  Prosas profanas y otros poemas
Rubén Darío
[Nota preliminar: edición digital a
partir de la edición de París, Viuda de C. Bouret, 1901, y
cotejada con las ediciones de Ignacio M. Zulueta, Madrid, Castalia, 1983, y
Ricardo Llopesa, Madrid, Espasa, 1998, cuya consulta
recomendamos.]
A Carlos Vega Belgrano, afectuosamente, este
libro dedica R. D.
  Palabras liminares
Después de
Azul... después de
Los raros, voces insinuantes, buena y mala
intención, entusiasmo sonoro y envidia subterránea -todo bella
cosecha- solicitaron lo que, en conciencia, no he creído fructuoso ni
oportuno: un manifiesto.
Ni fructuoso ni oportuno:
a) Por la absoluta falta de
elevación mental de la mayoría pensante de nuestro continente, en
la cual impera el universal personaje clasificado por Remy de Gourmont con el
nombre de
Celui-qui-ne-comprend-pas.
Celui-qui-ne-comprend-pas es entre nosotros profesor,
académico correspondiente de la Real Academia Española,
periodista, abogado, poeta rastaquouer.
b) Porque la obra colectiva de los nuevos
de América es aún vana, estando muchos de los mejores talentos en
el limbo de un completo desconocimiento del mismo Arte a que se consagran.
c) Porque proclamando, como proclamo, una
estética acrática, la imposición de un modelo o de un
código, implicaría una contradicción.
Yo no tengo literatura
«mía» -como lo ha manifestado una magistral autoridad-, para
marcar el rumbo de los demás: mi literatura es
mía en mí; quien siga servilmente
mis huellas perderá su tesoro personal y, paje o esclavo, no
podrá ocultar sello o librea. Wagner a Augusta Holmes, su
discípula, le dijo un día: «lo primero, no imitar a nadie,
y sobre todo, a mí». Gran decir.
*
Yo he dicho, en la misa rosa de mi
juventud, mis antífonas, mis secuencias, mis profanas prosas. -Tiempo y
menos fatigas de alma y corazón me han hecho falta, para, como un buen
monje artífice, hacer mis mayúsculas dignas de cada página
del breviario. (A través de los fuegos divinos de las vidrieras
historiadas, me río del viento que sopla afuera, del mal que pasa).
Tocad, campanas de oro, campanas de plata, tocad todos los días
llamándome a la fiesta en que brillan los ojos de fuego, y las rosas de
las bocas sangran delicias únicas. Mi órgano es un viejo
clavicordio pompadour, al son del cual danzaron sus gavotas alegres abuelos; y
el perfume de tu pecho es mi perfume, eterno incensario de carne, Varona
inmortal, flor de mi costilla.
Hombre soy.
*
¿Hay en mi sangre alguna gota de
sangre de África, o de indio chorotega o nagrandano? Pudiera ser, a
despecho de mis manos de marqués: mas he aquí que veréis
en mis versos princesas, reyes, cosas imperiales, visiones de países
lejanos o imposibles: ¡qué queréis!, yo detesto la vida y
el tiempo en que me tocó nacer; y a un presidente de República no
podré saludarle en el idioma en que te cantaría a ti, ¡oh
Halagabal! de cuya corte -oro, seda, mármol- me acuerdo en
sueños...
(Si hay poesía en nuestra
América ella está en las cosas viejas, en Palenke y
Utatlán, en el indio legendario, y el inca sensual y fino, y en el gran
Moctezuma de la silla de oro. Lo demás es tuyo, demócrata Walt
Whitman.)
Buenos Aires: Cosmópolis.
¡Y mañana!
*
El abuelo español de barba blanca
me señala una serie de retratos ilustres: «Este, me dice, es el
gran don Miguel de Cervantes Saavedra, genio y manco; este es Lope de Vega,
este Garcilaso, este Quintana». Yo le pregunto por el noble
Gracián, por Teresa la Santa, por el bravo Góngora y el
más fuerte de todos, don Francisco de Quevedo y Villegas. Después
exclamo: ¡Shakespeare! ¡Dante! ¡Hugo!... (Y en mi interior:
¡Verlaine...!)
Luego, al despedirme: «Abuelo,
preciso es decíroslo: mi esposa es de mi tierra; mi querida, de
París».
*
¿Y la cuestión
métrica? ¿Y el ritmo?
Como cada palabra tiene una alma, hay en
cada verso, además de la armonía verbal, una melodía
ideal. La música es sólo de la idea, muchas veces.
*
La gritería de trescientas ocas no
te impedirá, silvano, tocar tu encantadora flauta, con tal de que tu
amigo el ruiseñor esté contento de tu melodía. Cuando
él no esté para escucharte, cierra los ojos y toca para los
habitantes de tu reino interior. ¡Oh pueblo de desnudas ninfas, de
rosadas reinas, de amorosas diosas!
Cae a tus pies una rosa, otra rosa, otra
rosa. ¡Y besos!
*
Y, la primera ley, creador: crear. Bufe el
eunuco; cuando una musa te dé un hijo, queden las otras ocho
encinta.
R. D.
  Prosas profanas
  Era un aire suave...
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Era un aire suave, de pausados giros; |
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el hada Harmonía ritmaba sus vuelos; |
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e iban frases vagas y tenues suspiros |
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entre los sollozos de los violoncelos. |
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Sobre la terraza, junto a los ramajes, |
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diríase un trémolo de liras eolias |
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cuando acariciaban los sedosos trajes |
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sobre el tallo erguidas las blancas magnolias. |
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La marquesa Eulalia risas y desvíos |
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daba a un tiempo mismo para dos rivales, |
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el vizconde rubio de los desafíos |
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y el abate joven de los madrigales. |
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Cerca, coronado con hojas de viña, |
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reía en su máscara Término barbudo, |
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y, como un efebo que fuese una niña, |
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mostraba una Diana su mármol desnudo. |
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Y bajo un boscaje del amor palestra, |
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sobre rico zócalo al modo de Jonia, |
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con un candelabro prendido en la diestra |
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volaba el Mercurio de Juan de Bolonia. |
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La orquesta perlaba sus mágicas notas, |
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un coro de sones alados se oía; |
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galantes pavanas, fugaces gavotas |
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cantaban los dulces violines de Hungría. |
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Al oír las quejas de sus caballeros |
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ríe, ríe, ríe la divina Eulalia, |
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pues son su tesoro las flechas de Eros, |
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el cinto de Cipria, la rueca de Onfalia. |
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¡Ay de quien sus mieles y frases recoja! |
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¡Ay de quien del canto de su amor se fíe! |
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Con sus ojos lindos y su boca roja, |
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la divina Eulalia ríe, ríe, ríe. |
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Tiene azules ojos, es maligna y bella; |
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cuando mira vierte viva luz extraña: |
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se asoma a sus húmedas pupilas de estrella |
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el alma del rubio cristal de Champaña. |
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Es noche de fiesta, y el baile de trajes |
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ostenta su gloria de triunfos mundanos. |
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La divina Eulalia, vestida de encajes, |
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una flor destroza con sus tersas manos. |
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El teclado harmónico de su risa fina |
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a la alegre música de un pájaro iguala, |
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con los
staccati de una bailarina
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y las locas fugas de una colegiala. |
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¡Amoroso pájaro que trinos exhala |
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bajo el ala a veces ocultando el pico; |
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que desdenes rudos lanza bajo el ala, |
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bajo el ala aleve del leve abanico! |
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Cuando a medianoche sus notas arranque |
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y en arpegios áureos gima Filomela, |
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y el ebúrneo cisne, sobre el quieto estanque |
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como blanca góndola imprima su estela, |
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la marquesa alegre llegará al boscaje, |
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boscaje que cubre la amable glorieta, |
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donde han de estrecharla los brazos de un paje, |
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que siendo su paje será su poeta. |
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Al compás de un canto de artista de Italia |
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que en la brisa errante la orquesta deslíe, |
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junto a los rivales la divina Eulalia |
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la divina Eulalia, ríe, ríe, ríe. |
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¿Fue acaso en el tiempo del rey Luis de Francia, |
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sol con corte de astros, en campos de azur? |
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¿Cuando los alcázares llenó de
fragancia
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la regia y pomposa rosa Pompadour? |
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¿Fue cuando la bella su falda cogía |
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con dedos de ninfa, bailando el minué, |
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y de los compases el ritmo seguía |
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sobre el tacón rojo, lindo y leve el pie? |
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¿O cuando pastoras de floridos valles |
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ornaban con cintas sus albos corderos, |
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y oían, divinas Tirsis de Versalles, |
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las declaraciones de sus caballeros? |
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¿Fue en ese buen tiempo de duques pastores, |
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de amantes princesas y tiernos galanes, |
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cuando entre sonrisas y perlas y flores |
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iban las casacas de los chambelanes? |
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 ¿Fue acaso en el Norte o en el Mediodía?
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Yo el tiempo y el día y el país ignoro, |
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pero sé que Eulalia ríe todavía, |
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¡y es cruel y eterna su risa de oro! |
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(1893)
  Divagación
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 ¿Vienes? Me llega aquí, pues que suspiras,
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un soplo de las mágicas fragancias |
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que hicieran los delirios de las liras |
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en las Grecias, las Romas y las Francias. |
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¡Suspira así! Revuelan las abejas; |
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al olor de la olímpica ambrosía, |
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en los perfumes que en el aire dejas; |
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y el dios de piedra se despierte y ría, |
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y el dios de piedra se despierte y cante |
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la gloria de los tirsos florecientes |
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en el gesto ritual de la bacante |
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de rojos labios y nevados dientes; |
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en el gesto ritual que en las hermosas |
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ninfalias guía a la divina hoguera, |
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hoguera que hace llamear las rosas |
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en las manchadas pieles de pantera. |
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Y pues amas reír, ríe, y la brisa |
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lleve el son de los líricos cristales |
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de tu reír, y haga temblar la risa |
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la barba de los Términos joviales. |
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Mira hacia el lado del bosque, mira |
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blanquear el muslo de marfil de Diana, |
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y después de la Virgen, la Hetaira |
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diosa, su blanca, rosa, y rubia hermana |
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pasa en busca de Adonis; sus aromas |
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deleitan a las rosas y los nardos; |
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síguela una pareja de palomas |
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y hay tras ella una fuga de leopardos. |
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¿Te gusta amar en griego? Yo las fiestas |
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galantes busco, en donde se recuerde |
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al suave son de rítmicas orquestas |
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la tierra de luz y el mirto verde. |
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(Los abates refieren aventuras |
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a las rubias marquesas. Soñolientos |
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filósofos defienden las ternuras |
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del amor, con sutiles argumentos, |
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mientras que surge de la verde grama, |
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en la mano el acanto de Corinto, |
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una ninfa a quien puso un epigrama |
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Beaumarchais, sobre el mármol de su plinto. |
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Amo más que la Grecia de los griegos |
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la Grecia de la Francia, porque Francia |
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al eco de las Risas y los Juegos, |
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su más dulce licor Venus escancia. |
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Demuestran más encantos y perfidias |
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coronadas de flores y desnudas, |
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las diosas de Clodión que las de Fidias. |
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Unas cantan francés, otras son mudas. |
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Verlaine es más que Sócrates; y Arsenio |
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Houssaye supera al viejo Anacreonte. |
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En París reinan el Amor y el Genio: |
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ha perdido su imperio el dios bifronte. |
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Monsieur Prudhomme y Hommais no saben nada. |
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Hay Chipres, Pafos, Tempes y Amatuntes, |
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donde al amor de mi madrina, un hada, |
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tus frescos labios a los míos juntes.) |
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Sones de bandolín. El rojo vino |
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conduce un paje rojo. ¿Amas los sones |
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del bandolín, y un amor florentino? |
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Será la reina en los decamerones. |
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(Un coro de poetas y pintores |
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cuenta historias picantes. Con maligna |
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sonrisa alegre aprueban los señores. |
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Clelia enrojece. Una dueña se signa.) |
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|
¿O un amor alemán? -que no han sentido |
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jamás los alemanes-: la celeste |
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Gretchen; claro de luna; el aria; el nido |
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del ruiseñor; y en una roca agreste, |
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la luz de nieve que del cielo llega |
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y baña a una hermosura que suspira |
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la queja vaga que a la noche entrega |
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Loreley en la lengua de la lira. |
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Y sobre el agua azul el caballero |
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Lohengrín; y su cisne, cual si fuese |
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un cincelado témpano viajero, |
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con su cuello enarcado en forma de S. |
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Y del divino Enrique Heine un canto, |
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a la orilla del Rhin; y del divino |
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Wolfgang la larga cabellera, el manto, |
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y de la uva teutona el blanco vino. |
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O amor lleno de sol, amor de España, |
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amor lleno de púrpura y oros; |
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|
amor que da el clavel, la flor extraña |
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regada con la sangre de los toros; |
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flor gitana, flor que amor recela, |
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amor de sangre y luz, pasiones locas; |
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flor que trasciende a clavo y canela, |
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|
roja cual las heridas y las bocas. |
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¿Los amores exóticos acaso...? |
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Como rosa de Oriente me fascinas: |
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me deleitan la seda, el oro, el raso. |
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|
Gautier adoraba a las princesas Chinas. |
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|
¡Oh bello amor de mil genuflexiones; |
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|
torres de kaolín, pies imposibles, |
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tazas de té, tortugas y dragones, |
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|
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|
y verdes arrozales apacibles! |
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|
Ámame en Chino, en el sonoro chino |
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de Li-Tai-Pe. Yo igualaré a los sabios |
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|
poetas que interpretan el destino; |
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|
madrigalizaré junto a tus labios. |
100
|
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Diré que eres más bella que la luna; |
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|
que el tesoro del cielo es menos rico |
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|
que el tesoro que vela la importuna |
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|
caricia de marfil de tu abanico. |
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Ámame, japonesa, japonesa |
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antigua, que no sepa de naciones |
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occidentales: tal una princesa |
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con las pupilas llenas de visiones, |
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que aún ignorase en la sagrada Kioto, |
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en su labrado camarín de plata |
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|
ornado al par de crisantemo y loto, |
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la civilización de Yamagata. |
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|
O con amor hindú que alza sus llamas |
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en la visión suprema de los mitos, |
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y hace temblar en misteriosas bramas |
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|
la iniciación de los sagrados ritos, |
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en tanto mueven tigres y panteras |
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|
sus hierros, y en los fuertes elefantes |
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|
sueñan con ideales bayaderas |
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|
los rajahs constelados de brillantes. |
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|
O negra, negra como la que canta |
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|
en su Jerusalem el rey hermoso, |
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|
negra que haga brotar bajo su planta |
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|
la rosa y la cicuta del reposo... |
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|
Amor, en fin, que todo diga y cante, |
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|
amor que encante y deje sorprendida |
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|
|
a la serpiente de ojos de diamante |
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|
que está enroscada al árbol de la vida. |
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|
Ámame así, fatal, cosmopolita, |
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|
universal, inmensa, única, sola |
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|
|
|
y todas; misteriosa y erudita: |
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|
ámame mar y nube, espuma y ola. |
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|
|
Sé mi reina de Saba, mi tesoro; |
|
|
|
descansa en mis palacios solitarios. |
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|
Duerme. Yo encenderé los incensarios. |
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|
|
|
Y junto a mi unicornio cuerno de oro, |
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|
|
tendrán rosas y miel tus dromedarios. |
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|
|
(Tigre Hotel, diciembre 1894)
  Sonatina
|
|
 La princesa está triste... ¿qué
tendrá la princesa?
|
|
|
|
Los suspiros se escapan de su boca de fresa, |
|
|
|
que ha perdido la risa, que ha perdido el color. |
|
|
|
La princesa está pálida en su silla de oro, |
|
|
|
está mudo el teclado de su clave sonoro; |
5
|
|
|
y en un vaso olvidada se desmaya una flor. |
|
|
|
|
El jardín puebla el triunfo de los pavos reales. |
|
|
|
Parlanchina, la dueña dice cosas banales, |
|
|
|
y, vestido de rojo, piruetea el bufón. |
|
|
|
La princesa no ríe, la princesa no siente; |
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|
|
|
la princesa persigue por el cielo de Oriente |
|
|
|
la libélula vaga de una vaga ilusión. |
|
|
|
|
¿Piensa acaso en el príncipe de Golconda o de
China,
|
|
|
|
o en el que ha detenido su carroza argentina |
|
|
|
para ver de sus ojos la dulzura de luz? |
15
|
|
|
¿O en el rey de las Islas de las Rosas fragantes, |
|
|
|
en el que es soberano de los claros diamantes, |
|
|
|
o en el dueño orgulloso de las perlas de Ormuz? |
|
|
|
|
¡Ay! La pobre princesa de la boca de rosa, |
|
|
|
quiere ser golondrina, quiere ser mariposa, |
20
|
|
|
tener alas ligeras, bajo el cielo volar, |
|
|
|
ir al sol por la escala luminosa de un rayo, |
|
|
|
saludar a los lirios con los versos de Mayo, |
|
|
|
o perderse en el viento sobre el trueno del mar. |
|
|
|
|
Ya no quiere el palacio, ni la rueca de plata, |
25
|
|
|
ni el halcón encantado, ni el bufón
escarlata,
|
|
|
|
ni los cisnes unánimes en el lago de azur. |
|
|
|
Y están tristes las flores por la flor de la
corte,
|
|
|
|
los jazmines de Oriente, los nelumbos del Norte, |
|
|
|
de Occidente las dalias y las rosas del Sur. |
30
|
|
|
|
¡Pobrecita princesa de los ojos azules! |
|
|
|
Está presa en sus oros, está presa en sus
tules,
|
|
|
|
en la jaula de mármol del palacio real; |
|
|
|
el palacio soberbio que vigilan los guardas, |
|
|
|
que custodian cien negros con sus cien alabardas, |
35
|
|
|
un lebrel que no duerme y un dragón colosal. |
|
|
|
|
¡Oh quién fuera hipsipila que dejó la
crisálida!
|
|
|
|
(La princesa está triste. La princesa está
pálida)
|
|
|
|
¡Oh visión adorada de oro, rosa y marfil! |
|
|
|
¡Quién volara a la tierra donde un
príncipe existe
|
40
|
|
|
(La princesa está pálida. La princesa
está triste)
|
|
|
|
más brillante que el alba, más hermoso que
Abril!
|
|
|
|
|
¡Calla, calla, princesa -dice el hada madrina-, |
|
|
|
en caballo con alas, hacia acá se encamina, |
|
|
|
en el cinto la espada y en la mano el azor, |
45
|
|
|
el feliz caballero que te adora sin verte, |
|
|
|
y que llega de lejos, vencedor de la Muerte, |
|
|
|
a encenderte los labios con su beso de amor! |
|
|
|
  Blasón
|
|
Para la condesa de Peralta
|
|
|
 El olímpico cisne de nieve
|
|
|
|
con el ágata rosa del pico |
|
|
|
lustra el ala eucarística y breve |
|
|
|
que abre al sol como un casto abanico. |
|
|
|
|
En la forma de un brazo de lira |
5
|
|
|
y del asa de un ánfora griega |
|
|
|
en su cándido cuello que inspira |
|
|
|
como prora ideal que navega. |
|
|
|
|
Es el cisne, de estirpe sagrada, |
|
|
|
cuyo beso, por campos de seda, |
10
|
|
|
ascendió hasta la cima rosada |
|
|
|
de las dulces colinas de Leda. |
|
|
|
|
Blanco rey de la fuente Castalia, |
|
|
|
su victoria ilumina el Danubio; |
|
|
|
Vinci fue su barón en Italia; |
15
|
|
|
Lohengrín es su príncipe rubio. |
|
|
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Su blancura es hermana del lino, |
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del botón de los blancos rosales |
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y del albo toisón diamantino |
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de los tiernos corderos pascuales. |
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Rimador de ideal florilegio, |
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es de armiño su lírico manto, |
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y es el mágico pájaro regio |
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que al morir rima el alma en su canto. |
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El alado aristócrata muestra |
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lises albos en campo de azur, |
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y ha sentido en sus plumas la diestra |
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de la amable y gentil Pompadour. |
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Boga y boga en el lago sonoro |
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donde el sueño a los tristes espera, |
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donde aguarda una góndola de oro |
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a la novia de Luis de Baviera. |
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Dad, Condesa, a los cisnes cariño, |
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dioses son de un país halagüeño |
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y hechos son de perfume, de armiño, |
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de luz alba, de seda y de sueño. |
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  Del campo
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 ¡Pradera, feliz día! Del regio Buenos Aires
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quedaron allá lejos el fuego y el hervor; |
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hoy en tu verde triunfo tendrán mis sueños
vida,
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respiraré tu aliento, me bañaré en tu
sol.
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Muy buenos días, huerto. Saludo la frescura |
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que brota de las ramas de tu durazno en flor; |
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formada de rosales tu calle de Florida |
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mira pasar la Gloria, la Banca y el Sport. |
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Un pájaro poeta, rumia en su buche versos; |
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chismoso y petulante, charlando va un gorrión; |
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las plantas trepadoras conversan de política; |
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las rosas y los lirios, del arte y del amor. |
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Rigiendo su cuadriga de mágicas libélulas, |
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de sueños millonario, pasa el travieso Puck; |
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y, espléndida Sportwoman, en su celeste carro, |
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la emperatriz Titania seguida de Ober&oac |
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