 Libro cuarto
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Las hijas de Minias (I)
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Mas no Alcítoe la Mineia
estima que las orgias | | | | deban acogerse del dios, sino que
todavía, temeraria, que Baco | | | | progenie sea de Júpiter
niega y socias a sus hermanas | | | | de su impiedad tiene. La
fiesta celebrar el sacerdote | | | | -y, descargadas de los
trabajos suyos, a las sirvientas y sus dueñas |
5 | | | sus pechos con piel cubrirse, sus cintas para el pelo desatarse,
| | | | guirnaldas en su melena, en sus manos poner frondosos
tirsos- | | | | había ordenado, y que salvaje sería
del dios ofendido la ira | | | | vaticinado había: obedecen
madres y nueras | | | | y sus telas y cestos y los no hechos
pesos de hilo guardan, |
10 | | | e inciensos dan, y a Baco llaman,
y a Bromio, y a Lieo, | | | | y al hijo del fuego y al engendrado
dos veces y al único bimadre; | | | | se añade
a éstos Niseo, e intonsurado Tioneo | | | | y, con Leneo,
el natal plantador de la uva | | | | y Nictelio y padre Eleleo
y Iaco y Euhan |
15 | | | y cuantos además, numerosos,
por los griegos pueblos | | | | nombres, Líber, tienes;
pues tuya la inagotable juventud es, | | | | tú muchacho
eterno, tú el más hermoso en el alto cielo
| | | | contemplado eres; cuando sin cuernos estás, virgínea
| | | | la cabeza tuya es; el Oriente por ti fue vencido, hasta
allí, |
20 | | | donde la decolor India se ciñe
del extremo Ganges. | | | | A Penteo tú, venerando, y
a Licurgo, el de hacha de doble ala, | | | | sacrílegos,
inmolas, y los cuerpos de los tirrenos mandas | | | | al mar,
tú, insignes por sus pintos frenos, de tus biyugues
| | | | linces los cuellos oprimes. Las Bacas y los Sátiros
te siguen, |
25 | | | y el viejo que con la caña, ebrio,
sus titubantes miembros | | | | sostiene, y no fuertemente se
sujeta a su encorvado burrito. | | | | Por donde quiera que entras,
un clamor juvenil y, a una, | | | | femeninas voces y tímpanos
pulsados por palmas, | | | | y cóncavos bronces suenan,
y de largo taladro el boj. |
30 | | | «Plácido
y suave», ruegan las Isménides, «vengas», | | | | y los
ordenados sacrificios honran; solas las Mineides, dentro,
| | | | turbando las fiestas con intempestiva Minerva, | | | | o
sacan lanas o las hebras con el pulgar viran | | | | o prendidas
están de la tela, y a sus sirvientas con labores urgen; |
35 | | | de las cuales una, haciendo bajar el hilo con su ligero
pulgar: | | | | «Mientras cesan otras e inventados sacrificios
frecuentan, | | | | nosotras también a quienes Palas,
mejor diosa, detiene», dice, | | | | «la útil obra de
las manos con varia conversación aliviemos | | | | y por
turnos algo, que los tiempos largos parecer |
40 | | | no permita,
en medio contemos para nuestros vacíos oídos».
| | | | Lo dicho aprueban y la primera le mandan narrar sus hermanas.
| | | | Ella qué, de entre muchas cosas, cuente -pues
muchísimas conocía- | | | | considera, y en duda
está de si de ti, babilonia, narrar, | | | | Dércetis,
quien los Palestinos creen que, tornada su figura, |
45 | | |
con escamas que cubrían sus miembros removió
los pantanos, | | | | o más bien de cómo la hija
de aquélla, asumiendo alas, | | | | sus extremos años
en las altas torres pasara, | | | | o acaso cómo una náyade
con su canto y sus demasiado poderosas hierbas | | | | tornara
unos juveniles cuerpos en tácitos peces |
50 | | | hasta
que lo mismo padeció ella, o, acaso, el que frutos
blancos llevaba, | | | | cómo ahora negros los lleva por
contacto de la sangre, ese árbol: | | | | esto elige;
ésta, puesto que una vulgar fábula no es,
| | | | de tales modos comenzó, mientras la lana sus hilos
seguía: | | |
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Píramo y Tisbe
| | «Píramo y Tisbe, de los jóvenes el más
bello el uno, |
55 | | | la otra, de las que el Oriente tuvo,
preferida entre las muchachas, | | | | contiguas tuvieron sus
casas, donde se dice que | | | | con cerámicos muros ciñó
Semíramis su alta ciudad. | | | | El conocimiento y los
primeros pasos la vecindad los hizo, | | | | con el tiempo creció
el amor; y sus teas también, según derecho,
se hubieran unido |
60 | | | pero lo vetaron sus padres; lo que
no pudieron vetar: | | | | por igual ardían, cautivas
sus mentes, ambos. | | | | Cómplice alguno no hay; por
gesto y señales hablan, | | | | y mientras más
se tapa, tapado más bulle el fuego. | | | | Hendida estaba
por una tenue rendija, que ella había producido en
otro tiempo, |
65 | | | cuando se hacía, la pared común
de una y otra casa. | | | | Tal defecto, por nadie a través
de siglos largos notado | | | | -¿qué no siente el amor?-,
los primeros lo visteis los amantes | | | | y de la voz lo hicisteis
camino, y seguras por él | | | | en murmullo mínimo
vuestras ternuras atravesar solían. |
70 | | | Muchas veces,
cuando estaban apostados de aquí Tisbe, Píramo
de allí, | | | | y por turnos fuera buscado el anhélito
de la boca: | | | | «Envidiosa», decían, «pared, ¿por
qué a los amantes te opones? | | | | ¿Cuánto era
que permitieses que con todo el cuerpo nos uniéramos,
| | | | o esto si demasiado es, siquier que, para que besos nos
diéramos, te abrieras? |
75 | | | Y no somos ingratos:
que a ti nosotros debemos confesamos, | | | | el que dado fue
el tránsito a nuestras palabras hasta los oídos
amigos. | | | | Tales cosas desde
su opuesta sede en vano diciendo, | | | | al anochecer dijeron
«adiós» y a la parte suya dieron | | | | unos besos cada
uno que no arribarían en contra. |
80 | | | La siguiente
Aurora había retirado los nocturnos fuegos, | | | | y
el sol las pruinosas hierbas con sus rayos había secado.
| | | | Junto al acostumbrado lugar se unieron. Entonces con
un murmullo pequeño, | | | | de muchas cosas antes quejándose,
establecen que en la noche silente | | | | burlar a los guardas
y de sus puertas fuera salir intenten, |
85 | | | y que cuando
de la casa hayan salido, de la ciudad también los
techos abandonen, | | | | y para que no hayan de vagar recorriendo
un ancho campo, | | | | que se reúnan junto al crematorio
de Nino y se escondan bajo la sombra | | | | del árbol:
un árbol allí, fecundísimo de níveas
frutas, | | | | un arduo moral, había, colindante a una
helada fontana. |
90 | | | Los acuerdos aprueban; y la luz, que
tarde les pareció marcharse, | | | | se precipita a las
aguas, y de las aguas mismas sale la noche. | | | | Astuta,
por las tinieblas, girando el gozne, Tisbe | | | | sale y burla
a los suyos y, cubierto su rostro, | | | | llega al túmulo,
y bajo el árbol dicho se sienta. |
95 | | | Audaz la hacía
el amor. He aquí que llega una leona, | | | | de la reciente
matanza de unas reses manchadas sus espumantes comisuras,
| | | | que iba a deshacerse de su sed en la onda del vecino
hontanar; | | | | a ella, de lejos, a los rayos de la luna, la
babilonia Tisbe | | | | la ve, y con tímido pie huye a
una oscura caverna |
100 | | | y mientras huye, de su espalda
resbalados, sus velos abandona. | | | | Cuando la leona salvaje
su sed con mucha onda contuvo, | | | | mientras vuelve a las
espesuras, encontrados por azar sin ella misma, | | | | con su
boca cruenta desgarró los tenues atuendos. | | | | Él,
que más tarde había salido, huellas vio en
el alto |
105 | | | polvo ciertas de fiera y en todo su rostro
palideció | | | | Príamo; pero cuando la prenda
también, de sangre teñida, | | | | encontró:
«Una misma noche a los dos», dice, «amantes perderá,
| | | | de quienes ella fue la más digna de una larga
vida; | | | | mi vida dañina es. Yo, triste de ti, te
he perdido, |
110 | | | que a lugares llenos de miedo hice que
de noche vinieras | | | | y no el primero aquí llegué.
¡Destrozad mi cuerpo | | | | y mis malditas entrañas devorad
con fiero mordisco, | | | | oh, cuantos leones habitáis
bajo esta peña! | | | | Pero de un cobarde es pedir la
muerte». Los velos de Tisbe |
115 | | | recoge, y del pactado
árbol a la sombra consigo los lleva, | | | | y cuando
dio lágrimas, dio besos a la conocida prenda: | | | |
«Recibe ahora» dice «también de nuestra sangre el
sorbo», | | | | y, del que estaba ceñido, se hundió
en los costados su hierro, | | | | y sin demora, muriendo, de
su hirviente herida lo sacó, |
120 | | | y quedó
tendido de espalda al suelo: su crúor fulgura alto,
| | | | no de otro modo que cuando un caño de plomo defectuoso
| | | | se hiende, y por el tenue, estridente taladro, largas
| | | | aguas lanza y con sus golpes los aires rompe. | | | | Las
crías del árbol, por la aspersión de
la sangría, en negra |
125 | | | faz se tornan, y humedecida
de sangre su raíz, | | | | de un purpúreo color
tiñe las colgantes moras. | | | | He
aquí que, su miedo aún no dejado, por no burlar
a su amante, | | | | ella vuelve, y al joven con sus ojos y ánimo
busca, | | | | y por narrarle qué grandes peligros ha
evitado está ansiosa; |
130 | | | y aunque el lugar reconoce,
y en el visto árbol su forma, | | | | igualmente la hace
dudar del fruto el color: fija se queda en si él es.
| | | | Mientras duda, unos trémulos miembros ve palpitar
| | | | en el cruento suelo y atrás su pie lleva, y una
cara que el boj | | | | más pálida portando se
estremece, de la superficie en el modo, |
135 | | | que tiembla
cuando lo más alto de ella una exigua aura toca.
| | | | Pero después de que, demorada, los amores reconoció
suyos, | | | | sacude con sonoro golpe, indignos, sus brazos
| | | | y desgarrándose el cabello y abrazando el cuerpo
amado | | | | sus heridas colmó de lágrimas, y
con su llanto el crúor |
140 | | | mezcló, y en
su helado rostro besos prendiendo: | | | | «Píramo», clamó,
«¿qué azar a ti de mí te ha arrancado? | | | |
Píramo, responde. La Tisbe tuya a ti, queridísimo,
| | | | te nombra; escucha, y tu rostro yacente levanta». | | | | Al nombre de Tisbe sus ojos, ya por la muerte pesados,
|
145 | | | Píramo irguió, y vista ella los volvió
a velar. | | | | La cual, después
de que la prenda suya reconoció y vacío | | | | de su espada vio el marfil: «Tu propia a ti mano», dice,
«y el amor, | | | | te ha perdido, desdichado. Hay también
en mí, fuerte para solo | | | | esto, una mano, hay también
amor: dará él para las heridas fuerzas. |
150 | | | Seguiré al extinguido, y de la muerte tuya tristísima
se me dirá | | | | causa y compañera, y quien de
mí con la muerte sola | | | | serme arrancado, ay, podías,
habrás podido ni con la muerte serme arrancado.
| | | | Esto, aun así, con las palabras de ambos sed rogados,
| | | | oh, muy tristes padres mío y de él, |
155 | | | que a los que un seguro amor, a los que la hora postrera
unió, | | | | de depositarles en un túmulo mismo
no os enojéis; | | | | mas tú, árbol que
con tus ramas el lamentable cuerpo | | | | ahora cubres de uno
solo -pronto has de cubrir de dos-, | | | | las señales
mantén de la sangría, y endrinas, y para los
lutos aptas, |
160 | | | siempre ten tus crías, testimonios
del gemelo crúor», | | | | dijo, y ajustada la punta bajo
lo hondo de su pecho | | | | se postró sobre el hierro
que todavía de la sangría estaba tibio. | | | | Sus votos, aun así, conmovieron a los dioses, conmovieron
a los padres, | | | | pues el color en el fruto es, cuando ya
ha madurado, negro, |
165 | | | y lo que a sus piras resta descansa
en una sola urna». | | |
|
Los amores del Sol. Marte y Venus. Leucótoe. Clítie
| | Había cesado, e
intermedio hubo un breve tiempo, y empezó | | | | a hablar
Leucónoe; su voz contuvieron las hermanas. | | | | «A
éste también, que templa todas las cosas con
su sidérea luz, | | | | cautivó el amor, al Sol:
del Sol contaremos los amores. |
170 | | | El primero que el adulterio
de Venus con Marte vio | | | | se cree este dios; ve este dios
todas las cosas el primero. | | | | Hondo se dolió del
hecho y al marido, descendencia de Juno, | | | | los hurtos de
su lecho y del hurto el lugar mostró; mas a aquél,
| | | | su razón y la obra que su fabril diestra sostenía,
|
175 | | | se le cayeron: al punto gráciles de bronce
unas cadenas, | | | | y redes y lazos que las luces burlar pudieran
| | | | lima -no aquella obra vencerían las más
tenues | | | | hebras, no la que cuelga de la más alta
viga telaraña- | | | | y que a los ligeros tactos pequeños
movimientos obedezcan |
180 | | | consigue, y el lecho circundando
las coloca con arte. | | | | Cuando llegaron a este lecho, al
mismo, su esposa y el adúltero, | | | | con el arte del
marido y las ataduras preparadas de novedosa manera, | | | |
en mitad de sus abrazos ambos sorprendidos quedan. | | | | El
Lemnio al punto sus puertas marfileñas abrió
|
185 | | | y admitió a los dioses; ellos yacían
enlazados | | | | indecentemente, y algunos de entre los dioses
no tristes desea | | | | así hacerse indecente... Los
altísimos rieron y largo tiempo | | | | ésta fue
conocidísima hablilla en todo el cielo. | | | | «Lleva
a cabo la Citereia, de la de delación, un castigo
vengador, |
190 | | | y, por turnos, a aquél que hirió
sus escondidos amores | | | | hiere con amor semejante. ¿De qué
ahora, de Hiperión el nacido, | | | | tu hermosura y tu
color a ti, y tus radiadas luces te sirven? | | | | Así
es que tú, quien con tus fuegos todas las tierras
abrasas, | | | | abrásaste con un fuego nuevo, y quien
todas las cosas divisar debes, |
195 | | | a Leucótoe contemplas
y clavas en una doncella sola, | | | | los que al cosmos debes,
ojos: ya te levantas más tempranamente | | | | del auroral
cielo, ya más tarde caes a las ondas, | | | | y por tu
demora en contemplarla alargas las invernales horas; | | | |
desfalleces a las veces, y el mal de tu mente a tus luces
|
200 | | | pasa, y, oscuro, los mortales pechos aterras, | | | |
y no porque a ti de la luna la imagen más cercana
a las tierras | | | | se haya opuesto palideces: hace tal color
el amor este. | | | | Quieres a ésta sola, y no a ti Clímene,
y Rodas, | | | | ni te retiene la genetriz, bellísima,
de la Eea Circe, |
205 | | | y la que tus concúbitos, Clitie,
aunque despreciada | | | | buscaba, y que en el mismo tiempo
aquel una grave herida | | | | tenía: Leucótoe,
de muchas, los olvidos hizo, | | | | a la cual, del pueblo aromático,
en parto dio a luz, | | | | hermosísima, Eurínome;
pero después de que la hija creció, |
210 | | |
cuanto la madre a todas, tanto a la madre la hija vencía.
| | | | Rigió las aquemenias ciudades su padre Órcamo
y él | | | | el séptimo desde su primitivo origen,
desde Belo, se numera. | | | | Bajo el eje Vespertino están
los pastos de los caballos del Sol: | | | | ambrosia en vez de
hierba tienen; ella sus cansados miembros |
215 | | | de los diurnos
menesteres nutre y los repara para su labor. | | | | Y mientras
los cuadrípedes allí celestes pastos arrancan
| | | | y la noche su turno cumple, en los tálamos el
dios penetra amados, | | | | tornado en la faz de Eurínome,
la genetriz, y entre | | | | una docena de sirvientas, a Leucótoe,
a las luces, divisa, |
220 | | | que ligeras hebras sacaba, girando
el huso. | | | | Así pues, cuando cual una madre hubo
dado besos a su querida hija: | | | | «Un asunto», dice «arcano
es: sirvientas, retiraos, y no | | | | arrebatad el arbitrio
a una madre de cosas secretas hablar». | | | | Habían
obedecido, y el dios, el tálamo sin testigo dejado:
|
225 | | | «Aquel yo soy», dijo, «que mido el largo año,
| | | | todas las cosas quien veo, por quien ve todo la tierra,
| | | | del cosmos el ojo: a mí, créeme, complaces».
Se asusta ella y del miedo | | | | la rueca y el huso cayeron
de sus dedos remisos. | | | | El propio temor decor le fue, y
no más largamente él demorándose |
230 | | | a su verdadero aspecto regresó y a su acostumbrado
nitor; | | | | mas la virgen, aunque aterrada por la inesperada
visión, | | | | vencida por el nitor del dios, dejando
su lamento, su fuerza sufrió. | | | | «Se
enojó Clitie, pues tampoco moderado había sido
| | | | en ella del Sol el amor, y acuciada de la rival por la
ira, |
235 | | | divulga el adulterio y a la difamada ante su
padre | | | | acusa; él, feroz e implacable, a la que
suplicaba | | | | y tendía las manos a las luces del Sol
y que: «Él | | | | fuerza me hizo contra mi voluntad»,
decía, la sepultó, sanguinario, | | | | bajo alta
tierra y un túmulo encima añade de pesada arena.
|
240 | | | Lo disipa con sus rayos de Hiperión el nacido
y camino | | | | te da a ti por donde puedas sacar tu sepultado
rostro; | | | | y tú ya no podías, matada tu cabeza
por el peso de la tierra, | | | | ninfa, levantarla, y cuerpo
exangüe yacías: | | | | nada que aquello más
doliente se cuenta que el moderador de los voladores |
245 | | | caballos, después de los fuegos de Faetonte, había
visto. | | | | Él ciertamente los gélidos miembros
intenta, si pueda, | | | | de sus radios con las fuerzas, retornar
al vivo calor; | | | | pero, puesto que a tan grandes intentos
el hado se opone, | | | | con néctar aromado asperjó
su cuerpo y el lugar, |
250 | | | y de muchas cosas antes lamentándose:
«Tocarás, aun así, el éter», dijo.
| | | | En seguida, imbuido del celeste néctar el cuerpo
| | | | se licueció y la tierra humedeció con su
aroma, | | | | y una vara a través de los terrones, insensiblemente,
con raíces en ella hechas, | | | | de incienso, se irguió,
y el túmulo con su punta rompió. |
255 | | | Mas
a Clitie, aunque el amor excusar su dolor, | | | | y su delación
el dolor podía, no más veces el autor de la
luz | | | | acudió y de Venus la moderación a sí
mismo se hizo en ella. | | | | Se consumió desde de aquello,
demencialmente de sus amores haciendo uso, | | | | sin soportar
ella a las ninfas, y bajo Júpiter noche y día
|
260 | | | se sentó en el suelo desnuda, desnudos, despeinada,
sus cabellos, | | | | y durante nueve luces sin probar agua ni
alimento, | | | | con mero rocío y las lágrimas
suyas sus ayunos cebó | | | | y no se movió del
suelo; sólo contemplaba del dios | | | | el rostro al
pasar y los semblantes suyos giraba a él. |
265 | | | Sus
miembros, cuentan, se prendieron al suelo, y una lívida
palidez | | | | vertió parte de su color a las exangües
hierbas; | | | | tiene en parte un rubor, y su cara una flor
muy semejante a la violeta cubre. | | | | Ella, aunque por una
raíz está retenida, al Sol | | | | se vuelve suyo
y mutada conserva su amor». |
270 | |
|
Las hijas de Minias (II)
| | Había dicho, y el
hecho admirable había cautivado los oídos.
| | | | Parte que ocurrir pudiera niegan, parte, que todo los
verdaderos | | | | dioses pueden, recuerdan: pero no también
Baco entre ellos. | | | | Se reclama
a Alcítoe, después de que callaron sus hermanas.
| | | | La cual, por el radio haciendo correr las hebras de la
tela puesta: |
275 | | | «Por divulgados callo», dijo, «del pastor
Dafnis del | | | | Ida los amores, a quien su ninfa por la ira
de su rival | | | | confirió a una roca: tan gran dolor
abrasa a los amantes; | | | | y no hablo de cómo en otro
tiempo, innovada la ley de la naturaleza, | | | | ambiguo fuera,
ora hombre, ora mujer Sitón. |
280 | | | A ti también,
ahora acero, en otro tiempo fidelísimo al pequeño
| | | | Júpiter, Celmis, y a los Curetes, engendrados
por larga lluvia, | | | | y a Croco, en pequeñas flores,
con Esmílace, tornado: | | | | a todos dejo de lado, y
vuestros ánimos con una dulce novedad retendré.
| | |
|
Sálmacis y Hermafrodito
| | De dónde que infame
sea, por qué con sus poco fuertes ondas |
285 | | | Sálmacis
enerva y ablanda los miembros por ella tocados, | | | | aprended.
La causa se ignora; el poder es conocidísimo del manantial.
| | | | A un niño, de Mercurio y la divina Citereide nacido,
| | | | las náyades nutrieron bajo las cavernas del Ida,
| | | | del cual era la faz en la que su madre y padre |
290 | | | conocerse pudieran; su nombre también trajo de ellos.
| | | | Él, en cuanto los tres quinquenios hizo, los montes
| | | | abandonó patrios y, el Ida, su nodriza, dejado
atrás, | | | | de errar por desconocidos lugares, de desconocidas
corrientes | | | | ver, gozaba, su interés aminorando
la fatiga. |
295 | | | Él incluso a las licias ciudades,
y a Licia cercanos, los carios | | | | llega: ve aquí
un pantano, de una linfa diáfana | | | | hasta el profundo
suelo. No allí caña palustre, | | | | ni estériles
ovas, ni de aguda cúspide juncos: | | | | perspicuo licor
es; lo último, aun así, del pantano, de vivo
|
300 | | | césped se ciñe, y de siempre verdeantes
hierbas. | | | | Una ninfa lo honra, pero ni para las cacerías
apta ni que los arcos | | | | doblar suela ni que competir en
la carrera, | | | | y única de las náyades no conocida
para la veloz Diana. | | | | A menudo a ella, fama es, le dijeron
sus hermanas: |
305 | | | «Sálmacis, o la jabalina o las
pintas aljabas coge, | | | | y con duras cacerías tus
ocios mezcla». | | | | Ni la jabalina coge ni las pintas ella
aljabas, | | | | ni con duras cacerías sus ocios mezcla,
| | | | sino ora en la fontana suya sus hermosos miembros lava,
|
310 | | | a menudo con peine del Citoro alisa sus cabellos
| | | | y qué le sienta bien consulta a las ondas que contempla,
| | | | ahora, circundando su cuerpo de un muy diáfano
atuendo, | | | | bien en las mullidas hojas, bien en las mullidas
se postra hierbas, | | | | a menudo coge flores. Y entonces también
por azar las cogía |
315 | | | cuando al muchacho vio,
y visto deseó tenerlo. | | | | Aun
así, no antes se acercó, aunque tenía
prisa por acercarse, | | | | de que se hubo compuesto, de que
alrededor se contempló los atuendos, | | | | y fingió
su rostro, y mereció el hermosa parecer. | | | | Entonces,
así empezando a hablar: «Muchacho, oh, dignísimo
de que se crea |
320 | | | que eres un dios, o si tú dios
eres, puedes ser Cupido, | | | | o si eres mortal, quienes te
engendraron dichosos, | | | | y tu hermano feliz, y afortunada
seguro | | | | si alguna tú hermana tienes, y la que te
dio sus pechos, tu nodriza; | | | | pero mucho más que
todos, y mucho más dichosa aquélla, |
325 | | |
si alguna tú prometida tienes, si a alguna dignarás
con tu antorcha, | | | | ésta tú, si es que alguna
tienes, sea furtivo mi placer, | | | | o si ninguna tienes, yo
lo sea, y en el tálamo mismo entremos». | | | | La náyade
después de esto calló; del muchacho un rubor
la cara señaló | | | | -pues no sabe qué
el amor-, pero también enrojecer para su decor era.
|
330 | | | Ese color el de los suspendidos frutos de un soleado
árbol, | | | | o el del marfil teñido es, o, en
su candor, cuando en vano | | | | resuenan los bronces auxiliares,
el de la rojeciente luna. | | | | A la ninfa, que reclamaba sin
fin de hermana, al menos, | | | | besos, y ya las manos a su
cuello de marfil le echaba: |
335 | | | «¿Cesas, o huyo, y contigo»,
dice él, «esto dejo?». | | | | Sálmacis se atemorizó
y: «Los lugares estos a ti libres te entrego, | | | | huésped»,
dice, y simula marcharse su paso tornando; | | | | entonces también,
mirando atrás, y recóndita ella de arbustos
en una espesura, | | | | se ocultó y en doblando la rodilla
se abajó. Mas él, |
340 | | | claro está,
como inobservado y en las vacías hierbas, | | | | aquí
va y allá y acullá, y en las retozonas ondas
| | | | las solas plantas de sus pies y hasta el tobillo baña;
| | | | sin demora, por la templanza de las blandas aguas cautivado,
| | | | sus suaves vestimentas de su tierno cuerpo desprende.
|
345 | | | Entonces en verdad complació él, y de
su desnuda figura por el deseo | | | | Sálmacis se abrasó;
flagran también los ojos de la ninfa | | | | no de otro
modo que cuando nitidísimo en el puro orbe | | | | en
la opuesta imagen de un espejo se refleja Febo; | | | | y apenas
la demora soporta, apenas ya sus goces difiere, |
350 | | | ya
desea abrazarle, ya a sí misma mal se contiene, amente.
| | | | Él, veloz, con huecas palmas palmeándose
su cuerpo | | | | abajo salta, y a las linfas alternos brazos
llevando | | | | en las líquidas aguas se trasluce, como
si alguien unas marfileñas | | | | estatuas cubra, o
cándidos lirios, con un claro vidrio. |
355 | | | «Hemos
vencido y mío es» exclama la náyade, y toda
| | | | ropa lejos lanzando, en mitad se mete de las ondas
| | | | y al que lucha retiene y disputados besos le arranca
| | | | y le sujeta las manos y su involuntario pecho toca, | | | | y ahora por aquí del joven alrededor, ahora se derrama
por allá; |
360 | | | finalmente, debatiéndose él
en contra y desasirse queriendo, | | | | lo abraza como una serpiente,
a la que sostiene la regia ave y | | | | elevada la arrebata:
colgando, la cabeza ella y los pies | | | | le enlaza y con la
cola le abraza las expandidas alas; | | | | o como suelen las
hiedras entretejer los largos troncos |
365 | | | y como bajo
las superficies el pulpo su apresado enemigo | | | | contiene,
de toda parte enviándole sus flagelos. | | | | Persiste
el Atlantíada y sus esperados goces a la ninfa | | | | deniega; ella aprieta, y acoplada con el cuerpo todo,
| | | | tal como estaba prendida: «Aunque luches, malvado», dijo,
|
370 | | | «no, aun así, escaparás. Así,
dioses, lo ordenéis, y a él | | | | ningún
día de mí, ni a mí separe de él».
| | | | Los votos tuvieron sus dioses, pues, mezclados, de los
dos | | | | los cuerpos se unieron y una faz se introduce en
ellos | | | | única; como si alguien, que juntos conduce
en una corteza unas ramas, |
375 | | | al crecer, juntarse ellas,
y al par desarrollarse contempla, | | | | así, cuando
en un abrazo tenaz se unieron sus miembros, | | | | ni dos son,
sino su forma doble, ni que mujer decirse | | | | ni que muchacho,
pueda, y ni lo uno y lo otro, y también lo uno y lo
otro, parece. | | | | Así pues, cuando a él las
fluentes ondas, adonde hombre había descendido, |
380 | | | ve que semihombre lo habían hecho, y que se ablandaron
en ellas | | | | sus miembros, sus manos tendiendo, pero ya no
con voz viril, | | | | el Hermafrodito dice: «Al nacido dad vuestro
de regalos, | | | | padre y también genetriz, que de ambos
el nombre tiene, | | | | que quien quiera que a estas fontanas
hombre llegara, salga de ahí |
385 | | | semihombre y súbitamente
se ablande, tocadas, en las aguas». | | | | Conmovidos ambos
padres, de su nacido biforme válidas las palabras
| | | | hicieron y con una incierta droga la fontana tiñeron».
| | |
|
Las hijas de Minias (III)
| | El fin era de sus palabras,
y todavía de Minias la prole | | | | apresura la tarea
y desprecia al dios y su fiesta profana, |
390 | | | cuando unos
tímpanos súbitamente, no visibles, con roncos
| | | | sonidos en contra rugen, y la flauta de combado cuerno,
| | | | y tintineantes bronces suenan; aroman las mirras y los
azafranes | | | | y, cosa que el crédito mayor, empezaron
a verdecer las telas | | | | y, de hiedra en la faz, a cubrirse
de frondas la veste suspendida; |
395 | | | parte acaba en vides,
y los que poco antes hilos fueron, | | | | en sarmiento se mutan;
de la hebra un pámpano sale; | | | | la púrpura
su fulgor acomoda a las pintas uvas. | | | | Y ya el día
pasado había y el tiempo llegaba | | | | al que tú
ni tinieblas, ni le pudieras decir luz, |
400 | | | sino con la
luz, aun así, los confines de la dudosa noche: | | | | los techos de repente ser sacudidos, y las grasas lámparas
arder | | | | parecen, y con rútilos fuegos resplandecer
las mansiones, | | | | y falsos espectros de salvajes fieras
aullar: | | | | y ya hace tiempo se esconden por las humeantes
estancias las hermanas |
405 | | | y por diversos lugares los
fuegos y las luces evitan, | | | | y mientras buscan las tinieblas,
una membrana por sus pequeñas articulaciones | | | | se
extiende e incluye sus brazos en una tenue ala; | | | | y, de
qué en razón hayan perdido su vieja figura,
| | | | saber no permiten las tinieblas. No a ellas pluma las
elevaba, |
410 | | | a sí se sostenían, aun así,
con perlúcidas alas, | | | | y al intentar hablar, mínima
y según su cuerpo una voz | | | | emiten, y realizan sus
leves lamentos con un estridor, | | | | y los techos, no las
espesuras frecuentan, y la luz odiando, | | | | de noche vuelan
y de la avanzada tarde tienen el nombre. |
415 | |
|
Atamante e Ino
| | Entonces en verdad por
toda Tebas de Baco memorable | | | | el numen era y las grandes
fuerzas del nuevo dios | | | | su tía materna narra por
todas partes, y de tantas hermanas, ajena | | | | ella sola al
dolor era: salvo al que le hicieron sus hermanas. | | | | Reparó
en ella -que por sus nacidos y el tálamo de Atamante
tenía |
420 | | | subidos los ánimos, y por su prohijado
numen- Juno, | | | | y no lo soportó, y para sí:
«¿Ha podido de una rival el nacido | | | | tornar a los meonios
marineros y en el piélago sumergirlos, | | | | y, para
que sean destrozadas, a su madre dar de su hijo las entrañas,
| | | | y a las triples Mineides cubrir con nuevas alas? |
425 | | | ¿Nada habrá podido Juno, sino no vengados llorar
sus dolores? | | | | ¿Y esto para mí bastante es? ¿Esta
sola la potencia nuestra es? | | | | Él mismo enseña
qué haga yo -lícito es también del enemigo
aprender-, | | | | y qué el furor pueda, de Penteo con
el asesinato bastante | | | | y de más ha mostrado: ¿por
qué no aguijonearle y que vaya |
430 | | | por los consanguíneos
ejemplos con sus propios furores Ino? | | | | Hay una vía
declive, nublada por el funesto tejo: | | | | lleva, a través
de mudos silencios, a las infiernas sedes; | | | | la Estige
nieblas exhala, inerte, y las sombras recientes | | | | descienden
allí y espectros que han cumplido con sus sepulcros:
|
435 | | | la palidez y el invierno poseen ampliamente esos lugares
espinosos y, nuevos, | | | | por dónde sea el camino,
los manes ignoran, el que lleva a la estigia | | | | ciudad,
dónde esté la fiera regia del negro Dis.
| | | | Mil entradas la capaz ciudad, y abiertas por todos lados
sus puertas | | | | tiene, y como los mares de toda la tierra
los ríos, |
440 | | | así todas las almas el lugar
acoge este, y no para pueblo | | | | alguno exiguo es, o que
una multitud ingresa, siente. | | | | Vagan exangües, sin
cuerpo y sin huesos, las sombras, | | | | y una parte el foro
frecuentan, parte los techos del más bajo tirano,
| | | | una parte algunas artes, imitaciones de su antigua vida,
|
445 | | | ejercen, a otra parte una condena coerce. | | | | Soporta
ir allí, su sede celeste dejada | | | | -tanto a sus odios
y a su ira daba-, la Saturnia Juno; | | | | adonde una vez que
entró y por su sagrado cuerpo oprimido | | | | gimió
el umbral, sus tres caras Cérbero sacó |
450 | | | y tres ladridos a la vez dio; ella a las Hermanas, | | | |
de la Noche engendradas, llama, grave e implacable numen:
| | | | de la cárcel ante las puertas cerradas con acero
estaban sentadas, | | | | y de sus cabellos peinaban negras serpientes.
| | | | A la cual una vez reconocieron entre las sombras de la
calina, |
455 | | | se pusieron de pie las diosas; Sede Maldita
se llama: | | | | sus entrañas ofrecía Titio para
ser desgarradas, y sobre nueve | | | | yugadas se extendía;
por ti, Tántalo, ningunas | | | | aguas pueden aprehenderse,
y el que asoma huye, ese árbol; | | | | o buscas o empujas
la que ha de retornar, Sísifo, roca; |
460 | | | se gira
Ixíon y a sí mismo se persigue y huye, | | | |
y las que preparar la muerte de sus primos osaron, | | | | asiduas
ondas, que perderán, vuelven a buscar, las Bélides.
| | | | A los cuales todos después
de que con una mirada torva la Saturnia | | | | vio y antes de
todos a Ixíon, de vuelta desde aquél |
465 | | | a Sísifo mirando: «¿Por qué éste, de
sus hermanos», dice, | | | | «perpetuos sufre castigos? A Atamante,
el soberbio, | | | | una regia rica le tiene, quien a mí,
con su esposa, siempre | | | | me ha despreciado», y expone las
causas de su odio y su camino | | | | y qué quiera: lo
que querría era que la regia de Cadmo |
470 | | | no siguiera
en pie y que a la fechoría arrastraran, a Atamante,
unos furores. | | | | Gobierno, promesas, súplicas confunde
en uno, | | | | y solivianta a las diosas: así, esto Juno
habiendo dicho, | | | | Tisífone, con sus canos cabellos,
como estaba, turbados, | | | | los movió y rechazó
de su cara las culebras que la estorbaban |
475 | | | y así:
«no de largos rodeos menester es», dijo; | | | | «hecho considera
cuanto ordenas; el inamable reino | | | | abandona y vuélvete
de un cielo mejor a las auras». | | | | Alegre regresa Juno,
a la cual, en el cielo a entrar disponiéndose, | | | | con roradas aguas lustró la Taumantíade Iris.
|
480 | | | Y sin demora Tisífone,
la importuna, humedecida de sangre | | | | toma una antorcha,
y de fluido crúor rojeciente | | | | se pone el manto,
y con una torcida sierpe se enciñe, | | | | y sale de
la casa. El Luto la acompaña a su paso | | | | y el Pavor
y el Terror y con tembloroso rostro la Insania. |
485 | | | En
el umbral se había apostado: las jambas que temblaron
se cuenta | | | | del Eolio, y una palidez inficionó las
puertas de arce, | | | | y el Sol del lugar huye. Ante esos prodigios,
aterrada la esposa, | | | | aterrado quedó Atamante, y
de su techo a salir se aprestaban: | | | | se opuso la infausta
Erinis y la entrada sitió, |
490 | | | y sus brazos distendiendo,
uncidos de viperinos nudos, | | | | su cabellera sacudió:
movidas sonaron las culebras, | | | | y parte yacen por sus hombros,
parte, alrededor de sus pechos resbaladas, | | | | silbidos dan
y suero vomitan y sus lenguas vibran. | | | | De ahí dos
serpientes sajó, de en medio de sus cabellos, |
495 | | | y con su calamitosa mano, las que había arrebatado,
les arrojó; mas ellas | | | | de Ino los senos, y de Atamante,
recorren | | | | y les insuflan graves alientos, y heridas a
sus miembros | | | | ningunas hacen: su mente es la que los siniestros
golpes siente. | | | | Había traído consigo también
portentos de fluente veneno, |
500 | | | de la boca de Cérbero
espumas, y jugos de Equidna, | | | | y desvaríos erráticos,
y de la ciega mente olvidos, | | | | y crimen y lágrimas
y rabia y de la sangría el amor, | | | | todo molido a
la vez, lo cual, con sangre mezclado reciente, | | | | había
cocido en un bronce cavo, revuelto con verde cicuta;
|
505 | | | y mientras espantados están ellos, vierte este veneno
de furia | | | | en el pecho de ambos y sus entrañas más
íntimas turba. | | | | Entonces, una antorcha agitando
por el mismo orbe muchas veces, | | | | alcanza con los fuegos,
velozmente movidos, los fuegos. | | | | Así, vencedora,
y de lo ordenado dueña, a los inanes |
510 | | | reinos
vuelve del gran Dis y se desciñe de la serpiente que
cogiera. | | | | En seguida el
Eólida furibundo en mitad de su corte | | | | clama: «Io,
compañeros, las redes tended en estos bosques. | | | | Aquí ahora con su gemela prole visto he a una leona»,
| | | | y, como de una fiera, sigue las huellas de su esposa,
amente, |
515 | | | y del seno de su madre, riendo y sus pequeños
brazos tendiéndole, | | | | a Learco arrebata, y dos y
tres veces por las auras | | | | al modo lo rueda de una honda,
y en una rígida roca su boca, | | | | que aún no
hablaba, despedaza feroz; entonces, en fin, excitada la madre,
| | | | -si el dolor esto hizo, o del veneno esparcido causa-,
|
520 | | | aúlla, y con los cabellos sueltos huye mal
sana, | | | | y a ti llevándote, pequeño, en sus
desnudos brazos, Melicertes: | | | | «Evohé, Baco», grita:
de Baco bajo el nombre Juno | | | | rio y: «Estos servicios te
preste a ti», dijo, «tu prohijado». | | | | Suspendida hay sobre
las superficies un risco; su parte inferior socavada está
|
525 | | | por los oleajes y a las ondas que cubre defiende de
las lluvias, | | | | la superior rígida está y
su frente a la abierta superficie extiende; | | | | se apodera
de él -fuerzas la insania le daba- Ino | | | | y a sí
misma sobre el ponto, sin que ningún temor la retarde,
| | | | se lanza y a su carga; golpeada la onda se encandeció.
|
530 | | | Mas Venus, de los sufrimientos
compadecida de su nieta, que no los merecía, | | | | así
al tío suyo enterneció: «Oh, numen de las aguas,
| | | | ante quien cedió, siguiente al del cielo, Neptuno,
el poder, | | | | grandes cosas, ciertamente, reclamo, pero tú
compadécete de los míos, | | | | que lanzados ves
en el Jonio inmenso, |
535 | | | y a los dioses añádelos
tuyos. Alguna también yo estima en el ponto tengo,
| | | | si es cierto que un día, en medio del profundo,
compacta | | | | espuma fui y mi griego nombre queda de ella».
| | | | Asiente a la que ruega Neptuno y arrebató de ellos
| | | | lo que mortal fue, y una majestad verenda |
540 | | | les
impuso y su nombre al mismo tiempo que su aspecto les innovó,
| | | | y con Leucotea, su madre, al dios Palemón llamó.
| | |
|
Las compañeras de Ino
| | Sus sidonias compañeras,
cuanto pudieron siguiendo | | | | las señales de sus pies,
en lo primero de la roca vieron, las más recientes,
| | | | y sin duda de su muerte cercioradas, a la Cadmeida casa
|
545 | | | con sus palmas hicieron duelo, rasgándose,
con la ropa, sus cabellos, | | | | y como poco justa y demasiado
con su rival cruel | | | | achares hicieron a la diosa; estos
reproches Juno | | | | no soportó y: «Os haré a
vosotras mismas máximos», dijo, | | | | «exponentes de
la crueldad mía»; el hecho a los dichos siguió.
|
550 | | | Pues la que principalmente había sido devota:
«Seguiré», dice, | | | | «a los estrechos a la reina»
y un salto al ir a dar, moverse | | | | a parte alguna no pudo
y al risco fija quedó adherida; | | | | otra, mientras
con el acostumbrado golpe intenta herir | | | | sus pechos, sintió
que los que lo intentaban quedaron rígidos, sus brazos;
|
555 | | | aquélla que las manos por azar había
tendido del mar a las ondas, | | | | en piedra vuelta, las manos
a las mismas ondas alarga; | | | | de una, cuando arrebataba
y rasgaba de su cabeza su pelo, | | | | endurecidos súbitamente
los dedos en el pelo vieras: | | | | en el gesto en que cada
una sorprendida fue, se queda en él. |
560 | | | Parte
aves se hicieron; las que ahora también en la garganta
aquella | | | | las superficies cortan con lo extremo de sus
alas, las Isménides. | | |
|
Cadmo y Harmonía
| | Desconoce el Agenórida
que su nacida y su pequeño nieto | | | | de la superficie
son dioses; por el luto y la sucesión de sus males
| | | | vencido, y por los ostentos que numerosos había
visto, sale, |
565 | | | su fundador, de la ciudad suya, como
si la fortuna de esos lugares, | | | | no la suya lo empujara,
y por su largo vagar llevado, | | | | alcanza las ilíricas
fronteras con su prófuga esposa. | | | | Y ya de males
y de años cargados, mientras los primeros hados
| | | | coligen de su casa, y repasan en su conversación
sus sufrimientos: |
570 | | | «¿Y si sagrada aquella serpiente
atravesada por mi cúspide», | | | | Cadmo dice, «fuera,
entonces, cuando de Sidón saliendo | | | | sus vipéreos
dientes esparcí por la tierra, novedosas simientes?
| | | | A la cual, si el celo de los dioses con tan certera ira
vindica, | | | | yo mismo, lo suplico, como serpiente sobre mi
largo vientre me extienda», |
575 | | | dijo, y como serpiente
sobre su largo vientre se tiende | | | | y a su endurecida piel
que escamas le crecen siente | | | | y que su negro cuerpo se
variega con azules gotas | | | | y sobre su pecho cae de bruces,
y reunidas en una sola, | | | | poco a poco se atenúan
en una redondeada punta sus piernas. |
580 | | | Los brazos ya
le restan: los que le restan, los brazos tiende | | | | y con
lágrimas por su todavía humana cara manando:
| | | | «Acércate, oh, esposa, acércate, tristísima»,
dijo, | | | | «y mientras algo queda de mí, me toca, y
mi mano | | | | coge, mientras mano es, mientras no todo lo ocupa
la serpiente». |
585 | | | Él sin duda quiere más
decir, pero su lengua de repente | | | | en partes se hendió
dos, y no las palabras al que habla | | | | abastan, y cuantas
veces se dispone a decir lamentos | | | | silba: esa voz a él
su naturaleza le ha dejado. | | | | Sus desnudos pechos con la
mano hiriendo exclama la esposa: |
590 | | | «Cadmo, espera, desdichado,
y despójate de estos prodigios. | | | | Cadmo, ¿Qué
esto, dónde tu pie, dónde están tus
brazos y manos | | | | y tu color y tu faz y, mientras hablo,
todo? ¿Por qué no | | | | a mí también,
celestes, en la misma sierpe me tornáis?». | | | | Había
dicho, él de su esposa lamía la cara, |
595 | | | y a sus senos queridos, como si los reconociera, iba,
| | | | y le daba abrazos y su acostumbrado cuello buscaba.
| | | | Todo el que está presente -estaban presentes los
cortesanos- se aterra; mas ella | | | | los lúbricos cuellos
acaricia del crestado reptil | | | | y súbitamente dos
son y, junta su espiral, serpean, |
600 | | | hasta que de un
vecino bosque a las guaridas llegaron. | | | | Ahora también,
ni huyen del hombre ni de herida le hieren, | | | | y qué
antes habían sido recuerdan, plácidos, los
reptiles. | | |
|
Perseo y Atlas
| | Pero aun así a ambos
consuelos grandes de su tornada | | | | figura su nieto les había
dado, a quien, por él debelada, honraba |
605 | | | la
India, a quien celebraba la Acaya en los templos a él
puestos. | | | | Sólo el Abantíada, de su mismo
origen creado, | | | | Acrisio, queda, que de las murallas lo
aleje de la ciudad | | | | de Argos y contra el dios lleve las
armas; y su estirpe | | | | no cree que sea de dioses; pues tampoco
de Júpiter ser creía |
610 | | | a Perseo, a quien
Dánae había concebido de pluvial oro. | | | | Pronto,
aun así, a Acrisio -tan grande es la presencia de
la verdad- | | | | tanto haber ultrajado al dios como no haber
reconocido a su nieto | | | | le pesa: impuesto ya en el cielo
está el uno, mas el otro, | | | | devolviendo el despojo
memorable del vipéreo portento, |
615 | | | el aire tierno
rasgaba con sus estridentes alas, | | | | y cuando sobre las
líbicas arenas, vencedor, estaba suspendido, | | | | de
la cabeza de la Górgona unas gotas cayeron cruentas,
| | | | que, por ella recogidas, la tierra animó en forma
de variegadas serpientes, | | | | de ahí que concurrida
ella está, e infesta esa tierra de culebras. |
620 | | | Desde ahí, a través
del infinito por vientos discordes llevado, | | | | ahora aquí
ahora allí, al ejemplo de la nube acuosa | | | | se mueve,
y de la alta superficie retiradas largamente | | | | contempla
las tierras y todo sobrevuela el orbe. | | | | Tres veces las
heladas Ursas, tres veces del cangrejo los brazos ve, |
625 | | | muchas veces para los ocasos, muchas veces es arrebatado
a los ortos, | | | | y ya cayendo el día, temiendo confiarse
a la noche, | | | | se posó, reinos de Atlas, en el Vespertino
círculo, | | | | y un exiguo descanso busca mientras el
Lucero los fuegos | | | | convoque de la Aurora, y la Aurora
los carros diurnos. |
630 | | | Aquí, de los hombres a
todos con su ingente cuerpo superando, | | | | el Japetiónida
Atlas estuvo: la última de las tierras | | | | bajo el
rey este, y el ponto estaba, que a los jadeantes caballos
| | | | del Sol sus superficies somete y acoge sus fatigados
ejes. | | | | Mil greyes para él y otras tantas vacadas
por sus hierbas |
635 | | | erraban y su tierra vecindad ninguna
oprimía; | | | | las arbóreas frondas, que de su
oro radiante brillaban, | | | | de oro sus ramas, de oro sus
frutos, cubrían. | | | | «Huésped», le dice Perseo
a él, «si a ti la gloria te conmueve | | | | de un linaje
grande, del linaje mío Júpiter el autor;
|
640 | | | o si eres admirador de las gestas, admirarás las
de nos; | | | | hospedaje y descanso busco». Memorioso él
de la vetusta | | | | ventura era -Temis esta ventura le había
dado, la Parnasia-: | | | | «Un tiempo, Atlas, vendrá
en el que será expoliado de su oro el árbol
| | | | tuyo, y del botín el título este de Júpiter
un nacido tendrá». |
645 | | | Esto temiendo, con sólidos
montes sus pomares había cerrado | | | | Atlas, y a un
vasto reptil los había dado a guardar, | | | | y alejaba
de sus fronteras a los extraños todos. | | | | A éste
también: «Márchate fuera, no sea que lejos
la gloria de las gestas | | | | que finges», dijo, «lejos de
ti Júpiter quede», |
650 | | | y fuerza a sus amenazas
añade, y con sus manos expulsar intenta | | | | al que
tardaba y al que con las plácidas mezclaba fuertes
palabras. | | | | En fuerzas inferior -pues quién parejo
sería de Atlas | | | | a las fuerzas-: «Mas, puesto que
poco para ti la estima nuestra vale, | | | | coge este regalo»,
dice, y de la izquierda parte, él mismo |
655 | | | de
espalda vuelto, de Medusa la macilenta cara le sacó.
| | | | Cuan grande él era, un monte se hizo Atlas: pues
la barba y la melena | | | | a ser bosques pasan, cimas son sus
hombros y brazos, | | | | lo que cabeza antes fue, es en lo alto
del monte cima, | | | | los huesos piedra se hacen; entonces,
alto, hacia partes todas |
660 | | | creció al infinito,
así los dioses lo establecisteis, y todo | | | | -con
tantas estrellas- el cielo, descansó en él.
| | |
|
Perseo y Andrómeda
| | Había encerrado
el Hipótada en su eterna cárcel a los vientos
| | | | e, invitador a los quehaceres, clarísimo en el
alto cielo, | | | | el Lucero había surgido: con sus alas
retomadas ata él |
665 | | | por ambas partes sus pies
y de su arma arponada se ciñe | | | | y el fluente aire,
movidos sus talares, hiende. | | | | Gentes innumerables alrededor
y debajo había dejado: | | | | de los etíopes los
pueblos y los campos cefeos divisa. | | | | Allí, sin
ella merecerlo, expiar los castigos de la lengua |
670 | | | de
su madre a Andrómeda, injusto, había ordenado
Amón; | | | | a la cual, una vez que a unos duros arrecifes
atados sus brazos | | | | la vio el Abantíada -si no porque
una leve brisa le había movido | | | | los cabellos, y
de tibio llanto manaban sus luces, | | | | de mármol una
obra la habría considerado-, contrae sin él
saber unos fuegos |
675 | | | y se queda suspendido y, arrebatado
por la imagen de la vista hermosura, | | | | casi de agitar se
olvidó en el aire sus plumas. | | | | Cuando estuvo de
pie: «Oh», dijo, «mujer no digna, de estas cadenas, | | | | sino
de esas con las que entre sí se unen los deseosos
amantes, | | | | revélame, que te lo pregunto, el nombre
de tu tierra y el tuyo |
680 | | | y por qué ataduras llevas».
Primero calla ella y no se atreve | | | | a dirigirse a un hombre,
una virgen, y con sus manos su modesto | | | | rostro habría
tapado si no atada hubiera estado; | | | | sus luces, lo que
pudo, de lágrimas llenó brotadas. | | | | Al que
más veces la instaba, para que delitos suyos confesar
|
685 | | | no pareciera que ella no quería, el nombre
de su tierra y el suyo, | | | | y cuánta fuera la arrogancia
de la materna hermosura | | | | revela, y todavía no recordadas
todas las cosas, la onda | | | | resonó, y llegando un
monstruo por el inmenso ponto | | | | se eleva sobre él
y ancha superficie bajo su pecho ocupa. |
690 | | | Grita
la virgen: su genitor lúgubre, y a la vez | | | | su madre
está allí, ambos desgraciados, pero más
justamente ella, | | | | y no consigo auxilio sino, dignos del
momento, sus llantos | | | | y golpes de pecho llevan y en el
cuerpo atado están prendidos, | | | | cuando así
el huésped dice: «De lágrimas largos tiempos
|
695 | | | quedar a vosotros podrían; para ayuda prestarle
breve la hora es. | | | | A ella yo, si la pidiera, Perseo, de
Júpiter nacido y de aquélla | | | | a la que encerrada
llenó Júpiter con fecundo oro, | | | | de la Górgona
de cabellos de serpiente, Perseo, el vencedor, y el que sus
alas | | | | batiendo osa ir a través de las etéreas
auras, |
700 | | | sería preferido a todos ciertamente
como yerno; añadir a tan grandes | | | | dotes también
el mérito, favorézcanme sólo los dioses,
intento: | | | | que mía sea salvada por mi virtud, con
vosotros acuerdo». | | | | Aceptan su ley -pues quién
lo dudaría- y suplican | | | | y prometen encima un reino
como dote los padres. |
705 | | | He
aquí que igual que una nave con su antepuesto espolón
lanzada | | | | surca las aguas, de los jóvenes por los
sudorosos brazos movida: | | | | así la fiera, dividiendo
las ondas al empuje de su pecho, | | | | tanto distaba de los
riscos cuanto una baleárica honda, | | | | girado el
plomo, puede atravesar de medio cielo, |
710 | | | cuando súbitamente
el joven, con sus pies la tierra repelida, | | | | arduo hacia
las nubes salió: cuando de la superficie en lo alto
| | | | la sombra del varón avistada fue, en la avistada
sombra la fiera se ensaña, | | | | y como de Júpiter
el ave, cuando en el vacío campo vio, | | | | ofreciendo
a Febo sus lívidas espaldas, un reptil, |
715 | | | se
apodera de él vuelto, y para que no retuerza su salvaje
boca, | | | | en sus escamosas cervices clava sus ávidas
uñas, | | | | así, en rápido vuelo lanzándose
en picado por el vacío, | | | | las espaldas de la fiera
oprime, y de ella, bramante, en su diestro ijar | | | | el Ináquida
su hierro hasta su curvo arpón hundió.
|
720 | | | Por su herida grave dañada, ora sublime a las auras
| | | | se levanta, ora se somete a las aguas, ora al modo de
un feroz jabalí | | | | se revuelve, al que el tropel
de los perros alrededor sonando aterra. | | | | Él los
ávidos mordiscos con sus veloces alas rehúye
| | | | y por donde acceso le da, ahora sus espaldas, de cóncavas
conchas por encima sembradas, |
725 | | | ahora de sus lomos las
costillas, ahora por donde su tenuísima cola | | | | acaba
en pez, con su espada en forma de hoz, hiere. | | | | El monstruo,
con bermellón sangre mezclados, oleajes | | | | de su boca
vomita; se mojaron, pesadas por la aspersión, sus
plumas, | | | | y no en sus embebidos talares más allá
Perseo osando |
730 | | | confiar, divisó un risco que
con lo alto de su vértice | | | | de las quietas aguas
emerge: se cubre con el mar movido. | | | | Apoyado en él
y de la peña sosteniendo las crestas primeras con
su izquierda, | | | | tres veces, cuatro veces pasó por
sus ijares, una y otra vez buscados, su hierro. | | | | Los litorales
el aplauso y el clamor llenaron, y las superiores |
735 | | |
moradas de los dioses: gozan y a su yerno saludan | | | | y auxilio
de su casa y su salvador le confiesan | | | | Casíope
y Cefeo, el padre; liberada de sus cadenas | | | | avanza la
virgen, precio y causa de su trabajo. | | | | Él sus manos
vencedoras agua cogiendo lustra, |
740 | | | y con la dura arena
para no dañar la serpentífera cabeza, | | | | mulle
la tierra con hojas y, nacidas bajo la superficie, unas ramas
| | | | tiende, y les impone de la Forcínide Medusa la
cabeza. | | | | La rama reciente, todavía viva, con su
bebedora médula | | | | fuerza arrebató del portento
y al tacto se endureció de él |
745 | | | y percibió
un nuevo rigor en sus ramas y fronda. | | | | Mas del piélago
las ninfas ese hecho admirable ensayan | | | | en muchas ramas,
y de que lo mismo acontezca gozan, | | | | y las simientes de
aquéllas iteran lanzadas por las ondas: | | | | ahora
también en los corales la misma naturaleza permaneció,
|
750 | | | que dureza obtengan del aire que tocan, y lo que
| | | | mimbre en la superficie era, se haga, sobre la superficie,
roca. | | | | Para dioses tres él
otros tantos fuegos de césped pone; | | | | el izquierdo
para Mercurio, el diestro para ti, belicosa virgen, | | | | el
ara de Júpiter la central es; se inmola una vaca a
Minerva, |
755 | | | al de pies alados un novillo, un toro a ti,
supremo de los dioses. | | | | En seguida a Andrómeda,
sin dote, y las recompensas de tan gran | | | | proeza arrebata:
sus teas Himeneo y Amor | | | | delante agitan, de largos aromas
se sacian los fuegos | | | | y guirnaldas penden de los techos,
y por todos lados liras |
760 | | | y tibia y cantos, del ánimo
alegre felices | | | | argumentos, suenan; desatrancadas sus
puertas los áureos | | | | atrios todos quedan abiertos,
y con bello aparato instruidos | | | | los cefenios próceres
entran en los convites del rey. | | | | Después
de que, acabados los banquetes, con el regalo de un generoso
baco |
765 | | | expandieron sus ánimos, por el cultivo
y el hábito de esos lugares | | | | pregunta el Abantíada;
al que preguntaba en seguida el único | | | | [narra el
Lincida las costumbres y los hábitos de sus hombres];
| | | | el cual, una vez lo hubo instruido: «Ahora, oh valerosísimo»,
dijo, | | | | «di, te lo suplico, Perseo, con cuánta virtud
y por qué |
770 | | | artes arrebataste la cabeza crinada
de dragones». | | |
|
Perseo y Medusa
| | Narra el Agenórida
que bajo el helado Atlas yacente | | | | hay un lugar, seguro
por la defensa de su sólida mole; | | | | que de él
en la avenida habitaron las gemelas hermanas | | | | Fórcides,
que compartían de una sola luz el uso; |
775 | | | que
de éste él, con habilidosa astucia, furtivamente,
mientras se lo traspasan, | | | | se apoderó, poniendo
debajo su mano; y que a través de unas roquedas lejos
| | | | escondidas, y desviadas, y erizadas de espesuras fragosas
| | | | alcanzó de las Górgonas las casas, y que
por todos lados, a través de los campos | | | | y a través
de las rutas, vio espectros de hombres y de fieras |
780 | | | que, de su antiguo ser, en pedernal convertidos fueron al
ver a la Medusa. | | | | Que él, aun así, de la
horrenda Medusa la figura había contemplado | | | | en
el bronce repercutido del escudo que su izquierda llevaba,
| | | | y mientras un grave sueño a sus culebras y a ella
misma ocupaba | | | | le arrancó la cabeza de su cuello,
y que, por sus plumas fugaz, |
785 | | | Pégaso, y su hermano,
de la sangre de su madre nacidos fueron. | | | | Añadió
también de su largo recorrido los no falsos peligros,
| | | | qué estrechos, que tierras bajo sí había
visto desde el alto, | | | | y qué estrellas había
tocado agitando sus alas; | | | | antes de lo deseado calló,
aun así; toma la palabra uno |
790 | | | del número
de los próceres preguntando por qué ella sola
de sus hermanas | | | | llevaba entremezcladas alternas sierpes
con sus cabellos. | | | | El huésped dice: «Puesto que
saber deseas cosas dignas de relato, | | | | recibe de lo preguntado
la causa. Clarísima por su hermosura | | | | y de muchos
pretendientes fue la esperanza envidiada |
795 | | | ella, y en
todo su ser más atractiva ninguna parte que sus cabellos
| | | | era: he encontrado quien haberlos visto refiera. | | | | A
ella del piélago el regidor, que en el templo la pervirtió
de Minerva, | | | | se dice: tornóse ella, y su casto
rostro con la égida, | | | | la nacida de Júpiter,
se tapó, y para que no esto impune quedara, |
800 | | | su pelo de Górgona mutó en indecentes hidras.
| | | | Ahora también, cuando atónitos de espanto
aterra a sus enemigos, | | | | en su pecho adverso, las que hizo,
sostiene a esas serpientes. | | |
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