  Promisión
Carlos María Ocantos
I
Muchas veces madama Clémence suspendía la tarea y quedaba parada y cabizbaja. Era madama
Clémence la planchadora de fino, que en el portal de aquella casa vieja de la calle de Charcas, poco
antes de llegar a la plaza del Carmen, se anunciaba con negro escudo de hoja de lata, en el que una
plancha malamente pintada y unas letras peor agrupadas decían a los que sabían leer y a los
analfabetos: Planchadora francesa, dejando, si acaso, a éstos en la ignorancia de la nacionalidad,
pero bien enterados del oficio por el plomizo y orondo utensilio allí plantado... El progreso no sufre
piedra sobre piedra, fea, [6] inútil o ruinosa, en la gran ciudad bonaerense, y hace muchos años dio
en tierra con esta casona baja, edificando otra en su lugar con trazas de palacio; pero, lo menos hasta
el ochenta y tantos se mantuvo tal cual, y era de las mejores del barrio, con sus tres patios enlosados,
huerta, corral, aljibe y pozo, y aire y luz, de quienes el susodicho progreso parece enemigo por lo
mucho que les persigue y ahuyenta.
Decía, pues, que muchas veces madama Clémence (según la llamaban los vecinos, españolizando
el tratamiento) muchas veces dejaba de mano la pesada tarea, abandonando el abrasado hierro sobre
el cacho de piedra, y mientras con una muñeca de lino humedecida en el bórax disuelto y preparado
a su alcance, pulcramente repasaba la pechera de la camisola, daba suelta a la imaginación y
permitíale correr, volar y atravesar los mares, hasta que llegaba a su playa normanda, penetraba en
la aldea y en la casita junto a la iglesia sorprendía a la abuela Celeste y al hermano Jean... [7]
Entonces abandonaba también la muñeca dentro de la palangana, sobre la mesa los desnudos y
hermosos brazos y a riesgo de que se pasaran las planchas, quedaba absorta en la visión de su amada
Francia. En la pieza enjalbegada y limpita, obrador defendido de moscas y chiquillos por una
persiana verde que cerraba la puerta del patio, nadie podía distraerla: su marido, Max, aserraba
madera en el corralón vecino; de los Barbados, honradísima familia gaditana, la mujer, doña Orosia,
andaba en sus trajines domésticos, lo mismo que la hija, Crescencita, y ni una ni otra acostumbraban
a meter la nariz en el obrador como vieran caída la persiana; D. Rufino pasearía por esas calles con
su tenderete, o pacotilla de buhonero, y el chiquillo, Tito, también, con su cajón de limpiabotas al
hombro, la boina pringosa, las rodillas al aire y las manos más negras que un deshollinador; en
cuanto a Franz Blümen, el alemán seriote, el cachorro de Bismarck, que decía burlonamente Max,
ese, lo mismo ausente que presente, [8] pasaba sin que se le notara: así era de callado y respetuoso;
y la dueña de la casa, misia Liberata, para no turbar el estudio de su marido, el catedrático, y la
propia tranquilidad en que se complacía, carácter grave a pesar de su juventud, no consentía ruidos
ni jaleos en los dos patios principales.
No porque la rubicunda y bien sazonada madama Clémence, pesadilla de los pollos del barrio,
fuera dada a melancolías, embelesamientos y perezosas distracciones, suspendía el trabajo y caía en
estas románticas ausencias; sino que la playa, la aldea, la abuela y el hermano, la solicitaban con la
fuerza de los afectos lejanos.
La distancia, el tiempo transcurrido, la decisión inquebrantable de no volver... ¡Volver! ¿para
qué? ¡Si con el ahorro y el tesón, mes a mes veían aumentar su tesoro, y después de cada arqueo de
la preciosa gaveta, uno y otro daban gracias a Dios de haberles sugerido la idea de aquel viaje! ¡Eso
no, en la aldea no se morían de hambre, [9] ni andaban zarrapastrosos como los mendigos! Techo,
pan y vestidos tenían a placer, pero encerrados entre las rocas y el mar, el porvenir y el horizonte
resultaban estrechos para las ambiciones de Max: cultivar la huerta, ordeñar la vaca, sembrar y
recoger el trigo; los veranos, gracias a los bañistas forasteros, ganar también alguna cosilla, ¡pero el
invierno, el duro e implacable invierno...!
Cuando casó Maxime Duseuil con Clémence, él tenía veintidós años y ella veinte; eran primos,
y en el contrato de boda figuraron más esperanzas que realidades. Así, Max, que soñaba con ser rico
y que a pesar de su edad no se contentaba con los gajes del amor, amasaba el atrevido proyecto de
ir por esos mundos a buscar el vellocino de su fantasía; pero Clémence tenía un miedo atroz de aquel
mar, cuyos furores contemplara a menudo desde los umbrales de su puerta, y decía que nones;
también su abuela, la viejecita Celeste, movía la cabeza blanca y dejaba caer lágrimas sobre su [10]
rueca, siempre que oía a Max hablar de aquella América misteriosa.
A ellas se les antojaba tierra de salvajes y serpientes de cascabel, donde se andaba con taparrabos,
y los extranjeros que no morían del vómito, de una picadura o de un flechazo, eran devorados crudos
y sin sal por los caníbales; dos veces soñó Clémence que un barbarote de estos le hincaba los
incisivos en un muslo y se despertó dando gritos. La abuela se estremecía sólo de pensar que su
adorada nieta pudiera servir de desayuno a un americano de aquellos, y trataba de disuadir a Max.
Pero Max, terco que tereo. Hasta llegaba a burlarse de los sueños y temores de las dos mujeres...
¡Bah! ¡si América no era eso! ¡Qué antropófagos, ni qué diablos! Unas ciudades tan grandes, tan
grandes como París, y un ganar dinero... ¿No habían oído hablar jamás del Río de la Plata? ¡De la
Plata! ¡Qué nombre más generoso, atrayente y sugestivo!
Quien arrimó leña a la hoguera fue un [11] tal que vino del Havre, tripulante de un barco
mercante y antiguo vecino de la aldehuela normanda. ¡Jesús, y qué maravillas contó en la taberna,
de aquellas tierras ultramarinas, de aquel encantado Buenos Aires, donde los perros se ataban con
longaniza! ¡Ave María, y cómo puso la cabeza de Max y de cuantos le oyeron! Nada, que aquella
misma tarde decidió Max liar los petates y largarse en el barco mercante.
Madama Clémence recordaba la inutilidad de su desesperada protesta, el llanto de la mère Celeste
y el azoramiento de Juanillo, la despedida conmovedora en el límite del pueblo; cerraba los ojos y
veía a la pobre abuela sollozando abrazada al nietecito que la dejaban, y hasta sentía el rodar de la
tartana en la carretera y el acompasado trotar del caballejo.
Se embarcaron, ¡y hala! mar adentro, revuelto el estómago y el corazón hecho un nudo. ¡Ay! la
Belle France no era un trasatlántico de estos gigantescos de ahora, donde se va tan ricamente y en
quince días [12] atraviesan el océano, sino un endeble barco de vela, que el viento y las olas, durante
setenta y cinco días, zarandearon a su gusto; cuando no se entretenían en no dejarlo avanzar, le
desviaban de su derrotero y le obligaban a sestear bajo el sol de los trópicos. ¡Setenta y cinco días
comiendo galleta y carne salada...!
Al fin llegaron sanos y salvos, y fue lo mismo que si llegaran al paraíso, tan maltrechos venían,
y tal les pareció la ciudad, con ser aquel el Buenos Aires del 68, bien distinto, por cierto, del Buenos
Aires de hoy. Condújoles el amigo de la Belle France a un parador de su conocimiento, cuya dueña
era de allá, de Etretat, y les recibieron con mucho contento y agasajo; les hartaron de carne fresca
y de pan tierno, les dieron cama blanda, vino superior, datos, informes, consejos y recomendaciones,
cuanto necesitaban para alivio de los azares de la travesía y orientación del nuevo mundo en que
entraban con los ojos cerrados. No quisieron acogerse a los beneficios [13] que generosamente
otorga el Gobierno a los emigrantes, ni marchar a provincias, sino quedarse en la ciudad y valerse
de los propios recursos para conservar mejor la independencia: tenían cincuenta y cinco francos; y
con cincuenta y cinco francos, honradez, buenos puños y talento práctico, se puede intentar la
conquista de América.
Porque ni Max ni su mujer habían venido a estarse mano sobre mano, confiados en que los pesos
caen sobre la palma del que la extiende, sin mayor fatiga ni discernimiento. ¡Digo! él era un mocetón
robusto, muy basto, con unas piernas y unos músculos... ¿Y ella? moza más garrida y sanota no la
había en todo el contorno. Así, uno y otro arremangáronse los brazos, diciendo:
-¿No estamos aquí para trabajar? ¡Pues al trabajo!
Se puso él de peón en una alfarería y ella de planchadora, oficio en que se daba mucha maña, tan
contentos y animosos, que al volver la Belle France a la patria, [14] llevaba para la madre Celeste
una carta en que la nieta la tranquilizaba de sus temores, contándola cómo la habían recibido los
salvajes, qué ciudad más hermosa tenían, y cuánto ganaban ella y Max de salario: el trabajo estaba
tan bien recompensado, que seguramente harían fortuna en breve tiempo...
Empezó para ellos el proceso de la asimilación, y, gotas de agua que la tierra sedienta absorbe y
purifica, poco a poco, sin esfuerzo ni violencia, se amoldaban a las costumbres, desaparecían las
obscuridades del idioma, la gratitud hacia el país hospitalario germinaba en sus corazones y ambos
se despabilaban asombrosamente; que en esto los aires americanos ejercen influjo maravilloso.
Pusieron el obrador en aquella casa de la calle de Charcas, donde alquilaron dos piezas muy
modestas, una dedicada al planchado y la otra a alcoba conyugal, ambas alhajadas decentemente y
con aseo esmeradísimo. [15]
Era el propietario de la casa el doctor D. Hipólito Andillo, catedrático de la Universidad, y tenido
por un herejote muy atroz; el sujeto más dulce e inofensivo, a pesar de sus narices y de su carátula,
el cual, reservando para él y su mujer la parte del primer patio, alquilaba las habitaciones interiores,
a fin de sobrellevar holgadamente el presupuesto mensual, que su escaso sueldo no alcanzaba a
cubrir. Al principio, la pareja normanda fue sola inquilina, luego vinieron los Barbados, y Blümen
más tarde, el alemán dependiente de comercio... Suerte grandísima cupo a Max en venir a parar en
esta casa de la calle de Charcas, porque el doctor Andillo le protegió, le colocó en el aserradero de
maderas de su vecino y pariente mister Patrick, donde ganaba más que en la alfarería, y misia
Liberata, su mujer, cobró grande afición a la normanda y la proporcionó una clientela numerosa: así,
todo marchó muy guapamente, y cada carta para la madre Celeste era una glosa de esta frase, que
[16] juzgo innecesario traducir: -Machère mère, je suis dans le paradis!
¡Ciertamente, en el paraíso! Con el alba se levantaba y así como el sol, al asomar, luce ya
compuesto y hermoso, salía al patio más limpia y prendida, peinada de sortijillas y rodete, en
invierno con chaqueta de paño entallada, en verano con chambra de muselina, y encendía la lumbre
en el brasero, junto a la puerta, calentaba el agua, preparaba el café para Max... Luego del desayuno,
ponía las planchas y a trabajar hasta medio día, detrás de la persiana verde; sobre el anafre roncaba
el orondo puchero, en cuyas profundidades cocía buen trozo de carne, una lonja de tocino y variadas
legumbres, y a la hora en punto la joven levantaba la persiana y hacía una seña al marido, que, por
la pared medianera, encaramado sobre una montaña de tablones, en el corralón vecino, se le veía
dale que le das al enorme y desapacible serrucho. Los días de entrega de ropa salía la normanda, por
la tarde, con la cesta [17] deslumbrante de blancura, oliendo a limpieza, y se llevaba de calle a todo
el barrio. ¡Qué andares los suyos, qué colores, y qué carnes! ¡Y qué días dichosos aquellos! ¡Ay! no
les faltaba más que una cosa: ¡un niño! Pero éste lo tenían allá, en la aldea, y les preocupaba tanto
como si fuera hijo propio: que la esterilidad lleva siempre consigo exuberancia de afectos, los que,
desviados de su corriente natural, en el fruto de amores ajenos se concentran, si acaso en seres
inferiores, cuando la edad y el aislamiento han endurecido el corazón.
Aquel Jean, el Juanillo de la aldea, era la causa mayor de las cavilaciones de madama Clémence.
Las primeras cartas de la abuela decían que estaba tan sanote, tan comilón y Barrabás, que le había
puesto en la escuela, que pasó el sarampión sin mayor peligro... Con la mesada última se reparó el
tejado de la casita, compró traje nuevo al chico, que andaba muy majo y era la envidia del pueblo,
y sobró también para adquirir un cochinillo. El reumatismo la [18] tenía a ella muchos días sin
menearse de la cama y la obligaba a desatender su parroquia de Etretat; en estas ocasiones iba
Juanillo con la cesta de los huevos y las aves, porque sino, ¿cómo subvenir a todos los gastos?
¡Cuánto bien a su salud la harían esos buenos aires de América! Porque si no había tales indiazos
y el clima era tan dulce... No fuera largo el viaje, y se marchaba, ¡vaya! Luego llegaron otras cartas
en que las noticias escaseaban, notábanse ciertas reticencias, adivinábanse cosas graves tal vez,
misteriosas por lo menos, y la madre Celeste parecía embrollarse en su deseo de ocultarlas y su deber
de dar cuenta de los hechos del rapazuelo. De pronto, se interrumpió la correspondencia y pasó una
larga temporada sin escribir: el reuma quizá, algo peor... Al fin, se aclaró el misterio del silencio y
las vaguedades últimamente apuntadas. Juanito crecía en edad y en malos vicios: desobedecía a la
abuela, detestaba el estudio, a la pesca de mariscos dedicado el santo día, no se conseguía darle [19]
palmada, y... esto era lo gordo, lo gravísimo: ¡el producto de la venta de pollos de un domingo lo
hurtó, alegando que las aves se le escaparon en el camino! A causa del disgusto, la abuela enfermó
gravemente, asustada de la responsabilidad que la incumbía si no podía dominar los instintos
rebeldes del muchacho. ¿Por qué no se le llevaban a América? ¡América es también tierra de
redención!
¡Traerle! ¿Quién le traía? Madama Clémence cavilaba, cavilaba. Roto el dique de la franqueza,
las cartas de la madre Celeste fueron, al cabo, relación desnuda de las trapisondas de Juanillo: el
chico la faltaba, el chico la robaba los sous del portamonedas, no parecía por casa en quince días,
le habían cogido los gendarmes como vagabundo... y así, de mal en peor, cuanto más grande, más
pillo e incorregible.
¡Traerle! ¿Quién le traía? Siquiera el patrón de la Belle France viniera por estos mundos... pero
la Belle France, ya muy [20] cascada, no se atrevía a cruzar el Océano como antes.
Acaso pensando en la probable venida de Juanillo el indómito, alquilaron una pieza más, contigua
al obrador, y Max la llenó de chismes de carpintería para aprovechar las horas de descanso en el
corralón, y las fiestas, en fabricar cajas de embalaje, que le producían nuevo jornal y no escasas
ganancias.
Así, él con el serrucho y ella con la plancha, sobrios e incansables, amasando iban la fortuna
soñada, tan aclimatados ya como si hubieran nacido en el mismo país: Max llegó a gustar mucho del
mate, y madama Clémence aprendió a cebarlo a la perfección. Luego, en este pequeño falansterio
de la calle Charcas, donde cada familia parecía de laboriosas abejas, mostrábase un espíritu de
solidaridad admirable, que la de Andillo era la primera en fomentar; todos los menudos servicios de
la buena vecindad, tanto entre los Barbados y los Duseuil, como entre éstos y el apático Blümen, [21]
se prestaban con franqueza generosa; y aunque del catedrático dijeran las malas lenguas que no creía
en Dios y profesaba otras ideas absurdas, teníanle sus inquilinos por el hombre más cabal del mundo,
y sus consejos, en dos o tres ocasiones, fueron de oro para Max.
En esto, del lado de allá sonaron los clarines siniestros de la guerra. Max escuchó el grito de la
patria herida, y el alejamiento que le impedía prestarla su brazo, le pesó sobre la conciencia como
un crimen. Se puso exaltadísimo: no dormía por sorberse todas las noticias que su periódico favorito,
Le Coq Gaulois, desparramaba; encolerizábale, confundíale y sacábale de quicio cada revés, y él,
tan pacífico, el día que estalló la pavorosa nueva de Sedán, se trabó de palabras en el patio con el
pobrete de Franz Blümen, el alemán cachazudo y manso, llamándole Bismarck y otras picardías.
Pasado el turbión, la tristeza del vencimiento fue para él acicate mayor en el trabajo, y todas sus
excelentes cualidades, [22] de obrero honrado y sin vicios, dijérase que se afirmaron y abrillantaron.
La misma Clémence, su mujer, le daba de mano en lo del madrugar, vestirse con aseo, cultivar
el ahorro y guardar la casa. Los domingos había que echarle fuera para que tomara el aire, y como
gustaba poco de reunirse en la vecina taberna Au rendez-vous des Amis con los compañeros
franceses, iba algunas veces al círculo de socorros mutuos L'Union Ouvrière, de que era socio
activo, a encerrarse en la biblioteca; pero con más frecuencia al campo, en compañía de su mujer,
a pasear los bonitos alrededores de la ciudad, recordando sus excursiones de novios allá en la aldea.
En el corralón tenía aumento de salario cada año, y con el roce de unos y otros y su facultad de
adquisividad poderosamente desarrollada, la simiente que trajo y depositado había en el surco,
aquellos cincuenta y cinco francos se multiplicaban con eficacia extraordinaria.
Así corrieron los años del 71 al 73 sin [23] variación notable. Pero en el 73 ocurrió un suceso
digno de tomarse en cuenta que merece ser contado por menudo.
Las cartas de la madre Celeste no habían discrepado unas de otras, durante tan larga temporada,
en la monótona relación de los milagros de Juanillo y de sus propios temores y miserias; al contrario,
parecía que, ya cansada de apuntar idénticas fechorías, siempre impunes, se limitaba a decir: -Jean
lo mismo... como si en esto diera a entender que estaba más descarriado que antes. Carta hubo
anunciando: -De Jean no sé nada... que era lo más grave que de su conducta pudiera comunicarse;
y al fin, los repetidos ataques de reuma y los disgustos quitaron a la abuela el humor de escribir, y
no lo hizo ya sino una vez cada seis meses para repetir: -Si estáis tan bien, ¿por qué no os lleváis este
perdido de Jean y le hacéis hombre...? No era que ellos no quisieran traerle, sino que no hallaban
medio; consejos, súplicas y giros frecuentes enviábanse para conjurar el peligro, [24] pero la abuela
seguía en sus trece: -¿Por qué no os le lleváis? Autorizadme y le hago embarcar en el primer buque
que salga del Havre... Esto de embarcar, así como un fardo, a un niño de corta edad, se les hacía muy
cuesta arriba a los Duseuil.
Por último, la abuela no escribió más. Seis, siete, ocho, nueve meses pasaron, y sin noticias de
la abuela. ¿Habría muerto? Cavilando acerca de esto, madama Clémence abrasó muchas camisolas.
Diez, once meses pasaron sin noticias, hasta que llegó una misiva de Monsieur le Maire
comunicando la muerte de la madre Celeste y la desaparición de Juanillo...
Parece que las malas nuevas perdieran con la distancia y el tiempo algo de su eficacia, y fueran así
como balas frías que golpean y no hieren; y digo esto, no porque madama Clémence no se hartara
de llorar y diera otras muestras, como Max, de dolor y pesadumbre, sino porque ambos, con
serenidad mayor que si estuvieran presentes [25] en la aldea, y acabara de ocurrir la desgracia,
examinaron, discutieron y resolvieron el caso, poniendo al punto por obra lo que más acertado les
pareció, y fue: que, careciendo de parientes y amigos de confianza, se escribiera a Monsieur le Maire
y al notario para sacar a subasta la casita, con los muebles, único lazo material que les ligaba a la
patria, recomendándoles a la par comunicaran cualquier noticia que al chico se refiriese; y si daban
con él, cosa no difícil, le embarcaran en un trasatlántico, bajo la segura custodia del capitán, «que
aquí, decía la normanda, o se hace hombre, o le rompo la cara».
Con estas intenciones y estos sinsabores, no es extraño que madama Clémence suspendiera la
tarea muchas veces, y quedara parada y cabizbaja, y menos extraño parecerá que, una tarde de
Noviembre de aquel año 73, atropellándosele las lágrimas y soltándolas sin reparo, no hubieran
menester de más rocío las prendas que estiraba sobre la mesa, blancas como la misma espuma... [26]
Encendió el quinqué, y después de tender en las cuerdas la ropa planchada, enrolló en apretados
paquetes lo que aún faltaba por planchar, sepultándola en un cesto y cubriéndola con una sábana muy
limpia; luego se sentó, recostando sobre la mano robusta su cabeza, aquella cabeza de diosa de
Rubens, de cabello azafranado, carrillos de manzana, nariz audaz, labios picarescos y cuello de
sonrosado mármol.
Aunque no atendía la normanda sino al propio rebullir del pensamiento, oyó que sonaba el
llamador de la calle, que salía la criadita de Andillo, y en la cancela se armaba desusado cuchicheo;
en seguida pasos en el primer patio, los que se encaminaban a su puerta, seguramente, porque
cesaron de golpe delante de la persiana verde; antes de alzarse ésta y aparecer el visitante, ya
madama Clémence había pasado en revista todos los que podían ser: recadista de parroquiano o
parroquiano en persona, porque ni su marido, ni los vecinos tenían costumbre de tocar el llamador
para entrar... [27]
Se alzó, pues, la persiana, y no llegó a entrar, sino que quedó pegado al quicio, entre cohibido y
avergonzado, un muchacho que apenas alcanzaría a los catorce años, con señales evidentes del mal
vivir en cara y traje, muy derrotado, sucio y flaco; no traía camisa, y se anudaba al cuello una chalina
de lana negra, y en las manos, escamosas de la mucha porquería, volteaba una gorra, negra también
y reluciente de grasa.
Seis años hacía que no le veía la hermana, y a pesar de la transformación propia de la edad, le
reconoció sin titubear; asustada, dio un grito y dijo:
-¡Jean!
Luego se abalanzó a él, y antes airada que tierna, juez inflexible que castiga una falta por largo
tiempo pendiente de ejecución, hizo ademán de propinar al muchacho un sopapo a guisa de
bienvenida... y le atrajo después, le abrazó, mezclando recriminaciones y mimos en el dulce patois
de la aldea. [28]
El pequeño, azorado, temiendo que llovieran cachetes, esquivaba las caricias y toda respuesta,
enfurruñado y hoscoso; pero el juez era mujer, era hermana, era madre, y había olvidado ya los
agravios del mequetrefe: le achuchaba cariñosamente y repetía:
-¡Jean! ¡pobrecito Jean! Cuéntame, a ver, ¿quién te ha traído? ¡Bonito vienes! Estás hecho una
lástima.
Y el otro, sin soltar palabra, erizándose, como animal salvaje a quien hostigan dentro de la jaula.
Entró Max de repente y Juanillo hubiera escapado si no le agarran por las muñecas y le calman,
porque al reconocerle el obrero, en la actitud y los gestos de la hermana más que en la desconocida
facha, levantó los musculosos brazos y, fingiéndose airado, preludió tan contundente caricia que el
pequeño puso el grito en el cielo...
-¡No, Max, déjale! -intercedió madama Clémence.
A fin de calmarla completamente, le [29] trajo la normanda un bien servido plato de sopa, le hizo
sentar delante de la mesa y le invitó a comer; él miraba desconfiado a todos lados, y le asustaba tanto
el ceño de Max como la sonrisa de madama Clémence; por último comió a grandes sorbos, sin dejar
de espiar los ademanes de los dos parientes, pronto a saltar de la silla y a defenderse si le atacaban.
-Pero ¿quién diablos te ha traído? -dijo Max ablandándose-. ¿Cuándo has llegado? ¿De dónde
vienes?... ¡No, si no voy a pegarte, aunque buena paliza te mereces, gandulón!
-Si le gritas así -intervino de nuevo madama Clémence en el chapurrado español que había
aprendido- no le sacaremos una palabra del cuerpo.
Le dejaron en paz que se hartara a su sabor, pasmados de lo crecido que estaba, de su grosería y
suciedad; y cuando el salvaje se convenció de que las manos se mantenían quietas y no amagaban
mojicones, confortado el estómago y repuesto de la ingrata [30] sorpresa, rompió a hablar diciendo
en su lengua:
-Pues yo he venido solo...
-¡Solo! ¿cómo? A ver...
Poco a poco, espontáneamente unas veces, y otras con el tirabuzón de oportunas preguntas,
confesó toda la serie de sus últimos milagros. La abuela había muerto allá por el mes de julio; él
quería mucho a la abuelita, pero la abuelita se empeñaba en que tenía que estudiar y, la verdad, a él
no le gustaban los libros: su deseo era ganar mucho dinero, venirse a América, donde lo hay a
paletadas, y agacharse y coger un puñado, y volver a agacharse y llenar los bolsillos y llenar unas
arcas que traería... Quería hacer lo que el cuñado, en vez de destripar terrones en la aldea. Luego, la
abuelita no le daba nunca sous, y la única manera de obtenerlos era hurtárselos de la gaveta o sisarlos
en el precio de las aves que llevaba a vender a Etretat cuando la abuela se ponía mala. El día que
murió la abuela, él no estaba en la casa, estaba en [31] la playa pescando camaroncitos, y llegó a
alejarse tanto, que se le hizo de noche fuera de la aldea y durmió en una cueva, y cuando volvió halló
muerta a la abuelita... ¡Ay! él la quería mucho, sí, sí, pero la abuela no le daba sous y le hacía estudiar
a la fuerza.
Después que enterraron a la abuelita, él decidió venirse a Buenos Aires, que se le antojaba tan
cerca... ¡Decidió venirse a pie, si no le dejaban embarcar! Monsieur Loquin y madame Pignoret
pretendían llevarle consigo y ponerle a guardar gansos en la granja, pero él rehusó; ¡guardar gansos,
cuando tenía unos hermanos millonarios en América! Y registra por aquí, registra por allá, encontró
en la casita hasta noventa y tres francos, y con ellos y lo puesto se escapó del pueblo, marchó a
Etretat y tomó alegremente el camino del Havre. Temía que le cogieran los gendarmes, como la otra
vez, y no le dejaran embarcar; pero él hubiera peleado contra la gendarmería entera, decidido como
estaba [32] a embarcarse, quieras que no. Anda, anda, anda, llegó al Havre y se fue derechito al
puerto: pregunta, averigua... y cátate que a la mañana siguiente salía un buque muy grande, de estos
que andan solos sin ayuda de velas, y un familión que embarcaba en el dicho buque se interesa por
el joven viajero y le protege, haciéndole pasar por sobrino, para que los empleados de la agencia no
le pusieran impedimento. ¡Ay, qué gusto! paga su medio billete de tercera y al vapor. Que le busquen
ahora los gendarmes y monsieur Loquin y madame Pignoret...
Y así se vino, ni más ni menos. Si él supiera antes que era cosa tan fácil, antes lleva a cabo su
proyecto, porque de muy atrás pensaba en la escapatoria y el viaje de ocultis; pero tenía miedo de la
abuelita y también del mar... ¡Era cosa fácil, pero muy desagradable! Había venido mal, revuelto con
otros, hacinados todos como sardinas; luego, se mareó lastimosamente; así, veintidós días. Cuando
llegó, como traía en [33] un papel apuntadas las señas, un compañero de viaje, francés, peluquero,
se prestó a acompañarle y le dejó en la misma puerta...
Madama Clémence, enternecida, lloraba, repitiendo:
-¡Jean! ¡pobrecito Jean!
Y a Max le pareció la ocasión excelente para echarle un sermoncito al estilo suyo, es decir, sin
finuras ni comedimiento, cual se merecía el mozalbete:
-Bueno, ¡ya estás aquí! y me alegro, pues te habíamos mandado a buscar: muerta la pobre madre
Celeste, no íbamos a dejarte ganduleando, librado a tus malos instintos. Pero, si vienes creyendo que
aquí vas a estar de canónigo y tus hermanos te van a llenar la tripa sin trabajar, buen chasco te llevas.
Hijo, desengáñate: ni tienen tus hermanos tales millones, ni el oro de América se ha hecho para los
haraganes: aquí, el que no trabaja no come, y todos comen, porque para todos hay trabajo.
¿Entiendes? Bueno, así no te llamarás a engaño. [34] Mira esta habitación: no es la de ningún
palacio, ¿verdad? Pues en ella tiene tu hermana su obrador de plancha, y planchando el día entero
se gana su buen jornal. ¿No has reparado que sus manos no son las de una duquesa? Pues, ¿y yo?
Ven acá, bribonazo, acércate, levanta la persiana... acércate, que no voy a cascarte... mira por encima
de la pared medianera. ¿Ves? Ese es el depósito de maderas donde tu hermano, aserrando, se pasa
de la mañana a la tarde. ¿Ves las vigas, los tablones? ¿No has reparado tampoco que llevo blusa y
que mis manos están callosas, tanto como en la aldea? ¡Ah! ¡ah! ¡millones! Los tendremos, sí, como
a ésta y a mí Dios nos conserve la salud, que lo que es ánimos de trabajar y trabajo abundante y bien
retribuido no nos falta. Conque, ya lo sabes: a trabajar, o tendrás poco pan y mucho palo.
Más efecto que los ofrecidos sopapos de bienvenida, hicieron estas palabras durísimas en el
atónito Juanillo; ya él había husmeado algo de la verdad, inspeccionando [35] con disimulo la
habitación y las trazas de sus hermanos: no, allí no aparecía indicio siquiera del lujo soñado, y estas
Indias que en su imaginación se forjara, acababan de convertírsele en prisión odiosa de galeotes.
¡Vamos! ¿No valía más guardar los gansos de madama Pignoret en la libre campiña y asoleada,
frente a aquel mar de la aldea, compañero de sus juegos infantiles?
Oyó que su hermana decía muy seria: -Sí, sí, Jean, es preciso; Max tiene razón; ¿qué te figurabas
entonces?... Y él se puso enfurruñado de nuevo; porque precisamente él se figuraba que ellos estaban
de señores y él estaría de señorito, y que América no era lo que parecía, sino otra cosa muy distinta.
Entretanto, madama Clémence, contenta como unas Pascuas, preparó la mesa para la cena,
vistiéndola con un mantelillo blanquísimo, adornándola con un jarro cuajado de flores y
distribuyendo los platos de loza y los cubiertos de metal; trajo el puchero, el pan, el vino y sirvió...
Después [36] una fuente de lentejas, y también fresas espolvoreadas de azúcar. Pero Jean no quiso
catar nada, y no soltó ya una respuesta. Le preguntaban de la madre Celeste, de los vecinos, de la
casa, del pasado, del viaje, y él gruñía, incomodado, como un perro a quien tiran del rabo.
-¡Jesús! -exclamó la hermana- ¡y cómo te has puesto, Jean! Tan grandullón y pareces un salvajote.
Aquí tendremos que lavarte bien primero y cepillarte, para que te civilices; después a estudiar y
aprender un oficio. A ver, ¿qué te gusta más, carpintero, sastre, albañil?... ¿No? Un poquito más
arriba entonces: ¿arquitecto, ingeniero?...
-Nada -resolló Max con la boca llena-; millonario por herencia, mujer, que es lo más cómodo y
descansado... ¡Valiente pillo! Mira, como no cambies...
Pareciole a madama Clémence que lo mejor era llevarse al mostrenco a descansar, no fuera el
diablo a armar un zipizape, y se le llevó, empujándole, pues él no quería [37] menearse de la silla.
En la habitación contigua, llena de trastos, maderos, virutas y útiles de carpintería, arrimado había
un catre, que en un periquete abrió madama Clémence y aderezó con sábanas de lienzo, un
almohadón y una manta, mientras iba diciendo:
-¿Ves como te esperábamos? Hoy no, pero habíamos escrito para que vinieras... ¡Ay, Jean!
Cuánto nos tienes hecho sufrir con tus chiquilladas. ¡Más ganas de asentarte la mano encima, que
de verte nos pasaban! porque mira que... En fin, a dormir ahora y mañana a tomar un baño y a
cambiar de ropa... Claro, ya empiezan los gastos contigo: hay que vestirte de pies a cabeza; con que
salgas desagradecido y te emperres en no corregirte, buena la hemos hecho. ¿Te dejo la luz? Frío no
le hay, pues aquí estamos en primavera; pero si quieres otra manta...
Contestaba Juanillo dando cabezadas de mal humor; y al fin madama Clémence le dejó,
recomendándole que rezara para conseguir [38] de Dios el perdón y el propósito de la enmienda.
Lo primero que hizo el muchacho, al quedar solo, fue darse en la cara dos puñadas coléricas,
mesarse los pelos y llorar de rabia. Pero, señor, ¿estaba en América? ¿Era aquel el palacio encantado
de sus hermanos? ¿Aquella la alcoba suntuosa y aquel el lecho con que soñara? ¿Y aquel programa
de vida, despóticamente trazado, era el que se arreglara al partir de la aldea, tan orgulloso y
campante? ¡Qué caída y qué batacazo más dolorosos! A la luz de la bujía, la habitación le pareció
más miserable y la realidad doblemente ingrata; y porque se borrara de su vista, sopló en la luz, y a
obscuras, tropezando aquí con un madero y allá con una caja, sin desnudarse, arrojose sobre el catre,
que le recibió gruñendo desagradablemente. ¡Bueno, bueno estaba todo! ¡Y qué bien empleado, pero
qué bien empleado!
Jean lloraba en silencio. Al lado, se mezclaban las voces de los hermanos y el [39] repicar de los
cubiertos; y de repente, afuera sonó una guitarra, un rasgueo lánguido, monótono ejercicio de la
mano, que dejaba de tocar y empezaba de nuevo, indecisa o recelosa. Crujió el catre, como si fuera
a desvencijarse, y Juanillo saltó al suelo, se escurrió a tientas, golpeándose las canillas en los
condenados maderos; el rumor de la guitarra y el reflejo que atravesaba los resquicios, le guiaron
hasta la puerta, uno de cuyos postigos abrió con mucho sigilo... ¡Ah! ¡qué hermosa luna hacía y cómo
brillaban las estrellas! En el patio, que era el último de la casa y cubría un parral centenario, formaban
rueda varias personas y en medio del círculo bailaba una petenera Crescentita Barbado, la chiquilla
gaditana, con tanto salero, que era cosa de embobarse, viéndola cómo se revolvía, hacía serpentear
los brazos, balanceaba la cabeza y zapateaba graciosamente, al son de la guitarra y de las palmadas.
Más guapita era que si los mismos ángeles con nieve, rosas e hilo de oro, perlas, [40] corales y
zafiros, hubieran modelado su cara remonísima; la falda de percal, del mucho uso, parecía desteñida,
y las botas, demasiado grandes, mostraban remiendos y rozaduras; pero, asimismo, a la luz de la luna,
que amorosamente la bañaba toda entera, apareció a Juanillo como una ninfa vestida de plata, la diosa
América en persona, que él entrevió allá en la aldea.
Cantaba la guitarra, chasqueaban las palmas, danzaba la mocita; bajo el emparrado la brisa agitaba
las hojas y sobre las paredes marcaba la luna desmesuradas siluetas, y Juanillo apenas se movía,
boquiabierto; trajo un banco para disfrutar con más comodidad del espectáculo, y el cansancio y las
diversas emociones, que hondamente le embargaban, le vencieron al fin y le dejaron dormido, pegado
al cristal... ¡Aquella noche soñó que Crescencita, la danzarina, le llevaba de la mano por un rayo de
luna a mostrarle el sitio donde América guarda sus tesoros! [41]
II
Cuando esta familia de Barbado vino a ocupar las dos habitaciones del último patio, muy poco
tiempo después de los Duseuil, pareció a todos tan miserable, que el mismo doctor Andillo, a quien
sus intrincados libros de texto, sus endiabladas filosofías y sus discípulos dejaban apenas espacio
para observar las cosas menudas, tembló por los alquileres... No trajo más ajuar que una cama y un
catre, dos colchones malísimos, tres sillas perniquebradas, un anafre, cuatro cacerolas, un lío enorme
de pingos, mantas y otras prendas, y una guitarra con vistosa moña de cintas rojas y amarillas; restos
¡ay! de pasada opulencia, porque, si [42] hemos de creer a doña Orosia, en su casa de Arcos (de
donde eran oriundos) vivían en la abundancia y el regalo, y si vinieron a menos fue por las razones
que ella daba con empalagoso ceceo y el escamoteo de finales correspondiente:
-Cuando pienso que mi madre me crió entre holandas...; que en mi casa de Arcos hemos comido
en vajilla fina...; que teníamos tres criados y cuatro doncellas...; que a mi niña la puse institutriz
inglesa y todo... Pero la culpa la tuvo Aniceto, un hermano de Rufino, que por librarle de quintas
primero y pagarle las trampas después, hubimos de hipotecar la casa y las tierras; eche usted, además,
impuestos y cargas de todo linaje... Mi cuñado vino a probar fortuna, y se volvió diciendo que esto
no valía un pepino, y que para morirse de hambre no era menester atravesar tanta agua; pero yo le
dije a mi marido: Mira, eso es que éste fue creyendo que se lo iban a dar todo hecho, y le han dado
un puntapié, porque allá los haraganes no deben de prosperar. [43] ¿Por qué no se lo dimos también
nosotros al gandulazo? Nada, que nos partió por la mitad, nos arruinó, y el mismo Rufino hubo de
decir: Pues ¿qué hacemos? Vámonos a América. ¡Claro! No era cosa de ponernos a trabajar en la
localidad, donde todos nos conocían... Y nos embarcamos, yo encinta de esta alhajita que ustedes
ven, porque Tito es argentino, sí, señor, nació aquí el mismo día que entraron las tropas victoriosas
del Paraguay: por cierto que le envolví en un lienzo viejo y un refajo, porque no tenía pañales... ¡Ay,
qué vueltas da el mundo!
No pongamos en duda, piadosamente, lo que asegura doña Orosia, y achaquemos al gandulazo
del cuñado toda la culpa de que familia de tanto viso en Arcos emprendiera el doloroso éxodo a
Buenos Aires sin lastre en los bolsillos y en el estómago; pero, dígase para gloria de los Barbados
gaditanos: la ley del déspota mayor que hay en el mundo, les sometió sin protesta, y como si en su
vida no hubieran hecho otra cosa [44] (con perdón de doña Orosia) echose el don Rufino a vender
baratijas por las calles; cosieron y fregaron en casa la madre y Crescencita, y cuando el niño tuvo
edad de ganar algo le colgaron un cajoncito al hombro, le dieron dos cepillos, una caja de betún, una
gruesa oblea de cera y un retal de paño negro y le mandaron a lustrar las botas de los transeúntes...
¡Un Barbado, y de Arcos! ¡Felizmente, estaban en América!
Que no les iba mal, lo prueba que algún tiempo después de instalar el fementido menaje apuntado
en la casa de Andillo, compraron una cama nueva, y, poco a poco, una máquina de coser, una
cómoda, una consola, cuatro butacas de yute, y se permitieron el lujo de velar los cristales de las
puertas con visillos muy bonitos, de poner a la consola un paño de crochet, y colchas de cretona a
las camas, y hasta llegaron a adquirir un reloj de cuco, precioso. Un poquitín más, y era la casa de
Arcos pintiparada; aunque doña Orosia dijera, ceceando siempre: [45]
-¡Si vieran ustedes mi casa de Arcos! Aquello sí que dejaba ciego y daba el opio a cualquiera.
Mire usted, teníamos un sofá de brocatel, en la sala, rameado de amarillo y con copete de talla
dorada... y de estos espejos caprichosos que llaman no sé si cornipoquias o cornucopias... ¡Y qué
cama la nuestra!, todita de palosanto, torneada, con un dosel de damasco que ni la del Obispo. Así
era la guerra que me daban los criados, porque para librar tanta preciosidad de un plumerazo torpe,
no me bastaban cien ojos...
Poseía doña Orosia, y esto prestaba algo de verosimilitud a la relación de sus anteriores grandezas,
una figura delicada y casi aristocrática, manos muy finas, pie minúsculo, y si las escaseces empañaron
su rostro, pelaron sus ojos azules y entretejieron canas en su crespa cabellera, usurpando la ingrata
prerrogativa de afear que a la edad incumbe, pues era joven aún, advertíase que debió de tener muy
lozanos abriles; vistiera sedas y terciopelos, y los llevaría [46] con la misma dignidad que el percalito
barato o la sencilla estameña. Ya lavara en la huerta, debajo de la higuera que a Tito servía de recreo
gimnástico, ya fregara cacerolas o se ocupara en el avío doméstico, funciones todas reñidas con la
coquetería y el buen ver, aparecía doña Orosia con la cara dada de almidón abundantemente; porque,
eso sí, podía ella olvidar ciertos preceptos de la higiene en punto a abluciones matutinas, pero dejar
de enharinarse, jamás.
En cambio, D. Rufino, Barbado de apellido y lampiño de cara, no tenía trazas siquiera de haber
llevado levita en su vida, como aseguraba doña Orosia, rememorando los esplendores de Arcos.
Hombre burdo, zancajoso y de mediana estampa, en él lo que valía no se mostraba a primera vista,
y eran sus excelentes prendas morales, aquilatadas en todas las ocasiones de su aperreada vida, tan
excelentes, que su propia mujer le había inscrito en el santoral de los maridos, y por manso y
honradísimo [47] teníanle cuantos le trataran de cerca. Desgraciadamente, las vanidosas
exageraciones de doña Orosia me impiden decir toda la verdad acerca de lo que el D. Rufino hiciera
o dejara de hacer allá en su tierra; porque, como mis informes están en desacuerdo con los de esta
digna señora, no quiero yo disputar ni atraerme malevolencias femeninas, de las que Dios me libre;
pero sí diré, y en esto creo no faltar a doña Orosia, que parece (ya ven ustedes que no lo aseguro) fue
D. Rufino músico de regimiento... Nada de particular tiene, y el orgullo de los Barbados no puede
sufrir rozadura alguna porque tocara D. Rufino el clarinete en un cuartel. Y si no, venga acá la señora
doña Orosia y dígame en confianza: ¿es cierto o no es cierto que uno de los objetos empeñados para
pagar el viaje fue el clarinete de D. Rufino? ¿Y de dónde le venían entonces sus aficiones musicales,
la destreza suya en rasguear la guitarra y el baúl aquél atestado de partituras? Tampoco me negará
usted, señora mía, que traía él la [48] idea de meterse a maestro de piano, y que le salieron mal los
ensayos, y por consejo de un compatriota, el cual le dijo: -Mira, Rufino, yo sé lo que me pesco; déjate
de arte, y ponte a mercachifle...- D. Rufino, dócil siempre a los buenos consejos, careciendo de
capital y de influencia para obtenerlo, se proveyó de una tienda portátil, la llenó de chucherías, de
objetos de mercería y de escritorio, y se puso de buhonero.
Y ¡chitón! que si doña Orosia está conforme, y hasta orgullosa, en que cada cual se gane en
América el pan como pueda, no consiente que se dude ni tanto así de que en Arcos arrastraron
carretela y eran los Barbados el cogollito de la aristocracia. De todos modos, poco nos debe importar,
y a fuer de galantes, la creemos a usted, señora, la creemos a usted con los ojos cerrados, como hay
que creer todo lo que suscita duda...
La prueba de que doña Orosia, intransigente cuando de Arcos se trataba, sintiérase o no lastimada
de ver reducida su familia a estado modestísimo, no tenía pizca [49] de escrúpulo para el trabajo, está
en que no hizo ascos a la resolución del marido ni opuso peros a que cosiera Crescencita camisas a
la máquina y Tito saliera a la calle a lo que ustedes saben; y si ella misma no se metió a servir, fue
porque, recaudando los otros buen jornal para comer, y aun para guardar, no era de absoluta
necesidad, y también por aquello de «no sirvas a quien sirvió, ni mandes a quien mandó»... que
repetía a menudo. Mas si ella no los opuso, llegó a oponerlos muy formales el señor doctor Andillo,
en lo que a Tito se refiere, prendado del despierto rapaz, de aquel angelote rubio y hermoso, que
lavado a medias y apenas vestido, cruzaba alegre por la mañanita el patio con el cajón a la espalda,
y volvía entre dos luces, cansado y soñoliento, a entregar la ganancia del día y dormirse, muchas
veces, sobre el mismo cajón, mientras se preparaba la cena, muertecitos los pies de andar y las manos
de restregar el cepillo y de tamborilear con él, enronquecido de tanto vocear: [50]
-¡Lustrar, señores, charol, charol!
Sentía el señor catedrático, sin duda, que chico tan listo no cultivara su inteligencia y pudiera
corromperse en el malsano callejeo de todos los días, y con este fin humanitario enderezó algunas
comedidas reflexiones a sus inquilinos, las que fueron contestadas por la propia doña Orosia con
media docenita de verdades, a este tenor:
-Señor catedrático, eso estará bueno para quien no ha menester de trabajar; no he de tenerle yo de
señorito, mientras nosotros echamos los bofes: así aprenderá a hacerse hombre, a apreciar el dinero
en lo que vale (pues el que no sabe ganar, no sabe guardar) y la vida en lo que da de sí. Tenga él
buenas inclinaciones, sea cristiano y respete a sus padres, y andará sin mancharse entre el fango. Y
si sale inteligente, mañana que estemos más desahogados, le pondremos a estudiar y se hará
catedrático si quiere; pero, por ahora, que se contente con la cartilla que yo le enseño: que, créalo
usted, no hay mejor curso para salir hombres [51] hechos y derechos que este de la pobreza...
Hubo de darse a partido el amo, y lo único que se consiguió fue que dos horas, por lo menos, en
la tarde, asistiera el chiquillo a la próxima escuela municipal para aprender el a, b, c, y a perfilar
palotes; y aunque el mismo doctor Andillo bondadosamente le solicitó para darle algunas lecioncitas
de favor, doña Orosia negose con terminantes razones, expresadas sin ambages, de manera que hizo
sonreír al filósofo. ¡Muchísimas gracias! Ella que era católica, apostólica y romana, no podía permitir
que enseñara al chico esas pícaras ideas que dicen practicaba el señor catedrático, y aunque la
prometiera no tocar a los misterios de nuestra santa religión, ¿quién la garantizaba que soplase el
diablo y quisiera hacer de Tito un hereje? ¡Nunca, jamás, amén!
Dicho en verdad, y aún siendo Crescencita la gracia en persona, merecía Tito pasar por la flor y
la nata de los Barbados, como pasaba. ¡Qué pasta de niño aquel, y qué [52] manera de enseñorearse
de los corazones! Al redoble de su cepillo sobre el cajón, salían al patio, ya la hermosa misia
Liberata, ya madama Clémence... y hasta don Hipólito, interrumpiendo la consulta de sus perversos
librotes... Quién le tiraba cariñosamente de las orejas, quién le daba una golosina o le ofrecía un
juguete o le hacía un cumplido. Era él tan formalito y respetuoso, que había que reír; y no se le
comían a besos, porque el betún le ensuciaba lastimosamente la cara de querubín.
No parecía niño, sino que un espíritu de hombre grave se hubiese albergado en aquel cuerpecito
endeble, pues ni era glotón ni perezoso, ni desvergonzado como estos titíes que hoy se educan y
presumen; pero tampoco era un niño viejo, tímido u oprimido. Bien que se refocilaba en la huerta,
hacía volatines sobre la higuera, se ponía a caballo sobre la pared a oír la música del serrucho de Max
y ver el trajín de los mozos en el corralón... Pero tales expansiones tenían que ser breves; en primer
lugar, [53] por sus quehaceres callejeros, luego por sus estudios, y porque doña Orosia no le daba paz
llamándole, ordenándole y pidiéndole. Así rendíase al sueño por las noches, los bracitos sobre el
cajón a guisa de almohada. Queríanle todos, en la calle como en casa, buscábanle y le obsequiaban,
al niño rubio, al limpiabotas monísimo, que el doctor Andillo, recordando el mote hiperbólico con
que honra la historia a su homónimo, el romano emperador, solía llamar delicia del género humano,
mientras le palmeaba los puercos carrillos.
Blümen, el joven alemán que ocupaba la última pieza del fondo, la más menguada de la casa,
deponía también, en obsequio del chicuelo, toda su gravedad germánica. El que economizaba las
palabras como si fueran monedas de oro y cuya exagerada discreción parecía haberle cosido los
labios y regulado todos los movimientos y todas las acciones, reloj humano, muñeco de resorte sin
sangre, ni nervios, ni nada... este Blümen, de piedra berroqueña, adquiría [54] sensibilidad aparente
al escuchar el cepillo de Tito en el patio. Tito le distraía, le hacía enseñar los dientes más
desmesurados y blancos que en boca alguna se han visto, le revolvía los trebejos de la mezquina
habitación y le sonsacaba sus secretos. ¡Y qué secretos los de Franz Blümen para guardados bajo siete
llaves! Oruga que sueña en ser mariposa y se somete dócilmente a las necesidades de la
metamorfosis, como los Duseuil, los Barbados y casi todos los que, arrojados por la miseria, la
escasez o el genio aventurero, pisan las playas americanas...
Por cierto que la llegada de aquel diablejo de los Duseuil, trajo una gran desazón a Franz Blümen,
alarmó a doña Orosia y trastornó el orden conventual del caserón; la fama de sus milagros y su
apicarada traza infundieron temores, no confesados por el afectuoso respeto que Max y madama
Clémence merecían; pero Blümen se curó en salud echando la llave a cierto álbum de sellos, que Tito
solía hojear con deleite, [55] y la de Barbado se hizo un Argos de vigilante, y no veía asomar a
Juanillo rozando la pared como una raposa, sin armarse de la escoba. La alarma cedió un tanto,
cuando se supo que habían zampado de cabeza al pillete en una escuela, y allí le tenían sujeto sin
dejarle salir más que los domingos; asimismo, desaparecieron el álbum de sellos y un alfiletero de
doña Orosia, y no sé qué baratijas del escaparate portátil de D. Rufino; y tales fueron las faltas, que
hubo cisco en la casa: doña Orosia y el germano llevaron sus quejas al obrador de plancha, sacaron
los colores a la cara de la infeliz madama Clémence, y dieron motivo para que el brazo airado de Max
se ejercitase sobre las desnudas posaderas del ladronzuelo. A este correctivo siguió la clausura
absoluta, y la paz reinó de nuevo.
Duró poco, sin embargo, porque ocurrió que, como estos pajarracos de mala índole que en la jaula
se enrabian, apesadumbran y déjanse morir de inanición, a los ocho [56] meses Jean enfermó, y
hubieron de sacarle del duro pupilaje; felizmente, no le dejaron suelto cuando se puso bueno, sino
que Max se le llevó consigo al aserradero, y allí, guantazo viene y cachete va, le tenía condenado a
trabajos forzados, tan hosco, torvo y desconfiado como el primer día, por la pesadumbre de la cadena,
la vergüenza del sometimiento y la conciencia de las propias faltas.
Y aunque ya parecía no haber urraca en la casa, ni los Barbados ni Franz mostraban mayor
seguridad en la curación del cleptómano vecinito, y echaban llaves y atrancaban puertas, precaución
saludable que doña Orosia traducía con esta frasecita reticente:
-No sea cosa...
Pero el chico, como si no tuviera ya uñas en las manos. Cuando volvió el buen tiempo, los
domingos, en que forzosamente había huelga, iba Juanillo a la huerta y se echaba al pie de la higuera,
con un libro; la primera vez que le vio doña Orosia, que [57] tendía ropa al sol, precipitadamente
arrambló las prendas mojadas, encerrándose en su habitación, y él se corrió mucho de esto y hasta
lloró de dolor; asimismo esperaba con ansia los domingos y tornaba a la huerta, esquivando saludos
desdeñosos... porque allí, desde el pie de la higuera, donde fingía leer, veía a Crescencita cosiendo
a la máquina, y la veía como la noche de su llegada, al través de sus lágrimas de despecho, vestida
de plata, danzando en un rayo de luna.
Era lo único que doña Orosia dejaba sin encerrar, a la puerta de la habitación, bajo la sombra
protectora del parral, expuesta a las miradas del criminoso mequetrefe. Él no leía, ni hacía otra cosa
que mirarla. Oíase el triquitraque vertiginoso de la máquina; apoyados en los pedales, los piececitos,
que calzaban tan feas botas de deshecho, imprimían acompasado movimiento a la rueda: volteaba
ésta, daba saltitos el tornillo de montera, sendos pinchazos la aguja, bailaba el carrete, y la rubia
cabeza inclinábase [58] vigilante, mientras las manos, dos manecitas que debieron ser blancas y
estaban ya percudidas, aderezaban la tela y dirigían hábilmente la costura. Así, horas y horas, él
mirándola, y ella cosiendo.
Acaso Juanillo pensaba que era mucho trabajar aquel, y que debía él hacer otro tanto, si quería
merecer la estimación que ella parecía demostrarle.
Porque Crescencita nunca le puso mala cara, ni le dijo cosas feas como los otros, ni le dio motivo
de soflamas como los otros, ni pruebas de menosprecio jamás. Hasta le había hablado alguna vez en
aquella hermosa lengua española, que al principio era griego para él, y con este motivo recordaba que
la chiquilla, como él no la entendiera, se echó a reír y dijo con picardía: ¿No, no comprar pan?...
traducción burlona de la frase ne comprend pas, que por la relativa similitud de pronunciación
comprendió él inmediatamente, contestando que no, que no la compraba. ¡Ay, cuánto tiempo estuvo
el muy borricote sin comprarle [59] pan a Crescencita! Su mayor deseo en el colegio fue aprender
el idioma, y cuando le pudo chapurrar y logró hacerse entender de la niña, pareciole más llevadera
su prisión y menos doloroso el desengaño. ¿Qué le importaba que la madre, y don Rufino, y el
hombre de piedra, y la señora de Andillo, y el señor catedrático y hasta la criadita Encarnación, le
trataran con despego y se espeluznaran a su paso, como gatos que se ponen en guardia ante el
enemigo? ¿Qué le importaban los sermones de madama Clémence y las bofetadas del cuñado?
Siempre que Crescencita le hablara...
Un día le había dicho: Pero, ¡Juanito, qué mala costumbre tienes! ¿Sabes que por eso se va a la
cárcel?... y esto le produjo mayor impresión que muchos sermones y golpes de los hermanos. ¿Cómo
incurrir en faltas que a ella, su amiguita benévola, podían desagradar? Viéndola delante de su
máquina de coser, sentía extraños impulsos de hacerse bueno y digno del aprecio general y de la
indulgencia de Dios, como le recomendaban [60] la pobrecita abuela Celeste y diariamente sus
hermanos: empresa tan difícil cuando el deber quiere a dura fuerza imponerse, y tan fácil cuando el
cariño lo implora dulcemente. ¡Qué bueno sería él a la vera siempre de Crescencita!
Tan sólo una vez la vio enfadada... Pero fue porque él y Tito se pegaron, Tito por querer subir a
la higuera y él por no dejarle, de puro malo y testarudo: vencido el chiquillo, en venganza, hizo con
la mano un ademán que, en el lenguaje de la mímica, expresa la acción de robar, y Juanillo le dio un
soplamocos y le llamó lustrrrra-bo-tas, con todas las erres de que disponía.
Afortunadamente no estaba doña Orosia, y Crescencita calmó los lloros y apagó el escándalo, con
una mirada tan dura para el grandullón y una palabra tan seca, que le escocieron atrozmente, por ser
ella quien le dijera: ¡Malo!... y le enrostrara su injusto proceder; y de tal manera le escocieron, que,
lejos de revolverse airado, se humilló, pidió disculpa, abrazó a Tito y lloró [61] él también,
implorando el perdón de los ojos azules. Aquella tarde sí que charlaron todos tres, hechas las paces
y más amigos que nunca...
Charlaron entre carcajadas y bromas, por el afrancesado pronunciar de Juanillo y sus continuos
tropezones en las jotas y demás obstáculos de la lengua castellana; hasta el gallo del corral se
alborotó y reunió a las asustadas hembras en torno suyo, bajo la égida de sus espolones.
¡Qué reírse los tres! Y gracias que la ausencia de doña Orosia dejábales entera libertad para
lozanear a sus anchas. Ceñida una toalla Tito y encogida Crescencita dejando arrastrar la falda, se
paseaban ambos con mucha prosopopeya, y Jean les saludaba al paso con gravedad, y decía Tito:
-Mira, yo seré presidente de la República... saldré con mi banda y mi bastón y llevaré escolta y
tendré ministros que me sirvan...
-Pues yo -añadía Crescencita muy seria, haciéndose aire con la mano cual si manejara [62] el más
precioso abanico- seré gran señora y no me pondré sino vestidos de seda...
-Y yo -saltaba Jean- haré mucho dinero y seré millonario...
¿Por qué no, al cabo, estando en el país de las transformaciones maravillosas? Crescencita
recordaba la historia, que oyó contar a su madre, de la fidelera italiana de enfrente, «que vino
descalza y llevaba ahora diamantes en las orejas, gordos como nueces», y la del inglés del aserradero,
el patrón de Max, «con tantos miles como pelos en la cabeza», un pobrecito emigrante que, andando
el tiempo, hasta casó con la hermana de la señora Liberata...
-¿Ves tú? -decía la chiquilla-. Aquí te acuestas mendigo y te despiertas ricachón, como en los
cuentos; pero, no creas que va algún genio a ponértelo en la boca: te lo buscas tú antes y lo sudas. No
más tarde que mañana por la mañanita he de lucir yo unos diamantes, que ni los de la fidelera. [63]
Ya no reían, absortos en aquellas cosas magníficas que se realizarían «cuando ellos fueran
grandes». Parecíale a Juanillo que Crescencita se transfiguraba y se convertía en una princesa muy
orgullosa... ¡Tarde serena de encantadores recuerdos! La señora princesa, a fin de representar más
a lo vivo su papel, con una cinta desteñida había anudado sus trenzas, y de tanto zarandearse, la dejó
caer, sintiendo al punto Juanillo el extraño cosquilleo en las yemas de los dedos que producíale su
olvidada manía, cada vez que le despertaba la vista de un objeto ajeno; y por coger la cinta, pasó
grandes angustias, luchó, y vencido, se bajó a cogerla... ¡Sería la última, la última vez!
Desgraciadamente, no siempre Crescentita disponía de espacio y de ocasión para estas
expansiones. Al mismo Tito, muy aficionado a la Historia Natural, doña Orosia le prohibía
severamente buscar sabandijas en la huerta siempre que estuviera el perdido de los Duseuil, y Jean
estaba condenado [64] a distraer sólo su melancolía, mirando de lejos coser a Crescencita, labrar sus
diamantes de futura princesa... Como el mal, lo bueno también se contagia, aunque sea de más difícil
incubación y requiera mayor solicitud y cuidado: así, Juanillo, con el ejemplo de Crescencita y de
Tito, poco a poco iba perdiendo sus asperezas de muchacho bravío, sus instintos desordenados se
calmaban y despertábase en él la emulación, el noble deseo de llegar por el camino recto del deber
a los soñados alcázares de la fortuna. Compró una hucha, y cada domingo guardaba el deleznable
papelito que Max o madama Clémence le regalaban, pensando que en breve tiempo tendría dinero
suficiente para engarzar en diamantes a Crescencita...
Para este saludable contagio del bien, la casa entera se prestaba admirablemente; porque, así como
la peste se desarrolla y cunde entre la suciedad, la ignorancia o la miseria, en el ambiente honrado
y tranquilo florecen las buenas ideas, adquieren vigor [65] y hondas raíces. No habían de florecer,
pues, en el caserón de Andillo, y especialmente en aquel patio tercero, cultivadas por las manos
señoriles de la almidonada doña Orosia! Francamente, si en Arcos dieron todo el tiempo a ocioso
vagar, como es de regla y buen tono en las gentes aristocráticas, paréceme más digna de admirar esta
contracción al trabajo de la familia gaditana, hormiguitas que en llenar el granero se ocupaban todo
el día, bien repleto ya a juzgar por las transformaciones que se notaban en el menaje, gracias a la
máquina de Crescencita, al charolado de Tito, al comercio de D. Rufino y a la economía y excelente
administración de doña Orosia.
El D. Rufino, cada noche, al descolgar del hombro la correa del mostrador, decía soltando al
mismo tiempo un ¡uf! de cansancio:
-¡Buen día!, hija, ¡buen día! pero traigo los pies desollados.
Y mientras dona Orosia, ayudada de Crescencita, mangoneaba a su gusto, espumando [66] el
cocido, aviando la mesa o preparando el plato al estilo de su tierra, estiraba Barbado las cansadas
piernas, pensativo.
-¿Y yo, padre? -rezongaba Tito desde su rincón, adormilado sobre la caja de lustrar-, yo también
tengo hinchados los pies y estoy ronco de tanto gritar.
-Mire usted mis manos, -decía Crescencita mostrándolas- lo menos una docena de pinchazos he
sufrido hoy y me apunta un uñero en este dedo... pero, ¡me he cosido tres camisas!
Doña Orosia probaba la salsa, suspirando. ¡Oh! cruel destino, que así les humillaba y ponía a
prueba. Se volvía al marido, y le exhortaba blandamente:
-¡Paciencia, hijo! ¿qué le hemos de hacer? Siempre que nuestro sacrificio sea con fruto... A ver
si logras establecerte pronto: así el niño podrá comenzar seriamente sus estudios y ésta no enfermará
del pecho de tanto coser. Mira, me ha dicho madama Clémence, que con el producto de la venta de
su finquita y los ahorros reunidos, el inglés [67] del aserradero, mister Patrick, ha admitido a D.
Máximo de socio, y ahí le tienes ya de patrón al que entró de mísero jornalero. ¿Por qué el patrón del
Bismarckito, en cuya casa compras tus géneros, no te habilita? Tiéntalo y no te apoques. ¿No dicen
también que aquí los Bancos tienen sus cajas abiertas para el comercio honrado? Pide un préstamo
como los demás, que si te dan, bueno, y si no te dan llamas a otra puerta.
No echaba en saco roto estas indicaciones D. Rufino. Rascando las peladas mejillas, rumiaba la
mejor manera de obtener lo que necesitaba para plantar su tienda, aquella fábrica de guantes soñada,
con sus lucidos escaparates de felpa grana y cristales enteros resplandecientes. El patrón de Franz era
un alemán tan meticuloso y cachazudo como su dependiente, y en las diversas ocasiones que D.
Rufino le habló del negocito, se esponjó para soltar entre sus bigotes color de limón el nain más seco
de su repertorio; pero D. Rufino no cejaba y [68] ayudábale Franz decididamente... Al fin y a la
postre, D. Rufino era un hombre honrado a machamartillo, parecía listo en esto de mercar, y como
él consiguiera su propósito, no habría manita ni manaza bonaerenses que no se dejaran calzar con las
finísimas pieles de Suecia, las de cabrito y otras menos estimadas, porque la sonrisa de doña Orosia
y de su hija detrás del mostrador, sería miel para moscas y liga para tontos.
Cuantas veces el nain de desahucio sonó bajo los bigotes color de limón, D. Rufino volvió a casa
pensativo, y pasó la velada rascándose la mejilla pelona, manera suya de espolear a la imaginación
en sus correrías por los intrincados campos de la hipótesis. Para doña Orosia era cuestión de amor
propio el poner la fábrica de guantes, porque lo tenía anunciado en la casa como el más grande y
transcendental acontecimiento que había de contribuir a resucitar los buenos tiempos pasados; así,
cuando en el zaguán tropezó con la rubicunda madama [69] Clémence, que salía llevando su cesta
de ropa blanca, y la oyó chapurrar aquello de la venta de la finquita y de mister Patrick y de la
sociedad de Max en el aserradero, tan gozosa, que los ojos violados centelleaban de alegría purísima,
la de Barbado sintió celos, y eso que no era ella envidiosa ni mujer a quien molestase el bienestar
ajeno.
-Pues nosotros -dijo tristemente-, estamos en lo mismo, buscando el capital para la fábrica.
Promesas no nos faltan, pero con promesas no se hacen guantes, ¿verdad, vecina? En fin, aquí
estamos para medrar, y medraremos, Dios mediante. Que sea enhorabuena, madama, y por muchos
años.
Tanto rascarse D. Rufino y tanto gastar saliva Franz, con el tiempo llegaron a vencer la teutónica
resistencia de los bigotes color de limón; y fue de manera que no salieran de su bolsillo los dineros,
sino que el Banco de la Provincia, aquel coloso bienhechor de propios y extraños, augusto padrino
del progreso y de la prosperidad de [70] la República, muerto a manos de expoliadores y políticos
perversos, otorgara a Barbado un préstamo de 20.000 pesos, bajo la formal garantía del patrón de
Franz Blümen; sobre esta base formábase la triple alianza comercial de D. Rufino, de Franz, que
ponía sus ahorros y su persona, y del indicado patrón, que a más de su firma se decidió a arriesgar
una bicoca en la empresa.
El día que ocurrió todo esto, a doña Orosia le faltó poco para desmayarse, y fue al cuarto de los
Duseuil a dar la grata nueva, golpeando en la persiana del obrador:
-Vecina, ¿sabe usted? aquello, aquello... pues ya lo hemos conseguido y tenemos seguro lo de la
fábrica.
¡Jesús! ¡Qué alborotar el de doña Orosia! Hubo su guitarreo en el tercer patio y su miajita de
peteneras, que ensayó el pelele germánico, haciendo desternillar de risa a los mirones. Luego, D.
Rufino y Franz, éste con los tres pelos clásicos empinados en mitad de la calva prematura, y las cejas
más alborotadas que nunca sobre los avejigados [71] párpados, discutieron gravemente todos los
puntos que a la Sociedad se referían, anudaron los cabos sueltos y redondearon el negocio
cumplidamente. Lo menos hasta las doce se estuvieron de conferencia, entre los ronquidos de Tito
y el triquitraque de la máquina de Crescencita, y cuando el alemán se marchó, dio suelta doña Orosia
a los efusivos sentimientos que la embargaban, metiendo su cucharada de esta manera:
-¡Ay! Rufino, estoy con todos los nervios de punta... ¡Para que el gandul de tu hermano venga
después a decir que ésta es tierra de miseria y de hambre! ¿A dónde ha visto él prestar así, de bóbilis
bóbilis, veinte mil pesos a un desconocido? ¡Y te los prestan, Rufino, te los prestan! ¡Bendita sea la
Santísima Virgen de las Angustias!... Mira, has hecho bien en hablarle claro al Bismarckito: él es
muy formal, y será un socio a pedir de boca; pero en esto de los negocios, las cuentas muy limpitas.
¡Quién nos lo dijera, Rufino, al salir de Arcos con lo puesto! [72]
Por primera vez, con las glorias se le iban a doña Orosia las memorias; pero como estaban solos,
holgaban las comiquerías y los desplantes aristocráticos. El mismo don Rufino sacó a relucir la
historia verídica del clarinete pignorado, y doña Orosia plegaba las manos delgadas, suspirando:
-¡Sí, me acuerdo, Rufino!
Lo cierto es que ahora iban a estar de señores. Pero nada más que nominalmente, porque si bien
tomarían una criada para aliviar el peso doméstico, mientras los dineros prestados no volvieran a la
caja del Banco y marchara la fábrica con desembarazo, la situación no cambiaría, sino que se hacía
más grave, por la pesadumbre del compromiso. Entre proyectos y comentarios, el cuco les anunció
las dos de la madrugada. Crescencita se había quedado dormida sobre la máquina, y tal vez soñaba
que eran suyos los diamantes de la fidelera...
Por supuesto, la fábrica no se puso así, en un dos por tres. Hubo más idas y venidas, [73] y más
vueltas y revueltas, que si el asunto anduviera en manos de ministros y fuera cosa de Gobierno; entre
los bigotes color de limón, los tres pelos bismarckianos y el lampiño Barbado todo era tirar y aflojar,
ajustar este tornillo, meter aquella escarpia y asegurar el contrato de la manera más sólida posible.
Luego de cobrado el préstamo, se buscó local, se compraron máquinas y materiales... Entre tanto,
forzosamente D. Rufino abandonó la venta callejera; asimismo, cada noche llegaba más derrengado
que antes, pero con el ánimo tan entero. ¡Era la fábrica de su fortuna que levantaba, arrimando piedra
sobre piedra, abriendo el hondo surco de los cimientos en la tierra hospitalaria, noble hija de su
amada España!
Ni a los socios principales ni al comanditario les pareció prudente hacer despilfarros y gastar en
lujos lo que acaso necesitaran más tarde para los apurillos, que la nueva industria podía traer; y así,
se prescindió de muestras aparatosas, de vidrieras [74] y de cortinajes, y se puso un comercio
modesto, con mostrador y alhacenas de pino pintado, dos sofás de pana y alguna silla volante; un
escaparate estrecho, alumbrado por un solo pico de gas; sobre la puerta un letrero, que decía: A la
ciudad de Cádiz, y colgando una manaza roja, de latón. La trastienda era espaciosa, y cabían en ella
holgadamente hasta cuatro oficialas; luego había tres habitaciones, empapeladas, un patio interior,
que daba luz y ventilación a la casa; un sotabanco y azotea, con bonitas pilastras de yeso: lo suficiente
para que los Barbados se instalaran a sus anchas, si creían conveniente dejar el caserón de Andillo
y trasladarse al local de la fábrica. Estaba situada ésta en la calle de las Artes, en la propia acera de
San Nicolás; el barrio gustaba mucho a doña Orosia, y se decidió a mudarse en cuanto las ruedas de
la máquina, tan pacienzuda y cuidadosamente montada, echaran a andar.
Mientras llegaba el ansiado momento de verse detrás del mostrador recortando cabritilla, [75] en
lo que era una verdadera maestra gracias al largo aprendizaje de sus juveniles años... Usted dispense,
mi señora doña Orosia, pero forzoso me parece declarar que, según mis noticias, allá por los años del
cincuenta y nueve a sesenta y tantos, en una guantería muy conocida de Sevilla... Pero ¡chitón! no
enredemos la madeja y sea motivo el alabar de la habilidad de doña Orosia, para incurrir en su enojo,
y sigamos diciendo que, mientras aquel ansiado momento llegaba, no se la cocía el pan a la de
Barbado, y con el aplomo de su experiencia y la viveza de su deseo ayudaba al marido, calentaba la
fría iniciativa de Blümen, y repartía sabios consejos y advertencias, que concluían siempre con
aquella reticente y profunda frasecita suya:
-No sea cosa...
El probable cambio de fortuna habíala esponjado mucho, de manera que sin la sobra de almidón
que empalidecía sus mejillas, diera mayores muestras de salud rebosante, nunca más decidora, gozosa
y ágil. [76] Por ser aquella tornadiza y pensar juiciosamente que la carga del préstamo parecía de
doble peso y dificultad para sobrellevar que la miseria con tanta resignación soportada, creyeron D.
Rufino y su mujer que no debían variar el programa diario de trabajo; y en esto imitaban el buen
ejemplo de sus vecinos, los Duseuil, que ahora como antes dejaban oír los ecos de la plancha y el
serrucho, y Max vestía la misma blusa, y madama Clémence el mismo delantal, y acaso ahora más
que antes aplicaban sus esfuerzos a la faena común.
Por lo tanto, si D. Rufino no hizo ya de buhonero, Tito continuó sacando lustre a las botas, y
cosiendo camisas la chiquilla. Tiempo habría, cuando se establecieran definitivamente en la calle de
las Artes, para el apetecido señorío y la relativa holganza. Entonces Tito, bien lavado, sin remiendos
ni pringue, acudiría a la escuela municipal, y emplearía todas las horas de reglamento en perfeccionar
sus estudios y aptitudes de Presidente futuro, y [77] Crescencita, emperegilada como ya lo
demandaban sus doce años y lo exigiría la clientela, entretendría sus castigados dedos en pespuntear
guantes, que es tarea más fácil que la de armar pecheras.
En poco estuvo que estos hermosos proyectos se evaporaran y cayeran al suelo las paredes de la
insegura fábrica; porque los bigotes color de limón, tan suspicaces como los de gato escaldado,
provocaron en hora menguada no sé qué dificultades sobre la manera de interpretar una cláusula del
contrato, y hubo nuevas discusiones, la sangre de Franz perdió tantos grados de calórico como
adquirió la bulliciosa de doña Orosia, y D. Rufino se arañó la cara a fuerza de cavilar. Pero mediando
consultas de abogado, suficientes para iluminar el mismo caos, la germánica intransigencia se
atemperó, y al fin, preparada la casa, instalados los materiales, ajustadas dos oficialas inteligentes,
todo listo y a punto, anunció don Rufino que ya podían mudarse.
Sin embargo, doña Orosia no se decidía a [78] mover los bártulos aún; miraba a la imagen de su
patrona la Virgen de las Angustias, que sobre la cómoda, entre dos candeleros de cobre y un florero
vacío plácidamente sonreía, y murmuraba pensativa:
-No sea cosa... [79]
III
Duerme el eterno sueño en esas librerías, como todo lo que por aquí se escribe, olvidado y
polvoriento, un folleto con este título: Corona fúnebre del doctor D. Hipólito Andillo..., publicación
destinada, según reza una advertencia puesta al pie, a aumentar los fondos que para erigirle la estatua
discernida por sus amigos, se solicitan y recaudan en toda la República. No vayan ustedes a creer,
por esto de la estatua y del folleto, que era el doctor Andillo hombre superior, porque no hay Perico
muerto en estos mundos sin estatua, sin folleto y sin discursos. Afortunadamente, en la mayoría de
los casos, la estatua queda [80] en proyecto, y hasta ahora la del doctor Andillo no se ha levantado,
que yo sepa, ni permita Dios que se levante, pues antójaseme insolente pretensión de la amistad la
de dictar fallos y acordar honores que sólo a la posteridad incumbe resolver.
Si era el doctor Andillo hombre superior y digno de vivir en mármoles y bronces, van ustedes a
juzgarlo pronto... Pero el doctor Andillo que voy a presentar no es el contrahecho y mentiroso del
citado folleto, el sabio catedrático de la Universidad en Lenguas muertas, Historia y Filosofía, sino
el D. Hipólito casero, tal vez más simpático de bata y zapatillas que adornado con todas las
excelencias hiperbólicas que su apologista le presta; y aunque no sea tan fácil escudriñar el forro de
la conciencia, algo sacaremos en limpio respecto de quien su propia mujer, misia Liberata, decía
melancólicamente: -¡Es un santo, que no irá cielo!
Tengo para mí que D. Hipólito no pasaba en un principio de medianejo discípulo [81] de Kant;
fue perezoso en escribir, según afirma el panegírico, y no dejó más obras que condensaran sus altas
ideas y su ponderado talento, que articulillos sueltos en revistuchas sietemesinas, y unos breves
apuntes taquigráficos de sus oraciones en la cátedra, «dechado de profundo saber -dice la Corona
referida-, de corrección clásica y de sana filosofía»... Declaro francamente que yo no he encontrado
tantas cosas juntas en las reducidas lucubraciones que nos legó la pícara pereza del doctor Andillo,
y sí en muchos artículos suyos rasgos, sentencias y párrafos intercalados del maestro de Königsberg,
a la manera de lucecillas que alumbraran un pasadizo largo y obscuro, donde la razón anduviera a
tientas y la lógica extraviada; así, por ejemplo, en los Breves apuntes hay buenas dosis de la Crítica
de la razón pura y de la otra crítica, la del juicio, y un artículo, de los seis u ocho que se conservan,
es una glosa descarnada de La religión considerada en los límites de la razón. En los últimos, ésta
[82] se obscurece por completo, y todo se vuelve palos de ciego y disparatar a trochemoche. Filósofo
adocenado, pues, y sin pizca de grandeza o de novedad, ante su obra fragmentaria e insubstancial hay
que encogerse de hombros y renegar de las Coronas fúnebres y de los amigos entusiastas.
No sé qué demonches ocurre con estos grandes hombres de lance, que no dejan a la crítica
desapasionada prueba alguna para poder establecer la legitimidad o la usurpación de su fama, y a
Dios gracias que el tiempo se encarga de borrar los nombres escritos con tiza, y aun los esculpidos
en piedra, censor y juez supremo de ambiciones y vanidades... Dicen (y a falta de otras pruebas
recogeremos los díceres para modelar la andillesca figura) que poseía D. Hipólito un pico de oro
maravilloso, y ya explicara en la cátedra las luchas de César y Pompeyo, las teorías de Krause y de
Schopenahuer o las arideces lexicográficas, encantaba a discípulos y oyentes, distribuyendo
hábilmente en el discurso ciencia, amenidad [83] y gracejo, «de manera que -agrega la tantas veces
citada Corona- sabía despertar la admiración, conmover el ánimo, desatar la risa, irritar la curiosidad
y asegurar la simpatía». De aquella publicación suya, recogida discretamente por razones ignoradas,
que le valió una tunda estrepitosa de parte de un fulano disidente con el libelo anónimo, El doctor
Andillo y la lógica, o sea demencias y majaderías andillescas, no dice nada el folleto apologético,
y es lástima, porque como no queda un ejemplar para un remedio, acaso veríamos explicada la
tendencia al ateísmo del filósofo en sus últimos tiempos, y diéranos alguna luz para orientarnos, ya
que el tiempo y el espacio me faltan para estudiar a fondo su curiosa fisonomía.
Sin más documentos a la vista que los referidos, falsos todos o exagerados, no es posible
establecer con precisión el cómo y el por qué de la influencia que el doctor Andillo ejerció sobre la
juventud de su época. Tal vez esté en lo cierto el fulano enemigo suyo, al asegurar que todo era efecto
reflejo [84] de la simpatía personal, causa única de muchos encumbramientos increíbles. Sí, sí; el
doctor Andillo era simpático, y esto le ganó el aprecio de aquel veterano coronel Samponce, que le
acogió en su casa y le ayudó con sus consejos y su bolsa; y le valió también la conquista de sus tres
cátedras, de la voluntad de todos sus discípulos, del corazón de su mujer y del afecto general... Tan
simpático, que hacía olvidar su nariz de gancho, su boca desmesurada, sus dientes largos, el pelo
escaso, la barba amarillenta, la corcova de la espalda, el desgaire de la figura y la torpeza del andar.
De esta cualidad peculiar suya y el dejo insinuante de su palabra fácil, provenían indudablemente
sus triunfos en la vida pública. Pero está visto que ni en la cátedra, ni en sus obras, ni en la Corona
fúnebre, hemos de encontrar al verdadero doctor Andillo, y el verdadero, ateo, racionalista o lo que
fuera, estaba en su casa, y era tal cual su mejor biógrafo, misia Liberata, nos lo ha pintado: un santo,
en lo relativo al [85] estricto cumplimiento de sus deberes para con los semejantes; un santo laico,
diré, si es que las dos palabras pueden andar juntas y una a la otra no se molestan...
Creeríase a D. Hipólito padre de su mujer, más porque había que atribuirles un parentesco
apropiado en disculpa de la comunidad de hogar, que porque hubiera entre ambos sombra de
semejanza. Lo menos de veinte años mayor que misia Liberata, y si decimos que era ésta una morena
muy guapa y católica, dueña del caserón en condominio con su hermana María Cleofé, la de Patrick,
y que D. Hipólito, sobre ser viejo y feo, no tenía más pasar que el sueldo, ni más porvenir que una
mezquina cesantía, y asimismo adoraba misia Liberata a D. Hipólito, y nunca le dio motivo de queja,
duda o sospecha, ¿se explicará cualquiera el fenómeno, si no es por la dominación sugestiva de aquel
pico de oro tan ensalzado, la influencia poderosa de la bondad, y acaso motivos de gratitud
profundísimos? [86]
Cuando vino de San Juan, su provincia, huérfano y pobre, a estudiar leyes, y alquiló al padre de
misia Liberata, ya viudo y no muy sobrado de dineros, aquella pieza del fondo que años más tarde
tocó en turno a Franz Blümen, D. Hipólito cautivó a la familia por su modestia, su timidez, su
laboriosidad y lo hábil que parecía para echar remiendos y disimular sietes y rozaduras en botas y
pantalones. Liberata y María Cleofé, dos chiquillas entonces, se reían de su facha y le corrían a
saetazos de burla... Pero de tanto comerse los libros, le vinieron unas calenturas malignas, que dieron
lugar a que el papá le probara, con sus cuidados, el mucho afecto despertado; y todos los pelos de su
cabeza, y todas las ilusiones de su corazón, emigraron juntamente, porque al mirarse en un cacho de
espejo, se halló más feo que nunca y juzgó sueño imposible el que una sanjuanina, su prima y amor
primero, le quisiera ya para marido.
Imposible fue, en efecto, pues le dieron [87] en su pueblo, a donde marchó a convalecer, unas
soberanas calabazas, y volviose aporreado, a ensayar pomadas y tratar de alcanzar en breve tiempo
la borla de doctor, que le abriría puertas y corazones. La alcanzó sin fatiga, y puso seguidamente su
bufete de abogado. Ya entonces tenía una reputación envidiable, nacida y cultivada en las aulas, y
a pesar de ella, los asuntos no marchaban, corrían estérilmente los años, y se hubiera muerto de
hambre si no le dan una cátedra para ir tirando. El no querer mezclarse en política, fue la causa de
que no adelantara ni adquiriera mayor relieve su figura, pues con las cualidades que él se traía,
escrúpulos que perdiera y desvergüenza prestada, no pasa las penurias que pasó.
Tantas, que llegó a deber cuatro meses de alquileres al papá de Liberata; del bufete casi le
arrojaron por igual motivo, y su levita enseñó la trama por los codos, con mayor claridad que su
dueño las declinaciones latinas en la cátedra. Felizmente, obtuvo [88] dos clases más, la de filosofía
y la de historia, y murió el papá de Liberata, militar retirado... Digo felizmente, salvando los naturales
sentimientos de caridad y afecto, en D. Hipólito muy sinceros, hacia su viejo amigo, porque la verdad
es que de aquel mal vino el bien y la dicha para el hombre ya maduro, sin blanca y sin esperanzas.
Huérfanas las dos chicas, D. Hipólito fue su consejero, su campeón en la curia, quien les arregló
la testamentaría y cuantos extremos con su desgraciada situación se relacionaban, y ¡claro está! lo
que en vida del padre, si acaso tímidamente lo pensara, no se atrevió a pretenderlo, el retraimiento
y las circunstancias diéronle pie para indicarlo, no sé cómo, tal vez más colorado que un estudiante
primerizo; indicación audaz enderezada a Liberata, la mayor, y recibida entre promesas vagas y ligera
amenaza de repulsa. Pero, Liberata, más razonable que lo suelen ser las muchachas de su edad,
comprendía que había menester [89] de un marido que le diera lado y la defendiera de
murmuraciones y sospechas, ¿y qué mejor marido podía encontrarse, tan serio y reposado como D.
Hipólito, a quien conocía de tanto tiempo y era considerado como de la familia? Sus mismas ideas
religiosas, de las que la muchacha no se espantaba, porque educada en un ambiente liberal, había
aprendido que el pensar mal es pecado que juzga sólo Dios y la conciencia sagrario donde nadie debe
penetrar, nunca fueran obstáculo, más bien incentivo para ensayar de convertirle y salvarle.
En suma, que se casaron, y si Liberata no logró catequizar al hereje, tal vez por carecer del calor
que da la fe y hace el apóstol, fue con él muy feliz, como sin duda no lo fuera con un barbilindo
inexperto. Respetando D. Hipólito sus creencias y sus gustos, disimulaba los propios, hasta el punto
que por los dedos podían contarse las ocasiones en que, delante de ella, soltara alguna de esas
enormidades provocadoras [90] del cariñoso récipe de la esposa, humildemente soportado y con
excusas de no incurrir en nueva falta.
Ella oía misa todos los domingos y fiestas de guardar, confesaba y comulgaba cada mes,
practicaba a su modo, sin alardes de santurronería ni de chocante hostilidad.
Acaso no se vio jamás unión más estrecha entre elementos tan desacordes. Cogidos de la mano
iban ambos por distintos caminos, pero cercanos y paralelos, sin estorbarse, gracias a las mutuas
concesiones, a la recíproca tolerancia, base y fundamento del matrimonio. Vivían modestamente,
concurrían poco a las reuniones, y al teatro lo necesario para que la natural coquetería de la joven
tuviera algún esparcimiento, no incompatible con la seriedad de la esposa honesta.
El casamiento de María Cleofé, la menor, fue piedra que, al caer en el lago tranquilo, altera
momentáneamente su serenidad. Porque para decidirla a que diera su mano al rico vecino Mr.
Patrick, un inglesón [91] protestante, también de colmillo retorcido, quien abatió a los pies de la
encantadora porteña, todas sus ínfulas británicas, hubo menester que el mismo don Hipólito la
exhortase y la suplicara misia Liberata, provocando súplicas y exhortaciones más lágrimas y
protestas, que si la dieran castigo.
A punto fijo no se sabía quién era este Mr. Patrick: cuando aún vivía el coronel Samponce, había
puesto su establecimiento de corte de maderas y venta de ladrillos, cal, tierra romana, etc., el Mr.
Patrick, y sólo medió el saludo de buenos vecinos entre uno y otro. El inglés vivía solo en el barracón
y se mostraba poco. Pero, allá en el fondo, el inquilino más pobre, el futuro catedrático, elaboraba,
como araña en su rincón, la tela de su porvenir, y mientras se quemaba las cejas estudiando, por la
ventana de su chiribitil distinguía al inglés con sus cuatro obreros, en un principio, con ocho luego,
con veinte más tarde, siguiendo el progreso constante de su tesonuda [92] faena: le veía presidiendo
la operación de aserrar el duro ñandubay, o blanqueado de cal, llevando el apunte de las bolsas en
los carros atestados; muchas veces echaba fuera de la ventana la cabeza y le saludaba con un good
morning de simpatía, única frase que el vecino contestaba, porque no parecía amigo de
conversaciones. No pasó de aquí la relación, y en esto quedara, si al viejo coronel no se le ocurre
morirse, y su muerte, así como arregló bonitamente las cosas de don Hipólito, dio motivo a la primera
visita del vecino, de puro cumplido, muy corta y seca. Pero lo que en tantos años de aperreado
trabajar no echó de ver el británico, le saltó a los ojos de pronto: que era muy linda María Cleofé, y
con la toca negra y la falda de merino estaba para comérsela; y también de pronto perdió su gravedad
y la cabeza, y dio en la chiquillada de pasearse por su azotea para mirar al patio contiguo, arrojar más
tarde ramitos de flores por la pared, con otras demostraciones tan ridículas como estas. [93]
Mas, como no produjeran los resultados inmediatos que él apetecía, se fue derecho al bulto y
comunicó sus honestas intenciones a aquel antiguo vecino del fondo, ya trasplantado a las
habitaciones principales. D. Hipólito, conceptuando inmejorable al candidato, se puso de su parte,
le dio esperanzas y habló en su favor con el entusiasmo que merecía la laboriosidad de mister Patrick,
de que durante tanto tiempo era testigo: la hermana mayor dijo que sí; pero la interesada, María
Cleofé, dijo que no y que no... Ella tenía novio, la pobrecilla, un oficialito que le arrastraba la espada;
dijo que no, haciendo pucheros y aspavientos, asustada de las narices, de la facha y de los cuarenta
años del nuevo pretendiente.
Mr. Patrick se resignó a esperar, con la promesa de que no se había de consentir en las relaciones
del oficialito. Entre tanto, redoblaron los consejos, los paseos de azotea y la lluvia de flores; desertó
el oficialito, trasladado de oficio y acaso aburrido [94] del plantón; ablandose la desengañada María
Cleofé, se derritió su resistencia, al fin, y dio el sí a quien tan bien supo conquistarlo.
Jamás tuvo por qué arrepentirse de haberlo dado. Mr. Patrick era hombre manso, e hizo un marido
a pedir de boca; tan modesto, que él mismo no tenía empacho en referir su historia de esta manera:
-Yo ser del país de Gales, hijo del pastor de mi aldea: morir mi padre, morir mi madre, yo resolver
emigrar América por ganarme la vida; llegar aquí, con mucho hambre, y ensayar muchos clases de
trabajo: yo descargar fardos en el muelle, yo llevar cuentas en un almacén, yo salir al campo por
cuidar una majada, yo encontrar una idea buena, en fin, y poner este corralón para cortar madera. En
seguida, ayudarme Dios, y arriba, siempre arriba, siempre arriba. Un día ver a María Cleofé, mi
vecina, y yo enamorar de ella locamente. Y ella quererme también, y casarnos, y ser mucho, mucho
felices... [95]
Y tanto, más todavía que los de Andillo, porque les sobraba el dinero. María Cleofé tuvo coche,
un chalet en el Caballito, para pasar los veranos; casa en la ciudad, de grande lujo; de joyas y vestidos
cuanto la moda y el capricho dispusieron, y dos angelitos rubios, todo lo cual contribuía a que no
viera la caraza encendida, la figura vulgar y la ordinariez de su marido. Porque, afortunadamente para
sus respectivos Matusalenes, Liberata y María Cleofé eran personas de estas que, por la sencillez de
sus gustos, la nonada de sus ambiciones y el equilibrio de su temperamento, llaman en el mundo
infelices o tontas de capirote, siempre esclavas de su deber, sin flaqueza, indecisión ni aturdimiento
recorriendo el sendero marcado, así pisen flores u hollen espinas.
Imitando la de Patrick a su hermana mayor, dejó en paz la conciencia de su herejote, y educó a
sus hijos en el catolicismo, diciéndole en criollo con mucha monería: [96]
-Mirá, gringo; vos podés creer todos los disparates que querás, y hasta negá la luz del sol, como
el cuñado, pero en estas cabecitas no pretendás sembrar malas ideas. Al infierno te hemos de dejar
ir solito, si te empeñás en ir...
No adoleciera ella de aquel exceso de pasividad, pereza del ánimo o de timidez para inmiscuirse
en otros asuntos que los domésticos, y hubiera librado de las llamas a Mr. Patrick, sin más que tirarle
de los faldones; porque lo que en D. Hipólito era obra de las argucias y sofisterías de su mal cultivado
talento, en Mr. Patrick no pasaba de heredada y nunca discutida costumbre. Un día la sorprendió con
la carta de naturalización, orgulloso de llamarse ciudadano del país donde había fundado su hogar
y su fortuna, rasgo que le aseguró la simpatía de D. Hipólito, a quien la poca cultura del pariente
vedaba todo comercio intelectual, simplificando su conversación al arrastrado comentario de hechos
locales y notas mercantiles. Tenía Mr. Patrick por D. Hipólito [97] un respeto grandísimo, especie
de culto por el grande hombre de la familia; y lo que en él admiraba más era la dignidad de su
pobreza, el que nunca le pidiese dinero, ni le contara lástimas para sonsacarle, y si alguna vez las
tuvo, las callara estoicamente. Adorándose, como se adoraban, Liberata y María Cleofé, tampoco
admitía la mayor regalos que oler pudieran a limosna, y en ciertas ocasiones de obligado visiteo
aceptaba el coche con remilgos.
Al fin y al cabo, la de Andillo no poseía más que la casa, y del producto de alquileres tenía que
dar la mitad a María Cleofé. Sobre esto hubo muchos dimes y diretes amistosos entre las dos
familias, la de Patrick por no querer recibirla, y la de Andillo por insistir en la entrega, y a la postre
cedieron los Patrick, disgustadísimos. Así, cada vez que llegaba D. Hipólito al escritorio a entregar
la cantidad mensual, los ojos saltones de Mr. Patrick se humedecían, y en poco estaba que reanudaran
la generosa disputa. [98]
-Pero, mi querido doctor, yo decir a usted... yo no poder...
-Vamos, cuente usted -respondía impaciente el catedrático- son las ocho y media, mi clase
empieza a las nueve y la Universidad está lejos.
Si se atrasaba algún inquilino, de su sueldo ponía lo que faltaba. Y como era tan buen
administrador, no tenía vicios, ni chicos ni grandes, y era tanta la parsimonia de su mujer en toda
clase de gastos, y su laboriosidad ayudando en la alcoba y en la cocina a la pequeña Encarnación,
única criada que les servía, el mes no concluiría con superávit, pero tampoco con déficit.
Tanto como en casa de los Patrick el excesivo lujo deslumbraba, en la de Andillo la modestia
parecía rayana de la pobreza. De las cuatro habitaciones que formaban el primer patio y reservaban
para su uso personal, la que daba a la calle, sala y biblioteca, tenía aspecto menos mezquino: por la
estantería cargada de libros, los robustos muebles de caoba, las cortinas de damasco [99] verde un
poco desvaído, el óleo del testero principal, retrato mediano del coronel Samponce, las dos coronas
de laurel ensartadas en el bonito copete del marco dorado; tres cuadros de fotografías diminutas, de
cabezas adolescentes, con la dedicatoria: Los alumnos de filosofía a su distinguido catedrático,
doctor D. Hipólito Andillo, en homenaje de gratitud... o Los alumnos de primer año de latín, etc.,
etc., y también los bustos de Voltaire, Rousseau y dos más narigudos, de peluquín, hechos con simple
escayola bronceada, y que semejaran del bronce más rico, si el plumero de Encarnación no hubiese
arañado la nariz de uno de los personajes, y descubierto la superchería, blanqueándola. Sobre los
estantes había algunos bichos empajados: un mirasol, un flamenco y dos papagayos, un mapamundi
en un rincón y filas de librotes, que por su tamaño no cogían dentro; los dos papagayos parecerían
modelo representativo de la facundia del filósofo, si en la mesa no luciera un busto de Cicerón, de
[100] bronce verdadero, obsequio de los alumnos de segundo año de filosofía en un fin de curso, y
entregado al querido maestro con grande solemnidad y derroche de elocuencia.
Era en esta biblioteca, «nido de víboras y diablos», como decía riendo la burlona María Cleofé,
donde se enfrascaba don Hipólito en sus estudios y comentarios satánicos, que su alma negrísima
confundían y extraviaban. Y gracias que el retrato de papá Samponce velaba detrás de él, porque los
ángeles rebeldes no se le llevaran a la rastra, y muy cerca, en la alcoba matrimonial, las vírgenes y
los santos de las paredes, el rosario enroscado en el boliche de la cama, y el agua bendita de la pila,
donde una preciosa madona de porcelana pisaba la cabeza del culebrón, eran eficaz preservativo de
las asechanzas del enemigo malo.
El que fue pobrete estudiantillo, y muchas noches de invierno pasó sin fuego en el cuarto del
fondo, y largos años, hecho hombre y abogado, tantas fatigas, altibajos [101] y sinsabores, hasta que
pescó la cátedra y con ella la mano de la que conoció niña de cinco años y vio crecer, formarse y en
hermosa mujer convertirse, no podía olvidar fácilmente sus buenas costumbres de antaño, y con el
mimo y el regalo volverse, a su edad, sibarita o perezoso. Don Hipólito se levantaba, salía, entraba,
comía, estudiaba y se acostaba a la hora que su método había marcado en el reloj; pero hogaño tenía
a su lado blancas manos que se lo daban todo arregladito: la comida a punto, la ropa limpia, los
botones bien sujetos, la levita sin manchas ni pelusa, el sombrero de felpa peinado, y cuando por las
noches, junto a la lámpara de pantalla verde, preparaba su lección del día siguiente, le echaban una
manta a los pies, mientras la voz juvenil de su mujer le recomendaba:
-Que no se te pase la hora; yo estaré alerta y te avisaré.
El doctor la miraba paternalmente, y solía decirla: [102]
-Sí, hija, cuida con abnegación y amor a éste que tu alma cándida ha de figurarse esclavo del
demonio. Esclavo soy, pero tuyo, mujer prudentísima, diosa Razón en persona. A veces me pregunto
por qué ha merecido este viejo (que si no soy un carcamal inservible, y ni reumas ni goteras de otro
género me invalidan, tengo veinte años más que tú, Liberata, y te he visto correr por ese patio y trepar
a la parra como un pájaro...) me pregunto a veces por qué he merecido tu cariño; mis triunfos en la
cátedra son indiferentes; lo que escribo no lo lees, porque no te interesa; ensayaste mi conversión y
no lo conseguiste... Si yo creyera lo que tú crees, Liberata, o tú compartieras mis dudas, acaso no
formáramos los buenos casados que hacemos; acaso tampoco si los veinte años de más, los tuviera
de menos, y fuéramos de la misma edad los dos. ¿Y sabes por qué? Porque lo que sólo puede unir
de por vida a hombre y mujer, no es el amor violento, ni el interés común, ni creencias idénticas,
[103] sino el perdón mutuo de las flaquezas, la caritativa tolerancia del uno hacia el otro. Lazo que
así se anuda, es más fuerte que el caprichosamente contraído ante la ley y la religión. Tú respetas lo
que llamas mis errores, yo respeto lo que yo llamo los tuyos, y en vez de devorarnos, nos amamos...
¡Ah! ¡Mujer prudentísima, diosa Razón en persona!
Cuando por este tenor D. Hipólito se entregaba desarmado, misia Liberata, recordando sus tímidas
tentativas de conversión en los primeros tiempos de casados, dejaba caer al descuido frases como
estas:
-Yo no sé discutir contigo, Hipólito; si te diera el vuelto y me metiera en dibujos, al momento me
disparabas el cañonazo de tu ciencia y me tapabas la boca. Soy una ignorante, no sé sino sentir...
Pero, muchas veces, te digo que quisiera poder arrancarte esa duda tan fea... ¡qué hombre podías ser,
Hipólito, si creyeras!... ¡Eres un santo y tienes el cielo cerrado!... Pero yo no te discuto, te dejo, te
respeto... [104] ¡Ojalá algún día te toque Dios en el corazón! Tú me haces feliz, es cierto; ¡cuánto
más feliz sería si conmigo rezaras el Credo, Hipólito!
Hojeando sus libros él callaba, sumergido en pavorosas meditaciones. La diosa Razón escurríase
silenciosa, y meses enteros se pasaban sin que hablara al incrédulo de asunto semejante...
Los domingos reuníase la familia en la biblioteca, objeto alguna vez de las bromas de María
Cleofé, a quien la maternidad, la dicha y el buen vivir habían redondeado más de lo regular, y que
entrando decía, tapando la respingada naricilla:
-¡Huele aquí a azufre! Alcancen ustedes un hisopo, para espantar los malos espíritus.
Muchas veces la tertulia dominguera dejaba de ser exclusivamente familiar, porque venían
compañeros de la Facultad, discípulos de éstos que, haciendo la rueda al profesor, creen sacar mayor
clasificación en el examen, y amigos de logia, admiradores [105] todos del que tanta fama
conquistara en cuatro lustros de brillante magisterio. Entonces escabullíanse las mujeres, y a los niños
se les relegaba a la huerta, con la expresa prohibición de que hicieran ruido.
Por cierto que el ruido lo hacían los señores mayores en la biblioteca, y hasta los cristales
temblaban con las voces y las risas. Pero nunca lo había mayor que, cuando en completa libertad, los
dos nenes disputaban para alcanzar los tiesos bicharracos, admiraban las gloriosas charreteras de papá
Samponce y saqueaban los estantes en busca de láminas. La algazara de la traviesa chiquillería, antes
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