publicidad

 

Página principal
    La muerte en los labios
     José Echegaray
 Concordancia      Página principal Enviar comentarios Ficha de la obra Marcar esta página Índice de la obra Anterior Abajo


ArribaActo III

 

La escena representa otra sala de la casa de Margarita, distinta de la de los actos anteriores. En el fondo, a la izquierda del espectador, un lecho con grandes cortinas oscuras medio corridas. En el lecho, WALTER, sin sentido. Siempre en el fondo, y en el centro, una puerta. A la derecha, pero en el mismo lienzo, una ventana con reja dando al jardín. A la izquierda, en primer término, una ventana con hojas de cristal; el lecho debe estar muy próximo a dicha ventana, para que de este modo se halle lo más inmediato que sea posible al proscenio. A la derecha, en primer término, una puerta; además, una mesa, un sillón y, sobre la mesa, una lámpara encendida. Junto al lecho, otro sillón. Es de noche; grandes sombras por todas partes; aspecto humilde, pero no pobre; carácter sombrío en el conjunto del cuadro.

 

Escena I

 

MARGARITA, CONRADO, SERVET, JACOBO y WALTER, sin sentido, en el lecho, medio oculto por el cortinaje; junto al lecho, SERVET y JACOBO; éste, sentado en el sillón; aquél, en pie a la cabecera. CONRADO, en el sillón de la mesa y con la cabeza entre las manos; a su lado, y en pie o sentada, MARGARITA.

 

SERVET.-  La crisis se aproxima; marcha la sangre más violenta cada vez; el calor crece y crece la calentura; su corazón golpea contra mi mano, como su mano golpearía contra mi corazón a estar Walter en su sentido y tenerme a su alcance...  (Con la mano puesta sobre el corazón de WALTER.) 

JACOBO.-  Contrastes de la vida y caprichos de la suerte: ¡sobre un tal corazón mano como la tuya! Quita, quita; que juntas no están bien cosas que tan poco se parecen.

SERVET.-  ¡Calla; escucha, escucha cuán angustiosa es su respiración! Conrado, ¿qué hora será?

CONRADO.-  El reloj del Consistorio dio las cuatro y la corneja graznó tres veces.  (Dice esto levantando la cabeza, luego vuelve a inclinarla.) 

SERVET.-  Al amanecer será la crisis, cuando la sombra y la luz luchan en Oriente, sobre ese lecho de muerte y la vida se disputarán su presa.

JACOBO.-  Buena presa, y segura.

SERVET.-  No es segura por hoy, aunque mañana tal vez lo sea.

JACOBO.-  Días, horas de diferencia, poco importa.

SERVET.-  Importa mucho un solo instante de vida, y yo te digo que por esta vez entre los dos le salvaremos.

CONRADO.-   (Levantando la cabeza.)  ¿Le salvaréis?

SERVET.-  Sí.

JACOBO.-  Capaces somos: él, de puro bueno; yo, de puro imbécil.

SERVET.-  No te comprendo.

JACOBO.-  Gracias a Dios, maestro, que di con algo que tú no comprendieses. Pero déjame descansar, que el tormento que Walter permitió que me dieran metióseme en los huesos y aún me muerde en ellos.  (Se apoya aún más sobre el lecho.) 

MARGARITA.-  ¡Pobre Jacobo!

CONRADO.-   (Aparte.)  ¡Ay Margarita!

SERVET.-   (A JACOBO.)  ¿Qué le diste en la pasada crisis?

JACOBO.-   (Levantando la cabeza.)  ¿En cuál?

SERVET.-  En aquella en que tú le salvaste.

JACOBO.-  ¡Ah!, sí. Pues debí darle una buena mixtura italiana de esas que no dejan sombra de vida ni rastro de muerte; pero inspiréme, maestro, en tus lecciones y en tu ciencia, y además en un cierto libro árabe que ya te mostraré, si escapamos con vida de entre las manos de ese muerto, y compuse esta droga  (Sacando del pecho un frasquito.)  que por digna de figurar la tengo en tu célebre tratado, ya sabes cuál; no el de las teologías, sino aquel otro en que tan reciamente la emprendes con Averroes. ¡Pero que no puedes estar en paz con nadie!

SERVET.-   (Que ha estado examinando el frasco sin atender a JACOBO.)  ¿Y su efecto?

JACOBO.-  Fue admirable y fue inmediato.

SERVET.-  ¿Bastará con esto?  (Devolviendole el frasco.) 

JACOBO.-  La cantidad precisa. Ni gota más ni gota menos.

SERVET.-  ¿Y el instante?

JACOBO.-  El de la crisis.

SERVET.-  Pues esperemos.  (Quedan ambos como estaban: SERVET, observando a WALTER; JACOBO, en el sillón. Pequeña pausa.) 

CONRADO.-  ¡Margarita!

MARGARITA.-  ¡Conrado!

CONRADO.-  ¿Ves aquel hombre tendido en aquel lecho? ¿Ves aquel cuerpo inerte, sin memoria, sin pensamiento, sin duda casi? Pues ahí está nuestro destino. ¡Una palabra de Walter es tu muerte, pero no la pronunciará aunque tenga yo que clavarle en la garganta mi puñal hasta el pomo!

MARGARITA.-  No digas eso, Conrado, que mayor muerte y más cruel que todas las que pueda darme el odio de aquel hombre me da tu amor cuando tales pensamientos acoge y en ellos se recrea.

CONRADO.-  ¿Recrearme en ellos? No. ¡Ellos están mordiendo mi cerebro como impalpables monstruos; ellos se enroscan en mi corazón y entre mi sangre se deslizan como víboras; en ellos agonizo cuando su sombra se extiende sobre mi conciencia. Y sin embargo..., ¿qué pecado habría en ello?

MARGARITA.-  ¡Calla, por Dios Santo!... ¡No sabes lo que dices!

CONRADO.-   (Con misterio.)  ¡Sí, lo sé todo!

MARGARITA.-   (Con asombro.)  ¡Que lo sabes todo!

CONRADO.-  Sí.

MARGARITA.-  Pero ¿qué?, pero ¿qué?

CONRADO.-  Aquella escena fue muy extraña, ¿no es verdad? ¡Cuando le dijo Servet al oído... no sé qué..., y él me miró..., y reconoció a Berta..., y luego vino a tierra desplomado!

MARGARITA.-  ¿Y tú?

CONRADO.-  Yo al fin arranqué el secreto a mi nodriza.

MARGARITA.-  ¡Ah!

CONRADO.-  Al menos, creo haberlo adivinado.

MARGARITA.-  ¿Y qué adivinaste?

CONRADO.-  ¡Que aquel hombre..., aquel Walter..., hirió a mi madre!..., ¡quiso darle muerte!... Eso dice Berta..., pero ¿quién sabe?..., ¡quizá no lo dice todo: tal vez murió a sus manos!... ¡Ah!..., y me niegas el derecho...  (Echando mano al puñal y levantándose.) 

MARGARITA.-  ¡No, Conrado!... ¡No!..., ¡eso no! ¡Por mí!..., ¡por mí!  (Conteniéndole; CONRADO vuelve a caer en el sillón.) 

CONRADO.-  Bueno; ya sé que no. Pero ¿por qué no? ¿Ese hombre es algo mío? ¿Es siquiera un hombre? Aquella masa que apenas alienta tras aquel cortinaje, ¿qué es, Margarita? Pregúntaselo a Jacobo. Un puñado de tierra que hoy se mueve por virtud de la calentura, y que mañana será polvo, y aguaceros y viento se llevarán; una lámpara que se extingue, que ya sólo tiene un punto de luz y que muy en breve será eterna sombra. Pues lo que ha de ser mañana sea esta noche, ¡y te salvo!

MARGARITA.-  Jacobo, no dice verdad; quien dice verdad es Servet. Ni aquello, como tú supones es tierra, que se deshace, ni lámpara que se extingue, ni sombra en la sombra. Es un hombre, un hombre infame, es cierto; un monstruo, tal me parece; pero por cuanto sea monstruo e infame, no deja de tener un alma, que puede salvarse por el arrepentimiento, y no hay arrepentimiento humano sin vida humana.

CONRADO.-  ¿Un alma dices que tiene? Pues digna del infierno será. Conque le damos lo que merece.

MARGARITA.-  Pero no querrás que lo merezcan las nuestras: tu alma y la mía, que es donde pusimos nuestro amor. Conrado, vuelve en ti; sé lo que siempre fuiste: modelo de nobleza y de hidalguía; cumple como caballero y como cristiano, que eso eres, y así te quiero, y no por las sombras, sino por los resplandores de tu espíritu, me enamoraste.

CONRADO.-  Eres un ángel, pero yo soy un hombre enamorado, a quien de entre los brazos quieren arrancarle su amor; conque no es mucho que se trueque en fiera, fiera digna de aquélla.

MARGARITA.-  ¿Un ángel yo? No, Conrado, no lo creas. Pobre pecadora soy, mujer que te ama, criatura que empieza a vivir y a quien encanta la vida. ¡La vida contigo, con mi Conrado! ¡Ah! ¡Si tú supieras cómo la deseo! ¡Con qué suprema angustia me aferro al borde del abismo para no caer! ¡Cómo tengo que ahogar en mi garganta gritos de desesperación para no desesperarte más! Mira: si aquel hombre estuviese en pie, fuerte y amenazador, la espada en la mano, el fuego de Satanás en los ojos..., y sobre todo, ¡si no fuese lo que es!

CONRADO.-  ¿Si no fuese lo que es? No te comprendo. Si no lo fuese no sería Walter.

MARGARITA.-   (Conteniéndose.)  Pues por eso lo digo.

CONRADO.-  Y bien...

MARGARITA.-  Pues si no fuera... Walter, y pudiera defenderse, y quisiera perdemos, yo te gritaría: «¡Adelante, mi Conrado, mi bravo esposo! ¡A él! ¡Hiere, mata, sálvame, sálvanos!» Ya ves que para ser ángel, como afirmas, de sobra me dejo llevar por la ira y la pasión.

CONRADO.-  Hay ángeles de consuelo, pero los hay también de justicia, y aun de celestes venganzas, y como tú quisieras serlo, yo me encargaría de ellas.

MARGARITA.-  ¿En un hombre vencido y moribundo? ¡Noble hazaña!

CONRADO.-  Eso ata mis manos y desata el infierno en mi corazón.

MARGARITA.-  ¡Y además..., en mi propia casa está! ¡Ah, Conrado!

CONRADO.-  Sagrada es para mí como la bóveda del santuario.

MARGARITA.-  ¿Luego sagrada será para él?

CONRADO.-   (Con nobleza y resignación.)   Lo será, Margarita.

MARGARITA.-  Así te amo; así eres mi Conrado. Lo demás, ¿qué importa? Vivamos juntos, o hiéranos la muerte a la vez.

CONRADO.-  ¡Morir tú, mi Margarita! ¡No, eso no; mil veces no! ¡Lucharé como bueno, mientras pueda; como si en mí llevase sangre de Walter, si él me obliga; como infame, si no hay otro medio y con infamias logro tu salvación! Esto ha de ser.

MARGARITA.-  ¡Conrado!

CONRADO.-  ¡Ah! ¿Por qué hablaste de morir? ¿No sabes que esa idea me enloquece?

MARGARITA.-  Calma tus temores. ¿Quién sabe lo que sucederá?

CONRADO.-   (Levantándose con ímpetu.)  Espera.  (Dirigiéndose a SERVET.)  ¡Servet!

SERVET.-   (Sin separarse del lecho.)  ¿Qué me quieres?

CONRADO.-  ¿Vais a salvar a ese hombre?

SERVET.-  Con la ayuda de Dios y con la de un maravilloso elixir que Jacobo ha compuesto, así lo espero.

CONRADO.-  Y recobrará los sentidos, y despertará su memoria, y se desatará su lengua, ¿no es eso?

SERVET.-  Sí.

CONRADO.-  ¿Cuándo?

SERVET.-  Al amanecer; dentro de una hora.

CONRADO.-  Y al volver a sentir, lo primero que sentirá será odio.

SERVET.-  Fue su costumbre.

CONRADO.-  Y al recordar de nuevo, recordará que en esta casa estabas.

SERVET.-  Fue su última idea; será la primera.

CONRADO.-  Y cuando la palabra acuda a sus labios, estará Lafontaine junto a su lecho, y la primera que pronuncie será para entregarte a Calvino.

SERVET.-  Al mar va el río; a su destino el hombre; a donde Dios disponga iré yo.

CONRADO.-  ¿Y a pesar de todo quieres salvarle?

SERVET.-  Quiero cumplir mi deber.

CONRADO.-  Pues cúmplelo, que voy a cumplir el mío.  (Dice esto dirigiéndose a la puerta del fondo.) 

MARGARITA.-  ¿Adónde vas?

SERVET.-  ¿Adónde vas, Conrado?

CONRADO.-  Pronto lo sabréis. ¡Por ahora lo que importa que sepáis, si es que no lo sabíais, es que Margarita es mi vida, mi fe, mi cielo, mi todo! ¡Que esa frente limpia y pura no fue modelada para el dolor, ni el dolor ha de empañarla mientras yo pueda atajarlo con mi pecho o con mis brazos! ¡Que esos ojos serenos y radiantes no se encendieron para anegar su luz en lágrimas, en tanto que yo pueda secarlas, aunque para buscar calor que se las seque tenga que incendiar a Ginebra! ¡Que ese corazón de mi Margarita sólo ha de palpitar entre mis brazos y de amor, no entre las correas del potro ni entre los garfios del tormento, aunque tenga yo que dar al tormento y al potro hasta la última fibra de mi carne, hasta la última astilla de mis huesos! [¡Que ese divino cuerpo no salió de las manos de su Hacedor para consumirse como seco sarmiento en las hogueras calvinistas, aunque haya de consumirse en el eterno fuego el alma que Dios me dio!] Ya lo sabes tú, Walter; ¡no es tuya esta mujer! ¡No lo será! ¡Antes que lo fuese...!  (Desnuda el puñal y lo levanta en alto, pero sin acercarse ni mostrar intención de herir.) 

MARGARITA.-  ¡No Conrado!... ¡Quita ese hierro!

SERVET.-  ¡Insensato! ¡No lo digas ni lo pienses!

CONRADO.-  No temáis; todavía no. Hay otros medios. Cuando se agoten... ¡Ah!... Cuando se agoten no os pongáis entre ese hombre y yo. Dejadme; adiós.  (Sale por el fondo precipitadamente.) 

SERVET.-  ¡Loco está!

JACOBO.-  ¿Tú y yo lo estamos menos, por ventura? ¡Tú con tus teologías y misterios! ¡Yo, con mis ciencias! ¡Con su amor él! ¡Bah! ¡Todo es uno, y quién sabe si todo es nada!



Escena II

 

MARGARITA, WALTER, SERVET y JACOBO.

 

MARGARITA.-   (Acercándose a SERVET; ambos vienen al proscenio.)  ¿Qué intentará?

SERVET.-  No lo sé; la fiebre y la desesperación son malos consejeros.

MARGARITA.-  Mira, Servet; por horrible que sea, es preciso declararle la verdad para impedirle algo más horrible.

SERVET.-  Dudé hasta ahora; pero creo que tienes razón.

JACOBO.-  [Y ahora dudo yo de que la tengáis y conservéis vosotros.

MARGARITA.-  Le va en ello a Conrado la salvación del alma.

JACOBO.-  A que acabe de perderla le ayudáis, si de ella algo le queda por perder, que no debe ser mucho, según las cosas que le oí.

MARGARITA.-  No, Jacobo. Te engañas: el delirio habla en él, no la voluntad.

JACOBO.-  Lenguaraz y atrevido es él de ordinario; y ella, como al sexo conviene, callada, modesta y tímida. ¡Ay, si el delirio se apodera de Conrado!

SERVET.-   (Señalando hacia el fondo.)  ¡Silencio!

MARGARITA.-  Él vuelve.  (Pausa. Los tres se aproximan a la puerta del fondo. CONRADO pasa rápidamente de izquierda a derecha. Sólo se le ve un instante cruzar por fuera.) 

SERVET.-  No; pasa, corre, huye. Pero ¿de quién?

JACOBO.-   (Con amargura.)  De sí mismo, sin duda. Así vamos todos; pero nos alcanzamos al fin.

SERVET.-   (Mirando por la ventana enrejada.)  Del portalón venía, al parecer; y ahora creo que por el jardín cruza.

MARGARITA.-   (A SERVET.)  ¡Dios mío, como un insensato iba! ¿Le viste?

SERVET.-  -Di más bien como una fiera enjaulada que se revuelve y busca salida.

JACOBO.-  Eso; al fin disteis con ello. Como fiera enjaulada que busca por donde escapar. ¡Pobre Conrado! Mitad león, mitad niño: maridaje imposible.

MARGARITA.-   (A JACOBO.)  Pero ¿qué pretende, ya que tú lo has adivinado?

JACOBO.-  ¿No te lo dijo él mismo? Salvarte.

MARGARITA.-  ¿De qué manera?

JACOBO.-  Él te lo explicará, que aquí llega.



Escena III

 

MARGARITA, SERVET, JACOBO, WALTER y CONRADO.

 

CONRADO.-   (Entrando con ímpetu por la derecha.)  ¡Tampoco por el jardín. ¡Tampoco!

MARGARITA.-  ¡Conrado!

CONRADO.-  Dejadme; dejadme. A ver..., a ver..., esa ventana no es muy alta...  (Precipitándose a la ventana de la izquierda y mirando por ella.)  ¡Ah! ¡Todo oscuro!... No; en aquel ángulo una luz; alrededor unos bultos negros... Servet, Jacobo, aquí...  (Los dos y MARGARITA se acercan.)  Decidme: ¿Qué veis? ¿Qué sombras son aquéllas?

SERVET.-  [Mi vista es poco penetrante, Conrado; un punto de luz veo, pero no más.

JACOBO.-  Con claridad ves, según dices, entre los resplandores del cielo; pero torpe eres, en efecto, para las sombras de este bajo y miserable mundo. Déjame a mí.

CONRADO.-  Sí; mira, mira bien.]

JACOBO.-  ¡Ah! ¡Ya distingo!

CONRADO.-  ¿Qué?

JACOBO.-  Una linterna y unos hombres. Acertaste, Conrado.

CONRADO.-  ¿Qué hombres son?

JACOBO.-  Soldados del Consejo y esbirros del Consistorio; los que me trajeron y me custodian, y la guardia de honor de Walter. Orden les dieron delante de mí de no dejar salir a nadie de esta casa.

CONRADO.-  ¡Condenación!

MARGARITA.-  Calma, Conrado.

SERVET.-  Valor, hijo mío.

CONRADO.-  ¡Por todas partes lo mismo! ¡Centinelas a la entrada; y alrededor del jardín, espías; y esbirros y soldados al pie de este muro, y aquí ella y él  (Señalando a MARGARITA y a WALTER.)  ¡No..., no...; es inútil que me revuelva!... ¡No hay salida!

JACOBO.-  Pues ¿qué pensabas, pobre mozo? ¿Que no tenías más que coger en tus brazos a Margarita, huir con ella por el muelle, meterte en la barca que preparaste y apretar los remos? ¡Ah! ¡Las cosas del mundo no se arreglan a gusto de las víctimas! Eso que el maestro llama el deber cuesta más caro. La fatalidad os envuelve en círculo de hierro: tú y Walter estáis frente a frente, y entre vosotros, Margarita. ¡Huir! ¡Qué cómodo sería huir! Pero no es posible. ¡Luchar! ¡Cuánto cuesta! pero es preciso. [Pregúntale a Servet, y él te dirá que esas luchas mortales que en el fondo del alma riñen deberes y pasiones, tu Hacedor las permite; que cuando en el mar invisible del pensamiento la tempestad se desata, es que ha pasado el espíritu de Dios sobre sus aguas.]

CONRADO.-  Pues bien, la lucha; yo la acepto.

SERVET.-  A ella, sí; pero aún no; no estás en tu razón.

CONRADO.-  Ni quiero, estarlo; momentos hay en que la razón sobra, Servet. ¡Mira allá en Oriente la luz del día! ¡Luz maldita! No vacilaré, no. ¡Hiero!... ¡Mato!... ¡Silencio eterno!  (Señalando hacia el lecho.)  ¡Llegan!... ¡Me entrego!... ¡Yo el asesino!... ¡Al suplicio!... ¡Vosotros huís!... ¡Ella se salva!... ¡Que Dios me juzgue!

SERVET.-  ¡No! ¡Jamás!  (Los dos se aproximan con ansiedad.) 

MARGARITA.-  ¡Jamás, Conrado!

CONRADO.-  ¡Oh, no temáis! ¡Esperaré, esperaré justicias de la tierra, si las hay! ¡Prodigios del cielo, si el cielo me los concede! ¡La muerte de ese hombre, si ella bien a bien llega! ¡Pero cuando Lafontaine se aproxime y Walter abra sus labios, ese puñal será justicia, y será prodigio, y será muerte!

SERVET.-  ¡Antes a mí!

MARGARITA.-  ¡A mí antes!  (CONRADO, en pie y sombrío, les hace señal de que esperen.) 



Escena IV

 

MARGARITA, CONRADO, SERVET, JACOBO, WALTER y BERTA, por el fondo.

 

BERTA.-  Conrado..., Margarita...

SERVET.-  [¿Qué quieres, Berta?

BERTA.-  ¿Yo? Nada. No puede querer quien no tiene voluntad, y la perdí ha tiempo, que a conservarla no estaríamos ya en Ginebra.]

SERVET.-  ¿A quién buscas?

BERTA.-  A Conrado o a Margarita, para ver qué ordenan, y si doy o no paso franco a ese hombre.

CONRADO.-  ¿Y quién es ese hombre? ¿Quién pretende entrar en esta casa?

BERTA.-  ¿No lo ha dicho? Pues el hombre es Galifa.

CONRADO.-  [Jamás le conocí.

BERTA.-  Pues ya le conoceremos todos, a lo que yo presumo, como ha de conocerle la pobre Juana cuando asome el día.

MARGARITA.-  ¡Ah!... ¡Juana!

BERTA.-  Pues un hombre que cuando anda por el mundo algún hereje como tú, o alguna hechicera como Juana, o algún insensato como cualquiera de nosotros, va y toma, y clava de punta en el centro de la plaza de Champel un buen pilar, bien recto y bien alto, y bien provisto de sólida cadena. Y a su alrededor prepara, a modo de plataforma o pira, un gran montón de haces de leña y ramaje, y sarmiento, si los hay; y cuando todo está dispuesto y a punto, crúzase de brazos y espera.]

CONRADO.-  Pero ¿a qué viene ese hombre?

BERTA.-  A cumplir su obligación, como que es él quien coge la tea y prende fuego a los haces; primero de cara al reo, y luego todo alrededor.

CONRADO.-  Pero ¿qué pretendes?

BERTA.-  Pues echó ayer la vista Galifa, por entre la tablas que cercan el jardín, a las secas ramas de unos rosales marchitos, y entre sacados a la plaza o ir a la orilla del lago a cortar la leña que le falta, prefiere su pereza lo primero, y a nuestra puerta acude, pidiéndonos auxilio, como a buenos calvinistas que supone que somos, para la obra piadosa que trae entre manos desde medianoche, y ha de terminar antes que se anuncie la alborada.

MARGARITA.-  ¡Calla, Berta, calla! ¡Eso es horrible!

BERTA.-  Pues óyele a él, y te dirá que es obra de caridad. La leña que tiene abajo es verde y arde mal, y hace humo, ¡mucho humo y poco fuego! ¡Ca, si a veces dura más de dos horas! Esa será buena, decía Galifa, para un cierto español a quien van dando caza; a ése sí, porque es duro y terco y gran hereje.

JACOBO.-  Basta, Berta.  (SERVET deja caer la cabeza sobre el pecho y queda sombrío.) 

BERTA.-  No, si él lo dice. A ése, aunque nos dé para comprar leña seca un magnífico collar que es fama que siempre lleva, porque los de allá, los de tierra de moros, son muy ostentosos; a ése, la otra, la que dura. ¡Pero a Juana, decía casi enternecido, si la vi ayer, si es tallo de lirio, hoja de azucena, botón de rosa! Con la primera llamarada de ese rosal no tenemos mujer, y sin penar, sin sufrir, yo te lo fío.

CONRADO.-  ¡Ah, mi Margarita!  (Como amparándola.) 

JACOBO.-  ¡Ah, Servet!... ¡Haz que no sean las palabras de Berta la fúnebre profecía de su suerte!  (Acercándose a él y estrechándole la mano. Dos grupos: CONRADO en lino, protegiendo a MARGARITA; en otro, JACOBO, como suplicando a SERVET, en medio, BERTA.) 

SERVET.-  ¡Y bien!..., si lo fuesen..., si lo fuesen..., el eterno Dios recibiría mi espíritu! ¡El Hijo de Dios eterno tendría compasión de mí! ¡Ni Calvino ni Farel oirían en esas dos horas que me prometen más que este grito que arranca de lo profundo de mi alma! ¡Ellos, Hijo Eterno de Dios! ¡Yo, Hijo de Dios eterno! [¡No hay dolor que me doblegue, ni tormento que me humille, ni hay llama tan viva como viva es mi creencia.] Pero tú no comprendes estas cosas, buena anciana; no hablemos más de ello.

CONRADO.-  Cierra la puerta y mándale al infierno.  (Se sienta a la mesa y queda pensativo.) 

JACOBO.-  Al infierno ya se irá él; la puerta no se la cierres. Y en cuanto a dejarle vocear, mira que es peligroso encender riñas y alentar gritos delante de esta casa.

MARGARITA.-  Bien dices, Jacobo; pero lo que ese hombre pretende es horrible. No, no será. Sin embargo, no le irritemos.

BERTA.-  En que hemos de pechar para su hoguera está empeñado.

MARGARITA.-  Me espanta ese hombre... No importa... Yo iré. Ven. tú, Berta; las dos hemos de convencerle.  (Aparte, a SERVET.)  Entre tanto..., tú y Jacobo..., ¿me comprendes?  (Señalando a CONRADO.) 

SERVET.-   (Aparte, a MARGARITA.)  Sí, todo; la verdad.

MARGARITA.-   (Aparte, a SERVET.)  Dios os inspire.  (A BERTA.)  Vamos.  (Aparte.)  ¡Conrado!... ¡Ah mi Conrado!...  (Alto. A BERTA.)  Ven, ven tú.

BERTA.-  Será inútil.

MARGARITA.-  ¿Quién sabe?... ¡Dios mío, Dios mío, dadme fuerzas!  (Salen MARGARITA y BERTA.) 



Escena V

 

CONRADO, SERVET, JACOBO y WALTER. JACOBO se aproxima a la ventana, abre las hojas de cristal y queda en ella hasta que el diálogo indique que debe separarse.

 

JACOBO.-   (Aparte.)  Yo creo que la fiebre de Walter se ha pasado a mis venas.

SERVET.-   (Acercándose.)  ¡Conrado!... ¿Qué pensamientos son los tuyos?

CONRADO.-  No lo sé. Mis ideas se confunden, mi cabeza vacila; no distingo el bien del mal. ¡Ah mi buen amigo, mi salvador, aconséjame!  (Levantándose.) 

SERVET.-  ¿Quieres mi consejo?

CONRADO.-  Sí, lo deseo; y además tu amparo y tu ayuda.

SERVET.-  Pues oye.  (Pequeña pausa.)  Margarita es sagrada para ti, ¿no es cierto?

CONRADO.-  ¡Sí lo es! ¡Dios mío!

SERVET.-  Y bien; más sagrado es para ti Walter.  (Pequeña pausa. CONRADO le mira con asombro. Esta escena queda encomendada al talento del actor.) 

CONRADO.-  ¡Él!... ¡Walter!... ¡Más que Margarita!

SERVET.-  Sí.

CONRADO.-   (Después de meditar un momento.)  Ya; porque es débil, porque no puede defénderse, porque el sagrado de la hospitalidad le escuda. ¿No es por eso?

SERVET.-  ¡Por todo eso, y por algo más que todo eso!  (Nueva pausa. Nuevo asombro de CONRADO, que mira fijamente a SERVET.) 

CONRADO.-  No te comprendo.

SERVET.-  Yo te digo que entre tu vida y la vida de ese hombre, la vida de ese hombre es primero.

CONRADO.-  Tan poco vale la mía, que no se la disputo.

SERVET.-  Yo agrego que entre él y yo... Ya ves, que yo te salvé la vida, que te quiero como a un hijo, que de tu lealtad estoy confiado...  (Dice esto acercándose a él y cogiéndole la mano con efusión.) 

CONRADO.-  ¿Y qué?

SERVET.-  ¡Que él es para ti más que tu salvador y tu maestro!

CONRADO.-   (Separa su mano y retrocede unos pasos hacia la ventana, donde se apoya JACOBO.)  Tan generoso fuiste siempre de tu sangre y de tu vida, que no es mucho que ni a un ser tan miserable como ese que empieza a retorcerse sobre el lecho se la disputes.

SERVET.-  ¡Ah! No me comprendes aún; pero tienes el instinto del peligro y huyes.  (Acercándose a él.) 

CONRADO.-  Es verdad, no te comprendo; pero es inútil que sigas.  (Le mira con recelo y retrocede aún más, hasta acercarse a JACOBO.)  ¿Para qué?

SERVET.-  Para que acabes de comprender.

CONRADO.-   (A JACOBO, en voz baja y señalándole a SERVET.)  ¿Le oyes, Jacobo? Ha perdido el juicio, ¿verdad?

JACOBO.-   (Aparte, a CONRADO.)  Quizá tengas razón. Y mira él es terco en sus locuras, le conozco. Por eso no procuraré atajarle.

SERVET.-   (Trayéndole al centro.)  Escucha esto no más. Por salvar la vida de Walter, si es preciso debes sacrificar la de Margarita.

CONRADO.-  ¡Yo!... ¡La vida de Margarita!... ¡Por la de Walter! ¡Ella por él..., por él! ¡Y tú lo dices!... ¡Y tú lo piensas!... ¡Ah maestro! Yo te venero, yo te admiro; a donde sube tu inteligencia soberana jamás logró, ¡ni cómo era posible!, remontarse la mía; pero..., perdóname, maestro... ¡En todo lo que dices, en todo lo que escribes, en cuanto piensas, hay algo que maravilla, que ofusca, que confunde, que espanta, que enloquece!... Yo ofenderte no quisiera... Yo te respeto, yo te amo... Pero maestro, maestro..., ¡vive Dios, que ahora comprendo lo que dicen de ti!  (Durante este parlamento se separa JACOBO de la ventana.) 

SERVET.-   (Herido en lo vivo y sin poder contenerse.)  ¡Dicen lo que dicen con la misma razón que lo dices tú! ¡Les hablo de Dios Padre, eterno Padre de todos, y no me entienden!...  (Aparte y con enojo.)  ¡Les hablo del suyo, y no me entienden tampoco!  (Pausa.) 

CONRADO.-  Servet, me pesa si te ofendí; olvida mis palabras.

SERVET.-  No, no me ofendiste; pero dejemos esto y volvamos a lo tuyo.

CONRADO.-  Terco eres.

SERVET.-  Dime. Desde que Walter te vio, ¿no pudiste observar que era para ti lo que no era para los demás?

CONRADO.-  ¿Yo?... No.

SERVET.-  Pues todos lo observaron.

CONRADO.-  Sí, me lo dijeron; pero la explicación es fácil.

SERVET.-   (Con interés.)  ¿A ver cuál?

CONRADO.-  Walter tuvo un hijo.

SERVET.-   (Con afán.)  ¡Sí!

CONRADO.-  Que llevaba mi mismo nombre.

SERVET.-   (También con afán.)  ¡Eso!

CONRADO.-  Un hijo a quien perdió.

SERVET.-   (Como siempre, y con creciente interés.)  ¡Es verdad!

CONRADO.-  A quien dicen que, por furor religioso, él, por su propia mano...  (Imitando con el ademán un golpe.) 

SERVET.-   (Con energía.)  ¡Eso sí que no es verdad!

CONRADO.-  ¿Y qué me importa?...

SERVET.-   (Acercándose a él y cogiéndole por un brazo.)  ¡Insensato!... ¡Ven!...

CONRADO.-  ¡No!... ¡Suelta!... ¿Adónde?... ¡Servet!... ¡Suelta!

SERVET.-   (Llevándole al lecho.)  ¡Mira!... ¡Mira!...

CONRADO.-  Sí...

SERVET.-  ¡Es Walter!

CONRADO.-  Sí...

SERVET.-  ¡El dolor ha purificado su rostro; el odio, los malos pensamientos, el espíritu de muerte, han ennegrecido y torturado el tuyo; y él que sube y que desciendes, os encontráis en el camino!

CONRADO.-  ¡Yo!... ¿Con Walter?

SERVET.-  Sí, mira bien.

CONRADO.-  ¡Ya veo; pero suelta!

SERVET.-  Recoge ese rostro en tu memoria; grábalo en ella; retenlo un instante no más... Y ahora sígueme...

CONRADO.-  ¿Adónde?... ¿Adónde me llevas?...  (Resistiéndose.) 

SERVET.-   (Aproximándose con CONRADO a la ventana, que, como se ha dicho; debe estar cerca del lecho y con la hoja de cristal abierta. Todos los movimientos y accidentes de esta escena quedan encomendados al talento de los actores.)  ¡La alborada comienza; cárdena viene, y triste ilumina tu frente! El cristal de esa ventana no es mal espejo... ¡Mírate en él, Conrado, y recuerda el pálido rostro de aquel hombre que muere!

CONRADO.-  ¡Maldición!... ¡Su rostro, sí!... ¡En la sombra que tras el cristal se extiende!...

SERVET.-  ¡Pues el tuyo es!

CONRADO.-   (Aferrándose con las manos a su cara, como si pugnase por arrancar sus propias facciones.)  ¡Ah!... ¡Mentira!...

SERVET.-  ¡Ley es de naturaleza, luego es ley de verdad!

CONRADO.-  ¿Qué ley es ésa?

SERVET.-  ¡La de la sangre!

CONRADO.-  ¡La mía será que me ahoga!

SERVET.-  ¡O la suya, que iguales son, y juntas estuvieron!

CONRADO.-  ¿Qué?... ¡Iguales!... ¡Juntas!... ¡Yo!... ¡Él!... ¡Ese hombre!... ¡No!... ¡Di que no!

SERVET.-  ¿Por qué he de mentir?

CONRADO.-  ¡Porque mientes!... ¡Porque mientes!... ¡Porque eres un impostor! ¡Un impostor! ¡Lo eres!... ¡Lo eres!... ¡El mundo entero vocea!... ¡Calvino dice la verdad!... ¡Decir tú... que él..., él! ¡Si no te creo..., si no creo nada..., si no creo a nadie!... ¡Jesús! ¡Jesús!... ¡Dios mío! ¡Dios mío, ten compasión de mí!  (Cae de rodillas junto al lecho y oculta el rostro entre los paños del mismo.) 

SERVET.-   (Contemplando a CONRADO.)  ¡Desdichado!

JACOBO.-  Ya conseguiste tu objeto.

SERVET.-  Todavía no. Ahora lucha; luego vencerá.

JACOBO.-  ¿Quién vencerá?

SERVET.-  El deber.

JACOBO.-  ¿Y qué es el deber? Tú lo entiendes a tu manera, y a la mía lo entiendo yo.

SERVET.-  Pero él es uno, como uno es Dios, como una es su ley.

JACOBO.-  Único eres, Servet, en esto de sutilezas.

MARGARITA.-   (Desde dentro.)  ¡Conrado!... ¡Conrado!...

CONRADO.-  ¡Margarita!... ¡Ah!... ¡Ella me llama!... ¡Sí, voy!  (En este momento, por automática agitación, WALTER extiende el brazo y sujeta a CONRADO; éste hace un movimiento para levantarse, pero cae al suelo.)  ¡No!... ¡No puedo!... ¡Su mano me oprime y me retiene!... Pero ¿no lo oís?... ¡Es su voz!  (A SERVET y JACOBO. Ambos se acercan a la ventana del fondo.) 

JACOBO.-  Sí... Mira, Servet, ¿ves aquella luz?... Allá van.

SERVET.-  Sí, los veo. Un hombre con una antorcha va por entre las sombras del jardín..., y de trecho en trecho se para, buscando secos ramajes... Es Galifa. A una mujer se lleva consigo a la fuerza... ¡Qué hermosa es!... ¡Qué espanto y qué dolor se adivinan en ella!... ¡Es Margarita! Se los ve... Desaparecen... Tornan a aparecer... ¡Grupo fantástico: verdugo y ángel, seguid vuestro camino! ¡Furor religioso, tienes forma de sayón! ¡Piedad cristiana, tienes forma de mujer!... ¡Id!... ¡Id!... ¡Cruzad las sombras, pechad para la hoguera! ¡La tea que ha de prenderla os guía!... ¡Inútil resistir, pobre Margarita! ¡Hoy es él más fuerte que tú! ¡Pero llora, llora, sigue llorando! ¡Tú le vencerás!

MARGARITA.-  ¡Conrado!...

CONRADO.-   (Poniéndose en pie.)  ¡Ah!... ¡Ella otra vez!...  (Señalando hacia la ventana de la izquierda.)   ¡Y el día que se acerca!...  (Señalando el lecho.)  ¡Y la muerte que llega!...  (Señalando hacia el jardín.)   ¡Y aquel hombre que ya puso sus infames manos sobre mi adorada Margarita! ¡Y yo aquí, sin pensamiento, sin voluntad! ¡Yo debo hacer algo! ¿Verdad que sí? Pero ¿qué debo hacer? Si arrojando sombras encima de aquel cielo pudiese apagar la luz del día y hacer que no llegase nunca..., ¡qué feliz si dándole mi vida lograse salvar a ese que muere... Pero había de quedar en perpetuo sueño... ¡Vivir, sí; despertar, no! ¡Ah, entonces, qué ventura! Si de algún modo pudiese yo sacar a Margarita de este abismo y transponer aquel anfiteatro de montañas, o sobre las alas de los arcángeles, o prestándome Satanás sus negras alas..., ¡qué dicha, qué dicha suprema! Dime tú, Servet; tú, que todo lo sabes: ¿qué debo hacer para conseguir todo esto? Tú..., mi único amigo..., mi maestro..., mi verdadero padre..., no me abandones.

SERVET.-  Valor. Siempre hay un medio de vencer a la desgracia.

CONRADO.-   (Con afán.)  ¿Un medio?

SERVET.-  Sí.

JACOBO.-  Pues entonces hay dos.

CONRADO.-  ¿Dos?... Pues hablad.  (A SERVET.)  Tú primero. ¿Cuál es?

SERVET.-  Mirar a tu conciencia; leer lo que en ella ha escrito Dios, cumplirlo, y basta. Con ello toda desdicha queda deshecha, toda mala fortuna queda vencida, toda sombra es ya luz.

CONRADO.-  Pero así, ¿impediré... que él... hable?  (Señalando a WALTER.) 

SERVET.-  No lo espero.

CONRADO.-  ¿Y entonces tampoco salvaré a Margarita?... ¡Di!... ¡Responde!

SERVET.-  ¡De furores humanos..., quizá no!

CONRADO.-   (A SERVET.)  ¿Pues entonces de qué sirve lo que dices? Habla tú, Jacobo.

SERVET.-  ¡Jacobo, piensa lo que vas a decir!

CONRADO.-  ¿Es algo para salvar a Margarita?

JACOBO.-  Sí.

CONRADO.-  ¡Pues habla y no pienses en lo que digas!

JACOBO.-  [Oye y resuelve este problema. Que ya la muerte vino a buscar sus víctimas no cabe duda, pues por algo penetró en la casa y llevóse a la fuerza a Margarita a buscar leña seca maese Galifa, el gran purificador de almas y de cuerpos en esta libre ciudad de Ginebra.

CONRADO.-  ¡Sigue!... ¡Acaba!... ¡Acaba, por Dios santo!...

JACOBO.-  Hay tiempo. El instante supremo de la crisis se aproxima, pero aún no estamos en ella; ya llegará a punto, que en estos casos la luz y la muerte van a la par.

CONRADO.-  ¡No importa! Acaba.]

JACOBO.-  Pues sea. Si Walter habla, Servet y Margarita...

CONRADO.-  ¡Caen en el abismo! ¡Lo sé! ¡Crimen de herejía y complicidad con herejes!... ¡Ah mi Margarita!

JACOBO.-  ¡Si Walter enmudece..., él... es el único que cae en el abismo!

CONRADO.-  ¡Él!... ¡En el abismo!... ¡Dios mío!  (Retrocediendo.) 

JACOBO.-  ¡Oh, no temas! Puedes salvarle. Yo le salvé con este filtro que él llama diabólico: tal es de maravilloso. Toma. Toma, Conrado...  (Dándole el frasco del filtro.)  ¡Ahí tienes hielo para su fiebre, aire para su pecho, reposo para su angustia, calma para su dolor, gotas de vida para su sangre!

SERVET.-  ¡Sí, Conrado! ¡Con lo que aquí resta puedes darle la vida!

JACOBO.-  Pero por breve espacio: unos días, unas horas, tal vez no más que el tiempo necesario para que pronuncie al oído de Lafontaine esta palabra: «¡Margarita»

SERVET.-   (A JACOBO.)  ¡Satanás te inspira! ¡La tentación eres!  (A CONRADO.)  ¡No le oigas, hijo mío!

JACOBO.-  ¿Yo? La vida de su padre le entrego en ese filtro; pero una duda se agita en mi conciencia, y yo os digo: «En sus labios está la muerte. ¿Hay que sellarlos?» Resolved vosotros; que resuelva él. Y ahora, ¿me comprendes, Conrado?

CONRADO.-  ¡Sí, te comprendo! ¡Muerte para mi padre o muerte para mi amor y muerte para Servet! ¡Mira si te he comprendido!

JACOBO.-  ¡Al final.. ¡Eso!... Pues decídete, que ya es tiempo.

CONRADO.-  ¡Dejadme!... ¡Dejadme pensar!...  (A JACOBO.)  De modo que si lo que tú me has dicho tantas veces es cierto; si el hombre es tierra, y la tierra, se deshace en polvo, y al deshacerse, alma, conciencia, memoria y voluntad se desvanecen también en la nada, como relámpagos que en noche tempestuosa brillan un punto, y luego del negro caos se borran... ¡Oh, entonces! ¡Entonces sacrificar a una hora de vida para ese hombre manchado de sangre dos existencias enteras, nobles y puras, la de Margarita y la de Servet, es delito monstruoso, es inconcebible demencia, es repugnante crimen!

SERVET.-  No, Conrado, no es eso.

CONRADO.-  Eso es, si no hay más vida que la vida de aquí. Si sólo estas vidas que vemos han de comprarse y medirse, más son dos existencias enteras consagradas al bien, a la verdad, al amor, que el rápido centellear de un punto de existencia, toda odio, y sangre, y muerte. ¡No, Servet, contra esto no hay razones, ni valen palabras, ni prosperan argucias!

SERVET.-  Pero, desdichado, ¿tú lo crees?

CONRADO.-  Yo creo que si al otro lado del sepulcro no hay más que silencio y negrura, y el mar vacío de una eternidad inmóvil, el arrepentimiento postrero es estéril para el pecador; aquel hombre está juzgado; tú eres un pobre demente al exigirnos sacrificios en nombre de la salvación; y yo, que llevo su sangre, daré pruebas de cordura cruzándome de brazos al pie de su lecho, espiando impasible su agonía, abriendo de par en par esa ventana para que se marche al espacio su último suspiro, y haciendo pedazos contra el suelo este imprudente cristal, que vida nos brinda cuando deseamos muerte, ¡De la tierra vengo, ella es mi madre, sólo con ella tengo deberes, y así los cumplo.  (Haciendo ademán de arrojar el frasco, pero no más que el ademán.) 

SERVET.-   (Sujetándole el brazo.)  ¡Conrado!

CONRADO.-  ¡Si todo esto es verdad, aparta, aparta, Servet, que Jacobo tiene razón!

JACOBO.-   (Acercándose a CONRADO.)  Tú lo has dicho.

CONRADO.-   (A JACOBO.)  Pero ¡ay si no la tienes!  (Señalando a SERVET.)  ¡Si aquél acierta! Si en ese cuerpo que se agita hay un alma, y esa alma me pide a mí, a su hijo, una hora de memoria para recordar, una hora de conciencia plena para arrepentirse, una hora de voluntad para querer el bien; y yo, por dichas transitorias, por pasiones humanas, por dos vidas terrenas, que compradas con lo infinito son dos puntos, lo que me pide le niego, y ciño con mis crispados dedos este frío cristal, como pudiera ceñir y apretar su helada garganta, y le dejo morir, y le dejo caer en el abismo... ¡Ah!, entonces, Jacobo..., el insensato eres tú, la víctima es él y el criminal soy yo!... ¡Y mis días serán días de horribles remordimientos; y mis noches, noches de infernales torturas; y mi agonía, la agonía del parricida!... ¡No!... ¡Más!... ¡Mucho más!... ¡Más que parricida de un cuerpo! ¡Parricida de un alma!... ¡Ah, tú no sabes lo que es esto, tú no crees en ella!

JACOBO.-  Pues escoge; pero pronto, porque la claridad aumenta, la aurora refleja sus tintas rosadas sobre el lago, la crisis llega, y esa respiración que oyes es el eco profundo de la lucha entre la vida y la muerte.

SERVET.-  Sí, Conrado. Por última vez, piensa y decide.

CONRADO.-  ¡Pensar!... ¡No quiero pensar!... ¡Me volvería loco!... ¡No quiero oír más que un grito que resuena aquí dentro!  (Golpeándose el pecho.)  ¡Seré imbécil! ¡Seré insensato!  (A JACOBO.)  ¡Lo que tú quieras! ¡Todo eso que yo decía antes!... ¡Pero es mi padre! ¡He de salvarle!...  (Acercándose al lecho.)  ¡Qué angustia en su rostro! ¡Qué dolorosa contracción en sus labios! ¡Qué sudor frío en su frente!... ¡Déjame, Jacobo! ¡Déjame tú!... ¡Te digo que voy a salvarle!  (Precipitándose sobre el lecho.) 

SERVET.-   (Acompañándole con afán.)  ¡Ah!... ¡Al fin!... ¡Sí, pronto!

MARGARITA.-   (Desde dentro.)  ¡Conrado!... ¡A mí!... ¡Socorro!

CONRADO.-   (Deteniéndose.)  ¡Ah!... ¡No quiero que muera Margarita! ¡Aparta tú, Servet!... ¡Déjame solo!  (Se separa del lecho; en este momento entra MARGARITA.) 



Escena VI

 

CONRADO, SERVET, JACOBO, WALTER y MARGARITA.

 

MARGARITA.-   (Entra por la derecha, dando señales de espanto.)  ¡Conrado!... ¡Conrado!... ¡Dios mío!

CONRADO.-   (Corriendo a su encuentro.)  ¡Margarita!

MARGARITA.-  ¡Sálvame!... ¡Sálvame!... ¡Aquel hombre!... ¡Ah! ¡Si le oyeras qué cosas tan horribles dice!... ¡Sus manos sobre mí!... ¡Eran tenazas!... ¡Dios mío!... ¡Dios mío!... ¡Huyamos, huyamos de Ginebra!... ¡La muerte está aquí!... No, ¿verdad que no? ¡Tú no querrás que muera tu pobre Margarita!... ¡La muerte, Conrado! ¡La muerte!... ¡Ampárame en tus brazos!

SERVET.-  La muerte, sí; pero en aquel lecho. ¡Walter muere!

MARGARITA.-   (Mirando hacia el lecho, pero sin separarse de CONRADO.)  ¡Ah!...

SERVET.-  Y Conrado, en ese cristal que oprime, tiene su vida.

MARGARITA.-  Pues bien...

SERVET.-  ¡Pues duda!

MARGARITA.-  ¿Por qué?

SERVET.-  ¡Por ti!... ¡Por tu amor!

MARGARITA.-  ¡Dios mío!

SERVET.-  ¡Sálvale!... ¡Sálvale tú!... ¡En esa duda está la verdadera muerte! ¡Adiós! ¡Adiós, hija mía!...  (A JACOBO, cogiéndole con autoridad e imperio por el brazo.)  ¡Ahora ven!

JACOBO.-   (Aparte, a SERVET.)  ¡Con ella le dejas!... Con ella, que es crédula, que es débil...

SERVET.-  ¡Crédula!... ¡Débil!... ¡Sublime digo yo!

JACOBO.-  Sublime será, pero mujer al fin.

SERVET.-  ¡Por eso confío!

JACOBO.-  Por eso temo.

SERVET.-  [Vamos.  (Llevándole hacia la derecha mientras dura el último diálogo.) 

JACOBO.-  ¡Te pierdes y la pierdes!  (Llegando a la puerta.) 

SERVET.-  Que salvo lo que más importa, eso creo.]

JACOBO.-  ¡Margarita, piensa en tu amor!

SERVET.-  ¡Margarita, piensa en Conrado!  (Salen SERVET y JACOBO por la derecha.) 



Escena VII

 

CONRADO, MARGARITA y WALTER. MARGARITA y CONRADO, estrechamente unidos, en primer término. WALTER comienza a agitarse en el lecho, pero sin exageración: movimientos débiles y como angustiosos. La última vez que se acercó CONRADO descorrió las cortinas, y se ve por entero el cuerpo del moribundo. Comienza a amanecer; la luz de la mesa palidece, y los primeros albores del día penetran débilmente por las dos ventanas. Por la del jardín se ve el follaje. Toda esta escena, en voz un tanto apagada y, por decirlo así, íntima.

 

MARGARITA.-  ¡Conrado!...

CONRADO.-  ¡Margarita!...

MARGARITA.-  Mira..., ¡es tu padre! ¡Ese hombre que muere es tu padre!

CONRADO.-  Lo sé.

MARGARITA.-  Pues vamos... Acércate a su lecho... Te espera.

CONRADO.-  ¿Y tú?

MARGARITA.-  Contigo: siempre juntos. Contigo iría hasta el crimen, ¡cómo no he de ir allí..., a salvar a tu padre!  (Dan unos pasos, estrechamente unidos, hacia WALTER; después se detiene CONRADO.) 

CONRADO.-  Pero ¿y nuestro amor y nuestra dicha, Margarita?

MARGARITA.-  Si le dejásemos morir..., ¿podríamos ser dichosos con ese recuerdo?

CONRADO.-  No.

MARGARITA.-  Pues ya ves que es preciso.  (Siguen adelantando hacia el lecho.) 

CONRADO.-  Tú lo quieres: sea. Pero oye: si tú mueres, ¡yo muero también!

MARGARITA.-  Eso sí. ¡Cómo vivir sin tu Margarita!... ¡Pero pronto..., pronto!

CONRADO.-   (Queriendo darte el frasco.)  Toma.

MARGARITA.-   (Dulcemente.)  No, tú; has de ser tú.

CONRADO.-  Sí..., yo..., ¡ah padre mío! ¡Padre mío!

MARGARITA.-   (Levantando la cabeza de WALTER.)  Yo le sostengo. Así..., pronto... ¡Sudor de agonía empapa su frente!... ¡Pronto, por Dios!...

CONRADO.-  ¡El corazón me salta..., mi mano tiembla..., no veo!... ¡Ah, sus labios... áridos están!... ¡Al fin!...  (Dándole el filtro.)  Déjale que repose.  (MARGARITA deja caer la cabeza de WALTER.)  ¡Dios mío, cómo pude dudar!... ¡Bendita seas!...  (Cogiendo entre las suyas las manos de MARGARITA y besándolas con efusión.) 

MARGARITA.-  ¡Ya estoy tranquila; ya no me espanta aquel hombre; aquí siento un consuelo!...  (Poniéndose la mano sobre el corazón.) 

CONRADO.-  Yo también, Margarita.

MARGARITA.-  Conrado...

CONRADO.-  ¿Quién sabe? Quizá seremos dichosos.

MARGARITA.-  ¿Por qué no?... Él te amaba... Yo le salvé...

CONRADO.-  ¡Ni aunque tuviera entrañas de tigre!

MARGARITA.-  ¡Cómo!, ¿si es tu sangre?

CONRADO.-  ¡No; no es posible!

MARGARITA.-  Yo creo que pronto volverá en sí; estas crisis son en él muy rápidas. Así fue la primera.

CONRADO.-  (Acercándose aún más al lecho y juntando las manos.) ¡Dios mío! ¡Dios mío!... ¡Si recobrase pronto el sentido...,yo le suplicaría tanto!... Padre óyeme ¿me oyes? ¡Soy yo, padre!...

MARGARITA.-  Escucha..., ruido en la plaza...  (Se precipita a la ventana.) 

CONRADO.-   (Sin atender a MARGARITA observa con creciente angustia a su padre.)  ¡Sus labios se agitan!... ¡Creo que vuelve en sí!... ¡Se abren sus ojos!... ¡Padre, mírame!... Quiero hablarte antes que llegue Lafontaine..., antes..., ¿me comprendes?

MARGARITA.-  Lafontaine con soldados del Consistorio... ¿Por qué viene esa gente?... ¡Ah, la ejecución de Juana!

CONRADO.-   (Con desesperación, cogiendo las manos de WALTER y besándolas.)  ¡Por Dios..., por el amor que me tienes..., por la memoria de mi madre!... ¿Me oyes, me conoces..., me oyes?

MARGARITA.-   (Echándose sobre el barandal con ansiedad y como para ver mejor.)  ¡Nicolás llama..., Berta abre la puerta..., ya sube... Jesús nos valga!  (Se retira con espanto de la ventana y viene vacilante al centro del proscenio.) 

CONRADO.-   (Abrazando a su padre con frenesí.)  ¡Luz, ven a sus ojos!... ¡Pensamiento, más aprisa!... ¡Vida, acude a mi padre!...  (Separándose de su padre con la expresión trágica y desesperada que su talento inspire al actor.)  ¡Ah, mi castigo! De mala gana te traje, ¡oh vida!, y de mala gana vienes.

MARGARITA.-   (Prestando oído.)  ¡Ya está ahí!...

CONRADO.-   (Lo mismo. WALTER procurando incorporarse en el lecho.)  ¡Sí!... ¡Condenación..., ya es tarde!

MARGARITA.-   (Abrazándose a él.)  ¡Conrado!

CONRADO.-   (Lo mismo.)  ¡Mi Margarita!



Escena VIII

 

MARGARITA, CONRADO, WALTER y NICOLÁS LAFONTAINE. MARGARITA y CONRADO, a la derecha formando un grupo. LAFONTAINE entra por el fondo; quedan fuera los esbirros. WALTER, incorporado en el lecho y mirando con vaguedad a todas partes. El volver en sí WALTER y todas las escenas siguientes quedan encomendadas a la inspiración del actor.

 

NICOLÁS.-   (A CONRADO y MARGARITA.)  ¿Y Walter?

CONRADO.-  Allí está.

NICOLÁS.-  ¿Volvió en sí?

CONRADO.-  Mírale.

NICOLÁS.-   (Aproximándose.)  ¡Ah, mi bravo compañero! Por segunda vez escapas de la muerte; eres duro como coleto de hugonote. ¿Te acuerdas de la palabra que me diste? ¡Eh!... No te oigo. ¿Qué dices?... ¿Te acuerdas?

WALTER.-  Sí.

NICOLÁS.-  Al cabo desatóse tu lengua; eres buen calvinista. Tratándose del servicio de Dios no hay quien pueda contigo.

WALTER.-  Sí, eso.

NICOLÁS.-  Y urge mucho, porque si se nos escapa Servet...

WALTER.-   (Animándose al oír este nombre.)  ¡No!... ¡Servet, no!...

NICOLÁS.-  Pues dime dónde se oculta.

WALTER.-   (Procurando recordar.)  Espera...

NICOLÁS.-  ¡Ah! ¿Se te olvidó?

WALTER.-  ¡No!... ¡No!... ¡Aquí está!  (Golpeándose la frente.) 

NICOLÁS.-  ¡Sí, brava jornada!... Ahí, su imagen. ¡Pero él..., él... ¡Su cuerpo infame, su alma maldita!

WALTER.-  ¡Aquí también!... ¡Pero... no encuentro la palabra..., la palabra!...  (CONRADO y MARGARITA siguen este diálogo con profunda ansiedad y se van acercando al lecho de WALTER.)  ¡Ah, por fin!  (Reparando en MARGARITA y extendiendo el brazo hacia ella.)  Sí..., ella... ella...  (A LAFONTAINE.)  ¿Lo ves?

NICOLÁS.-  ¿Ella lo sabe?... ¿Es eso?

WALTER.-  ¡Eso es, sí!... Pero no es eso... Más... Más... ¡La palabra!  (Buscando la palabra que le falta y sin encontrarla; MARGARITA retrocede y se ampara en CONRADO instintivamente.) 

NICOLÁS.-   (A MARGARITA.)  ¿Por qué palideces?... ¿Por qué tiemblas?... ¿Por qué te ocultas?

WALTER.-   (Con explosión de alegría.)  ¡Ah!... ¡Al fin!... Eso: ¡ocultar!... ¡Ella, ella le oculta! ¡Yo lo decía!

NICOLÁS.-  ¿En esta casa?

WALTER.-  Sí.

NICOLÁS.-  ¿Será verdad?

WALTER.-  ¡Sí!... ¡Lo digo yo!... ¿Qué?... ¿Dudas?

NICOLÁS.-  ¿Qué es dudar?... ¡Por él voy!...  (Asomándose a la puerta.)  ¡Adentro la gente!... ¡Aquí está Servet!... ¡Orden del Consistorio!... ¡Buscad!  (Pasan por el corredor soldados con antorchas; otros quedan en la puerta del fondo.)  Gracias, Walter. Siempre el mismo.  (A MARGARITA.)  ¡Y tú, encubridora de herejes, eres mía!

CONRADO.-   (Poniéndose delante de MARGARITA.)  ¿Tuya?... ¡Prueba, prueba, cobarde!...

NICOLÁS.-  ¡Ella y tú!... ¡Hola! ¡Aquí!  (Llamando a los soldados o esbirros que quedan en la puerta. Estos le obedecen y entran.) 

CONRADO.-  ¡Padre!... ¡Padre mío!... ¡Por cuanto hayas amado! ¡Por la vida que me diste! ¡Por el Dios en quien creas! ¡Sálvala!  (Dice esto extendiendo los brazos hacia su padre, pero sin abandonar a MARGARITA protegiéndola siempre de LAFONTAINE y de sus hombres, que están en la puerta en ademán de arrojarse sobre ella.) 

WALTER.-   (Procurando incorporarse aún más en el lecho.)  ¡Ese!... ¿Quién es ése?... ¡Su voz!... ¡Espera, a ése no!  (Dirigiéndose a LAFONTAINE.)  ¡Conrado!...

CONRADO.-  ¡Sí!... ¡Yo!... ¡Tu hijo!...

WALTER.-  ¡Ah!... ¡Mi hijo!... ¡No le toquéis!... ¡Lo prohíbo!... ¡Yo mando!... ¡Yo soy quien manda!...

NICOLÁS.-  No le hagáis caso: delira. ¡Adelante: los dos!  (Dice esto dirigiéndose a su gente y señalando a CONRADO y MARGARITA.)  ¡A mí, Servet!  (Sale por el fondo.) 

CONRADO.-  ¡Y vosotros a mí!  (Coge la espada, que estará sobre la mesa; tira de ésta hacia la derecha, como para hacer una barricada o defensa; se coloca detrás y cubre con su cuerpo a MARGARITA. La luz cae, se apaga y queda la escena a oscuras; sólo la ilumina la claridad del alba, que penetra por la ventana del jardín.) 



Escena IX

 

MARGARITA, CONRADO, WALTER y soldados. Los soldados se precipitan sobre CONRADO y éste los recibe a estocadas, sin dejar que se acerquen a MARGARITA; lucha violenta. WALTER se retuerce desesperado sobre el lecho.

 

MARGARITA.-  ¡Protégele, Virgen santa!

CONRADO.-  ¡Rayo y sangre!...  (Estos dos gritos y el último de CONRADO en la escena anterior, muy rápidos, casi simultáneos.) 

WALTER.-   (Queriendo arrojarse del lecho.)  ¡Así!... ¡Firme en la canalla!... ¡Espera!... ¡Ya voy!...  (Mientras dice esto logra saltar del lecho, pero cae a tierra; se levanta, vacila, vuelve a caer; todo esto queda encomendado al actor.)  ¡Mi espada!... ¡Ira del cielo, mi espada!... ¡Así!... ¡Así!...

CONRADO.-   (Llevado de su ímpetu, sale de detrás de la mesa y hace retroceder al pronto a los soldados. Después le rodean y le hieren.)  ¡Ah!...  (Cayendo en tierra.) 

WALTER.-   (Al verle caer se pone en pie agarrándose a la cama y da un grito terrible.)  ¡Miserables!  (Los soldados se detienen y se separan de CONRADO. MARGARITA se precipita sobre él y le abraza.) 

MARGARITA.-  ¡Conrado!

UN SOLDADO.-  ¡Ella!

LOS DEMÁS.-  ¡Sí!... ¡Ella!  (Se precipitan sobre MARGARITA y procuran arrancarla de CONRADO.) 

CONRADO.-  ¡Margarita!... ¡No!... ¡No!... ¡Es mía!... ¡Ah!

MARGARITA.-  ¡Dejadme!... ¡Dejadme!... ¡Conrado!... ¡No!... ¡Soy suya! ¡Conrado!  (Simultáneo. Lucha rápida para arrancar a MARGARITA de los brazos de CONRADO; al fin lo consiguen, y CONRADO queda en tierra mientras se llevan a su amada. Ya en la puerta, casi fuera.)  ¡Adiós!... ¡Te amo!... ¡Te amo!...

CONRADO.-  ¡Ella!... ¡Ella!... ¡Ya no está!... ¡Margarita!... ¡Margarita!...



Escena X

 

CONRADO y WALTER. La escena, casi a oscuras, sin más luz que la pálida del amanecer que penetra por las ventanas.

 

WALTER.-   (Buscando por la sala, da al fin con el cuerpo de CONRADO.)  ¡Conrado!... ¡No he podido!... ¡No tenía mi espada!... ¿Qué es esto?... ¡Sangre!... ¡Sangre!... ¡Hijo mío!...

CONRADO.-  ¡Salva a Margarita!... ¡Y te perdono... y te amo!... ¡Pero has de salvarla!...

WALTER.-  ¡Sí!... ¡Sí!... ¡Pero tú!... ¡Yo no quiero que mueras!

CONRADO.-  ¡No!... ¡Ella!... ¡Ella!...

WALTER.-  ¡Tú primero! ¡Cuánta sangre! ¡Socorro! ¡Es mi hijo!... ¡Aquí todos!... ¡Conrado!... ¡Tú mismo oprime tus heridas!... ¡Son muchas!... ¡Todas..., yo no puedo!... ¡No puedo!...  (Procurando atajar la sangre con sus manos.)  ¡Socorro!...¡Se escapa la sangre por entre mis dedos!... ¡Vertí tanta y no puedo atajar la de un hombre!... ¡Socorro!... ¡Hijo mío!... ¡Socorro!



Escena XI

 

WALTER, CONRADO, SERVET, JACOBO, dos soldados con hachones. Los dos últimos, entre los soldados, por la derecha, primer término. La única luz, la rojiza de las hachas; al final de la escena, el resplandor de la hoguera, que se ve por la ventana de la derecha.

 

WALTER.-  ¡Servet!... ¡Se muere! ¡Es mi Conrado!...

SERVET.-  ¡Ah!... ¡Conrado!...

JACOBO.-  ¡Infeliz!...

CONRADO.-  ¡Padre!... ¡Ella!... ¡Sálvala!... ¡Y te amaré!... ¡Cuánto te amaré!... ¡Margarita!... ¡Padre!... ¡Adiós!...  (Cae muerto.) 

WALTER.-   (Arrodillado junto al cadáver de CONRADO y volviéndose hacia SERVET.)  ¡Pronto!... ¡Su vida!... ¡Dame su vida!...

SERVET.-  ¡Imposible!...

WALTER.-  ¿Qué dices?... ¿Que ha muerto?... ¡Impostor!..., ¡siempre impostor!

JACOBO.-  Mira esa sangre; ésa es tu obra.  (A SERVET.) 

SERVET.-   (A JACOBO.)  ¡Mientes! Mira esas lágrimas; son las primeras: ¡mi obra es ésa!  (Dice esto señalando a WALTER, que está de rodillas junto a CONRADO, a quien iluminan los hachones.)  ¡Adiós Conrado!... ¡Adiós, hijo mío!  (Se dirige con JACOBO hacia el fondo, entre los dos soldados; WALTER, siempre de rodillas, los sigue con la vista. Este es el momento en que por la ventana se ve el resplandor de la hoguera.) 

WALTER.-  ¡Y nos dejas!... ¡Y le abandonas!... ¿Adónde vas, Servet?

SERVET.-  ¡A luchar!... ¡A morir!... ¡Gloria a Calvino!  (Salen por el fondo.) 



Escena XII

 

CONRADO, muerto; WALTER, de rodillas junto a él. La escena, a oscuras. El resplandor de la hoguera, en la ventana izquierda, iluminando el grupo.

 

WALTER.-  ¡Solos!... ¡Nos dejan solos!... ¡No importa, yo salvaré tu vida!... ¡Qué frío está!... ¡Siempre está frío!... ¡Ah! ¡Mis besos le darán calor!  (Se detiene con horror al ir a besarle.)  ¡Pero no..., no puede ser!... ¡Yo hablé... y le maté al hablar!... ¡Mis labios no pueden tocarle!... ¡No!... ¡En mis labios está la muerte!  (Queda de rodillas junto a CONRADO, queriendo besarle y sin atreverse.) 





 
 
FIN DE «LA MUERTE EN LOS LABIOS»
 
 



    La muerte en los labios
     José Echegaray
 Concordancia      Página principal Enviar comentarios Ficha de la obra Marcar esta página Índice de la obra Anterior Arriba
Marco legal