  Capítulo VII
Las lenguas
I. Principios generales
Primera dificultad; fusión
del lenguaje y del pensamiento.- No hacer más que una cosa a la vez.-
Ejercicio de la memoria de las palabras.- Ventaja que hay en juntar
inmediatamente las palabras con las cosas que representan.- Importancia que hay
en comprender bien el sentido de las palabras.- Inconveniente que existe en
empezar demasiado pronto el estudio de las lenguas extranjeras.- Medios
generales que pueden emplearse para aprender las palabras con más
facilidad.- Medios mnemotécnicos.- Concentración de la
atención sobre las palabras que deben aprenderse.- Las palabras que hay
que aprender primero son aquellas que vuelven a presentarse con más
frecuencia.
Los métodos que deben seguirse
para el estudio de las lenguas ofrecen ciertas particularidades que exigen un
examen especial. El modo con que debe aprenderse la lengua materna suscita
cuestiones cuyo número iguala la importancia. En cuanto a las lenguas
extranjeras, nadie se ha puesto todavía de acuerdo sobre los
métodos que deben seguirse para estudiarlas, ni sobre su valor
relativo.
Fácil es figurarse un estado de
cosas que nos dispensara de estudiar nuestra lengua materna en el colegio. Si
un niño no estuviera rodeado más que por personas que hablasen
correctamente su idioma, si tuviese frecuentes ocasiones de leer y oír
buenos modelos fijándose bien en ellos, entonces la simple
imitación a que le sería imposible sustraerse, le
enseñaría perfectamente su lengua materna, sin que necesitase
otra enseñanza que la que existe para las locuciones y el acento propio
a ciertas provincias. Esto es poco más o menos lo que sucede en nuestro
país con las clases superiores de la sociedad, y es en absoluto
verídico en las naciones que no poseen más que una serie de
expresiones para todas las personas.
Sólo para las diferencias que
existen en este ideal y nuestra posición, es por lo que necesitamos una
enseñanza especial de nuestra lengua materna. Sin embargo, hay que tener
siempre en cuenta la instrucción accidental que los discípulos
han adquirido, casi sin querer. Malo es que se repita en la escuela lo que los
niños han aprendido ya en su casa, y peor aun que se dedique una parte
del tiempo de la escuela a cosas que no pueden menos de aprender en la gran
escuela del mundo. Todas las horas que pasamos en sociedad nos enseñan
necesariamente nuestra lengua. Todo lo que nos enseñan los demás,
lo recordamos bajo ciertas formas de lenguaje. Los diferentes cursos que
seguimos en la escuela o en el colegio, desarrollan inevitablemente en
nosotros, la facultad de expresarnos.
La escuela primaria tiene que luchar
contra el carácter poco elevado de las costumbres contraídas en
la casa paterna, bajo el concepto del lenguaje así como bajo otros
muchos. La escuela secundaria continúa esta tarea, corrigiendo
además lo que halla de incorrecto en el lenguaje hasta de los
niños que han recibido cierta educación, sin hablar de la mezcla
de cizaña y de buen grano que nos ofrece el campo literario.
A la primera dificultad que se
presenta desde el principio de la enseñanza de las lenguas en general, y
de la lengua materna en particular, dificultad que persiste mucho tiempo,
proviene de que el objeto estudiado es doble, puesto que se trata de la
unión del lenguaje y del pensamiento. El lenguaje no es nada sin el
pensamiento que expresa, de modo que la atención se reparte entre estos
dos elementos, en vez de abandonar al uno para concentrarse exclusivamente
sobre el otro. Además, la naturaleza del pensamiento que se quiere
expresar obra necesariamente sobre la forma de la expresión, de modo que
se ve uno obligado a tener cuenta de ella; sin embargo, gran número de
hechos lingüísticos son iguales para todo -las reglas gramaticales,
por ejemplo, y cierto número de preceptos de la retórica-, y
estos hechos constituyen el estudio propiamente dicho de una lengua.
No debe olvidarse que enseñar
una lengua no es enseñar un conocimiento cualquiera, por lo menos en el
sentido que dan generalmente a esta expresión, que se aplica
especialmente a un estudio tal como la historia, la geografía, las
ciencias, las artes. No consiste tampoco en presentar al entendimiento ideas
elevadas, poéticas o morales. En estos estudios, la lengua no es
más que el instrumento, el medio de comunicación;
hacer uso de ella de este modo no es
enseñarla de un modo expreso. Lo cierto es que servirse de una lengua
con un fin cualquiera, es un modo indirecto e involuntario de enseñarla,
y que una parte considerable de lo que sabemos de nuestra lengua se adquiere
por este medio; pero hay que distinguir este resultado de los ejercicios
lingüísticos propiamente dichos.
La necesidad de ocuparse de un doble
objeto se presenta muy a menudo en la educación; un gran número
de estudios tienen dos puntos de vista, y en este caso, fácil es
equivocarse. Lo que no debe olvidarse nunca, es que el entendimiento humano no
puede ocuparse más que de una cosa sola, por más que le sea
fácil fijar rápidamente su atención de un punto a otro, de
modo que pueda considerar dos objetos sucesivamente; mas cuando se trata de
educación, que nos obliga a estudiar diferentes temas y a grabar en la
memoria detalles muy numerosos, es indispensable concentrar durante cierto
tiempo la atención sobre un ejercicio solo, y para los estudios que
comprenden dos elementos, no hay que ocuparse más que de uno a la vez,
en vez de pasearse del uno al otro.
Casi todo el trabajo del estudio de
una lengua permite seguir este principio de concentración de las fuerzas
sobre un solo punto. Sin embargo, se presentan algunos casos en que el lenguaje
y el pensamiento están unidos de una manera tan íntima que es
hasta imposible considerarlos separadamente. En los rompecabezas, los epigramas
y las expresiones metafóricas, las ideas y las palabras son a la par el
vehículo del pensamiento. Por otra parte, el conocimiento de las cosas
se presenta muchas veces bajo la forma de un conocimiento de la lengua. Si se
pregunta lo que significa la palabra
epidemia, parece hacerse una simple
pregunta sobre una palabra, y en el fondo se pide el conocimiento de un hecho o
de un fenómeno natural.
CONDICIONES DEL ESTUDIO DE LAS LENGUAS
EN GENERAL.- Estudiando las lenguas extranjeras, es como puede uno darse cuenta
del trabajo que exige el estudio de una lengua. Estas lenguas nos dan a conocer
en toda plenitud la acción de adherencia verbal por la que las palabras
se ligan unas con otras. En cuanto a nuestra lengua materna, nos acostumbra a
asociar las palabras con las cosas o los pensamientos. Las leyes de estos dos
actos intelectuales no son iguales.
El estudio de una lengua es, bajo
todas sus formas, un trabajo muy laborioso para la facultad plástica del
entendimiento; exige por consiguiente el conjunto de todas las condiciones
generales favorables a la retentividad que hemos ya mencionado. Las
combinaciones elementales que se trata de formar son, por decirlo así,
innumerables; sólo los vocablos de una lengua un poco extensa se cuentan
por millares, y muchos de ellos tienen diferentes sentidos. Todo esto sin
contar con los sentidos particulares de las locuciones, y las ideas o
combinaciones que exigen ciertos actos retentivos especiales.
La acción que une las palabras
entre sí nos demuestra la facultad de adherencia verbal del
entendimiento, facultad ejercida por el oído para la lengua escrita,
pues la voz sirve de auxiliar al oído, y la mano al ojo. Este modo de
aprender un idioma no es de los mejores. Para buscar la relación
existente entre una palabra inglesa y la que le corresponde en francés,
latín, griego, etcétera, no se ponen en juego las fuerzas de
asociación más poderosas; este trabajo no sigue las líneas
de retentividad y no está sostenido por motivos de interés
poderoso.
Asociando las palabras directamente
con los objetos o las ideas, es como se llega a poseer una lengua con
más rapidez. Esto es lo que hace siempre el que aprende su lengua
materna. Al encontrarse en presencia de cualquier objeto -fuego, una bola, un
gato- que cautiva su atención en aquel momento; el nombre que choca su
oído se confunde en el mismo acto de atención, y se encuentra
inmediatamente unido al objeto. Cuanta más impresión nos causa un
objeto, mejor se graba su nombre en el entendimiento: un relámpago, un
ruido repentino, o un movimiento rápido, si se oyen nombrar en el
instante en que se producen, exigen pocas veces que se repita su nombre.
El acto por el que unimos los nombres
con las impresiones producidas por los objetos, recibe una ayuda poderosa con
la emoción que sigue inmediatamente a cualquiera impresión algo
fuerte. Siempre que experimentamos una emoción, que nos asustamos, o que
un objeto llama vivamente nuestra atención, nos sentimos impulsados a
lanzar una exclamación; y si en aquel momento nombran el objeto que nos
conmueve, lo repetimos enseguida para expresar nuestra emoción. En el
niño se nota especialmente esta tendencia a gritar el nombre del objeto
que llama su atención: «¡fuego!, ¡gato!,
¡muñeca!», exclama el niño, y estas exclamaciones
contribuyen a hacerle comprender mejor y más pronto un gran
número de palabras.
Cuando se aprende una lengua
extranjera en el país en que se habla, se reconoce fácilmente la
diferencia que existe entre unir una palabra con otra, y apropiarla
inmediatamente a un objeto visible. Un inglés que se encuentre en una
población española lee en los rótulos de las esquinas la
palabra
calle; ve en los escaparates de las tiendas
diferentes objetos con letreros indicando su nombre. Si pasa en ómnibus
por una calle cuyo empedrado haga dar una sacudida un poco fuerte al coche, y
que cualquiera de los viajeros exclame: «¡Qué traqueteo!»; esto solo basta para que
establezca de un modo indeleble una relación entre la palabra y el
hecho, mientras que sin esto se necesitarían varias repeticiones de la
palabra
traqueteo y de la palabra inglesa
shock para establecer entre ellos
una relación duradera. Para hacer más fuerte la impresión
producida por la palabra castellana que quiere enseñarse a un
inglés, puede insistirse un poco sobre el sentido de esta palabra, o
darle de ella alguna explicación que represente el hecho de un modo
más vivo: le dirán, por ejemplo, que la palabra
traqueteo significa un choque como los que
se reciben cuando se pasa en coche por una calle mal empedrada. Una
explicación de este género, dada de viva voz por el maestro,
basta generalmente para grabar la palabra en la memoria; si el discípulo
la lee simplemente en el diccionario, producirá mucho menos efecto en
él.
Este ejemplo solo es suficiente para
demostrar que la facultad de coger el sentido de las palabras es la
condición esencial de todo adelanto rápido en una lengua, o, en
otros términos, que el conocimiento de las cosas debe preceder siempre
al de las palabras. Presentar demasiado pronto al entendimiento de un
niño objetos que no sean aun buenos para él, para que aprenda una
lengua difícil, como el latín por ejemplo, es andar desacertado.
Si como ejercicio lingüístico, tenemos que traducir un autor, bueno
es que comprendamos primero, como ejercicio de conocimiento, de qué
trata en su obra; nos hallamos entonces en estado de aprender los vocablos y
las formas de frase que emplea para expresar este conocimiento. Para aprender
las expresiones que empleaban los griegos para la geometría, es preciso
ante todo que aprendamos la geometría estudiándola en nuestro
propio idioma; después podremos leer sin inconveniente Euclides en el
original. No es exagerar decir que, en semejante caso, el mejor geómetra
es el que adelantará más en el griego; hasta la memoria de las
palabras que es mucho más viva en la infancia o en algunas personas
excepcionalmente dotadas, no podría compensar el conocimiento imperfecto
del objeto, y un buen matemático de cincuenta años de edad
emplearía probablemente menos tiempo en leer todo Euclides que un adulto
de quince años que no sabría bien su geometría, a pesar de
su facilidad para retener las palabras.
Esto nos da a conocer una de las
partes débiles del estudio prematuro de las lenguas extranjeras, y en
particular de las lenguas muertas. Verdad es que empezando temprano se saca
partido de la vivacidad y de la fuerza de la memoria, y se utiliza un tiempo
que el poco desarrollo de la razón no permite emplear para los estudios
más difíciles; pero si no se lleva este estudio de la lengua
extranjera sobre unos puntos que el discípulo comprenda claramente, las
palabras escaparán a su memoria, por buena que sea. No se dan,
generalmente, cuenta de esta dificultad, porque los relatos fáciles que
sirven de texto para todos los ejercicios de la primera edad no se componen
más que de ideas accesibles para todos. Siendo importante enseñar
en edad temprana la pronunciación de una lengua extranjera, y preciso,
para esto que el niño conozca cierto número de palabras de esta
lengua, podrán enseñársela en los límites de lo que
puede saber un niño, pero sin traspasar estos límites.
Veremos más adelante que el
inconveniente de verse obligado a ocuparse a un tiempo del estudio de la lengua
y de la de las cosas, es inevitable cuando se trata de la lengua materna, por
más que no sea imposible atenuarlo; pero para las lenguas extranjeras,
harían mal en exponerse a ello, como se hace tan a menudo. Con estas
lenguas, es siempre fácil hacer de modo que el conocimiento de los
objetos se adelante bastante al estudio de la lengua. En cuanto a las razones
que parecen contrarias a la adopción de este sistema, pueden combatirse
victoriosamente con motivos opuestos.
Antes de aplicarse completamente estos
principios generales al estudio de la lengua materna, queremos detenernos un
instante sobre el caso más sencillo de la adquisición verbal, es
decir, sobre la reunión de las palabras entre sí, fuera de toda
consideración de sentido. Aunque la base de nuestro conocimiento del
lenguaje tenga que ser la asociación de las palabras con las cosas, los
hechos, o las ideas, sin embargo el estudio de una lengua y su conocimiento
exigen un gran trabajo de adquisición puramente verbal. Tales son, por
ejemplo, los trabajos gramaticales -declinaciones, conjugaciones, listas unidas
a las reglas y a las definiciones-; tales son también las primeras
frases que aprendemos a repetir en nuestra infancia, y aquellas, más
complicadas, que empleamos más tarde casi maquinalmente: estas son otras
tantas asociaciones, por decirlo así, puramente verbales. Ocurre lo
mismo con los trozos que aprendemos de memoria, en una edad en que el sentido
tiene muy poco valor para nosotros, así como respecto a los proverbios
que retenemos más bien por su forma que por el fondo. Todo conocimiento
formulado con palabras, queda grabado en nuestra memoria, en parte por causa
del encadenamiento de las ideas, y en parte por el de las palabras. La mayor
parte de los sinónimos de una lengua se hallan reunidos en grupos por la
memoria de las palabras, y esto se extiende de los simples vocablos a las
construcciones que tienen igual sentido, así como a los diversos modos
de expresar la misma idea. Excusado es decir que toda la parte del conocimiento
de las lenguas extranjeras que descansa sobre una asociación entre una
palabra de la lengua materna y la palabra extranjera que le corresponde,
depende del mismo principio. El caso extremo es el del estudio de las lenguas
por el filólogo, sólo en vista del conocimiento de sus relaciones
filológicas.
Estas asociaciones puramente verbales,
de las que un número tan considerable nos es indispensable, deben
considerarse como una desagradable necesidad; raras veces son interesantes de
por sí. ¿Quién aprenderá de memoria por gusto la
lista de los verbos irregulares y de sus formas diversas? Las condiciones de
este género de trabajo son las que dominan todos los estudios más
áridos. Sólo la plasticidad debe entrar en juego, sin que pueda
contarse con el estimulante que proporciona el atractivo natural del estudio, o
el gusto que inspira.
En todo aquello en que los elementos
que hay que retener son a la vez muy numerosos y sin atractivo, es preciso
conformarse estrictamente a los principios de economía que han sido
establecidos para las adquisiciones intelectuales. Se dividirá el
trabajo en partes, de las que sólo una será asignada a cada
día, para que tenga su parte de tiempo, de fuerza y de atención
durante los momentos de plasticidad intelectual; las lecciones serán
cuidadosamente recitadas al maestro, y los deberes corregidos y aprobados por
él. Se harán a ciertas épocas, recopilaciones regulares de
las partes ya vistas. Estimularán a los niños con pequeñas
recompensas. Estos son los principales artificios por los cuales logrará
triunfarse de la monotonía de todas las lecciones de detalle.
En cuanto a las lecciones en que no se
trata más que de palabras, existe, para hacerlas más
fáciles, ciertos medios que un maestro hábil no deja nunca de
aprovechar. Si las lee en alta voz debe hacerlo con entonación clara,
distinta y hasta agradable; si son lecciones escritas o impresas, tienen que
ser los caracteres claros, inteligibles, y las listas simétricamente
dispuestas. Es también ventajoso hacer copiar con cuidado por los
discípulos todas las listas importantes, los modelos de declinaciones y
de conjugaciones, así como todos los detalles del mismo género.
Estos medios estimulan siempre la atención, por lo menos cuando los
discípulos no se contentan con copiar maquinalmente.
Después de estos medios de
asegurar el empleo juicioso de la plasticidad, siguen los artificios especiales
para el estudio de las palabras, incluso los de mnemotecnia.
Un medio bien conocido para hacer
más fácil el estudio de los detalles del lenguaje, consiste en
encontrar puntos de semejanza entre las palabras que pueden asociarse; esto es
lo que fácilmente puede hacerse cuando se aprende el alemán, el
francés y el latín. Gran número de estas semejanzas son
evidentes y muy marcadas; otras no resaltan más que después de
algunas ligeras trasformaciones que el maestro o el diccionario darán a
conocer. Así es como la filología ayuda al estudio de las lenguas
extranjeras.
La mnemotecnia nos suministra otros
medios. Para aprender las listas de palabras con más facilidad, se
pueden arreglar de modo que formen versos, y diremos que este artificio es
muchas veces de gran utilidad. Si se formara con ellas una frase que tuviera
sentido, el resultado sería casi igual, y si este sentido ofreciese
algún interés, sería superior.
Colocando la lista de palabras por
orden alfabético, sería mucho más fácil de
aprender; y siendo este orden absoluto, ayudaría mucho a la memoria de
las palabras. Debe seguirse sin interrupción, a no ser que exista alguna
razón poderosa que obligue a apartarse de aquél.
Otro medio, cuyo carácter es
aun más técnico, consiste en disponer las palabras de modo que
exista entre sus sentidos cierta relación que ayude a la memoria. Esta
no es más que una modificación de la memoria tópica de los
antiguos oradores.
Para establecer entre dos palabras una
asociación sólida y duradera, es preciso, por decirlo así,
aislarlas y concentrar en ellas la atención de los discípulos.
Esto se consigue de diferentes modos. El que más se emplea consiste en
hacer que busquen la palabra en el diccionario; cuando la memoria es aun joven,
basta generalmente que la hayan visto una vez en el diccionario para retenerla,
y mas, si tarda poco en volver a presentarse. También pueden grabarse
bien en la memoria las palabras que el maestro pronuncie de manera que llame la
atención, cuando lee un trozo cualquiera. El método de Hamilton
no propone ningún medio de llamar la atención sobre tal o cual
palabra dada. El mejor sistema parece ser preparar una serie de ejercicios que
presenten cada uno dos o tres palabras nuevas, pero no más.
El método empleado en
Inglaterra para la enseñanza de las lenguas, deja ordinariamente al
discípulo el cuidado de encontrar primero, con ayuda del diccionario, el
sentido de cualquier pasaje; luego el maestro corrige los deberes, y se repiten
después en su presencia. No creemos que haya motivo para no combinar
este método con algo del método contrario, según el cual
el maestro empieza por explicar bien un pasaje, y exige luego que los
discípulos lo reproduzcan de memoria al día siguiente,
permitiéndoles hacer uso del diccionario si se les ha olvidado algo.
Podría explicarse de este modo la primera parte de un deber, y tratar la
segunda por el método antiguo. Lo expuesto primero por el maestro
conviene especialmente a los puntos científicos, tales como la
geometría, pero puede adaptarse también a los estudios de pura
memoria.
Nos abstenemos, por ahora, de tratar
aquí las cuestiones referentes a la enseñanza gramatical de las
lenguas, y no querernos considerar más que los casos en que se trata en
el fondo de unir una palabra con otra.
En una conferencia interesante sobre
la enseñanza de las lenguas, Don Alejandro J. Ellis propone aplicar la
estadística al estudio de las palabras, y determinar su importancia
relativa según la frecuencia con que vuelven a presentarse aquellos. El
Señor Ellis quisiera que esta frecuencia relativa reglase el orden en
que deben presentarse las palabras de los ejercicios. Don David Nasmith ha
aplicado este método a la lengua inglesa y a la alemana. Para hacerlo,
es preciso que se haya comprobado ya la frecuencia de recurrencia de todas las
palabras. Considerado en toda su generalidad, este principio se
aplicaría tanto a las locuciones como a las palabras aisladas.
Nosotros creemos que el mismo
principio podría adoptarse para muchos estudios, otros que el del
lenguaje. Bueno sería poder determinar anticipadamente la frecuencia
probable del empleo de todos los estudios para poder escoger con preferencia
los más necesarios. Semejante criterio probaría la gran
importancia de las ciencias experimentales, tales como la física y la
química, la menor importancia aunque bastante considerable de la
mineralogía y de la botánica, y la mínima importancia de
muchos estudios que ocupan en la educación actual un lugar mucho mayor
que ninguna de estas ciencias. Sin embargo, para las lenguas, tiene que
modificarse el principio. Aunque cierta palabra de una lengua puede no volver a
presentarse tanto como otra, puede suceder que las dos sean en el fondo
igualmente esenciales; no nos parece, pues, útil establecer más
de un número, muy reducido de categorías, empezando por las
palabras más indispensables, tomando luego las que se presentan en el
lenguaje ordinario, y así sucesivamente, para concluir por las palabras
raras, técnicas o incomprensibles. Además, el único hecho
de la recurrencia frecuente obra de por sí; no necesitamos recurrir a
medios artificiales para poner en evidencia, desde el principio, palabras que
se presentan a menudo; nos bastará alejar durante cierto tiempo las que
no son ni frecuentes ni esenciales. Sin embargo si tiene que aprenderse una
palabra tarde o temprano, el momento en que se aprende no tiene gran
importancia, y por la fuerza de las cosas, la introducción de las
palabras raras antes que otras palabras más usuales no puede llegar
nunca al estado de abuso.
Las consideraciones que preceden se
aplican a todas las lenguas, y tratan del rasgo esencial que caracteriza su
estudio. Pasaremos ahora al estudio de la lengua materna, después de lo
que podremos volver con más provecho a la cuestión de las lenguas
extranjeras.
II. La lengua materna
Los niños aprenden con gusto
los nombres de las cosas que conocen.- Empleo de las lecciones de cosas.-
Conocimiento de las palabras por si mismas.- Corrección de las faltas
vulgares y de las locuciones provinciales.- Estudio de la lengua propiamente
dicha; los sinónimos; los matices que presentan.- La enseñanza de
todos los conocimientos contribuye siempre a la enseñanza de la lengua.-
La lengua se aprende por medio de historias y de descripciones simples.- Los
trozos aprendidos de memoria.- Los versos son más fáciles, pero
la prosa es más útil.- Cómo se aprende la
construcción de las oraciones.- Formas diversas que puede tomar una
misma frase.- ENSEÑANZA DE LA GRAMÁTICA.- La gramática
simplifica el trabajo; sirve: 1.º para que evitemos las faltas del
lenguaje; 2.º para aislar la lección de la lengua; 3.º para
enseñar la construcción de las oraciones; 4.º para
enriquecer nuestro vocabulario.-
Edad en que conviene empezar el estudio de la
gramática.- ¿Debe enseñarse la gramática sin
libro?.- No debe empezarse antes de la edad de diez años.- De
cómo conviene ocupar los años que preceden.- Ejercicios
preparatorios.- Diferencias de opinión sobre ciertos puntos.- LA
RETÓRICA.- Definiciones y reglas.- Ejercicios diversos.- LA LITERATURA.-
Elección de los autores.- Sólo las cualidades literarias deben
tomarse en consideración.
En todos los grados del estudio de la
lengua materna, los ejercicios de palabras están más o menos
acompañados de la consideración de las cosas expresadas; en la
gramática es donde el entendimiento se ve más libre de esta
consideración.
Si un niño ha aprendido primero
a distinguir cierto número de objetos, aprenderá con gusto sus
nombres, y la relación intelectual entre cada nombre y el objeto que
representa se establecerá rápidamente. Cuanto más visto y
más distinguido habrá sido un objeto entre todos los
demás, más fácilmente se aprenderá su nombre. Si
ciertos objetos excitan el interés, si despiertan o llaman la
atención, el niño aprende ávidamente sus nombres. En todas
las edades, estamos deseosos de conocer los nombres de las personas, de los
lugares, de las acciones y de las circunstancias que llaman nuestra
atención. Si, por el contrario, ciertos objetos no excitan más
que poco interés, son indistintos, y se confunden con otros, quedamos
tan indiferentes a los nombres como a las realidades. El punto importante es,
pues, hacer de manera que el objeto que se trate de nombrar produzca antes una
impresión bastante viva.
Cuanto más se examine la
cuestión de la enseñanza de las lenguas desde la primera edad,
mejor podrá verse que está, casi bajo todos conceptos, rodeada de
dificultades. Se exige que el niño comprenda unas oraciones seguidas, de
las que ciertas partes están desprovistas de interés para
él; pero, para explicarle las palabras que escapan a su inteligencia, es
preciso presentarle ante todo unos objetos que, hasta entonces, le eran
desconocidos. Hay que darle una lección de cosas seguida de una
lección de palabras, y la primera es la más difícil de las
dos; en el fondo, la segunda no causa ningún trabajo, si se ha
conseguido algo en la primera. Así que ha triunfado el maestro de las
dificultades que ofrece el conocimiento del objeto de que se trata, no necesita
ni esfuerzos extraordinarios ni métodos complicados para hacerle retener
la palabra que le representa. Las facultades, que están ya despiertas en
el niño, le permiten más bien aprender los nombres de los
objetos, cuando ya los ha concebido, que formar estas concepciones mismas.
La verdadera solución de la
dificultad de enseñanza de una lengua desde la niñez, se
encuentra en las lecciones de cosas, es decir en los primeros ejercicios de
conocimiento de las cosas, cualquier nombre que demos a estos ejercicios.
La principal relación que
existe entre la lengua y estas lecciones consiste en que el empleo de la
lengua, bajo forma de ejercicio oral o de lectura, proporciona la
ocasión de presentar a los discípulos los objetos que quieren
enseñarles y hacerles comprender. La mejor ocasión de presentar
un hecho sería su ocurrencia espontánea, como por ejemplo cuando
un niño ve la estrella del Norte, y que le hablan inmediatamente de
ella, pero una conversación o una lectura trata de ciertos objetos sin
que se ofrezcan en realidad a nuestra vista, y entonces se necesita un medio de
enseñarlos a los discípulos, lo que, en muchos casos, es
prematuro e imposible.
Adquiriendo así pequeños
conocimientos, es como los niños pueden, por medio de su memoria de las
palabras, retener ciertas expresiones sin comprenderlas; ya hemos hablado
anteriormente de esta facultad particular. Después de entrar estas
expresiones en su entendimiento, éste trabaja para buscar su sentido,
observando las ocasiones en que se hace uso de ellas. Un niño
podrá, por ejemplo, conocer la palabra
luz antes de comprender claramente su
sentido. Procederá entonces por una especie de inducción a
desembrollar el sentido verdadero de esta palabra de todas las circunstancias
accesorias, y, para conseguirlo, recurrirá a todos los métodos
inductivos de la lógica. En cuanto a las palabras que indican una idea
general, habrá que ejecutar un acto de generalización, como por
ejemplo, si se trata de encontrar el sentido de las palabras: «redondo,
pesado, frío, movimiento, etc., etc.»; pero todo esto no es
más que el conocimiento de las cosas y de los hechos considerado con sus
relaciones con el lenguaje, y no el estudio del lenguaje mismo, que constituye
el dominio del profesor de idiomas. Para comprender bien este estudio especial,
es necesario suponer el conocimiento de las cosas como fijo en un punto dado, y
considerar todos los modos, buenos o malos, de expresar un hecho, una doctrina,
o un conjunto de hechos o de doctrinas, ya conocidos. El maestro que
enseña los hechos da por lo menos una de las maneras de expresar lo que
enseña, pero no se ocupa de comparar los méritos relativos de
todas las diferentes formas verbales bajo las cuales es posible presentar el
mismo hecho. Para una educación completa, el reparto del trabajo es
indispensable; sólo por esto se podrá conseguir por esta parte
suficiente cantidad de conocimientos, y por la otra las expresiones necesarias
y hasta superfluas.
Admitiremos primero que el maestro se
da por tarea continuar, y en caso necesario, rectificar la obra de los padres,
dando a los niños una articulación clara, una
pronunciación distinta y buen acento. Supondremos que desde el
día en que entra un discípulo en la escuela, el maestro se ocupa
de corregir todas sus expresiones vulgares y sus locuciones provinciales, pues
no es en ningún modo necesario esperar a que lleguen las reglas
gramaticales para corregir las faltas de lenguaje que cometen los niños
de las clases inferiores de la población. Aunque el oído no sea
suficiente para precavernos contra todas las faltas de sintaxis, los ejemplos
que nos suministran los niños de las clases superiores prueban que se
puede, sin gramática, acostumbrar a los niños a decir:
«ser, estar, es, son, esta clase de cosas, etcétera,
etcétera», y a emplear convenientemente los verbos auxiliares de
la lengua.
El verdadero reparto del trabajo en
enseñanza de hechos y enseñanza de la lengua, tiene lugar cuando
llega el tiempo de abordar la gramática; no se confunde nunca el estudio
de la gramática con el de otros conocimientos. El curso de
gramática posee entre otras ventajas, la de hacer notar bien esta
distinción, y permitir que se enseñe pura y sencillamente la
lengua. Hasta que llegue a este punto, el maestro duda muchas veces de si
enseña la lengua, unos hechos, o todo a un tiempo; y en realidad,
titubea siempre entre los dos. No será inútil insistir aun
más sobre la diferencia que existe entre estas dos ramas de
estudios.
Hemos visto ya que la
explicación de palabras nuevas es casi igual a una lección de
cosas. Por ejemplo, cuando la palabra esclavo se presenta
por primera vez, explicará el maestro lo que es
esclavitud, y dará así una
idea nueva al discípulo; sin embargo esto no es en realidad una
lección de palabras, por más que una palabra haya sido el
principal motivo de la enseñanza de un hecho. Si el discípulo
hubiera conocido antes ciertas cosas sin conocer sus nombres, indicarle estos
nombres hubiera sido una lección de palabras; mas este caso no se
presenta con tanta frecuencia como el precedente.
El estudio de los sinónimos nos
suministra el primer ejemplo bien claro de lecciones de lengua algo
desarrolladas. Este estudio, se hace necesario en Inglaterra por la naturaleza
misma de la lengua inglesa, compuesta de dos vocabularios, uno sajón y
el otro latín. Los discípulos traen a la escuela los nombres
vulgares de los objetos que conocen, y el maestro cambia estas palabras por
otras más exactas tomadas del vocabulario más noble, o hace
comprender, durante una lectura, las expresiones escogidas explicándolas
con términos más vulgares, pero correspondientes a aquellas.
Puede llevarse aun más allá la multiplicación de los
sinónimos dando sus equivalentes metafóricos, poéticos y
científicos. El equivalente clásico del verbo morir, por ejemplo, o del sustantivo
muerto, es
mortandad; pero sus equivalentes
metafóricos, unidos con las locuciones y las perífrasis que
expresan la, misma idea, son muy numerosos;
pérdida de la vida,
sueño eterno,
deuda pagada a la naturaleza,
salida de la existencia, separación del alma con el cuerpo, etc. Desarrollando
así la lista de estas expresiones equivalentes, el maestro da una
lección de lengua.
Sin embargo, hasta en este ejercicio,
vemos reaparecer la influencia del conocimiento de las cosas. Los equivalentes
metafóricos suponen unas comparaciones entre el objeto de que se trata y
otros objetos: sirven sobre todo para hacer más claro el sentido de una
palabra, con tal que estén bien comprendidos; si por el contrario no lo
están, el maestro querrá sin duda explicarlos, y se verá
en la precisión de hacer, o mejor dicho, de dar una lección de
cosas. Mejor es, en general, evitar toda digresión de este
género: si la figura trata de un objeto conocido, producirá el
efecto deseado; sino, quedará sin efecto momentáneamente, pero el
nombre de este objeto se unirá con los demás en la lista de los
sinónimos. La expresión
separación del alma con el cuerpo,
es ininteligible para los niños; mas una buena memoria la
retendría, como sirviendo para designar la muerte, aunque no haya
comprendido por completo su significado.
La explicación de las figuras
no es el único modo con que una lección de sinónimos puede
transformarse en lección de hechos. Raro es que dos sinónimos
tengan enteramente el mismo sentido; dan matices o grados diferentes del mismo
sentido; presentan una cosa bajo diferentes puntos de vista, o son
también más vagos o más precisos uno que otro. Cuando
quiere indicar el maestro estas diferencias, entra en el dominio de los hechos.
Las palabras
verdad,
veracidad, presentan la misma idea, con
ciertas diferencias que no permiten emplearlas una por otra. Indicar estas
diferencias, es hacer una lección sobre el hecho expresado y no sobre la
expresión. No hay que hacer con frecuencia lecciones de esta clase.
Se dirá tal vez, con cierta
apariencia de razón, que no deben aprenderse las palabras más que
aprendiendo también las ideas exactas que representan. Sin duda alguna,
este principio es justo, pero debe aplicarse sin presentar intencionalmente
palabras cuyo sentido es imposible hacer comprender; mas como no podemos hacer
que las palabras no se presenten de por sí, el único medio es
explicarlas por sinónimos fáciles de comprender para los
niños, dejando que la experiencia les enseñe más adelante
los matices más delicados. Tal vez estas palabras resultarán
momentáneamente mal empleadas; pero habrá también en esto
una gran ventaja que será la de aumentar la riqueza del vocabulario.
Para que nos entiendan mejor,
consideraremos también los casos en que el maestro que enseña una
ciencia llega a ser forzosamente profesor de lengua. Hemos dicho varias veces
que, en el orden lógico de la enseñanza, las cosas deben pasar
antes que los nombres; así pues la aplicación rigurosa de este
principio convertiría el que enseña los hechos en maestro de
lengua. Los límites de este principio han sido ya indicados, y
volveremos más adelante a tratar de ellos. Entre tanto, vamos a
demostrar que, hasta bajo el punto de vista de la abundancia de los
sinónimos, el profesor de ciencias se ve obligado a estar casi al nivel
del profesor de lengua. No trata de agotar todos los modos posibles de expresar
cada uno de los hechos que enseña; pero, cuando el tema es
difícil, las necesidades de la explicación le obligan a recurrir
a un número bastante crecido de maneras diferentes de presentar el mismo
hecho, y es muy poco frecuente que estas expresiones falten de
precisión.
Tomemos como ejemplo el peso. Para
explicar esta fuerza, el maestro debe escoger con preferencia ciertos hechos
familiares, tales como la caída de los cuerpos que no están
sostenidos; pero no dejar al propio tiempo de recurrir a las diferentes
expresiones que se emplean ni atándose de esta fuerza:
peso,
presión de arriba abajo,
caída hacia el suelo,
atracción, desviación de la línea recta.
Algunas de estas expresiones
están asociadas, en el entendimiento de los auditores, con la
acción del peso; los demás se asociarán con ella
más adelante, y por consiguiente bueno es que la memoria las retenga. El
maestro de lengua no podría hacer mucho más, al menos para el
estudio de los sinónimos, sin salir del dominio rigurosamente
científico para extraviarse en el de la imaginación.
A la extensión de nuestros
conocimientos por medio de la palabra es a lo que debemos las mejores adiciones
de nuestro vocabulario, es decir, aquellas que mejor comprendemos. Las
expresiones metafóricas que añadimos no son más que una
manipulación del lenguaje; pero tienen por punto de partida la
percepción de las cosas, y no llegan a ser un asunto de sinonimia
más que cuando la costumbre ha hecho familiares las comparaciones que
expresan.
Volvamos ahora al papel que
desempeña el profesor de lengua. Hemos visto como aumenta el vocabulario
de sus discípulos, añadiendo a la lista unos sinónimos que
poseen ya. Podría hacerlo de intento, durante todas las lecciones de
lectura; pero el hecho ocurre de otro modo, sin previa intención. Hemos
hecho observar ya que, para los primeros ejercicios de lectura, los libros que
se acostumbran a usar dan historias o descripciones fáciles de
comprender, que no cansan la atención, y sobre las que no hay lugar de
insistir bajo el punto de vista de los hechos que contienen. Estos trozos
están expresamente preparados para servir de lecciones de lengua y para
enseñar palabras nuevas. Los hechos son familiares y fáciles; el
lenguaje es escogido y hasta elegante, mucho más elevado que el que los
discípulos están acostumbrados a oír, tratándose
del mismo objeto; en una palabra, estas lecturas tienen por objeto aumentar
poco a poco el vocabulario de los discípulos. Con este fin, es por lo
que el maestro interviene con ejercicios especiales. Para cerciorarse de si los
discípulos recuerdan el trozo ya leído, sus relaciones y sus
puntos principales, les hace una serie de preguntas a las que deben contestar
haciendo uso de las expresiones del libro, o de otras formas, siempre
escogidas, a las que sus lecturas deben acostumbrarles. Para que este ejercicio
sea verdaderamente provechoso, es necesario que el maestro no olvide nunca que,
en estas lecciones, hay que ocuparse con preferencia del lenguaje antes que de
los hechos.
Podemos ver ahora si los trozos
aprendidos de memoria, y especialmente los versos, constituyen el lenguaje.
Podrán servir para la adquisición de conocimientos nuevos; pero
este no es el mejor modo de enseñar los hechos, y no queremos
apreciarlos aquí más que bajo el punto de vista del lenguaje.
Recitar algunos trozos, constituye uno
de los medios más antiguos empleados en las escuelas; como tiene el gran
mérito de ser sencillo y práctico, puede seguir
empleándose por los maestros menos hábiles, y nadie podrá
decir que este ejercicio no da buenos resultados. Cierto es que graban a la vez
en el entendimiento los pensamientos y las formas de lenguaje, y preciso
sería que los discípulos tuviesen muy poco entendimiento para no
sacar de esto ningún provecho. En las escuelas griegas, se hacía
aprender de memoria y recitar trozos de algunos poetas. Los Judíos
confiaban el cuidado de educar a los niños, durante mucho tiempo, a los
padres, que no podían casi hacer uso de otro método.
Además, la enseñanza trataba principalmente de la ley del Antiguo
Testamento, etc., cosas para las cuales la memoria desempeñaba el
principal papel. En todas las escuelas modernas el recitado de trozos
está mas o menos en uso; en nuestra época, por ejemplo, los
discípulos de los liceos franceses aprenden de memoria trozos de los
clásicos, para formar su estilo.
Los trozos en verso se prefieren
generalmente para estos ejercicios de memoria. La armonía de los versos,
su estilo elevado, la emoción que despiertan, hace que se retengan
mejor. En efecto, el que sabe de memoria cierto número de buenos trozos
de versos posee un verdadero tesoro, bajo el doble punto de vista de los
sentimientos y de la cultura del entendimiento: los pensamientos, las figuras y
las expresiones que encuentra en aquellos están entonces a su
disposición, y puede, si quiere, hacerlos entrar en sus combinaciones
intelectuales. Citaremos luego bajo el mismo punto de vista, la prosa animada y
armoniosa; aunque inferior a la poesía bajo el concepto de la forma,
puede prestar aun más servicios para la práctica del arte de
escribir.
Para que los versos nos preparen
recuerdos agradables para el porvenir, tenemos que aprenderlos con gusto en la
escuela, y que esta lección no tenga el carácter de un trabajo
hecho con disgusto. Los trozos en versos, de los que mejor partido sacamos son
aquellos que hemos aprendido voluntariamente; para que un estudio deje
recuerdos agradables, no debe ser obligatorio. Si estos trozos pueden imponerse
como lecciones, no es más que en la infancia, edad en que las reglas
despóticas de la escuela parecen menos duras, y dejan una
impresión menos viva. De los siete a los diez años, el
entendimiento es, bajo todos conceptos, más flexible para este trabajo
que de los diez a los quince. ¿Cuál es el valor intelectual de
este estudio, especialmente bajo el punto de vista que nos ocupa en este
momento, es decir, para la adquisición de expresiones y de giros de
frases nuevas? A pesar de reconocer la facilidad más grande de las
lecciones en versos, no debemos dejar de ver sus partes débiles. La
forma, la concisión, el sentimiento, el lenguaje elevado, todo hace que
nos guste el conjunto de un trozo de poesía, y no pensamos en el sentido
de sus diferentes partes, y especialmente de las palabras consideradas
separadamente. Sólo para las obras de los grandes poetas es cuando
llaman nuestra atención sobre cada palabra; y esto tampoco se hace
siempre.
En los versos, más que en
cualquier otra lección que los niños aprenden de memoria, las
palabras son las que desempeñan el papel más importante; el
sentido es enteramente secundario, y basta que una débil luz sirva de
guía, con tal que un sentimiento de interés se una a la
lección.
La prosa es más difícil
de retener, pero tiene ciertas ventajas que los versos no poseen; mas
sería gastar inútilmente las fuerzas intelectuales obligando a
los discípulos a que aprendiesen trozos demasiados largos. Lo que
necesitamos en la práctica es, o un modelo de frase bien hecha, o alguna
expresión propia para la idea que queremos expresar. El encadenamiento
de las frases de un largo trozo no contribuye pues de ningún modo para
suministrarnos lo que necesitamos; más probabilidad tendríamos de
encontrarlo entre frases sueltas que habríamos aprendido de memoria,
especialmente si estas frases ofreciesen algo particular u original bajo el
concepto de la construcción o de las lecciones. Imposible es explicar a
los niños el mecanismo de estas frases, y puesto que es preciso recurrir
a los medios artificiales para darles modelos de lenguaje, no queda más
recurso que hacer que aprendan trozos de memoria; pero así que ha
llegado la idea de comprensión razonada, los trozos completos
tendrán que reemplazarse con modelos escogidos, bajo la forma de frases
separadas, o de pequeñas series de frases, animadas por la
explicación crítica, es decir por la indicación de sus
bellezas y de sus defectos. Nuestra opinión es que los discípulos
de los colegios franceses de segunda enseñanza han pasado ya la edad en
que es conveniente desarrollar la facultad de expresión,
haciéndoles aprender maquinalmente algunos trozos escogidos, cualquiera
que sea el mérito de estos modelos. Este procedimiento nos recuerda
involuntariamente el ejercicio de los soldados franceses, y la ineptitud
francesa para las distinciones sutiles y la crítica. Un discípulo
aprende siempre con gusto las frases y los trozos que le habrán hecho
admirar y apreciar anteriormente.
Los ejercicios de recitación y
de declamación suministran a los discípulos ya adelantados una
ocasión excelente para aprender de memoria ciertos trozos escogidos en
prosa o en verso.
Las observaciones que preceden sobre
el estudio especial del lenguaje, se refieren principalmente a los vocablos,
aunque hayamos extendido a veces algunas de aquellas a la construcción
de las frases. Esta segunda parte del estudio de una lengua merece tratarse
más detalladamente. Hablando, escuchando a los demás, y leyendo,
es como aprendemos a formar oraciones completas con palabras, y trozos seguidos
con oraciones; así como, también los pasajes de los buenos
autores que aprendemos de memoria nos suministran modelos de frases tanto como
palabras y locuciones. Debemos aprender a conocer todas las formas diversas de
una frase antes de llegar a su análisis gramatical.
Puede el maestro dejar que los modelos
de frases se amontonen poco a poco en el entendimiento de sus discípulos
durante las lecciones de lectura, sin intervenir para nada, o puede, por el
contrario obrar directamente para que se graben en su memoria. Supongamos que
no haya llegado aun la edad de la gramática, y que por consiguiente los
discípulos no hayan estudiado todavía la
ciencia de las frases. Sin embargo, esta
edad se aproxima, y hay que preparar, por consiguiente, los discípulos
para este nuevo estudio, si no es hasta empezar un trabajo especial con el
mismo objeto, aunque bajo una forma menos completa.
Repetimos aquí para las frases
lo que hemos dicho ya para la palabras: llegan después que los
pensamientos. Todo hecho exige una frase para expresarle; si el hecho es
sencillo, la frase lo será también; si es complejo, la frase lo
será igualmente. Cuando decimos:
el sol se pone, enunciamos un hecho
sencillo con ayuda de una simple frase. Cuando añadimos:
si sube V. sobre cualquier cerro, verá V.
reaparecer el sol, enunciamos un hecho condicional. Si hemos aprendido
oralmente cierto número de hechos sencillos y complejos, otras tantas
frases sencillas y complejas sabremos. ¿Qué más
necesitamos? Contestaremos a esta pregunta repitiendo lo que hemos dicho ya al
hablar de los vocablos: muy cómodo es conocer todas las formas del
lenguaje bajo las cuales puede presentarse un mismo hecho, simple o complejo.
Aprendiendo estas nuevas formas, no estudiamos los hechos, sino el
lenguaje.
El mejor modo de aprender las formas
de las oraciones es asociarlas con los conocimientos que deben expresar; no
debe pues hacerse este estudio antes de poseer estos conocimientos. Hemos
indicado ya bastante las restricciones que deben hacerse para este
principio.
Veamos ahora lo que debe hacer el
maestro para enseñar o hacer que se retengan estas formas. El ejemplo
suministrado por las palabras puede todavía serle útil. El
maestro puede tomar una frase dada, que exprese cierto hecho, e indicar a sus
discípulos otras disposiciones de la misma frase, variando, o no, las
palabras que la componen, pidiéndoles que las distingan y las repitan
también. Es el mejor medio que haya sido propuesto, como
introducción a la enseñanza de la gramática propiamente
dicha; este ejercicio debe seguirse únicamente de un modo
sistemático, por más que sea inútil llamar la
atención de los discípulos sobre el sistema seguido. Cuando
hayamos llegado a examinar lo que la gramática de nuestra propia lengua
hace por nosotros, veremos que este es uno de los mayores servicios que nos
presta.
Uno de los ejemplos más
sencillos de las formas diferentes, pero equivalentes, de la misma frase, nos
lo suministra el cambio de lo activo en pasivo, como por ejemplo:
César invadió la gran
Bretaña; la Bretaña fue invadida por César. Puede
también reemplazarse un nombre por un pronombre, y
recíprocamente; transformar los sustantivos, los adjetivos o los
adverbios en locuciones correspondientes.
El restablecimiento de las palabras
omitidas en las frases elípticas, tan frecuentes en todas las lenguas,
es uno de los mejores ejercicios de éste género. Más de la
mitad de las dificultades que presenta el análisis gramatical son
debidas a estas elipses. Otra modificación importante consiste en
transformar los miembros de frase en números abstractos; por ejemplo la
frase:
creemos lo que vemos, se transforma en
ver es creer, o
la vista es la creencia.
Las palabras y los diferentes miembros
de una misma frase pueden estar dispuestos de muchos y diferentes modos. Los
calificativos pueden preceder o seguir las palabras que califican: pero existe,
en general, para cada caso particular, un orden más conveniente que
cualquier otro. Al principio de estos ejercicios, los discípulos no
pueden demostrar preferencia, porque no están aun bastante adelantados;
pero no deben perderse todas las ocasiones que se presentan haciendo que
escojan poco a poco el orden que vale más, pues es el verdadero fin de
la enseñanza de una lengua.
El maestro podrá adoptar un
sistema regular de trasformación para el cual se dejará guiar por
la gramática y por su propio juicio. No multiplicará los cambios
fáciles, y no insistirá sobre los que no tienen importancia.
Sabrá cuáles son las trasformaciones más usuales en los
ejercicios de estilo, y más propias para acostumbrará los
discípulos a distinguir la claridad y la concisión; pero no les
dará todavía a conocer los motivos por que los ha escogido.
Aunque pueda contentarse con las consideraciones gramaticales, podrá
también presentar a los discípulos algunas de las figuras
más usuales de la retórica: inversión del sujeto y del
atributo, interrogación, exclamación, metáfora y
metonimia.
De todas las formas verbales
equivalentes, la que profundiza más las cosas, es la obversión
que consiste en hacer que resalte un hecho por el enunciado del hecho
contrario; por ejemplo:
la virtud es digna de elogios, el vicio merece
la vituperación; -tres veces armado está aquel que pelea con
razón; y completamente desarmado el que no la tiene; -el calor es
favorable a la vegetación, el frío le es contrario. Esto ya
no es gramática, sino lógica y retórica; y al propio
tiempo, como disciplina intelectual, es uno de los ejercicios más
fecundos que puedan imaginarse hasta aquí. El maestro puede, sin
ostentación, dar este pequeño trabajo que hacer a una clase,
cuando se prestan a ello las circunstancias, y los resultados serán de
los mejores. No debe hacerse más que en los casos que se explican de por
sí. «¿Si la virtud es digna de elogios, qué diremos
del vicio, su contrario?» Un discípulo de ocho años
contestaría sin trabajo a esta pregunta.
La enseñanza
de la gramática. Los límites exactos de los ejercicios
preparatorios para el estudio regular de la gramática, y el modo con que
conviene escogerlos, serán aun más evidentes por un profundo
examen de la cuestión tan debatida de la enseñanza
gramatical.
En Inglaterra, se admite con demasiada
facilidad que la lengua exige el estudio de la gramática, y que saca de
él las mismas ventajas; y sin embargo la situación es muy
diferente. Antes de empezar la gramática de su lengua, un
discípulo inglés ha aprendido ya poco más o menos todo lo
que aquella enseña; por el contrario, cuando empieza a estudiar la
gramática latina, todo lo que contiene es nuevo para él.
Podríamos hablar y escribir nuestra lengua de un modo correcto sin abrir
una vez tan solo la gramática; pero no podríamos traducir una
frase latina sin tener, antes algunas nociones de gramática latina.
Podríamos evitar esta dificultad aprendiendo la lengua muerta por el
procedimiento que empleamos para nuestra propia lengua; pero no habría
en esto más que una tentativa muy torpe para producir un resultado que
es verdaderamente imposible conseguir. La única situación
análoga es la de una persona que aprende una lengua viva extranjera,
viviendo en el país mismo en que se habla esa lengua. Para aprender una
lengua extranjera, si estamos en una edad en que las facultades de conocimiento
y de razonamiento estén suficientemente desarrolladas, lo más
fácil es aprender la gramática. El motivo es evidente. La
gramática abrevia el trabajo, generalizando todo lo que puede
generalizarse.
Lo que hace el estudio de la
gramática más penoso, son las excepciones de las reglas; pero
esto no es razón para renunciar a ello. Uno de nuestros
gramáticos, Cobbett, que tenía a veces algunas rarezas, propuso
renunciar a todas las reglas relativas al género de los sustantivos
franceses, y aprenderlo escribiendo todos los sustantivos del diccionario de la
lengua francesa. Fácil sería demostrar, no solo que este trabajo
impondría a la memoria unos esfuerzos mucho más considerables que
los necesarios para retener todas las reglas acompañadas de sus
excepciones, sino que el discípulo llegaría infaliblemente, y
casi sin apercibirse, a erigir en reglas las analogías que
presentaría este catálogo; no tardaría mucho, por ejemplo,
en reconocer que los nombres abstractos son en general del género
femenino. Un riguroso examen de los servicios positivos que nos presta la
gramática, será la guía mejor para el modo de
enseñarla.
Es indispensable enseñar a los
discípulos a que eviten las faltas más graves del lenguaje, pero
este trabajo no exige todos los detalles técnicos que contienen las
gramáticas empleadas en esta época. Las faltas más comunes
pueden corregirse de un modo mucho más sencillo, del que ya hemos
hablado; pero difícil sería hacer desaparecer todas las faltas de
sintaxis sin seguir un plan más regular, y sin pasar por el estudio de
las partes de la oración y de sus variaciones, estudio que constituye la
esencia misma de la gramática. Algunas personas, que no hayan
oído hablar más que en términos elegantes, podrían
llegar, tal vez, a la corrección, sin haber aprendido la
gramática: pero pocas serían, pues no todas tienen esta
facilidad. El oído solo bastaría para impedir que
dijésemos: «las casas
es»; pero cuando el sujeto y el verbo
están separados por algunas palabras, el acuerdo entre los dos no es tan
evidente, y el conocimiento de los términos gramaticales se hace
indispensable para dar a comprender en qué consiste la falta. Los
auxiliares ingleses no dan lugar a ninguna duda en los casos ordinarios,
mientras que en las frases complicadas, la gramática es necesaria para
emplearlos bien.
Para nosotros, la gramática
tiene mucho mérito, el de ser el primer estudio por el cual el maestro
concentra la atención de sus discípulos sobre la lengua misma.
Acabamos de indicar una serie de ejercicios, relativos a la lengua, que pueden
hacerse con discípulos que no hayan alcanzado aun la edad en que se
estudia la gramática, y destinados a prepararlos a este estudio; pero
estos ejercicios, los hemos inventado nosotros, y no han entrado todavía
en la enseñanza ordinaria. Los maestros titubean aun para el reparto del
tiempo entre las lecciones de hechos y las lecciones de lenguaje que pueden
preceder el estudio ordinario de la gramática; pero podemos decir que
hasta ahora, nadie se ha ocupado de la construcción de las oraciones
antes de haber sido obligado a ello, por decirlo así, por los ejercicios
de análisis gramatical. La gramática es la que resuelve el
problema del estudio de las formas del lenguaje fuera de toda
consideración del fondo. ¿Es esto un bien? Es lo que van a
demostrarnos las consideraciones siguientes.
El estudio de la estructura, de la
disposición y de los elementos de la frase, contribuye evidentemente a
la facilidad, a la corrección y a la fuerza del estilo. Podemos pasar
sin estudio; pero perderemos en ello, y ningún otro ejercicio nos
enseñará tan pronto el arte de escribir. Es necesario que la
gramática sirva para otra cosa que para hacernos evitar las faltas
contra las reglas o contra el uso. Hemos indicado ya este segundo papel de la
gramática. La consideración de las formas de frase equivalentes,
que se haría posible sin ayuda de gramática, es casi inevitable
así que se enseña ésta. Solamente analizando las frases de
un modo mecánico es como deja de presentarse.
Aunque este hecho no necesite
demostración, fácil es probarlo. Supongamos que alguno encuentre
dificultad para expresar cierta idea. La dificultad proviene primero de que
faltan palabras, y luego, de que no se sabe todavía construir bien las
oraciones. ¿Cómo aprenderán a hacerlo? De dos modos:
primero, leyendo mucho, y también acostumbrándose a analizar,
volver a hacer y variar las oraciones que sirven de texto para las lecciones de
lenguaje. Este es un hecho cuya importancia es bueno que los maestros
comprendan, para dirigir en consecuencia las lecciones de análisis
gramatical. Queremos decir con esto que, analizando, deben estudiarse las
relaciones de las palabras, indicar el papel que desempeñan, decir si
expresan ideas principales o si solo sirven para modificar estas ideas, y
examinar su valor relativo comparándole con sus sinónimos.
Siguiendo este método, colocan así a los discípulos en la
situación en que más tarde se encontrarán, cuando tengan
que escribir ellos mismos un ejercicio de estilo.
Las partes de la gramática que
tratan más directamente de la construcción de las oraciones, son
ciertos capítulos sobre las partes de la oración y la parte de la
sintaxis que tiene relación con el análisis de las frases y con
el orden de las palabras.
La gramática contribuye, en
cierto modo, a enriquecer el vocabulario de los discípulos. Todos los
ejemplos que contiene y que se aprenden de memoria, tienen este resultado; y
los capítulos sobre la derivación y la inflexión
contribuyen a conseguirla directamente. La derivación obliga a los
discípulos a pasar revista a un considerable número de palabras,
de las que la mayor parte se graban en la memoria. Para la lengua inglesa, la
comparación entre los elementos sajones y los que otras lenguas
suministran, es un verdadero ejercicio sobre las palabras. El estudio de los
prefijos nos hace conocer mejor los recursos de la lengua,
demostrándonos el partido que puede sacarse de la composición de
las palabras. Este capítulo tiene la ventaja de estar aislado de toda
complicación técnica; por esta razón se ha recomendado
como siendo mejor que todos los demás para los principios del estudio de
la gramática. También cuando se estudian las palabras variables,
las listas de las palabras citadas como ejemplos de las reglas sobre el
género y el número, causan cierta impresión en la memoria,
impresión que contribuye a que encontremos con más facilidad las
palabras que necesitamos. Los maestros hacen muy bien en no insistir para
cargar la memoria con estas listas de palabras; más probabilidades
tienen de obtener un resultado duradero por la necesidad en que se encuentran
los discípulos de fijarse en ellas para dar ejemplos de reglas; y esta
circunstancia es también favorable a la recurrencia de estas palabras
para los ejercicios de estilo.
El estudio de las palabras variables
es el fondo mismo de la gramática latina, pues, en latín, el
único medio de distinguir entre sí las diferentes partes de la
oración, son las terminaciones. Por esto la gramática latina es
mucho más fácil que la gramática inglesa, pues la primera
es más bien un asunto de memoria que de raciocinio. Si en vez de ser el
latín, hubiese sido el inglés considerado como lengua muerta,
proponer que la gramática extranjera pasase antes que la otra se hubiera
considerado como una proposición monstruosa.
De la edad en que
debe empezarse el estudio de la gramática. Muchos se aperciben
ahora que es un error hacer empezar el estudio de la gramática a
niños de ocho a nueve años. La experiencia ha debido ya demostrar
a los profesores que es inútil intentarlo. Algunos han querido
simplificar el trabajo por diferentes medios. Han aconsejado que se empiece a
presentar este estudio bajo un aspecto fácil, dejando para más
adelante el examen de las verdaderas dificultades. Desgraciadamente para estas
diversas tentativas, en el umbral mismo de la ciencia es donde se hallan las
dificultades, y es imposible eludir sin tachar de nulo todo lo que sigue. Si no
se comprenden bien todas las partes de la oración, no se
adelantará nada.
Cuando llega a comprender un
discípulo que una oración se compone de un sujeto y de atributo,
que el atributo puede tener un complemento, y que el sujeto, el complemento, y
el atributo pueden modificarse con palabras secundarias, es cuando se conoce
que se halla en estado de aprender gramática. Debe también
comprender las ideas lógicas de individualidad, generalidad y
abstracción, pues todas estas ideas son indispensables para comprender
el nombre y el adjetivo. Se necesita discernimiento para coger el sentido de
las palabras de
relación, es decir de los
pronombres, preposiciones, y de las conjunciones, y por esta razón es
por lo que el discípulo debe haber llegado ya a cierta edad.
Se ha intentado enseñar la
gramática sin libro, y por cierto algunos maestros siguen aun este
método; dicen que las dificultades no provienen del estudio mismo; sino
que nacen solamente de la forma que se les da, y del libro que se pone en manos
del discípulo. Debe haber en esto algún sofisma. No contiene un
libro más que lo que es bueno decir de viva voz, y si el maestro puede
expresarse más claramente que el mejor libro que pueda encontrarse, no
queda más que escribir todo cuanto dice y formar un libro con ello. Si
es bueno el método del maestro, puede imprimirse para servir de ejemplo
a los demás, lo que producirá libros aur mejores, de modo que la
reforma que propone la completa supresión de libros, no puede tener
lugar.
Tal vez conteste a esto el maestro que
no propone nada nuevo, sino que sólo quiere escoger los puntos que los
discípulos puedan comprender, dejándose guiar en esta
elección por su tacto y juicio natural; pero, hasta en este caso, es
posible dar una forma positiva a esta elección, y lo que es bueno para
una clase, lo será probablemente también para todas las clases
iguales. Se dirá también tal vez que los niños no han
llegado aun a la edad de poder estudiar en un libro las reglas que pueden
perfectamente enseñarles de viva voz. En esto hay mucha verdad, por
más que esta no sea razón para suprimir el libro, del que
podrán los discípulos hacer uso para recordar lo que les
habrá enseñado su maestro y prepararse a contestar a las
preguntas que les harán sobre este estudio. Si la enseñanza de
una clase es exclusivamente oral, sus progresos serán necesariamente muy
lentos; este procedimiento no conviene, pues, más que a los
párvulos, para quienes la pérdida de tiempo es
insignificante.
Enseñar gramática sin
texto impreso es lo mismo que enseñar religión sin manual ni
catecismo: o se sirve el maestro del catecismo sin dar el libro a los
discípulos, o se forma un catecismo propio. Una enseñanza no es
posible más que con un plan y un orden bien definidos, y la
publicación de este plan bajo forma de libro es un bien en vez de ser un
mal. El maestro de gramática que enseña sin libro se sirve, sin
confesarlo a nadie, de cualquier gramática, o de una gramática
que se habrá hecho él mismo.
Si consideramos el conjunto de la
gramática inglesa en lo que tiene de fácil y de difícil,
diremos que la generalidad de los discípulos no pueden estudiarla con
provecho antes de la edad de diez años. Vencer las dificultades y
escoger las partes más sencillas para ponerlas al alcance de
niños más pequeños, ya no es presentar la gramática
bajo su verdadero aspecto, sino enseñarla como ciencia híbrida
que no se comprende más que medianamente, y que no desempeña, en
ningún modo, el verdadero papel de la gramática. Mal
cálculo es querer adelantar la aptitud natural del entendimiento para
cualquier estudio; y la aptitud necesaria para aprender gramática no se
manifiesta ni a los ocho, ni a los nueve años. Hemos dicho ya que,
según nuestra opinión, la gramática es más
difícil que la aritmética y que, bajo este punto de vista, debe
colocarse a la altura de la primera parte del álgebra y de la
geometría. Si no se empieza más que cuando el entendimiento
está bastante desarrollado, no sólo cansa menos, sino que da
resultados que no se hacen posibles si se empieza su estudio demasiado pronto.
Sin embargo, podrá hacerse una grave objeción, pero sólo
una, al sistema que defendemos. Este sistema deja en la enseñanza un
vacío bastante difícil de llenar. Si tiene el maestro que excluir
la gramática de su enseñanza, se verá obligado a desterrar
también de esta los ejercicios sobre la lengua, y hacer solo de las
lecciones de hechos, unos ejercicios de lectura; mas en esto también se
verá expuesto a tener que tratar de algunos ejercicios del lenguaje,
aunque, en el fondo, sean iguales al fondo de las lecciones de
gramática. Las dificultades que ofrece la gramática son las de
todas las ciencias, es decir, de las generalidades expresadas en
términos técnicos, y en este caso, como en el de todas las
demás ciencias, pueden hacerse siempre unos ejercicios preparatorios
empíricos sobre algunos ejemplos concretos. Esto vuelve a recordarnos lo
que hemos dicho ya de la necesidad que existe para el maestro de hacer estudiar
las expresiones por sí mismas, y sin fijarse en la idea general del
trozo, ejercitando los discípulos sobre las formas equivalentes que
pueden darlas, y enriqueciendo también su vocabulario con el estudio
práctico de los sinónimos. Poco importa que se vea en estos
ejercicios una preparación directa a la gramática; vemos en ellos
una preparación al fin de aquella, es decir, a los ejercicios de estilo,
y éste es un trabajo que no se perdería jamás, aun cuando
no se llegara a empezar nunca el estudio regular y técnico de la
gramática.
Una preparación especial para
el estudio de la gramática, propiamente dicho sería de
enseñar, por ejemplo, cómo se compone una frase de un sujeto (o
nominativo) y de un atributo o complemento (acusativo) sin tener que emplear
sin embargo estas palabras técnicas tan espantosas para la niñez.
Al tratar de un hecho cualquiera, podemos decir: «La zorra es un animal
muy astuto», y siempre fácil es preguntar al discípulo de
qué objeto se trata en esta frase: «La
zorra», contestará.- ¿Y qué se dice de la
zorra? replicará el maestro.- «Que es un animal muy
astuto».
Podrían añadirse a estos
ejercicios otros muchos sobre nombres de objetos, para demostrar la diferencia
que existe entre las clases y los individuos, así como también el
origen de los nombres de clase y el modo que tienen los adjetivos de hacerles
recaer sobre otras clases menos extensas. Bueno sería establecer estas
distinciones lógicas algunos meses antes de empezar la gramática.
Son de muy poca utilidad para la verdadera lógica, y forman el
único título que posee la gramática para que se la
considere como ejercicio de lógica. Así preparado, puede empezar
el discípulo las partes de la oración, y estudiar el nombre, su
definición y sus diferentes especies; en cuanto a las otras nociones de
lógica, podrán dejarse a un lado, hasta que llegue el momento de
recurrir a ellas. Más adelante, hablaremos de la distinción tan
importante que debe hacerse entre la coordinación y la
subordinación, sin la cual las conjunciones y los pronombres relativos
están muy oscuros, cuando debieran resplandecer.
Dos años antes de la edad en
que se ha de empezar la gramática, podría hacerse la
lección de lengua independiente de la de lectura; es el único
medio de darle un sitio bien determinado en la educación. Hacer una o
dos preguntas gramaticales durante una lección de hechos, no es de
ningún provecho. Si los hechos de que trata la lección tienen
alguna importancia, bueno será que toda la atención se fije en
ellos; si la lección de lengua es también importante, exige
igualmente toda la atención del discípulo; además un
vaivén rápido entre dos estudios enteramente distintos no hace
más que perjudicarlos mutuamente. Una lección de lectura puede
servir para enseñar tres cosas: primero, el arte mecánico de la
lectura, así como la ortografía; en segundo lugar, unos hechos
que deben ser comprendidos y retenidos; y por último, la lengua
propiamente dicha. De lo que suelen ocuparse más tiempo, es del primer
punto; después, se aborda el segundo, es decir la instrucción
general, que absorbe la atención del maestro, y lleva consigo por
necesidad, cierto estudio de la lengua. La tercera fase, la del estudio
especial de la lengua, no viene más que en último lugar, y exige
un trabajo especial al que debe dedicarse una hora determinada. Los trozos de
instrucción general pueden servir para la lección de lengua; pero
no deberá hablarse de los hechos mismos que contienen, más que
por el provecho que puede sacarse de ellos para el estudio de la lengua. Por
otra parte, ciertos trozos poco instructivos de por sí, pueden ser muy
convenientes para una lección de lengua, como por ejemplo los extractos,
en versos o en prosa, que pertenecen a las Bellas-Letras, propiamente dichas.
Las lecciones, así separadas, tomarían naturalmente una forma
característica, y presentarían cierta continuidad, formando de
este modo un curso en el que cada lección sería la consecuencia
de la precedente. Acabaría el maestro por trazarse un plan, y no se
vería apurado para encontrar algo mejor que los ejercicios gramaticales
que hemos indicado ya. Podría agregarse también de vez en cuando,
a la lección de lengua, el recitado de pequeños trozos
escogidos.
Así que llegan los
discípulos a la edad del estudio gramatical, el problema de la
enseñanza de este estudio está resuelto. La gramática es
una ciencia práctica, fundada en unos principios generales que llegan a
ser reglas; estos principios tienen que explicarse, y aplicarse a los casos
particulares. En vez de buscar ciertas vías indirectas para evitar las
dificultades, el maestro no tiene que seguir más que la vía recta
trazada por los mejores gramáticos. Muy divididas están las
opiniones sobre todos los puntos detallados, y no será, tal vez,
inútil hacer aquí algunas observaciones sobre los que más
importantes son.
Nos parece mejor separar el estudio de
las variaciones de las palabras, del de las partes de la oración.
Definir cada especie de palabras, clasificarla, y dar ejemplos, constituye una
operación homogénea muy diferente del estudio de las variaciones
de ciertas especies de palabras, estudio que hay ventaja en hacer con
método y continuidad.
El análisis lógico, que
ha servido de base para la reforma radical de las definiciones de las partes de
la oración, no ha hecho introducir aun en la sintaxis inglesa los
cambios que son su legítima consecuencia. Gracias a él, sabemos
descomponer una frase, y demostrar las locuciones y las proposiciones bajo su
verdadero aspecto y como equivalentes de adverbios y adjetivos; pero no se
ocupa del orden que conviene asignar en la oración a cada uno de los
determinativos. Esta consideración es, sin embargo, más
importante para el arte de escribir que todo el resto de la
gramática.
Existe alguna utilidad y gran
interés en estudiar los orígenes de la lengua inglesa; pero no
hay que ocuparse mucho de este trabajo durante los primeros años.
Nuestros únicos guías tienen que ser las acepciones y los giros
actualmente admitidos, pues si el conocimiento del arcaísmo puede
algunas veces explicar un uso, no puede en ningún modo modificarle.
LA RETÓRICA. No existe entre la
gramática y la retórica ninguna línea de
demarcación bien definida; aunque sean, en realidad, dos estudios
distintos. Escribir de un modo correcto, o escribir con claridad,
corrección y elegancia, no es, ni mucho menos, lo mismo. La
enseñanza de la gramática tal como la hemos presentado, nos
proporciona algo más que la simple corrección. Sin embargo, queda
todavía mucho que aprender bajo el concepto del estilo; pero para
conseguirlo, hay que recurrir a otros métodos que no sean los que hemos
indicado hasta aquí.
La retórica, así como la
gramática, tiene sus reglas, que el profesor debe explicar y
enseñar por medio de ejemplos y de ejercicios de composición.
Tienen que presentarse también estas reglas de un modo metódico,
con todos los desarrollos necesarios, y dando bien la definición de los
términos importantes. La retórica se divide en dos partes: la
primera trata del estilo en general y comprende las explicaciones, las reglas y
los principios que se aplican a todos los géneros de composición;
la segunda se ocupa de cada género en particular -descripción,
narración, relato, discurso, poesía.
Diciendo que el profesor debe explicar
y enseñar por medio de ejemplos todos los términos de la
retórica, así como las reglas y los principios de la
composición, hemos indicado ya, con bastante claridad, la marcha que
debe seguirse en este estudio; mas los ejercicios que hay que dar a los
discípulos, pueden escogerse de muchos modos diferentes, y los
profesores no proceden del mismo modo. Nos permitiremos, pues, dar algunos
consejos sobre este punto. Hay que evitar de no dar más que el
título del tema que debe tratarse a unos discípulos demasiado
jóvenes. Haciéndolo, se faltaría a la regla de toda
enseñanza que es no ocuparse más que de una cosa a la vez. La
averiguación de las ideas absorbe por lo menos la mitad de las fuerzas
del discípulo, y no deja casi nada para el estudio de la forma.
Además, se emplean muchas expresiones diferentes, y se hace imposible
para el maestro señalar todas las faltas y las inadvertencias;
así es que la corrección de este género de ejercicios no
podría tampoco ser provechosa para toda la clase.
En los ejercicios de
composición, el maestro dará pues las ideas, y dirá a los
discípulos que las presenten bajo una forma conveniente; pero este
género de ejercicio no está al alcance de los principiantes. El
trabajo que consiste en poner versos en prosa es un ejercicio muy
cómodo; solo es de temer que, despojando las ideas de su forma
poética, no las deje el discípulo bastante fuerza ni elegancia
para obtener buena prosa. Un ejercicio mejor aun, por más que no
esté al alcance de todos, consiste en escoger un trozo de prosa y en
introducir, en el mismo, ciertos cambios definidos, relacionados con la
lección de retórica de que se ocupa la clase en aquel momento: se
tratará por ejemplo de suprimir o agregar algunos términos
metafóricos, prescindir de algunos detalles inútiles, o dar, por
el contrario, a un pasaje demasiado conciso, un desarrollo necesario; presentar
la misma idea bajo diferentes formas igualmente buenas, y por último,
cambiar, al ocuparse de la lengua inglesa, la proporción que existe
entre las palabras tomadas de las lenguas antiguas, y las de origen
sajón.
El maestro deberá aprovechar
los ejercicios que las consideraciones de acuerdo y de oposición
suministran naturalmente. La primera nos da el ejemplo y la comparación,
la segunda impide lo vago de las ideas, y contribuye poderosamente a la
precisión del lenguaje.
Determinar el orden de las oraciones
en el mismo párrafo, es un trabajo importante y difícil. Lo mejor
es estudiarlo en los trozos escogidos para la lectura, y hacer que los
discípulos cambien este orden según ciertos principios
determinados. La composición de un buen párrafo es, por decirlo
así, la más bella aplicación de las reglas del orden del
estilo. La colocación de las ideas de un discurso no presenta muchas ni
grandes dificultades bajo este concepto.
El ejercicio de más provecho
para el estudio del estilo es el examen crítico de los mejores trozos de
prosa o de versos, combinado con las lecciones ordinarias de retórica.
En este trabajo, el discípulo concentra todas las fuerzas de su
entendimiento en el examen de las expresiones y de la forma, y no conocemos
otro que ofrezca ventajas más grandes.
La enseñanza de la
retórica, considerada bajo este punto de vista, tiende únicamente
a evitar en los discípulos el sentimiento de lo que es bueno y malo en
la composición. Este punto, según nuestro parecer, debe pasar
antes que todos los demás. En efecto, aunque para escribir bien, cierta
abundancia de expresiones sea todavía más necesaria que la
facultad de juzgar lo que está bien, el maestro no ejerce sin embargo
más que una influencia muy débil sobre la primera, mientras que
la que tiene sobre la segunda es muy grande. La abundancia de las expresiones
exige algunos años de trabajo; por el contrario, seis meses de estudio
son suficientes para conocer casi todas las elegancias y las delicadezas del
estilo; pero si se admite que se consagre cierto tiempo durante algunos
años al estudio de la lengua, podrá el maestro hacer que
adquieran sus discípulos un gran número de expresiones y
enseñarles a sacar partido de las mismas.
Existe para la enseñanza
regular y metódica de la retórica, unos ejercicios preparatorios
semejantes a aquellos que hemos indicado para la gramática; estos
ejercicios consisten en variar las expresiones que se encuentren en un trozo,
indicándolas que sean preferibles, pero sin dar las razones de esta
preferencia. En ciertos casos, el sentimiento personal del discípulo
sobre el valor de una forma comparada con otra podrá manifestarse, y
tendrá que ser guiado por el maestro. Los cambios producidos por las
figuras o por su supresión, y los que se harán en el arreglo de
las oraciones, podrán comprenderse antes de la edad en que es
conveniente estudiar la retórica.
Durante los ejercicios de lectura,
bueno será llamar poco a poco la atención de los
discípulos sobre las cualidades principales del estilo, tales como la
claridad, la fuerza y el sentimiento. Algunos ejemplos hábilmente
escogidos podrán darles a conocer la diferencia que existe entre lo
sencillo y lo escogido, entre la fuerza y el sentimiento. Podría
entrarse en más detalles, e indicar los métodos y los medios que
producen aquellos efectos; pero, difícil sería hacerlo fuera de
la enseñanza ordinaria de la retórica.
LA LITERATURA.- La enseñanza de
la literatura presenta las mismas dificultades que la de la historia. La
literatura nos presenta a la vez un conjunto de ideas fáciles,
inteligibles e interesantes hasta para los niños, e ideas
técnicas, complicadas y comprensibles sólo para los
entendimientos ya maduros. Para este estudio, lo mismo que para el de la
historia general, es imposible imaginar un método que esté
siempre al alcance del entendimiento de los niños.
La base de la crítica
literaria, aplicada solo a un escritor, o bien a toda la literatura de un
país o de una época, es la retórica, es decir, el
conocimiento exacto de las cualidades y de las reglas del estilo. El mayor
inconveniente de una enseñanza prematura de la literatura, es dirigirse
a unos entendimientos tan ignorantes que no comprendan siquiera el sentido de
los términos que se emplean. Comprendiendo los términos de la
retórica, la crítica y la historia literaria se explican por
sí solas. La enseñanza de la literatura en las escuelas ha tomado
en nuestra época la forma de un estudio de las obras más
escogidas de nuestros mejores autores. Poseemos ahora un número
más que suficiente de estas obras, con todos los comentarios y notas que
pueden facilitar su estudio. Los dos puntos de este método, que importa
considerar, son la elección de autores y el modo de presentarlos.
Es preferible elegir escritores
modernos mejor que antiguos, y prosistas más bien que poetas. La
preferencia que debe darse a los modernos se funda en que la prosa ha hecho y
hace todavía grandes progresos, y que los pensamientos y el
interés general de los temas militan igualmente en favor de los
modernos. Debe empezarse por enseñar a los discípulos los mejores
modelos de prosa, después de lo que podrá remontarse con ellos a
otros modelos menos perfectos. El interés que muchos prosistas antiguos
presentan, sin estar agotado por completo, disminuye progresivamente con el
tiempo, |