 Libro quinto
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Perseo y Fineo
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Y mientras estas cosas, de
los cefenos en medio del grupo, de Dánae | | | | el héroe conmemora, de una bronca multitud los reales
| | | | atrios se llenan, y el que unas conyugales | | | | fiestas
cante no es su clamor, sino el que anuncie fieras armas,
| | | | y en repentinos tumultos los convites tornados, |
5 | | |
asemejarlos a un estrecho podrías, al que, quieto,
la salvaje | | | | rabia de los vientos removiendo sus ondas
exaspera. | | | | Primero entre ellos, Fineo, de esa guerra el
temerario autor, | | | | agitando un astil de fresno con cúspide
de bronce: | | | | «Heme aquí», dice, «heme aquí
de mi esposa antes de tiempo arrebatada vengador; |
10 | | | y
ni de mí a ti tus plumas, ni en falso oro tornado
| | | | Júpiter te arrebatará». A él, que
intentaba disparar, Cefeo: | | | | «¿Qué haces?», exclama,
«¿Qué cabeza a ti, germano, | | | | enloquecido, te mueve
a este delito? ¿No es por unos tan grandes méritos
que esta gracia | | | | se devuelve? ¿Con esta dote la vida de
la rescatada pagas? |
15 | | | La cual a ti, no Perseo, la verdad
si buscas, te quita, | | | | sino de las Nereidas el grave numen,
sino el cornado Amón, | | | | sino el monstruo del ponto
que de las entrañas venía | | | | a saciarse mías;
en ese tiempo a ti arrebatada te fue, | | | | en el que a morir
iba, a no ser que, cruel, esto precisamente |
20 | | | exijas,
que muera, y que tú con el luto te consueles nuestro.
| | | | Claro que no bastante es que, tú mirando, haya
sido desatada, | | | | y que ninguna ayuda tú, su tío
o su prometido, le prestaste: | | | | ¿encima, de que por un
otro haya sido salvada te dolerás, | | | | y sus premios
le arrebatarás? Ellos si a ti grandes te parecen, |
25 | | | de aquellos escollos donde fijos estaban los hubieses
buscado. | | | | Ahora deja que quien la buscó, por quien
no es huérfana esta vejez, | | | | se lleve lo que por
sus méritos y con la voz se ha pactado, y que él
| | | | no a ti, sino a una cierta muerte antepuesto fue, entiende».
| | | | Él nada repuso, sino que tanto a él como
a Perseo con rostro |
30 | | | alternativo mirando, si acuda a
éste ignora o a aquél, | | | | y demorándose
brevemente, blandida con las fuerzas su asta | | | | cuantas
la ira le daba, inútilmente, a Perseo le manda.
| | | | Cuando quedó de pie ella en el diván, de
los cobertores entonces por fin Perseo | | | | saltó y,
esa arma devolviéndole, feroz, su enemigo |
35 | | | pecho
le hubiera roto si no tras los altares Fineo | | | | se hubiese
ido, y, cosa indigna, a un maldito le fue de provecho un
ara. | | | | En la frente, aun así, de Reto, no defraudada
su cúspide se clavó, | | | | el cual, después
que cayó y el hierro de su hueso fue arrancado,
| | | | convulsiona, y asperja de sangre las puestas mesas.
|
40 | | | Entonces en verdad arde la masa en indómitas iras
| | | | y sus dardos allí concentran, y hay quienes que
Cefeo dicen, | | | | con su yerno, debe morir; pero del umbral
de su morada | | | | había salido Cefeo, poniendo por
testigos el derecho, la lealtad, | | | | y del hospedaje a los
dioses, de que aquello con su prohibición se promovía. |
45 | | | La bélica Palas
asiste y protege con su égida a su hermano | | | | y le
da ánimos. Había un indo, Atis, a quien de
la corriente del Ganges | | | | una nacida, Limnee, bajo sus vítreas
ondas había parido | | | | según se cree, egregio
por su hermosura, que con su rico atavío | | | | él
acrecía, todavía íntegro en sus dos
veces octavos años, |
50 | | | vistiendo clámide
tiria, que una orla recorría | | | | áurea; ornaban
gargantillas de oro su cuello | | | | y, rezumantes de mirra,
un curvado pasador sus cabellos; | | | | él ciertamente,
lanzándoles la jabalina, cosas, aun distantes, | | | | en atravesar docto era, pero en tender más docto
los arcos. |
55 | | | Entonces también a él, que
con flexible mano doblaba los cuernos, Perseo | | | | con un
palo que en medio puesto del ara humeaba | | | | lo derribó,
y entre sus quebrados huesos confundió su cara. | | | | A él, cuando su alabado rostro agitando en la sangre
| | | | el asirio lo vio Licabante, unidísimo a él
|
60 | | | y su compañero y de su verdadero amor no disimulador,
| | | | después que al que exhalaba la vida bajo su amarga
herida | | | | lloró, a Atis, esos arcos que él
había tensado | | | | arrebató y: «Conmigo sean
tus combates», dijo, | | | | «y no largo te alegrarás
del hado de un muchacho, por el que más |
65 | | | deshonra
que gloria tienes». Esto todo todavía no | | | | había
dicho: rieló de su nervio un penetrante dardo, | | | | y, evitado, aun así, de su ondulado vestido quedó
colgando. | | | | Torna contra él su arpón, contemplado
en la muerte de Medusa, | | | | el Acrisioníada, y lo
entra en su pecho; mas él, |
70 | | | ya muriendo, con
ojos que nadaban bajo una noche negra | | | | alrededor buscó
a Atis, y se inclinó hacia él, | | | | y se llevó
a los manes los consuelos de su unida muerte. | | | | He
aquí que el sienita Forbas, nacido de Metíon,
| | | | y el libio Anfimedonte, ávidos de acometer la
lucha, |
75 | | | con la sangre con la que ampliamente la tierra
humedecida se templaba | | | | habían caído resbalando;
al levantarse se lo impide una espada, | | | | del uno en su
costado, de Forbas en la garganta traspasada. | | | | Mas no al
Actórida Érito, cuya arma una ancha | | | | segur
bifronte era, Perseo busca acercándole su espada,
sino que, con altos |
80 | | | relieves protuberante y por el
peso de su mucha masa | | | | ingente, con las dos manos levanta
una cratera, | | | | y se la estrella al hombre; vomita él
rútilo crúor, | | | | y hacia atrás cayendo
la tierra con su moribunda cabeza golpea. | | | | Después
a Polidegmon, de la sangre de Semíramis nacido, |
85 | | | y al caucasio Ábaris y al Esperquionida Liceto
| | | | e intonso de pelo a Hélice, y a Flegias y a Clito
| | | | abate y los erigidos montones de murientes pisa. | | | | Y
Fineo, no osando correr cuerpo a cuerpo hacia su enemigo,
| | | | blande una jabalina: a ella su vagar hizo caer en Ida,
|
90 | | | que no participaba, en vano, en esa guerra, y ninguna
de las dos armas seguía. | | | | Él, vigilando
con ojos torvos al inclemente Fineo: | | | | «Visto que sin duda
a los partidos», dice, «se me arrastra, recibe Fineo | | | |
el enemigo que tú has hecho y paga con esta herida
la herida». | | | | Y ya cuando iba a devolver, sacado de su
herida, el dardo, |
95 | | | sobre sus miembros cayó desplomado,
de sangre faltos. | | | | También
entonces, después del rey cefeno el primero Hodita
| | | | por la espada yace de Clímeno; a Protoénor
lo abate Hipseo, | | | | a Hipseo el Lincida. Estuvo también
el muy anciano entre ellos | | | | Ematión, de lo justo
amante y temeroso de los dioses, |
100 | | | el cual, puesto que
le prohíben sus años combatir, hablando | | | | lucha, y avanza, y las criminales armas maldice; | | | | a él
Cromis, abrazado con temblorosas palmas a los altares,
| | | | le tajó con la espada la cabeza, la cual hacia delante
cayó al ara, | | | | y allí con su casi exánime
lengua palabras execratorias |
105 | | | dejó salir y en
medio de los fuegos expiró su aliento. | | | | Después
de eso los gemelos hermanos Broteas y Amón, con los
cestos | | | | invictos -si vencerse pudieran con los cestos
las espadas-, | | | | de Fineo por mano cayeron, y de Ceres el
sacerdote | | | | Ámpico, velado en sus sienes por la
blanqueciente cinta. |
110 | | | Tú también Lampétida,
que no debiste ser tomado para estos servicios, | | | | sino
quien, de la paz obra, la cítara al par de la voz
movías, | | | | encargado habías sido de celebrar
los manjares y la fiesta cantando; | | | | al cual, lejos retirado
y el plectro no belicoso sosteniendo, | | | | Pétalo,
burlándose: «A los estigios manes cántales»,
dijo, |
115 | | | «el resto», y en la izquierda sien su punta le
clavó; | | | | cayó, y con dedos moribundos él
vuelve a tocar | | | | los hilos de la lira y por acaso fue triste
canción, la suya. | | | | Y no deja que éste impunemente
haya caído, feroz, Licormas, | | | | y arrebatando del
diestro poste el robusto cerrojo |
120 | | | contra los huesos
de la mitad de su cerviz lo estrelló, mas él
| | | | se postró en tierra, de un novillo inmolado a
la manera. | | | | Arrancar intentaba también del poste
izquierdo el roble | | | | el cinifio Pélates: intentándolo,
su derecha atravesada fue | | | | por la cúspide del marmárida
Córito y con el leño se quedó prendido;
|
125 | | | allí sujeto su costado vació Abante,
y no se derrumbó él, | | | | sino que del poste
que le retenía, muriendo, su mano colgaba. | | | | Tendido
está también Melaneo, de los cuarteles de Perseo
seguidor, | | | | y riquísimo en campo nasamoníaco
Dórilas, | | | | el rico en campo Dórilas, que
él no había poseído otro |
130 | | | más
extensión, o los mismos elevaba montones de incienso.
| | | | En su ingle, oblicuamente, un disparado hierro se le
quedó apostado: | | | | mortífero ese lugar; al
cual, después que de su herida el autor, | | | | estertorando
su aliento y volviendo sus luces, le vio, | | | | el bactrio
Halcioneo: «Eso que oprimes», dice, «ten, |
135 | | | de tantos
campos, de tierra» y su cuerpo exangüe abandonó.
| | | | Blande contra éste su astil, de la caliente herida
arrebatada, | | | | vengador, el Abantíada; la cual, en
mitad de la nariz recibida | | | | por su nuca atravesó
y por ambas partes sobresale; | | | | y mientras a su mano la
fortuna favorece, a Clitio y Clanis, |
140 | | | en una madre
engendrados sola, con una opuesta herida derribó,
| | | | pues a través de los dos muslos de Clitio, blandido
con su grave | | | | brazo, un fresno hizo pasar; una jabalina
Clanis con la boca mordió. | | | | Cayó también
Celadón el mendesio, cayó Astreo, | | | | de madre
palestina, de dudoso padre creado, |
145 | | | y Etíon,
sagaz en otro tiempo para el porvenir ver, | | | | entonces engañado
por un ave falsa, y Toactes, del rey | | | | el armero, e infame
por haber asesinado a su genitor Agirtes. | | | | Más,
aun así, que lo concluido queda; y puesto que de todos
el deseo | | | | el de a uno solo aplastar es, conjuradas de
todas partes pugnan |
150 | | | tropas por la causa que el mérito
y la palabra dada impugna; | | | | por esta parte el suegro,
en vano piadoso, y la nueva esposa | | | | con su genetriz apoyan,
y con sus alaridos los atrios llenan, | | | | pero el sonido
de las armas los supera, y los gemidos de los que están
cayendo, | | | | y una vez manchados de ella, con mucha sangre
Belona |
155 | | | sus penates anega, y renovados combates mezcla.
| | | | Rodean a uno solo Fineo
y los mil que siguen | | | | a Fineo: los dardos vuelan, que
el invernal granizo más numerosos, | | | | cerca de ambos
costados y cerca de su luz y sus orejas. | | | | Acopla él
sus hombros a las rocas de una gran columna, |
160 | | | y seguras
las espaldas teniendo y a las adversas tropas vuelto, | | | | resiste a los que le acosan: le acosaba por la parte siniestra
| | | | el caonio Molpeo, por la diestra el nabateo Equemon.
| | | | Como una tigresa al oír en los extremos de un
valle los mugidos | | | | de dos manadas, aguijoneada por el
hambre, |
165 | | | no sabe a cuál de ambos mejor lanzarse
y por lanzarse arde a ambos, | | | | así dudoso Perseo
de si a diestra o a izquierda irse, | | | | a Molpeo con una
herida atravesando la pierna aparta, | | | | y contento con su
huida quedó, puesto que no le da tiempo Etemon,
| | | | sino que enloquecido está; y, ansiando hacerle heridas
en lo alto de su cuello, |
170 | | | con no circunspectas fuerzas
lanzando la espada | | | | la rompió, y en la externa
parte de la columna golpeada | | | | la lámina saltó
despedida y de su dueño en la garganta se clavó.
| | | | No, aun así, para la muerte causas bastante vigorosas
aquella | | | | llaga le dio; tembloroso, y sus inertes brazos
en vano |
175 | | | tendiendo, Perseo lo perforó con su
cilénida alfanje. | | | | Pero
cuando su virtud a la multitud sucumbir vio: | | | | «Auxilio»,
Perseo dijo, «puesto que así lo forzáis | | | | vosotros mismos, del enemigo buscaré: los rostros
volved vuestros, | | | | si algún amigo hay presente»
y de la Górgona sacó la cara. |
180 | | | «Busca
a otro a quien impresionen tus oráculos», dijo | | | | Téscelo, y cuando con su mano una jabalina fatal
se preparaba | | | | a mandar, en ese gesto quedó, estatua
de mármol. | | | | Próximo a él Ámplice,
plenísimo de su magno ánimo, | | | | el pecho del
Lincida busca: y en el buscarle |
185 | | | su derecha se arreció
y no más acá se movió ni más
allá. | | | | Mas Nileo, el que engendrado del séptuple
Nilo | | | | se había mentido y en su escudo incluso sus
corrientes siete, | | | | en plata en parte, en parte había
cincelado en oro: | | | | «Contempla», dice, «Perseo, los primordios
de nuestra familia: |
190 | | | grandes consuelos te llevarás
a las tácitas sombras de la muerte | | | | por tan gran
hombre al haber caído»; la parte última de
su voz | | | | en mitad de su sonido quedó suprimida y,
entreabierta, querer | | | | su boca hablar creerías,
y no es ella transitable a las palabras. | | | | Les increpa
a ellos Érice y: «Por falta de ánimo, no por
sus fuerzas |
195 | | | de Górgona», dice, «estáis
paralizados; atacadle conmigo | | | | y postrad en tierra a ese
joven que mágicas armas mueve». | | | | A atacarle iba:
retuvo sus plantas la tierra | | | | e inmovilizado sílice
permaneció su armada imagen. | | | | Ellos, aun así,
por cuanto habían merecido los castigos tuvieron,
pero uno solo |
200 | | | el soldado era de Perseo: por él
mientras lucha, Aconteo, | | | | la Górgona contemplando,
en una surgida roca se consolidó; | | | | a él,
creyendo Astíages que todavía vivía,
con su larga | | | | espada lo hiere: resonó con tintineos
agudos la espada. | | | | Mientras queda suspendido Astíages
la naturaleza contrajo misma |
205 | | | y en su marmórea
cara permanece su rostro de asombro. | | | | Larga demora es
los nombres de la mitad de esa muchedumbre de varones | | | |
decir: dos veces cien cuerpos restaban al combate, | | | | la
Górgona al ver, dos veces cien cuerpos se arreciaron.
| | | | Se arrepiente entonces al
cabo Fineo de su injusta guerra, |
210 | | | pero ¿qué
puede hacer? Los simulacros ve en diversas posturas, | | | |
y reconoce a los suyos, y por su nombre cada uno llamado,
| | | | le reclama ayuda y, creyéndolo poco, los cuerpos
a sí próximos | | | | toca: mármol eran;
se aparta y así suplicante | | | | sus confesas manos
y oblicuos sus brazos tendiéndole: |
215 | | | «Vences»,
dice, «Perseo. Aparta tus prodigios, y el petrificador
| | | | rostro quita de quien quiera que ella sea, tu Medusa:
| | | | quítalo. No a nos el odio y del poder el deseo
| | | | nos ha impulsado a esta guerra; por una esposa movimos
las armas. | | | | La causa fue tuya por sus méritos mejor,
por su tiempo la nuestra: |
220 | | | no haber cedido me pesa:
nada, oh valerosísimo, excepto | | | | este aliento concédeme;
tuyo lo demás sea». | | | | Al que tal decía y
no a él, a quien con su voz rogaba, | | | | a mirar se
atrevía: «Lo que yo», dice, «temerosísimo Fineo,
| | | | sí puedo otorgarte y un gran regalo es para un
hombre inerte, |
225 | | | deja tu miedo, te otorgaré:
ningún hierro te hará violencia; | | | | pero además
te daré un recordatorio que permanecerá por
los siglos, | | | | y en la casa del suegro siempre se te contemplará,
del nuestro, | | | | para que se solace mi esposa de su prometido
con la imagen». | | | | Dijo y a la parte trasladó a la
Forcínide a aquella |
230 | | | a la que Fineo con su temblorosa
cara se había vuelto. | | | | Entonces también,
al que intentaba sus luces tornar, el cuello | | | | se arreció,
y, en roca, de sus ojos el humor se endureció, | | | | pero aun así su cara temerosa y su rostro, en mármol
suplicante, | | | | y sus sumisas manos y su faz culpable permaneció.
|
235 | |
|
Otras hazañas de Perseo
| | Vencedor el Abantíada
en las murallas patrias con su esposa | | | | entra y de un padre
defensor y vengador, que no lo merecía, | | | | ataca
a Preto: pues puesto en fuga su hermano mediante las armas,
| | | | Preto se había apoderado de los acrisióneos
recintos. | | | | Pero ni con la ayuda de las armas ni con el
que mal había capturado, el recinto, |
240 | | | las torvas
luces superó del prodigio portador de culebras. | | | | A ti, aun así, oh de
la pequeña Serifos regidor, Polidectes, | | | | ni de
este joven la virtud, a través de tantas pruebas contemplada,
| | | | ni sus desgracias te habían ablandado, sino que
un inexorable odio, | | | | duro de ti, ejerces y un final en
tu injusta ira no hay. |
245 | | | Detractas incluso su gloria
y fingida de Medusa | | | | arguyes que es la muerte. «Te daremos
a ti prendas de la verdad. | | | | Salvad vuestras luces», Perseo
dice, y la cara del rey | | | | con la cara de Medusa pedernal
sin sangre hizo. | | |
|
Pégaso
| | Hasta aquí a su
hermano, nacido del oro, como acompañante |
250 | | | la
Tritonia se ofreció; después, circundada de
una cóncava nube, Serifon | | | | abandonó, a diestra
Citnos y Gíaros dejados, | | | | y por donde sobre el
ponto el camino parecía el más breve, a Tebas
| | | | y el virgíneo Helicón acude; monte que,
cuando alcanzó, | | | | en él se apostó
y así se dirigió a sus doctas hermanas:
|
255 | | | «La fama de un nuevo manantial ha arribado hasta nuestros
oídos, | | | | el que la dura pezuña del alado
hijo de Medusa ha quebrado. | | | | Él la causa de mi
camino: he querido el admirable hecho | | | | contemplar; lo
vi a él de la materna sangre nacer». | | | | Toma la palabra
Urania: «Cualquiera que es la causa para ti |
260 | | | de ver
estas casas, divina, al ánimo gratísima nuestro
eres. | | | | Verdadera, aun así, la noticia es: es Pégaso
el origen de este | | | | manantial», y a los licores sagrados
condujo a Palas. | | | | Quien admirando mucho tiempo, hechas
a golpes de pie, las ondas, | | | | de espesuras antiguas las
florestas alrededor contempló, |
265 | | | y las cavernas
y las hierbas adornadas por innumerables flores, | | | | y felices
llama al par por su estudio y su lugar | | | | a las Memnónides;
a ella así se dirigió una de las hermanas:
| | |
|
Pireneo
| | «Oh tú, que si tu
valentía a obras mayores no te llevara | | | | al partido
vendrías, Tritonia, de nuestro coro, |
270 | | | verdades
dices y con mérito apruebas nuestras artes y lugar,
| | | | y una grata suerte, con que seguras sólo estemos,
tenemos. | | | | Pero -hasta tal punto vedado está al
crimen nada- todo aterra | | | | estas virgíneas mentes,
y siniestro ante mi cara Piréneo | | | | ronda y todavía
en toda mi mente no me he recobrado. |
275 | | | La Dáulide
y los campos foceos con su tracio soldado | | | | había
hecho cautivos ese feroz, y unos injustos reinos retenía.
| | | | A nuestros templos nos dirigíamos parnasios: nos
vio cuando marchábamos, | | | | y nuestros númenes
venerando con falaz rostro: | | | | «Memnónides», pues
nos había reconocido, «deteneos», dijo, |
280 | | | «y
no dudéis, os suplico, bajo el techo mío esta
grave estrella y esta lluvia» | | | | -lluvia había- «en
evitar: entraron en menores cabañas | | | | a menudo los
altísimos». Por sus palabras y por el tiempo movidas,
| | | | asentimos a aquel hombre y hasta lo primero entramos
de su morada. | | | | Habían cesado las lluvias, y vencido
por los aquilones el austro, |
285 | | | las hoscas nubes huían
del nuevamente purgado cielo. | | | | Nuestra intención
marchar fue: cerró sus techos Piréneo | | | | y
una fuerza prepara que nosotras rehuimos tomando nuestras
alas. | | | | Él, al perseguidor semejante, se apostó
arduo en su fortaleza | | | | y: «Por donde el camino es vuestro,
será también el mío», dijo, «el mismo»,
|
290 | | | y se lanza fuera de sí desde el culmen de la
más alta torre | | | | y cae de rostro y estallados los
huesos de su cara | | | | bate una tierra, muriendo, de su maldita
sangre teñida». | | |
|
Las Piérides (I)
| | La Musa decía: unas
plumas sonaron por las auras | | | | y la voz de los que saludan
llegaba de las ramas altas. |
295 | | | Levanta la mirada y busca
de dónde unas lenguas que tan claro | | | | hablan suenen,
y un humano cree la hija de Júpiter que ha hablado.
| | | | Un ave era, y en número de nueve, de sus hados
quejándose, | | | | se habían establecido sobre
las ramas, imitándolo todo, unas picazas. | | | | A la
admirada diosa, así le comenzó la diosa: «Hace
poco también éstas |
300 | | | acrecieron de los
voladores la multitud, vencidas en un certamen. | | | | Píeros
las engendró, rico en peleos campos, | | | | y la peonia
Evipe su madre fue: ella a la poderosa | | | | Lucina nueve veces,
nueve veces al ir a parir, invocó. | | | | Henchidas estaban
de su número esta multitud de estúpidas hermanas
|
305 | | | y a través de tantas hemonias, a través
de tantas acaidas ciudades, | | | | aquí llegan, y con
tal voz entablan los combates: | | | | «Cesad al indocto pueblo
con esa vana dulzura | | | | de engañar. Con nosotras,
si alguna es la confianza vuestra, | | | | Tespíades,
contended, diosas. Ni en voz ni en arte |
310 | | | seremos vencidas,
y otras tantas somos. O retiraos vencidas | | | | del manantial
de Medusa y de la hiantea Aganipe, | | | | o nosotras de los
ematios llanos hasta donde los peonios | | | | nivosos nos retiraremos.
Diriman las contiendas las ninfas». | | | | Vergonzoso ciertamente
contender era, pero ceder pareció |
315 | | | más
vergonzoso. Las elegidas juran por sus corrientes, las ninfas,
| | | | y, hechos de viva roca, ocuparon sus asientos. | | |
|
Metamorfosis de dioses
| | Entonces, sin sorteo, la
que primera declaró que ellas competirían,
| | | | las guerras canta de los altísimos, y en un falso
honor a los Gigantes | | | | pone y atenúa los hechos
de los grandes dioses; |
320 | | | que salido de la más
honda sede de la tierra Tifeo | | | | a los celestes causó
miedo, y que todos dieron | | | | la espalda para la huida, hasta
que, cansados, la egipcia tierra | | | | los acogió, y
en siete puertos dividido el Nilo. | | | | Que allí también
el nacido de la Tierra, Tifeo, llegó, narra, |
325 | | | y que los altísimos se escondieron en mentidas figuras.
| | | | «Y conductor de rebaño», dijo, «se vuelve Júpiter,
de donde con recurvos | | | | cuernos ahora todavía se
representa al libio Amón; | | | | el Delio en un cuervo
está, la prole de Sémele en un macho cabrío,
| | | | en una gata la hermana de Febo, la Saturnia en una nívea
vaca, |
330 | | | en un pez se esconde Venus, el Cilenio de un
ibis en las alas». | | |
|
El rapto de Prosérpina
| | Hasta aquí al son
de la cítara había movido su habladora boca:
| | | | se nos demanda a las Aónides... Pero quizás
ocios no tengas, | | | | ni para prestar a nuestros cantos oídos
estés desocupada». | | | | «No lo duda, y vuestra canción
a mí refiere por su orden», |
335 | | | Palas dice, y del
bosque se sienta en la leve sombra. | | | | La Musa relata: «Dimos
la suma del certamen a una sola; | | | | se levanta y, con hiedra
recogidos sus sueltos cabellos, | | | | Calíope antes
templa, quejumbrosas, con el pulgar las cuerdas | | | | y estas
canciones somete a los percutidos nervios: |
340 | | | «La
primera Ceres el terrón dividió con el corvo
arado, | | | | la primera dio granos y alimentos suaves a las
tierras, | | | | la primera dio sus leyes; de Ceres son todas
las cosas regalo, | | | | a ella de cantar yo he; ojalá
tan sólo decir pudiera | | | | canciones dignas de la diosa.
Ciertamente la diosa de canción digna es. |
345 | | | Vasta,
sobre unos miembros de Gigantes echada fue una isla, | | | |
la Trinácride, y, sometido a sus grandes moles, empuja
| | | | a quien osó las etéreas sedes esperar,
a Tifeo. | | | | Se afana él ciertamente, y pugna por
volver a levantarse muchas veces, | | | | pero su diestra mano
está sujeta al ausonio Peloro, |
350 | | | la izquierda,
Paquino, a ti, y del Lilibeo sus piernas son presa, | | | | su
cabeza hunde el Etna, bajo el cual, de espaldas, arenas
| | | | escupe, y llama, feroz, vomita de su boca Tifeo. | | | | Muchas
veces por rechazar lucha los pesos de la tierra | | | | y las
ciudades y los grandes montes rodar de su cuerpo: |
355 | | |
entonces tiembla la tierra y el rey teme mismo de los silentes
| | | | que se abra el suelo y que por una ancha hendidura se
destape, | | | | y que entrometido el día, a las temblorosas
sombras aterre. | | | | Este desastre temiendo, de su tenebrosa
sede el tirano | | | | había salido, y en su carro de
negros caballos llevado |
360 | | | rodeaba cauto de la sícula
tierra los cimientos. | | | | Después que explorado bastante
hubo que lugar ninguno vacilaba, | | | | y dejado su miedo, lo
ve a él la Ericina en su vagar, | | | | en el monte suyo
sentada, y a su nacido abrazando volador: | | | | «Armas y manos
mías, mi nacido, mi poder», dijo, |
365 | | | «ésos
con los que superas a todos, coge tus dardos, Cupido, | | | | y al pecho del dios rápidas tensa tus saetas | | | |
al que cedió la fortuna lo postrero del triple reino.
| | | | Tú a los altísimos y al mismo Júpiter
domas, tú a los númenes del ponto, | | | | por
ti vencidos, y al mismo que rige los númenes del ponto.
|
370 | | | ¿Los Tártaros a qué esperan? ¿Por qué
no el de tu madre y tu imperio | | | | extiendes? Se trata de
la parte tercera del mundo, | | | | y, aun así, en el
cielo -cuál ya el sufrimiento nuestro es- | | | | se nos
desprecia y conmigo las fuerzas se disminuyen del Amor.
| | | | ¿A Palas no ves y a la lanceadora Diana |
375 | | | apartarse
de mí? De Ceres también la hija, virgen, | | | | si lo toleramos, será, pues las esperanzas persigue
mismas. | | | | Mas tú, por nuestro socio reino, si alguna
estima es ésta, | | | | une a esa diosa con su tío»,
dijo Venus; él su aljaba | | | | desata y según
el arbitrio su madre de mil saetas |
380 | | | una separó,
pero que la cual, ni más aguda ninguna, | | | | ni menos
fallida es, ni que más oiga al arco, | | | | y oponiéndole
la rodilla curvó el flexible cuerno | | | | y hasta el
corazón con su arponada caña atravesó
a Dis. | | | | «No lejos de las
heneas murallas un lago hay, de alta |
385 | | | -por nombre Pergo-
agua: no que él más numerosas el Caístro
| | | | las canciones de los cisnes en el deslizarse escucha
de sus olas. | | | | Una espesura corona sus aguas ciñéndole
todo costado y con sus | | | | frondas, como por un velo, de
Febo rechaza las heridas; | | | | fríos dan sus ramas,
flores de Tiro su humus húmedo: |
390 | | | perpetua primavera
es. En la cual floresta, mientras Prosérpina | | | | juega
y violas o cándidos lirios corta, | | | | y mientras con
afán de niña canastos y su seno | | | | llena y
a sus iguales lucha por superar recogiendo, | | | | casi a la
vez que vista fue, amada y raptada por Dis, |
395 | | | hasta
tal punto fue presuroso el amor. La diosa, aterrada, con
afligida | | | | boca a su madre y a sus acompañantes,
pero a su madre más veces, | | | | clama, y como desde
su superior orilla el vestido había desgarrado,
| | | | las colectadas flores de su túnica aflojada cayeron,
| | | | y -tanta simplicidad a sus pueriles años acompañaba-
|
400 | | | esta pérdida también movió su
virginal dolor. | | | | Su raptor lleva los carros y por su nombre
a cada uno llamando | | | | exhorta a sus caballos, de los cuales,
por su cuello y crines | | | | sacude de oscura herrumbre teñidas
las riendas, | | | | y por los lagos altos, y por los pantanos
que huelen a azufre |
405 | | | vase de los Palicos, hirvientes
en la rota tierra, | | | | y por donde los baquíadas,
la raza nacida en Corinto, la de dos mares, | | | | entre desiguales
puertos pusieron sus murallas. | | | | Hay,
intermedio de Cíane y de Aretusa de Pisa, | | | | que
une entre sus estrechos cuernos el incluido en él,
un mar: |
410 | | | aquí estuvo, de cuyo nombre también
el pantano se denomina, | | | | entre las sicélidas ninfas
celebradísima, Cíane; | | | | la cual, de su abismo
en medio hasta la mitad se alzó del vientre, | | | | y
reconoció a la diosa, y: «No iréis más
lejos», dice; | | | | «no puedes de la involuntaria Ceres yerno
ser: pedida, |
415 | | | no raptada debió ser, y si comparar
con las grandes | | | | las pequeñas cosas para mí
lícito es, también a mí me eligió
Anapis; | | | | implorada, aun así, y no como ésta,
aterrada, me puse yo el velo». | | | | Dijo, y hacia partes opuestas
sus brazos tendiendo, | | | | se les opone. No más allá
contuvo el Saturnio su ira, |
420 | | | y a sus terribles caballos
incitando en lo profundo del abismo, | | | | blandido con su
vigoroso brazo el cetro real | | | | ocultó; la herida
tierra camino hacia los Tártaros hizo | | | | y los inclinados
carros en mitad de la cratera recibió. | | | | «Mas Cíane,
por la raptada diosa y las despreciadas leyes |
425 | | | del
manantial suyo afligida, una inconsolable herida | | | | en su
mente callada lleva y en lágrimas se consume toda
| | | | y de las que había sido su gran numen poco antes,
en esas | | | | aguas se extenúa: ablandarse sus miembros
hubieras visto, | | | | sus huesos poder doblarse, sus uñas
deponer su rigidez; |
430 | | | y lo primero de ella toda, cuanto
era tenue, se licuece: | | | | sus azules cabellos y sus dedos
y sus piernas y pies, | | | | pues breve el tránsito es
hacia las heladas ondas | | | | de los reducidos miembros; después
de esto los hombros y piel y costado | | | | y los pechos se
vuelven, desvanecidos, en tenues riachos; |
435 | | | finalmente
en vez de viva sangre por sus viciadas venas | | | | linfa pasa,
y resta nada que aprehender puedas. | | | | Mientras
tanto asustada en vano su madre a su hija | | | | por todas las
tierras, todo busca el profundo: | | | | a ella la Aurora al
llegar, con sus húmedos cabellos, |
440 | | | descansando
no la vio, no el Héspero; ella para sus dos | | | | manos
unos llameantes pinos ha encendido del Etna, | | | | y por las
escarchadas tinieblas los lleva incesante; | | | | de nuevo,
cuando el nutricio día había embotado las estrellas,
a su nacida | | | | desde el ocaso del sol buscaba hasta sus
nacimientos. |
445 | | | Agotada de su labor sed había
concebido, y su boca ningunos | | | | manantiales habían
lavado, cuando cubierta de paja vio | | | | por azar una cabaña
y sus pequeñas puertas pulsó; mas entonces
| | | | sale una anciana y a la divina ve, y a quien linfa pedía,
| | | | algo dulce le dio que había cubierto antes con
tostada polenta. |
450 | | | Mientras bebe ella lo dado, un chico
de boca dura y atrevido | | | | se detuvo ante la diosa y se
rió y ávida la llamó. | | | | Se ofendió
ella, y con la todavía no bebida parte, al que hablaba,
| | | | con la polenta mezclada con su líquido regó
la divina. | | | | Absorbió su cara las manchas y los
brazos que ahora poco llevara |
455 | | | los lleva de piernas,
una cola se añadió a sus mutados miembros
| | | | y en una breve forma, para que no sea su capacidad grande
de dañar, | | | | se contrae, y que una pequeña
lagartija menor su medida es. | | | | De la asombrada y llorosa
y a tocar aquellos prodigios dispuesta | | | | anciana huye,
y del escondite gusta, y adecuado a su color |
460 | | | el nombre
tiene, constelado su cuerpo de variegadas gotas. | | | | A
través de qué tierras la diosa, y qué
ondas errara, | | | | de decir larga la demora es: en su búsqueda
le faltó orbe. | | | | A Sicania vuelve, y mientras todo
lustra en su caminar | | | | llegó también hasta
Cíane. Ella, de no mutada haber sido, |
465 | | | todo
se lo habría narrado, pero boca y lengua al querer
| | | | decir no ayudaban, ni con que hablara tenía.
| | | | Señales, aun así, manifiestas dio, y, conocido
para su madre, | | | | en ese lugar en que por azar se le había
desprendido, en el abismo sagrado, | | | | de Perséfone
el ceñidor encima mostró de las ondas.
|
470 | | | El cual una vez reconoció, como si entonces al fin
raptada | | | | la hubiera sabido, sus no ornados cabellos se
desgarró la divina, | | | | y una y otra vez golpeó
con sus palmas sus pechos. | | | | No sabe todavía dónde
está; a las tierras, aun así, increpa todas
| | | | e ingratas las llama y no del regalo de sus frutos dignas,
|
475 | | | a Trinacria ante las otras, en la que las huellas
de su pérdida | | | | ha hallado. Así pues allí
con salvaje mano los arados que vuelven | | | | los terrones
quebró, y a una semejante muerte, llena de ira,
| | | | a los colonos y a los agrícolas bueyes entregó,
y a los campos ordenó | | | | que defraudaran su depósito
y fallidas las simientes hizo. |
480 | | | La fertilidad de esta
tierra, divulgada por el ancho orbe, | | | | falsa yace: mueren
los sembrados en sus primeras hierbas | | | | y ya el sol excesivo,
excesiva ya la lluvia los arrebata, | | | | y las estrellas y
vientos las dañan y ávidas aves | | | | las simientes
arrasadas recogen; la cizaña y los tríbulos
fatigan |
485 | | | las cosechas de trigo, y la inexpugnable grama.
| | | | Entonces su cabeza la Alfeia sacó de las eleas
ondas | | | | y su rorante pelo de su frente apartó a
sus orejas, | | | | y dice: «Oh de la virgen buscada por todo
el orbe | | | | y de los granos genetriz, tus inmensos trabajos
detén, |
490 | | | y no tengas ira, violenta, contra una
tierra a ti fiel. | | | | La tierra nada ha merecido y se abrió
involuntaria a esa rapiña. | | | | Y no soy por mi patria
suplicante: aquí como huéspeda he venido.
| | | | Pisa mi patria es y de la Élide traemos los orígenes,
| | | | la Sicania como extranjera honro, pero más grata
que cualquier |
495 | | | suelo esta para mí tierra es:
estos penates ahora, Aretusa, | | | | esta sede tengo; la cual
tú, suavísima, salva. | | | | Mudado de lugar por
qué me he, y por las ondas de tanta superficie | | | | sea transportada a Ortigia, llegará para esas narraciones
mías | | | | una hora tempestiva, cuando tú de
tu inquietud aliviado te hayas |
500 | | | y semblante mejor tengas.
A mí la transitable tierra | | | | me ofrece camino, y
por debajo de profundas cavernas arrastrada, | | | | aquí
la cabeza saco y unas desacostumbradas estrellas diviso.
| | | | Así es que, mientras por el estigio abismo bajo
las tierras me deslizo, | | | | vista fue con los ojos nuestros
allí tu Prosérpina: |
505 | | | ella ciertamente
triste, y no todavía sin terror su rostro, | | | | pero
reina, aun así, pero la más grande del opaco
mundo, | | | | pero aun así la poderosa matrona del tirano
infernal». | | | | La madre a las
oídas voces quedó suspendida y cual de piedra
| | | | y como atónita largo tiempo pareció, y,
cuando por el dolor |
510 | | | grave su grave ausencia sacudida
fue, con sus carros sale | | | | hacia las auras etéreas.
Allí, nublado todo su rostro, | | | | ante Júpiter
con los cabellos sueltos se detuvo enojada, | | | | y: «Por mi
sangre he venido suplicante a ti, Júpiter», dice,
| | | | «y por la tuya: si ninguna es la estima de una madre,
|
515 | | | su nacida a un padre mueva, y no sea tu inquietud,
suplicamos, | | | | más vil por ella porque de nuestro
parto fue dada a luz. | | | | He aquí que buscada largo
tiempo al fin yo a mi nacida he encontrado, | | | | si encontrar
llamas a perder más ciertamente, o si | | | | a saber
dónde está encontrar llamas. Que raptada fue,
lo llevaremos, |
520 | | | en tanto la devuelva a ella, puesto
que no de un saqueador marido | | | | la hija digna tuya es,
si ya mi hija no es». | | | | Júpiter tomó la palabra:
«Común es prenda y carga | | | | esta hija para mí
contigo; pero si sólo sus nombres verdaderos | | | | a
las cosas de dar gustamos, no este hecho una injuria, |
525 | | | pero es amor; y no será para nosotros el yerno ese
una vergüenza, | | | | si tú sólo, divina,
quisieras. Aunque faltara lo demás, cuánto
es | | | | ser de Júpiter el hermano. Qué decir
de que no lo demás falta | | | | y no cede sino en su
suerte a mí. Pero si tan grande tu deseo | | | | de su
separación es, volverá a subir Prosérpina
al cielo, |
530 | | | con una ley, aun así, cierta: si
ningunos alimentos ha tocado allí | | | | con su boca,
pues así de las Parcas en el pacto precavido se ha».
| | | | Había dicho, mas
para Ceres lo cierto es sacar a su nacida. | | | | No así
los hados lo permiten, porque de sus ayunos la virgen | | | | se había liberado y mientras ingenua vaga entre los
cultivados huertos, |
535 | | | carmesí una fruta arrancó
de un árbol curvado de ellos, | | | | y cogiendo siete
granos de su pálida corteza | | | | los apretó
en su boca; y solo de todos aquello | | | | Ascálafo vio,
a quien un día se dice que Orfne, | | | | entre las Avernales
ninfas no la más desconocida, |
540 | | | del Aqueronte
suyo parió en sus espesuras negras; | | | | lo vio y,
con su delación, del regreso, cruel, la privó.
| | | | Gimió hondo la reina del Erebo, y al testigo una
profana | | | | ave hizo, y asperjada su cabeza con linfa del
Flegetonte | | | | en pico y plumas y grandes ojos la convirtió.
|
545 | | | Él, de sí privado, de fulvas alas se
viste | | | | y en cabeza crece y se encorva a largas uñas,
| | | | y apenas mueve esas plumas nacidas por sus inertes brazos
| | | | y un feo pájaro se vuelve, nuncio del venidero
luto, | | | | el indolente búho, siniestro presagio para
los mortales. |
550 | | | «Éste, aun así, por su
delación un castigo, y por su lengua, parecer | | | | que
mereció puede: a vosotras, Aqueloides, ¿de dónde
que | | | | pluma y pies de aves, cuando de virgen cara lleváis?
| | | | ¿Acaso porque cuando recogía Prosérpina
primaverales flores, | | | | de sus acompañantes en el
número, doctas Sirenas, estabais? |
555 | | | A la cual,
después que en vano la buscasteis en todo el orbe,
| | | | a continuación, para que sintieran las superficies
vuestra inquietud, | | | | poder sobre los oleajes con los remos
de vuestras alas sentaros | | | | deseasteis, y propicios dioses
tuvisteis, y las extremidades | | | | visteis vuestras dorarse
con súbitas plumas. |
560 | | | Aun así, para que
aquel cantar, para serenar oídos nacido, | | | | y tan
grande dote de vuestra boca no perdiera del todo su uso de
la lengua, | | | | los virgíneos rostros y la voz humana
permaneció. | | | | Mas,
en medio del hermano suyo y de su afligida hermana, | | | | Júpiter
por igual divide el rodar del año: |
565 | | | ahora la
diosa, numen común de los dos reinos, | | | | con su madre
está los mismos, los mismos meses con su esposo;
| | | | se torna al instante la faz, tanto de su mente como de
su cara, | | | | pues la que hace poco podía a un Dis
incluso afligida parecer, | | | | alegre de la diosa la frente
es, como un sol que cubierto de acuosas |
570 | | | nubes antes
estuvo, de esas vencidas nubes sale. | | |
|
Aretusa
| | Demanda la nutricia Ceres,
tranquila por su nacida recuperada, | | | | cuál la causa
de tu huida, por qué seas, Aretusa, un sagrado manantial.
| | | | Callaron las ondas, de cuyo alto manantial la diosa levantó
| | | | su cabeza y sus verdes cabellos con la mano secando
|
575 | | | del caudal Eleo narró los viejos amores. | | | | «Parte yo de las ninfas que hay en la Acaide», dijo, | | | | «una fui: y no que yo con más celo otra los sotos
| | | | repasaba ni ponía con más celo otra las
mallas. | | | | Pero aunque de mi hermosura nunca yo fama busqué,
|
580 | | | aunque fuerte era, de hermosa nombre tenía,
| | | | y no mi faz a mí, demasiado alabada, me agradaba,
| | | | y de la que otras gozar suelen, yo, rústica, de
la dote | | | | de mi cuerpo me sonrojaba y un delito el gustar
consideraba. | | | | Cansada regresaba, recuerdo, de la estinfálide
espesura. |
585 | | | Hacía calor y la fatiga duplicaba
el gran calor. | | | | Encuentro sin un remolino unas aguas,
sin un murmullo pasando, | | | | perspicuas hasta su suelo, a
través de las que computable, a lo hondo, | | | | cada
guijarro era: cuales tú apenas que pasaban creerías.
| | | | Canos sauces daban, y nutrido el álamo por su
onda, |
590 | | | espontáneamente nacidas sombras a sus
riberas inclinadas. | | | | Me acerqué y primero del pie
las plantas mojé, | | | | hasta la corva luego, y no con
ello contenta, me desciño | | | | y mis suaves vestiduras
impongo a un sauce curvo | | | | y desnuda me sumerjo en las
aguas. Las cuales, mientras las hiero y traigo, |
595 | | | de
mil modos deslizándome y mis extendidos brazos lanzo,
| | | | no sé qué murmullo sentí en mitad
del abismo | | | | y aterrada me puse de pie en la más
cercana margen del manantial. | | | | «¿A dónde te apresuras,
Aretusa?», el Alfeo desde sus ondas, | | | | «¿A dónde
te apresuras?», de nuevo con su ronca boca me había
dicho. |
600 | | | Tal como estaba huyo sin mis vestidos: la otra
ribera | | | | los vestidos míos tenía. Tanto más
me acosa y arde, | | | | y porque desnuda estaba le parecí
más dispuesta para él. | | | | Así yo corría,
así a mí el fiero aquel me apremiaba | | | | como
huir al azor, su pluma temblorosa, las palomas, |
605 | | | como
suele el azor urgir a las trémulas palomas. | | | | Hasta
cerca de Orcómeno y de Psófide y del Cilene
| | | | y los menalios senos y el helado Erimanto y la Élide
| | | | correr aguanté, y no que yo más veloz él.
| | | | Pero tolerar más tiempo las carreras yo, en fuerzas
desigual, |
610 | | | no podía; capaz de soportar era él
un largo esfuerzo. | | | | Aun así, también por
llanos, por montes cubiertos de árbol, | | | | por rocas
incluso y peñas, y por donde camino alguno había,
corrí. | | | | El sol estaba a la espalda. Vi preceder,
larga, | | | | ante mis pies su sombra si no es que mi temor
aquello veía, |
615 | | | pero con seguridad el sonido
de sus pies me aterraba y el ingente | | | | anhélito
de su boca soplaba mis cintas del pelo. | | | | Fatigada por
el esfuerzo de la huida: «Ayúdame: préndese»,
digo, | | | | «a la armera, Diana, tuya, a la que muchas veces
diste | | | | a llevar tus arcos y metidas en tu aljaba las flechas».
|
620 | | | Conmovida la diosa fue, y de entre las espesas nubes
cogiendo una, | | | | de mí encima la echó: lustra
a la que por tal calina estaba cubierta | | | | el caudal y en
su ignorancia alrededor de la hueca nube busca, | | | | dos veces
el lugar en donde la diosa me había tapado sin él
saberlo rodea | | | | y dos veces: «Io Aretusa, io Aretusa»,
me llamó. |
625 | | | ¿Cuánto ánimo entonces
el mío, triste de mí, fue? ¿No el que una cordera
puede tener | | | | que a los lobos oye alrededor de los establos
altos bramando, | | | | o el de la liebre que en la zarza escondida
las hostiles bocas | | | | divisa de los perros y no se atreve
a dar a su cuerpo ningún movimiento? | | | | No, aun así,
se marchó, y puesto que huellas no divisa |
630 | | | más
lejos ningunas de pie, vigila la nube y su lugar. | | | | Se
apodera de los asediados miembros míos un sudor frío
| | | | y azules caen gotas de todo mi cuerpo, | | | | y por donde
quiera que el pie movía mana un lago, y de mis cabellos
| | | | rocío cae y más rápido que ahora
los hechos a ti recuento |
635 | | | en licores me muto. Pero
entonces reconoce sus amadas | | | | aguas el caudal, y depuesto
el rostro que había tomado de hombre | | | | se torna en
sus propias ondas para unirse a mí. | | | | La Delia quebró
la tierra, y en ciegas cavernas yo sumergida, | | | | soy transportada
a Ortigia, la cual a mí, por el cognomen de la divina
|
640 | | | mía grata, hacia las superiores auras la primera
me sacó». | | |
|
Triptólemo
| | Hasta aquí Aretusa;
dos gemelas sierpes la diosa fértil | | | | a sus carros
acercó y con los frenos sujetó sus bocas,
| | | | y por medio del cielo y de la tierra, por los aires se
hizo llevar, | | | | y su ligero carro hacia la ciudad tritónida
envió |
645 | | | y a Triptólemo en parte a la ruda
tierra unas semillas por ella dadas | | | | le ordenó
esparcir, en parte en la tierra tras tiempos largos de nuevo
cultivada. | | | | Ya sobre Europa sublime el joven y de Asia
| | | | la tierra se había hecho llevar: a las escíticas
costas regresa. | | | | El rey allí Linco era; del rey
alcanza él los penates. |
650 | | | De dónde venía
y la causa de su camino y su nombre preguntado, | | | | y su
patria: «Patria es para mí la clara», dijo, «Atenas,
| | | | Triptólemo mi nombre; he venido, ni en una popa
a través de las ondas, | | | | ni a pie por las tierras:
se abrió para mí, transitable, el éter.
| | | | Dones llevo de Ceres que esparcidos por los anchos campos
|
655 | | | fructíferos sembrados y alimentos suaves devuelvan».
| | | | El bárbaro se enojó, y para que el autor
de tan gran regalo | | | | él mismo pudiera ser, en hospitalidad
lo recibió y del sueño presa | | | | lo atacó
a hierro: cuando intentaba atravesarle el pecho | | | | un lince
Ceres lo hizo, y de nuevo por los aires ordenó |
660 | | | al mopsopio joven que condujera su sagrada yunta». | | |
|
Las Piérides (II)
| | Había finalizado
sus doctos cantos de nosotras la mayor; | | | | mas las ninfas,
que habían vencido las diosas que el Helicón
honran | | | | con concorde voz dijeron: como insultos las vencidas
| | | | lanzaran: «Puesto que», dijo, «por el certamen a vosotras
|
665 | | | una humillación haber merecido poco es, y maldiciones
a vuestra culpa | | | | añadís, y no es la paciencia
libre para nosotras, | | | | pasaremos a los castigos y adonde
la ira nos llama iremos». | | | | Ríen las Emátides
y desprecian las amenazadoras palabras, | | | | y al intentar
a nuestros ojos con gran clamor tender |
670 | | | sus contumaces
manos, plumas salir por las uñas | | | | contemplaron
suyas, cubrirse sus brazos de plumón, | | | | y la una
con un rígido pico endurecerse la cara | | | | de la otra
ve, y unos pájaros nuevos acceder a las espesuras,
| | | | y mientras quieren darse golpes de pecho, por sus movidos
brazos suspendidas |
675 | | | en el aire quedaron, de los bosques
insultos, la picazas. | | | | Ahora también en estos alados
su locuacidad primitiva ha permanecido | | | | y su ronca garrulidad
y el afán desmedido de hablar. | | |
|
|