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    La muerte en los labios
     José Echegaray
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ArribaAbajoActo II

 

La misma decoración del anterior.

 

Escena I

 

MARGARITA y CONRADO.

 

MARGARITA.-  ¿No quieres que hable a Walter, que le pida, que le ruegue por Jacobo?

CONRADO.-  No.

MARGARITA.-  Tú has de ver cómo es preciso.

CONRADO.-  Y si el caso llega, tú has de ver cómo es inútil.  (Pausa.) 

MARGARITA.-  ¿Qué tienes, Conrado? No me miras, tu voz es áspera: hay sombras en tu frente y relámpagos en tus ojos, signos ciertos de que en tu alma ruge la tempestad.

CONRADO.-  ¿Qué tengo? Y tú me lo preguntas? ¡Ah!, Margarita, recuerda nuestra infancia y mira nuestro presente. ¡Entonces todo nos acercaba, hasta la muerte; hoy todo nos separa, hasta el deber! Mueren mis padres asesinados en las primeras luchas religiosas de Alemania, según dice Berta, y ella por caridad y amor me recoge. ¿No es esto empezar la vida por manera bien triste? Pues no tanto, porque viuda tu madre, sin amigos y en tierra extraña, y pobre y sola mi nodriza, bien pronto la común desgracia la unió bajo el mismo techo, y la miseria y la muerte, con ser ángeles de sombra, estrecharon en dulcísimo abrazo a los dos niños. ¡Y cómo nos queríamos, aun antes de saber lo que era cariño! ¡Y cómo te amé cuando supe lo que era amar!

MARGARITA.-  ¡Conrado!

CONRADO.-  ¡Hoy Jacobo en peligro, en peligro Servet, cómo pensar en bodas ni en amores!... ¡Lo que yo te decía: hoy hasta el deber, hasta la amistad nos separa! ¡Por qué habremos venido a Ginebra!

MARGARITA.-  Eramos pobres; mi madre tenía que recoger la herencia de su hermano... ¡Ya ves!...

CONRADO.-  Sí, ya veo que hubo razón; pero así es la vida: lo que parece más razonable es no pocas veces suprema insensatez. ¿Cuándo podremos huir de esta casa?

MARGARITA.-  ¡Ingrato!, ¡llorando la abandonaré yo! ¡Aquí murió mi madre!, ¡aquí me amaste!

CONRADO.-  ¡Ah!, sí. ¿Lo recuerdas, Margarita? Era una noche; tu madre y Berta trabajaban allí, junto a tosca mesa en que ahumaba más que lucía mezquina lámpara. ¡Pobres ancianas! Así las vi al entrar, porque yo no estaba.

MARGARITA.-  Es verdad.

CONRADO.-  Tú habías abierto aquella ventana; en pie, detrás de sus cristales, esperabas a que yo viniese; y un rayo de luna formaba plateado nimbo alrededor de tus rubios cabellos, Margarita. ¡Qué extraño, Margarita!, ¡qué extraño! Vivir juntos dieciocho años; primero, niños; luego, yo mozo, tú ángel; al fin, hombre yo, tú ángel siempre. Mezclar risas y lágrimas, placeres y penas; tenerte mil veces en mis brazos; quererte con toda el alma y no haberte dicho nunca: «¡Te amo, Margarita!» Y tú tampoco.

MARGARITA.-  Tampoco yo, Conrado.

CONRADO.-  Y aquella noche, sin estar juntos, tú en la ventana, yo en la calle, y al mirarte, decir: «¡Qué hermosa es, Dios mío!» Y pensar de repente: «Pero ¡si yo amo a Margarita!»

MARGARITA.-  Y abrir yo los cristales y gritarte: «¡Conrado!»

CONRADO.-  Sí, pero aquel grito era decirme: «¡Te amo!»

MARGARITA.-  Eso era.

CONRADO.-  Así es que yo te contesté: «¡Yo también, Margarita!»

MARGARITA.-  Y yo te comprendí, ¡cómo no!

CONRADO.-  No, si las palabras son inútiles cuando las almas se comprenden. ¡Ah! ¡Dios mío, cómo subí! ¡No era subir, era remontarme a un cielo!

MARGARITA.-  ¡Y cómo te esperaba yo!

CONRADO.-  ¿Te acuerdas? Entré, y sin decirnos nada nos cogimos de las manos, y nos acercamos a las pobres ancianas. Te arrodillaste tú, llorando, y ocultaste el rostro en el seno de tu madre, y yo dije: «Nos amamos; has de ser mi esposa; me muero sin ella.»

MARGARITA.-  «Y yo no puedo vivir sin él», repetí yo, como si mi voz fuese un eco de la tuya.

CONRADO.-  Y lo era.

MARGARITA.-  Sí.

CONRADO.-  Y las pobres mujeres... ¿Te acuerdas?... ¡Primero, qué sorpresa; después, qué alegría; al fin, qué crueldad! «Bien, será tuya -dijo tu madre-; pero, hasta entonces..., ya ves, hijo mío..., no podéis vivir juntos.» De manera que nos separamos y fuime con Jacobo. ¡Nuestro primer grito de amor fue nuestra primera separación!

MARGARITA.-  Es verdad.

CONRADO.-  Pero, en fin, ¡iba a ser tan corta! ¡Ya las lámparas del desposorio eran estrellas en el cielo de mi esperanza... cuando murió tu madre!

MARGARITA.-  ¡Pobre madre mía!

CONRADO.-  ¡Trocáronse las bodas en funerales!

MARGARITA.-  ¡Ah, Conrado, en aquellos días de llanto pensé a veces que os había perdido a los dos!

CONRADO.-  Pasa un año; clarean los enlutados ropajes; vuelven fugitivas sonrisas a tus labios... ¡A mí para siempre! ¿Quien podrá separarnos? ¡Ah, la fatalidad terca y traidora! Tengo que ir a Zurich para recoger los dispersos restos de tu herencia! ¡Separarnos de nuevo!

MARGARITA.-  ¡Oh! ¡Esta vez por breves días!

CONRADO.-  Eso creía yo; pero ¿cómo pensar en dichas ni en venturas mientras peligre la vida de Jacobo?

MARGARITA.-  ¿Temes acaso?...

CONRADO.-  ¡Sí; todo lo temo del furor de esos calvinistas! ¡Ay del noble aragonés si cae en poder de Calvino! ¡Ay de Jacobo, que ya cayó! ¡Ay de ti, si supieran que en tu casa está el blasfemo, el hereje, el demoníaco, el hombre del cancerbero! Margarita, Margarita, para un ser como tú, los calabozos del Consistorio, negros y fríos, son la muerte; la muerte son los garfios del tormento. ¿Y quién sabe? Estos herejes son feroces; por causas fútiles han sacrificado a ilustres patricios... ¡Y pensar que es por mí!... ¡Por mí!... ¡Que yo le traje!... ¡Que yo traje a Servet!..

MARGARITA.-  ¡Calla!... ¡Calla!...

CONRADO.-  ¡No!

MARGARITA.-  ¡Servet!...  (Señalando hacia la derecha.) 

CONRADO.-  Servet...  (Mirando hacia el mismo lado.) 



Escena II

 

Dichos y SERVET; éste por la derecha, primer término.

 

SERVET.-   (Deteniéndose un momento.)  ¡Ah la juventud, el amor! Sentimiento divino sería el amor si no existiese el «amor divino». Cuando un rayo de sol desciende de allá arriba, y viene a iluminar el perfumado cáliz de flor entreabierta, ¿no es verdad, Margarita; no es verdad, Conrado, que causa enojo la torpe y oscura nube que en los aires se interpone y truca la claridad de los cielos en sombra y tristeza? Vuestro amor es el cáliz; la dicha, su radiante luz; este proscrito, la negra nube. Pero no os enojéis conmigo; viento de tempestad me trajo, viento de tempestad me llevará muy pronto.

MARGARITA.-  ¡Causarnos enojos tu presencia!... ¡Servet!

CONRADO.-  Mal nos juzgas si tales cosas piensas. Importa, sí, que huyas de Ginebra, pero no por nosotros; por ti.

SERVET.-  No es posible.

CONRADO.-  Lo es. Tengo ya barca fuerte, ligera y segura; hombre tengo también; ahí enfrente te esperan cuando la noche llegue, y con Dios por guía y tu noble aliento, ver puedes el nuevo sol desde la otra orilla del lago.

SERVET.-  Te repito que es imposible.

CONRADO.-  Pero ¿por qué?

MARGARITA.-  ¿Por qué razón?

SERVET.-  Porque no he de salir de Ginebra.

CONRADO.-  Pero ¡aquí te espera la muerte!

SERVET.-  Es posible; no es segura.

MARGARITA.-  ¿Tienes alguna esperanza?

SERVET.-  La de vencer a Calvino.

CONRADO.-  ¡Ah, siempre esa idea!

SERVET.-  En disputa teológica tendría que probarme que soy hereje, y no es fácil probar lo que no es.  (Animándose por grados.)  ¡Allí tendría que convencerme Calvino de todas las cosas horribles y execrables de que me acusa! ¡Qué! ¡Si no sabéis lo que ese impío dice de mí!

CONRADO.-  Eso te da la medida de su odio.

SERVET.-  Eso sí: su odio. ¡Pues no supone que yo niego la inmortalidad del alma! ¡Cuando no hay crimen mayor que éste, porque para todos los demás hay esperanza y para un tal crimen no puede haberla!  (Exaltándose por grados.)  Quien tal cree, ni cree que hay Dios, ni justicia, ni resurrección, ni Jesucristo, ni Santas Escrituras, ni nada, sino que todo es tinieblas y muerte. Así, con estas mismas palabras, lo diré yo, y quedará escrito, y se oirá en los siglos venideros. ¡Si yo hubiese pensado o impreso tales abominaciones, inficionando con pestilencia semejante los aires y las almas, yo mismo me condenaría antes que me condenase Calvino! ¡Ah! Que yo me vea ante él, y ya me oiréis decirle: «¡Mientes, mientes, mientes sin pudor, embrollón infame. Simón el Mago, endemoniado furioso!...» No; no es posible que yo no convenciera a los demás, ya que a él por hereje y empedernido no pudiese.

MARGARITA.-   (Dejándose llevar por la exaltación de SERVET.)  ¡Le oyes, Conrado! Su alma es fuerte, su fe profunda. ¿Quién sabe?

CONRADO.-  ¡Esas ideas, ese furor por la controversia, le perderán! ¡El fuego de su fe le abrasa!

SERVET.-  ¡Eso sí; el fuego de mi fe!

CONRADO.-  ¡No comprende que está solo!

SERVET.-  Eso no: Miguel Servet no está solo, ¡porque Dios está con él!

CONRADO.-  ¡Vives en otro mundo!

SERVET.-  Mejor que éste.

CONRADO.-  Pero en éste vive Calvino, y por eso no le conoces.

SERVET.-  Porque le conozco estoy dispuesto a todo.

CONRADO.-  Perecerás en la lucha.

SERVET.-  Seré inmortal en el martirio.

CONRADO.-  ¡La pierde al perderte!  (Señalando a MARGARITA.) 

SERVET.-  ¿Perder a Margarita? ¡No! Saldré esta noche, como deseas.

CONRADO.-   (Con alegría.)  ¡Ah!

SERVET.-  Pero no para alejarme de Ginebra, sino para entregarme a Calvino.

CONRADO.-  ¡Tu!...

MARGARITA.-  Pero ¿qué dices?

SERVET.-  ¿Qué os admira? El pobre Jacobo está en poder del Consistorio por culpa mía, y es preciso que yo le salve.

CONRADO.-  Salvarle, sí; pero ¿de qué manera?

SERVET.-  Ofreciendo a Walter que yo mismo me entregaré a su amo y señor si dan libertad a mi pobre discípulo.

CONRADO.-  Pero ¿tú has hecho...?

SERVET.-  Lo que digo.

CONRADO.-  ¿Cómo?

SERVET..-Escribiendo a Walter.

MARGARITA.-  ¡Ah!... ¿Y Berta?

SERVET.-  Fue a buscar a un hombre que entregase mi carta.

MARGARITA.-  ¿Te convences de que es preciso que yo le hable?  (A CONRADO.) 

CONRADO.-  No me convenzo; pero cedo a la fatalidad, que a todos nos arrastra no sé adónde.

SERVET.-  ¿También tenéis un proyecto?

CONRADO.-  Que hará inútil el tuyo, o es Walter el más infame de los seres.

MARGARITA.-   (A CONRADO.)  Pues ve pronto.

CONRADO.-  Yo no sé resistir a tus súplicas, Margarita. Iré, aunque algo me dice aquí  (Golpeándose el pecho.)  que mal consejo me das.

MARGARITA.-  Conrado...

CONRADO.-  No temas; allá voy.  (Se dirige a la puerta del fondo; luego vuelve.)  Pero si nada consigo, te prevengo, Servet, que en cuanto cierre la noche te ato como a un demente que eres, te meto en la barca que dispuse, empuño los remos, y entre el barquero y yo nos llevamos por ese tranquilo lago, como a cualquier pobre diablo, al más sublime, pero al más desatentado filósofo de la cristiandad; el más noble, pero al más testarudo aragonés.  (Se dirige resueltamente al fondo.)  ¡Adiós!

SERVET.-  ¡Pobre Conrado! ¡Qué bueno, pero qué niño!



Escena III

 

MARGARITA, CONRADO, SERVET y BERTA, por el fondo.

 

BERTA.-   (Deteniendo a CONRADO en la puerta.)  ¿Adónde vas, hijo mío?

CONRADO.-  A donde Margarita quiere que vaya: a ver a Walter.

BERTA.-  ¡Tú! ¿A ver a ese hombre? No, pues no has de ir.

CONRADO.-  ¡Ah mi buena Berta!... ¡Déjame!

BERTA.-  No.

MARGARITA.-   (Acercándose a los dos.)  Es preciso, madre.

CONRADO.-  Presto vuelvo, no temas; al fin y al cabo, Walter no es un basilisco que mate con la vista.

BERTA.-  ¡Lo es! ¡No vayas! ¡Yo te lo ruego, hijo mío!

CONRADO.-  ¡Perdona, Berta!... ¿No ves que Margarita lo desea?  (Desprendiéndose de su nodriza.) 

BERTA.-  ¡Hijo!...

MARGARITA.-   (Conteniendo a BERTA.)  ¡Por Dios, Berta!

CONRADO.-   (Desde fuera ya.)  ¡Adiós!



Escena IV

 

MARGARITA, BERTA y SERVET.

 

BERTA.-   (Queriendo seguir a CONRADO; MARGARITA la contiene.)  ¡Conrado!... ¡Hijo mío!... ¡Ah, no me oye! ¡Así van los que van al abismo de su perdición!... ¡Insensato!.. ¡Insensato!  (BERTA y MARGARITA vienen al primer término.) 

MARGARITA.-  Pero ¿qué daño puede resultar a Conrado de ver a Walter?

BERTA.-  De ver a Walter, ninguno; de que Walter le vea, mayor daño del que tú imaginas.

MARGARITA.-   (Con extrañeza.)  ¿Por qué?

BERTA.-  ¿Por qué? No preguntes la razón de las cosas; son porque son.

SERVET.-   (A BERTA.)  ¿Llevaste la carta?

BERTA.-  ¡Yo... no! Pero busqué quien la llevase.

SERVET.-  ¿De suerte que ya estará...?

BERTA.-  En su poder.

SERVET.-  Así sea.

BERTA.-  Así será, si ha de ser causa de desdichas, que entre Walter y el mal hay atracción irresistible.  (Se sientan todos; junto a la mesa, MARGARITA y BERTA se ocupan de sus labores. En el sillón del lado opuesto, SERVET.) 

SERVET.-  Mucho le odias, y sentimiento poco cristiano es ése.

BERTA.-  Menos cristiano es él.

MARGARITA.-  Le conoció en otro tiempo, presenció las hazañas y sólo el nombre de Walter horroriza a mi pobre Berta.

SERVET.-   (A BERTA.)  ¿Le conociste?

BERTA.-  Sí.

SERVET.-  ¿En dónde?

BERTA.-  En Alemania.

SERVET.-  ¿En qué ciudad de Alemania?

BERTA.-  En Witemberg.

SERVET.-  ¿Era ya reformista?

BERTA.-  Y verdugo de católicos. Más de una vez la sangre de nuestros hermanos saltó a su frente, y el humo del incendio tiznó su rostro, y del rasgado paño del altar hizo dogales. Fue en los campos soldado de la herejía; cabeza de motín en las ciudades; asaltó iglesias como lobo carnicero en desamparado aprisco, y blandió su brazo enorme martillo de herrero contra las sagradas imágenes, agudo puñal de Italia contra mujeres y niños.

MARGARITA.-  ¡Jesús, Berta! No es posible. En esa pintura hay exageración. Perversa es su índole, pero en todo hay límites, hasta en el mal.

BERTA.-  Pues eso decían.

SERVET.-  Sin duda sus enemigos.

BERTA.-  Que para el caso lo eran todos, porque todos repetían el mismo son.

MARGARITA.-  No, Berta, Satán existe, pero en sus infernales antros.

BERTA.-  Y a veces también bajo forma humana; esto se sabe, y el que lo niegue poco aprendió de magias y de hechicerías.

MARGARITA.-  ¡Dios nos libre!

SERVET.-  En suma, tú sólo conoces las maldades de Walter por cuentos de viejas y por inquinas de católicos. Yo le conozco más y mejor, ¡que por experiencia hablo!, y con todo, no le creo tan malo.

BERTA.-   (Exaltándose.)  Por experiencia hablo yo también.

SERVET.-  ¿Tú?  (Mirándola fijamente; MARGARITA suspende su labor.) 

BERTA.-  Sí.

SERVET.-  ¿Tú le has visto asaltar templos?

BERTA.-  ¡Pues no! Y profanar altares.

SERVET.-  ¿Tú le has visto matar?

BERTA.-   (Exaltándose más.)  ¡Matar mujeres!... ¡Y niños!... No; eso no; matar niños no le he visto, pero es muy capaz.

MARGARITA.-  Cuenta, madre; cuéntanos la historia de Walter. No sé por qué, pero quiero saber quién es Walter.

BERTA.-  ¿Quién es? Ya lo sabes, por desgracia; y si no, pregúntaselo al desdichado Jacobo.

MARGARITA.-  Pues bien: si sé quién es, quiero saber quién fue.

BERTA.-  Un ciudadano de Witemberg; esposo de la mujer más buena y más hermosa de la Sajonia, y padre de un ángel que por no tener alas no pudo volar al cielo.

SERVET.-  ¿Le amaba Walter?

BERTA.-  ¿A quién?

SERVET.-  A su hijo.

BERTA.-  No; él jamás amó. Le miraba, sí, horas enteras sin fruncir el entrecejo ni apretar los dientes, que esto era en él el límite supremo de la ternura; pero nada más.

SERVET.-  ¿Ni un beso siquiera?

BERTA.-  ¿Un beso? Tampoco; nunca... Sí, una vez; yo creo que entre sueños, por distraído, más que por amante.

MARGARITA.-  Vamos, Berta, eso ya no es justicia.

BERTA.-  Te diré cómo fue.  (Pausa. MARGARITA y SERVET escuchan con interés marcado.)   Era la caída de la tarde. Walter salió al jardín y dejóse caer en un banco de piedra; el niño jugaba entre las flores; le vio su padre y le llamó, y hacia él fuese el pequeñuelo. Púsole al fin sobre sus rodillas, le miró largo rato y cerró los ojos. No sé cuánto tiempo pudo pasar; ello es que el niño permaneció inmóvil. Despertó Walter, le contempló con afán, le apretó entre sus brazos, y entonces..., entonces fue cuando le dio un beso. Aquel grupo, iluminado por el sol poniente, parecióme que era Satanás y un ángel besándose en un rayo de luz.

SERVET.-  Todo lo que quieras, pero le besó.

BERTA.-  Fue maldad, no amor; y la prueba es que el niño, que al principio reía, al fin se echó a llorar, y yo tuve que ir a quitárselo a su padre.

SERVET.-   (Con extrañeza.)  ¡Tú!

MARGARITA.-   (Ídem.)  ¡Tú!

BERTA.-  Yo..., que casualmente estaba allí; éramos muy amigas la nodriza del niño y yo... ¿Qué hay en esto que os extrañe?  (Turbada.) 

SERVET.-  Bien mirado, nada. Pero decías que habíasle visto asaltar templos, romper imágenes y matar mujeres, y nos encontramos con que hasta ahora sólo le has visto dar un beso a un niño.

BERTA.-  Y también... «¡lo otro!».

MARGARITA.-   (Con cierta impaciencia.)  Pues di, acaba; ¿cómo fue?, ¿cuándo?, ¿por qué?

SERVET.-  Si en ello no hay misterio...

BERTA.-  ¿Misterio?... ¡No! ¡No creáis!... El hecho fue público...

SERVET.-  Pues dinos lo que sepas.

BERTA.-   (Fingiendo indiferencia.)  Pues lo diré; sí, lo diré. Fue el caso que la pobre mujer de Walter era católica, y católica la nodriza del niño..., aquella amiga mía.

SERVET.-  ¿Pero Walter?...

BERTA.-  ¡Lo ignoraba!... ¡Ya lo creo que lo ignoraba!

SERVET.-  Y bien...

BERTA.-  Pues llegó un domingo. Walter había ido de expedición; luego se supo cuál era. Conque no le esperábamos; mal hace quien no cuenta con él. Las luces de la mañana blanqueaban el horizonte, cuando la pobre Dorotea, y el niño, y yo.... y, además, por supuesto, la nodriza.... nos deslizamos por las oscuras y revueltas callejas hasta llegar a casa de don Gonzalo, un buen hidalgo español que tenía capilla secreta, y sacerdote católico y licencia de Roma. Entramos y empezó al punto el santo sacrificio de la misa, que sacrificio fue al cabo. ¡Dios mío, veinte años han pasado y aún me parece que veo aquella escena, tan en paz al principio, tan horrible al fin!  (Se levanta agitada; MARGARITA y SERVET se levantan al mismo tiempo y se acercan a ella con afán.) 

MARGARITA.-  Sigue.

SERVET.-  ¿Y qué más?

BERTA.-   (Como evocando recuerdos.)  Dorotea de rodillas; de rodillas yo, empeñada en que el niño doblase las suyas. ¡Pobre pequeñuelo!, me miraba, sonreía y vuelta a levantarse. Don Gonzalo, junto al altar; a su alrededor, la servidumbre, algunas velas encendidas, mucha sombra en los muros, por una claraboya del techo un rayo del alma; el sacerdote, sus cabellos blancos, una campanilla que a intervalos suena débilmente; una pequeña nube de incienso que parece que sube por el rayo de luz ¡Qué dulzura, qué calma, qué inefable misterio!...  (Pequeña pausa.) 

MARGARITA.-  ¿Y después?

SERVET.-  ¿Y luego?

BERTA.-  ¡De repente un grito de dolor allá fuera!, ¡otro grito allí mismo junto a mí!, ¡luteranos que entran!, ¡brazos que golpean!, ¡un hombre que hiere a Dorotea en la garganta! ¡Era Walter! «Hijo mío!», grité yo, y me abracé al niño... No, dejadme..., los veo aún... ¡Dorotea!... ¡Walter!...

MARGARITA.-  ¿Y el niño?

BERTA.-  ¡Yo le salvé, yo; con él huí, con mi Conrado!...

MARGARITA.-  ¿Qué?

SERVET.-  ¿Qué has dicho?

MARGARITA.-  ¿Se llamaba?... ¿Dices que se llamaba?...

SERVET.-  Que se llamaba Conrado, ¡eso te hemos oído!

BERTA.-   (Retrocediendo hacia la derecha.)  Y bien.... ¿Por qué no?

SERVET.-  ¡Berta!

MARGARITA.-  Madre, una idea horrible se aferra a mi cerebro.

BERTA.-  ¡Quiero irme de aquí! ¡Estos recuerdos me enloquecen!

SERVET.-  ¡Acaba!...

MARGARITA.-  ¡Por Dios santo, dilo todo!..., ¡todo!...

BERTA.-   (Siempre retrocediendo, MARGARITA y SERVET la siguen.)  Es inútil..., no diré más. Dejadme paso..., paso...

SERVET.-  ¡Hablarás!

MARGARITA.-  ¡Berta!... ¡Berta!... ¡Has de hablar!...

BERTA.-  ¡No!... ¡No!... ¡Apartaos!...

WALTER.-   (Desde fuera.)  Espera, Lafontaine

BERTA.-  ¡Su voz!... ¡Que no me vea!...

MARGARITA.-  ¡Madre mía!

BERTA.-  Pues si lo soy, no quieras matarme  (Se desprende de ambos y huye por la derecha, primer término.) 



Escena V

 

SERVET y MARGARITA.

 

SERVET.-  Esa mujer no lo dice todo.

MARGARITA.-  Pues ha de decirlo.

SERVET.-   (Dirigiéndose a la derecha.)  ¡Yo la obligaré!

MARGARITA.-   (Yendo tras él, deteniéndole y hablando en voz baja.)  ¿Será cierto?

SERVET.-  ¿Qué?

MARGARITA.-  Lo que estoy pensando.

SERVET.-  ¿Y cuál es tu idea?

MARGARITA.-  La tuya.

SERVET.-  ¿Tú crees?

MARGARITA.-  No temas; ¡no lo digas!... Vete...Arranca de sus tercos labios ese secreto... Pronto..., ya vienen...

SERVET.-  No temas; yo sabré la verdad.  (Sale por la derecha.) 

MARGARITA.-  ¡Dios mío!... ¡No; imposible!



Escena VI

 

MARGARITA y CONRADO, por el fondo.

 

MARGARITA.-   (Retrocediendo con espanto.)  ¡Él!... ¡Él!...

CONRADO.-  ¡Margarita!... ¡Margarita..., ¿por qué huyes de mí?

MARGARITA.-  ¡Huir!.. ¡Huir de ti!... ¡No, jamás!  (Corre a su encuentro.) 

CONRADO.-  Fue tu primer impulso.

MARGARITA.-  ¡No!... ¡No!... ¡Digo que no!  (Distraída y contestando a su propio pensamiento.) 

CONRADO.-  ¿Por qué no me miras? ¿Por qué ocultas el rostro entre las manos?

MARGARITA.-  ¡Creí que venía Walter!... ¡Pero no es Walter! ¡Tú no eres Walter!... ¿Verdad que no?... ¡Di que no, Conrado!

CONRADO.-  Sí...

MARGARITA.-  ¿Qué?...

CONRADO.-  Que sí, que ahí viene. Cediendo a tu ruego, y con galantería que es en él raro prodigio, empeñóse en venir; pero al entrar se ha encontrado a Lafontaine, y hablando quedan mientras yo te aviso. Pero ¿por qué me miras de ese modo, Margarita? ¡En tus, dilatadas pupilas más hay espanto que amor!

MARGARITA.-   (Aparte, después de escucharle atentamente y sonriendo con alegría.)  ¡Ah, su voz, qué dulce suena para mí! ¡No es la de Walter!  (Alto.)  Mírame, mírame, Conrado.

CONRADO.-  ¿Que te mire? ¡Sí, te miraré y me miraré en tus ojos! ¡Ah Margarita! ¡Allá en su fondo veo reproducida mi propia imagen..., pero muy pequeña, como se ven los objetos cuando están muy lejos o muy arriba!... ¡Qué mucho si va subiendo por el cielo de tu alma!

MARGARITA.-   (Aparte, como antes.)  ¡Ah su mirada!... ¡Cuánta luz!... ¡No, no es la de Walter!

CONRADO.-  ¿Qué tienes, Margarita?

MARGARITA.-  ¿Qué sientes por ese hombre..., por Walter?

CONRADO.-  Odio.

MARGARITA.-  ¿Profundo?

CONRADO.-  ¡Implacable!

MARGARITA.-  ¿A qué llega?

CONRADO.-  ¡A desear su muerte!  (Con voz terrible y mirada sombría.) 

MARGARITA.-   (Aparte, con espanto y separándose de CONRADO.)  ¡Ah, como Walter! ¡Así habla, así mira!

CONRADO.-   (Siguiéndola.)  ¡Margarita!

MARGARITA.-   (Rechazándole.)  ¡Calla, insensato!

CONRADO.-  ¿Por qué me rechazas?

MARGARITA.-  ¿Sangre en tus manos?... ¡No! ¡Me das horror!

CONRADO.-   (Con expresión de horrible angustia.)  ¿Ya no me amas?...

MARGARITA.-  ¡Ah, no amarte!...  (Da un grito, se precipita a él y le abraza con transporte.)  ¡No amarte yo! ¿Quién lo ha pensado?... ¿Quién lo ha dicho?... ¡Insensato!... ¡Ahora sí que eres insensato!... ¡Yo te amaría aunque fueses el más infame de los hombres, aunque me odiases, aunque en tus venas hubiese sangre de Walter!... ¿Puedo amarte más?

CONRADO.-  ¡Así, Margarita, así!...

WALTER.-   (Desde dentro.)  ¡Margarita!

MARGARITA.-   (Desprendiéndose de CONRADO.)  ¡Él!... ¡No!... ¡Ahora no!

CONRADO.-  Espera...

MARGARITA.-  En este momento... no se lo digo... Después..., muy pronto..., volveré... ¡Adiós!

CONRADO.-  ¡Margarita!...

MARGARITA.-   (Ya en la misma puerta de la derecha.)  ¡Te amaré siempre..., siempre, Conrado!

CONRADO.-  ¡Ah mi amor!  (Con expresión de dicha.) 



Escena VII

 

CONRADO, WALTER y LAFONTAINE, por el fondo los dos últimos.

 

WALTER.-   (Deteniéndose un momento en la puerta.)  ¿Y Margarita?

CONRADO.-  Pronto vendrá. A prevenirla voy. Perdona si te dejo.

WALTER.-  ¿Por qué tanta prisa? Yo no la tengo y no me desagrada platicar contigo.  (Aparte, a NICOLÁS.)  Parece mozo de valía.

NICOLÁS.-   (Aparte, a WALTER.)  Lo será sin duda, pero no sé en qué lo conoces ni qué muestras dio de ello.  (Aparte.)  Mal anda la cabeza de Walter.

WALTER.-   (Aparte, a NICOLÁS.)  Eso se conoce en todo.  (Aparte.)  Este Lafontaine es un pobre mentecato; pero Calvino se empeña en hacerle un personaje.  (En voz alta, a CONRADO.)  ¿Eres ginebrino?

CONRADO.-  Ya me lo preguntaste en otra ocasión, y en ella contesté.

WALTER.-  Cierto. ¿Y tus padres?

CONRADO.-  Murieron cuando yo era muy niño, y de ellos sólo sé lo que me ha referido mi nodriza.

WALTER.-  ¿Tienes parentesco con Jacobo?

CONRADO.-  No, somos amigos; pero tan amigos, que por hermano le tengo.

WALTER.-  Mal amigo y amistad peligrosa. Supongo que no serás como ese infeliz, todo un desaforado hereje y un empedernido ateo. No lo seas, muchacho, no lo seas.  (Con vivo interés.) 

CONRADO.-  Ni soy hereje ni soy ateo, a Dios gracias; pero tampoco eres tú mi confesor ni la confesión forma parte de la doctrina de tu maestro.

NICOLÁS.-   (En tono de amenaza.)  Sin ser confesor pudiera ser juez.

CONRADO.-   (Con fiereza.)  ¿Y quién el reo?

NICOLÁS.-  Tú, por ejemplo.

CONRADO.-  ¡Vive Dios!

WALTER.-  No, Conrado; yo no soy tu juez, no le hagas, caso. Lafontaine no sabe lo que se dice. Calvino piensa por él de ordinario y él perdió la costumbre por inútil.

NICOLÁS.-  ¡Walter, cuenta con los insultos, que no he de sufrirlo!

WALTER.-  Ni Walter sufre réplicas de nadie, ni siquiera de ti.

NICOLÁS.-  Las sufre de ése.  (Señalando a CONRADO.) 

WALTER.-  ¿De ése?... Bueno; pues será capricho, y mis caprichos hay que respetarlos porque llevan consigo razón que los abona y los mantiene.  (Golpeando en el puño de la espada.) 

CONRADO.-  Mucho tarda Margarita. Permíteme...

WALTER.-  Como te plazca.

CONRADO.-  En breve estaremos aquí los dos.

WALTER.-  Bueno; ve allá, Conrado.  (Sale CONRADO por la derecha, primer término.) 



Escena VIII

 

WALTER y LAFONTAINE.

 

WALTER.-   (Se deja caer como fatigado en el sillón próximo a la mesa y se queda pensativo. Aparte.)  ¡Conrado!... ¡Conrado!... ¡Su nombre!... ¿Y qué? Un sonido igual a otro sonido, no más. Sombra vana de algo que ya no es.

NICOLÁS.-  ¿Sabes lo que pienso?

WALTER.-  Lo sabré si lo dices, que en adivinarlo no he de poner empeño.

NICOLÁS.-  Que no eres, el mismo hombre que antes.

WALTER.-  Gasta el día sus horas de luz y de calor, y en negra y fría noche viene a dar al fin. Derrocha el torrente sus aguas invernales, y queda seco y pedregoso en el estío. Desmorónanse las montañas lentamente, y al mar van los escombros de sus cúspides. ¿Qué mucho que yo pase, y me desmorone, y me derrumbe? Si eso no más discurriste, no has de heredar a Calvino en aquella su incomparable sabiduría para interpretar santas escrituras.

NICOLÁS.-  Palabras nunca te faltan.

WALTER.-  Ni obras me faltaron jamás.

NICOLÁS.-  Hasta hoy.

WALTER.-  Ni hoy siquiera.

NICOLÁS.-  Cierto será, pero no se conoce.

WALTER.-  ¿Pues qué hice?

NICOLÁS.-  Dejar de hacer.

WALTER.-  Sepa yo lo que ha sido.

NICOLÁS.-  Pues ahí es nada. Casi a la mano tenemos a Servet, y te opones al último esfuerzo que nos resta para dar con ese desapoderado herético, lepra de la religión en el mundo y quizá conspirador en Ginebra.

WALTER.-  Si tan a vuestro alcance está, tended la mano.

NICOLÁS.-  En sabiendo dónde se oculta.

WALTER.-  ¡Ah! Pues en no sabiéndolo no hay por qué alardear de victoria.

NICOLÁS.-  Pues hay para qué, porque hay medio de conseguirla.

WALTER.-  ¿Cuál?

NICOLÁS.-  El que tú sabes.  (Con misterio y en voz baja.)  Aquí encontramos a Jacobo con el libro de la mentira y de la blasfemia de ese teólogo de Barrabás.

WALTER.-  Y a pesar de que yo le era deudor de la vida, yo mismo le entregué al Consejo, que quién sabe si fue entregarle a la muerte; él mitigó los dolores de mi cuerpo y yo di tortura al suyo. Si esto no es celo religioso, descontentadizos sois, a fe mía.

NICOLÁS.-  Tortura que fue inútil, porque no habló.

WALTER.-  O tan bajo que no lo oísteis.

NICOLÁS.-   (Con interés.)  ¿Y tú?

WALTER.-  Algo. Una palabra de que os daré cuenta a su tiempo.

NICOLÁS.-  Y entre tanto..., ¿por qué no apoderarnos de Margarita y de Conrado? Cómplices son, no hay duda.

WALTER.-  Cuando no haya otro medió se hará lo que dices.

NICOLÁS.-  Tu terquedad es por ese mancebo, que metiósete en el corazón como diablillo travieso por boca entreabierta de vieja bobalicona.

WALTER.-  Mi terquedad... Mi terquedad... Yo sé lo que hago.

NICOLÁS.-  Pero...

WALTER.-   (Levantándose y cogiéndole por un brazo.)  Oye y no seas botoso. Mañana, no más tarde que al rayar el día, antes que comience la ejecución, a la cual he de asistir, ven a buscarme y yo te diré dónde se oculta Servet, quiénes son sus cómplices, cuáles los altos personajes que le protegen; todo. Déjame unas horas no más; después pregunta, que como me quede una centella de vida, yo te contestaré.

NICOLÁS.-  ¡Al fin vuelves a ser lo que fuiste!

WALTER.-  Espera. Supón que yo muero antes.

NICOLÁS.-  ¡Walter!... ¡Por Dios!... ¡Qué idea!

WALTER.-  Lo supongo, no lo afirmo; caso posible, no seguro. Mi vida va tambaleándose como libertino beodo al salir de desenfrenada orgía, y de un instante a otro puede caer. Algo, que será la sangre, si Jacobo acierta, y que si no será el dogal que la muerte va tanteando sobre mi cuerpo antes de echarlo a mi garganta, siento bullir por mi piel. En fin, oye y no me distraigas. Si yo muriese, no ha de decirse que por tema mío el español se escapó de Ginebra, y este pliego os da el medio de echarle mano.  (Entregándole un papel.) 

NICOLÁS.-  ¿Este pliego?

WALTER.-  Es una carta de Servet.

NICOLÁS.-  ¿De Servet? ¿Sabes lo que dice?

WALTER.-  Acabo de recibirla. Promete entregarse si dais libertad a Jacobo.

NICOLÁS.-   (Después de leer.)  Promete entregarse. ¿Pero se entregará?

WALTER.-  ¡Oh, Servet es aragonés y el orgullo le pierde! No faltaría a su palabra así tuviese que ir al infierno a cumplírsela al diablo.

NICOLÁS.-  Bien dices. Seguro le tenemos. Todo debe esperarse de su valor o de su soberbia. ¿pues no osó el mismo día de su llegada a Ginebra ir por la tarde al templo en que predicaba Calvino? ¡Será nuestro, será nuestro!

WALTER.-  Pero sólo acudís a ese recurso, en el caso de que yo muera, que, como Dios me conserve la vida, yo cogeré a la fiera en su cubil y al lobo con la manada.

NICOLÁS.-  Fía en mi palabra, Walter.

WALTER.-  En ella fío, aunque no tanto como en la de Servet, que eres tú tan humilde como él es vanidoso.  (Con ironía.) 

NICOLÁS.-  ¡Walter!...

WALTER.-  Y mira...  (Como dudando.)  Una vez el hereje en vuestro poder... ¡Qué diablo!... Os dais por contentos... Y a los demás... ¿Eh? ¿Me comprendes?... No quiero que resulte de todo ello daño ni aun amenaza para Conrado.

NICOLÁS.-  ¿Lo ves? ¿Ves, Walter, lo que te decía? ¡Hechizos te ha dado el tal mozo!

WALTER.-  ¿Hechizos?... ¡Imbécil!  (Cogiéndole por un brazo con furia.)  Yo tuve un hijo... Se llamaba Conrado..., y ese nombre..., ese nombre... ¿Qué te importa lo que ese nombre sea para mí?... ¿Qué? ¿Que esto es capricho? ¿Que es delirio?... ¡Porque debilidad no es!... Pues sea delirio o capricho, ¡hay que respetarlo! ¡Hay que respetarlo..., Nicolás!...

NICOLÁS.-  ¡Basta, Walter!...  (Procurando desprenderse.)  ¡Basta! ¡Será como deseas! ¡Tu rostro se inyecta de sangre! ¡Tus ojos saltan de las órbitas! ¡Tu mano es una tenaza!... ¡Oh, no temas!... Además, ese caso ¡no es probable..., y mañana...

WALTER.-  Te lo diré todo. Ahora mándame a Jacobo; se entiende, bien guardado. Quiero interrogarle aquí, delante de Margarita.

NICOLÁS.-  Aquí te lo enviaré. Adiós, Walter. Buen ánimo.  (Con tono sumiso.) 

WALTER.-   (Cayendo en el sillón.)  Adiós.

NICOLÁS.-   (Aparte, cerca de la puerta del fondo y volviéndose para mirar a WALTER.)  Oportuno está en lo de llamar a Jacobo. Como el paroxismo no llegue antes...

WALTER.-   (Volviendo la cabeza.)  ¿No te vas?

NICOLÁS.-  Sí, al momento. Adiós... Adiós...  (Sale por el fondo.) 



Escena IX

 

WALTER; después, MARGARITA y CONRADO, por la derecha.

 

WALTER.-  Mayor impertinente no vi jamás. Ocurrencia fue la de Calvino convertir a este pobre diablo en teólogo.

CONRADO.-  Walter...

WALTER.-  ¡Ah! ¿Sois vosotros?... Ven tú, Margarita; más cerca. Deseabas verme y aquí estoy.

CONRADO.-  No temas, Margarita. Habla; Walter lo desea.  (MARGARITA muestra profunda agitación y huye instintivamente de WALTER cuando CONRADO la lleva hacia él.) 

WALTER.-  Ya espero, ya oigo. ¿Nada dices? ¿Por qué con espantados ojos nos miras, alternativamente a Conrado y a mí? ¿Qué buscas en nosotros?

CONRADO.-   (Aparte.)  Valor, Margarita. A tu lado estoy. Tú lo deseaste.

WALTER.-  ¡Por la gran bestia de la Apocalipsis, que eres estatua más que mujer!

MARGARITA.-   (Avanzando.)  ¡Walter!...

WALTER.-  ¿Qué vas a pedirme?

MARGARITA.-  ¡La vida, la libertad de Jacobo!

WALTER.-  En tus manos están.

MARGARITA.-  ¿Yo puedo?

WALTER.-  Salvarle.

MARGARITA.-  ¿Cómo?

WALTER.-  Pronunciando una palabra.

MARGARITA.-  ¿Cuál? ¿Qué quieres que diga?  (Acercándose a él con afán y esperanza.) 

WALTER.-   (Después de una pausa y mirándola fijamente.)  ¿Dónde está Servet?

MARGARITA.-   (Retrocediendo.)  ¡Walter!...

CONRADO.-   (Lo mismo.)  ¡Esa pregunta!

WALTER.-  Por menos que por el desatentado aragonés no soltamos a ese sabio sin seso, que se nos vino a la llama como atolondrada mariposa.

MARGARITA.-  ¡Pero yo!...

CONRADO.-  ¿Cómo quieres que Margarita?...

WALTER.-  ¡Ea! Es inútil fingir. Escucha.  (A MARGARITA.)  Jacobo fue interrogado; no quiso contestar. Convirtióse la pregunta en «cuestión», ¿comprendes?  (Con sonrisa cruel.)  Allá se le calzaron unos borceguíes que le venían estrechos y diósele por añadidura un buen trato de cuerda; ello es que al cabo de un rato púsose pálido como doncella melindrosa, dobló la cabeza y perdió el sentido. Pero antes dijo quedo, muy quedo, a pesar suyo, y sin conciencia de lo que decía... ¡Yo le creí más fuerte! Pues dijo esto: «¡No temas, Margarita, no temas!» Yo mismo le oí las palabras que acabo de repetirte.

CONRADO.-  ¡Ah!

MARGARITA.-   (Acercándose a CONRADO.)  ¡Conrado!...

CONRADO.-  ¡Y los demás oyeron!...

WALTER.-  Nadie más que yo, porque en aquel momento me inclinaba sobre él para animarle y convencerle. ¡Oh! Yo no le quiero mal. Es un atolondrado, pero hace famosos filtros.

CONRADO.-   (Con afán.)  Nadie le oyó; pero tú, después, habrás repetido sus palabras.

WALTER.-  Aquí por vez primera.

CONRADO.-   (Aparte, retrocediendo unos pasos y con terrible explosión de alegría.)  ¡Pues cuenta con que lo has dicho por última vez!  (La situación de los personajes es como sigue: WALTER, en pie; junto a él, MARGARITA; CONRADO algunos pasos más atrás, apretando el puño de su espada y como en acecho. Esta última actitud, con las variantes necesarias, se conserva hasta el fin del acto.) 

WALTER.-   (Cogiendo a MARGARITA por una mano y atrayéndola.)  Escucha y vamos claramente al asunto. Que Servet está en Ginebra, no admite duda; el mismo Calvino le vio en el templo. Que no vino a tu casa es evidente, porque yo estaba en ella. Que tú sabes dónde se oculta, no hay para qué negarlo, porque Jacobo lo confesó, de suerte que son inútiles tus aspavientos y melindres. A no ser tú mi enfermera, tu casa mi asilo y Conrado el nombre de aquél, ya estaríais los dos ante los síndicos; pero yo con la edad voy haciéndome blando de corazón y me he propuesto salvaros. Me dices dónde está Servet, y por tan gran servicio a la causa de Dios, razón será perdonaros los demás pecadillos.

MARGARITA.-  No puedo, Walter. Si no lo sé, ¿cómo adivinarlo? Si lo supiese, ¿cómo venderle?

CONRADO.-   (Aparte, con expresión de orgullo.)  ¡Ah mi Margarita!

WALTER.-  ¡Cuenta que no le salvas! De todas las maneras, el hereje estará mañana en mi poder.

MARGARITA.-  Pues ¿qué falta te hace entonces mi delación?

CONRADO.-   (Aparte.)  ¡Inútiles son tus teologías de infamias! ¡Ya lo ves!

WALTER.-  Ya te lo he dicho: quiero cazar a la fiera y descubrir la guarida.

MARGARITA.-  De achaques de montería, Walter, yo no entiendo; allá tú y Calvino.

WALTER.-   (Con expresión de ira.)  ¡Margarita!...

CONRADO.-   (Aparte.)  Suplica, convence, amenaza, que yo estoy en esta puerta y en mi cinto la espada, y ya mi mano la busca con caricias de muerte.

WALTER.-  ¡Te cuesta la vida!

MARGARITA.-  ¿Qué importa?

WALTER.-  ¡Y la vida de Conrado!

MARGARITA.-   (Con espanto.)  ¡Eso, no!

WALTER.-  ¡Eso, sí!

MARGARITA.-   (Volviéndose a CONRADO.)  ¡El no quería tampoco!

CONRADO.-   (Animándola desde lejos.)  ¡No, mi Margarita!... ¡Así!... ¡Así!...

WALTER.-   (A MARGARITA.)  ¡Mira que acaban las súplicas y que comienza el mandato!...

MARGARITA.-  ¡Mira que acaba el terror y que comienza el desprecio!

CONRADO.-   (Aparte.)  ¡Mira Walter, que acabas tú y que comienzo yo!

WALTER.-   (Acercándose a MARGARITA.)  ¿Dónde está Servet?

MARGARITA.-  Sin duda en sitio seguro, pues no le encuentras.

WALTER.-   (Acercándose más.)  ¿Dónde está, pregunto?

MARGARITA.-  Pregúntaselo a tus esbirros.

WALTER.-  ¿Te niegas a contestarme?

MARGARITA.-  Sí.

WALTER.-  Pues ven; ven a donde preguntan cuerdas de cáñamo, tenazas de hierro y cuñas que con tan irresistible persuasión se insinúan, que no hay modo de que una delicada doncella como tú las desoiga y desaire.  (La coge por un brazo y la lleva hacia el fondo.) 

MARGARITA.-   (Resistiéndose.)  ¡No, déjame! ¿Adónde me llevas?

WALTER.-  Ya lo verás.

MARGARITA.-  ¡Conrado! ¡Conrado!

CONRADO.-   (Cubriendo la puerta con su cuerpo.)  ¡Aquí estoy, Margarita! ¡Aquí estoy, Walter!

WALTER.-  ¡Paso!

CONRADO.-  ¡Atrás, miserable!

WALTER.-   (Soltando a MARGARITA y retrocediendo hacia la derecha.)  ¡Conrado!...

CONRADO.-  Cuando tanto te dejé atormentarla es porque estaba saboreando mi venganza, y por el deseo de que fuese mayor, ¡calvinista del infierno!, quería que creciese tu crimen. Cuando consentí que hablaras y hablaras es porque ibas a callar para siempre. ¡Cuando no te partí el corazón es porque no lo tienes; pero tienes garganta, que por ella vomitaste, entre roncos alientos, el veneno y la hiel de tu alma, y a segar tu garganta voy con el filo de este hierro  (Desnudando la espada.)  , aunque tenga después que ir en peregrinación a Toledo a comprar otra hoja limpia, por si la magia negra y Lucifer, tu deudo, te lograran resucitar!

MARGARITA.-   (Abrazándose a él.)  ¡No!... ¡Conrado!... ¡Por Dios!... ¡Calla!... ¡Calla!

WALTER.-   (Oprimiéndose la cabeza entre las manos.)  ¿Qué ha dicho?... ¿Qué ha dicho?... ¡Él!... ¡Ah! Por ningún ser humano he sentido, mancebo loco, la insensata simpatía que por ti. Algo al verte se me aferró a este corazón que me niegas, y del que reniego yo también, porque siempre en la vida quiso dar muestras de sí, dio muestras de torpe y pazguato; pero no importa; cariño, simpatía o locura, fuéronse ya de mi pecho, y pues de resucitados hablas, oye lo que te digo.

CONRADO.-  Sí; ya te oigo, habla.  (MARGARITA siempre a su lado, conteniéndole.) 

WALTER.-  Si mi propio padre volviese a la vida y me dijese lo que tú me has dicho; si la mujer a quien amé tornase a mis brazos y en sueños murmurara; si el Conrado que perdí, él, mi hijo, no un Conrado cualquiera como tú, sino mi propia sangre, niño aún, sin comprender lo que decía, lo repitiese... padre, mujer o niño, fueran bien pronto ante mí lo que lo que vas a ser tú, miserable: ¡tierra inerte, polvo frío, cuerpo yerto!

CONRADO.-  ¡Pues prueba!

WALTER.-  ¡Mira si pruebo!...  (Desnuda la espada y se arroja sobre él.) 

MARGARITA.-  ¡No!... ¡No!...  (Abrazándose a CONRADO.) 

CONRADO.-   (Rechazándola.)  ¡Aparta si no quieres mi muerte!

MARGARITA.-   (Cogiéndole el brazo.)  ¡Walter!

WALTER.-   (Desprendiéndose de ella.)  ¡Suelta!...

CONRADO.-   (Riñe con furor.)  ¡Al fin!

WALTER.-   (Ídem.)  ¡El tuyo!

MARGARITA.-  ¡Conrado!... ¡Walter!... ¡Socorro!... ¡Socorro!... ¡A mí!  (Dice esto dirigiéndose a la derecha, primer término, y llegando a la misma puerta, mientras CONRADO y WALTER riñen con encarnizamiento en el fondo.) 

CONRADO.-  ¡Ah!

WALTER.-  ¡Ves!...

CONRADO.-  ¡No!... ¡Toma!...

WALTER.-  ¡Nada!... ¡Ésta!...

CONRADO.-  ¡Tampoco!...  (Todo esto muy rápido, al compás de las estocadas, y al mismo tiempo que MARGARITA llama en su auxilio.) 



Escena X

 

MARGARITA, WALTER, CONRADO, SERVET y BERTA. Los dos últimos, por la derecha. BERTA queda detrás del tapiz que cubre la puerta, pero de suerte que el espectador la vea. SERVET avanza hasta colocarse entre CONRADO y WALTER. MARGARITA corre a buscar a CONRADO, y ambos quedan junto a la puerta del fondo.

 

SERVET.-  ¡Insensatos!

WALTER.-  ¡Ah!... ¡No!... ¡Mentira!...¡Servet!

SERVET.-  Sí, yo; Miguel Servet.

WALTER.-   (Próximo al paroxismo.)  ¡Al fin!... ¡Ahora... todos..., todos míos!

CONRADO.-  ¡Todos tuyos si pasases esta puerta, pero no la pasarás!

WALTER.-   (Con expresión salvaje.)  ¿Que no?

CONRADO.-  ¡O saldrás como entraste la vez primera...: sin vida!

WALTER.-  Sin vida ¡tú!  (Quiere precipitarse sobre CONRADO. SERVET le detiene y sujeta.) 

SERVET.-  No será.

WALTER.-   (Ya ciego de cólera y próximo al paroxismo, habla con cierta torpeza y confusión en las ideas.)  ¿Que no voy a hundir esta espada en aquel pecho? ¿Eso dices tú?

SERVET.-  Eso digo: que no puedes.

WALTER.-  ¿Por qué?..., ¿porque la sangre me ahoga?, ¿porque me ahoga la alegría? Ya lo sé. ¡Siento un nudo aquí!  (Llevándose la mano a la garganta.)  ¡Y aquí como el golpe de un martillo!  (Indicando el cráneo.)  Pero no importa..., me queda vida aún para arrancarle la suya. Suelta..., suelta..., que después vendrás tú...

SERVET.-  No es por eso.

WALTER.-  ¿Pues por qué?

SERVET.-   (Llevándole al extremo de la derecha, junto a la primera puerta y hablándose en voz baja. La puerta queda a su espalda y por ella asoma BERTA con precaución, procurando escucharlos. MARGARITA y CONRADO, en el fondo, formando un grupo.)  Porque aquel Conrado...

WALTER.-  ¿Qué?

SERVET.-   (Al oído.)  ¡Es tu Conrado!

WALTER.-   (En voz muy baja.)  ¿Cómo?..., no te comprendo..., ¡mi Conrado!...

SERVET.-  ¡Sí, el que perdiste en Witemberg aquella mañana!... ¡Tu hijo, tu Conrado, tu sangre!...

WALTER.-  ¡Él!... ¡Mientes!..., ¡hereje del infierno!..., ¡mientes!

SERVET.-  ¡Mira!...  (Da un paso atrás, coge a BERTA, la obliga a salir por completo y se la presenta.) 

BERTA.-  ¡No!..., ¡por Dios!..., ¡déjame!...

SERVET.-  ¿La conoces?...

WALTER.-   (Después de mirarla.)  ¡Berta!...

BERTA.-  ¡Walter!

WALTER.-   (Cogiéndola con ansia y señalando a CONRADO.)  ¿Él?...

BERTA.-  ¡Sí!..., ¡pero no me mates!  (Arrodillándose.) 

WALTER.-  ¡Ah!..., ¡él!... ¡Jesús!...  (Da unos pasos como para ir a CONRADO, y cae sin sentido en el centro del escenario.) 



Escena XI

 

MARGARITA, BERTA, CONRADO, SERVET, WALTER y JACOBO. Este último, por el fondo, andando difícilmente y apoyándose en el quicio de la puerta. BERTA se levanta y se separa hacia la derecha.

 

MARGARITA.-  ¡Jacobo!

CONRADO.-  ¡Jacobo!  (Casi simultáneos.) 

SERVET.-  A tiempo llegas; salva la vida de ese hombre.

JACOBO.-  .¿La vida de ese hombre?  (Con acento rencoroso.) 

CONRADO.-  ¡Sí, para que yo le dé muerte!

SERVET.-  No, para cumplir tu deber.

JACOBO.-  ¡Servet!

SERVET.-  ¡Yo lo mando!... No; Dios lo manda. Obedece, obedece, Jacobo.  (CONRADO y MARGARITA se han corrido hacia la izquierda; en pie, en la puerta del fondo, JACOBO, que después avanza apoyado en SERVET; BERTA, a la derecha, en el centro y en tierra, WALTER, junto a WALTER, en pie y dominando con su ademán, SERVET.) 


 
 
TELÓN
 
 




    La muerte en los labios
     José Echegaray
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