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NotasAún es más patente la diferencia entre el filósofo y el sofista que entre el filósofo y el dialéctico: es la misma que entre el ser y el parecer. A lo que aspira el sofista es sólo a sorprender a los hombres, hacer creer en la ciencia que él no posee, y sacar partido de la credulidad del vulgo. El filósofo no pretende aparecer sino tal cual es, busca la verdad con el solo fin de conocer sin mira alguna de interés personal; su vida es un sacrificio perpetuo en honor de la ciencia. Aristóteles no admite, como podría creerse, que todos los seres provienen de los contrarios. Lo que quiere probar es que, aun ateniéndose a las opiniones de los antiguos, es imprescindible reconocer que el estudio del ser en tanto que ser y de sus propiedades es objeto de una ciencia única. Aristóteles refuta en el lib. XII, 10; XIV, 1 el principio que es base de todos los demás sistemas. Utitur tamen adverbio dubitandi quasi nune suponene quas inferius probabuntur. Santo Tomás, f. 44, a. Est hocquod dicitur de geometria, similiter es inteligendum in qualibet particulari scientia. Ibídem. No se refiere aquí a los dos tratados de Aristóteles que llevan el nombre de Analíticos, y donde expone las leyes de la demostración. La expresión tiene un sentido más general, Aristóteles alude evidentemente a todos los principios, a todos los procedimientos del razonamiento. Ya hemos citado este pasaje en los Últimos Analíticos: «Toda ciencia, todo conocimiento inteligible, proviene de un conocimiento anterior.» No es posible ascender hasta el infinito de conocimiento en conocimiento; es preciso pararse. Hay siempre algo que es la base de todas las demostraciones, y que no se demuestra. En cada ciencia particular estos son precisamente los axiomas. Si se sube más alto, si se asciende hasta la verdad soberana; si se crea, no la ciencia de un género particular de seres, sino la ciencia del ser, entonces el único principio que no se demuestra, aquel en el que descansan todos los demás y del que todos los axiomas derivan su legitimidad, en una palabra, el principio de toda certidumbre, es éste de que va a hablar Aristóteles, el principio de contradicción. Alusión a los dos tratados De interpretatione, Bekk., pág. 16 y De Sophisticis elenchis, donde Aristóteles determina bajo qué condiciones son dos cosas contradictorias. De partibus animal., lib. I, cap. 1, Bekk., pág, 639. Aristóteles entiende, evidentemente, por este primer universal, el género primero, la categoría primera, es decir, la esencia. Todos los géneros son universales, lib. XII, 1; y la esencia es el género primero. Categorías, 5. En el caso en que dos accidentes son accidentes del mismo sujeto. En el caso en que está de una parte la sustancia, de la otra el accidente: «Sócrates no es músico porque Sócrates y músico sean», etc. Con la restricción hace poco expresada; a condición de que ambos serán accidentes del mismo sujeto. El hombre, según Protágoras, es la medida de todas las cosas. Por consiguiente, todo lo que parece es verdadero, todo es igualmente verdadero, y las afirmaciones contradictorias son verdaderas al mismo tiempo. Neque ita neque non ita, sed ita el non ita. Pequeña ciudad, pero célebre, situada entre Atenas y Corinto, a poca distancia del golfo sarónico. Asclepio relaciona con el sistema que Aristóteles acaba de combatir, la opinión de los maniqueos sobre el doble principio. Hay quizá alguna analogía; pero Asclepio extrema las consecuencias al identificar la opinión de los maniqueos con la de los antiguos sobre la certidumbre. Por otra parte, las expresiones injuriosas y las burlas de que se vale no acusan de parte de él, sobre este punto, una gran imparcialidad. Véase Schol., pág. 666. Véase más arriba el cap. IV. El ser en potencia y el ser en acto. Véase el lib. XII, 6. Sturtz, Emped., pág. 527. Sturtz, pág. 528. Simón Karsten, Parmenidis Eleat. Carm. relig., pág. 46. El ser en potencia. El poeta Epicarmo se había burlado en sus comedias de las doctrinas y de la persona de Jenófanes. Asclep., Schol., pág. 671, cod. reg. ídem. En la segunda vez ya habrá pasado el agua, y el mismo río. Los objetos sensibles están, como el río, en un perpetuo flujo; sólo la primera impresión puede llamarse verdadera; es verdadero lo que parece. La impresión sensible dura; y por corta que pueda ser su duración, el objeto ha mudado mientras que ella duraba. No se puede, pues, afirmar que lo que parece, parece realmente, o como cree Heráclito, que lo que parece es verdadero. La palabra es siempre engañosa porque viene después del cambio; sólo el gesto, porque no indica más que el estado actual, instantáneo, del objeto, que cae bajo los sentidos, sólo el gesto designa lo que es el objeto. Asclepio, Schol., pág. 673, entiende aquí por Odeón la orquesta del teatro. Se trata, más bien, del edificio construido por Pericles, donde los cantores más hábiles iban a disputar el premio de la música, y que era el sitio de recreo de los atenienses. Véase Codd. Regg. mss. 1 y 2. Schol., pág. 673. Protágoras, XII, pág. 322. «La medicina ha sido dada a uno solo para el servicio de muchos que no tienen conocimiento de ella.» Alejandro remite a este pasaje de Platón. Nosotros añadiremos este otro, República, lib. III: «Sin embargo, la verdad tiene derecho a que se te tenga en cuenta. Si hemos tenido razón para decir que la mentira, inútil para los dioses, es algunas veces un remedio útil para los hombres, es claro que sólo puede aplicarse a los médicos y no a todo el mundo indiferentemente.» Éste es el principio que se llamaba en la Escuela: Principium exclusi tertii. Tal proposición es verdadera. Es verdadero que tal proposición es verdadera. Es verdadero que es verdadero que tal proposición es verdadera, etc.
Véanse las Categorías. O todas las partes del animal son engendradas al mismo tiempo, el corazón, el pulmón, el hígado, el ojo, o tiene lugar en un orden sucesivo como se dice en los versos que se atribuyen a Orfeo: el animal se forma como el tejido de una red. Puede asegurarse, hasta por los sentidos, que no se produce todo simultáneamente; vemos en el animal partes ya desenvueltas, cuando otras no existen aún. Y no puede decirse que su pequeñez impida percibirlas. El pulmón es por su naturaleza mayor que el corazón, y aparece después del corazón... Si el corazón es en algunos animales lo que nace ante todo, y lo que corresponde al corazón en los que no le tienen, el corazón es el principio de los animales que tienen corazón, y lo que corresponde a éste es el principio de los otros animales. Arist., De anim. generat., Bekk., págs. 734-735 En el primero de estos dos ejemplos, el principio es doble; son, según Aristóteles, dos principios contrarios; en el segundo, no hay más que un solo principio. Pero en el uno como en el otro, el principio primero es el principio del movimiento. Véase Arist., De anim. generat., I, 18, Bekk., 721. En este pasaje cita, no precisamente nuestro segundo ejemplo, sino este verso del poeta cómico Epicarmo: de la maledicencia nacen las injurias, de las injurias el combate. Es preciso dar a la palabra arquitectónica toda su extensión etimológica. Aristóteles llama a la política misma una ciencia arquitectónica. Véase la Moral, a Nicómaco. Asclepio observa que esta proposición no es completamente exacta, que en realidad la palabra principio tiene una acepción más general que la palabra causa, como lo reconoce el mismo Aristóteles. Pero añade Asclepio que Aristóteles se sirve aquí del lenguaje común que casi identifica estas dos expresiones. Schol, pág. 689. Es cierto que Aristóteles en algunos pasajes parece hacer una distinción; pero en general emplea indiferentemente la palabra causa por la palabra principio, y recíprocamente, y las más veces emplea ambas a la vez para designar el mismo objeto.
Aristóteles, De Caelo: «El elemento es aquello en que se divide un cuerpo... El elemento no se divide... El fuego y la tierra existen en potencia en la carne y en la madera: se les ve separarse; pero no hay ni carne ni madera en el fuego, ni en acto ni en potencia: si los hubiese, podría haber separación.» III, 3, Bekk., pág. 302.
Sturtz, Empedoclis carmina, pág. 517. Aristóteles asienta también en otra obra este carácter esencial: «Las cosas que existen naturalmente, tiene todas en sí el principio del movimiento o del reposo, unas el del movimiento en el espacio, otras el del crecimiento y de perecimiento, otras el del cambio. Por lo contrario, una litera, un traje, todas las cosas de este género, todo lo que es producto del arte no tiene en sí el principio de su cambio, y por esta causa estos objetos son de piedra, de tierra, o una mezcla de estos elementos; y esta causa accidental es para ellos el principio del movimiento y del reposo. La naturaleza es un principio, una causa que imprime el movimiento y el reposo, causa inherente a la esencia misma del objeto, no causa accidental.» Physic. auscult., II, 1 Bekk., pág. 102.
Todo lo que se hace, todo lo que se padece por coacción, es triste, y como dice Eveno: toda necesidad es una cosa aflictiva. Si una cosa es aflictiva, es igualmente una cosa violenta, y recíprocamente. Todo lo que contraría nuestro deseo nos causa dolor; porque lo que deseamos es lo que nos causa placer. Moral, a Eudemo, II, 7. Poeta y filósofo contemporáneo de Sócrates, Asclepio, Schol, pág. 696, le llama Eveno, el solista; pero Sócrates, en el Fedón, le concede el título de filósofo. Sófocles, Electra, V, 248.
Si no, habría identidad completa entre los dos objetos: tendrían la misma noción esencial y la misma definición. Véase el lib. X, 1.
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