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 Libro sexto
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Aracne
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Había prestado a relatos
tales la Tritonia oídos, | | | | y las canciones de las Aónides y su justa ira había
aprobado. | | | | Entonces, entre sí: «Alabar poco es:
seamos alabadas también nos misma | | | | y los númenes
nuestros que sean despreciados sin castigo no permitamos».
| | | | Y de la meonia Aracne a los hados su ánimo dirige,
|
5 | | | la cual, que a ella no cedía en sus alabanzas
en el arte de hacer la lana, | | | | había oído.
No ella por su lugar ni por el origen de su familia | | | | ilustre,
sino por su arte fue; el padre suyo, el colofonio Idmón,
| | | | con focaico múrice teñía las bebedoras
lanas; | | | | había muerto su madre, pero también
ella de la plebe, a su marido |
10 | | | igual, había sido;
aun así ella por las lidias ciudades | | | | se había
buscado con su ejercicio un nombre memorable, aunque | | | |
surgida de una casa pequeña, y en la pequeña
habitaba Hipepa. | | | | De ella la obra admirable para contemplar,
a menudo | | | | abandonaron las ninfas los viñedos de
su Timolo, |
15 | | | abandonaron las ninfas Pactólides
sus propias aguas. | | | | Y no hechos sólo los vestidos
contemplar agradaba; | | | | entonces también, mientras
se hacían: tanto decor acompañaba a su arte,
| | | | bien si la ruda lana aglomeraba en los primeros círculos
| | | | o ya si con los dedos hacía subir la obra y, buscados
largo trecho, |
20 | | | unos vellones ablandaba que igualaban
a las nubes, | | | | o si con ligero pulgar giraba el pulido
huso, | | | | o si cosía a aguja; la sabrías por
Palas instruida, | | | | lo cual, aun así, ella niega,
y de tan gran maestra ofendida: | | | | «Compita», dice, «conmigo:
nada hay que yo vencida rehúse». |
25 | | | Palas
una vieja simula, y falsas canas en las sienes | | | | se añade
y unos infirmes miembros con un bastón también
sostiene. | | | | Entonces así comenzó a hablar:
«No todas las cosas la más avanzada edad | | | | que debamos
huir tiene; viene la experiencia de los tardíos años.
| | | | El consejo no desprecia mío. Tú la fama
has de buscar |
30 | | | máxima de hacer entre los mortales
lana; | | | | cede ante la diosa y perdón por tus palabras,
temeraria, | | | | con suplicante voz ruega; su perdón
dará ella a quien lo ruega». | | | | La contempla a ella,
y con torvo semblante los emprendidos hilos deja | | | | y apenas
su mano conteniendo y confesando en tal semblante su ira
|
35 | | | con tales palabras replicó a la oscura Palas:
| | | | «De tu razón privada y por tu larga vejez vienes
acabada, | | | | y demasiado largo tiempo haber vivido te hace
mal. Las oiga, | | | | si tú una nuera tienes, si tienes
tú una hija, esas palabras. | | | | Consejo bastante tengo
en mí yo, y advirtiéndome |
40 | | | útil
haberme sido no creas: la misma es la opinión nuestra.
| | | | ¿Por qué no ella misma viene? ¿Por qué
estos certámenes evita?». | | | | Entonces la diosa: «Ha
venido», dice, y de su figura se despojó de vieja
| | | | y a Palas exhibió. Reverencian sus númenes
las ninfas | | | | y las migdónides nueras; sola quedó
no aterrada esta virgen, |
45 | | | pero aun así se sonrojó
y, súbito, su involuntaria cara | | | | señaló
un rubor, y de nuevo se desvaneció, como suele el
aire | | | | purpúreo hacerse en cuanto la Aurora se mueve,
| | | | y breve tiempo después encandecerse, del sol al
nacimiento. | | | | Persiste en su empresa y de una estúpida
palma por el deseo |
50 | | | a sus propios hados se lanza, pues
tampoco de Júpiter la nacida rehúsa | | | | ni
le advierte más allá ni ya los certámenes
difiere. | | | | Sin demora se colocan en opuestas partes ambas
| | | | y con grácil urdimbre tensan parejas telas:
| | | | la tela al yugo unido se ha, la caña divide la urdimbre,
|
55 | | | se insertan en mitad de la trama los radios agudos,
| | | | la cual los dedos desenredan y, entre las urdimbres metida,
| | | | los entallados dientes la nivelan del peine al golpear.
| | | | Ambas se apresuran y, ceñidos al pecho sus vestidos,
| | | | sus brazos doctos mueven mientras el celo engaña
a la fatiga. |
60 | | | Por allí, esa púrpura que
sintió al caldero tirio | | | | se teje, y también
tenues sombras de pequeño matiz, | | | | cual suele el
Arco, los soles por la lluvia al ser atravesados, | | | | manchar
con su ingente curvatura el largo cielo, | | | | en el cual,
diversos aunque brillen mil colores, |
65 | | | su tránsito
mismo, aun así, a los ojos que lo contemplan engaña:
| | | | hasta tal punto los que se tocan lo mismo son, sin embargo
los últimos distan. | | | | Por allí también
dúctil en los hilos se entremete el oro, | | | | y un
viejo argumento a las telas se lleva. | | | | Palas la peña
de Marte en el cecropio recinto |
70 | | | pinta, y la antigua
lid sobre el nombre de esa tierra. | | | | Una docena de celestiales,
con Júpiter en medio, en sus sedes altas | | | | con augusta
gravedad están sentados; su faz a cada uno | | | | de
los dioses lo inscribe: la de Júpiter es una regia
imagen; | | | | apostado hace que el dios del piélago
esté, y que con su largo |
75 | | | tridente hiera unas
ásperas rocas y que de la mitad de la herida de la
roca | | | | brote un estrecho, prenda con la que pueda reclamar
la ciudad; | | | | mas a sí misma se da el escudo, se
da de aguda cúspide el astil, | | | | se da la gálea
para su cabeza, se defiende con la égida el pecho,
| | | | y, golpeada de su cúspide, simula que la tierra |
80 | | | produce, con sus bayas, la cría de la caneciente
oliva, | | | | y que lo admiran los dioses; de su obra la Victoria
es el fin. | | | | Aun así, para que con ejemplos entienda
la émula de su gloria | | | | qué premio ha de
esperar por una osadía tan de una furia, | | | | por sus
cuatro partes certámenes cuatro añade, |
85 | | | claros por el color suyo, por sus breves figurillas distinguidas.
| | | | A la tracia Ródope contiene el ángulo uno,
y a su Hemo, | | | | ahora helados montes, mortales cuerpos un
día, | | | | que los nombres de los supremos dioses a
sí mismos se atribuyeron. | | | | La otra parte tiene
el hado lamentable de la pigmea |
90 | | | madre; a ella Juno,
vencida en certamen, le mandó | | | | ser grulla y a los
pueblos suyos declarar la guerra. | | | | Pintó también
a Antígona, la que osó contender un día
| | | | con la consorte del gran Júpiter, a la cual la
regia Juno | | | | en ave convirtió, y no le fue de provecho
Ilión a ella, |
95 | | | o Laomedonte su padre, para que,
cándida con sus adoptadas alas, | | | | no a sí
misma se aplauda ella, con su crepitante pico, la cigüeña.
| | | | El que queda único, a Cíniras tiene ese
ángulo, huérfano, | | | | y él, los peldaños
del templo -de las nacidas suyas los miembros- | | | | abrazando
y en esta roca yacente, llorar parece. |
100 | | | Rodea las extremas
orillas con olivos de la paz | | | | -esta la medida justa es-
y de la obra suya hace con su árbol el término.
| | | | La Meónide a la engañada
representa por la imagen de un toro, | | | | a Europa. Verdadero
el toro, los estrechos verdaderos creerías. | | | | Ella
misma parecía las tierras abandonadas contemplar
|
105 | | | y a sus acompañantes clamar y el contacto temer
| | | | del agua que hacia ella saltaba y sus temerosas plantas
querer retornar. | | | | Hizo también que Asterie por
un águila luchadora fuera sostenida, | | | | hizo que
de un cisne Leda se acostara bajo las alas. | | | | Añadió
cómo de un sátiro escondido en la imagen, a
la bella |
110 | | | Nicteide Júpiter llenara de un gemelo
parto, | | | | Anfitrión fuera cuando a ti, Tirintia, te
cautivó, | | | | cómo áureo a Dánae,
a la Esópide engañara siendo fuego, | | | | a Mnemósine
pastor, a la Deoide variegada serpiente. | | | | A ti también,
mutado, Neptuno, en torvo novillo, |
115 | | | en la virgen eolia
te puso; tú pareciendo Enipeo | | | | engendras a los
Aloidas, carnero a la Bisáltide engañas,
| | | | y la flava de cabellos, de los frutos la suavísima
madre, | | | | te sintió caballo, te sintió volador
la de melena de culebras, | | | | madre del caballo volador,
te sintió delfín Melanto. |
120 | | | A todos estos
la faz suya y la faz de sus lugares | | | | devolvió.
Está allí, agreste en su imagen Febo, | | | | y
cómo ora de azor alas, ora lomos de león
| | | | llevara, cómo de pastor a la Macareide Ise burlara,
| | | | cómo Líber a Erígone con falsa uva
engañara, |
125 | | | cómo Saturno de caballo al
geminado Quirón creó. | | | | La última
parte de la tela, circundada por un tenue limbo, | | | | con
néxiles hiedras contiene flores entretejidas. | | | | No
en ésta Palas, no en esta obra la Envidia | | | | podría
cebarse: se dolió de su éxito la flava guerrera
|
130 | | | y rompió las pintadas -celestiales delitos-
vestes, | | | | y tal como el radio del citoríaco monte
sostenía, | | | | tres, cuatro veces la frente golpeó
de la Idmonia Aracne. | | | | No lo soportó la infeliz
y con un lazo, ardida, se ligó | | | | su garganta: a
la que así colgaba, Palas compadecida la alivió
|
135 | | | y así: «Vive pues, pero cuelga, aun así,
malvada» dijo, | | | | «y esta ley misma de tu castigo, para
que no estés libre de inquietud en el futuro, | | | |
declarada para tu descendencia y tus tardíos nietos
sea». | | | | Después de
eso, cuando se marchaba, con jugos de la hierba de Hécate
| | | | la asperjó: y al instante, por la triste droga
tocados, |
140 | | | se derramaron sus pelos, con los cuales también
su nariz y sus orejas, | | | | y se hace su cabeza mínima;
en todo su cuerpo también pequeña es, | | | | en
su costado sus descarnados dedos, en vez de piernas se adhieren,
| | | | el resto el vientre lo ocupa, del cual, aun así,
ella remite | | | | una urdimbre y sus antiguas telas trabaja,
la araña. |
145 | |
|
Níobe
| | La Lidia entera brama y
de Frigia por las fortalezas la noticia | | | | del hecho va,
y el gran orbe con esos discursos ocupa. | | | | Antes Níobe
de sus tálamos la había conocido a ella,
| | | | por el tiempo en que, de virgen, Meonia y el Sípilo
habitaba; | | | | y no, aun así, advertida quedó
con el castigo de su paisana Aracne |
150 | | | de ceder ante
los celestiales y de palabras menores usar. | | | | Muchas cosas
le daban arrestos; pero ni de su esposo las artes | | | | ni
la familia de ambos y de su gran reino el poderío
| | | | así la placían -aunque ello todo le pluguiera-
| | | | como su progenie; y la más feliz de las madres
|
155 | | | dicha hubiera sido Níobe, si no a sí
misma se lo hubiera parecido. | | | | Pues la simiente de Tiresias,
del porvenir présaga, Manto, | | | | por mitad de las
calles, excitada por una divina fuerza, | | | | había
vaticinado: «Isménides, marchad incesantes | | | | y dad
a Latona y a los dos hijos de Latona |
160 | | | con su plegaria
inciensos píos, y con laurel enlazaos el pelo. | | | | Por la boca mía Latona lo ordena». Se obedece, y
todas | | | | las tebaides con las ordenadas frondas sus sienes
ornan | | | | e inciensos dan a los santos -y palabras suplicantes-
fuegos. | | | | He aquí que viene rodeadísima Níobe
de la multitud de sus acompañantes, |
165 | | | por sus
vestidos frigios de oro entretejido vistosa | | | | y, cuanto
su ira permite, hermosa; y, moviendo con su agraciada | | | | cabeza sueltos por ambos hombros sus cabellos, | | | | se detuvo,
y cuando sus ojos soberbios alrededor hubo llevado, alta:
| | | | «¿Qué furor, unos oídos dioses», dijo,
«anteponer |
170 | | | a los vistos, o por qué se honra
a Latona por las aras, | | | | cuando el numen todavía
mío sin incienso está? Tántalo el autor
mío, | | | | único al que fue permitido de los
altísimos tocar las mesas; | | | | de las Pléyades
hermana es la genetriz mía; el máximo Atlas
| | | | es mi abuelo, el que lleva sobre su cuello el etéreo
eje; |
175 | | | Júpiter mi otro abuelo; como suegro también
me glorío de él. | | | | A mí los pueblos
me temen de Frigia; debajo de mí, su dueña,
| | | | el real de Cadmo está, y reunidas por las liras
de mi esposo, | | | | estas murallas con sus pueblos por mí
y mi marido son regidas. | | | | A cualquier parte de mi casa
al volver mis ojos |
180 | | | inmensas riquezas vense; adviene
a esto mismo, | | | | digna de una diosa, mi faz; aquí
mis nacidas pon, siete, | | | | y otros tantos jóvenes,
y pronto yernos y nueras. | | | | Preguntad ahora qué
causa tenga nuestra soberbia, | | | | a la simiente de no sé
qué Ceo atreveos, a la Titánide |
185 | | | Latona,
a preferir a mí, a la cual la máxima tierra
un día | | | | una exigua sede cuando iba a parir le negó.
| | | | Ni en el cielo ni en el suelo ni en las aguas la diosa
vuestra recibida fue: | | | | una desterrada era del cosmos hasta
que compadecida de su vagar: | | | | «Huésped tú
por las tierras vas errante: yo», dijo Delos, |
190 | | | «en
las ondas» y un inestable lugar le dio. Ella de dos | | | | se
hizo madre: del útero nuestro la parte esta es la
séptima. | | | | Soy feliz -pues quién niegue esto-
y feliz permaneceré | | | | -esto también quién
lo dude-: segura a mí mi abundancia me hizo. | | | | Mayor
soy que a quien pueda la Fortuna dañar, |
195 | | | y mucho
aunque me arrebatara, que mucho a mí más me
quedará. | | | | Han excedido al miedo ya mis bienes:
fingid que quitarse | | | | algo a este pueblo de los nacidos
míos pudiera: | | | | no, aun así, al número
de dos me reduciría expoliada, | | | | de Latona la multitud,
la cual, cuánto dista de una huérfana. |
200 | | | Dejad † deprisa estos sacrificios † y el laurel de los
cabellos | | | | quitaos». Se lo quitan y los sacrificios inconclusos
abandonan, | | | | y, lo que lícito es, con tácito
murmullo veneran su numen. | | | | Indignóse
la diosa y en el sumo vértice del Cinto | | | | con tales
palabras a su gemela prole habló: |
205 | | | «Heme yo,
vuestra madre, de vosotros ardida, mis criaturas, | | | | y que
si no a Juno a ninguna cedería de las diosas, | | | |
si una diosa soy se duda y, a través de todos los
siglos adoradas, | | | | se me aparta, oh mis nacidos, si vosotros
no me socorréis, de mis aras. | | | | Y no el dolor este
solo: a su siniestra acción insultos |
210 | | | la Tantálide
ha añadido y a vosotros posponer a los nacidos | | | | suyos se ha atrevido y a mí -lo cual en ella recaiga-
huérfana | | | | me ha dicho y ha exhibido la lengua,
maldita, paterna». | | | | Añadido súplicas habría
la Latona a estos relatos: | | | | «Deja», Febo dice. «Del castigo
dilación una larga queja es». |
215 | | | Dijo lo mismo
Febe, y en rápida caída por el aire | | | | alcanzaron,
cubiertos por unas nubes, de Cadmo el recinto. | | | | Plana
había, y a lo ancho abriéndose cerca de las
murallas, una llanura, | | | | por asiduos caballos batida, donde
una multitud de ruedas | | | | y dura pezuña había
mullido los terrones a ellos sometidos. |
220 | | | Una parte
allí de los siete engendrados de Anfíon en
fuertes | | | | caballos montan y, rojecientes de tirio jugo,
| | | | sus lomos hunden y de oro pesadas moderan sus riendas.
| | | | De los cuales Ismeno, que para la madre suya el fardo
un día | | | | primero había sido, mientras dobla
en un certero círculo |
225 | | | de su cuadrípede
el curso y su espumante boca somete: | | | | «¡Ay de mí!»,
clama, y en mitad del pecho clavadas | | | | unas flechas lleva
y los frenos su mano moribunda soltando, | | | | hacia el costado
poco a poco él se derrama desde el diestro ijar.
| | | | Próximo a él, tras oír un sonido
de aljaba a través del vacío, |
230 | | | los frenos
soltaba Sípilo, igual que cuando barruntando lluvias
| | | | al ver una nube huye, y dejándolas colgar por
todas partes su gobernador, | | | | los linos arría para
que ni una leve aura efluya: | | | | los frenos, aun así,
soltando, no evitable, una flecha | | | | lo alcanza y en lo
alto de su nuca temblorosa una saeta |
235 | | | se queda clavada
y sobresalía desnudo de su garganta el hierro; | | | | él, como estaba, inclinado hacia adelante, por la
cruz liberada y crines | | | | se rueda, y con su cálida
sangre la tierra mancha. | | | | Fédimo, el infeliz, y
del nombre de su abuelo el heredero, | | | | Tántalo,
una vez que fin pusieron al acostumbrado trabajo, |
240 | | |
habían pasado a la obra juvenil de la nítida
palestra. | | | | Y ya habían confrontado, luchando en
estrecho nudo, | | | | pecho con pecho, cuando disparada por
el tenso nervio | | | | como estaban, unidos, atravesó
a uno y otro una saeta. | | | | Gimieron a la vez, a la vez encorvados
por el dolor |
245 | | | sus miembros en el suelo pusieron, a
la vez sus supremas luces | | | | giraron, yacentes, su aliento
a la vez exhalaron. | | | | Los contempla Alfénor y su
desgarrado pecho golpeando | | | | a ellos vuela para con sus
abrazos aliviar sus helados miembros, | | | | y en el piadoso
servicio cae; pues el Delio a él |
250 | | | lo íntimo
de su torso rompió con un mortífero hierro.
| | | | El cual, una vez que sacado fue, parte fue del pulmón
en sus arpones | | | | extraída y con su aliento su crúor
se difundió a las auras. | | | | Mas no al intonso Damasicton
una simple herida | | | | infligió: herido había
sido por donde el muslo a serlo empieza, y por donde |
255 | | | su blanda articulación hace la nervosa corva,
| | | | y mientras con la mano intenta sacar la fúnebre
flecha | | | | otra saeta a través de la garganta hasta
las plumas le entró. | | | | Expulsó a ésta
la sangre, que proyectándose a lo alto | | | | riela y,
largamente por ella horadada el aura, saltando sube. |
260 | | | El último Ilioneo, rezando, unos brazos que no le
habían | | | | de aprovechar había elevado y: «Dioses
oh, en común, todos», | | | | había dicho, sin
él saber que no todos debían ser rogados,
| | | | «guardadme». Conmovido se había, cuando ya revocable
la flecha | | | | no era, el señor del arco; de una mínima
herida aun así muere él, |
265 | | | no profundamente
perforado su corazón por la saeta. | | | | La
noticia de ese mal y de su pueblo el dolor y las lágrimas
| | | | de los suyos a la madre de tan súbita ruina cercioraron,
| | | | admirada de que hubieran podido, y enconada de que se
hubieran | | | | a ello atrevido los altísimos, de que
tan gran poder tuvieran; |
270 | | | pues el padre, Anfíon,
su hierro a través del pecho empujando | | | | había
puesto fin, muriendo, juntamente con la luz, a su dolor.
| | | | Ay, cuánto esta Níobe de la Níobe
distaba aquella | | | | que ahora poco a su pueblo había
apartado de las Latoas aras | | | | y por mitad de su ciudad
había llevado sus pasos, alta la cabeza, |
275 | | | malquerida
para los suyos, mas ahora digna de compasión incluso
para su oponente. | | | | Sobre sus cuerpos helados se postra
y sin orden ninguno | | | | besos dispensa, los supremos, por
sus nacidos todos, | | | | desde los cuales al cielo sus lívidos
brazos levantando: | | | | «Cébate, cruel, de nuestro
dolor, Latona, |
280 | | | cébate», dice, «y sacia tu pecho
de mi luto | | | | y tu corazón fiero sacia», dijo. «Mediante
funerales siete | | | | a mí me llevan: exulta, y, vencedora
enemiga, triunfa. | | | | ¿Pero por qué vencedora? A mí
desgraciada más me quedan | | | | que a ti feliz; después
de tantos funerales también venzo». |
285 | | | Había
dicho, y sonó desde su tensado arco un nervio, | | | | el cual, excepto a Níobe sola, aterró a todos.
| | | | Ella en su mal es audaz. Apostadas estaban con sus ropas
negras | | | | ante los lechos de sus hermanos, suelto el pelo,
sus hermanas, | | | | de las cuales una, sacándose unas
flechas clavadas en su vientre, |
290 | | | impuesto sobre su
hermano, moribunda, el rostro, languidece; | | | | la segunda,
consolar a su desgraciada madre intentando | | | | calló
súbitamente y doblegada por una herida ciega quedó
| | | | [y su boca no cerró sino después que su
espíritu se fuera]. | | | | Ésta en vano huyendo
se desploma, aquélla sobre su hermana |
295 | | | muere;
se esconde ésta, aquélla temblar habrías
visto. | | | | Y seis dadas ya a la muerte y diversas heridas
padeciendo | | | | la última restaba; a la cual con todo
su cuerpo su madre, | | | | con todo su vestido cubriendo: «Ésta
sola y la más pequeña deja; | | | | de muchas la
más pequeña te pido», clamaba, «y ella sola»,
|
300 | | | y mientras suplicaba la que rogaba muere. Huérfana
se sentó, | | | | entre sus exánimes nacidos y
nacidas y marido, | | | | y rigente quedó por sus males;
cabellos mueve la brisa ningunos, | | | | en su rostro el color
es sin sangre, sus luces en sus afligidas | | | | mejillas están
inmóviles, nada hay en su imagen vivo. |
305 | | | Su propia
lengua también interiormente con su duro paladar
| | | | unida se congela y las venas desisten de poder moverse;
| | | | ni doblarse su cuello, ni sus brazos hacer movimientos,
| | | | ni su pie andar puede; por dentro también de sus
entrañas roca es. | | | | Llora aun así y circundada
por un torbellino de vigoroso viento |
310 | | | hasta su patria
es arrebatada; allí, fija a la cima de un monte
| | | | se licuece y lágrimas todavía ahora sus mármoles
manan. | | |
|
Los paisanos licios
| | Entonces verdaderamente
todos la manifiesta ira de su numen, | | | | mujer y hombre,
temen, y con el culto más afanosamente todos | | | | los
grandes númenes veneran de la divina madre de los
gemelos; |
315 | | | y, como se suele, según el hecho más
reciente los anteriores se vuelven a narrar. | | | | De los cuales
uno dice: «De la Licia fértil también por los
campos | | | | no impunemente a la diosa los viejos colonos despreciaron.
| | | | Cosa oscura ciertamente es por la falta de nobleza de
sus hombres, | | | | admirable, aun así. Vi en persona
el pantano y su lugar, |
320 | | | por el prodigio conocido; pues
ya mayor de edad | | | | e incapaz de soportar el viaje, a mí
mi genitor traer unos escogidos | | | | bueyes me había
encargado de allí, y del pueblo aquel al irme | | | |
él mismo un guía me había dado, con
el cual, mientras esos pastos lustro, | | | | he aquí
que del lago en medio, negro del rescoldo de sus sacrificios
|
325 | | | un ara vieja se alzaba, de trémulas cañas
rodeada. | | | | Se detuvo y con pávido murmullo: «Propicio
a mí seas», dijo | | | | el guía mío, y
con semejante murmullo: «Propicio a mí», yo dije.
| | | | Si de las Náyades o de Fauno fuera, aun así,
el ara, le preguntaba, | | | | o si de un indígena dios,
cuando tal cosa me refirió mi huésped: |
330 | | | «No en este ara, oh joven, un montano numen hay; | | | | aquélla
suya la llama a quien un día la regia esposa | | | | el
orbe le vetó, a quien apenas la errática Delos,
| | | | suplicante, la acogió cuando, leve isla, nadaba;
| | | | allí recostándose, junto con el árbol
de Palas, en una palmera, |
335 | | | dio a luz a sus gemelos -contra
la voluntad de la madrastra- Latona. | | | | De allí también
que huyó de Juno la recién parida se refiere
| | | | y que en su seno llevó, dos númenes, a
sus nacidos. | | | | Y ya cuando un sol grave quemaba los campos
en los confines | | | | de Licia, la autora de la Quimera, la
diosa, de su larga fatiga cansada |
340 | | | y desecada del calor
estelar, sed contrajo, | | | | y sus pechos lactantes los habían
agotado ávidos sus hijos. | | | | Por azar en un lago
de mediana agua reparó, en unos profundos | | | | valles;
unos paisanos allí leñosos mimbres | | | | recogían,
y con ellos juncos y, grata a los pantanos, ova. |
345 | | | Se
acercó, y bajando la rodilla la Titania en la tierra
| | | | la apoyó para sacar helados licores que bebiera.
| | | | La rústica multitud lo impide; la diosa así
se dirigió a los que la impedían: | | | | «¿Por
qué prohibís las aguas? Un uso compartido el
de las aguas es | | | | y ni el sol privado la naturaleza, ni
el aire hizo, |
350 | | | ni las tenues ondas: a públicos
beneficios he venido; | | | | los cuales, aun así, que
me deis, suplicante os pido. No yo nuestros | | | | cuerpos a
lavar aquí y cansados miembros me disponía,
| | | | sino a aliviar la sed. Carece la boca de quien os habla
de humedad | | | | y la garganta seca tengo y apenas hay camino
de la voz en ellas. |
355 | | | Un sorbo de agua para mí
néctar será y la vida confesaré | | | |
que he recibido a la vez: la vida me daríais en el
agua. | | | | Éstos también os conmuevan, los que
en nuestro seno sus brazos | | | | pequeños tienden»,
y por acaso tendían los brazos sus nacidos. | | | | ¿A
quién no las tiernas palabras de la diosa hubieran
podido conmover? |
360 | | | Ellos, aun así, a quien rogaba
persisten en prohibirlas, y amenazas, | | | | si no lejos se
retira, e insultos encima añaden. | | | | Y no bastante
es; los propios incluso lagos con pies | | | | y mano enturbiaron
y desde el profundo abismo el blando | | | | limo aquí
y allá con saltos malignos removieron. |
365 | | | Difirió
la ira la sed, y no, pues, ya, la hija de Ceo | | | | suplica
a unos indignos, ni decir sostiene por más tiempo
| | | | palabras menores la diosa, y levantando a las estrellas
sus palmas: | | | | «Eternamente en el pantano», dijo, «este
viváis». | | | | Suceden los deseos de la diosa: gustan
de estar bajo las ondas |
370 | | | y ora todo su cuerpo sumergir
en la cóncava laguna, | | | | ahora sacar la cabeza, ora
por lo alto del abismo nadar, | | | | a menudo sobre la ribera
del pantano sentarse, a menudo | | | | a los helados lagos volver
a brincar; pero ahora también sus torpes | | | | lenguas
en disputas ejercitan y haciendo a un lado el pudor,
|
375 | | | aunque estén bajo agua, bajo agua maldecir intentan.
| | | | Su voz también ya ronca es y sus inflados cuellos
hinchan | | | | y sus propios voceríos les dilatan las
anchas comisuras. | | | | Sus espaldas la cabeza tocan, los cuellos
sustraídos parecen, | | | | su espinazo verdea, su vientre,
la parte más grande del cuerpo, blanquea, |
380 | | | y
en el limoso abismo saltan, nuevas, las ranas». | | |
|
Marsias
| | Así, cuando no sé
quién hubo referido de los hombres | | | | del pueblo licio
la destrucción, del sátiro se acuerda el otro,
| | | | al cual el Latoo, con su Tritoníaca caña
venciéndole, | | | | le deparó un castigo. «¿Por
qué a mí de mí me arrancas?», dice;
|
385 | | | «ay, me pesa, ay, no vale», clamaba, «la tibia tanto».
| | | | Al que clamaba la piel le fue arrancada de lo sumo de
sus miembros, | | | | y nada sino herida él era; crúor
de todas partes mana, | | | | y destapados se ven sus nervios
y trémulas sin ninguna | | | | piel rielan sus venas;
sus palpitantes vísceras podrías |
390 | | | enumerar,
y diáfanas en su pecho las fibras. | | | | A él
los campestres faunos, de las espesuras númenes,
| | | | y sus sátiros hermanos, y su entonces también
querido Olimpo, | | | | y las ninfas le lloraron, y quien quiera
que en los montes aquellos | | | | lanados rebaños y ganados
astados apacentaba. |
395 | | | Fértil se humedeció,
y humedecida la tierra caducas | | | | lágrimas concibió,
y con sus venas más profundas las embebió;
| | | | las cuales, cuando las hizo agua, a las vacías
auras las emitió. | | | | Desde entonces el que busca
rápido por sus riberas inclinadas la superficie
| | | | por Marsias su nombre tiene, de Frigia el más límpido
caudal. |
400 | |
|
Pélope
| | Con tales relatos al instante
vuelve a lo presente | | | | la gente y al extinguido Anfíon,
con su estirpe, hace duelo. | | | | La madre en inquina cae:
a ella entonces también se dice que una persona
| | | | le lloró, Pélope, y en su hombro, después
que las ropas | | | | se quitó del pecho, el marfil mostró,
en el siniestro. |
405 | | | De concorde color este hombro en
el momento de su nacimiento que el diestro, | | | | y corpóreo,
había sido; por las manos paternas luego cortados
| | | | sus miembros, cuentan que los unieron los dioses, y aunque
los otros encontraron, | | | | el lugar que está intermedio
entre la garganta y la parte superior del brazo | | | | faltaba:
impuesto le fue en uso de la parte |
410 | | | que no comparecía
ese marfil, y por el hecho ese Pélope quedó
entero. | | |
|
Tereo, Progne y Filomela
| | Los vecinos aristócratas
se reúnen y las ciudades próximas | | | | rogaron
a sus reyes que fueran a los consuelos, | | | | y Argos y Esparta
y la Pelópide Micenas | | | | y todavía no para
la torva Diana Calidón odiosa |
415 | | | y Orcómenos
la feraz y noble por su bronce Corinto | | | | y Mesene la feroz
y Patras y la humilde Cleonas, | | | | y la Nelea Pilos y todavía
no piteia Trecén | | | | y las ciudades otras que por
el Istmo están encerradas, el de dos mares, | | | | y
las que fuera situadas por el Istmo son contempladas, el
de dos mares. |
420 | | | Creerlo quién podría,
sola tú no cumpliste, Atenas. | | | | Se opuso a ese deber
la guerra, y transportadas por el ponto | | | | bárbaras
columnas aterraban los mopsopios muros. | | | | El
tracio Tereo a ellas con sus auxiliares armas | | | | las había
dispersado y un claro nombre por vencer tenía; |
425 | | | al cual consigo Pandíon, en riquezas y hombres poderoso,
| | | | y que su linaje traía desde acaso el gran Gradivo,
| | | | con la boda de su Progne, unió. No la prónuba
Juno, | | | | no Himeneo asiste, no la Gracia a aquel lecho.
| | | | Las Euménides sostuvieron esas antorchas, de un
funeral robadas, |
430 | | | las Euménides tendieron el
diván y sobre su techo se recostó, | | | | profano,
un búho, y del tálamo en el culmen se sentó.
| | | | Con esta ave uniéronse Progne y Tereo, padres
| | | | con esa ave hechos fueron; les agradeció, claro
está, a ellos | | | | la Tracia, y a los dioses mismos
ellos las gracias dieron, y a ese día |
435 | | | en el
que dada fue de Pandíon la nacida al preclaro tirano,
| | | | y en el que había nacido Itis, festivo ordenaron
que se dijera. | | | | -hasta tal punto se oculta el provecho-.
Ya los tiempos del repetido | | | | año el Titán
a través de cinco otoños había conducido,
| | | | cuando, enterneciendo a su marido Progne: «Si estima»,
dijo, |
440 | | | «alguna la mía es, o a mí a ver
envíame a mi hermana | | | | o que mi hermana aquí
venga. Que ha de volver en tiempo pequeño | | | | prometerás
a tu suegro. De un gran regalo a mí, en la traza,
| | | | a mi germana el haber visto me darás». Ordena
él las quillas | | | | a los estrechos bajar y a vela
y remo en los puertos |
445 | | | cecropios entra y del Pireo
los litorales toca. | | | | En cuanto de su suegro estuvo en
presencia, la derecha a la diestra | | | | se une, y con ese
fausto presagio se acomete la conversación. | | | | Había
empezado, de su llegada el motivo, los encargos a referir
| | | | de su esposa, y rápidos retornos de la enviada
a prometer: |
450 | | | he aquí que llega, en gran aparato
rica, Filomela, | | | | más rica en hermosura, cuales
oír solemos | | | | que las náyades y las dríades
por mitad avanzan de las espesuras | | | | si sólo les
des a ellas adornos y semejantes aparatos. | | | | No de otro
modo se abrasó, contemplada la virgen, Tereo, |
455 | | | que si uno bajo las canas espigas fuego ponga, | | | | o si
frondas, y puestas en los heniles, crema hierbas. | | | | Digna
ciertamente su hermosura, pero también a él
su innata lujuria | | | | lo estimula, e inclinada la raza de
las regiones aquellas | | | | a Venus es; flagra por el vicio
de su raza y el suyo propio. |
460 | | | El impulso es de él
el celo de su cortejo corromper | | | | y de su nodriza la fidelidad,
y no poco con ingentes a ella misma | | | | dádivas inquietarla
y todo su reino dilapidar, | | | | o raptarla y con salvaje guerra
raptada defenderla, | | | | y nada hay que, cautivado por ese
desenfrenado amor, |
465 | | | no osara, y no abarca las llamas
su pecho en él encerradas. | | | | Y ya las demoras mal
lleva y con deseosa boca se vuelve | | | | a los encargos de
Progne y hace sus votos bajo ella. | | | | Elocuente lo hacía
el amor, y cuantas veces rogaba | | | | más allá
de lo justo, que Progne así lo quería decía.
|
470 | | | Añadió también lágrimas,
como si las hubiese encargado también a ellas. | | | | Ay, altísimos, cuánto los mortales pechos
de ciega | | | | noche tienen. Por la propia instrucción
de la maldad a Tereo | | | | piadoso se le cree y gloria de su
crimen obtiene. | | | | Y qué decir de que lo mismo Filomela
ansía, y que de su padre los hombros |
475 | | | con sus
brazos, tierna, sosteniendo, que pueda ir a ver a su hermana,
| | | | y que por la suya, y contra su salud, pide ella. | | | |
La contempla a ella Tereo y de antemano la toca al mirarla
| | | | y su boca y su cuello y sus circundados brazos divisando,
| | | | todo por estímulos y antorchas y cebo de su furor
|
480 | | | toma, y cuantas veces se abraza ella a su padre
| | | | ser su padre quisiera, pues no menos impío sería.
| | | | Vence al genitor la súplica de ambas: se goza
y le da | | | | ella al padre las gracias, y que ha salido bien
para las dos | | | | esto cree la infeliz, que será lúgubre
para las dos. |
485 | | | Ya labor
exigua a Febo restaba, y sus caballos | | | | pulsaban con sus
pies el espacio del declinante Olimpo. | | | | Regios manjares
en las mesas y Baco en oro | | | | se pone; después al
plácido sueño se dan sus cuerpos. | | | | Mas el
rey odrisio, aunque se retiró, en ella |
490 | | | arde,
y recordando su faz y movimientos y manos | | | | cuales las
quiere imagina las cosas que todavía no ha visto y
los fuegos | | | | suyos él mismo nutre, mientras esa
inquietud le aleja el sopor. | | | | La luz llega, y de su yerno
la diestra estrechando que marchaba, | | | | Pandíon a
su compañera con lágrimas le encomienda brotadas:
|
495 | | | «A ella yo, querido yerno, porque una piadosa causa
me obliga | | | | y lo quisieron ambas, lo quisiste tú
también, Tereo, | | | | te doy a ti, y por tu lealtad
y tu pecho a mí emparentado suplicante, | | | | y por
los altísimos, te ruego que con amor de padre la guardes,
| | | | y que a mí, angustiado, este alivio dulce de mi
vejez |
500 | | | cuanto antes -cualquiera será para mí
una demora larga-, me devuelvas. | | | | Tú también
cuanto antes -bastante es que lejos esté tu hermana-,
| | | | si piedad alguna tienes, a mí, Filomela, vuelve».
| | | | Le encargaba, y al par daba besos a la nacida suya | | | |
y lágrimas suaves entre los encargos caían;
|
505 | | | y de fe como prenda las diestras de cada uno demandó
| | | | y entre sí dadas las unió, y que a su nacida
y nieto | | | | ausentes por él con memorativa boca saluden,
pide; | | | | y el supremo adiós, llena de sollozos la
boca, | | | | apenas dijo, y temió los presagios de su
mente. |
510 | | | Una vez que impuesta
fue Filomela sobre la pintada quilla | | | | y removido el estrecho
a remos, y la tierra despedida fue: | | | | «Hemos vencido»,
clama, «conmigo mis votos vienen», | | | | y exulta y apenas
en su ánimo sus gozos difiere | | | | el bárbaro,
y a ningún lugar la vista separa de ella, |
515 | | | no
de otro modo que cuando con sus pies corvos, predador,
| | | | depositó en su nido alto una liebre, de Júpiter
el ave: | | | | ninguna huida hay para el cautivo; contempla
su premio el raptor. | | | | Y ya
el camino concluido, y ya a sus litorales de las fatigadas
| | | | popas habían salido, cuando el rey, de Pandíon
a la nacida |
520 | | | a unos establos altos arrastra, oscuros
de sus espesuras vetustas, | | | | y allí, palideciente
y temblorosa y todo temiendo | | | | y ya con lágrimas
dónde esté su germana preguntando, | | | | la encerró
y confesando la abominación, y virgen ella y una sola,
| | | | por la fuerza la somete, en vano llamando unas veces
a su padre, |
525 | | | otras a la hermana suya, a los grandes
divinos sobre todas las cosas. | | | | Ella tiembla, como una
cordera asustada que, herida, de la boca | | | | de un cano lobo
se ha sacudido, y todavía a sí misma a salvo
no se cree, | | | | o como una paloma, humedecidas de su propia
sangre sus plumas, | | | | se horroriza todavía y tiene
miedo de esas ávidas uñas con las que la cogieron.
|
530 | | | Luego, cuando en sí volvió, desgarrando
sus sueltos cabellos, | | | | a la que una muerte plañe
semejante, heridos a su golpe sus brazos, | | | | tendiéndole
las palmas: «Oh por tus siniestros hechos bárbaro,
| | | | oh cruel», dijo, «ni a ti los encargos de un padre
| | | | con sus lágrimas piadosas te han conmovido, ni tu
cuidado de mi hermana, |
535 | | | ni mi virginidad, ni las matrimoniales
leyes. | | | | Todo lo has turbado: rival yo hecha he sido de
mi hermana, | | | | tú, doble esposo. Como enemigo yo
hubiera debido tal castigo. | | | | ¿Por qué no el aliento
este, para que ninguna fechoría a ti, perjuro, te
reste, | | | | me arrebatas? Y ojalá lo hubieras hecho
antes de estos execrables |
540 | | | concúbitos. Vacías
hubiese tenido de crimen yo mis sombras. | | | | Si, aun así,
esto los altísimos contemplan, si los númenes
de los divinos | | | | son algo, si no se perdieron todas las
cosas conmigo, | | | | alguna vez tus castigos me pagarás.
Yo misma el pudor | | | | rechazando tus hechos diré,
si ocasión tengo |
545 | | | de llegar a gentes; si en
estas espesuras encerrada me quedo | | | | llenaré estas
espesuras y a estas piedras, testigos, conmoveré.
| | | | Oirá esto el éter y si dios alguno en él
hay». | | | | Con tales cosas después
que la ira del fiero tirano conmovida, | | | | y, no menor que
ella, su miedo fue, por ambos motivos acuciado, |
550 | | | de
la que estaba ceñido, de su vaina libera la espada,
| | | | y arrebatándola por el pelo y doblados tras su
espalda los brazos, | | | | a padecer cadenas la obligó;
su garganta Filomela aprestaba, | | | | y esperanza de su muerte
al ver la espada había concebido. | | | | Él, ésa
que estaba indignada y por su nombre al padre sin cesar llamaba
|
555 | | | y luchaba por hablar, cogiéndosela con una
tenazas, su lengua, | | | | se la arrancó con su espada
fiera. La raíz riela última de su lengua.
| | | | Ésta en sí, yace, y a la tierra negra, temblando,
murmura, | | | | y, como saltar suele la cola de una mutilada
culebra, | | | | palpita, y muriendo de su dueña las plantas
busca. |
560 | | | Después también de esta fechoría
-apenas me atrevería a creerlo- se cuenta | | | | que a
menudo por su lujuria volvió a buscar el lacerado
cuerpo. | | | | Es capaz, después
de tales hechos, de volver a Progne, | | | | la cual al ver al
esposo por su germana pregunta, mas él | | | | da unos
gemidos fingidos y unos inventados funerales narra |
565 | | | y sus lágrimas hicieron el crédito. Sus vestimentas
Progne | | | | destrozó desde sus hombros, de oro ancho
fulgentes, | | | | y se cubre de negros vestidos y un inane sepulcro
| | | | instruyó y a unos falsos manes expiaciones ofreció,
| | | | y plañe los hados de una hermana que no así
de plañirse había. |
570 | | | Su
doble senario de signos el dios había revistado, pasado
un año. | | | | ¿Qué hacía Filomela? La
huida una custodia le cierra, | | | | construidos se erigen en
sólida roca los muros de los establos, | | | | su boca
muda carece de delator del hecho. Grande es del dolor | | | | el ingenio, y acude la astucia a las desgraciadas situaciones.
|
575 | | | Una urdimbre suspende, experta, del bárbaro
telar, | | | | y unas purpúreas notas entretejió
en los hilos blancos, | | | | indicio de la abominación,
y concluido se lo entregó a una, | | | | y que lo lleve
a su dueña con el gesto le ruega. Ella lo rogado
| | | | llevó hasta Progne: no sabe qué entregue
en ello. |
580 | | | Desplegó las ropas la matrona del
salvaje tirano | | | | y de la fortuna suya la canción
deplorable lee, | | | | y, milagro que pudiera, calla. El dolor
su boca reprimió, | | | | y palabras bastante indignadas
a la lengua que las buscaba | | | | faltaron, y no a llorar tiempo
entrega, sino que lo piadoso y lo impío |
585 | | | a fundir
se lanza y del castigo en la imagen toda está. | | | |
El tiempo era en que los sacrificios
trienales suelen de Baco | | | | celebrar las sitonias nueras:
la noche es cómplice de los sacrificios, | | | | de noche
suena el Ródope con los tintineos del bronce agudo,
| | | | de noche de su casa salió la reina y para los
ritos |
590 | | | del dios se equipa y coge de furia unas armas.
| | | | Con vid la cabeza se cubre, de su costado siniestro vellones
| | | | de ciervo penden, en su hombro una leve asta descansa.
| | | | Precipitándose por las espesuras, de la multitud
acompañada de las suyas, | | | | terrible Progne, y por
las furias agitada del dolor, |
595 | | | Baco, las tuyas simula.
Llega a los establos inaccesibles al fin | | | | y aúlla
y el euhoé hace sonar, y las puertas destroza | | | |
y a su germana rapta, y a la raptada de las enseñas
de Baco | | | | inviste, y su rostro con frondas de hiedra le
esconde, | | | | y arrastrándola atónita hasta
dentro de sus murallas la conduce. |
600 | | | Cuando
sintió que había tocado la casa nefanda Filomela
| | | | se horrorizó la infeliz y en todo palideció
el rostro. | | | | Alcanzando un lugar Progne, de los sacrificios
las prendas le quita | | | | y la cara descubre avergonzada de
su desgraciada hermana | | | | y estrecharla intenta; pero no
levantar en contra |
605 | | | soporta ella sus ojos, rival a
sí misma viéndose de su hermana, | | | | y bajado
a tierra el rostro, al querer ella jurar | | | | y por testigos
poner a los dioses de que por la fuerza a ella la deshonra
aquella | | | | inferida fue, por voz su mano estuvo. Arde y
la ira suya | | | | no abarca la propia Progne, y el llanto de
su hermana |
610 | | | conteniendo: «No se ha con lágrimas
esto», dice, «de tratar, | | | | sino con hierro, sino si algo
tienes que vencer al hierro | | | | pueda. Para toda abominación
yo, germana, me he preparado: | | | | o yo, cuando con antorchas
estos reales techos creme | | | | a su artífice echaré,
a Tereo, en medio de las llamas, |
615 | | | o su lengua o sus
ojos y los miembros que a ti el pudor | | | | te arrebataron
a hierro le arrancaré, o por heridas mil | | | | su culpable
aliento le expulsaré. Para cualquier cosa grande me
he preparado; | | | | qué sea, todavía dudo». Mientras
concluye tales cosas Progne | | | | a su madre venía Itis.
De qué era capaz por él |
620 | | | advertida fue,
y con ojos mirándolo inclementes: «Ah, cuán
| | | | eres parecido a tu padre», dijo y no más hablando
| | | | la triste fechoría prepara y se consume en callada
ira. | | | | Cuando aun así se le acercó su nacido
y a su madre su saludo | | | | ofreció y con sus pequeños
brazos se acercó a su cuello, |
625 | | | y mezclados con
ternuras de niño su boca le unió, | | | | conmovida
ciertamente fue su genetriz, y quebrantada se detuvo su ira,
| | | | y sus involuntarios ojos se humedecieron de lágrimas
obligadas. | | | | Pero una vez que por su excesiva piedad su
mente vacilar | | | | sintió, desde él otra vez
al rostro se tornó de su hermana, |
630 | | | y por turno
mirando a ambos: «¿Por qué me hace llegar», dice,
| | | | «el uno sus ternuras y calla la otra, arrancada su lengua?
| | | | A la que llama él madre ¿por qué no llama
aquélla hermana? | | | | Con qué marido te hayas
casado, vélo, de Pandíon la nacida. | | | | Le
desmereces: la abominación es piedad en tu esposo
Tereo». |
635 | | | No hay demora, coge a Itis, igual que del
Ganges una tigresa | | | | la cría lactante de una cierva
por las espesuras opacas, | | | | y cuando de la casa alta una
parte alcanzaron remota | | | | a él, tendiéndole
sus manos y ya sus hados viendo | | | | y «madre, madre» clamando
y su cuello buscando, |
640 | | | a espada hiere Progne, por donde
al costado el pecho se une, | | | | y no el rostro torna; bastante
a él para sus hados incluso una | | | | herida era: la
garganta a hierro Filomela le tajó, | | | | y vivos aún
y de aliento algo reteniendo sus miembros | | | | le despedazan.
Una parte de ahí bulle en los cavos calderos, |
645 | | | parte en asadores chirrían. Manan los penetrales
de sueros. | | | | Con estas mesas
acoge la esposa al ignorante Tereo, | | | | y un sacrificio al
uso de su patria mintiendo, al que solo | | | | lícito
sea asistir al marido, a cortesanos y sirvientes retira.
| | | | Él mismo, sentado en su solio ancestral Tereo
alto, |
650 | | | se ceba y en su vientre sus entrañas
acumula y | | | | -tanta la noche de su ánimo es-: «A
Itis aquí traedme», dijo. | | | | Disimular no puede sus
crueles goces Progne, | | | | y ya deseosa de erigirse en mensajera
de su propia calamidad: | | | | «Dentro tienes a quien reclamas»,
dice. Alrededor mira él |
655 | | | y dónde esté
pregunta: mientras lo busca y de nuevo lo llama, | | | | como
ella estaba, asperjados de su sangría de furia sus
cabellos | | | | se abalanzó y de Itis la cabeza cruenta
Filomela | | | | le lanzó a la cara de su padre y en ningún
momento más quiso | | | | poder hablar y con las merecidas
palabras testimoniar sus gozos. |
660 | | | El tracio con un ingente
alarido las mesas repelió | | | | y a las vipéreas
hermanas mueve del estigio valle, | | | | y ora, si pudiera,
por sacar abriéndose el pecho los siniestros | | | | manjares
de allí, y sus engullidas entrañas, arde,
| | | | ya llora, y a sí mismo se llama pira desgraciada
de su nacido, |
665 | | | ahora persigue con el desnudo hierro
a las engendradas de Pandíon. | | | | Los cuerpos de las
Cecrópides con alas volar pensarías: | | | | volaban
con alas, de las cuales acude la una a las espesuras, | | | | la otra en los techos se mete, y no todavía de su
pecho se han desprendido | | | | las marcas de la matanza, y
sellada con sangre su pluma está. |
670 | | | Él
por el dolor suyo y de castigo por el ansia veloz, | | | | se
torna en pájaro, al que se alzan en su coronilla crestas.
| | | | Le sobresale, inmódico, en vez de su larga cúspide
un pico. | | | | Su nombre abubilla de ave, su porte armado parece.
| | |
|
Bóreas y Oritía
| | Este dolor antes de su
día y de los extremos tiempos de una larga |
675 | | |
vejez a las tartáreas sombras a Pandíon envió.
| | | | Los cetros del lugar, y del estado el gobierno toma Erecteo,
| | | | si por su justicia en duda, o más poderoso por
sus vigorosas armas. | | | | Cuatro muchachos él, ciertamente,
y otras tantas había creado | | | | de suerte femenina,
pero era par la belleza de dos de ellas. |
680 | | | De las cuales
el Eólida Céfalo contigo como esposa, feliz,
| | | | Procris, fue; a Bóreas Tereo y sus tracios daño
hacían, | | | | y de su elegida mucho tiempo careció
el dios, de Oritía, | | | | mientras le ruega, y de plegarias
prefiere que de las fuerzas servirse. | | | | Mas cuando con
ternuras no se hace nada, hórrido de ira, |
685 | | | cual
la acostumbrada es en él y demasiado familiar en ese
viento: | | | | «Y con razón», dijo, «pues ¿por qué
mis armas he abandonado, | | | | la fiereza y las fuerzas e ira
y arrestos amenazantes, | | | | y he empleado súplicas,
de las cuales a mí me desmerece el uso? | | | | Apta a
mí la fuerza es: por la fuerza las tristes nubes expulso, |
690 | | | por la fuerza los estrechos sacudo y nudosos robles
vuelco | | | | y endurezco las nieves y las tierras con granizo
bato. | | | | El mismo, yo, cuando a mis hermanos en el cielo
abierto encuentro | | | | -pues mi llanura él es- con
tanto ahínco lucho | | | | que en medio de nuestros ataques
resuene el éter |
695 | | | y salten despedidos de las
cóncavas nubes fuegos. | | | | El mismo, yo, cuando entro
a las convexas perforaciones de la tierra | | | | y he puesto,
feroz, mi espalda bajo las profundas cavernas | | | | angustio
a los manes, y con mis temblores a todo el orbe. | | | | Con
esta ayuda debiera mis tálamos haber buscado, y suegro
|
700 | | | no he debido rogar que él fuera mío,
sino hacerlo, a Erecteo». | | | | Estas
cosas Bóreas, o que éstas no inferiores diciendo,
| | | | sacudió sus alas, con cuyas sacudidas toda | | | | aventada fue la tierra, y el ancho mar estremeció,
| | | | y su polvorienta capa llevando por las altas cimas |
705 | | | barre la tierra y, pávida de miedo, por una calina
cubierto, | | | | a Oritía amando, en sus fulvas alas
la estrecha. | | | | Mientras vuela ardieron agitados más
fuertemente sus fuegos, | | | | y no antes las riendas reprimió
de su aérea carrera | | | | que de los Cícones
alcanzó los pueblos y sus murallas el raptor. |
710 | | | Allí del helado tirano esposa la Actea, | | | | y también
genetriz hecha fue, y partos gemelos dio a luz, | | | | que el
resto de la madre, las alas del genitor tuvieran. | | | | No,
aun así, éstas al par, recuerdan, con el cuerpo
nacidas fueron, | | | | y mientras barba faltaba bajo sus rútilos
cabellos |
715 | | | implumes Calais el niño y Zetes fueron.
| | | | Luego, al par las alas empezaron, al modo de las aves,
| | | | a ceñirles ambos costados, al par a dorarse sus
mejillas. | | | | Así pues, cuando cedió el tiempo
infantil a su juventud, | | | | los vellones con los minias,
de nítido vello radiantes, |
720 | | | por un mar no conocido
con la primera quilla buscaron. | | |
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Metamorfosis
Ovidio ; traducción de Ana Pérez Vega
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