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    Historia del [sic] rebelión y castigo de los moriscos del Reino de Granada
     Luis de Mármol y Carvajal
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ArribaAbajoCapítulo XIX

Cómo los moros acordaron de rendir a Granada, y las capitulaciones que sobre ello se hicieron


Cuando el Zogoybi vio que no tenía la ciudad de Granada defensa ni esperanza de socorro, condescendiendo con la voluntad de la mayor parte del pueblo, que no podían ya sufrir tanto trabajo, envió a pedir treguas a los Reyes Católicos, durante las cuales se pudiese entender en las condiciones y capítulos de paz con que se había de rendir. Dio ante todas cosas en rehenes a un hijo suyo, y otros de alcaides y hombres principales de la ciudad y del Albaicín, que fueron llevados a la fortaleza de Moclín. Y siéndole concedida tregua por sesenta días, los caballeros y ciudadanos moros se juntaron diversas veces a tratar de su negocio, yendo y viniendo muchos dellos a conferir lo que acordaban pedir con las personas del consejo de sus altezas que fueron diputadas para ello. Y aunque lo que trataban era con demasiada importunidad, los vencedores, que, ninguna cosa querían más que acabar de vencer, se lo concedieron todo. Hechos los capítulos y asentadas las condiciones, los granadinos enviaron con la resolución de todo a un ciudadano noble, llamado Abí Cacem el Maleh, con poderes bastantes para que otorgase lo que sus altezas pedían. Y porque el lector quede satisfecho, ponemos aquí los capítulos a la letra como se concedieron, ansí al Rey y a las Reinas, como a la ciudad y lugares de aquel reino:

«Que sus altezas hacen merced por juro de heredad, para siempre jamás, al rey Abdilehi, de las villas y lugares de las taas de Berja, Dalías, Marchena, Boloduí, Júchar, Andarax, Juviles, Ugíjar, Jubilein, Ferreira, Poqueira y Órgiba, que son en la Alpujarra, con todos los heredamientos, pechos, derechos y otras rentas que en cualquier manera pertenezcan a sus altezas en las dichas taas, para que sea suyo y lo pueda vender o empeñar y hacer dello lo que quisiere, con tanto que cuando lo quisiere vender o empeñar sean primero requeridos sus altezas si lo quieren; y tomándolo, le mandarán pagar por ello lo que se concertare.

»Que sus altezas puedan labrar y tener fortaleza en Adra o en otras partes donde quisieren en la Alpujarra, y hacer y tener torres en la costa de la mar. Y si labraren nueva fortaleza en Adra junto a la mar, en tal caso quede la fortaleza vieja por el dicho rey Abdilehi, después de reparada y puesta en defensa la de sus altezas, el cual no ha de pagar cosa alguna para la guardia ir para los reparos de las dichas fortalezas y torres, sitio que le ha de quedar su renta toda libre.

»Que luego como entregare la Alhambra y las otras fortalezas, le mandarán dar sus altezas treinta mil castellanos de oro, que valen catorce cuentos y quinientos cincuenta mil maravedís en dinero de contado.

»Que sus altezas le hacen merced de todos los heredamientos, molinos de aceite, tierras y hazas que tuvo y poseyó desde el tiempo del rey Abil Hacen su padre, y tiene y posee agora, ansí en los términos de la ciudad de Granada como en las Alpujarras.

»Que sus altezas hacen merced a la reina Ayxa, su madre, y a sus hermanas y mujer, y a la mujer de Muley Abí Nacer, de todas las huertas, tierras, hazas, molinos, villas y otros heredamientos que tenían en la dicha ciudad de Granada y en las Alpujarras; lo cual todo sea franco y libre de cualquier derecho, como lo eran hasta aquí. Y ansimesmo hacen merced al dicho rey Abdilehi, y a las dichas reinas e infantes, y al Haxi Romaimi, de todos los heredamientos que tenían en Motril, con la mesma libertad.

»Que después de firmado este concierto, cualesquier villas o lugares de la dicha Alpujarra que se dieren y entregaren a sus altezas antes de la entrega de la Alhambra, las mandarán volver y restituir libremente al dicho rey Abdilehi, y que serán por él bien tratados.

»Que no mandarán sus altezas al dicho rey Abdilehi   —147→   ni a sus criados volver, para siempre jamás, lo que hubieren tomado a cristianos en su tiempo ni a moros, ansí bienes muebles como raíces. Y si sus altezas hubieren de mandar volver algunas de las tales cosas o heredades que se hayan tomado, por algún asiento o capitulación que tengan con alguna persona, lo pagarán, y mandarán que sobre esto no tenga poder ningún cristiano ni moro, ora sea mucho o poco; y a quien fuere contra ello le mandarán castigar, y que en contrario dello no será juzgado por ninguna ley de cristianos ni de moros.

»Que cada y cuando que el dicho rey Abdilehi, o su madre, hermanas y mujer, y la mujer del dicho Abí Nacer, y sus alcaides, criados, escuderos y gente de su casa y servicio, quisieren pasarse a Berbería, sus altezas les mandarán dar dos carracas de ginoveses fletadas, en que pasen, si las hubiere al tiempo que se quisieren ir, y si no, cuando las hubiere, sin que paguen flete ni otro derecho; en las cuales puedan llevar sus personas, ropas, mercaderías, oro, plata, joyas, bestias y armas con que no lleven tiros de pólvora, porque éstos han de quedar para sus altezas; y que por embarcar o desembarcar, ni por otra cosa alguna, no les han de llevar derechos de ninguna suerte, ni flete, y los harán llevar seguros, honrados y guardados a cualquier puerto de levante o de poniente, de Alejandría o de la ciudad de Túnez o de Orán, o del reino de Fez, donde ellos más quisieren ir a desembarcar.

»Que si al tiempo que se embarcaren no pudieren vender las rentas que tuvieren en el dicho reino de Granada, puedan dejar y dejen sus procuradores que las cojan, lleven o envíen donde estuvieren, sin que en ello se les ponga embargo alguno.

»Que si el dicho rey Abdilehi quiere enviar algún alcaide o criado con mercadería a Berbería, lo pueda hacer libremente, sin que a la ida, estada o vuelta lo sea pedida cosa alguna por razón de derechos.

»Que pueda enviar a cualquier parte de los reinos de sus altezas seis acémilas por cosas de su mantenimiento y provisión franca y libremente, sin que por ello le sean llevados derechos en ninguna parte.

»Que saliendo de Granada, pueda irse a vivir donde quisiere en cualquiera de los lugares que se le dan y salir de la ciudad con sus criados, alcaides, sabios, caballeros, y común que quisiere llevar o irse con él, los cuales lleven sus caballos y bestias de guía, y sus mujeres y hijos, criados y criadas, chicos y grandes, y sus armas en las manos o como quisieren llevarlas, que no les será tomado, excepto los tiros de pólvora; y que agora ni en ningún tiempo para siempre jamás se les pornán señales en sus personas ni en otra ni manera, a ellos ni a sus descendientes; y que gocen de todas las capitulaciones que están hechas o se hicieren con los vecinos de la dicha ciudad de Granada.

»Que sus altezas mandarán dar al dicho rey Abdilehi y a su madre, mujer y hermanas, y a la mujer de Abí Nacer, el día que se les entregare la fortaleza, de la Alhambra y las otras fortalezas, sus cartas de privilegios, fuertes y firmes de todo lo susodicho, rodados y sellados con su sello de plomo pendiente en filos de seda, confirmados por el príncipe don Juan y por el cardenal de España y por los maestres de las órdenes, arzobispos, obispos y otros prelados, y por los grandes, duques, marqueses, condes, adelantados y notarios mayores destos reinos.»

Esta capitulación fue hecha y concluida en el Real de Santa Fe a 25 días del mes de noviembre del año de nuestra salud 1491, y tres días después se concluyeron los capítulos que sus altezas concedieron generalmente a la ciudad de Granada y lugares de aquel reino que se viniesen a rendir, cuyo tenor es éste:

«Primeramente, que el rey moro y los alcaides y alfaquís, cadís, meftís, alguaciles y sabios, y los caudillos y hombres buenos, y todo el común de la ciudad de Granada y de su Albaicín y arrabales, darán y entregarán a sus altezas o a la persona que mandaren, con amor, paz y buena voluntad, verdadera en trato y en obra, dentro de cuarenta días primeros siguientes, la fortaleza de la Alhambra y Alhizán, con todas sus torres y puertas, y todas las otras fortalezas, torres y puertas de la ciudad de Granada y del Albaicín y arrabales que salen al campo, para que las ocupen en su nombre con su gente y a su voluntad, con que se mande a las justicias que no consientan que los cristianos suban al muro que está entre el Alcazaba y el Albaicín, de donde se descubren las casas de los moros; y que si alguno subiere, sea luego castigado con rigor.

»Que cumplido el término de los cuarenta días, todos los moros se entregarán a sus altezas libre y espontáneamente, y cumplirán lo que son obligados a cumplir los buenos y leales vasallos con sus reyes y señores naturales; y para seguridad de su entrega, un día antes que entreguen las fortalezas darán en rehenes al alguacil Jucef Aben Comixa, con quinientas personas, hijos y hermanos de los principales de la ciudad y del Albaicín y arrabales, para que estén en poder de sus altezas diez días, mientras se entregan y aseguran las fortalezas, poniendo en ellas gente y bastimentos; en el cual tiempo se les dará todo lo que hubieren menester para su sustento; y entregadas, los pornán en libertad.

»Que siendo entregadas las fortalezas, sus altezas y el príncipe don Juan, su hijo, por sí y por los reyes sus sucesores, recibirán por sus vasallos y súbditos naturales, debajo de su palabra, seguro y amparo real, al rey Abí Abdilehi, y a los alcaides, cadís, alfaquís, meftís, sabios, alguaciles, caudillos y escuderos, y a todo el común, chicos y grandes, así hombres como mujeres, vecinos de Granada y de su Albaicín y arrabales, y de las fortalezas, villas y lugares de su tierra y de la Alpujarra, y de los otros lugares que entraren debajo deste concierto y capitulación, de cualquier manera que sea, y los dejarán en sus casas, haciendas y heredades, entonces y en todo tiempo y para siempre jamás, y no les consentirán hacer mal ni daño sin intervenir en ello justicia y haber causa, ni les quitarán sus bienes ni sus haciendas ni parte dello; antes serán acatados, honrados y respetados de sus súbditos y vasallos, como lo son todos los que viven debajo de su gobierno y mando.

»Que el día que sus altezas enviaren a tomar posesión de la Alhambra, mandarán entrar su gente por la puerta de Bib Lacha o por la de Bibnest, o por el campo fuera de la ciudad, porque entrando por las calles no haya algún escándalo.

»Que el día que el rey Abí Abdilehi entregare las fortalezas y torres, sus altezas le mandarán entregar   —148→   su hijo con todos los rehenes, y sus mujeres y criados, excepto los que se hubieren vuelto cristianos.

»Que sus altezas y sus sucesores para siempre jamás dejarán vivir al rey Abí Abdilehi y a sus alcaides, cadís, meftís, alguaciles, caudillos y hombres buenos y a todo el común, chicos y grandes, en su ley, y no les consentirán quitar sus mezquitas ni sus torres ni los almuédanes, ni les tocarán en los hadices y rentas que tienen para ellas, ni les perturbarán los usos y costumbres en que están.

»Que los moros sean juzgados en sus leyes y causas por el derecho del xara que tienen costumbre de guardar, con parecer de sus cadís y jueces.

»Que no les tomarán ni consentirán tomar agora ni en ningún tiempo para siempre jamás, las armas ni los caballos, excepto los tiros de pólvora chicos y grandes, los cuales han de entregar brevemente a quien sus altezas mandaron.

»Que todos los moros, chicos y grandes, hombres y mujeres, así de Granada y su tierra como de la Alpujarra y de todos los lugares, que quisieron irse a vivir a Berbería o a otras partes donde los pareciere, puedan vender sus haciendas, muebles y raíces, de cualquier manera que sean, a quien y como les pareciere, y que sus altezas ni sus sucesores en ningún tiempo las quitarán ni consentirán quitar a los que las hubieron comprado; y que si sus altezas las quisieron comprar, las puedan tomar por el tanto que estuvieron igualadas, aunque no se hallen en la ciudad, dejando personas con su poder que lo puedan hacer.

»Que a los moros que se quisieron ir a Berbería o a otras partes les darán sus altezas pasaje libre y seguro con sus familias, bienes muebles, mercaderías, joyas, oro, plata y todo género de armas, salvo los instrumentos y tiros de pólvora; y para los que quisieron pasar luego, les darán diez navíos gruesos que por tiempo de setenta días asistan en los puertos donde los pidieren, y los lleven libres y seguros a los puertos de Berbería, donde acostumbran llegar los navíos de mercaderes cristianos a contratar. Y demás desto, todos los que en término de tres años se quisieren ir, lo puedan hacer, y sus altezas les mandarán dar navíos donde los pidieron, en que pasen seguros, con que avisen cincuenta días antes, y no les llevarán fletes ni otra cosa alguna por ello.

»Que pasados los dichos tres años, todas las veces que se quisieron pasar a Berbería lo puedan hacer, y se les dará licencia para ello pagando a sus altezas un ducado por cabeza y el flete de los navíos en que pasaren.

»Que si los moros que quisieren irse a Berbería no pudieron vender sus bienes raíces que tuvieren en la ciudad de Granada y su Albaicín y arrabales, y en la Alpujarra y en otras partes, los puedan dejar encomendados a terceras personas con poder para cobrar los réditos, y que todo lo que rentaren lo puedan enviar a sus dueños a Berbería donde estuvieren, sin que se les ponga impedimento alguno.

»Que no mandarán sus altezas ni el príncipe don Juan, su hijo, ni los que, después dellos sucedieren, para siempre jamás, que los moros que fueren sus vasallos traigan señales en los vestidos como los traen los judíos.

»Que el rey Abdilehi ni los otros moros de la ciudad de Granada ni de su Albaicín y arrabales no pagarán los pechos que pagan por razón de las casas y posesiones por tiempo de tres años primeros siguientes, y que solamente pagarán los diezmos de agosto y otoño, y el diezmo de ganado que tuvieren al tiempo del dezmar, en el mes de abril y en el de mayo, conviene a saber, de lo criado, como lo tienen de costumbre pagar los cristianos.

»Que al tiempo de la entrega de la ciudad y lugares, sean los moros obligados a dar y entregar a sus altezas todos los captivos cristianos varones y hembras, para que los pongan en libertad, sin que por ellos pidan ni lleven cosa alguna; y que si algún moro hubiere vendido alguno en Berbería y se lo pidieron diciendo tenerlo en su poder, en tal caso, jurando en su ley y dando testigos como lo vendió antes destas capitulaciones, no le será más pedido ni él esté obligado a darlo.

»Que sus altezas mandarán que en ningún tiempo se tomen al rey Abí Abdilehi ni a los alcaides, cadís, meftís, caudillos, alguaciles ni escuderos las bestias de carga ni los criados para ningún servicio, si no fuere con su voluntad, pagándoles sus jornales justamente.

»Que no consentirán que los cristianos entren en las mezquitas de los moros donde hacen su zalá sin licencia de los alfaquís, y el que de otra manera entrare será castigado por ello.

»Que no permitirán sus altezas que los judíos tengan facultad ni mando sobre los moros ni sean recaudadores de ninguna renta.

»Que el rey Abdilehi y sus alcaides, cadís, alfaquís, meftís, alguaciles, sabios, caudillos y escuderos, y todo el común de la ciudad de Granada y del Albaicín y arrabales, y de la Alpujarra y otros lugares, serán respetados y bien tratados por sus altezas y ministros, y que su razón será oída y se les guardarán sus costumbres y ritos, y que a todos los alcaides y alfaquís les dejarán cobrar sus rentas y gozar de sus preeminencias libertades, como lo tienen de costumbre y es justo que se les guarde.

»Que sus altezas mandarán que no se les echen huéspedes ni se les tome ropa ni aves ni bestias ni bastimentos de ninguna suerte a los moros sin su voluntad.

»Que los pleitos que ocurrieron entre los moros serán juzgados por su ley y xara, que dicen de la Zuna, y por sus cadís y jueces, como lo tienen de costumbre, y que si el pleito fuere entre cristiano y moro, el juicio dél sea por alcalde cristiano y cadí moro, porque las partes no se puedan quejar de la sentencia.

»Que ningún juez pueda juzgar ni apremiar a ningún moro por delito que otro hubiere cometido, ni el padre sea preso por el hijo, ni el hijo por el padre, ni hermano contra hermano, ni pariente por pariente, sino que el que hiciere el mal aquel lo pague.

»Que sus altezas harán perdón general a todos los moros que se hubieren hallado en la prisión de Hamete Abí Alí, su vasallo, y así a ellos como a los lugares de Cabtil, por los cristianos que han muerto ni por los deservicios que han hecho a sus altezas, no les será hecho mal ni daño, ni se les pedirá cosa de cuanto han tomado ni robado.

»Que si en algún tiempo los moros que están captivos en poder de cristianos huyeren a la ciudad de Granada o a otros lugares de los contenidos en estas capitulaciones, sean libres, y sus dueños no los puedan pedir   —149→   ni los jueces mandarlos dar, salvo si fueren canarios o negros de Gelofe o de las islas.

»Que los moros no darán ni pagarán a sus altezas más tributo que aquello que acostumbran a dar a los reyes moros.

»Que a todos los moros de Granada y su tierra y de la Alpujarra, que estuvieren en Berbería, se les dará término de tres años primeros siguientes para que si quisieren puedan venir y entrar en este concierto y gozar dél. Y que si hubieren pasado algunos cristianos captivos a Berbería, teniéndolos vendidos y fuera de su poder, no sean obligados a traerlos ni a volver nada del precio en que los hubieren vendido.

»Que si el Rey u otro cualquier moro después de pasado a Berbería quisiere volverse a España, no le contentando la tierra ni el trato de aquellas partes, sus altezas les darán licencia por término de tres años para poderlo hacer, y gozar destas capitulaciones como todos los demás.

»Que si los moros que entraren debajo destas capitulaciones y conciertos quisieren ir con sus mercaderías a tratar y contratar en Berbería, se les dará licencia para poderlo hacer libremente, y lo mesmo en todos los lugares de Castilla y de la Andalucía, sin pagar portazgos ni los otros derechos que los cristianos acostumbran pagar.

»Que no se permitirá que ninguna persona maltrate de obra ni de palabra a los cristianos o cristianas que antes destas capitulaciones se hobieren vuelto moros; y que si algún moro tuviere alguna renegada por mujer, no será apremiada a ser cristiana contra su voluntad, sino que será interrogada en presencia de cristianos y de moros, y se seguirá su voluntad; y lo mesmo se entenderá con los niños y niñas nacidos de cristiana y moro.

»Que ningún moro ni mora serán apremiados a ser cristianos contra su voluntad; y que si alguna doncella o casada o viuda, por razón de algunos amores, se quisiere tornar cristiana, tampoco será recebida hasta ser interrogada; y si hubiere sacado alguna ropa o joyas de casa de sus padres o de otra parte, se restituirá a su dueño, y serán castigados los culpados por justicia.

»Que sus altezas ni sus sucesores en ningún tiempo pedirán al rey Abí Abdilehi ni a los de Granada y su tierra, ni a los demás que entraren en estas capitulaciones, que restituyan caballos, bagajes, ganados, oro, plata, joyas, ni otra cosa de lo que hubieren ganado en cualquier manera durante la guerra y rebelión, así de cristianos como de moros mudéjares o no mudéjares; y que si algunos conocieren las cosas que les han sido tomadas, no las puedan pedir; antes sean castigados si las pidieren.

»Que si algún moro hobiere herido o muerto cristiano o cristiana siendo sus captivos, no les será pedido ni demandado en ningún tiempo.

»Que pasados los tres años de las franquezas, no pagarán los moros de renta de las haciendas y tierras realengas más de aquello que justamente pareciere que deben pagar conforme al valor y calidad dellas.

»Que los jueces, alcaldes y gobernadores que sus altezas hubieren de poner en la ciudad de Granada y su tierra, serán personas tales que honrarán a los moros y los tratarán amorosamente, y les guardarán estas capitulaciones; y que si alguno hiciere cosa indebida, sus altezas lo mandarán mudar y castigar.

»Que sus altezas y sus sucesores no pedirán ni demandarán al rey Abdilehi ni a otra persona alguna de las contenidas en estas capitulaciones, cosa que hayan hecho, de cualquier condición que sea, hasta el día de la entrega de la ciudad y de las fortalezas.

»Que ningún alcaide, escudero ni criado del rey Zagal no terná cargo ni mando en ningún tiempo sobre los moros de Granada.

»Que por hacer bien y merced al rey Abí Abdilehi y a los vecinos y moradores de Granada y de su Albaicín y arrabales, mandarán que todos los moros captivos, así hombres como mujeres, que estuvieren en poder de cristianos, sean libres sin pagar cosa alguna, los que se hallaren en la Andalucía dentro de cinco meses, y los que en Castilla dentro de ocho; y que dos días después que los moros hayan entregado los cristianos captivos que hubiere en Granada, sus altezas les mandarán entregar doscientos moros y moras. Y demás desto pondrán en libertad a Aben Adrami, que está en poder de Gonzalo Hernández de Córdoba, y a Hozmin, que está en poder del conde de Tendilla, y a Reduan, que lo tiene el conde de Cabra, y a Aben Mueden y al hijo del alfaquí Hademi, que todos son hombres principales vecinos de Granada, y a los cinco escuderos que fueron presos en la rota de Brahem Abencerrax, sabiéndose dónde están.

»Que todos los moros de la Alpujarra que vinieren a servicio de sus altezas darán y entregarán dentro de quince días todos los captivos cristianos que tuvieren en su poder, sin que se les dé cosa alguna por ellos; y que si alguno estuviere igualado por trueco que dé otro moro, sus altezas mandarán que los jueces se lo hagan dar luego.

»Que sus altezas mandarán guardar las costumbres que tienen los moros en lo de las herencias, y que en lo tocante a ellas serán jueces sus cadís.

»Que todos los otros moros, demás de los contenidos en este concierto, que quisieren venirse al servicio de sus altezas dentro de treinta días, lo puedan hacer y gozar, dél y de todo lo en él contenido, excepto de la franqueza de los tres años.

»Que los hadices y rentas de las mezquitas, y las limosnas y otras cosas que se acostumbran dar a las mudarazas y estudios y escuelas donde enseñan a los niños, quedarán a cargo de los alfaquís para que los destribuyan y repartan como les pareciere, y que sus altezas ni sus ministros no se entremeterán en ello ni en parte dello, ni mandarán tomarlas ni depositarlas en ningún tiempo para siempre jamás.

»Que sus altezas mandarán dar seguro a todos los navíos de Berbería que estuvieren en los puertos del reino de Granada, para que se vayan libremente, con que no lleven ningún cristiano captivo, y que mientras estuvieren en los puertos no consentirán que se les haga agravio ni se les tomará cosa de sus haciendas; mas si embarcaren o pasaron algunos cristianos captivos, no les valdrá este seguro, y para ello han de ser visitados a la partida.

»Que no serán compelidos ni apremiados los moros para ningún servicio de guerra contra su voluntad, y   —150→   si sus altezas quisieren servirse de algunos de a caballo, llamándolos para algún lugar de la Andalucía, les mandarán pagar su sueldo desde el día que salieren hasta que vuelvan a sus casas.

»Que sus altezas mandarán guardar las ordenanzas de las aguas de fuentes y acequias que entran en Granada, y no las consentirán mudar, ni tomar cosa ni parte dellas; y si alguna persona lo hiciere, o echare alguna inmundicia dentro, será castigado por ello.

»Que si algún captivo moro, habiendo dejado otro moro en prendas por su rescate, se hubiere huido a la ciudad de Granada o a los lugares de su tierra, sea libre, y no obligado el uno ni el otro a pagar el tal rescate, ni las justicias le compelan a ello.

»Que las deudas que hubiere entre los moros con recaudos y escrituras se mandarán pagar con efeto, y que por virtud de la mudanza de señorío no se consentirá sino que cada uno pague lo que debe.

»Que las carnicerías de los cristianos estarán apartadas de las de los moros, y no se mezclarán los bastimentos de los unos con los de los otros; y si alguno lo hiciere, será por ello castigado.

»Que los judíos naturales de Granada y de su Albaicín y arrabales, y los de la Alpujarra y de todos los otros lugares contenidos en estas capitulaciones, gozarán dellas, con que los que no hubieren sido cristianos se pasen a Berbería dentro de tres años, que corran desde 8 de diciembre deste año.

»Y que todo lo contenido en estas capitulaciones lo mandarán sus altezas guardar desde el día que se entregaren las fortalezas de la ciudad de Granada en adelante. De lo cual mandaron dar, y dieron su carta y provisión real firmada de sus nombres, y sellada con su sello, y refrendada de Hernando de Zafra, su secretario, su fecha en el real de la vega de Granada, a 28 días del mes de noviembre del año de nuestra salvación 1491.»

Estas capitulaciones acompañaron sus altezas con una carta misiva, a manera de provisión, porque fueron avisados que el rey Abdilehi estaba arrepentido, y de secreto impedía el efeto dellas, como acontece a los que ven que han de mudar estado de señor a vasallo, que cuantas horas tiene el día, tantas mudanzas hace su corazón; y no era sólo él, porque muchos de los ciudadanos, especialmente la gente de guerra, lo estaban ya. Mas la carta fue de tanto efeto, que entre miedo y vergüenza no pudieron dejar de hacer lo capitulado por Abí Cacem el Maleh, especialmente viendo, cómo en efeto veían, que a gente vencida ningunas condiciones se podían dar más honrosas ni con menos gravamen; y todos deseaban ver ya llegada la hora de la entrega de las fortalezas, para poder gozar de la paz, que tan innecesaria les era. El tenor de la carta decía desta manera:

«Don Hernando y doña Isabel, por la gracia de Dios, reyes de Castilla, de León, de Aragón, de Cicilia, de Toledo, de Valencia, de Galicia, de Mallorca, de Sevilla, de Cerdeña, de Córdoba, de Murcia, de Jaén, de los Algarbes, de Algecira y Gibraltar; conde y condesa de Barcelona; señores de Vizcaya y de Molina; duques de Atenas y de Neopatria; condes de Ruisellón y de Cerdania; marqués de Oristán y de Goziano, etc. A los alcaides, cadís, sabios, letrados, alfaquís, alguaciles, escuderos, ancianos y hombres buenos, y gente común, chicos y grandes, de la muy gran ciudad de Granada y Albaicín, hacémosos saber como estamos determinados tener esa ciudad cercada desde ésta que mandamos edificar, poner este ejército en la parte de la Vega que fuere necesario, hasta que, Dios queriendo, nuestra intención y voluntad se cumpla. Esto tened por cierto. Y juramos por el alto Dios que es verdad, y quien otra cosa en contrario os dijere, es vuestro enemigo. Nos por la presente os amonestamos que con brevedad vengáis a nuestro servicio, y no seáis causa de vuestra perdición, como lo fueron los de Málaga, que no quisieron creernos, y estuvieron en su pertinacia, siguiendo la vía de los simples, hasta que se perdieron. Si con brevedad viniéredes a nuestro servicio, remuneraros lo hemos con bien; y si nos entregáredes las fortalezas, aseguraremos vuestras personas y bienes; y el que quisiere pasará las partes de África, vaya con bien, y el que quisiere quedar, estese en su casa con todos sus bienes v hacienda, como lo estaba antes de agora. Esto hacemos porque los granadinos sois buena gente, nobles y principales, y os queremos por nuestros servidores, y tenemos intención de haceros mercedes, y os prometemos y juramos por nuestra fe y palabra real que si con brevedad y de vuestra voluntad nos quisiéredes servir y entrar debajo de nuestro poderío real, y nos entregáredes las fortalezas, podrá cada uno de vosotros salir a labrar sus heredades, y andar por do quisiere en nuestros reinos a buscar su pro donde lo hubiere; y os mandaremos dejar en vuestra ley y costumbres, y con vuestras mezquitas, como agora estáis; y el que quisiere pasar allende, podrá vender sus bienes a quien quisiere y cuando quisiere; y le mandaremos pasar con brevedad, queriendo ir en nuestros navíos, sin que por ello sea obligado a pagar cosa alguna. Y pues nuestra voluntad es de haceros todo bien y merced, y es vuestra utilidad y provecho, determinaos con brevedad, y venid a nuestro servicio, y enviad presto uno de vosotros que nos venga a hablar, asentar, capitular y concluir estas cosas, que para ello os damos veinte días de término, dentro de los cuales se efetúen. Ved agora lo que es vuestro provecho, y libertad vuestros cuerpos de muerte y captiverio. Y si pasado el dicho término no hubiéredes venido a nuestro servicio, no nos culparéis, sino a vosotros mesmos, porque os juramos por nuestra fe que pasado, no os admitiremos ni oiremos más palabra sobre ello. En vuestra mano está el bien o el mal: escoged lo que os pareciere; que con esto alimpiaremos nuestra faz con Dios altísimo. Fecha en nuestro real de la vega de Granada, a 29 días del mes de noviembre, año de 1491. -Yo el Rey. -Yo la Reina. -Por mandado del Rey y de la Reina, Hernando de Zafra.»




ArribaAbajoCapítulo XX

Cómo los moros entregaron la ciudad de Granada y sus fortalezas a los Reyes Católicos


Llegado el día señalado en que el rey moro había de entregar las fortalezas de la ciudad de Granada a los Reyes Católicos, que fue a 2 días del mes de enero del año de nuestra salvación 1492, y del imperio de los alárabes   —151→   902, y de la era de César 1533, conforme a la computación árabe, que cuentan cuarenta y un años desde la era de César hasta el nacimiento de Cristo, el cardenal don Pedro González de Mendoza, arzobispo de Toledo, fue tomar posesión dellas, acompañado de muchos caballeros y de un suficiente número de infantería debajo de sus banderas. Y porque, conforme a las capitulaciones, no había de entrar por las calles de la ciudad, tomó un nuevo camino, que ocho días antes se había mandado hacer, a manera de carril, para poder llevarlas carretas de la artillería; el cual iba por defuera de los muros a dar al lugar donde está la ermita de San Antón, y por delante de la puerta de los Molinos al cerro de los Mártires y a la Alhambra. Partido el Cardenal con la gente que había de ocupar las fortalezas, luego partieron los Reyes Católicos, de su real de Santa Fe con todo el ejército puesto en ordenanza, y caminando poco a poco por aquella espaciosa y fértil vega, pasaron a un lugar pequeño, llamado Armilla, que está media legua de Granada, donde paró la Reina con todas las ordenanzas. Llegado el Cardenal al cerro de las mazmorras de los Mártires, que los moros llaman Habul, salió a recebirle el rey Abdilehi, bajando a pie de la fortaleza de la Alhambra, dejando en ella a Jucef Aben Comixa, su alcaide; y habiendo hablado un poco en secreto con él, dijo el moro en altavoz: «Id, señor, y ocupad los alcázares por los reyes poderosos, a quien Dios los quiere dar por su mucho merecimiento y por los pecados de los moros»; y por el mesmo camino que el Cardenal había subido fue a encontrar al rey don Hernando para darle obediencia. El Cardenal entró luego en la Alhambra, y hallando todas las puertas abiertas, el alcaide Aben Comixa se la entregó y se apoderó della, y a un mesmo tiempo ocupó las torres bermejas y una torre que estaba en la puerta de la calle de los Gomeres; y mandando arbolar la cruz de plata que le traían delante, y el estandarte real sobre la torre de la campana, como sus altezas se lo habían mandado, dio señal de que las fortalezas estaban por ellos. Habíase adelantado a este tiempo el rey don Hernando, y caminaba hacia la ciudad en resguardo del Cardenal, y la reina doña Isabel estaba con toda la otra gente en el lugar de Armilla con grandísimo cuidado, porque le parecía que se tardaba en hacerle la señal; y cuando vio la cruz y el estandarte sobre la torre, hincando las rodillas en el suelo con mucha devoción, dio muchas gracias a Dios por ello, y los de su capilla comenzaron a cantar el himno de Te Deum laudamus. El rey don Hernando paró sobre la ribera del río Genil en el lugar donde agora está la ermita de San Sebastián, y allí llegó el rey moro, acompañado de algunos caballeros y criados suyos, y así a caballo como venía, porque su alteza no consintió que se apease, llegó a él y le besó en el brazo derecho. Hecho este acto de sumisión, se apartaron los reyes; el Católico se fue a la Alhambra, y el pagano la vuelta de Andarax. Algunos quieren decir que volvió primero a la ciudad y que entró en una casa donde tenía recogida su familia en la Alcazaba; mas unos moriscos muy viejos, que, según ellos decían, se hallaron presentes aquel día, nos certificaron que no había hecho más de hacer reverencia al Rey Católico y caminar la vuelta de la Alpujarra, porque cuando salió de la Alhambra había enviado su familia delante, y que en llegando a un viso que está cerca del lugar del Padul, que es de donde últimamente se descubre la ciudad, volvió a mirarla, y, poniendo los ojos en aquellos ricos alcázares que dejaba perdidos, comenzó a sospirar reciamente, y dijo Alabaquibar, que es como si dijésemos Dominus Deus Sabaoth, poderoso Señor, Dios de las batallas; y que viéndole su madre sospirar y llorar, le dijo: «Bien haces, hijo, en llorar como mujer lo que no fuiste para defender como hombre». Después llamaron los moros aquel viso el Fex de Alabaquibar en memoria deste suceso. Volviendo pues a nuestros cristianos, que caminaban la vuelta de la ciudad, el Rey y la Reina y todos los caballeros y señores subieron a la Alhambra, y a la puerta de la fortaleza les dio el alcaide Jucef Aben Comixa las llaves della, y sus altezas las mandaron dar luego a don Íñigo López de Mendoza, conde de Tendilla, primo hermano del cardenal don Pedro González de Mendoza, que fue el primer alcaide y capitán general de aquel reino, cuyo valor tenían sus altezas conocido por los grandes servicios que les había hecho, ansí en esta guerra siendo alcaide y capitán de la frontera de Alhama, y después en Alcalá la Real, como cuando en el año de 1486 fue por su mandado a tratar de conformar al rey don Fernando de Nápoles con papa Inocencio VIII, y los conformó, y dejó en paz todos los potentados de Italia, que se habían movido para esta guerra. Entrando pues sus altezas en la Alhambra, los capitanes de la infantería ocuparon las otras fortalezas, torres y puertas pacíficamente, sin alboroto ni escándalo. Los moros de la ciudad se encerraron en sus casas, que no pareció ninguno sino eran los que necesariamente habían de servir en alguna cosa. Luego subieron los más principales ciudadanos a hacer reverencia y besar las manos a sus altezas, mostrando mucho contento de tenerlos por señores. Y dende a pocos días, viendo la equidad de aquellos reyes, y que les hacían guardar cuanto les habían prometido, acudieron a hacer lo mesmo algunos lugares de la sierra y de la Alpujarra y todos los demás que hasta entonces no habían venido a darles obediencia.




ArribaAbajoCapítulo XXI

Cómo los Reyes Católicos proveyeron por arzobispo de Granada a don fray Hernando de Talavera, y comenzó a tratar de la comisión de los moros


Habiéndose tomado posesión de la ciudad de Granada y de todas las fortalezas, y asegurádolas con gente de guerra, los Católicos Reyes comenzaron a dispensar su magnificencia, haciendo mercedes en general y en particular a todos los que habían servídoles en aquella guerra. Repartieron la tierra que habían ganado, y proveyeron en las cosas de justicia y buena gobernación, así para la quietud de los moros, que ya eran sus vasallos, como para la población y aumento de los nuevos pobladores que de todas partes acudían; lo cual todo hacían con tanta resolución, que parecía bien ser negocio guiado por Dios para honra y gloria suya. Andaba su corte llena de ilustres y esforzados caballeros, sabios y ejercitados en las cosas de la guerra, de muchos y muy doctos letrados en las cosas de justicia y gobernación, y de famosísimos teólogos de santa vida y ejemplar doctrina en las cosas de la fe; porque de tales personas   —152→   como éstos se arreaban más para sus consejos, que de las pompas y cerimonias de los otros reyes; y ansí acertaban en todo lo que hacían, y nada hallaban invencible, contra su espada. Entre otros religiosos que traían en su consejo, había uno llamado don fray Hernando de Talavera, fraile profeso de la orden del glorioso padre San Jerónimo, natural de la villa de Talavera, que es en el arzobispado de Toledo, hombre de maravilloso ingenio y pronteza, grandísimo predicador, muy docto en las letras sagradas y ejercitado en la filosofía moral, y sobre todo muy estimado de los Reyes por su bondad de vida y doctrina. Este padre fue más de veinte años prior del monasterio de Santa María de Prado, cerca de Valladolid, y aun lo edificó; y teniendo sus altezas noticias dél, enviaron a llamarle y le hicieron su confesor y de su consejo, y después le dieron el obispado de Ávila, y trayéndole consigo a la conquista del reino de Granada, no fue la menor parte de sus buenos sucesos la industria, consejo y oración deste santo varón, el cual, viendo que ya la ciudad comenzaba a poblarse de cristianos, y que allí tenía buena comodidad de plantar viña al Señor celestial, acordó de dejar la corte temporal, donde era favorecido y regalado, y tomar otra vida trabajosa y de mucho peligro para el cuerpo; y suplicando a los Reyes Católicos proveyesen el obispado de Ávila a quien fuesen servidos, pidió que le dejasen acabar en servicio de Dios en la nueva iglesia de Granada con aquella nueva gente. Siendo pues electo arzobispo de Granada, fue confirmada su elección por papa Alejandro VI, el cual le envió el palio, insignia arzobispal, y se le dio con gran solemnidad don Luis Osorio, obispo de Jaén, a quien vino cometido, asistiendo a ello don Pedro de Toledo, obispo de Málaga, y don fray García Quijada, obispo de Guadix. Y porque nadie pudiese decir que codicia de más renta le movía a dejar el obispado de Ávila por el arzobispado de Granada, no quiso que se le diese más de lo que para vivir moderadamente sin pompa era necesario; y así, le señalaron solos dos cuentos de maravedís en cada un año, siendo mucho más la renta del obispado de Ávila. Bien se dejó entender la intención deste buen prelado, porque desde el día que tomó posesión se apartó de los negocios de la corte de tal manera, que jamás se pudo acabar con él que se ocupase en otra cosa sino en lo que cumplía a la salvación de las almas de los fieles y conversión de los infieles y en el edificio de las iglesias y buen regimiento dellas. Bueno fue por cierto el consejo que tornaron los Católicos Reyes, como todas sus cosas eran buenas, en encomendar aquel nuevo ganado cerril, no usado al yugo suave de Dios, a pastor tan antiguo y tan ejercitado en su ley, para que por medio suyo viniesen a juntarse con su rebaño. Felice triunfo, dichosa victoria la que en tales tiempos concedió el Señor a la insigne ciudad de Granada. Bien pudiera ella ganarse en otro tiempo para los príncipes cristianos; mas por ventura no se ganara para Jesucristo, como se ganó, mediante la buena diligencia, el trabajo, la industria, las vigilias, las oraciones, el ejemplo de santa vida y dulce conversación de tan buen prelado; porque estas tales obras, poniendo Dios su gracia en ellas, ocuparon de tal manera los ánimos de los moros, que ninguna cosa más estimada, más venerada ni más amada llegaba a sus oídos que el nombre del Arzobispo, a quien ellos llamaban el alfaquí mayor de los cristianos. De donde nació que hubo muchos que se vinieron a convertir espontáneamente de su propria voluntad, por ventura con mejor celo de lo que lo hicieron después otros. Demás deste provecho tan grande que se siguió a los moros, fue también muy necesario en aquella ciudad este prelado para los cristianos, porque como la mayor parte de la gente que acudía a poblarla eran hombres de guerra o gente advenediza, había tantos tan desenfrenados en los vicios que la licencia militar traen consigo, que fue bien menester su trabajo y buena diligencia y grandísima industria para reformarlos. Comenzó cuanto a lo primero a enseñar a los moros las cosas de la fe de Dios, dándoselas a palabras, que no solamente no recebían pesadumbre los mesmos alfaquís si los llamaban para que oyesen su doctrina, más aun se venían muchos dellos a oírla sin ser llamados; y para los que se querían convertir tenía casas particulares, que llamaban casa de la doctrina, donde iba de ordinario a predicarles y a enseñarles las buenas costumbres por medio de fieles intérpretes; y aun para este efeto procuró con mucho cuidado que algunos clérigos aprendiesen la lengua arábiga, y él mesmo a la vejez quiso aprenderla, a lo menos tanta parte della que bastase, para poderles enseñar los mandamientos, los artículos de la fe y las oraciones, y oír sus confesiones. Tuvo el arzobispado don fray Hernando de Talavera quince años, y murió año de 1507 de pestilencia. Sucediole don Antonio de Rojas, que fue presidente del consejo real y patriarca; y en su tiempo, acerca de los años 1523, día de Nuestra Señora de Marzo, se puso la primera piedra en la Iglesia Mayor; y por su muerte vino al arzobispado de Granada don Francisco de Herrera, que presidió en la audiencia real, y murió el año del Señor 1525. Fue electo en su lugar don Pedro Puertocarrero, que murió antes de tomar posesión del arzobispado. Y estando el Emperador en Granada en el año, de 526, proveyó aquella silla a fray Pedro Ramírez de Alva, prior de San Jerónimo de Granada. Este hizo el colegio de los clérigos del coro, que son treinta, y murió el año del Señor 529. Luego sucedió don Gaspar de Ávalos, siendo obispo de Guadix, que hizo el colegio Real y la universidad, donde se lee teología y leyes. También hizo el colegio de los niños hijos de moriscos, donde les daban de comer y de vestir y estudio y casa de limosna. Fue proveído por arzobispo de Santiago, y sucedió en Granada don Hernando Niño de Guevara, presidente de aquella audiencia, que después lo fue del real consejo, y obispo de Sigüenza y patriarca, y tuvo el arzobispado cinco años. Sucedió don Pedro Guerrero, que lo poseyó veinte y nueve años, y se halló en el concilio Tridentino. Y por su muerte fue electo don Juan Méndez de Salvatierra, siendo canónigo de Cuenca, y tomó posesión por él el licenciado Mejía de Lasarte, inquisidor de Granada, a 19 de diciembre del año de 1577. Y por su fin y muerte vino al arzobispado don Pedro Vaca de Castro, que era presidente de la audiencia de Valladolid, y lo había sido primero en la de Granada, que hoy vive; y en su tiempo ha sido Dios servido que se manifiesten al mundo las reliquias de mártires que padecieron por su santísima fe en tiempo de la gentilidad de Nerón, en el monte Illipolitano, que   —153→   llaman monte Santo. Todos estos prelados, escogidos en doctrina y costumbres, procuraron los Reyes dar a los nuevamente convertidos, para que tomasen mejor los documentos de la fe. Baste esto cuanto a los arzobispos: volvamos a nuestra historia.

En el año del Señor 1493 se pasó el rey Zogoybi a Berbería, y vendió a los Reyes Católicos los lugares y renta que le habían dado en la Alpujarra, habiéndolo poseído y gozado poco más de dos años. Esta venta efectuó aquel alcaide que dijimos, llamado Jucef Aben Comixa, que tenía sus poderes, por precio de ochenta mil ducados, estando sus altezas en Aragón. El cual recibió luego el dinero, y lo cargó en acémilas, y lo llevó al Lauxar de Andarax, donde estaba su señor, y poniéndoselo delante, le dijo desta manera: «Señor, vuestra hacienda traigo vendida, veis aquí el precio della. He querido quitaros del peligro, porque mientras los moros os tuvieren presente no dejarán de intentar cosas que os den pesadumbre y desasosieguen esta tierra, de manera que ni vuestra persona ni los que os sirvieren tengan seguridad, ni puedan dejar de perder lo poco que les queda en ella con cualquier pequeña ocasión que se ofrezca. Con este dinero podréis comprar mejor hacienda en Berbería, y allí podréis vivir con más seguridad y descanso que en esta tierra, donde fuistes rey, y no tenéis esperanza de poderlo ya ser». Contábannos algunos moros antiguos que cuando el Zogoybi vio efetuada la venta, mostró tanta pena dello, que matara al Alcaide si no se lo quitaran de delante. Y al fin viendo cuán mal remedio había para deshacer lo hecho, recogió sin dinero, y dende a pocos días se fue con su casa y familia a la ciudad de Fez en una urca que sus altezas le mandaron dar, y allí moró mucho tiempo, hasta que después, yendo con Muley Hamete el Merini a la guerra contra los Xerifes hermanos, reyes de Marruecos, lo mataron en la batalla del río de los Negros, en el vado que dicen de Buacuba. Escarnio y gran ridículo de la fortuna, que acarreó la muerte a este rey en defensa de reino ajeno, no habiendo osado morir defendiendo el suyo.




ArribaAbajoCapítulo XXII

Cómo se comenzó a tratar de que los moros de Granada se convirtiesen a la fe, o los enviasen a Berbería


Citando los Reyes Católicos hubieron ganado la ciudad de Granada y los lugares de aquel reino, algunos prelados y otras personas religiosas les pidieron con mucha instancia que, pues nuestro Señor les había hecho tan señaladas mercedes en darles una victoria como aquélla, como celosos de su honra y gloria, diesen orden en que se prosiguiese con mucho calor en desterrar el nombre y seta de Mahoma de toda España, mandando que los moros rendidos que quisiesen quedar en la tierra se baptizasen, y los que no se quisiesen baptizar vendiesen sus haciendas y se fuesen a Berbería, diciendo que en esto no se les quebrantaban los capítulos que se les habían concedido cuando se rindieron; antes era mejorarles el partido en cosa que tanto convenía a la salvación de sus almas, y, particularmente a la quietud y pacificación perpetua de aquel reino; porque era cierto que jamás los naturales dél ternían paz ni amor con los cristianos, ni perseverarían en lealtad con los reyes, mientras conservasen los ritos y cerimonias de la seta de Mahoma, que les obligaba a ser crueles enemigos del nombre cristiano. Mas aunque estas consideraciones eran santas y muy justas, sus altezas no se determinaron en que se usase de rigor con los nuevos vasallos, porque la tierra no estaba aún asegurada ni los moros habían dejado de todo punto las armas; y si acaso venían a rebelarse con opresión de cosa que tanto sentirían, sería haber devolver a la guerra de nuevo. Y demás desto, teniendo, como tenían, puestos los ojos en otras conquistas, no querían que en ningún tiempo se dijese cosa indigna de sus reales palabras y firmas, especialmente que los mesmos moros lo iban dejando, y había esperanza que con la comunicación doméstica que tendrían con los cristianos, tratando y disputando de las cosas de la religión, entenderían el error en que estaban, y dejándolo, vernían en verdadero conocimiento de la fe, y la abrazarían, como otras muchas naciones bárbaras lo habían hecho en tiempos pasados, siguiendo la voluntad de los vencedores y queriendo ser como ellos; y para que esto se hiciese con amor y benevolencia, mandaban que los gobernadores, alcaides y justicias de todos sus reinos favoreciesen a los moros, y que no consintiesen hacerles agravio ni mal tratamiento, y que los prelados y religiosos blandamente y con demostración de amor procurasen enseñar las cosas de la fe a los que buenamente quisieran oírlas, sin hacerles opresión sobre ello.




ArribaAbajoCapítulo XXIII

Cómo los Reyes Católicos, sabiendo que los moros se convertían a la fe, mandaron ir a Granada a don fray Francisco Jiménez de Cisneros, arzobispo de Toledo, para que ayudase en tan santa obra al arzobispo de Granada


Habiendo comenzado el buen arzobispo de Granada a regir y gobernar sus nuevas plantas, para que, quitadas del error en que estaban, brotasen frutos de salvación, los Católicos Reyes, para darle quien le ayudase en tan santa obra, enviaron a llamar a don fray Francisco Jiménez de Cisneros, fraile de la orden del seráfico padre San Francisco, y natural de la villa de Tordelaguna, a quien por merecimiento de muchas virtudes, de profunda elocuencia y de santidad de vida y costumbres, siendo provincial de su orden, le habían elegido arzobispo de Toledo en el año del Señor 1495, por fin y muerte del cardenal don Pedro González de Mendoza, que falleció domingo a 11 de enero de aquel año. Estaba a la sazón ocupado este prelado en la fábrica del colegio que fundaba en la villa de Alcalá de Henares, y dejándola encomendada a Baltanasio, su compañero, partió luego para Granada, donde sus altezas habían ido por el mes, de julio del año de 1499, y estuvieron hasta mediado el mes de noviembre, que fueron a Sevilla, y le dejaron encomendado que juntamente con el arzobispo de Granada prosiguiese en la conversión de los moros, procediendo mansamente y de manera que no se alborotasen. El medio que tuvieron los prelados para negocio tan importante fue mandar llamar a los alfaquís y morabitos de más opinión entre los moros, y con ellos solos en buena conversación disputaban, y les daban a entender las cosas tocantes a la religión cristiana, no con fuerza ni con violencia, sino con buenas razones y sentencias; y trataban el negocio con tanta modestia y mansedumbre, que habiendo disputado   —154→   gran rato con ellos, los enviaban contentos, dándoles vestidos y otras muchas cosas porque no se extrañasen de volver otras veces a las disputas. Viendo pues los alfaquís y morabitos la mansedumbre con que los trataban los prelados, las buenas obras que les hacían, y que los convencían con sentencias, reprobando su seta, deseando asimesmo gozar de la libertad con los vencedores, comenzaron algunos dellos a tomar los documentos de la fe y a enseñarlos al pueblo, amonestando que era vanidad la seta de Mahoma, y que les convenía abrazar la fe de Jesucristo. Estas amonestaciones fueron de tanto efeto, que dentro de pocos días vinieron muchos hombres y mujeres a pedir el santo baptismo con autoridad de sus proprios alfaquís, y en un solo día se baptizaron a las de tres mil personas; y fue tanta la priesa, que no pudiéndolos baptizar a cada uno de por sí, fue necesario que el arzobispo de Toledo los rociase con hisopo en general baptismo; y en la fiesta de Nuestra Señora de la O consagró la mezquita del Albaicín, y quedó iglesia colegial de la advocación de San Salvador. Y fuera el negocio muy adelante sin escándalo ni alboroto, si algunos escandalosos, a quien pesaba de ver tan buena obra, no alborotaran el pueblo y la impidieran por entonces, aunque después entre ruego y fuerza se vino a concluir, como agora diremos.




ArribaAbajoCapítulo XXIV

Cómo el arzobispo de Toledo mandó prender al Zegrí porque impedía la conversión de los moros, y cómo se vino a convertir


Había muchos moros en el Albaicín y en la ciudad que públicamente contradecían la conversión, pareciéndoles cosa dura haber de dejar la ley que sus antepasados les habían enseñado, y doliéndose de ver que la antigua seta de Mahoma se perdiese de todo punto en España. Y entendiendo el arzobispo de Toledo que los autores dello eran algunos de los principales, temiendo no le impidiesen con novedad el efeto que se hacía, mandó prender los que se entendió que eran más contradictores de las cosas de la fe. Entre los cuales fue preso uno llamado el Zegrí Azaator, hombre principal y dotado de buen entendimiento cuanto a las cosas morales, aunque por otra parte arrogante y soberbio, por ser de linaje de los reyes de Granada. Este contradecía reciamente que los moros no se convirtiesen5, y don fray Francisco Jiménez determinó, dejada aparte toda humanidad, de traerle por fuerza al yugo de Dios, pues no aprovechaban buenas razones con él; y haciéndole poner en una estrecha prisión, mandó que se encerrase con él, para que con cuidado le metiese por camino, un capellán suyo llamado Pedro de León, el cual con ánimo de león se llevó de tal manera con el Zegrí, que de indómito y soberbio que era cuando se lo entregaron, le tornó manso y humilde, y en todo muy conforme a la voluntad de los prelados; y dentro de pocos días, fuese por fuerza, o lo más cierto por inspiración divina, pidió con instancia que le llevasen al alfaquí de los cristianos. Y llevándole aprisionado delante del arzobispo de Toledo, pidió licencia para poderle hablar en su libertad, diciendo que le mandase quitar las prisiones, porque estando con ellas no se le podría agradecer lo que dijese y hiciese; y siéndole mandadas quitar, se hincó de rodillas, y besando la tierra, y luego la mano al Arzobispo, según la costumbre de los moros, le dijo: «Señor, yo quiero ser cristiano, y hágolo de buena voluntad, porque he tenido revelación de Dios, que me lo manda, y soy cierto que me llama para sí por este camino». El Arzobispo recibió grandísimo contento de verle convertido, y mandó vestirle luego de paños nuevos, y le baptizó, y quiso el Zagrí llamarse Gonzalo Hernández, como Gonzalo Hernández de Córdoba hermano de don Alonso de Aguilar, cuyo esfuerzo y valor tenía bien conocido y experimentado en aquella guerra, y demás desto, sabía que el arzobispo de Toledo le quería mucho. De aquí vino a que otros moros hiciesen lo mesmo; y así se fueron de día en día convirtiendo, sin que los alfaquís ni otra persona se lo osase estorbar, a lo menos descubiertamente. Y el arzobispo de Toledo les tomó gran copia de volúmenes de libros árabes de todas facultades, y quemando los que tocaban a la seta, mandó encuadernar los otros, y los envió a su colegio de Alcalá de Henares, para que los pusiesen en su librería.




ArribaAbajoCapítulo XXV

Cómo los moros del Albaicín de Granada se rebelaran la primera vez sobre la conversión, y la orden que se tuvo en apaciguarlos


Parecía cosa recia a los prelados, y especialmente al arzobispo de Toledo, que siendo la ciudad de Granada y todo el reino de cristianos, poseído y conquistado por príncipes tan católicos, hubiese hombres y mujeres renegados y hijos de renegados, a quien los moros llaman elches, que viviesen en la senda de Mahoma. Y como procurasen atraerlos a la fe con amor y buena doctrina, y hubiese algunos tan endurecidos que no la quisiesen abrazar por no dejar sus vicios y torpezas, acordaron de usar de rigor con ellos; y mandando a los alguaciles que prendiesen algunos pertinaces, sucedió que subiendo un día al Albaicín Sacedo, criado del arzobispo de Toledo, y un alguacil real llamado Velasco de Barrionuevo, a prender una mujer hija de un elche, trayéndola presa por la plaza de Bib el Bonut, comenzó a dar grandes voces, diciendo que la llevaban a ser cristiana por fuerza, contra los capítulos de las paces; y juntándose muchos moros, y entre ellos algunos que aborrecían aquel alguacil por otras prisiones que había hecho, comenzaron a tratarle mal de palabra; y como les respondiese soberbiamente, a furia de pueblo pusieron las manos en él y le mataron, arrojándole una losa sobre la cabeza desde una ventana, y después de muerto le metieron en una necesaria; y mataran también a Sacedo, si no le librara una mora debajo de su cama, donde le tuvo escondido aquel día y parte de la noche, hasta que pudo enviarle seguro a la ciudad. Muerto el alguacil, los moros se pusieron en arma y comenzaron a llamar a Mahoma, apellidando libertad y diciendo que se les quebrantaban los capítulos de las paces; y tomando las calles, las puertas y las entradas del Albaicín, se fortalecieron contra los cristianos de la ciudad y comenzaron a pelear con ellos, y sobreviniendo la noche, creció el escándalo. Y entendiendo que la ocasión de todo era el arzobispo de Toledo, como hombres que estaban estomagados de ver   —155→   la sobrada diligencia que ponía en hacer que fuesen cristianos, corrieron a su posada, que era en la Alcazaba, y le cercaron dentro, el cual se defendió valerosamente. Y aunque hubo algunos que le aconsejaron que saliese de allí, porque lo podía muy bien hacer, y se subiese a la fortaleza de la Alhambra, no quiso, diciendo que no había de desampararlos, y que había de esperar el suceso de aquel negocio en el peligro común. Desta manera estuvieron todos los de su casa puestos en arma aquella noche, y otro día de mañana bajó de la fortaleza de la Alhambra el conde de Tendilla con buen número de gente, y acudió luego a favorecer al Arzobispo, el cual le encomendó la ciudad y la gente de guerra que tenía consigo, que serían como docientos hombres, y que particularmente procurase apaciguar aquella furia popular; mas por mucha diligencia que puso, duró el alboroto, sin poderlo apaciguar, diez días, durante los cuales los prelados y el Conde, cada uno por su parte, trabajaron con mucha prudencia por todas las vías posibles como se quietase aquella gente bárbara, llamando a los alfaquís y a los principales ciudadanos, y dándoles a entender el yerro que habían hecho en levantarse contra reyes tan poderosos, y la pena en que habían incurrido y el castigo que se haría si llegaba la gente de Andalucía antes que se apaciguasen. Mas ellos daban color a su negocio, diciendo que el Albaicín no se había alzado contra sus altezas, sino en favor de sus firmas, y que sus ministros eran los que habían alborotado la tierra, queriendo quebrantar a los moros los capítulos de las paces con que se habían rendido, y que todo se apaciguaría con que se los guardasen, sin hacerles opresión en las cosas de la ley. Algunos había tan indignados y con tanta determinación de ponerse en libertad, que no querían oír razón, pareciéndoles que había treinta moros para cada cristiano, y que estaban bien pertrechados de armas con que defenderse. En tanta revolución pasara el negocio más adelante, si el arzobispo de Granada, confiado más en la misericordia de Dios que en la fuerza de las armas, no los apaciguara con un heroico hecho; porque no habiendo querido oír al conde de Tendilla ni recebir su adarga, que se la enviaba en señal de paz, habiéndosela apedreado y tratado mal al escudero que la llevaba, cosa que mostraba tener grande indignación, cuando más bravos y soberbios estaban, tomó consigo un solo capellán con su cruz delante y algunos criados a pie y desarmados, y se fue a meter entre los moros en la plaza de Bib el Bonut, donde se habían recogido, con tan buen semblante y rostro tan sereno como cuando iba a predicarles las cosas de la fe. Ved pues cuánta fuerza tiene la virtud y la templanza, que así como te vieron los moros, olvidando el rigor y la saña que tenían, se fueron humildes para él y le dieron paz, besándole la halda de la ropa, como lo solían hacer cuando estaban pacíficos. Luego llegó el conde de Tendilla con sus alabarderos, y quitándose un bonete de grana que llevaba en la cabeza, lo arrojó en medio de los moros, para que entendiesen que iba en hábito de paz. Los cuales lo alzaron y besaron, y se lo volvieron a dar; y con esto se aseguraron los unos y los otros, y el Arzobispo y el Conde estuvieron gran rato en la plaza amonestándoles y rogándoles que dejasen las armas, y prometiéndoles que por lo sucedido no se les daría pena ni serían habidos por culpados generalmente, y que ellos les alcanzarían perdón y la gracia de sus altezas, pues se debía entender, como ellos decían, que más se habían movido en favor de sus reales firmas que con voluntad de hacer novedad; y que demás desto, les serían guardadas sus capitulaciones. Y para que se asegurasen más, hizo el Conde un hecho verdaderamente digno de su nombre, que tomó consigo a la Condesa, su mujer, y a sus hijos niños, y los metió en una casa en el Albaicín junto a la mezquita mayor, a manera de rehenes. Y con esto se apaciguó la ciudad, ayudando también de parte de los moros un cadí o juez suyo, llamado Cidi Ceibona, hombre de buen entendimiento y muy respetado entre aquellas gentes, el cual ofreció que entregaría a la justicia de sus altezas los que habían sido en matar al alguacil, para que fuesen castigados. Y en efeto lo cumplió; los hizo prender y puso en manos del licenciado Calderón, corregidor de Granada, el cual mandó ahorcar cuatro dellos en la rambla de Beyro, y soltando otros muchos por bien de paz, dejaron los moros las armas y comenzaron a entender en sus labores.




ArribaAbajoCapítulo XXVI

Cómo el Rey Católico se enojó con el arzobispo de Toledo cuando supo la causa del rebelión de los moros, y oído su descargo, le mandó proseguir en la conversión


El demonio, enemigo del género humano, que siempre vela en daño de las almas y persigue a los que procuran salvarlas a su Criador, hubiera interrompido la buena obra comenzada, y hecho perder al arzobispo de Toledo la gracia con los Reyes, y cayera en gran falta con ellos, si el soberano Señor no le ayudara y favoreciera. En el capítulo antes deste se dijo como el rebelión del Albaicín duró diez días. El tercero día pues que los moros se rebelaron, el arzobispo de Toledo escribió a sus altezas, que estaban en la ciudad de Sevilla, dándoles cuenta de lo que pasaba; y teniendo ya cerrado el pliego para despachar un correo que fuese hombre de mucha diligencia, se ofreció un ciudadano llamado Cisneros, que daría un esclavo canario que caminaba veinte leguas cada día, y si fuese menester, se pornía en menos de dos días naturales en Sevilla. El Arzobispo se persuadió fácilmente a creerlo, y venido el canario ante él le encargó que con toda diligencia, caminando de día y de noche, fuese a Sevilla, y diese aquel pliego en manos de la Reina Católica o del secretario Almazán. El cual, habiendo prometido de cumplir cuanto se le mandaba, partió de Granada luego; mas como era hombre vil y bajo, acordó de emborracharse en el camino, y fue tan despacio, que tardó cinco días en llegar a Sevilla. En este tiempo llegaron otros avisos a sus altezas; y como el Rey Católico no vio carta del arzobispo de Toledo, entendió que por su causa había sucedido tan gran desorden, y culpándole, se enojó también con la Reina, diciendo que había sido causa de que viniese aquel hombre a Granada, que había alborotado y puesto en condición el reino que tanto había costado conquistar; aun la propria Reina casi lo creía, no viendo letra suya, y mandó al secretario Almazán que luego le escribiese imputándole tan gran descuido, y diciéndole que con toda brevedad enviase relación de lo sucedido. Estaba el Arzobispo bien descuidado,   —156→   entendiendo que sus cartas habían llegado a tiempo, y viendo lo que el secretario Almazán le escrebía, para satisfacer a sus altezas envió a fray Francisco Ruiz, su compañero, a que les informase de todo el suceso, ofreciendo de ir luego personalmente a darles más particular cuenta del negocio. Este fraile les hizo relación de todo lo sucedido en Granada, y de tal manera se lo dio a entender, que perdieron parte del enojo que tenían, aunque mucho más se aplacaron después cuando el proprio Arzobispo llegó; el cual con su mucha elocuencia y discreción lo allanó todo, dándoles a entender que lo que había hecho y hacía era por servicio de Dios, y no por otro interés, y desculpándose con tan buenas razones, que los Reyes quedaron satisfechos, y él en mayor gracia con ellos. Y viendo tan buena ocasión como de presente se ofrecía, les aconsejó que no partiesen mano de la conversión de los moros, que ya estaba comenzada, y que pues habían sido rebeldes y por ello merecían pena de muerte y perdimiento de bienes, el perdón que les concediese fuese condicional, con que se tornasen cristianos o dejasen la tierra. Este Consejo tuvieron por bueno los Reyes Católicos, aunque tardó la resolución del más de ocho meses: en el cual tiempo los del Albaicín hicieron grandes diligencias para estorbarle, y enviaron al soldán de Egipto, quejándose que les querían hacer que fuesen cristianos por fuerza, y suplicándole, los favoreciese con enviar su embajada a España, dando a entender que haría él lo mesmo con los cristianos que tenía en su imperio, compeliéndolos a que fuesen moros. Y el Soldán envió sus embajadores a los Reyes Católicos, diciendo que no se sufría hacer fuerza a los moros rendidos para que fuesen cristianos; y que si esto se hacía en España, haría él otro tanto en toda Asia con los cristianos súbditos de su imperio. Los Reyes recibieron muy bien a los embajadores, y respondieron que ellos no querían cristianos por fuerza, ni menos querían tener moros en sus reinos, por la poca seguridad que se podía tener de su lealtad; y que a los que de grado se convertían se le hacía todo bien y merced, y a los que se querían ir a Berbería les daban lugar para ello y licencia para vender sus bienes, muebles y raíces, y los enviaban con toda seguridad a los puertos donde querían ir. Y demás desto, enviaron a Pedro Mártir6, clérigo milanés, hombre docto y de muy buena vida, que fue el primer prior de la iglesia catedral de Granada, a que diese a entender al Soldán lo que en este particular había, y las causas que les habían movido a hacer lo que hacían. El cual fue a Egipto y a Persia, y llevó consigo los testimonios de los alcaides de los lugares marítimos de Berbería, en que certificaban como los ministros de los moros de España que llevaban los moros, los ponían en tierra con toda seguridad con sus mujeres y hijos y familias, sin hacerles molestia ni mal tratamiento; porque sus altezas mandaban siempre a los alcaldes y alguaciles que iban con los moros, que tomasen testimonios de donde los dejaban, para satisfación de que habían cumplido su mandado. Viendo pues los moros del reino de Granada cuán poco aprovechaban sus diligencias, hubo muchos que se pasaron a Berbería, y los que no quisieron dejar la tierra, acordaron de hacerse cristianos. Esta conversión hizo el bendito arzobispo de Granada, dándoles el sagrado baptismo sin prevención de catecismo y sin instruirlos primero en las cosas de la fe, porque acudía tanta multitud de gente a convertirse, y era tan grande la necesidad que había de brevedad, que no daba lugar a poderlos instruir; mas la diligencia y cuidado de los prelados lo habían suplido, si los moriscos quisieran olvidar las cerimonias, trajes y costumbres que tenían juntamente con la seta, y se preciaran ser y parecer en todo cristianos: cosa que jamás se pudo acabar con ellos.




ArribaAbajoCapítulo XXVII

Cómo los Reyes Católicos allanaron algunas alteraciones que hubo en el reino de Granada sobre la conversión de los moros


Luego que la fama corrió por los lugares del reino de Granada cómo los moros granadinos se tornaban cristianos, los de las sierras y de la Alpujarra, por consejo de algunos de los más principales del Albaicín, que se veían opresos y querían hacer su negocio con el peligro de cabezas ajenas, comenzaron a alborotarse; y en aquel año y en el siguiente, que fue de 1500, se rebelaron algunos lugares, diciendo que les quebrantaban los capítulos de las paces con que se habían entregado; y que pues no habían sido culpados en el rebelión, tampoco eran obligados a pasar por lo que los otros hacían para su descargo. Sabidos estos alborotos en Sevilla, el Rey Católico partió para Granada a 27 de enero, y mandó al conde de Tendilla y a Gonzalo Hernández de Córdoba que fuesen sobre el castillo de Güejar, donde se habían recogido algunos moros de los alzados; los cuales fueron luego sobre él, y ganándole le destruyeron, no sin gran daño de la gente de armas que llevaban; porque los enemigos de Dios araron de dos o tres rejas las hazas que estaban al derredor del lugar; y echando toda el agua de las acequias por ellas, empantanaron el campo de manera que atollaban los caballos hasta las cinchas; y viéndolos embarazados en aquellos atolladeros, cargaban sobre ellos de todas partes los peones sueltos por las lindes y veredas que sabían, y los herían y mataban. El conde de Lerín, que tenía su estado en el reino de Navarra, fue sobre Andarax, porque los moros de aquella taa se habían hecho fuertes en el castillo del Lauxar; y ganándole por fuerza de armas, voló con pólvora la mezquita mayor, donde se habían recogido las mujeres y niños de aquellos lugares. Y el rey don Hernando entró por el valle de Lecrín, y cercó y ganó el castillo y lugar de Lanjarón, viernes a 7 días del mes de marzo, llevando consigo al alcaide de los Donceles, al conde de Cifuentes, al comendador mayor de Calatrava, a Gonzalo Mejía, señor de Sanctofimia, y a otros muchos señores y caballeros; y un moro negro, que tenían los alzados por capitán, no queriendo venir, ni poder de cristianos ni dejar de morir moro, se echó de la torre abajo, y se hizo pedazos, cuando vio que los otros se rendían. Siendo pues opresos los rebeldes con increíble presteza, y allanadas las cosas de la Alpujarra, volvió el Rey a Sevilla; y trayendo consigo a la Reina, tornaron a Granada, sábado 23 días del mes de julio. Y en los meses de agosto, setiembre y octubre se convirtieron todos los moros   —157→   de la Alpujarra y de las ciudades de Almería, Baza, Guadix, y de otras muchas villas y lugares del reino de Granada. Y en este tiempo se alzaron los moros de Belefique, y en el siguiente año de 501, al principio dél, fueron presos y muertos por justicia, y las mujeres dadas por captivas. Los de Níjar y Güevéjar se dieron y fueron esclavos, excepto los niños de once años abajo, que los tornaron cristianos. Y en el mesmo año se alzaron ciertos lugares de moros de la serranía de Ronda y sierra Bermeja y Villaluenga, y sus altezas enviaron contra ellos al conde de Ureña y a don Alonso de Aguilar. Mas no les sucedió tan prósperamente, porque fueron desbaratados en un lugar llamado Calalui, cerca de Ginalguacil, martes en la noche, a 16 días del mes de marzo; y muriendo la mayor parte de nuestra gente, murió también don Alonso de Aguilar a manos de un moro llamado el Feri, vecino de Ben Estepar. Escapó don Pedro, su hijo, con los dientes quebrados de una pedrada, y el conde de Ureña y los demás con grandísimo trabajo. Por esta rota fue necesario que el proprio Rey Católico saliese de Granada, y con su presencia se allanó luego toda la tierra; y dejando ir a Berbería a los que no quisieron ser cristianos, se convirtieron los demás allí y en todo el reino; y lo mesmo hicieron dentro de pocos días los moros mudéjares que vivían en Ávila, en Toro y en Zamora y en otras partes de Castilla, que aun hasta entonces no se habían convertido.






ArribaAbajoLibro segundo


ArribaAbajoCapítulo I

Cómo los nuevamente convertidos sintieron siempre mal de la fe. Trata de los nombres de moro y mudéjar


Apaciguadas las alteraciones del reino de Granada, y convertidos los moros a nuestra santa fe católica de la manera que hemos dicho, los Católicos Reyes los fueron regalando con nuevas mercedes y favores, gobernándolos con amor, y haciéndoles todo buen tratamiento, y mandando a sus ministros de justicia y guerra que los favoreciesen y animasen. Mas luego se entendió lo poco que aprovechaban estas buenas obras para hacerles que dejasen de ser moros; porque si decían que eran cristianos, veíase que tenían más atención a los ritos y cerimonias de la seta de Mahoma que a los preceptos de la Iglesia Católica, y que cerraban de industria las orejas a cuanto los prelados, curas y religiosos les predicaban; y siendo ricos y más señores de sus haciendas de lo que eran en tiempo de los reyes moros, jamás se tuvieron por contentos, sospirando siempre con la memoria de su antigua era; y confiados en unas ficciones vanas, llamadas jofores o pronósticos, sólo en ellas ponían su esperanza, porque les decían que habían de volver a ser moros y a su primer estado. Esto duró al principio, mientras duraron los viejos con alguna manera de libertad por su barbarismo; y después, aunque con el trato comenzaron a sosegarse los que les sucedieron, sintiendo menos regalo y mayores opresiones de las justicias, como hombres que entendían ya cualquier cosa con la prática que tenían, empezaron a congojarse demasiadamente y a enfurecerse con su mala inclinación; de donde les crecía cada hora más la enemistad y el aborrecimiento del nombre de cristiano; y si con fingida humildad usaban de algunas buenas costumbres morales en sus tratos, comunicaciones y trajes, en lo interior aborrecían el yugo de la religión cristiana, y de secreto se doctrinaban y enseñaban unos a otros en los ritos y cerimonias de la seta de Mahoma. Esta mancha fue general en la gente común, y en particular hubo algunos nobles de buen entendimiento que se dieron a las cosas de la fe, y se honraron de ser y parecer cristianos, y destos tales no trata nuestra historia. Los demás, aunque no eran moros declarados, eran herejes secretos, faltando en ellos la fe y sobrando el baptismo; y cuanto mostraban ser agudos y resabidos en su maldad, se hacían rudos e ignorantes en la virtud y doctrina. Si iban a oír misa los domingos y días de fiesta, era por cumplimiento y porque los curas y beneficiados no los penasen por ello. Jamás hallaban pecado mortal, ni decían verdad en las confesiones. Los viernes guardaban y se lavaban, y hacían la zalá en sus casas a puerta cerrada, y los domingos y días de fiesta se encerraban a trabajar. Cuando habían baptizado algunas criaturas, las lavaban secretamente con agua caliente para quitarles la crisma y el olio santo, y hacían sus cerimonias de retajarlas, y les ponían hombres de moros; las novias, que los curas les hacían llevar con vestidos de cristianas para recebir las bendiciones de la Iglesia, las desnudaban en yendo a sus casas, y vistiéndolas como moras, hacían sus bodas a la morisca con instrumentos y manjares de moros. Si algunos aprendían las oraciones, era porque no les consentían que se casasen hasta que las supiesen, y muchos huían de saber la lengua castellana, por tener excusa para no aprenderlas. Acogían a los turcos y moros berberiscos en sus alcarías y casas, dábanles avisos para que matasen, robasen y captivasen cristianos, y aun ellos mismos los captivaban y se los vendían; y así, venían los cosarios a enriquecer a España como quien va a una India; y muchas veces se iban las alcarías enteras con ellos; aunque éste era el menor mal y de que menos pena habían de sentir los cristianos, porque les acontecía anochecer en España y amanecer en Berbería con sus vecinos y compadres. Para remedio destos males proveyeron los Reyes de Castilla algunas cosas de justicia y buena gobernación, y entre otras, la reina doña Juana, hija y heredera de los Católicos Reyes, entendiendo que sería de mucho efeto quitarles el hábito morisco para que fuesen perdiendo la memoria de moros, mandó quitárselo, dándoles seis años de tiempo para romper los vestidos que tenían hechos, y se disimuló con ellos otros diez hasta que fue mandada cumplir por el emperador don Carlos en el año de 1518, que vino a reinar en Castilla, y suspendida a suplicación de los moriscos el mesmo año por el tiempo que su voluntad. Después el licenciado Pardo, abad mayor de la iglesia de San Salvador del Albaicín, y los canónigos   —158→   beneficiados della que sabían bien cómo vivían los moriscos, informaron de nuevo a su majestad que guardaban los ritos y cerimonias de moros; y en el año de 1526, estando en la ciudad de Granada, proveyó visitadores eclesiásticos por toda la tierra, y fueron nombrados para ello don Gaspar de Ávalos, obispo de Guadix; fray Antonio de Guevara, el licenciado Utiel, el doctor Quintana y el canónigo Pero López. En el siguiente capítulo diremos lo que en esto hubo, porque en este lugar nos ocurre hacer una breve relación, para que el letor entienda lo que es moro y mudéjar, y de donde vinieron estos nombres. Los setarios secuaces de Mahoma propriamente deben ser llamados con dos solos nombres, alárabes o agemes: los alárabes son los originarios, y los agemes los advenedizos que de otras naciones y provincias abrazaron su opinión. A éstos llaman generalmente los mahometanos entre sí mucelemin, y nosotros los llamamos moros, nombre improprio, porque mauros fueron otros pueblos fenicios que vinieron de Tiro a poblar en África, y edificaron la ciudad de Útica, y después la de Cartago, setenta y dos años antes de la fundación de Roma, cuya historia es ésta. Los fenicios fueron valerosos en las artes bélicas, y dieron después nombre a las dos Mauritanias, Tingitana y Cesariense, y tuvieron grandes victorias debajo las conductas de sus capitanes Macheo, Magon, Asdrúbal primero, Amílcar segundo, Annone, Gisgon, Aníbal, Asdrúbal segundo, Safo, y otros que refieren las historias de Trogo Pompeyo y de otros que escribieron después dél. Éstos entraron al principio en África por vía de paz y so color de contratar con los penos pastorales o númidas; después hicieron sus colonias y guerrearon con ellos y haciéndose poderosos con los buenos sucesos, conquistaron y ocuparon la mayor parte de Berbería y las islas de Cicilia y Sardeña; y pasando en tierra firme de Italia, pusieron temor a los poderosos romanos, que entre envidia y codicia dieron después fin a su prosperidad, destruyendo y asolando la famosa ciudad de Cartago. Los mauros, fenicios o cartaginenses, como los quisiéremos llamar, que escaparon de la ira de los romanos, derramándose por África entre los penos, constituyeron señorío en algunas partes, especialmente en las Mauritanias, y dellos vienen los que agora llaman azuagos; y porque así éstos como los otros mauros de Fenicia abrazaron la seta de Mahoma en el número de los agemes, el vulgo cristiano los llama comúnmente a todos moros; y así los que lo son se honran mucho de aquel nombre, entendiendo por mucelemines y que es el nombre que ellos tienen por epíteto de santimonia, interpretado hijos de salvación. Los mudéjares vienen de los alárabes y de los agemes africanos y de otras naciones, y son los que se quedaron en España en los lugares rendidos por vasallos a los reyes cristianos, a los cuales, porque servían y hacían guerra contra los otros moros, los llamaron por oprobrio mudegelín, nombre tomado de Degel, que es en arábigo el Antecristo; y no por ser de casta de judíos, como algunos han querido decir. Esto baste para la etimología destos nombres, que todo se pone aquí por curiosidad.




ArribaAbajoCapítulo II

Cómo el emperador don Carlos mandó hacer junta de prelados en la ciudad de Granada para reformación de los moriscos


Habiendo hecho los visitadores por todos los lugares de moriscos del reino de Granada su visita, y siendo informado el cristianísimo emperador don Carlos cuán conveniente cosa era, para que fuesen buenos cristianos, que dejasen el trato y costumbres que tenían de tiempo de moros, juntando la apariencia con las obras, estando todavía su majestad en Granada, mandó hacer junta de los más estimados teólogos que a la sazón se hallaban en el reino, a quien encomendó aquel negocio, para que tratasen del remedio que se podría tener para hacérselo dejar. Juntáronse en la capilla real que los Católicos Reyes don Hernando y doña Isabel fundaron para su enterramiento en la Iglesia Mayor de aquella ciudad, don Alonso Manrique, arzobispo de Sevilla y inquisidor general de España, don Juan Tavera, arzobispo de Santiago, presidente del real consejo de Castilla y capellán mayor de su majestad; don fray Pedro de Álava, electo arzobispo de Granada; don fray García de Loaysa, obispo de Osma; don Gaspar de Ávalos, obispo de Guadix; don Diego de Villalar, obispo de Almería; el doctor Lorenzo Galíndez de Carvajal y el licenciado Luis Polanco, oidores del real consejo, don García Padilla, comendador de la Orden de Calatrava; don Hernando de Guevara y el licenciado Valdés, del consejo de la general Inquisición; y el comendador Francisco de los Cobos, secretario de su majestad y de su consejo. En esta junta se vieron las informaciones de los visitadores, los capítulos y condiciones de las paces que se concedieron a los moros cuando se rindieron, el asiento que tomó de nuevo con ellos el arzobispo de Toledo cuando se convirtieron, y las cédulas y provisiones de los reyes, juntamente con las relaciones y pareceres de hombres graves. Y visto todo, hallaron que mientras se vistiesen y hablasen como moros conservarían la memoria de su seta y no serían buenos cristianos, y en quitárselo no se les hacía agravio, antes era hacerles buena obra, pues lo profesaban y decían. Mandáronles quitar la lengua y el hábito morisco y los baños; que tuviesen las puertas de sus casas abiertas los días de fiesta y los días de viernes y sábado; que no usasen las leylas y zambras a la morisca; que no se pusiesen alheña en los pies ni en las manos ni en la cabeza las mujeres, que en los desposorios y casamientos no usasen de cerimonias de moros, como lo hacían, sino que se hiciese todo conforme a lo que nuestra Santa Iglesia lo tiene ordenado; que el día de la boda tuviesen las casas abiertas y fuesen a oír misa; que no tuviesen niños expósitos; que no usasen de sobrenombres de moros, y que no tuviesen entre ellos gacis de los berberiscos, libres ni captivos.

Todas estas cosas se pusieron por capítulos, con las causas y razones que los habían movido a ello; y consultado a su majestad, los mandó cumplir. Mas los moriscos acudieron luego a contradecirlos, informando con sus razones morales, como gente que ninguna cosa sentían tanto como haber de dejar su traje y lengua natural, que era lo que más sentían; y dieron sus memoriales, y hicieron sus ofrecimientos, y al fin alcanzaron con su majestad, antes que saliese de Granada, que mandase suspender los capítulos por el tiempo que fuese   —159→   su voluntad; y con esto cesó la ejecución por entonces. Y aunque después en el año de 1530, estando el Emperador ausente destos reinos, la Emperatriz nuestra señora mandó despachar sus reales cédulas al arzobispo de Granada, y al Presidente y oidores, y a los proprios moriscos, encargándoles y mandándoles que diesen orden como se quitase aquel traje deshonesto y de mal ejemplo, y que las moriscas trajesen sayas y mantos, y sombreros como cristianas, acudieron otra vez al Emperador, y le suplicaron mandase suspender aquellas cédulas, representando los grandes inconvenientes que había en la ejecución, la pérdida de las rentas reales y el desasosiego del reino; y ansí mandó su majestad suspender los capítulos segunda vez, hasta que viniese a España. No ponemos en este lugar los capítulos, porque van adelante con la contradición que los moriscos hicieron a los que se hicieron en la villa de Madrid, que fue todo una cosa, y resultó de allí el rebelión de que trata esta historia.




ArribaAbajoCapítulo III

Cómo se quitó a los moriscos que no pudiesen servirse de esclavos negros, y se les mandó a los que tenían licencias de armas que las llevasen a sellar ante el capitán general


En el año de nuestra salud 1560, estando ya retirado a la contemplación de las cosas divinas el cristianísimo emperador don Carlos, nuestro señor, en el monasterio de Yuste, habiendo dejado el gobierno de todos sus estados al Católico Rey don Felipe, su hijo, segundo deste nombre, en las primeras cortes que celebró en la ciudad de Toledo el mesmo año, los procuradores de Cortes, informados del daño que se seguía de que los moriscos del reino de Granada tuviesen esclavos negros de Guinea en su servicio, porque los compraban bozales para servirse dellos, y teniéndolos en sus casas, les enseñaban la seta de Mahoma y los hacían a sus costumbres, y demás de perderse aquellas almas, crecía cada hora la nación morisca, con menos confianza de fidelidad, suplicaron a su majestad se los mandase quitar; y a su pedimento se mandó que ningún morisco tuviese esclavos negros en su casa ni en sus labores, cometiendo la ejecución dello a las justicias ordinarias del reino. Deste mandato se agraviaron todos en general, diciendo que se tenía poca confianza dellos y de su trato, y que en caso que se les hubiese de quitar los esclavos, había de entenderse solamente con los hombres sospechosos, y no con toda la nación, donde había muchos nobles que se trataban como cristianos y se preciaban de serlo, estando emparentados con ellos, y que no había causa ni razón para que les hiciesen un agravio tan grande. Y su majestad, con acuerdo del Real Consejo, por una declaración que sobre ello se hizo, mandó que no se entendiese lo proveído con las personas particulares, de quien no se debía tener sospecha, ni con los que estuviesen casados o se casasen con cristianas. Desto suplicaron segunda vez los moriscos del reino, diciendo que los esclavos negros eran el servicio de sus casas y de sus labores, y era destruirlos si se los quitaban; y con grandísima instancia pidieron que se entendiese la limitación con t, ción, sin eceptar personas, pues eran todos y vasallos de su majestad. Luego acudieron a don Íñigo López de Mendoza, conde de Tendilla, que ya era alcaide de la fortaleza de la Alhambra y capitán general del reino de Granada, en vida de don Luis Hurtado de Mendoza, marqués de Mondéjar, su padre, que a la sazón era presidente del consejo real de Castilla; y poniéndole delante los beneficios que los naturales de aquel reino habían recebido de sus antepasados, y los servicios que la nación les había hecho, le suplicaron que tomando la mano en aquel negocio, los favoreciese, y procurase con su majestad la suspensión de aquel capítulo de cortes, de que tanto daño les venía. El Conde les ofreció que haría lo que pudiese, como lo había hecho siempre en las cosas que se les ofrecían, y ansí lo hizo. Mas viendo aquella gente sospechosa que no sucedía el negocio conforme a su deseo, entendiendo que lo había tratado tibiamente, o por ventura les había sido contrario, comenzaron algunos dellos a desgustarse, procurando favorecerse de otras personas, y hicieron revocar una merced que de pedimiento del reino le había hecho su majestad en la renta de la farda, de dos mil ducados de ayuda de costa en cada un año; y de aquí nació que también el conde de Tendilla les diese poco gusto de su parte. Entraron luego los celos de la división entre la Audiencia real y él sobre cosas harto livianas, torciendo el entendimiento de las concordias que estaban hechas y confirmadas por los Reyes, y trayéndolas cada cual a su opinión, no queriendo tener igual y procurando conservar superioridad. Pretendía el Audiencia por su parte quitar el conocimiento de las causas al Capitán general, o a lo menos emendar lo que hacía. Estiraba él su cargo cuanto podía, y de aquí vino a pasiones particulares, que redundaron después en daño de muchos que estaban bien descuidados. Porque luego con voz de restituir al público concejil lo que tenían ocupado algunos de la Audiencia y otras personas del cabildo de la ciudad, se dio noticia a su majestad, y se proveyó juez de términos contra ellos; lo cual fue causa de echar a las vueltas algunos moriscos de sus haciendas; gente encogida y miserable, que viéndose desposeer de las heredades y tierras que habían heredado, comprado o poseído, no menos sentían este gravamen que los otros. Demás desto, el conde de Tendilla, viendo que se le habían desvergonzado y cobrado alas con otros favores, para tenerlos más sujetos trató con el fiscal de la Audiencia real y con el cabildo de la ciudad de Granada que pidiesen a su majestad confirmación de una cédula que el emperador don Carlos había dado el año del Señor 1553, en que mandaba que todos los moriscos del reino de Granada, de cualquier estado y condición que fuesen, que tuviesen licencias para traer armas, las llevasen a registrar ante el Capitán general, para que las mandase sellar, y que no las pudiesen traer ni tener de otra manera. Esta cédula se mandó luego confirmar en el Consejo, con relación que algunos moriscos, so color de tener licencias de armas, compraban más cantidad de las que habían menester, y las vendían o daban a los monfís y hombres escandalosos. Y aunque hubo contradición de su parte, no les aprovechó, y fue tanto lo que lo sintieron, que muchos dejaron de traer las armas por no ponerse en aquella sujeción, y pocos fueron los que las llevaron a registrar y sellar; todos quedaron descontentos, indinados y con poco sosiego. De allí adelante, habiendo poca conformidad entre los superiores, menudeaban   —160→   quejas a su majestad, con que cansados los oídos de los de su consejo, y él con ellos, las provisiones no tuvieron efeto, y salieron varias o ningunas, perdiendo con la importunidad el crédito, y se proveyeron muchas cosas de pura justicia, que conforme a la calidad de los tiempos se pudieran dilatar, o llevar con menos rigor.




ArribaAbajoCapítulo IV

Cómo se mandó que los moriscos delincuentes no se acogiesen a lugares de señorío ni gozasen de la inmunidad de la iglesia más de tres días


Estos mesmos días las justicias y los concejos de los lugares del reino de Granada que eran cabezas de partidos informaron a los oidores y alcaldes de la Audiencia Real como en los lugares de señorío se acogían y estaban avecindados muchos moriscos que andaban huidos de la justicia por delitos, y teniendo allí seguridad, salían a saltear y robar por los caminos, y que los señores cuyos eran los lugares los favorecían y amparaban por tenerlos poblados, y desta manera crecía el número de malhechores y había poca seguridad en la tierra, y convenía mandar que no los acogiesen y que las justicias realengas entrasen a prenderlos donde los hallasen. Pareciendo pues a la Audiencia que no convenía que los delincuentes tuviesen aquella guarida, informaron sobre ello a su majestad en su real consejo, y con él consultado, se mandó despachar provisión para que los señores no recogiesen gente desta calidad en sus pueblos, y las justicias realengas pudiesen entrarlos a prender donde quiera que los hallasen. Había muchos moriscos que habiendo sido perdonados de las partes, y estando sus negocios olvidados muchos años había, vivían en lugares de señorío y estaban avecindados y casados en ellos. Estaban con alguna manera de quietud entendiendo en sus oficios y labores del campo, y como los escribanos comenzasen a revolver papeles, buscando causas, y las justicias los apretasen con rigor, perdiendo la confianza que tenían del favor de los lugares de señorío, y viendo que tampoco se podían entretener en las iglesias ni estar retraídos más de tres días en ellas, porque así se había proveído también estos días, comenzaron a darse a los montes, y juntándose con otros monfís y salteadores, cometían cada día mayores delitos, matando y robando las gentes, y andando en cuadrillas armados y tan a recaudo, que las justicias ordinarias eran ya poca parte para prenderlos, por no traer gente de guerra consigo. Luego entró la duda de la competencia de su jurisdición que dijimos, sobre si pertenecía al Capitán general, que solía hacer semejantes castigos por razón del oficio de la guerra, o a las justicias, por ser negocio de rigor de ley; y al fin se cometió a las justicias, dando facultad a don Alonso de Santillana, que a la sazón era presidente en la audiencia real de Granada, y a los alcaldes del crimen, para que a costa de los moriscos recogiesen cierto número de gente a sueldo que anduviesen en seguimiento de los delincuentes, no excluyendo en parte al Capitán general, sino que también él prendiese y castigase. La Audiencia hizo dos cuadrillas pequeñas de a ocho hombres cada una, que ni eran bastantes para asegurar la tierra ni fuertes para resistir a los monfís; y ansí se acrecentó con ellos el daño. Porque por nuestros pecados el día de hoy van los negocios más enderezados al interés particular que al bien público, y aunque la intención del Consejo Real fue santa y buena, la sobrada diligencia y el modo de proceder fue dañoso, porque los alguaciles y escribanos, que eran los ejecutores, queriendo enriquecer en esta ocasión, no sólo perseguían a los que entendían ser culpados, más aun molestaban a los que estaban quietos y pacíficos en sus casas; y extendieron la codicia tanto, que pocos moriscos había ya en el reino que no los hallasen culpados. Con estas opresiones, siguiéndolos también el capitán general por su parte y la Inquisición y el Arzobispo, no teniendo donde poderse guarecer en poblado, se dieron a los montes muchos que hasta entonces no lo habían hecho. Ayudó también por su parte la desorden de los soldados que se alojaban en las alcarías en las casas de los moriscos; y demás de la costa ordinaria que les hacían, que era mucha, usaban de las codicias y deshonestidades que la licencia militar trae consigo cuando no precede el temor de Dios; y por ventura, como después se entendió, eran más los delitos que ellos cometían que los delincuentes que prendían. Desta manera fue creciendo el mal con la medicina y el número de los monfís, muchos de los cuales se recogían en la ciudad de Granada, y metiéndose en el Albaicín, salían a saltear de noche, mataban los hombres, desollábanles las caras, sacábanles los corazones por las espaldas y despedazábanlos miembro a miembro; y de junto a los muros de la ciudad y dentro captivaban las mujeres y los niños y los llevaban a vender a Berbería. De aquí tomó principio la esperanza de los ánimos escandalosos y ofendidos, y estos mismos fueron instrumento principal del rebelión, como se entenderá por el discurso desta historia.




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