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    Explicación del catecismo católico breve y sencilla
     por el R.P. Ángel María de Arcos
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Lección 27.ª

Otros deberes domésticos


P.- Los casados, ¿cómo deben haberse con su mujer?

R.- Amorosa y cuerdamente, como Cristo con la Iglesia.

P.- ¿Y la mujer con su marido?

R.- Con amor y obediencia, como la Iglesia con Cristo.

Consideren bien los que se hallan en el estado de matrimonio, una por una las obligaciones, que aquí les señala el Catecismo, o, por mejor decir, Nuestro Señor Jesu-Cristo, de quien es tan celestial doctrina. El amor, no el egoísmo, ni el interés, ni el capricho, es la base de ellas; pero el amor racional y cristiano. Cristo amó a su Iglesia saliendo del Padre, viniendo al mundo, viviendo entre los hombres, muriendo por ellos y dándoles su mismo Espíritu; y ¡con qué paciencia y mansedumbre sobrellevó los defectos e impertinencias de sus primeros discípulos, y sigue llevando las nuestras, procurando constantemente nuestro bien, y cumpliendo fidelísimamente la palabra empeñada! Y la Iglesia, por su parte, ¡qué no hace y padece por amor de Cristo, por sostener y dilatar su honra, y porque todos le conozcan, le   -158-   amen y le sirvan! ¡Con qué fidelidad guarda su doctrina y sus preceptos!

Ese amor mutuo entre Cristo y su Iglesia es el modelo del que han de tenerse hasta la muerte los esposos cristianos: por ese amor dejan a sus propios padres para vivir en sociedad conyugal. En ésta el marido es la cabeza, tanto que sin su consentimiento no puede la mujer ligarse con voto alguno, ni hacer, v. gr., una peregrinación. ¿Qué digo peregrinación? «Estén, dice el apóstol san Pedro, sujetas a sus maridos, como Sara obedece a Abraham, llamándole señor»40. Y el Catecismo romano añade: «Estense con mucho gusto recogidas en casa, sin salir de ella, si no las obliga la necesidad, y nunca se atrevan a salir sin licencia de su marido. Después de Dios a nadie deben amar ni estimar más que a su marido, pues en esto señaladamente está afianzada la unión matrimonial; y asimismo condescender con él, y obedecerle con muchísimo gusto en todas las cosas que no son contrarias a la piedad cristiana». Está, pues, obligada a reverenciarlo, y a obedecerle en lo que toca al gobierno de la casa, y a las buenas y cristianas costumbres, en lo cual si desobedece, siendo grave la materia y el precepto, peca mortalmente, y tiene que sujetarse al castigo moderado que el marido le imponga. Sepa, sin embargo, éste que su mujer no es una criada, sino una compañera; que debe amarla y defenderla, alimentarla y vivir con ella. Peca mortalmente, si se ausenta largo tiempo sin grave causa contra la voluntad de su mujer; si la infama, afrenta, o si no mira por el bien de la casa.

Ambos se deben fidelidad, asistencia y consuelo. Si uno, por salud o por otra causa, se ve necesitado a vivir en otro país, el otro consorte ha de seguirle, como no haya causa bastante que lo impida.

En cuanto al manejo de la hacienda, hay en cada nación leyes que señalan al marido y a la mujer sus   -159-   atribuciones. No es éste lugar de entrar en esos pormenores, de que los contrayentes deben informarse para obrar según conciencia. Lo que sí diremos es, que ambos a dos han de concurrir a sostener la familia, y que el sustento de la mujer y de los hijos es antes que pagar las deudas.

En general, al marido toca adquirir los bienes y manejar los negocios; a la mujer el arreglo y cuidado de la casa y familia, con las otras labores domésticas; ni es preciso que dé cuenta de los gastos ordinarios y de las limosnas comunes en personas de su clase.

Por lo demás, si la caridad exige que suframos con paciencia a los que nos molestan, y no volvamos a nadie mal por mal, ¡cuánto más necesaria es la misericordia entre los dos esposos, unidos por Dios con vínculo indisoluble!

Y si dar buen consejo al que lo ha de menester, y corregir al que yerra, son en ciertos casos actos obligatorios, ¿entre quiénes más que entre el marido y la mujer? Pecan los que no se toman interés por que su consorte viva cristianamente: y pecan también los que, en vez de corrección prudente, emplean injurias y denuestos. ¡Qué otras estarían las familias si se observase está doctrina!

Las máximas y costumbres hoy tan en boga, contrarias a ella, halagan, sí, las pasiones, pero destruyen la paz del hogar doméstico; envilecen el amor y lo convierten en odio; hacen de la mujer una especie de ídolo, al paso que la cubren de ignominia; tanto, que donde esas máximas y usos llegan a generalizarse, la esposa cristiana desciende a la degradación de la mujer pagana o musulmana, a ser un mueble de lujo, o un trasto que se arroja a la calle.

Por lo dicho se entienden los deberes de unos parientes con otros, entre quienes obliga más la caridad, que respecto de los extraños; y debe ejercitarse proporcionalmente según que nos sean superiores, como los abuelos, suegros y tíos; inferiores, como el   -160-   yerno, nuera y sobrinos; o iguales, como hermanos y primos.

P.- ¿Y los amos con los criados?

R.- Como con hijos del mismo Padre, que es Dios, cuidando no menos que sirvan al Señor eterno, que al temporal.

P.- ¿Y los criados con los amos?

R.- Como quien sirve a Dios en ellos.

Es universal la queja en las poblaciones montadas a la moderna; en los amos, de que no hay criados de confianza, y en los criados, de la crueldad de los amos: unos y otros dejarán de quejarse, si practican lo que nos enseña Jesu-Cristo.

Pondérense las palabras del Catecismo. El amo es superior, en virtud del pacto entre él y su criado; pero éste no renuncia a sus derechos de hombre, de católicos y de persona libre; y sólo se obliga a servir en lo que no se opone a sus deberes de hombre, de católico y ciudadano. Sobre el amo está Dios, que es el amo de los amos: y Dios manda que el amo ame a su criado, con quien la caridad le obliga más que con los que no son de casa.

¿Y qué, si el criado o criada son todavía jóvenes, y no están instruidos en la doctrina y prácticas de la Religión? Entonces los amos han de hacer veces de buenos padres. El Apóstol dice que «el amo que no cuida de sus domésticos, es como si hubiera negado la fe, y peor que un infiel», al paso que a los criados dice que «obedezcan con buena voluntad, y sirvan con respeto a sus amos, como si sirvieran al mismo Dios»; porque, en efecto, a Dios sirven, que manda obedecer; y esto, aunque el amo sea altanero y antojadizo, mientras no mande cosas contra Dios. Cuando este caso ocurre, se responde con respetuosa entereza, que antes hay que obedecer a Dios que al hombre; y si el amo insiste, se le deja, como se le suele dejar si es tacaño o insufrible.

Por lo demás, las riquezas no autorizan ante el   -161-   Juez divino la ociosidad, ni en los amos ni en los criados; y los criados superfluos son ocasión de muchos males y pecados. Los amos buenos fácilmente encuentran o forman buenos sirvientes. El pagarles sin dilación ni mermas, y tratarlos con humanidad, es justicia; como lo es en los sirvientes ser fieles en todo lo que manejan, cumplir exactamente lo que les mandan, no dar mal ejemplo a los hijos de la casa, ni hacerles sombra o favorecerles en sus vicios; pero si además el amo atiende con caridad al bienestar de sus criados, éstos a su vez suelen interesarse por la casa, como si fuera suya.

No vigilar a los criados y criadas, fomentar su lujo, dejarlos de noche a su libertad, permitirles trabajos prohibidos en las fiestas, y que por la tarde vayan donde y con quien quieran, con peligro manifiesto de sus almas, será, si se quiere, una moda, pero ciertamente son pecados contra la ley de Dios; y también lo es no cuidar de que cumplan con sus deberes religiosos.

P.- Y los superiores en general, ¿a qué están obligados?

R.- Son vicegerentes de Dios, no para sus propios intereses, sino para sacrificarse por el bien de sus súbditos.

P.- ¿Está obligado quien gobierna a mirar por el bien espiritual del pueblo o nación?

R.- Peca mortalmente si no protege la Religión e Iglesia verdadera, la justicia y buena moral, reprimiendo además cuanto pueda los escándalos y públicas ofensas de Dios, Señor de todos.

Porque el superior es representante o vicegerente de Dios, el inferior le debe respeto y obediencia; y esa misma vicegerencia exige que el superior imite el gobierno de Dios, y se regule en el suyo por lo que Dios manda. Hemos ya especificado los deberes de los padres y señores; ahora se da una idea general de lo que ha de ser cualquier superior, v. gr., un maestro, un general, un alcalde, gobernador, príncipe o rey, y también un párroco y un prelado.

  -162-  

Ninguno de estos en su cargo ha de buscar directamente su utilidad temporal, porque a nadie da Dios la autoridad para ese fin, sino para utilidad de los súbditos; y mediante ésta, para bien de todo el cuerpo social, y consiguientemente del mismo que la rige. El superior, por tanto, ha de querer el bien de sus súbditos, y procurarlo ante todo con el ejemplo, y luego, con la solicitud, prudencia, rectitud y fortaleza en el desempeño de su cargo, sacrificando a él su comodidad y afectos personales: el maestro, porque los discípulos aprendan sana y provechosa doctrina; el general, por la disciplina y buen espíritu de su tropa; el que está al frente de un pueblo o comarca, por el orden, prosperidad y justicia; como el padre de las almas, porque todas sirvan a Dios y se salven. Más aún: cualquier superior está obligado en el desempeño de su cargo, primero, a no estorbar jamás que sus súbditos cumplan con sus deberes religiosos; segundo, a impedir, cuanto pueda, que unos súbditos lo estorben a otros; y tercero, a procurar, más o menos directamente, que de hecho observen costumbres conformes a la religión que profesan; y cuando como en España, la nación y el Estado son católicos, esto es, profesa la religión católica como única verdadera, ese superior está obligado a impedir en sus súbditos cuanto a la religión católica se opone, y a promover, según las circunstancias, lo que favorezca a su práctica.

Nada más racional ni más obvio que esta doctrina, que sólo puede negar quien desconoce ser Dios el Señor supremo de todo hombre, superior o súbdito, y de toda sociedad y de todo el mundo universo; y que a Dios debe todo hombre y sociedad honrar con la práctica de la Religión verdadera.

Estos dogmas niega la que llaman civilización moderna, que por eso rechaza lo que aquí enseña el Catecismo católico, y por lo mismo la tal impía política está condenada por la Iglesia.

Oigamos al papa León XIII, quien hablando de los   -163-   príncipes o gobiernos dice: «Son deudores a la sociedad, no sólo de procurarle por leyes sabias la prosperidad y bienes exteriores, sino de mirar principalmente por los bienes del alma»41.

Lo mismo enseñó en el siglo V san León el Magno, Papa y doctor de la Iglesia: exhorta al emperador León a que castigue a los que habían renegado de la fe católica, y enseñaban herejías. Y esto ¿por qué? «Debes, añade, oh cristianísimo príncipe, advertir y tener por verdad indubitable, que el Señor te ha enriquecido con la autoridad regia, no sólo para que gobiernes el mundo, sino principalmente para amparo de la Iglesia; para reprimir lo malo, defender lo bueno, restituir la paz arrojando a los que la turban; con lo cual alejarás del reino los castigos del cielo». Es la doctrina del Apóstol en su epístola a Timoteo; es, en resumen, y será siempre, la política cristiana y católica.

El beato Juan de Ávila, en carta a un gobernante, dice: «que su menor deber es castigar a los malos, porque el mayor es poner medios para que todos sean buenos».




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Lección 28.ª

Sobre el quinto Mandamiento


P.- ¿Qué manda a más de no matar ni a sí ni a otro?

R.- No hacer mal a nadie ni en hecho, ni en dicho, ni aun por deseo.

P.- ¿Quién peca contra eso?

R.- El que hiere, amenaza, injuria, o al ofensor no perdona.

P.- ¿Quién más?

R.- El que se embriaga, o come cosas nocivas; y el que a sí o a otro maldice.

  -164-  

P.- ¿A qué está obligado el que injuria?

R.- A dar satisfacción al injuriado.

Después de los tres mandamientos que miran a Dios, y del cuarto que se refiere a los que están ligados entre sí con algún vínculo especial, vienen los seis restantes, que ordenan lo que debemos indiferentemente a todos los hombres, en quienes se nos manda respetar la vida, la honestidad, la hacienda y la fama, no sólo con la obra, más con la voluntad y el deseo; porque la ley de Dios no es como la humana, que no alcanza a lo interior, y que por eso no basta para hacer buenos a sus súbditos.

El quinto mandamiento prohíbe el homicidio injusto, y consiguientemente todo lo que a él inclina, como las heridas y odios; mas como del perdonar dijimos explicando el Padre nuestro, hablaremos aquí de los otros puntos. Dios, único autor de todas las vidas, nos faculta para quitarla a los animales en provecho nuestro, pero no a los hombres, sino en ciertos casos. El que directamente y estando en su juicio se quita la vida a sí mismo, perpetra un crimen llamado suicidio; y el suicida ofende gravemente a Dios, se condena sin remedio, es infame ante la sociedad, y la Iglesia le priva de sepultura y de sufragios. Por triste y desesperante que sea la situación de uno, nunca es permitido suicidarse; lo que en tales casos hace el cristiano es pedir a Dios paciencia y remedio, y aconsejarse de alguna persona virtuosa.

Hasta este siglo casi era desconocido entre cristianos crimen tan contrario a la misma naturaleza; ahora es frecuente en países que abandonan la Religión. Nuestra santa fe católica es la que da valor para sufrirlo todo antes que ofender a Dios Nuestro Señor; la que nos contiene poniéndonos delante el cielo o el infierno; nos anima con el ejemplo de la Pasión del Señor, los dolores de su Madre y paciencia de los santos; nos esfuerza comunicándonos por la oración y Santos Sacramentos los auxilios del cielo. Al que estos medios   -165-   desprecia, y como si fuera irracional, no busca sino los bienes de la tierra; al faltarle éstos, con la exaltación de la fantasía que producen las novelas y escenas trágicas, y lo vulgares que son hoy las armas de fuego, fácilmente la propia ofuscación por dentro, y el demonio y ruines consejeros por fuera, le arrastran miserablemente a despreciar su propia vida temporal y eterna.

Otros pecan por estimar en más de lo que vale la vida del cuerpo, y conviene por esto saber lo que la moral católica enseña, poniendo cada cosa en su punto. Estamos obligados a emplear para la conservación de la vida los medios ordinarios, pero no los extraordinarios, como es una curación de suma dificultad o por el coste, o por el dolor, o por la vergüenza que ocasiona. Y no es pecado, antes en muchos casos es un deber, poner en riesgo la propia vida por otros bienes de mayor cuantía, v. gr., por defender la Religión o la patria, por la caridad para salvar el alma o el cuerpo del prójimo, como acaece en una peste; para no ser víctima de un agresor impuro o brutal, o no morir en las llamas de un incendio.

En estos dos últimos casos, no habiendo más modo de evadirse, enseñan los doctores católicos que es lícito arrojarse de una ventana o al mar, aunque sea inevitable la muerte. Tampoco peca quien por su oficio, si es honesto, o por una prudente austeridad, prevé que se le acortará la vida; y es un deber dejarse matar, como lo hicieron millones de mártires, antes de consentir en un pecado. No temáis, dice Jesu-Cristo, a quien sólo os puede quitar la vida del cuerpo, a quien debéis temer es a aquel que, una vez muertos, es dueño de lanzaros a los infiernos.

En cuanto al daño que injustamente se hace o se desea a sí o a otro, si no es grave, el pecado es venial; y así, venial estima san Ligorio la injuria o irrisión contra un ausente, como no sea con ánimo de que llegue a su noticia. Pecan, pues, mortalmente, por tener   -166-   este ánimo, los que en sus escritos públicos zahieren gravemente a otros. Nótese, sin embargo, que no injuria quien, por el bien común y tratándose de pecados públicos, atribuye a cada cosa y a cada cual el calificativo conveniente. Así, v. gr., el Sr. Gago no injurió al protestante Cabrera cuando le desacreditó, probándole que era hereje y sacrílegamente amancebado; como no injuriaba Nuestro Señor Jesu-Cristo a los fariseos llamándolos hipócritas, seductores y sepulcros blanqueados; y de Herodes dijo que era un zorro. Pero peca mortalmente quien, para abreviarle los padecimientos, quitase la vida o el sentido a un moribundo42; o a un rabioso, porque no dañe, pudiéndose esto evitar de otro modo; y lo mismo pecan los médicos, parteras y cualquiera persona que por su grave negligencia son causa de que muera antes un niño o un enfermo.

Desde que la Religión cristiana civilizó el mundo, no había necesidad de llamar la atención sobre estos y otros puntos semejantes de doctrina; pero ahora que, so pretexto de una nueva civilización, se pretende que la sociedad vuelva al salvajismo, es preciso recordar esta parte del derecho natural y cristiano.

El embriagarse por placer hasta perder completamente el juicio es pecado mortal. ¡Vergüenza causa el abuso que en las bebidas introduce la impiedad moderna! Hace medio siglo apenas existían esos semilleros de vicios, donde el menor mal que se hace es comer y beber con exceso; allí se malgasta el tiempo y el dinero, que hacen falta a la familia y a los pobres; allí se olvida la educación de los hijos y se pierde el amor al hogar doméstico; allí se usa la blasfemia y la maledicencia; allí se contraen malas amistades y se aprende la irreligión. Los que pasan las horas muertas en el casino o el café, ¿cómo se quejan de dar en las plazas con pobres vagabundos y holgazanes?   -167-   En los juicios no se admitía el testigo que alguna vez se hubiese tomado del vino, y entre los romanos les estaba éste vedado a las mujeres. ¡Una ley parecida será necesaria hoy, si sigue generalizándose el abuso aun entre jóvenes que se tienen por finas, y que hace algunos años se hubieran corrido de gustar siquiera esas bebidas!

Dios dice «que el vino trae pendencias y es incentivo de la impureza»43. ¡Cuánto más esos licores con que se enerva el espíritu y se estraga el cuerpo! Del vino debiera el hombre usar con moderación, agradeciendo al Criador ese esfuerzo para labores violentas, y reparo para naturalezas o pobres o gastadas, pero no con exceso.

El odiar al prójimo es pecado mortal, si el mal que se le hace o desea, con maldición o sin ella, es grave; y aunque maldigan sin desear mal grave, suelen pecar mortalmente los padres y otros superiores, que tienen la costumbre de maldecir a sus inferiores; diciendo v. gr.: Ahí te caigas muerto; pues los escandalizan. Amenacen enhorabuena, y, llegado el caso, castiguen y peguen moderadamente al culpable; pero no lo maldigan, porque fuera de la ofensa que irrogan a Dios, se exponen a que cumpla Él esa maldición. San Agustín escribe un caso espantoso de que él mismo fue testigo44. Una viuda, persona principal, tenía siete hijos y tres hijas. Injuriola el mayor, y porque los demás no sacaron la cara por ella, los maldijo a todos; y ¡qué horror! desde aquel momento se apoderó de los diez un temblor tal por todos los miembros, que avergonzados se huyeron de su ciudad, y vagaron errantes y sin reposo por diversos países. La desventurada madre, viendo esto, en vez, de acudir a Dios por remedio, se desesperó y se ahorcó.

El injuriar nace por lo común del odio y de la ira   -168-   desordenada, por lo cual es pecado contra este quinto Mandamiento, y en él lo trata el Catecismo romano; aunque otros lo ponen en el octavo. La injuria se toma aquí no por cualquiera acción contra justicia, sino en la primera significación que esa voz tiene en nuestra lengua, agravio o ultraje de obra o de palabra; de modo que es contra el honor que todos, unos a otros nos debemos, como enseña, no sólo la razón, sino el apóstol san Pablo. Injuria son voces o acciones de improperio, oprobio, irrisión, ironía mordaz, y otras semejantes contra uno que está presente, o en un libelo infamatorio. Es de suyo pecado mortal; pero será venial, cuando el deshonor resulte ligero, y ni venial si se da y toma por broma, o por corrección y castigo.

El divino Maestro llamó necios a sus discípulos, hipócritas a los fariseos, y san Pablo insensatos a los gálatas; y no peca el superior que con motivo reprende y avergüenza a su súbdito.

El verdadero injuriador debe satisfacción justa al injuriado, a no ser que éste le haya pagado en la misma moneda, o el juez haya vuelto por la justicia; pero al injuriado manda Jesu-Cristo que sufra, perdone y no se vengue, si bien le permite demandar satisfacción, y casos hay en que debe reclamarla. Si alguna vez es preciso acudir por consejo, nunca más que en semejantes lances; y nunca más necesario que el consejero sea persona docta y profundamente cristiana, cual es un buen sacerdote. La razón es porque en nada quizá, como en punto al honor, se guía el mundo por más falso criterio.

Recuérdese lo escrito en la quinta petición del Padre nuestro. El volver mal por mal lo hace una fiera o un salvaje; el perdonar un cristiano; el volver bien por mal un santo.

Y esto dice nuestro cristiano refrán: «Volviendo bienes por los agravios, negocian los hombres sabios». Así lo practicó Nuestro Señor Jesu-Cristo, a quien imitan los perfectos cristianos.



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Lección 29.ª

Defensa propia, duelo, deseo de morir, aborto, escándalo, etcétera


P.- ¿Peca quien mata para que no le mate un injusto agresor?

R.- No, padre; ni quien mata en guerra justa.

P.- ¿Y quien desafía?

R.- Peca mortalmente; también quien acepta el duelo, y los padrinos y fautores.

P.- ¿Es siempre pecado desear la muerte?

R.- No es pecado, si se desea o pide a Dios con resignación y por fin bueno.

P.- ¿Cómo peca quien procura un aborto?

R.- Mortalmente.

Por regla general, no se puede hacer más daño al que injustamente acomete que el preciso para librarse de sus manos. Si basta huir, no es lícito herirle; y si herirle, no es lícito matarle; pero cuando para salvar la propia vida o la ajena, la hacienda o el pudor, no ocurre al agredido más medio que quitarle la vida, no peca matándole; aunque sería acto heroico de caridad dejarse quitar la hacienda o la vida, por evitar que el injusto agresor, muriendo en pecado, se condene.

En cuanto a la guerra, toca a la autoridad suprema de una nación consultar, no con la pasión, sino con la moral cristiana y personas competentes, cuándo es lícito declararla o sostenerla; y a los capitanes tener muy bien sabido lo que en ella se permite y lo que no, según las leyes de la guerra admitidas entre cristianos. Así, v. gr., pueden destruir una iglesia o convento en que el enemigo se haga fuerte, y matar a los que allí se defienden, por más que perezcan entre los otros algunas personas inermes y sagradas; pero, aunque con causa muy grave entren a saco una ciudad, deben prohibir se mate directamente a personas inofensivas,   -170-   y mandar se respeten las iglesias, monasterios y demás lugares piadosos.

Al soldado le pertenece obedecer aunque no vea la justicia de lo que se manda, mas adviértanse dos cosas: Primera, que es pecado pelear, como voluntario, en una guerra de cuya justicia se dude. Segunda, que si alguien se ve forzado a pelear por una causa claramente injusta, no le es lícito causar daño al enemigo.

Nadie ignora, y por eso no se ha puesto en el Catecismo, que el verdugo público puede ajusticiar al reo condenado a muerte; pero si éste huye, nadie tiene derecho de matarle sin orden especial de la autoridad suprema.

El desafío o duelo es otro punto que no habría que tocar entre cristianos. Porque ¿qué cristiano puede desconocer que quien reta o acepta el reto, es a la vez homicida y suicida, no sólo del cuerpo sino del alma, pues se expone a quitar o a que le quiten la vida por autoridad privada, y a enviar o ser enviado al infierno, pues quien muere en aquel pecado, se condena?

El duelo no es defenderse de un injusto agresor, contra el cual acabamos de decir lo que la moral cristiana permite, y ahora añadimos que si el agredido es un caballero noble o un militar, no peca, si en vez de huir, se defiende; el duelo es un combate particular en que se pactan tiempo, sitio y armas, aunque no sea a muerte sino a la primera efusión de sangre; y peca mortalmente quien a él provoca o quien lo acepta; y pecando los duelistas, claro es que pecan los que contribuyen a que se verifique el duelo; y todos, además, hasta los que de propósito lo presencian, están excomulgados, así como la autoridad que no hace cuanto puede por impedirlo.

Dice el mundo que quien responde a una injuria con un reto, muestra valor; pero la razón cristiana enseña que muestra flaqueza, pues no tiene valor para sufrir una injuria imitando a Jesu-Cristo y a sus santos. El que injuria, obligado está a dar satisfacción,   -171-   y el injuriado tiene derecho a reclamarla; pero no a tomarse por sí mismo la venganza a modo de las fieras o salvajes.

De lo contrario, ¿quién viviría seguro de su vida? En el duelo muchas veces sucumbe el mismo injuriado. Sólo en dos casos es lícito desafiarse: o para defender la vida que actualmente peligre, y entonces más que desafío es defensa; o cuando por la pública autoridad de dos pueblos beligerantes se conviniese el fiar el éxito a un duelo; tal fue el caso entre David y Goliat, el célebre de los Horacios y Curiacios, y el de san Wenceslao, Rey de Bohemia, quien para salvar a su patria, se presentó en duelo contra el jefe del ejército enemigo, llamado Radislao, el cual, viendo unos ángeles, oyó que le decían: No le hieras; y corrió a postrarse a los pies del santo.

El deseo de morir por verse con Dios en el cielo, es santo; y también por librarse de tanto pecado y peligro de pecar como tenemos y presenciamos en este mundo; ni es malo, si bien no es perfecto, desear la muerte por acabar con las penalidades de la vida, con tal, empero, que no falte, ni en éste ni en otros casos, la resignación en la voluntad del Señor. Tampoco peca quien desea que el Señor quite cuanto antes la vida a algún perseguidor de su Iglesia u opresor de la patria, siempre que el motivo de ese deseo no nazca de odio al tirano, sino de amor al bien público, y que al tal deseo predomine el de la conversión y salvación de aquel monstruo.

En cuanto al aborto, baste notar que el impedir positivamente que viva la criatura o matarla antes de nacer, o hacer que nazca para morirse en seguida, equivale, como se ve, a un homicidio; por el cual, además, si la criatura muere sin Bautismo, se le priva de ver a Dios, y se la deja para siempre en pecado. Contra los que tal crimen cometen, tiene la Iglesia establecidas graves penas. Otra cosa es si, tratando de salvar la vida de la madre, tuviese lugar, sin pretenderlo,   -172-   el aborto; esto en ciertas circunstancias es lícito, y en otras no; por lo cual la familia cristiana deberá, en caso tan espinoso, consultar, además del médico, a algún docto sacerdote45.

Y aquí sería la ocasión de avisar a algunas madres, que, sin intentar el aborto, lo promueven con sus imprudencias, o en trabajos violentos, o en diversiones y excursiones desatentadas, o con ciertas modas o caprichos nocivos; que si no llegan a matar, por lo menos perjudican al fruto que llevan en sus entrañas. Hasta los paganos, sin más luz que la de la razón y la experiencia, conocieron, y lo trae Platón en su libro VI de Las Leyes, que en las bodas y en el tiempo que las sigue, deben los esposos evitar con especial cuidado toda intemperancia, y vivir honesta y tranquilamente.

P.- ¿Hay otras maneras de matar?

R.- Sí, padre; no ayudando al completamente desvalido, y también con el escándalo.

P.- ¿Qué cosa es escándalo?

R.- Dar ocasión culpable a que otro peque.

P.- ¿Queréis particularizarlo más?

R.- Escandaliza quien provoca al mal con mandarlo, alabarlo, o no impedirlo cuando debe. Así pecan los que dan o votan malas leyes, los que publican, sostienen o propagan escritos malos, enseñan mala doctrina, etc.

Todos los deberes relativos a la vida propia y la del prójimo, la del cuerpo y la del alma, se incluyen en este quinto Mandamiento. De modo que, así como nos obliga a mirar por nuestra vida, así proporcionalmente por la del prójimo; de ahí, fuera de lo dicho anteriormente, la obligación de la limosna corporal y espiritual, y la prohibición del escándalo.

  -173-  

Cuando el prójimo se halla en necesidad extrema, es decir, que si no le socorro, perece, o eternamente, v. gr., por morir sin Bautismo y sin quien le exhorte a penitencia, o temporalmente, porque se muere de miseria, tengo obligación grave de sacarle de aquel aprieto como pueda. Si la necesidad es grave, pero no extrema, la obligación del socorro no es tan estrecha; y si se trata de socorrer a los simplemente menesterosos, no tienen comúnmente obligación de ello sino los ricos, y aun éstos cumplen con destinar una pequeña parte de sus rentas para limosnas. Ésta es la doctrina común de los doctores católicos; pero nótese bien que, a medida que cunde en nuestro siglo la irreligión, crece espantosamente el número, no ya de pobres sino de miserables desvalidos, y por tanto, la obligación de la limosna en los que pueden hacerla, o para el cuerpo o para el alma.

En una gran población, que no hay para qué nombrar, donde acuden en invierno unos doce mil hambrientos al comedor de la caridad, y no pocos perecen de miseria, o vergonzantes en una buhardilla, o en las calles y hospitales, gastaba no ha mucho cierto señor en un sarao un millón de reales; los teatros costaban diariamente veintiséis mil pesetas, y tres duros la entrada a un baile de máscaras; y luego nos quejamos de que el Señor castigue. La casa que dio aquel sarao, en pocos años se arruinó. El día del juicio, dice Jesu-Cristo que enviará a los infiernos a cuantos no tuvieron misericordia, no sólo con los cuerpos sino mucho más con las almas, presa de la impiedad y de los vicios, por culpa de tantos que debieran proporcionarles católica doctrina, empleando en ello siquiera el tiempo y el dinero que malgastan.

Pero a la falta de misericordia que incluye, añade especial malicia el escándalo. Al escandaloso cuadra el nombre de matador de almas, porque a eso tira el escándalo, directa o indirectamente, a que otro peque. Es pecado mortal contra la caridad, y por eso de los   -174-   más graves, a no ser que sólo induzca a pecar venialmente. El llamar escándalo al alboroto y espanto del pueblo por un suceso cualquiera, es una vulgaridad, hija de la ignorancia. Dice el Catecismo dar ocasión, porque si de una acción mía, que ni es mala ni tiene apariencia de mal, toma un malicioso ocasión para pecar, él se tiene la culpa; así, si un cochero se pone a blasfemar porque no le doy propina, no por eso estoy obligado a dársela; lo mismo de un mendigo a quien sin injuriarle no socorro. Otra cosa sería si el peligro de pecar en que pongo al prójimo nace de su ignorancia y simplicidad; y así, v. gr., si yo tengo un motivo oculto para mandar a un criado que no vaya a Misa algún domingo, o guise de carne en un viernes de Cuaresma, debo hacerle entender que no lo hago por faltar al precepto, sino por otra causa que me dispensa. Se añade la palabra culpable, porque un amo por ejemplo, a un padre que sospecha fundadamente que le roban, no peca dejando dinero a la descuidada con la mira de coger y castigar al ladrón, o tomar otra providencia; ni peca quien para mirar por su familia tiene que pedir prestado a un usurero; o quien encarga Misas a un sacerdote que acaso las diga estando mal con Dios.

¿Está obligada una mujer a no ataviarse o a no salir de casa por evitar que otros pequen? A esto responden los doctores católicos: primeramente, que si el traje y el porte es inmodesto y el atavío excesivamente vistoso, siempre hay algún pecado en usarlo, pero que, no siendo así, no es ella la que da ocasión, sino los malos quienes se la toman. Segundo, que si efectivamente sabe que para alguno en particular es su vista ocasión próxima de pecado, debe ella evitársela de algún modo que no la sea gravemente enojoso, verbi gracia, moderando el adorno, cambiando tal vez la hora de salir o yendo a otra iglesia, y, sobre todo, no haciendo de él ningún caso.

Y últimamente, que si ese hombre fuera, no un   -175-   apasionado, sino un perdido, a nada estaría obligada respecto de él, sino a evitar ella misma, yendo bien acompañada, el propio riesgo.

Concluye la definición diciendo: a que otro peque.

Por esto, no pudiendo disuadir a uno de su mal intento, si logro, v. gr., que en vez de matar se contente con robar; como no le induzco a pecar, sino a que no peque tanto, no le escandalizo; también se excusa a quien abre la puerta de casa o lleva una carta o presente por orden de su amo, pero no de los hijos, a persona sospechosa, aunque tales pueden ser las circunstancias que obliguen a buscarse otro acomodo.

Por el contrario, son reos de escándalo los que enseñan a otros a pecar; los que a los huéspedes o viajeros no ofrecen en días de vigilia, sino comida de carne; los que en los cafés u otros sitios tienen bailes o espectáculos gravemente deshonestos, periódicos o novelas de ese género o de doctrina contraria a la católica, pinturas o estatuas completamente indecentes; todos esos cometen pecado mortal, y los que toman parte en esos espectáculos o lecturas, los que los sostienen con su dinero, o hacen esas pinturas, o imprimen esos escritos; esto, además de los que indica el Catecismo. Y ¡quién es capaz de calcular las ofensas de Dios Nuestro Señor a que dan ocasión culpable, y a la condenación de innumerables almas, los que, gobernando un pueblo o una nación, no hacen cuanto deben por atajar y extirpar los vicios, y castigar los pecados públicos y los escándalos, como el trabajar las fiestas, la blasfemia, los escritos y espectáculos malos! ¡Y qué si tienen por principio dar rienda suelta a esas y otras que llaman libertades modernas! Pío IX y León XIII las designan con su propio nombre que es libertades de perdición, libertades para perder las almas, libertades escandalosas; los políticos a la moderna prometen con esos escándalos prosperidad a la nación; mientras el Maestro divino dice: «¡Ay del mundo por los escándalos!».

  -176-  

El gobierno a la moderna es la autorización de los escándalos, el escándalo de los escándalos, el escándalo legalizado. «¡Ay, dice Jesu-Cristo, de aquel por quien el escándalo viene!». ¡Ay, pues, de esos gobernantes, y de los que con su voto o influjo los encumbran o favorecen en su escandalosa política! De ellos dice Dios, «que los juzgará con extraordinario rigor, y sufrirán mayor tormento en el infierno».

El que escandaliza a uno o a muchos, tiene el deber de reparar en lo posible los daños, para lo cual pregunte al confesor, y le enseñará el modo de hacerlo según las circunstancias.




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Lección 30.ª

Sobre el sexto Mandamiento


P.- Os pregunto: ¿quién lo guarda enteramente?

R.- El que es casto en palabras, obras y pensamientos.

P.- ¿Y quién peca contra eso mortalmente?

R.- Quien con entera advertencia piensa, dice o escucha, lee o mira cosas impuras y deshonestas, deleitándose en ellas, y también quien consigo o con otro tiene tocamientos o acciones torpes.

P.- ¿Peca en los malos pensamientos quien procura desecharlos?

R.- Antes merece, si además quita las ocasiones.

Así como en el quinto Mandamiento, no matar, se prohíbe lo que al homicidio se refiere, como el odio, así en el sexto se prohíbe, no sólo cualquiera acción torpe y deshonesta, que esto significa fornicación en general, sino lo que a ella induce, como es todo deleite interior de esa clase, y las ocasiones que de suyo lo provocan. Y para que nadie se engañe pensando, como los fariseos, que la ley de Dios no prohíbe los malos deseos, particularizan esta prohibición el nono y décimo Mandamientos.

  -177-  

Lo que aquí se dice de los pensamientos torpes, aplíquese a los deseos. Basta reparar en lo que trae el Catecismo para entender cuándo se peca contra la castidad que manda el sexto Mandamiento; ni hay para qué entrar en pormenores acerca de lo que el cristiano ha de huir más que de la peste. Es la pureza virtud tan delicada, que cualquier deleite contra ella, aunque sea de sólo pensamiento, es pecado mortal, si se tiene con entera advertencia y consiente plenamente la voluntad46.

Ocasiones son lo que daña a la castidad, y el Catecismo indica las más comunes; cuando, a pesar de evitarlas en lo posible, vienen pensamientos o impulsos deshonestos; es una tentación que se vence con alguna de las cosas que ayudan, como dice el Catecismo, a ser castos; y el que vence la tentación, no queriendo aquel deleite impuro, es premiado de Dios y queda más fuerte para luchar contra otras tentaciones que vengan; así como el que consiente en un pecado, queda más débil, y más propenso a cometer otro y otro.

Dicen los santos que por ningún pecado se condenan más almas que por la impureza, y que el casto suele guardar los otros mandamientos y salvarse; esto dicen principalmente de la mujer, la cual, empezando por mera vanidad a darse al lujo, acaba por querer atraerse a todos y serles piedra de escándalo. Contra la impureza ha enviado el Señor, y enviará los más espantosos castigos. Por haberse entregado a ella el género humano, lo anegó en el diluvio, salvándose únicamente en el arca Noé con su mujer, tres hijos y las tres mujeres de éstos; a cinco ciudades de Palestina, donde era general el vicio nefando, abrasó con fuego del cielo; y en el Nuevo Testamento el Apóstol fulminó excomunión contra el incestuoso de Corinto, entregando además su cuerpo en poder del demonio.   -178-   Castigo son también, y freno al mismo tiempo, los efectos desastrosos y degradantes de vicio tan abominable.

«El cristiano y su cuerpo son templo de Dios, dice san Pablo47, y a quien lo profana con la impureza, Dios le destruirá». En efecto, la lujuria, más que ningún otro vicio, destruye al hombre. Destruye primeramente su honra, porque hay pecados que se disimulan con cierta apariencia de grandeza, como la ambición, la prodigalidad, pero la lujuria no se cubre sino con la ignominia; es el que más trata de ocultarse, y que, por juicio de Dios, más claramente aparece al rostro y se trasluce. Destruye la hacienda más pingüe; así Herodes ofreció con juramento cuanto pidiese, aunque fuera la mitad de su reino, a una bailarina. Destruye también las fuerzas del mismo cuerpo, con dolores, enfermedades y muerte prematura; y en fin, hasta estraga el alma, cuyas potencias embota, envilece los afectos, enerva el carácter; tanto, que quien se deja dominar de la lujuria, se despeña en el abismo de la vileza, y a menudo pierde la religión y hasta la razón; con que si a tiempo no hace penitencia y se convierte al Señor, muere como un estúpido o un furioso, para estar ardiendo eternamente.

Héroe fue David matando al gigante Goliat; más héroe perdonando la vida a Saúl, que injustamente le seguía para matarle; santo, pues tenía el corazón según el corazón de Dios; profeta, lleno de sabiduría celestial; y ese Rey dirige una mirada lasciva, consiente en un deseo impuro, y se cambia en otro hombre. Desde entonces David es un afeminado que vive en las delicias de palacio, en vez de estar, como antes, al frente de su ejército; es un insensato que al referirle la derrota de sus soldados, responde con frescura: «Ya se sabe que son varios los sucesos de la guerra»; es un adúltero y un ingrato, que abusa de la   -179-   mujer de uno de sus mejores capitanes; un homicida y un pérfido, que entrega al mismo Urías la carta en que manda matarle; está ciego e impenitente, por más que murmure el reino, y los pueblos vecinos blasfemen. Así permaneció un año, y fue preciso que el Señor, en su misericordia, le enviase al profeta Natán, que le despertó de aquel letargo.

¡Terrible lección, que ojalá nos sirviese de escarmentar en cabeza ajena, huyendo del peligro de pecar!

El Rey penitente lloró sus pecados con perfecta contrición todos los días de su vida, que fue ya, como antes había sido, santísima, y más penitente y avisada.




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Lección 31.ª

Sigue el mismo Mandamiento


P.- ¿Qué se manda a los casados en el uso del matrimonio?

R.- Que ni falten a la debida decencia, ni a la fe que se prometieron.

P.- ¿Qué cosas nos ayudarán a ser castos?

R.- La oración, Sacramentos, ocupación y buenas compañías.

P.- ¿Y qué más?

R.- La sobriedad, austeridad y la guarda de los sentidos.

P.- ¿Cuáles nos dañan?

R.- La destemplanza, vistas y conversaciones ocasionadas, también la ociosidad y las malas lecturas.

P.- ¿Cómo peca quien no evita esas cosas dañosas?

R.- Mortalmente, si es próximo el peligro de pecar, en que voluntariamente se pone a sí, o pone a otros. Así suele, pecarse en los teatros y bailes modernos, y con algunos trajes indecorosos.

La doctrina de este Mandamiento obliga a todos, y no es contra él lo que el matrimonio exige o permite en los consortes, como aquí indica sabiamente el padre Ripalda, y se entenderá mejor al hablar de aquel Santo Sacramento.

  -180-  

Lo que más importa en esta materia es practicar los medios que se proponen para ser castos, cada cual según su estado, y evitar las cosas que dañan.

Diremos una palabra de cada cosa de por sí; primero de lo que ayuda, y luego de lo que daña.

La oración.- La castidad, dice el Señor, que es don del cielo, y Dios quiere que se lo pidamos con tanto más ahínco, cuanto más combatido se siente uno del vicio contrario. La Virgen de las vírgenes, María Santísima, tiene especialísimo valimiento para alcanzarlo a sus devotos, y después el Santo Ángel de nuestra guarda, san José, san Luis Gonzaga y otros santos; ni es maravilla que los que no hacen oración, no tengan fuerzas para vencer las tentaciones de la carne.

Los Sacramentos.- La Confesión no sólo perdona los pecados contra la castidad, como todos los otros, sino que es un freno y una ayuda para no recaer; sobre todo cuando, después de bien confesados, recibimos en la Comunión a Nuestro Señor Jesu-Cristo, cuyo cuerpo y sangre adorables infunden de suyo pensamientos y afectos castos, y apagan o amortiguan los incendios de la concupiscencia; tanto que los que frecuente y fervorosamente comulgan, sienten horror a la impureza; muchos, de uno y otro sexo, se conservan vírgenes toda la vida, y algunos ni tentaciones padecen en esta materia.

La ocupación.- El atarearnos en cumplir nuestros deberes, y luego en otras buenas obras, produce entre otros bienes el de emplear el cuerpo y el espíritu en cosas útiles, y alejarlos por el mismo hecho de las malas.

Las buenas compañías.- Además de ocupar honestamente, ofrecen la ventaja del buen ejemplo y estímulo para toda virtud; pero nótese bien que no toda persona buena es compañía buena para todos y cada uno, pues para un niño no es comúnmente buen amigo un joven, ni menos lo son entre sí personas de diferente   -181-   sexo, de donde vicio el antiguo y cristiano refrán: «Entre santa y santo pared de cal y canto».

La sobriedad.- Es lo que especialmente encarga san Pablo a los jóvenes48, y a las mujeres49, y a los viejos50 y a las viejas51, y a los sacerdotes y obispos52, y a todos en general53; como que el mucho vino y más los licores, atizan la lujuria54, y al revés dice el sagrado libro del Eclesiástico, que la sobriedad es saludable para el cuerpo y para el alma55.

La austeridad.- Ésta tiene muchos grados: en lo que añade a lo que exigen la templanza, la sobriedad y los preceptos de la Iglesia, es generalmente de consejo; y en lo que puede perjudicar a la salud o estorbarnos el cumplir nuestros deberes, no debe practicarse sin consejo y aprobación de un confesor experimentado. Pero los santos, no sólo huyeron del regalo y superfluidad en el trato de su persona, sino que todos practicaron la mortificación de su carne, unos de un modo, y otros de otro; ni sólo por seguir los ejemplos de Cristo y por desagraviarle de lo que se peca con los placeres vedados, mas también para tener más enfrenado al enemigo de la castidad. El Apóstol escribe de sí mismo que castigaba su cuerpo, y no como quien azota al aire, sino sujetándolo a servidumbre, para que no le arrastrase a la perdición. Es regla general que quien más cosas ilícitas ha concedido a su carne, más le ha de negar de las lícitas; y más la ha de castigar, quien más rebelde la siente.

En esas penitencias y en otras obras que no obligan   -182-   a todos, conviene guardar el posible secreto, y estar alerta contra la vanidad y los engaños del demonio; razón de más para que no las hagamos sin consejo.

La guarda de los sentidos.- Quien no guarda los sentidos, no guarda el corazón; porque aquéllos, especialmente los ojos, oídos y lengua, son como las puertas y ventanas por donde entran y salen nuestros pensamientos y deseos: lo que ojos no ven, corazón no quiebra. Oye, cristiano, en esto, como en todo, la voz de Dios y no la de los mundanos, que como los fariseos, se escandalizan al oír la reprensión del vicio, mientras ellos mismos lo propagan. Oye lo que el Señor nos dice en la Sagrada Escritura: «No fijes la vista en objeto alguno que pueda mancillar tu pureza, ni en la hermosura de nadie. No andes derramando la vista por las calles, ni vagueando de plaza en plaza». «Aparta tus ojos, dice Dios al hombre, de la mujer engalanada, y no estés de asiento entre mujeres, pues de sus halagos nace la maldad del varón. No frecuentes el trato con la bailarina y cantatriz, ni la escuches, si no quieres perecer a la fuerza de su atractivo». Y a la mujer dice Dios, «que el mirar con descaro o ser ventanera y callejera, es señal de ser poco honesta; y al contrario, la que es madrugadora, hacendosa y amiga de estar en casa». Dice que «las mujeres usen de trajes honestos, que se adornen con modestia y sobriedad, que no encrespen sus cabellos, ni gasten vestidos muy costosos, sino como corresponde a mujeres cristianas, de modo que su porte inspire castidad y respeto. Que no llamen la atención con canciones y gritos descompasados, porque los pecadores las acechan para su ruina». Y a todos finalmente: «No prestes oídos a palabras deshonestas o necias, ni tampoco a bufonadas: cosas ajenas de cristianos»56.

Con esto quedan suficientemente, explicadas las cosas   -183-   que dañan a la castidad, ya que lo que acabamos de oír contra las conversaciones torpes y chocarreras, cualquiera entiende que se dice contra las lecturas de ese género, cuales comúnmente son las novelas, que por más que se titulen morales, suelen ser inmorales, y si lo son, es pecado leerlas.

A muchos extrañará esta doctrina, pareciéndoles exagerada; pero como nosotros no hemos hecho sino sacarla de los libros divinos y la enseñan todos los santos, esa misma extrañeza prueba la necesidad que hay de inculcarla. Precisamente porque no se practica lo que ayuda a ser castos, y más aún porque no se evita lo que daña, cunde tan generalmente la lujuria. Lo que precipitó a Sodoma en pecados nefandos fue, dice Dios en Ezequiel, «la soberbia, la hartura de comida, la abundancia, la ociosidad y el no socorrer a los menesterosos»57.

Es verdad que si el peligro de faltar a la castidad es ligero o remoto, el ponerse en él, estando resuelto a no consentir en las tentaciones que acaso vengan, no pasa de pecado venial; y si para no evitar ese peligro hay causa razonable, no hay pecado alguno; pero también es verdad que los que viven en lo que llaman el gran mundo, como si dijeran en el gran enemigo de las almas, no son buenos jueces en materia de moral, ni tampoco lo es cada cual de sí mismo, donde hay tanto riesgo de ilusionarse. También se engañan ciertas personas, que si el confesor trata de persuadirles que es imposible contentar a Dios y al mundo, buscan otro y otro Director, hasta que dan con uno de los que dice el Evangelio, que «si un ciego guía a otro ciego, los dos dan en el abismo».

El célebre P. Diego Laínez, en un tratado sobre los afeites y lujo mujeriles, lamenta esa ceguedad de los que, en la dirección de las almas, quieren armonizar con la Doctrina cristiana los usos contrarios del mundo   -184-   y el P. Juan de Mariana escribe en el mismo sentido. Doña Sancha de Carrillo se confesaba, pero seguía dada a la vanidad, tan común en las de su elevada posición. Un día se postró, muy engalanada, a los pies del B. Juan de Avila. El varón de Dios la reprendió, le hizo ver su locura, y desde entonces aquella nobilísima joven fue una santa.

El que no quiere despeñarse a sí y a otros, considere las palabras de Dios, y vea si se componen con ellas lo que generalmente se ve, oye, hace y busca en los espectáculos públicos.

Al tratar de la santificación de las fiestas, quedó sentado que no se prohíben las diversiones buenas, tomadas a su debido tiempo; ahora queremos llamar la atención sobre lo que indica el Catecismo acerca de los teatros, bailes y trajes.

Esas tres cosas, que de suyo no son malas, son ocasión, por el abuso que de ellas suele hacerse, de muchas ofensas de Dios Nuestro Señor y de la perdición de innumerables almas. ¡Ojalá que las personas que lean esta doctrina, se resuelvan a evitar esos daños!

Teatros y bailes.- En 1742, la imprenta Real de Marina imprimió en Cádiz un libro, titulado: Consulta Teológica acerca de lo ilícito de representar y ver representar las comedias como se practican hoy en España, resuelta por el P. Gaspar Díaz, religioso sacerdote y profeso de la Compañía de Jesús. La mitad del volumen son aprobaciones y encomios de prelados y doctores religiosos al autor y a su doctrina.

Ésta la apoya en la Sagrada Escritura, Concilios, santos doctores y hasta en el Derecho civil, de cuyas fuentes toma citas y palabras textuales; y por fin hace una comparación muy oportuna: «Figuraos, dice, que en este país se presentase el siguiente cartel: Quien quisiere aprender reglas y ardides para hurtar con sagacidad, vengarse sin peligro, dar celos y despicarse de ellos, rendir con fuerzas o amenazas, conseguir un imposible amoroso, burlar la vigilancia de   -185-   los padres, comunicarse por un tercero... y otras gracias de esta jaez, acuda a tal casa, envíe sus hijos y criados, desde tal día: pues ése es el teatro». Lo prueba con los mismos títulos de las comedias más famosas, y observa que, a no ser eso, no aplaudiría, ni aun asistiría, el público que de ordinario lo frecuenta.

Va después respondiendo a las objeciones. Dicen que en esto hay opiniones. Contesta que las puede haber en juzgar de tal o cual comedia o baile; pero que todos los doctores católicos convienen en que las comedias que en estos tiempos se representan en los teatros públicos, según el modo y con los agregados, contienen una provocación vehemente a la lujuria y a otros vicios; por consiguiente son ilícitas para los representantes, y para los que voluntariamente van a verlas.

Dicen que los santos padres hablaban contra las comedias gentílicas. Contesta probando que el uso de las malas comedias y bailes data de los gentiles, razón por la cual pueden calificarse de gentílicas; pero que san Agustín, san Isidoro y otros reprobaban las de los cristianos de su tiempo58. A esto añadimos, porque sus vidas y obras recién impresas están a mano, que los beatos Juan de Ávila y Diego de Cádiz predicaron fuertemente, y con gran éxito, contra las comedias y bailes de los siglos XVI y XVIII, en España, donde todos eran cristianos.

Dicen que la autoridad las tolera... Contesta de dos modos: uno, diciendo que el Rey las toleró con ciertas cortapisas, a saber: con previa censura del Ordinario; separación de sexos en el concurso, puertas y vestuario; que medie una tabla defensiva y más de una vara   -186-   de distancia entre el escenario y los primeros concurrentes; que en invierno empiecen a las dos y media, y en verano a las cuatro. El otro modo es, diciendo que puede ser lícito tolerar, para evitar cosas peores, ciertas cosas malas, sin que por esto dejen de pecar los que las hacen o fomentan; así se tolera en algunos países a los herejes y a las mujeres de mala vida.

Dicen que no van para pecar, sino para divertirse. Responde que precisamente el pecado está en divertirse en cosas malas, y en dar dinero para ellas, y mal ejemplo con la misma asistencia. Sólo quien va forzado, y ni se divierte ni muestra recrearse, es quien no peca en espectáculos de esa clase.

Así escribe y razona aquel docto hijo de san Ignacio de Loyola a mediados del siglo pasado, y lo mismo siglo y medio antes, el P. Pedro de Rivadeneira en su Libro de la Tribulación. San Francisco de Sales, quizá el doctor que por su peculiar dulzura, y por el fin que en su Filotea se propuso, se muestra más blando tratando esta materia; no lo es tanto como a primera vista parece.

Enseña, sí, que la santidad no está reñida absolutamente con vivir en medio del mundo y en los palacios; pero es precisamente viviendo en esos sitios, no según las máximas y espíritu del mundo, sino según la doctrina de Nuestro Señor Jesu-Cristo. Según eso, ¿cómo intitula, v. gr., el capítulo 33? De los bailes y pasatiempos lícitos, pero peligrosos. Supone que de los malos no hay que hablar, pues basta decir que son malos, para entender que es pecado recrearse en ellos. Pues de los que en sí no son malos, dice que, según el modo ordinario con que se tienen, son muy propensos al mal, y, por consiguiente, llenos de riesgo y peligro; y luego pone tales condiciones para evitar en ellos el pecado, que quien las cumpla, bien seguro es que no frecuentará los teatros ni los bailes. De una señora sé yo que, obligada a asistir al teatro, se estaba en un rincón de su palco haciendo calceta.

  -187-  

Pero valga la verdad: ¿qué no diría el P. Díaz antes citado, y aun el suavísimo san Francisco de Sales, si vieran los espectáculos modernos? ¡Los teatros con los trajes, o desnudez, provocativos, y los bailes en que voltean agarradas o abrazadas personas de diferente sexo! Los misioneros de Filipinas escriben, que aun los salvajes bailan a distancia el hombre de la mujer y los ojos fijos en la tierra, y que sólo cuando al fin se embriagan, se parece su danza a las que por aquí se estilan.

Ni hablo únicamente de lo que se ve y oye en el escenario, sino de las circunstancias todas que lo rodean, encaminadas, no a recrear honestamente el ánimo, sino a deleitar cuanto más se pueda los sentidos y a despertar, por lo mismo, las malas pasiones.

Gaume, en su Catecismo de Perseverancia, tomo IV, lección 52, aduce contra los bailes testimonios, no sólo de santos, sino de impíos antiguos y modernos. ¿Qué padre, no digo piadoso, pero que estime a su hija o a su esposa, le permite en casa cualquiera de las actitudes y gestos de los bailes modernos? Si la prohíbe hablar a solas hasta con ocasión de futuro matrimonio, ¿cómo deja a esa joven a merced de quien aguarda esa ocasión para perderla? La mayor parte de esos hombres, ¿cuántos años hace que ni ponen el pie en la iglesia? Ya no dura la diversión hasta media noche, sino hasta amanecido el día.

Esas noches pasadas en el baile, alternando con el canto muelle y la bebida, hasta los paganos las miraban como indignas de cualquiera persona sensata. Y si a todo lo dicho se añade el disfraz, en que se finge el sexo con el traje, cosa que Dios llama abominable59, se disimula la persona con la voz, y la careta o dominó oculta los efectos más espontáneos del pudor, ¿quién calculará los daños a que esto se presta en un baile de máscaras? Pregunto yo: si en los teatros y   -188-   bailes hubiera para el cuerpo los peligros que los santos dicen hay comúnmente para el alma, ¿no dejarían de asistir muchos de los que van hoy día? Aunque la verdad es que hasta para la vida corporal hay peligro.

Díganlo si no las muchísimas personas que en pocos años han muerto abrasadas o atropelladas en los incendios de los teatros; y los médicos, que a ese hacer noche del día y día de la noche, y a esos violentos saltos y carreras giratorias atribuyen tantas nuevas dolencias al corazón, a la cabeza y a los nervios60. El 31 de diciembre de 1895, a media noche, quedó muerto en Madrid un oficial en los brazos de la pareja con que valsaba.

Trajes.- La necesidad de cubrirnos, por decencia y por abrigo, es efecto del pecado original, y un preservativo de nuevos pecados y de muchas dolencias; mas he aquí que el enemigo de todo bien hace de los trajes, con el lujo y la inmodestia, un incentivo de pecar y un lazo en que coge a muchas almas. Miran generalmente las mujeres, como lo más natural a su sexo y del todo inocente, el mostrarse al público con los mayores atractivos exteriores que puedan, cifrando en ello su mérito y su suerte.

Otro es el juicio de Dios, como arriba se dijo, y en más que eso se estima la señora verdaderamente cristiana. «Falaz es la hermosura, dice Dios, y vana. La mujer temerosa de Dios, es la que merece alabanza». Algunas no ponen más tasa al lujo que el de su caudal, o, mejor dicho, el de su capricho; pero los apóstoles san Pedro y san Pablo encargan a la mujer cristiana que no lleve el cabello rizado o ensortijado, ni joyas de oro y pedrería, ni vestidos preciosos; sino que adornándose con modestia y con moderación para agradar al propio esposo, sin gran costo, sean   -189-   sus galas modestas para que constituyan su principal atavío las virtudes interiores61.

La Iglesia reconoce, sí, como ordenada por Dios, la distinción de clases, y no tiene por lujo culpable en unas personas lo que lo es en otras; pero en todas reprueba el espíritu mundano, que pone entre los primeros gastos los del lujo, y tiende a sobresalir entre todos, entablándose una verdadera competencia sobre quien va más ricamente alhajada, y atrae a sí las miradas y simpatías del público.

En nuestras antiguas leyes las hay que ponen coto al lujo, y el P. Félix, tan célebre por sus conferencias de París, prueba en una que el lujo de este siglo es efecto de las tres concupiscencias que corroen nuestra sociedad, y causa de que cada día produzcan más funestos estragos. En Prusia, la Emperatriz, con ser protestante, se ha puesto al frente de una asociación de señoras, que con su ejemplo quieren poner un dique a ese torrente devastador.

Ésa es moda digna de imitarse. ¡Las modas! No quiero aquí ridiculizarlas; baste compadecer a las personas que son juguete de cualquier figurín, si viene de París o de Londres, despreciando los usos del propio país, y amortiguando el amor a la patria. Pero ¿cómo pueden justificarse los gastos de mera vanidad, y generalmente excesivos, que trae el prurito de vivir a la última moda, que un sastre o modista parisiense cambia a cada paso? ¡Y qué si esa moda es inmodesta! Reparen las señoras cristianas que los que en este siglo dan el tono a las modas y a la sociedad del gran mundo, suelen estar de acuerdo con los sectarios, los cuales se proponen corromper las costumbres para arrancarnos la fe! Hay modas que no puede seguir un cristiano, y hace poco lo ha recordado a las señoras romanas el cardenal Vicario.

Siempre será pecado lo que Dios reprende severísimamente   -190-   en Isaías, a las que «alhajadas de pies a cabeza con costosas y brillantes preseas y exhalando perfumes, andaban llenas de vanidad, erguido el cuello, llamando la atención con su mirar intencionado, su andar acompasado, y sus voces y meneos provocativos»62. Necias, ¡de cuántos pecados son causa en los que las miran y contemplan! ¡De cuántos castigos que Dios envía a los pueblos!

Los refiere aquel profeta, y entre nosotros está fresca la memoria de un caso parecido: el naufragio horrible y hasta hoy cubierto de misterio del Reina Regente a la vuelta de Marruecos, donde condujo al Embajador moro. Pocos días antes se le había obsequiado en la Corte con un gran banquete; algunas señoras se ataviaran con unas medias lunas, y en traje que escandalizó a aquel sectario de Mahoma. ¿Por qué, dijo, estas mujeres se cubren las manos con los guantes, y en lo demás van tan desnudas? Un escritor moderno hace una observación parecida: Las mujeres entran vestidas en el baño, y esto es laudable; ¡pero se desnudan en el teatro y en el baile!

Nadie finja escandalizarse al leerlo; el escándalo no es señalar en un Catecismo el pecado, sino el cometerlo.

El traje tan escotado y por añadidura corto, que muchas usan en bailes que llaman de etiqueta, es intolerable en una señora cristiana. En los países heréticos revivió ésa y otras modas gentílicas; de ellos pasó a Francia en el siglo XVI, y de Francia a España.

Los varones santos y doctores reprenden acremente ese pecado. San Alfonso María de Ligorio63, doctor   -191-   de la Iglesia, enseña que peca mortalmente quien introduce la moda del escote bajo; también la que, siendo inmoderado, lo lleva; y por fin, que será pecado venial, si es moderado, si está en uso, y si no se trae con intención deshonesta. ¿Está en uso el escote aun moderado? No lo está, pues no es ése el traje común de la mujer española. Vergüenza da decirlo, pero ¡ojalá la diera el hacerlo! Los españoles enseñamos a los indios que se cubriesen; y la impía civilización quiere introducir en nuestras costumbres trajes de que hoy se ruborizarían las indias. Por eso dice el que no yerra: que «quien quiere ser amigo de este siglo, por ello mismo se constituye en enemigo de Dios»64.

Pero ocurrirá que esta doctrina hace imposible a las jóvenes colocarse ventajosamente. Se responde en primer lugar, que siendo esa doctrina de Dios, no puede impedir nada bueno; y que si algún bien temporal impide, lo compensa sobradamente con los males de todas clases que evita, y los bienes que proporciona. Pero ¿qué?, más que un enlace ventajoso, estorbará muchos encuentros funestos con algún impío, disoluto, jugador y gastador, o cuando no, casquivano y ocioso, cuales abundan entre los mundanos. Brille la mujer por sus virtudes, adórnese, si se quiere, modestamente, y espere confiada en la Providencia de Dios, de quien son las palabras siguientes: «Buena dote es la mujer buena, y se dará al varón temeroso de Dios en premio de sus buenas obras»65.

Sé yo de un joven que viajó a una de las ciudades principales de España con ánimo de buscar esposa, y se volvió a Madrid sin haber podido tratar a solas, como él pretendía, con ninguna señorita. ¿Acaso en población tan cristiana dejan de encontrar las jóvenes buenos consortes? Entre los secuaces del gran mundo, inclusos los que frecuentan las iglesias, se tiene, vergüenza   -192-   da decirlo, por punto menos que imposible la conservación de la inocencia y de la castidad virginal hasta el matrimonio; y, sin embargo, esto es muy común en los pueblos donde no han permitido la entrada a esa pestilencial corrupción moderna, y en las misiones o reducciones de indios ya cristianos.

Los que rezan y acuden las fiestas a la iglesia, son sobrios y trabajan, viven en familia, visten y se divierten a sus tiempos honestamente; no sólo suelen guardarse castos antes y después de casados, sino que es muy común no encontrar en ello dificultad notable. Esto parecerá a muchos inverosímil, pero es verdad; y prueba que aun habiendo el hombre pecado en Adán, es suave el yugo de Cristo para el buen cristiano, bien que sea duro e insoportable para los que neciamente pretenden conservar ahora la gracia de Dios, como acaso pudieran en las delicias del paraíso terrenal y estado de la inocencia primitiva.

¿Piensan esas personas en que nuestra carne es el mayor enemigo del alma? Estando en nuestra sociedad tan escandalosas las diversiones públicas, sobre todo el baile, el teatro y el circo, ¿por qué no se reúnen las familias cristianas y se divierten a su tiempo entre sí honestamente, como lo hacen los jóvenes de algunos buenos círculos y colegios? Lo que san Agustín escribió a los malos cristianos de su siglo, parece escrito para nosotros: «¡Oh locos! ¿Qué ceguedad o más bien qué furor es el vuestro, que llorando el mundo entero vuestra ruina, vosotros vais y llenáis los teatros, cada vez más inmorales? En vez de aprovecharos del castigo, os hacéis peores»66.



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Lección 32.ª

Sobre el séptimo Mandamiento


P.- Os pregunto: ¿Quién lo cumple?

R.- El que a nadie daña injustamente en los bienes, ni contribuye a que otro dañe.

P.- Al que retiene o causa daño, ¿basta confesarse?

R.- No, si no paga pronto lo que debe, o a la menos la parte que puede.

P.- Y el que no puede, ¿que hará?

R.- Procurarlo cuanto en sí fuere.

Se causa daño en lo que llamamos vulgarmente bienes de fortuna: 1.º, cogiendo lo ajeno, sea a escondidas, sea con violencia. Este segundo modo añade al hurto nueva malicia, y es rapiña, por la injuria que se hace a la persona misma; 2.º, reteniendo lo ajeno, aunque yo no lo haya robado, más aún, aunque nadie lo haya robado, v. gr.: si tengo algo que yo creo ser mío, y luego descubro ser ajeno; 3.º, destruyendo lo ajeno o perjudicándolo, v. gr.: los pastos o ganados, campos o aperos, o con moneda falsa, o si el trabajador, sirviente o empleado no llenan sus servicios, y cobran su salario entero, o si llenándolos se les niega. Se dice injustamente, esto es, contra el derecho y voluntad racional del dueño; y así no peca quien hallándose en extrema necesidad, coge lo necesario para no perecer; y por el contrario hurta quien no trabaja o finge pobreza, para vivir de limosna. No peca quien no teniendo otro modo de recuperar lo suyo, se compensa ocultamente, cogiendo otro tanto al que no quiere devolvérselo; pero peca quien por propia autoridad daña a quien le daña, v. gr., rompiéndole los cristales o las tejas. También hurta quien roba a un rico avaro o derrochador, porque por más que él peque, no por eso dejan de ser suyos los bienes; y aunque los poseyera   -194-   contra justicia, no toca a un particular el hacérsela.

Se contribuye al hurto o daño mandando, aconsejando o ayudando de cualquier otro modo, v. gr., un criado o un guarda, que pudiendo evitar el daño del amo, no lo evita; o el amo que no evita el daño que los suyos hacen a otro.

Esto supuesto, la confesión perdona a quien está arrepentido con propósito de no pecar; y el que no restituye cuando y cuanto puede, no tiene tal arrepentimiento ni propósito.

Nada más justo que el restituir; y cada cual lo juzga así, cuando a él le perjudican. Hay que resarcir al perjudicado o a sus acreedores y herederos, no sólo dándoles lo suyo, sino reparando los daños que con culpable injusticia se les ha causado, v. gr., difiriendo la restitución o la paga, privando a una familia de quien la sostenía, y de otros modos. Peca quien, pudiendo en vida restituir, lo deja para el testamento, y no es restituir el darlo a los pobres o a las ánimas. Esto vale cuando no queda otro arbitrio, o si el daño es pequeño.

En este último caso, el pecado de hurto es venial, y también el de no restituir, si bien hay que evitar dos engaños: uno sería pensar que es venial hurtar una gran cantidad a un potentado, porque apenas lo siente; y otro, tener por venial el reunir una gran cantidad con hurtos pequeños; porque aquí vale el refrán: Muchos pocos hacen un mucho.

El robar a uno lo que sería suficiente al gasto diario de él y su familia, si la tiene, es pecado mortal, y si a tanto no llega el hurto, o el daño, será venial. Por tanto, robar una peseta y aun menos, puede ser pecado mortal, si tan pobre es a quien se roba, y ser venial el hurto de algunas pesetas. Sépase, empero, que en los muy ricos o en una sociedad pujante no se atiende sólo al daño que se les causa a ellos, sino al que resultaría a todos en general, si se multiplicaran   -195-   los hurtos, y así los doctores católicos enseñan que hoy día sería mortal, respecto de cualquiera, perjudicarle en 20 o 30 pesetas67.

La obligación de restituir corre en primer término a quien hizo culpablemente el daño, o a quien tiene lo ajeno; pero si éstos no resarcen al dueño, deben resarcirle proporcionalmente los cooperadores en el crimen; y es lícito restituir, en vez de mi acreedor al acreedor de éste, si no tiene modo de recobrarse, o si lo hago para recobrar yo el precio que le di por lo que pensé ser suyo.

El robo, a más de ser un pecado abominable a Dios y a los hombres, es una necedad, pues, no hay remedio; para ponerse bien con Dios, es preciso despojarnos de cuanto no es nuestro, y hasta de las ganancias que de ello nos quedan, y si se ha poseído de mala fe, resarcir de los daños al dueño.

Así, v. gr.<