  La Ética de Aristóteles
Aristóteles

 ARISTÓTELES. (Museo de Historia de
Arte. Viena. Núm. 179.)
Los diez libros de las
Éticas o
Morales de Aristóteles, escritas a su
hijo Nicomaco, traducidos fiel y originalmente del mismo texto griego en lengua
vulgar castellana, por Pedro Simón Abril, profesor de letras humanas y
filosofía, y dirigidos a la S. C. R. M. del rey don Felipe, nuestro
señor; los cuales, así para saberse cada uno regir a sí
mismo, como para entender todo género de policía, son muy
importantes.
A la S. C. R. M. del Rey Don Felipe, nuestro
señor, Pedro Simón Abril, profesor de Letras humanas y
Filosofía, S. Y P. F.
Cuando me paro a considerar las cosas que
del gobierno y policía humana los historiadores antiguos, griegos y
latinos, han dejado escritas, S. C. R. M., las graves consultas sobre casos muy
importantes, las discretas y dulces oraciones y prudentes pareceres, que se
cuentan del Ateniense, del Bizancio, del Lacedemonio, del Corcireo, del Romano,
de otros muy muchos pueblos, cuyos hechos los historiadores dejaron en perpetua
memoria por sus célebres historias, y, por el contrario, veo
cuántos siglos ha que en los gobiernos de los pueblos y ciudades hay
tanto silencio en esta parte, y ni se dicen ni se escriben cosas prudente y
discretamente dichas en los senados y ayuntamientos dellos, no poco, en
realidad de verdad, me maravillo; y como el maravillarse de las cosas, como
Aristóteles en su
Metafísica escribe, es la causa de
inquirir la causa dellas, póngome también a considerar de
dónde procede esto, y en qué viene. Porque no son más
indóciles ni rudos los entendimientos de los hombres destos tiempos que
los de aquéllos; antes bien (como se puede ser por los ingenios de la
guerra, y de otras muchas cosas que vemos en estos tiempos tan sutiles, que
casi con razón nos reímos de la rudeza de aquéllos cuanto
a esto), parecen ser más aptos que no aquéllos. Pues no menor
ocasión para ello hay agora, y ha habido siempre, que la hubo entonces,
pues así en la guerra como en la paz se han ofrecido en el mundo, y
ofrecen, cosas en que la elocuencia y prudencia pueden desplegar anchamente sus
banderas. Sola una causa hallo, y ésta tengo para mí que es la
total causa desto, que es la diversidad de los lenguajes. Porque aquellas
naciones, en su propia y vulgar lengua, en la cual nacían, y en que se
criaban dende los pechos de sus madres, en la que trataban comúnmente en
casa, de fuera, con el siervo, con el amigo, con el padre, tenían
escritas las doctrinas de los sabios, las oraciones de los elocuentes, los
graves pareceres de los prudentes senadores; de manera que ninguna dificultad
les podía causar para entenderlos el tener poco uso y experiencia de la
lengua, cuya ignorancia del todo impide el llegar al cabo de entender el ser y
naturaleza de las cosas, las cuales tratan los hombres mediante los vocablos,
como las contrataciones mediante los dineros. Y así, con mediana
diligencia que ponían, venían a ser doctos: ni les era forzado
para sólo entender el lenguaje, como agora lo hacemos, gastar los
mejores años de la vida. Pero agora, después que el vulgar uso de
hablar es tan diferente, los hombres no tienen comúnmente noticia destas
cosas, y todo aquello en que varones muy sabios, para común provecho de
todos, echaron el resto de sus habilidades, ha venido a reducirse en provecho
de muy pocos, y aun de algunos que el saberlo ellos importa no mucho para la
común utilidad de la república. Porque, considere V. M.
cuán pocos son en número los que aprenden las Letras griegas y
aun latinas, en comparación de tantos millares de hombres como hay en
tanto número de pueblos y ciudades que al señorío y
gobierno de V.M. están subjetas, que ni entienden la una lengua ni la
otra. Pues de los que las estudian, ¡cuántos son los que,
espantados del trabajo que se ofrece pasar hasta llegar a entender del todo el
propio modo del hablar de los griegos o latinos, se paran en mitad de la
corrida! ¡Cuántos que, teniendo por fin último la exterior
utilidad, toman de la lengua latina sólo aquello que para las sciencias
que ennoblecen más las bolsas que los ánimos, les basta; y destas
cosas de la filosofía, como cosas al parecer dellos poco provechosas,
del todo se descuidan! ¡Cuántos que, por ser hombres ajenos de
negocios y aficionados a la contemplación, ya que estudian estas cosas,
las estudian más por su curiosidad que no para ponerlas en uso, lo cual
hacer es del todo pervertir la moral filosofía! De manera que si
queremos bien echar la cuenta, habiéndose escrito y trabajado estas
cosas para bien y utilidad generalmente de todos, por la diversidad de las
lenguas ha sucedido que sirvan para pocos, y déstos para los que menos
importaba que sirviesen. Pues ¿qué será si consideramos la
dificultad que para el entenderlo bien, aun a los que lo tratan, les pone el no
ser estas lenguas usadas vulgarmente? ¿Cuántos lugares
están puestos en disputa, por no saberse bien del todo qué es lo
que aquel pueblo por aquellas palabras entendía comúnmente?
Porque de la misma manera que acontece a muchos, que topando una moneda
extranjera, y que no corre por aquella tierra, comúnmente unos dicen ser
moneda de tal o de tal rey, otros de tal o de tal príncipe, otros dicen
que no, sino de tal o de tal pueblo, así también acerca del
interpretar de los vocablos hay muy grande contienda y diversas opiniones, en
las cuales examinar se gasta gran parte de la vida. Por estas y por otras
muchas dificultades parece que convernía al bien común de toda la
república y reinos de V. M. que, ya que las sciencias que se aprenden
por sola curiosidad y contemplación del entendimiento, como son las
matemáticas y físicas, quedasen en estas lenguas, al vulgo
peregrinas, a lo menos la parte de la filosofía que toca a la vida y
costumbres de todos, y a la común administración della, la
entendiesen los nuestros en su vulgar lengua, la cual yo no hallo por
dónde sea menos capaz de recebir en sí las sciencias que en aquel
tiempo fue la de los romanos. Porque entendiendo todos lo que, en lo que a su
oficio toca, deben hacer para ser tales cuales desean ser reputados y tenidos,
menos dificultad terná V. M. y su Supremo Consejo en regirlos, de manera
que hagan lo que deben. A más desto, que el pueblo tiene de sí
dadas muchas muestras de que cosas semejantes las abrazará con mucha
voluntad, pues los libros de muchos que de las cosas naturales y
matemáticas han querido escrebir, de suyo, con mucho regocijo y voluntad
los ha abrazado y tiene en Mucha estima, por donde es de creer no terná
en menos, sino en mucho mayor, las cosas de aquellos sabios antiguos, escritas
y vertidas de tal manera en lenguaje de todos, que se dejen entender, pues la
autoridad dellos lo merece así, y el deseo que de aprovechar a todos
tuvieron comúnmente; y aun tengo por cierto lo acertarían
más los que de suyo quieren escrebir, en declararles al pueblo las
doctrinas dellos en lengua que se entendiese, que no en escrebir de suyo cosas
que ya están dichas por muchos, acrecentando las librerías, no
por ventura con tanta utilidad. Por estas y otras causas me pareció
vertir de griego en lengua vulgar castellana los
Morales del filósofo Aristóteles
y los libros de
República, como libros de cuya
lición entiendo redundará al pueblo gran provecho, pues
podrán entender por aquí las cosas de que los más ninguna
noticia tienen vulgarmente, y que son de preciar a cualquier buen entendimiento
mucho más que los grandes tesoros y riquezas, pareciéndome ser
cosa conveniente que, pues el pueblo no se podía acomodar a la lengua en
que ellas se escribieron, se acomoden ellas a la lengua en que el pueblo pueda
percibirlas; y para que más fácilmente puedan entenderse, porque
el modo de escrebir de Aristóteles es muy artificioso, tuve por
útil, con propios escolios o argumentos, declararlos. Esta
versión y trabajos por muchas razones, me pareció que a sola V.
M. debía dedicarse, y señaladamente porque cosa que toca a buen
gobierno y lustre de muchas y muy esclarecidas virtudes, a nadie se
debía dirigir con tanta razón con cuanta a V. M., cuya prudencia
en tanta paz y quietud mantiene y rige tantos y tan distantes reinos, y cuya
bondad y justicia en tantas partes del mundo es tan amada de los buenos cuanto
temida de los malos. Aunque en alguna manera temo no tome este mi trabajo ya a
V. M. fatigado con tantas dedicaciones como varones de célebre doctrina
han hecho a V. M. de sus trabajos y me acontescerá lo del papagayo con
César, que lo tomó ya cansado de oír salutaciones. Pero la
gravedad del auctor y la utilidad de la obra, y el ser el primer fruto que de
este filósofo sale en lengua castellana, me da ánimo a que crea
V. M. lo tomará debajo su protección y amparo; ni el ser el
intérprete persona no afamada será parte para que el autor pierda
la reputación que con tanta razón tiene entre los doctos, de
tantos años a esta parte ganada y adquirida.
  Prólogo
Del intérprete al lector
En el cual se le declara el modo del filosofar deste
filósofo, y la orden que ha de seguir en leer estos
libros con los de
república.
El allanar un camino y reparar los malos
pasos dél, cosa cierta es que, aunque ello sólo no es bastante
para llevar a uno al puesto para donde lleva aquel camino, convida, cierto, a
lo menos para que más gentes se aficionen a lo andar, que se
aficionarían si no estuviese reparado. De la misma manera, si el modo de
proceder de un auctor y la orden de sus escritos se declara en el principio,
muchos más se aficionarán a lo leer, que no si sin luz ni
declaración ninguna se hobiese de andar por su lectura. Por esto me ha
parecido declarar al benigno lector el modo de proceder Aristóteles en
toda su moral filosofía, para que, animado con este general
conocimiento, con mejor esperanza de aprovechar, entre en su lectura.
Trátase, pues, Aristóteles en la moral filosofía, de la
misma manera que un prudente arquitecto en el hacer de un edificio. Porque el
arquitecto lo primero que hace es trazar en su entendimiento la forma y traza
que le ha de dar al edificio, las alturas, los repartimientos de aposentos, y
todo lo demás que requiere aquella suerte de edificio que determina
edificar. Hecha ya su traza, procura los medios y materiales de que lo ha de
edificar: la madera, el ladrillo, la teja, la clavazón, la piedra, y las
demás cosas de que se ha de hacer el edificio, las cuales procura
reconocer si son tales cuales deben ser para el edificio, y así hace
labrar la madera, picar la piedra, cocer bien el ladrillo, y, después,
conforme a la traza de su entendimiento, echa sus cimientos, levanta sus
paredes, hace sus pilares, cubre su tejado, reparte sus estancias: y así
da el remate a su edificio. Desta misma manera se trata este filósofo en
su moral filosofía, en la cual pone como por su último fin,
dibujar una república regida bien y con prudencia, porque éste es
el último fin de la felicidad humana, digo de la que se puede alcanzar
en esta vida, que de la otra él poca noticia tuvo, o, por mejor decir,
ninguna. Pero como los materiales de que se ha de edificar esta
república son los hombres, como en el edificio las piedras y maderos,
antes de hacer su edificio de república, la cual es la materia de la
otra obra, procura en ésta, que a la otra precede, disponer la materia,
que son los hombres y tratar de sus costumbres y obras y de las demás
cosas que para alcanzar los hombres su último fin han menester. Esta es,
pues, la materia o argumento deste libro: tratar de la felicidad del hombre, en
qué consiste y por qué medios se alcanza; y porque los medios son
los hábitos de virtud, mediante quien fácilmente los hombres en
buenos actos y ejercicios se ejercitan, por esto trata de las virtudes, como de
medios por donde se alcanza la felicidad. Disputa, pues, en el primer libro,
cuál es el fin o blanco adonde todos los hombres procuran de enderezar
sus obras para alcanzarlo, como el ballestero sus tiros para dar en el blanco,
y prueba ser éste de común parecer de todos la felicidad, aunque
cuál sea esta felicidad, no todos concordan; pero dejadas aparte
opiniones de juicios lisiados, de parecer de todos los que bien sienten de las
cosas, prueba consistir en el obrar conforme a razón perfeta, pues lo
mejor que en los hombres hay, y aquello con que en alguna manera frisan con
Dios, es el uso de razón; y cabe en razón que nuestro bien haya
de fundarse en lo mejor que en nosotros hay, y no en lo peor; y porque obrar
conforme a razón perfeta y conforme a virtud es todo una misma cosa, por
eso muestra cómo toca a esta materia tratar de las virtudes, y hace dos
géneros de virtudes según las dos partes con que el alma obra:
virtudes morales, que son hábitos de la voluntad, y virtudes
contemplativas, que tocan al entendimiento, y desta manera da fin al primer
libro, dejando para los otros el tratar de las virtudes. Presupuesto ya por el
primer libro cuál es la verdadera felicidad, y cómo para ella
importa entender los hábitos de virtud, así moral como
contemplativa, comienza en el segundo a tratar de las virtudes, y trata las
cosas que comúnmente pertenecen para todas, sin descender a
ningún género dellas en particular. Declara las causas de las
unas y de las otras, y cómo las virtudes morales se alcanzan obrando, y
las contemplativas aprendiendo; cómo las virtudes morales son medios
entre exceso y delecto, y la materia en que consisten son deleites y tristezas.
Demuestra cómo los actos antes de alcanzar hábito son imperfetos.
Pone la difinición de la virtud. Propone cómo en semejantes
ejercicios hay dos maneras de contrarios: extremo con extremo, y cada extremo
con el medio. Da por consejo que nos arrimemos al extremo que más fuere
semejante al medio, para más fácilmente alcanzar el medio que
buscamos. Estas cosas que comúnmente a todas las virtudes tocan, trata
en el segundo. En el tercero, particularmente, viene ya a tratar de cada
género de virtud por sí. Primeramente disputa qué cosa es
acto voluntario, y qué cosa es voluntad libre y cuál forzada;
declara cuál es elección o libre albedrío; qué cosa
es consulta y qué manera de cosas vienen en consulta; cómo todo
lo que escogemos lo escogemos en cuanto o es bueno o nos parece serlo;
cómo el libre albedrío consiste en la potencia a dos contrarios.
Tras de esto declara qué cosa es la fortaleza del ánimo y en
qué difiere de la temeridad, y también de la cobardía, y
con qué señales la discerniremos: cuál es la propia
materia de la fortaleza. Después trata de la virtud de la templanza,
mostrando consistir en el regirse bien en lo que toca a los deleites sensuales,
y cómo hay deleites necesarios, y otros vanos y sin necesidad, y
cómo se peca más en éstos que en aquéllos.
Últimamente hace comparación entre los contrarios destas dos
especies de virtudes, y esta es la suma de lo que se trata en el tercero. En el
cuarto trata de la liberalidad y de las virtudes anexas a ella, como son
magnificencia, magnanimidad y otras desta suerte. Declara cuál es la
materia en que se emplea esta virtud, y qué extremos viciosos le son
contrarios, qué diferencia hay de la liberalidad a la magnificencia; en
qué géneros de cosas consiste la magnanimidad o grandeza de
ánimo; qué extremos viciosos le son contrarios; cómo se
deben apetecer las honras y qué falta puede haber en cuanto a esto.
Después trata de la mansedumbre y de los extremos viciosos que le son
contrarios; de la buena conversación y los vicios que en ella puede
haber; de la llaneza de la verdad y vicio de la lisonja; de las gracias y
burlas cortesanas y de los extremos viciosos que puede haber en ellas, de la
vergüenza, si es virtud y en quién se requiere haber
vergüenza. Esta es la suma de lo que trata el cuarto libro.
En el quinto libro disputa de sola la
justicia. Primeramente distingue de cuántas maneras se entiende la
justicia y de cuál se ha de tratar aquí, que es de la particular,
que consiste en los contractos, y qué vicios le son contrarios;
divídela en lo que toca a lo público, que son las honras, y en lo
que a lo particular, que son los contractos y intereses. Declara cómo se
han de repartir, y a quién, las honras públicas en cada
género de república; cómo se han de haber los hombres en
hacer justos contractos; qué cosa es la pena de pena del Talión,
y cómo el dinero es la regla de los contractos. Muestra cómo el
que hace por hábito es digno de mayor premio o castigo que el que
comienza de obrar; cómo hay justo natural y justo positivo;
cuántas maneras de agravios puede hacer un hombre a otro; cómo
ninguno puede voluntariamente recebir agravio; qué cosa es o
moderación de justicia, y cómo alguna vez la ley se ha de
interpretar conforme a ella; cómo a sí mismo nadie puede
agraviar. Esto es, en suma, lo que en el quinto de la justicia
Aristóteles declara.
Declaradas en los libros pasados las
virtudes morales tocantes a la voluntad, que eran las del primer género,
en el sexto libro emprende tratar de las virtudes del entendimiento, que son
las contemplativas. Primeramente declara qué cosa es recta razón,
cuántas son las partes del alma, qué manera de virtudes
corresponde a cada una, por qué vías viene el ánimo a
entender la verdad de las cosas, cuántas maneras de hábito se
hallan en nuestro entendimiento. Después declara qué cosa es
sciencia, de qué géneros de cosas tenemos sciencia, qué
cosa es arte, y cuántas maneras hay de artes, qué cosa es
prudencia, y en qué cosas consiste, y cómo de los demás
hábitos difiere, qué conocimiento es el que llamamos
entendimiento, y qué cosas conocemos con él, qué
hábito es sabiduría, y quién se ha de llamar sabio. Tras
desto pone cuatro, partes de la prudencia: regir bien una familia, hacer buenas
y saludables leyes, juzgar bien de las causas, proveer en común lo
necesario, qué cosa es consulta, qué el buen juicio, qué
el buen parecer, y a quién cuadra, en qué manera son
útiles estos hábitos para la felicidad. Al fin pone diferencia
entre la bondad natural y la adquisita, y da fin al libro sexto. En el
séptimo trata de la extrema bondad, que es divina, y de la extrema
malicia, que es bestialidad; qué cosa es continencia e incontinencia, y
en qué difieren de la templanza y disolución; cómo puede
ser que uno sienta bien de las cosas y obre mal; en qué género de
cosas se dice uno propriamente continente o incontinente; en qué
difieren la continencia y la perseverancia; si puede haber alguno que sea del
todo incontinente; cómo el refrenarse de bestiales apetitos no es
absolutamente continencia; cuál incontinencia es más o menos
afrentosa; cuántas maneras hay de deleites; cómo la continencia e
incontinencia consisten en los deleites, y la perseverancia y flaqueza de
ánimo en los trabajos; qué diferencia hay del disoluto al
incontinente; qué diferencia hay entre el constante y el terco o
porfiado; cómo ni la prudencia ni otra virtud alguna puede estar en
compañía de la incontinencia, ni de otro cualquier vicio;
qué opiniones hubo acerca del deleite, si es o no es cosa buena;
cómo las razones de los que decían no ser cosa buena no concluyen
bien, y cómo es bueno el deleite; cómo hay algún deleite
que es el sumo bien, y que hay deleites fuera de los sensuales; cómo los
deleites sensuales engañan con aparencia falsa de bien. Esto es la suma
de lo que en el séptimo se trata. En el octavo trata de la amistad,
cuán necesaria cosa es a todo género de hombres; cómo todo
lo que se ama es por razón de bondad, de utilidad, o de deleite
verdadero o aparente; cómo hay tres diferencias de amistad: honesta,
útil, deleitosa, y cómo la perfeta es la honesta; cuán
necesaria es entre los amigos la presencia; cómo no se puede con muchos
tener amistad perfeta; qué manera de amistad hay entre las personas
diferentes en estado,:y cómo se ha de conservar; qué manera de
amistad es la de los lisonjeros; cómo entre los pueblos hay amistad
útil; qué diferencias hay de repúblicas, y qué
manera de amistad en cada una; de la amistad de compañeros y de la de
los parientes más o menos cercanos; de la de entre el marido y la mujer;
cómo de todas las amistades la más subjeta a mudanzas es la
útil; de las faltas que puede haber en las amistades entre superiores y
inferiores. Esta es la materia y suma del octavo.
En el libro nono se trata de cómo
se han de conservar las amistades de cualquier género que sean;
qué está obligado a hacer un amigo por otro; cómo en
perderse la causa de las amistades, se pierden también ellas, y
cómo la más durable de todas es la fundada en virtud; que para
tratarse bien el amistad ha de hacer cuenta cada uno que el amigo es otro
él, y tratarse con el amigo como tal; de qué maneras se puede
difinir el amigo; qué diferencia hay entre ser amigo de uno y tenerle
buena voluntad; qué cosa es concordia, y en qué se dice
propriamente, cómo el que hace el bien ama más que el que lo
recibe; qué cosa es amor proprio, y cómo se ha de distinguir, y
en qué cosas es bueno y de alabar, y en qué malo y de vituperar;
qué manera de amigos ha menester el próspero, y qué el que
está puesto en adversidades y trabajos; cómo en sola la amistad
civil y popular se pueden tener muchos amigos, pero en las demás, no;
cómo ambas a dos maneras de fortuna requieren amigos, pero diferentes la
una de la otra; cómo el sello de cualquier manera de amistad es vivir en
conversación y compañía, y cómo cada amistad ama
los ejercicios que le son semejantes. Esta es la suma de lo que en el nono se
declara.
En el décimo se da el remate a la
materia de las costumbres, y trata del deleite primeramente, proponiendo las
varias opiniones que acerca dél tuvieron los pasados; cómo el
deleite es de suyo cosa buena; aunque no conviene seguir todo deleite; y
cómo las razones de los que tienen lo contrario no concluyen; qué
cosa es el deleite, y debajo de qué género de cosas se debe
comprender, y en qué difiere de otras de aquel género;
cómo los deleites unos de otros difieren en especie. Después
trata de la felicidad, la cual puso al principio como por blanco, adonde se
habían de encaminar todas las humanas obras y ejercicios. Primeramente
declara qué cosa es la felicidad humana; después hace dos
especies della: una que consiste en contemplación, la cual prueba ser la
más perfeta felicidad; otra que consiste en el tratar bien los negocios,
conforme a lo que de las virtudes morales está dicho, la cual no es tan
perfeta; cómo el contemplativo, por la parte que tiene de corporal,
tiene alguna necesidad de lo activo, cómo el varón sabio es el
más bien afortunado. Finalmente, concluye probando cómo en esta
filosofía lo menor de todo es el saber, si no se pone en práctica
y uso lo que se sabe; lo cual es de la misma manera que en nuestra
religión cristiana, la cual saber y creer conviene para la
salvación; pero si la vida no conforma con el nombre de cristianos, la
tal fe es sin fruto. Porque dice nuestro Cristo, que no el que le dice
Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos, sino el
que hace la voluntad de su Padre, que está en el cielo, y a sus
discípulos les dice que serán bienaventurados, si hicieren lo que
él les enseñaba, y en la sentencia del juicio final da el premio
eterno por las buenas obras, aunque ellas de suyo no lo merecen, sino que
él por su misericordia las acepta como si lo mereciesen.
Todo lo que hasta aquí ha hecho
Aristóteles, ha sido disponer los materiales para su edificio de
república, que son los hombres y sus obras; los cuales, si están
persuadidos que conviene vivir conforme a uso de razón y no a su
voluntad, poco queda que hacer en ordenar una república, porque todos
serán obedientes al buen uso de razón. Pero porque, en fin, en
tanta variedad de hombres no se pueden todos reglar por razón, es
menester la potestad, fuerza y gobierno para que, por temor de su daño,
dejen los hombres de hacer lo que no dejan por amor de la virtud y uso de
razón. Por esto en la otra obra se trata de la república y
gobierno común, la cual, con el favor divino, también daremos de
tal manera interpretarla, que puedan los nuestros entenderla.
Resta brevemente advertir a qué
parte de la filosofía pertenece esta materia, para que el lector mejor
entienda lo que trata. Filosofía, pues, quiere decir afición de
saber, el cual nombre dicen que inventó Pitágoras por huir el
nombre de arrogancia. Porque como la verdadera sabiduría esté en
Dios, y los hombres no tengamos sino un rastro o sombra della, mezclada con
muchos errores y varias opiniones, pareciole, y con razón, a
Pitágoras, que llamarse un hombre sabio era grande arrogancia;
preguntado por Leonte, príncipe de los Fliasios, qué
profesión tenía, respondió que era filósofo.
Replicando Leonte que le dijese qué cosa era filósofo, dijo
Pitágoras que la vida humana le parecía a él ser semejante
a las fiestas olímpicas que los griegos celebraban, a las cuales, unos
iban por ganar los premios que se daban a los que vencían en las
contiendas, otros por vender allí sus mercaderías, otros, y
éstos parecía que eran los más generosos de todos, iban no
más de por ver lo que pasaba. De la misma manera, en la vida, unos
pretendían cargos y dignidades, que eran como los que querían
ganar la joya; otros ganar la hacienda, que eran como los que iban a vender;
otros que gustaban de sólo considerar y entender las cosas, y que
éstos llamaba él filósofos. De aquí quedó el
nombre de filosofía, y así, hasta el tiempo de Sócrates,
todos los filósofos se empleaban en contemplar el ser y naturaleza de
las cosas, sus movimientos, números y cantidades, en lo cual consiste la
fisiología y aquellas sciencias que, por la excelencia de sus
demonstraciones, se llaman matemáticas. Pero Sócrates (como en
sus
Tusculanas escribe Marco Tulio), viendo que las
cosas naturales ya tenían quien las gobernase sin que los hombres
hobiesen de tener cuidado dellas, derribó, como el mismo Tulio dice, la
filosofía del cielo, y la introdujo en las casas y república, y
comenzó a disputar de lo bueno y de lo malo. De aquí vino a
partirse la filosofía como en dos bandos o parcialidades, y comenzaron a
llamarse unos filósofo, naturales, porque ponían su estudio en
considerar y contemplar la naturaleza de las cosas, y otros morales, porque
trataban de las costumbres de los hombres, que en latín se llaman
mores, y del gobierno de la
república y de lo que cada uno debe hacer para cumplir con lo que
está obligado. Nació después otro estudio, comenzando de
Platón, y reformado después por Aristóteles, que fue del
modo de disputar y demostrar la verdad en cada cosa, y los que la trataban se
llamaron lógicos o dialécticos, al cual estudio unos llamaron
parte, otros instrumento de la filosofía. Pero esto para lo presente
importa poco. Estos libros, pues, y los de república, pertenecen a la
parte moral y filosofía activa, ni tienen que ver con la contemplativa y
natural.
Cuánto trabajo sea verter de una
lengua en otra, y especialmente abriendo camino de nuevo y virtiendo cosas que
hasta hoy en nuestra lengua no han sido vistas ni entendidas, cualquier justo y
prudente lector puede conocerlo. Porque el que vierte ha de transformar en
sí el ánimo y sentencia del auctor que vierte, y decirla en la
lengua en que lo vierte como de suyo, sin que quede rastro de la lengua
peregrina en que fue primero escrito, lo cual, cuán dificultoso sea de
hacer, la tanta variedad de traslaciones que hay lo muestran claramente. Esle
también forzado, en cosas nuevas, usar de vocablos nuevos, los cuales,
recebidos, no acarrean mucho aplauso, y repudiados, dan ocasión de
murmurar a los demasiadamente curiosos y que van contando las sílabas a
dedos, y leen más los libros por tener que murmurar, que por
aprovecharse dellos, y antes ven un lunar para reprender, que las buenas
aposturas para alabar, haciendo el oficio de las parteras que, sin parir ellas
nada, escudriñan partos ajenos. Pues ¿qué, diré de
la dificultad en el verter de los lugares, cuya sentencia depende de la
propriedad y etimología del vocablo, lo cual en griego acaece a cada
paso, donde si el mismo vocablo no se queda, parece cosa de disparate? Todo
esto he dicho, no por encarecer mucho mi trabajo, sino por advertir al lector
de que no se enfade si algunos vocablos leyere nuevos en nuestra lengua, que
son bien pocos, como son los nombres de especies de república,
Aristocracia, Monarquía, Timocracia, Oligarquía, Democracia, pues
en la lengua latina le fue también forzado a Marco Tulio usar de muchos
vocablos griegos, no sólo en las sciencias, las cuales sacarlas de sus
vocablos es perderlas, pero aun también en las forenses oraciones.
También si algunos lugares hallare que no tengan la cadencia de la
oración tan dulce como él la quisiera (lo cual yo he procurado
cuanto posible me ha sido de hacer), entienda que es muy diferente cosa vertir
ajenas sentencias que decir de suyo, porque en el decir de suyo cada uno puede
cortar las palabras a la medida y talle de las sentencias; pero en el vertir
sentencias ajenas de una lengua en otra, no pueden venir siempre tan a medida
como el intérprete quiere las palabras. Finalmente, por la común
humanidad, ruego, y con buen derecho pido, que si algo hobiere no tan limado,
se acuerden que es hombre el que lo ha vertido, y que no puede estar siempre
tan en centinela, que no diese alguna cabezada.
  Libro I
De los morales de Aristóteles, escritos a
Nicomaco, su hijo, y por esta causa llamados nicomaquios
En el primer libro inquiere
Aristóteles cuál es el fin de las humanas acciones, porque
entendido el fin, fácil cosa es buscar los medios para lo alcanzar; y el
mayor peligro que hay en las deliberaciones y consultas, es el errar el fin,
pues, errado éste, no pueden ir los medios acertados. Prueba el fin de
las humanas acciones ser la felicidad, y que la verdadera felicidad consiste en
hacer las cosas conforme a recta razón, en que consiste la virtud. De
donde toma ocasión para tratar de las virtudes.
En el primer capítulo propone la
difinición del bien, y muestra cómo todas las humanas acciones y
elecciones van dirigidas al bien, ora que en realidad de verdad lo sea, ora que
sea tenido por tal. Pone asimismo dos diferencias de fines: unos, que son
acciones, como es el fin del que aprende a tañer o cantar, y otros, que
son obras fuera de las acciones, como es el fin del que aprende a curar o
edificar. Demuestra asimismo cómo unas cosas se apetecen y desean por
sí mismas, como la salud, y otras por causa de otras, como la nave por
la navegación, la navegación por las riquezas, las riquezas por
la felicidad que se cree o espera hallar en las riquezas.
  Capítulo I
Cualquier arte y cualquier doctrina, y
asimismo toda acción y elección, parece que a algún bien
es enderezada. Por tanto, discretamente difinieron el bien los que dijeron ser
aquello a lo cual todas las cosas se enderezan. Pero parece que hay en los
fines alguna diferencia, porque unos de ellos son acciones y otros, fuera de
las acciones, son algunas obras; y donde los fines son algunas cosas fuera de
las acciones, allí mejores son las obras que las mismas acciones. Pero
como sean muchas las acciones y las artes y las sciencias, de necesidad han de
ser los fines también muchos. Porque el fin de la medicina es la salud,
el de la arte de fabricar naves la nave, el del arte militar la victoria, el de
la disciplina familiar la hacienda. En todas cuantas hay desta suerte, que
debajo de una virtud se comprenden, como debajo del arte del caballerizo el
arte del frenero, y todas las demás que tratan los aparejos del caballo;
y la misma arte de caballerizo, con todos los hechos de la guerra, debajo del
arte de emperador o capitán, y de la misma manera otras debajo de otras;
en todas, los fines de las más principales, y que contienen a las otras,
más perfectos y más dignos son de desear que no los de las que
están debajo de ellas, pues éstos por respecto de aquéllos
se pretenden, y cuanto a esto no importa nada que los fines sean acciones, o
alguna otra cosa fuera dellas, como en las sciencias que están
dichas.
Presupuesta esta verdad en el
capítulo pasado, que todas las acciones se encaminan a algún
bien, en el capítulo II disputa cuál es el bien humano, donde los
hombres deben enderezar como a un blanco sus acciones para no errarlas, y
cómo éste es la felicidad. Demuestra asimismo cómo el
considerar este fin pertenece a la disciplina y sciencia de la
república, como a la que más principal es de todas, pues
ésta contiene debajo de sí todas las demás y es la
señora de mandar cuáles ha de haber y cuáles se han de
despedir del gobierno y trato de los hombres.
  Capítulo II
Pero si el fin de los hechos es aquel
que por sí mismo es deseado, y todas las demás cosas por
razón de aquél, y si no todas las cosas por razón de otras
se desean (porque desta manera no ternía fin nuestro deseo, y así
sería vano y miserable), cosa clara es que este fin será el mismo
bien y lo más perfeto, cuyo conocimiento podrá ser que importe
mucho para la vida, pues teniendo, a manera de ballesteros, puesto blanco,
alcanzaremos mejor lo que conviene. Y si esto así es, habemos de probar,
como por cifra, entender esto qué cosa es, y a qué sciencia o
facultad toca tratar dello. Parece, pues, que toca a la más propria y
más principal de todas, cual parece ser la disciplina de
república, pues ésta ordena qué sciencias conviene que
haya en las ciudades, y cuáles, y hasta dónde conviene que las
aprendan cada uno. Vemos asimismo que las más honrosas de todas las
facultades debajo de ésta se contienen, como el arte militar, la
sciencia que pertenece al regimiento de la familia, y la retórica. Y
pues ésta de todas las demás activas sciencias usa y se sirve, y
les pone regla para lo que deben hacer y de qué se han de guardar,
síguese que el fin désta comprenderá debajo de sí
los fines de las otras, y así será éste el bien humano.
Porque aunque lo que es bien para un particular es asimismo bien para una
república, mayor, con todo, y más perfeto parece ser para
procurarlo y conservarlo el bien de una república. Porque bien es de
amar el bien de uno, pero más ilustre y más divina cosa es hacer
bien a una nación y a muchos pueblos. Esta doctrina, pues, que es
sciencia de república, propone tratar de todas estas cosas.
En el capítulo III nos
desengaña que en esta materia no se han de buscar demonstraciones ni
razones infalibles como en las artes que llaman matemáticas, porque esta
materia moral no es capaz dellas, pues consiste en diversidad de pareceres y
opiniones, sino que se han de satisfacer con razones probables los lectores.
Avísanos asimismo cómo esta doctrina requiere ánimos
libres de pasión y sosegados, ajenos de toda codicia y aptos para
deliberaciones, cuales suelen ser los de los que han llegado a la madura edad.
Y así los mozos en edad o costumbres no son convenientes lectores ni
oyentes para esta doctrina, porque se dejan mucho regir por sus proprios
afectos, y no tienen, por su poca edad, experiencia de las obras humanas.
  Capítulo III
Pero harto suficientemente se
tratará desta materia, si conforme a la subjeta materia se declara.
Porque la claridad no se ha de buscar de una misma suerte en todas las razones,
así como ni en todas las obras que se hacen. Porque las cosas honestas y
justas de que trata la disciplina de república, tienen tanta diversidad
y escuridad, que parece que son por sola ley y no por naturaleza, y el mismo
mal tienen en sí las cosas buenas, pues acontece muchos por causa dellas
ser perjudicados. Pues se ha visto perderse muchos por el dinero y riquezas, y
otros por su valentía. Habémonos, pues, de contentar con tratar
destas cosas y de otras semejantes, de tal suerte, que sumariamente y casi como
por cifra, demostremos la verdad; y pues tratamos de cosas y entendemos en
cosas que por la mayor parte son así, habémonos de contentar con
colegir de allí cosas semejantes; y desta misma manera conviene que
recibamos cada una de las cosas que en esta materia se trataren. Porque de
ingenio bien instruido es, en cada materia, hasta tanto inquirir la verdad y
certidumbre de las cosas, cuanto la naturaleza de la cosa lo sufre y lo
permite. Porque casi un mismo error es admitir al matemático con dar
razones probables, y pedirle al retórico que haga demostraciones. Y cada
uno, de aquello que entiende juzga bien, y es buen juez en cosas tales y, en
fin, en cada cosa el que está bien instruido, y generalmente el que en
toda cosa está ejercitado. Por esta causa el hombre mozo no es oyente
acomodado para la disciplina de república, porque no está
experimentado en las obras de la vida, de quien han de tratar y en quien se han
de emplear las razones de esta sciencia. A más desto, como se deja mucho
regir por las pasiones de su ánimo, es vano e inútil su
oír, pues el fin de esta sciencia no es oír, sino obrar. Ni hay
diferencia si el hombre es mozo en la edad, o si lo es en las costumbres,
porque no está la falta en el tiempo, sino en el vivir a su apetito y
querer salir con su intención en toda cosa. Porque a los tales esles
inútil cita sciencia, así como a los que en su vivir no guardan
templanza. Pero para los que conforme a razón hacen y ejecutan sus
deseos, muy importante cosa les es entender esta materia. Pues cuanto a los
oyentes, y al modo que se ha de tener en el demostrar, y qué es lo que
proponemos de tratar, basta lo que se ha dicho.
En el capítulo IV vuelve a su
propósito, que es a buscar el fin de las obras de la vida, y muestra
cómo en cuanto al nombre de todos convenimos, pues todos decimos ser el
fin universal de nuestra humana vida la felicidad, pero en cuanto a la cosa
discrepamos mucho. Porque en qué consiste, esta felicidad, no todos
concordamos, y así recita varias opiniones acerca de en qué
consiste la verdadera felicidad; después propone el modo que ha de tener
en proceder, que es de las cosas más entendidas y experimentadas por
nosotros, a las cosas más escuras y menos entendidas, porque ésta
es la mejor manera de proceder para que el oyente más fácilmente
perciba la doctrina.
  Capítulo IV
Digamos, pues, resumiendo, pues toda
noticia y toda elección a bien alguno se dirige, qué es aquello a
lo cual se endereza la sciencia de república y cuál es el
último bien de todos nuestros hechos. En cuanto al nombre, cierto casi
todos lo confiesan, porque así el vulgo, como los más
principales, dicen ser la felicidad el sumo bien, y el vivir bien y el obrar
bien juzgan ser lo mismo que el vivir prósperamente; pero en cuanto al
entender qué cosa es la felicidad, hay diversos pareceres, y el vulgo y
los sabios no lo determinan de una misma manera. Porque el vulgo juzga
consistir la felicidad en alguna destas cosas manifiestas y palpables, como en
el regalo, o en las riquezas, o en la honra, y otros en otras cosas. Y aun
muchas veces a un mismo hombre le parece que consiste en varias cosas, como al
enfermo en la salud, al pobre en las riquezas; y los que su propria ignorancia
conocen, a los que alguna cosa grande dicen y que excede la capacidad dellos,
tienen en gran precio. A otros algunos les ha parecido que fuera destos muchos
bienes hay algún bien que es bueno por sí mismo, por cuya causa
los demás bienes son buenos. Relatar, pues, todas las opiniones es
trabajo inútil por ventura, y basta proponer las más ilustres, y
las que parece que en alguna manera consisten en razón.
Pero habemos de entender que difieren
mucho las razones que proceden de los principios, de las que van a parar a los
principios. Y así Platón, con razón, dudaba y
inquiría esto, si es el camino de la doctrina desde los principios, o si
ha de ir a parar a los principios; así como en la corrida, dende el
puesto al paradero, o al contrario. Porque se ha de comenzar de las cosas
más claras y entendidas, y éstas son de dos maneras: porque unas
nos son más claras a nosotros, y otras, ellas en sí mismas, son
más claras. Habremos, pues, por ventura, de comenzar por las cosas
más entendidas y claras a nosotros. Por tanto, conviene que el que
conveniente oyente ha de ser en la materia de cosas buenas y justas, y, en fin,
en la disciplina de república, en cuanto a sus costumbres sea bien
acostumbrado. Porque el principio es el ser, lo cual si bastantemente se
muestra, no hay necesidad de demostrar el por qué es; y el que desta
suerte está dispuesto, o tiene, o recibe fácilmente los
principios; y el que ninguna destas cosas tiene, oiga lo que Hesíodo
dice en estos versos:
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Aquel que en toda cosa está
instruido,
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|
varón será perfecto y acabado; |
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siempre aconsejará lo más valido. |
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Bueno también será el que,
no enseñado,
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en el tratar sus cosas se rigiere |
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por parecer del docto y buen letrado. |
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Mas el que ni el desvío lo
entendiere,
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ni tomare del docto el buen consejo, |
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turbado terná el seso y mientras fuere, |
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será inútil en todo, mozo y viejo. |
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|
En el capítulo V refuta las
opiniones de los que ponen la felicidad en el regalo mostrando ser esta
opinión más de gente servil y afeminada que de generosos
corazones. Ítem de los que piensan que consiste en ser muy honrados y
tenidos en estima. Porque ponen el fin de su felicidad fuera de sí
mismos y de su potestad, pues la honra más está en mano del que
la hace que del que la recibe. Asimismo la de los que pretenden que consiste en
la virtud, porque con la virtud se compadece sufrir trabajos y fatigas, lo cual
es ajeno de la felicidad. Al fin reprehende a los que ponen la felicidad en las
riquezas, pues la felicidad por sí misma es de desear, y las riquezas
por causa de otro siempre se desean.
  Capítulo V
Pero nosotros volvamos al
propósito. Porque el bien y la felicidad paréceme que con
razón la juzgan, según el modo de vivir de cada uno. Porque el
vulgo y gente común por la suma felicidad tienen el regalo, y por esto
aman la vida de regalo y pasatiempo. Porque tres son las vidas más
insignes: la ya dicha, y la civil, y la tercera la contemplativa. El vulgo,
pues, a manera de gente servil, parece que del todo eligen vida más de
bestias que de hombres, y parece que tienen alguna excusa, pues muchos de los
que están puestos en dignidad, viven vida cual la de Sardanápalo.
Pero los ilustres y para el tratar las cosas aptos, la honra tienen por su
felicidad; porque éste casi es el fin de la vida del gobierno de
república. Pero parece que este fin más sumario es que no aquel
que inquirimos, porque más parece que está en mano de los que
hacen la honra, que no en la del que la recibe, y el sumo bien paréceme
que ha de ser proprio y que no pueda así quitarse fácilmente. A
más de esto, que parece que procuran la honra para persuadir que son
gente virtuosa, y así procuran de ser honrados de varones prudentes, y
de quien los conoce, y por cosas de virtud. Conforme, pues, al parecer
déstos, se colige ser la virtud más digna de ser tenida en precio
que la honra, por donde alguno por ventura juzgará ser ésta con
razón el fin de la vida civil. Pero parece que la virtud es más
imperfeta que la felicidad, porque parece que puede acontecer que el que tiene
virtud duerma o que esté ajeno de las obras de la vida, y allende desto,
que se vea en trabajos y muy grandes desventuras, y al que desta suerte
viviere, nenguno lo terná, creo, por bienaventurado, sino el que
esté arrimado a su opinión. Pero desta materia basta; pues en las
Circulares Cuestiones bastante ya tratamos
dello. La tercera vida es la contemplativa, la cual consideraremos en lo que
trataremos adelante. Porque el que se da a adquirir dineros, es persona
perjudicial; y es cosa clara que el dinero no es aquel sumo bien que
aquí buscamos, porque es cosa útil y que por respecto de otra se
desea. Por tanto, quien quiera con más razón juzgará por
fin cualquiera de las cosas arriba ya propuestas, pues por sí mismas se
aman y desean. Pero parece que ni aquéllas son el sumo bien, aunque en
favor dellas muchas razones se han propuesto. Pero esta materia quede ya a una
parte.
Lo que en el capítulo VI trata, más es
cuestión curiosa y metafísica, que activa ni moral
[cuestión activa se llama la que trata de lo que se debe o no debe
hacer, porque consiste en actos exteriores, y por esto se llama activa, como si
es bien casarse o edificar], y para aquel tiempo en que aquellas opiniones
había, por ventura necesaria, pero para el de agora del todo
inútil. Y así el lector pasará por ella ligeramente, y si
del todo no la entendiere, ninguna cosa pierde por ello de la materia que se
trata. Disputa, pues, si hay una Idea o especie o retrato común de todos
los bienes en las cosas. Para entender esto así palpablemente, se
presupone, que por no haber cierto número en las cosas singulares, y
porque de día en día se van mudando y sucediendo otras en lugar
dellas, como en el río una agua sucede a otra, y así el
río perpetuamente se conserva, nuestro entendimiento, como aquel que
tiene la fuerza del conocimiento limitada, no puede tener dellas certidumbre,
que esto a solo Dios, que es el hacedor de ellas, pertenece; y así
consideralas en una común consideración, en cuanto son de
naturaleza semejante; y a las que vee que tienen tanta semejanza en su ser, que
en cuanto a él no hay ninguna diferencia entre ellas, hácelas de
una misma especie o muestra; pero a las que vee que en algo se parecen y en
algo difieren, como el hombre y el caballo, hácelas de un mismo
género y de diversa especie, y cuanto mayor es la semejanza, tanto
más cercano tienen el género común, y cuanto mayor la
diferencia, más apartado; como agora digamos que entre el hombre y el
caballo mayor semejanza de naturaleza hay, que no entre el hombre y el
ciprés, y mayor entre el hombre y el ciprés, que entre el hombre
y los metales, pues el hombre y el caballo se parecen en el sentido, de que el
ciprés carece, y el hombre y el ciprés en el vivir, nacer y
morir, lo que no tienen los metales. Y así más cercano parentesco
o género o linaje habrá entre el ser del hombre y del caballo,
que no entre ellos y el ciprés; y más entre ellos y el
ciprés, que entre ellos y los metales, y esto es lo que llaman
categoría o predicamento de las cosas. Pero si vee que no convienen en
nada, hácelos de género diverso, como el hombre y la blancura,
entre cuyo ser no hay ninguna semejanza. Y de las cosas debajo destas comunes
consideraciones entendidas, tiene sciencia nuestro entendimiento; que de las
cosas así por menudo tomadas (como arriba dijimos), no puede tener
noticia cierta ni segura, por ser ellas tantas y tan subjetas a mudanza. Esta
filosofía los que no entendieron cayeron en uno de dos errores, porque
unos dijeron que no se podía tener sciencia ni certidumbre de las cosas,
como fueron los filósofos scépticos, cuyos capitanes fueron
Pirrón y Herilo, y los nuevos Académicos dieron también en
este error; otros, como Parménides y Zenón, por no negar las
sciencias, dijeron que las muestras o especies de las cosas realmente estaban
apartadas de las cosas singulares, por cuya participación se hacen las
cosas singulares, como con un sello se sellan muchas ceras, y que éstas
ni nacían ni morían, sino que estaban perpetuamente, y que dellas
se tenía sciencia. Pero esta opinión o error ya está por
muchos refutado, y también nosotros, en los comentarios que tenernos
sobre la
Lógica de Aristóteles, lo
refutamos largamente. Viniendo, pues, agora al propósito de las palabras
de Aristóteles: presupuesto que hobiese ideas o especies de cada cosa,
como decía Parménides, prueba que no puede haber una común
idea de todos los bienes, pues no tienen todos una común naturaleza, ni
todos se llaman bienes por una misma razón, lo cual había de ser
así en las cosas que tuviesen una común idea. Y también
que donde una cosa se dice primeramente de otra y después por
aquélla se atribuye a otra, no pueden las dos tener una común
natura. Como los pies se dicen primero en el animal, y después por
semejanza se dicen en la mesa y en la cama; los pies de la mesa y de la cama no
ternán una común idea con los del animal; y lo mismo acontece en
los bienes, que unos se dicen bienes por respectos de otros, y así no
pueden tener una común idea. Pero ya, en fin, dije al principio, que
esta disputa era fuera del propósito, y que no se debe tener con ella
mucha cuenta.
  Capítulo VI
Mejor será, por ventura, en
general, considerarlo y dudar cómo se dice esto. Aunque esta,
cuestión será dificultosa, por ser amigos nuestros los que ponen
las Ideas. Aunque parece que, por conservación de la verdad, es
más conveniente y cumple refutar las cosas proprias, especialmente a los
que son filósofos; porque siendo ambas cosas amadas, como a más
divina cosa es bien hacer más honra a la verdad. Pues los que esta
opinión introdujeron, no ponían Ideas en las cosas en que dijeron
haber primero y postrero, y por esto de los números no hicieron Ideas;
lo bueno, pues, dícese en la sustancia y ser de la cosa, y en la
calidad, y en la comparación o correlación. Y, pues, lo que por
sí mismo es y sustancia, naturalmente es primero que lo que con otro se
confiere, porque esto parece adición y accidente de la cosa. De suerte
que éstos no ternán una común Idea. A más desto,
pues, lo bueno de tantas maneras se dice como hay géneros de cosas (pues
se dice en la sustancia como Dios y el entendimiento, y en la cualidad como las
virtudes, y en la cantidad como la medianía, y en los que se confieren
como lo útil, y en el tiempo como la ocasión, y en el lugar como
el cenador, y otros semejantes), cosa clara es que no ternán una cosa
común, y universalmente una; porque no se diría de todas las
categorías, sino de una sola. Asimismo, que pues los que debajo de una
misma Idea se comprehenden, todos pertenecen a una misma sciencia, una misma
sciencia trataría de todas las cosas buenas. Pero vemos que hay muchas
aun de aquellos bienes que pertenecen a una misma categoría, como de la
ocasión, la cual en la guerra la considera el arte militar, en la
enfermedad la medicina. Y de la medianía en el manjar, trata la
medicina, y en los ejercicios, la gimnástica. Pero dudaría
alguno, por ventura, qué quieren decir, cuando dicen «ello por
sí mismo», si es que en el mismo hombre y en el hombre hay una
misma definición, que es la del hombre, porque en cuanto al ser del
hombre, no difieren en nada. Porque si esto es así, ni un bien
diferiría de otro en cuanto bien, ni aun por ser bien perpetuo
será por eso más bien, pues lo blanco de largo tiempo no es por
eso más blanco, que lo blanco de un día. Más probablemente
parece que hablan los pitagóricos del bien, los cuales ponen el uno en
la conjugación que hacen de los bienes, a los cuales parece que quiere
seguir Espeusippo. Pero, en fin, tratar desto toca a otra materia. Pero en lo
que está dicho parece que se ofrece una duda, por razón que no de
todos los bienes tratan las propuestas razones, sino que los bienes que por si
mismos se pretenden y codician, por sí mismos hacen una especie, y los
que a éstos los acarrean o conservan, o prohíben los contrarios,
por razón déstos se dicen bienes en otra manera. Por donde parece
cosa manifiesta, que los bienes se dirán en dos maneras: unos por
sí mismos, y otros por razón de aquéllos. Dividiendo,
pues, los bienes que son por sí buenos de los útiles,
consideremos si se dicen conforme a una común Idea. Pero
¿cuáles dirá uno que son bienes por sí mismos, sino
aquellos que, aunque solos estuviesen, los procuraríamos haber, como la
discreción, la vista, y algunos contentamientos y honras? Porque estas
cosas, aunque por respecto de otras las buscamos, con todo alguno las
contaría entre los bienes que por sí mismos son de desear, o
dirá que no hay otro bien sino la Idea, de manera que quedará
inútil esta especie. Y, pues, si éstos son bienes por sí
mismos, de necesidad la difinición del bien ha de parecerse una misma en
todos ellos, de la misma manera que en la nieve y en el albayalde se muestra
una difinición misma de blancura. Pues la honra, y la discreción,
y el regalo, en cuanto son bienes, tienen definiciones diferentes. De manera
que lo bueno no es una cosa común según una misma Idea. Pues
¿de qué manera se dicen bienes? Porque no parece que se digan
como las cosas que acaso tuvieron un mismo nombre, sino que se llamen
así, por ventura, por causa que, o proceden de una misma cosa, o van a
parar a una misma cosa, o por mejor decir, que se digan así por
analogía o proporción. Porque como sea la vista en el cuerpo,
así sea el entendimiento en el alma, y en otra cosa otra. Pero esta
disputa, por ventura, será mejor dejarla por agora, porque tratar della
de propósito y asimismo de la Idea, a otra filosofía y no a
ésta pertenece. Porque si el bien que a muchos comúnmente se
atribuye, una cosa es en sí y está apartado por sí mismo,
cosa clara es que ni el hombre lo podrá hacer, ni poseer, y aquí
buscamos el bien que pueda ser capaz de lo uno y de lo otro. Por ventura, le
parecerá a alguno ser más conveniente entender el mismo bien
conferiéndolo con los bienes que se hacen y poseen. Porque
teniéndolo a éste como por muestra, mejor entenderemos las cosas
que a nosotros fueren buenas, y, entendiéndolas, las alcanzaremos.
Tiene, pues, esta disputa alguna probabilidad, aunque parece que difiere de las
sciencias. Porque aunque todas ellas a bien alguno se refieren, y suplir
procuran lo que falta, con todo se les pasa por alto la noticia dél, lo
cual no es conforme a razón que todos los artífices ignoren un
tan gran socorro y no procuren de entenderlo. Porque dirá alguno
¿qué le aprovechará al tejedor o al albañir para su
arte el entender el mismo sumo bien, o cómo será mejor
médico o capitán el que la misma Idea ha considerado? Porque ni
aun la salud en común no parece que considera el médico, sino la
salud del hombre, o por mejor decir la de este particular hombre, pues en
particular cura a cada uno. Pero, en fin, cuanto a la presente materia, basta
lo tratado.
Concluida ya la disputa, si hay una
común Idea de todos los bienes, la cual, como el mismo
Aristóteles lo dice, es ajena de la moral filosofía, y por esto
se ha de tener con ella poca cuenta, vuelve agora a su propósito y
prueba cómo la felicidad no puede consistir en cosa alguna de las que
por causa de otras se desean, porque las tales no son del todo perletas, y la
felicidad parece, conforme a razón, que ha de ser tal, que no le falte
nada.
  Capítulo VII
Volvamos, pues, otra vez a este bien que
inquirimos qué cosa es: porque en diferentes hechos y diferentes artes
parece ser diverso, pues es uno en la medicina y otro en el arte militar, y en
las demás artes de la misma suerte, ¿cuál será,
pues, el bien de cada una, sino aquel por cuya causa se trata todo lo
demás? Lo cual en la medicina es la salud, en el arte militar la
victoria, en el edificar la casa, y en otras cosas, otro, y, en fin, en
cualquier elección el fin; pues todos, por causa déste, hacen
todo lo demás. De manera que si algo hay que sea fin de todo lo que se
hace, esto mismo será el bien de todos nuestros hechos, y si muchas
cosas lo son, estas mismas lo serán. Pero pasando adelante, nuestra
disputa ha vuelto a lo mismo; pero habemos de procurar de más
rnanifiestamente declararlo. Pues por cuanto los fines, según parece,
son diversos, y déstos los unos por causa de los otros deseamos, como la
hacienda, las flautas y, finalmente, todos los instrumentos, claramente se vee
que no todas las cosas son perfetas; pero el sumo bien cosa perfeta parece que
ha de ser; de suerte que si alguna cosa hay que ella sola sea perfeta,
ésta será sin duda lo que buscamos, y si muchas, la que
más perfeta dellas. Más perfeto decimos ser aquello que por su
proprio respecto es procurado, que no aquello que por causa de otro, y aquello
que nunca por respecto de otro se procura, más perfeto que aquello que
por sí mismo y por respecto de otro se procura, y hablando en suma,
aquello es perfeto que siempre por su proprio respecto es escogido y nunca por
razón y causa de otra cosa. Tal cosa como ésta
señaladamente parece que haya de ser la felicidad, porque ésta
siempre por su proprio respecto la escogemos, y por respecto de otra cosa
nunca. Pero la honra, y el pasatiempo, y el entendimiento, y todos
géneros de virtudes, escogémoslos cierto por su proprio respecto,
porque aunque de allí ninguna cosa nos hobiese de redundar, los
escogeríamos por cierto, pero también los escogemos por causa de
la felicidad, teniendo por cierto que con el favor y ayuda déstos
habemos de vivir dichosamente. Pero la felicidad nadie por causa destas cosas
la elige, ni, generalmente hablando, por razón de otra cosa alguna. Pero
parece que lo mismo procede de la suficiencia, porque el bien perfeto parece
que es bastante. Llamamos bastante, no lo que basta para uno que vive vida
solitaria, pero también para los padres, hijos y mujer, y generalmente
para sus amigos y vecinos de su pueblo, pues el hombre, naturalmente, es amigo
de vivir en comunidad. Pero hase de poner en esto tasa, porque si lo queremos
extender hasta los padres y agüelos, y hasta los amigos de los amigos,
será nunca llegar al cabo dello. Pero desto trataremos adelante.
Aquello, pues, decimos ser bastante, que sólo ello hace la vida digna de
escoger, y de ninguna cosa falta, cual nos parece ser la felicidad.
Demás desto, la vida que más de escoger ha de ser, no ha de poder
ser contada, porque si contar se puede, claro está que con el menor de
los bienes será más de desear, porque, lo que se le añade,
aumento de bienes es, y de los bienes el mayor siempre es más de desear.
Cosa perfeta pues, y por sí misma bastante, parece ser la felicidad,
pues es el fin de todos nuestros hechos; pero por ventura parece cosa clara y
sin disputa decir que lo mejor es la felicidad, y se desea que con más
claridad se diga qué cosa es, lo cual por ventura se hará si
presuponemos primero cuál es el proprio oficio y obra del hombre. Porque
así como el tañedor de flautas, y el entallador, y cualquier otro
artífice, y generalmente todos aquellos que en alguna obra y hecho se
ejercitan, su felicidad y bien parece que en la obra lo tienen puesto y
asentado, de la misma manera parece que habemos de juzgar del hombre, si alguna
obra hay que propria sea del hombre. Pues, ¿será verdad que el
albañir y el zapatero tengan sus proprias obras y oficios, y que el
hombre no lo tenga, sino que haya nacido como cosa ociosa y por demás?
No es así, por cierto, sino que así como el ojo, y la mano, y el
pie, y generalmente cada una de las partes del cuerpo parece que tiene
algún oficio, así al hombre, fuera destas cosas, algún
oficio y obra le habemos de asignar. ¿Cuál será, pues,
ésta? Porque el vivir, común lo tiene con las plantas, y
aquí no buscamos sino el proprio. Habémoslo, pues, de quitar de
la vida del mantenimiento y del aumento. Síguese tras désta la
vida del sentido; pero también ésta parece que le es común
con el caballo y con el buey y con cualquiera manera otra de animales. Resta,
pues, la vida activa del que tiene uso de razón, la cual tiene dos
partes: la una que se rige por razón, y la otra que tiene y entiende la
razón. Siendo, pues, ésta en dos partes dividida, habemos de
presuponer que es aquella que consiste en el obrar, porque ésta
más propriamente parece que se dice. Pues si la obra o oficio del hombre
es el usar del alma conforme a razón, o a lo menos no sin ella, y si la
misma obra y oficio decimos en general que es de tal, que del perfeto en
aquello, corno el oficio del tañedor de citara entendemos del bueno y
perfeto tañedor, y generalmente es esto en todos, añadiendo el
aumento de la virtud a la obra (porque el oficio del tañedor de
cítara es tañerla y el del buen tañedor tañerla
bien), y si desta misma manera presuponemos que el proprio oficio del hombre es
vivir alguna manera de vida, y que ésta es el ejercicio y obras del alma
hechas conforme a razón, el oficio del buen varón será,
por cierto, hacer estas cosas bien y honestamente. Vemos, pues, que cada cosa
conforme a su propria virtud alcanza su remate y perfeción, lo cual si
así es, el bien del hombre consiste, por cierto, en ejercitar el alma en
hechos de virtud, y si hay muchos géneros de virtud, en el mejor y
más perfeto, y esto hasta el fin de la vida. Porque una golondrina no
hace verano, ni un día sólo, y de la misma manera un solo
día ni un poquillo de tiempo no hace dichosos a los hombres ni les da
verdadera prosperidad. Hase, pues, de describir o difinir el bien conforme a
ésta. Porque conviene, por ventura, al principio darlo así a
entender, como por cifras o figuras, y después tratar dello más
al largo. Pero parecerá que quien quiera será bastante para sacar
a luz y disponer las cosas que bien estuvieren definidas, y que el tiempo es el
inventor y valedor en estas cosas, de donde han nacido las perficiones en las
artes, porque quien quiera es bastante para añadir en las cosas lo que
falta. Habémonos sí, pues, de acordar de lo que se dijo en lo
pasado, y que la claridad no se ha de pidir de una misma manera en todas las
cosas, sino en cada una según lo sufre la materia que se trata, y no
más de cuanto baste para lo que propriamente a la tal sciencia
pertenece. Porque de diferente manera considera el ángulo recto el
arquitecto que el geómetra, porque aquél considéralo en
cuanto es útil para la obra que edifica, pero estotro considera
qué es y qué tal es, porque no pretende más de inquirir en
esto la verdad; y de la misma manera se ha de hacer en las demás, de
manera que no sea mis lo que fuera del propósito se trate, que lo que a
la materia que se trata pertenece. Ni aun la causa por que se ha de pedir en
todas las cosas de una misma suerte, porque en algunas cosas basta que
claramente se demuestre ser así, como en los principios el primer
fundamento es ser así aquello verdad. Y los principios unos se prueban
por inducción y otros por el sentido, y otros por alguna costumbre, y
otros de otras maneras diferentes. Y hase de procurar que los principios se
declaren lo más llanamente que ser pueda, y hacer que se difinan bien,
porque importan mucho para entender lo que se sigue, pues parece que el
principio es más de la mitad del todo, y que mediante él se
entienden muchas cosas de las que se disputan.
En el capítulo VIII hace
distinción entre los bienes de alma y los del cuerpo y los exteriores,
que llamamos bienes de fortuna, para ver en cuáles déstos
consiste la felicidad. Relata asimismo las opiniones de los antigos acerca de
la felicidad, y muestra en qué concordaron y en qué fueron
diferentes.
  Capítulo VIII
Habemos, pues, de tratar de la
felicidad, no sólo por conclusiones ni por proposiciones de quien consta
el argumento, pero aun por las cosas que della hablamos dichas. Porque con la
verdad todas las cosas que son cuadran, y la verdad presto descompadra con la
mentira. Habiendo, pues, tres diferencias de bienes, unos que se dicen
externos, otros que consisten en el alma, y otros en el cuerpo, los bienes del
alma más propriamente y con más razón se llaman bienes, y
los hechos y ejercicios espirituales, en el alma los ponemos. De manera que
conforme a esta opinión, que es antigua y aprobada por todos los
filósofos, bien y rectamente se dirá que el fin del hombre son
ciertos hechos y ejercicios, porque desta manera consiste en los bienes del
alma y no en los de defuera. Conforma con nuestra razón esto: que el
dichoso se entiende que ha de vivir bien y obrar bien, porque en esto casi
está propuesto un bien vivir y un bien obrar. Veese asimismo a la clara
que todas las cosas que de la felicidad se disputan consisten en lo que
está dicho. Porque a unos les parece que la suma felicidad es la virtud,
a otros que la prudencia, a otros que cierta sabiduría, a otros todas
estas cosas o alguna dellas con el contento, o no sin él; otros
comprehenden también juntamente los bienes de fortuna. Destas dos cosas,
la postrera afirma el vulgo y la gente de menos nombre, y la primera los pocos
y más esclarecidos en doctrina. Pero ningunos déstos es conforme
a razón creer que del todo yerran, sino en algo, y aciertan casi en todo
lo demás. Pues con los que dicen que el sumo bien es toda virtud o
alguna dellas, concorda la razón, porque el ejercicio que conforme a
virtud se hace, proprio es de la virtud. Pero hay, por ventura, muy grande
diferencia de poner el sumo bien en la posesión y hábito, a
ponerlo en el uso y ejercicio; porque bien puede acaecer que el hábito
no se ejercite en cosa alguna buena, aunque en el alma tenga hecho asiento,
como en el que duerme o de cualquier otra manera está ocioso. Pero el
ejercicio no es posible, porque en el efecto y buen efecto consiste de
necesidad. Y así como en las fiestas del Olimpo no los más
hermosos ni los más valientes ganan la corona, sino los que pelean (pues
algunos destos vencen), desta misma manera aquellos que se ejercitan bien,
alcanzan las cosas buenas y honestas de la vida. Y la vida destos tales es ella
por sí misma muy suave, porque la suavidad uno de los bienes es del
alma, y a cada uno le es suave aquello a que es aficionado, como al aficionado
a caballos el caballo, al que es amigo de veer las cosas que son de veer, y de
la misma manera al que es aficionado a la justicia le son apacibles las cosas
justas, y generalmente todas las obras de virtud al que es a ella aficionado.
Las cosas, Pues, que de veras son suaves, no agradan al vulgo, porque,
naturalmente, no son tales; pero a los que son aficionados a lo bueno, esles
apacible lo que naturalmente lo es, cuales son los hechos virtuosos. De manera
que a éstos les son apacibles, y por sí mismos lo son, ni la vida
dellos tiene necesidad de que se le añada contento como cosa apegadiza,
sino que ella misma en sí misma se lo tiene. Porque conforme a lo que
está dicho, tampoco será hombre de bien el que con los buenos
hechos no se huelga, pues que tampoco llamará ninguno justo al que el
hacer justicia no le da contento, ni menos libre al que en los libres hechos no
halla gusto, y lo mismo es en todas las demás virtudes. Y si esto es
así, por sí mismos serán aplacibles los hechos virtuosos,
y asimismo los buenos y honestos, y cada uno dellos muy de veras, si bien juzga
dellos el hombre virtuoso, y pues juzga bien, según habemos dicho,
síguese que la felicidad es la cosa mejor y la más hermosa y la
más suave, ni están estas tres cosas apartadas como parece que
las aparta el epigrama que en Delos está escrito:
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De todo es lo muy justo más
honesto,
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lo más útil, tener salud entera, |
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lo más gustoso es el haber manera |
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como goces lo que amas, y de presto. |
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Porque todas estas cosas concurren en
los muy buenos ejercicios, y decimos que o éstos, o el mejor de todos
ellos, es la felicidad. Aunque con todo eso parece que tiene necesidad de los
bienes exteriores, como ya dijimos. Porque es imposible, a lo menos no
fácil, que haga cosas bien hechas el que es falto de riquezas, porque ha
de hacer muchas cosas con favor, o de amigos, o de dineros, o de civil poder,
como con instrumentos, y los que de algo carecen, como de nobleza, de linaje,
de hijos, de hermosura, parece que manchan la felicidad. Porque no se puede
llamar del todo dichoso el que en el rostro es del todo feo, ni el que es de
vil y bajo linaje, ni el que está sólo y sin hijos, y aun, por
ventura, menos el que los tiene malos y perversos, o el que teniendo buenos
amigos se le mueren. Parece, pues, según habemos dicho, que tiene
necesidad de prosperidad y fortuna semejante. De aquí sucede que tinos
dicen que la felicidad es lo mismo que la buenaventura, y otros que lo mismo
que la virtud.
Levantado a resolución en el
capítulo pasado, Aristóteles, cómo la prosperidad consiste
principalmente en el vivir conforme a razón y virtud, aunque para mejor
hacerlo esto se requiere también la prosperidad en las cosas humanas,
disputa agora cómo se alcanza la prosperidad, si por sciencia, o por
costumbre, o por voluntad de Dios, y concluye, que, pues, en la prosperidad
tantas cosas contienen, dellas vienen por fortuna, como la hermosura, dellas
por divina disposición, como las inclinaciones, y dellas por
hábito y costumbres de los hombres, como las virtudes.
  Capítulo IX
De donde se duda si la prosperidad es
cosa que se alcance por doctrina, o por costumbre y uso, o por algún
otro ejercicio, o por algún divino hado, o por fortuna. Y si
algún otro don de parte de Dios a los hombres les proviene, es conforme
a razón creer que la felicidad es don de Dios, y tanto más de
veras, cuanto ella es el mejor de los dones que darse pueden a los hombres.
Pero esto a otra disputa por ventura más propriamente pertenece. Pero
está claro que aunque no sea don de Dios, sino que o por alguna virtud y
por alguna sciencia, o por algún ejercicio se alcance, es una cosa de
las más divinas. Porque el premio y fin de la virtud está claro
que ha de ser lo mejor de todo, y una cosa divina y bienaventurada. Es asimismo
común a muchos, pues la pueden alcanzar todos cuantos en los ejercicios
de la virtud no se mostraren flojos ni cobardes, con deuda de alguna doctrina y
diligencia. Y si mejor es desta manera alcanzar la felicidad que no por la
fortuna, es conforme a razón ser así como decimos, pues aun las
cosas naturales es posible ser desta manera muy perfetas, y también por
algún arte y por todo género de causas, y señaladamente
por la mejor dellas. Y atribuir la cosa mejor y más perfeta a la
fortuna, es falta de consideración y muy gran yerro.A más de que
la razón nos lo muestra claramente esto que inquirimos. Porque ya
está dicho qué tal es el ejercicio del alma conforme a la virtud.
Pues de los demás bienes, unos de necesidad han de acompañarlo, y
otros como instrumentos le han de dar favor y ayuda. Todo esto es conforme a lo
que está dicho al principio. Porque el fin de la disciplina de la
república dijimos ser el mejor, y ésta pone mucha diligencia en
que los ciudadanos sean tales y tan buenos, que se ejerciten en todos hechos de
virtud. Con razón, pues, no llamamos dichoso ni al buey, ni al caballo,
ni a otro animal ninguno, pues ninguno dellos puede emplearse en semejantes
ejercicios. Y por la misma razón ni un mochacho tampoco es dichoso,
porque por la edad no es aún apto para emplearse en obras semejantes, y
si algunos se dicen, es por la esperanza que se tiene dellos, porque, como ya
está dicho, requiérese perfeta virtud y perfeta vida. Porque
succeden mudanzas y diversas fortunas en la vida, y acontece que el que muy a
su placel esta, venga a la vejez a caer en muy grandes infortunios, como de
Príamo cuentan los poetas. Y al que en semejantes desgracias cae y
rniserablemente fenece, ninguno lo tiene por dichoso.
En el décimo capítulo,
tomando ocasión de un dicho que Solón Ateniense dijo a Creso, Rey
de Lidia, que ninguno se había de decir dichoso mientras viviese, por
las mudanzas que succeden tan varias en la vida, disputa cuándo se ha de
llamar un hombre dichoso. Demuestra que si la felicidad depende de las cosas de
fortuna, ni aun después de muerto no se puede decir uno dichoso, por las
varias fortunas que a las prendas que acá deja: hijos, mujer, padres,
hermanos, amigos, les pueden succeder, y que por esto es mejor colocar la
felicidad en el uso de la recta razón, donde pueda poco o nada la
fortuna.
  Capítulo X
Por ventura, pues, es verdad, que ni aun
a otro hombre ninguno no lo hemos de llamar dichoso mientras viva, sino que
conviene, conforme al dicho de Solón, mirar el fin. Y si así lo
hemos de afirmar, será dichoso el hombre después que fuere
muerto. Lo cual es cosa muy fuera de razón, especialmente poniendo
nosotros la felicidad en el uso y ejercicio. Y si al muerto no llamamos
dichoso, tampoco quiso decir esto Solón, sino que entonces habemos de
tener a un hombre por dichoso seguramente, cuando de males y desventuras
estuviere libre. Pero esto también tiene alguna duda, porque el muerto
también parece que tiene sus males y sus bienes como el vivo, que no
siente cómo son honras y afrentas, prosperidades y adversidades de hijos
o de nietos, y esto parece que causa alguna duda. Porque bien puede acaecer que
uno viva hasta la vejez prósperamente y que acabe el curso de su vida
conforme a razón y con todo esto haya muchas mudanzas en sus
descendientes, y que unos dellos sean buenos y alcancen la vida cual ellos la
merecen, y otros al contrario. Cosa es, pues, cierta, que es posible quellos
caminen en la vida muy fuera del camino de sus padres. Cosa, pues, cierto
sería muy fuera de razón, que el muerto mudase juntamente de
fortuna, y que unas veces fuese dichoso y otras desdichado; pero también
es cosa fuera de razón decir que ninguna cosa de las de los hijos por
algún tiempo no toque a los padres. Pero volvamos a la primera duda
nuestra, porque por ventura della se entenderá lo que agora
disputábamos. Pues si conviene considerar el fin y entonces tener a uno
por dichoso, no como a hombre que lo sea entonces, sino como a quien lo ha sido
primero, ¿cómo no, será esto disparate, que cuando uno es
dichoso no se diga con verdad que lo es siéndolo, por no querer llamar
dichosos a los que viven, por las mudanzas de las cosas y por entender que la
felicidad es una cosa firme y que no se puede fácilmente trastrocar, y
que las cosas de fortuna se mudan a la redonda en los mismos muchas veces?;
porque cosa cierta es que, si seguimos las cosas de fortuna, a un mismo unas
veces le diremos dichoso y otras desdichado, y esto muchas veces, haciendo al
dichoso un camaleón sin seguridad ni firmeza ninguna, puesto no es bien
decir que se han de seguir las cosas de fortuna. Porque no está en ellas
el bien o el mal, sino que tiene dellas necesidad la vida humana, como habemos
dicho. Pero lo que es proprio de la felicidad son los actos y ejercicios
virtuosos, y de lo contrario los contrarios. Conforma con nuestra razón
lo que agora disputábamos. Porque en ninguna cosa humana tanta seguridad
y firmeza hay como en los ejercicios de virtud, los cuales aun parecen
más durables que las sciencias, y de estos mismos los más
honrosos y más durables, porque en éstos viven y se emplean
más a la continua los dichosos; y esta es la causa por donde no pueden
olvidarse dellos. Todo esto que habemos inquirido se hallará en el
dichoso, y él será tal en su vivir, porque siempre y muy
continuamente hará y contemplará las obras de virtud, y las cosas
de la fortuna pasarlas ha muy bien y con muy gran discreción, como aquel
que es de veras bueno y de cuadrado asiento, sin haber en él que
vituperar. Siendo, pues, muchas las cosas de la fortuna, y en la grandeza o
pequeñez diversas, las pequeñas prosperidades, y de la misma
manera sus contrarias, cosa cierta es que no hacen mucho al caso para la vida;
pero las grandes y que succeden bien en abundancia, harán más
próspera la vida y más dichosa, porque éstas
puédenla esclarecer mucho y el uso de ellas es bueno y honesto; y las
que, por el contrario, succeden, afligen y estragan la felicidad, porque
acarrean tristezas y impiden muchos ejercicios. Aunque, con todo esto, en
éstas resplandece la bondad, cuando uno sufre fácilmente muchos y
graves infortunios, no porque no los sienta, sino por ser generoso y de grande
ánimo. Pues si los ejercicios son proprios de la vida, como habemos
dicho, ningún dichoso será en tiempo alguno desdichado, porque
jamás hará cosas malas ni dignas de ser aborrecidas. Porque aquel
que de veras fuere bueno y prudente, entendemos que con mucha modestia y buen
semblante sufrirá todas las fortunas, y conforme a su posibilidad
hará siempre lo mejor; porque así como un prudente capitan usa lo
mejor que puede del ejército que tiene en perjuicio de sus enemigos, y
un zapatero del cuero que alcanza procura hacer bien un zapato, de la misma
manera los demás artífices procuran de hacerlo. De manera que el
de veras dichoso nunca volverá a ser desdichado; pero tampoco
será dichoso si en las desdichas de Príamo cayere, pero no
será variable ni caerá de su firmeza fácilmente, porque de
su prosperidad no le derribarán fácilmente y de ligero ni con
cualesquiera desventuras, sino con muy muchas y muy grandes. Y de la misma
manera, por el contrario, no se hará dichoso en poco tiempo, sino si por
algún largo tiempo viniere a alcanzar en sí mismo cosas grandes y
ilustres. ¿Por qué no podrá, pues, llamarse dichoso el que
conforme a perfeta virtud obra, y de los exteriores bienes es bastantemente
dotado, no por cualquier espacio de tiempo, sino por todo el discurso de su
vida? O ¿habrase de añadir que ha de vivir desta manera, y acabar
su vida conforme a razón, pues lo porvenir no lo sabemos, y la
prosperidad ponemos que es el fin y total perfición del todo y donde
quiera? Y si esto es así, aquéllos diremos que entre los que
viven son dichosos, los cuales tienen y ternán todo lo que habemos
dicho. Digo dichosos, conforme a la felicidad y dicha de los hombres. Y, cuanto
a esto, basta lo tratado.
En el XI capítulo, disputa si las
prosperidades de los amigos, hijos o nietos, o las adversidades, hacen o
deshacen la felicidad. Y concluye ser lo mismo en esto, que en los bienes de
fortuna, y que, por sí solos, ni la hacen ni deshacen, sino que valen
para más o menos adornarla.
  Capítulo XI
Pero decir que las fortunas de los hijos
o nietos, y las de todos los amigos, no hacen nada al caso, cosa, cierto,
parece muy ajena de amistad y contra las comunes opiniones de las gentes. Pero
como son muchas cosas las que acaecen, y de muchas maneras, y unas hacen
más al caso y otras, menos, tratar en particular de cada una,
sería cosa prolija y que nunca ternía fin. Pero tratandolo
así en común y por ejemplos, por ventura se tratará
bastantemente. Porque de la misma manera que en las proprias desgracias, unas
hay que tienen algún peso y fuerza para la vida, y otras que parecen de
poca importancia, de la misma manera es en las cosas de todos los amigos. Pero
hay mucha diferencia en cada una de las desgracias, si acaecen a los vivos, o a
los que ya son muertos, harto mayor que hay de representarse en las tragedias
las cosas ajenas de razón y ley, y fuertes, al hacerlas. Pero de esta
manera habemos de sacar por razón la diferencia, o, por mejor decir,
habemos de disputar de los muertos, si participan de algún bien, o de
mal alguno. Porque parece que se colige de lo que está dicho, que,
aunque les toque cualquier bien, o su contrario, será cosa de poca
importancia y tomo, o en sí, o, a lo menos, cuanto a lo que toque a
ellos, o si no, a lo menos tal y tan grande, que no baste a hacer dichosos a
los que no lo eran, ni, a los que lo eran, quitarles su felicidad. Parece,
pues, que las prosperidades de los amigos importan a los muertos algo, y
asimismo las desdichas; pero hasta tanto y de tal suerte, que ni a los dichosos
hagan desdichados, ni a los desdichados les acarreen felicidad, ni cosa otra
alguna desta manera.
En el capítulo XII disputa si la
felicidad es cosa de alabar, o despreciable, y prueba que no se ha de alabar,
sino preciar, porque lo que se alaba es por razón que importa para
algún bien, y así tiene manera de oficio menor; pero la
felicidad, como sea último fin, no importa para nada, antes las otras
cosas importan para ella. Cuestión es del vocablo, y no muy útil,
y aun ajena del común modo de hablar, porque bien puedo yo alabar una
cosa de todas las grandezas que en sí tiene, sin dirigirla a fin alguno,
y nuestra religión cristiana está llena de alabanzas de Dios, que
es nuestra verdadera felicidad, la cual nunca acabó de conocer la gentil
Filosofía.
  Capítulo XII
Declaradas ya estas cosas, disputemos de
la misma felicidad, si es una de las cosas que se han de alabar, o de las que
se han de tener en precio y estima. Porque manifiesta cosa es que no es de las
cosas que consisten en facultad; y parece que todo lo que es de alabar, se
alaba por razón de ser tal o tal, y porque en alguna manera a otra cosa
alguna se refiere. Porque al varón justo y al valeroso, y generalmente
al buen varón y a la virtud misma, por razón de las obras y de
los efectos la alabamos; y al robusto y al ligero, y a cada uno de los
demás, por ser de tal calidad y valer algo para alguna cosa buena y
virtuosa. Veese esto claramente en las alabanzas de los dioses, las cuales
parecen dignas de risa atribuidas a nosotros. Lo cual succede porque las
alabanzas se dan, como habemos dicho, conforme al respecto de lo que se alaba.
Pues si la alabanza es deste jaez, manifiesta cosa es que de las cosas mejores
no hay alabanza, sino alguna cosa mayor y mejor que la alabanza, como se vee a
la clara. Porque a los dioses juzgamos los por bienaventurados y dichosos, y
asimismo entre los hombres, a los más divinos juzgamos por
bienaventurados; y esto mismo es en las cosas buenas, porque ninguno alaba la
felicidad como quien alaba lo justo, sino que como a cosa mejor y, más
divina la bendice. Y así parece que Eudoxo favorece muy bien al regalo
en cuanto a los premios. Porque en decir que siendo una de las cosas buenas no
se ha de alabar, parecíale que daba a entender ser cosa de más
ser que las que se alaban, y que tal era Dios y el sumo bien, porque a estas
todas las demás cosas se refieren. Porque la alabanza es de la virtud,
pues della salen pláticos los hombres en el hacer cosas ilustres, y las
alabanzas por las obras se dan, y de la misma manera en las cosas del cuerpo y
del espíritu. Pero tratar particularmente destas cosas, por ventura les
toca mis propriamente a los que se ejercitan en escribir oraciones de
alabanzas, que a nosotros; cónstanos de lo que está dicho que la
felicidad es una de las cosas dignas de ser en precio tenidas y perfetas.
Parece asimismo ser esto así por razón de ser ella el principio,
pues por causa désta todos hacemos todo lo demás, y el principio
y causa de todos los bienes presuponemos que es cosa digna de preciar y muy
divina.
Mostrado ha Aristóteles
cómo la verdadera felicida, consiste en vivir conforme a perfeta
razón, aunque para mejor poder poner las cosas buenas en
ejecución, es bien que juntamente con ello haya prosperidad en las cosas
exteriores que llamamos de fortuna, muestra agora por qué parte toca a
la disciplina de la república tratar de las virtudes, y es porque no es
otra cosa virtud, sino hecho conforme a recta y perfecta razón; de
manera que vivir felice y prósperamente y vivir conforme a recta y
perfecta razón, y vivir conforme a virtud, todo es una cosa. Y como la
virtud sea la perfección del alma, y el alma, según Platón
y según todos los graves filósofos, tenga dos pares: una
racional, en que consiste el entendimiento y uso de, raz&oac |