  Cartas de Pedro de Valdivia, que tratan del
descubrimiento y conquista de Chile
Pedro de Valdivia
  A Gonzalo Pizarro
Santiago, 20 de agosto de 1545
Magnífico señor: La carta de
vuestra merced, escripta en Lima a los 14 de marzo del año pasado de
1543, recebí, que me trujo Gaspar Orense. Las manos de vuestra merced
beso por lo que dice haberse holgado de mi saluda de verme enviar por gente,
que es señal he topado contento della; así es en verdad y, nunca
tove menos segúnd con la voluntad con que me hizo la merced el
Marqués, mi señor, que haya gloria; y así sentí la
pérdida de vuestra merced y mal subceso de su descubrimiento; y pues
vuestra merced tiene salud, por ella doy muchas gracias a Dios, que la
hacienda, como vuestra merced dice, Él la da cuando es servido, y hace
al contrario della.
De la muerte del Marqués, mi
señor, no hay que decir sino que la sentí muy dentro del
ánima y cada vez, que me acuerdo, lloro con el corazón
lágrimas de sangre, y tengo una pena que mientras viviere, durará
por no me poder haber hallado a la satisfación de la venganza, y por lo
mesmo tengo la habrá sentido y sentirá vuestra merced al doblo: y
pues tal sentencia estaría de Dios pronunciado, démosle gracias
por ello, y a todos los deudos, criados y servidores de su
Señoría nos es grand consuelo saber que fue martirizado por
servir a su Majestad, a manos de sus deservidores, y que la fama de sus
hazañas hechas en acrescentamiento de su Real patrimonio y
cesárea auctoridad vive y vivirá en la memoria de los presentes y
por venir, y saber que su muerte fue tan bien vengada por el ilustre
señor Gobernador Vaca de Castro, cuanto lo fue por Otaviano la de Julio
César. Y dejado aparte que por el valor de su Señoría
obliga a todos a tenerle por señor y padre, por la merced tan grande que
en ello se nos hizo, hemos de servirle con las haciendas y vidas en tanto que
duraren, hasta aventurarlas y perderlas, si fuere menester, en su servicio como
yo lo haré siempre, aunque en ello aventuramos antes a ganarlas, y lo
mesmo escribo al señor Hernando Pizarro, dándole larga cuenta de
lo por mí pasado después que de su merced me partí, porque
sé que se holgará. Y en lo que yo perdí, no quiero hablar,
porque si vuestra merced perdió hermano, yo, señor y padre, y por
lo mesmo que vuestra merced me dejo de alargar en este caso. A su Majestad
escribo un capítulo en mi carta suplicándole haga las mercedes a
esos huerfanitos para que se sustenten en su servicio como hijos de quien eran;
y al señor Gobernador suplico asimesmo en mi carta los tenga so su
protección y amparo, favoreciéndolos con su Majestad y v. m.
tiene mucha razón de dar gracias a Dios por haber traído, a tal
coyuntura, a esas tierras tan valeroso caballero y señor y su Majestad
le proveyó cual convenía para la necesidad dellas: suplico a
vuestra merced le tenga en el lugar que al Marqués mi señor,
porque yo creo, segúnd me dicen de su Señoría, desea en
todo la honra y acrescentamiento del señor Hernando Pizarro y de vuestra
merced y sustentación con toda auctoridad de esos señoritos
huérfanos, y en proveer a vuestra merced por tutor dellos fue muy
acertado, porque ternán así padre y vuestra merced los
mirará como a hijos y como de tales hará sus cosas.
Como supe la muerte del Marqués, mi
señor, proveí en hacer sus honras y cabo de año, por poder
prevenir a su ánima con algunos sufragios; pues con su persona honro la
mía, quisiera tener aparejo para hacerlas tan sumptuosas cuanto el valor
y ser de su persona merecía; pero Dios reciba mi voluntad y en lo de
adelante terné, mientras viviere, el mesmo cuidado, como soy obligado y
lo debo.
Acá llegó Gaspar Orense y en
verdad su persona es la que vuestra merced en su carta dice, y después
que, vino ha mucho y muy bien servido a su Majestad en esta tierra, y
así por esto como por mandarme vuestra merced le haya por encomendado y
haber corrido una mesma fortuna con vuestra merced, le he dado un muy buen
cacique con mill y quinientos indios, cuarenta leguas desta cibdad, que han de
servir en la que poblare en la provincia de Rauco, que es veinte leguas de
allí: y lo mesmo haré con todos los servidores e criados del
Marqués, mi señor, y del señor Hernando Pizarro y de
vuestra merced que por acá vinieren, que para les hacer bien no es
menester saber más de que lo son, cuanto más,
escribiéndome vuestra merced en su recomendación; y si a algunos
caballeros desea vuestra merced que tengan de comer, por amor, cargo o amistad
que les tenga, envíemelos acá, que yo cumpliré con ellos
lo que vuestra merced no pudo por salirle su designo al revés.
Ahora despacho al capitán Alonso de
Monroy, mi teniente general, a esas provincias, y irá a la cibdad del
Cuzco y a donde estoviere el señor Gobernador, a darle mis cartas y
cuenta destas partes. Hele mandado bese las manos a vuestra merced de mi parte
y le dé razón de todo lo que de mí querrá saber y
desta tierra.
También vino con su navío el
capitán Juan Baptista de Pastene acá, y le hice mi teniente
general en la mar, por haber sido criado y servidor del Marqués, mi
señor, y ser hombre para ello, y le torno a enviar a la cibdad de Los
Reyes a que me traiga armas y pólvora y la gente que quisiere venir, y
si hallare acaso allí a vuestra merced, haga el mesmo oficio; y suplico
a vuestra merced sea servido de me mandar avisar de la salud de su
magnífica persona y de todo lo demás que a vuestra merced
pareciere, diciéndome asimesmo del señor Hernando Pizarro si
tiene vuestra merced carta suya y nuevas de Corte y del subceso de sus
negocios, que de todo me holgaré como de los propios, mayormente si van
guiados en el descanso y acrescentamiento de vuestras mercedes.
A esos señores todos beso las manos
de sus mercedes, y sepan que los tengo de tener en el lugar que a mi padre para
los servir como lo hiciera a él.
Como supe la muerte del Marqués, mi
señor, hice sus honras y cabo de año lo mejor que me dio lugar la
posibilidad: quisiérala tener tan grande, que en ello se pudiera dar a
entender las grandes proezas y hazañas que en la vida hizo a su
Majestad. Siempre terné memoria de subvenir a su ánima con
sufragios.
A esos señores todos beso las
manos, y Nuestro Señor guarde y prospere la magnífica persona de
vuestra merced con el acrescentamiento que merece. Desta cibdad de Sanctiago, a
20 de agosto 1545. De vuestra merced muy cierto servidor que sus manos
besa.-PEDRO DE VALDIVIA.
  Al emperador Carlos V
La Serena, 4 de septiembre de 1545
S. C. C. M.:
Cinco años ha que vine de las
provincias del Perú con provisiones del Marqués y gobernador don
Francisco Pizarro a conquistar y poblar estas de la Nueva Extremadura, llamadas
primero Chili, y descobrir otras adelante, y en todo este tiempo no he podido
dar cuenta a V. M. de lo que he hecho en ellas por haberlo gastado en su
cesáreo servicio. Y bien sé escribió el Marqués a
V. M. cómo me envió, y dende ha un año que llegué a
esta tierra envié por socorro a la cibdad del Cuzco al capitán
Alonso de Monroy, mi teniente general, y halló allí al gobernador
Vaca de Castro, el cual asimesmo escribió a V. M. dando razón de
mí, y otro tanto hizo el capitán Monroy, con relación,
aunque breve, de lo que había hecho hasta que de aquí
partió, y tengo a muy buena dicha hayan venido a noticia de V. M. mis
trabajos por indirectas, primero que las importunaciones de mis cartas, para
por ellos pedir mercedes, las cuales estoy bien confiado me las hará V.
M. en su tiempo, con aquella liberalidad que acostumbra pagar a sus
súbditos y vasallos sus servicios; y aunque los míos no sean de
tanto momento cuanto yo querría, por la voluntad que tengo de hacerlos
los más crecidos que ser pudiesen, me hallo merecedor de todas las
mercedes que V. M. será servido de me mandar hacer y las que yo en esta
carta pediré; en tanto que los trabajos de pacificar lo poblado me dan
lugar a despachar y enviar larga relación de toda esta tierra y la que
tengo descubierta en nombre de V. M., y la voy a conquistar y poblar, suplico
muy humillmente me sean otorgadas, pues las pido con celo de que mi buen
propósito en su real servicio haga el fructo que deseo, que ésta
es la mayor riqueza y contentamiento que puedo tener.
Sepa V. M. que cuando el Marqués
don Francisco Pizarro me dio esta empresa, no había hombre que quisiese
venir a esta tierra, y los que más huían della eran los que trajo
el adelantado don Diego de Almagro, que como la desamparó, quedó
tan mal infamada, que como de la pestilencia huían della; y aún
muchas personas que me querían bien y eran tenidos por cuerdos, no me
tovieron por tal cuando me vieron gastar la hacienda que tenía en
empresa tan apartada del Perú, y donde el Adelantado no había
perseverado, habiendo gastado él y los que en su compañía
vinieron más de quinientos mill pesos de oro; y el fructo que hizo fue
poner doblado ánimo a estos indios; y como vi el servicio que a V. M. se
hacía en acreditársela, poblándola y sustentándola,
para descobrir por ella hasta el Estrecho de Magallanes y Mar del Norte,
procuré de me dar buena maña, y busqué prestado entre
mercaderes y con lo que yo tenía y con amigos que me favorecieron, hice
hasta ciento y cincuenta hombres de pie y caballo, con que vine a esta tierra;
pasando en el camino todo grandes trabajos de hambres, guerras con indios, y
otras malas venturas que en estas partes ha habido hasta el día de hoy
en abundancia.
Por el mes de abril del año de mil
quinientos treinta y nueve me dio el Marqués la provisión, y
llegué a este valle de Mapocho por el fin del año de 1540. Luego
procuré de venir a hablar a los caciques de la tierra, y con la
diligencia que puse en corrérselas, creyendo éramos cantidad de
cristianos, vinieron los más de paz y nos sirvieron cinco o seis meses
bien, y esto hicieron por no perder sus comidas, que las tenían en el
campo, y en este tiempo nos hicieron nuestras casas de madera y paja con la
traza que les di, en un sitio donde fundé esta cibdad de Sanctiago del
Nuevo Extremo, en nombre de V. M., en este dicho valle, como llegué a
los 24 de febrero de 1541.
Fundada, y comenzando a poner alguna orden
en la tierra, con recelo que los indios habían de hacer lo que han
siempre acostumbrado en recogiendo sus comidas, que es alzarse, y
conociéndoseles bien en el aviso que tenían de nos contar a
todos; y como nos vieron asentar, pareciéndoles pocos, habiendo visto
los muchos con que el Adelantado se volvió, creyendo que de temor
dellos, esperaron estos días a ver si hacíamos lo mesmo, y viendo
que no, determinaron hacérnoslo hacer por fuerza o matarnos; y para
podernos defender y ofenderlos, en lo que proveí primeramente fue en
tener mucho aviso en la vela, y en encerrar toda la comida posible, porque, ya
que hiciesen ruindad, ésta no nos faltase; y así hice recoger
tanta, que nos bastara para dos años y más, porque había
en cantidad.
De indios tomados en el camino, cuando
vine a esta tierra, supe cómo Mango Inga, señor natural del
Cuzco, que anda rebelado del servicio de V. M., había enviado a avisar a
los caciques della cómo veníamos, y que si querían nos
volviésemos como Almagro, que escondiesen todo el oro, ovejas, ropa,
lana y algodón y las comidas, porque como nosotros buscábamos
esto, no hallándolo, nos tornaríamos. Y ellos lo cumplieron tan
al pie de la letra, que se comieron las ovejas, que es gente que se da de buen
tiempo, y el oro y todo lo demás quemaron, que aún a los propios
vestidos no perdonaron, quedándose en carnes, y así han vivido,
viven y vivirán hasta que sirvan. Y como en esto estaban bien prevenidos
nos salieron de paz hasta ver si dábamos la vuelta, porque no les
destruyésemos las comidas, que las de los años atrás
también las quemaron, no dejando más de lo que habían
menester hasta la cosecha.
En este medio tiempo, entre los fieros que
nos hacían algunos indios que no querían venirnos a servir, nos
decían, que nos habían de matar a todos, como el hijo de Almagro,
que ellos llamaban Armero, había muerto en Pachacama al Apomacho, que
así nombraban al gobernador Pizarro, y que, por esto, todos los
cristianos del Perú se habían ido. Y tomados algunos destos
indios y atormentados, dijeron que su cacique, que era el principal
señor del valle de Canconcagua, que los del Adelantado llamaron Chili,
tenía nueva dello de los caciques de Copayapo, y ellos de los de
Atacama, y con esto acordó el procurador de la cibdad hacer un
requerimiento al Cabildo para que me eligiese por gobernador en nombre de V.
M., por la nueva de la muerte del dicho Marqués, cuyo teniente yo era,
hasta que, informado V. M., enviase a mandar lo que más a su Real
servicio conviniese. Y así, ellos y el pueblo, todos de un parecer, se
juntaron y dijeron era bien, y dieron sus causas para que lo acebtase, y yo las
mías para me excusar, y al fin me vencieron, aunque no por razones, sino
porque me pusieron delante el servicio de V. M., y por parecer me
convenía a aquella coyuntura, lo acebté. Ahí va el
traslado de la elección como pasó para que siendo V. M. servido,
lo vea.
Fecho esto, como no creí lo que los
indios decían de la muerte del Marqués, por ser mentirosos, para
enviarle a dar cuenta de lo que acá pasaba, como era obligado,
había ido al valle de Canconcagua a la costa a entender en hacer un
bergantín, y con ocho de caballo estaba haciendo escolta a doce hombres
que trabajaban en él; recebí allí una carta del
capitán Alonso de Monroy, en que me avisaba de cierta conjuración
que se trataba entre algunos soldados que comigo vinieron de la parcialidad del
Adelantado, de los cuales yo tenía confianza, para me matar. En
recibiéndola, que fue a media noche, me partí y vine a esta
cibdad, con voluntad de dar la vuelta dende a dos días, y
detóveme más, avisando a los que quedaban viviesen sobre aviso,
que a hacerlo, no los osaran acometer los indios. Y no curándose desto,
andaban poco recatados, y de día sin armas; y así los mataron,
que no se escaparon sino dos, que se supieron bien esconder, y la tierra toda
se alzó. Hice aquí mi pesquisa; y hallé culpados a muchos,
pero, por la necesidad en que estaba, ahorqué cinco, que fueron las
cabezas, y disimulé con los demás; y con esto aseguré la
gente. Confesaron en sus depusiciones que habían dejado concertado en
las provincias del Perú con las personas que gobernaban al don Diego,
que me matasen a mí acá por este tiempo, porque así
harían ellos allá al Marqués Pizarro, por abril o mayo; y
ésta fue su determinación, y irse a tener vida esenta en el
Perú con los de su parcialidad, y desamparar la tierra, si no pudiesen
sostenerla.
Luego tove noticia que se hacía
junta de toda la tierra en dos partes para venir a hacernos la guerra, y yo con
noventa hombres fui a dar en la mayor, dejando a mi teniente para la guardia de
la cibdad con cincuenta, los treinta de caballo. Y en tanto que yo andaba con
los unos, los otros vinieron sobre ella, y pelearon todo un día en peso
con los cristianos, y le mataron veintitrés caballos y cuatro
cristianos, y quemaron toda la cibdad, y comida, y la ropa, y cuanta hacienda
teníamos, que no quedamos sino con los andrajos que teníamos para
la guerra y con las armas que a cuestas traíamos, y dos porquezuelas y
un cochinillo y una polla y un pollo y, hasta dos almuerzas de trigo, y al fin
al venir de la noche, cobraron tanto ánimo los cristianos con el que su
caudillo les ponía, que, con estar todos heridos, favoreciéndolos
señor Sanctiago, que fueron los indios desbaratados, y mataron dellos
grand cantidad; y otro día me hizo saber el capitán Monroy la
victoria sangrienta con pérdida de lo que teníamos y quema de la
cibdad. Y en esto comienzan la guerra de veras, como nos la hicieron, no
queriendo sembrar, manteniéndose de unas cebolletas y una simiente
menuda como avena, que da una yerba, y otras legumbres que produce de suyo esta
tierra sin lo sembrar y en abundancia, que con esto y algún maicejo que
sembraban entre las sierras podían pasar, como pasaron.
Como vi las orejas al lobo,
parecióme para perseverar en la tierra y perpetuarla a V. M.
habíamos de comer del trabajo de nuestras manos como en la primera edad,
procuré de darme a sembrar, y hice de la gente que tenía dos
partes, y todos cavábamos, arábamos y sembrábamos en su
tiempo, estando siempre armados y los caballos ensillados de día, y una
noche hacía cuerpo de guardia la mitad, y por sus cuartos velaban, y lo
mesmo la otra; y hechas las sementeras, los unos atendían a la guardia
dellas y de la cibdad de la manera dicha, y yo con la otra andaba a la continua
ocho y diez leguas a la redonda della, deshaciendo las juntas de indios, do
sabía que estaban, que de todas partes nos tenían cercados, y con
los cristianos y pecezuelas de nuestro servicio que trujimos del Perú,
reedifiqué la cibdad y hecimos nuestras casas, y sembrábamos para
nos sustentar, y no fue poco hallar maíz para semilla, y se hobo con
harto riesgo; y también hice sembrar las dos almuerzas de trigo, y
dellas se cogieron aquel año doce hanegas con que nos hemos
simentado.
Como los indios vieron que nos
disponíamos a sembrar, porque ellos no lo querían hacer,
procuraban de nos destruir nuestras sementeras por constreñirnos a que
de necesidad desamparásemos la tierra. Y como se me traslucían
las necesidades en que la continua guerra nos había de poner, por
prevenir a ellas y poder ser proveído en tanto que las podíamos
sufrir, determiné enviar a las provincias del Perú al
capitán Alonso de Monroy con cinco hombres, con los mejores caballos que
tenía, que no pude darle más, y él se ofreció al
peligro tan manifiesto por servir a V. M. y traerme remedio, que si de Dios no,
de otro no lo esperaba, atento que sabía que ninguna gente se
movería a venir a esta tierra por la ruin fama della, si de acá
no iba quien la trujese y llevase oro para comprar los hombres a peso
dél, y porque por do había de pasar estaba la tierra de guerra y
había grandes despoblados, habían de ir a la ligera a noche sin
mesón, determiné para mover los ánimos de los soldados,
llevando muestra de la tierra, enviar hasta siete mill pesos, que en tanto que
estove en el valle de Canconcagua entendiendo en el bergantín, los
habían sacado los anaconcillas de los cristianos, que eran allí
las minas, y me los dieron todos para el común bien; y porque no
llevasen carga los caballos, hice seis pares de estriberas para ellos y
guarniciones para las espadas y un par de vasos en que bebiesen, y de los
estribos de hierro y guarniciones y de otro poco más que entre todos se
buscó, les hice hacer herraduras hechizas a un herrero que truje con su
fragua, con que herraron muy bien los caballos, y llevó cada uno para el
suyo otras cuatro y cient clavos, y echándoles la bendición los
encomendé a Dios y envié, encargando a mi teniente se acordase
siempre en el frangente que quedaba.
Fecho esto, entendí en proveer a lo
que nos convenía, y viendo la grand desvergüenza y pujanza que los
indios tenían por la poca que en nosotros veían, y lo mucho que
nos acosaban, matándonos cada día a las puertas de nuestras casas
nuestros anaconcillas, que eran nuestra vida, y a los hijos de los cristianos,
determiné hacer un cercado de estado y medio en alto, de mill y
seiscientos pies en cuadro que llevó doscientos mill adobes de a vara de
largo y un palmo de alto, que a ellos y a él hicieron a fuerza de brazos
los vasallos de V. M., y yo con ellos, y con nuestras armas a cuestas,
trabajamos desde que lo comenzamos hasta que se acabó, sin descansar
hora, y en habiendo grita de indios se acogía a él la gente
menuda y bagaje, y allí estaba la comida poca que teníamos
guardada, y los peones quedaban a la defensa, y los de caballo salíamos
a correr el campo y pelear con los indios, y defender nuestras sementeras. Esto
nos duró desde que la tierra se alzó, sin quitarnos una hora las
armas de a cuestas, hasta que el capitán Monroy volvió a ella con
el socorro, que pasó espacio de casi tres años.
Los trabajos de la guerra,
invictísimo César, puédenlos pasar los hombres, porque
loor es al soldado morir peleando; pero los de la hambre concurriendo con
ellos, para los sufrir, más que hombres han de ser: pues tales se han
mostrado los vasallos de V. M. en ambos, debajo de mi protección, y yo
de la de Dios y de V. M., por sustentarle esta tierra. Y hasta el último
año destos tres que nos simentamos muy bien y tovimos harta comida,
pasamos los dos primeros con extrema necesidad, y tanta que no la podría
significar; y a muchos de los cristianos les era forzado ir un día a
cavar cebolletas para se sustentar aquel y otros dos, y acabadas
aquéllas, tornaba a lo mesmo, y las piezas todas de nuestro servicio y
hijos con esto se mantenían, y carne no había ninguna; y el
cristiano que alcanzaba cincuenta granos de maíz cada día, no se
tenía en poco, y el que tenía un puño de trigo, no lo
molía para sacar el salvado. Y desta suerte hemos vivido, y
toviéranse por muy contentos los soldados si con esta pasadía los
dejara estar en sus casas; pero conveníame tener a la contina treinta o
cuarenta de caballo por el campo, invierno y verano y acabadas las mochillas
que llevaban, venían aquellos y iban otros. Y así
andábamos como trasgos, y los indios nos llamaban
Cupais, que así nombran a sus diablos,
porque a todas las horas que nos venían a buscar, porque saben venir de
noche a pelear, nos hallaban despiertos, armados y, si era menester, a caballo.
Y fue tan grande el cuidado que en esto tove todo este tiempo, que con ser
pocos nosotros y ellos muchos, los traía alcanzados de cuenta; y para
que V. M. sepa no hemos tomado truchas a bragas enjutas, como dicen, basta esta
breve relación.
De las provincias del Perú
escribió el capitán Alonso de Monroy a V. M. cómo
llegó a ellas sólo con uno de los soldados que de aquí
sacó, y pobre, habiéndole muerto en el valle de Copayapo los
indios los cuatro compañeros, y preso a ellos, y les tomaron el oro y
despachos que llevaban, que no salvó sino un poder para me obligar en
dineros; y dende a tres meses que estovieron presos, el capitán Monroy,
con un cuchillo que tomó a un cristiano de los de don Diego de Almagro,
que estaba allí hecho indio, que éste fue causa de la muerte de
sus compañeros, y del daño que le vino, mató al cacique
principal a puñaladas, y llevando por fuerza consigo a aquel
transformado cristiano, se escaparon en sendos caballos y sin armas; y
cómo halló en ellas al gobernador Vaca de Castro, en nombre de V.
M., con la victoria de la batalla que ganó en su cesárea ventura
contra el hijo de don Diego de Almagro y los que le seguían, y
cómo le recibió muy bien y le favoresció con su
abtoridad.
Y porque el gobernador en aquella
coyuntura tenía muchas ocupaciones, así en justiciar a los
culpados, poner en tranquilidad la tierra y naturales, satisfacer servicios,
despachar capitanes que le pedían descubrimientos, y en dar a V. M.
cuenta y razón de todo con mensajeros propios y duplicados despachos, y
la Caja de V. M. sin dinero, y él muy gastado y adeudado, buscó
personas entre los vasallos de V. M. que sabía eran celosos de su real
servicio y tenían hacienda, para que me favoreciesen con ella en tal
coyuntura y me la fiasen. Halló uno, y un portugués, y
diciéndoles lo que convenía al servicio de V. M. y
sustentación desta tierra, interponiendo en todo su abtoridad muy de
veras y con tanta eficacia y voluntad, que me dijo mi teniente conoció
dél dolerse en el ánima, y si toviera dineros o en la coyuntura
que estaba le fuera lícito pedirlos prestados, se los diera con toda
liberalidad para que hiciera la gente, por servir a Dios y a V. M.
Y las personas que favorecieron se llama
la una Cristóbal de Escobar, que siempre se ha en aquellas partes
empleado en el Real servicio de V. M.; éste socorrió, con que se
hicieron setenta de caballo. Y un reverendo padre sacerdote llamado
Gonzaliáñez le prestó otros cinco mill castellanos en oro,
con que dio a la gente más socorro; y ambos vinieron a esta tierra por
más servir a V. M. en persona. Y demás desto, viendo el
gobernador la necesidad que había del presto despacho deste regocio
entre los de más importancia, avió a mi teniente, primero,
rogando a muchos gentiles hombres que tenían aderezo y querían ir
a buscar de comer con otros capitanes, se viniesen con el mío, por el
servicio que a V. M. se hacía, y a su intercesión vinieron muchos
dellos, y así le despidió y dijo que viniese con aquel socorro,
que él procuraría enviar otro navío cargado de lo que
fuese menester a estas provincias, como diese algúnd vado a los
negocios.
Viniendo el capitán Alonso de
Monroy a cibdad de Arequipa a comprar armas y cosas para la gente, diciendo a
ciertas personas la necesidad que tenía de un navío y como el
gobernador Vaca de Castro había enviado a llamar al maestre de uno para
concertar con él viniese a estas partes, y no se atreviendo el maestre a
eso, un vecino de allí, llamado Lucas Martínez Vegaso,
súbdito y vasallo de V. M. y muy celoso de su Real servicio, que tal
fama tiene en aquellas partes, sabiendo el que a V. M. se hacía, y la
voluntad del gobernador, por quererle bien, cargó un navío que
tenía de armas, herraje y otras mercaderías, quitándole de
las granjerías de sus haciendas, que no perdió poco en ellas, y
vino, que había cuatro meses que por falta dél no se celebraba el
culto divino, ni oíamos misa, y me lo envió con un amigo suyo
llamado Diego García de Villalón, y sabido por el Gobernador, se
lo envió mucho a agradecer y tener en grand servicio de parte de V.
M.
Escribióme el gobernador Vaca de
Castro, entre otras muchas cosas, los ejércitos que el Rey de Francia
había puesto contra V. M. por diversas partes, y la confederación
con el turco, que fue su último de potencia, y que la provisión
de V. M. fue tal, que no sólo le fue forzado retirarse, pero perder
ciertas plazas en su reino. De creer es que el temor de no perder el renombre
de cristianísimo (a no irle a la mano) no fuera parte para que dejara de
llegar a ejecución su dañada voluntad.
También me envió el
pregón Real de la guerra contra Francia, de que me holgué por
estar avisado, aunque podemos vivir bien seguros en estas partes de franceses,
porque mientras más vinieren más se perderán.
También me escribió para que enviase los quintos a V. M. Por
ésta se verá lo que en esto se ha podido hacer, certificando a V.
M. estimaría como a la salvación hallar en esta tierra doscientos
o trescientos mill castellanos sobre ella para servir a V. M. con ellos, y
socorrer a gastos tan crecidos, justos y sanctos; y confianza tengo en Dios y
en la buena ventura de V. M. poderlo hacer algúnd día.
Por el mes de septiembre del año de
1543 llegó el navío de Lucas Martínez Vegaso al puerto de
Valparaíso desta cibdad, y el capitán Alonso de Monroy con la
gente por tierra, mediado el mes de diciembre adelante, y desde entonces los
indios no osaron venir más, ni llegaron cuatro leguas en torno desta
cibdad, y se recogieron todos a la provincia de los Promaocaes, y cada
día me enviaban mensajeros diciendo que fuese a pelear con ellos y
llevase los cristianos que habían venido, porque querían ver si
eran valientes como nosotros, y que, si eran, que nos servirían, y si
no, que harían como en lo pasado; yo les respondí que sí
haría.
Reformadas las personas y los caballos,
que venían todos flacos por no haber visto desde el Perú hasta
aquí un indio de paz, padeciendo mucha hambre, por hallar en todas
partes alzados los mantenimientos, salí con toda la gente, que vino muy
bien aderezada y a caballo, a cumplirles mi palabra, y fui a buscar los indios,
y llegado a sus fuertes los hallé huídos todos,
acogiéndose de la parte de Mauli hacia la mucha gente, dejando quemados
todos sus pueblos y desamparado el mejor pedazo de tierra que hay en el mundo,
que no parece sino que en la vida hobo indio en ella. Y en esto
estábamos por el mes de abril del año de 1544, cuando
llegó a esta costa un navío, que era de cuatro o cinco
compañeros que de compañía lo compraron y cargaron de
cosas necesarias, por granjear la vida, y hallaron la muerte; porque cuando al
paraje desta tierra llegaron, venían tres hombres solos y un negro y sin
batel, que los indios de Copoyapo los habían engañado y tomado el
barco, y muerto al maestre y marineros, saliendo por agua, y treinta leguas
deste puerto junto a Mauli dieron con temporal al través, y mataron los
indios a los cristianos que habían quedado, y robaron y quemaron el
navío.
El junio adelante, que es el
riñón del invierno, y le hizo tan grande y desaforado de lluvias,
tempestades, que fue cosa mostruosa, que como es toda esta tierra llana,
pensamos de nos anegar, y dicen los indios que nunca tal han visto, pero que
oyeron a sus padres que en tiempo de sus abuelos hizo así otro
año. Llegó otro navío, que fue el que prometió de
enviar el gobernador Vaca de Castro, que un criado suyo, llamado Juan
Calderón de la Barca, por cumplir su palabra, viendo el deseo que
tenía su amo de enviarme socorro de cosas necesarias, y que no se
hallaba con dineros para ello, empleó diez o doce mill pesos que
tenía, y cargó y vino con ellas, y el navío se llama
Sanct Pedro.
El capitán, piloto y señor
del navío, y que le trujo después de Dios y guió
acá, se llama Juan Baptista de Pastene, ginovés, hombre muy
práctico de la altura y cosas tocantes a la navegación, y uno de
los que mejor entienden este oficio de cuantos navegan esta Mar del Sur,
persona de mucha honra, fidelidad y verdad, y que sirvió mucho a V. M.
en las provincias del Perú y al Marqués don Francisco Pizarro, y
después de muerto, en la recuperación dellas debajo la
comisión del gobernador Vaca de Castro, el cual le mandó, de
parte de V. M. viniese a estas provincias, por ser hombre de confianza y se
empleara en su Real servicio y le conocía por tal; y él se
ofresció a venir por hacerle a V. M. tan señalado, demás
de los hechos: con él me envió el Gobernador las nuevas de
Francia, y el pregón contra ella que tengo dicho.
Pasada la furia del invierno, mediado
agosto, que comienza la primavera, fui al puerto, y sabiendo la voluntad del
capitán, que era servir a V. M. en estas partes en lo que yo le mandase,
y la persona que era, y lo que había hecho en su Real servicio, que ya
yo lo sabía y le conocía del tiempo del Marqués, le hice
mi teniente general en la mar y le envié a descubrir esta costa hacia el
Estrecho de Magallanes, dándole otro navío y muy buena lente para
que llevase en ambos, y a que me tomase posesión en nombre de V. M., de
la tierra, y así fue. Lo que halló y hizo, verá V. M. por
la fee que aquí va, y dello la da Juan de Cárdenas como escribano
mayor del juzgado destas provincias, que en nombre de V. M. crié, que
juntamente le envié por acompañado con él para lo que
conviniese para al servicio de V. M.
También envié a mi maestre
de campo Francisco de Villagra, por tener práctica de las cosas de la
guerra y que ha servido mucho a V. M. en estas partes, para que a los indios
destas provincias los echase hacia acá y me tomase lengua de las de
adelante; y desde entonces tengo a Francisco de Aguirre, mi capitán,
desa parte del río Mauli, en la provincia de Itata, con gente, que tiene
aquella frontera y no da lugar que los indios de por acá pasen a la otra
parte, y si los acogen los castiga; y estará allí hasta que yo
vaya adelante; y viéndose tan seguidos, y que perseveramos en la tierra,
y que han venido navíos y gente, tienen quebradas las alas y ya de
cansados de andar por las nieves y montes, como animalias, determinan de
servir; y el verano pasado comenzaron a hacer sus pueblos y cada señor
de cacique ha dado a sus indios simiente, así de maíz como de
trigo, y han sembrado para simentarse y sustentarse, y de hoy en adelante
habrá en esta tierra grand abundancia de comida, porque se hacen en el
año dos sementeras, que por abril y mayo se cogen los maíces, y
allí se siembra el trigo, y por diciembre se coge, y torna a sembrar el
maíz.
Como esta tierra, estaba tan mal infamada,
como he dicho, pasé mucho trabajo en hacer la gente que a ella truje, y
toda la acaudillé a fuerza de brazos de soldados amigos que se quisieron
venir en mi compañía aunque fuera a perderme, como lo pensaron
muchos, y por lo que hallé prestado para remediar a los que lo hobieron
menester, que fueron hasta quince mill pesos en caballos, armas y ropa, pago
más de sesenta mill en oro, y el navío y gente de socorro que me
trajo mi teniente. Debo por todo lo que se gastó ciento y diez mill
pesos, y del postrero que vino me adeudé en otros sesenta mill, y
están al presente en esta tierra doscientos hombres, que me cuesta cada
uno más de mill pesos puesto en ella; porque a otras tierras nuevas van
por la buena fama a ella los hombres, y desta huyen todos por la mala en que la
hablan dejado los que no quisieron hacer en ella como tales: y así me ha
convenido hasta el día de hoy para la sustentar, comprar los que tengo a
peso de oro, certificando a V. M., que no tengo de toda esta suma que he dicho
acción contra nadie de un solo peso para en descuento della, y todos los
he gastado en beneficio de la tierra y soldados que la han sustentado por no
podérseles dar aquí lo que es justo y merecen, haciéndoles
de todo suelta; y haré lo mesmo en lo de adelante, que no deseo sino
descobrir y poblar tierras a V. M., y no otro interese, junto con la honra y
mercedes que será servido de me hacer por ello, para dejar memoria y
fama de mí, y que la gané por la guerra como un pobre soldado,
sirviendo a un tan esclarecido monarca, que poniendo su sacratísima
persona cada hora en batallas contra el común enemigo de la Cristiandad
y sus aliados, ha sustentado con su invictísimo brazo y sustenta la
honra della y de nuestro Dios, quebrantándoles siempre las soberbias que
tienen contra los que honran el nombre de Jesús.
Demás desto, en lo que yo he
entendido después que en la tierra entré y los indios se me
alzaron, para llevar adelante la intención que tengo de perpetuarla a V.
M., es en haber sido gobernador en su Real nombre para gobernar sus vasallos, y
a ella con abtoridad, y capitán para los animar en la guerra, y ser el
primero a los peligros, porque así convenía; padre para los
favorecer con lo que pude y dolerme de sus trabajos, ayudándoselos a
pasar como de hijos, y amigo en conversar con ellos; zumétrico en trazar
y poblar; alarife en hacer acequias y repartir aguas; abrador y
gañán en las sementeras; mayoral y rabadán en hacer criar
ganados; y, en fin, poblador, criador, sustentador, descubridor y conquistador.
Y por todo esto, si merezco tener de V. M. el abtoridad que en su Real nombre
me ha dado su Cabildo y vasallos, y confirmármela de nuevo para con ella
hacerle muy mayores servicios, a su cesárea voluntad lo remito.
Y por lo que yo me persuado merecerla
mejor, es por haberme, con el ayuda primeramente de Dios, sabido valer con
doscientos españoles tan lejos de poblaciones de cristianos, habiendo
subcedido en las del Perú lo pasado, siendo tan abundantes de todo lo
que desean los soldados poseer, teniéndolos aquí subjectos,
trabajados, muertos de hambre y frío, con las armas a cuestas, arando y
sembrando por sus propias manos para la sustentación suya y de sus
hijos; y con todo esto, no me aborrecen, pero me aman porque comienzan a ver ha
sido todo menester para poder vivir y alcanzar de V. M. aquello que venimos a
buscar: y con esto, rabian por ir a entrar esa tierra adelante, para que pueda
en su Real nombre remunerarles sus servicios. Y por mirar yo lo que al de V. M.
conviene, me voy poco a poco: que aunque he tenido poca gente, si toviera la
intención que otros gobernadores, que es no parar hasta topar oro para
engordar, yo pudiera con ella haber ido a lo buscar y me bastaba; pero por
convenir al servicio de V. M. y perpetuación de la tierra, voy con el
pie de plomo, poblándola y sustentándola. Y si Dios es servido
que yo haga este servicio a V. M. no será tarde, y donde no, el que
viniere después de mí, a lo menos halle en buena orden la tierra,
porque mi interese no es comprar un palmo della en España, aunque
toviese un millón de ducados, sino servir a V. M. con ellos y que me
haga en esta tierra mercedes, y para que dellas, después de mis
días, gocen mis herederos y quede memoria de mí y dellos para
adelante. Y tampoco no quisiera haber tenido más posibilidad, si no
fuera tanta que hobiera para dejar y llevar, porque a no ir con ella adelante,
mientras más gente hobiera más trabajos pasara en la sustentar.
Con la que he tenido, aventurando muchas veces sus vidas y la mía, he
hecho el fruto que ha sido menester para tener las espaldas seguras cuando me
vaya a meter de hecho adonde pueda poblar y perpetuarse lo poblado.
Sepa V. M. que desde el valle de Copayapo
hasta aquí hay cient leguas y siete valles en medio, y de ancho hay
veinte y cinco por lo más, y por otras, quince y menos, y las gentes que
de las provincias del Perú han de venir a estas, el trabajo de todo su
camino es de allí aquí, porque hasta el valle de Atacama, como
están de paz los indios del Perú, con la buena orden que el
Gobernador Vaca de Castro ha dado, hallarán comida en todas partes, y en
Atacama se rehacen della para pasar el grand despoblado que hay hasta Copoyapo,
de ciento y veinte leguas, los indios del cual y de todos los demás,
como son luego avisados, alzan las comidas en partes que no se pueden haber, y
no sólo no les dan ningunas a los que vienen, pero hácenles la
guerra. Y porque ya en esta tierra se pueden sustentar todos los que
están y vinieren, atento que se cogerán de aquí a tres
meses por diciembre, que es el medio del verano, en esta cibdad diez o doce
mill hanegas de trigo y maíz sin número, y de las dos
porquezuelas y el cochinillo que salvamos cuando los indios quemaron esta
cibdad, hay ya ocho o diez mill cabezas, y de la polla y el pollo tantas
gallinas como yerbas, que verano y invierno se crían en abundancia.
Procuré este verano pasado, en tanto que yo entendía en dar
manera para enviar al Perú, poblar la cibdad de la Serena en el valle de
Coquimbo, que es a la mitad del camino, y hase dado tan buena maña el
teniente que allí envié con la gente que llevó, que dentro
de dos meses trujo de paz todos aquellos valles, y llámase el
capitán Juan Bohón: y con esto pueden venir de aquí
adelante seis de caballo del Perú acá, sin peligro ni
trabajo.
Como dieron la vuelta el capitán
Juan Baptista de Pastene, mi teniente, por la mar, y mi maestre de campo por la
tierra de donde los había enviado, y que los indios comenzaban a asentar
y sembrar, por poder ir yo adelante a buscar de dar de comer a doscientos
hombres que tengo, que en lo repartido a esta cibdad, que es de aquí
hasta Mauli, no hay para veinte y cinco vecinos, y es mucho, porque son treinta
leguas en largo y catorce o quince en ancho, y porque me puedan venir caballos
y yeguas para la gente que tengo, que en la guerra y trabajos della me han
muerto la mayor parte que truje, eché este verano pasado a las minas los
anaconcillas que nos servían, y nosotros con nuestros caballos les
acarreábamos las comidas, por no fatigar a los naturales, hasta que
asienten, trabajando éstos que tenemos por hermanos, por haberlos
hallado en nuestras necesidades por tales, y ellos se huelgan viendo que hacen
tanto fructo, y en las mazamorras que han dejado los indios de la tierra donde
sacaban oro, han sacado hasta veinte y tres mill castellanos, con los cuales y
con nuevos poderes y crédito para que me obligue en otros cient mill,
envío al capitán Alonso de Monroy, para que tome segundo trabajo,
a las provincias del Perú; y por responder a aquella tierra al
Gobernador Vaca de Castro, que le he hallado en todo lo que al servicio de V.
M. ha convenido como aquí digo; y para que haga saber a los mercaderes y
gentes que se quisieren venir a avecindar, que vengan, porque esta tierra es
tal, que para poder vivir en ella y perpetuarse no la hay mejor en el mundo;
dígolo porque es muy llana, sanísima, de mucho contento; tiene
cuatro meses de invierno, no más, que en ellos, si no es cuando hace
cuarto la luna, que llueve un día o dos, todos los demás hacen
tan lindos soles, que no hay para qué llegarse al fuego. El verano es
tan templado y corren tan deleitosos aires, que todo el día se puede el
hombre andar al sol, que no le es importuno. Es la más abundante de
pastos y sementeras, y para darse todo género de ganado y plantas que se
puede pintar; mucha y muy linda madera para hacer casas, infinidad otra de
leña para el servicio dellas, y las minas riquísimas de oro, y
toda la tierra está llena dello, y donde quiera que quisieren sacarlo
allí hallarán en qué sembrar y con qué edeficar y
agua, leña y yerba para sus ganados, que parece la crió Dios a
posta para poderlo tener todo a la mano; y a que me compre caballos para dar a
los que han muerto en la guerra como muy buenos soldados, hasta que tengan de
qué los comprar, porque no es justo anden a pie, pues son buenos hombres
de caballo y la tierra ha menester; y algunas yeguas para que con otras
cincuenta que aquí hay al presente, no tenga de aquí adelante
necesidad de enviar a traer caballos de otras partes; y para que diga a todos
los gentiles hombres y súbditos de V. M. que no tienen allá de
comer, que vengan con él, si lo desean tener acá. Y con este
viaje, tengo por mí, los caminos y voluntades de los hombres se
abrirán y vernán a esta tierra muchos sin dineros a tenerlos en
ella, y cuando no, quien ha gastado lo de hasta aquí, y espera gastar lo
de ahora, lo pagará y gastará otro tanto por acabar de acreditar
la tierra y perpetuarla a V. M.; y el que está como yo al pie de la
obra, ha gastado y espera gastar lo que digo y pasado los trabajos: vea V. M.
qué puede hacer el que viniere por el Estrecho con gente nueva.
También envío al
capitán Juan Baptista de Pastene, mi teniente por la mar, con algunos
dineros y crédito a traerme por ella armas, herraje, pólvora y
gente.
También quiero advertir a V. M. de
una cosa: que yo envié a poblar la cibdad de la Serena, por la causa
dicha de tener el camino abierto, y hice Cabildo y les di todas las
demás abtoridades que convenía, en nombre de V. M., y esto me
convino hacer y decir. Y porque las personas que allá envié
fuesen de, buena gana, les deposité indios que nunca nacieron, por no
decirles habían de ir sin ellos a trabajos de nuevo, después de
haber pasado los tan crecidos de por acá. Así que, para mí
tengo que como se haya hecho el efecto porque lo poblé, converná
despoblarse si detrás de la cordillera de la nieve no se descubren
indios que sirvan allí, porque no hay desde Copoyapo hasta el valle de
Canconcagua, que es diez leguas de aquí, tres mil indios, y los vecinos
que agora hay, que serán hasta diez, tienen a ciento y doscientos indios
no más; y por esto me conviene, en tanto que hay seguridad de gente en
esta tierra, con el trato della, tener una docena de criados míos en
frontería con aquellos vecinos, y de lo que aquellos valles
podrán servir a sus amos en esta cibdad de Sanctiago será con
algúnd tributo y con tener un tambo en cada valle donde se acojan los
cristianos que vinieren y les den de comer; y haránlo esto los indios
muy de buena voluntad y no les será trabajo ninguno, antes se
holgarán.
Así que, V. M. sepa que esta cibdad
de Sanctiago del Nuevo Extremo es el primer escalón para armar sobre
él los demás y ir poblando por ellos toda esta tierra a V. M.
hasta el Estrecho de Magallanes y Mar del Norte. Y de aquí ha de
comenzar la merced que V. M. será servido de me hacer, porque la
perpetuidad desta tierra y los trabajos que por sustentarla he pasado, no son
para más de poder emprehender lo de adelante; porque, a no haber hecho
este pie y meterme más en la tierra sin poblar aquí, si del cielo
no caían hombres y caballos, por la tierra era excusado venir pocos, y
muchos menos por la falta de los mantenimientos, y por mar no pueden traerse
caballos, por no ser para ellos la navegación; y con poblar aquí
y sustentar ya Coquimbo de prestado, pueden ir y venir a placer todos los que
quisieren. Y como me venga ahora gente, aunque no sea mucha, para la seguridad
de aquí, y algunos caballos para dar a la que acá tengo a pie,
entraré con ella a buscar donde les dar de comer y poblar y correr hasta
el Estrecho, si fuese menester. Así que, este es el discurso de lo que
se ha podido y pienso hacer y las razones porque se ha hecho, aunque en breve
dichas.
También repartí esta tierra,
como aquí vine, sin noticia, porque así convino para aplacar los
ánimos de los soldados, y dismembré a los caciques por dar a cada
uno quien le sirviese; y la relación que pude tener fue de cantidad de
indios desde este valle de Mapocho hasta Mauli y muchos nombres de caciques; y
es que, como éstos nunca han sabido servir, porque el Inga no
conquistó más de hasta aquí, y son behetrías, eran
nombrados todos los principalejos, y cada uno déstos los indios que
tienen son a veinte y treinta, y así los deposité después
que cesó la guerra y he ido a los visitar; lo comienzo a poner en orden
tomando a los principales caciques sus indios, haciendo como mejor puedo para
que no se disipen los naturales que hay, y se perpetúe esta tierra; y
llevaré comigo adelante todos los que aquí tenían nonada,
y lo dejan, con satisfacer a V. M. que particularmente ni por mi propio
interese no haré agravio a nadie; y si lo que se hiciere les pareciere a
algunos lo es, será por el servicio de V. M. y general bien de toda la
tierra y naturales, a los cuales trato yo conforme a los mandamientos de V. M.,
por descargar su Real conciencia y la mía. Y para ello hay cuatro
religiosos sacerdotes, que los tres vinieron comigo, que se llaman Rodrigo
González y Diego Pérez y Juan Lobo, y entienden en la
conversión de los indios y nos administran los sacramentos y usan muy
bien su oficio de sacerdocio; y el padre bachiller Rodrigo González hace
en todo mucho fructo con sus letras y predicación, porque lo sabe muy
bien hacer, y todos sirven a Dios y a V. M.
Así que, invictísimo
César, el peso desta tierra y de su sustentación y perpetuidad y
descubrimiento, y lo mesmo de la de adelante, está en que en estos cinco
o seis años no venga a ella de España por el Estrecho de
Magallanes capitán proveído por V. M., ni de las provincias del
Perú, que me perturbe. Al Perú así lo escribo al
Gobernador Vaca de Castro, que se hace en todo lo que al servicio de V. M.
conviene: A V. M. aquí se lo advierto y suplico, porque, caso que
viniese gente por el Estrecho, no pueden traer caballos, que son menester, que
es la tierra llana como la palma. Pues gente no acostumbrada a los
mantenimientos de acá, primero que hagan los estómagos barquinos
acedos para se aprovechar dellos, se mueren la mitad y los indios dan presto
con los demás al traste; y si nos viesen litigar sobre la tierra,
está tan vedriosa que se quebraría y el juego no se podría
tornar a entablar en la vida. La verdad yo la digo a V. M. al pie de la letra,
y así ella y a su cesárea voluntad halle yo siempre en mi favor;
que por lo que deseo no venga persona que me extraiga del servicio de V. M. ni
perturbe en esta coyuntura, es por emplear la vida y hacienda que tengo y
hobiere, en descobrir, poblar, conquistar y pacificar toda esta tierra hasta el
Estrecho de Magallanes y Mar del Norte, y buscarla tal que en ella pueda a los
vasallos de V. M. que comigo tengo, pagarles lo mucho que en ésta han
trabajado y descargar con ellos su Real conciencia y la mía. Y
después desto hecho, que es mi principal contento, y que V. M. tenga
noticia de mis servicios y de mí como es justo, pues yo a su
cesárea persona los he hecho y hago y merezca oír y ver por
cartas de V. M. que le son aceptos y a mí es servido de me tener en el
número de sus leales súbditos y vasallos y criados de su Real
Casa, que no deseo más. Si la tierra toda V. M. fuese servido darla a
otra u otras personas en gobierno, sin dejarme a mí parte o con la que
fuere su Real servicio, digo que, siendo cierto mana de su cesáreo
albedrío yo meteré en la posesión della toda, o de aquella
parte, a la persona que V. M. me enviara a mandar por una muy breve
cédula firmada de su cesárea mano, o de los señores que
presiden en el Real Consejo destas sus Indias, y hasta que V. M. pueda saber
esto y sea servido de me mandar responder, yo manterné la tierra como
hasta aquí con la abtoridad que su Cabildo y pueblo me ha dado: y viendo
mandado en contrario desto, la deporné y me tornaré un privado
soldado y serviré al que viniere nuevamente proveído a estas
partes en su sacratísimo nombre, con el ánimo y voluntad que en
lo pasado lo he hecho y presente hago a V. M. Y estas mercedes son las que en
principio de mi carta digo que he pedir, en satisfacción de los
pequeños servicios que hasta el día de hoy he hecho y de los muy
crecidos que deseo hacer toda la vida en acrescentamiento del patrimonio y
rentas reales de V. M.
Advierto a V. M. de una cosa y suplico muy
humillmente por ella, y es: que siendo servido de dar esta tierra a alguna
persona que con importunación la pida, por haber hecho servicios y
representarlos ante su cesáreo acatamiento, sea con condición se
obligue a mis acreedores por la suma de los doscientos y treinta mill pesos que
debo y por los cient mill que de nuevo envío a que me obliguen, que
también se gastarán, y de los demás que yo hobiere gastado
en beneficio de la tierra y para su sustentación, porque hasta ahora no
he habido della sino son los siete mill pesos que tomaron los indios de
Copoyapo al capitán Alonso de Monroy la primera vez y los veinte y tres
mill que también envío ahora para el útil della al
Perú; y esto sólo por no perder el crédito y por ser
razonable y por la conciencia, y no quiero salir con más hacienda de
saber que en ello se sirve V. M., porque de nuevo, en calzas y jubón,
con mi espada y capa, tornaría a emprender con mis amigos, a quien no he
satisfecho lo que es justo y merecen, a hacer nuevos servicios a V. M.
Otra y muchas veces suplico a V. M., pues
tengo comenzada tal obra, porque no se me haga mala, hasta que yo envíe
la relación y discretión de la tierra, y escriba cumplidamente
con mensajeros propios y duplicados despachos, y los Cabildos, ni más ni
menos, con relación de todo lo por mí y ellos hecho en su Real
servicio, y le envíe a pedir las mercedes, exenciones y libertades que
V. M. acostumbra dar y merecen los que bien le sirven, sea servido de mandar
que no se provea cosa nueva para acá; y estando proveída, se
sobresea, porque así conviene al servicio de V. M., y para mí
será tan grand merced cual no sabría encarecer ni significar,
porque no querría que al tiempo que han de ser por V. M. acebtos mis
servicios, viniese algúnd traspié, sin querer yo dar causa a
ello, por donde se tornase ante su cesáreo acatamiento al contrario.
Quedé tan obligado al
Marqués Pizarro, de buena memoria, por haberme enviado donde V. M. y
tenga la noticia de mis servicios y de mí, que no puedo pagárselo
sino con tener, mientras viviere, a sus hijos en el lugar que a él, y
por perder el abrigo de tal padre, que tanto se desveló en el servicio
de V. M. haciendo tan grand fructo en acrescentamiento de su Real patrimonio,
para que ellos gocen de tan justos sudores: a V. M. suplico humillmente se
acuerde dellos, haciéndoles tales mercedes que se puedan sustentar como
hijos de quien son.
El portador desta carta se llama Antonio
de Ulloa: es tenido por mí, y estimado por los que le conocen por sus
obras y buenas maneras, por caballero y hijodalgo, y como tal se mostró
en estas partes en su Real servicio, gastando para venirle a servir en ellas la
hacienda que él por acá ha ganado y podido haber; y por ello va
adeudado y obligado a pagar en su tierra, por venir en mi
compañía y traer muy buenos caballos y armas para servir en la
guerra, como ha servido como muy gentil soldado que es, prático y
experimentado en las cosas della, y lo ha gastado todo en la
sustentación desta tierra, y por esto le deposité en nombre de V.
M. dos mill indios. Y dejado aparte, es justo los tenga por sus servicios: por
ellos y por otras muchas razones que hay, es merecedor de las mercedes que V.
M. fuera servido de le mandar hacer en estas partes, así a él,
como a la persona que a ellas quisiese enviar a que goce por él de los
trabajos que ha pasado en el conflicto de toda esta tierra. Vase ahora que
había de haber satisfacción cogiendo fructo dellos; y porque la
razón que le mueve a irse a su natural es tan justa, le dejo ir, que, a
no tenerla tan grande y serle a él en tanto contentamiento la ida, hasta
que yo le satisficiera en nombre de V. M. sus servicios, o le diera tanta
cantidad de pesos de oro como era justo para que allá se pudiera
representar como quien es, no le partiera de mí. Él tuvo cartas
de España con el primer navío que aquí vino de sus deudos,
en que le avisaban que su hermano mayor, heredero que quedó de su padre
para sustentar su casa, murió sin dejar hijos, y porque ésta no
perezca saliendo fuera de su derecha línea, se va a casar, por dejar
quien después della herede, para que no muera la memoria della. Y
así, dándole de lo poco que tenía, yendo satisfecho, de mi
voluntad quisiera darle mucho, le di la licencia que deseaba; y porque yo estoy
de camino y tan ocupado en lo que digo, y no puedo enviar relación de la
tierra hasta que tenga de qué darla buena, escribo con él esta
carta para que la presente a V. M. y sepa en el estado en que quedo y mande
proveer a lo que suplico. Y porque dél se podrá saber lo
demás que yo aquí no digo, ceso, suplicando muy humillmente a V.
M. en todo aquello que de mi parte dijere y suplicare, por quedar confiado
dirá y hará como quien es, le mande V. M. dar todo el
crédito que a mi propia persona sería servido de dar.
Porque tenía necesidad el
navío de darse carena y echar a monte, y no había aparejo para
ello en esta cibdad, y en la Serena hay un cierto betume que lo da Dios de su
rocío y se cría en unas yerbas en cantidad, que es como cera, y
dicen para esto muy apropiado; me voy a ella a despachar a V. M., y al Cuzco en
tanto que se calafetea y pone en orden, por no perder tiempo; y dejo a mi
maestre de campo para que en el entretanto haga se aderece la gente para partir
en dando la vuelta, que será como se vayan los mensajeros y navío
esté en orden y presto; y ya lo está, y le despacho, y se parte
con el ayuda de Dios y de su bendita Madre, y en la ventura de V. M. A su
inmensa bondad plega me la de a mí y llegue a salvamento ante su
cesáreo acatamiento esta carta y elección y fe de la
posesión y mensajero, para que entienda V. M. cuál es mi fin en
su Real servicio. Y así he hablado a los caciques y dícholes que
sirvan muy bien a los cristianos, porque, a no hacerlo, envío ahora a V.
M. y al Perú a que me traigan muchos, y que, venidos, los mataré
a todos; que para qué los quiero, que adelante hay tantos como yerbas
que sirvan a V. M. y a los cristianos, y que pues son ellos perros y malos
contra los que yo traje, no ha de quedar ninguno, y que no les valdrá la
nieve ni enterrarse vivos en la tierra donde salieron; que allí los
hallaré; por eso, que vean cómo les va. Y como ellos me conocen y
que hasta aquí no les he dicho cosa que no haya salido; así y
héchola yo de la mesma manera, temieron y temen en verdad, y
respondieron quieren servir muy bien en todo lo que yo les mandare. Y ni con
esto me engañarán, que yo dejaré aquí recaudo hasta
que venga gente y después de seguro lleve toda la que hay, y
servirán ellos a la cibdad de Sanctiago con algúnd tributo a sus
amos y con tener tambos en el camino. Y así me parto y vuelvo a ella con
la bendición de Dios y de V. M., que le suplico me alcance, cuya
sacratísima persona por largos tiempos guarde Nuestro Señor con
la superioridad y señorío de la cristiandad y monarquía
del universo.
Desta cibdad de la Serena, a 4 de
septiembre 1545.-S. C. C. M.-Muy humillde súbdito y vasallo de V. M.,
que sus sacratísimos pies y manos besa.-PEDRO DE VALDIVIA.
  A Hernando Pizarro
La Serena, 4 de septiembre de 1545
Muy magnífico señor:
Después que de vuestra señoría me despedí, cuando
en buena hora se fue a España, no he visto carta suya, ni sabido de v.
m. cómo ha estado, hasta agora año y medio qué me vino
socorro del Perú, a donde envié por él a mi teniente
general y me dijo supo de la salud de v. m. del señor Vaca de Castro, y
en la reputación que con nuestro César quedaba, de lo que yo me
holgué de todo en el corazón; por el amor que sé el de la
v. m. me tiene, lo conocerá, pues esto, como es cierto, no es
engaño. Plega a Dios oya yo siempre tiene v. m. aquel contento y
descanso que ha menester, y que S. M. le ha hecho y hace de cada día las
mercedes que los tan señalados servicios que en estas partes a su
cesárea persona hizo, merecen; ayudándolas, primero, con tan
crecidos trabajos a descubrir, conquistar e poblar, y últimamente, con
su valor y severidad a se las conservar y librar de las fuerzas de los que
presumían con tácitas objeciones hacerlas a S. M. en su
deservicio, queriendo se usase con ellos, no la razón, que ninguna
tenían, pero que los dejasen salir con las sinrazones que quisiesen
hacer en la tierra. Y si lo que como caballero y valeroso capitán como
v. m. hizo, venciéndolos, justiciando las cabezas de los tumultos, el
Marqués, mi señor, de buena memoria, con la abtoridad
cesárea que tenía, hobiera ejecutado en los que quedaron, porque
lo merecían por sus continuas tramas, que públicamente
decían querer acometer, pudiera ser que S. S. estuviera como v. m. y yo
desearíamos, y sus hijos habían menester; y porque los secretos
de Dios son grandes, no hay que decir en esto más de darle gracias por
todo lo que hace.
El Marqués, mi señor, como
v. m. sabe, me envió con sus provisiones por su teniente general a esta
tierra para que la poblase y sustentase y descubriese otra y otras adelante en
nombre de S. M. y por sólo el parecer de v. m. junto con el deseo que yo
tenía de servir a su cesárea persona, lo aceté
contrariándomelo mis amigos; y por conocer el ánimo de v. m., que
era emprender cosas en su Real servicio, arduas, que a otros caballeros que no
tuviesen el valor déste, aunque fueran de muy crecidos, les
parecerían imposibles, quise yo seguir éste, porque vi que no
podía dejar de ser acertado, por se me dar con entera y sana voluntad; y
por ésta, aunque me perdiera, fuera más satisfacción para
mí que engañarme por los demás. Y como v. m. vido,
dispúseme luego a hacer gente para mi empresa, y llegáronseme mis
amigos, y buscando prestado entre mercaderes y otras personas, hallé
hasta quince mill pesos en caballos y armas; y con lo que yo tenía
socorrí a los que más menester lo habían, y hice dellos
ciento cincuenta hombres; y en esto me detuve nueve meses.
Por enero del año de cuarenta
salí del Cuzco para seguir mi viaje, no con tanto aparejo como fuera
menester, pero con el ánimo que sobraba a los trabajos que se
podían pasar y pasaron en el camino, por ser el que v. m. sabe,
despoblados e indios no domados, antes muy desvergonzados y animados contra
cristianos, por creer que sus fuerzas fueran cabsa para costreñir los
primeros que acá vinieron a dar la vuelta.
Tardé en el camino once meses, y
fue tanto tiempo por el trabajo en buscar las comidas que nos las tenían
escondidas de manera que el diablo no las hallara; y, con todo, me di tan buena
maña, que llegué, con el ayuda de Dios, a este valle de Mapocho,
que es doce leguas más adelante de Canconcagua, que el Adelantado
llamó el valle de Chili, con perder sino dos o tres que me mataron
indios en guazábaras en Copayapo y en el camino, y otros tantos caballos
y algunas piezas de servicio y indios de carga; y de éstos fueron
cuarenta, aunque en el valle de Coquimbo se me huyeron y quedaron, por temer la
hambre de adelante, viendo la que hasta allí habían pasado,
más de cuatrocientas piezas de yanaconas y indios, y quedáronnos
otras tantas.
Llegado a este valle con mi gente, hice un
cuerpo de los peones, y dejé con ellos todo el bagaje y veinte de
caballo; y los demás repartí en cuatro cuadrillas, y con ellas
corrí todo este valle y tomé muchos indios sin les hacer mal, y
con ellos envié a llamar los caciques que me viniesen de paz y no
temiesen, porque les quería decir la cabsa de mi venida y saber sus
voluntades; y diciéndoles todos sus indios que éramos muchos
cristianos, y pensaron esto por el astucia que tuve en repartir la gente,
porque como los indios huían de una cuadrilla, topaban con otra, y
escapándose de aquélla, con las demás, temieron
éramos muchos; y de este temor vinieron los señores.
Venidos, les dije cómo S. M. me
enviaba a poblar esta tierra, para que sirviesen con sus indios a los
cristianos, como en el Cuzco lo hacían los ingas y caciques, y que
supiesen habíamos de perseverar para siempre, y porque, por haberse
vuelto Almagro, le mandaron cortar la cabeza; por tanto, que me hiciesen casas
primeramente para Santa María y para los cristianos que conmigo
venían y para mí; y así las hicieron en la traza que les
señalé. Aquí poblé esta cibdad en nombre de S. M. y
llaméla Sanctiago del Nuevo Extremo, a 24 de hebrero de 1541, y a toda
la tierra y que demás he descubierto y descubriré, la Nueva
Extremadura, por ser el Marqués della y yo su hechura.
Por un indio que tomé en el camino
cuando venía acá, supe que todos los señores desta tierra
estaban avisados de Mango Inga, con mensajeros que vinieron delante de
mí, haciéndole saber, si querían que diésemos la
vuelta como Almagro, que escondiensen el oro, porque como nosotros no buscamos
otra cosa, no hallándolo, haríamos lo que él; y que
asimesmo quemasen las comidas, ropa y lo que tenían. Cumpliéronlo
tan al pie de la letra, que las ovejas que tenían se comieron y
arrancaron todos los algodonales y quemaron la lana, no se doliendo de sus
propias carnes, que por sólo que los viésemos no tener nada, se
quedaron desnudos, quemando la propia ropa dellos y por temor de las
sementeras, que dende a tres meses se recogían creyendo éramos
más cristianos, nos sirvieron cuatro o cinco meses bien.
Con recelo que se habían de rebelar
los indios, como me decían lo habían acostumbrado,
pareciéndome que éstos no podían hacer menos, siendo una
la condición de todos, atendí a me velar muy bien y andar sobre
aviso y a encerrar comida y metí tanta, que bastaba para nos sustentar
dos años, porque había grandes sementeras, que es esta tierra
fertilísima de comidas, porque si algo hiciesen no faltase al soldado de
comer, porque con esto hacen la guerra.
Entre los fieros que nos hacían
algunos indios que no querían servirnos, decían que nos
habían de matar a todos, como el hijo de Armero había hecho al
Apomacho en Pachacama; y que por esto todos los cristianos se habían
huido de los Charcas y de Porco y de toda la tierra; y atormentados ciertos
sobre ello, dijeron que los caciques de Copayapo se lo habían enviado a
decir a Michemalongo y que ellos lo supieron de mensajeros que les envió
el de Atacama; y tóvelo por burla, como lo fue por entonces, que
aún no lo habían muerto, pero hicieron dende a un mes, como
después supe; y esto debió de saberse por decir tan
desvergonzadamente a los indios en las provincias del Perú los de la
parte del Adelantado que lo habían de hacer; y ellos, como veían
se juntaban los de esta parcialidad en Lima, entendíanlo mejor que los
servidores del Marqués, mi señor, que haya gloria, el deseo
voluntario por hecho.
Como esto se supo por el procurador de la
cibdad, hizo ciertos requerimientos al cabildo para que me eligiesen por
Gobernador en nombre de S. M. y por mis respuestas se lo contradije; y ellos,
tornando a porfiar por parecerme convenir al servicio de S. M., por conservarle
con abturidad esta tierra y contentar al pueblo, y con eficacia y runrún
me lo pedía, lo aceté quedándome la voluntad sana en el
servicio del Marqués, mi señor, y en la mesma sujeción que
de antes, lo aceté como parece por la copia de la elección que a
S. M. envío y v. m. allá verá.
Luego me partí al valle de
Canconcagua a hacer un bergantín, para avisar de todo al Marqués,
mi señor; y estando haciendo escolta con ocho de caballo a doce hombres
que entendían en él, me escribió el capitán Alonso
de Monroy que ciertos soldados de los de la parte del Adelantado que conmigo
vinieron, a los cuales honraba, que por no tenerlos tan bien conocidos como v.
m., me fiaba dellos más de lo que era razón, me querían
matar. Como recibí la carta, que fue a media noche, vine en diligencia,
ordenando a los que trabajaban cesasen hasta que yo diese la vuelta y
atendiesen a se guardar, porque desta suerte no les osarían acometer los
indios teniendo por mí darla otro día. Convínome estar en
la cibdad seis o siete, y ellos, no acordándose de lo que les dije,
andaban de día sin armas. Como los indios vieron su descuido, dieron en
ellos y los mataron. Y hecho esto, se me alzó la tierra con la
interpretación de sus palabras, que significaban lo que las de los
villanos de Italia, cuando dicen: «Carne, carne, masa, masa.» Hice
mi pesquisa, y hallé culpados a más cantidad, y por la necesidad
que tenía de gente, ahorqué cinco, que fueron las cabezas,
disimulando con los demás, y aseguré los ánimos de todos.
Confesaron en sus dipusiciones que venían concertados para me matar con
los que mandaban al hijo de Almagro, porque ellos habían de hacer otro
tanto en el Perú por este tiempo en la persona del Marqués, mi
señor, y de sus deudos, servidores y criados; y aun con todo esto,
vivía sin recelo, habiendo oído dar a v. m. instrucción a
S. S. de cómo se había de gobernar con esta gente para no venir
en lo que vino, y tenía por mí la guardaría, y
también te enviaba yo avisar desto, como le escribí
después, para que hubiese más recabdo.
Alzada la tierra, se juntó toda en
dos partes para dar en nosotros. Salí, luego como lo supe, desta cibdad
a dar en la mayor parte con noventa hombres, dejando cincuenta, los treinta de
caballo, con Alonso de Monroy a la guardia della. Y en tanto que yo
hacía fruto donde fui, viene la otra, en que había ocho o diez
mill indios, y dan en ellos; mataron cuatro cristianos y veinte y tres
caballos, y queman toda la cibdad, sin quedar una sola estaca, y cuanta comida
teníamos, que no quedamos todos más de con las armas e andrajos
viejos. Dióse tan buena maña con pelear todo el día en
peso el capitán y sus soldados y estar heridos todos, cobrando
ánimo al venir de la noche, que desbarataron y hicieron huir los indios
y mataron infinidad dellos.
Hízome Alonso de Monroy saber a la
hora la victoria sangrienta que habían habido, con pérdida de lo
qué teníamos y quema de la cibdad y comida. Di la vuelta a la
hora, y pareciéndome era menester ánimo y no dormir en las pajas,
todos los cristianos, con ayuda de los anaconcillas, reedificamos la cibdad de
nuevo; y entendí en sembrar y criar, como en la primera edad, con un
poco de maíz que sacamos a fuerza de brazos, y dos almuerzas de trigo; y
salvarnos dos cochinillas y un porquezuelo y una gallina y un pollo; y el
primer año se cogieron de trigo doce hanegas, con que nos hemos
simentado.
Luego se me traslució el trabajo
que había de tener en esta tierra por la falta de herraje, armas y
caballos, y que si acaso fuese verdad la muerte del Marqués, mi
señor, que por haberla tan mal infamado la gente de Almagro, no
vernía ninguna a ella, si no iba persona propia a traerla, y que llevase
siquiera cebo de manjar amarillo para moverle los ánimos y tornarla a
acreditar, y se perpetuase, y porque en tanto se iban mis mensajeros y
venían tuviese con qué sustentar la gente, y no esperar a lo
hacer cuando todo me faltase, envié al capitán Alonso de Monroy
por escrebir y dar cuenta al Marqués, mi señor; y dile cinco
hombres que fuesen en su compañía, con los mejores caballos que
tenía, que no pude dalle más, y con seis o siete mill pesos que
tenía y me dieron los vasallos de S. M., que habían sacado sus
anaconcillas en el tiempo que estaba yo entendiendo en el bergantín,
porque allí estaban las minas, ricas, y se pusieron algunos a escarbar y
sacaron con palos. Estos los despaché encomendándolos a Dios; y
porque no fuesen tan cargados con el oro, por el peligro de tan largo camino
habían de ir a noche y mesón, hice seis pares de estriberas para
los caballos, y guarniciones de espadas; y de las de hierro, con otro poco que
se halló entre todos, hice hacer a un herrero que truje con su fragua
cincuenta herraduras hechizas, y ochocientos clavos, no quedándonos otro
tanto acá, porque como no trajemos navío, fue poco lo que podimos
traer a cuestas; y con esto herraron sus caballos muy bien, y llevaron cada
cuatro herraduras y cien clavos, y un herramental, y fuéronse, diciendo
a mi teniente se acordarse del conflito en que quedaba.
Como se partió el capitán
Alonso de Monroy con sus compañeros y soldados, era tanta la
desvergüenza de los indios, que no quisieron darse a sembrar sino a nos
hacer la guerra; y con la posibilidad que tenían y con estos torcedores,
viendo la poca posibilidad nuestra, pensaron de nos matar y costreñir a
desamparar esta tierra y volvernos; y así, venían a nos matar a
las puertas de nuestras casas los yanaconas y los hijos de los cristianos y a
arrancarnos las sementeras; y ellos se han mantenido de unas cebolletas y
simientes de yerbas y legumbres que produce la tierra de suyo, como es gruesa,
en mucha cantidad, mantenimiento para ellos; y seguíannos tanto como los
cuervos al cordero que se quiere morir, y así me convino hacer un fuerte
tan grande como la casa que tenía el Marqués, mi señor, en
el Cuzco, cercándolo de adobes de estado y medio en alto, que entraron
en él más de doscientos mill; y a ellos y a él hecimos los
cristianos a fuerza de brazos, sin descansar desde que se comenzó hasta
que se acabó; y cuando venían indios metíase la gente
menuda y el bagaje, y quedaba la de pie a la guardia y los de a caballo
salíamos al campo a alancear indios y a guardar las sementeras.
Esto nos duró cerca de tres
años, que pasaron desde que la tierra se alzó hasta que dio la
vuelta mi teniente del Cuzco. Las hambres que en los dos dellos se pasaron,
fueron encomportables, y en verdad en esto usó Dios de sus grandes
misericordias con nosotros. Y las piezas y hijos de cristianos y la mayor parte
de sus padres se mantuvieron con las cebolletas y legumbres dichas todo este
tiempo, que, a fe, pocos comieron en él tortillas; y los que
venían a comer conmigo ya teníamos cuenta que unos días
salíamos a dos tortillas y bien chiquitas, otros a una y media, y otros
a una, y los más con ninguna, y con Dios proveerá, como lo
provee, pasamos; y en lo que entendí en este tiempo fue en hacer
oficios, que nunca deprendimos, mostrándome los unos la necesidad, que
constriñe hablar las picazas, y otros me enseñaban la voluntad y
deseo que tenía al servicio de S. M. y a la propia honra y
conservación de las personas que debajo de mi protección estaban,
y ellos e yo de la de Dios y de su cesárea persona, con deseo de salir
con la intención que tenía de servirles. Y para todo fue menester
sacar fuerzas de flaqueza, siendo sumétrico, alarife, pastor, labrador
y, en fin, poblador, sustentador y descubridor. Y por todo esto no sé lo
que merezco; pero por haberme sustentado con ciento y cincuenta
españoles, que son del pelo que v. m. sabe, en esta tierra,
trabajándolos a la contina, de noche y de día, sin se desnudar
las armas, haciendo los medios cuerpos de guardia un día y una noche, y
los otros otra, cavando, sembrando, arando y a las veces no cogiendo para
mantenerse ellos y sus piezas y hijos, y sin haber dado un papirote a ninguno,
ni díchole mala palabra, si no fue a los que ahorqué por sus
merecimientos, Y. con todo esto, me aman: háseme persuadido merecer de
S. M. las mercedes que le pido, las cuales aquí diré para que v.
m., pues me puso en esto, si soy hechura del Marqués, mi señor,
me favorezca, interponiendo su abtoridad con nuestro César, que bien
cierto soy le sea dado entero crédito en lo que dijere y pidiere en lo
destas partes.
Después que el capitán
Alonso de Monroy partió de aquí por el socorro, le mataron los
indios de Copayapo cuatro cristianos, y al que le quedó y a él
prendieron y tomaron el oro y todos los despachos, que no salvó sino un
poder para me obligar, y como es hijodalgo y hombre para todo y para mucho y de
los que v. m. le parecen bien y ama, a cabo de tres meses que le tuvieron
preso, con un cuchillo que quitó a un cristiano de los de Almagro que
allí halló hecho indio, que éste fue la cabsa de toda su
pérdida, mató al cacique prencipal a puñaladas, y yendo el
Monroy y su compañero y aquel cristiano y el cacique a caballo a caza,
en medio de más de doscientos indios flecheros y se salieron llevando
por fuerza aquel transformado cristiano a las provincias del Perú; y
llegó a coyuntura que halló al señor Gobernador Vaca de
Castro en Limatambo, que venía al Cuzco con la victoria que había
habido contra don Diego habiendo hecho gran justicia de los matadores del
Marqués, mi señor y capitanes, y pidió socorro a su
Señoría, y le favoreció con su decreto y abtoridad; y el
capitán sedió tan buena maña, que trató con
Cristóbal de Escobar, que bien conoce vuestra merced, que
favoreció a Pedro de Candía con su hacienda; y él, como
fue siempre aficionado a las cosas del Marqués, mi señor, y a las
de v. m. y su hijo Alonso de Escobar era criado del señor Gonzalo
Pizarro, la gastó toda; y con esto y con otros cuatro o cinco mill pesos
que le prestó un padre portugués que estaba en Porco, llamado
Gonzaliáñez, hizo setenta hombres, todos de a caballo, con que
vino a me socorrer; y viniendo por Arequipa, Lucas Martínez Vegaso,
vecino della, que, como v. m. sabe, ha tan bien servido a S. M., y por hacerle
de nuevo este servicio tan señalado y por haber sido servidor del
Marqués, mi señor, y serlo de v. m., me favoreció con un
navío, quitándolo del trato de sus minas de Tarapacá, que
no perdió poco; en el cual me envió diez o doce mill pesos de
empleo, de armas, herraje, hierro y vino para decir misa, que había
cuatro meses no la oíamos por falta dél; y con un amigo suyo que
se dice Diego García Villalón, que v. m. conocería a la
pasada de Panamá, me lo envió para que hiciese dél a mi
voluntad y lo gastase con los soldados y se lo pagase cuando quisiere y
toviese, y que no le diese por todo nada: que de todas estas liberalidades
usó, por ser él el que es.
Este navío llegó por el mes
de setiembre del año de quinientos y cuarenta y tres, y el
capitán Alonso de Monroy con toda la gente por el diciembre adelante, ya
que estábamos en punto de cantar
A te levavi anima mea; y nunca vimos
más indios, que todos se acogieron a la provincia de los poromabcaes,
que comienza seis leguas de aquí, de la parte de un río
cabdalosísimo que se llama Maypo, entre el cual y éste
está esta cibdad.
Llegado el navío, supe cómo
mataron al Marqués, mi señor, que en lo muy vivo del ánima
lo sentí; y el capitán Alonso de Monroy me dio relación
más por entero deste frangente, porque como hombre que sabía el
amor que tenía a S. S. y lo que me iba en ello, venía más
advertido. Hube tanto menester el consuelo en aquella hora cuanto v. m.
ternía ánimo como caballero para disimular tan gran
pérdida cuando la supiese, aunque el corazón no dejaría de
hacer el sentimiento que era justo; y la mayor pena que presumo tendría
v. m. sería por no hallarse en parte donde con el valor de su persona
hiciera la venganza en los matadores, conforme al delito; y en verdad por lo
mesmo lo sentí yo en tanto grado, y pues tal sentencia estaba por Dios
ordenada, a Él debemos dar infinitas gracias por ello; y a v. m. y a
todos sus deudos, servidores y criados que fuimos suyos, nos es tan gran
consuelo saber que fue martirizado por servir a S. M. a manos de sus
deservidores, y que la fama de sus hazañas hechas en acrescentamiento de
su Real patrimonio y cesárea abtoridad vivirá en la memoria de
los presentes y por venir; y saber que su muerte fue tan bien vengada por el
ilustre señor Vaca de Castro, cuanto lo fue por Otaviano la de Julio
César, y dejado aparte que por el valor de S. S. obligaba a v. m. y a
todos esos servidores a tenerle por señor y padre por la merced tan
grande que con ella se nos hizo, hemos de servirle todos con las haciendas y
vidas mientras duraren, hasta aventurarlas y perderlas, si fuere menester en su
servicio, como yo lo haré.
También recebí una carta con
el capitán, del señor Gonzalo Pizarro, de Lima, que había
llegado a ella después de la batalla, saliendo perdido del
descubrimiento donde fue. Tuve a muy mala dicha que no se hubiese hallado
presente al tiempo que se hizo el castigo del delito, que aunque no faltaron
vasallos de S. M. y amigos, criados y servidores del Marqués, mi
señor, y de v. m. para ello, quisiera que, como hermano, tampoco hubiera
faltado, por ser cierto fuera a su md. gran contentamiento, y el mesmo sintiera
yo en la verdad. A S. M. escribo suplicándole haga a sus hijos las
mercedes de que su padre era merecedor, porque no muera la fama de las proezas
que en su cesáreo servicio hizo, y es justo lo haga porque se animen sus
vasallos a le servir, viendo que ya que no pueden gozar del premio de los que a
su Real persona hacen, lo gozarán sus hijos, pues el de ellos es el
principal amor por ser el reino nativo. También suplico en mis cartas al
señor Gobernador Vaca de Castro los tenga so su proteción y
amparo, favoreciéndolos con S. M. y así me dicen, ha siempre
mirando mucho por ellos.
Estando en esto, por el abril adelante,
pareció otro navío por esta costa, que era de cuatro o cinco
compañeros que le compraron y cargaron de cosas para acá; y no
acertando el puerto, pasó a Mable, y no quisieron tomar tierra, aunque
los indios les hicieron señas, porque se temieron, que no venían
en él sino tres cristianos y un negro, que los indios de Copayapo les
habían muerto al piloto y marineros y tomado el barco con engaño;
y al fin, como era por principio de invierno, y entró aquel año
muy recio, dio con él a través, y los indios mataron los
cristianos y robaron la ropa y quemaron el navío, y así lo supe
de unas indias que Francisco de Villagrán, servidor de v. m. y mi
maestro de campo general, hobo, que venían en el navío, que le
envié en su seguimiento con veinte de caballo, y llegó cuatro o
cinco días después de dado al través, que por las grandes
lluvias y ríos que halló que pagar, no pudo hacer más
diligencia.
A esta coyuntura llegó el
capitán Juan Batista de Pastene, criado del Marqués, mi
señor, y servidor de v. m. con su navío
San Pedro, que le envió el señor
Gobernador Vaca de Castro a saber de mí, cargado de cosas necesarias,
que por contemplación de S. S. un criado suyo llamado Juan
Calderón de la Barca, empleó su hacienda y vino acá en
él; y como nos conocíamos el capitán y yo, y por ser tan
buen hombre de la mar, tan honrado y de fidelidad, y para tanto y hechura del
Marqués, mi señor, diciendo que en todo me quería hacer
placer y servir a S. M. en estas partes, porque ansí se lo había
mandado el señor Gobernador, le hice mi teniente general en la mar.
Viendo la voluntad del capitán Juan
Baptista, por principios de mes de septiembre adelante le di un poder y le
entregué un estandarte con las armas de S. M., y debajo del escudo
imperial uno con las mías, para que me fuese a descobrir doscientas
leguas de costa y tomase posesión, en nombre de V. M., por mí, y
me trujese lenguas; y dile treinta hombres, muy buenos soldados, que fueron en
su navío, y el de Lucas Martínez también, que acá
tenía, con gente; y así fue y la tomó, como v. m.
allá verá por la fe que dello da Juan de Cárdenas,
escribano mayor del juzgado, que hice en nombre de S. M. y mi secretario, hasta
que venga poder del muy magnífico señor Juan de Samano,
secretario mayor de las Indias y del Consejo de S. M., y hícelo, porque
él se tiene por muy servidor de vra. md. y desea ocuparse en su
servicio, como yo, y sé dará muy buena cuenta y razón de
sí y de lo que se le encomendare; lo sabe muy bien hacer, y es persona
de tan buena manera, que se holgará v. m. de conocerle, porque tiene
muchas y muy buenas partes de hombre.
También envié a las
provincias de Arauco por tierra a Francisco de Villagra para que tomase lenguas
y me echase los indios desta tierra hacia acá; y desde entonces tengo un
capitán con gente en la provincia de Itata para que no los deje volver
hacia allá; y con esta provisión y con estar ya los indios muy
cansados, que más no pueden, vienen a querer servir; y hogaño han
sembrado y se les ha dado trigo y maíz para que se simienten y cojan
para comer, y en tanto que esto hacía, por no fatigar los indios antes
que asentasen, con los anaconcillas, que los hemos ya por hijos, procuré
de sacar algún oro para tornar a enviar con estos navíos al
Perú para que venga gente, y con mill hanegas de comida que
ahorré de la costa de todos, saqué, en mazamorras de los indios,
hasta veinte y tres mil pesos, y con ellos envío al capitán
Alonso de Monroy y al capitán Juan Baptista, para que el uno por tierra
y el otro por mar me traigan gente, armas, caballos; y llevan crédito y
poderes para me poder obligar en otros cien mill pesos, porque esto y el rascar
no quieren sino encomenzar, y por responder al Gobernador Vaca de Castro, que
me escribió ambas veces.
También envié este verano a
poblar una cibdad en el valle de Coquimbo, y púsele La Serena, que es al
medio de camino de Copayapo aquí, porque, con estar aquella venta
allí, pueden venir seguros de indios. Dejé media docena de
soldados, y no les faltará y doscientos que quieran, y el teniente que
allí envié, en dos meses trujo todos los valles de paz, y le
sirven. Está con veinte de caballo, y los doce son criados míos
que los tengo en frontería, porque no hay indios; y los demás
vecinos ternán a ciento y a doscientos el que más, porque desde
el valle de Canconcagua hasta Copayapo no hay tres mill indios; y por eso
pienso que la despoblaré como el camino se trille, y así lo
escribo a S. M. De lo que han de servir aquellos valles será de
algún tributo a esta cibdad, y de tener en cada uno un tambo para los
que pasaren; y los indios se holgarán dello, que también
están cansados de la guerra que les he hecho los años
pasados.
Así que ya pueden venir sin temor
los que quisieren, que no les faltará de comer, porque hay tanto, que
sobra. De aquí a tres meses, que es el medio del verano, se
cogerán en esta cibdad más de doce mill hanegas de trigo y
maíz; al tiempo, sin número, porque hay dos sementeras, que el
maíz siembran por noviembre y se coge por abrill y mayo; y por este
tiempo se siembra el trigo y se coge para noviembre y diciembre; y de las dos
cochinillas y el cochino se han dado tantos puercos, que hay más de ocho
mill cabezas en la tierra, y de la gallina y pollo hay tantos como yerbas, y en
invierno y verano se crían sin cuento, y cómese de todo en
abundancia.
Sepa v. m. que tengo doscientos hombres en
la tierra, que cada uno me cuesta, puesto aquí, más de mill
pesos; porque por lo que me prestaron los mercaderes cuando yo vine,
pagó sesenta mill pesos de oro, y por lo que trajo el capitán,
así de gasto de la gente, como del navío de Lucas
Martínez, debo ciento y diez mill pesos, y del postrer navío que
trajo el capitán Juan Baptista, me adeudé en otros sesenta mill,
y desta ida que va Monroy me adeudará en otros cien mill, y de la tierra
no se ha habido más de los siete mill que le tomaron en Copayapo, que ya
los indios me los han enviado, y los veinte y tres mill que agora van, y todo
vuelve al Perú a gastar en beneficio de la tierra y para su
sustentación: se ha tomado y distribuido entre lo |