  La ciencia de la educación
Alexander Bain
  Prefacio
En esta obra, consideramos tanto como es
posible el arte de enseñar, bajo el punto de vista científico, es
decir, que apreciamos y corregimos las máximas generalmente recibidas,
relacionándolas con las leyes mejor demostradas de la inteligencia.
Hemos consagrado tres capítulos al
estudio de la inteligencia y de las emociones en sus relaciones con la
educación. En el resto de la obra, hemos tratado los puntos que se
relacionan de una manera más especial a nuestro objeto.
Ciertos términos y ciertas
locuciones juegan un papel importante en todas las discusiones; nos hemos
esforzado, desde el principio de esta obra, en designarles un sentido exacto.
Estos términos y locuciones, son: la memoria, el juicio, la
imaginación, el paso de lo conocido a lo desconocido, el análisis
y la síntesis, las lecciones de cosas, la instrucción y la
disciplina, y hacer bien una sola cosa.
También hemos estudiado aparte, los
valores educacionales de los diferentes estudios comprendidos en los programas
usuales, y especialmente de los estudios científicos.
Los capítulos sobre el orden de los
estudios -orden psicológico y orden lógico- presentan de una
manera ventajosa para nosotros, cierto número de puntos importantes.
Primero, es indispensable saber cuál es el órden en el que las
facultades se desarrollan, y qué influencia debe tener este orden sobre
el de los estudios.
Tal es la cuestión
psicológica. En segundo lugar, existe un orden que depende de la
relación que tienen los estudios entre sí; en la mayoría
de los casos es bastante evidente; pero puede, algunas veces, estar disimulado
por ciertas circunstancias. Esto es lo que nosotros llamamos el problema
lógico o analítico de la educación.
Una vez esclarecidos estos preliminares,
abordamos el objeto principal: los métodos de enseñanza. Despues
de haber hablado de los primeros elementos de lectura, llegamos a la delicada
cuestión del principio, de los conocimientos propiamente dichos.
Esto nos trae a las lecciones de cosas,
que, más que cualquier otro medio de enseñanza, piden ser
tratadas con cuidado: sin esto, un procedimiento admirable podría, en
manos inhábiles, no ser más que un asunto de forma agradable,
pero sin valor. Examinamos luego los métodos que pueden aplicarse a la
geografía, a la historia y demás ciencias.
En este trabajo damos un lugar preferente
a la lengua materna, y examinamos detalladamente todo lo que se relaciona con
su estudio: el vocabulario, la gramática, la retórica y la
literatura.
Consagramos un capítulo al examen
del valor que debemos asignar en nuestra época al latín y al
griego. La disposición provisional, segun la cual los conocimientos
superiores no han sido, durante varios siglos, accesibles más que por la
mediación de dos lenguas muertas, ha terminado. Debemos, pues,
preguntarnos si se ha descubierto, para esas dos lenguas, alguna nueva utilidad
que justifique la pérdida de tiempo y el trabajo que cuestan, ahora que
ya no existe su primitiva utilidad. Como creemos que el sistema actual
será modificado mas o menos tarde, indicamos lo que más nos
parece ser el plan de estudios del porvenir, para la educación
superior.
Para la educación moral, hemos
querido demostrar claramente los puntos en que los errores parecen más
temibles. En cuanto a la religión nos hemos limitado a considerarla en
su relación con la enseñanza moral.
Un corto capítulo sobre la
educación artística es destinado a disipar ciertos errores
generalmente esparcidos, sobre todo tratándose de la relación que
existe entre el arte y la moral.
En todo este trabajo nos hemos esforzado
en combatir la confusión, más aún que el error. Los
métodos de educación han hecho ya grandes progresos, y no es
fácil esperar que cualquier descubrimiento imprevisto cambie bruscamente
todo el sistema actual, pero creemos que todavía pueden hacerse muchas
mejoras. Para nosotros el punto principal es la división del trabajo;
para realizar un gran progreso, en el arte de enseñar, es preciso
separar los diferentes estudios que, por desgracia, tan fácilmente se
confunden.
Alexander Bain
  Libro I
Las bases psicológicas
  Capítulo I
¿Qué es la educación?
En qué consiste el estudio
científico de un arte.- Diferentes definiciones de la educación:
1º La idea prusiana: la evolución armoniosa: 2º La
definición de Jaime Mill, es demasiado extensa; las divisiones
ordinarias de la educación abrazan demasiado número de cosas; la
higiene debe ser excluida: 3º La definición de J. S. Mill.- El
dominio del profesor es la verdadera guía que debe seguirse.- El objeto
final: la dicha, y en qué límites.- Influencia de la plasticidad
del entendimiento.- La parte psicológica y la parte lógica o
analítica.- Necesidad de definir de una manera precisa los
términos principales.- Concurso de la experiencia y de la
teoría.- Guiar la inteligencia es separado de la educación.
Para estudiar científicamente un
arte, es necesario primero aplicarle los principios suministrados por las
diferentes ciencias que se relacionan con él, como, por ejemplo, se
aplican las leyes de la química a la agricultura; luego, observar una
precisión y un rigor extremados para enunciar, deducir y demostrar todas
las máximas o reglas que constituyen el arte.
La fecundidad de los pensamientos y la
claridad de los preceptos harán conocer el valor del método
científico que se haya adoptado.
Citaremos primero la definición
contenida en el ideal que se han formado los fundadores del sistema nacional
prusiano. «La educación es la evolución
armoniosa e igual de las facultades humanas»; definición que
Stein desarrolla de este modo: «Es un método fundado sobre la
naturaleza del entendimiento, para desarrollar todas las facultades del alma;
aviva y alimenta todos los principios de vida, evitando toda cultura parcial,
teniendo cuenta de los sentimientos que forman la fuerza y el valor de los
hombres.» Esta definición, evidentemente dirigida contra la
educación comprendida en un sentido demasiado sucinto, tendía,
sin duda, a corregir de una manera especial las numerosas faltas de la
enseñanza antigua, que descuidaba la educación del cuerpo y de
los músculos, la de los sentidos o de la observación, y la
cultura del gusto o el lado artístico. Además, da a entender que,
hasta ahora, los profesores están muy lejos de haber hecho bastante para
la inteligencia propiamente dicha, para la educación moral en sentido
más elevado y, por último, para el arte de ser feliz.
Si un buen profesor tuviera siempre este
ideal ante los ojos, haría por sacar todo el partido posible de las
facultades de sus discípulos; y haría más todavía,
evitaría con cuidado toda exageración en la cultura de tal o cual
facultad, estableciendo una justa proporción en toda su
enseñanza. Producir discípulos que fuesen esclusivamente
hábiles lingüistas, buenos observadores, hombres de ciencia
abstracta, aficionados esclarecidos de las artes, diestros en todos los
ejercicios corporales, imbuidos de sentimientos elevados, o profundos
teólogos, sería considerado como la prueba de una
enseñanza imperfecta.
La definición prusiana, aunque
buena por sí misma, no se prestaría a las circunstancias
particulares tales como las disposiciones marcadas de ciertos individuos para
una cosa, mejor que para otra; las ventajas que reportan a la sociedad, las
aptitudes preeminentes para ciertas funciones, aun cuando estas aptitudes
hubieran sido desarrolladas por una cultura esclusiva; la dificultad de hacer
que el hombre esté conforme consigo mismo, y por último, los
límites forzosamente impuestos a la influencia del profesor; de
aquí la necesidad de elegir, según su importancia relativa, las
facultades sobre las cuales debe ejercerse.
Por más que la tarea sea penosa,
no es difícil tener cuenta de aquellas diferentes consideraciones,
aplicando la teoría del desarrollo armonioso; pero una vez hecho esto,
podremos preguntarnos si hay ventaja positiva en tomar esta teoría por
base fundamental de la educación.
En un artículo notable que ha
dado a la Enciclopedia Británica, Jaime Mill presenta la
educación como teniendo por objeto «de hacer,
tanto como fuese posible, del individuo un instrumento de felicidad; primero,
por él mismo y después por sus semejantes». Pero esto
no es más que una nueva forma de la respuesta a su primera pregunta del
catecismo de Westminster: «¿Cuál es el fin principal del
hombre?»
Todo lo que podemos pedir al profesor
que no es más que un individuo, es que contribuya por su parte al
crecimiento de la felicidad de los hombres en el orden que acabamos de
indicar.
Sin duda alguna, esta definición
toca el fondo del objeto mucho mejor que la fórmula alemana. No se
preocupa ni de la memoria, ni de la generalidad, ni de la integridad del
desarrollo individual, y no las admite más que cuando pueden ayudar y
alcanzar el fin último.
No es solo Jaime Mill quien quiere dar
demasiada extensión a esta cuestión. Subdividen ordinariamente la
educación en educación física, educación
intelectual, educación moral, educación religiosa y
educación técnica. Ahora bien, si examinamos lo que debe
entenderse por educación física, vemos que es
el arte de procurar al hombre una salud perfecta
por una alimentación, un modo de vestir y un régimen general
hábilmente escogidos». Mill trata de esto en su
artículo, y Herbert Spencer le consagra otro muy interesante en su obra
sobre la educación.
Sin embargo, nos parece que cualquiera
que sea su importancia, la educación física puede dejarse a un
lado. No depende en ningún modo de los principios y de las
consideraciones sobre las que el profesor, propiamente dicho, se apoya para
cumplir su misión. La educación tal como la comprenden
generalmente no gana nada en la discusión de este punto, el cual
además no recibe ninguna luz nueva reuniéndole con las reglas
seguidas por el profesor propiamente dicho.
La salud o el vigor del cuerpo es la
primera condición necesaria cuando se trata de atender a su
educación o a la del entendimiento; pero el profesor no se encarga de
fijar las reglas de la higiene.
Permítasenos calificar de
inadvertencia esta asociación de la higiene y de la educación;
pero, en todo caso, no podría llevarnos a una discusión
difícil.
No diremos otro tanto de la parte de
esas definiciones que quiere que el objeto de la educación sea de
conducir a los hombres a la felicidad, a la virtud y a la perfección.
Tal vez nos concedan, sin pena, que la educación no es más que
uno de los medios que conducen al fin último. Sin embargo, podrán
producirse muchas diferencias de opinión sobre lo que constituye la
felicidad, la virtud o la perfección. Además, el verdadero sitio
de esta discusión se encuentra en los tratados de moral y de
teología, y, si la introducen en el dominio de la educación, no
debe ser recibida más que con mucha reserva. Antes de abordar esta
dificultad, la mayor de todas, queremos hablar aun de algunas otras
definiciones de la educación que, nos parece, pecan por su mucha
extensión. Podemos citar aquí el segundo Mill que a ejemplo de su
padre, y contra la costumbre de casi todos los teóricos, debuta,
more scientifico, por una definición.
Segun su opinión, la educación comprende: «todo lo que hacemos para nosotros mismos y todo lo que hacen los
demás para nosotros con el objeto de aproximarnos a la perfección
de nuestra naturaleza». En su acepción más extensa
comprende hasta los efectos indirectos producidos sobre el carácter y
sobre las facultades del hombre por cosas, cuyo objeto directo es enteramente
diferente: por las leyes, las formas de gobierno, las artes industriales, las
diferentes formas de la vida social, y hasta por hechos físicos
independientes de la voluntad del hombre, tales como el clima, el sol y la
posición local.» Admite, sin embargo, que esta es una manera muy
extensa de considerar la cuestión, y da en cambio, otra
definición más concisa, pero que va más recta al fin que
se propone.
La educación es la cultura que cada
generación da a la que debe sucederle, para hacerla capaz de conservar
los resultados de los adelantos que han sido hechos, y si puede ser llevarlos
más allá.
La primera de estas definiciones es
demasiado larga hasta para la filosofía de la educación
más extensa, y además, conduce necesariamente a discutir sobre lo
que constituye la perfección. Las influencias que el clima, la
posición geográfica, las artes, las leyes, el gobierno y las
diferentes formas de la vida social ejercen sobre el carácter del
hombre, constituyen una de las más interesantes cuestiones de la
sociología, y allí solo conviene estudiarlas. Lo
que hacemos para nosotros mismos, y lo que los demás hacen para nosotros
con el fin de acercarnos lo más que sea posible a la perfección
de nuestra naturaleza, puede, o no, ser la educación en el sentido
exacto de esta palabra. No creemos que sea conveniente introducir en la
cuestión de educación, así comprendida, la influencia
directa de las recompensas y de los castigos. Sin duda alguna, hacemos
algún esfuerzo para perfeccionarnos, y la sociedad toma también
parte en la obra de nuestra educación, en un sentido bastante exacto de
esta palabra; pero la influencia general de la sociedad en el reparto de los
castigos y de las recompensas no es el hecho esencial de la educación
como la comprendemos, por más que sea una parte accesoria de algunas de
sus funciones legítimas.
La definición más concisa
de Mill no es absolutamente inexacta: la acción primera ejercida sobre
cada generación por la que la ha precedido merece, por muchos conceptos,
el nombre de educación; pero esta definición es más bien
ambiciosa que científica; no puede sacarse nada de ella, y no trae
naturalmente el desarrollo que la sigue.
El artículo
Educación en la Enciclopedia de
Chambers nos suministra la definición siguiente: «La educacíon en el sentido más extenso de esta
palabra es dada al hombre, sea para su bien, sea para su perdición, por
todo aquello de lo que hace la experiencia desde la cuna hasta la
tumba» (mejor sería decir que todo esto le forma, le hace e
influye en él). Pero en el sentido más abstracto y más
común, se entiende por educación los esfuerzos
cuyo fin expreso es formar a los hombres de cierto modo; los esfuerzos de los
hombres hechos para aclarar la inteligencia y formar el carácter de la
juventud (esto es insistir demasiado sobre el hecho de la influencia
exterior), y más especialmente,
el trabajo de los profesores propiamente,
dichos». Esta última consideración es la que
más se acerca al punto principal, a saber: los medios y métodos
empleados por el profesor, pues aunque éste no sea sólo para
trabajar en la obra que le está confiada, sin embargo, él es
quien personifica el método en toda su sencillez y pureza. Si en fuerza
de averiguaciones, de invenciones y de discusiones, elevamos su arte a la
altura del ideal, habremos hecho casi todo lo que se puede esperar de la
ciencia y del arte de la educación.
Volvemos a la mayor dificultad, es decir
a la de saber cuál es el objeto de la educación, o si esto es la
felicidad y la perfección del hombre, qué indicaciones definidas
suministra este hecho al profesor. Hemos hecho ya notar que esta
cuestión pertenece a otras ciencias; y si aquellas no han podido darle
respuestas claras y unánimes, no está el profesor obligado a
llenar esta falta.
La solución de este problema
presenta dos puntos difíciles: uno evidente, el otro ménos
fácil de entender, pero cuyo conjunto demuestra todo lo que el profesor
puede hacer.
El primer punto es determinar
cuáles son las cosas que todos los hombres reconocen como necesarias. Su
número es considerable, y los ejemplos no pueden ser más
patentes. Son los temas tratados universalmente en las escuelas.
El segundo punto se refiere a las cosas
sobre las cuales los hombres no están de acuerdo; el profesor
deberá establecer lo que costarán esas adquisiciones dudosas,
pues esta consideración debe formar, al menos, uno de los elementos de
la decisión que se ha de tomar relativamente a ellas.
Los profesores más hábiles
son los que pueden decirnos mejor en qué medida puede contribuir la
educación a suavizarlas costumbres, a formar el hábito de la
abnegación, a favorecer el equilibrio de todas las facultades, a
desarrollar el hombre entero, y a otras muchas cosas.
Veremos que una parte de la ciencia de
la educación consiste en dar el análisis más perfecto de
todas las adquisiciones complejas.
Según este análisis,
podrá calcularse lo que cuestan, y por este medio, será
más fácil conocer si se piden al profesor cosas
contradictorias.
Buscando así el objeto de la
educación, hemos llegado, por decirlo así, sin querer, al trabajo
de la escuela. Habrán de hacerse, tal vez, muchas modificaciones a este
hecho para darle una forma científica; pero nada puede ser más
útil para guiar y aclarar nuestras averiguaciones desde el
principio.
Así, pues, el hecho primitivo y
esencial para el éxito de la obra del maestro es, ante todo, la
propiedad plástica del entendimiento. De esto dependen, no sólo
la adquisición de los conocimientos, sino también todas las
adquisiciones posibles. La manifestación más clara de esta
cualidad consiste en la facultad de conservar, por la memoria, los
conocimientos adquiridos. Bajo este punto de vista, la cosa principal en el
arte de la educación es la
averiguación de los medios de desarrollar
la memoria. Esto nos conduce, naturalmente, a examinar cuáles son
las diferentes aptitudes intelectuales que contribuyen de un modo directo o
indirecto a esta función. En otros términos, debemos preguntar a
la ciencia del entendimiento humano todo lo que puede enseñarnos sobre
las condiciones de la memoria.
Aunque la memoria, es decir, la facultad
de adquirir y conservar los hechos, dependa principalmente de una sola y
única propiedad de la inteligencia que merece, por consiguiente, el
estudio más profundo, hay otras varias facultades que dependen de la
inteligencia y de la sensibilidad, y que deben tenerse en cuenta en el estudio
científico de la educación. Hemos obtenido así una primera
subdivisión de nuestro objeto; la parte puramente psicológica.
Otra rama de la ciencia de la educación ha quedado, hasta ahora, sin
nombre. Es la averiguación del órden mejor y más natural
que se ha de dar a los diferentes temas de estudio, según su sencillez o
su complejidad relativa y su dependencia mutua. Para tener éxito en
educación, es necesario no presentar un objeto al discípulo,
más que cuando se ha hecho dueño de todo lo que puede prepararle
a aquel. Esto es bastante evidente en ciertos casos: la aritmética se
enseña antes que el álgebra, la geometría antes que la
trigonometría, la química inorgánica antes que la
química orgánica; pero en muchos casos, el orden natural se
encuentra ocalto por las circunstancias, y exige una averiguación muy
minuciosa. Llamaremos a esto la rama analítica o lógica de la
teoría de la educación. Todo método científico
debe, ante todo por un exámen completo y profundo, darse bien
exactamente cuenta del sentido de los términos principales que
emplea.
Para la ciencia de la educación,
por ejemplo, solo el sentido vago de la palabra «disciplina» impide resolver muchas cuestiones.
Otra advertencia que se aplica de una
manera especial al asunto que nos ocupa, es, que en todo, el conocimiento nos
viene sobre todo, de la combinación de los principios generales
suministrados por las ciencias con observaciones y experiencias bien
conducidas, y hechas en la práctica ordinaria. Todo estudio profundo
necesita la convergencia de esas dos luces.
En lenguaje técnico llamamos esta
convergencia: «la unión del método
deductivo y del método inductivo» Las deducciones deben ser
obtenidas separadamente por el método que les es propio, y con toda la
precisión posible. Las inducciones son las máximas de la
práctica, previamente purificadas por numerosas comparaciones, y con
todas las precauciones necesarias.
Nos proponemos apartar así de la
ciencia de la educación todo lo que pertenece a partes mucho más
extensas de la cultura humana, para reconcentrar nuestra atención sobre
lo que constituye exclusivamente la educación, es decir, sobre los
medios de constituir las facultades adquiridas de los seres humanos.
Evidentemente, se trata para el profesor de comunicar lo que sabe; pero la
educación se extiende a las facultades no intelectuales del ser moral, a
las actividades y a las emociones, siempre bajo el imperio de las mismas
fuerzas.
La educación no abraza el empleo
de todas nuestras funciones intelectuales. No por el mismo arte se dirigen las
facultades hacia el trabajo projuctivo, como por ejemplo, el de las profesiones
liberales, las averiguaciones científicas, o las creaciones
artísticas. En una y otra rama, hay que tener cuenta de los principios
del entendimiento humano; pero por más que se encuentren algunas veces,
son bastante distintas para que haya ventaja en considerarlas separadamente. En
su tratado práctico, titulado:
The conduct of the Understanding
(Guía del entendimiento) Locke se ocupa sin distinción de las
facultades de adquisición, de producción y de
invención.
  Capítulo II
Relación de la Fisiología y de la
Educación
Necesidad evidente de la salud
física y de sus condiciones.- La plasticidad del entendimiento
considerada bajo su punto de vista fisiológico.- La fuerza de los
diferentes órganos, no es igual en todos.- El cerebro puede ser
alimentado a expensas de otros órganos, y vice-versa.- La inteligencia y
la emoción pueden disputarse las fuerzas del cerebro.- La memoria, o
facultad de adquisición, considerada como desarrollo cerebral, y lo que
cuesta.
La ciencia fisiológica unida a
las observaciones empíricas acumuladas por nuestros antecesores, debe
guiarnos en la averiguación de los medios que deben emplearse para
desarrollar y conducir a su completa madurez las facultades físicas de
los seres vivientes. Esto es, lo repetimos, una acción esencialmente
distinta de la educación propiamente dicha.
El arte de la educación supone la
existencia de una regular salud física, pero no busca los medios de
entretener o aumentar el término medio de aquella. Su punto de contacto
con la fisiología e higiene, está limitado a la función
plástica o adquisitiva del cerebro, la propiedad de fortalecer las
relaciones nerviosas indispensables a la memoria, a la costumbre, y a toda
facultad adquirida.
Pero, en el estado actual de la
fisiología, llegamos pronto al término de sus aplicaciones a la
economía de la facultad plástica. No podemos, pues, contar en
este estudio, más que por los resultados de nuestra experiencia directa
del trabajo de la educación, corregidos y aclarados, algunas veces, por
las leyes fisiológicas ya demostradas. Sin embargo, habría
ingratitud en desconocer los servicios prestados a la educación por la
doctrina fisiológica de la base física de la memoria.
En efecto, debemos a la
fisiología el conocimiento de un hecho general muy importante: ella nos
enseña que la memoria depende de una propiedad o facultad nerviosa,
entretenida por la nutrición, como todas las demás facultades
físicas, y sumisa a dos alternativas de ejercicio y de reposo. Ella nos
enseña igualmente que, como todas las demás funciones, la
plasticidad del cerebro puede ser detenida en su desenvolvimiento por la falta
de ejercicio, o agotada por el exceso contrario.
Bajo el punto de vista de la
fisiología pura, creemos necesario llamar la atención
particularmente sobre una circunstancia. El cuerpo humano es una gran
reunión de órganos o de intereses: digestión,
respiración, músculos, sentidos, y cerebro. Cuando el cuerpo se
fatiga, sufren, en general, todos sus órganos; si se les restaura, todos
los órganos, en general, reciben un nuevo vigor. Tal es la primera
consecuencia de esta reunión, y la más evidente.
Añadiremos, sin embargo, que los seres humanos están constituidos
desigualmente bajo el punto de vista de sus diferentes funciones, los unos son
fuertes por el estómago, los otros por los músculos, y otros por
el cerebro. En todos, la renovación de fuerzas se manifiesta igualmente;
los órganos predominantes reciben una parte proporcional al capital de
cada uno: a aquel que tenga mucho, mucho se le dará. En fin, esta es una
consideración que debe tenerse en cuenta; el órgano que desplesga
la mayor actividad en un momento dado, recibe entonces más que su parte,
de suerte que, ejercitando desigualmente los diferentes órganos, les
aseguran, por esto mismo, una parte desigual de alimentación.
Pero veamos el punto importante. Para
aumentar la propiedad plástica del entendimiento, es necesario alimentar
el cerebro. Es bastante natural suponer que se obtendrá este resultado
alimentando todo el cuerpo; y en efecto, se conseguirá con tal que otros
órganos no tengan exigencias exorbitantes, que les aseguren una parte
exagerada, no dejando más que muy poco para el órgano del
entendimiento. Si los músculos o los órganos digestivos trabajan
demasiado, el cerebro no podrá dar lo que se le pida. Pero si el cerebro
se organiza por la naturaleza, y sobrescitado por una estimulación
enérgica se atribuye la mayor parte en la nutrición general, se
producirá el resultado contrario a las funciones intelectuales; se
encontrarán exaltadas, y las otras, más o menos debilitadas. Tal
es el estado que acompaña un gran desarrollo de la fuerza
intelectual.
Hay, pues, también necesidad de
establecer una distinción entre las mismas funciones intelectuales, pues
son muy diferentes, y se excluyen mutuamente. Para hacerlo entender, no
necesitamos establecer subdivisiones muy numerosas. El contraste más
marcado es el que existe entre las funciones emocionales y las intelectuales,
entre el sentimiento del placer, dolor y excitación, y el del
conocimiento. En sus manifestaciones extremas, son hostiles el uno al otro: la
inteligencia sufre bajo el imperio de una emoción excesiva; cuando la
inteligencia hace un gran esfuerzo, las emociones desaparecen en ciertos
límites que es inútil fijar aquí.
Ahora bien, la influencia, en el sentido
más lato de la palabra, no es idéntica a la operación de
la memoria u operación plástica. El mejor medio de llegar a las
leves de esta fase particular de nuestra inteligencia es de estudiarla como un
hecho puramente intelectual. Sin embargo, puede ser considerada bajo un acto
fisiológico que confirme ampliamente nuestras observaciones. Bajo el
punto de vista físico o fisiológico, la memoria o la facultad de
adquirir es una serie de procesos nerviosos, la formación de un cierto
número de senderos construidos sobre ciertas líneas de la
sustancia cerebral. Así, pues, puede decirse desde luego, que bajo el
punto de vista de las necesidades de nutrición, este es el acto de la
inteligencia que lleva consigo el mayor gasto. Ejercer una facultad ya
adquirida, debe ser mucho más fácil que constituir una nueva.
Podemos estar perfectamente en estado de sufrir el primero de estos actos,
siéndonos imposible sufrir el segundo. En realidad, el éxito en
una nueva adquisición, considerado según las probabilidades
fisiológicas, debe ser obra de los momentos poco frecuentes, escogidos y
particularmente favorables en que la energía cerebral es a la vez
abundante y bien dirigida.
  Capítulo III
La edificación de la inteligencia
Todas las ramas de la
psicología son aplicables a la educación, sobre todo la
psicología de la inteligencia.- EL DISCERNIMIENTO, fundamento de la
inteligencia.- Condiciones del discernimiento. 1º entendimiento despejado:
2º ausencia de toda excitación extraña: 3º
interés: 4º yuxtaposición.- Ejemplos de discernimiento.-
RETENTIVIDAD.- Su ley fundamental: necesidad de la educación o de la
repetición-Circunstancias accesorias.-
Circunstancias favorables a la
retentividad. 1º Estado físico; la retentividad comparada con
otras funciones del cerebro bajo el punto de vista del gasto de energía;
momentos más favorables para el trabajo retentivo: 2º La
CONCENTRACIÓN.- Influencia de la voluntad.- El placer del trabajo.-
Acción del dolor.- Excitación neutra.- Sus modos más
favorables.- La memoria sigue la delicadeza del discernimiento.- La vivacidad
de las transiciones.- La SEMEJANZA o el ACUERDO.- Choque producido por la
semejanza en la diversidad.- El descubrimiento de las semejanzas está
favorecido 1º por la pequeñez de las diferencias; 2º por la
yuxtaposición; 3º por la acumulación de ejemplos.- FACULTAD
DE COMBINACIÓN.- Sus condiciones: 1º objetos que combinar; 2º
idea clara del resultado al cual se desea llegar: 3º tentativas
repetidas.- ALTERNATIVA Y SUSPENSIÓN DE LA ACTIVIDAD INTELECTUAL.- El
sueño es la única suspensión completa de la acción
intelectual.- Descanso dado al entendimiento por la alternativa de ejercicios.-
El estudio y el juego.- La audición y la ejecución.- La
práctica de lo que se ha aprendido.- La memoria y el juicio.- Las
lenguas y las ciencias.- Alternativa de los diferentes estudios.
El trabajo más importante en la
ciencia de la educación debe ser el estudio de todas las leyes
psicológicas que tienen relación directa o indirecta con la
acción adquisitiva de la inteligencia. Todas las ramas de la
psicología dan buenos resultados, pero sobre todo de la
psicología de la inteligencia es de la que más puede esperarse.
De las tres grandes funciones que la inteligencia presenta en el último
análisis, -discernimiento, acuerdo y función retentiva o
memoria,- la última es la que se identifica de la manera más
completa con el arte de la educación; sin embargo, las otras dos entran
también en él como elementos, cada una a su modo.
DISCERNIMIENTO
El entendimiento tiene por punto de
partida el discernimiento. La conciencia de la diferencia es el principio de
todo ejercicio de la inteligencia. Experimentar una sensación nueva es
comprobar un cambio: si la temperatura de una sala se eleva a diez grados, un
cambio de sensación nos participa este hecho; si no experimentamos
ningún cambio de sensación, ninguna conciencia de
alteración, tenemos perdido el hecho exterior; no lo notamos, y se dice
que no lo sabemos.
Nuestra inteligencia, tiene, pues, por
límite absoluto, la facultad de discernimiento. Las demás
funciones de la inteligencia, la facultad de retener, por ejemplo, no entran en
juego hasta después que hemos comprobado una diferencia entre cierto
número de objetos. Si no sintiéramos primero la diferencia entre
la luz y la oscuridad, lo negro y lo blanco, lo encarnado y lo amarillo, no
tendríamos escenas visibles que poder recordar, hasta con la facultad de
retener, más desarrollada, no podríamos conservar ningún
recuerdo del mundo exterior: la ausencia de sensación entraña
necesariamente la ausencia de memoria.
Diremos más todavía. La
delicadeza del sentimiento de las diferencias da la medida de la variedad, de
la multitud de nuestras primeras impresiones y, por consecuencia, de los hechos
acumulados en nuestra memoria.
Si un hombre no entiende más que
doce notas diferentes en la escala musical, estas notas son para él los
límites de la memoria de los sonidos; si otro percibe ciento diferentes,
sus ideas o sus recuerdos de sonidos se encuentran multiplicados en la misma
proporción. La acción de la facultad de retener se extiende tanto
como la de la facultad de conocer las diferencias, sin poder llegar a
más.
Hemos recibido de la naturaleza cierta
facultad de discernimiento para cada modo de sentir. Sabemos ante todo
distinguir, con más o menos delicadeza, las percepciones suministradas
por la vista, el oído, el tacto, el olfato, y el gusto; y la delicadeza
de cada sentido está muy lejos de ser igual en diferentes individuos.
Tal es el primer origen de las diferencias de carácter intelectual, de
gustos y de tendencias varias que se notan en diferentes personas. Si un
individuo puede, desde el principio, apreciar cinco matices de color donde otro
no distingue más que uno solo, los caminos de estos dos hombres
están trazados de antemano, y la distancia entre ellos es bien
marcada.
Es muy importante, sin duda alguna,
reconocer esta desigualdad nativa antes de determinar la tendencia especial que
debe darse a la educación de un niño. Pero para el que
enseña, es más importante aun darse cuenta de los medios por los
que puede activar y acrecentar la facultad de apreciar las diferencias.
Partiendo de aquí, mientras que la inteligencia no conoce la diferencia
que existe entre dos cosas, no ha dado todavía el primer paso; el
maestro deberá examinar qué circunstancias y condiciones son
favorables o desfavorables al ejercicio de la facultad de discernir.
La primera condición que no se
aplica a la única función del discernimiento, pero sí a
todas las funciones intelectuales, es que el entendimiento sea vigoroso, joven
y despejado. Si es endeble, lánguido o dormido, no puede percibir las
diferencias. Para todo trabajo intelectual, es necesario que el entendimiento
sea vivo, despejado, y que esté en la plenitud de su fuerza y actividad.
Si el adormecimiento de la inteligencia proviene simplemente de su pereza, el
maestro,
recurriendo a medios artificiales para disipar
el adormecimiento y despertar el entendimiento, habrá sacado el
discípulo del estado tan bien llamado
indiferencia, es decir, del estado en que no
reconoce ya las diferencias que existen realmente entre varias impresiones.
Puede suceder que el entendimiento sea
fresco y vivo, pero que sus fuerzas se ejerciten en una falsa dirección.
Existe entre la actividad intelectual y la actividad emocional una
oposición bien conocida, que produce entre ellas cierta
incompatibilidad.
Bajo el imperio de una emoción
viva, las fuerzas intelectuales disminuyen, y no obedecen más que a esta
emoción. Es preciso, que el entendimiento esté tranquilo para que
su facultad de discernimiento, lo mismo que todas las demás facultades,
se ejerzan con aprovechamiento. Discutiremos más adelante, con todos los
detalles que exige, el punto tan delicado del modo con que el maestro debe
gobernar y dirigir las diversas emociones.
No hay que olvidar que los ejercicios
intelectuales son esencialmente insípidos y sin atractivos. Bajo el
punto de vista del esfuerzo que exigen, causan, en una débil medida, el
placer que produce siempre el ejercicio regular de una facultad exuberante,
pero esto se aplica en primer lugar al trabajo de los discípulos ya
adelantados, y es muy poco marcado al principio de la educación. La
primera circunstancia que da algún interés al ejercicio de la
facultad de distinción, es una impresión de placer o de dolor. Es
necesario que el acto de discernir lleve consigo una consecuencia que llame
vivamente la atención del entendimiento. Una diferencia, completamente
desposeída de interés, no atraerá jamás la
atención del discípulo.
El paso del frío al calor, de la
oscuridad a la luz, del hambre a la hartura, y del silencio al ruido, nos
presentan otros tantos hechos que tienen más o menos interés, y
que producen por consiguiente, impresiones más o menos vivas. A estos
hechos acompaña siempre una sensación bien marcada. Para nutrir
la inteligencia, es preciso que el entendimiento pueda percibir cambios
más o menos grandes; lo que caracteriza la naturaleza intelectual, es la
debilidad de la emoción que le es indispensable para percibir una
diferencia. Es evidente que una demostración ruidosa atrae siempre la
atención y conduce a la percepción de una diferencia; pero, en
este caso, el resultado se obtiene a mucha costa.
Uno de los mejores medios
prácticos de hacer reconocer o retener la diferencia entre dos hechos,
es el de colocarlos inmediatamente uno después del otro. El paso
rápido de uno a otro hace evidente una diferencia que no se
notaría si se dejara trascurrir cierto intervalo entre los dos, sobre
todo si, entre tanto, se ocupase con otro objeto el entendimiento del
discípulo. Esta regla es, por decirlo así, evidente por sí
misma, y su aplicación da buenos resultados cuando las circunstancias se
prestan a ello; pero poco frecuente es que los maestros y los instructores
saquen de esto todo el partido posible. La distracción más ligera
basta generalmente para hacer olvidar su importancia.
Para comparar dos notas, las hacemos
oír rápidamente una después de otra; para comparar dos
matices de un mismo color, enseñamos uno e inmediatamente el otro; para
comparar dos pesos, cogemos uno en cada mano, examinando la sensación
que producen, primero en una, y después en la otra, alternativamente.
Estos son casos sencillos y comunes; pero la comparación de dos formas
es una operación más complicada, para la que no seguimos el mismo
procedimiento. Si se trata de apreciar dos distancias, las colocaremos una
junta a otra, y lo mismo tratándose de dos ángulos. Para el
número, podemos disponer dos grupos de objetos en dos líneas
paralelas entre sí,-por ejemplo, tres objetos en una de las
líneas, y cuatro o cinco en la otra, y de este modo hacemos ver
fácilmente la diferencia que existe.
La comprobación de una simple
diferencia de tamaño no es más que un hecho de
yuxtaposición. La forma, considerada independientemente del
tamaño, no es tan fácil de comprender. Para establecer la
diferencia entre un triángulo y un cuadrilátero, es preciso
contar los lados de cada un a de esas figuras, y reemplazar la diferencia de
forma por la consideración más sencilla de una diferencia de
nombre. Un triángulo rectángulo, un triángulo
acutángulo, y un triángulo isósceles, se comparan por la
yuxtaposición de sus ángulos. La diferencia entre un
círculo y una elipse se compara por la de la curva y de los
diámetros: en el uno, la curva es uniforme, y todos sus diámetros
son iguales; en el otro, la curva varía, y los diámetros son
desiguales. En cuanto a la diferencia entre una curva cerrada y una curva
abierta, es bastante evidente por sí misma.
Así las formas geométricas
pueden reducirse a bases de comparación muy sencillas, y el maestro las
analizará de la manera que vamos a indicar. Para las formas irregulares
y caprichosas, los términos elementales a los que se reducen, son
también los mismos: dimensiones lineales, número, dimensiones
angulares, curvatura; pero se puede llamar la atención de muchas y
diferentes maneras. Algunas veces hay una semejanza notable, y que se impone,
por decirlo así, al entendimiento, con una diferencia muy ligera, que
escapa a nuestra vista, como sucede con las cifras 3 y 5 y con las letras C y G
de nuestro alfabeto. El alfabeto hebráico nos suministra ejemplos
todavía más marcados. En este caso es preciso indicar claramente,
y hasta con exageración, la pequeña diferencia que existe. Se
pueden tener también modelos de un mismo tamaño para que
sobrepuestos, hagan resaltar la diferencia. El maestro debe esforzarse por
llamar toda la atención del discípulo sobre el detalle que
constituye esta diferencia, y hacerle después que lo reproduzca por
sí mismo, dedicando, por ejemplo, una lección especial para
preguntar al discípulo las cifras o letras que son más parecidas,
y los puntos de diferencia que se notan entre ellas.
Si el maestro quiere elevar a mayor
altura los métodos que debe seguir para el estudio de las diferencias,
los mejores ejemplos son aquellos en que se trata de comprobar a la vez las
diferencias y los puntos de semejanza. Más tarde volveremos a este
asunto, después de haber examinado la facultad intelectual de las
semejanzas. Lo que tenemos interés en establecer aquí, ante todo,
es la necesidad del acto de discernir, como preludio de toda impresión
intelectual, y como base de acumulación de conocimientos, a la que hemos
dado el nombre de
memoria. La facultad de comprobar las
semejanzas es, igualmente, indispensable; pero ni es necesario ni útil
examinar aquí el ejercicio de esta facultad antes de haber estudiado la
facultad plástica de la inteligencia.
RETENTIVIDAD O MEMORIA
La memoria es la facultad que
desempeña el papel más importante en la educación. Gracias
a ella son posibles los crecimientos intelectuales, o en otros términos,
la adquisición de capacidades que la naturaleza no nos había
dado.
Toda impresión que sufrimos tiene
cierta duración si es bastante fuerte para despertar la conciencia en el
mismo momento que se produce; puede persistir después que la causa que
la ha producido ha desaparecido, y puede reaparecer más tarde en el
estado de idea o impresión renovada por la memoria. Una llama que brota
bruscamente despierta nuestra atención, produce una fuerte
impresión en la vista, y llega a ser una idea conservada, por la
memoria; de tal modo que, después, pensamos en la llama sin verla
realmente.
Es poco común que un hecho que no
se produce más que una sola vez, deje una idea durable que vuelva a
aparecer, siendo preciso, para que esto se verifique, que el hecho se repita
varias veces. La fijeza de la impresión exige cierto tiempo; es
necesario prolongar el primer choque o renovarlo diferentes veces. La primera
ley de la memoria o facultad de retener o adquirir, puede considerarse en las
dos máximas siguientes: «sólo la
práctica conduce a la perfección» «ejercitando una facultad es como se le da fuerza», y
otras semejantes. Tales son en el fondo las reglas seguidas desde tiempo
inmemorial por nuestros maestros:
es preciso repetir una lección sin
abandonarla hasta que esté bien sabida.
Todo progreso en el arte de
enseñar depende de la atención con que observemos las diferentes
circunstancias que favorecen la adquisición o que disminuyen el
número de repeticiones necesarias para obtener tal o cuál
resultado. Hay grandes economías que hacer en la facultad
plástica del organismo humano; y cuando hayamos limitado estas
economías todo lo posible, habremos alcanzado la perfección en
uno de los ramos más principales del arte de educar. Así pues, es
indispensable buscar con el mayor cuidado todas las condiciones conocidas que
favorezcan o que paralicen el desenvolvimiento plástico del
organismo.
Por más que ciertos
filósofos hayan afirmado que todos los entendimientos son, por decirlo
así, iguales, bajo el punto de vista de la facultad de adquirir,
sería preciso que un maestro tuviera poca experiencia para interesarse
en estas afirmaciones. La desigualdad de los diferentes entendimientos, bajo el
punto de vista de la asimilación de las lecciones, en circunstancias
absolutamente idénticas, es un hecho bien comprobado, y este es uno de
los obstáculos que presenta la enseñanza dada
simultáneamente a cierto número de discípulos agrupados en
una misma clase; para superarlos se necesitan mucho tacto y habilidad
práctica, cualidades que ninguna teoría de educación puede
darnos.
Las diversas adquisiciones intelectuales
difieren entre sí por ciertos detalles secundarios, de los que nos
ocuparemos después de haber estudiado a fondo las condiciones generales
aplicables a todas. Entre estas adquisiciones, las que presentan el contraste
más marcado, son aquellas que dependen de la inteligencia, de los
sentimientos y de la voluntad. En el número de adquisiciones
intelectuales, propiamente dichas, colocaremos las artes mecánicas, las
lenguas, el mundo material, las ciencias y las bellas artes, con sus
divisiones.
CIRCUNSTANCIAS GENERALES FAVORABLES A LA
MEMORIA
La primera de estas circunstancias es el
estado físico del individuo. Ya hemos tenido ocasión de hablar de
esto a propósito de la fisiología, y también en nuestras
observaciones sobre la facultad de discernir. El estado físico comprende
la salud general, el vigor y la actividad del organismo en el momento de
ejercerse la facultad, agregándole, como condición indispensable,
que una porción suficiente de la alimentación, en vez de
consagrarse exclusivamente a activar las funciones físicas, se dirija
hacia el cerebro.
En interés de la actividad
intelectual es necesario que el sistema muscular, el sistema digestivo y, en
una palabra, todas las partes del organismo, se ejerzan en la medida que da al
organismo entero su máximum de fuerza general, sin rebasar nunca los
límites de esta medida. Todavía iríamos más largo
si se tratase de los placeres del cuerpo, pero esto no es de lo que nos
ocupamos. Un hombre debe, pues, ejercer sus músculos, alimentarse bien,
dar a la digestión el tiempo de cumplir su tarea, y, por último,
tomarse el reposo necesario, -todo por asegurar al entendimiento la mayor suma
de fuerza posible, sobre todo si se trata del difícil trabajo de la
educación.- El estado actual de nuestros conocimientos
fisiológicos y medicales nos permite hasta indicar, para un caso dado,
las proporciones razonables de cada uno de estos elementos.
Todo parece indicar que, bajo el punto
de vista puramente físico, la producción de impresiones en el
cerebro, aunque no sea jamás suspendida, está muy lejos de ser
siempre igual. Todos sabemos que, en ciertos momentos, somos incapaces de
recibir impresiones durables, mientras que en otros, nuestra sensibilidad se
encuentra extremadamente exaltada. Esta diferencia no puede llevarse entera a
la más grande energía intelectual; puede suceder que una
considerable reserva de fuerza se destine a otros actos del entendimiento,
como, por ejemplo, al cumplimiento de simples actos de rutina, y que no quede
más que muy poco para retener nuevas impresiones; estamos en estado de
leer, de conversar, de escribir, y de prestar atención a los ejercicios;
podemos dejarnos llevar de nuestras emociones y seguir una ocupación
dada, sin estar en estado de agregar nada a los hechos que posee nuestra
memoria, o de adquirir nuevos conocimientos. Hasta las acciones en que tomamos
parte, se olvidan al poco tiempo. ¿Qué hay, pues, de notable en
la alimentación física de la propiedad plástica del
cerebro? ¿En qué momentos esta propiedad está en la
plenitud de su acción? ¿Cuáles son las cosas que la
alimentan y la conservan de una manera especial?
Por más que este punto no se haya
estudiado todavía suficientemente, los hechos ya conocidos parecen
autorizarnos a afirmar que la función plástica o retentiva es la
energía más elevada del
cerebro, el colmo de la actividad nerviosa. Para arraigar una tendencia
nueva, para poner una impresión en estado de bastarse a sí misma,
y de reproducirse a voluntad, suponemos, con fundamento, que es necesario
consumir más fuerza nerviosa que para toda otra especie de ejercicio
intelectual. Los momentos propicios a la acumulación de los
conocimientos por la memoria, a la formación de las costumbres y de
nuevas adquisiciones son, pues, los del máximun de fuerza en reserva. Se
necesita además un conjunto de circunstancias favorables en la
manifestación más considerable de la energía cerebral, y
entre otras, la actividad completa del organismo, unida a la ausencia de toda
causa que pudiera rápidamente poner obstáculos.
Para probar lo que dejamos manifestado,
nos serviremos del género de trabajo intelectual que parece ocupar el
segundo lugar, relativamente a la energía cerebral que exige. El
ejercicio de la facultad de raciocinar -la resolución de problemas
nuevos, la aplicación de una regla a casos nuevos, el trabajo
intelectual de las profesiones serias como, por ejemplo, la de derecho-, exige
un esfuerzo de entendimiento considerable, y su facilidad depende del vigor del
cerebro en el momento de dedicarse a él. Sin embargo, los trabajos de
este género exigen menos fuerza que el trabajo de la memoria; podemos
dedicarnos a ellos en los momentos en que nuestra memoria rehúse recibir
impresiones nuevas y durables. En la vejez, en una edad en que no estamos ya en
estado de adquirir conocimientos nuevos, podemos dedicarnos todavía, con
éxito, a un trabajo de raciocinio; podemos estudiar cuestiones nuevas,
inventar nuevos argumentos y nuevas pruebas, y también determinar lo que
es necesario hacer en tal o cuál caso que no se había aun
presentado.
La facultad de combinación
presenta todos los grados, desde el vuelo más atrevido de la
invención y de la imaginación, hasta el punto en que no se trata
más que de repetir a la letra un texto ya conocido. Cuando un orador
compone un discurso nuevo, ejercita más o menos la facultad de combinar;
pero si recita oraciones y fórmulas, si lee un pasaje,esto ya no es
más que una reminiscencia. Esta última forma de energía
intelectual es la que exige menos esfuerzos; es posible hasta cuando el vigor
cerebral esta en su grado mínimo. Cuando la facultad de adquirir no
puede ejercitarse, la de combinar puede aun obrar; cuando la inteligencia no
tiene ya fuerza para apartarse, por poco que sea, de la rutina ordinaria, la
reminiscencia literal es todavía posible.
Otro trabajo intelectual al que podemos
dedicarnos cuando tenemos gastada la facultad de adquirir por la memoria, es el
de las averiguaciones y el de las notas. Para hacer averiguaciones y para tomar
notas, se necesita cierto esfuerzo de atención que es imposible si el
flujo nervioso no está bien desarrollado, pero sí, después
que la energía cerebral se haya reanimado. Cuando el literato u hombre
de ciencia no puede ya enteramente fiarse de su memoria para conservar los
hechos nuevos que le presentan sus lecturas, sus observaciones o sus
reflexiones, puede todavía buscarlas y tomar nota de ellas. Así,
pues, en los momentos del día en que la memoria está menos
activa, puede estudiar todavía con fruto, ayudado del cuaderno de
notas.
Cuando no son las emociones ni violentas
ni excesivas, pueden colocarse entre las acciones que exigen el menor gasto
intelectual; podemos, pues, dedicarnos a ellas en momentos en que somos
incapaces de verificar todo trabajo que sea más costoso, y sobre todo el
de añadir algo a los conocimientos y a las aptitudes que ya poseemos. En
esto, hay todavía diferentes grados, pero de una manera general; podemos
decir que el amor o el odio, son actos para los cuales son suficientes los
grados inferiores de la fuerza nerviosa, aunque sean imposibles para el
entendimiento, llegado a los últimos límites de su
aniquilación.
Este examen rápido de los gastos
relativos de fuerza cerebral que lleva consigo el ejercicio de las diversas
facultades intelectuales, nos permite juzgar de las horas, momentos y
circunstancias más favorables al trabajo de la memoria. Puede admitirse
que, en las primeras horas del día, la energía total está
en su mayor altura, mientras que baja mucho por la tarde; así pues, la
mañana es el momento más propicio para las adquisiciones
intelectuales. Durante las dos o tres horas que siguen al desayuno, la fuerza
del organismo está probablemente en su mayor grado; un reposo completo
de una o dos horas, y después, una segunda comida, seguida de ejercicios
físicos, cuando el trabajo ha sido sedentario, preparan el cerebro a un
nuevo esfuerzo, que no vale, sin embargo, tanto como el primero, a no ser en la
juventud; en fin, cuando la vivacidad de este segundo movimiento se haya
gastado, podrá haber después otro descanso, una tercera fase de
aplicación, pero con resultados muy inferiores a los de la primera,
así como también a los de la segunda. En esta última fase,
no debe emprenderse ningún trabajo importante de adquisición,
pues es imposible poder contar mucho con la plasticidad del organismo; pero
puede sacarse un buen partido de las facultades de combinar y de retener.
El orden regular del día puede,
algunas veces, alterarse por circunstancias excepcionales; mas estas
excepciones no hacen más que confirmar la regla. Si estamos sin hacer
nada durante las primeras horas del día, nuestro entendimiento
podrá, sin duda, estar más fresco y más dispuesto al
trabajo por la tarde; pero esta aplicación tardía no
recompensará la pérdida de las primeras horas: a medida que el
día avanza, disminuye la energía nerviosa, por fácil que
sea la tarea que nos hayamos impuesto. Podemos también en un momento
cualquiera del día, determinar una explosión de energía
nerviosa, por un esfuerzo perseverante y por una estimulación que hace
afluir la sangre al cerebro, sin tener cuenta del tiempo y de las
circunstancias; pero este esfuerzo entraña siempre una pérdida de
fuerza y un cambio de funciones.
Regla general:
Durante la estación del frío, el
vigor llega a su grado máximo, siendo, por lo tanto, el invierno la
mejor época para trabajar. Los resultados del trabajo durante la
estación del calor, o sea el verano, son medianos.
Para darse cuenta del modo con el cual
varía la plasticidad intelectual en las diferentes épocas de la
vida, se podrían evaluar también las fuerzas totales del
organismo en cada época, y buscar luego la parte de estas fuerzas
puestas a disposición del cerebro; pero, como hay que tener aun cuenta
de otras muchas circunstancias, preferimos no tratar ahora esta
cuestión.
Muchos detalles de la economía de
la facultad plástica tienen un lado físico y otro intelectual.
Tales son, por ejemplo, los que se refieren a la tensión y al descanso
de la atención, a los intervalos y a los cambios de ejercicios, a la
regularización nerviosa y a otros puntos menos importantes. Todos estos
detalles pertenecen, en realidad, al estudio de la función retentiva,
pero creemos no deber considerarlos ahora, más que bajo su punto de
vista puramente intelectual.
Toda la ayuda que el entendimiento
suministra a la plasticidad pueden reducirse a una sola idea, la de
Concentración. Toda adhesión,
toda impresión producida en la memoria, toda tendencia comunicada al
entendimiento, entraña también cierto gasto de fuerza nerviosa,
tanto mayor cuanto más satisfactorio es el resultado. Para esto es
indispensable apartar las fuerzas intelectuales de todo otro trabajo que
pudiese perjudicar al primero; sobre todo es necesario compensar todo gasto
excesivo de fuerzas que éste pudiera exigir.
Ante todo, es indispensable conocer bien
las circunstancias que producen la concentración del entendimiento.
Admitimos que las fuerzas intelectuales disponibles son suficientes, y buscamos
los medios de darles una dirección conveniente. Ahora bien, es evidente
que la voluntad es la principal influencia que interviene en igual caso, y ya
sabemos que sus principales estimulantes son el placer y el dolor. Así
es como se presenta la cuestión en primer término; mas lo que
sabemos de psicología nos permite determinar estos elementos,
todavía con mayor precisión.
La voluntad propiamente dicha,
considerada como facultad activa o dirigente, es decir, el movimiento de los
órganos de una manera determinada bajo la influencia de un móvil,
es una facultad desarrollada por la cultura, muy imperfecta al principio, pero
que se perfecciona con la práctica. Ningún estímulo puede
determinar a un niño de un año a mover las manos sin titubear a
señalar un objeto con el dedo, a tocarse la punta de la nariz, o a
avanzar el hombro izquierdo. Los actos más elementales de la voluntad,
el
A. B. C. de todas las adquisiciones
superiores, necesitan ser estudiados por procedimientos especiales y mientras
no hayan hecho bastantes progresos para someterse a la influencia de un
móvil, el maestro no tiene absolutamente ningún poder sobre la
voluntad.
La cuestión no es poco importante
para la práctica de la educación, puesto que nos indica el
momento favorable para la instrucción mecánica, y los
obstáculos con que, al principio, puede encontrarse, a pesar de la
plasticidad con que el cerebro esté dotado. El principal trabajo para
una clase infantil, debe ser la disciplina de los órganos,
acostumbrándolos a seguir la dirección que el maestro les
indique.
Si pasamos ahora a las influencias que
favorecen la concentración, asignaremos el primer lugar al atractivo
intrínseco, es decir, al
placer causado por la acción misma. La
ley de la voluntad, considerada bajo el punto de vista de su mayor poder, es
que el placer siga el movimiento de aquello que lo produce. Toda la fuerza de
que el entendimiento puede disponer, en un momento dado, se inclina hacia el
ejercicio que causa el placer. El placer inmediato que obtenemos, estimula
enérgicamente nuestros esfuerzos si estos contribuyen a prolongarle.
Así es como una impresión se hace más profunda, una
tendencia o una inclinación se halla confirmada, y que muchos actos se
asocien entre sí por nuestra inteligencia: el sentimiento del placer que
se produce al mismo tiempo, despierta la atención, dejando en el
entendimiento un sello indeleble.
Para que el placer obre con toda la
eficacia posible como estimulante de la voluntad, se necesitan dos cosas:
prirnero, no debemos someternos en aquel momento a alguna rutina habitual de
acciones voluntarias que desvien las fuerzas de la voluntad como lo
haría, por ejemplo, un paseo en un jardín ameno; en segundo
lugar, el placer no debe ser intenso ni tumultuoso. Puesto que un gran placer y
un gran esfuerzo intelectual se excluyen mutuamente, no debe recurrirse nunca a
un estimulante demasiado enérgico cuando se trata de obtener aquel de
los resultados intelectuales que exige más fuerzas, es decir, la
formación de aptitudes nuevas y duraderas. Un placer tranquilo y
suficiente por un momento, con ausencia de toda gran tentación, es el
mejor estimulante de nuestros esfuerzos para aprender. Si este placer aumenta
poco a poco, será mucho mejor; un
débil principio con un crecimiento
regular, que no absorbe nunca mucho el entendimiento, es el mejor
estimulante para las facultades intelectuales. Para agrandar aun más el
campo de la estimulación, sin temor de llegar a un exceso perjudicial,
podríamos empezar por el lado negativo; es decir, por el dolor o la
privación, que haríamos poco a poco decrecer durante el curso del
trabajo, hasta que fuese reemplazado por la alegría que causa un placer
creciente. Todos los grandes educadores de la juventud desde Sócrates
hasta nuestros días, han admitido la necesidad de someter primero al
discípulo a un cierto grado de sufrimiento, hecho penoso seguramente,
pero que es fuerza reconocer como una dura verdad. Además el sufrimiento
juega en la educación un papel más importante aun que el que
dejamos dicho, como podrá verse en el capítulo siguiente.
Una satisfacción moderaja,
causada por el placer de aprender, es ciertamente el medio más agradable
para cimentar la unión que queremos formar en el entendimiento.
Expresamos ordinariamente esta ley, diciendo que el discípulo verifica
su trabajo, de todo corazón y que aprende con
amore. Este hecho es bien conocido, pero el
error que contiene, consiste en aconsejar o querer imponer esta
disposición a todos los discípulos y en todos los casos, como si
pudiera remediarse, y no fuera una causa de gasto de fuerzas intelectuales. No
puede el cerebro dar un placer excepcional sin hacerlo pagar caro.
En el número de los motivos de
concentración de fuerzas del entendimiento, después del placer
actual, sigue el placer en perspectiva, la adquisición de un
conocimiento que, más tarde, nos ha de causar satisfacción. Este
estimulante tiene toda la inferioridad que tolera la simple idea del placer
comparada con la realidad. A pesar de esto, admite diferentes grados y puede
ejercer una influencia considerable. Muchas veces, cuando algunos niños
han estudiado bien, sus padres les recompensan de sus éxitos
dándoles dinero; en este caso, la idea del placer es casi igual a la
impresión que causaría un placer actual. Por otro lado, las
promesas de fortuna y honor que la instrucción dará en un gran
número de años, son pocas veces eficaces para determinar el
entendimiento a aplicarse a tal o cuál estudio particular.
Examinemos ahora la acción del
sufrimiento. En virtud de la ley de la voluntad, el sufrimiento nos hace
retroceder ante lo que le causa. Rechazamos un estudio trabajoso, así
como un estudio agradable nos atrae y nos retiene. El único medio de
utilizar el sufrimiento como estimulante al estudio, es sacar de él la
consecuencia de la negligencia o de la falta de ejecución del trabajo
prescrito; encontramos entonces un placer relativo por cumplir con nuestro
deber. Tal es la teoría de los castigos impuestos por falta de
aplicación. Este móvil, es, bajo todos conceptos, inferior a los
demás; y no hay que perder de vista esta inferioridad, cuando se recurre
a él, como se ven obligados a hacerlo, con demasiada frecuencia, los
maestros con la generalidad de los discípulos. El sufrimiento es siempre
una pérdida de fuerza cerebral, mientras que el trabajo del
discípulo necesita la totalidad de esta fuerza. El castigo no obra,
pues, sino con una pérdida considerable, y esta pérdida crece
más aun si llega hasta la fase del terror bien definido. Todos sabemos
que, muchas veces, la severidad vuelve al discípulo completamente
incapaz de verificar el trabajo que se le ha impuesto.
Sin adoptar ninguna de las
teorías hechas
a priori, sobre la cuestión de
saber si es posible determinar el entendimiento humano al trabajo por un
sistema ingenioso de lecciones recreativas, afirmamos, sin temor de
equivocarnos, que si se tiene cuenta de las condiciones físicas, si no
dan a los discípulos más que tareas que no sean mayores que sus
fuerzas, si se les ayuda en una justa medida por preceptos inteligibles, aunque
los castigos sean con frecuencia necesarios, no llegarán nunca a ser
bastante fuertes para traer el desaliento y agotar la energía
plástica. Las mismas observaciones se aplican exactamente al sufrimiento
en perspectiva, teniendo en cuenta la diferencia que existe entre la realidad y
la idea. Todo va bien cuando la perspectiva de castigo ejerce una influencia
suficiente, pues las consecuencias que lleva consigo la negligencia en el
trabajo para el porvenir, son tan variadas y considerables, que dispensan desde
luego tener que recurrir a otro medio; pero como la inteligencia de los
niños no tiene generalmente más que un sentimiento bastante
débil del porvenir, lo mismo para el bien que para el mal, los castigos
impuestos en el mismo momento, no pueden nunca reemplazarse más que por
castigos muy próximos, muy inteligibles e inevitables.
Al estudiar el entendimiento humano, nos
vemos obligados en muchos casos a establecer una distinción sutil entre
el sentimiento del placer o el del sufrimiento, y la de una emoción que
no es agradable ni desagradable. Establecemos la misma distinción para
el objeto que nos ocupa. Existe una forma de concentración intelectual
que ha recibido, con justicia, el nombre de excitación, y que no puede
llamarse agradable ni desagradable. Un ruido violento, un choque repentino, un
movimiento rápido de rotación nos conmueve, nos aviva, o nos
excita; pudiendo tambien causarnos un placer o un sufrimiento; pero puede
igualmente ser enteramente neutro; y hasta cuando hay placer o sufrimiento,
existe una influencia distinta de la que ejercerían estos dos
sentimientos por sí mismos. El entendimiento entra en aquel momento en
un estado de excitación que excluye todas las demás ocupaciones
intelectuales; lo que produce este estado nos absorbe, y no podemos sufrir las
influencias exteriores más que cuando ha cesado. De aquí se
deduce que la excitación es el medio por excelencia de producir una
impresión, de grabar una idea en el entendimiento, y un estimulante
esencialmente intelectual. Será inútil decir que en virtud de la
ley de incompatibilidad de los dos modos de ser contrarios, la
excitación no debe ser violenta ni bastante viva para causar una
pérdida de fuerzas. En un grado moderado y en una justa medida, la
excitación es idéntica a la atención, a la
absorción intelectual, a la concentración de las fuerzas sobre la
acción plástica, de manera que pueda conservar en estado de
recuerdo el objeto que se halla en el foco intelectual. La excitación
así definida no tiene ningún valor como fin, pero con mucho
medio; y este medio contribuye al progreso de nuestro entendimiento, grabando
en él un encadenamiento de ideas útiles.
Réstanos hablar de otra sutileza,
la distinción de distinción. Después de haber opuesto el
sentimiento de excitación al sentimiento de placer o sufrimiento,
tenemos que separar los modos útiles de excitación de los que son
inútiles y hasta perniciosos. La excitación útil es la que
está limitada al objeto que se quiere grabar en el entendimiento; la
excitación inútil, y peor que inútil, es la que se
extiende al azar, sin referirse a nada particular. Es fácil producir
esta última especie de excitación -estado vago, sin regla y
tumultuoso-, que no puede servir para ningún fin determinado; pero hay
que considerarla más bien como fuerza perturbadora que como medio de
llamar y concentrar la atención sobre cualquier trabajo.
La verdadera excitación que
conviene a un punto dado es la que nace de ese punto mismo, se liga y se limita
a él. Así pues, la receta para producir este género de
excitación, consiste en una aplicación continua del entendimiento
en medio de una perfecta tranquilidad exterior. Limitad tanto como sea posible
cualquiera otra acción de los sentidos, fijad la atención
únicamente sobre la acción que se trata de aprender, y en virtud
de la ley de persistencia nerviosa e intelectual, las corrientes cerebrales
tomarán gradualmente más fuerza, hasta que hayan alcanzado el
punto en que ya dejan de ser útiles. Este es el ideal de la
concentración por la excitación nerviosa.
El enemigo de esta neutralidad tan
deseable es el placer que viene de fuera; pues el entendimiento de un
niño no puede resistir a la distracción de un placer
momentáneo, ni a la idea de un placer lejano. Intencionadamente las
ventanas de las clases están dispuestas de manera que los
discípulos no puedan ver lo que pasa fuera; y también se suprime
con intención todo lo que pudiera distraerles en el interior, por lo
menos mientras dura la parte difícil de las lecciones. Un pequeño
sufrimiento, o por lo menos el temor del sufrimiento, con tal
que sea ligero, no es desfavorable a la concentración
intelectual.
Fáltanos examinar un punto
importante, el de la relación que existe entre la memoria y la facultad
de discernir que ya hemos señalado, al hablar de esta. El estudio de
esta diferencia nos hará comprender mejor todavía el verdadero
carácter de la excitación que concentra las fuerzas, sin
distraerlas ni disiparlas. El momento de un discernimiento delicado es aquel en
que la fuerza intelectual domina; pues la emoción desdeña las
distinciones sutiles, y vuelve al entendimiento incapaz de sentirlas. La
tranquilidad de las emociones permite al entendimiento consagrar todas sus
fuerzas a las acciones intelectuales en general, entre las cuales la
acción fundamental es la percepción de las diferencias. Ahora
bien, cuanta más energía mental podemos consagrar a la
observación de una diferencia, mejor apreciamos esta diferencia y
mejor se imprime en nosotros. El mismo acto
que es favorable a la percepción de las diferencias, lo es
también a la conservación de los hechos por la memoria. Es
imposible separar estos dos fenómenos. Ninguna ley de la inteligencia
está mejor establecida que la de la unión íntima entre la
facultad de discernir y la de retener. Todos los fenómenos por los que
nuestra percepción de las diferencias es grande -color, forma, sonido,
gusto- son también los que mejor retiene nuestra memoria. Siempre que la
atención puede concentrarse sobre un objeto de manera que nos haga
sentir sus más pequeños detalles -lo cual es otra manera de
expresar la percepción de las diferencias-, esta circunstancia hace una
profunda impresión sobre la memoria, y ningún momento es
más a propósito para grabar profundamente, en esta, un hecho
cualquiera.
La perfección de la
excitación neutra consiste, pues, esencialmente en la aplicación
intensa de las fuerzas intelectuales a un acto o una serie de discernimiento.
Si podemos obtenerla por un medio, cualquiera que sea, podemos estar seguros
que las demás consecuencias intelectuales de este estado, vendrán
a continuación. Es difícil y poco común para la infancia y
la adolescencia llegar a conseguirla, porque las condiciones positivas y
negativas de su más alto grado, se encuentran pocas veces reunidas. No
obstante, es fácil averiguar cuáles son estas condiciones, y el
estudio que acabamos de hacer no ha tenido otro objeto que el de
indicarlas.
El placer y el sufrimiento no llenan
solamente su función propia, que es la de dirigir las acciones
voluntarias; obran también para producir una simple excitación,
para reanimar la llama del entendimiento que hace más enérgicos
todos los actos intelectuales, incluso las impresiones de la memoria. Afirmamos
la distinción entre la excitación que concentra las fuerzas y la
que las dispersa, entre la excitación que se inclina a un trabajo y la
que se aparta de él. El placer, con tal que no sea demasiado grande, es
un auxiliar más favorable que el sufrimiento; pero, por otra parte, este
es un estimulante o un excitante más enérgico: bajo la influencia
de un vivo dolor, las fuerzas se inclinan rápidamente hacia un objeto
dado, hasta llegar al punto en que se pierden en vez de obrar de un modo
útil. Esto nos conduce a la teoría de Sócrates, y al
empleo de
la Torpille para preparar al trabajo el
entendimiento del discípulo.
Para darnos cuenta de la medida en que
el dolor obra como estimulante de la inteligencia, nos basta recordar lo que
hemos esperimentado muchas veces estando en el colegio. Todo discípulo
que aprende una lección de memoria la repite varias veces con el libro,
luego prueba a hacerlo sin él; de este modo, le sale mal y entonces se
entristece; coge otra vez el libro, y prueba de nuevo a decirla sin él;
sale también mal, y esta vez atormenta su memoria para recoger el hilo
que ha perdido. El disgusto de estos percances y los esfuerzos que hace,
estimulan las fuerzas intelectuales y avivan su atención seria y
enérgicamente. Cuando el discípulo vuelve a coger el libro, su
entendimiento está mejor dispuesto a recibir las impresiones necesarias;
los anillos demasiado endebles de su memoria reciben una fuerza nueva y el
éxito de la última prueba demuestra la eficacia de la disciplina
impuesta al entendimiento.
No nos queda que hacer más que
una observación, para terminar este estudio de las condiciones de la
plasticidad: la facultad de discernir y la memoria reciben la misma ayuda de la
rapidez y de la vivacidad de las transiciones. Se dice generalmente que todo
cambio vivo y brusco produce una
impresión fuerte, así pues,
esto se aplica igualmente a la facultad de discernir que a la de retener. Los
límites vagos, poco marcados, y mal definidos pueden, pocas veces,
distinguirse, y los objetos a que se aplican, escapan a la memoria. Esta
consideración presta muchas veces, grandes servicios a los que se ocupan
de la educación.
LA SEMEJANZA O IGUALDAD
Creemos no exagerar, ni hacer una
comparación inexacta si decimos que esta facultad es la
fuerza de gravitación del mundo
intelectual. Para la comprensión, la percepción de
semejanzas es tan importante como la fuerza plástica representada por la
retentividad o memoria. Los métodos que deben seguirse para llegar a la
mayor altura de la ciencia general están fundados en las circunstancias
que acompañan al reconocimiento de cosas semejantes en medio de otras
desiguales.
A pesar de la variedad que presenta el
mundo tal como le conocemos, variedad que se dirige a nuestra percepción
de las diferencias, presenta también muchas repeticiones o semejanzas y,
por consiguiente, unidad. Existe un gran número de matices de los mismos
colores, que nuestra vista sabe distinguir entre sí, y sin embargo, el
mismo matiz se reproduce a menudo a nuestra vista. Existen muchas formas
variadas -forma redonda, cuadrada, espiral, etc., etc., que distinguimos
perfectamente cuando se encuentran opuestas unas a otras, y al mismo tiempo
vemos tal o cual forma volver a parecer. A primera vista, este hecho parece no
tener importancia; el punto principal consiste en evitar que se confundan los
objetos diferentes -lo azul con lo morado, el círculo con la elipse; si
lo azul vuelve a presentarse, debemos reconocerle como lo hemos hecho ya.
Obrando así, nos apresuramos
mucho, sin tener en cuenta una consideración esencial. Lo que da al
principio de semejanza una posición predominante, es la
diversidad que le acompaña. La forma
redonda de un anillo o de una moneda, se nos viene a la memoria cuando vemos la
luna llena, mientras que las circunstancias que acompañan a esta forma
redonda, nos ofrecen diferencias que es indispensable comprobar. Más, a
pesar de estas diferencias, es muy importante reconocer la igualdad que existe
entre diferentes objetos, bajo el solo concepto de la propiedad que se conoce
con el nombre de redondez.
Cuando una impresión hecha en
cierta situación se repite en otra diferente, la última nos hace
recordar la primera, a pesar de la diferencia que existe entre las dos; puede
decirse que esta llamada a nuestro recuerdo es un nuevo género de choque
o avivamiento de la conciencia, al cual daremos el nombre de
choque de esclarecimiento de la identidad entre la
diferencia. Un pedazo de carbón y otro de madera son diferentes;
ahora bien, si los metemos en el fuego, el uno y el otro se hacen
áscuas, dan calor y se consumen. Este es un punto de semejanza que
determina una impresión durable, relativamente a estos dos objetos. De
cosas de este género se compone la mitad de lo que nosotros llamamos
Conocimiento.
Siempre que una diferencia existe,
debemos conocerla, y también cuando hay igualdad. Desconocer estos dos
casos sería estupidez. Nuestra educación sigue estas dos
líneas a la vez, y si el maestro nos auxilia, debe hacerlo para la una
lo mismo que para la otra. Ya hemos indicado los artificios que favorecen la
percepción de las diferencias, y las influencias que se oponen a ella;
casi todo lo que hemos dicho relativamente a este punto, se aplica
también al de las semejanzas. Cuando se trata de reconocer las
semejanzas en medio de las diferencias, ciertos caso son fáciles, pero
en otros, el entendimiento necesita ayuda.
Indicaremos de nuevo, para la
percepción delicada de las semejanzas, la
oposición que existe entre los actos intelectuales y las emociones.
Solo en la ausencia de toda emoción, los ejercicios intelectuales del
orden más elevado son posibles. Este hecho debe poner a los maestros en
guardia contra el empleo demasiado frecuente de los castigos, así como
también contra el placer y toda otra emoción; además,
sacaremos otra consecuencia más clara todavía.
Abordaremos en seguida el problema de
los conocimientos generales que son los que al entendimiento le cuesta
más trabajo aprender. Una idea o una verdad general es un hecho que se
representa en medio de diferentes circunstancias. La palabra
calor, por ejemplo, sirve para nombrar uno de
estos hechos generales. Existe un gran número de objetos distintos,
enteramente diferentes unos de otros, pero que se asemejan todos en que
determinan la sensación que llamamos calor, el sol, el fuego, una
lámpara, un animal vivo. La inteligencia discierne la semejanza a pesar
de todas las diferencias entre estos objetos, y por este discernimiento llega a
una idea general.
Ahora bien, la piedra de toque para el
esfuerzo generalizador del entendimiento es la presencia de las diferencias
individuales. Puede suceder que estas diferencias sean débiles e
insignificantes, y también, que sean grandes. Si comparamos dos fuegos
entre sí, nos llama la atención su semejanza, y las diferencias
que pueden presentar bajo el concepto del tamaño, de la intensidad, del
combustible, no son bastantes para hacernos perder de vista su semejanza. Por
el contrario, la extrema desigualdad que existe entre un rayo de sol y un
montón de estiercol en fermentación, perjudicará altamente
a la percepción del punto de semejanza entre estos dos objetos; muy a
menudo esta lucha entre la semejanza y la diferencia nos hace desconocer
aquella, y retarda el descubrimiento de las verdades más
importantes.
El método de
yuxtaposición puede servir para
descubrir las semejanzas, así como también las diferencias.
Podemos reunir las propiedades comunes a los cuerpos que se trata de comparar,
para hacer resaltar mejor su semejanza. Este resultado se obtiene, sea por la
aproximación de los objetos, como sucede cuando se buscan las
diferencias, sea por su contacto simétrico, como cuando comparamos las
dos manos sobrepuestas, pulgar sobre pulgar, y los dedos meñiques
juntos. Las yuxtaposiciones simétricas tienen la ventaja de demostrar a
la vez las semejanzas y las diferencias. La generalidad de este método
es muy grande, y es uno de los medios artificiales más poderosos de
instrucción que pueda emplear un maestro.
La acumulación de un gran
número de ejemplos es indispensable para grabar un hecho general del
entendimiento. Sólo demostrando muchas veces en qué consiste la
semejanza, y aislando este punto de todo lo que pudiera distraer el
entendimiento, puede proporcionarse una impresión suficiente de una idea
general importante. No queremos examinar aquí los diversos
obstáculos que hay que superar cuando se sigue este método, ni
exponer las razones que impiden aplicarle a las cuestiones más
importantes; diremos, solamente, que el interés que se liga a los casos
particulares, desvía constantemente la atención, y que el
maestro, así como también el discípulo, ceden algunas
veces a esta seducción.
La percepción de las semejanzas
nos proporciona todavía estos servicios, llegando a ser un auxiliar
poderoso para la memoria. Cuando tenemos que aprender una lección
completamente nueva, nos vemos obligados a grabar todas sus partes en nuestro
cerebro por la plasticidad de este órgano, y se necesita cierto tiempo
para cimentar y madurar todas sus impresiones. Si, por el contrario, la
lección dada contiene partes ya conocidas por nuestro cerebro, escusamos
el trabajo de estas partes, y no aprendemos más que lo nuevo. Cuando
sabemos todo lo que se refiere a una planta, podemos fácilmente conocer
lo concerniente a otras plantas de la misma especie o del mismo género;
pues no nos resta más que estudiar los puntos por los cuales se
diferencian de la primera.
Se conoce en seguida la importancia de
este hecho por el desarrollo del entendimiento. Una vez adquirido cierto
número de conocimientos -artes manuales, lenguas, dibujo-, nada de lo
que se presenta es absolutamente nuevo para nosotros, y el número de los
objetos que pueden ser nuevos, decrece a medida que aprendemos más. La
plasticidad del cerebro está muy lejos de acrecentarse con los
años; pero la facilidad con la cual adquirimos conocimientos nuevos va
siempre creciendo porque, en el fondo, estos conocimientos son tan poco nuevos,
que las relaciones cerebrales que deben establecerse, se reducen a muy poca
cosa. El aire más original que pueda componer el genio musical
será inmediatamente aprendido por un músico instruido.
Este hecho tan importante se manifiesta
continuamente en la práctica de la enseñanza. El maestro puede
ayudar y guiar al discípulo en los casos en que no percibe éste
la semejanza que existe realmente; debe también preguntarle que indique
en qué medida un ejercicio nuevo contiene hechos ya conocidos. Los
obstáculos y los medios de triunfar, ya los hemos indicado. Cuando los
puntos son complejos, se recurre a una aproximación regular, y puede
suceder que tengamos que combatir el atractivo que presentan los casos
particulares.
Cuando los maestros, para grabar mejor
los hechos en la memoria de los discípulos, les hacen establecer las
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