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    Diálogo de la lengua
     Juan de Valdés
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Diálogo de la lengua


Juan de Valdés


[Nota preliminar: presentamos una edición modernizada de Diálogo de la lengua, de Juan de Valdés, E. Boehmer (ed.), Leipzig, Romanische Studien, 1895, basándonos en la edición de José F. Montesinos (Valdés, Juan de, Diálogo de la lengua, Madrid, Espasa-Calpe, 1976), cuya consulta recomendamos. La edición de Boehmer parte del manuscrito 8629 de la Biblioteca Nacional de Madrid, dicho manuscrito es considerado por toda la crítica como el más antiguo y fidedigno. No reproducimos el índice de palabras y materias citadas y el de refranes y frases que incluye al final esta edición. Con el objetivo de facilitar la lectura del texto al público no especializado se opta por ofrecer una edición modernizada y eliminar las marcas de editor, asumiendo, cuando lo creemos oportuno, las correcciones, reconstrucciones y enmiendas propuestas por Montesinos.]

PERSONAJES
 

 
MARCIO.
VALDÉS.
CORIOLANO.
PACHECO.




MARCIO.-  Pues los mozos son idos a comer y nos han dejado solos, antes que venga alguno que nos estorbe, tornemos a hablar en lo que comencé a deciros esta mañana.

VALDÉS.-   No me acuerdo de qué cosa queréis decir.

MARCIO.-   ¿Cómo no? ¿No os acordáis que os dije cómo de aquello, en que habíamos platicado, me era venida a la memoria una honesta curiosidad, en la cual hace muchos días deseo platicar con vos?

VALDÉS.-   Ya me acuerdo; no tenía cosa más olvidada.

MARCIO.-  Pues nosotros, por obedeceros y serviros, habemos hablado esta mañana en lo que vos habéis querido y, muy cumplidamente, os habemos respondido a todo lo que nos habéis preguntado, cosa justa es que, siendo vos tan cortés y bien criado con todo el mundo, como todos dicen que sois, lo seáis también con nosotros, holgando que hablemos esta tarde en lo que más nos contentará, respondiéndonos y satisfaciéndonos a las preguntas que os proponemos, como nosotros habemos hecho a las que vos nos habéis propuesto.

VALDÉS.-  Si no adornarais esta vuestra demanda con tanta retórica, liberalmente me ofreciera a obedeceros; ahora, viéndoos venir ataviado en vuestra demanda con tantas razones, sospechando me queréis meter en cualque cosa enojosa, no sé qué responderos si primero no me decís claramente qué es lo que queréis de mí.

MARCIO.-  Lo primero que de vos queremos es que, sin querer saber más, nos prometáis ser obediente a lo que os demandaremos.

VALDÉS.-  Confiando en vuestra discreción que no querréis de mí cosa que no sea razonable y honesta, os prometo ser obediente.

MARCIO.-  No me contento con eso, y quiero que a todos tres nos deis vuestra fe que lo haréis así.

VALDÉS.-  ¿A qué propósito me queréis obligar tan estrechamente? ¿Os habéis por ventura concertado todos tres para el mohíno? Ora sus1, sea lo que fuere, digo que os doy mi fe que responderé como mejor supiere a todo lo que esta tarde me querréis preguntar. ¿Estáis contentos?

MARCIO.-  Yo por mi parte estoy contentísimo.

CORIOLANO.-  A mí harto me basta.

PACHECO.-  Pues para mí no era menester más que la primera promesa.

VALDÉS.-  Sus pues, comenzad a preguntar, que me tenéis confuso hasta saber qué misterios son estos que queréis entender de mí.

MARCIO.-  ¿Misterios? ¡Y cómo, si bien supieseis!

VALDÉS.-  Sea lo que fuere, acabad ya; por amor de Dios, decidlo.

MARCIO.-  Soy contento. Bien os debéis acordar cómo, al tiempo que ahora ha dos años, partisteis de esta tierra para Roma, nos prometisteis a todos tres que conservaríais y entretendríais nuestra amistad, como habéis hecho, con vuestras continuas cartas. Ahora sabed que, después de vos ido, nosotros nos concertamos de esta manera, que cualquiera de nosotros que recibiese carta vuestra la comunicase con los otros, y esto habemos hecho siempre así, y con ello habemos tomado mucho descanso, pasatiempo y placer, porque con la lección refrescábamos en nuestros ánimos la memoria del amigo ausente, y con los chistes y donaires, de que continuamente vuestras cartas venían adornadas, teníamos de qué reír y con qué holgar y, notando con atención los primores y delicadezas que guardabais y usabais en vuestro escribir castellano, teníamos sobre qué hablar y contender, porque el señor Pacheco, como hombre nacido y criado en España, presumiendo saber la lengua tan bien como otro, y yo, como curioso de ella, deseando saberla así bien escribir como la sé hablar, y el señor Coriolano, como buen cortesano, queriendo del todo entenderla (porque, como veis, ya en Italia, así entre damas como entre caballeros, se tiene por gentileza y galanía saber hablar castellano), siempre hallábamos algo que notar en vuestras cartas, así en lo que pertenecía a la ortografía, como a los vocablos, como al estilo; y acontecía que, como llegábamos a topar algunas cosas que no habíamos visto usar a otros, a los cuales teníamos por tan bien hablados y bien entendidos en la lengua castellana cuanto a vos, muchas veces veníamos a contender reciamente cuando sobre unas cosas y cuando sobre otras, porque cada uno de nosotros o quería ser maestro o no quería ser discípulo. Ahora que os tenemos aquí, donde nos podéis dar razón de lo que así habemos notado en vuestra manera de escribir, os pedimos por merced nos satisfagáis buenamente a lo que os demandaremos: el señor Pacheco, como natural de la lengua, y el señor Coriolano, como novicio en ella, y yo, como curioso de ella.

VALDÉS.-  Si me dijerais esto antes de comer, me pusierais en duda si lo decíais de verdad o no, pero, considerando que es después de comer, y creyendo que con mostraros hombre del palacio habéis querido celebrar vuestro convite, me resuelvo en no creeros nada de lo que decís, y digo que, si queréis saber algo de mí, debéis dejar los donaires por ahora, pues sabéis que si yo tomo la mano, ganaréis conmigo «lo que suele ganar un cosario con otro».

CORIOLANO.-  Mejor manera de burlar me parece la vuestra, pues queriendo hacer del juego maña, pensáis libraros de la fe que nos habéis dado; y os engañáis, porque de ninguna manera os la soltaremos si primero no nos respondéis muy entera y cumplidamente a todo lo que os preguntaremos sobre la materia propuesta, en la cual se os ha dicho realmente lo que en vuestra ausencia pasaba y lo que queremos de vos.

VALDÉS.-  ¿Queréis que os diga la verdad? Aun con todo eso pienso que me burláis.

PACHECO.-  Si no queréis creer a ellos, creedme a mí, que todo lo que os dicen es la pura verdad.

VALDÉS.-  Más quisiera que fuera la pura mentira, porque me parece cosa tan fuera de propósito esta que queréis, que apenas oso creeros.

MARCIO.-  Me maravillo mucho que os parezca cosa tan extraña el hablar en la lengua que os es natural. Decidme: si las cartas de que os queremos demandar cuenta fueran latinas, ¿tuvierais por cosa fuera de propósito que os demandáramos cuenta de ellas?

VALDÉS.-  No, que no la tuviera por tal.

MARCIO.-  ¿Por qué?

VALDÉS.-  Porque he aprendido la lengua latina por arte y libros, y la castellana por uso, de manera que de la latina podría dar cuenta por el arte y por los libros en que la aprendí, y de la castellana no, sino por el uso común de hablar, por donde tengo razón de juzgar por cosa fuera de propósito que me queráis demandar cuenta de lo que está fuera de toda cuenta.

MARCIO.-  Si os demandásemos cuenta de lo que otros escriben de otra manera que vos, tendríais razón de excusaros, pero, demandándoosla de lo que vos escribís de otra manera que otros, con ninguna razón os podéis excusar.

VALDÉS.-  Cuando bien lo que decís sea así, no dejaré de excusarme, porque me parece cosa fuera de propósito que queráis vosotros ahora que perdamos nuestro tiempo hablando en una cosa tan baja y plebeya como es punticos y primorcicos de lengua vulgar, cosa a mi ver tan ajena de vuestros ingenios y juicios que por vuestra honra no querría hablar en ella, cuando bien a mí me fuese muy sabrosa y apacible.

MARCIO.-  Me pesa oíros decir eso. ¿Cómo? ¿Y os parece a vos que el Bembo perdió su tiempo en el libro que hizo sobre la lengua toscana?

VALDÉS.-  No soy tan diestro en la lengua toscana que pueda juzgar si lo perdió o lo ganó; os sé decir que a muchos he oído decir que fue cosa inútil aquel su trabajo.

MARCIO.-  Los mismos que dicen eso, os prometo se aprovechan muchas veces de esa que llaman cosa inútil, y hay muchos que son de contraria opinión, porque admiten y aprueban las razones que él da, por donde prueba que todos los hombres somos más obligados a ilustrar y enriquecer la lengua que nos es natural y que mamamos en las tetas de nuestras madres, que no la que nos es pegadiza y que aprendemos en libros. ¿No habéis leído lo que dice sobre esto?

VALDÉS.-  Sí que lo he leído, pero no me parece todo uno.

MARCIO.-  ¿Cómo no? ¿No tenéis por tan elegante y gentil la lengua castellana como la toscana?

VALDÉS.-  Sí que la tengo, pero también la tengo por más vulgar, porque veo que la toscana está ilustrada y enriquecida por un Boccaccio y un Petrarca, los cuales, siendo buenos letrados, no solamente se preciaron de escribir buenas cosas, pero procuraron escribirlas con estilo muy propio y muy elegante; y, como sabéis, la lengua castellana nunca ha tenido quien escriba en ella con tanto cuidado y miramiento cuanto sería menester para que hombre, queriendo o dar cuenta de lo que escribe diferente de los otros, o reformar los abusos que hay hoy en ella, se pudiese aprovechar de su autoridad.

MARCIO.-  Cuanto más conocéis eso, tanto más os deberíais avergonzar vosotros, que por vuestra negligencia hayáis dejado y dejéis perder una lengua tan noble, tan entera, tan gentil y tan abundante.

VALDÉS.-  Vos tenéis mucha razón, pero eso no toca a mí.

MARCIO.-  ¿Cómo no? ¿Vos no sois castellano?

VALDÉS.-  Sí que lo soy.

MARCIO.-  Pues ¿por qué esto no toca a vos?

VALDÉS.-  Porque no soy tan letrado ni tan leído en cosas de ciencia cuanto otros castellanos que muy largamente podrían hacer lo que vos queréis.

MARCIO.-  Pues ellos no lo hacen y a vos no os falta habilidad para poder hacer algo, no os deberíais excusar de ello, pues, cuando bien no hicieseis otra cosa que despertar a otros a hacerlo, haríais harto, cuanto más que aquí no os rogamos que escribáis, sino que habléis; y, como sabréis, palabras y plumas el viento las lleva.

PACHECO.-  No os hagáis, por vuestra fe, tanto de rogar en una cosa que tan fácilmente podéis cumplir; cuanto más, habiéndola prometido y no teniendo causa justa con que excusaros, porque lo que decís de los autores que os faltan para defenderos no es bastante, pues sabéis que para la que llamáis ortografía y para los vocablos os podéis servir del autoridad del Vocabulario de Antonio de Librija2 y, para el estilo, de la del libro de Amadís de Gaula.

VALDÉS.-  Sí, por cierto, muy grande es el autoridad de esos dos para hacer fundamento en ella, y muy bien debéis haber mirado el Vocabulario de Librija, pues decís eso.

PACHECO.-  ¿Cómo? ¿No os contenta?

VALDÉS.-  ¿Por qué queréis que me contente? ¿Vos no veis que, aunque Librija era muy docto en la lengua latina, que esto nadie se lo puede quitar, al fin no se puede negar que era andaluz, y no castellano, y que escribió aquel su Vocabulario con tan poco cuidado que parece haberlo escrito por burla? Si ya no queréis decir que hombres envidiosos, por afrentar al autor, han gastado el libro.

PACHECO.-  En eso yo poco me entiendo. Pero ¿en qué lo veis?

VALDÉS.-  En que, dejando aparte la ortografía, en la cual muchas veces peca en la declaración que hace de los vocablos castellanos, en los latinos se engaña tantas veces que sois forzado a creer una de dos cosas: o que no entendía la verdadera significación del latín (y esta es la que yo menos creo) o que no alcanzaba la del castellano, y esta podría ser, porque él era de Andalucía, donde la lengua no está muy pura.

PACHECO.-  Apenas puedo creer eso que me decís, porque a hombres muy señalados en letras he oído decir todo lo contrario.

VALDÉS.-  Si no lo queréis creer, id a mirarlo y hallaréis que por aldeano dice vicinus, por brio en costumbres, morositas; por cecear y ceceoso, balbutire y balbus; por loçano, lascivus; por malherir, deligere; por moço para mandados, amanuensis; por mote o motete, epigramma; por padrino de boda, paranymphus; por ración de palacio, sportula; por sabidor de lo suyo solamente, idiota; por villano, castellanus; y por rejalgar, aconitum. No os quiero decir más, porque sé que entendéis poco de la lengua latina y porque me parece bastan estos vocablos para que, si los entendéis, creáis que los hombres de letras que decís, no debían tener tantas como vos pensáis, o no lo debían haber mirado con tanta atención como yo, y para que veáis que no me puedo defender con el autoridad de Librija.

PACHECO.-  Confieso que tenéis razón.

VALDÉS.-  Es tanta que, si bien la entendieseis, soy cierto me tendríais antes por modesto en el notar poco, que por insolente en el reprehender mucho. Mas quiero que sepáis que aún hay otra cosa por que no estoy bien con Librija en aquel Vocabulario, y es esta: que parece que no tuvo intento a poner todos los vocablos españoles, como fuera razón que hiciera, sino solamente aquéllos para los cuales hallaba vocablos latinos o griegos que los declarasen.

PACHECO.-  Basta lo dicho; yo estaba muy engañado.

VALDÉS.-  Pues cuanto al autor de Amadis de Gaula, cuánta autoridad se le debe dar, podéis juzgar por esto que hallaréis, si miráis en ello: que en el estilo peca muchas veces con no sé qué frías afectaciones que le contentan, las cuales creo bien que o se usaban en el tiempo que él escribió, y en tal caso no sería digno de reprehensión, o que quiso acomodar su estilo al tiempo en que dice que aconteció su historia, y esto sería cosa muy fuera de propósito, porque él dice que aquella su historia aconteció poco después de la pasión de nuestro redentor; y la lengua en que él escribe no se habló en España hasta muchos años después. Esto mismo se puede decir de los vocablos. Cuanto a la ortografía, no digo nada, porque la culpa se puede atribuir a los impresores y no al autor del libro.

MARCIO.-  Ora sus, no perdamos tiempo en esto. Si no tenéis libros en castellano con cuya autoridad nos podáis satisfacer a lo que de vuestras cartas os preguntaremos, a lo menos satisfacednos con las razones que os mueven a escribir algunas cosas de otra manera que los otros, porque puede ser que estas sean tales, que valgan tanto cuanto pudiera valer el autoridad de los libros; cuanto más que, a mi parecer, para muchas cosas os podréis servir del Quaderno de refranes castellanos, que me decís cogisteis entre amigos estando en Roma por ruego de ciertos gentiles hombres romanos.

PACHECO.-  Muy bien habéis dicho, porque en aquellos refranes se ve muy bien la puridad de la lengua castellana.

CORIOLANO.-  Antes que paséis adelante, es menester que sepa yo qué cosa son refranes.

VALDÉS.-  Son proverbios o adagios.

CORIOLANO.-  ¿Y tenéis libro impreso de ellos?

VALDÉS.-  No de todos, pero, siendo muchacho, me acuerdo haber visto uno de algunos mal glosados.

CORIOLANO.-  ¿Son como los latinos y griegos?

VALDÉS.-  No tienen mucha conformidad con ellos, porque los castellanos son tomados de dichos vulgares, los más de ellos nacidos y criados entre viejas, tras del fuego hilando sus ruecas; y los griegos y latinos, como sabéis, son nacidos entre personas doctas y están celebrados en libros de mucha doctrina. Pero, para considerar la propiedad de la lengua castellana, lo mejor que los refranes tienen es ser nacidos en el vulgo.

PACHECO.-  Yo os prometo, si no fuese cosa contraria a mi profesión, que me habría, algunos días ha, determinadamente puesto en hacer un libro en la lengua castellana, como uno que dice que Erasmo ha hecho en la latina, allegando todos los refranes que hallase y declarándolos lo menos mal que supiese, porque he pensado que en ello haría un señalado servicio a la lengua castellana.

VALDÉS.-  También era Julio César de vuestra profesión, pero no tuvo por cosa contraria a ella con la pluma en la mano escribir de noche lo que con la lanza hacía de día, de manera que la profesión no os excusa. ¿No habéis oído decir que las letras no embotan la lanza?

PACHECO.-  Vos decís muy bien, y yo lo conozco. Dadme a mí el sujeto que tuvo César, que escribía lo que él hacía y no lo que otros decían, y estonces veréis si tengo por deshonra escribir; pero, porque parece que escribir semejantes cosas a esta pertenece más a hombres de haldas que de armas, no me he querido poner en ello.

VALDÉS.-  Pues aunque yo no hago profesión de soldado, pues tampoco soy hombre de haldas, pensad que no os tengo de consentir me moláis aquí preguntándome niñerías de la lengua. Por tanto me resuelvo con vosotros en esto, que, si os contentan las cosas que en mis cartas habéis notado, las toméis y las vendáis por vuestras, que para ello yo os doy licencia, y que, si os parecen mal, las dejéis estar, pues para mí harto me basta haber conocido por vuestras respuestas que habéis entendido lo que he querido decir en mis cartas.

MARCIO.-  Porque lo que en vuestras cartas habemos notado es de calidad que ni lo podemos tomar por bueno, porque no todos lo aprobamos del todo, ni lo podemos desechar por malo, porque hay cosas que nos satisfacen y hay otras que no entendemos, es menester que en todo caso nos deis cuenta, no solamente de lo que habéis escrito, pero aun de lo que de ello depende o puede depender. Vuestra fe y palabra nos habéis dado y, aunque no queráis, la habéis de cumplir.

VALDÉS.-  No se haría más en el monte de Torozos o, como acá decís, en el bosque de Bacano; y pues, como dicen en mi tierra, donde fuerza viene, derecho se pierde, yo me determino en obedeceros. Empezad a preguntar, que yo os responderé. Pero, ya que así lo queréis, será bien que todos tres os concertéis en el orden que queréis llevar en vuestras preguntas, porque no os confundáis en ellas. Hacedlo así, y entre tanto me saldré yo al jardín a tomar un poco de aire.

MARCIO.-  Muy bien decís; en merced os lo tenemos. Andad con Dios, que presto os llamaremos.

PACHECO.-  Pues habemos cogido y prendado a Valdés, aún no lo dejemos de ninguna manera sin que primero lo examinemos hasta el postrer pelo. Porque yo lo tengo por tal, que ninguna cosa escribe sin fundamento, y apostaría que tiene en sus papeles notadas algunas cosillas sobre esta materia de que le queremos hablar. Esto creo así, porque no vi en mi vida hombre más amigo de escribir. Siempre en su casa está hecho un San Juan Evangelista, la péñola en la mano, tanto que creo escribe de noche lo que hace de día, y de día, lo que ensueña de noche.

MARCIO.-  Bien decís; y pues vos, que sois el más diestro en la lengua, sabréis mejor lo que conviene preguntar, a vos toca ordenarlo de manera que no nos confundamos.

PACHECO.-  Antes yo me remito a cualquiera de vosotros que sois leídos, que yo más me entiendo de desordenar que de ordenar.

MARCIO.-  Si os queréis gobernar por mí, haremos de esta manera: En la primera parte, le preguntaremos lo que sabe del origen o principio que han tenido, así la lengua castellana como las otras lenguas que hoy se hablan en España; en la segunda, lo que pertenece a la gramática; en la tercera, lo que le habemos notado en el escribir unas letras más que otras; en la cuarta, la causa que lo mueva a poner o quitar en algunos vocablos una sílaba; en la quinta, le pediremos nos diga por qué no usa de muchos vocablos que usan otros; en la sexta, le rogaremos nos avise de los primores que guarda cuanto al estilo; en la sétima, le demandaremos su parecer acerca de los libros que están escritos en castellano; al último haremos que nos diga su opinión sobre cuál lengua tiene por más conforme a la latina, la castellana o la toscana. De manera que lo primero será del origen de la lengua, lo segundo de la gramática, lo tercero de las letras (adonde entra la ortografía), lo cuarto de las sílabas, lo quinto de los vocablos, lo sexto del estilo, lo sétimo de los libros, lo último de la conformidad de las lenguas. ¿Os contenta esta manera de proceder?

PACHECO.-  Es la mejor del mundo, con tal condición que la guardemos de tal manera que ninguno se pueda salir de ella.

CORIOLANO.-  Yo deseo siempre prevenir por no ser prevenido, y así querría que pusiésemos escondido en algún lugar secreto un buen escribano, para que notase los puntos principales que aquí se dijesen, porque podría ser que con este principio engolosinásemos a Valdés de tal manera, que le hiciésemos componer cualque diálogo de lo que aquí platicaremos.

MARCIO.-  Lo habéis pensado muy bien; hágase así: poned a meser Aurelio que, como sabéis, es entendido en entramas lenguas, y ordenadle lo que ha de hacer, mientras que yo voy a llamar a Valdés, que lo veo pasear muy pensativo. Pero mirad que mandéis que el casero esté a la puerta para que, si viniere alguno, sea quien fuere, diga que no estamos aquí, porque no nos estorben; y, porque los que vinieren lo crean y se vayan con Dios, mandad que los mozos se pasen a jugar hacia la parte de la mar, porque de otra manera no haríamos nada.

CORIOLANO.-  Decís muy bien; presto será hecho.

VALDÉS.-  Ora sus, vedme aquí más obediente que un fraile descalzo cuando es convidado para algún banquete.

MARCIO.-  Soy cierto que la plática no puede andar sino bien, y, porque no perdamos tiempo, con licencia de estos señores quiero yo tomar la mano.

PACHECO.-  Yo, por mi tanto, recibiré merced que vos hagáis todas las preguntas principales, de manera que nosotros dos andemos sobresalientes.

MARCIO.-  Acepto la merced y, comenzando a preguntar, digo, señor Valdés, que lo primero que querría saber de vos es de dónde tuvieron origen y principio las lenguas que hoy se hablan en España, y principalmente la castellana, porque, pues habemos de hablar de ella, justo es que sepamos su nacimiento.

VALDÉS.-  Muy larga me la levantáis; cuanto que esto más es querer saber historias que gramática, y, pues vosotros holgáis de esto, de muy buena gana os diré todo lo que acerca de ello he considerado. Estad atentos, porque sobre ello me digáis vuestros pareceres. Y, porque la lengua que hoy se habla en Castilla, de la cual vosotros queréis ser informados, tiene parte de la lengua que se usaba en España antes que los romanos la enseñoreasen, y tiene también alguna parte de la de los godos, que sucedieron a los romanos, y mucha de la de los moros, que reinaron muchos años, aunque la principal parte es de la lengua que introdujeron los romanos, que es la lengua latina, será bien que primero examinemos qué lengua era aquella antigua que se usaba en España antes que los romanos viniesen a ella.

Lo que por la mayor parte los que son curiosos de estas cosas tienen y creen, es que la lengua que hoy usan los vizcaínos es aquella antigua española. Esta opinión confirman con dos razones harto aparentes: la una es que, así como las armas de los romanos, cuando conquistaron la España, no pudieron pasar en aquella parte que llamamos Vizcaya, así tampoco pudo pasar la lengua al tiempo que, después de haberse hecho señores de España, quisieron que en toda ella se hablase la lengua romana. La otra razón es la disconformidad que tiene la lengua vizcaína con cualquiera de las otras lenguas que el día de hoy en España se usan, por donde se tiene casi por cierto que aquella nación conservó juntamente con la libertad su primera lengua. De esta misma opinión fui yo un tiempo, y creí que cierto fuese así, porque la una razón y la otra me contentaron; pero habiéndolo después considerado mejor, y habiendo leído un poco más adelante, soy venido en esta opinión: que la lengua que en España se hablaba antiguamente era así griega como la que ahora se habla es latina; quiero decir que, así como la lengua que hoy se habla en Castilla, aunque es mezclada de otras, la mayor y más principal parte que tiene es de la lengua latina, así la lengua que entonces se hablaba, aunque tenía mezcla de otras, la mayor y más principal parte de ella era de la lengua griega. En esta opinión he entrado por dos puertas. La una es leyendo a los historiadores, porque hallo que griegos fueron los que más platicaron en España, así con armas como con contrataciones, y ya sabéis que estas dos cosas son las que hacen alterar y aun mudar las lenguas; cuanto más que se lee que griegos vinieron a habitar en España, por donde es de creer que, no solamente guardaron su lengua, pero que la comunicaron con las otras naciones, las cuales, por ser, como es, rica y abundante, la debieron de aceptar. La otra puerta por donde soy entrado en esta opinión es la consideración de los vocablos castellanos, porque, cuando me pongo a pensar en ellos, hallo que muchos de los que no son latinos o arábigos, son griegos, los cuales creo sin falta quedasen de la lengua antigua, así como quedaron también algunas maneras de decir, porque, como sabéis, el que habla en lengua ajena siempre usa algunos vocablos de la suya propia, y algunas maneras de decir.

MARCIO.-  Cosa nueva es para mí, no lo que toca a las historias, sino lo que decís que la lengua castellana tenga tanto de la griega, y, si no me lo tuvieseis a mal, no lo querría creer hasta ver primero cómo lo probáis.

VALDÉS.-  Aunque el creer sea cortesía, yo huelgo que de esto que os he dicho no creáis más de lo que viereis.

MARCIO.-  Aceptamos la licencia, y mirad que no os admitiremos los vocablos griegos que la lengua castellana ha tomado de la sagrada escritura, como son escandalizar, atesorar, evangelio, apóstol, ni otros que son como anexos a estos, así como ciminterio y martilojo, ni tampoco los que parece sean de la medicina, como cristal, paroxismo, efímera, gargarismo, porque quiero que en sí muestren su antigüedad, porque de otra manera no valdrá nada vuestra razón.

VALDÉS.-  Bien me podría servir de alguno de los que habéis dicho, pero no quiero sino dejarlos por no contender, y deciros algunos otros que, a mi ver, muestran ser antiguos así bien que bastan harto para que creáis que lo que digo es verdad. Estos son apeldar por huir, malatía por enfermedad, cillero por el lugar donde poner la harina, fantasía por presunción, gaçafatón por cosa mal dicha, tio, rávano, cara, carátula, cadira por silla; también creo que quedasen del griego trévedes y chimenea, y aun brasa y abrasar, porque brasso quiere decir hiervo, y açomar, masa, moço, mesta, cañada, barrio, cisne, pinjado, artesa, tramar, truhán, mandra, celemín, glotón, tragón y tragar. Hay también algunos que comienzan en pan, y tienen del griego, como son pantuflos, pandero, panfarrón, y otros muchos que debe haber en que yo no he mirado; hay también otros vocablos que, aunque tienen del latín, parecen claramente ser forjados a la significación de otros griegos que significan lo que ellos; de estos es dexemplar, que en algunas partes de España usan por disfamar; el cual vocablo creo yo sea forjado de esta manera: que, soliendo decir, como el griego dice paradigma que quiere decir exemplum, el español queriendo hablar latín, habló a su modo y dijo dexemplar; así como el francés, porque, hablando su lengua, por dice uida, cuando viene a hablar latín, no se contenta con decir ita, sino añade el da de su lengua y dice itada. Esto me parece que os debe bastar cuanto a los vocablos. Cuanto a las maneras de decir, si miráis en ello, hallaréis muy muchas.

MARCIO.-  Ea, decid algunas.

VALDÉS.-  Porque Luciano, de los autores griegos en que yo he leído, es el que más se allega al hablar ordinario, os daré de él los ejemplos.

MARCIO.-  Más los quisiera de Demóstenes.

VALDÉS.-  Y aun yo holgara de dároslos siquiera de Isócrates, pero contentaos con que os dé de lo que tengo. Cuando en castellano queremos decir que uno tiene bien de bivir, decimos que tiene buena passada; de esta misma manera, queriendo decir esto mismo, dice Luciano ce diarci ton poron; y en castellano, queriendo decir nuestra hazienda, o su hazienda, decimos lo nuestro o lo suyo: Quien da lo suyo antes de su muerte, merece que le den con un maço en la frente, adonde dice lo suyo por su hazienda; y Luciano, en la misma significación, dice ta imetera. También, si en castellano amenazamos a un moço o muchacho, queriendo decir que lo castigaremos, decimos: Pues si yo te empieço, y de la misma manera dice Luciano mu catirxato, que quiere decir: me empeçó. Por medio para confirmación de esta mi opinión, allende de lo dicho, puedo también alegar la conformidad de los artículos y otras cosas, si no os contentáis con lo alegado.

MARCIO.-  Antes abasta harto lo que habéis dicho, y de verdad parece harto aparente y razonable esta vuestra opinión, y yo tanto de hoy más la tendré también por mía, y lo mismo creo que harán estos dos señores. Ahora, presuponiendo que es así como vos decís, que la lengua que en España se hablaba antes que los romanos, habiéndola enseñoreado, le introdujesen su lengua, era así griega como es latina la que ahora se habla, proseguid adelante.

VALDÉS.-  La vida me habéis dado en no querer contender sobre esto, porque por no porfiar me dejara vencer, haciendo mi cuenta que más vale quedar por necio que ser tenido por porfiado. Pero mirad que, si alguno querrá decir que la lengua vizcaína es en España aún más antigua que la griega, yo tanto no curaré de contender sobre lo contrario, antes diré que sea mucho en buena hora así como lo dirá, con tanto que a mí me conceda el señor Pacheco lo que digo.

PACHECO.-  No os concederé yo tan presto lo que habéis concluido, porque Gayo Lucio y los tres Cipiones, Claudio Nerón y Sempronio Graco, siendo romanos, latinos y griegos, no hablaran con turdetanos, celtiberos, o iberos y cántabros por intérpretes, si la lengua antigua de España fuera griega, ni los mercadantes de Fenicia habían necesidad de intérprete en el contratar de sus mercaderías con los antiguos de España, antes que cartagineses y romanos la combatiesen.

VALDÉS.-  Basta que la lengua latina, como he dicho, desterró de España a la griega, la cual, así mezclada y algo corrompida, se platicó en España hasta la venida de los godos, los cuales, aunque no desterraron la lengua latina, todavía la corrompieron con la suya, de manera que ya la lengua latina tenía en España dos mezclas, una de la griega, según mi opinión, y otra de los godos. El uso de esta lengua así corrompida duró por toda España, según yo pienso, hasta que el rey don Rodrigo en el año de setecientos y diez y nueve, poco más o menos, desastradamente, la perdió cuando la conquistaron ciertos reyes moros que pasaron de África, con la venida de los cuales se comenzó a hablar en España la lengua arábiga, excepto en Asturias, en Vizcaya y Guipúzcoa, y en algunos lugares fuertes de Aragón y Cataluña, las cuales provincias los moros no pudieron sojuzgar, y así se salvaron muchas gentes de los cristianos, tomando por amparo y defensión la aspereza de las tierras, adonde, conservando su religión, su libertad y su lengua, estuvieron quedos hasta que en Asturias, adonde se recogió mayor número de gente, alzaron por rey de España al Infante don Pelayo, el cual con los suyos comenzó a pelear con los moros, y, ayudándoles Dios, iban ganando tierra con ellos, y así como los sucesores deste rey sucedían en el reino, así también sucedían en la guerra contra los moros, ganándoles cuándo una ciudad y cuándo otra, y cuándo un reino y cuándo otro. Esta conquista, como creo sabéis, duró hasta el año de mil y cuatrocientos y noventa y dos, en el cual año los Reyes Católicos, de gloriosa memoria, ganando el reino de Granada, echaron del todo la tiranía de los moros de toda España. En este medio tiempo no pudieron tanto conservar los españoles la pureza de su lengua, que no se mezclase con ella mucho de la arábiga, porque, aunque recobraban los reinos, las ciudades, villas y lugares, como todavía quedaban en ellas muchos moros por moradores, se quedaban con su lengua; y, habiendo durado en ella hasta que pocos años ha, el emperador les mandó se tornasen cristianos o se saliesen de España, conversando entre nosotros, nos han pegado muchos de sus vocablos. Esta breve historia os he contado, porque, para satisfaceros a lo que me preguntasteis, me pareció convenía así. Ahora, pues habéis visto cómo, de la lengua que en España se hablaba antes que conociese la de los romanos, tiene hoy la castellana algunos vocablos y algunas maneras de decir, es menester que entendáis cómo de la lengua arábiga ha tomado muchos vocablos; y habéis de saber que, aunque para muchas cosas de las que nombramos con vocablos arábigos tenemos vocablos latinos, el uso nos ha hecho tener por mejores los arábigos que los latinos; y de aquí es que decimos antes alhombra que tapete, y tenemos por mejor vocablo alcrevite que piedra sufre, azeite que olio, y, si mal no me engaño, hallaréis que para solas aquellas cosas que habemos tomado de los moros, no tenemos otros vocablos con que nombrarlas que los arábigos, que ellos mismos, con las mismas cosas, nos introdujeron; y, si queréis ir avisados, hallaréis que un al, que los moros tienen por artículo, el cual ellos ponen al principio de los más nombres que tienen, nosotros lo tenemos mezclado en algunos vocablos latinos, el cual es causa que no los conozcamos por nuestros. Pero, con todos estos embarazos y con todas estas mezclas, todavía la lengua latina es el principal fundamento de la castellana, de tal manera que, si a vuestra pregunta yo hubiera respondido que el origen de la lengua castellana es la latina, me pudiera haber excusado todo lo demás que he dicho; pero mitad que he querido ser liberal en esta parte, porque me consintáis ser escaso en las demás.

PACHECO.-  Creo yo, según lo que conozco de vuestra condición, que, aunque os roguemos seáis escaso, seréis liberal, especialmente de esta mercancía en que con la liberalidad no se desmengua el caudal.

MARCIO.-  No os ha respondido mal; y vos nos habéis muy bien satisfecho a nuestra pregunta, porque, así vuestra opinión acerca de la primera lengua, como acerca de la corrupción de la latina, parece no se puede negar; pero, pues tenemos ya que el fundamento de la lengua castellana es la latina, resta que nos digáis de dónde vino y tuvo principio que en España se hablasen las otras cuatro maneras de lenguas que hoy se hablan, como son la catalana, la valenciana, la portuguesa y la vizcaína.

VALDÉS.-  Os diré no lo que sé de cierta ciencia, porque no sé nada de esta manera, sino lo que por conjeturas alcanzo, y lo que saco por discreción; por tanto me contento que vosotros a lo que dijere deis el crédito que quisierais; y con este presupuesto, digo que dos cosas suelen principalmente causar en una provincia diversidades de lenguas: la una es no estar toda debajo de un príncipe, rey o señor, de donde procede que tantas diferencias hay de lenguas, cuanta diversidad de señores; la otra es que, como siempre se pegan algo unas provincias comarcanas a otras, acontece que cada parte de una provincia, tomando algo de sus comarcanas, su poco a poco se va diferenciando de las otras, y esto no solamente en el hablar, pero aun también en el conversar y en las costumbres. España, como sabéis, ha estado debajo de muchos señores, y es así que -dejado a parte que aun hasta Castilla estuvo dividida, no ha muchos años-, que Cataluña era de un señor, al cual llamaban conde, y Aragón era de otro señor, al cual llamaban rey; los cuales dos señores vinieron a juntarse por casamientos, y después, por armas, conquistaron el reino de Valencia que era de moros; y, andando el tiempo, lo uno y lo otro vino a juntarse con Castilla; y los reinos de Granada y Navarra tenían también sus señoríos, aunque ya ahora, a su despecho, el uno y el otro están debajo de la corona de Castilla; y Portugal, como veis, aun ahora está apartada de la corona de España, teniendo como tiene rey de por sí. La cual diversidad de señoríos, pienso yo que en alguna manera haya causado la diferencia de las lenguas, bien que cualquiera de ellas se conforma más con la lengua castellana que con ninguna otra; porque, aunque cada una de ellas ha tomado de sus comarcanos, como Cataluña que ha tomado de Francia y de Italia, y Valencia, que ha tomado de Cataluña, todavía veréis que principalmente tiran al latín, que es, como tengo dicho, el fundamento de la lengua castellana, de la cual, porque os tengo dicho todo lo que sé y puedo decir, no curo de hablar más. De la vizcaína querría saberos decir algo, pero, como no la sé ni la entiendo, no tengo que decir de ella sino solamente esto: que, según he entendido de personas que la entienden, también a ella se le han pegado muchos vocablos latinos, los cuales no se conocen, así por lo que les han añadido, como por la manera con que los pronuncian. Esta lengua es tan ajena de todas las otras de España, que ni los naturales de ella son entendidos por ella poco ni mucho de los otros, ni los otros de ellos. La lengua catalana dice que era antiguamente lemosina, que es ahora lengua de oc; se ha apurado tomando mucho del latín, sino que no le toma los vocablos enteros; y tomando algo del francés puro, y también del castellano y del italiano. La valenciana es tan conforme a la catalana, que el que entiende la una entiende casi la otra, porque la principal diferencia consiste en la pronunciación que se llega más al castellano, y así es más inteligible al castellano que la catalana. La portuguesa tiene más del castellano que ninguna de las otras, tanto que la principal diferencia que a mi parecer se halla entre las dos lenguas es la pronunciación y la ortografía.

MARCIO.-  Siendo esto que decís así, ¿cómo en Aragón y Navarra, habiendo sido casi siempre reinos de por sí, se habla la lengua castellana?

VALDÉS.-  La causa de esto pienso que sea que, así como los cristianos que se recogieron en Asturias debajo del rey don Pelayo, ganando y conquistando a Castilla, conservaron su lengua, así también los que se recogieron en algunos lugares fuertes de los montes Pirineos y debajo del rey don Garci Jiménez, conquistando a Aragón y Navarra, conservaron su lengua; aunque creo que también lo haya causado la mucha comunicación que estas dos provincias han siempre tenido en Castilla. Y la causa por que, según yo pienso, en el Andalucía y en el reino de Murcia la vecindad de la mar no ha hecho lo que en las otras provincias, es que los castellanos conquistaron estas provincias en tiempo que ya ellos eran tantos que bastaban para introducir su lengua, y no tenían necesidad del comercio de otras naciones para las contrataciones que sustentan las provincias.

MARCIO.-  Bien me satisfacen esas razones, y, cuanto a esto, con lo dicho nos contentamos, y así queremos que dejéis a parte las otras cuatro lenguas y nos digáis solamente lo que toca a la lengua castellana.

VALDÉS.-  Si me habéis de preguntar de las diversidades que hay en el hablar castellano entre unas tierras y otras, será nunca acabar, porque como la lengua castellana se habla no solamente por toda Castilla, pero en el reino de Aragón, en el de Murcia con toda el Andalucía, y en Galicia, Asturias y Navarra, y esto aun hasta entre la gente vulgar, porque entre la gente noble tanto bien se habla en todo el resto de España, cada provincia tiene sus vocablos propios y sus maneras de decir, y es así que el aragonés tiene unos vocablos propios y unas propias maneras de decir, y el andaluz tiene otros y otras, y el navarro otros y otras, y aun hay otros y otras, en tierra de Campos, que llaman Castilla la Vieja, y otros y otras en el reino de Toledo. De manera que, como digo, nunca acabaríamos.

PACHECO.-  No os queremos meter en ese labirinto; solamente, como a hombre criado en el reino de Toledo y en la corte de España, os preguntaremos de la lengua que se usa en la corte, y si alguna vez tocaremos algo de esas otras provincias, lo recibiréis en paciencia.

VALDÉS.-  Mientras me mandarais acortar la materia y no alargarla, de buena voluntad os obedeceré.

MARCIO.-  ¿Creéis que la lengua castellana tenga algunos vocablos de la hebrea?

VALDÉS.-  Yo no me acuerdo sino de solo uno, el cual creo se le haya pegado de la religión; este es abad, de donde viene abadessa, abadía y abadengo.

CORIOLANO.-  Este último vocablo es muy nuevo para mí; no paséis adelante sin decirme qué quiere decir abadengo.

VALDÉS.-  Porque en la lengua castellana de real se dice realengo, lo que pertenece al rey, quisieron los clérigos, con su acostumbrada humildad, por parecer a los reyes, que de abad se llamase abadengo, lo que pertenece al abad o abadía.

PACHECO.-  ¿Os parece a vos que fueron muy necios?

VALDÉS.-  No me empacho con clérigos. También saco por costal o talega es hebreo, de donde lo ha tomado el castellano, así como casi todas las otras lenguas que han sucedido a la hebrea.

MARCIO.-  ¿Ay algunos vocablos deducidos de la lengua italiana?

VALDÉS.-  Pienso yo que jornal, jornalero y jornada han tomado principio del giorno que decís acá en Italia; es verdad que también se lo puede atribuir así Cataluña.

PACHECO.-  Verdaderamente creo sea así como decís; nunca había mirado en ello.

VALDÉS.-  Bien creo que haya también algunos otros vocablos tan propios castellanos que, sin tener origen de ninguna otra lengua, con el tiempo han nacido en la provincia.

MARCIO.-  Cuanto al origen de la lengua, basta harto saber lo que nos habéis dicho. Ahora querríamos saber de vos, en lo que pertenece a la gramática, qué conformidad tiene la lengua castellana con las otras lenguas de que ha tomado vocablos con que ataviarse y componerse.

VALDÉS.-  Muy larga me la levantáis, si queréis meterme en reglas gramaticales; pero, porque no digáis que no os obedezco, diré lo que así de presto se me ofrecerá.

MARCIO.-  Nosotros nos contentamos con eso.

VALDÉS.-  Cuanto a la conformidad, digo que se conforma la lengua castellana con la griega en esto, que tiene, como ella, sus artículos.

PACHECO.-  ¿A qué llamáis artículos?

VALDÉS.-  A el, la y lo, los y las.

PACHECO.-  Ya lo entiendo.

MARCIO.-  ¿De qué manera usáis de estos artículos?

VALDÉS.-  El ponemos con los nombres masculinos diciendo el hombre, y la ponemos con los nombres femeninos diciendo la muger; y lo juntamos a los nombres neutros diciendo lo bueno, pero de este solamente tenemos singular, y no plural como de los otros, que tenemos los para masculino, diciendo los hombres, y las para femenino, diciendo las mugeres.

CORIOLANO.-  ¿Y para los otros casos tenéis artículos?

VALDÉS.-  Para el genitivo masculino tenemos del, diciendo del hombre, y para el femenino de la, diciendo de la muger. Aunque yo creo, así en el un género como en el otro, sobre el artículo del nominativo se añade un de, sino que en el masculino se pierde la e, y por no decir de el hombre, decimos del hombre.

PACHECO.-  Sin duda creo que sea así.

VALDÉS.-  Estos mismos artículos sirven para el ablativo, porque cuando decimos: Del lobo un pelo y esse de la frente, aquel del lobo está en ablativo. De la misma manera en el dativo y acusativo ponemos sobre el artículo del nominativo una a, sino que en el masculino perdemos la e, diciendo: Dixo el asno al mulo: harre allá, orejudo, adonde aquel al está por a el. En el femenino no se pierde nada, porque decimos Dixo la sartén a la caldera: tira allá, culnegra. De la misma manera hacemos en el artículo neutro que en femenino, porque así, poniendo un de sobre el artículo del nominativo, formamos el del genitivo y ablativo, y poniendo una a formamos el del dativo y acusativo, porque decimos de lo para genitivo y ablativo, y a lo para dativo y acusativo: De lo contado come el lobo, etc. Y así como en el singular decimos el, del y al en el género masculino, y la, de la y a la en el femenino, así en el plural en el masculino decimos los, de los y a los, y en el femenino las, de las y a las; el artículo neutro ya he dicho que no tiene plural.

MARCIO.-  Harto basta lo dicho cuanto a la conformidad de los artículos; proseguid adelante.

VALDÉS.-  Con la lengua hebrea se conforma la castellana en no variar los casos, porque en el singular tienen todos ellos una sola terminación y en el plural otra, así como bueno y buenos, hombre y hombres. Con la misma lengua se conforma en poner en muchos vocablos el acento en la última, y en usar algunas veces el número singular por el plural, y así dice mucha naranja, passa o higo, por muchas naranjas, pasas o higos. Se conforma también en juntar el pronombre con el verbo, diciendo dadle y tomaráse, como parece por este refrán: Al ruín dadle un palmo, y tomaráse quatro. Con la lengua latina se conforma principalmente en algunas maneras de decir, y en otras, como habéis oído, se conforma con la griega. Se conforma también con el latín en el abc, aunque difieren en esto, que la lengua castellana tiene una j larga que vale por gi, y tiene una que nosotros llamamos cerilla, la cual hace que la c valga por z; tiene más una tilde que en muchas partes, puesta sobre la n, vale tanto como g.

PACHECO.-  De manera que, según eso, podremos bien decir que el abc de la lengua castellana tiene tres letras más que el de la latina.

CORIOLANO.-  Aun hasta en esto queréis ganar honra; sea mucho en buena hora.

VALDÉS.-  Cuanto a la gramática, con deciros tres reglas generales que yo guardo, pensaré haber cumplido con vosotros, las cuales a mi ver son de alguna importancia para saber hablar y escribir bien y propiamente la lengua castellana.

PACHECO.-  Conmigo tanto, y aun sin decir ninguna, cumpliríais.

MARCIO.-  ¿Por qué?

PACHECO.-  Porque nunca fui amigo de estas gramatiquerías.

MARCIO.-  Y aun por esto es regla cierta que tanto aprueba uno cuanto alcanza a entender; vos no sois amigo de gramatiquerías, porque no sabéis nada de ellas, y, si supieseis algo, desearíais saber mucho, y así por ventura seríais amigo de ellas.

PACHECO.-  Puede ser que sería así, no lo contradigo. Decid vos vuestras tres reglas; quizá, sabidas, aprobaré la gramática.

VALDÉS.-  La primera regla es que miréis muy atentamente si el vocablo que queréis hablar o escribir es arábigo o latino, porque, conocido esto, luego atinaréis cómo lo habéis de pronunciar o escribir.

MARCIO.-  Está bien, pero eso más pertenece para la ortografía y pronunciación que para la gramática.

VALDÉS.-  Así es la verdad, yo os digo lo que se me ofrece; ponedlo vosotros en el lugar que quisieseis.

MARCIO.-  Bien decís, pero sería menester que nos dieseis alguna regla, la cual nos enseñase hacer diferencia entre esos vocablos.

VALDÉS.-  Cuanto que yo no os sabría dar más que una noticia confusa, la cual os servirá más para atinar que para acertar.

MARCIO.-  Con esa nos contentaremos; decídnosla.

VALDÉS.-  Cuanto a lo primero, presuponed que por la mayor parte todos los vocablos que viereis que no tienen alguna conformidad con los latinos y griegos son arábigos; en los cuales casi ordinariamente veréis h, x o z, porque estas tres letras son muy anexas a ellos, y de aquí procede que los vocablos que tienen f en el latín, convertidos en el castellano, la f se torna en h, y así de faba decimos hava; y aun por la misma causa en muchas partes de Castilla convierten la s latina en x, y por sastre dicen xastre; lo mismo hacen comúnmente convirtiendo la c latina en z, y así por faciunt dicen hazen; las cuales todas son pronunciaciones que tienen del arábigo, pero son tan recibidas en el castellano que, si no es en el sastre y otros como él, en los demás se tiene por mejor la pronunciación y escritura arábiga que la latina. Esto os he dicho porque, si viereis un vocablo con una de estas tres letras, no penséis luego que es arábigo hasta haber examinado si tiene esta mudanza de letras o no. Cuanto a lo demás, sabed que casi siempre son arábigos los vocablos que empiezan en al, como almohada, alhombra, almohaça, alhareme; y los que comienzan en az, como azaguán, azar, azagaya; y los que comienzan en col, como colcha, colgajo, cohecho; y los que comienzan en ça, como çaherir, çaquiçamí, çafio; y los que comienzan en ha, como haxa, haragán, harón; y los que comienzan en cha-, chi-, cho-, chu-, como chapín, chinela, choça, chueca; y los que comienzan en en, como enhelgado, enhaziado, endechas; y los que comienzan en gua, como Guadalherza, Guadalquevir, Guadarrama; y estos por la mayor parte son nombres de ríos o de lugares; y los que comienzan en xa, xe, como xáquima, xerga. De los vocablos latinos enteros no es menester daros regla, pues sin ella vosotros los conoceréis, como también atinaréis en los corrompidos poniendo en ello un poco de diligencia y trabajo. Pero advertid que, así como en los vocablos arábigos no está bien al castellano aquel pronunciar con la garganta que los moros hacen, así, tampoco en los vocablos latinos no conviene pronunciar algunas cosas tan curiosamente como las pronunciáis los latinos; esto digo por la superstición con que algunos de vosotros, hablando castellano, pronunciáis la s.

MARCIO.-  Digo que tenéis mucha razón, y que tengo este aviso por muy bueno, considerando que tampoco nosotros pronunciamos en el latín los vocablos que tenemos de la lengua griega y de la hebrea con aquella eficacia y vehemencia que los pronuncian los griegos y hebreos.

VALDÉS.-  La segunda regla consiste en saber poner en cada vocablo su propio artículo; quiero decir, juntar con el nombre masculino y neutro sus propios artículos, y decir: El abad de donde canta, de allí yanta y Al ruín cuando lo mientan, luego viene, y juntar con el nombre femenino los artículos femeninos, diciendo así: La muger y la gallina por andar se pierde aína, y El polvo de la oveja alcohol es para el lobo; de manera que ni al nombre masculino pongáis artículo femenino, ni juntéis con el femenino artículo masculino.

MARCIO.-  ¿En qué conoceremos nosotros, entre los vocablos, cuál es de un género y cuál de otro?

VALDÉS.-  Esa regla no os la sabré yo dar, porque nunca me he parado a pensarla; bien es verdad que he notado esto: que, por la mayor parte, los vocablos latinos guardan en el castellano el mismo género que en el latín, y digo por la mayor parte, porque hay muchos que no lo guardan así, como son los nombres de árboles, que en latín son, como sabéis, casi todos femeninos, y en castellano son casi todos masculinos, y los de la fruta son los más femeninos; pero por lo más ordinario veréis que los nombres en castellano guardan el género que en el latín de esta manera: que los nombres acabados en a, serán femeninos, y así por el consiguiente.

MARCIO.-  Pues ¿por qué no ponéis la por artículo a todos los nombres femeninos?

VALDÉS.-  Sí, la ponemos a todos, sacando aquellos que comienzan en a, así como arca, ama, ala, con los cuales juntamos el, diciendo el arca, el ama, el ala. Esto hacemos por evitar el mal sonido que hacen dos aes juntas, y de verdad parece mejor decir El mal del milano, el ala quebrada y el papo sano, que no la ala.

MARCIO.-  ¿No sería mejor, por no caer en el inconveniente que parece sea poner artículo masculino al nombre femenino, perder la a del artículo y decir l'arca, l'ama, l'ala?

VALDÉS.-  No me parecería mal, si se usase, pero como no se usa, yo por mí no lo osaría decir ni escribir.

MARCIO.-  Pero, ¿no os parecería mal adonde lo vieseis escrito?

VALDÉS.-  No, de ninguna manera. Esto es cuanto a los vocablos que o son latinos o tienen alguna parte del latín; cuanto a los otros, no os sabría dar regla ninguna. El mismo cuidado que habéis de tener en poner bien el artículo del nominativo conviene que tengáis en poner el del genitivo y acusativo, estando sobre aviso de hablar siempre de esta manera: Del monte salle quien el monte quema y Del lobo un pelo y ése de la frente, y Lo que da el nieto al agüelo y Allegadora de la ceniza y derramadora de la harina.

CORIOLANO.-  Me parece que os aprovecháis bien de vuestros refranes, o como los llamáis.

VALDÉS.-  Me aprovecho de ellos tanto como decís, porque, habiéndoos de mostrar por un otro ejemplo lo que quiero decir, me parece sea más provechoso amostrároslo por estos refranes, porque oyéndolos los aprendáis, y porque más autoridad tiene un ejemplo de estos antiguos que un otro que yo podría componer.

CORIOLANO.-  Bien está, pero yo no entiendo los más de ellos.

VALDÉS.-  Abasta que entendáis el propósito para que los digo; la sentencia otro día la entenderéis.

CORIOLANO.-  Acepto la promesa; y decidme si tenéis por cosa de mucha importancia la observancia de estos artículos.

VALDÉS.-  Yo os diré de qué tanta, que en Castilla tenemos por averiguado que un extranjero, especialmente si no sabe latín, por maravilla sabe usar propiamente de ellos, tanto que hay muchos vizcaínos en Castilla que, después de haber estado en ella cuarenta o cincuenta años, y sabiendo del resto muy bien la lengua, muchas veces pecan en el uso de los artículos. Por tanto, os aconsejo que miréis muy bien en ello.

MARCIO.-  Así lo haremos como lo decís, por obedeceros.

VALDÉS.-  Hacedlo por lo que os cumple, que a mí poco me importa. Más me cumple acabar esta jornada de hoy, y por esto paso a la tercera regla. Esta es que en la pronunciación de los vocablos miréis bien en qué sílaba ponéis el acento, porque muchas veces el acento hace variar la significación del vocablo, como parece en este refrán que dice: Dure lo que durare, como cuchara de pan, adonde, si ponéis el acento en las últimas sílabas del dure y durare, no diréis nada, porque haréis al uno pretérito y al otro futuro; pero, si en el dure ponéis el acento en la u, y en el durare en la a, la sentencia estará buena; y, si diciendo Quien haze un cesto hará ciento, en el haze ponéis el acento en la última haciéndolo imperativo, gastaréis la sentencia; y por el contrario, si diciendo Quien sufrió calló y vido lo que quiso, en el calló ponéis el acento en la a, haciéndolo presente, no diréis nada. Esto mismo acontece en otros muchos verbos, como en burlo y lloro, diciendo: Quien con su mayor burló, primero riyó y después lloró. Y por esta causa, cuando yo escribo alguna cosa con cuidado, en todos los vocablos que tienen el acento en la última, lo señalo con una rayuela. Bien sé que tendrán algunos esta por demasiada y superflua curiosidad, pero yo no me curo, porque la tengo por buena y necesaria.

MARCIO.-  Luego ¿esta es la causa que os mueve a señalar los acentos como hacéis?

VALDÉS.-  Esta misma.

MARCIO.-  Pues yo os certifico que esta de los acentos es una de las principales cosas con que yo venía armado contra vos, y paréceme lo que sobre esto decís tan bien, que no puedo dejar de aprobarlo, aunque hasta aquí me parecía cosa bien demasiada.

VALDÉS.-  Me huelgo de haberos satisfecho antes que me lo preguntaseis.

MARCIO.-  ¿Y querríais que todos usasen este señalar de acentos en el escribir?

VALDÉS.-  Sí querría, a lo menos los que escriben libros de importancia y los que escriben cartas familiares a personas que no son naturales de Castilla, porque a poca costa les enseñarían cómo han de leer lo que les escriben.

MARCIO.-  ¿Tenéis alguna regla cierta para esto de los acentos?

VALDÉS.-  Ninguna tengo que salga siempre verdadera; es bien verdad que por la mayor parte los verbos que tienen el acento en la última son terceras personas, o de pretérito, como amó, o de futuro, como enseñará.

MARCIO.-  ¿Habéis notado alguna otra regla que pertenezca al acento?

VALDÉS.-  Ninguna, porque ya sabéis que las lenguas vulgares de ninguna manera se pueden reducir a reglas de tal suerte que por ellas se puedan aprender; y siendo la castellana mezclada de tantas otras, podéis pensar si puede ninguno ser bastante a reducirla a reglas. Y porque me habéis preguntado de la gramática, y pertenece también a ella saber juntar el pronombre con el nombre, quiero que sepáis que la lengua castellana siempre quiere el pronombre delante del nombre, si no es cuando el nombre está en vocativo, que entonces el pronombre sigue al nombre, de manera que, hablando bien, habéis de decir mi señor y mi señora, mi padre y mi madre, cuando están en nominativo, pero si estos nombres están en vocativo, habéis de decir señor mío y señora mía, padre mío y madre mía. Mas quiero sepáis que, si estando estos nombres en vocativo, ponéis el pronombre antes que el nombre, hacéis que la cortesía sea mucho menor, y de aquí es que hay muy gran diferencia de escribir a una dama señora mía o mi señora, porque, luego que de industria os apartáis del propio estilo de la lengua en que habláis o escribís, mostráis tener por inferior a la persona con quien habláis, o a quien escribís.

MARCIO.-  ¿Tenéis que esa regla sea siempre verdadera?

VALDÉS.-  Yo por tal la osaría vender; bien puede ser que tenga alguna excepción de que yo no me acuerde.

PACHECO.-  Mirad cómo habláis, porque ecepción, pues yo no lo entiendo, no es vocablo puro castellano.

VALDÉS.-  Tenéis razón, pero, pues me hacéis hablar en esta materia en que yo no he visto cómo otros castellanos han hablado, es menester que sufráis me aproveche de los vocablos que más a propósito me parecerán, obligándome yo a declararos los que no entendieseis; y así digo que tener excepción una regla es tener algunas cosas que salen de aquella orden que la regla pone.

PACHECO.-  Ya lo entiendo, y soy contento de sufriros el uso de estos vocablos, pero con la condición que decís.

VALDÉS.-  También pertenece a la gramática el saber juntar el pronombre con el verbo, en lo cual veo un cierto uso, no sé de dónde sea nacido, y es que muchos dicen poneldo y embialdo por decir ponedlo y embiadlo; porque el poned y embiad es el verbo, y el lo es el pronombre, no sé qué sea la causa por que lo mezclan de esta manera; yo, aunque todo se puede decir, sin condenar ni reprehender nada, todavía tengo por mejor que el verbo vaya por sí y el pronombre por sí, y por esto digo: Al moço malo, ponedle la mesa y embiadlo al mandado. La misma razón hay en decir ayudarte a por ayudaráte; yo siempre digo: Ayúdate y ayudaráte Dios. Lo mismo es sacarte a o sacaráte, como diciendo: Cría cuervo, y sacaráte el ojo.

PACHECO.-  ¿Qué me daréis y diré que con lo que habéis dicho estoy ya un poco aficionado a la gramática y me va ya pareciendo bien?

VALDÉS.-  ¿Qué? Lo que dicen las viejas en mi tierra: Un correverás y otro que te hallarás, por que veáis en cuánto tengo que os parezcan mal o bien.

PACHECO.-  Vos me habéis respondido como yo merecía. Proseguid adelante.

VALDÉS.-  No tengo más que proseguir, ni vosotros os podréis quejar que no os he dicho hartas gramatiquerías.

MARCIO.-  No, que no nos quejamos de lo dicho; pero nos quejaremos si no nos decís más.

VALDÉS.-  Quejaos cuanto quisiereis, que a mí no se me ofrece otra cosa que deciros.

MARCIO.-  Según eso, no debéis haber leído el Arte de Gramática Castellana que dice que compuso vuestro Antonio de Librija para las damas de la serenísima reina doña Isabel, de inmortal memoria.

VALDÉS.-  Así es verdad, que no lo he leído.

MARCIO.-  ¿Por qué?

VALDÉS.-  Porque nunca pensé tener necesidad de él, y porque nunca lo he oído alabar; y en esto podéis ver cómo fue recibido y cómo era provechoso que, según entiendo, no fue imprimido más que una vez.

PACHECO.-  No importa; basta lo dicho cuanto a lo que pertenece a la gramática; mejor haréis en demandar lo que pertenece al poner en los vocablos más unas letras que otras.

VALDÉS.-  ¿De qué os reís?

MARCIO.-  Me río de ver cuán contra vuestra voluntad os hacemos hablar en estas niñerías, y me huelgo de considerar la paciencia con que las tratáis.

VALDÉS.-  Dejad hacer; que algún día también yo me reiré de vosotros, o mal me andarán las manos.

MARCIO.-  A vuestro placer, siempre me precié de tomar fiado; ahora decidme por qué unas veces escribís a con h y otras sin ella

VALDÉS.-  Por hacer diferencia de cuando es verbo a cuando es preposición; y así siempre que es verbo la escribo con h, y digo: Quien ha buen vezino, ha buen maitino, y también: Quien asnos ha perdido, cencerros se le antojan; y cuando es preposición la escribo sin h, diciendo: A buen callar llaman sancho, y también: A carne de lobo, salsa de perro, y: A perro viejo no cuzcuz. Pero muy mejor veréis la diferencia que hay en el escribir a sin h o con ella en este refrán: Quien lengua ha, a Roma va; y para que veáis mejor lo que importa escribir a con aspiración o sin ella, mirad este refrán que dice: Quien no aventura no gana, el cual algunos no entienden por hallar escrita la primera a del aventura con aspiración, porque piensan ser razón que quiere decir: quien no tiene ventura no gana; en lo cual ya vosotros veis el engaño que reciben.

PACHECO.-  Eso está bien dicho, pero ¿cómo hará quien no sabe conocer cuándo es verbo o cuándo es preposición?

VALDÉS.-  Si no sabe latín tendrá alguna dificultad, aunque no mucha, si tiene un poco de discreción; si sabe latín, no tendrá ninguna, porque él mismo se lo enseñará. Bien es verdad que hay algunos que, aunque saben latín, son tan descuidados en el escribir que ninguna diferencia hacen en escribir de una manera o de otra, y todavía es mi opinión que la ignorancia de la lengua latina, que los tiempos pasados ha habido en España, ha sido muy principal causa para la negligencia que habemos tenido en el escribir bien la lengua castellana.

MARCIO.-  Sin falta debe ser así; mas he notado en vuestras cartas que, en algunos vocablos, unas veces ponéis a al principio, y otras no, diciendo cevadado y acevadado, sentado y asentado, donde y adonde, llegado y allegado, ruga y arruga, vezado y avezado, basta y abasta, etc.

VALDÉS.-  Si habéis bien mirado en ello, hallaréis que pongo a cuando el vocablo que precede acaba en consonante, y no la pongo cuando acaba en vocal; y así escribiendo este refrán, pongo: Haz lo que tu amo te manda, y siéntate con él a la mesa y no y asiéntate; como también en este: El abad de donde canta, de allí yanta, y no de adonde; pero, si no precede vocal, veréis que siempre pongo la a, como aquí: ¿Adónde irá el buey que no are?, y aquí: Allégate a los buenos y serás uno dellos.

PACHECO.-  Mucha observancia es esa, y mucho cuidado es menester para guardarla.

VALDÉS.-  Así es verdad; y aun por eso no os digo yo lo que otros hacen, sino lo que yo procuro guardar, deseando ilustrar y adornar mi lengua. El que no quisiere tomar este trabajo, déjelo estar, que no por eso se irá al infierno.

PACHECO.-  Bien está, pero vos juzgaréis que el que no guarda lo que vos, no escribe bien castellano.

VALDÉS.-  Cuanto a eso, yo sé bien lo que haré.

MARCIO.-  A mí, tanto, no me suena bien una a que algunos de vosotros ponéis en ciertas partes, como será diciendo atan bueno; y, como dice vuestro Cancionero general: O qué dichos atan vanos Yo no sé cómo os suena a vos esto; sé que nunca os lo veo usar.

VALDÉS.-  Pues eso os debe bastar por respuesta; y sabed que aquella a es superflua, y que en las coplas la ponen por henchir el verso los ruines trovadores.

MARCIO.-  Bien me place eso. Pero ¿por qué escribís truxo, escribiendo otros traxo?

VALDÉS.-  Porque es, a mi ver, más suave la pronunciación, y porque así lo pronuncio desde que nací.

MARCIO.-  ¿Vos no veis que viene de traxit latino?

VALDÉS.-  Bien lo veo, pero yo, cuando escribo castellano, no curo de mirar cómo escribe el latín.

PACHECO.-  En eso tenéis razón, porque yo siempre me acuerdo oír decir: Fue la negra al baño y truxo que contar un año, y no traxo.

MARCIO.-  No oso admitiros este truxo.

VALDÉS.-  ¿Por qué?

MARCIO.-  Porque veo y siento que muchos cortesanos, caballeros y señores dicen y escriben traxo.

VALDÉS.-  Por la misma razón que ellos escriben su traxo escribo yo mi truxo; vosotros tomad el que quisiereis.

MARCIO.-  Está bien, así lo haremos. Pero decidme por qué vos escribís siempre e donde muchos ponen a.

VALDÉS.-  ¿En qué vocablos?

MARCIO.-  En estos: decís rencor por rancor, renacuajo por ranacuajo, rebaño por rabaño.

VALDÉS.-  A eso no os sabré dar otra razón sino que porque así me suena mejor y he mirado que así escriben en Castilla los que se precian de escribir bien.

MARCIO.-  ¿Por qué en los vocablos que comienzan en s, unas veces ponéis e y otras no?, ¿lo hacéis por descuido o por observancia?

VALDÉS.-  Antes esta es una de las cosas principales en que miro cuando escribo, porque ni apruebo por bueno lo que hacen los que, queriendo conformar la lengua castellana con la latina, en los semejantes vocablos quitan siempre la e donde la latina no la pone; ni tampoco lo que hacen los que siempre la ponen, porque tengo por mejor, para conservar la gentileza de mi lengua, hacer de esta manera: que si el vocablo que precede acaba en e, no la pongo en el que se sigue, y así digo: casa de sgremidores y no de esgremidores, y el socorro de Scalona y no de Escalona; y si el vocablo precedente no acaba en e, la pongo en el que se sigue, y así digo: De los escarmentados se levantan los arteros.

MARCIO.-  Bien me satisface eso; y primor es digno de ser alabado. Pero ¿a qué propósito ponéis unas veces en esta, este, esto, e al principio, y otras no, aunque el vocablo precedente no acabe en e?

VALDÉS.-  Yo os diré; porque, como sabéis, unas veces esta, este y esto son verbos y tienen una significación, y otras veces son pronombres demostrativos y tienen otra significación; me ha parecido, por no hacer tropezar al letor, poner la e cuando son pronombres, porque el acento está en ella, y quitarla cuando son verbos, porque, estando el acento en la última, si miráis en ello, la primera e casi no se pronuncia, aunque se escriba.

CORIOLANO.-  Mostradnos eso por algunos ejemplos.

VALDÉS.-  Soy contento. Si tengo de escribir: En salvo stá el que repica o: Quien bien stá, no se mude, no escribo está; pero si tengo de escribir: Si tras éste que ando, mato, tres me faltan para quatro, o: Si desta escapo y no muero, nunca más bodas al cielo, no escribo ste ni sta.

CORIOLANO.-  Ya lo entiendo muy bien.

MARCIO.-  A la fe que es gentil primor este; porque a mí, tanto, muchas veces me hace tropezar, leyendo, el no saber así de presto conocer si aquel esta es pronombre o verbo; especialmente que algunas veces vienen a caer dos juntos, de los cuales el uno es pronombre y el otro verbo, que os hacen desatinar, como aquí: Está esta tierra tan estragada.

PACHECO.-  No os puedo decir sino que, aunque no lo he visto usar sino a vos, me parece bien, pero no me obligaría a guardarlo.

VALDÉS.-  En eso vos haréis como quisiereis; abasta que os parezca bien.

MARCIO.-  En algunos vocablos habemos mirado que muchos de vosotros ponéis i donde otros ponen e.

VALDÉS.-  Decid algunos.

MARCIO.-  Vanedad o vanidad, envernar o invernar, escrevir o escrivir, aleviar o aliviar, desfamar o disfamar, etc.

VALDÉS.-  Si bien habéis mirado en ello, en todos esos pongo yo siempre i y no e porque me parece mejor, y porque siempre lo he usado así y veo que los más primos en el escribir hacen lo mismo. Los que hacen el contrario, por ventura es por descuido.

MARCIO.-  Por descuido no puede ser, porque Librija en su Vocabulario los escribe con e.

VALDÉS.-  No me aleguéis otra vez para la lengua castellana el autoridad de Librija andaluz, que me haréis perder la paciencia.

MARCIO.-  Soy contento, pero tampoco vos no os atuféis porque hombre os diga lo que le hace dudar, pues al fin se conforma con lo que vos decís.

VALDÉS.-  En eso tanto ninguna razón tenéis. Vos queréis que os sufra yo vuestras preguntas malas o buenas y no me queréis sufrir a mí mi cólera sin razón o con ella.

PACHECO.-  Sea de esta manera; que vos nos sufráis a nosotros nuestras preguntas y que nosotros os suframos a vos vuestra cólera. ¿Sois contento?

VALDÉS.-  Contentísimo; porque os hago saber que para mí no hay igual tormento que no poderme enojar o mostrar enojo por lo que oigo o veo que no es según mi fantasía.

MARCIO.-  Bien es que nos declaréis vuestra condición; y pues así es, dejad hacer a mí. ¿Cuál es mejor decir, taxbique o texbique, fraila o