 Libro undécimo
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Muerte de Orfeo
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Mientras con un canto tal los
bosques y los ánimos de las fieras, | | | | de Tracia el vate, y las rocas siguiéndole, lleva,
| | | | he aquí que las nueras de los cícones,
cubiertas en su vesanos | | | | pechos de vellones ferinos, desde
la cima de un promontorio divisan | | | | a Orfeo, a los percutidos
nervios acompasando sus canciones. |
5 | | | De las cuales una,
agitando su pelo por las auras leves: | | | | «Ay», dice, «ay,
éste es el despreciador nuestro», y su lanza | | | | envió
del vate hijo de Apolo contra la boca, | | | | la cual, de hojas
cosida, una señal sin herida hizo. | | | | El segundo
disparo una piedra es, la cual enviada, en el mismo |
10 | | | aire por el concento vencida de su voz y su lira fue,
| | | | y como suplicante por unas osadías tan furiosas,
| | | | ante sus pies quedó tendida. Pero temerarias crecen
| | | | esas guerras y la mesura falta e insana reina la Erinis,
| | | | y todos los disparos hubieran sido por el canto enternecidos,
pero el ingente |
15 | | | clamor, y de quebrado cuerno la berecintia
flauta, | | | | y los tímpanos, y los aplausos, y los
báquicos aullidos | | | | ahogaron la cítara con
su sonar: entonces finalmente las piedras | | | | enrojecieron
del no oído vate con su sangre | | | | y primero, atónitos
todavía por la voz del cantor, |
20 | | | a los innumerables
pájaros y serpientes y el tropel de fieras, | | | | las
Ménades a título del triunfo de Orfeo destrozaron.
| | | | Después ensangrentadas vuelven contra Orfeo sus
diestras | | | | y allí se unen como las aves, cuando
acaso durante la luz vagando, | | | | al ave de la noche divisan,
y, edificado para ambas cosas ese teatro, |
25 | | | como el ciervo
que en la arena matutina ha de morir | | | | presa de los perros,
y al vate buscan, y verdes de fronda | | | | le tiran sus tirsos,
no para este cumplido hechos. | | | | Éstas terrones,
aquéllas sus ramas de un árbol desgajadas,
| | | | parte blanden pedernales; y para que no falten armas
a su delirio |
30 | | | era el caso que unos bueyes con su reja
hundida levantaban la tierra, | | | | y no lejos de ahí,
con su mucho sudor deparando el fruto, | | | | sus duros campos,
musculosos, perforaban los paisanos, | | | | los cuales, al ver
ese tropel huyen y de su labor abandonan | | | | las armas, y
por los campos vacíos yacen dispersos |
35 | | | los escardillos,
los rastros pesados y los largos azadones. | | | | Los cuales,
después que los arrebataron aquellas fieras y amenazadores
con su cuerno | | | | despedazaron a los bueyes, del vate a los
hados de nuevo corren, | | | | y tendiéndoles él
sus manos y en ese momento por primera vez | | | | vanas cosas
diciéndoles y para nada con su voz conmoviéndolas,
|
40 | | | esas sacrílegas le dan muerte, y a través
de la boca -por Júpiter- aquella, | | | | oída
por las rocas, entendida por los sentidos | | | | de las fieras,
a los vientos exhalada, su ánima se aleja. | | | | A ti
las afligidas aves, Orfeo, a ti la multitud de las fieras,
| | | | a ti los rígidos pedernales, que tus canciones
muchas veces habían seguido, |
45 | | | a ti te lloraron
los bosques. Depuestas por ti sus frondas el árbol,
| | | | tonsurado de cabellos, luto lució. De lágrimas
también los caudales suyas | | | | dicen que crecieron,
y forzados sus tules al negro | | | | las naides y las dríades,
y sueltos su cabellos tuvieron. | | | | Sus miembros yacen distantes
de lugar. Su cabeza, Hebro, y su lira |
50 | | | tú acoges
y, milagro, mientras baja por mitad de tu corriente | | | | un
algo lúgubre lamenta su lira, lúgubre su lengua
| | | | murmura exánime, responden lúgubre un algo
las riberas. | | | | Y ya ellas al mar llevadas su caudal paisano
dejan, | | | | y de la metimnea Lesbos alcanzan el litoral.
|
55 | | | Aquí una fiera serpiente ese busto expuesto en
las peregrinas | | | | arenas ataca y, asperjados de goteante
rocío, sus cabellos. | | | | Finalmente Febo le asiste
y, cuando sus mordiscos a inferirle se disponía,
| | | | la contiene y en piedra las comisuras abiertas de la sierpe
| | | | congela y anchurosa, cual estaba, endurece su comisura.
|
60 | | | Su sombra alcanza las tierras, y esos lugares que había
visto antes, | | | | todos reconoce, y buscando por los sembrados
de los piadosos | | | | encuentra a Eurídice y entre sus
deseosos brazos la estrecha. | | | | Aquí ya pasean, conjuntados
sus pasos, ambos, | | | | ora a la que le precede él sigue,
ora va delante anticipado, |
65 | | | y a la Eurídide suya,
ya en seguro, se vuelve para mirarla Orfeo. | | | | No
impunemente, aun así, el crimen este deja que quede
Lieo, | | | | y por el perdido vate de sus sacrificios doliéndose,
| | | | al punto en los bosques a las madres Edónides
todas, | | | | las que vieron esa abominación, con una
retorcida raíz las ató. |
70 | | | Así que
de los pies a los dedos su camino -el que entonces había
cada una seguido- | | | | alarga y en la sólida tierra
sus puntas precipita, | | | | e igual que cuando con los lazos,
los que astuto escondió el pajarero, | | | | su pata ha
enredado el pájaro y la siente retenida, | | | | golpes
de duelo se da y agitándose se aprieta las ataduras
con su movimiento, |
75 | | | así, cuando cada una de ellas
al suelo fijada queda prendida, | | | | consternada, la fuga
en vano intenta, mas a ella | | | | dúctil la retiene
una raíz y su exaltación doblega, | | | | y mientras
dónde estén sus dedos, mientras su pie dónde
se pregunta y uñas, | | | | contempla que por sus tersas
pantorrillas un leño le sube |
80 | | | e intentando su
muslo golpear en duelo con su afligida diestra, | | | | su madera
golpeó, de su pecho también madera se hace,
| | | | madera son sus hombros, y nudosos sus brazos verdaderas
| | | | ramas creerías que eran, y no te engañarías
creyéndolo. | | |
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Midas (I)
| | Y no bastante esto para
Baco es. Esos mismos campos también abandona |
85 | | | y con un coro mejor los viñedos de su Timolo | | | |
y el Pactolo busca, aunque no de oro en aquel | | | | tiempo,
ni por sus caras arenas envidiado era. | | | | A él su
acostumbrada cohorte, sátiros y bacantes le frecuentan,
| | | | mas Sileno falta. Tambaleante de años y de vino
|
90 | | | unos aldeanos lo cautivaron, frigios, y atado con guirnaldas
| | | | al rey lo condujeron, Midas, a quien el tracio Orfeo
| | | | en sus orgias había iniciado, junto con el cecropio
Eumolpo. | | | | El cual, cuanto hubo reconocido a su aliado
y camarada de sacrificios, | | | | de tal huésped por
la llegada una fiesta generosamente dio |
95 | | | durante una
decena de días, y a ellos unidas por su orden sus
noches. | | | | Y ya de las estrellas el sublime tropel careaba
| | | | el Lucero undécimo, cuando a los lidios campos
alegre | | | | el rey llega, y su joven ahijado le devuelve a
Sileno. | | | | A éste el dios le dio el grato pero inútil
arbitrio |
100 | | | de pedir un presente, contento de haber recuperado
a su ayo. | | | | Él, que mal había de usar de
estos dones: «Haz que cuanto | | | | con mi cuerpo toque se convierta
en bermejo oro». | | | | Asiente a sus deseos y de esos presentes,
que para daño de él serían, se libera
| | | | Líber, y hondo se dolió de que no hubiera
pretendido mejores cosas. |
105 | | | Contento se marcha y se
goza de su mal de Berecinto el héroe, | | | | y de lo
prometido la fe, tocando cada cosa, prueba, | | | | y apenas
a sí mismo creyendo, no con alta fronda ella verdeante,
| | | | de una encina arrancó una vara: vara de oro se
hizo. | | | | Recoge del suelo una roca: la roca también
palideció de oro. |
110 | | | Toca también un terrón:
con su contacto poderoso el terrón | | | | masa se torna.
De Ceres desgaja unas áridas aristas: | | | | áurea
la mies era. Arrancado sostiene de un árbol su fruto:
| | | | las Hespérides haberlo donado creyeras. Si a los
batientes altos | | | | acercó los dedos, los batientes
irradiar parecen. |
115 | | | Él, además, cuando
sus palmas había lavado en las líquidas ondas,
| | | | la onda fluente en sus palmas a Dánae burlar podría.
| | | | Apenas las esperanzas suyas él en su ánimo
abarca, de oro al fingirlo | | | | todo. Al que de tal se gozaba
las mesas le pusieron sus sirvientes | | | | guarnecidas de festines
y no de tostado grano faltas. |
120 | | | Entonces en verdad,
ya si él con la diestra las ofrendas | | | | de Ceres
había tocado, de Ceres los dones rígidos quedaban,
| | | | ya si los festines con ávido diente a desgarrar
se aprestaba, | | | | una lámina rubia a esos festines,
acercádoles el diente, ceñía. | | | | Había
mezclado con puras ondas al autor de ese obsequio: |
125 | | | fúsil por sus comisuras el oro fluir vieras. | | | | Atónito
por la novedad de ese mal, y rico y mísero, | | | | escapar
desea de esas riquezas, y lo que ahora poco había
pedido, odia. | | | | Abundancia ninguna su hambre alivia. De
sed árida su garganta | | | | arde y como ha merecido
le tortura el oro malquerido, |
130 | | | y al cielo sus manos
y sus espléndidos brazos levantando: | | | | «Dame tu
venia, padre Leneo: hemos pecado», dice, | | | | «pero conmisérate,
te lo suplico, y arrebátame este especioso daño.
| | | | Tierno el numen de los dioses. Baco al que haber pecado
confesaba | | | | restituyó y libera a los obsequios por
él dados del cumplimiento de lo pactado, |
135 | | | y:
«Para que no permanezcas embadurnado de tu mal deseado oro,
| | | | ve», dice, «al vecino caudal de la gran Sardes, | | | | y
por su cima subiendo, contrario al bajar de sus olas, | | | | coge el camino, hasta que llegues del río a sus nacimientos
| | | | y en su espumador manantial, por donde más abundante
sale, |
140 | | | hunde tu cabeza, y tu cuerpo a la vez, a la
vez tu culpa lava». | | | | El rey sube al agua ordenada: su
fuerza áurea tiñó la corriente | | | | y
de su humano cuerpo pasó al caudal. | | | | Ahora también,
ya percibida la simiente de su vieja vena, | | | | sus campos
rigurosos son de tal oro, de él palidecientes sus
húmedos terrones. |
145 | |
|
Midas (II): Febo y Pan
| | Él, aborreciendo
las riquezas, los bosques y los campos honraba, | | | | y a Pan,
que habita siempre en las cuevas montanas, | | | | pero zafio
permaneció su ingenio, y de dañarle como antes
| | | | de nuevo habían a su dueño los interiores
de su estúpida mente. | | | | Pues los mares oteando ampliamente
se yergue, arduo en su alto |
150 | | | ascenso, el Tmolo, y por
sus pendientes ambas extendiéndose, | | | | en Sardes
por aquí, por allí en la pequeña Hipepa
termina. | | | | Pan allí, mientras tiernas a las nifas
lanza sus silbos | | | | y leve modula, en su encerada caña,
su canción, | | | | osando despreciar ante sí de
Apolo sus cantos, |
155 | | | bajo el Tmolo, éste de juez,
a un certamen acude disparejo. | | | | En su propio monte el anciano
juez se sentó, y sus oídos | | | | libera de árboles:
de encina su melena azul sólo | | | | ciñe, y penden,
alrededor de sus cóncavas sienes, bellotas. | | | | Y
éste, al dios del ganado contemplando: «En el juez»,
|
160 | | | dijo, «ninguna demora hay». Por dentro sus cálamos
agrestes hace sonar él | | | | y con su bárbara
canción a Midas -pues era el caso que acompañaba
él | | | | al cantor- cautiva. Después de él
sagrado el Tmolo volvió su rostro | | | | hacia el rostro
de Febo: a su semblante siguió su bosque. | | | | Él,
en su cabeza flava de laurel del Parnaso ceñido,
|
165 | | | barre la tierra con su capa saturada de tirio múrice
y, | | | | guarnecida su lira de gemas y diente indios, | | | | la
sostiene por la izquierda, sujeta la mano segunda el plectro.
| | | | De un artista su porte mismo era. Entonces los hilos
con docto | | | | pulgar inquieta, por cuya dulzura cautivado,
|
170 | | | a Pan ordena el Tmolo a esa cítara someter
sus cañas. | | | | El juicio y la sentencia del santo monte
place | | | | a todos; se la rebate aun así e injusta
se la llama | | | | en el discurso de Midas solo. Y el Delio
sus oídos | | | | sandios no soporta que retengan su figura
humana, |
175 | | | sino que las alarga en su espacio y de vellos
blanquecientes las colma, | | | | y no estables por debajo las
hace y les otorga el poder moverse: | | | | lo restante es de
humano. En una parte se le condena | | | | y se viste las orejas
del que lento avanza, el burrito. | | | | Él
ciertamente esconderlo desea, y con vergonzoso pudor |
180 | | | sus sienes con purpurinas tiaras intenta consolar. | | | |
Pero, el que solía sus largos cabellos cortar a hierro
| | | | había visto esto, su sirviente, el cual, como
tampoco a traicionar | | | | el desdoro visto se atreviera, deseando
sacarlo a las auras, | | | | y tampoco pudiera callarlo aun así,
se aleja y la tierra |
185 | | | perfora y de su dueños
cuáles haya contemplado las orejas | | | | con voz refiere
baja y a la tierra dentro lo murmura, vaciada, | | | | y la delación
de su voz con tierra restituida | | | | sepulta y de esos hoyos
tapados tácito se aparta. | | | | Espeso de cañas
trémulas allí a levantarse un bosque |
190 | | | comenzó y, tan pronto maduró al año
pleno, | | | | traicionó a su agricultor, pues movido
por el austro lene | | | | las sepultadas palabras refiere y
del señor arguye las orejas. | | |
|
Fundación y destrucción de Troya; Laomedonte
| | Vengado se marcha del Tmolo
y a través del fluido aire portado | | | | antes del angosto
mar de la Nefeleide Heles |
195 | | | el Latoio se detiene, de
Laomedonte en los sembrados. | | | | A derecha del Sigeo, del
Reteo profundo a izquierda, | | | | una ara vieja hay consagrada
al Panonfeo Tonante. | | | | Desde allí por primera vez
construir sus murallas de la nueva Troya | | | | a Laomedonte
ve, y que crecían sus grandes empresas |
200 | | | con
difícil esfuerzo, y que no riquezas pequeñas
demandaba, | | | | y junto con el portador del tridente, del
henchido profundo el padre, | | | | se viste de mortal figura
y para el tirano de Frigia | | | | edifica los muros, postulando
por tales murallas su oro. | | | | En pie estaba la obra: su
precio el rey deniega y añade, |
205 | | | de su perfidia
el cúmulo, el perjurio a sus falsas palabras. | | | |
«No impunemente lo harás», el soberano del mar dice,
y todas | | | | inclinó sus aguas a los litorales de la
avara Troya, | | | | y en forma de mar sus tierras colmó
y sus riquezas | | | | arrebató a los campesinos y con
sus oleajes sepultó los campos. |
210 | | | Y ni la condena
esa es suficiente. Del rey también la hija para un
monstruo | | | | ecuóreo es demandada, a la cual, a las
duras rocas atada, | | | | reclama el Alcida y los prometidos
obsequios demanda, | | | | los de los caballos acordados, y de
tan gran labor la merced negada, | | | | dos veces perjuras somete
las murallas, vencida, de Troya. |
215 | | | Y, parte de su ejército,
Telamón, no sin honor se retiró, | | | | y a Hesíone,
a él dada, posee. Pues por su esposa divina Peleo
| | | | brillante era, y no más él soberbio del
nombre | | | | de su abuelo que de su suegro, puesto que de Júpiter
ser nieto | | | | tocó no a uno solo, de esposa una diosa
tocó solo a éste. |
220 | |
|
Peleo, Tetis y Aquiles
| | Pues el viejo Proteo a
Tetis: «Diosa», había dicho, «de la onda: | | | | concibe.
Madre serás de un joven que en sus fuertes años
| | | | los hechos de su padre vencerá y mayor se le llamará
que él». | | | | Así pues, para que nada el cosmos
que Júpiter mayor tuviera, | | | | aunque no tibios en
su pecho había sentido unos fuegos, |
225 | | | Júpiter
de los matrimonios de la marina Tetis huye | | | | y en sus votos
al Eácida, su nieto, que le sustituya | | | | ordena,
y a los abrazos ir de la virgen del mar. | | | | Hay una ensenada
en Hemonia, en curvados arcos falcada; | | | | sus brazos adelante
corren, donde, si fuera más alta la onda, |
230 | | | un
puerto era. En lo alto de la arena metido se ha el mar;
| | | | una playa tiene sólida, que ni las huellas conserva
| | | | ni retarda el camino ni cubierto esté de alga.
| | | | De mirto un bosque tiene, sembrado de bicolores bayas.
| | | | Hay una gruta en su mitad, por la naturaleza hecha, o
si por el arte, |
235 | | | ambiguo; más por el arte, aun
así, adonde muchas veces venir, | | | | en un enfrenado
delfín sentada, Tetis, desnuda, solías. | | | | Allí a ti Peleo, cuando del sueño vencida
yacías, | | | | te asalta, y puesto que con súplicas
tentada lo rechazas, | | | | a la fuerza se apresta, enlazando
con ambos brazos tu cuello, |
240 | | | que si no hubieras acudido
-variadas muchas veces tus figuras- | | | | a tus acostumbradas
artes, de lo que osó se hubiera apoderado. | | | | Pero
ora tú pájaro -de pájaro aun así
él te sujetaba-, | | | | ahora un grave árbol eras:
prendido en el árbol Peleo estaba. | | | | Tercera forma
fue la de una maculada tigresa: de ella |
245 | | | aterrado,
el Eácida de tu cuerpo sus brazos soltó.
| | | | Después a los dioses del piélago, derramando
vino sobre las superficies, | | | | y de un ganado con las entrañas,
y con humo de incienso, adora, | | | | hasta que el carpacio
vate, desde la mitad del abismo: | | | | «Eácida», le
dijo, «de los tálamos pretendidos te apoderarás.
|
250 | | | Tú, sólo, cuando dormida descanse en
la rigurosa cueva, | | | | ignorante, con cuerdas y cadena tenaz
átala. | | | | Y no te engañe ella mintiendo cien
figuras, | | | | sino apriétala, cualquier cosa que ella
sea, hasta que en lo que fue antes se restituya». | | | | Había
dicho esto Proteo, y escondió en la superficie su
rostro |
255 | | | y admitió, sobre sus palabras últimas,
sus oleajes. | | | | Bajando estaba el Titán e inclinado
su timón | | | | ocupaba el vespertino mar, cuando la
bella, abandonado | | | | el ponto, la Nereida, entra en sus
acostumbrados lechos. | | | | No bien Peleo había invadido
sus virginales miembros, |
260 | | | ella renueva sus figuras
hasta que su cuerpo sintió que era retenido | | | | y
que hacia partes opuestas sus brazos se tendían.
| | | | Entonces finalmente gimió hondo y: «No», dice,
«sin una divinidad vences», | | | | y exhibida quedó Tetis:
a la rendida se abraza el héroe | | | | y se apodera de
sus deseos y la llena, ingente, de Aquiles. |
265 | |
|
Dedalión y Quíone
| | Feliz de su hijo, feliz
también de su esposa Peleo, | | | | y a quien, si quitas
las incriminaciones del degollado Foco, | | | | todo había
alcanzado. A él, de la sangre de su hermano culpable
| | | | y expulsado de la casa paterna, de Traquis la tierra
| | | | lo acogió. Aquí su gobierno sin fuerza,
sin muerte ejercía |
270 | | | Ceix, del Lucero, su padre,
engendrado, y llevando el paterno | | | | brillo en su cara,
el cual en aquel tiempo afligido | | | | y desemejante de sí
mismo, a su hermano arrebatado lloraba. | | | | Adonde, después
que el Eácida fatigado por la angustia y el camino
| | | | llegó, y entró con poco cortejo en la ciudad,
|
275 | | | y que los que llevaba, sus rebaños de ganado,
los que consigo de reses | | | | no lejos de sus murallas bajo
un opaco valle hubo dejado, | | | | cuando la ocasión
se le ofreció primera de acercarse al tirano, | | | |
ramos tendiéndole con mano suplicante, sobre quién
sea él | | | | y de quién hijo le apercibe, sólo
sus culpas esconde |
280 | | | y miente de la huida la causa.
Pide que con ciudad o campo | | | | le ayude. A él por
el contrario el traquinio de su plácida boca | | | | con
tales cosas le responde: «Para la media plebe incluso nuestra
| | | | benevolencia es manifiesta, Peleo, y no inhospitalarios
gobiernos tenemos. | | | | Añades a tal ánimo razones
poderosas: tu brillante |
285 | | | nombre y de abuelo a Júpiter.
Tus tiempos no malogra suplicando. | | | | Lo que pides todo
lo tendrás y tuyo esto llama como parte suya, | | | |
cuanto ves. Ojalá mejores cosas vieras», | | | | y lloraba.
Que moviera a tan grandes dolores qué causa | | | | Peleo
y sus acompañantes preguntan, a los cuales él
revela: |
290 | | | «Quizás que ese pájaro que del
robo vive y a todas | | | | las aves aterra siempre alas ha tenido
creáis: | | | | un hombre fue y -tanta es del ánimo
la constancia- ya entonces | | | | agrio era y en la guerra feroz
y a la fuerza presto, | | | | por nombre Dedalión, de
ese padre engendrado |
295 | | | que llama a la Aurora y del cielo
el más reciente sale. | | | | Honrada por mí la
paz ha sido, el de mantener esa paz -y el de mi matrimonio-
| | | | mi cuidado ha sido. A mi hermano las fieras guerras complacían:
| | | | la virtud suya a reyes y a pueblos sometió,
| | | | la cual ahora, mutada, hostiga de Tisbe a las palomas.
|
300 | | | Nacida le fue a él Quíone, quien dotadísima
de hermosura, | | | | mil pretendientes hubo, núbil a
sus catorce años. | | | | Por acaso, al regresar Febo
y el hijo de Maia, | | | | aquél de su Delfos, éste
de la cima de Cilene, | | | | la vieron a ella a la par, a la
par contrajeron por ella un ardor. |
305 | | | La esperanza de
su Venus difiere a los tiempos de la noche Apolo. | | | | No
soporta aquél las demoras y con su vara, que mueve
al sopor, | | | | de la doncella el rostro toca: a su tacto cae
ella poderoso, | | | | y la fuerza del dios padece. La noche
había asperjado el cielo de astros. | | | | Febo a una
anciana simula y, previamente a él robados, sus gozos
toma. |
310 | | | Cuando maduro completó sus tiempos su
vientre, | | | | de la estirpe del dios de los alados pies un
astuto vástago | | | | nace, Autólico, ingenioso
para hurto todo: | | | | blanco de lo negro, y de lo blanco negro
| | | | quien a hacer acostumbrara, no desmerecedor de su paterno
arte. |
315 | | | Nace de Febo -pues dio a luz gemelos- | | | | por
su canción vocal y por su cítara brillante
Filamon. | | | | ¿De qué haber parido a dos, y dioses
haber complacido a dos, | | | | y de un fuerte padre y del Tonante
por antepasado | | | | haber sido engendrada sirve? ¿Acaso no
perjudica incluso su gloria a muchos? |
320 | | | Le perjudicó
a ella ciertamente, la cual de anteponerse a Diana | | | | tuvo
el valor y la belleza de la diosa incriminó, mas en
ella | | | | una ira movida fue y: «Con nuestros hechos», dice,
«le agradaremos», | | | | y sin demora curvó el cuerno
y desde le nervio una saeta | | | | impulsó y, de ello
merecedora, le atravesó con su caña la lengua.
|
325 | | | Su lengua calla, y ni su voz ni las pretendidas palabras
le obedecen, | | | | y al intentar hablar con su sangre su vida
la abandona. | | | | A la cual, desgraciado, abrazándola
yo, entonces de un padre el dolor | | | | en mi corazón
sufrí, y a mi hermano piadoso consuelos dije. | | | |
Los cuales ese padre no de otra forma que los arrecifes los
murmullos del ponto |
330 | | | recibe, y a su hija lamenta sin
cesar, arrebatada. | | | | Pero cuando arder la vio, cuatro veces
el impulso de él | | | | fue ir a la mitad de esos fuegos,
cuatro veces de ahí rechazado | | | | su excitado cuerpo
a la huida encomienda y, semejante al novillo | | | | que unos
aguijones de abejorro en su oprimida cerviz lleva, |
335 | | | por donde camino ninguno hay se lanza. Ya entonces a mí
correr me pareció | | | | más que un hombre, y
que alas sus pies habían tomado creerías.
| | | | Escapó, así pues, de todos y veloz por su
deseo de muerte | | | | de la cima del Parnaso se apodera. Conmiserado
Apolo, | | | | como Dedalión a sí mismo se hubiera
lanzado desde esa alta roca, |
340 | | | lo hizo ave y súbitas
con unas alas al que caía sostiene, | | | | y una boca
corva le dio, curvados le dio por uñas unos ganchos,
| | | | su virtud la antigua, mayores que su cuerpo sus fuerzas,
| | | | y ahora, el azor, para nadie lo bastante bueno, contra
todas | | | | las aves se ensaña y por dolerse de otros
se hace él causa de dolor». |
345 | |
|
El ganado de Peleo
| | Mientras el hijo del Lucero
narra esos milagros acerca | | | | de su consorte hermano, apresurado
en una carrera asfixiada | | | | volando llega de la manada el
guardián, el foceo Anétor, | | | | y: «¡Peleo!
¡Peleo! Mensajero a ti llego de una gran | | | | calamidad»,
dice. Lo que quiera que traiga le ordena revelar Peleo,
|
350 | | | aturdido también él por el miedo de su
temblorosa boca el traquinio. | | | | Él refiere: «A los
fatigados novillos hacia los litorales curvados | | | | había
arreado, cuando el Sol, altísimo en la mitad del cielo,
| | | | tanto hacia atrás mirara como restarle viera,
| | | | y una parte de las reses en las arenas rubias había
inclinado sus rodillas, |
355 | | | y de las anchas aguas, tumbada,
las llanuras contemplaba; | | | | parte con pasos tardos por
aquí deambulaba y por allá; | | | | nadan otros
y con su excelso cuello emergen sobre las superficies.
| | | | Unos templos de ese mar cerca están, ni de mármol
brillante ni de oro, | | | | sino de vigas densas sombreados
y de bosque vetusto. |
360 | | | Las Nereides y Nereo lo poseen:
ellos un marinero del ponto | | | | me reveló que eran
sus dioses, mientras sus redes en el litoral seca. | | | | Junta
una laguna a él hay, de densos sauces sitiada, | | | | a la que laguna hizo la ola del remansado mar. | | | | Desde
allí, estrepitoso con su fragor grave, los lugares
próximos aterra |
365 | | | una bestia inmensa: un lobo
de los juncos laguneros sale, | | | | embadurnado de espumas
y asperjado de sangre en sus comisuras | | | | fulmínea,
inyectados sus ojos de una roja llama. | | | | El cual, aunque
se ensaña a la par por su rabia y su hambre, | | | | más
acre es por su rabia, y así pues, no a sus ayunos
cuida de poner |
370 | | | fin con la matanza de unos bueyes,
y a su siniestra hambre, sino toda | | | | la manada hiere y
la tumba hostilmente entera. | | | | Parte también de
nosotros, de su funesto mordisco herida, | | | | mientras nos
defendemos, a la muerte es entregada. De sangre el litoral
| | | | y la ola primera rojece, y las mugidas lagunas. |
375 | | | Pero la demora dañosa es y el caso dudar no permite.
| | | | «Mientras resta alguna cosa, todos unámonos, y
nuestras armaduras, | | | | nuestras armaduras empuñemos,
y conjuntas nuestras armas llevemos», | | | | había dicho
un lugareño agreste: y no conmovían a Peleo
sus daños, | | | | sino que consciente de su pecado colige
que la Nereida, de su hijo huérfana, |
380 | | | esos daños
suyos como ofrendas fúnebres a su extinguido Foco
enviaba. | | | | Vestir sus armaduras a sus hombres y tomar sus
violentas armas | | | | el rey del Eta ordena, con las cuales
al mismo tiempo él se disponía | | | | a marchar,
pero Alcíone, su esposa, despierta por el tumulto
| | | | a él se arroja y todavía no acicalada de
todo su cabello |
385 | | | los divide a esos hombres y en el
cuello derramándose de su marido, | | | | que mande el
auxilio sin él mismo, con palabras le suplica | | | |
y lágrimas, y dos vidas que salve en una sola. | | | | El Eácida a ella: «Tus bellos, reina, y piadosos
| | | | miedos deja. Plena es la gracia de tu propuesta. |
390 | | | No me place a mí las armas contra esos nuevos prodigios
mover. | | | | Una divinidad del piélago ha de ser implorada».
Había, ardua, una torre. | | | | En lo supremo de la fortaleza
una hoguera, señal grata para las fatigadas quillas.
| | | | Ascienden allí, y a los toros en el litoral tumbados
| | | | con gemidos contemplan, y devastados, ensangrentada
|
395 | | | su boca a ese fiera, inficionados de sangre sus largos
vellos. | | | | Desde ahí, sus manos tendiendo a los litorales
del abierto ponto | | | | Peleo a la azul Psámate que
ponga fin a su ira | | | | ruega, y preste su ayuda. Y no a las
palabras ella, del que rogaba, | | | | del Eácida, se
doblega. Tetis, por su esposo suplicante, |
400 | | | recibe esa
venia. Pero, aun revocado de su acre | | | | matanza, el lobo
persevera, por la dulzura de la sangre áspero, | | | | hasta que prendido de una lacerada novilla en la cerviz,
| | | | en mármol lo mutó. El cuerpo y, salvo su
color, | | | | todo lo conservó; de la piedra el color
delata que aquél |
405 | | | ya no es lobo, que ya no debe
temerse. | | | | Y aun así en esa tierra al prófugo
Peleo establecerse | | | | los hados no consienten. A los magnesios
llega, vagabundo exiliado, y allí | | | | toma del hemonio
Acasto las purificaciones de sus asesinato. | | |
|
Ceix y Alcíone
| | Mientras tanto, por los
prodigios de su hermano |
410 | | | y los que siguieron a su hermano
turbado en su pecho Ceix, | | | | para consultar unas sagradas
-de los hombres deleite- venturas, | | | | al dios de Claros
se dispone a ir. Pues sus templos délficos | | | | el
sacrílego Forbas, con los flegios, inaccesibles hacía.
| | | | De su proyecto aun así antes, fidelísima,
a ti |
415 | | | te cerciora, Alcíone. De la cual, al instante,
sus íntimos huesos | | | | un frío acogieron, y,
al boj muy semejante, a su cara | | | | una palidez acudió,
y de lágrimas sus mejillas se humedecieron profusas.
| | | | Tres veces al intentar hablar, tres veces de llanto su
cara regó | | | | y entrecortando su sollozo sus piadosos
lamentos: |
420 | | | «¿Qué culpa mía», dijo, «amadísimo,
tu mente | | | | ha mutado? ¿Dónde está tu cuidado
por mí cual antes ser solía? | | | | ¿Ya puedes
tranquilo ausentarte Alcíone dejada atrás?
| | | | ¿Ya un camino largo te place? ¿Ya te soy más querida
ausente? | | | | Mas, pienso yo, por las tierras tu ruta es y
solamente me doleré de ello, |
425 | | | no tendré
miedo además, y mis cuidados de temor carecerán.
| | | | Los mares me aterran y del ponto la triste imagen,
| | | | y laceradas hace poco unas tablas en el litoral he visto
| | | | y muchas veces en los sepulcros sin su cuerpo leí
unos nombres, | | | | y para que a tu ánimo una falaz
confianza no mueva |
430 | | | porque suegro tuyo el Hipótada
es, quien en su cárcel contiene | | | | a los fuertes
vientos y cuando quiere las superficies aplaca, | | | | cuando
una vez soltados se apoderan de las superficies los vientos,
| | | | nada a ellos vedado les es, y desamparada la tierra
| | | | toda y todo el estrecho es, del cielo también a
las nubes hostigan |
435 | | | y su sacudida arranca con sus fieras
colisiones rutilantes fuegos. | | | | Mientras más los
conozco -pues los conozco y muchas veces en mi paterna
| | | | casa de pequeña los vi-, más por ello creo
son de temer. | | | | Por lo que si la decisión tuya doblegarse
con súplicas ningunas, | | | | querido esposo, puede,
y demasiado cierto estás de marchar, |
440 | | | a mí
también llévame a la vez. Ciertamente se nos
sacudirá a una, | | | | y no, sino de lo que padezco,
tendré miedo y a la par sufriremos | | | | cuanto haya
de ser, a la par sobre la superficie seremos llevados».
| | | | Con tales razones de la Eólide y con sus lágrimas
| | | | se conmueve su sideral esposo: pues no menor fuego en
él mismo hay. |
445 | | | Pero ni de los proyectados recorridos
del piélago desistir, | | | | ni quiere a Alcíone
recibir al partido del peligro, | | | | y muchas cosas responde
en consolación de su temeroso pecho. | | | | No, aun así,
por tal razón su causa hace buena. Añade a
ellas | | | | este paliativo también, con el que solo
doblegó a su amante: |
450 | | | «Larga ciertamente es
para nosotros toda demora, pero te juro | | | | por los fuegos
de mi padre, si sólo los hados a mí me devuelvan,
| | | | que antes he de retornar de que la luna dos veces colme
su orbe». | | | | Cuando con estas promesas la esperanza se le
acercó de su regreso, | | | | en seguida, sacado de sus
astilleros el pino, que de mar |
455 | | | se tiñera y
que se le acoplaran, ordena, sus armamentos. | | | | Visto el
cual, de nuevo, como presagiadora del futuro | | | | se estremeció
Alcíone y lágimas vertió brotadas,
| | | | y en sus brazos le estrechó y con triste, desgraciadísima,
boca | | | | finalmente: «Adiós», dijo y se colapsó
todo su cuerpo. |
460 | | | Mas los jóvenes, mientras buscaba
demoras Ceix, retornan, | | | | en filas gemelas, hacia sus fuertes
pechos los remos | | | | y con igual golpeo hienden los estrechos.
Sostuvo ella | | | | húmedos sus ojos y apostado en la
popa recurva | | | | y agitando su mano para hacerle a ella las
primeras señales |
465 | | | a su marido ve, y le devuelve
esas señas. Cuando la tierra se aleja | | | | más
y sus ojos no pueden reconocer su rostro, | | | | mientras puede
persigue huyendo al pino con la mirada. | | | | Él también,
cuando no podía por la distancia separado ser visto,
| | | | sus velas aun así contempla, en lo alto ondeantes
del mástil. |
470 | | | Cuando ni las velas ve, vacío
busca, ansiosa, su lecho, | | | | y en la cama se deja caer.
Renueva el lecho y la cama | | | | de Alcíone las lágrimas
y le recuerda qué parte está ausente. | | | | De
los puertos habían salido, y había movido el
aura las maromas. | | | | Vuelve contra el costado los suspendidos
remos el marinero, |
475 | | | y las perchas en lo alto de la
arboladura coloca y todos del mástil | | | | los linos
cuelga y las auras en viniendo recoge. | | | | O menos o ciertamente
no más allá de en su mitad la superficie
| | | | por esa popa iba siendo cortada, y lejos estaba una y la
otra tierra, | | | | cuando el mar, a la noche, de henchidos
oleajes a blanquecer |
480 | | | comenzó y vertiginoso
a soplar más vigorosamente el euro. | | | | «Arriad en
seguida las arduas perchas», el capitán grita, | | | | «y a las entenas toda la vela arremangad». Él ordena.
| | | | Estorban las contrarias ventiscas sus órdenes
| | | | y no consiente que se oiga voz alguna el fragor del mar.
|
485 | | | Por sí mismos, aun así, se apresuran
unos a izar los remos, | | | | parte a reforzar el costado, parte
a negar a los vientos las velas. | | | | Saca éste los
oleajes y el mar revierte al mar, | | | | este arrebata las entenas.
Lo cual, mientras sin ley se hace, | | | | áspero crece
el temporal y de todas partes, feroces, |
490 | | | sus guerras
hacen los vientos y los estrechos indignados mezclan. | | | | Él mismo está espantado, y cuál sea
su estado que ni él mismo | | | | sabe confiesa el capitán
del barco, ni qué ordene o qué prohíba,
| | | | tan grande la mole de ese mal y tanto más poderosa
que su arte es, | | | | como que resuenan con sus gritos los
hombres, con su chirrido las maromas, |
495 | | | con la colisión
de las olas, pesada, la ola, con los truenos el éter.
| | | | Con sus oleadas se yergue y el cielo igualar parece
| | | | el ponto, y, reunidas por su aspersión, tocar las
nubes. | | | | Y ora, cuando desde lo profundo revuelve rubias
arenas, | | | | de igual color es a ellas; que la estigia onda
ora más negro, |
500 | | | se postra algunas veces y de
sus espumas resonantes blanquece. | | | | La propia también
popa de Traquis se mueve con estas tornas | | | | y ahora sublime,
como desde la cima de un monte, | | | | contemplar abajo los
valles y profundo el Aqueronte parece: | | | | ahora, cuando
abajada el recurvo mar la cerca, |
505 | | | contemplar arriba
desde el infernal abismo el supremo cielo. | | | | Muchas veces
hace, por el oleaje en su costado golpeada, un ingente fragor,
| | | | y no más leve golpeada resuena que cuando férreo
en otro tiempo | | | | el ariete o la balista embiste las laceradas
ciudadelas, | | | | y como suelen tomando para el ataque fuerzas
marchar |
510 | | | a pecho contra las armaduras y las enhestadas
armas fieros los leones, | | | | así, cuando se lanzaba
la ola al concurrir los vientos, | | | | iba contra los armamentos
de la nave y en mucho era más alta que ellos. | | | |
Y ya resbalan las cuñas, y despojada de su revestimento
de cera | | | | una hendija aparece y presta camino a las letales
olas. |
515 | | | He aquí que caen largas -liberadas las
nubes- lluvias, | | | | y contra el mar creerías que todo
desciende el cielo, | | | | y contra los golpes del cielo que
hinchado asciende el ponto. | | | | Las velas se mojan de las
borrascas y con las celestes olas | | | | las ecuóreas
aguas se mezclan. Carece de sus fuegos el éter
|
520 | | | y una ciega noche ceñida se ve por las tinieblas
del temporal y las suyas. | | | | Las hienden aun así
a ellas y les ofrecen rielantes su luz | | | | los rayos. Con
esos fuegos de rayo arden las olas. | | | | Hace también
ya asalto dentro de las huecas texturas de la quilla | | | |
el oleaje, y como el soldado más destacado que el
número restante, |
525 | | | cuando muchas veces intentó
asaltar las murallas de una ciudad que le rechaza, | | | | de
su esperanza se apodera al fin y, enardecido por el amor
de la alabanza, | | | | entre mil hombres de ese muro aun así
se apodera él solo, | | | | así, cuando hubieron
batido nueve veces sus arduos costados los oleajes, | | | | más
vastamente surgiendo se precipita de la décima ola
la embestida, |
530 | | | y no antes se abstiene de asaltar a
la agotada quilla | | | | de que descienda como contra los baluartes
de una cautivada nave. | | | | Una parte, así pues, intentaba
todavía invadir el pino; | | | | parte del mar dentro
estaba. Tiemblan no menos todos | | | | de lo que suele una ciudad
temblar cuando unos su muro |
535 | | | horadan por fuera, y cuando
otros la ocupan por dentro. | | | | Cesa el arte, los ánimos
caen, y tantas les parece, | | | | cuantas oleadas vienen, que
se precipitan e irrumpen las muertes. | | | | No sostiene éste
las lágrimas, suspendido está éste,
llama aquél felices | | | | a los que funerales aguardan,
éste con sus votos a una divinidad implora, |
540 | | | y sus brazos defraudados elevando a un cielo que no ve
| | | | pide ayuda. Le vienen a aquél su hermano y su padre,
| | | | a éste junto con sus prendas su casa y cuanto
dejado atrás ha. | | | | Alcíone a Ceix conmueve,
de Ceix en la boca | | | | ninguna salvo Alcíone está,
y aunque la extrañe a ella sola, |
545 | | | se alegra
de que ausente esté, aun así. De la patria
también quisiera a las orillas | | | | volver la mirada
y a su casa volver sus supremos rostros, | | | | pero dónde
esté, ignora, de tan gran vorágine el ponto
| | | | hierve, y producida una sombra desde esas nubes como
la pez, | | | | todo se oculta el cielo y duplicada se hubo de
la noche la imagen. |
550 | | | Se rompe por la embestida de un
tempestuoso torbellino el árbol, | | | | se rompe también
el gobernalle, y de sus expolios ardida la sobreviviente
| | | | ola, como vencedora, y ensenada, desdeña a las
olas, | | | | y no más levemente que si alguien al Atos
y al Pindo arrancados | | | | de su sede enteros los arrojara
al abierto mar, |
555 | | | precipitándose cae, y a la
par con su peso y con su golpe | | | | hunde en lo hondo el barco.
Con la cual una parte grande de sus hombres | | | | de ese pesado
abismo presa y al aire no devuelta, su hado | | | | cumplió;
otros partes y miembros de la quilla | | | | truncados sostienen.
Sostiene él mismo con la mano con la que sus cetros
solía |
560 | | | trozos del navío Ceix y a sus
suegro y padre invoca, | | | | ay, en vano. Pero incesante en
la boca del que nada: | | | | Alcíone, su esposa. A ella
recuerda y nombra, | | | | de ella ante los ojos que lleven su
cuerpo los oleajes | | | | pide y exánime sea sepultado
por esas manos amigas. |
565 | | | Mientras nada, a la ausente,
cuantas veces le permite abrir la boca el oleaje, | | | | nombra
a Alcíone y por dentro de las mismas olas lo murmura.
| | | | He aquí que por encima de los plenos oleajes un
negro arco de aguas | | | | rompe y rota la ola sepulta, sumergida,
su cabeza. | | | | El Lucero oscuro y a quien conocer no podrías
|
570 | | | esa luz estuvo y puesto que retirarse del cielo
| | | | dado no le era, de densas nubes cubrió su rostro.
| | | | La Eólide mientras,
de tan grandes desgracias ignorante, | | | | recuenta las noches
y ya, las que vestirá él, | | | | apresura las
ropas, ya las que, cuando haya venido él, |
575 | | | ella
misma llevará, y unos retornos se promete inanes.
| | | | A todos ella, ciertamente, a todos los altísimos,
piadosos inciensos llevaba; | | | | antes, aun así, que
a esos todos, de Juno los templos honraba, | | | | y por su marido,
que ninguno era, venía a sus aras | | | | y que estuviera
a salvo el esposo suyo y que retornara |
580 | | | pedía,
y que ninguna a ella antepusiera. Mas a él | | | | éste,
de tantos votos, podía alcanzarle, solo. | | | | Mas
la diosa no más allá sostiene el ser rogada
a favor de quien con la muerte | | | | ha cumplido, y para apartar
esas manos funestas de sus aras: | | | | «Iris», dijo, «de mi
voz fidelísima mensajera, |
585 | | | visita del Sueño
velozmente su soporífera corte, | | | | y del extinguido
Ceix ordénale envíe con su imagen | | | | unos
sueños a Alcíone, que narren sus verdaderos
casos». | | | | Había dicho. Se viste sus velos de mil
colores | | | | Iris y con una arqueada curvatura signando el
cielo, |
590 | | | a las moradas tiende del ordenado -bajo las
nubes escondidas- rey. | | | | Hay
cerca de los cimerios, en un largo receso, una caverna,
| | | | un monte cavo, la casa y los penetrales del indolente
Sueño, | | | | en donde nunca con sus rayos, o surgiendo,
o medio, o cayendo, | | | | Febo acercarse puede. Nieblas con
bruma mezcladas |
595 | | | exhala la tierra, y crepúsculos
de dudosa luz. | | | | No la vigilante ave allí, con los
cantos de su encrestado busto, | | | | evoca a la Aurora, ni
con su voz los silencios rompen | | | | solícitos los
perros, o que los perros más sagaz el ganso. | | | | No
las fieras, no los ganados, no movidas por un soplo las ramas
|
600 | | | o su sonido devuelve la barahúnda de la lengua
humana. | | | | La muda quietud lo habita. De una roca, aun así,
honda, | | | | sale el arroyo del agua del Olvido, merced al
cual, con su murmullo resbalando, | | | | invita a los sueños
su onda con sus crepitantes guijarros. | | | | Ante las puertas
de la cueva fecundas adormideras florecen |
605 | | | e innumerables
hierbas de cuya leche el sopor | | | | la Noche cosecha y lo
esparce húmeda por las opacas tierras. | | | | Puerta,
para que chirridos al volverse su gozne no haga, | | | | ninguna
en la casa toda hay, guardián en el umbral ninguno.
| | | | En medio un diván hay, del antro, de ébano,
sublime él, |
610 | | | plúmeo, negricolor, de endrino
cobertor tendido, | | | | en donde reposa el propio dios, sus
miembros por la languidez relajados. | | | | De él alrededor,
por todas partes, variadas formas imitando, | | | | los sueños
vanos yacen, tantos cuantos una cosecha de aristas, | | | | un
bosque lleva de frondas, de escupidas arenas una playa.
|
615 | | | Adonde una vez que penetró y con sus manos, a ella
opuestos, la doncella | | | | apartó los Sueños,
con el fulgor del su vestido relució | | | | la sagrada
casa, y el dios, yacentes ellos de su tarda pesadez, | | | |
apenas sus ojos levantando, y una vez y otra desplomándose,
| | | | y lo alto del pecho golpeándose con su bamboleante
mentón, |
620 | | | se sacudió finalmente a sí
mismo, y a sí mismo sobre su codo apoyándose,
| | | | a qué venía -pues la reconoció-
inquiere. Mas ella: | | | | «Sueño, descanso de las cosas,
el más plácido, Sueño, de los dioses,
| | | | paz del ánimo, de quien el cuidado huye, quien
los cuerpos, de sus duros | | | | menesteres cansados, confortas
y reparas para la labor: |
625 | | | a unos Sueños, que
las verdaderas figuras igualen en su imitación,
| | | | ordena que en la hercúlea Traquis, bajo la imagen
de su rey, | | | | a Alcíone acudan y unos simulacros
de su naufragio remeden. | | | | Impera eso Juno». Después
que sus encargos llevó a cabo, | | | | Iris parte -ya
que no más allá tolerar del sopor |
630 | | | la
fuerza podía- y deslizarse el sueño sintió
a sus miembros, | | | | huye y retorna, por los que ahora poco
había venido, sus arcos. | | | | Mas
el padre, del pueblo de sus mil hijos, | | | | despierta al artífice
y simulador de figuras, | | | | a Morfeo: no que él ninguno
otro más diestramente |
635 | | | reproduce el caminar
y el porte y el sonido del hablar. | | | | Añade además
los vestidos y las más usuales palabras | | | | de cada
cual. Pero él solos a hombres imita. Mas otro | | | |
se hace fiera, se hace pájaro, se hace, de largo cuerpo,
serpiente: | | | | a él Ícelo los altísimos,
el mortal vulgo Fobétor |
640 | | | le nombra. Hay también
de diversa arte un tercero, | | | | Fántaso. Él
a la tierra, a una roca, a una ola, a un madero | | | | y a cuanto
vacío está todo de ánima, falazmente
se pasa. | | | | A los reyes él y a los generales su rostro
mostrar | | | | de noche suele, otros los pueblos y la plebe
recorren. |
645 | | | Prescinde de ellos su señor y de
todos los hermanos solo | | | | a Morfeo, quien lleve a cabo
de la Taumántide lo revelado, el Sueño | | | |
elige, y de nuevo en una blanda languidez relajado | | | | depuso
la cabeza y en el cobertor profundo la resguarda. | | | | Él
vuela con unas alas que ningunos estrépitos hacen
|
650 | | | a través de las tinieblas y en un breve tiempo
de demora a esa ciudad | | | | arriba de Hemonia, y depuestas
de su cuerpo las alas, | | | | a la faz de Ceix se convierte
y tomada su figura, | | | | lívido, a un exánime
semejante, sin ropas ningunas, | | | | de su esposa ante el lecho,
la desgraciada, se apostó. Mojada parece |
655 | | | la
barba del marido, y de sus húmedos cabellos fluir
pesada ola. | | | | Entonces, en el lecho inclinándose,
con llanto sobre su rostro profuso, | | | | tal dice: «¿Reconoces
a Ceix, mi muy desgraciada esposa, | | | | o acaso mudado se
ha mi faz por la muerte? Mírame: me conocerás
| | | | y hallarás, por el esposo tuyo, de tu esposo la
sombra. |
660 | | | Ninguna ayuda, Alcíone, tus votos nos
prestaron. | | | | Hemos muerto. En falso prometerme a ti no
quieras. | | | | Nuboso, del Egeo en el mar, sorprendió
a la nave | | | | el Austro, y sacudiéndola con su ingente
soplo la deshizo, | | | | y la boca nuestra, que tu nombre en
vano gritaba, |
665 | | | llenaron los oleajes. No esto a ti te
anuncia un autor | | | | ambiguo, no esto de vagos rumores oyes:
| | | | yo mismo los hados míos a ti, náufrago
presente, te revelo. | | | | Levántate, vamos, dame tus
lágrimas y de luto vístete, y no a mí,
| | | | no llorado, a los inanes Tártaros me envía».
|
670 | | | Añade a esto
una voz Morfeo, que de su esposo ella | | | | creyera ser, llantos
también derramar verdaderos | | | | parecido había,
y el gesto de Ceix su mano tenía. | | | | Gime hondo Alcíone,
llorando, y mueve los brazos | | | | durante el sueño
y su cuerpo buscando abraza las auras |
675 | | | y grita: «Espera,
¿a dónde te me arrebatas? Iremos a la vez». | | | | Por
su propia voz y la apariencia de su marido turbada, el sueño
| | | | se sacude y al principio mira alrededor por si está
allí | | | | quien hace poco parecido lo había,
pues, movidos por su voz sus sirvientes, | | | | entraron una
luz. Después que no lo encuentra en parte alguna,
|
680 | | | se golpea el rostro con la mano y rasga de su pecho
los vestidos | | | | y sus pechos mismos hiere y sus cabellos
de mesar no cura, | | | | los desgarra, y a la nodriza, que cuál
de su luto la causa preguntaba: | | | | «Ninguna Alcíone
es, ninguna es», dice, «murió a la vez | | | | con el
Ceix suyo. Las palabras de consuelo llevaos. |
685 | | | Náufrago
ha perecido, lo vi y reconocí y mis manos a él
| | | | al retirarse, ansiando retenerle, le tendí. | | | | Una sombra era, pero también una sombra, aun así,
manifiesta | | | | y de mi marido verdadera. No él ciertamente,
si saber lo quieres, tenía | | | | su acostumbrado semblante
ni, con el que antes, con tal rostro brillaba. |
690 | | | Palideciente
y desnudo y todavía mojado su cabello, | | | | infeliz
de mí le vi. Apostado el desgraciado aquí,
en este | | | | mismo lugar», y busca sus huellas, si alguna
resta. | | | | «Tal cosa era, tal, lo que con mi ánimo
adivinador temía, | | | | y que de mí huyendo los
vientos no siguieras te pedía. |
695 | | | Mas ciertamente
quisiera, puesto que a morir marchabas, | | | | que a mí
también me hubieses llevado. Mucho más provechoso
contigo | | | | a mí me fuera el marchar, pues de mi vida
ningún tiempo | | | | sin ti hubiera pasado, ni nuestra
muerte separada hubiese sido. | | | | Ahora ausente he perecido,
y me sacuden también las olas ausente |
700 | | | y, sin
mí él, el ponto me tiene. Más cruel
que el mismo | | | | piélago sea mi corazón si
mi vida por llevar más lejos pugno, | | | | y lucho por
sobrevivir a tan gran dolor. | | | | Pero ni lucharé ni
a ti, triste, te abandonaré, | | | | y tuya ahora al menos
llegaré de acompañante, y el sepulcro, |
705 | | | si no la urna, con todo nos unirá a nosotros la
letra: | | | | si no tus huesos con los huesos míos, mas
tu nombre con mi nombre he de tocar». | | | | Más cosas
el dolor prohíbe y en cada palabra un golpe de duelo
interviene, | | | | y desde su atónito corazón
gemidos salen. | | | | De mañana
era. Sale de su morada a la playa, |
710 | | | y aquel lugar afligida
busca desde el cual contemplara al que marchaba, | | | | y mientras
se detiene allí, y mientras: «Aquí las amarras
desató, | | | | en esta playa al separarse de mí
besó mis labios», dice, | | | | y mientras anotados en
sus lugares rememora los sucesos, y hacia el mar | | | | mira,
en un trecho distante, divisa algo así |
715 | | | como
un cuerpo, líquida, en el agua, y al principio qué
ello | | | | fuese era dudoso. Después que un poco lo
empujó la ola, | | | | y aunque lejos estaba, un cuerpo,
aun así, que era, manifiesto estaba. | | | | De quién
fuera ignorante ella, porque náufrago, del presagio
conmovida quedó, | | | | y como a un desconocido que su
lágrima ofreciera: «Ay, desgraciado», dice, |
720 | | | «quien quiera que eres, y si alguna mujer tienes». Por el
oleaje llevado | | | | se hace más cercano el cuerpo.
El cual, mientras más ella lo escruta, | | | | por ello
menos cada vez de su mente es dueña, y ya a la vecina
| | | | tierra allegado, ya cual conocerlo pudiera, | | | | lo distingue:
era su esposo. «Él es», grita, y a una, |
725 | | | cara,
pelo y vestido lacera, y tendiendo temblorosas | | | | a Ceix
sus manos: «¿Así, oh queridísimo esposo,
| | | | así a mí, triste, regresas?», dice. Adyacente
hay a las olas, | | | | hecha a mano, una mole que del mar las
primeras iras | | | | rompe, junto a las embestidas que ella
previamente fatiga de las aguas. |
730 | | | Salta allí,
y prodigioso fue que pudiera: volaba, | | | | y golpeando con
sus recién nacidas alas el aire leve, | | | | rozaba lo
alto, pájaro triste, de las olas, | | | | y mientras vuela,
un sonido a la aflicción semejante y lleno | | | | de
queja dio su boca, crepitante de su tenue pico. |
735 | | | Pero
cuando tocó, mudo y sin sangre, ese cuerpo, | | | | a
sus amados miembros abrazada con sus recientes alas, | | | |
fríos besos inútilmente puso en sus labios
con su duro pico. | | | | Si sintió tal cosa Ceix, o si
su rostro con los movimientos de la ola | | | | levantar pareció,
aquella gente lo dudaba, más él |
740 | | | lo había
sentido, y finalmente, al conmiserarse los altísimos,
ambos | | | | en ave son mutados. A los hados mismos sometido
| | | | entonces también permaneció su amor, y
de su matrimonio el pacto deshecho | | | | no quedó, en
ellos de aves. Se aparean y se hacen padres, | | | | y durante
unos días plácidos del invernal tiempo, siete,
|
745 | | | se recuesta Alcíone, suspendidos en la superficie,
en sus nidos. | | | | Entonces es segura la ola del mar: los
vientos custodia y retiene | | | | Éolo de su salida y
brinda a sus nietos mar lisa. | | |
|
Ésaco
| | A ellos algún señor
mayor, conjuntamente volando los mares anchos, | | | | los contempla,
y hasta el fin conservados alaba sus amores: |
750 | | | uno a
su lado, o él mismo si la suerte lo quiso: «Éste
también», dijo, | | | | «que el mar rozando y con sus
patas recogidas | | | | contemplas -mostrándole alargado
hacia su garganta a un somorgujo- | | | | regia descendencia
es, y si descender hasta él | | | | en orden perpetuo
intentas, son el origen suyo |
755 | | | Ilo y Asáraco
y, raptado por Júpiter, Ganimedes, | | | | o Laomedonte
el anciano, y Príamo, a quien los postreros tiempos
| | | | de Troya tocaron. Hermano fue de Héctor éste,
| | | | el cual, si no hubiera sentido en su juventud estos nuevos
hados, | | | | quizás inferior a Héctor un nombre
no tuviera, |
760 | | | aunque lo hubo a él dado a luz
la hija de Dimas; | | | | a Ésaco, en el sombreado Ida,
furtivamente, que lo parió | | | | se dice Alexírroe,
nacida de Granico el bicorne. | | | | Odiaba él las ciudades,
y apartado de la brillante corte, | | | | secretos montes e inambiciosos
campos |
765 | | | cultivaba, y no de Ilión a las juntas,
salvo raramente, acudía. | | | | No agreste, aun así,
ni inexpugnable al amor | | | | pecho tenía, y perseguida
muchas veces por los bosques todos, | | | | contempla a Hesperie,
de su padre en la orilla, a la Cebrenida, | | | | echados a los
hombros, secándolos al sol sus cabellos. |
770 | | | Al
ser vista huye la ninfa, como aterrada del rubio | | | | lobo
una cierva, y, a lo lejos sorprendida al haber dejado el
lago, | | | | del azor el fluvial ánade. A ella de Troya
el héroe | | | | persigue, y a la rápida de miedo,
el rápido acucia de amor. | | | | He aquí que,
escondida en la hierba una culebra, de la que huía
|
775 | | | con su corvo diente el pie rozó, y su humor
dejó en su cuerpo. | | | | Con su vida acabada fue la
huida. Se abraza él fuera de sí | | | | a la exánime
y clama: «Me arrepiento, me arrepiento de haberla seguido,
| | | | pero no esto temí, ni vencer me era de tanto.
| | | | A ti te hemos dado muerte, desgraciada, dos: la herida,
por la serpiente; |
780 | | | por mí el motivo dado fue.
Yo soy más criminal que ella, | | | | quien a ti con la
muerte mía de tu muerte consuelos no te envío».
| | | | Dijo y de una peña, a la que ronca por su base
recomía una ola, | | | | se entregó al ponto. Tetis,
compadecida del que caía, | | | | blandamente lo recibe
y, nadando él por las superficies, de alas |
785 | | |
lo cubrió y de su deseada muerte no le fue dada la
posibilidad. | | | | Se indigna el amante de que contra su voluntad
a vivir se le fuerce | | | | y se le cierre el paso a su ánima,
que de su desgraciada sede quería | | | | salir, y cuando,
nuevas para sus hombros, había tomado esas alas
| | | | remonta y de nuevo su cuerpo sobre las superficies lanza.
|
790 | | | La pluma alivia sus caídas: se enfurece Ésaco,
y contra el profundo | | | | abalanzado parte, y de la muerte
el camino al fin reintenta. | | | | Causó el amor su delgadez:
largas las articulaciones de sus piernas, | | | | larga permanece
su cerviz, la cabeza está del cuerpo lejos. | | | | Las
superficies ama y su nombre tiene porque se sumerge en ella».
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795 | |
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