 La muerte en los labiosDrama en tres actos y en prosa
José Echegaray
A LA MEMORIA DE DON GREGORIO DE LAS POZAS
PERSONAJES
| ACTORES
| | MARGARITA. | SRA. MENDOZA TENORIO. | | BERTA. | CALDERÓN. | | MIGUEL SERVET. | SR. JIMÉNEZ. | | CONRADO. | RAFAEL CALVO. | | WALTER. | VICO. | | JACOBO. | RICARDO CALVO. | | NICOLÁS. | J. CALVO. | | Soldados. | | | Esbirros. | |
La escena pasa en Ginebra,
año 1553, que fue el del suplicio de Miguel Servet.
 Acto I
La escena representa una sala modesta, pero no pobre. A
la derecha, dos puertas; se llega a la del segundo término
por dos o tres escalones. A la izquierda, primer término,
un balcón. En el fondo, otra puerta. En primer término,
a la izquierda, una mesa y un sillón; a la derecha,
otro sillón. Los términos derecha e izquierda
refiérense al espectador.
Escena I
| | |
MARGARITA,
sola.
| MARGARITA.-
(Asomada al balcón; luego, se retira.)
El sol desciende; la tarde acaba; cada vez parecen más
oscuras las aguas del lago y menos transparente el azul del
cielo. ¡Otro día sin verle! ¡Ah Conrado, mucha crueldad
es la tuya si en ti consiste la tardanza!, y si en él
no consiste, ¿por qué, Dios mío, no escuchas
mi ruego? ¡Era yo tan feliz a su lado! ¡Qué alegría
cuando llegaba el domingo y escapábamos de Ginebra,
después de oír misa en la capilla secreta de
Roger, y él, y yo, con Berta y con Jacobo, íbamos
por esos campos a los valles, a las lomas; donde no hay ni
odios, ni luchas, ni salmos que hielan, ni pregones que espantan,
ni calvinistas de traje oscuro y rostro sombrío! ¡Desde
que se marchó Conrado me parece haber caído
en un abismo sin aire y sin luz! Y luego ese Walter..., ¡que
recobre la salud, Dios mío, y que nos deje!... ¡Que
huya, que huya de esta casa ese infame calvinista! |
Escena
II
| | |
MARGARITA y BERTA, por la derecha, primer término.
| MARGARITA.-
¡Ah!... ¡Berta!... Ven, acércate. ¿Por
qué no te acercas? | BERTA.-
(Desde la puerta, levantando
el tapiz y en voz baja.) ¿Estás sola, Margarita?
| MARGARITA.-
Sola estoy; no temas. | BERTA.-
(Acercándose
poco a poco con precaución, y después de mirar
a la segunda puerta del mismo lado.) Pero él.... ¿no
vendrá? | MARGARITA.-
¿Hablas de Walter? | BERTA.-
Calla,
no pronuncies su nombre. Sí, de él te hablaba.
| MARGARITA.-
Pues nunca viene a esta sala de propio impulso,
y cuando hasta ella, por acaso, acompaña a Jacobo,
ya se le oye bajar la escalera, que su paso lento y firme
hace crujir la vetusta armazón. | BERTA.-
Es que si
yo lo viese, si clavase en mí su mirada... ¡Margarita,
hija mía, yo creo que me moriría de espanto!
| MARGARITA.-
Para tal espanto no hay causa, ni hay razón.
Más que a ti me repugna ese feroz hereje, ese calvinista
cruel, que en Francia y en Alemania fue azote de católicos,
que con sangre de nuestros hermanos está manchado,
y que es, aquí en Ginebra, gran consejero de Calvino;
pero entre la repugnancia y el espanto hay buen trecho que
andar, mi pobre Berta. | BERTA.-
Ya; a ti ningún mal
puede hacerte; antes debe estarte agradecido, si de agradecimiento
es capaz Walter; pero a mí... es distinto. | MARGARITA.-
¿Por
qué, Berta? (Con interés.) ¿Le conociste en
otro tiempo? | BERTA.-
(Pensativa.) Acaso. ¡Ah!... ¡Suceden
cosas, tan extrañas! | MARGARITA.-
Tú me ocultas
algún secreto, madre mía. En las dos semanas
que Walter está en mi casa ni una vez has querido
verle, y huyes cuando él se acerca, como huirías
de la muerte. | BERTA.-
Esa es la palabra; como huiría
de la muerte. | MARGARITA.-
Te ruego que me expliques tu conducta,
y callas y lloras. | BERTA.-
¿Qué otra cosa he de hacer?
| MARGARITA.-
Insisto, y huyes también de mí.
¡De mí, que te quiero como si fueses mi madre! | BERTA.-
No;
de ti no, hija mía, mi querida Margarita. Tú
eres muy buena y muy hermosa. Hermosa como las madonas que
veíamos en Italia; buena como los ángeles que
tiene Dios en el cielo. | MARGARITA.-
No me adules así,
que tal adulación como ésta dejes tiene de
blasfemia. | BERTA.-
No fuera maravilla que a blasfemia sonase;
¡quién no blasfema teniendo cerca a Walter! | MARGARITA.-
¡Otra vez! | BERTA.-
¡Sí, otra vez! ¡Ah Margarita!,
¿por qué le admitiste en tu casa? | MARGARITA.-
Por
Dios, madre, ¿qué querías que hiciese? Horrible
paroxismo le acomete al pasar por delante de ella y cae desplomado
a sus mismos umbrales; ayuda nos piden Calvino y Nicolás,
que con él venían; baja Jacobo con nosotros
y declara con la autoridad de su ciencia y la energía
de su carácter que en esta casa ha de quedarse Walter
si ha de salvarle la vida..., y aquí se queda, y aquí
le tenemos. | BERTA.-
Mal hecho. | MARGARITA.-
Pero en aquel
estado, ¿había de cerrarle mi puerta? | BERTA.-
Si la
peste negra llamase a ella, aun viniendo en compañía
de Calvino, que sí vendría, ¿le abrirías
la de tu casa? | MARGARITA.-
¡Oh Berta, no me digas cosa tal!
Walter es hereje, es infame, es maldito; pero con ser todo
eso es criatura de Dios, y yo no podía rechazar su
cuerpo inanimado, ni negar a su alma, con una hora de vida
para ese cuerpo, el arrepentimiento y la salvación
tal vez. | BERTA.-
¡Ojalá no te pese! | MARGARITA.-
Haga
yo lo que deba, y haga después Dios su voluntad soberana.
Esto me enseñó mi santa madre. | BERTA.-
Eres
un ángel; pero los ángeles no son para esta
tierra de herejes. Hija mía, Conrado volverá
pronto, y cuando vuelva... | MARGARITA.-
¡Seré su esposa!
| BERTA.-
¿Y dejaremos Ginebra para siempre? | MARGARITA.-
Para
siempre, los tres. ¡Aragón me espera con la casa solariega
de mis padres, el cielo de mi patria con su alegre azul!
| BERTA.-
¡Cuándo llegará ese día!...
Pero..., oye.... una trompeta lejana..., es un pregón...
| MARGARITA.-
(Asomándose al balconcillo.) Sí.
¡Allá, en la orilla del lago.... un sonido estridente...
tortura y dolor anuncia!... ¡Pero escucha, aquí en
la plaza..., otro pregonero!... Allí lejos le veo...,
mantellina negra pende de su metálica trompeta...;
con roncos y destemplados sones llama a la gente...; eso
no anuncia tortura: ¡Anuncia suplicio!... ¡Dios mío!
| BERTA.-
¿Qué dice? | MARGARITA.-
Nada se oye, está
muy lejos. |
Escena III
| | |
MARGARITA, BERTA y JACOBO, por
el fondo.
| BERTA.-
(Retirándose de la ventana.) ¿Quién
es?... ¡Ah, eres tú! | MARGARITA.-
(Yendo a su encuentro.)
¡Jacobo!... ¡Cuánto me alegro que vengas!.... | JACOBO.-
¿Qué
hacíais ahí, imprudentes? ¿No sabéis
que Calvino es inflexible y severo? Que ante su moral implacable
el amor a la luz es tanto como el amor a las tinieblas; y
la dicha; cosa muy parecida al mar; y el lujo, un, crimen;
y la alegría un ultraje a Dios. ¡Mujeres a la ventana
y quizá con la sonrisa en los labios! ¿De qué
servirá que los ministros, del culto reglamenten las
costumbres; que la Inquisición suiza clave su mirada
inquieta y vigilante en el hogar doméstico, si la
primera mozuela de lindo palmito, que espere a su adorado,
ha de osar echarse a los abiertos balcones prendida y adornada
con la luz del sol sobre la frente? (Todo esto dicho con
ironía, pero con ironía triste.) | MARGARITA.-
Note
burles, Jacobo. | JACOBO.-
¡Burlarme! ¡Burlarme de Calvino,
el rey pontífice, y de sus batallones de emigrados
franceses! ¡Yo, un. pobre español!, ¡un médico
que ¡ni cree en Dios ni en el diablo! | MARGARITA.-
¡Jacobo!
| JACOBO.-
Walter no me oye y vosotras no me denunciaréis.
Yo, el entusiasta admirador de Lucrecio, el discípulo
de Miguel Servet, ¿tomar a risa a caos protestantes suizos?
¡Buena me esperaba a mí, donde han sucumbido los primeros
patriotas ginebrinos, aquellos ilustres vencedores de la
casa de Saboya! Preguntad al consejero Pedro Ameaux si no
tuvo que ir descalzo, y con enorme blandón en la mano,
en retractación y penitencia de no sé qué
palabras poco respetuosas para Calvino. Que os cuente Francisco
Fabre qué tal lo pasó en el calabozo por negarse
a ser capitán de arcabuceros. Que os refiera Bosec
adónde tuvo que ir por el nefando crimen de defender
el libre albedrío contra la predestinación.
Que os diga Perrín, con ser todo un presidente del
Consejo ginebrino, si por haber puesto la cara fosca al amo
y señor espiritual de toda esta gente, no vio citada
ante el Consistorio a su propia mujer, bajo la infamante
acusación de vida escandalosa. ¿Os parece poco? Pues
no diré más; pero como remate y coronamiento
a toda esta máquina de tiranía calvinista,
alzad el tajo en que puso la cabeza el desgraciado Pedro
Gruet, y preguntad de paso a los muros de la sala de tormento
si conservan memoria de cuántos gritos le arrancó
el dolor; y si por acaso no os contestasen, más allá
del lago, a la vuelta de una verde loma, y al pie de un sauce,
encontraréis bajo tierra un tronco humano sin cabeza
y una cabeza sin tronco, que quizá recuerden lo que
la insensible piedra haya olvidado o por dura de condición
o por sobra de costumbre. | MARGARITA.-
Basta, Jacobo. | JACOBO.-
Pues
el crimen de Gruet no fue otro que el de atacar por escrito
las censuras del Consistorio. | MARGARITA.-
Todos esos que
has citado eran grandes personajes; de nosotros, gente humilde,
¿quién se acuerda? | JACOBO.-
Tan humilde como tú
es Juana, y, sin embargo, el Consejo... | MARGARITA.-
¡Ah!...
¡Juana!..., ¿decidieron ya?... ¡Habla! | BERTA.-
¡No!... ¡Escucha!...
¡Él! | MARGARITA.-
Sí; Walter. | BERTA.-
(Dirigiéndose
a la derecha.) Pues no ha de verme... | JACOBO.-
¿Adónde
vas?... ¡Berta!... ¿Por qué huyes despavorida como
si viniese el Anticristo? | BERTA.-
¡Porque él viene!
(Sale apresuradamente.) | JACOBO.-
Siempre lo mismo; el seso
perdió tu pobre nodriza. | MARGARITA.-
Silencio. |
Escena
IV
| | |
MARGARITA, JACOBO y WALTER, por la derecha, segundo
término.
| WALTER.-
(Deteniéndose un momento
después de bajar los escalones y dirigiéndose
a JACOBO; mientras, MARGARITA se sienta junto a la mesa y
se ocupa de sus labores.) Tarde vienes. | JACOBO.-
Tarde vengo,
cuando nadie me necesita; a punto llegué, cuando llegué
para salvarte. | WALTER.-
Pues te equivocas, que hoy necesitaba
de ti. | JACOBO.-
¿Quién? ¿El corazón o la cabeza?
| WALTER.-
El corazón va bien; hace muchos años
que no lo siento. | JACOBO.-
Lo creo. | WALTER.-
La cabeza es
la que va mal. Llevo en ella algo que gira; no parece sino
que traigo dentro una picota y que a su alrededor van dando
vueltas una docena de herejes. | JACOBO.-
Ya se cansarán.
| WALTER.-
De sufrirlos lo estoy yo; conque dame de esa medicina
prodigiosa que entre tú y el diablo inventasteis,
y que me deja más sosegado que una plática
de Calvino o que una noche de buen sueño. (Se sienta
en el sillón de la derecha.) | JACOBO.-
No puede ser.
| WALTER.-
Puede ser, pues yo lo quiero. | JACOBO.-
(Con ironía.)
Pues yo no, y de tu cuerpo respondo al Consistorio y a las
cuatro iglesias de Berna, Zurich, Schaffhausen y Basilea;
conque ya ves. | WALTER.-
¿Pero hay razón? | JACOBO.-
Y
buena: que la droga es endiablada, como tú dices,
y aunque es segura, a ella sólo ha de acudirse en
casos muy extremos. (En este punto se oye, pero no muy cerca,
la trompeta de un pregón.) | MARGARITA.-
Otra vez el
pregón. (Acercándose a la ventana.) Sí;
en la plaza. Me asomaré al balconcillo de la escalinata.
¡Dios mío, pobre Juana! (Sale por el fondo.) |
Escena
V
| | |
WALTER y JACOBO.
| WALTER.-
Tendré paciencia;
eres mal cristiano, pero buen médico. | JACOBO.-
Discípulo
de Servet. | WALTER.-
¡Que Dios confunda!... ¡O que Dios ponga
en mis manos, que como en ellas caiga, ya le confundiré
yo! | JACOBO.-
Pues a la obra, Walter, porque cerca anda.
| WALTER.-
¿Quién? | JACOBO.-
¿Quién ha de ser?
El «malvado español», como dice Zuinglio. | WALTER.-
(Levantándose
con ímpetu.) ¿Qué?... ¿En Ginebra?... ¡Servet!...
¿Servet ha venido? | JACOBO.-
Así lo anuncia un pregón
que oí sobre el puente. | WALTER.-
¡Al fin!... ¡Ah!...
¡Justicia de Dios!... Pero ¿es verdad? | JACOBO.-
Al menos
lo suponen los síndicos. | WALTER.-
Sí; lo será.
Él es osado, y el abismo atrae. | JACOBO.-
(Hablando
lentamente, con tono irónico y como en forma de pregón.)
Pues requeridos los dichos síndicos por Calvino, en
forma de acusación contra el hereje, «mandan y ordenan
a todos los ciudadanos libres de nuestra libre ciudad de
Ginebra que lo denuncien y entreguen», bajo las penas de
costumbre y otras nuevas y severísimas que lo especial
del caso exige. Así gritaba allá arriba, cuando
pasé, un enorme jayán de destemplada voz, entre
cuatro suizos con picas, dos trompeteros con sendas dalmáticas
y buen golpe de gente, que, desocupada o bobalicona, a escuchar
el pregón acudía de todas las callejas. | WALTER.-
Así;
bien hacen; darle caza. ¡Y después, el suplicio, la
hoguera, con él su infame libro, y sobre aquella frente
que inspiró Satanás, una buena corona de paja
empapada de azufre! Esto, no más, hay que prevenir
para ese infame discípulo de Maniqueo. | JACOBO.-
¡Pobre
maestro, quién te trajo a esta ciudad de Ginebra!
| WALTER.-
La voluntad de Dios, que antes de nacer nos marca
a todos camino, y derrotero, y término. Santificada
sea hoy, como siempre, y hoy más que nunca, pues nos
manda a Servet y a su Restitución del cristianismo,
ese libro abominable de que ayer me hablabas con entusiasmo
mal contenido. | JACOBO.-
Pero que, por mi desgracia, jamás
leí. | WALTER.-
Por tu buena fortuna, dirás mejor;
que si en tus manos estuviese, no habrían de servirte
ni tu ciencia, ni la salud que me has dado, ni todas tus
artes, porque a la más negra mazmorra del Consistorio
ibas a dar con tus huesos. | JACOBO.-
Nunca me forjé
grandes ilusiones sobre tu gratitud, Walter. | WALTER.-
La
gratitud es crimen cuando ataja el camino de la justicia.
| JACOBO.-
Pues no hablemos de gratitud, hablemos de justicia;
y en ley de justicia te digo que fueras injusto porque si
en mi poder cayese el tal libro, infame o sublime, que poco
me importa lo que sea, yo te juro que no habría de
engolfarme ni en sus metafísicas, que han trastornado
el seso a mi pobre maestro, ni en sus, teologías,
que le van aparejando una buena hoguera de leña verde;
y que dando de mano a Plotino y Porfirio, al mismo Hermes
Trismegisto y al mismísimo Zoroastro, sólo
habrían de buscar mis ojos «una página»...
No, «dos páginas», que serán gloria eterna
para el aragonés. Dos páginas, repito, que
no lograríais quemar, aunque en el brasero amontonaseis
más leña que leña hay en todos los bosques
de vuestras montañas helvéticas; aunque sobre
la llama soplaseis, para avivarla, más odios que odios
hay en vuestros corazones, y eso que cuento con el de Calvino;
aunque levantaseis más fuego en la hoguera, entre
católicos, luteranos y calvinistas, que fuego venís
encendiendo hace veinte años en estas maltrechas y
peor aconsejadas tierras, por campos, ciudades, plazuelas
y encrucijadas. | WALTER.-
¿Dos páginas dices? | JACOBO.-
No
más. | WALTER.-
¿Hay encanto o brujería en ellas?
| JACOBO.-
Y no flojo encanto, ni brujería de baja ralea,
sino de lo más exquisito y alambicado de la quiromancía.
| WALTER.-
¿Dan muerte? | JACOBO.-
Dan vida y dan gloria; y a
la postre, inmortalidad. | WALTER.-
¿A quien las lee? | JACOBO.-
¡No;
a ése danle sólo placer singularísimo,
y unas así como lucecillas por dentro de ese hueso
redondo que se llama cráneo. | WALTER.-
Pues ¿a quién
dan inmortalidad? | JACOBO.-
A quien las escribió.
| WALTER.-
¿A Servet? | JACOBO.-
Ni más ni menos; a Miguel
Servet, aragonés de origen, vecino que fue de Villanueva,
perturbador contumaz de iglesias protestantes, escándalo
de católicos y enemigo a muerte de Calvino. | WALTER.-
Pues
entrégame al autor de esas páginas con las
dos famosas que dices, y vuelve en busca de esa inmortalidad
de que hablabas cuando yo te avise. | JACOBO.-
Por el desgraciado
Servet temería la prueba: por ellas no. | WALTER.-
¿De
qué tratan? | JACOBO.-
De un gran misterio. | WALTER.-
¿De
la Santísima Trinidad? | JACOBO.-
No acertaste. | WALTER.-
¿Del
verbo increado? | JACOBO.-
Menos aún. | WALTER.-
¿De la
gracia? ¿Del bautismo? | JACOBO.-
Aunque te rompas el tuyo,
ni por gracia das con ello. | WALTER.-
¿No es nada de eso?
| JACOBO.-
Nada de eso, mi sublime teólogo. | WALTER.-
¿Pues
de qué tratan? | JACOBO.-
De una quisicosa que se llama,
o pudiera llamarse, «la circulación de la sangre».
¿Sabes tú lo que eso significa? | WALTER.-
Sangre he
visto correr, y mucha. | JACOBO.-
Y aun has ayudado a que corriese.
¿No es así, Walter? | WALTER.-
A veces; siempre que
lo exigió la religión; cuando lo apeteció
la venganza. | JACOBO.-
«Correr» no es «circular»; es lo contrario.
| WALTER.-
¿Pues por dónde circula? | JACOBO.-
A lo que
yo comprendo, por dentro de toda tu máquina; ahora
mismo y aprisa, por tu cerebro, en esa danza de picota de
que hace poco te doliste. | WALTER.-
Embustes o hechicerías.
Si son engaños, como presumo, buen embaucador es tu
maestro; si fuesen verdades, como supones, ¿de qué
las sabe él? ¿Ni quién se las dijo? ¿Ni cómo
descubrió lo que Aristóteles ignoraba? Pacto
con algún espíritu de las tinieblas tendrá,
y bastará esta prueba, si otras no hubiere, de que
practica magias y hechizos y artes abominables. | JACOBO.-
Será
lo que quieras, pero media vida diera yo por leer ese pasaje
de su libro. | WALTER.-
Y como a leer el libro de Servet te
dieses, de la otra media vida yo me encargaba. | JACOBO.-
Gracias,
Walter; pero no aspiro a la gloria de Pedro Gruet, ni apetezco
lo que a la pobre Juana habéis preparado. | WALTER.-
¿Fallaron
los síndicos? | JACOBO.-
¿No has oído unas trompetas
destempladas y lúgubres? | WALTER.-
Sí. ¿Acaso
eran...? |
Escena VI
| | |
WALTER, JACOBO y MARGARITA, por el
fondo.
| MARGARITA.-
¡Dios mío!... ¡Dios mío!...
¡Walter!... | WALTER.-
¿Qué ocurre, Margarita? | JACOBO.-
Pálido
está tu rostro; lágrimas lo inundan. ¿Qué
tienes? | MARGARITA.-
¿No habéis oído? | JACOBO.-
Sí;
el pregón. | MARGARITA.-
(Sollozando.) ¡Juana!... ¡A
muerte!... ¿En la hoguera?... ¡En esta misma plaza!... ¡Ah
Walter, no es posible! ¡No seréis tan crueles! | WALTER.-
Mal
nombre pones a nuestra justicia. | MARGARITA.-
¡Justicia! No
lo es; no puede serlo. Juana es inocente; lo juro. ¡Ella
hechicerías! ¡Virgen santísima! ¡Es tan buena!
¡La quería yo tanto! ¡Cuántas veces esta primavera
pasada nos sentábamos juntas en el jardín,
al lado del rosal! | JACOBO.-
Lo abrasó el sol de este
verano. ¡Mal presagio! Si el fuego del cielo lo convirtió
en marchito ramaje, cuenta no quiera el ramaje convertirse
en fuego. | MARGARITA.-
No, Jacobo, no digas eso; no es posible.
Walter no lo consentirá. ¿Verdad que no lo consentirás?
Y tú lo puedes todo con Calvino. Oye, Walter: yo te
recogí en mi casa cuando a su puerta caíste
sin aliento; yo te velé muchas noches; sequé
tu frente empapada de sudor; humedecí tus secos labios.
Oye, Walter: yo no te conocía antes; si algo sentí
al verte, fue miedo, y, sin embargo, recé por ti,
lloré por ti. ¡Ya ves que he sido buena, muy buena,
contigo! | WALTER.-
Dios lo quiso; Él dispuso que lo
fueses; no reclames para ti méritos que no son tuyos.
| MARGARITA.-
¡Walter! | WALTER.-
Eso no quita para que, en lo
humano, yo te agradezca el esmero con que me cuidaste. Pero
si por gracia de Dios este compasiva, porque Dios retiró
de ella tu mano, fue Juana culpable, y no han de valerle
tus merecimientos, cuando ni aun para ti son tuyos. | MARGARITA.-
Eso
que dices... | WALTER.-
Basta; tu ruego me golpea en el cráneo
como una maza de plomo. Calvino sabe lo que hace; hay mucho
que corregir; la debilidad es un crimen, y la mujer fue siempre
para el pecado tentación y apetito. (Alejándose
de ella con enojo.) | MARGARITA.-
¡Walter! ¡Por Dios santo,
no me rechaces! | WALTER.-
¿Y por qué no he de rechazarte?
¿Crees tú que si tú misma cayeses mañana
en el abismo de la culpa yo te ampararía? Mira, Calvino
explica esto bien. El libre albedrío no existe; quien
delinque, delinque por voluntad divina; su crimen es sello
de infamia y muerte que Dios pone: sobre él; es el
dedo del Altísimo que le señala, y que claramente
ordena su castigo. ¿Y no habíamos de castigar nosotros?
Predestinados al bien o al mal nacemos todos, recoja cada
cual lo suyo. | MARGARITA.-
(Con exaltación.) ¡Ah! ¡Esa
doctrina es impía, es execrable, es falsa! ¡Yo, yo,
que soy una pobre mujer, digo que es falsa! | WALTER.-
(Con
voz amenazadora.) ¡Margarita!... | JACOBO.-
¡Margarita!...
(Conteniéndola.) | MARGARITA.-
(A JACOBO.) ¡Dejame!
| WALTER.-
¡Desdichada! | JACOBO.-
(Señalando hacia la
puerta del fondo.) Silencio. |
Escena VII
| | |
MARGARITA, WALTER,
JACOBO y NICOLÁS LAFONTAINE, por el fondo.
| WALTER.-
Nicolás,
bien venido. | NICOLÁS.-
Walter, bien hallado. | WALTER.-
(A
MARGARITA, en voz baja.) No quiero recordar lo que has dicho,
y con no recordarlo, si mucho hiciste por mí, no hago
yo menos en tu favor. | NICOLÁS.-
(A WALTER.) Ni cuando
argumentabas en el Consistorio te vi color más encendido.
| WALTER.-
La frente me arde; me hierve el pecho; no estoy
bueno, Nicolás. | NICOLÁS.-
Y aun así,
argumentabas cuando llegué. | WALTER.-
La santa doctrina
ha de sustentarse hasta en la hora de la muerte. | NICOLÁS.-
¿Era
contra Jacobo? | JACOBO.-
¡Dios me libre! | NICOLÁS.-
Entonces...,
si no eres tú... Que..., ¿sería? (Señalando
a MARGARITA.) | WALTER.-
Dudas, que yo quise resolver, sometió
a mi experiencia. | NICOLÁS.-
Consulta te traigo también,
Walter; pero de mayores alturas viene. | WALTER.-
¿Es de Calvino?
| NICOLÁS.-
Precisamente. | WALTER.-
Honor y grande sería
para mí, si en estas materias cupiesen vanidades humanas.
Discutiremos. (Pequeña pausa.) ¿Y se trata...? | NICOLÁS.-
De
Servet y de su proceso. | WALTER.-
¿Dieron con el malvado español?
| NICOLÁS.-
Todavía no; pero se dará con
él. | WALTER.-
¿De suerte que Calvino por anticipado
se ocupa...? | NICOLÁS.-
De su acusación ante
el Consejo. Yo la sostendré como parte criminal; el
hermano de Calvino será mi fiador; los puntos teológicos
vienen en ese papel. | WALTER.-
¿Cuántos son? | NICOLÁS.-
Treinta
y ocho. | WALTER.-
Con uno me basta para encender su pira en
esa plaza. | JACOBO.-
(Aparte, a MARGARITA.) Y con los restantes
a mí para encender la suya en el infierno. | WALTER.-
¿Los
principales? | NICOLÁS.-
Son éstos. Se le acusa
de negar la Trinidad santísima, la divinidad de Cristo
y la inmortalidad del alma. En fin, aquí están
todos. (Mostrando un papel.) | WALTER.-
Pues ven, ven; ahora
mismo quiero verlos. (Dirigiéndose a la puerta de
la escalerilla.) | NICOLÁS.-
Sin embargo..., si tu cuerpo
anda débil... | WALTER.-
Mi voluntad es fuerte. (Sigue
marchando; NICOLÁS le sigue.) | JACOBO.-
(Desde su puesto
y riendo irónicamente.) ¿Tu voluntad, Walter? ¿De
voluntad hablas? ¿Luego con libre albedrío te supones?
¡Como yo fuera miembro del Consistorio o del pequeño
Consejo, sin una buena acusación de hereje no te escapabas
de mis manos! | WALTER.-
(Desde lo alto de la escalerilla y
ya junto a la puerta, pero volviéndose a JACOBO, que
está siempre en primer término.) ¡Pues a ello,
y a ver cómo prueba algo contra mí el médico
famoso de los filtros endiablados! | JACOBO.-
Que tú
aprovechas. | WALTER.-
Pero que tú fabricas. | JACOBO.-
¿Quién
es más culpable? | WALTER.-
El que lo es por oficio.
| JACOBO.-
Que da la vida. | WALTER.-
Pues más dijera
yo que va la muerte conmigo. (Salen él y NICOLÁS.)
|
Escena VIII
| | |
MARGARITA y JACOBO.
| JACOBO.-
Y en eso acierta.
| MARGARITA.-
¿De modo que Walter...? | JACOBO.-
Lleva la condenación
en el alma, según tú dices; y la muerte en
el cuerpo, según digo yo. De lo tuyo nada sé;
de lo mío respondo por ante Hipócrates y Galeno
y la Universidad de París. | MARGARITA.-
¿Pues cómo?
| JACOBO.-
Del primer ataque le salvó mi famoso filtro,
como él dice; vendrá el segundo muy pronto,
y aún le sacaremos a tierra de vivos; pero ¡qué
poco durará después! Días, horas, quizá
instantes. | MARGARITA.-
Sea de él lo que Dios disponga;
pero..., ¡ah, mi pobre Juana! |
Escena IX
| | |
MARGARITA, JACOBO
y BERTA, por la derecha, primer término.
| BERTA.-
(Avanzando
la cabeza poco a poco, mirando a todas partes y entrando
después con grandes demostraciones de alegría.)
¡Margarita!... ¿No está?... ¿Verdad que no está?...
¡Ay, Dios mío! | JACOBO.-
Marchóse a sus alturas.
Entra sin empacho, y acaba de una vez con tus aspavientos
y conturbaciones, que vas estando temosa con el tal Walter.
| BERTA.-
¡Margarita!... ¡Si supieses!... ¡Estaba yo en el
jardín, y por entre los mal unidos tablones de la
empalizada me llamaron!... Me llamaron.... y voy... (Dirigiéndose
al fondo.) | MARGARITA.-
(Deteniéndola.) Pero ¿quién
era? | BERTA.-
«¡Berta!-dijo alguien-. Corre, ve y abre...
¡Pronto!» | MARGARITA.-
Pero ¿quién era? | BERTA.-
(Abrazando
a MARGARITA.) ¡Quién ha de ser cuando pongo tanto
afán en obedecerle! (Se separa presurosa de MARGARITA,
y se va hacia la puerta del fondo.) | MARGARITA.-
(Yendo tras
ella.) ¡Conrado! | BERTA.-
¡Ese!... ¡Ese!... ¡Mi Conrado! (Sale
presurosa.) | MARGARITA.-
¡Gracias, Dios mío! |
Escena
X
| | |
MARGARITA y JACOBO.
| JACOBO.-
¡Ya era tiempo! Y ahora
lo que importa es no perderlo más. Mañana doy
por bueno a Walter, ¡que es dar!, y os deja libres; rociáis
la casa con agua bendita, como primera precaución;
os encomendáis a Dios misericordioso, como quien afronta
mortal empresa, y os casáis en la capilla de Roger
antes del tercero día. Con lo cual y con despediros
de vuestro buen Jacobo, sin dar más espacio al diablo,
¡a España!, que ancha es Ginebra por hoy para calvinistas;
y para suizos, Suiza; pero no para españoles, cristianos
viejos y católicos de los de ¡Roma y el Apóstol!
|
Escena XI
| | |
MARGARITA, JACOBO, CONRADO y BERTA. Los dos
últimos, por el fondo; CONRADO, con gran apresuramiento
y ansiedad.
| CONRADO.-
¡Margarita! (Corriendo hacia ella.)
| MARGARITA.-
¡Conrado!... ¡Al fin!... ¡Para siempre! (Yendo
a su encuentro.) | CONRADO.-
Para siempre, ¡amor mío!...
¡Jacobo!... (Tendiéndole la mano.) Pero ¡oye!... (Volviéndose
hacia MARGARITA.) | MARGARITA.-
¿Qué tienes, Conrado?
¡Algo más que el contento de verme hay en ti! | CONRADO.-
¡Hay
alegría; pero hay angustia horrible también!
| MARGARITA.-
¿Por qué o por quién? | CONRADO.-
Por
un hombre... | MARGARITA.-
Sigue. | CONRADO.-
¡A quien en otro
tiempo llamaba padre; por un español que salvó
mi vida; por el ser más perseguido y desdichado que
conozco; por el alma más noble que existe! | JACOBO.-
(Aparte,
como adivinando algo.) ¡Ah!... ¿Qué dice?... | MARGARITA.-
¿Y
en peligro está? | CONRADO.-
¡De muerte! | MARGARITA.-
(Diciéndole
con ademán enérgico que se vaya.) ¡Pues a salvarle!
| CONRADO.-
Tú lo puedes. | MARGARITA.-
Que es poder tú.
Di cómo. | CONRADO.-
Abriéndole la puerta de
tu casa. | MARGARITA.-
¿No es tuya más que mía?
| CONRADO.-
¡Casa! ¡Ah, yo no la tengo! Cuarto mezquino de
mísero estudiante, que con otros divido; a tenerlo
no le trajera a la tuya. | MARGARITA.-
¡Calla, cruel! ¡Que
hasta hoy jamás me ofendiste! | CONRADO.-
¿Luego consientes?
| MARGARITA.-
¿Por qué tardas en ir a buscarle? | CONRADO.-
Abajo
espera. | MARGARITA.-
¡Pues pronto! | CONRADO.-
(Estrechándole
la mano.) Gracias, Margarita. | MARGARITA.-
¡Conrado! | CONRADO.-
Se
llama... | MARGARITA.-
¡Qué importa! ¡Ve! | CONRADO.-
Sí;
los instantes son siglos. (Sale apresuradamente.) |
Escena
XII
| | |
MARGARITA, JACOBO y BERTA. MARGARITA corre a la puerta
de la escalerilla y la cierra y la asegura. Después,
viene al primer término.
| BERTA.-
(A JACOBO.) ¿Quién
será?... ¡Margarita y yo oímos dos pregones
desde el balconcillo de la escalinata: uno, el de Juana;
otro, el de Miguel Servet!... ¡Si fuese!... | JACOBO.-
¡Si
fuese! ¡Dios mío, qué idea! | BERTA.-
(A MARGARITA.)
¿Qué has hecho? | MARGARITA.-
Cerrar aquella puerta.
Y ahora, prepara el pabellón del jardín para
ese desdichado. Nadie ha de verlo, nadie, y Walter menos
que nadie. | BERTA.-
Margarita, los impulsos más generosos
son a veces los más imprudentes. ¿Sabes lo que vas
a hacer? |
Escena XIII
| | |
MARGARITA, BERTA, CONRADO y SERVET;
los dos últimos, por el fondo.
| MARGARITA.-
Sí,
madre; cumplir mi obligación. | CONRADO.-
(A SERVET,
desde que entran.) ¡Ésa..., ésa es mi Margarita!...
| JACOBO.-
¡Él!... ¡Servet!... | BERTA.-
(A MARGARITA.) ¡El
proscrito!... ¡El hereje! | MARGARITA.-
(A BERTA.) Lo sabía.
(Adelantando unos pasos hacia SERVET.) Señor... (Todo
esto, rápido.) | SERVET.-
Conrado lo ha querido; fuerzas
me faltaban, y cedí a su ruego. Pero al verte, niña
angelical, vacilo entre dos contrarios impulsos: el de la
gratitud me lleva a tus plantas; el del remordimiento me
arroja otra vez a esa triste plazoleta, en donde me recogió
Conrado, y que fue reposo de un instante en esta eterna calle
de mi amargura. | MARGARITA.-
No harás eso, si de algo
sirve mi súplica. | JACOBO.-
(Adelantándose.)
Eso harás, si algo vale para Miguel Servet el leal
consejo de un compatriota, de un amigo, de discípulo.
| SERVET.-
¡Ah!... ¡Jacobo!... ¡Mi buen Jacobo! (Se abrazan.)
| JACOBO.-
Sí, tu buen Jacobo, que te dice: huye de
esta casa; quiso salvarte, y al abismo te arroja. (Señalando
a CONRADO.) | CONRADO.-
¡Yo!... ¡Al abismo! ¿De qué
modo? | JACOBO.-
Trayéndole a donde está Walter.
| CONRADO.-
¡Walter aquí! | JACOBO.-
Y por si él
no bastase, arriba tienes a Nicolás Lafontaine. | CONRADO.-
¡Ira
de Dios!... (A SERVET.) ¡Huyamos! | SERVET.-
¡Sea! Pero dejadme,
dejadme solo; me fatiga esta lucha. Yo mismo me entregaré
al primer esbirro que encuentre, diciéndole: «Yo soy
Miguel Servet y éste es mi libro; no nos busquéis
más, que al triunfo o al martirio venimos los dos.»
(Dice esto mostrando un libro bajo la ropilla y hablando
con exaltación.) | CONRADO.-
No; eso, no. Pero ven por
allí. (Señalando hacia el fondo.) | MARGARITA.-
Eso,
tampoco; por allá, al pabellón del jardín.
(Señalando la primera puerta de la derecha.) ¿Dónde
más seguro que en la misma casa que ocupa Walter?
¿Quién ha de buscarle en ella? | CONRADO.-
Es cierto.
| JACOBO.-
En eso, bien mirado, razón tienes. | MARGARITA.-
Walter,
ya restablecido por completo, saldrá mañana;
tú me lo asegurabas ha poco. (A JACOBO.) Y después
nos queda la buena sombra de su mala sombra que sólo
por obra de Dios pudo convertirse en algo bueno cosa tan
funesta. Creedme, tan seguro estará aquí Miguel
Servet como jamás estuvo en parte alguna. | CONRADO.-
¡Oh
Margarita, si no fuese mi amor adoración fervorosa
para el alma que Dios puso en ti, orgullo sería sin
límites por el peregrino ingenio que le plugo darte!
Ya lo veis; todos perdemos el juicio y el sentido, menos
ella, y la mejor prueba de juicio y de sentido que nos resta
por dar, creedme a mí también, es obedecerla
ciegamente. Al pabellón del jardín. | JACOBO.-
Pues
sea, que a discreción nadie le gana, y me doy por
vencido. (Con rapidez, como todo lo que sigue.) | BERTA.-
(Aparte.)
¡Dios mío! ¡Ese hombre en nuestra casa! | MARGARITA.-
(A
SERVET.) Ven. | CONRADO.-
Sí, Servet, vamos. | JACOBO.-
Y
pronto, porque si bajan... | MARGARITA.-
No temas; cerré
aquella puerta, y, además, se les oye venir. | CONRADO.-
(Invitando
a SERVET.) No obstante... | SERVET.-
Un momento. Bien pensado,
yo no puedo, pobre niña, aceptar tu sacrificio. ¿Qué
culpa tienes tú de que yo quisiese luchar con Calvino?
¿Ni menos aún de que el infame, ¡él, un protestante!....
me delatara a la Inquisición católica de Francia
en el Delfinado? ¿Por qué has de pagar tú,
Margarita, mis imprudencias o sus crímenes? A Miguel
Servet, la hoguera ginebrina, si éste es su destino;
a su verdugo, el fuego eterno de los réprobos; a vosotros,
el amor, la felicidad, la vida. (Dirigiéndose a CONRADO
y a MARGARITA.) Adiós; Él os bendiga, por el
bien que me habéis hecho. (Quiere salir, pero CONRADO
y MARGARITA le detienen.) | MARGARITA.-
No, Servet. Conrado
te debe la vida, ¿no es cierto? | SERVET.-
A mí, no;
a Dios. | CONRADO.-
Y a la ciencia y a la caridad que Dios
puso en ti. | MARGARITA.-
(Con entusiasmo.) Pues si él
vive por ti, no sería mucho, aunque los dos te diésemos
la vida que te debemos. | CONRADO.-
(A MARGARITA, con ansia.)
¡No; calla! ¿Morir tú? ¡No; eso, no! Pero ¿quién
habla de morir? ¿Qué mezquinos alientos tenéis?
¿No está enfrente el lago? ¿No hay barcas que lo crucen?
¡Pues dentro de dos o tres días, a Zurich, y eres
libre, y Calvino se abrasa de ira en su propio fuego, por
no lograr abrasarte en el de sus hogueras! | SERVET.-
(Tristemente;
luego, con animación) ¡No me persuadas, Conrado! ¡No
hay para mí paz, ni descanso, ni albergue seguro en
ningún rincón del globo! Me odian por igual
católicos y protestantes; malvado español,
me llaman todos. Alemania, y Francia, y Suiza, condenan mis
obras a una voz, lo mismo la Geografía de Tolomeo,
que la Biblia, anotada, que La restitución del Cristianismo.
Sentencias de muerte llueven sobre mí, como fuego
del cielo; oía esta tarde pregonar mi cuerpo, y aún
zumbaba en mis oídos el lúgubre vocear del
pregonero de Lyón. | CONRADO.-
¡Servet, mi buen amigo!...
| SERVET.-
¡Sí; bien trataban a tu buen amigo en el
Delfinado! | CONRADO.-
Por Dios, Servet, habla más bajo
y calma tu delirio. | JACOBO.-
(Queriendo llevarle.) Adentro,
Servet, que ya más tarde nos contarás tu historia.
| SERVET.-
No; es inútil. Saldré de esta casa,
volveré a la hospedería de la Rosa, y que Dios
disponga de mí lo que sea servido. ¡Ah! ¡Si yo os
digo que Miguel Servet nació para consumirse en las
llamas, qué mucho que entregue esta carne miserable
a las de una hoguera, si las de la ciencia han abrasado todo
mi pensamiento, si las del amor divino han inflamado, sublimándolo,
mi espíritu (Animándose por grados, a pesar
de las muchas protestas de todos, y reuniéndolos a
su alrededor.) ¡Por eso, por eso me odia Calvino! ¿No lo
sabíais? No soy yo, es este libro la causa de su inquina.
La restitución del Cristianismo, ¡esto, esto es lo
que le muerde en las entrañas, y por esto le asaltan
a una, como tres furias, la envidia, la rabia, y la impotencia!
| JACOBO.-
Basta, por Dios santo. | SERVET.-
(Exaltándose
cada vez más.) No, si no le temo; llegué a
Ginebra y fui el mismo día al templo donde predicaba.
| CONRADO.-
¡Insensato! | SERVET.-
¡No! ¡Calvino, él,
él el insensato! Espíritu frío, seco,
estrecho, jamás sintió sobre su frente, en
las largas hozas de la silenciosa noche, el beso místico
de su Dios, ¡y yo sí! El misterio de la Trinidad,
el más profundo de cuantos rodean la esencia eterna
del solo Dios, ante cuya grandeza me humillo, fue para él,
como para todos, misterio incomprensible, símbolo
vacío, cancerbero espantable, como yo le digo aquí.
(Golpeando el libro.) Algo, en suma, que no está hecho
para espaciarse por su frente, más estrecha y más
oscura que correaje pastor luterano. En cambio, mi Dios no
ha tenido para mí ni sombras ni misterios, y lo siento
todo luz en mi alma, toda fuego. | CONRADO.-
En él acabarás,
si no atajas los insensatos vuelos de tu fantasía.
| JACOBO.-
Ven, Servet; Walter y Nicolás pueden sorprendernos.
| MARGARITA.-
¡Sí, por Dios! | BERTA.-
(Aparte.) ¡Ah,
este hombre ha de perdernos al perderse! (Dicen lo que precede
afanándose todos, menos BERTA, que está en
acecho alrededor de SERVET.) | SERVET.-
(Como volviendo en
sí.) Perdonad; tenéis razón. Pero ¡hace
tanto que no puedo contar a nadie estas cosas!... Adiós,
niña; no quiero trocar tus bodas en funerales; sé
feliz. Adiós, Conrado; eres digno de ella. Adiós,
Jacobo; en tu frente hay luz, y fuego en tu alma. ¡Adelante!...
Adiós, amigos míos; dejadme salir. | CONRADO.-
Pero
¿tú imaginas que yo he de permitirlo? | MARGARITA.-
No,
Servet; no es posible. | CONRADO.-
Aunque tengamos que atarte
como a un loco, aquí te quedas. | JACOBO.-
Y, bien mirado,
quedarás, maestro, como lo que eres. | SERVET.-
(Sigue
andando.) ¡Sois muy buenos!... Pero es preciso. | CONRADO.-
(Poniéndose
delante.) ¡No! | MARGARITA.-
¡Servet!... | JACOBO.-
¡Oh! ¡No
le detengáis! ¡Sí él lo quiere! Corre,
corre al abismo; entrégate a Calvino, entrégale
ese libro, ¡y ya verás cómo no sólo
tu cuerpo, sino tu nombre, tu gloria, tus portentosas creaciones,
tus admirables descubrimientos, todo es humo, que un instante
se mece sobre esa colina, que por algo se llama el Campo
del Verdugo, y que luego la brisa del lago se lleva a sus
montañas para siempre! ¿Quién fue Servet? Un
insensato o un brujo, a quien quemaron en Ginebra. Sigue,
maestro, sigue. | SERVET.-
(Que, al oír las primeras
palabras de JACOBO, se detuvo y escuchó atentamente,
se va acercando al proscenio poco a poco.) ¡No!... ¡Mi libro,
no! (Apretándolo contra su pecho.) En eso, verdad
dices. Sólo quedan dos ejemplares en el mundo de toda
la edición de Baltasar Arnollet y de Guillermo Gueroult.
¡Los demás los han quemado! ¡Los han destruido! ¡Ya
no son! Pero ¿comprendes tú esto? ¡Infames! ¡Impíos!
¡Malvados!... Toma, Jacobo; toma, hijo mío; guárdalo,
¡es mi alma, mi alma entera, abrasada en el amor de Cristo,
lo que aquí te entrego! | JACOBO.-
¿A mí?...
¡A mí tu libro!... ¡Ah!... ¡Sí!... (Con loca
alegría. Desde este momento, él también
se exalta y aparece tan loco como SERVET.) ¡Sí, maestro,
dame!... ¡Ah.... por fin! ¡Por fin lo tengo. | SERVET.-
Tú
lo pondrás a salvo, ¿no es verdad? | JACOBO.-
(Apretándolo
contra su pecho.) Antes perderé mi vida que perderlo.
Aquí está el gran misterio. ¿No está
aquí? (Los dos, separándose de los demás
personajes, van a colocarse a la izquierda, cerca de la mesa,
y allí hablan en voz no muy alta, pero con exaltación
mal contenida. Quedan, pues, divididos en dos grupos: a la
izquierda, SERVET y JACOBO; a la derecha, MARGARITA, BERTA
y CONRADO.) | SERVET.-
¿El del hombre-Dios? Sí; ahí
está. | JACOBO.-
No es eso. | SERVET.-
¡Ah!, ¿el del Dios
trino? También está. | JACOBO.-
No, maestro;
tu gran descubrimiento, tu gloria imperecedera, tu adivinación
maravillosa. | SERVET.-
¿Cuál mayor gloria, ni maravilla
mayor que las dichas, ni quién, antes que yo, las
pudo comprender? | JACOBO.-
No hablo de esas teologías,
Servet. | SERVET.-
¡Ah! Tú vuelas firme, pero no tan
alto. El de la Encarnación. Por él me preguntas.
| JACOBO.-
Más bajo aún, pero más firme.
| SERVET.-
Pues no sé. | JACOBO.-
Maestro, el misterio
de la vida humana: ¡el de la circulación de la sangre!
| SERVET.-
(Con desdén.) Ya..., ¡era eso! Sí,
ahí está. Pero ¿qué importa ni qué
vale, pobre Jacobo? (Entre tanto, hablan en voz baja, dando
muestras de impaciencia y señalando hacia ellos, MARGARITA,
BERTA y CONRADO. En el calor de la conversación, y
como buscando algún pasaje, pone JACOBO el libro sobre
la mesa y lo abre y examina, discutiendo con SERVET.) | BERTA.-
¡Ah,
qué tiempos y qué hombres, y cómo desprecian
la vida cuando se enfrascan en sus sueños y delirios!...
¡Su vida... y la de los demás!... | CONRADO.-
(Dirigiéndose
a JACOBO.) Loco estás tú también, Jacobo,
tanto como tu maestro; con su teología, él;
tú, con tu ciencia, y sobre ambos van a caer Walter
y Nicolás, que será dar que reír al
diablo y dar nuevos huéspedes a los calabozos del
Consistorio. | JACOBO.-
(Como volviendo en sí.) Bien
dices. Sigue a Conrado. (A SERVET, dejando abierto el libro
sobre la mesa.) | CONRADO.-
Ven conmigo. | SERVET.-
No; he de
ir solo y por allí. (Se dirige al fondo; en la puerta
le detiene CONRADO.) | JACOBO.-
(Se aproxima al grupo que en
el fondo forman SERVET y CONRADO.) ¡Ah, maldita obstinación,
y qué cara has de pagarla! | CONRADO.-
Que no pasas.
¡Ni Aragón y Navarra juntos han de ganarme en terquedad!
| SERVET.-
¡Conrado! | MARGARITA.-
(Acercándose a la segunda
puerta de la derecha y prestando oído.) ¡Pronto! Creo
que bajan; hay tiempo, pero el preciso no más. | BERTA.-
¡Sí,
ya viene; por Dios y su Santísima Madre, huid! | SERVET.-
Adiós,
¡adiós para siempre! (Los personajes están
colocados en el orden siguiente: MARGARITA y BERTA, a la
derecha, segundo término; la primera ha subido los
escalones y está junto a la puerta; la segunda, al
pie de la escalera. SERVET, CONRADO y JACOBO, en el fondo;
SERVET, pugnando por salir; los otros dos, cerrándole
el paso. En todos, profunda ansiedad; hablan en voz muy baja
y con rapidez.) | CONRADO.-
¡Pues, no pasas, aunque todos nos
perdamos contigo! | MARGARITA.-
¡Pronto!... ¡Pronto! | JACOBO.-
¡Por
ella al menos! | BERTA.-
(Huye de la escalerilla y viene a
colocarse en la puerta del primer término, disponiéndose
a salir.) ¡Aquí están! | WALTER.-
(Golpeando.)
¿Quién cerró?... ¡Eh!... ¡Margarita! | SERVET.-
(Dirigiéndose
a la derecha.) ¡Ah!.... pues bien..., por ella.... ¡pero
mañana! | BERTA.-
(Llamándole desde la puerta.)
¡Venid! | JACOBO.-
(Acompañándole desde la puerta
del fondo hasta la primera de la derecha. El mismo movimiento
hace CONRADO.) Sí.... pronto... | WALTER.-
(Golpeando
la puerta.) ¡Margarita!... ¡Jacobo!... | SERVET.-
¡Ira de Dios!...
¡Esa es la que caerá sobre ti!... (Deteniéndose
un instante. BERTA y SERVET salen por la derecha.) | CONRADO.-
¡Gracias
al Cielo! | MARGARITA.-
(Disponiéndose a abrir la puerta.)
¿Ya? (Preguntando a JACOBO.) | JACOBO.-
Sí. (Después
de pronunciar esta palabra, y mientras MARGARITA abre la
puerta, recuerda que el libro quedó sobre la mesa,
y se precipita a recogerlo.) ¡Ah! (Dirigiéndose a
la mesa.) |
Escena XIV
| | |
MARGARITA, CONRADO, JACOBO, WALTER
y NICOLÁS. La colocación y movimiento de los
personajes son los siguientes: MARGARITA, cuando JACOBO dice
que sí, abre la puerta, baja los escalones y se retira
a un lado. WALTER y LAFONTAINE aparecen en ese momento, y
queda WALTER dominando la escena desde lo alto de la pequeña
escalera. CONRADO, en la puerta de la derecha. JACOBO se
ha precipitado para coger el libro de sobre la mesa, pero
ya WALTER está en lo alto de la escalerilla y sorprende
este primer impulso. Empieza a anochecer: poca luz en la
escena.
| WALTER.-
(A JACOBO, deteniéndole con el ademán
y hablando con enojo.) ¿Por qué huías? ¿Qué
llevas ahí? ¿Quién cerró la puerta?
¿Somos fieras para enjaularnos de este modo? (Bajando los
escalones y avanzando. NICOLÁS le sigue.) Y tú,
Margarita, ¿es así cómo honras y respetas a
tus huéspedes? ¡Hola, hola!... ¿Aumentó el
ilustre senado? ¿Quién es aquél? (Señalando
a CONRADO.) ¿No contestáis? | JACOBO.-
Ni huía,
ni sé quién os enjauló, como tú
dices. Y si de enjaular se tratase, ten por cierto que no
sois vosotros quienes más lo merecen. En cuanto a
lo que llevo en este libro, pregúntaselo a la droga
endiablada que te dio la vida, que de él ha salido.
| NICOLÁS.-
(A WALTER, en voz baja.) Serenidad finge
y muy oscuro está para verle el rostro, pero no sé
qué turbación hay en su acento. | WALTER.-
(A
MARGARITA.) Y tú, ¿nada dices? | MARGARITA.-
Digo que
mía fue la inadvertencia, señor.... y has de
perdonarme... Por lo demás, conversábamos cuando
llegasteis..., y nada oímos... Y ése.... ése...
es mi prometido. | WALTER.-
Muchas cosas pregunté, y
en montón y sin orden van llegando las respuestas.
¿Dices que tu prometido es aquél? | MARGARITA.-
Sí,
señor. | WALTER.-
(A CONRADO, que permanece en la primera
puerta derecha.) ¿Suiza por patria? | CONRADO.-
No; España.
| WALTER.-
¿Castellano? | CONRADO.-
Aragonés. | WALTER.-
¿Tu
nombre? | CONRADO.-
Conrado. | WALTER.-
¿Conrado? ¡Ah, Conrado!...
Sí; ¿por qué no? (Pequeña pausa. Los
personajes están en el orden siguiente, de izquierda
a derecha: JACOBO, NICOLÁS, WALTER, MARGARITA, CONRADO.
NICOLÁS observa con curiosidad a JACOBO, que se muestra
un tanto inquieto.) Casi con enojo me hablas, y, sin embargo,
me agrada tu voz. Hay en ella no sé qué que
me complace y me regocija. El espíritu de gracia debe
de estar contigo. Sigue, di más; ya te oigo. | JACOBO.-
Dios
os guarde. (Haciendo un movimiento para salir.) | WALTER.-
Espera,
te necesito; mi cabeza va cada vez peor; pero no me interrumpas.
Ven, Conrado, quiero ver tu rostro, y en esta sala ya no
hay luz. Acerquémonos a esa ventana y aprovechemos
la última claridad del crepúsculo. (Le lleva
a la ventana.) | NICOLÁS.-
(Aparte, y observando a JACOBO
y su libro.) Yo conozco otro libro muy parecido a ése.
De las prensas lionesas..., o algo así..., ha salido;
no hay más. Sabueso soy de herejías, y cuando
este médico lo guarda y lo acaricia, no hay que decir
si merecerá un buen rescoldo. (Se acerca más
a JACOBO; éste se retira, le alcanza, sin embargo,
y hablan en voz baja, señalando el libro.) | WALTER.-
El
mismo noble reposo que hay en tu voz, hay en tu mirada, mancebo.
Pero aguarda...; no hay duda...; sí.... yo te he visto
otra vez. | CONRADO.-
¿A mí? | WALTER.-
Ciertamente.
| CONRADO.-
¿En dónde? | WALTER.-
Junto al lago. | CONRADO.-
¿Cuándo?
| WALTER.-
Una tarde. | CONRADO.-
No lo recuerdo. | WALTER.-
Yo,
sí; escucha. (Viene con CONRADO al primer término
MARGARITA se acerca; los tres forman un grupo. Otro grupo,
JACOBO y NICOLÁS. El primer grupo, hacia la derecha;
el segundo, algo retirado, pero hacia la izquierda.) Salía
enojado del Consistorio, esa tarde que te digo, por no sé
qué disputa teológica; abrasaba mi frente;
mis labios estaban secos, irresistibles impulsos de destrucción
se agitaban en el fondo de mi ser. Llegué junto al
lago, caí sobre una piedra que de banco servía;
en un grueso tronco apoyé la espalda, sobre su ruda
corteza mi sien para contener sus latidos, y cerré
los ojos. ¿Dormir?, creo que no, ¿Pasó mucho tiempo?,
no lo sé. ¿Logré descansar?, eso sí;
descansó mi cuerpo y descansó mi espíritu.
Sobre mi abrasado rostro sentía la fresca brisa del
lago, los tibios rayos del sol poniente, no sé qué
efluvios dulces, consolados y amorosos, como los de otros
tiempos que ya pasaron. Abrí los ojos y tú
estabas cerca y me mirabas distraído; pero no eras
nota discordante en toda aquella armonía; antes bien,
en la primera vaguedad del despertar, porque ahora creo que
había dormido, me figuré que luz y calor, y
brisa y efluvios emanaban de un solo foco, y que ese foco
de misteriosa calma... eras tú... ¡Pero bravas cosas
te estoy diciendo, y bueno es que Walter ande al fin de sus
años con mimos y lagoterías! | CONRADO.-
No tienes
en verdad esa fama. | WALTER.-
Ni tampoco la apetezco. Todo
ello es que yo conozco y distingo al primer golpe de vista
los réprobos y los elegidos, y conocí que eras
uno de los últimos. Mancebo, sé feliz. (Volviéndose.)
¿Y tú, qué haces, Nicolás, que no llevas
mis notas a Calvino? (Los personajes quedan de izquierda
a derecha, en el orden siguiente: JACOBO, NICOLÁS,
WALTER, CONRADO y MARGARITA; los tres primeros, hacia el
segundo término; los dos últimos, en el primero.)
| NICOLÁS.-
Disputaba con Jacobo. | WALTER.-
¿Sobre qué?
| NICOLÁS.-
Asegurábale yo que ese libro no es
de prensa lícita y conocida. | WALTER.-
¿Y él?
| NICOLÁS.-
Lo negaba. | WALTER.-
¿Y acabasteis la disputa?
| NICOLÁS.-
No acabó, que antes se encrespaba
cuando tú nos interrumpiste, y a punto estábamos,
de ponerle yo cien coronas de oro contra un maravedí
de Castilla. | WALTER.-
¿Y aceptó él? | NICOLÁS.-
No
quiso. | WALTER.-
Pues pronto se desvanece la duda en viendo
el libro. | JACOBO.-
¿Dudas? Yo no las tengo. | NICOLÁS.-
Pero
yo sí. | JACOBO.-
Pues buen provecho te hagan, que con
ellas te dejo. (Al decir esto pasa delante de NICOLÁS
y quiere salir.) | WALTER.-
Mal corazón y buena descortesía.
(Deteniéndole.) | JACOBO.-
Él responde de ella. (Golpeándose
el pecho.) | MARGARITA.-
(En voz baja, a CONRADO.) ¡Dios mío!
| CONRADO.-
(Lo mismo, a MARGARITA.) Silencio. | WALTER.-
Dame
ese nido de víboras. (Extendiendo el brazo. CONRADO
deja a MARGARITA y va a colocarse al lado de JACOBO.) | JACOBO.-
Lo
mío es mío, y nadie pone en ello mano sin que
yo se la taladre con este hierro. (Golpeando el puñal.)
| WALTER.-
Nadie que no tenga derecho, pero ése lo tiene.
| NICOLÁS.-
Y por tenerlo... (Intenta coger el libro.
JACOBO retrocede hacia la derecha y queda junto a WALTER:
con una mano, como para huir de NICOLÁS, retira el
libro, que de este modo queda al alcance de WALTER, con la
otra coge el puñal y hace frente a LAFONTAINE.) | JACOBO.-
¡Ni
tú ni el mismo Calvino! | WALTER.-
Pues, en su nombre
te lo arranco! (Le quita el libro.) | JACOBO.-
¡Miserable!
(Puñal en mano se arroja sobre WALTER. CONRADO le
contiene: después los dos vienen al primer término
y con MARGARITA forman un grupo. Los gritos que siguen casi
simultáneos.) | CONRADO.-
¡Jacobo! | MARGARITA.-
¡No!
| WALTER.-
(A NICOLÁS, que se dirige a él, dándole
el libro.) Toma y mira. (NICOLÁS, mirando el libro
junto a la ventana; delante y como defendiéndole,
WALTER; más allá, formando un grupo, JACOBO,
CONRADO y MARGARITA.) | MARGARITA.-
(Aparte.) ¡Dios mío!
| CONRADO.-
(Aparte, a JACOBO.) Calma.... calma, Jacobo. | JACOBO.-
¡Déjame,
déjame, Conrado!... ¡Yo basto para los dos!... ¡Ese
libro es mío!... ¡Es mío! | WALTER.-
(A NICOLÁS.)
¿Qué es ello: árabe o turco? | NICOLÁS.-
Espera....
¡por Cristo!... ¡No!... ¡Me engaña el deseo! | WALTER.-
¿Qué
ves? | NICOLÁS.-
Detén a ese hombre. | JACOBO.-
(Recobrando
la serenidad.) No huía. | WALTER.-
(A NICOLÁS.)
¿Qué libro es ése? | JACOBO.-
El de Servet. Yo
te lo digo antes que él te lo diga. | WALTER.-
No es
cierto. NICOLÁS-Lo es. | WALTER.-
(Poniéndole
la mano en el hombro.) ¡Ah!... En nombre del Consistorio,
eres mío. | JACOBO.-
No es maravilla que ha tiempo di
mi alma al diablo. | CONRADO.-
¡Walter!, él te salvó.
| WALTER.-
De salvarle trato. | MARGARITA.-
¡Te dio la vida!
| WALTER.-
¡La del cuerpo y la del alma voy a procurarle! (Volviéndose
a NICOLÁS.) Avisa a Calvino: vuelve con gente; yo
entre tanto de él respondo, y bien pronto ha de ver
la cristiandad regocijada cómo Ginebra reprime herejías,
consume réprobos y aplica la ley del Dios de las justicias
a los impíos que hicieron rebosar la copa de sus misericordias.
| | TELÓN
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La muerte en los labios
José Echegaray
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