esas ramas, como a miembros, | | | | besos da
al leño; rehúye, aun así, sus besos
el leño. |
555 | | | Al cual el dios: «Mas puesto que esposa
mía no puedes ser, | | | | el árbol serás,
ciertamente», dijo, «mío. Siempre te tendrán
| | | | a ti mi pelo, a ti mis cítaras, a ti, laurel, nuestras
aljabas. | | | | Tú a los generales lacios asistirás
cuando su alegre voz | | | | el triunfo cante, y divisen los
Capitolios las largas pompas. |
560 | | | En las jambas augustas tú
misma, fidelísisma guardiana, | | | | ante sus puertas
te apostarás, y la encina central guardarás,
| | | | y como mi cabeza es juvenil por sus intonsos cabellos,
| | | | tú también perpetuos siempre lleva de la
fronda los honores». | | | | Había acabado Peán:
con sus recién hechas ramas la láurea |
565 | | | asiente
y, como una cabeza, pareció agitar su copa. | | |
|
Júpiter e Ío (I)
| | Hay un bosque en la Hemonia
al que por todos lados cierra, acantilada, | | | | una espesura:
le llaman Tempe. Por ellos el Peneo, desde el profundo | | | | Pindo derramándose, merced a sus espumosas ondas,
rueda, | | | | y en su caer pesado nubes que agitan tenues
|
570 | | | humos congrega, y sobre sus supremas espesuras con su
aspersión | | | | llueve, y con su sonar más que
a la vecindad fatiga. | | | | Ésta la casa, ésta
la sede, éstos son los penetrales del gran | | | | caudal;
en ellos aposentado, en su caverna hecha de escollos, | | | | a sus ondas leyes daba, y a las ninfas que honran sus ondas.
|
575 | | | Se reúnen allá las paisanas corrientes primero,
| | | | ignorando si deben felicitar o consolar al padre: | | | | rico
en álamos el Esperquío y el irrequieto Enipeo
| | | | y el Apídano viejo y el lene Anfriso y el Eante,
| | | | y pronto los caudales otros que, por donde los llevara
su ímpetu a ellos, |
580 | | | hacia el mar abajan, cansadas
de su errar, sus ondas. | | | | El
Ínaco solo falta y, en su profunda caverna recóndito,
| | | | con sus llantos aumenta sus aguas y a su hija, tristísimo,
a Ío, | | | | plañe como perdida; no sabe si de
vida goza | | | | o si está entre los manes, pero a
la que no encuentra en ningún sitio |
585 | | | estar cree
en ningún sitio y en su ánimo lo peor teme.
| | | | La había visto, de
la paterna corriente regresando, Júpiter | | | | a ella
y: «Oh virgen de Júpiter digna y que feliz con tu
| | | | lecho ignoro a quién has de hacer, busca», le había
dicho, «las sombras | | | | de esos altos bosques», y de los
bosques le había mostrado las sombras, |
590 | | | «mientras
hace calor y en medio el sol está, altísimo,
de su orbe, | | | | que si sola temes en las guaridas entrar de
las fieras, | | | | segura con la protección de un dios,
de los bosques el secreto alcanzarás, | | | | y no de la
plebe un dios, sino el que los celestes cetros | | | | en mi
magna mano sostengo, pero el que los errantes rayos lanzo:
|
595 | | | no me huye», pues huía. Ya los pastos de Lerna,
| | | | y, sembrados de árboles, de Lirceo había
dejado atrás los campos, | | | | cuando el dios, produciendo
una calina, las anchas tierras | | | | ocultó, y detuvo
su fuga, y le arrebató su pudor. | | | | Entre tanto
Juno abajo miró en medio de los campos |
600 | | | y de que
la faz de la noche hubieran causado unas nieblas voladoras
| | | | en el esplendor del día admirada, no que de una
corriente ellas | | | | fueran, ni sintió que de la humedecida
tierra fueran despedidas, | | | | y su esposo dónde esté
busca en derredor, como la que | | | | ya conociera, sorprendido
tantas veces, los hurtos de su marido. |
605 | | | Al cual, después
de que en el cielo no halló: «O yo me engaño
| | | | o se me ofende», dice, y deslizándose del éter
supremo | | | | se posó en las tierras y a las nieblas
retirarse ordenó. | | | | De su esposa la llegada había
presentido, y en una lustrosa | | | | novilla la apariencia
de la Ináquida había mutado él |
610 | | | -de
res también hermosa es-: la belleza la Saturnia de
la vaca | | | | aunque contrariada aprueba, y de quién,
y de dónde, o de qué manada | | | | era, de la
verdad como desconocedora, no deja de preguntar. | | | | Júpiter
de la tierra engendrada la miente, para que su autor
| | | | deje de averiguar: la pide a ella la Saturnia de regalo.
|
615 | | | ¿Qué iba a hacer? Cruel cosa adjudicarle sus amores,
| | | | no dárselos sospechoso es: el pudor es quien persuade
de aquello, | | | | de esto disuade el amor. Vencido el pudor
habría sido por el amor, | | | | pero si el leve regalo,
a su compañera de linaje y de lecho, | | | | de una
vaca le negara, pudiera no una vaca parecer. |
620 | | | Su rival
ya regalada no en seguida se despojó la divina | | | |
de todo miedo, y temió de Júpiter, y estuvo
ansiosa de su hurto | | | | hasta que al Arestórida para
ser custodiada la entregó, a Argos. | | |
|
Argos
| | De cien luces ceñida
su cabeza Argos tenía, | | | | de donde por sus turnos
tomaban, de dos en dos, descanso, |
625 | | | los demás vigilaban
y en posta se mantenían. | | | | Como quiera que se apostara
miraba hacia Ío: | | | | ante sus ojos a Ío, aun
vuelto de espaldas, tenía. | | | | A la luz la deja pacer;
cuando el sol bajo la tierra alta está, | | | | la encierra,
y circunda de cadenas, indigno, su cuello. |
630 | | | De frondas
de árbol y de amarga hierba se apacienta, | | | | y, en
vez de en un lecho, en una tierra que no siempre grama tiene
| | | | se recuesta la infeliz y limosas corrientes bebe. | | | | Ella,
incluso, suplicante a Argos cuando sus brazos quisiera
| | | | tender, no tuvo qué brazos tendiera a Argos, |
635 | | |
e intentando quejarse, mugidos salían de su boca,
| | | | y se llenó de temor de esos sonidos y de su propia
voz aterróse. | | | | Llegó
también a las riberas donde jugar a menudo solía,
| | | | del Ínaco a las riberas, y cuando contempló
en su onda | | | | sus nuevos cuernos, se llenó de temor
y de sí misma enloquecida huyó. |
640 | | | Las náyades
ignoran, ignora también Ínaco mismo | | | | quién
es; mas ella a su padre sigue y sigue a sus hermanas | | | | y
se deja tocar y a sus admiraciones se ofrece. | | | | Por él
arrancadas el más anciano le había acercado,
Ínaco, hierbas: | | | | ella sus manos lame y da besos
de su padre a las palmas |
645 | | | y no retiene las lágrimas
y, si sólo las palabras le obedecieran, | | | | le rogara
auxilio y el nombre suyo y sus casos le dijera. | | | | Su letra,
en vez de palabras, que su pie en el polvo trazó,
| | | | de indicio amargo de su cuerpo mutado actuó. | | | | «Triste de mí», exclama el padre Ínaco, y
en los cuernos |
650 | | | de la que gemía, y colgándose
en la cerviz de la nívea novilla: | | | | «Triste de mí»,
reitera; «¿Tú eres, buscada por todas | | | | las tierras,
mi hija? Tú no encontrada que hallada | | | | un luto eras
más leve. Callas y mutuas a las nuestras | | | | palabras
no respondes, sólo suspiros sacas de tu alto |
655 | | | pecho
y, lo que solo puedes, a mis palabras remuges. | | | | Mas a ti
yo, sin saber, tálamos y teas te preparaba | | | | y esperanza
tuve de un yerno la primera, la segunda de nietos. | | | | De
la grey ahora tú un marido, y de la grey hijo has
de tener. | | | | Y concluir no puedo yo con mi muerte tan
grandes dolores, |
660 | | | sino que mal me hace ser dios, y cerrada
la puerta de la muerte | | | | nuestros lutos extiende a una eterna
edad». | | | | Mientras de tal se afligía, lo aparta el
constelado Argos | | | | y, arrancada a su padre, a lejanos pastos
a su hija | | | | arrastra; él mismo, lejos, de un monte
la sublime cima |
665 | | | ocupa, desde donde sentado otea hacia
todas partes. | | | | Tampoco de
los altísimos el regidor los males tan grandes de
la Forónide | | | | más tiempo soportar puede y
a su hijo llama, al que la lúcida Pléyade
| | | | de su vientre había parido, y que a la muerte dé,
le impera, a Argos. | | | | Pequeña la demora es la
de las alas para sus pies, y la vara somnífera |
670 | | |
para su potente mano tomar, y el cobertor para sus cabellos.
| | | | Ello cuando dispuso, de Júpiter el nacido desde
el paterno recinto | | | | salta a las tierras. Allí, tanto
su cobertor se quitó | | | | como depuso sus alas, de modo
que sólo la vara retuvo: | | | | con ella lleva, como
un pastor, por desviados campos unas cabritas |
675 | | | que mientras
venía había reunido, y con unas ensambladas
avenas canta. | | | | Por esa voz nueva, y cautivado el guardián
de Juno por su arte: | | | | «Mas tú, quien quiera que
eres, podrías conmigo sentarte en esta roca», | | | | Argos
dice, «pues tampoco para el rebaño más fecunda
en ningún | | | | lugar hierba hay, y apta ves para
los pastores esta sombra». |
680 | | | Se sienta el Atlantíada,
y al que se marchaba, de muchas cosas hablando | | | | detuvo
con su discurso, al día, y cantando con sus unidas
| | | | cañas vencer sus vigilantes luces intenta. | | | |
Él, aun así, pugna por vencer sobre los blandos
sueños | | | | y aunque el sopor en parte de sus ojos
se ha alojado, |
685 | | | en parte, aun así, vigila; pregunta
también, pues descubierta | | | | la flauta hacía
poco había sido, en razón de qué fue
descubierta. | | |
|
Pan y Siringe
| | Entonces el dios: «De la
Arcadia en los helados montes», dice, | | | | «entre las hamadríadas
muy célebre, las Nonacrinas, | | | | náyade una
hubo; las ninfas Siringe la llamaban. |
690 | | | No una vez, no ya
a los sátiros había burlado ella, que la seguían,
| | | | sino a cuantos dioses la sombreada espesura y el feraz
| | | | campo hospeda; a la Ortigia en sus aficiones y con su
propia virginidad | | | | honraba, a la diosa; según el
rito también ceñida de Diana, | | | | engañaría
y podría creérsela la Latonia, si no |
695 | | | de
cuerno el arco de ésta, si no fuera áureo el
de aquélla; | | | | así también engañaba.
Volviendo ella del collado Liceo, | | | | Pan la ve, y de pino
agudo ceñido en su cabeza | | | | tales palabras refiere...».
Restaba sus palabras referir, | | | | y que despreciadas sus
súplicas había huido por lo intransitable la
ninfa, |
700 | | | hasta que del arenoso Ladón al plácido
caudal | | | | llegó: que aquí ella, su carrera
al impedirle sus ondas, | | | | que la mutaran a sus líquidas
hermanas les había rogado, | | | | y que Pan, cuando presa
de él ya a Siringa creía, | | | | en vez del
cuerpo de la ninfa, cálamos sostenía lacustres,
|
705 | | | y, mientras allí suspira, que movidos dentro de
la caña los vientos | | | | efectuaron un sonido tenue
y semejante al de quien se lamenta; | | | | que por esa nueva
arte y de su voz por la dulzura el dios cautivado: | | | | «Este
coloquio a mí contigo», había dicho, «me quedará»,
| | | | y que así, los desparejos cálamos con
la trabazón de la cera |
710 | | | entre sí unidos,
el nombre retuvieron de la muchacha. | | |
|
Júpiter e Ío (II)
| | Tales cosas cuando iba
a decir ve el Cilenio que todos | | | | los ojos se habían
postrado, y cubiertas sus luces por el sueño. | | | | Apaga
al instante su voz y afirma su sopor, | | | | sus lánguidas
luces acariciando con la ungüentada vara. |
715 | | | Y, sin
demora, con su falcada espada mientras cabeceaba le hiere
| | | | por donde al cuello es confín la cabeza, y de su
roca, cruento, | | | | abajo lo lanza, y mancha con su sangre
la acantilada peña. | | | | Argos, yaces, y la que para
tantas luces luz tenías | | | | extinguido se ha, y
cien ojos una noche ocupa sola. |
720 | | | Los recoge, y del ave
suya la Saturnia en sus plumas | | | | los coloca, y de gemas
consteladas su cola llena. | | | | En
seguida se inflamó y los tiempos de su ira no difirió
| | | | y, horrenda, ante los ojos y el ánimo de su rival
argólica | | | | le echó a la Erinis, y aguijadas
en su pecho ciegas |
725 | | | escondió, y prófuga por
todo el orbe la aterró. | | | | Último restabas,
Nilo, a su inmensa labor; | | | | a él, en cuanto lo alcanzó
y, puestas en el margen de su ribera | | | | sus rodillas, se
postró, y alzada ella de levantar el cuello, | | | | elevando a las estrellas los semblantes que sólo
pudo, |
730 | | | con su gemido, y lágrimas, y luctuoso mugido
| | | | con Júpiter pareció quejarse, y el final
rogar de sus males. | | | | De su esposa él estrechando
el cuello con sus brazos, | | | | que concluya sus castigos de
una vez le ruega y: «Para el futuro | | | | deja tus miedos»,
dice; «nunca para ti causa de dolor |
735 | | | ella será»,
y a las estigias lagunas ordena que esto oigan. | | | | Cuando
aplacado la diosa se hubo, sus rasgos cobra ella anteriores
| | | | y se hace lo que antes fue: huyen del cuerpo las cerdas,
| | | | los cuernos decrecen, se hace de su luz más estrecho
el orbe, | | | | se contrae su comisura, vuelven sus hombros
y manos, |
740 | | | y su pezuña, disipada, se subsume en cinco
uñas: | | | | de la res nada queda a su figura, salvo el
blancor en ella, | | | | y al servicio de sus dos pies la ninfa
limitándose | | | | se yergue, y teme hablar, no a la manera
de la novilla | | | | muja, y tímidamente las palabras
interrumpidas reintenta. |
745 | | | Ahora
como diosa la honra, celebradísima, la multitud vestida
de lino. | | | | Ahora que Épafo generado fue de la simiente
del gran Júpiter por fin | | | | se cree, y por las ciudades,
juntos a los de su madre, | | | | templos posee. | | |
|
Faetón (I)
| |
Tuvo éste en ánimos un igual, y en años,
| | | | del Sol engendrado, Faetón; al cual, un día,
que grandes cosas decía |
750 | | | y que ante él no
cedía, de que fuera Febo su padre soberbio, | | | | no
lo soportó el Ináquida y «A tu madre», dice,
«todo como demente | | | | crees y estás henchido de la
imagen de un genitor falso». | | | | Enrojeció Faetón
y su ira por el pudor reprimió, | | | | y llevó
a su madre Clímene los insultos de Épafo,
|
755 | | | y «Para que más te duelas, mi genetriz», dice, «yo,
ese libre, | | | | ese fiero me callé. Me avergüenza
que estos oprobios a nos | | | | sí decirse han podido,
y no se han podido desmentir. | | | | Mas tú, si es que
he sido de celeste estirpe creado, | | | | dame una señal
de tan gran linaje y reclámame al cielo». |
760 | | | Dijo
y enredó sus brazos en el materno cuello, | | | | y por
la suya y la cabeza de Mérope y las teas de sus hermanas,
| | | | que le trasmitiera a él, le rogó, signos
de su verdadero padre. | | | | Ambiguo si Clímene por las
súplicas de Faetón o por la ira | | | | movida
más del crimen dicho contra ella, ambos brazos al
cielo |
765 | | | extendió y mirando hacia las luces del Sol:
| | | | «Por el resplandor este», dice, «de sus rayos coruscos
insigne, | | | | hijo, a ti te juro, que nos oye y que nos ve,
| | | | que de éste tú, al que tú miras,
de éste tú, que templa el orbe, | | | | del Sol,
has sido engendrado. Si mentiras digo, niéguese él
a ser visto |
770 | | | de mí y sea para los ojos nuestros
la luz esta la postrera. | | | | Y no larga labor es para ti conocer
los patrios penates. | | | | De donde él se levanta la
casa es confín a la tierra nuestra: | | | | si es que te
lleva tu ánimo, camina y averígualo de él
mismo». | | | | Brinca al instante,
contento después de tales |
775 | | | palabras de la madre
suya, Faetón, y concibe éter en su mente,
| | | | y por los etíopes suyos y, puestos bajo los fuegos
estelares, | | | | por los indos atraviesa, y de su padre acude
diligente a los ortos. | | |
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Metamorfosis
Ovidio ; traducción de Ana Pérez Vega
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