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    Explicación del catecismo católico breve y sencilla
     por el R.P. Ángel María de Arcos
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Apéndice

Lazos de los sectarios; doctrina católica contra el liberalismo, francmasonería y otras sectas; remedio en el Sagrado Corazón de Jesús; señales del fin del mundo


Estos puntos trata aquí el Catecismo.

M.- Bien sabido este apéndice, las personas de letras han de estudiar con detención el Syllabus de Pío IX con sus Encíclicas y las de León XIII, que se venden en las librerías católicas, y también pueden verse en el Boletín de la diócesis179.

A los que estudian el Syllabus de Pío IX y las Encíclicas de León XIII, esos mismos documentos servirán de explicación y juntamente de pruebas las más autorizadas de cuanto contiene este Apéndice; y si a ese estudio añaden la lectura de las Pastorales con que los obispos han explicado a los fieles la doctrina del Papa, y la de alguno, entre los muchos libros que, con aprobación de la autoridad eclesiástica, han tratado estas materias, entonces podrán darse por sólida y suficientemente instruidos en ellas. De esos libros, el más autorizado acerca del liberalismo es el del señor D. Félix Sardá y Salvany, El Liberalismo es pecado, pues tiene la aprobación, no sólo del Ordinario, sino de la Sagrada Congregación del Índice, y esto en juicio contradictorio. El mismo insigne defensor de la   -420-   Doctrina católica tiene varios opúsculos de lo que son los masones, del masonismo y de otros muchos asuntos, tratados con solidez, oportunidad e inimitable encanto. Para hombres de letras ofrecen especial interés Los Casos de conciencia, por P. V.; El Reinado social de Nuestro Señor Jesu-Cristo, por D. Santiago Ojea, y por no alargarnos en más citas que en esos autores pueden verse, sólo indicaremos dos más que años ha publicamos. El uno se titula así: ¿Es lícito a un católico ser liberal en política? El otro: La Norma del católico en la sociedad actual180.

Aquí, según la índole del presente escrito, nos limitaremos a explicar y reforzar alguna que otra respuesta.

P.- ¿Hay más Doctrina cristiana que urge sepa ya el pueblo católico?

R.- Sí, padre; la que enseña el Concilio Vaticano y el Papa contra los errores y peligros de estos tiempos.

P.- ¿Qué herejías y errores?

R.- Al explicar el primer Mandamiento del Decálogo se dijeron los nombres de sus sectarios.

Los cánones del Santo Concilio Vaticano los trae La Norma del católico antes citada, y al fin de este libro reproduciremos el Syllabus o resumen de los errores modernos condenados por Pío IX, y las excomuniones vigentes que interesan al común de los fieles. Ahora aclararemos lo que el presente apéndice enseña contra los sectarios.

P.- ¿Qué lazos tienden éstos a los católicos?

R.- Tres principalmente, a saber: desautorizar a la Iglesia, ofrecer dinero y corromper las costumbres.

P.- ¿Cómo tratan de desautorizar a la Iglesia?

R.- Dejándola pobre y calumniándola.

P.- Pues la pobreza entre cristianos, ¿no da autoridad?

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R.- La da y la quita.

P.- ¿Cómo así?

R.- La da al rico que reparte su hacienda; pero la quita al sacerdote a quien se fuerza a pedir, e imposibilita el socorrer; y al culto, que con la pobreza resulta, no sólo indigno de la Majestad divina, sino despreciable para los más.

P.- ¿Pues los Apóstoles no eran pobres?

R.- Según y cómo.

P.- ¿Qué queréis decir con eso?

R.- Eran pobres cuando Cristo los llamó a seguirle; y pobres de espíritu fueron siempre, porque no buscaban riquezas, y vivían pobremente.

P.- ¿Y en qué sentido no fueron pobres?

R.- No eran pobres, porque, después que Cristo subió al cielo, tenían mucho, que espontáneamente les daban los ricos convertidos a la Fe cristiana, y que ellos repartían entre los necesitados.

El desautorizar a la Iglesia tiende a que los cristianos la desprecien, y no hagan caso de ella; el dinero, a que se aficionen a los sectarios; y la corrupción, a ambos fines, porque el vicioso fácilmente aborrece a quien le reprende, que es la Iglesia santa, y se va con quien le aplaude y ayuda en los vicios, como hacen los sectarios.

El robo de los bienes eclesiásticos enriquece a los sectarios, que así gozan de lo que otros adquirieron, tienen con qué comprar secuaces, y hacen odiosa a la Iglesia. Porque como ese robo sacrílego lo revisten con el manto de la legalidad, el vulgo ignorante que no sabe Historia, cree, porque lo ve escrito en letras de molde, que la Iglesia acaparó esos bienes como pudo, y que en sus manos eran infructuosos. La Historia prueba todo lo contrario, a saber: que nadie adquirió sus bienes con mejor derecho que la Iglesia, ni nadie los utilizó más; pues los empleó, no sólo en mantener el culto y clero, que para ese fin principalmente se los dieron los fieles, sino también en socorrer toda suerte de necesidades, particulares y públicas.

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Una vez que han hecho pobre al sacerdote, y que han quitado a muchos la voluntad de socorrerle, le insultan si se busca con qué vivir, y le presentan como avaro si no da largamente a los pobres.

Y para dar algún tinte de piedad a su hecho, y alucinar a los fieles, devotos y sencillos, apelan a la pobreza de los Apóstoles. ¡Hipócritas! ¿Cómo alegáis el ejemplo de los Apóstoles, cuando despreciáis al mismo Cristo y a su Iglesia? ¿Querréis que el Vicario de Cristo muera en una cruz como Cristo y su primer Vicario, y que los obispos sean mártires como lo fueron todos los Apóstoles? Pero si tanto celo tenéis de que se reproduzcan los hechos de la primitiva Iglesia, ¿no habíais vosotros de ser los verdugos como Caifás, Pilatos y Nerón? Lo que todos, clérigos y legos, hemos de imitar en aquellos primeros cristianos, es el desprendimiento generoso para dar, cada cual de lo suyo, a la Iglesia y a los pobres.

Si la Iglesia o algún rico posee lo vuestro, probádselo en justicia, y no imitéis a los que asaltan diciendo: o la bolsa o la vida; y llaman a ese grito, ley de desamortización.

P.- En cuanto a la calumnia, ¿qué principio guía a los sectarios?

R.- El de uno de sus primeros jefes: Calumnia, calumnia, que algo queda.

P.- ¿Qué ha de hacer un católico cuando se deshonra a un sacerdote?

R.- Lo que un buen hijo cuando se deshonra a su padre.

P.- ¿Y si la falta del sacerdote es patente?

R.- Compadecerle y no imitarle.

P.- ¿Es lícito entonces despreciarle?

R.- El hijo no desprecia al padre, por malo que éste sea.

P.- ¿Y despreciar al sacerdocio?

R.- Mucho menos; sería como despreciar la medicina, porque hay más o menos médicos sin ciencia ni conciencia.

Sabido es de quién es el dicho: Mentid, mentid, que   -423-   algo queda. Y qué verdad que queda algo, y no sólo algo, sino mucho. ¿Qué sabe la casi totalidad de los lectores si es mentira o verdad lo que leen? Lo que parece mentira, y es verdad, es que se crea cosa alguna dicha o escrita por quienes profesan aquella infame máxima. ¡No se cree a un mentiroso en negocios que tocan a los propios intereses, y se cree a los que hacen alarde de mentir contra las personas de la Iglesia! Lo que parece mentira, y es verdad, es que esa prensa mentirosa por sistema, la lean y paguen muchos cristianos, y ¿qué digo cristianos? ¡Nadie que conserve un rastro de hombría de bien habría de mirarla! Y, en fin, lo que parece mentira, y es verdad, es que algunos católicos crean antes a esos sectarios que a los católicos, y a los obispos, y al Papa, cuando éstos les avisan que aquéllos mienten en daño de la Religión, y con grave peligro de quien los lee.

Preguntará alguno cuáles son esos libros o periódicos sectarios. A lo cual se responde que es imposible contarlos, y que cada día aparecen otros nuevos. La prensa diaria europea está en su mayor parte vendida a las sectas. En general, puede juzgarse por sectarios a cuantos suelen referir con fruición crímenes de religiosos y clérigos; los que estorban a los prelados educar el clero y castigar al que delinque, para luego aplaudir al eclesiástico que logran hacer suyo, y calumniar al que permanece firme en su deber. Y a pesar de todo, en la estadística criminal, donde no cabe tan fácilmente la calumnia, el estado eclesiástico y el religioso aparecen, entre todas las clases de la sociedad, la más morigerada181.

Además, nótese bien esta diferencia entre un predicante de herejías y un predicador católico. El hereje quiere persuadir una doctrina nueva, inventada por   -424-   un hombre soberbio, rebelde, perverso, cuales fueron todos los heresiarcas o autores de sectas; y esto basta, entre otras razones, para que huyamos de él y despreciemos sus palabras; el segundo, al contrario, predica una doctrina que creemos firmemente ser verdadera y divina, no porque él lo dice, sino porque es la que enseña la Santa Iglesia, fundada por Nuestro Señor Jesu-Cristo y sus santos Apóstoles, y Madre de cuantos santos existen. Por lo cual, aunque ese sacerdote sea tal vez vicioso, ni despreciamos su ministerio ni menos la doctrina que predica. Esto mismo pone en evidencia por un lado la maldad de quien no la practica, y por otro la verdad y santidad de la Iglesia católica, que en nada aprueba lo malo.

Los doctores de la Ley, escribas y fariseos, eran generalmente perversos; con todo, cuando enseñaban la ley de Moisés, decía el Señor a los judíos que conformasen la propia conducta con lo que les predicaban, pero no con lo que obraban. Mas en cuanto aquellos mismos doctores retraían al pueblo de abrazar el Evangelio, avisó que ellos y los que los siguiesen, darían, como ciegos, en la hoya de los infiernos. Así nos enseñó a escuchar con docilidad la buena doctrina aunque salga de labios de un mal sacerdote; al paso que a no oírla si éste llega a enseñar cosa opuesta a la doctrina católica, dejando por el mismo hecho de ser predicador católico. En semejante caso se acude al Obispo o al Papa.

P.- ¿Debe mucho a la Iglesia la sociedad civil?

R.- La Iglesia dio a las naciones con la Religión la civilización verdadera, y a la Iglesia deben hoy lo que de una y otra conservan.

Esta respuesta del Catecismo es un hecho que sabe cualquiera que ha leído la Historia. ¡Quién, sino la Iglesia, enseñó al mundo la caridad, vínculo de santo amor entre Dios y el hombre, y entre hombres de toda raza y condición! ¡Quién al mundo pagano a tratar   -425-   con decoro a la mujer, con amor al niño y con humanidad al esclavo! ¿Quién civilizó a los bárbaros del Norte? ¿Quién a los indios salvajes? ¿A quién acudió Napoleón I para restablecer el orden social, sino a Pío VII? ¿Y quién sino el Papa opone hoy un dique a la revolución impía y corruptora, y a las hordas del socialismo y comunismo, al paso que defiende los derechos del obrero y del pobre? Léase, por citar alguno, a Balmes en El protestantismo comparado con el catolicismo, donde prueba con evidencia que aquél fue una rémora a la civilización que éste promueve.

P.- ¿A qué libertad es contraria la Iglesia?

R.- A la falsa, cuyo propio nombre es libertinaje.

P.- ¿Es tiránica la Iglesia cuando prohíbe las herejías y castiga al que las esparce?

R.- No; como no es tiránico el rey que castiga al ladrón, asesino o sedicioso.

P.- ¿Se opone la Iglesia al progreso y a la civilización?

R.- Antes protege todo verdadero progreso y toda buena civilización.

P.- ¿Según eso, la Iglesia no se opone sino al error y al vicio?

R.- Así es, y a lo que a eso conduce.

P.- ¿No dicen las sectas que ellas son las que esparcen la luz y la probidad?

R.- Sí, pero las sectas llaman luz a las tinieblas, verdad al error, libertad a la licencia, progreso a la impiedad, civilización a la rebelión y corrupción; en suma, bueno a lo malo y malo a lo bueno.

P.- ¿No achacan eso mismo los sectarios a la Iglesia?

R.- Por eso es imposible ser católico, y juntamente sectario.

Para los sectarios y revolucionarios, el mayor enemigo en el mundo es la Iglesia y cualquiera autoridad que los refrene, y por eso llaman tirano a ese poder. Para ellos lo bueno es la herejía, la rebelión y la disolución; para eso reclaman impunidad, rebozándose, no por vergüenza, sino para engañar a los que   -426-   aún la conservan, con esos hermosos nombres de libertad, ciencia, progreso y civilización. No es tan opuesta la noche al día, como ser a la vez sectario y católico.

P.- ¿Cómo sabemos nosotros que ellos son los descaminados?

R.- Por todas las razones que nos demuestran ser la Iglesia una Maestra divina, sentado lo cual, creemos o rechazamos cuanto la Iglesia cree o rechaza.

P.- ¿Qué razones son ésas?

R.- Quedan apuntadas en este Catecismo, y además por los frutos se conoce el árbol.

P.- ¿Qué significa eso?

R.- Que basta observar los frutos de los que viven según la doctrina católica y de los que viven según la sectaria, para persuadirse que aquélla es de Dios y ésta del diablo.

P.- ¿Pues no hay católicos malos?

R.- Sí, pero son los que no practican la Doctrina católica.

Al explicar el Credo se apuntaron las razones por que debemos creer que Dios vino al mundo y fundó la Iglesia católica romana para que nos enseñe el camino del cielo.

La vida de los católicos santos prueba que la Iglesia es santa y por ende obra de Dios, al paso que la vida de los católicos malos no prueba que la Iglesia sea mala; y la razón de esta diferencia consiste, en que los primeros son santos precisamente porque cumplen lo que la Iglesia ordena, y los segundos son malos porque no lo cumplen.

P.- ¿De qué árbol es fruto lo que llaman civilización moderna o liberalismo?

R.- Del árbol sectario.

P.- ¿Son parte de ese fruto los asombrosos adelantamientos de las ciencias físicas, exactas, astronomía y química, el vapor, la electricidad, etc.?

R.- No por cierto; porque esas cosas no tienen nada que ver con el liberalismo.

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P.- ¿En qué, pues, consiste esa civilización o liberalismo?

R.- En los errores que a fines del siglo XVIII proclamó la gran revolución, conocidos con el nombre de principios del 1789.

P.- ¿En qué se resumen?

R.- En desentenderse de Dios y de su Iglesia, en todo o en parte, para el gobierno de los pueblos.

Esto es preciso poner bien en claro. La revolución francesa se hizo al grito de libertad, igualdad, a cuyo lema se añadió luego la voz fraternidad; ya explicamos antes el sentido que daban a esa divisa. Su intento era destruir todo lo existente, que les impedía sus planes; destruir toda autoridad, las clases sociales y la patria, para levantar ellos sobre esas ruinas su tiranía, su jerarquía y su nacionalidad sectaria. Los secuaces de ese sistema demoledor se disfrazaron con el nombre de filósofos. Sentaron sus principios, que son los del 1789, en la que apellidaron Declaración de los derechos del hombre, y precede a la Constitución francesa de 1791182. Esos principios esparcieron por nuestra patria, como por otras naciones, los oficiales del ejército de Napoleón; y en España, mientras nuestros padres, fieles a Dios, a su Rey y a su patria, vencían al tirano invasor en el campo de batalla, algunos españoles, traidores a Dios, al Rey y a la patria, adoptaron en las logias sectarias los principios impíos de la revolución francesa; y mezclándose entre los constituyentes del año 12, lograron arteramente inocular en aquella Constitución su veneno. España los apodó de afrancesados, al modo que aquella guerra se llamó la francesada; pero ellos, sacudiendo de sí la afrenta, motejaron a los demás de serviles, inventando para sí el nombre de liberales183. Desde entonces quedó este   -428-   mote a los partidarios de los principios de la revolución, y a su sistema se denominó por sus jefes ya triunfantes, liberalismo, progreso, civilización moderna, cuando debió siempre conservar su nombre de revolución impía y afrancesada.

Ahora bien, como mientras rige ese nuevo sistema, han ido verificándose extraordinarios adelantos en las ciencias exactas y físicas, así como en su aplicación a los usos de la vida social, lo cual de suyo es un progreso, y un medio o un adorno para la civilización; de ahí que algunos, o por malicia o por ignorancia, lo confunden todo. Unos dicen: la Iglesia no condena esas invenciones, luego tampoco la civilización moderna, ni el progreso, ni aun ese liberalismo; otros, al oír que el católico ha de renunciar al liberalismo y civilización moderna, se imaginan que habrán de renunciar también a esos adelantos. La verdad es que ni ésos ni otros progresos semejantes tienen nada que ver con el liberalismo, ni con lo que en esa materia llaman progreso o civilización moderna, a que León XIII, para evitar ambages, llama Derecho nuevo. Es más, nada tienen que ver con el liberalismo ciertas libertades que en el terreno meramente político gozan hoy algunas naciones, como las gozaron siglos antes de que hubiese liberalismo, y que por ende no pueden llamarse propiamente libertades modernas. Aquellos inventos no deben al liberalismo sino el abuso que de ellos hace, v. gr., no armonizando el uso de los trenes con la guarda de los días festivos; y en cuanto a las libertades meramente políticas, el haberlas introducido por medio revolucionario y desastroso, ampliándolas además o cercenándolas, sin miramiento a la Religión y a la justicia.

No reniegan los liberales de su abolengo. En 1889 se celebró en París el centenar de la revolución y de los principios de 1789, y vimos acudir, no como meros curiosos, sino como adictos al impío centenar, liberales de todos los países, y también una representación de nuestro gobierno.

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El Catecismo dice en qué se resume o cuál es la base y raíz de los errores liberales; y el papa León XIII lo enseña a todos con una frase, que incluyendo una comparación, expresa al vivo la verdad de la cosa, y dice: «En realidad, lo mismo que en filosofía pretenden los naturalistas a racionalistas, pretenden en la moral y en la política los fautores del liberalismo»184. El racionalista filosofa según su talante sin respeto a lo que Dios y su Iglesia nos dicen, lo cual el Concilio Vaticano condena de herético; pues lo mismo obra el liberal tratándose de leyes y gobierno: si proclama que en la política nada hay que contar con Dios y con su ley, pertenece al partido radical o exaltado; y si sólo admite esa independencia en punto a las verdades reveladas, al moderado, que en muchas partes se llama conservador.

P.- ¿Puede la Iglesia admitir esa política?

R.- Jamás, porque Jesu-Cristo dijo que nunca los poderes del infierno prevalecerían contra la Iglesia.

P.- ¿Y por qué más?

R.- Porque es irracional y diabólica, pues se funda en el desprecio de Dios y de su Iglesia.

P.- ¿No hay un grado de liberalismo que sea católico?

R.- Así lo han llamado sus partidarios; pero la Iglesia enseña que lo que llaman liberalismo católico, no es católico.

P.- ¿Conque no hay grado del liberalismo que sea bueno?

R.- No lo hay; porque el liberalismo es pecado mortal, y esencialmente anticristiano, sólo que algunos llaman liberalismo a lo que no lo es.

P.- ¿Está ligado el liberalismo a alguna forma de gobierno?

R.- No; que una monarquía puede ser liberal, y católica una república, según los principios en que se apoya una u otra.

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El no hacer caso de lo que Dios y su Iglesia enseñan y mandan, equivale a despreciarlos; de modo que si la Iglesia admitiera la política liberal, entonces la Iglesia habría renegado del Santo Evangelio por seguir lo que el mundo quiere, lo cual sería contra la promesa de Jesu-Cristo.

Lejos de aprobar esa política irreligiosa, enseña León XIII «que no puede ser lícito a la sociedad lo que es ilícito al hombre privado»185; «que es absurdísimo que el ciudadano respete a la Iglesia, y el Estado la desprecie»186.

Hubo liberales que reprobando con los católicos la política liberal, pretendieron que la Iglesia debe condescender con los tiempos y reconciliarse con el liberalismo, siquiera sea por no formar fuera del concierto de tantas naciones, y no cortar el vuelo al progreso: llamáronse católico-liberales. Nombre absurdo, como decir pío-impío, obediente-rebelde. Esos ilusos hubieran sin duda aconsejado a los Apóstoles y demás primeros cristianos, que, reprobando el paganismo, condescendiesen, no obstante, con los tiempos, y se llamasen, no cristianos a secas, sino cristiano-paganos, con lo que todos vivieran en concierto; ¡y lo mismo más tarde llamándose católico-arrianos y católico protestantes, católico-jansenistas, católico-filósofos! Todo el Evangelio y la misma razón claman contra absurdo tamaño. Una cosa es tolerar el mal que no se pueda evitar sin otro mayor, y esto lo ha hecho siempre la Iglesia, y enseña a sus hijos que lo practiquen; y otra, el condenar por una parte un error a un sistema, como opuesto a la doctrina de Cristo y por muy dañoso a las almas, y por otra dejarlo correr porque así place al mundo.

Pío IX, después de condenar en el Syllabus uno por uno los errores de los liberales, tanto del partido radical   -431-   como del moderado, condena los de esos que pretenden ser católicos y liberales, y esa misma condescendencia o reconciliación que sueñan, y dice:

«Errores relativos al liberalismo de nuestros días

»LXXVII. En esta nuestra edad no conviene ya que la Religión católica sea tenida como la única religión del Estado con exclusión de otros cualesquiera cultos.

»LXXIII. De aquí que laudablemente se ha establecido por la ley en algunos países católicos, que a los extranjeros que vayan allí, les sea lícito tener público ejercicio del culto propio de cada uno.

»LXXIX. Es sin duda falso que la libertad civil de cualquier culto, y lo mismo la amplia facultad concedida a todos de manifestar abiertamente y en público cualesquiera opiniones y pensamientos, conduzca a corromper más fácilmente las costumbres y los ánimos, y a propagar la peste del indiferentismo.

»LXXX. El Romano Pontífice puede y debe reconciliarse y transigir con el progreso, con el liberalismo y con la moderna civilización».



Todo eso condena el Papa. Mas ¿qué hicieron entonces los liberales? Al ver condenados solemnemente por la Iglesia sus errores, y el mismo liberalismo en todos sus grados, algunos se declararon en abierta rebelión, con el nombre de católicos viejos; otros renunciaron públicamente al liberalismo, y de éstos fueron en España D. Cándido Nocedal y el Marqués de Valdegamas; y no pocos se lisonjearon de haber hallado un salvo conducto en el nombre de católico-liberales, para militar a la vez en las filas de los católicos y en las del liberalismo. Pío IX declaró a la Iglesia entera que los católicos viejos no eran sino protestantes nuevos, y que los católicos liberales eran verdaderos liberales y católicos falsos.

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Dijo en repetidos y solemnes actos que con el nombre de liberalismo había precisamente condenado el error de los católico-liberales, y el que se pudiese ser lo uno y lo otro; exhortó a los católicos que se cautelasen más de ellos que de los radicales, porque si el error de éstos es peor, el de aquéllos es más peligroso187.

Los obispos de todo el orbe católico se hicieron eco de las enseñanzas del Papa, y publicaron el Syllabus. Entre otros el de Ávila, que murió Arzobispo de Valladolid, Fr. Fernando Blanco, declaró: que si hasta entonces en España habían muchos llevado el nombre de liberales, pensando no ir en ello contra la profesión de católicos, de allí en adelante ningún católico podía ser ni llamarse liberal. El motivo de esta declaración fue el que ahora diremos. En los últimos reinados del siglo anterior las monarquías habían ido degenerando de católicas en regalistas por arte del jansenismo, y de absolutas en despóticas por arte de los favoritos. Vino la gran revolución, y con ella el sistema liberal. Los sectarios, al grito de libertad, fraguaban derribar el altar y el trono, pero otros no intentaron más que sacudir el despotismo al que llamaban entonces absolutismo; y al ver que los liberales establecían forma representativa y constitucional en los Parlamentos o Cámaras, se unieron a ellos con diverso fin, pero con el nombre común de liberales. Los sectarios y corifeos del liberalismo no se contentaban con la forma representativa, constitucional y parlamentaria; ésta era un medio para sus impíos designios, que iban descubriéndose en la extensión y fuerza que se daba al sufragio, en el género de Constitución y leyes que salían   -433-   del Parlamento o Cortes, y en el modo de llevarlas a la práctica188.

Gregorio XVI y Pío IX fueron reprobando los atropellos de los gobiernos liberales contra los derechos de la Iglesia y de los católicos, hasta que, finalmente, en el Syllabus apareció condenado con su propio nombre el liberalismo, progreso y civilización moderna. La condenación del error no caía sino sobre los defensores de lo que la Iglesia reprobaba, pero en el nombre con que ese error se condenó, el mismo que usaban sus secuaces, quedaban envueltos cuantos se llamaban liberales.

Por esto habló de aquel modo el Obispo de Ávila. Debieran los católicos, que no habían antes conocido la malicia del liberalismo, haber entonces abominado del nombre de liberales y de la cooperación a los planes del impío sistema; echando por otro rumbo para establecer o fijar, dentro de los principios católicos, la forma representativa o monarquía templada; bien juntándose a los que no se habían fundido con los liberales, bien ajustando la Constitución, las leyes, los usos, al Concordato con el Papa. De ese modo, como el nombre es una divisa, con nombres distintos se hubieran deslindado los campos: el de los católicos por un lado, y el de los liberales por otro. Pero ¿qué sucedió? Preciso es recordar hechos que nosotros mismos hemos presenciado en nuestra patria, y que a corta diferencia son los de otros países.

Los liberales moderados trataron de impedir la publicación del Syllabus, y por lo menos la estorbaron. Los Diccionarios siguieron definiendo el liberalismo,   -434-   sistema favorable a la libertad política, en vez de decir, como enseña la Iglesia, que favorece a la libertad irreligiosa, revolucionaria y licenciosa; la prensa diaria, casi toda, propagando, sin rebozo o con él, los errores liberales, como si nada hubiera dicho contra ellos el Papa; los gobiernos de un partido o de otro, pero siempre liberales, acatando o atacando a la Iglesia, según creían convenirles; y en general los liberales, conservando el nombre de católicos, y muchos católicos en la doctrina, no renunciando al de liberales. La voz de los obispos no llegaba a los oídos de esas personas, sino ofuscada y ahogada en el torbellino de las pasiones políticas, y en el escaramuceo de la prensa diaria.

En vano el Sr. Monzón, Arzobispo de Granada, presidiendo en 1876 la célebre romería española, dijo en su Mensaje, oyéndolo Pío IX, que él y todos los peregrinos allí presentes, a nombre de todos los católicos españoles, condenaban con el Papa, sin distingos, todo el liberalismo; en vano los obispos de la provincia eclesiástica de Burgos, en Pastoral colectiva, enseñaron que el liberalismo es por su misma esencia anticristiano; el libro del Sr. Sardá (1885), El Liberalismo es pecado, cayó como una bomba en nuestro suelo y llenó de asombro a innumerables españoles. ¡Lo verdaderamente asombroso, es ese mismo asombro!

¡Cómo no ha de ser pecado mortal tener una doctrina condenada por la Iglesia!

Si peca mortalmente el hijo que desobedece a un precepto grave de un padre, ¡cuánto más pecado no es desobedecer al Papa en materia de doctrina! Antes que el Sr. Sardá, habían enseñado lo mismo los obispos y los escritores católicos189. El libro fue aprobado   -435-   por la Sagrada Congregación del Índice, y autorizado por León XIII.

Este Papa ha confirmado el Syllabus, ha condenado de nuevo cuanto condenó Pío IX, y en particular todos los errores y grados del liberalismo, explicándolos, según arriba se pusieron, uno por uno, y diciendo que los liberales son imitadores de Lucifer. Nuestros obispos han vuelto a repetir en sus Pastorales la misma doctrina, aplicándola a los diversos grados o partidos de liberales españoles, incluso el conservador; el Obispo de Urgel, hoy cardenal Casañas, en Pastoral aprobada por León XIII, atestiguó (1890) «que todos los obispos españoles, sin distinción, condenan con Pío IX y León XIII el liberalismo de todos los grados y matices, desde el más radical hasta el más templado, especialmente el mal llamado liberalismo católico»; y aun así, no acaban muchos de entenderlo.

Por otra parte, en esos mismos documentos enseñan a los católicos lo que no es, y, por tanto, no debe llamarse liberalismo, que no lo es de suyo ninguna forma de gobierno; que la Iglesia no reprueba ninguna, «si es apta, dice León XIII, para promover eficazmente el bienestar común, y si no es injusta, ni opuesta a derecho alguno de la Iglesia»190; pero, ¿cómo lo entienden los que no leen esos documentos, sino en su diario? Los unos siguen teniendo por liberal a quien no sea absolutista, o a quien, sin rebelarse contra nadie, opina ser preferible la república; otros piensan no desobedecer al Papa siendo monárquicos o republicanos liberales; ¡qué confusión! Estudie con seriedad quien quiere ser católico y salvarse, lo que enseña la Iglesia y se resume en este Catecismo. Puede un católico ser constitucional, parlamentario, republicano; pero peca si es liberal; esto es, si para introducir esa forma se rebela o revoluciona contra el poder legítimo, o que   -436-   está en tranquila posesión; o si en cualquiera de esas formas quiere algo contra la Religión y los derechos de la Iglesia.

Ahora bien, como en España está en su derecho y en tranquila posesión la monarquía, por eso peca quien apellida ilegalmente a la república, aunque fuera a una república católica; y por otra parte, como el sistema constitucional y parlamentario nos nació con el liberalismo y con su espíritu vive y vegeta, de ahí que sea también pecado querer ese sistema cual hasta ahora nos rige, y el que de hecho anden identificados el parlamentarismo y el liberalismo, como que apenas se concibe qué sería un parlamentarismo no liberal, sino el régimen representativo que en monarquías y repúblicas floreció siglos ha en naciones cristianas191. Ésta es doctrina clara y católica que merece nos detengamos a profundizarla un poco.

Una constitución, un congreso o parlamento pueden ser buenos o malos, según lo que en aquélla se consigne, o en éste se trate, vote y decrete. «Constitución, dice el Diccionario de la Academia, es una forma o sistema de gobierno». ¿Nada más? Pues con esa definición la sociedad más perfectamente constitucional es la Santa Iglesia, que recibió Constitución irreformable del mismo Jesu-Cristo; y cualquier poder que no sea impío y tiránico, tiene, por constitución indiscutible, la ley de Dios; y si es católico, también la de la Iglesia, añadiendo, sin contravenir a ellas, las que convengan. Así el papa León XIII dio una Encíclica sobre la Constitución cristiana de los Estados; así España floreció trece siglos con la Unidad   -437-   católica, monarquía hereditaria, Cortes192 y franquicias, todo lo cual juraba el Rey católico observar so pena de no ser obedecido: era la Constitución española. Pero es el caso que comúnmente se da otro sentido a aquellas voces, y con razón, porque son entre nosotros de nuevo cuño, y fundidas en fragua y con aleación liberal. No lo disimula el Diccionario de Domínguez, liberal exaltado: «Constitucional, dice, se llama al partidario de la Constitución de 1812, 1837 y 1845»: como escribía en 1848, no añadió las de 1869 y 1876. Parlamentario, según él, se toma por partidario acérrimo de la soberanía nacional conforme a la práctica de nuestros Congresos.

Pudieran, por tanto, esas voces en abstracto, o en Estado presidido por un García Moreno, admitir sentido católico; pero en España vienen a ser sinónimos de liberal, y por ende quien se las aplica, o es liberal, o quiere pasar por liberal; esto, como sabemos, es pecado mortal, que sólo se evita declarando que se quiere constitución y Cortes católicas, no revolucionarias, ni impías, ni tiránicas. Si a cada cosa se diera el nombre que merece, el sistema liberal no habría de llamarse constitucional, sino tiránico. Porque, valga la verdad, constitución suena lo mismo que leyes estables, fundamentales, la esencia, dice Domínguez, de una sociedad; el freno, añadimos los católicos, que contiene al poder en sus justos límites, y la salvaguardia de la verdadera libertad de los súbditos.

Ahora bien, ¿qué hay de estable, fundamental y esencial, ni qué freno ni salvaguardia en una constitución liberal que como se hace se deshace al arbitrio del que manda? ¿Ni qué edificio es en el que a cada paso se cambian los cimientos y la esencia? Nada más arbitrario, ruinoso y despótico. Y esto, nótese bien, esencialmente, en virtud del sistema; mientras que con   -438-   una constitución católica la tiranía será siempre accidental, personal, pasajera, que al fin se estrella contra la constitución inconmovible de ese Estado y pueblo cristianos193.

Ahora, si alguien no acierta a armonizar con lo dicho ciertos hechos, acháquelo o a ignorancia propia, o a que tampoco con la ley de Dios va de acuerdo la conducta de muchos. España y sus reyes siguen con el renombre de católicos, porque la Iglesia, en atención a nuestra historia, y al pueblo, casi todo católico, y al Concordato, que, aunque no se cumple, es ley del reino, y a la devoción que al Papa suelen mostrar nuestros reyes, no ha creído llegado el caso de despojar a nuestra nación de aquel título.

La Iglesia está en relación con gobiernos liberales y manda que nos sujetemos a su poder; pero lo mismo hace con el hereje y con el turco, no irritándolos para que no hagan más daño a los católicos, pero reprobando sus herejías, avisando que si mandan cosa contra Dios y su Iglesia, no se obedezca, reclamando unas veces, sufriendo otras, y rompiendo más de una esas relaciones.

Que los liberales asisten, como los demás, a nuestros templos, y algunos se confiesan sin dejar de renunciar al liberalismo.

Se responde que también los protestantes pueden asistir si no están excomulgados nominalmente; y además esos liberales a medias, y a medias católicos, no han sido aún lanzados fuera del cuerpo de la Iglesia, y en ese sentido lato son exteriormente católicos; y en cuanto a los que reciben los Santos Sacramentos sin dejar el pecado de liberalismo, basta observar que también hay quien los recibe sin restituir lo ajeno, perdonar al enemigo, ni apartarse de la ocasión próxima de pecar, porque no es lo mismo confesarse   -439-   que confesarse bien, ni todo el que recibe la bendición del Papa y sepultura eclesiástica, se va al cielo.

Ninguna de esas cosas que se oyen y se ven, ni otras muchas más atroces que pudieran acaecer, como cuando en otros tiempos, uno o varios prelados se rebelaban contra el Papa y caían en herejías; nada absolutamente ha de apartarnos de lo que el Papa una vez define, y que será eternamente verdadero.

P.- ¿Cuáles son los principios liberales?

R.- Los de 1789, que brotan de no hacer caso de lo que manda Dios y su Iglesia en el gobierno de los pueblos.

P.- Decid algunos.

R.- Lo que llaman soberanía nacional, libertad de cultos, imprenta y enseñanza, moral universal, y otros así.

P.- ¿Qué consecuencias salen de ahí?

R.- Escuelas laicas, periódicos impíos y deshonestos, matrimonio civil, templos heréticos en países católicos, abolición de inmunidades eclesiásticas, usura sin tasa, infracción impune de las fiestas, etc.

P.- ¿Qué dice la Iglesia de todo eso?

R.- Que son cosas funestísimas y anticristianas.

P.- ¿Qué más?

R.- Que nunca pueden abrazarse como buenas, y sí sólo tolerarse, cuando y en cuanto no pueden impedirse sin mayor mal.

P.- ¿A quién toca resolver, si entre católicos exigen las circunstancias, que se tolere alguno o algunos de tamaños males?

R.- Al Papa y los obispos, padres de las almas y jueces de la Religión y la moral, cosas todas que en tal asunto se interesan.

P.- ¿A qué se comparan las relaciones que deben mediar entre la Iglesia y el Estado.

R.- A las que debe haber entre el alma y el cuerpo humano, de modo que lo material no dañe, en lo posible, a lo espiritual, antes le esté subordinado.

Después de lo dicho, pocas palabras bastarán para declarar lo que ahora nos toca. En la primera de estas   -440-   respuestas repite el Catecismo en distinta forma lo antes dicho, a fin de que se grabe bien una verdad que muchos no acaban de entender, y para sacar de su verdadera raíz los frutos venenosos que aquí se enumeran.

Soberanía nacional: esto es, que de la nación, o sea de todos los ciudadanos, se origina el poder o la autoridad; y que por más que la nación elija quienes, en una forma u otra, la representen, siempre lo conserva. En esa soberanía o independencia, los radicales, como antes se dijo, prescinden absolutamente de Dios, y todos los demás liberales hacen lo mismo en lo que a ellos les parece. De ahí que cuanto votan las mayorías se tenga por ley, por más que sea injusto y contra lo que manda Dios y su Iglesia; ¡principio impío y tiránico! De ahí que se reconozca por legal la permanente y pública oposición a la autoridad, principio anticristiano y germen de continua y escandalosa perturbación; de ahí el derecho de rebelión y los hechos consumados, teorías liberales que muchos admiten, lo cual es atizar el crimen y autorizarlo.

Esa soberanía nacional no es meramente una forma representativa ni republicana, sino un desprecio, por lo menos práctico, de Dios y de su Iglesia, un medio de tiranizar al pueblo, al cual, mientras por sistema se le estimula a rebelarse, de hecho se le mantiene sujeto a viva fuerza. Con esa soberanía se arroga la nación, esto es, los pocos que la gobiernan, una autoridad mayor de la que niegan en la Iglesia, y cual no la tiene sino Dios, de mandar cuanto bien le parezca. Con ella se establecen cuantas constituciones y leyes puede dictar a los que las hacen su propia ignorancia y malicia; ningún absurdo es ajeno de semejante soberanía.

Los que más promueve, son esas que llaman libertades modernas, de cultos, imprenta y enseñanza, con la moral universal.

Esta última consiste en que se tenga por bueno o   -441-   por malo, no lo que el Maestro divino, y su Vicario el Papa, enseñan ser bueno o ser malo, sino lo que tal parezca a la nación, quiere decir, al gobierno; y aquellas libertades, en que la ley ampara lo mismo al que honra a Dios con el culto que Dios exige, como al que le deshonra con el que Dios abomina; y en que cada cual diga, escriba, enseñe herejías o verdades, cosas buenas o malas, sin más freno que el que quiera el gobierno ponerle, el cual tira o afloja, oye a la Iglesia o no la oye, según las circunstancias, o la dosis de liberalismo que emplee.

Así se entiende por qué el Papa llama atea o sin Dios la política liberal: pues aunque muchos liberales creen en Dios, sin embargo, cuando en su política siguen los principios del liberalismo, piensan y obran como si Dios no existiera.

Sentados esos preliminares, vienen las consecuencias: Escuelas laicas no son escuelas con maestros legos, que ésas siempre las hubo; son escuelas en que no se enseña el Catecismo aprobado por el Obispo, sino el protestante, el masónico o ninguno.

Periódicos y libros... llenos de calumnias y escarnios contra los sacerdotes y religiosos, de herejías y errores contra la Religión verdadera, de incentivos y reclamos a la torpeza, a la venganza, al fraude, a la rebelión, al suicidio, a todo menos a lo que el gobierno liberal quiere que se respete. Matrimonio civil o laico con que el gobierno liberal, logrando ocasión, tiene por casados o no casados a quienes le place, reciban o no el Sacramento del Matrimonio, que no el gobierno, sino Dios instituyó y confió a su Iglesia.

Así las demás cosas que indica el Catecismo, y otras que la Iglesia reprueba, que violan los sagrados cánones y el Concordato, y que vemos legalizadas, todas o algunas, a juicio del Estado que se concentra en el gobierno. La Iglesia con su autoridad divina condena, según vimos, esos errores y esa conducta, que siendo contra Dios no puede menos de acarrear, como   -442-   acarrea, inmensos daños a las almas, a las familias y la nación194; y que, como cosa no sólo mala, sino malísima y desastrosa, ninguno la debe tener ni querer por buena, sino abominarla, y sólo sufrirla y tolerarla cuando sea preciso, y sólo en aquello que sea preciso195. «Cuando los impíos se apoderan del mando, gemirá el pueblo», dice Dios196.

Esto supuesto, cuando las circunstancias de una nación cristiana hacen lícita esa tolerancia, tiene lugar lo que llaman muchos la hipótesis, como si dijéramos, la tolerancia práctica o en concreto. Pero el decidir si una nación cristiana está en la hipótesis, y hasta qué punto haya de tolerarse en ella el mal, pertenece a la Iglesia, como enseñó el Obispo de Urgel en la Pastoral que antes cité, altamente encomiada por León XIII. En España y en otros países está resuelta la cuestión en el Concordato, ley del reino y juntamente de la Iglesia; ley, como enseñó Pío IX en 1864, «en que nadie, ni aun la nación entera, puede cambiar ni modificar artículo ninguno sin el consentimiento de la Santa Sede». Por eso los obispos claman contra todo lo que en la Constitución o las leyes se opone al Concordato.

En cuanto a comparar la Iglesia con el alma, y el Estado con el cuerpo, es símil que usa santo Tomás y ahora León XIII, observando que respecto a la vida racional y sobrenatural, el cuerpo debe someterse al alma, pero en lo demás es independiente de las facultades superiores.

  -443-  

P.- ¿Qué conducta hemos de observar los católicos bajo un gobierno hostil a la Iglesia?

R.- Si está en tranquila posesión, sufrirlo con paciencia, acudir a la oración y trabajar todos unidos, bajo la dirección de los obispos, para el triunfo de la verdad, de la justicia y de la Iglesia.

P.- ¿Es hostil a la Iglesia todo gobierno liberal?

R.- Evidentemente; pues quien no está con Cristo está contra Cristo.

P.- ¿Cómo pecan los que ayudan, con su voto o influjo, al triunfo de un candidato hostil a la Iglesia?

R.- Mortalmente, por lo general; y son cómplices en las leyes inicuas y contrarias a la Iglesia, votadas por su protegido.

P.- ¿Con que la Iglesia puede meterse en política?

R.- La Iglesia puede y debe meterse en política, cuando ésta se roza con la fe, moral, costumbres, justicia y salvación de las almas; pero en asuntos meramente temporales, deja a cada cual seguir lo que mejor estime.

Expliquemos parte por parte la primera respuesta. Si está en tranquila posesión, porque entonces el mismo gozar del mando varios años pacíficamente, sea o no justo el modo con que lo ha logrado, muestra que ese gobierno, aunque malo, posee la fuerza, y que sería inútil o muy aventurado, y de todos modos desastroso, el apelar a la violencia para quitárselo.

Por lo cual la Iglesia, en tal caso, prohíbe generalmente a sus hijos la guerra, y manda: 1.º Sufrirlo con paciencia, sujetándose respetuosamente a ese poder constituido, con tal de no cumplir lo que ordene contra la ley de Dios y de su Iglesia. 2.º Acudir a la oración, suplicando al Todopoderoso que lo remedie y que entretanto nos dé paciencia para sufrir, y fortaleza para no faltar a nuestro deber por nada ni por nadie. 3.º Trabajar, pues la indolencia en esas circunstancias sería un pecado mortal de las más funestas consecuencias para la Religión y la patria; todos unidos, porque la unión da fuerza; todos, esto es, todos   -444-   los que abominan esa política anticatólica que hay que combatir; y tratándose de España, todos los católicos, o sea, como dice León XIII, los que siguen todas las enseñanzas del Papa, por más que en puntos no definidos por la Iglesia disientan, v. gr., en la forma o persona cuyo triunfo desean, dando tregua a esas contiendas que, respecto de la común, contra los enemigos de la Iglesia, es secundaria197. 4.º Bajo la dirección de los obispos, quienes dependientemente del Papa, son los Pastores que Dios ha puesto para enseñar y guiar al rebaño de Cristo, no sólo en su vida privada, sino en la pública, y en el modo de mirar por la causa de Dios en las diversas circunstancias; de modo que quien en estas cosas se jacta de no someterse sino al Papa, le ciega la soberbia, quebranta el cuarto Mandamiento, y en realidad no obedece ni al Papa ni a Dios. Esto enseña e inculca León XIII en varias Encíclicas, y reprende una y más veces gravísimamente a los que ni se fían de los obispos a quienes el Papa alaba, ni obedecen a los mismos a quienes el Papa manda que se obedezca.

Para el triunfo de la verdad, o sea de la doctrina católica, de la justicia, a sea de la sana moral a que deben ajustarse las leyes y costumbres, y de la Iglesia, o sea de la Maestra y Custodio del dogma, moral y Religión.

Que todo gobierno liberal sea hostil a la Iglesia, no necesita, después de lo dicho, aclaración alguna. Pío IX lo dijo: «que el liberalismo es un sistema inventado a propósito para debilitar, y si fuera posible para destruir la Iglesia de Cristo»198. Tampoco ofrece dificultad la respuesta que viene en seguida, sobre lo cual León XIII al enseñar los deberes   -445-   del cristiano, dice: «Dondequiera que la Iglesia permite tomar parte en negocios públicos, se ha de favorecer a las personas de probidad conocida, y que se espere han de ser útiles a la Religión; ni puede haber causa alguna que haga lícito preferir a los mal dispuestos contra ella»199. ¿Quiénes son esos sujetos mal dispuestos contra la Iglesia? Ya lo hemos oído más de una vez200. Por de pronto, todos los liberales de cualquier grado o matiz, todos los que defienden esas que llaman libertades modernas condenadas en el Syllabus, y que rigen entre nosotros contra el Concordato, contra la reclamación que Pío IX dirigió al Cardenal de Toledo en 1876 y las reiteradas de los prelados. Y cuanto más esos hombres se amañan por aparecer católicos y hablar en pro de la Iglesia, y sostener que no está condenado su liberalismo, tantas más pruebas dan de pertenecer a los que el Papa enseña, que son los más dañosos.

Que la Iglesia no tiene que ver con la política, es un axioma de los liberales para colorear su sistema; axioma condenado, como hemos visto, por los papas, y por el Concilio Vaticano.

La política es el arte de gobernar los pueblos mirando por el orden, seguridad y bienestar, fundados en la justicia, la Religión y moral cristianas. Los principios científicos de ese arte pertenecen a la moral, y de su acertada aplicación a las leyes penden la religiosidad y costumbres de los fieles. Por eso a la Iglesia toca, por derecho divino, juzgar de sus principios, y de libros, personas y corporaciones que los sustentan;   -446-   a la Iglesia, enseñar y mandar a sus hijos la conducta que han de seguir, si con una falsa política se atacan la Religión y las costumbres cristianas. Mientras estos bienes quedan en salvo, la Iglesia deja libre al gobierno el campo de la política. Con todo, si el Papa o el propio Prelado no lo veda, pueden las personas eclesiásticas intervenir aun en esas cuestiones meramente políticas, y a esa intervención debe el mundo, y particularmente nuestra España, sus más sabias leyes y lo mejor de su política201, como lo recordó León XIII hablando a nuestros romeros del 94 con alusión a los Concilios Toledanos. Un padre de familia dispone en su casa y manda a los suyos lo que bien le parece, mientras no sea cosa mala o contra las leyes del Estado; pues así el que gobierna una nación puede hacer según su prudencia, mientras no mande cosa contra las leyes de Dios y de su Iglesia. Y si un Obispo, como Príncipe de un Estado o Consejero de la corona, y aun el Papa, como Rey temporal, no tienen derecho a que se miren sus fallos cual regla moral de los católicos, lo tienen cuando, como pastores de las almas, enseñan o mandan a sus ovejas lo que deben tener por verdadero, y practicar en privado o en público según conciencia202.

P.- ¿Cuál es la misión de la Iglesia respecto a las naciones?

R.- La de una buena madre.

P.- Aclaradlo un poco más.

R.- Jesu-Cristo mandó a los prelados de la Iglesia que enseñen la Religión y la moral, que todos, legisladores y súbditos, deben practicar; y que castiguen a los católicos rebeldes.

P.- ¿Basta practicarlas en la vida privada?

  -447-  

R.- No; porque la Religión obliga también a la sociedad, de quien Dios es el Señor supremo; y la moral se extiende a todas las acciones humanas; y los que gobiernan lo han de hacer según los Mandamientos.

P.- Entonces, ¿peca quien es liberal en política?

R.- Ciertamente; porque en la política liberal consiste el liberalismo que la iglesia condena.

P.- ¿Y si entiende por liberal una cosa que el Papa no condena?

R.- Peca en llamarse liberal, sabiendo que el Papa condena el liberalismo.

P.- Explicádmelo con un símil.

R.- Sería como si yo me llamase mahometano, porque me gustaba el turbante; o evangélico203, porque creo en el Santo Evangelio.

P.- ¿De modo que el católico ha de ser antiliberal?

R.- No hay duda; como ha de ser antiprotestante o antimasón; en suma, debe estar contra todos los contrarios de Cristo y de su Iglesia.

Como el hombre por naturaleza es social, y del gobierno de cada sociedad depende en gran manera que los súbditos sean buenos o malos, Dios, que nos ha dado esa naturaleza, manda al que ejerce la autoridad, que vaya delante con el ejemplo en Religión y buenas costumbres, y que promueva en sus súbditos esos bienes, de que todo bien depende.

Así confió la antigua Ley a Aarón y a Moisés, cabezas de su nación en lo espiritual y en lo político; y a los Apóstoles mandó Jesu-Cristo enseñar a las naciones, y en particular a los reyes, la doctrina y práctica del Evangelio, y les dio poderes para reprender y castigar a los que, hechos cristianos, no quisieran obedecerles. San Pedro y san Pablo predicaron en Roma, cabeza a la sazón del mundo pagano, y la Iglesia no   -448-   cejó hasta que el emperador Constantino se hizo cristiano, y se ajustó el derecho romano al Evangelio. Lo mismo logró con nuestra legislación en las asambleas de prelados y magnates que seguían a los Concilios Toledanos; lo mismo en Francia, principalmente en tiempo de Carlo Magno, y en otras naciones, educando como buena madre, cristiana y civilmente, a los príncipes y a los pueblos.

Inútil parece ya preguntar si peca quien es liberal en política, se pone la pregunta por la ceguedad pasmosa de muchos en no acabar de entenderlo. Lo hemos oído cien veces: el liberalismo no es más que la política anticristiana de este siglo; quien no tiene esa política no es liberal, y quien la tiene lo es y peca mortalmente, porque va contra la Religión y contra la Iglesia.

Pero no faltan quienes dicen que detestan la política liberal, pero que siguen llamándose liberales. ¿Por qué?, pregunto yo. ¿Porque, aunque detesten el sistema liberal, quieren pasar a los ojos del mundo por partidarios del liberalismo? Pues eso es querer pasar por enemigos de la Iglesia, lo cual es pecado mortal. ¿Porque el Papa manda que estemos respetuosamente sujetos al poder, aunque éste sea liberal? También manda el Papa que estén sujetos respetuosamente al poder protestante, cismático, mahometano o idólatra, y sin embargo, peca mortalmente el católico súbdito de esos príncipes, que se llame protestante, cismático, mahometano o idólatra.

¿Porque apoyan el sistema liberal y las llamadas libertades modernas? Pues pecan mortalmente, como si el católico en Rusia apoyara el cisma; y desobedecen al Papa que nos manda que, «unidos los católicos, guiados por la Iglesia, trabajemos por restaurar sin reservas en España los principios que la Religión enseña y las prácticas que prescribe», y esto lo dice después de habernos puesto delante el timbre de nuestras glorias nacionales en los Concilios religioso-políticos   -449-   de Toledo204. ¿Porque entienden ser liberal el que quiere una forma de gobierno representativa, el que reconoce la dinastía reinante, el que quiere mayor descentralización y fueros y franquicias para los pueblos? Ya hemos visto que el Papa enseña que nada de eso, si quedan a salvo la justicia, la Religión y los derechos todos de la Iglesia, es malo de suyo ni contra la doctrina católica, ni grado alguno de liberalismo. Peca, pues, quien dice que eso es liberalismo, y por ser partidario de esas libertades de suyo honestas, se llama liberal; y peca porque con ese nombre se presenta al público como secuaz de un sistema anticristiano, y fomenta esa horrible confusión que tiene divididos a los católicos. Persuadámonos de una vez: el nombre de liberal, por hermoso que en sí sea, en el sentido moderno de la palabra y aplicado a la política, es nombre sectario y aborrecible por ende a todo católico. Quien quiera permanecer de veras católico, tiene que renegar de ese nombre y declararse en pugna con el error que simboliza. Hubo antes del sistema liberal príncipes despóticos, pero el remedio no era el liberalismo, sino el acudir a la Iglesia, tan opuesta a la tiranía como a la rebelión, y a la impiedad como a la superstición, y que enseña a reyes y a súbditos sus respectivos deberes y derechos. Hace un siglo la voz filósofo significó incrédulo, y no era lícito, preguntado uno por sus ideas, por su religión o su política, responder: yo soy filósofo, yo sigo el partido de los filósofos; pues con más razón peca hoy quien responde: yo soy liberal, yo sigo tal partido liberal. Y digo con más razón, porque la Iglesia no condena la filosofía sino la pseudo o falsa filosofía; mientras que ha condenado el liberalismo, no el pseudo-liberalismo ya que la palabra liberalismo se inventó precisamente para denotar un sistema esencialmente anticristiano, y sólo por ignorancia la aplican algunos a otra cosa.

  -450-  

P.- ¿Contra qué Mandamiento es el liberalismo?

R.- Directamente contra el primero y contra el cuarto, o mejor dicho, contra todos, porque autoriza o fomenta la infracción de todos.

M.- Los católicos, sean liberales en la antigua acepción de esa palabra, a saber: generosos en dar de lo suyo a la Iglesia y a los pobres.

P.- Decid: y donde el liberalismo, o sea el libertinaje oficial impera, ¿es lícito tener, leer, frecuentar o fomentar libros, periódicos, escuelas, espectáculos, modas, bailes, por más que sean malos, con tal que el Estado los autorice?

R.- No tal; porque Jesu-Cristo dice que «los inicuos se condenarán»; y que «no imitemos a los mundanos»; y que «el amigo del mundo es enemigo de Dios».

P.- ¿Son ésos los medios de corrupción que usa la secta?

R.- Esos mismos.

P.- ¿De dónde esa tema de corromper a los católicos?

R.- Porque de católicos viciosos es fácil hacer sectarios.

P.- ¿Y por qué la Iglesia pone tanto empeño en que no leamos escritos malos, ni tengamos maestros malos, ni tomemos parte en bailes y espectáculos malos?

R.- Porque como buena y santa Madre, no quiere que sus hijos nos hagamos malos.

P.- Y contra el aliciente del dinero, ¿qué sentencia de Cristo vale?

R.- Ésta: «¿qué le aprovecha al hombre ganar todo el mundo, si es con detrimento de su alma?». Y esta otra: «Buscad ante todo la salvación y servicio de Dios, y el Señor os dará por añadidura los bienes temporales que os convengan».

El liberalismo, lo hemos visto ya, consiste en no reconocer a Dios por Supremo Señor del Estado, ni a la Iglesia por superiora al Estado, en lo que atañe a la Religión y a la doctrina y moral pública; o por lo menos en sostener como buena en estos tiempos aquella soberanía nacional; pero esto es directamente contra la honra de Dios y contra la fe y doctrina católica, que se nos mandan en el primer Mandamiento;   -451-   luego el liberalismo va contra ese Mandamiento.

El cuarto manda que el súbdito honre y obedezca al superior, y a éste que castigue al díscolo; pero el liberalismo profesa el derecho de rebelión con palabras en la perpetua oposición al gobierno, y con obras en lo que llaman hechos consumados; de donde nace que entre liberales los crímenes políticos se miren como hazañas, y si se castigan, es obrando contra el propio sistema, luego es contra el cuarto Mandamiento; y también porque el sistema liberal sostiene que el gobernante no debe prohibir ni castigar los pecados públicos contra la verdadera Religión, y esto es contra lo que el cuarto Mandamiento prescribe a todo superior; y en fin porque el liberal profesa no obedecer a la Santa Madre Iglesia. Es indirectamente contra todos, porque sentada esa soberanía nacional, el gobierno autoriza más o menos, según le place, la infracción de todos los Mandamientos.

Bien se ve que por más que las autorice el gobierno, no las autoriza Dios ni su Iglesia, ni aun bajo el mando de un Príncipe o gobierno enteramente católico. Cuando las naciones se gobernaban según los principios cristianos, el pueblo podía vivir más descansado, porque el autorizar y mucho menos mandar algo contra la ley de Dios, era caso rarísimo, y en el que la Iglesia y las leyes ponían correctivo; pero siendo el gobierno liberal, sucede lo opuesto. En vez de inspirar confianza a las conciencias católicas, las tiene en continua alarma.

Como por sistema da libertad a los malos, y a menudo tiene por malo lo bueno y lo bueno por malo, muchas veces manda o autoriza cosas prohibidas por Dios, y casi todo lo oficial y público está viciado. Y a la verdad, los sectarios, por medio del liberalismo, se proponen arrancarnos la Religión verdadera; y como no esperan lograrlo por la convicción, una vez que, como dice León XIII, «entrometidos con la audacia y   -452-   el dolo en todos los órdenes de la sociedad, parece que casi son dueños de los Estados»205, emplean el medio de corromper las costumbres públicas y rodearse de personas atraídas por el dinero. Con esto fuerzan a los católicos o a retirarse de casi todos los espectáculos públicos y de los compromisos de la política oficial, o a que caigan antes o después en el lazo. Por eso la Iglesia amonesta frecuentemente a sus hijos, y nos avisa que estamos sufriendo una de las más sañudas y peligrosas persecuciones; y que esa persecución, cuya raíz se esconde en las sectas clandestinas, sale afuera en el sistema liberal.

Entendámoslo de una vez: un gobierno liberal, por más que sus individuos hagan profesión de católicos, es impío, mundano y enemigo de Dios; y como peca un católico inglés si asiste a los oficios protestantes o lee las biblias protestantes que aquel gobierno autoriza, así peca cualquier católico, sea o no español, que toma parte en las cosas malas que el gobierno autoriza.

En los preceptos de la Iglesia se pusieron algunas de las cosas que Dios y su Iglesia nos prohíben, aunque estén legalizadas por los gobiernos; mas todavía hay que notar, que son pecado muchas cosas que no están expresadas en aquellos preceptos. La Iglesia con leyes particulares prohíbe según su prudencia algunas cosas, pero además enseña y manda en general que evitemos todo lo malo, porque Dios en la ley natural, en sus diez Mandamientos y en el Evangelio, prohíbe todo lo que es malo. Inútil debiera parecer insistir en cosa tan clara, pero es preciso particularizarla más, según es inconcebible la ceguera y la sordera de muchísimos, principalmente en materia de lecturas. No atienden a razones, ni oyen al Papa, y hacen a ciegas lo que ven hacer, y leen lo que otros leen. Con esa regla lo mismo podrían ser avaros, lujuriosos,   -453-   jugadores, usureros, calumniadores..., porque hay muchísimos, aun entre los católicos, que se dan a ésos y otros vicios.

Ni siquiera es regla segura hacer o leer cuanto hacen o leen los sacerdotes: primero, porque para leer escritos irreligiosos, pueden en ciertos casos autorizarlos o el permiso o su cargo; segundo, porque también hay sacerdotes que hacen y leen lo que no deben. La regla a que debe atenerse quien no quiera pecar, es practicar lo que manda y enseña el Papa, y dependientemente del Papa, los obispos. En los preceptos de la Iglesia adujimos las lecturas que León XIII acaba de prohibir a los católicos de todo el mundo. Allí asienta como verdad indubitable que las malas lecturas están prohibidas también por la ley natural. Lo están por el peligro en que el lector se pone de contaminarse; lo están por el escándalo de verse libros o periódicos malos en manos de personas que deben dar ejemplo; lo están además por la ayuda que se presta a la mala prensa, cuando se debiera perseguirla, y favorecer a la buena.

León XIII enseña que no sólo debemos abominar los libros y periódicos malos, sino también mirar con horror los casinos y círculos donde están en boga206. Y siendo esto así, ¿cómo se explica que tantísimas personas, que por lo demás parecen excelentes católicos, asisten a esos sitios, y leen, pagan y propagan lecturas liberales? ¿Es que piensan que eso no es pecado? Pues piensan contra lo que dicta la razón, y contra lo que acabamos de oír al Papa y enseñan todos los doctores católicos. ¿Es que niegan ser malos los libros o periódicos liberales, cualesquiera que sea el grado y matiz de liberalismo que defienden, y por más que en otras cosas hablen como católicos? Pues niegan lo que enseña la Iglesia, según hemos visto anteriormente. ¿O es, por fin, que teniéndolos por pésimos, y sabiendo   -454-   que es pecado leerlos o sostenerlos, sin embargo lo hacen? Entonces no nos queda sino suplicar al Señor por la conversión de esos públicos y obstinados pecadores.

Demás parece aducir otras pruebas.

Pío IX en 1871, y León XIII en 1897 enseñan que por la ley de Dios están prohibidos los diarios y folletos en que de propósito se ataca la Religión y las buenas costumbres. Apenas hay obispo que, repitiendo esa misma doctrina, no la haya explicado, declarando que los libros y periódicos liberales atacan a la Religión en el mero hecho de defender esas libertades modernas que la Iglesia condena. Por ejemplo, el cardenal Sr. Lluch, siendo Obispo de Salamanca, publicó un opúsculo titulado: El Liberalismo y los periódicos. Dice que «los que leen libros o periódicos nominalmente prohibidos por la autoridad eclesiástica, pecan contra la ley eclesiástica y la ley natural; y los que leen libros o periódicos que no están nominalmente prohibidos, pero que son malos, pecan a lo menos contra la ley natural»; y añade: «La Iglesia ha establecido reglas generales, y según ellas se resuelven los casos particulares.

»Por regla general, los periódicos cuya lectura se ha de considerar como prohibida a los fieles, son: 1.º Los que combaten dogmas de nuestra santa fe y verdades católicas, o excitan a la rebelión contra la Santa Sede Apostólica, y favorecen la herejía o el cisma. 2.º Los que defienden y propagan doctrinas condenadas por la Iglesia. 3.º Los que insultan al Vicario de Jesu-Cristo en la tierra, y a los prelados y sacerdotes, induciendo al pueblo fiel a tratarlos con desconfianza y desprecio. 4.º Los que se mofan de los santos, o faltan a la verdad atribuyéndoles opiniones y hechos inconciliables con la santidad. 5.º Los que hacen burla de los Sacramentos y de las ceremonias del culto católico. Y finalmente, todos aquellos que, más o menos embozadamente, vierten opiniones contrarias a la doctrina y moral cristiana. Y no tan solamente ofenden   -455-   a Dios los que semejantes escritos leen, sino también los que contribuyen a su propagación, imprimiéndolos, vendiéndolos, comprándolos y subscribiéndose a ellos». Hasta aquí el señor Obispo citado, explicando lo que en términos generales enseñó Pío IX y ahora León XIII. Quiero también que oigas un excelente comentario de la Bula Apostolicae Sedis, mandado publicar para el uso de los sacerdotes de su diócesis por el obispo reatino Fr. Egidio Mauri; éstas son sus palabras: «Están gravemente prohibidos, por el mismo derecho natural, aquellos diarios cuya lectura es peligrosa a la fe o a las costumbres. Lo cual es completísimamente cierto, después de la carta de nuestro santísimo padre el papa Pío IX, al Emmo. Cardenal Vicario de Roma, el día 30 de julio de 1871. La cuestión que sobre esto, por lo tanto, puede haber, se reduce a saber: 1.º Qué clase de periódicos son los que contienen este peligro. 2.º Quiénes se ponen en este peligro leyéndolos. En cuanto a lo primero, digo que lo son todos los redactados por hombres que hacen profesión de liberales. En cuanto a lo segundo, téngase presente que los malos libros han corrompido algunas veces hasta a varones doctos y pí