  Libro VII
De las éticas o morales de Aristóteles,
escritos a su hijo Nicomaco y por esto llamados nicomaquios
  Capítulo I
De la virtud heroica y divina, y de la continencia y
sus contrarios
En el capítulo primero propone
tres diferencias de vicios; malicia, disolución y brutalidad, y tres
maneras de virtudes que les son contrarias, a la maldad la virtud, a la
disolución la continencia, a la brutalidad una que no hallándole
nombre proprio la llama virtud heroica y divina; todo esto es lo más
subido de quilate, lo uno en maldad y la otra en perfición, y por esto
dice que tales cosas como éstas se hallan raramente entre los hombres;
de la bondad verdad dice: ¡ojalá tanta la dijese de la extrema
malicia, que ya por nuestro mal tanto en el mundo va creciendo!
Tras desto habemos de proseguir adelante
poniendo otro principio, que de las cosas de que en lo que toca a las
costumbres habemos de huir, hay tres diferencias: maldad, disolución,
bestialidad o brutalidad, y que los que a las dos déstas son contrarias,
son cosas entendidas, porque a la maldad es contraria la virtud, y a la
disolución lo que llamamos continencia. Pero para la brutalidad
diría alguno que cuadra mucho la virtud que excede a los hombres para
contrario, y es heroica y divina, como Homero dijo de Héctor,
introduciendo a Priamo que lo lloraba desta suerte:
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Por extremo era bueno este valiente, |
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Ni hijo de mortales parecía, |
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Sino de dioses altos decendiente. |
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De manera, que si, como dicen, de
hombres se hacen divinos por llegar al extremo de virtud, tal hábito
como aquél sería cierto el contrario de la brutalidad. Porque
así como la bestia ni tiene vicio ni virtud, así tampoco Dios,
sino que la bondad de Dios es cosa de mayor quilate y valor que la virtud, y el
vicio de la fiera es otro género de vicio. Y como es cosa rara hallarse
un varón divino entre los hombres (como acostumbran decir los spartiatas
cuando mucho quieren alabar a uno, es un divino varón dicen), de la
misma manera dicen que es cosa rara hallarse un hombre de bestiales
condiciones, y señaladamente se halla entre los bárbaros. Algunas
cosas destas acaecen también entre los hombres, o por enfermedades, o
por golpes desastrados. A los que por sus vicios, pues, desta manera exceden a
los otros hombres, solémosles poner este nombre de brutales. Pero deste
hábito de virtud heroica habremos de hacer alguna mención en lo
de adelante, y del vicio ya está dicho en lo pasado. Habemos, pues, de
tratar de la disolución, del vicio del hombre afeminado, y de la lujuria
o regalo vicioso, y también de la continencia y perseverancia en la
virtud, porque ninguna déstas la habemos de juzgar por hábito de
la virtud ni del vicio, ni tampoco por cosas de género diverso. Habemos,
pues, de demostrar su naturaleza como lo habemos hecho en todo lo demás,
proponiendo al principio las cosas más claras y entendidas, y
también algunas dadas y dificultades. Proponemos, pues,
señaladamente las cosas más puestas en opinión acerca
destos afectos, y si no lo que más pudiéremos y proprio fuere
dellos, porque si soltáremos lo que causa dificultad, y quedare en
limpio lo que tiene probabilidad, quedará bastantemente demostrado. La
continencia, pues, y la perseverancia parecen ser cosas virtuosas y dignas de
alabanza, pero la disolución y afeminación de ánimo
viciosas y dignas de reprensión. Y un mismo es continente y perseverante
en el discurso de razón, y el mismo que es disoluto es también
inconstante en el discurso de razón. Asimismo, el disoluto, pues
entiende que son vanos sus deseos, no se dirá que los sigue conforme a
uso de razón. Y al que es prudente todos lo tienen por continente y
perseverante, pero al que es continente y perseverante unos lo tienen
cualquiera que él sea por prudente, y otros no a cualquiera que tal sea
lo juzga por prudente. De la misma manera, a cualquier disoluto lo juzgan por
incontinente, y a cualquiera incontinente por disoluto, confundiendo el un
vocablo con el otro. Otros dicen que son vicios diferentes. Del prudente
también unas veces dicen que no puede ser incontinente, y otras, que
algunos que son prudentes y prontos, son con todo eso incontinentes.
Llámanse asimismo incontinentes en el enojo, y en las honras, y en el
interés. Esta es, pues, la suma de lo que se ha propuesto.
  Capítulo II
En que se disputa cómo uno, teniendo buena
opinión de las cosas, puede ser incontinente
Ha dicho en el capítulo pasado
que el disoluto no obra conforme a uso de razón, pues entiende al
revés de lo que obra, sobre esto mueve una dificultad, y prueba que se
puede obrar mal sin ignorancia, por ser uno de ánimo flojo en resistir,
y después pone la diferencia entre el continente y el templado, que
consiste en la fuerza y rigor de los afectos, los cuales en el templado son
moderados, y fuertes en el continente.
Preguntará alguno por ventura
cómo se compadece, que uno sienta bien de las cosas, y con todo eso sea
incontinente; a esto responden algunos que el que tiene sciencia de las cosas
no puede ser incontinente, porque sería cosa ajena de razón y
fuerte (como Sócrates decía) que estando presente la sciencia
otra alguna cosa venciese, y llevase al hombre tras sí forzado como
esclavo. Porque Sócrates muy de veras argumentaba contra la
razón, quiriendo probar que no había incontinencia, porque no
había ninguno que a sabiendas obrase al revés de lo que era
mejor, sino por ignorancias. Esta razón pues, es contra lo que se vee
por experiencia. Y así conviene disputar deste afecto, si por ignorancia
acaece, qué manera es esta de ignorancia. Cosa, pues, es cierta y
manifiesta que el incontinente, antes de caer en su incontinencia, tiene por
cierto que hacer aquello tal que después hace, no es cosa que conviene.
Pero hay algunos que parte desto conceden, y parte dello niegan, porque
confiesan no haber cosa más poderosa que la sciencia, pero que haya
alguno que obre al revés de lo que entiende ser mejor, esto es lo que
niegan. Y por esto dicen que el incontinente, por no tener sciencia sino
opinión, es vencido de los deleites. Pero si opinión es y no
sciencia la que tiene, y el parecer en contrario no es fuerte sino flaco y
remiso, como acontece a los que están en duda, será este tal
digno de perdón por no perseverar en ellas contra los fuertes deseos.
Pero la maldad no es cosa digna de perdón, ni cualquier otra cosa de las
que se reprenden. Diremos, pues, que las hace resistiendo en contrario la
prudencia, porque ésta también es muy poderosa. Pero esto
también es cosa ajena de razón, porque sería uno
juntamente prudente y incontinente, y ninguno habrá que diga ser de
hombre prudente hacer voluntariamente las cosas que son malas. A más
desto, ya está arriba demostrado que la prudencia es virtud activa,
porque el prudente consiste en las cosas últimas, y estando ya de todas
las demás virtudes adornado. Asimismo, si el ser uno continente consiste
en tener fuertes y malos los deseos, no será el hombre destemplado
continente, ni el continente templado, porque ni el tener fuertes los deseos es
de hombre templado, ni el tenerlos malos; pero conviene que lo sea, porque si
los deseos son buenos, malo es el hábito que los impide y no deja
seguirlos, de manera que no toda continencia será buena; pero si son
flacos, y no malos, no son nada ilustres; ni tampoco, si son malos y remisos,
son cosas de tomo. Tampoco es cosa insigne la mala continencia si en toda
opinión hace perseverar a uno, como si le hace arrimarse a una
opinión falsa. Y si de toda opinión la incontinencia aparta,
también habrá alguna incontinencia buena. Como aquel Neoptolemo
de Sófocles, en la tragedia
Filoctetes, es digno de alabanza por no haber
perseverado en los consejos que Ulises le había dado, por la pena que
sintió de ver que le había mentido. Asimismo, la razón
sofística que miente es una perplejidad, porque los sofistas, por
quererse mostrar poderosos en el disputar, redarguyendo cuando ellos procuran
de concluir las cosas fuera de opinión, hacen que aquel tal discurso se
vuelva perplejidad de ánimo, porque está como atado el
entendimiento, cuando no quiere dar crédito a la conclusión, por
no satisfacerle lo que se ha concluido; y pasar adelante no puede, por no saber
cómo ha de satisfacer al argumento. Hay, pues, una razón por
donde parece que la imprudencia, junto con la incontinencia, será
virtud, porque este tal, por su incontinencia, hará al revés de
como entiende, y pues cree ser lo bueno malo y cosa que no conviene que se
haga, hará lo que bueno sea, y no lo que fuere malo. Asimismo, el que
por persuasión de otro hace y procura las cosas de deleite, y las
escoge, parece que será mejor que no el que no las hace por discurso de
razón, sino por incontinencia. Porque aquel tal más
fácilmente se puede remediar, si hay quien lo persuada lo contrario.
Pero al incontinente cuádrale aquel vulgar proverbio que decimos:
¿qué necesidad tiene de beber el que le da la agua a la garganta?
Porque si no estuviese desengañado de lo que hace cuando le persuaden al
contrario, cesaría; pero teniendo entendido lo contrario, con todo eso
no menos lo hace. A más desto, si en todas las cosas hay incontinencia y
continencia, ¿cuál diremos que es el verdaderamente incontinente?
Porque no hay ninguno que caiga en todas las incontinencias; y decimos que hay
algunas que lo son de veras. Estas dificultades, pues, se ofrecen, de las
cuales algunas conviene desatar, y con las demás no hay que tener
cuenta, porque el soltar la duda es el hallar la verdad.
  Capítulo III
De cómo acontece ser uno incontinente,
entendiendo ser malo lo que hace
En el capítulo pasado ha
propuesto ciertas cuistiones curiosas y contemplativas que se ofrecen disputar
en esta materia de la continencia, y ha dicho cómo unas es bien
tratarlas, y otras son de tan poco momento, que es mejor dejarlas. Agora
disputa la cuestión primera, si es posible que uno sea incontinente
entendiendo lo que hace. Después disputa en qué géneros de
cosas se dice uno continente o incontinente. Terceramente, sí es todo
uno o son cosas diversas continencia o perseverancia. Todas estas cuestiones
son contemplativas y curiosas, pero para el fin de la felicidad no importan
mucho.
Primeramente, pues, habemos de disputar
si obran los incontinentes entendiendo lo que hacen, o si no entendiendo; y si
entendiendo, de qué manera lo entienden. Tras desto, en qué
genero o calidades de cosas habemos de decir que consisten el incontinente y el
continente; quiero decir si en todo regalo y en todo género de
pesadumbre, o particularmente en algunas. Terceramente, si el continente y el
perseverante son una misma cosa, o son diversos. Y de la misma manera de todas
las demás cosas que son anexas a esta consideración. Es, pues, el
principio de nuestra disputa, si por ventura consiste el ser uno continente o
incontinente en ejercitarse en tales o tales cosas, o en ejercitarse de tal o
tal manera. Quiero decir, si por ventura viene uno a ser incontinente
sólo por ejercitarse en tal manera de cosas, o no, sino por lo uno y por
lo otro. Tras desto, si por ventura la incontinencia y la continencia consisten
en todas las cosas o no, porque el que del todo es incontinente, no se ejercita
en todo género de cosas, sino en aquellas mismas que el disoluto. Ni
tampoco se dice incontinente sólo por tratarlas, sea de cualquiera
manera (porque sería lo mismo la incontinencia que la
disolución), sino por tratarse en ellas de tal particular manera, porque
el disoluto déjase vencer de los pasatiempos voluntariamente,
pareciéndole que es cosa que conviene siempre gozar de la presente
dulzura; pero el incontinente no le parece que es bien hacerlo, y con todo eso
lo hace. Para lo que toca, pues, a nuestra razón, todo es uno decir que
tienen opinión verdadera de aquellas cosas en que son incontinentes, o
que tienen sciencia, porque algunos que tienen opiniones, no dudan dellas, sino
que les parece que lo entienden muy bien y por el cabo. Pues si por creer
más, remisamente los que tienen las opiniones que los que tienen
sciencia, obran al revés de como entienden, no habría diferencia
de la sciencia a la opinión, porque algunos no menos crédito dan
a las opiniones que tienen, que otros a las cosas que saben, como
Heráclito lo dice claramente. Pero porque saber una cosa se dice de dos
maneras, porque el que entiende la sciencia, aunque no use della, se dice que
la sabe, y también el que se sirve della, habrá diferencia del
entender y no considerar, y no considerando hacer lo que no conviene, al
entenderlo y considerarlo. Porque hacer lo que no conviene,
entendiéndolo y considerándolo, parece cosa fuerte y ajena de
razón, pero no si lo hace no considerándolo. Asimismo, pues hay
dos maneras de proposiciones, bien puede acaecer que, aunque uno las tenga
ambas, obre al revés de aquella sciencia, no serviéndose sino de
la general y no de la que se toma en parte; porque las cosas particulares son
las que se ponen por obra. Hay también diferencia desto a lo universal,
porque lo universal en el mismo que dice se está; pero lo particular en
la misma cosa. Es proposición universal, como si dijésemos agora:
a todo hombre le es útil la vianda enjuta; y particular, como si
dijésemos: este es hombre; o tal o tal vianda es enjuta. Pero si esto es
tal o tal, o no lo sabe o, en realidad de verdad, no lo advierte. Entre estas
dos maneras hay tanta diferencia, que entenderlo de una manera no causa
admiración ninguna, y de la otra sería cosa de admiración
que acaeciese. Asimismo el tener una sciencia los hombres se dice de otra
manera fuera de las que habemos dicho, porque en aquellos que entienden una
sciencia y no se sirven della, vemos en el tal hábito dos diversidades,
tanto que en alguna manera se puede decir que la tienen y que no la tienen,
como el que duerme, y el que está furioso, y también el que
está borracho. Desta misma manera, pues, están dispuestos los que
están puestos en afectos, porque las iras, enojos y los deseos y
concupiscencias de la carne, y las cosas deste jaez, manifiestamente alteran
los cuerpos, y aun en algunos causan furias. Es, pues, cosa clara que los
incontinentes habemos de decir ser a éstos semejantes. Pero el saber uno
bien proponer las razones de una sciencia, no es bastante señal para
creer que obrará bien conforme a aquella sciencia, porque aun estos
mismos, cuando están en semejantes afectos puestos, hacen demostraciones
y citan versos de Empédocles. Y los que ahora, de principio, comienzan
de aprender, conciertan bien cierto las razones, pero aún no las
entienden, porque han de arraigarse bien en el entendimiento, y para esto es
menester tiempo. Habemos, pues, de entender que así como los que
representan recitan ajenos pareceres, así también los
incontinentes las razones de los otros. Podrá también uno en esto
la causa considerar naturalmente, porque una opinión universal y otra
de, cosas particulares, de las cuales ya juzga el sentido solamente, cuando
destas dos, pues, una razón se compusiere, de necesidad, en lo
contemplativo, ha de afirmar el alma ser así, y en lo activo ponello
luego por obra, como, si conviene gustar todo lo dulce, y esto es una de las
cosas dulces, de necesidad el que pudiere, y nadie se lo estorbare, lo
pondrá por obra juntamente. Pues cuando hobiere una opinión
universal que prohíba el gustarlo, y otra que diga que toda cosa dulce
es suave, y que ésta es cosa dulce, y es ésta la que manda por
ser acaso tal el deseo, la una le dice: desto has de huir, y la otra, que es el
deseo, le mueve a que lo siga, porque bien puede mover por sí cada una
de las partes del alma. De manera, que en alguna manera podemos decir que
acaece hacerse uno, por la razón y opinión, incontinente, no
siendo ellas por sí mismas sino accidentariamente, porque el deseo es el
que es contrario a la recta razón, y no la opinión. Y por esto
los fieros animales no se llaman incontinentes, porque no tienen opinión
universal, sino representación y memoria de las cosas singulares.
Cómo, pues, se suelte la ignorancia y torne a ser sabio el destemplado,
es la misma razón que del borracho y del dormido, y no es propria deste
afecto, la cual razón habémosla de entender de los que tratan la
fisiología y naturaleza, de las cosas. Y, pues la última
proposición es opinión del sentido y propria de los negocios,
esta tal, el que en afecto de intemperancia puesto está, o no la tiene,
o de tal suerte la tiene, como si aquel su tener no fuese saberla, sino decirla
solamente, como el borracho versos de Empédocles recita, y porque el
término menor, ni es universal, ni parece pertenecer a la sciencia, como
el universal. Y así parece que acaece lo que Sócrates
inquiría, porque la intemperancia no parece que acaece estando presente
la que es propria y verdadera sciencia, ni esta tal sciencia se turba con este
tal afecto, sino la que consiste en el sentido. De la cuestión, pues, si
el intemperante obra sabiendo lo que hace, o si no, y si sabiendo, de
qué manera sabiendo, baste lo tratado.
El engerir Aristóteles las reglas
de lógica con la materia moral, me fuerza a que lo que los ignorantes en
lógica no entenderán, lo declare brevemente. Consta, pues un
discurso de razón, que llaman silogismo, de dos proposiciones y una
conclusión que de ellas se colige. Ya la más general y que
comprende más universales sentencias, llámala Aristóteles
primera proposición y primer término, y a la que ya
particulariza, postrera proposición y postrer término, como si
decimos: con cualquier bueno y virtuoso es bien tomar amistad, y pues
éste es bueno y virtuoso, bien será tomes amistad con él;
aquella sentencia general es primera proposición, la otra que ya
particulariza y dice que éste es tal, es la última
proposición, y de ambas se colige la conclusión, que conviene
tomar amistad con aquel tal. Pocas veces, pues, se hierran las consultas por
falta de aquellas primeras proposiciones generales, porque no son muchas, y
como hablan en general déjanse entender, pero acerca del particularizar
suele haber engaño, y por esto dice bien Aristóteles que saber
las proposiciones generales, y no particular no es saber perfecto.
  Capítulo IV
En que se disputa si hay alguno del todo
incontinente, o si todos los que lo son lo son en parte, y si alguno del todo
lo es, en qué género de cosas lo es
En el capítulo pasado propuso
Aristóteles tratar ciertas cuestiones acerca de la continencia, y
trató las que habemos visto. Agora disputa si hay alguno que en todo
género de vicios sea incontinente. Y así divide los deleites en
unos de cosas necesariamente obligatorias, como es el comer y beber para vivir,
y otros de cosas voluntarias, como son los que proceden de las honras, y
declara cómo incontinente, así absolutamente dicho, se entiende
en los deleites corporales, pero con aditamento incontinente en el desear
honras o haciendas bien se dirá. De modo que el incontinente
absolutamente dicho y el disoluto, en unas mismas cosas se emplean, aunque de
diferente manera.
Tras desto habemos de disputar si hay
alguno absolutamente incontinente, o si lo son todos en parte y, si lo hay, en
qué calidad de cosas consiste. Entendido, pues, está que los
continentes y los perseverantes, y los incontinentes y los afeminados,
consisten en los deleites y pesadumbres. Pero, porque destas cosas que dan
deleite, unas hay necesariamente obligatorias, y otras, en cuanto a sí
mismas, voluntarias y subjetas a nuestra elección, pero que tienen en
sí gran exceso (llamo necesarias las corporales, como son las cosas de
mantenimiento y carnales apetitos, y cosas semejantes que al cuerpo pertenecen,
en las cuales pusimos la disolución y la templanza), y otras que no son
necesariamente obligatorias, pero dignas de ser por sí mismas escogidas
y estimadas, como si dijésemos: la victoria, la honra, las riquezas y
otros bienes semejantes y aplacibles cosas; a los que en tales bienes como
éstos, contra el uso de la buena razón que tienen, quieren
exceder, no los llamamos absolutamente incontinentes, sino, con aditamento,
incontinentes en los dineros y en la ganancia, y en la honra y en la
saña; pero absolutamente no los llamamos incontinentes, como a personas
diferentes de los que son absolutamente incontinentes, y que los llamamos
así por cierta semejanza, de la misma manera que decimos el hombre que
gana la joya en las fiestas del Olimpo: porque con aquella poquita de
adición se distinguió el vocablo común del particular y
proprio. Pero con todo eso, el absolutamente incontinente diferente es de los
otros, como se vee por esta razón: que la incontinencia es vituperada,
no solamente como yerro, pero como especie de vicio, ora sea en general, ora en
parte, pero de los otros ninguno. Pero de aquellos que se emplean en los usos
corporales, en que decimos consiste ser uno templado o disoluto, el que no por
propria elección busca los excesos de los deleites y huye los de las
cosas tristes y pesadas, como de la hambre, de la sed, del calor y frío,
y de las demás cosas que en el tacto y gusto consisten, sino fuera de su
elección y parecer, este tal se dice incontinente, no con aditamento en
tal o tal cosa, como lo decimos en la cólera, sino así:
absolutamente incontinente. Lo cual en esto se conoce: que los que se llaman
disolutos, por causa destas cosas se llaman, y no por ninguna de las otras. Y
por esto, ponemos que el incontinente y el disoluto se emplean en un mismo
género de cosas, y también el continente y el templado, pero no
ninguno de los otros, porque, en cierta manera, consisten en unos mismos
deleites y molestias. Pero aunque en unas mismas cosas se emplean, no se
emplean de una misma manera, sino los disolutos de su propria elección y
voluntad, y los incontinentes sin elección. Por esto decimos ser
más disoluto aquel que, sin incitarle sus deseos o, sin incitarle mucho,
busca los extremos deleites y huye las molestias moderadas, que no el que lo
hace acosado de sus deseos reciamente. Porque ¿qué hiciera este
tal si un juvenil deseo le incitara, o alguna fuerte molestia le sucediera en
la necesidad de las cosas necesariamente obligatorias? Pero por cuanto en las
codicias y deleites hay unos de cosas que, en su género, son buenas y
honestas, (porque de las cosas suaves algunas hay que naturalmente son cosas de
escoger, y otras contrarias dellas, y otras medias, como en lo pasado
dividimos, como son los dineros, la ganancia, la victoria, la honra), en todas
las cosas semejantes y en las que son medias, no son vituperados los hombres ni
por sufrillas, ni por deseallas, ni por amallas, sino por errar el cómo
y exceder. Por esto, todos cuantos, fuera de razón, se dejan vencer o
procuran alguna cosa de las que son naturalmente y de suyo honestas y buenas,
son vituperados, como los que procuran más honra de la que les conviene,
o procuran para sus hijos o para sus padres, porque éstas también
son cosas buenas, y los que las procuran son alabados. Pero con todo eso hay en
esto su exceso, como si uno por sus hijos pelease contra los dioses, como
cuentan las fábulas de Niobe, o como aquel sátiro que tuvo por
sobrenombre
Filopator, que es amador de su padre, por el
demasiado afecto de amor que mostró para con su padre; porque en aquello
se mostraba muy necio. En estas cosas pues, por la razón que habemos
dicho no hay maldad, porque cada cosa destas por sí misma es de apetecer
naturalmente, pero lo que en ellas es malo y de aborrecer son los excesos. Pero
la incontinencia no es de la misma manera, porque la incontinencia no solamente
es de las cosas de que nos habemos de guardar, pero es también de las
que vituperamos, aunque, por alguna manera de semejanza del afecto, suelen
poner el nombre de la incontinencia a las demás cosas, como cuando dicen
de uno que es mal médico o mal representante, del cual así,
absolutamente, no dirían que es malo. Pues así como en esto, no
porque cada cosa destas sea maldad, sino por tener alguna proporción de
semejanza con las cosas malas, se dice mala, así también habemos
de juzgar de la incontinencia, que la continencia y la incontinencia,
propriamente, son las que se emplean en lo mismo que la templanza y la
disolución; pero de la saña se dice por cierta semejanza, y por
esto lo decimos con este aditamento: incontinente en la saña, o en la
honra, o en la ganancia.
  Capítulo V
Cómo en las cosas que de su propria
naturaleza no son suaves, no se dice absolutamente la incontinencia, sino otra
que se llama así por cierta manera de metáfora
Por continuación de vicios y
falta de doctrina vienen los hombres a olvidarse tanto de quién son y
del parentesco que tienen con Dios de donde salieron, que se vienen a tornar
bestias, como nuestro celestial poeta lírico lo canta, y aún
vienen a hacer cosas que en realidad de verdad las bestias no las
harían, como algunos que se encarnizan tanto en la venganza, que abren
las entrañas del que quieren mal y le beben la sangre del
corazón, no como lo hace el lobo o la comadreja por matar la hambre
natural, sino por un endemoniado odio que dentro del alma tienen recocido.
Otros toman gusto de ver atarse unos con otros, como lo hacían los
romanos; en las fiestas que llamaban de los gladiatores en su lengua, dignos de
ser a lo menos en esto gravemente reprendidos, de que gustasen de ver perecer
su propria naturaleza allí miserablemente. Otros, dejadas las viandas
naturales que Dios crió para el mantenimiento del hombre, se dan a comer
carnes de su propria naturaleza, lo que ni aun las bestias crueles no lo hacen
(porque el león come de un becerro o de un corzo, mas no de otro
león, ni el lobo de otro lobo, ni el perro de otro perro) como lo hacen
los caníbales en las Indias, y otras no sólo bárbaras,
pero aún bestiales naciones. Otros, dejando el uso natural del macho con
la hembra, se dan a bestiales deleites de machos con machos, lo cual ser de
extrema malicia lo afirma San Pablo en la epístola que escribe a los
Romanos. El abstenerse, pues, de tales brutalidades dice Aristóteles que
no se ha de llamar continencia, ni caer en ellas incontinencia, sino por manera
de metáfora, sino que su proprio nombre es bestialidad o brutalidad.
Pero por cuanto hay algunas cosas de su
propria naturaleza suaves, y déstas unas sencillamente suaves, y otras
particularmente para algún género, así de animales como de
hombres, y otras cosas hay que de su naturaleza no son suaves, sino que o por
tener el seso lisiado, o por estar habituados a malas costumbres, o por ser de
mala naturaleza de condición, las tienen algunos por suaves, en cada una
déstas se puede hallar hábitos semejantes, digo hábitos y
condiciones bestiales, como la de aquella mujer que dice que gustaba de abrir
por medio las mujeres preñadas y comérseles las criaturas que
llevaban en el vientre como son las cosas, de que dicen que gustan algunas
gentes crueles que viven cerca del Ponto Euxinio, de los cuales unos comen las
carnes crudas, otros humanas, otros por hacerse mucha fiesta se dan los unos a
los otros sus proprios hijos a comer en los convites; o como lo que de aquel
tirano Falaris se escribe. Tales cosas, pues, como éstas, son bestiales.
Otras cosas acaecen a otros por algunas enfermedades, o por furia de cabeza,
como aquel que ofreció a su propria madre en sacrificio y después
se la comió, o el otro siervo que se comió los hígados de
otro compañero suyo. Otros hábitos malos hay que proceden de
enfermedades o de mala costumbre, como el arrancarse los cabellos o comerse las
uñas, o comer carbones o tierra; asimismo el ajuntamiento de machos con
machos. Porque estos tales vicios a unos les suceden por naturaleza, y a otros
por costumbre, por haberse mal acostumbrado dende niños. Aquellos, pues,
que tales cosas hacen por su mala naturaleza, ninguno cierto dirá que
son incontinentes; de la misma manera que a las mujeres nadie las
llamará continentes, porque en el carnal ajuntamiento no obren, pues es
su naturaleza recebir. Ni tampoco aquellos que por mal hábito
están ya como enfermos en aquello, porque el tener cada cosa destas ya
excede los límites de la maldad o vicio, como la misma brutalidad. Y el
que tales cosas tiene como éstas, vencer o ser vencido en ellas no se ha
de decir absolutamente incontinencia, sino por cierta semejanza, como el que en
lo que toca a la saña tiene semejante manera de afecto, no se llama
absolutamente incontinente. Porque todo vicio que excede, y toda imprudencia, y
toda cobardía, y toda disolución, y toda terriblez de
condición, o procede de brutalidad, o de mal temperamento de cuerpo.
Porque el que de su naturaleza es de tal condición, que de toda cosa
tiembla aunque no sea sino de un chillido de ratón, es cobarde de una
brutal cobardía. Otro había que de una enfermedad le había
quedado este vicio, que tenía temor de una comadreja. Y entre los
imprudentes, los que de su natural condición son ajenos de toda buena
razón, y que sólo se rigen por el sentido, son brutales, como
algunas naciones de aquellos bárbaros que vienen lejos de nosotros, pero
los que son tales por algunas enfermedades, como son la epilepsia o mal de
corazón, o la furia, son enfermizos. Acontece, pues, algunas veces que
alguno solamente tenga semejante manera de afectos, pero que no sea vencido
dellos, como si dijésemos agora que Falaris se abstuviese del deseo de
comerse algún mochacho, o de algún brutal deleite en lo que toca
a la carnal concupisciencia. Otras veces acaece que no sólo, lo tienen,
pero aún son vencidos dél. De la misma manera, pues, que vicio
absolutamente dicho se entiende de aquel que no excede los límites
humanos, y cualquier otro se dice, con aditamento, vicio bestial o de
enfermedad, pero, así absolutamente, no se dice vicio: está claro
que de la misma manera la incontinencia, absolutamente dicha, sola aquella es
que se emplea en lo mismo que la disolución humana, y que la otra se
dirá incontinencia brutal o de enfermedad. Entendido, pues, está
cómo la incontinencia y la continencia consisten solamente en las mismas
cosas en que la disolución y la intemperancia, y que en las demás
cosas es otra manera de incontinencia que se dice así, no absolutamente,
sino por una manera de metáfora.
  Capítulo VI
Cómo la incontinencia del enojo no es tan
afrentosa como la de los deseos; de la diversidad de los deleites y vicios de
los hombres
Ha concluido y demostrado ya
Aristóteles cómo propriamente hablando la conciencia y la
incontinencia se dicen en los deleites, que no exceden el término de
nuestra naturaleza, y que en las demás cosas no se dice sino con
aditamento y por cierta manera de metáfora. Agora hace
comparación entre la que se dice propriamente incontinencia y la
incontinencia del enojo, porque es cosa más acelerada el enojo y que no
aguarda del todo la consulta de la razón, y así no está
tan en mano de las gentes, y también porque el movimiento de la
cólera procede más de la naturaleza. Después, para mejor
entender y declarar esto, torna a hacer división de los deleites.
Cuán más afrentosa es la
incontinencia de los deleites que no la de el enojo, disputaremos agora de
presente. Porque el enojo parece que escucha a la razón, pero que no la
percibe bien, como los criados que son demasiadamente prestos, que antes de
percibir del todo lo que les mandan, corren a ponerlo por obra, y así
después hierran lo que hacen. Los perros también, antes de
considerar si el que entra es amigo, solamente haga ruido, luego ladran; de la
misma manera la saña o enojo, por su calor y presteza natural
percibiendo, aunque no lo que le mandan, acelera luego a la venganza, porque o
la razón o la imaginación le representó que aquello es
afrenta o menosprecio, y la ira o enojo, como cosa ya persuadida que conviene
resistir a lo tal, altérase luego; pero el deseo, solamente la
razón o el sentido le diga: esto es suave, determinadamente va luego a
gozarlo. De manera, que la ira en alguna manera obedece a la razón, pero
el deseo, no, y por esto es más vergonzoso. El que es, pues,
incontinente en la ira, en alguna manera se puede decir que es vencido de la
razón, pero el otro es vencido del deseo y no de la razón. A
más desto, ser uno vencido de los apetitos naturales, más digno
es de perdón, pues lo es el ser vencido de los deseos que a todos son
comunes y en cuanto son comunes, y la ira es cosa más natural, y
también la terriblez de condición, que no los deseos excesivos, y
en ninguna manera necesarios, como el que se excusase de haber puesto las manos
en su padre, diciendo que también su padre las había puesto en su
agüelo y su agüelo en su bisagüelo, y así de allí
arriba, y demostrando su hijo pequeñuelo, dijese: también
éste cuando venga a ser varón las porná en mí,
porque ya esto nos viene de linaje. Y otro, que arrastrándolo su hijo,
cuando llegó a la puerta le mandó parar, diciendo que hasta
allí no más había él arrastrado al suyo. Asimismo
más injustos son los que a traición hacen el agravio, pero el
colérico o airado no es hombre que se para mucho a pensar traiciones, ni
la misma ira no es cosa oculta, sino harto manifiesta. Pero el deseo es urdidor
de traiciones, como dicen que lo es la diosa del amor, como dice Homero que es
la correa de la engañosa diosa de Chipre, en la cual hay tales
engaños, que deciden muchas veces aun el entendimiento del prudente. De
manera que, pues semejante incontinencia es más injusta que la de la
ira, será más afrentosa, y será absolutamente
incontinencia, y en alguna manera será vicio. También ninguno
hace afrenta a otro movido de dolor, pero cualquiera que de airado hace alguna
cosa, la hace movido de dolor; mas el que hace afrenta, hácela gustando
de hacerla. Pues si aquellas cosas son más injustas, con las cuales
enojarnos es más justo, será cierto la incontinencia en los
deseos más injusta, porque en la ira no hay deleite. La incontinencia,
pues, en los deseos, más afrentosa es que no la de la ira. Entendido,
pues, y manifiesto está cómo la continencia y la incontinencia
consisten en los deseos y deleites corporales, pero habemos de entender
qué diferencias hay dellos. Porque, como ya lo dijimos al principio,
unos deleites hay humanos y naturales, así en su género como en
su cantidad, y otros hay brutales, y también otros que proceden de falta
de juicio y de algunas enfermedades. En el primer género, pues, destos
consisten la templanza y la disolución solamente. Y por esto a las
bestias ni las llamamos templadas ni disolutas, sino por modo de
metáfora, si acaso un género de animales difiere de otro en
violencia, o en lujuria, o en el comer excesivamente, porque ni tienen
elección, ni discurso de razón, sino que son movidos por su
naturaleza, como los hombres que están locos, de manera, que la furia o
ímpetu de las bestias menos es que el vicio, pero es más de
temer, porque en las fieras no está depravado lo mejor como en los
hombres, sino que faltó en ellas y no lo hay. Compararlas, pues, con el
hombre, es de la misma manera que si uno comparase una cosa viva con otra que
no tiene vida, y preguntase cuál dellas es peor. Porque la falta del que
no tiene en sí principio, menos grave siempre es que la del que lo
tiene, y el entendimiento es el principio. Hacer, pues, tal comparación
es como comparar la injusticia con el hombre injusto, porque cada uno dellos en
alguna manera es peor, pues un hombre malo hará muchos millares de males
más que una fiera.
  Capítulo VII
Del continente y del incontinente, del constante y
afeminado
Ya que ha mostrado cómo la
verdadera continencia y la incontinencia consisten en los deleites corporales,
compara agora el continente con el constante y el incontinente con el
afeminado, y muestra cómo el continente y el incontinente tienen por
propria materia los deleites y las cosas suaves: el uno para no derribarse a
ellas, no siendo honestas, y el otro para derribarse. Pero el constante y el
afeminado las contrarias: el uno para durar en sufrillas, y el otro para
dejarse luego caer en el resistillas.
Ya, pues, se ha tratado en lo pasado de
los deleites del tacto y del gusto, y también de las molestias.
Asimismo, de los deseos y abstinencias, en que consisten la disolución y
la templanza. Acontece, pues, de tal manera uno estar dispuesto en ellas, que
sea vencido de aquellas, en que los más de los hombres suelen vencer, y
acontece también vencer en aquellas, en que los más de los
hombres son vencidos. Destos dos géneros de hombres, el que en los
deleites hace lo primero es incontinente, y el que lo postrero, continente.
Pero el que en los dolores y cosas pesadas de sufrir, hace lo primero, es
afeminado, y el que lo postrero, llámase constante. Entre estos dos
contrarios están de por medio los hábitos de los más
hombres, aunque suelen derribarse más a los peores. Pero por cuanto
algunos de los deleites son necesariamente obligatorios, y otros no, y otros
hasta cierto término lo son, pero los excesos dellos no, ni tampoco los
defectos, y lo mismo es en los deseos y molestias, aquel que en las cosas
deleitables, busca los extremos, o en cuanto son extremos, o de su propria
voluntad y deliberación, y por causa dellos mismos, y no por otro fin
que de allí resulte, este tal es el disoluto. Porque de necesidad este
tal no se ha de arrepentir dellos, y por esto no tiene remedio, porque el que
no se arrepiente, no es capaz de remedio. Contrario deste es el que falta, y el
que guarda el medio este es el templado. De la misma manera el que
rehúsa las molestias corporales, no por flaqueza de ánimo sino
por elección determinada. Pero de los que lo hacen no por voluntad
determinada, unos se dejan vencer del mismo deleite, otros por huir la molestia
que les da el mismo deseo. De manera, que difieren estos los unos de los otros.
Cualquiera, pues, juzgará ser peor el hacer las cosas feas, o no
deseándolas, o deseándolas tibiamente, que no deseándolas
con afición muy encendida. Y peor es herir a uno no estando airado, que
herirlo estando encendido en cólera. Porque ¿qué
haría éste tal si estuviese movido del afecto? Y por esto, es
peor el disoluto que no el incontinente. Destos dos, pues, que habemos dicho,
el primero tiene más muestra de afeminación de ánimo, pero
el otro es disoluto. El continente, pues, es contrario del incontinente, y el
constante del afeminado, porque la constancia consiste en el resistir y la
continencia en el vencer, y el resistir es diferente del vencer, como el no ser
vencido del alcanzar victoria. Y por esto, es mis de preciar la continencia que
la constancia. Pero el que desmaya en las cosas en que los más resisten
y salen con ello, este tal es afeminado y delicado, porque no es otra cosa
delicadez sino afeminación de ánimo, como la del que por no
sufrir la pesadumbre de levantar la capa, la deja ir rastrando, y pareciendo en
la delicadez al enfermo, no le parece que es miserable, siendo tan semejante al
que lo es. De la misma manera, pues es en la continencia y incontinencia.
Porque no es de maravillar que uno sea vencido de deleites o pesadumbres
fuertes y excesivas, antes es de perdonar y haber compasión dél,
si resistiendo fue vencido, como aquel Filoctetes en la tragedia de Teodectes
mordido de la víbora, o como aquel Cercion en la tragedia
Alope de Carcino, y de la misma manera que
los que procuran detener la risa, de un golpe la despiden, como le
aconteció a Jenofanto. Pero es de maravillar cuando lo es en
aquéllas en que los más pueden resistir, y él no es
bastante a resistir, no por la naturaleza de su género ni por
enfermedad, como acontece a los reyes de los Scitas, que ya de linaje les viene
afeminados, o como es la naturaleza de la mujer comparada con la del
varón. Parece también disoluto el que es demasiado en el decir
gracias y donaires, pero no es sino afeminado, porque el decir donaires es
relajación de ánimo, pues es manera de decanso, y el que es
demasiado en el decir donaires, es uno de los que en el holgarse siguen exceso.
Hay, pues, una manera de incontinencia que es una desenfrenada temeridad, y
otra que es flaqueza. Porque unos, aunque hayan deliberado una cosa, no
perseveran en lo que han deliberado, por la perturbación del
ánimo, y otros, por no consultar bien lo que hacen, se dejan llevar
donde los induce su perturbación. Porque así como los que
primeramente se mueven, no son después molestados desta pasión,
de la misma manera los que se previenen con el sentido, y miran las cosas
primero, y despiertan a sí mismos y a su discurso de razón, no
son vencidos de sus afectos, ora sean de deleites, ora de molestia. Pero los
que más incontinentes son de desenfrenada incontinencia, son los
repentinos y los melancólicos. Porque aquéllos por su presteza y
estotros por la fortaleza del afecto, no escuchan razón, por ser muy
prontos en seguir sus imaginaciones.
  Capítulo VIII
En qué difieren el disoluto y el
incontinente
Ya que ha declarado Aristóteles
cómo el disoluto y el incontinente consisten en una misma manera de
ejercicios y deleites, pero el uno por elección y el otro por
perturbación, compara agora estos dos géneros de afectos entre
sí, y muestra cuán más malo es ser uno disoluto que ser
incontinente. Porque el disoluto yerra en los principios y está
persuadido que no hay otro bien sino el vivir sensualmente, y que los que no
gozan de aquello no saben qué cosa es vivir, y como cuenta Macrobio de
la disolución de Julia, hija del emperador Augusto, y por esto ni tiene
arrepentimiento ni remedio, mientras no se desengañare. Pero el
incontinente, como no se mueve por elección, sino por
perturbación, pasada aquélla reconócese, y reprueba aquel
hecho y lo aborrece, y tiene remedio con abstinencias, con evitar las ocasiones
y no ir (como dicen) a ferias, do libre mal en ellas. Así compara
Aristóteles a los incontinentes con los que tienen mal de
corazón, que no les toma sino a tiempos, y a los disolutos con los
hidrópicos o tísicos, que llevan el mal a la contina.
El disoluto, pues, como habemos dicho,
no es capaz de arrepentimiento, porque persevera en su deliberación.
Pero el incontinente en alguna manera lo es. Por esto no es así como
arriba disputamos, sino que el incontinente es fácil de remediar y
curar, pero el disoluto no tiene medio, porque el vicio de la disolución
parece al mal de hidropesía y a la enfermedad que padecen los que se
hacen tísicos; pero la incontinencia es semejante al mal de
corazón. Porque la disolución es mal que dura a la contina, pero
la incontinencia a ciertos tiempos. Y, absolutamente hablando, es diferente
género de mal la incontinencia que no el vicio, porque el vicio no se
conoce, pero la incontinencia conócese. Y de los incontinentes, mejores
son los que sin consideración se mueven, que los que alcanzando
razón no perseveran en ella, porque a éstos menos
perturbación los derribará, y no lo hacen sin
consideración como los otros, porque el incontinente es semejante al que
fácilmente y con poco vino se emborracha, o con menos que los que se
emborrachan vulgarmente. Consta, pues, que la incontinencia no es,
absolutamente hablando, vicio, sino en alguna manera por ventura, porque la
incontinencia es fuera de elección, pero el vicio es por
elección; pero, en cuanto a las obras, semejantes son como dijo Demodoco
de los milesios: los milesios no son necios, pero hacen lo mismo que los
necios. También los incontinentes no son, cierto, injustos, pero hacen
sinjusticias. Pero por cuanto el incontinente es de tal calidad que sigue los
excesivos deleites sensuales, no por estar persuadido, sino fuera del uso de su
razón, pero el disoluto está persuadido que es cosa que conviene
seguirlos; al incontinente puédesele fácilmente persuadir lo
contrario, pero al disoluto no porque la verdad conserva el principio, y el
vicio lo destruye; y en los negocios es el principio aquello por lo cual se
tratan, como en las matemáticas las proposiciones. Porque ni en las
matemáticas se demuestran los principios por razón, ni
aquí tampoco, sino que la virtud, o natural o adquirida por costumbre,
es la que enseña, a sentir bien de los principios. El templado, pues, es
el que es tal cual habemos dicho, y el contrario dél es el disoluto.
Pero hay otro que, fuera de la recta razón, le turba el afecto, al cual
le vence el afecto hasta tanto que no obre conforme a recta razón, pero
no, le vence de tal manera que venga a persuadirse que conviene así, a
rienda suelta, darse a deleites semejantes; y este tal es el incontinente, y es
mejor que no el disoluto, ni es absolutamente malo porque se conserva en
él lo mejor, que es el principio. Hay también otro contrario
déste, que es el que resiste y no se deja vencer por el afecto. De lo
cual se colige que el hábito deste tal es bueno y el del otro malo.
  Capítulo IX
En qué se parecen y en qué difieren el
continente y el terco o porfiado
Averiguado está que todo
continente es constante, aunque difieren en el respecto el continente y el
constante. Pero porque hay personas que en lo que no va conforme a
razón, suelen ser tan porfiadas que antes les quitarán las vidas
que les desarraiguen la persuasión, a los cuales solemos llamar tercos,
o arrimados, o porfiados, pone aquí Aristóteles la diferencia que
hay entre el porfiado y el constante, que el constante está firme en lo
que le persuadió la buena razón, y el porfiado en lo que le
dictó su imaginación. Y así, el constante sabe dar
razón de su parecer, pero el porfiado no otra sino porque sí y
porque no. Y así, semejante vicio dice Aristóteles ser proprio de
hombres groseros, rudos y faltos de doctrina, y especialmente si con todas
estas faltas están puestos en señorío, son intolerables,
porque quieren con su poder ejecutar sus imaginaciones y que sea lo que a ellos
les parece, aunque dé voces contra ellos la razón. Lo cual, vemos
claramente en los desventurados que siguen la secta mahometana, que por
nuestros pecados ha tanto ya que dura, que por su rudeza y ignorancia dan
crédito firme a cosas más desvariadas que sueños de
enfermos, y mueren por ellas y las defienden con la defensión no humana,
que es la buena razón, que con ésta no se pueden defender
desvaríos y torpedades semejantes, sino con la defensión bestial,
que es la de las armas, con que cualquier cosa mala puede defenderse.
¿Es verdad, pues, que cualquiera
que en cualquiera razón y en cualquiera deliberación persevera es
continente, o el que en la buena? ¿Y diremos que es incontinente
cualquiera que no persevera en cualquiera manera de deliberación y de
razón? ¿O el que persevera en falsa razón y no buena
deliberación, como arriba lo dudamos? ¿O diremos que,
accidentariamente, el continente persevera en cualquiera manera de
deliberación y de razón, pero cuanto a su proprio parecer en la
verdadera razón y buena elección y, por el contrario, el
incontinente? Porque si uno escoge o procura tal cosa por respecto de tal,
aquello por cuyo respecto la procura y la escoge, por sí mismo lo
procura y escoge; pero lo otro no, sino accidentariamente, porque aquello
decimos absolutamente tal, que es por sí mismo tal. De manera que puede
acontecer que en cualquiera manera de parecer el continente esté firme y
el incontinente vacile, pero absolutamente se dice tal el que lo hace en el
verdadero parecer. Hay, pues, algunos que perseveran firme mente en su
propósito, y hay otros, que vulgarmente los llaman arrimados a su
proprio parecer, o porfiados, como gentes que dificultosamente creen, ni
fácilmente se pueden mudar de su proprio parecer, los cuales parecen en
algo al continente, de la misma manera que el pródigo al liberal, y el
atrevido al que es osado; pero en muchas cosas son muy diferentes. Porque el
continente no se derriba de su parecer por ningún afecto ni codicia
(pues cuando conviniere escuchará razón y se dejará
persuadir), pero el arrimado no deja su parecer por razón ninguna; pero
deseos admítenlos y muchos dellos se dejan vencer de los deleites. Son,
pues, arrimados o porfiados los que siguen su proprio parecer, y los que son
faltos de doctrina, y los hombres rústicos. Y los que siguen su proprio
parecer, hácenlo o por deleite o por molestia, porque se huelgan mucho
cuando salen con su intención, si ya después no vienen a
desengañarse, y se entristecen si no sale en efecto lo que ellos
porfían, como si fuese ordinación. De manera que estos tales
más semejantes son al incontinente que no al continente. Otros hay que
no perseveran en lo que deliberaron, y no por eso son incontinentes, como aquel
Neoptolemo, en la tragedia de Sófocles, llamada
Filoctectes, no perseveró en lo que
había deliberado, y esto por deleite, pero por deleite honesto; y Ulises
habíale persuadido a que mintiese. Porque no todos los que por deleite
hacen alguna cosa son disolutos, ni malos, ni incontinentes, sino los que lo
hacen por deleites deshonestos. Y, pues, hay alguno de tal condición que
se huelga menos de lo que conviene con las cosas corporales, y tal como
éste no persevera en la razón, el continente será medio
entre este tal y el incontinente. Porque el incontinente no persevera en la
razón por alguna cosa demasiada, y estotro por alguna cosa de defecto;
pero el continente persevera y no muda de parecer por otra cosa. Pues si la
continencia cosa honesta y virtuosa es, de necesidad ambos a dos hábitos
contrarios han de ser malos, como en realidad de verdad lo parecen ser. Pero
por cuanto el que consista en defecto en pocos hombres y raras veces se halla;
así como la templanza solamente parece contraria de la
disolución, de la misma manera la continencia parece tener solamente por
contraria a la incontinencia. Pero como muchas cosas se dicen tales `por alguna
similitud, la continencia del templado también se dice continencia
porque, así el continente como el templado, se dicen ser tales por no
hacer cosa alguna fuera de 1a buena razón, en lo que toca a los deleites
corporales. Pero el continente hácelo teniendo malos deseos, y el
templado no teniéndolos. Y el templado es de tal condición, que
no le da gusto el hacer las cosas fuera de razón; pero el continente
halla deleite en ello, pero no se deja vencer. Son asimismo semejantes el
disoluto y el incontinente, aunque son diversos, porque el uno y el otro siguen
los deleites corporales, pero el disoluto síguelos persuadido que
conviene seguirlos, mas el incontinente no persuadido.
  Capítulo X
Cómo no es posible que un mismo hombre sea
juntamente prudente y incontinente
Llama el hombre prudentes a los que en
lo que toca a las cosas dél, saben de tal manera regirse y granjear las
cosas de sus intereses y pretensiones que les salgan como ellos desean. Pero
esta más se ha de llamar astucia que prudencia, porque la verdadera
prudencia es una de las virtudes, y ninguna virtud tiene compañía
con los vicios, pero semejante sagacidad y astucia bien puede hallarse en gente
falta de virtud. Y esta es la prudencia de los prudentes y la sabiduría
de los sabios, que Dios por Esaías, capítulo treinta y tres,
tiene amenazada, que ha de destruir. Porque si prudencia quiere decir
providencia en las cosas por venir, ¿cómo son prudentes los que
en el proveer las cosas venideras echan mano de lo que de hora en hora y de
punto en punto lo van dejando, y no es dado cuando ya o es perdido o se va
perdiendo, y se descuidan y tienen en poco aquello, que, so pena de ser peores
que bestias, han de tener por cierto les ha de durar sin tiempo y sin haber fin
eternalmente? Esto es, pues lo que Aristóteles trata en este
capítulo, y prueba que ningún incontinente es prudente,
coligiéndolo de las proposiciones ya arriba concedidas en la segunda
manera de argumentar, desta suerte: Todo varón prudente es virtuoso,
ningún incontinente es virtuoso, luego ningún incontinente es
prudente.
Pero no es posible que un mismo hombre
sea juntamente prudente y incontinente, porque ya está demostrado que el
que es prudente, es, juntamente, virtuoso en las costumbres. Asimismo, no se
dice uno prudente sólo por entender las cosas, sino también por
ponellas por obra. Pero el incontinente no pone por obra lo que entiende. Pero
el que es pronto en entender las cosas, bien puede ser incontinente, y por esto
parece algunas veces que algunos son prudentes y incontinentes, porque la
prontitud difiere de la prudencia de la manera que habemos dicho en las pasadas
razones, y en la razón son semejantes, pero en la elección
difieren. Pero no difieren como el que sabe la cosa y el que la considera, sino
como o el que duerme o está borracho, pero voluntariamente, porque en
alguna manera entiende lo que hace y a qué fin, pero malo no es, porque
su elección no es buena. De manera que será medio malo y no
injusto, porque no hace mal sobre pensado. Porque de los incontinentes uno no
persevera en lo que deliberó, y el otro, que es el melancólico,
ni aun se puso a deliberar en alguna manera. Parece, pues, el incontinente a
una ciudad que determina bien las cosas que conviene, y tiene buenas leyes,
pero de ninguna dellas se sirve, como mordacemente dijo Anaxandrides:
|
Consulta la ciudad lo que conviene, |
|
|
|
Y de la ley ningún cuidado tiene; |
|
|
|
pero el malo es semejante a la ciudad que se
rige por leyes, pero malas y injustas. Consiste, pues, la incontinencia y la
continencia en el exceso de los hábitos que entre los hombres se hallan
comúnmente, porque el continente persevera más y el incontinente
menos de lo que pueden perseverar los hombres comúnmente. De las
especies, pues, que hay de incontinencia, más fácil es de curar
la de los melancólicos que no la de los que deliberaron bien, pero no
perseveran en ello, y más fáciles son de remediar los que son
incontinentes de costumbre, que los que de su natural condición, porque
más fácilmente se muda la costumbre que la naturaleza. Porque la
costumbre por eso es dificultosa de mudar: porque es semejante a la naturaleza,
como dice Eveno:
|
La contemplación larga, amigo, digo |
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|
|
Que dura, y con el uso confirmada |
|
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|
Virtud ya de natura trae consigo. |
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|
|
Ya, pues, queda tratado qué cosa es la continencia y
qué la incontinencia, qué la perseverancia y qué la
afeminación, y cómo se han éstos los unos con los
otros.
  Capítulo XI
De las cosas que se dicen del deleite para probar
que no es cosa buena
Como se ha mostrado consistir la
continencia y la incontinencia, y también la templanza y
disolución, en lo que toca a los deleites corporales, toma
ocasión de aquí Aristóteles para tratar en los
capítulos que restan deste libro del deleite, aunque en el último
libro trata esta materia de propósito. Pone primero cómo toca al
filósofo moral tratar del deleite. Después pone tres diversos
pareceres que había acerca del deleite: uno que decía que
ningún deleite era bueno, y otro que algunos lo eran aunque no todos, y
el tercero, que dice no ser el deleite el sumo bien, y pone las razones en que
se fundaban los que decían que ningún deleite era bueno.
Toca también al filósofo
que trata la disciplina de la república, tratar asimismo del deleite y
pesadumbre, porque este es el artífice principal que considera el
último fin, conforme a cuya consideración, a cada cosa
absolutamente, o buena o mala la llamamos. A más desto es forzado haber
de tratar dellos, porque habemos presupuesto que la virtud moral y el vicio
consisten en pesadumbres y deleites. También el vulgo dice que la suma
felicidad trae consigo deleite en compañía. Y de aquí
dicen que el bienaventurado se dijo en griego,
macarios, de
cherin, que significa regocijarse. Hay, pues,
algunos que son de opinión que ningún deleite es bueno, ni por
sí mismo ni accidentariamente, porque no es todo uno bien y deleite.
Otros confiesan que hay algunos deleites buenos, pero que los más son
malos. La tercera opinión de otros es que, aunque todos los deleites
fuesen buenos, con todo eso no puede ser el deleite el sumo bien. Los que
dicen, pues, que ningún deleite hay bueno, fúndanse en estas
razones: que todo deleite es sensible generación encaminada a la natura,
porque ninguna generación es del mismo género que el fin, como
ningún edificar es edificio. A más desto, el templado huye de los
deleites. Terceramente, el prudente procura lo que no le de pena y no lo que le
sea suave. Asimismo los deleites son estorbo de la prudencia, y cuanto mayor
deleite dan mayor impedimento son, como el deleite de la carnal concupiscencia,
en el cual el que está cebado, no puede entender cosa ninguna. Tras
desto no hay arte ninguna que enseñe el deleite, pero todas las cosas
buenas son obras de arte. Finalmente, los niños y las bestias siguen el
deleite. Los que dicen que no todos los deleites son buenos, estriban en
éstas: que hay algunos deleites vergonzosos y afrentosos, y otros
perjudiciales, porque muchas cosas de las deleitables causan enfermedades. Pero
los que dicen no ser el sumo bien el deleite, persuádense por esta
razón: que el deleite no es fin sino generación. Lo que del
deleite, pues, se dice, casi es esto en suma.
  Capítulo XII
En el cual se responde y satisface a las sobredichas
razones, y se demuestra cómo el deleite es cosa buena
En este capítulo muestra
Aristóteles cómo los de las opiniones sobredichas no
argüían bien, ni colegían sus conclusiones rectamente,
porque no distinguían lo bueno como se debe distinguir y como él
aquí lo distingue; y el no saber bien distinguir las cosas, es causa de
muchos errores en el tratar las sciencias.
Pero que no se colija de aquellas
razones que el deleite no es bueno ni qué es el sumo bien, entenderlo
hemos por esto. Primeramente, pues, lo bueno se dice en dos maneras: uno,
absolutamente bueno, y otro, bueno en respecto de alguno; por el consiguiente,
también las naturalezas y los hábitos, y por la misma
razón, los movimientos y las generaciones, se dirán de la misma
manera. Y las que parecen malas, serán absolutamente malas, y para
algunos no lo serán; antes, para aquel tal, les serán dignas de
escoger. Otras habrá que ni aun a éste le serán, sino por
algún rato y poco espacio de tiempo, pero cosas absolutamente de desear
no serán. Otras habrá que ni aun deleites no serán, sino
que lo parecerán, como las que se hacen con pena por la
conservación de la salud, como las de los enfermos. Asimismo, pues, hay
dos maneras de bienes: unos que son ejercicios, y otros que son hábitos;
los ejercicios que ni inducen al hábito natural, accidentariamente son
deleitosos. Es, pues, el ejercicio en los deseos proprio del hábito de
naturaleza que tiene algún defecto, pues sin pena ni deseo se hallan
algunos deleites, como los ejercicios en el contemplar las cosas de que la
naturaleza no tiene necesidad. La prueba se vee por esto: que no se huelgan los
hombres con una misma manera de cosas suaves cuando se va perficionando su
naturaleza y cuando ya está perfecta. Porque cuando está perfeta
huélganse con lo que es de veras suave; pero cuando se hincha y se va
perficionando, también se huelgan con las cosas contrarias. Porque
muchos se agradan de lo agro y de lo amargo, de lo cual ninguna cosa, ni
natural ni absolutamente, es suave; y, por la misma razón, no lo
serán los deleites dellos, porque de la misma manera que se han entre
sí las cosas suaves, se han también los deleites que proceden
dellas. A más desto no se colige, de necesidad, que haya de haber otra
cosa mejor que el deleite, como algunos dicen que es el fin mejor que la
generación, porque ni los deleites son generaciones, ni todos son anejos
a generación; antes muchos dellos son ejercicios y fin, y se hallan, no
en los que se hacen, sino en los que gozan; ni tampoco en todas es el fin
diverso dellas, sino en aquellas que inducen a la perfición de la
naturaleza. Por esto no se dice bien que el deleite es sensible
generación, sino que habemos de decir que es ejercicio del hábito
que tenemos conforme a naturaleza, y en lugar de decir sensible, habemos de
decir no impedido. Y porque el deleite es propriamente bueno, por eso parece
ser generación, porque les parece que el ejercicio es generación,
siendo cosa diferente. Pero el decir que son malos los deleites porque algunas
cosas deleitosas son perjudiciales a la salud, es lo mismo que decir que
algunas cosas provechosas para la salud son perjudiciales para la bolsa. Desta
manera, pues, son malas las unas y las otras; pero no por eso son absolutamente
malas, pues el estudiar también algunas veces es perjudicial para la
salud. De manera que ni impide la prudencia, ni tampoco otro hábito
ninguno, el deleite que procede della, sino los deleites de cosas diferentes de
aquellas, pues el deleite que da el estudiar y aprender da mayor gana de
estudiar y aprender. Asimismo, el decir que el deleite no es obra de arte
ninguna, es conforme a razón; porque ningún otro ejercicio
tampoco es proprio de ningún arte, sino de la facultad, aunque el arte
de los que hacen olores, y la de los cocineros, parece que es arte de deleite.
Y a aquello de decir que el templado huye de los deleites, y que el prudente
procura la vida libre de molestias, y que los niños y las bestias
procuran los deleites, de la misma manera se responde a todo, porque, pues
habemos dicho cómo todos los deleites en alguna manera son buenos, y en
alguna no lo son, los niños y las bestias siguen los que en alguna
manera no son buenos, y el prudente procura el carecer de la molestia destos
deleites que andan acompañados de deseos y pesadumbres, y son deleites
corporales (porque tales son todos éstos), y de los excesos dellos, por
los cuales es disoluto el disoluto. Y por esto el templado huye de deleites
semejantes, pues tiene también el templado sus deleites.
  Capítulo XIII
En que se disputa que hay algún deleite que
es el sumo bien
En el capítulo treceno responde a
los que decían, que el deleite no podía ser el sumo bien, y
prueba que de necesidad ha de haber algún deleite que sea el sumo bien
si hay sumo bien y vida que lo alcance. Porque el sumo bien sumo contento
dará, y si sumo contento, sumo deleite, cual es el que gozan los
bienaventurados viendo a Dios. Y así esta doctrina es conforme al
Evangelio. Todo el hierro en esta materia dice Aristóteles y con mucha
verdad, que nace de nuestra sensualidad, que en oír deleite luego nos
abatimos al sentido y los deleites sensuales, como si aquellos, solos fuesen
deleites y no lo fuesen más deleites y más ajenos de molestias
los que a quien las ama dan las cosas del espíritu, como lo vemos
palpablemente en los que estudian y en los que se dan a la contemplacióm
que ni el daño de la salud del cuerpo, ni la pérdida de sus
intereses, es parte para apartarlos del contento que reciben con aquellos
ejercicios. Y esto mismo quiso significar Homero en la fábula de las
sirenas, que con su dulce canto atraían los hombres a sí y
después se los comían. Porque estas sirenas son las ciencias, que
a los ingenios verdaderamente liberales de tal suerte emborrachan de dulzura,
que les hacen permanecer toda la vida en su compañía y morir en
ellas, que es el comérselos. De manera, que bien hay deleites, y muy
grandes y muy aplacibles y muy quietos, fuera de los del sentido.
Pero todos abiertamente confiesan que la
molestia es cosa mala y digna de aborrecer. Porque algunas molestias son
absolutamente malas, y otras hay que lo son por ser en alguna manera
impedimento. Pues lo que es contrario a lo que es de aborrecer en cuanto es de
aborrecer y malo, bueno será, de manera que, de necesidad el deleite ha
de ser bien alguno, porque la solución que Speusipo daba, diciendo que
el deleite era contrario de la molestia, como lo es lo mayor de lo menor, o de
lo igual lo desigual, no vale nada. Porque ninguno dirá que el deleite
es como una especie de lo malo. Y el haber algunos deleites malos no es
bastante razón para negar que no hay algún deleite sumamente
bueno, de la misma manera que el haber algunas sciencias malas no es bastante
argumento para concluir que no hay ninguna buena. Antes por ventura de
necesidad se coligirá que (pues en cada hábito hay sus proprios
deleites, que al tal hábito no le hacen ningún estorbo), ora sea
la felicidad ejercicio de todos los deleites, ora de alguno dellos no impedido,
este tal será el más digno de escoger, y esto tal es deleite. De
manera, que algún deleite habrá sumamente bueno, aunque digamos
ser así, que haya muchos deleites absolutamente malos. Y por esto todos
tienen por cierto que la vida del dichoso es vida muy suave, y con razón
encierran el deleite y lo comprenden en la felicidad, porque ningún
ejercicio impedido es perfeto, y la felicidad es una de las cosas perfectas.
Por esto el dichoso tiene necesidad de los bienes corporales y de los externos,
y también de la prosperidad de la fortuna, porque estas cosas no le
impidan. Porque los que dicen que el que está puesto en tormentos, o le
suceden muy grandes desventuras, es dichoso, si bueno es, ora lo digan
voluntaria, ora forzosamente, no saben lo que dicen. Pero porque se
añade la fortuna les parece a algunos, que felicidad y buena ventura es
todo una misma cosa, no siéndolo, porque la buena ventura o buena dicha,
si demasiada es estorbo para la felicidad, y que por ventura ya no es justo
llamarla buena dicha, porque la definición de la buena dicha va dirigida
a la felicidad. Y el ver que todos, así bestias como hombres, procuran
el deleite, es alguna manera de argumento para entender que el sumo bien es
deleite:
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Porque la fama puesta y celebrada |
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Por muchos pueblos en jamás perece, |
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Ni de memorias de hombres es borrada. |
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Pero porque ni una misma naturaleza, ni
un mismo hábito les es a todos el mejor, ni les parece, de aquí
procede, que aunque todos procuran el deleite, no todos procuran una misma
manera de deleite. Aunque por ventura procuran todos, no la que piensan, ni las
que sabrían nombrar, sino todos una misma, porque todas las cosas tienen
en sí un rastro de divinidad, sino que se han alzado con este nombre los
deleites sensuales, porque encontramos con ellos muchas veces, y participamos
todos dellos. Pues como de solos estos deleites se tiene vulgarmente noticia,
por eso les parece a los hombres vulgarmente, que solos aquellos son deleites.
Pero es cosa muy clara y manifiesta, que si el deleite no fuese cosa buena y
también el ejercicio, que el que es bienaventurado no vivirá vida
suave. Porque ¿para qué habría menester este tal al
deleite, si no fuese cosa buena? Y aún acontecería que el
bienaventurado viviese vida llena de molestias, pues la molestia ni es buena ni
mala, pues tampoco lo es el deleite. Y si esto es así, ¿por
qué huye de las pesadumbres? Ni aun la vida del bueno sería suave
y deleitosa, si no lo fuesen también sus ejercicios.
  Capítulo XIV
De los deleites corporales
Ha mostrado ser el sumo bien cosa en
extremo deleitosa, y que por esto se puede decir que el deleite es el sumo
bien, aunque haya algunos deleites sensuales malos. Por esta ocasión
trata en este último capítulo de los deleites sensuales, y
declara una muy saludable filosofía, en que muestra de dónde
procede que los deleites sensuales siendo malos así emborrachan, y
muestra que este mal procede de una falsa aparencia de bien que traen consigo,
con que engañan a los mozos mal experimentados, y que todo lo que reluce
(como dicen) les parece oro, y también a los hombres melancólicos
por su mal hábito de cuerpo, el cual piensan podrán remediar con
los deleites corporales.
Los que dicen, pues, que hay algunos
deleites dignos de escoger en gran manera, como son los honestos, pero no los
corporales y los que sigue el hombre disoluto, tienen obligación de
tratar de los deleites corporales. ¿Por qué, pues, son malas las
molestias contrarias de los deleites corporales? Porque a lo malo lo bueno le
ha de ser contrario. ¿O diremos desta manera, que los deleites
corporales necesarios son buenos, pues todo lo que es malo es bueno? ¿O
hasta cuánta tasa diremos que son buenos? Porque cuando ni en los
hábitos ni en los movimientos hay exceso en lo bueno, tampoco lo hay en
el deleite dellos; pero cuando en aquéllos lo hay, también lo hay
en su deleite. Pues en los bienes corporales hay exceso, y el ser uno malo
procede de procurar demasiada y excesivamente los bienes corporales, y no por
procurar las cosas necesarias, porque todos en alguna manera se alegran con el
comer y con el beber y con los deleites de la carne, pero alégranse no
como conviene. Pero en la pesadurnbre es al contrario, porque no sólo
huye de la excesiva pesadumbre, pero generalmente de toda pesadumbre. Porque la
pesadumbre no es contraria del exceso, sino del que procura el exceso. Pero por
cuanto, no solamente conviene decir la verdad, pero también declarar la
causa de la mentira (porque esto importa mucho para ganar crédito, pues
cuando parece conforme a razón aquello, por donde lo que no es verdad
parece serlo, es causa que a lo que es verdad se le dé más firme
crédito), es bien que digamos qué es la causa por donde los
deleites corporales parecen más dignos de escoger. Primeramente, pues,
procuran los hombres el excesivo deleite y señaladamente el corporal,
por excluir la pesadumbre y los extremos della, tomando al deleite, como por
medicina para contra ellos. Son, pues, estas unas pesadas medicinas, y
procúranlas, por parecerles al contrario desto. Y por estas dos causas
el deleite parece ser cosa no buena, como habemos dicho, porque algunos dellos
son ejercicios de mala naturaleza, que ya dende su nacimiento salió tal,
como la de la bestia, o por costumbre, como los ejercicios de los hombres
viciosos; y otros porque son medicinas de cosa falta, y el tener ya en ser una
cosa, es mejor que no el hacerse, y otras suceden a las cosas ya perfetas; de
manera, que accidentariamente son aquéllos buenos. Asimismo, como tales
deleites, por ser terribles y subjetos a molestias, no los procuran sino los
que no pueden gozar de otros, de manera que ellos mismos se procuran a
sí mismos maneras para tener sed dellos, lo cual, cuando sin perjuicio
se hace, no es de reprender, pero cuando con perjuicio, es malo, porque no
tienen otras cosas con que puedan deleitarse, y el no tenerlas les es a muchos
pesadumbre por su naturaleza. Porque como nos persuaden las razones de los
filósofos naturales, siempre el animal padece; y dicen que el ver y el
oír es cosa de pesadumbre, sino que no nos lo parece (según ellos
dicen), porque estamos ya a ello habituados. De la misma manera los hombres, en
la mocedad, por la crecida del cuerpo, tienen la misma disposición que
los borrachos, y la misma juventud, de suyo es cosa deleitosa. Pero los que son
naturalmente melancólicos, tienen siempre necesidad de medicina, porque
el cuerpo destos tales, por su complexión, siempre está
consumiendo, y tienen siempre fuerte el apetito, y el deleite, ora sea
contrario, ora cualquiera, si es excesivo, despide la tristeza; y por esto los
hombres se hacen malos y disolutos. Pero los deleites que no son anexos a
molestia, no tienen exceso. Estos tales proceden de las cosas que, naturalmente
y no accidentariamente, son suaves. Llamo accidentariamente suaves las que
curan, porque de acaecer que el que sufre a la cosa medicinal que obra algo se
cure, de aquí procede que parezca cosa suave. Pero las cosas
naturalmente suaves son aquellas que hacen el ejercicio de tal naturaleza.
Aunque una misma cosa no siempre no es dulce y aplacible, por no ser sencilla
nuestra naturaleza, sino haber en ella cosas diversas, de donde procede ser
nosotros corruptibles. De manera que si la una de nosotros hace algo, a la otra
naturaleza le viene cuesta arriba, pero cuando a ambas igualmente cuadra, ni
parece cosa aplacible la que se hace, ni pesada. Pues si la naturaleza de
alguna cosa fuese sencilla, siempre una misma acción le sería muy
suave y aplacible. Por esto Dios siempre goza de un mismo y sencillo deleite,
porque no solamente el deleite es ejercicio de movimiento, pero aun
también de quietud, y aun más consiste el deleite en quietud que
en movimiento. Pero la mudanza de todas las cosas, como dice el poeta, es una
cosa muy aplacible, por cierta imperfición y falta de natura. Porque
así como el hombre malo es fácil de mudar de un parecer a otro,
así también es mala naturaleza aquella que tiene necesidad de
trastrocarse, porque ni es sencilla, ni moderada en su bondad. Dicho, pues,
habemos de la continencia y de la incontinencia; asimismo del deleite y
pesadumbre, qué cosa es cada una dellas, y cómo algunas cosas
déstas son buenas y otras malas. Resta, pues, agora tratar de la
amistad.
Argumento del octavo libro
Declarada ya en los libros pasados toda
la materia de virtudes y de vicios, la cual para el fin humano, que es la
verdadera felicidad (como está mostrado), importa el todo,
réstale al filósofo tratar de la amistad, como de cosa muy
trillada entre los hombres, y muy necesaria para cualquier género de
estado. Que parece haber sido ésta divina providencia para que nos
amásemos los unos a los otros, que esta es la voluntad de nuestro Dios,
y para que ninguno se ensoberbeciese, que todos los hombres tuviésemos
necesidad los unos de los otros, y no hobiese estado de hombres que a otros no
hobiese menester. Porque el rey tiene necesidad de sus súbditos para
conservar su reino, y los súbditos tienen necesidad de la prudencia del
rey para vivir en paz y quietud. Y el rico tiene necesidad del pobre para que
le haga sus haciendas, y el pobre del rico para que le mantenga y le dé
en qué ganar la vida. De manera que esta nuestra vida es una manera de
feria en que, dando y recibiendo, se conserva la humana compañía.
Trata, pues, de la amistad varias cosas, como largamente lo veremos, y declara
cuán diversas maneras hay de amistad, y qué partes ha de haber en
los amigos, y cuál es la perfeta amistad y cuál la
lisonjería, y otras muchas cosas dignas de saber.
FIN DEL LIBRO SÉPTIMO
  Libro VIII
De las éticas o morales de Aristóteles,
escritas a Nicomaco, su hijo, y por esto llamados nicomaquios
  Capítulo I
De la amistad
En el capítulo primero declara
cuán necesaria cosa es en la vida humana la amistad para todos los
estados. Y aun no sólo para los hombres en particular, pero
también para los pueblos comúnmente. Ni hay tierra que no sea
inexpugnable, si entre los moradores della hay conformidad de voluntades y
amistad, ni, por el contrario, hay tierra que no sea fácilmente puesta
en servidumbre y cautiverio, si por ella pasa la pestilencia de las
disensiones. Después propone las cosas que suelen disputar del amistad,
de las cuales unas desecha, como cosas curiosas y ajenas de la disciplina
moral, y otras propone de tratar, como anexas a la disputa presente, y
necesarias.
Tras desto se sigue el haber de tratar
de la amistad. Porque la amistad, o es virtud, o está acompañada
de virtud. A más desto, es una cosa para la vida en todas maneras
necesaria, porque ninguno hay que sin amigos holgase de vivir, aunque todos los
demás bienes tuviese en abundancia. Porque los ricos y, los que tienen
el gobierno del mundo, parece que tienen mayor necesidad de amigos, porque,
¿de qué sirve semejante prosperidad quitándole el hacer
bien, lo cual, principalmente y con mayor alabanza, se emplea en los amigos? O,
¿cómo se podría salvar y conservar semejante estado sin
amigos? Porque cuanto mayor es, tanto a mayores peligros es subjeto. Pues en el
estado de la pobreza y en las demás desventuras, todos tienen por cierto
ser sólo el refugio los amigos. Asimismo, los mancebos tienen necesidad
de amigos para no errar las cosas, y los viejos para tener quien les haga
servicios y supla lo que ellos, por su debilitación, no pueden hacer en
los negocios, y los de mediana edad para hacer hechos ilustres, porque yendo
dos camino en compañía, como dice Homero, mejor podrán
entender y hacer las cosas. Parece, asimismo, que la naturaleza de suyo
engendra amistad en la cosa que produce para con la cosa producida, y
también en la producida para con la que la produce; y esto no solamente
en los hombres, pero aun en las aves y en los más de los animales, y
entre las cosas que son de una misma nación para consigo mismas, y
señaladamente entre los hombres; de do procede que alabamos a los que
son aficionados a las gentes y benignos. Pero cuán familiar y amigo es
un hombre de otro, en los yerros se echa de ver muy fácilmente. Y aun a
las ciudades también parece que mantiene y conserva en ser amistad, y
los que hacen leyes mis parece que tienen cuidado della que no de la justicia,
porque la concordia parece ser cosa semejante a la amistad. Los legisladores,
pues, lo que más procuran es la concordia, y la discordia y
motín, como cosa enemiga, procuran evitarlo. Asimismo, siendo los
hombres amigos, no hay necesidad de la justicia; pero siendo los hombres
justos, con todo eso tienen necesidad de la amistad. Y entre los justos, el que
más lo es, más deseoso de amigos se muestra ser. Pero no
sólo la amistad es cosa necesaria, mas también es cosa ilustre,
pues alabamos a los que son aficionados a tener amigos, y la copia de amigos
parece ser una de las cosas ilustres. Muchos, asimismo, tienen por
opinión que, los mismos que son buenos, son también amigos. Pero
de la amistad muchas cosas se disputan, porque unos dijeron que la amistad era
una similitud, y que los que eran semejantes eran amigos. Y así dicen
comúnmente que una cosa semejante se va tras de otra semejante, y una
picaza tras de otra picaza, y otras cosas desta suerte. Otros, por el
contrario, dicen que todos los cantareros son contrarios los unos de los otros,
y disputan desto tomando el agua de más lejos, y tratándolo
más a lo natural, porque Eurípides dice desta suerte:
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Ama la tierra al llover |
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Cuando está muy deseada, |
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y la nube muy cargada |
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Quiere en la tierra caer; |
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y Heráclito afirma que lo contrario es
lo útil, que de cosas diversas se hace una muy hermosa consonancia, y
también que todas las cosas se engendran por contiencia. Otros, al
contrario desto, y señaladamente Empédocles, dijo que toda cosa
semejante apetecía a su semejante. Pero dejemos aparte disputas
naturales, porque no son proprias desta materia, y tratemos las que son humanas
y pertenecen a las costumbres y afectos, como si se halla entre todos los
hombres amistad, o si no es posible que los que son malos sean amigos.
Ítem, si hay sola una especie de amistad, o si muchas. Porque los que
tienen por opinión que no hay más de una especie de amistad,
porque la amistad admite más y menos, no se lo persuaden con
razón bastante, porque otras muchas cosas que son diferentes en especie,
admiten más y menos. Pero desto ya está dicho en lo pasado.
  Capítulo II
Qué cosas son amables
Propuesta la utilidad de la amistad y
las dudas que della se ofrece disputar, por cuanto procede de amistad, y el
amor muévese de la cosa que es amable o digna de amar, trata en el
capítulo presente cuáles cosas son amables, y propone tres
maneras dellas: buenas, útiles y dulces, y éstas en dos maneras:
unas que son tales de suyo, y otras que, no siéndolo, son tenidas por
tales. Después declara cómo en el amor de las cosas que no tienen
sentido, no se puede fundar el amistad, por no haber corresponsión de
parte dellas.
Pero por ventura se entenderá
mejor todo esto, si se entiende y declara qué es lo que es amable.
Porque no parece que se ha de amar toda cosa, sino aquella que es digna de
amor, la cual es o buena, o suave, o útil. Aunque también parece
útil aquello de lo cual procede algún bien o algún
deleite, de manera que lo bueno y lo deleitoso serán cosas amables como
fines. Pero, ¿es verdad que aman los hombres lo que de suyo es bueno, o
lo que a ellos les es bueno? Porque discrepan algunas veces estas cosas. Y lo
mismo acaece en las cosas del deleite. Parece, pues, que cada uno ama lo que es
bueno para sí, y que lo que es absolutamente bueno, es también
absolutamente amable; pero, particularmente a cada uno le es amable porque es
bueno para él. Ama, pues, cada uno, no lo que es bueno para sí,
sino lo que le parece a él que es bueno, aunque en esto no hay ninguna
diferencia, porque aquello tal será aparentemente amable. Siendo, pues,
tres los géneros de las cosas por las cuales aman, el amor de las cosas
que carecen de alma no se dice bien el amistad, porque no hay en ellas
correspondiente amor, ni voluntad del bien dellas, porque cosa de reír
sería que uno dijese que desea todo el bien al vivo, y si desea que se
conserve es por gozar dél. Pero al amigo dicen que se le ha de desear
todo bien por su proprio respecto, y a los que desta manera desean el bien
llámanlos bien aficionados, o bien quirientes, si de parte del otro lo
mismo no les correspondo. Porque el amistad es una buena voluntad en los que en
ella se corresponden. ¿O ha de añadirse que se sepa? Porque
muchos tienen buena voluntad a los que nunca han visto, sino que los tienen en
reputación de buenos o de útiles, y lo mismo le puede acontecer a
alguno de aquellos tales para con este tal. Manifiesta cosa, pues, es que estos
tales se tienen buena voluntad el uno al otro; pero amigos,
¿quién dirá que son, no conociéndose el uno al otro
ni entendiéndose las aficiones? Conviene, pues, que el uno al otro se
tengan buena voluntad y se deseen todo bien, y que esto lo entienda el uno del
otro, y esto por alguna de las razones que están dichas.
  Capítulo III
De las diferencias de la amistad
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