  Españoles en la liberación de
Francia: 1939-1945
Félix Santos



-5-
  Introducción
|
Hombre de España, ni el pasado ha muerto, |
|
|
|
ni está el mañana -ni el ayer- escrito. |
|
|
|
Hace cincuenta años Europa ponía fin a la pesadilla
nazi. A primeros de mayo de 1945, con la capitulación de Alemania,
terminaba en este Viejo Continente la guerra más cruel de su
historia.
Una guerra que ocasionó desplazamientos de poblaciones sin
precedentes. El primero de todos fue el éxodo de medio millón de
españoles que huyendo de las tropas de Franco en el invierno de 1939, a
través de los Pirineos, buscaron refugio en Francia.
Ha sido el mayor éxodo de la historia de España1 y el primero que provocó
la Guerra Mundial, dando por sentado que la guerra civil española fue el
primer episodio de la mundial. Después vendrían las deportaciones
de millones de judíos enviados a los campos de exterminio, los millones
de trabajadores llevados a Alemania a trabajar, la huida de millones de
polacos, la desbandada de los rusos ante el avance alemán en su
territorio o la desbandada de diez millones de alemanes en las últimas
fases de la guerra, ante el avance soviético.
El final de la guerra puso punto final a la mayor sangría
humana de la historia. Según las estimaciones más prudentes, hubo
20 millones de muertos soviéticos; de 5 a 7 millones de alemanes; 6
millones de polacos; 600000 franceses; más de 400000 británicos y
unos 300000 norteamericanos.
¿Cuántos españoles murieron en la guerra
mundial?
Si limitamos el cómputo a quienes murieron combatiendo en
suelo europeo a partir de 1939, a pesar de que las cifras manejadas son objeto
de polémica2 pueden darse como indiscutidas las
siguientes: más de 6000 españoles murieron en el campo nazi de
Mauthausen, la mayor parte de ellos asesinados por los SS; de los más de
15000 refugiados españoles incorporados al Ejército
francés, unos 6000 perdieron la vida en combates regulares contra las
fuerzas alemanas e italianas; se desconoce el número de bajas que hubo
entre los 10000 guerrilleros incorporados a las
Forces Françaises de l'intérieur
de De Gaulle cuyas actuaciones fueron decisivas para la liberación del
sur de Francia. De los 700 españoles combatientes contra el
Ejército alemán en el seno de las fuerzas soviéticas,
perdieron la vida en torno a 300.
(Digamos entre paréntesis que, en el otro lado, de los 47000
españoles que integraron la División Azul para combatir en el
frente oriental, unos 5000 perdieron la vida en combate).
Pérdidas de vidas humanas, ciudades y países
arrasados. Esta vez los horrores de la guerra alcanzaban cimas inimaginables.
Pero, a pesar de las tragedias humanas sumadas, el mes de mayo de 1945
resplandecía lleno de esperanzas. Europa se veía libre de uno de
los yugos más siniestros jamás padecido por las naciones del
Viejo Continente.
A esa liberación habían cooperado de manera relevante
varias decenas de miles de españoles. Sus trabajos, sus sufrimientos,
sus luchas, su valor, reconocidos en un primer momento por los Aliados,
especialmente por los franceses, han tendido posteriormente a desvanecerse.
Faltos de un Estado que respaldara y reivindicara el reconocimiento de sus
acciones, aquellos españoles vieron, decepcionados, cómo
después de haber sido perseguidos, humillados, y no obstante, haber
-6-
defendido con generosidad y valentía la libertad frente a la
ocupación alemana, pasaban a ser progresivamente olvidados e
ignorados.
En la bibliografía francesa sobre la Resistencia y sobre las
batallas por la liberación de Francia es raro encontrar una sola
línea que aluda a la participación de los españoles3.
Desde luego, la opinión pública española,
durante décadas ayuna de noticias acerca del destino de los exiliados
republicanos, conoce poco y mal las vicisitudes de esos compatriotas, a pesar
de que con su contribución en uno de los momentos más terribles
de la historia europea, escribieron una de las páginas de la historia de
los españoles de la que podemos sentirnos más orgullosos.
La presente monografía es una crónica contra el
olvido. Una crónica que pretende ofrecer al lector materia les
esenciales para recuperar la memoria colectiva sobre el destino,
dramático, con frecuencia heroico, a veces trágico, de las
decenas de miles de españoles que desde los inicios de la guerra mundial
participaron muy activamente en los combates por la liberación de
Europa.
Esos españoles estuvieron presentes en los episodios
más significativos de la guerra: en Narvirk, en Dunquerque, en la
Batalla de Francia, en la Resistencia, en el maquis, en Stalingrado, en
Moscú, en el Plateau de Glières, en el desembarco de
Normandía, en la liberación de París y de Estrasburgo, en
la liberación de Lyon; fueron guerrilleros españoles los que
liberaron Foix y otras localidades del sur de Francia. «No hay
región francesa que no esté regada con sangre
española», en palabras de uno de los guerrilleros
superviviente.
Y en los campos de exterminio alemanes de más siniestra
resonancia hubo españoles: en Mauthausen, en Dachau, en Auschwitz, en
Buchenwald, en Orianemburg... La mayoría de los que por ellos pasaron
dejaron allí su vida. También hubo supervivientes. El testimonio
de algunos de ellos se recoge en esta crónica.
A lo largo de 1995 en que en toda Europa se ha conmemorado
profusamente el fin de la Segunda Guerra mundial en suelo europeo, en
España tampoco han faltado actos oficiales de recuerdo, reconocimiento y
homenaje a los españoles que en ella combatieron. El 4 de abril de 1995
el Congreso de los Diputados aprobaba por unanimidad, en una sesión
plenaria, la propuesta de organizar actos de homenaje a los españoles
que participaron en la Segunda Guerra Mundial. Tal vez lo más
significativo de este gesto de reconciliación con el pasado fueron el
tono y el contenido de los discursos de los portavoces de los Grupos
Parlamentarios, tanto de izquierdas como de derechas.
El 20 de mayo de 1995, el ministro de Defensa, Julián
García Vargas, inauguraba en el madrileño cementerio de
Fuencarral un monumento dedicado a los españoles que combatieron por la
libertad de Europa entre 1939 y 1945.
Meses antes, el 21 de octubre de 1994, el presidente del Gobierno
español, Felipe González, y el presidente de la República
Francesa, François Mitterrand, habían rendido público
homenaje, en Prayols, ante el monumento allí levantado, «a los
guerrilleros españoles muertos por Francia y por la libertad».
Esta crónica, inevitablemente somera, pretende ser una
ventana abierta al conocimiento de las odiseas de esos miles de
españoles que, en tan dramáticas circunstancias, preservaron la
dignidad del nombre de España y de los españoles.
No pocos de aquellos españoles viven todavía. Todos
ellos superan los 70 años de edad. Algunos, pocos, han regresado a
España. La mayoría se quedaron a residir en Francia donde crearon
sus familias. En busca de su testimonio, el autor se ha desplazado a la Alta
Saboya y a Toulouse donde ha podido conversar con ellos. Quede constancia de su
agradecimiento a todos ellos por la aportación inestimable de la memoria
viva de los hechos y por las viejas fotografías y documentos
facilitados. El autor agradece también a José Martínez
Cobo, médico e historiador residente en Toulouse, su ayuda para
contactarlos y sus atinadas observaciones al texto que le han permitido
mejorarlo y evitar algunos errores. Agradece también a José
Castro, igualmente residente en Toulouse, el haberle guiado y acompañado
en esos encuentros.
-7-
  Capítulo I
Medio millón de españoles se refugian en
Francia

-[8]-
-9-
Una larguísima fila de soldados harapientos, de mujeres
desoladas, de ancianos taciturnos, de niños abatidos por la fatiga,
avanzan siguiendo la cinta de la carretera hacia la frontera francesa. Caminan
lentamente. Llevan consigo en modestas maletas y en sacos o fardos lo que han
podido salvar precipitadamente de sus hogares abandonados. La mayoría
van envueltos en mantas para protegerse del frío. Numerosas mujeres
llevan en brazos a sus hijos o arrastran detrás de ellas niños
extenuados.
Entre La Junquera y Le Perthus los millares de coches, camiones,
carretas, tartanas, bicicletas, ambulancias, caballos, que se abren paso
dificultosamente entre la muchedumbre extenuada, provocan un descomunal
embotellamiento.
El mismo espectáculo desolador puede verse en todas las
carreteras que se adentran en los Pirineos.
La fila de fugitivos cubre kilómetros y kilómetros. La
tétrica imagen que componen refleja la mayor hecatombe de la historia
española contemporánea. Son los republicanos derrotados en la
guerra civil que huyen a Francia tras la caída de Catalunya en el
invierno de 1939.
La marea humana que se dirige a la frontera francesa tiene
dimensiones de éxodo bíblico. Reina un grave silencio, roto
únicamente por el ruido de los aviones «nacionales»,
(alemanes, italianos), que se acercan, y por la alborotada búsqueda de
un refugio protector. Los aviones bombardean y ametrallan a la muchedumbre de
refugiados hasta la misma frontera, bajando a veces a poca altura para ajustar
mejor el tiro4.
La toma de Barcelona por las tropas de Franco ha provocado
pánico en las poblaciones que huyen en desbandada. Las atrocidades
cometidas por los vencedores circulan de grupo en grupo. Llegan noticias del
«matadero del Llobregat» donde la División mandada por el
general Yagüe ha ametrallado a 500 civiles.
Con Antonio Machado y su madre en
Banyuls
Entre los fugitivos va un muchacho de 19 años, de
Santander, oficial del Ejército derrotado. Se llama Eulalio Ferrer. Casi
50 años después, en 1988, se decidió a publicar el diario
que escribió al filo de aquellos días5. Este es su
testimonio:
|
Nuestra retirada, desde Figueras, nos había conducido a
Port-Bou el 5 de febrero de 1939. La evacuación a Francia ya estaba
iniciada. Se asaltaban los camiones y los depósitos de víveres.
Millares y millares de gentes en fuga. La ira y el pavor se confundían
en los rostros. Jefes y soldados, mujeres y niños. Caravanas
interminables de coches. Armas por doquier, cañones, ametralladoras,
fusiles, tanques dinamitados. El túnel fronterizo fue el refugio
general. Alcanzamos un vagón para dormir y esperar nuestro turno de
salida.
Me he hermanado con Luis Cillán, compañero de
guardia en el castillo de Figueras. También es capitán y
socialista. Madrileño de pura cepa. Es seis años mayor que yo y
yo le veo con cierto respeto. Atesora una experiencia que a mí me falta.
Me atrae su vida aventurera y su confianza en el futuro, liberados por completo
de la guerra. He conseguido provisiones para el viaje: galletas y carne
enlatada. Andamos lenta e incansablemente. A primeras horas del 7 de febrero
pisamos tierra francesa. Entregamos nuestras pistolas que hacen pirámide
con
-10-
otras. Tropas francesas distribuidas a todo lo largo de la
cordillera divisoria. Junto a la bandera gala, la republicana. Muchos se
cuadran ante ellas. Otros, lloramos por dentro en el choque silencioso de las
miradas. Una idea nos obsesiona y puede más que las demás:
¡la guerra ha terminado! Pero sus canciones nos siguen cargadas de ecos
melancólicos. Suenan a despedida. Pasamos Cerbère y acampamos en
Banyuls. En la placita del pueblo, sentados en un banco, Luis descubre a
Antonio Machado y a su madre. Nos miran con gratitud cuando les hablamos. Nos
han prometido que vendrán a recogernos, dice don Antonio. Pero nadie
sabe nada de nada. Observa mi capote militar y se lo entrego impulsivamente,
como si así quisiera rendir homenaje a este gran poeta que tanto admiro.
Lo junta a la manta que cubre los dos cuerpos, necesitados de más
abrigo. Alguna palabra musitan, pero solo percibimos la luz que pasa de unos
ojos a otros, patéticamente tristes, buscando la tranquilidad de la
despedida. Andando sobre la carretera llegamos a Port-Vendres. El éxodo
congestiona el lugar.
Me impresiona el cuadro de unos mutilados de guerra que piden
angustiosamente espacio en un camión. Se acerca uno de los carabineros
españoles mezclados con pilotos de aviación y los recogen. En
otro nos hacen sitio a nosotros y seguimos adelante. ¿Adónde? A
este campo de Argelès-sur-Mer. Luis Cillán se niega a entrar y
huye. Yo no puedo seguirle porque me atrapan los gendarmes franceses y quedo
dentro de un círculo de cientos más. Se nos conduce al otro lado
de las alambradas. Allí nos esperan soldados senegaleses con bayoneta
calada y gesto feroz, gritándonos: allez... allez... allez! Con nuestros
macutos al hombro, nos formamos en grupos de ocho a diez. Trato de escaparme,
pero fracaso una y otra vez. Hay alambradas por doquier. Nos llaman con
silbatos y se forman filas para recibir pan. Largas filas que se dispersan y
amontonan, según se reparten porciones de pan que no llegan a todos.
Al cambiar de fila me encuentro con el paisano Alfonso Orallo y le
pregunto por mi padre. Me lleva a otro grupo cercano y allí lo abrazo.
Está desde el día anterior en el campo y le siento muy
decaído, sin saber nada de mi madre y hermanas. Le beso con
cariño estrechándolo fuertemente. Para un hombre de su
sensibilidad, forjado en el idealismo, el espectáculo que nos rodea
tiene que sobrecogerle. Los pedazos de pan se lanzan desde los camiones de
reparto y se disputan por la ley de la fuerza y de la habilidad, que no
reconoce escrúpulos morales. Animo a mi padre y le prometo no separarme
de él, lo que le tranquiliza. Estar juntos, compartiendo y desafiando
los momentos más sombríos de nuestra vida, ha sido no sólo
un bien para los dos, sino una satisfacción para mí en el
cumplimiento de las obligaciones filiales.
|
también va entre los huidos un joven catalán,
Esteban Pamies Raventós, que ha dejado también escrito su
testimonio de aquellas jornadas6:
|
Al llegar a la provincia de Gerona, los aviones enemigos se
acostumbraron a barrer o ametrallar los convoys que desfilaban por las
carreteras. Esteve recuerda la ciudad de Figueras como la última etapa
de su peregrinación sobre asfalto. Allí perdió su maleta
entre carretas, autocares y bicicletas, y muertos que yacían a su
alrededor.
Al renacer la calma se escuchaban gritos de dolor y de espanto que
surgían del fondo de unas cunetas repletas de heridos y mutilados
indefensos. En los momentos cruciales de una retirada global y desorganizada,
no hay médicos ni ambulancias que se presten para auxiliar a los
desvalidos.
El temor a caer prisionero, el miedo de ser rechazado en la
frontera, el egoísmo que se respira entre miles de fugitivos que parecen
competir a quien llega primero, todo influye en la ansiedad del que escapa sin
mirar para atrás. (...)
Entre resbalón y caídas, aquella muchedumbre
seguía penosamente su único itinerario anhelado por todos. Unos
vestidos con uniformes andrajosos. Otros, con sus ropas habituales de paisano,
campesino, citadino o aldeano, se movían como una avalancha desorientada
por carreteras, caminos, trillos y también escalando montañas o
bordeando lagos y ríos. Había niños, ancianos, mujeres
embarazadas, heridos malcurados, mutilados de guerra y moribundos desatendidos.
(...)
Antes de alcanzar la cordillera pirenaica, Esteve se había
unido a un grupo de pilotos que optaron por escalar montañas en lugar de
arriesgarse cándidamente entre el «rebaño» de
peatones que persistía en seguir por la carretera central hasta la
frontera.
Al llegar a 2000 metros de altitud, se encontraron con un pastor
que custodiaba un centenar de ovejas con la ayuda de tres fieles perros
amaestrados para esa labor. Uno de los aviadores sin avión,
preguntó al buen guardián de venderle un cordero para asarlo
allí mismo. El pastorcillo calculó el precio del animal y
recibió el doble de lo que pedía.
Juntándose con ellos, el pastor cooperó en la
preparación y horneada del borrego, que supo riquísimo a todos
los comensales famélicos y friolentos. La temperatura había
bajado a 15 grados bajo cero al caer el sol por el horizonte lejano. La nieve
de enero se había congelado y los pocos árboles existentes,
lucían fantasmagóricos revestidos de estalactitas que colgaban de
sus ramas desnudas.
Aquella noche sería la última estadía en
España para aquellos jóvenes oficiales de corta edad. El
más viejo
-11-
contaría con 26 años. Esteve no
había cumplido los 20 todavía. Con la barriga contenta, la
alegría regresó a las caras de aquellos alpinistas improvisados.
Alguien ofreció su bota de vino para regar aquel banquete sin pan ni
alioli. Otro sacó una cajetilla de cigarrillos para invitar a los
fumadores, y hasta hubo uno que se puso a entonar una bella canción
acompañada por su armónica de bolsillo. Hacia las 9 de la noche,
todos aquellos aventureros dormían dentro de una manta individual que
les tapaba de pies a cabeza. Colocados en círculo alrededor de una
pequeña fogata moribunda, los futuros refugiados ilegales roncaban y
soñaban cerca de los perros y de la cabaña pastoril. (...)
El día 29 de enero de 1939, Esteve entraba en territorio
francés. La borrasca ayudaba a los intrusos, que bajaron hasta el llano
sin mayores inconvenientes. Nadie del grupo iba preparado para traspasar una
aduana legalmente. (...) Cuando más confiados estaban aquellos
catalanes, aparecieron tres gendarmes armados hasta los dientes y estaban
apuntando directamente al grupito, gritando que se rindieran entregando las
armas. Allí mismo se terminaba la peregrinación ilegal de
aquellos atrevidos saltamontes o cruzafronteras.
|
Nunca en la historia de España se había producido
un éxodo de tales dimensiones. Durante los meses de enero y febrero de
1939 cruzaron la frontera pirenaica por Cataluña en torno al medio
millón de personas7.
 Militares republicanos españoles velan
el cuerpo de Antonio Machado en Collioure.
Brutalmente desengañados por la
acogida francesa
Aturdidos, desconocedores de la situación política
que atraviesa Francia, los refugiados españoles cruzan la frontera con
la esperanza de encontrar en el país vecino una tierra de asilo, paz,
seguridad y ayuda. Pronto quedarían brutalmente desengañados.
En las fuerzas francesas del Frente Popular, ganador de las
elecciones de 1936, se había producido una ruptura. En abril de 1938,
los socialistas quedaron fuera del Gabinete presidido por el radical-socialista
Edouard Daladier. Los comunistas habían sido excluidos de la alianza que
apoyaba al Gobierno. En el Gobierno francés no quedaba ni rastro de
simpatía hacia la República Española, ni la más
mínima solidaridad con los republicanos derrotados. Al contrario: lo
ocurrido les parecía «un ejemplo funesto de los errores que
urgía evitar: la amenaza de la paz social por las exigencias de un
proletariado levantisco, la carencia de autoridad estatal, la hegemonía
creciente del aparato comunista en la Administración y el
Ejército»8.
Así las cosas, la llegada de cerca de medio millón
de refugiados españoles, presentados por los medios de
comunicación como rojos e indeseables, apareció ante amplios
sectores de la opinión pública francesa como un peligro. Ante la
actitud inicial del Gobierno radical socialista de Daladier de cerrar la
frontera, un grupo de
-12-
personalidades francesas había
lanzado un llamamiento en el que argumentaban que «Francia debe aceptar
el honor de aliviar la espantosa miseria de los españoles que se dirigen
hacia sus fronteras». Firmaban el documento el cardenal Verdier,
arzobispo de París; Jacques Maritain, del Instituto Católico; el
filósofo Bergson, premio Nobel; el marqués de Lilliers,
presidente de la Cruz Roja francesa; León Jouhaux, secretario de la CGT;
François Mauriac, de la Academia Francesa; el escritor André
Gide; el poeta Paul Valéry y Henry Pichot, presidente de la Unión
Federal de Ex combatientes. Contrastaba con la noble actitud de los firmantes
del llamamiento, la de algún periódico, como el parisino
Le Matin que propugnaba con vergonzosa sorna:
«¿Por qué no enviar los refugiados a Rusia? La gente es
allí muy amable y la tierra excelente... Francia puede encargarse de la
organización, los Estados Unidos del dinero, Gran Bretaña de los
barcos, Rusia de la hospitalidad y Ginebra de los discursos»9.
El Gobierno francés se vio desbordado por el río
humano que cruzaba la frontera. Tenía preparados algunos campos con
barracas para cinco o seis mil personas. Su desconocimiento de la verdadera
situación española le condujo a adoptar la decisión de no
dejar libres a los refugiados, a encerrarles como si se tratara realmente de
seres peligrosos y no de refugiados, militares, y también, muchos,
civiles, ancianos, mujeres y niños, que simplemente huían de la
guerra y de la represión de las tropas de Franco.
 Columnas de vehículos militares
embotellan las carreteras que conducen a Francia.
En playas del Mediterráneo, próximas a la frontera,
se instalaron los primeros campos. Todos ellos de pésimas condiciones.
La vida en ellos era deplorable. Cercados por alambradas de espino, con
separación de sexos, y por lo tanto, de las familias, con vigilancia
militar ejercida con desprecio y brutalidad. Sin agua, sin condiciones
higiénicas, sin asistencia sanitaria, sin alojamientos. No pocos
morirían en esos campos.
El desengaño de los refugiados españoles fue tan
fuerte que quedaría grabado en sus almas. Todavía hoy, tantos
años después, algún superviviente de aquellos
padecimientos se desahoga y expresa, incluso de manera brutal, sentimientos
vindicativos provocados por la inesperada acogida de las autoridades francesas
cuando, precisamente, más necesitados estaban de ayuda y
solidaridad10.
-13-
 Miles de refugiados españoles cruzan los
pueblos del sur de Francia camino de los campos.
 Sin agua, sin condiciones higiénicas,
los refugiados españoles recluidos en los campos se lavan con el agua
del mar.
Franco rechaza la posibilidad de
amnistiar a los refugiados en Francia
Manuel Azcárate en su libro de memorias
Derrotas y esperanzas11 desvela un
episodio casi desconocido, reflejado en los diarios de su padre Pablo
Azcárate: en el otoño de 1939, algunas semanas después de
entrar Francia e Inglaterra en la guerra, Negrín ofreció a
Franco, a través del embajador franquista en Londres, Lequerica, una
considerable cantidad de bienes de los que aún disponía el
Gobierno republicano -dinero en México y Londres, material de guerra,
barcos y aviones- a cambio de que Franco decidiera una amnistía que
permitiera volver a los españoles que estaban en Francia en unas
condiciones terribles y con el destino incierto que les deparara el estallido
de la guerra. Franco rechazó el ofrecimiento, gesto que revelaba
-concluye Azcárate- su implacable inhumanidad «en esos momentos
tan dramáticos para cientos de miles de españoles, que estaban ya
derrotados, pero a los que se niega a dar la posibilidad de volver a vivir a su
patria».
Las autoridades francesas ejercieron fuertes presiones sobre los
españoles, a lo largo de la primavera y el verano de 1939, para que
regresaran a España. Consiguieron persuadir a cerca de 200000. A los
españoles que permanecieron en Francia el Gobierno francés
decidió utilizarles como mano de obra para fines militares o
económicos, para lo que promulgó el decreto-ley de 12 de abril de
1939 por el que dispuso la creación de compañías de
prestatarios extranjeros, o CTE.
-[14]-
-15-
  Capítulo II
Comienza la Segunda Guerra Mundial: el destino de los
republicanos españoles

-[16]-
-17-
La primavera y el verano de 1939 fueron vividos por los franceses
con una gran inconsciencia. La guerra estaba a un paso pero pocos
parecían advertirlo. Manuel Azcárate, que entonces tenía
23 años y tuvo el privilegio de poder vivir en libertad con sus padres
en París, ha escrito en su citado libro de memorias un testimonio
elocuente y estremecedor:
|
Pasar de un país en guerra (España) al París de
la primavera de 1939 era como saltar a otro planeta (...) Aquel era el
París de Maurice Chevalier y de una Mistinguett, que se resistía
a ceder el paso. Se vivía algo inconscientemente sobre un volcán,
la guerra estaba a dos pasos, pero nadie lo notaba. A lo sumo era tema de los
chansonniers que cada noche
hacían alarde de ingenio para ridiculizar a los ministros y otras
eminencias.
|
Durante aquellos meses, los exiliados españoles permanecieron
encerrados en los campos de refugiados en las condiciones lamentables ya
descritas.
|
En ese momento -prosigue Manuel Azcárate en su citado libro-
había unos 300000 o 400000 refugiados españoles, encerrados en
verdaderos campos de concentración, sometidos por los franceses a un
trato inhumano, mal alimentados, en barracones insalubres, rodeados de
alambradas. Así estaba el ejército republicano que había
pasado la frontera una vez perdida Cataluña. Las mujeres y los
niños se alojaban en refugios repartidos por toda la geografía
francesa, en condiciones difíciles pero que variaban según la
mentalidad del municipio de cada lugar. (...)
Mis padres habían decidido instalarse en Inglaterra: era un
país en el que se sentían muy a gusto, tenían buenos
amigos en el mundo oficial y en los medios intelectuales, mi padre había
organizado el Instituto Español, un centro cultural prestigioso, que
funcionaba totalmente desligado de la Embajada en la que el duque de Alba se
había instalado como enviado de Franco. Pero esos planes se frustraron
cuando Negrín le pidió a mi padre que asumiese la presidencia del
Servicio de Emigración de los Refugiados Españoles (SERE), creado
para organizar el envío a varios países latinoamericanos sobre
todo México, Chile y Santo Domingo, de las expediciones de refugiados
españoles. Además de tener buenas relaciones en la
Administración francesa y las embajadas, mi padre ofrecía la
ventaja de no ser un «hombre de partido»; y ello le permitía
presidir la junta del SERE en la que los representantes de cada partido
presentaban y defendían sus listas de candidatos que debían ser
embarcados en las sucesivas expediciones.
Era una labor penosísima porque admitir a uno era excluir a
otro; las plazas estaban contadas. Mi padre aceptó el cargo con la
aprobación decisiva de mi madre, no por gusto, sino porque sabía
que podía ser eficaz para socorrer a muchos españoles
caídos en la desgracia, por ese sentido del deber y de la solidaridad
aprendido en la Institución Libre de Enseñanza, que fue norma de
su vida.
Mis padres se instalaron en un holgado piso de un barrio elegante de
París, en la Avenue de la Bourdonnais, cerca de la Torre Eiffel.
Allí tenía yo una habitación, y vivían con nosotros
tío Pachi y tía Cruz, en espera de poder embarcar para
México. Las oficinas del SERE estaban en la rue Touchet, detrás
de la iglesia de La Madeleine, y allí iba a ver a mi padre con cierta
frecuencia. El SERE también se ocupaba, a pesar de las muchas trabas que
ponían los franceses, de prestar alguna ayuda a los prisioneros de los
campos de refugiados.
En una ocasión acompañé a mi padre en una
visita al campo de Argelès: fue horrible en todos los sentidos. El
espectáculo de esa masa de españoles silenciosos, con una mirada
triste y despreciativa, era estremecedor. Además, en las visitas que
hicimos a algunas barracas, íbamos acompañados de un coronel,
jefe del campo, y otros oficiales, y yo sentía una vergüenza
terrible al imaginar lo que pensarían los españoles al vernos
acompañados por sus guardianes. No quise ir en otros
-18-
viajes, a pesar de que ello me diera una oportunidad excepcional de transmitir
a escondidas un mensaje a la organización de la JSU en el campo
visitado.
|
 A los campos de refugiados fueron conducidos
entre 300000 y 400000 españoles.
Pero una cosa era el trato desdeñoso y cruel de las
autoridades francesas y de algunos sectores de opinión, y otra el
comportamiento solidario y humano de determinadas capas sociales del pueblo
francés. Y ello a pesar de que las autoridades francesas, desde febrero
de 1939, habían hecho públicas advertencias bien precisas:
«Creemos útil poner en guardia a nuestros conciudadanos a
propósito del hecho de que retener en sus casas a sujetos extranjeros no
declarados les expone a persecuciones judiciales»12. Esos contrastes quedan bien reflejados en el testimonio de
Leonor Sarmiento que ha dejado escritas las vicisitudes que pasó con su
familia tras cruzar a Francia por Puigcerdà el 7 de febrero de 193913.
|
En la Tour de Carol nos bajaron para subir a un tren de pasajeros.
En el trayecto perdimos una maleta. Cuando se tiene poco, un poco menos ya
qué importa. Lo importante era que estábamos a salvo y
deseábamos que papá también pudiese salir pronto (de
España).
No sabíamos hacia dónde nos llevaban. Pasamos por
Carcassone, Nîmes, Avignon, Lyon... En la estación había
gente saludándonos y dándonos comida por las ventanillas. El
problema era que no nos daban leche y Marichu (bebé de ocho meses)
lloraba de hambre con desesperación. En una estación nos
llegó una lata de leche condensada «La lechera» y, como no
teníamos agua potable, no nos sirvió, hasta que mamá,
cansada y angustiada de oír el llanto de Marichu dijo que si
tenía que morir, mejor que se muriese harta de comida y no de hambre;
así que alguien que traía un abrelatas se lo prestó, y le
dimos a Marichu la leche condensada sin diluir. Todos estábamos con gran
expectación a ver qué pasaba y lo que pasó fue que Marichu
se durmió plácidamente y varias horas después se
despertó tan campante, como si hubiera sido el alimento ideal para un
bebé.
Por fin nos paramos en Chalons-sur-Saône. Al bajar del tren
mamá iba en tan pésimas condiciones que la comisión de
recepción decidió que tenía que ir directamente al
hospital y con ella Marichu.
A mis hermanos y a mí nos llevaron, con el resto de los
refugiados, a un antiguo cuartel bastante destartalado; nos dieron de comer y
nos instalaron en unos cuartos donde en el piso había paja sobre
ladrillos, y mantas. Hacía un frío espantoso: amontonamos toda la
paja que nos correspondía en una esquina y nos acostamos los cuatro,
bien acurrucados, para darnos calor, consolándonos saber que mamá
y Marichu no pasarían frío.
Un día nos llevaron al hospital a ver a mamá, que ya
estaba mejor, igual que Marichu, pero muy angustiada pues no sabíamos
nada de papá. Las monjas trataron muy bien a mamá y a Marichu. Al
salir de España, mamá nos había colgado al cuello cadenas
y medallas que traía, para que no se perdiesen y para, si era necesario,
venderlas para sobrevivir. El buen trato que les daban a ellas, contrastaba con
la poca atención que recibían otras compatriotas en el hospital,
lo que hizo que mamá se enfrentara con las monjas reprochándoles
su falta de caridad cristiana. Al día siguiente la devolvieron al
refugio. A pesar de estar ya a mediados de febrero el frío era horrible
y los sabañones en los pies, las manos y las rodillas, estaban a la
orden del día.
A los dos días nos llevaron a un pueblecito cercano
-19-
llamado Saint Verain-sous-Souvigny. Allí también
hacía mucho frío. Nos alojaron a varias familias en una casa
grande. Cada familia tenía una habitación y la cocina era en
común. Aparte del frío la gran angustia era la falta de noticias
de los hombres. ¿Habrían logrado pasar a Francia?
En ese pueblo sus habitantes, gente sencilla, obreros la mayor parte
y socialistas, nos trataron como hermanos en desgracia. En el Ayuntamiento nos
daban, cada semana, unos francos por familia para poder comer; y la gente del
pueblo a diario nos llevaba cosas: quien unas docenas de huevos, quien un
pollo, una col. Hoy, después de cincuenta años, se me saltan las
lágrimas al recordar aquellas muestras de solidaridad.
|
Españoles en el Ejército
francés
A primeros de junio de 1939 la
Confederación Nacional de Ayuda a los
Refugiados Españoles pidió la supresión de los campos
y que los refugiados se integraran en la vida civil francesa. Pero esta
petición fue desoída. Por el contrario, el Gobierno
francés buscaba fórmulas para aliviar los costos administrativos
y financieros que les suponían aquellos centenares de miles de
españoles y aprovechar su presencia a favor de los intereses franceses.
A partir del mes de marzo iniciaron acciones de propaganda en los campos para
reclutar voluntarios para la Legión. Los pocos que eligieron ese camino
fueron destinados al norte de África. Alberto Fernández en
Españoles en la Resistencia14 da la cifra de 5000 españoles alistados en la
Legión, el 75 por 100 de los cuales perdieron la vida durante la Batalla
de Francia en 1940.
Mayor éxito tuvieron entre los exiliados españoles
los Batallones de Marcha y las Compañías de Trabajo. Fueron los
cauces más importantes para la militarización de los
refugiados.
Los Batallones de Marcha eran unidades militares enteramente
compuestas por españoles, pero con mandos franceses y una
organización similar a la del Ejército francés. El
contrato de alistamiento era por el tiempo que durase la guerra. Manuel
Tuñón de Lara considera15 que la cifra de 50000 alistados dada por algunos tal vez sea
exagerada, estimando más acertada la cifra de 30000 que aparece en la
documentación de la FEDIP (Federation Espagnole de Deportés et
Internes Politiques).
Los primeros batallones de Marcha se crearon en el Campo de
Barcarès. Mediada la primavera del 39 se crearían también
unidades en los Campos de Saint Cyprien, de Argelès-sur-mer y Septfonds,
cerca de Montauban. La mayoría de quienes se enrolaban lo hacían
voluntariamente, por el deseo de salir del campo de internamiento, o por
proseguir la lucha contra el fascismo iniciada en suelo español. En
otros casos fue la amenaza de dispersión familiar la que forzaba el
enrolamiento.
Ese fue el caso de Eduardo Pons Prades16
«De no firmar -le dijo el teniente de alcalde- a su madre la enviaremos a
un campo de mujeres, sus hermanos irán a parar a un refugio y a usted le
meteremos en un campo de castigo. (...) Esto ocurría el 20 de septiembre
de 1939. Desde entonces ironiza Pons Prades- obra en mi poder un certificado
que reza así: He aceptado voluntariamente las leyes militares francesas
firmando los cinco impresos de color rosa de la fórmula A...».
La Legión, los Batallones de Marcha, las
Compañías de Trabajo, fueron las fórmulas sucesivas
ideadas por las autoridades francesas para encuadrar militarmente a la masa de
refugiados españoles, especialmente a los más jóvenes.
Cuando comprobaron que los alistamientos a la Legión se hacían
con cuentagotas, decidieron la creación de los Batallones de Marcha
dirigidos por oficiales franceses. Tampoco estos tuvieron demasiado
éxito, según el testimonio de Pons Prades, por que esos
batallones parecían una copia de la Legión. Como último
recurso crearon las Compañías de Trabajo que incorporaron a ex
oficiales españoles como auxiliares de los franceses.
|
Las secciones -escribe Pons Prades17- solían mandarlas ex
oficiales del Ejército republicano español. Uno de los cuales,
elegido por sus compañeros, asesoraba directamente al jefe
francés de la unidad. En algunos casos, a la larga, esto daría
pie a que los españoles se impusieran -especialmente por conocer mejor
al personal y por su experiencia militar-, y que, en trances cruciales, se
pudieran tomar decisiones que "permitirán poner a salvo a no pocos
combatientes españoles".
|
Estas Compañías de Trabajadores o de Prestatarios
quedaban a disposición de los generales jefes de las regiones militares
y se les encomendó labores de defensa, construcción de
fábricas de armamento y sobre todo la construcción de
fortificaciones en el Atlántico, y en las fronteras con Alemania e
Italia.
¿Cuántos españoles se incorporaron a las
Compañías de Trabajo?
Eduardo Pons Prades calcula que de abril de 1939 a marzo de 1940
los alistados, voluntarios o forzosos, alcanzaron los 75000 hombres, a los que
hay que sumar los que se integraron en unidades del Ejército
francés, que fueron unos 35000, de los que unos 10000 se alistaron en la
Legión Extranjera.
-20-
Francia y Gran Bretaña declaran
la guerra a Alemania
Cuando el 3 de septiembre de 1939 Francia y Gran Bretaña
declaran la guerra a Alemania una vez concluido el ultimátum que
habían dado a esta para que retirara las tropas que habían
invadido Polonia, la noticia no es algo inesperado. Ese día y los
sucesivos los parisinos miran mucho al cielo. Temen un ataque de la
aviación alemana. Temen especialmente a los gases.
«La propia policía ha distribuido a todos los
franceses -escribe Manuel Azcárate en sus citadas memorias- y a los
extranjeros con permiso de largo plazo, una máscara de gas metida en un
estuche, una especie de tubo metálico de unos treinta centímetros
de largo. Los parisienses van a todos lados, al trabajo, de compras, de paseo,
con el tubo de marras. Lo cual agrega una nota extraña, no muy heroica,
más bien ridícula, al paisaje de la ciudad. A mí no me han
dado máscara porque mi permiso es provisional. Y tampoco la tienen los
otros compañeros de las JSU que están en situación ilegal.
Tenemos que pedir prestados a nuestros amigos franceses algunos tubos
vacíos para circular por las calles sin llamar la atención. El
que va sin tubo es sospechoso y está amenazado de que la policía
le interrogue». Esos temores a un ataque alemán con gases
desaparecerán a los pocos días.
En París y en otras grandes ciudades francesas se
realizaron en esos primeros días de guerra redadas en las que detuvieron
a individuos sospechosos. Miles de ellos fueron amontonados en el estadio
Roland Garrós, de París. Entre ellos había numerosos
españoles.
Con el país en guerra, los franceses empezaron a buscar y
apreciar la mano de obra española. Los españoles aceptaban
cualquier trabajo con tal de salir de los Campos. «Me presenté
como agricultor, sin saber si las patatas salían de la tierra o de un
árbol», ha testimoniado uno de ellos18.
En el mes de octubre de 1939, el ministro del Interior
francés, señor Pomaret, declaraba que 50.000 refugiados
españoles trabajaban en las industrias de guerra francesas, cifra que a
Tuñón de Lara le parece algo exagerada.
Los Batallones de Marcha, las Compañías de Trabajo y
el trabajo individual en la agricultura, la industria o en las minas dejaron
casi vacíos los Campos de Refugiados. En los primeros meses de 1940
sólo quedaban unos pocos millares en Argelès, algunos en Gurs y
unos 3000 en el Campo de castigo de Vernet19.
En la resistencia y en el maquis
La Resistencia francesa brota a partir del verano de 1940. En
torno a figuras de prestigio se forman pequeños grupos que
progresivamente irán incrementándose. Es un
«ejército de civiles» que surge para contribuir a ganar una
guerra que los ejércitos de militares han perdido. La Resistencia
ayudará a Francia a recuperar el prestigio y el lugar entre las grandes
potencias, muy deteriorados por la rapidez y la escasa gloria con que su
Ejército regular se hunde en 1940 frente al embate alemán.
En el sur, el primer movimiento organizado es
Combat, creado por el capitán Henri
Frenay. Está dirigido por un Comité de siete miembros, entre los
que se encuentra Georges Bidault, más tarde presidente del Comité
Nacional de la Resistencia y Ministro de Negocios Extranjeros. Operan en la
región de Lyon.
Otro grupo es
Libération, fundado por E. d'Astier de
la Vigerie e influido por el dirigente sindicalista Léon Jouhaux.
Van surgiendo otros muchos movimientos de resistencia:
Franc-Tireur que en 1943 se fusiona con
Combat y Libération; France d'abord, Le Coq
Enchainé, Témoignage Chrétien, Libérer et
Fédérer, France au combat, creado por socialistas de
Marsella.
En la zona norte el iniciador de la Resistencia es el
Comité National de Salut Public,
fundado en el Museo del Hombre de París por un grupo de intelectuales.
Agrupa a profesores, escritores, abogados, etc. Otros movimientos de
resistencia en la zona norte fueron:
Défense de la France, creado por
jóvenes estudiantes,
Front National, Ceux de la Résistence,
Défense de la Patrie, Socialisme et Libérté, fundado
por Sartre,
Jeune Republique, Combat.
No hay ciudad importante en que no se organice un grupo de
Resistencia. Su actividad abarca varios frentes: servicios de
información, acciones de sabotaje, progresivamente coordinadas bajo las
órdenes del Alto Mando interaliado; ejércitos secretos que
apoyarán en su momento a las tropas de desembarco; difusión
masiva de prensa clandestina, (en 1944 hay más de un millar de
publicaciones que en conjunto difunden dos millones de ejemplares). Uno de los
periódicos clandestinos más conocidos es
Combat, dirigido por Albert Camus y Henri
Frenay.
Défense de la France llega a lanzar
400000 ejemplares en 1944. Junto a los periódicos y hojas también
se difunde literatura clandestina de gran calidad, gracias a las
Éditions de Minuit20.
-21-
 Ante una barraca del Campo de
Argelès.
La Resistencia francesa lucha simultáneamente contra
alemanes y contra los hombres de Vichy. El régimen de Pétain
organiza fuerzas paramilitares, la Milicia, de triste memoria, para luchar
contra la Resistencia y el maquis. Francia vive episodios de auténtica
guerra civil.
La figura primordial de la Resistencia francesa es Jean Moulin,
socialista, ex prefecto de Chartres, hombre de gran capacidad organizativa, de
inteligencia superior, idealista y a la vez realista y pragmático.
Enviado personalmente por el General De Gaulle desde Londres es lanzado en
paracaídas en el sur de Francia la noche del 1 al 2 de enero de 1941. En
poco tiempo consigue unificar los múltiples movimientos de Resistencia,
organizar servicios comunes a todas las redes clandestinas y convertirla en un
movimiento totalmente gaulista.
Por su enorme prestigio Jean Moulin fue elegido el primer
presidente del Consejo Nacional de la Resistencia. Desgraciadamente, en junio
de 1943, esta figura mítica es detenido por la policía alemana y
muere torturado cuando le conducían en un tren hacia Alemania. Muere
heroicamente sin haber dado ni un solo nombre, aunque conocía a todos
los jefes de la Resistencia ya que todos los hilos de la compleja
organización pasaban por sus manos. Su muerte no es seguida por
detención alguna. Un ejemplo de integridad y de valor extraordinarios.
Le sucede al frente del Consejo Nacional de la Resistencia Georges Bidault.
¿Cómo se produjo la incorporación de los
españoles a la Resistencia?
Los españoles integrados en las Compañías de
Trabajadores Extranjeros comenzaron a agruparse entre ellos en los lugares de
trabajo según su ideología. Les era imposible localizar a sus
dirigentes políticos y sindicales ya que algunos habían salido
hacia Méjico y la URSS, otros habían muerto, y el contacto con
los que continuaban en Francia estaba plagado de dificultades y de
peligros21. Estos
grupos organizados espontáneamente en los lugares de trabajo se
limitaron durante 1940, 1941 y casi todo 1942 a acoger y ayudar a esconderse a
los compatriotas que llegaban huidos de la zona de ocupación
alemana.
El núcleo principal de esta actividad22 estuvo
integrado por los 600 trabajadores españoles que trabajaban en las
presas de L'Aigle y Bort-les-Orgues donde José Germán
González, veterano sindicalista, era quien avalaba a los que llegaban
sin documentación y, de acuerdo con los ingenieros franceses
André Decelle y André Cogne, ambos de la Resistencia francesa,
les procuraban ocupación y documentación para poder viajar.
A finales de 1942 y principios de 1943 la organización de
L'Aigle se extiende a todos los Departamentos del Macizo Central y a fines de
1943 y principios de 1944 la organización española celebra
reuniones con la Resistencia francesa a escala departamental e incluso
nacional. Contactos similares con la Resistencia francesa hubo también
en otras regiones, como la Alta Saboya y la Dordogne.
El trabajo de estos grupos ya no se limitó a esconder y
proteger a los huidos de la zona ocupada o de la represión vichysta.
Participaron también en operaciones conjuntas con los resistentes
franceses. Los españoles intervienen en operaciones
arriesgadísimas
-22-
y muchos pierden la vida en ellas.
 Españoles en una Compañía
de trabajo en Mulhouse.
Pero fue en el maquis donde la actuación de los
españoles resultó decisiva en muchos momentos.
Desde 1941 los alemanes buscaban trabajadores voluntarios para
llevarles a Alemania. Ante el desdén con que la población obrera
francesa acogía sus ofertas idearon el STO (Servicio de Trabajo
Obligatorio) por ley de 16 de febrero de 1943.
Las autoridades policiales alemanas y francesas se movilizaban
para reclutar el número de trabajadores solicitados que eran conducidos
a Alemania o a las obras de fortificación del muro del Atlántico
por donde temían un desembarco aliado.
Muchos, antes de enrolarse en el trabajo forzado alemán,
huían a esconderse en las montañas y los bosques. Así
nació el maquis. Se albergaban en granjas, o en plena naturaleza. Pronto
constituyeron grupos de cientos y miles de hombres. Los problemas de
alimentación, alojamiento y vestido empezaron a agudizarse a pesar de la
ayuda de las poblaciones rurales.
En el invierno de 1942-1943 la Resistencia empezó a
organizarles como grupos de combate dotándoles de alimentos y armas. Las
relaciones Resistencia-maquis se fueron estrechando con la finalidad de luchar
contra los ocupantes.
Los
maquisards venían a ser una
copia de la «guerrilla» popular inventada por los españoles
en 1808 para luchar contra Napoleón tras haber quedado derrotado el
Ejército español. Los
maquisards actuaban como combatientes
militares sin uniforme, organizados con un jefe y sometidos a estricta
disciplina.
Había en Francia tres grandes zonas de maquis: el reducto
de los Alpes, el Macizo Central y a lo largo de los Pirineos. En las tres
actuaron los españoles. Su participación fue cuantitativamente
relevante y decisiva en múltiples acciones de sabotaje, atentados,
evasiones, asaltos y combates. Según Antonio Vilanova23 «antes de la
invasión aliada de Francia se registraba el hecho impresionante de que
en las filas de los maquis militaron 14000 españoles». Y concluye:
«los españoles tuvieron sus actividades más destacadas en
el maquis».
El maquis traía en jaque a los alemanes y a sus
colaboradores. Los españoles estuvieron entre los primeros componentes
de esta fuerza de resistencia y combate, que el general Eisenhower consideraba
equivalente en hombres a 15 Divisiones. «Gracias a su ayuda
-declaró Eisenhower- la rapidez de nuestro avance a través de
Francia se facilitó enormemente».
La primera operación de
maquisards españoles tuvo lugar
en la Alta Saboya el 1 de junio de 1942 y el primer maquis totalmente
constituido por españoles fue establecido el 1 de abril de 1943.
Otra importante contribución de los exiliados
españoles en la larga y compleja lucha contra la ocupación nazi
fue su eficaz papel en las redes de evasión de Francia, vía
Andorra, España y Portugal, con destino a Gran Bretaña. Miles de
perseguidos, de todas las nacionalidades, judíos, diplomáticos,
evadidos de los campos de concentración, paracaidistas
anglo-norteamericanos, militares franceses que querían unirse a las
fuerzas del general De Gaulle, utilizaron estas redes de evasión
organizadas meticulosamente por el
Intelligence Service británico. En
ellas cooperaron de manera destacada exiliados españoles.
El catalán Francisco Viadiu Vendrell, «Alexis»,
capitaneó una de esas redes clandestinas, por lo que el Mando Aliado le
concedió la Medalla de la Libertad. Francesc Viadiu Vendrell ha dejado
escritas las memorias de esa arriesgada experiencia en el libro
Andorra: cadena de evasión24.
La actuación heroica de tantos españoles en las
luchas por la liberación de Francia no ha merecido en la
abundantísima bibliografía francesa atención alguna. A lo
más, y de pasada, mencionan que en tal o cual operación
participaban algunos españoles. Algunos trabajos recientes rectifican
esa tendencia: por ejemplo el clarificador texto de Émile Temime
«Les Espagnols dans la Résistance. Revenir aux
réalités?» incluido en la ya citada obra
Mémoire et Histoire: la
Résistance que describe convincentemente las razones de ese olvido;
y el trabajo «Les Espagnols dans la Résistance: incertitudes et
spécificités» de Geneviève Dreyfus-Armand incluido
también en dicha obra, que aporta datos igualmente esclarecedores. Han
sido libros españoles, pocos, los que han tratado de llenar este
vacío histórico recogiendo testimonios y documentación con
los que rescatar del olvido esta importante página de la historia
española y europea.
La odisea de Cristino García
Grandas
Reproducimos uno de los relatos recogido en la obra de Antonio
Vilanova, indispensable para conocer lo que fue la odisea de los refugiados
españoles y su combatividad durante la segunda guerra mundial, referido
a las vicisitudes de uno de los guerrilleros españoles más
destacados: Cristino García Grandas.
-23-
|
Cristino García Grandas nació en Sama de Langreo
(Asturias) en 1914. Se incorporó a las milicias republicanas en
España desde el primer día de la guerra civil cumpliendo audaces
incursiones en la zona fascista como dinamitero. Cuando la República
perdió el norte de la península, Cristino continuó sus
actividades en el XIV Cuerpo de Ejército cuyos componentes actuaban
detrás de las líneas enemigas como guerrilleros efectuando
sabotajes, trabajos de información y también como vanguardia en
los combates nocturnos, como tropas de choque en situaciones difíciles,
etc. Constituían una fuerza de élite para cuyas misiones se
requerían cualidades excepcionales de valor, audacia y serenidad.
Cristino obtuvo en ella el grado de teniente.
Cuando pasó a Francia y se firmó el armisticio,
Cristino García comenzó a actuar en la resistencia y en el
maquis, en lo que para él no era más que la continuación
de sus actividades en España.
Su zona de acción fueron los departamentos de Gard,
Lozère, Ardèche y Vaucluse, especialmente en los tres primeros y
a través de sus hazañas se convirtió en un héroe
legendario.
El origen de sus actividades fue un grupo deportivo que
había formado. Los responsables regionales de la Resistencia le
propusieron transformar el «Grupo Deportivo Español» en
«Grupo de Guerrilleros» y Cristino García aceptó
inmediatamente y con él la casi totalidad del grupo.
Y así nació el «Grupo de Guerrilleros de la
Lozère» que, en 1942, en unión de los del Gard y del
Ardèche constituyeron la 3.ª División del FFI bajo su propio
mando.
Su gran experiencia de guerrillero, su firmeza y su capacidad,
hicieron de él un jefe prestigioso y respetado. Impulsó los
medios de reclutamiento, organizó el entrenamiento de sus hombres,
planeó operaciones e intervino activamente en todas ellas.
Como las armas y los pertrechos escaseaban, el maquis las buscaba
en los cuartelillos de policía, en los destacamentos alemanes atacados,
y para ello comenzaron sus golpes de mano que cada vez fueron adquiriendo mayor
importancia. Al propio tiempo intensificaron sus trabajos de sabotaje a todo lo
que significara ayuda al esfuerzo de guerra alemán.
Al principio él y sus compañeros se dedicaron a
hacer trabajos de sabotaje: derribar postes de conducción de
energía eléctrica, descarrilamientos, destrucción de pozos
de minas, etc. Sus repetidos ataques hicieron bajar la producción minera
de la zona en un 60 por 100. (...)
Cristino organizó muchos ataques a las fuerzas de
ocupación y a sus colaboradores, tales como la emboscada en que
cayó, el 13 de julio de 1944, una caravana de tropas alemanas que
marchaba entre Priveas y Aulenas.
Con un grupo de 19 guerrilleros españoles, se
emboscó en las inmediaciones del Col-de-Eterine tras haber puesto en
diferentes puntos de la carretera diversas cargas de explosivo.
Cuando apareció la columna de sesenta camiones cargados de
tropas, los guerrilleros, con perfecta disciplina, los dejaron pasar en espera
de la señal de Cristino.
Este había dispuesto las cargas separadas unas de otras de
forma que, cuando explotaran, alcanzaran la cabeza, el centro y la cola de la
columna. Cuando ésta ya había avanzado por el terreno minado, la
señal de Cristino con un disparo provocó la explosión
simultánea de las tres cargas sembrando la muerte y la confusión
a todo lo largo de la columna alemana, contribuyendo a aumentar el desbarajuste
las continuas descargas que los españoles tiraban desde sus escondites a
ambos lados de la carretera.
A pesar de su inferioridad numérica, los guerrilleros
despegaron de sus posiciones sin haber sufrido una sola baja: los alemanes
tuvieron 70 muertos e innumerables heridos. (...)
La empresa mayor que acometió Cristino García y que
ha llegado a ser legendaria en los anales de las acciones de las FFI fue la
batalla de La Madeleine, el 25 de agosto de 1944. (...) En aquellos días
de mediados de 1944, la consigna era no dejar circular a los alemanes.
Había que aislarlos, cercarlos y combatirlos hasta donde los medios de
ataque lo permitieran; pero sobre todo impedirles sus movimientos a fin de
evitar que las fuerzas nazis acudieran al norte a reforzar las defensas
alemanas de Normandía donde desde el 6 de junio se
-24-
libraban
las primeras y decisivas batallas de la invasión. Además, desde
agosto, el primer ejército francés desembarcado en Provenza,
progresaba hacia Lyon y los Vosgos.
Cristino García decidió dominar la red de
comunicaciones del departamento de Gard a fin de taponar esa posible vía
de traslado de las fuerzas alemanas y el 22 de agosto de 1944, con otros 31
españoles, formó un grupo al que se unieron otros 4 franceses.
Con estos 35 hombres se dirigió a la encrucijada de La Madeleine en
pleno corazón de las Cevennes. El plan era suprimir la amenaza que para
las comunicaciones del primer ejército francés representaba una
columna alemana estacionada en la zona de Anduze, 17 kilómetros al
suroeste de Ales.
La lucha comenzó cuando Cristino y sus hombres tuvieron
conocimiento de que una columna del ejército alemán procedente de
Toulouse remontaba hacia París. Había pasado por Albi y
Béziers y por doquier iba sembrando el terror. Su misión: impedir
que llegasen a Ales donde la población amedrentada temía la
represión.
Al amanecer del día 25 fueron detenidos en la carretera
cinco vehículos que tras corta lucha dejaron varios muertos y algunos
prisioneros. A mediodía, Cristino hizo saltar el puente sobre
ferrocarril de la línea Lézan-Anduze por donde forzosamente
tenían que pasar las fuerzas de la Wehrmacht y situó sus fuerzas
emboscadas ambos lados de la carretera antes del puente. El lugar ha sido
elegido magistralmente y el plan es sencillo y genial. Al entrar las tropas
alemanas en la carretera que caracolea entre el bosque y llegar al puente
destruido será imposible para ellas seguir avanzando; pero el retroceso
será impedido por los guerrilleros emboscados a ambos lados de la
carretera a todo lo largo de la columna enemiga.
El sitio es espléndido, maravilloso, la naturaleza lo ha
hecho propicio para la emboscada. Cristino se revela, una vez más,
estratega consumado. Su dispositivo de fuego es perfecto, barre todos los
ángulos. Cristino en persona pone la primera mina. Cada diez metros hay
una; una red de cables las une y éstos están dispuestos en tal
forma que al estallar las de la cabeza, unas tras otras lo harán las del
centro y la retaguardia. Con este dispositivo todo el convoy será
destrozado.
El pueblo cercano de Jornac ha sido previamente ocupado y en las
copas de los castaños, dominando el paisaje, los vigías observan
el movimiento de la columna.
A las dos de la tarde se señalan movimientos de tropas
nazis; los guerrilleros emboscados, silenciosos, dejan pasar la caravana de
camiones; se trata de sesenta camiones, tres cañones y cinco blindados
ligeros: las fuerzas se calculan entre 1200 a 1500 hombres. La columna que
viene de Saint-Hyppolite se dirige hacia Anduze o Nîmes.
Los guerrilleros son ¡36! 36 hombres con armamento ligero
contra 1500 hombres provistos de cañones y blindados.
De repente, el avance de las tropas alemanas se detiene
brutalmente. El puente del ferrocarril por donde tienen que pasar está
destruido. A la hora precisa, de vanguardia a retaguardia, las explosiones de
las minas se suceden; inmediatamente Cristino da la orden de fuego y las armas
de los guerrilleros barren la carretera y los alemanes, sorprendidos, no
aciertan a tomar posiciones y a responder a las balas que les caen del monte,
sin que sepan de dónde, porque los guerrilleros después de cada
ráfaga de metralleta se desplazan continuamente dando al enemigo la
sensación de ser un nutrido ejército.
Cuando mayor es el desconcierto de los soldados alemanes, un
guerrillero se encarama sobre el terraplén de la vía y a voz en
grito les invita a rendirse. «Estáis cercados por fuerzas muy
superiores en número a las vuestras, ¡rendíos!».
Su silueta se destaca netamente en plena luz. Ante tanta audacia
los alemanes permanecen un instante mudos de estupor. «Hacedle
prisionero», grita el oficial alemán.
Un puñado de nazis se dirige hacia el arriesgado
español disponiéndose a cogerle, muerto o vivo; las balas
silbaban en torno suyo, pero éste no pensó siquiera en hurtarles
el cuerpo. Aprovechándose de su situación elevada, coge entre sus
manos firmes la metralleta y dispara con furia, haciendo una verdadera
carnicería entre los que se adelantaban para capturarle.
La batalla continúa. Son las siete de la tarde. El
desconcierto de los alemanes es total. La caravana cogida en la trampa es
incapaz de maniobrar y el suelo está sembrado de muertos y heridos con
uniforme verdegrís. Los jefes alemanes se deciden por fin a
parlamentar.
Cristino ordena alto el fuego y se recibe a varios oficiales
alemanes como parlamentarios, quienes al conocer la clase de fuerzas a las que
se han estado enfrentando se encolerizan y dicen con altivez «Nos negamos
a rendirnos a "terroristas"; solamente nos rendiremos ante oficiales del
ejército regular». Finalmente se llega a un acuerdo. Se decreta
por ambas partes una tregua de dos horas y dos oficiales alemanes son
conducidos hasta Anduze para negociar con los jefes españoles en
presencia del jefe de la gendarmería del lugar, única fuerza
regular existente en los alrededores. Los alemanes se comprometen durante ese
tiempo a no entablar ninguna acción contra los guerrilleros.
En Anduze la discusión se agria. La posición de los
guerrilleros españoles es neta: los alemanes deben rendirse sin
condiciones. El jefe de la gendarmería aprueba la proposición
pero los alemanes se resisten a aceptar tan estrepitosa derrota. Antes de
terminar las discusiones y faltando a su palabra las fuerzas de la Wehrmacht
rompen la tregua abriendo fuego con sus
-25-
armas automáticas,
morteros y antitanques.
Mientras tanto el mando general del departamento había sido
prevenido y envió 70 combatientes franceses de las FTPF como refuerzos.
Además, dos avionetas al servicio de la Resistencia bombardearon con
proyectiles ligeros los camiones, incendiaron varios y consiguieron poner una
"oruga" fuera de servicio.
A las siete y media los alemanes intentaron salir del cerco
guerrillero, pero vieron rechazados todos sus ataques para salir de aquella
trampa en que estaban metidos. A las ocho menos diez, las fuerzas de la
Wehrmacht enarbolan la bandera blanca. Suprema mezquindad: aprovechando la
suspensión del fuego intentaron traicioneramente otro ataque. Esta
actitud colmó la indignación de los guerrilleros e inmediatamente
respondieron al fuego sembrando la desmoralización total de las fuerzas
alemanas.
A las ocho de la noche algunos nazis solamente continúan la
batalla; la mayor parte levantan trapos blancos, pañuelos, banderas de
rendición. La orgullosa Wehrmacht se rinde. A las ocho y diez minutos la
batalla ha terminado.
El balance es extraordinario y dramático. Los alemanes han
tenido más de cien muertos, innumerables heridos y se les hace mil cien
prisioneros. Y su jefe el teniente general Konrad Nietzsche, que mandaba la
columna, se suicida desesperado por no soportar la idea de ver capitular a 1500
soldados alemanes ante un puñado minúsculo de guerrilleros.
El combate es un florón de gloria para Cristino
García y sus hombres pero, desgraciadamente, ellos también pagan
un precio por su valentía y su arrojo. Cuando se visita el cementerio de
La Madeleine, en Albi, se ven en un rincón 34 tumbas uniformes donde
reposan guerrilleros caídos en la célebre batalla. Y junto a las
lápidas con nombres franceses hay otras muchas con castizos nombres
españoles: Agustín García, sargento José
Fernández, sargento Francisco Perera, sargento Ramón Porta,
Martínez y tantos otros.
Y en el pueblo de La Madeleine, en septiembre de 1946, se pusieron
dos placas de mármol. En una dice «Honneur à Cristino
García, chef de maquis». Y en la otra: «Batalla de La
Madeleine. 25 de agosto de 1944. Aquí los FFI del Gard, uno contra
ciento, hicieron capitular a una fuerte columna alemana».
|
 Referencia a Cristino García en una
vieja publicación sobre la Resistencia.
Terminada la guerra en Francia, Cristino García
declinó los ofrecimientos franceses de nacionalidad, reconocimiento de
grado, medallas y honores. Liberada Francia de los alemanes, su objetivo era
liberar a España de Franco. Se integró en las unidades que
invadieron el Valle de Arán. Combatió en las montañas
contra las Divisiones del general Yagüe, pero en el curso de una
operación cayó en manos de la policía con algunos de sus
compañeros. El 22 de febrero de 1946 Cristino García Grandas y
sus compañeros fueron juzgados por un consejo de guerra, condenados y
ejecutados
-26-
en la prisión madrileña de Carabanchel.
De nada sirvió que la Asamblea Francesa y el Gobierno francés
protestaran oficialmente y pidieran el indulto al dictador español.
Trágico final para estos héroes de la Resistencia francesa contra
el nazismo.
Aquel mismo año 1946, el 25 de octubre, la IX Región
militar francesa, expedía la Orden general número 25 que dice:
Estado mayor. El general de la División Olleris, comandante de la IX
Región Militar cita a título póstumo:
|
A la Orden de Ejército.
Cristino García, teniente coronel.
Resistente desde la primera hora, dotado de un alto
espíritu de organización y de combate. Ha tenido bajo su mando
las brigadas españolas de los departamentos de Lozère,
Ardèche y Gard. Por sus repetidos ataques en la zona minera ha impedido
el trabajo durante varios meses. Organizador del asalto a la cárcel de
Nîmes que liberó los presos políticos. Bajo sus
órdenes se ha librado combate al enemigo en La Madeleine (Gard) y en
Pescrimet, haciendo en conjunto, a pesar de la desproporción de fuerzas
y de material, 1300 prisioneros a los alemanes y 600 muertos en el curso de los
encuentros ordenados y dirigidos por este jefe de élite.
Esta citación lleva el distintivo de la atribución
de la Cruz de Guerra con estrella de plata dorada.
Marsella, 25 de octubre de 1946.
|
En agosto de 1946 fue puesto a una calle de Saint Denis
(París) el nombre de Cristino García. Y el 15 de marzo de 1947,
en el Velódromo de Invierno de París, el ministro francés
de la Guerra otorgó al teniente coronel Cristino García Grandas a
título póstumo la más alta condecoración
francesa.
Plateau de Glières
A finales de enero de 1944 algunos jefes de los
maquisards de Alta Saboya
probablemente siguiendo instrucciones de Londres decidieron concentrarse en una
meseta de los Alpes, a 20 km de Annecy, de 1800 metros sobre el nivel del mar,
con el fin de atrincherarse y crear un núcleo de territorio liberado.
Así nació
Glières el 31 de enero de 1944. La
BBC, desde Londres, proclamaba: «Tres países resisten en Europa:
Grecia, Yugoslavia y Alta Saboya».
Era una zona montañosa poblada de chalets. Allí se
concentraron 465 combatientes. De ellos, 56 eran jóvenes guerrilleros
españoles que formaron la sección Ebro, en recuerdo de la batalla
de este nombre en la guerra civil española, bajo el mando de Antonio
Vilches.
Las autoridades francesas de Vichy ordenaron desalojar ese
reducto. A mediados de febrero un destacamento de la Milicia inició los
combates. Pero fueron derrotados por los guerrilleros que hicieron no pocos
prisioneros.
Ante lo ocurrido, decidieron intervenir los alemanes. El 23 de
marzo llegaban a la zona 8000 alemanes con morteros, artillería y
aviación, que unidos a varios centenares de la Milicia francesa y de la
policía prepararon el ataque. En total, más de 9000 hombres se
disponían a lanzarse contra los 465 guerrilleros.
Antonio Vilanova25 describe como sigue la
desigual batalla: «El ataque se desencadenó el domingo 26 de marzo
de 1944. Comenzó por el norte contra la sección
Liberté-Chérie como distracción del ataque principal que
fue contra las dos secciones españolas Ebro y las de Alloobroges,
Bayard, Savoie-Lorraine, Jean Carrier, Saint Hubert y Leclerc.
Los
maquisards se comportaron
heroicamente, pero les era imposible sostener la mayor potencia de fuego de los
asaltantes, los continuos bombardeos y la superioridad numérica. Los
resistentes carecían además de reservas y tuvieron que retroceder
por precipicios y entre la nieve. Así y todo, aguantaron el ataque
durante cuatro horas y las últimas oleadas alemanas las contuvieron con
granadas de mano: muchas armas no servían ya.
Hubo algunos prodigios de heroísmo, como el de Antonio
Vilches que merced a un enorme salto dado en un terreno peligroso y batido,
consiguió un emplazamiento para su ametralladora desde el cual pudo
proteger la retirada de sus hombres. Aunque cosida su ropa a balazos pudo
escapar indemne.
Peor suerte tuvo el también español García
cuando, en unión del francés Credoz, emplazaba un fusil
ametrallador frente a Sappey para contener a una numerosa patrulla de
milicianos. Después de disparar diez cargadores, consiguieron hacer huir
a los vichystas, pero Credoz recibió un balazo que le abrió la
cabeza y García otro que le atravesó un pulmón.
Ante la imposibilidad de resistir la presión de tanto
hombre y tanto armamento, se dio la orden de retirada
-27-
a fin de que
cada uno pudiera escapar del cerco al estilo guerrillero, o sea en
pequeños grupos y por diferentes lugares.
La última resistencia, el despegue y la persecución
final ocasionaron muertes, detenciones, torturas y fusilamientos.
La batalla ocasionó la muerte de 155
maquisards, de ellos cinco
españoles. Otros 175 resistentes quedaron prisioneros, de ellos seis
españoles.
La barbarie nazi asesinó, después de torturarlos, a
casi todos los prisioneros. De los seis españoles, solamente se
salvó de la muerte uno.
Los españoles que consiguieron escapar a la
persecución: J. Barba, Manuel Joya, Miguel Vera, etc., combatieron en el
maquis hasta el final de la guerra y fueron autores de la liberación de
Annecy, capital del departamento de Alta Saboya26.
En Glières dieron su vida por la libertad de Francia:
Félix Belloso Colmenar, Patricio Roda, Gabriel Reines o Gaby, Victoriano
Ursua, Pablo Fernández, Avelino Escudero, Paulino Fontava,
Florián Andújar y Manuel Corps Moraleda.
La liberación de
París
 El general Leclerc, jefe de la Segunda
División que liberó París, con su Estado
Mayor
El corresponsal de guerra norteamericano del New York Times en
Francia, Charles Christian Wertenbaker, publicó el 23 de agosto de 1944
en su periódico una crónica a la que corresponden los siguientes
párrafos:
|
A las seis de la mañana emprendimos la marcha hacia
París, llegando hasta la población de Antony, donde fuimos
detenidos por un escuadrón de republicanos españoles. La lucha en
aquel sector se había recrudecido y aquellos bravos muchachos de la
República española consideraban peligroso nuestro avance.
Aproveché la oportunidad para establecer conversación con ellos y
confieso que me cautivó su entusiasmo y su valor. Muchos llevan ya
años luchando al lado de los franceses libres, otros pertenecían
a los guerrilleros y algunos también eran escapados de las cuadrillas de
trabajadores forzados de las defensas de Cherburgo. Todos son expertos
-28-
de las fuerzas mecanizadas y de un valor extraordinario
según me afirmó su comandante. Sus tanques y carros blindados
llevan pintadas en sus costados los colores de la bandera republicana y nombres
tan sugestivos como estos:
Belchite, Ebro, Guadalajara. Poco
después de las 9, recibieron órdenes de proseguir la marcha y
antes del mediodía entrábamos en los arrabales de París
precedidos por los republicanos españoles que eran aclamados
delirantemente por la población civil.
|
Según el testimonio de Ch. Tillon, jefe de los FTPF, citado
por Tuñón de Lara27 más
de 4000 españoles participaron en los combates por la liberación
de París dentro de los diferentes grupos y unidades francesas. Con ellos
toman las alcaldías de Montreuil, de los distritos 19 y 10, puntos de
apoyo para nuevos avances. En la plaza de la Concordia morirá
José Barón, jefe guerrillero de la zona Norte de Francia, cuando
atacaba al frente de un grupo de españoles las posiciones alemanas.
Ramón Luis Acuña en su libro
Como los dientes de una sierra recoge el dato
de «más de un 20 por 100 de los 16000 soldados de la Segunda
División Blindada del general Ph. Leclerc eran españoles»,
además de los «4000 que intervienen exactamente en el movimiento
de sublevación de París que precede a la entrada de las
tropas»28.
Lapierre y Collins en su obra
Paris brûle-t-il?29 cuentan que cuando los blindados de la
2.ª DB entraban en París, un abogado de origen norteamericano,
llamado Robert Miller, corrió hacia el primer blindado que pasó
ante su domicilio de La Muette, dio a los soldados la bienvenida en
inglés; después, al no obtener respuesta, en francés; pero
con el mismo éxito. Estupefacto, Miller se preguntaba si eran
sordomudos. De repente descubrió que eran voluntarios
españoles.
La toma del Ayuntamiento de París la describe
Tuñón de Lara de la siguiente manera30:
|
Avanza la tarde y el Mando insiste en liquidar la resistencia
alemana, que es muy fuerte en Fresnes, lo que va a conseguir el teniente
Moreno. ¡Pero ya son las siete de la tarde! y se pasa el tiempo en
liquidar resistencias locales, mientras está abierta la empedrada
carretera-calle que conduce hacia París. Leclerc se enfada por esas
lentitudes y ordena a Dronne que se ha anexionado para la operación una
sección de tanques medios y otras de ingenieros.
Los oficiales de Dronne que entran los primeros en París
son los españoles Moreno, Elías, Bernal, Campos y Montoya
mandando las fuerzas; Granell como oficial de enlace y Bomba de
municionamiento. Son las nueve menos cuarto, ya anocheciendo, cuando Dronne y
sus hombres entran en París por la Porte d'Italie entre las
aclamaciones, los abrazos, los besos, de una multitud delirante. Y, sin
embargo, se está luchando en el centro de la ciudad; pero a las 21.22
horas están en el Ayuntamiento, en el histórico Hôtel de
Ville que conoció las proclamaciones de la República en 1848 y
1870, la de la Commune en marzo de 1871... En la plaza hay un total de 120
hombres y 22 vehículos, entre ellos los carros blindados, de que tanto
se ha hablado, con los nombres de "Madrid", "Guernica", "Don Quijote", etc.
En el Hôtel de Ville está el Consejo Nacional de la
Resistencia, presidido por Georges Bidault, con él Daniel Mayer, Georges
Marrane, Leo Hammon, Laniel... También el coronel Rol Tanguy. Dronne es
llamado a la Prefectura, donde está el coronel Chaban Delmás y el
señor Luizet, prefecto nombrado por la Resistencia. El teniente Granell
queda en el Ayuntamiento al mando de los hombres. Aquellos hombres, en su
mayoría españoles, eran la vanguardia de las fuerzas de Leclerc
que entró en París al anochecer del 24 de agosto de 1944.
|
En el comunicado de guerra número 3 de las «Milicias
Patrióticas de Paris-Ville» correspondiente al 25 de agosto se
decía: «Durante todo el día nuestros guerrilleros han
intervenido activamente en las operaciones de limpieza en colaboración
con las fuerzas blindadas aliadas y particularmente con las unidades
francoespañolas».
|
En el sector de la plaza de la Concordia y Asamblea Nacional
-prosigue Tuñón de Lara-, en los combates de la plaza de
L'Étoîle, en el ataque al nido de la Gestapo, el Hotel Majestic,
los españoles tuvieron una importante participación. Fue un
español llamado Pacheco, quien ocupó en vanguardia el Majestic,
haciendo él mismo doce prisioneros alemanes. Otro español,
Serrano, mandaba la sección del Regimiento del Tchad que se
apoderó del Ministerio de Marina. El grueso de la 2.ª
División Blindada entraba en París en la mañana del 25,
librándose todavía duros combates en la plaza de Saint-Michel, en
la Concordia y en L'Etoile. También en el tapón que tenían
los alemanes en torno a la Plaza de la República. En el duro combate por
apoderarse de la central telefónica Archives, en la mañana del
25, fue gravemente herido el subteniente español Elías.
Von Choltitz se niega todavía a rendirse. A la una y cuarto
de la tarde empieza el asalto a su puesto de mando (en el hotel Continental,
rue de Rivoli), realizado por los soldados del comandante La Horie, entre los
cuales iban varios españoles, hasta el punto de que parece ser cierto
que fue el extremeño Antonio González el primero que entró
en el despacho del general y a quien éste entregó su pistola.
Poco después, el jefe del «gran París» firma la
capitulación ante Leclerc y Rol-Tanguy. París estaba liberado; De
Gaulle llegó. El 18
-29-
sábado 26 cuando Charles De
Gaulle y los miembros del Comité Nacional de Liberación
descienden por los Campos Elíseos hacia Nôtre-Dame, van escoltados
por cuatro carros blindados de Leclerc, de la 9.ª Compañía;
en el de la derecha, el de mando, va el capitán Dronne; en los otros
tres, casi todos son españoles.
|
Tras la liberación de París prosiguieron las
batallas por la liberación de Francia entera. En muchas de ellas hubo
combatientes españoles. En la liberación de Angulema participaron
230 españoles. Un batallón de la 42 Brigada española
participó en la liberación de Poitiers. La 32 Brigada
española, también de la 24 División, tomó parte en
la liberación de Burdeos, siendo españoles quienes tomaron el
puente de la Bastida, rompiendo las líneas alemanas para que los FFI
penetrasen en la ciudad. En los Bajos Pirineos eran los españoles de la
102 Brigada quienes llevaban el peso de la acción. Fueron condecorados
con la Cruz de Guerra por la liberación de varias localidades del
Béarn 27 españoles, entre ellos dos mujeres31.
La 11 Brigada española, de la 4.ª División,
desempeñó un papel primordial en la liberación de
Montpellier. A lo largo del Ródano se desplomó el dispositivo
alemán entre Montélimar y Valence bajo los golpes de las FFI en
las que estaba integrada la compañía de 150 españoles
mandados por un estudiante, el capitán Carrasco. Y Avignon fue liberada
por un destacamento de 100 hombres que mandaba José Vicente Ondarza.
En la Alta Saboya, el comandante Miguel Vera, superviviente de
Glières, participó activamente con un grupo de españoles
en la liberación de Annecy. Miguel Vera fue el primer comandante militar
de la ciudad de Annecy después de su liberación.
En la Borgoña, a orillas del Mosela, y para desalojar a los
alemanes que se habían hecho fuertes en varias ciudades de la costa
Atlántica: La Rochèle, Le Verdon, Royan, Saint Nazaire, Lorient,
las batallas se prolongaron a lo largo del invierno 1944-1945 participando en
ellas los numerosos españoles integrados en las FFI. También
participaron en aquellos combates el Batallón «Guernica»,
organizado por los vascos, mandado por Pedro Ordoki, y el batallón
«Libertad» en el que predominaban los anarquistas. Ambos fueron
integrados en las fuerzas mandadas por el coronel Millet, jefe de las FFI. El
Batallón vasco se distinguió en varios ataques a la Punta de
Grave, liberada el 18 de abril de 1945. Tuvo numerosos muertos y heridos.
Constaba de unos 200 hombres. Sobre el «Batallón Guernica»
ha sido publicado en marzo de 1995, en Bayona (Francia), un libro muy
documentado titulado «Le Bataillon Guernika» que describe
pormenorizadamente las actuaciones de los vascos en la Resistencia francesa y,
en general, con los Aliados32. Esta obra da
referencias precisas, por ejemplo, sobre el servicio de información, muy
sofisticado, al servicio de los Aliados, organizado por el PNV.
 Kepa Ordoki.
 Carta de identidad de un miembro del
Batallón Vasco.
Según Tuñón de Lara33 en los
combates de la liberación, a finales del verano de 1944, participaron
10231 españoles a los que hay que añadir los que estaban
encuadrados en unidades francesas y aquellos resistentes que tomaron
ocasionalmente las armas.
-[30]-
-31-
  Capítulo III
Españoles en los campos de concentración
alemanes

-[32]-
-33-
En mayo, de 1940 la vanguardia del Ejército alemán, en
una nueva muestra de guerra relámpago, se lanza a través de
Bélgica, invade Holanda, rompe el frente francés sobre el Meuse y
cae sobre Dunquerque donde, bajo el mando de Rommel, cerca a unos 400000
soldados aliados. La mayoría conseguirán escapar a Inglaterra,
pero muchos serán hechos prisioneros, entre ellos bastantes
españoles.
En Dunquerque combatieron 15 Compañías de
españoles, agregadas a la 60.ª División. Fueron cercadas por
la ofensiva alemana y los pocos que escaparon a la muerte o bien fueron hechos
prisioneros o - 250- consiguieron embarcarse con las tropas aliadas hacia
Inglaterra donde fueron encarcelados34.
«La llegada a Inglaterra de esos 250 españoles -refiere
Antonio Vilanova35- no mejoró mucho
su suerte. En primer lugar, a casi ningún español se le
dejó tomar tierra hasta que todas las demás fuerzas lo hubieran
hecho y, cuando les permitieron hacerlo, fue para pasar ante una especie de
tribunal que les preguntaba: ¿quiénes son ustedes? Al conocer que
eran españoles, trabajadores civiles, auxiliares del cuerpo de zapadores
francés, preguntaban estúpidamente: ¿qué han venido
a hacer en Inglaterra?... Todos fueron a dar con sus huesos en la
cárcel. Descubiertos días más tarde -estos 250
españoles- por las autoridades francesas... fueron embarcados en un
pequeño carguero rumbo a Francia». Otros, fueron alistados en el
ejército británico donde combatieron durante toda la guerra.
Los Regimientos de Marcha en que estaban los españoles
aguantaron la ofensiva alemana durante dos semanas en el sector del Meuse.
Otros protegieron la retirada de Soissons en la primera semana de junio (eran
los 11 y 12 Regimientos de Extranjeros, traídos de África). Los
otros Regimientos de Marcha, procedentes de Perpignán y Barcarès,
mal equipados y municionados, fueron literalmente aplastados por los stukas y
por los tanques alemanes.
Los aproximadamente cien mil españoles integrados en unidades
militares francesas o militarizadas, estuvieron entre los primeros que
soportaron el embate alemán. Las bajas españolas ascendieron a
millares. Los españoles que fueron hechos prisioneros, unos diez o doce
mil, fueron trasladados a Alemania como prisioneros de guerra. Pero al negarse
el Gobierno de Vichy a reconocerles como prisioneros de guerra franceses, y
negarse ellos a trabajar voluntariamente para los alemanes, fueron enviados a
los «campos de la muerte»36
Mientras tanto, en París se produce la desbandada. A pie, en
bicicleta, en viejos coches, en autobuses urbanos, los parisinos huyen hacia el
sur.
El día 14 de junio el ejército alemán desfila
por las calles de París.
Antes de iniciarse la guerra mundial Alemania ya había
abierto en su territorio campos de concentración sólo para
alemanes. En uno de ellos estuvo encerrado diez años el
carismático líder socialista Schumacher. Iniciada la guerra esos
campos irían en aumento. Algunos de ellos fueron transformados en campos
de exterminio para determinadas personas de los países ocupados:
resistentes, judíos, gitanos, homosexuales, enemigos políticos,
prisioneros de guerra.
La mayoría de los españoles prisioneros de los
alemanes fueron internados en Mauthausen, Buchenwald y Dachau. También
hubo españoles en Auschwitz. En el campo de Oraniembourg fue internado
el ex presidente del Gobierno republicano de España, Francisco Largo
Caballero, que había sido entregado a los alemanes por la policía
francesa de Vichy en París. Fue liberado por el Ejército
soviético
-34-
el 24 de abril de 1945 teniendo ya 76
años.
Al llegar al campo de exterminio, a los españoles les
entregaban el triángulo azul de apátrida y la S de España
(Spanien) en blanco. El triángulo rojo era el de los presos
políticos; el verde el de los ladrones criminales; el marrón, de
los gitanos y vagos; el rosa, de los homosexuales; el negro, para los
criminales asociales; el violeta, para sacerdotes y objetores; el amarillo con
la estrella de David identificaba a los judíos.
Nadie saldrá vivo de
aquí
Uno de los supervivientes de Mauthausen, donde pasó los
cinco años que duró la Guerra Mundial, Antonio García
Barón, ha contado su llegada al campo en los siguientes
términos37:
|
En el primer discurso nada más llegar al campo de
exterminio nos dijeron más o menos lo siguiente:
«España no os quiere; os ha arrebatado la
nacionalidad, la razón de ser. Nadie saldrá vivo de aquí;
estáis condenados a muerte sin juicio previo. La primera que os ha
condenado es España». Hileras de SS formaban con sus perros lobos,
como una doble jauría dispuesta a tirarse sobre los presos. Nuestra
patria sería a partir de entonces aquel campo situado en Austria.
«... Entraréis por la puerta: saldréis por la
chimenea». El campo tenía a la entrada un portón con un
águila prusiana de cobre verde, puesto de ametrallador cada doce metros,
alambradas electrificadas, guardias, torres de vigilancia y barracas en forma
de rectángulo, de cinco en cinco. Era una fortaleza medieval levantada
con el sudor de los deportados, con piedras de la cantera, la Wiener-Graben. La
muralla de circunvalación no se terminó nunca. A lo largo de
hectárea y media, calculo yo, se extendían la cocina, la
enfermería, el Revier, las cámaras de gas, el crematorio, las
oficinas y la lavandería.
Desde Nuremberg nos habían trasladado en vagones -ocho
caballos, cuarenta hombres- hacinados en el convoy de la muerte, sin nada para
comer, sin agua y con las puertas precintadas. El aprendizaje del terror: los
SS nos sacaron de allí a culatazos, entre blasfemias y gritos que
sonaban como descargas de fusilería. Desde la estación nos
llevaron andando hasta el campo. En las casas del pueblo nadie se asomó
para vernos pasar. Yo vestía de azul oscuro, ropa militar francesa. Al
llegar me desnudaron, me arrebataron todo lo que llevaba conmigo -pocas cosas,
unos recuerdos, unas fotos familiares-, me vistieron de presidiario -un
uniforme de rayas verticales azules, blancas y grises, un casquete- y me
pelaron todo el cuerpo con la máquina de cuatro ceros. Me cosieron el
triángulo azul y puntapié en el culo. Tomaron unas notas para mi
ficha. Nos hicieron formar desnudos y nos enviaron a la ducha, que por cierto
era elegantísima. Nosotros recibimos agua. Otros gas letal. Así
empezó la cuarentena que duró unos días.
Cuando llegamos el 10 de agosto de 1940 -prosigue Antonio
García Barón- quedaban tan solo cinco españoles
supervivientes del primer grupo, con remiendos en sus harapos, maltrechos,
tocados por la muerte, escuálidos por la disentería, demacrados,
con los hígados desechos, los pulmones averiados, el corazón
debilitado y los ojos vidriosos.
|
Los alemanes necesitaban mano de obra que con los deportados
obtenían gratis. Los campos eran canteras de trabajo en los que
fabricaban bloques de piedra y ladrillos para la construcción, para
autopistas, para sus grandiosos proyectos.
A Mauthausen llegaron el 10 de agosto de 1940, 392
españoles, según el testimonio de Antonio García
Barón. «En 1942 éramos por lo menos 7800, quizás
10000, tan solo sobrevivimos 1600», dice.
M. Razola y M. Constante, en su obra
Triangle bleu. Les républicains espagnols
à Mauthausen. 1940-194538
reproducen las siguientes cifras oficiales tomadas de los ficheros de
Mauthausen rescatados: pasaron por aquel campo 9067 españoles; de ellos,
4000 fueron exterminados en Gusen y 2584 en Mauthausen y en los comandos. En
total, 6784 españoles fueron exterminados, es decir el 70 por 100 de
ellos.
Mariano Constante, también superviviente de Mauthausen, ha
narrado sus primeras impresiones del «campo de la muerte» en
términos parecidos a los de García Barón39:
|
Al bajar del tren, mi primera visión a través de la
penumbra y de la neblina matinal fue una fila de soldados, con el casco de
acero, y en la mano el fusil con la bayoneta calada.
Al ver aquella estación; parduzca, desierta, me
invadió enseguida un sentimiento de miedo y tristeza. Los SS nos estaban
esperando. Aquellos SS de los cuales habíamos oído hablar tanto,
con la insignia tan conocida: la calavera en el casco y también en el
cuello de la guerrera. Todos eran jóvenes de 18 a 24 años.
Algunos llevaban una cinta negra en la parte inferior de la manga, sobre la
cual había escrito, en letras blancas,
toten-kopf (cabeza de muerto, o
calavera).
De repente, tras una orden gritada en alemán, la
jauría se desencadenó. Gritos, empujones, palos, culatazos, para
formarnos de tres en tres. ¡Y desgraciados
-35-
los que no
obedecían enseguida! Escoltados por unos 150 SS, atravesamos el pueblo
de Mauthausen. Ni un solo ser viviente en la calle principal. Las casas estaban
cerradas. Ni siquiera se oía el ladrido de un perro al pasar nosotros,
como si al paso de las hordas hitlerianas llevando su rebaño al
matadero, todo ser viviente, hombres y animales, hubieran quedado petrificados.
Una vez cruzado el pueblo, comenzó la subida hacia el campo, por un
camino estrecho, resbaladizo, donde era difícil avanzar en filas de
tres. Había que marchar rápidamente bajo la lluvia de golpes.
Antes de llegar al campo varios compatriotas cayeron al suelo, extenuados,
siendo pisoteados por sus verdugos. Pudimos recogerlos y arrastrar a varios
hasta el campo, al que llegamos después de media hora de marcha, siempre
cuesta arriba.
Mi impresión fue la de encontrarme ante una inmensa obra de
construcción, ya que había muchos hombres empleados en trabajos
de excavación. Pasamos el primer control y entramos en el recinto o
perímetro exterior, donde me apercibí de las torretas de
vigilancia, en las cuales montaba guardia un centinela con ametralladora. Sobre
un muro en construcción, un águila inmensa, en cobre verde,
dominaba la entrada de la plaza donde estaban los garajes de los SS. No tuve la
menor duda: estábamos en uno de aquellos campos de los cuales tanto
habíamos oído hablar. Aún tuvimos que subir por unas
escaleras de granito y nos encontramos ante las dos torres que debían
sostener, más tarde, la puerta de entrada. Digo más tarde, porque
en aquella época la fortaleza no estaba terminada. Había veinte
barracas, y las alambradas estaban colocadas apenas a dos metros de las
barracas 1, 6, 11 y 16. Las alambradas estaban sostenidas con postes de madera
y enganchadas en aisladores de porcelana. En el primer poste una placa
metálica con esta inscripción:
Vorsicht! Lebensgefär
(atención, peligro de muerte). Yo no conocía todavía el
alemán, pero un relámpago rojo, dibujado junto a la
inscripción, me hizo comprender que se trataba de alambradas con
corriente eléctrica de alta tensión.
¡Una verdadera visión de pesadilla!
Miré en torno nuestro y vi a los SS con los látigos
de nervios de buey, rodeados de varios colosos (capos), vestidos con trajes de
presidiarios, que vociferaban y amenazaban a otros presos que trabajaban. Las
alambradas de alta tensión, el humo negro y el olor a carne quemada que
venía de una gran chimenea situada al fondo de la plazoleta donde nos
encontrábamos, el aspecto siniestro de las barracas, todo ello
parecía un cuadro dantesco. Sentí una opresión inmensa,
atenazadora, que me hacía un nudo en la garganta, de donde no
podía salir una sola palabra. Aquella imagen era la que yo me
hacía del infierno. Pero, franqueado el umbral de las dos torres, no
quedaba ya lugar ni para comparaciones, ni para recuerdos de ninguna clase.
Esperando nuestro turno para entrar en las duchas y
desinfección, vi pasar cuatro presidiarios cargados con piedras, y me
quedé estupefacto al oírles hablar español. Les
pregunté:
-¿Sois españoles?
-Sí, pero no nos hables, porque los SS y los
kapos te molerían a palos si
ven que lo haces. Espera, vendremos a vuestro lado a cargar piedras. Si
tenéis cigarrillos y comida tiradlos al suelo, pues os lo
quitarán todo.
Unos minutos más tarde vinieron a cargar algunas piedras
cerca de nosotros. Quedé sorprendido de la delgadez de sus cuerpos. Eran
auténticos esqueletos.
-¿Qué es este campo? ¿Hace tiempo que
estáis aquí?
Uno de ellos se acercó un poco y me dijo:
-Sí, amigo. Yo llegué aquí el 10 de agosto de
1940. Me trajeron directamente de Francia. Este es un campo de exterminio, y
los alemanes nos han dicho que nadie saldrá vivo de aquí. Tened
cuidado. Obedeced enseguida sus órdenes para evitar que os
«liquiden» a golpes.
Cargó una piedra sobre sus hombros y se alejó. La
forma de sus huesos se marcaba sobre su uniforme. ¡En aquel infierno
había españoles desde ocho meses antes!
|
En Dachau los españoles ocupaban dos barracas conocidas
como las de los
Spanische Kämpfer (combatientes
españoles). Dachau fue el último Campo liberado, el 19 de abril
de 1945, por las fuerzas del Ejército norteamericano. Sólo 260
supervivientes españoles pudieron contarlo40.
Buchenwald se alzaba en una colina a 9 km de Weimar. De los 240000
prisioneros que pasaron por este Campo, perecieron 56000, unos asesinados,
otros a consecuencia del hambre, del frío o de las torturas. Varios
miles de españoles pasaron por Buchenwald. Entre ellos Jorge
Semprún quien, detenido en septiembre de 1943 por la Gestapo, fue
enviado a este Campo en un angosto vagón precintado41. La mayoría de los españoles internados en
Buchenwald murieron en la cantera, en la enfermería o en Dora
(fábrica subterránea anexa donde a partir de 1943 se fabricaban
los V1 y V2 que lanzaban sobre Londres). Más de 10000 muertos
costó la construcción de los túneles y la
instalación de aquella fábrica42. Muchos de ellos eran españoles.
-36-
Morir cuando el campo ya ha sido
liberado
 Prisioneros de Buchenwald.
Jorge Semprún, uno de los supervivientes, -tenía 22
años cuando Buchenwald fue liberado
en un domingo de abril de 1945- ha escrito
uno de los testimonios literarios más estremecedores sobre aquel campo
de exterminio, la novela
La escritura o la vida43. De ella
reproduzco el desgarrador pasaje en que narra la muerte del español
Diego Morales días después de haber sido liberado el campo por
los americanos:
|
-No hay derecho... -acaba de susurrar Morales, vuelto hacia
mí.
Tiene razón: no hay derecho.
Diego Morales llegó al campo hacia finales del verano de
1944, tras una breve estancia en Auschwitz. Suficientemente larga, no obstante,
para poder captar lo esencial de los mecanismos de selección
específicos del complejo de exterminación masiva de
Auschwitz-Birkenau. Antes incluso del testimonio del superviviente del
Sonderkommando, por medio de Morales
tuve una primera idea del horror absoluto que era la vida en Auschwitz.
Entre nosotros, Morales encontró de inmediato un puesto de
trabajo como obrero cualificado en la fábrica de Gustloff: era un
ajustador -o fresador: no soy ninguna autoridad en materia de nomenclatura
metalúrgica- realmente fuera de lo común. Tan hábil y
preciso que la organización clandestina acabó confiándole
un puesto clave en la cadena de montaje de los fusiles automáticos:
aquel, al final de la cadena, en el que había que sabotear
inteligentemente una pieza decisiva del mecanismo con el fin de conseguir que
el arma se volviera inutilizable.
Instalado en el bloque 40, en el mismo dormitorio que yo,
después del periodo de cuarentena, Morales me había deslumbrado
por su facundia de narrador. No me cansaba de escucharle. Hay que reconocer que
su historia era de lo más novelesco.
Solía decir que un libro era el responsable del
carácter aventurero de su existencia. «Un jodido librito»;
decía riendo. Un libro cuya lectura había trastornado su vida,
proyectándola de cabeza -nunca mejor dicho- al torbellino de las
batallas políticas. A los dieciséis años, en efecto,
había leído el
Manifiesto Comunista, y su vida había
quedado transformada. Todavía se refería a ello, en Buchenwald,
con una emoción existencial. Como hay quien habla de los
Cantos de Maldoror o de
Una temporada en el infierno.
A los diecinueve años, Morales había participado en
la Guerra Civil española en una unidad de guerrilla que operaba
más allá de las líneas del frente, en territorio enemigo.
Después de la derrota de la República Española, en Prades,
experimentó su segundo choque literario. Lo había recogido y lo
ocultaba una familia francesa, después de su evasión del campo de
refugiados de Argelès. Allí había leído
El rojo y el negro. Por descontado, el hecho
de que el libro le hubiera sido aconsejado por una muchacha cuyo recuerdo
todavía conservaba, carnal y sublimado a la vez, no parecía ser
ajeno a la fascinación suscitada. Cualquiera que fuera, no obstante, la
parte del ardor de la llama amorosa de antaño, a la novela de Stendhal
se le atribuían en su relato unos efectos comparables a los del panfleto
de Marx en un ámbito diferente. Si el
Manifiesto le había introducido en la
comprensión de los grandes movimientos masivos e ineluctables de la
Historia,
El rojo y el negro le había iniciado
en los misterios del alma humana: hablaba de ello con una precisión
emocionada y matizada, inagotable en cuanto se le orientaba hacia este tema, y
yo no me privaba del placer de hacerlo.
-No hay derecho -acaba de susurrar Morales, apenas me he sentado
junto a la cabecera de su litera, apenas he cogido su mano entre las
mías.
Tiene razón, no hay derecho, morir ahora.
Morales ha sobrevivido a la Guerra Civil española, a los
combates en la meseta de Glières -es su recuerdo
-37-
más
terrible, según me explicaba: el largo caminar por la nieve profunda,
bajo el fuego cruzado de las ametralladoras, para escapar del cerco de las
tropas alemanas y de los destacamentos de la gendarmería y de la milicia
francesas-. Ha sobrevivido a Auschwitz. Y a Buchenwald, al peligro diario de
ser sorprendido por un
meister civil o un
Sturmführer SS, en delito
flagrante de sabotaje en la cadena de la Gustloff, lo que le habría
llevado directamente al cadalso. Ha sobrevivido a mil peligros más, para
acabar así, estúpidamente.
-Morirse así, de cagalera, no hay derecho... -me susurra al
oído.
Me he arrodillado junto a su litera, para que no tenga que
esforzarse cuando me habla.
Tiene razón: no hay derecho, morirse tontamente de
cagalera, tras tantas ocasiones de morir empuñando las armas.
Después de la liberación del campo, por añadidura, cuando
lo esencial ya parecía haber sido alcanzado, la libertad recobrada.
Cuando se le ofrecía otra vez la ocasión de morir
empuñando las armas, en la guerrilla antifranquista, en España,
como testimonio de libertad, precisamente, era estúpido morir de una
disentería fulminante provocada por una alimentación que de
repente se había vuelto demasiado abundante para su organismo
debilitado.
No le dije que la muerte es estúpida por definición.
Tan estúpida como el nacer, por lo menos. Tan pasmosa, igualmente. No le
iba a servir de consuelo. No hay ninguna razón, además, para
valorar en momentos así las consideraciones metafísicas y
desengañadas.
Le aprieto la mano en silencio. Pienso que ya he estrechado entre
mis brazos el cuerpo agonizante de Maurice Halbwachs. Idéntica
descomposición, idéntica pestilencia, idéntico naufragio
visceral, que dejaban desamparada un alma desasosegada pero lúcida hasta
el último segundo: llamita vacilante a la que el cuerpo ya no
suministraba su oxígeno vital.
|
Ô mort, vieux capitaine, il est temps
levons 1'ancre...
|
A modo de oración para los agonizantes le había
susurrado a Halbwachs unos versos de Baudelaire. Me había oído,
me había comprendido: su mirada había brillado con un orgullo
terrible.
¿Pero qué podía decirle a Diego Morales?
¿Qué palabras susurrarle que fueran un consuelo?
¿Podía consolarle, por cierto? ¿No valdría
más hablar de compasión?
¡Tampoco iba a recitarle el
Manifiesto de Marx! No, sólo se me
ocurría un texto que podría recitarle. Un poema de César
Vallejo. Uno de los más hermosos de la lengua española. Uno de
los poemas de su libro sobre la Guerra Civil, «España, aparta de
mí este cáliz».
Al fin de la batalla, y muerto el combatiente, vino hacia
él un hombre y le dijo: «¡No mueras, te amo tanto!».
Pero el cadáver ¡ay! siguió muriendo...
No tengo tiempo de susurrar el principio de este poema
desgarrador. Un sobresalto convulsivo agita a Morales, una especie de
explosión pestilente. Se vacía, literalmente, manchando la
sábana que le envuelve. Se aferra a mi mano, con todas sus fuerzas
reunidas en un postrer esfuerzo. Su mirada expresa el desamparo más
abominable. Unas lágrimas fluyen por su máscara de guerrero.
Qué vergüenza -dice con el último aliento.
¿Oigo acaso ese susurro? ¿Acaso adivino sobre sus
labios las palabras que expresan su vergüenza?
Se le ponen los ojos en blanco: ha muerto.
(...) Cierro los ojos de Morales.
Se trata de un gesto que nunca había visto hacer, que nadie
me había enseñado. Un gesto natural, como son los gestos del
amor. Gestos, en ambos casos, que se ocurren a uno naturalmente, desde el fondo
de la más antigua sabiduría. Del más remoto
conocimiento.
Me levanto, me doy la vuelta. Los compañeros están
ahí: Nieto, Lucas, Lacalle, Palomares... Ellos también han vivido
la muerte de Morales.
|
-[38]-
-39-
  Capítulo IV
La memoria de los supervivientes
-[40]-
-41-

Cuando se ha vivido una larga guerra, o, para ser más
precisos, cuando se han vivido dos guerras consecutivas -la Civil
española y la Guerra Mundial, aunque pueden ser consideradas dos fases
de una misma guerra- las situaciones-límite por las que se ha pasado
difícilmente pueden olvidarse.
Cincuenta años después de los acontecimientos, cuando
sus protagonistas han sobrepasado los 70 años de edad, su memoria sigue,
vigorosa, nutriendo hechos, sensaciones, estados anímicos. A veces,
estos supervivientes recuerdan con pelos y señales detalles que pueden
parecer irrelevantes pero que reflejan cómo en la mente humana, incluso
en las circunstancias más dramáticas, quedan grabadas cosas
nimias o chuscas.
Los testimonios que a continuación reproduzco tienen el
incalculable valor de provenir de personas que presenciaron o protagonizaron
los hechos que narran. Todos ellos son exiliados españoles refugiados en
Francia que, una vez terminada la Guerra Mundial, se quedaron a vivir en el
país vecino -en la Alta Saboya, en Toulouse, en Burdeos- donde crearon
sus familias44.
Es cierto que 50 años después de terminada la Guerra
Mundial, por los caminos de la memoria, siempre selectiva, ha podido cruzarse o
superponerse lo posteriormente escuchado, comentado o leído, o han
podido entreverarse las vanidades o el regusto por redondear o adornar, incluso
inconscientemente, los episodios vividos. Todo ello, que sin duda el lector
avisado sabe tener en cuenta, no oscurece, sin embargo, el valor testimonial de
estas narraciones perfectamente cotejables con los hechos registrados por los
historiadores más rigurosos.
En la transcripción de estos testimonios he respetado las
peculiaridades de su habla, plagada de galicismos y de distorsiones
lingüísticas, inevitables secuelas de su larga permanencia en
Francia.
Testimonio de José Artime,
prisionero en Dachau
Natural de Luanco (Asturias), nacido el 11 de noviembre de 1911 y
Presidente de la Liga de Mutilados de la Guerra Civil Española. Reside
en Toulouse (Francia).
|
Pasé la frontera pirenaica por Puigcerdà el 27 de
febrero de 1939. Era soldado del Ejército republicano. Iba ya mutilado,
me faltaba el brazo izquierdo. Me llevaron al campo de refugiados de Septfonds.
Allí no había barracas, tuvimos que hacerlas. En mayo de 1940 fui
liberado del campo y conducido a una residencia de mutilados en Montauban. En
esa Residencia hice varios oficios: era el que hacía las compras, el que
llevaba los papeles a la Prefectura, hacía de intérprete. Y
ahí empezamos enseguida a tener contactos con
«Pichón» a quien yo ya conocía de las Juventudes
Socialistas Unificadas. «Pichón» fue quien creó el
primer grupo de resistentes de Montauban, pero que no había
guerrilleros, quiero que quede claro que yo nunca fui guerrillero, sí
miembro de la Resistencia.
Teníamos contacto con un grupo de franceses que
habían hecho la guerra de España. Y hubo una denuncia de que
escuchábamos la radio de Londres. El 17 de julio de 1941, a las cuatro
de la mañana, se presentó en la Residencia de Mutilados una
compañía de gendarmes, la Milicia de Pétain. No se
salvó más que uno que fue a advertir a
«Pichón». Los interrogatorios fueron muy duros. Yo era un
poco cabecilla. Les había advertido a los compañeros: «si
habláis, vos pegan; si no habláis, vos pegan; comportaos como os
parezca, yo sé lo que tengo que hacer». Hubo proceso y algunos
fueron
-42-
condenados a trabajos forzados y enviados a la fortaleza de
Septfonds. Yo fui condenado como jefe sindicalista y terrorista. Me llevaron
con seis gendarmes al campo de castigo de Vernet, en el Ariège, el 27 de
septiembre de 1941.
 José Artime.
En el campo de Vernet había un grupo de resistentes que me
esperaban. Sabían que llegábamos dos. En ese campo pasé 33
meses, hasta el 28 de junio de 1944. Soy, según Menéndez, el
superviviente más viejo de ese campo.
Preparamos un plan, enviado al exterior, para que liberaran el
campo los que estaban fuera. Pero ese plan llegó a manos de la
policía, entregado por la mujer del matrimonio francés que lo
había recibido para pasarlo al maquis. Informados los alemanes, cercaron
el campo de Vernet con las fuerzas de la Gestapo y la Wehrmacht. Esto fue a
principios de junio de 1944. Entonces fue cuando los alemanes decidieron
llevarnos al campo de la muerte de Dachau (Alemania).
Trajeron a Vernet a los resistentes que estaban en la
cárcel de Foix y en el campo de Noé, para embarcarlos con
nosotros en camiones el 28 de junio de 1944, y llevarnos a la caserna (cuartel)
militar de aquí, de Toulouse, que se llamaba la caserna Cafarelli.
Ahí quedamos 5 o 6 días, al cabo de los cuales nos embarcaron en
un tren, que llaman el tren
fantôme (fantasma), que era un
tren de vagones para caballos. Nos metieron a 70 u 80 por vagón, y
estuvimos dando vueltas por toda Francia. La gente moría de sed y de
hambre. Pasamos por Burdeos, Angoulême... Estuvimos dando vueltas por
toda Francia hasta que nos devolvieron a la prisión de Burdeos porque
los guerrilleros franceses o españoles intentaron impedir que ese tren
pasara la frontera alemana porque sabían que en ese tren íbamos
muchos de la Resistencia. Venía en el tren, entre otros, el director de
la Banca de Francia, que había sido detenido por «actividad
antialemana». Y hubo muchos muertos porque los Aliados intentaron,
bombardeando con la aviación, cortar las líneas férreas. A
veces las bombas alcanzaban a los vagones. En el vagón en que yo iba
hubo dos muertos y tres heridos por esa causa. Pasamos 58 días en ese
tren. Tras haber habido muchos muertos en el camino, llegamos a Dachau el 26 de
septiembre de 1944.
Verás lo que nos pasó: en el camino, los carros de
Leclerc, que había mucho español en la División Leclerc,
recibieron la orden de rastrear las vías por si daban con nosotros.
Estábamos detenidos en una estación que llaman Dijon. Y no nos
encontraron. Llegaron hasta dos kilómetros antes de donde estaba el
tren. Volvieron con el resto de la División y dijeron, no hay nada, y se
dirigieron a otro lugar. En ese momento pasó el tren hacia Alemania, La
Gestapo tenía sus informadores.
Hubo en el camino algunos intentos de fuga. Entre ellos un
anarquista español que era un trozo de pan pero que no tenía
mucha cultura. Los amigos le llamábamos «Colilla» porque
fumaba mucho, siempre estaba con una colilla en la boca y pedía las
colillas a todos. En la estación de Orange se empezó a afeitar en
el tren. Le digo, por qué te afeitas. Me dice, dame un sitio donde pueda
llegar. Le digo, no te puedo dar esto porque si te cogen ya sé lo que
vas a hacer y si te cogen ya sé lo que me va a tocar. No te preocupes,
que a mí me fusilarán, pero tú no te preocupes. Y le di un
sitio. Y se escapó. Al parar en una estación, bajó del
tren y se puso a mirar los vagones como si fuera un civil que miraba y un
centinela alemán se acercó a decirle que se fuera. Logró
escaparse. Y cuando vino aquí a Toulouse, vino a verme al hospital, y me
abrazaba y lloraba como un chiquillo.
Hubo también otros que escaparon: un comandante
húngaro, de las brigadas internacionales, que Stalin le había
enviado a España. Tenía el nombre de De Pablo. Como todos los de
las brigadas, un nombre español. Pero yo supe después que fue el
que aplastó la sublevación húngara, porque marchó a
Hungría al terminar la guerra. Se llamaba Hans. Ya murió. Y
escapó con el que fue coronel Francesco Nitti que era un camarada
socialista,
-43-
muy majo, muy inteligente, que escribió un
libro en el que habla de mí. Levantaron una plancha en el vagón
por la noche y se dejaron caer. Y hubo un diputado campesino polaco que
también escapó con ellos, pero en el vagón hay una bola de
hierro, los otros lo sabían y ponían la mano sujetando, pero
éste no lo sabía y se golpeó y lo encontraron muerto. Muy
pocos hubo que se escaparan. Escapó un madrileño, cómo se
llamaba..., teníamos los nombres falsos por lo general..., no lo
recuerdo.
Hay una película hecha sobre este episodio. Se llama
El tren fantasma; de un francés. Y hay
ese libro de Nitti que si lo encuentro te lo mandaré45.
En ese tren venían cuatro coroneles del Ejército de
la República, profesionales, de los que se mantuvieron fieles a la
República, entre ellos estaba el profesor Velasco que fue profesor de
Franco en la Academia Militar; el coronel Díaz Tendero, el coronel
Redondo, y el coronel Blasco. Y estos llegaron a Dachau conmigo46.
En Dachau, pasados unos seis meses, ya había perdido yo
unos 20 kilos. Un día me llamaron estos coroneles y me dijeron, bueno,
esto se ha terminado para nosotros, porque había mucho tifus, me
dijeron, tú eres el más joven y te vas a encargar del paquete,
qué paquete, primero, dar la noticia a nuestras familias...
En Dachau estábamos organizados. El hombre fuerte
allí era un gran cirujano madrileño, el doctor Parra, muy
conocido ya en la Guerra Civil como cirujano. Este hombre se salvó y le
trajeron aquí, a Toulouse, y le cuidaron en el hospital. Luego se
marchó y murió siendo director del hospital de Caracas. Era un
tío formidable, una buena persona.
El 29 de mayo de 1945 fuimos liberados por una División
americana en la que había muchos que hablaban español, mejicanos,
venezolanos, cubanos. Nos pusieron en cuarentena por el tifus. Había un
catalán, Martí Vilar, que pesaba 27 kilos. Aquel día yo
tuve una emoción... En Dachau murieron bastantes españoles, pero
en el campo en que murieron más españoles fue en Mauthausen.
|

Españoles en la liberación de Francia : 1939-1945
Félix Santos
|







|
|