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    Boletín de la Academia Argentina de Letras [Publicaciones periódicas]. Tomo LXVI, Nº 261-262, julio-diciembre 2001
    
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ArribaAbajoCentenario del nacimiento de Carlos Mastronardi


ArribaAbajoCarlos Mastronardi, entrerriano universal18

Pedro Luis Barcia


La sesión pública de esta tarde, con la cálida presencia grata de todos ustedes, el público, -«el pueblo fiel», bíblicamente hablando-, que nos acompaña cordialmente en nuestras actividades, está destinada a dos atendibles razones: memorar el centenario del nacimiento del académico don Carlos Mastronardi, en Gualeguay, Entre Ríos, y la entrega del Premio Academia Argentina de Letras que, para el trienio 1998-2000, ha correspondido al género Poesía y al libro Elegías breves de don Rodolfo Godino, a quien adelantamos nuestra felicitación, que habrá de hacer explícita y fundada don Rodolfo Modem, en nombre de la Academia.

El homenaje de la Corporación a Mastronardi no comenzó hoy, sino que tiene un preludio gratísimo y valioso. Hace unos días, al salir de una dolencia que lo mantuvo recluido en su casa, el poeta y académico Jorge Calvetti, se allegó a la Academia, con un sobre en su mano jujeña y generosa, haciendo de mensajero de sí mismo. La carta que portaba dice así:

Buenos Aires, 12 de noviembre de 2001.

Señor Presidente

De la Academia Argentina de Letras

Dr. Pedro Luis Barcia.

Distinguido señor:

El poeta Carlos Mastronardi no necesita presentación en la Academia Argentina de Letras.



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La amistad que nos unió, lo determinó a entregarme, en muchas oportunidades, un número indeterminado de papeles, éditos e inéditos, con el fin de que, con el tiempo, yo resolviera el destino que finalmente habrían de tener. Ha llegado el momento de disponer de ellos; y creo que el destino más noble, y el que más le hubiera gustado al propio Mastronardi, es que esos papeles pasen a propiedad exclusiva y tenencia de la Academia Argentina de Letras.

Como Ud. sabe, Carlos Mastronardi fue, hasta su muerte, miembro de número de esa Institución, y tenía en alta estima, como yo mismo, la tarea que ella realiza. Esta razón me aconseja donar este material a la Academia Argentina de Letras con el fin de que lo conserve, vele por su integridad, lo clasifique y, finalmente, si estima oportuno, gestione la publicación del mismo, de acuerdo con el buen criterio que siempre ha tenido.

Saluda muy cordialmente al Señor Presidente, y por su intermedio al Cuerpo académico.

Jorge Calvetti.



Días después de su amical visita, Calvetti, que es hombre de palabra no solo de letras, acercó a la Casa el presente que prometía, acompañado del colega en lírica don Santiago Sylvester y de doña María de los Ángeles Marechal, hija del poeta, quienes lo secundaron en la tarea de ordenar y disponer el material. Fue recibido -en un acto privado que ahora hacemos público, autorizados por el donante-, por los señores académicos Federico Peltzer y Antonio Requeni, hermanos de Calvetti en la poesía, elegidos por él para el acto, y quien habla, ajeno, para bien de todos, al cultivo del verso.

En nombre de la Corporación agradezco a Calvetti este generoso desprendimiento del valioso conjunto de papeles con los que por largos años ha convivido y dialogado, y gracias a los cuales se pudo adelantar algo de la tarea académica de edición de páginas de Mastronardi. Calvetti está siempre detrás de la figura del poeta entrerriano, como dice Banchs del cielo que «está detrás de todos los paisajes».

Señor académico: nos comprometemos a preservar, catalogar, disponer para su edición posible y ordenarlos para la compulsa de los interesados en la obra del poeta, el legado rico y vario que nos dona. Con él se funda una nueva provincia en el campo de la investigación.

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No le quepa duda que los investigadores acudirán como moscas a la miel a nuestro repositorio. Agradecemos vivamente su labor de buen colmenero.

Mastronardi ingresó a la Academia en 1969, pero nunca pronunció su discurso de incorporación. Ocupó el sillón «Olegario Víctor Andrade», poeta comprovinciano de voz tonante y enfática que «escribió para ser leído en alta voz y aplaudido a cañonazos», como dijo Marcelino Menéndez Pelayo. Pero cuando Mastronardi ingresó, Enrique Banchs, primer destinado a dicho sitial, ya había amortecido, con su contención lírica, la sonoridad del patrono, torciéndole el cuello a la elocuencia, según la propuesta poética de Verlaine. La voz engolada de don Olegario fue atemperada por el alto y decantado lirismo del poeta de La urna. Mastronardi acordará su tono con el de su predecesor, incorporando a él modulaciones de la oralidad y el fraseo de lo conversacional, asordinando, la voz recatada y virilmente pudorosa.

La Academia publicó dos tomos del autor. En 1982, el volumen llamado Poesías completas19 y dos años después, Cuadernos de vivir y pensar20. Ambas ediciones las dispuso Calvetti, el amigo entrañable, y las prologó el académico don Juan Carlos Ghiano. El libro prosado contiene apuntes, breves y penetrativas reflexiones sobre estética, esbozos de poemas, esquemas de cuentos posibles, larvas de ensayo, material para el desarrollo de toda una poética. Una cantera ofrecida y casi inexplorada por la crítica.

En cuanto a las denominadas Poesías completas se sabe que no son tales. Más allá de la voluntaria exclusión de su bibliografía del segundo libro del autor, Tratado de la pena (1930)21, faltan siete poemas

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-no los del libro así titulado, por cierto-22, que adelantó Calvetti en su edición de Poemas, en 196623.

A estas ausencias quisiera aportar hoy y aquí, como otra forma de homenaje de la Corporación -y ofrenda personal a mi ilustre comprovinciano- a la obra del cofrade que evocamos, un haz de cuatro poemas desconocidos y que no figuran entre el material recién donado-, rescatados de las páginas de viejas publicaciones argentinas por las que he excursionado por años, carente de fondos para practicar otros turismos. Esta colecta reúne textos de la década del Veinte, correspondiente a la etapa primera que ronda en torno a Tierra amanecida (Buenos Aires, Editorial Latina, 1926). Quede para otro sitio la tarea de contextuarlos y comentarlos con algún explayamiento.

El primero, aparecido en Caras y Caretas, se llama:




«Cantar»


Mi juvenil corazón
fue un pájaro vagabundo
que necesitaba el mundo
para tener su canción.

Aunque el ala ya se espesa
vive entre un árbol profundo,
y el follaje que embelesa
le parece todo el mundo.

Tiene en su estrecho miraje
lo que buscó en la extensión
graba en su ojillo el paisaje
y lo dice en la canción24.





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El segundo, es del año 1926, y también aparecido en la popular revista fundada por Fray Mocho, otro entrerriano, es un soneto:




Interior


La madre, que este invierno necesita más lumbre,
remueve alguna brasa y vuelve a dormitar.
Dilata su ojo amigo lloviendo dulcedumbre
la lámpara que mira el grupo familiar.

Muy grave la hermanita se ha dado a masticar
su dulce y su cartilla. Distrae la mansedumbre
del gato una luciérnaga, que empieza a revolar...
Y yo perduro en ésta mi lírica costumbre.

No esperamos a nadie... fluye su agua el sosiego,
y vivir es tan dulce como estar junto al fuego.
(Nos conmueve un mal vago de algo nuestro que escapa...)

Un viejo olor doméstico anuncia los humeantes
tazones que alguien trae..., nos mecen los instantes,
y el alma, como el gato mimoso, se agazapa25.



El tercero se titula:




Vieja estampa


Anduvo entre nosotros mas fue su alma extranjera,
de intimidad hermética y hablar que no alcanzamos.
Ya su beso era trémulo cual caricia postrera,
y era un puerto imposible la efusión donde anclamos.

Desgarró como un árbol su piedad anhelante
consintiendo más sombra cuanto más se cumplía,
fue en el aula del mundo distraída estudiante...
Y agobiada de noche caminaba a otro día.
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Pañuelo que alejaba su mudo despedir,
se marchó a todas partes y en lo eterno halló acuerdo.
Siempre tuvo el hechizo de lo que va a partir,
y aun entre mis brazos era casi un recuerdo...

Cuando todos callamos es que ha entrado su ausencia.
La pena nos desata sus amarillos ramos.
El cuento de la abuela se corta con frecuencia,
y el pequeño interroga si a un viajero esperamos...

Con sus voces lejanas el recuerdo la nombra,
y llovizna el pasado desde un cielo vacío.
Pero se unen las rutas más allá de la sombra.
Y puesto que no existe todo su ser es mío26.



El último de los textos que he rescatado es:




Gente rica en obras


Amanece en el pecho de los tiernos chingolos
cuando van los colonos despertando las sendas,
y mientras enarbolan su horquilla y su firmeza
un canto entre los labios endulza las faenas.

Y las vidas se cumplen como humildes plegarias,
son abiertas las almas como Pampas sin cercos.
Cuando ellos arribaron el pago estaba solo
y el campo pobrecito lo mismo que un recuerdo.

En actos florecieron. Esposos de la tierra
su quietismo remueven tizoneando jornadas.
Se agrandaron de tanto contemplar lejanías,
se acriollaron a fuerza de sorber mate y Pampa.



Finalmente, en esta ofrenda de material desconocido, quiero retraer una hermosísima semblanza que trazara tempranamente, en 1933,

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Lisardo Zía, también levantada de los folios de una revista prestigiosa, y escrita en momentos en que el poeta había retornado a su provincia, donde se aplicaría a componer el poema célebre que la canta27. El texto de Zía habla siempre en pretérito, como si contemplara al poeta distante, en el tiempo y en el espacio, al replegarse a su pago:

Carlos Mastronardi

Rostro largo y afinado, cara puesta de cara que se ve de canto, puro perfil sin otro relieve que el de los lentes cuyos cristales rebrillan sobre los ojos. Esta faz, inquieta como una vigilia, y fina como un suspiro, es la de Carlos Mastronardi.

Poetas de tierras húmedas, bardo impar del litoral mesopotámico, vive allá en Gualeguay, pueblo verdecido de gustoso nombre, pues esa pareja de su diptongo y su triptongo se amolda la articulación vocal y se pronuncia con una sensación parecida a la que produce un guante de gamuza ajustándose en la mano.

Cantor de auroras y de atardeceres, conoce la música de la cañadas, la de la fluvial agua nocturna que corre a la sordina entre los juncos. Músicas que no se esconden en las cuerdas de las guitarras sino en lo profundo de las cajas y que se perciben como la de esos caracoles resonantes aplicados contra el oído para oír los rumores del mar.

Sabe las palabras índices de destino, las que visten mejor la desnudez de las lunas, las que descubren la demisión de las almas y las que llegan a la esencia de las cosas. Es, como todo poeta, el revelador, y como tal es cristiano, pues la revelación solo en lo cristiano se da, y lo que está oculto solo por lo cristiano se revela.

¡Qué tierras amanecidas fueron sus tierras nativas sembradas por los paisanos y cantadas por el poeta del país! No era el bucólico pastoril ni el eglógico enumerador. En sus poemas erguíanse esos humos luminosos que nacen de los surcos; se anudaba en las voces la angustia de los campesinos cuya vida es un largo inclinarse sobre la tierra, un anhelante aguardar lluvias propicias, soles oportunos y vientos generosos. Todavía están amaneciendo.

Mastronardi llegó a Buenos Aires y sus poemas recordaron a la ciudad, olvidada del campo, que nuestra república es un república rural, porque todo depende acá del agro. Yo solía verlo por las calles, con aire de sonámbulo

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diurno, abstraído o distraído, como si el tráfago urbano no fuera suficiente para hacerle olvidar los paisajes de su río, los puros verdes de Gualeguay.

Un tanto huidizo y esquivo, necesitaba la persuasión de la noche para manifestarse y para tratar esos problemas que solo preocupan a los poetas, mientras el resto de la humanidad permanece extraña a ellos pues sabe que los mismos poetas, videntes de futuros y de destinos, serán los que encuentren las soluciones finales.

Mastronardi siempre hablaba de Florencia y de un antepasado suyo, el maestro Nardo. En esos momentos el entrerriano parecía un verdadero florentino. Cultor de nubes y escultor de piedras. Y solo con la llegada del amanecer, volvía a él la parquedad criolla.

Anunció su partida a Gualeguay, algo afectado por la endémica gripe literaria que padece Buenos Aires, deseoso de componer su espíritu y su voz en la paz de los campos. Al fin, después de decidirse muchas veces y postergar el viaje hasta nueva decisión. Retomó al pueblo cuyo nombre se pronuncia con tanta delectación vocal.

Ahora está allá, paseando las tardes por la orilla del río con un amigo poeta que también conoce la música de las aguas y de los ponientes. Es un poeta guitarrero, llamado Ortiz, muy parecido a Mahatma Gandhi. Mastronardi comparte con él sus caminatas y sus sueños, con el gran anhelo de poesía que le legara, a través de las generaciones, el maestro Nardo de Florencia.



Hace años, preparé una edición crítica de «Luz de provincia», con el registro de las variantes de las cuatro -cinco, en rigor- ediciones del texto y las versiones al italiano, inglés y francés del poeta, que muestran la calidad de «entrerriano universal» del autor, como lo llamara Conrado Nalé Roxlo, con variante de la apelación a Juan Ramón Jiménez, «el andaluz universal». Mastronardi se refirió al poema como «un perfectible homenaje a la provincia de mi nacimiento». En efecto, con mano diurna y nocturna -más ésta que aquella, dada su heliofobia-, castigó con el ostinato rigore de Leonardo y de su venerado Paul Valéry, las estrofas de uno de los mayores poemas de nuestra literatura.

Para solo brindar un sorbo de muestra, a manera de ejemplo, -y hasta la hora de editar el texto anotado- reparemos en los versos 187 y 188 del poema. En su versión original, de 1937, decían:



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En su hondura mis pasos distraídos de tiempo
Y en pobres callejones y olvidados suburbios.



En la versión de 1955, dada como «definitiva»:


En su hondura mis pasos desasidos del tiempo.



Y en la realmente final, escribirá:


En su hondura, mi paso libre de horas, absuelto,
Y en calles que se pierden junto a los campos mudos.



La tersura de la dicción y el calibrado ajuste ratifican la frase de Whitsler: «El trabajo borra las huellas del trabajo».

Muchos son los críticos que se han ocupado de Mastronardi en nuestras letras: Evangelina Bergadá, Luis Alberto Ruiz, Saúl Yurkievich, Ricardo Herrera, nuestros dos académicos mencionados, Calvetti y Ghiano, entre otros.

Hoy la Academia, inicia, de alguna manera, una nueva modalidad de contacto con nuestro medio cultural, al invitar a un joven profesor a acompañarnos en el homenaje a Mastronardi. Hemos ofrecido la tribuna a Alejandro Bekes, buen poeta, y entrerriano nativo, de Concordia, que ha publicado en La Rioja de España, una Antología poética de Mastronardi28, con un ponderado estudio preliminar, en una colección titulada «La Torre de los Panoramas», que toma nombre del altillo en que se reunían algunos de los escritores uruguayos durante el período modernista, y que adoptó Julio Herrera y Reissig para una sección de su obra poética.

Con gusto lo escuchamos, profesor Bekes. Pero permítame antes de concluir, recordar aquella anécdota que cuenta Mastronardi en sus Memorias de un provinciano:

«-Anoche en su casa vi luz a la madrugada. ¿Tuvo visitas?

-Sí -dijo el poeta- estuvieron las nueve Musas».





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Así se explica que fuera nocherniego. Pero si fue noctívago, lo fue sin sonambulismos: mantuvo sostenida y lúcida vigilia. Esto generó la obra que hoy celebramos.




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