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Mastronardi ingresó a la Academia en 1969, pero nunca pronunció su discurso de incorporación. Ocupó el sillón «Olegario Víctor Andrade», poeta comprovinciano de voz tonante y enfática que «escribió para ser leído en alta voz y aplaudido a cañonazos», como dijo Marcelino Menéndez Pelayo. Pero cuando Mastronardi ingresó, Enrique Banchs, primer destinado a dicho sitial, ya había amortecido, con su contención lírica, la sonoridad del patrono, torciéndole el cuello a la elocuencia, según la propuesta poética de Verlaine. La voz engolada de don Olegario fue atemperada por el alto y decantado lirismo del poeta de La urna. Mastronardi acordará su tono con el de su predecesor, incorporando a él modulaciones de la oralidad y el fraseo de lo conversacional, asordinando, la voz recatada y virilmente pudorosa.
La Academia publicó dos tomos del autor. En 1982, el volumen llamado Poesías completas19 y dos años después, Cuadernos de vivir y pensar20. Ambas ediciones las dispuso Calvetti, el amigo entrañable, y las prologó el académico don Juan Carlos Ghiano. El libro prosado contiene apuntes, breves y penetrativas reflexiones sobre estética, esbozos de poemas, esquemas de cuentos posibles, larvas de ensayo, material para el desarrollo de toda una poética. Una cantera ofrecida y casi inexplorada por la crítica.
En cuanto a las denominadas Poesías completas se sabe que no son tales. Más allá de la voluntaria exclusión de su bibliografía del segundo libro del autor, Tratado de la pena (1930)21, faltan siete poemas
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A estas ausencias quisiera aportar hoy y aquí, como otra forma de homenaje de la Corporación -y ofrenda personal a mi ilustre comprovinciano- a la obra del cofrade que evocamos, un haz de cuatro poemas desconocidos y que no figuran entre el material recién donado-, rescatados de las páginas de viejas publicaciones argentinas por las que he excursionado por años, carente de fondos para practicar otros turismos. Esta colecta reúne textos de la década del Veinte, correspondiente a la etapa primera que ronda en torno a Tierra amanecida (Buenos Aires, Editorial Latina, 1926). Quede para otro sitio la tarea de contextuarlos y comentarlos con algún explayamiento.
El primero, aparecido en Caras y Caretas, se llama:
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El segundo, es del año 1926, y también aparecido en la popular revista fundada por Fray Mocho, otro entrerriano, es un soneto:
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El tercero se titula:
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El último de los textos que he rescatado es:
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Finalmente, en esta ofrenda de material desconocido, quiero retraer una hermosísima semblanza que trazara tempranamente, en 1933,
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Carlos Mastronardi Rostro largo y afinado, cara puesta de cara que se ve de canto, puro perfil sin otro relieve que el de los lentes cuyos cristales rebrillan sobre los ojos. Esta faz, inquieta como una vigilia, y fina como un suspiro, es la de Carlos Mastronardi. Poetas de tierras húmedas, bardo impar del litoral mesopotámico, vive allá en Gualeguay, pueblo verdecido de gustoso nombre, pues esa pareja de su diptongo y su triptongo se amolda la articulación vocal y se pronuncia con una sensación parecida a la que produce un guante de gamuza ajustándose en la mano. Cantor de auroras y de atardeceres, conoce la música de la cañadas, la de la fluvial agua nocturna que corre a la sordina entre los juncos. Músicas que no se esconden en las cuerdas de las guitarras sino en lo profundo de las cajas y que se perciben como la de esos caracoles resonantes aplicados contra el oído para oír los rumores del mar. Sabe las palabras índices de destino, las que visten mejor la desnudez de las lunas, las que descubren la demisión de las almas y las que llegan a la esencia de las cosas. Es, como todo poeta, el revelador, y como tal es cristiano, pues la revelación solo en lo cristiano se da, y lo que está oculto solo por lo cristiano se revela. ¡Qué tierras amanecidas fueron sus tierras nativas sembradas por los paisanos y cantadas por el poeta del país! No era el bucólico pastoril ni el eglógico enumerador. En sus poemas erguíanse esos humos luminosos que nacen de los surcos; se anudaba en las voces la angustia de los campesinos cuya vida es un largo inclinarse sobre la tierra, un anhelante aguardar lluvias propicias, soles oportunos y vientos generosos. Todavía están amaneciendo.
Mastronardi llegó a Buenos Aires y sus poemas recordaron a la ciudad, olvidada del campo, que nuestra república es un república rural, porque todo depende acá del agro. Yo solía verlo por las calles, con aire de sonámbulo
Un tanto huidizo y esquivo, necesitaba la persuasión de la noche para manifestarse y para tratar esos problemas que solo preocupan a los poetas, mientras el resto de la humanidad permanece extraña a ellos pues sabe que los mismos poetas, videntes de futuros y de destinos, serán los que encuentren las soluciones finales. Mastronardi siempre hablaba de Florencia y de un antepasado suyo, el maestro Nardo. En esos momentos el entrerriano parecía un verdadero florentino. Cultor de nubes y escultor de piedras. Y solo con la llegada del amanecer, volvía a él la parquedad criolla. Anunció su partida a Gualeguay, algo afectado por la endémica gripe literaria que padece Buenos Aires, deseoso de componer su espíritu y su voz en la paz de los campos. Al fin, después de decidirse muchas veces y postergar el viaje hasta nueva decisión. Retomó al pueblo cuyo nombre se pronuncia con tanta delectación vocal. Ahora está allá, paseando las tardes por la orilla del río con un amigo poeta que también conoce la música de las aguas y de los ponientes. Es un poeta guitarrero, llamado Ortiz, muy parecido a Mahatma Gandhi. Mastronardi comparte con él sus caminatas y sus sueños, con el gran anhelo de poesía que le legara, a través de las generaciones, el maestro Nardo de Florencia. | |||||
Hace años, preparé una edición crítica de «Luz de provincia», con el registro de las variantes de las cuatro -cinco, en rigor- ediciones del texto y las versiones al italiano, inglés y francés del poeta, que muestran la calidad de «entrerriano universal» del autor, como lo llamara Conrado Nalé Roxlo, con variante de la apelación a Juan Ramón Jiménez, «el andaluz universal». Mastronardi se refirió al poema como «un perfectible homenaje a la provincia de mi nacimiento». En efecto, con mano diurna y nocturna -más ésta que aquella, dada su heliofobia-, castigó con el ostinato rigore de Leonardo y de su venerado Paul Valéry, las estrofas de uno de los mayores poemas de nuestra literatura.
Para solo brindar un sorbo de muestra, a manera de ejemplo, -y hasta la hora de editar el texto anotado- reparemos en los versos 187 y 188 del poema. En su versión original, de 1937, decían:
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En la versión de 1955, dada como «definitiva»:
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Y en la realmente final, escribirá:
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La tersura de la dicción y el calibrado ajuste ratifican la frase de Whitsler: «El trabajo borra las huellas del trabajo».
Muchos son los críticos que se han ocupado de Mastronardi en nuestras letras: Evangelina Bergadá, Luis Alberto Ruiz, Saúl Yurkievich, Ricardo Herrera, nuestros dos académicos mencionados, Calvetti y Ghiano, entre otros.
Hoy la Academia, inicia, de alguna manera, una nueva modalidad de contacto con nuestro medio cultural, al invitar a un joven profesor a acompañarnos en el homenaje a Mastronardi. Hemos ofrecido la tribuna a Alejandro Bekes, buen poeta, y entrerriano nativo, de Concordia, que ha publicado en La Rioja de España, una Antología poética de Mastronardi28, con un ponderado estudio preliminar, en una colección titulada «La Torre de los Panoramas», que toma nombre del altillo en que se reunían algunos de los escritores uruguayos durante el período modernista, y que adoptó Julio Herrera y Reissig para una sección de su obra poética.
Con gusto lo escuchamos, profesor Bekes. Pero permítame antes de concluir, recordar aquella anécdota que cuenta Mastronardi en sus Memorias de un provinciano:
«-Anoche en su casa vi luz a la madrugada. ¿Tuvo visitas? -Sí -dijo el poeta- estuvieron las nueve Musas». |
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Así se explica que fuera nocherniego. Pero si fue noctívago, lo fue sin sonambulismos: mantuvo sostenida y lúcida vigilia. Esto generó la obra que hoy celebramos.
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Boletín de la Academia Argentina de Letras [Publicaciones periódicas]. Tomo LXVI, Nº 261-262, julio-diciembre 2001 |
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