 Libro tercero
 Capítulo I
Cómo don Juan Enríquez y con él algunos
moriscos principales fueron a la corte sobre la suspensión
de la premática
Los moriscos, pues, acordaron todavía
de enviar estos días a la corte sobre estos negocios,
sin embargo de lo que el presidente don Pedro de Deza les
había dicho. Y porque para cosa de tanta importancia
convenía que fuese persona de calidad, a quien diese
su majestad grata audiencia, pidieron con mucha instancia
a don Juan Enríquez, el de Baza, que después
fue mayordomo de la Reina nuestra señora, que lo aceptase
en nombre del reino, como aquel que sabía bien cuánto
importaba a la quietud y sosiego de los naturales dél
que no se ejecutase la premática; el cual procuró
excusarse, por entender que el Presidente estorbaba por todas
las vías posibles que nadie fuese a importunar sobre
ello a su majestad; y don Enrique Enríquez, su hermano,
que tenía lugares poblados de moriscos, le aconsejó
que por ninguna manera lo dejase de hacer, pues conocía
los ánimos de aquellas gentes, y sabía cuán
mal recebían aquellas opresiones, y los inconvinientes
que se podrían recrecer dellas. Finalmente, fue a
la corte, y sin dar parte de su ida al Presidente, llevó
consigo dos moriscos de buen entendimiento, llamados Juan
Hernández Mofadal, vecino de Granada, y Hernando el
Habaquí, alguacil de Alcudia, lugar de la jurisdición
de la ciudad de Guadix, con poderes del reino; mas ya cuando
llegaron el Presidente había escrito a su majestad
y al cardenal don Diego de Espinosa, diciendo como por haberse
encargado don Juan Enríquez de favorecer a los moriscos
en aquel negocio, le habían inquietado y andaban alborotados,
estando ya llanos en el cumplimiento de la premática.
Siendo pues avisado don Juan Enríquez de lo que el
Presidente había escrito, dio parte a don Antonio
de Toledo, prior de San Juan, del negocio d que iba y de
las causas que le movían a ello, para que supiese
de su majestad si sería servido le informase; y siéndole
dada audiencia, le dijo el nombre del reino, como habiéndose
pregonado la premática y mandado ejecutar, se habían
escandalizado los moriscos, pareciéndoles que no se
podría cumplir. Que suplicaba a su majestad considerase
cómo en tiempo que había mejor comodidad las
había mandado suspender el cristianísimo Emperador,
su padre, por ser los inconvinientes muchos y tan grandes,
que convendría mandar que se mirase mucho en ello;
y que como fiel vasallo había encargádose de
aquel negocio, entendiendo que convenía a su real
servicio que se suspendiesen, a lo menos en lo del traje
y lengua, que era lo que más sentían los nuevamente
convertidos. Dicho esto, le dio un memorial de todo lo que
tenía que decir en este particular de palabra; y el
Rey lo tomó en sus manos, y le dijo que él
había consultado aquel negocio con hombres de ciencia
y conciencia, y le decían que estaba obligado a hacer
lo que hacía; que vería su memorial, y proveería
en él lo que más conviniese al servicio de
Dios y suyo. Después desto dijo el prior don Antonio
a don Juan Enríquez que su majestad mandaba que acudiese
al cardenal Espinosa, porque él le daría resolución
en su negocio. El cual acudió a él, y apartándole
en un aposento, mandó que le leyese su secretario
el memorial que había dado, y después de leído,
le dijo: «Su majestad ha mandado hacer la premática
con acuerdo de muchos hombres religiosos que le encargan
la conciencia sobre ello, diciéndole que aquellas
almas son a su cargo, y que son moros y viven como moros;
y para remedio desto no se ha hallado otro mejor medio que
el que se ha tomado; y maravíllome mucho que una persona
de tanta calidad como vuestra merced haya querido ponerse
en hacer por ellos; porque entendiendo que se movía
para venir a esta corte, han tomado alas y puéstose
en contradecir lo que estaba ya llano». A esto respondió
don Juan Enríquez que tener la calidad que decía
le había hecho tomar la mano en cosa que tanto importaba
al servicio de su majestad y al bien de aquel reino; porque
si los hombres de su calidad no lo hacían, ¿quién
había que mejor lo pudiese hacer? Y el Cardenal le
replicó que era verdad,
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más que había
de ser en cosa de más justificación. Que el
negocio de la premática estaba determinado, y su majestad
resoluto en que se cumpliese; y así, le parecía
que se podría volver a su casa, y no tratar más
dél. Con todo eso informó don Juan Enríquez
a todos los del consejo de Estado, y dio a cada uno dellos
su memorial, representándoles los inconvinientes que
traía consigo la ejecución de la nueva premática.
Y aunque el duque de Alva y don Luis de Ávila, comendador
mayor de Alcántara, y otros, eran de parecer que se
sobreseyese por algún tiempo, a lo menos que se fuese
ejecutando poco a poco, jamás pudieron persuadir al
cardenal Espinosa a ello.
 Capítulo II
Cómo los moriscos fueron con el memorial remitido
al presidente de Granada, y lo que pasaron con él
Otro día salió el memorial decretado, que
acudiesen al presidente don Pedro de Deza. Y dejando de tratar
más de aquel negocio don Juan Enríquez, se
volvió a su casa, y los moriscos que habían
ido con él tomaron lo decretado y lo llevaron a Granada.
Y volviendo otra vez a suplicar al Presidente por el remedio,
les dijo que lo que habían pedido a su majestad era
que mandase revocar la premática, y que no era cosa
que se podía hacer, porque se había hecho por
su bien y para su salvación. Que mirasen bien en ello,
y hallarían que era la cosa que más habían
de desear; pues era cierto que andando vestidos y tratándose
como los otros cristianos del reino, no habría en
que diferenciarse los unos de los otros, y sus mujeres andarían
más honradas. Que se juntasen ellos mesmos, y confiriesen
y tratasen entre sí la mejor orden que se podía
dar en lo tocante a la ejecución, para que no fuesen
molestados, cohechados ni robados, y diesen sus declaraciones
de la manera que les parecía que se podría
mejor cumplir lo uno y lo otro; que él también
pensaría en ello por su parte, y lo que acordasen
se lo llevasen por escrito, para que de allí se tomase
el mejor medio. Mas, aunque después se tornaron a
juntar y trataron de algún medio, no les pareció
que era bien pedir cosa en particular, antes volvieron a
casa del Presidente, y le dijeron que pues su majestad le
había cometido aquel negocio, proveyese lo que en
ello se había de hacer. Y desahuciados ya dél,
comenzaron a revolver algunos jofores o pronósticos
que tenían; y disimulando unos, otros más atrevidos,
que tenían menos que perder, comenzaron a convocar
rebelión. Pongamos primero los jofores traducidos
a la letra de arábigo, y después diremos la
orden que tuvieron para convocarse, y el secreto que guardaron
en ello.
 Capítulo III
En que se contienen los pronósticos o ficciones
que los moriscos del reino de Granada tenían cerca
de su libertad
Tenían los moriscos de Granada ciertos
jofores o pronósticos, o por mejor decir, unas ficciones,
que debieron hacer algunos gramáticos árabes
para consuelo de los espectantes cuando nuestros cristianos
hubieron acabado de conquistar aquel reino, en los cuales
ponían alguna manera de confianza a los rústicos
ignorantes, haciéndoles creer los que les leían
que sería infalible lo que allí se contenía;
y porque esta vana confianza les causó harta parte
de su desasosiego, los ponemos en este lugar a la letra,
tales como fueron traducidos por el licenciado Alonso del
Castillo, traductor del santo oficio de la Inquisición
de Granada, y por su mandado. El cual nos dijo que los había
hallado mal escritos, porque los que los habían trasladado
de los originales no debieron de entenderlos bien, y así
estaban varios, y no correspondían ni conformaban
en las sentencias, y aun del sujeto y materia dellos parecía
estar torcidos a voluntad de los desconsolados y afligidos
moros, que se veían despojados de su libertad y de
su tierra. La lengua árabe es tan equívoca,
que muchas veces una mesma cosa, escrita con acento, agudo
o luengo, significa dos cosas contrarias; y lo mesmo hace
estando escrita con un acento y con una ortografía
en diversas oraciones; y no es de maravillar que los moriscos,
que no usaban ya de los estudios de la gramática árabe,
sino ora a escondidas, leyesen y entendiesen una cosa por
otra. Finalmente los juicios o jofores que les engañaron
fueron tres: los dos primeros se hallaron entre unos libros
árabes que estaban en el santo oficio de la Inquisición
de Granada, y el tercero halló un soldado en la cueva
que dicen de Castares, en la Alpujarra. Los cuales, de la
manera que fueron traducidos, son como se sigue PRONÓSTICO
O FICCIÓN QUE SE HALLÓ EN UNOS LIBROS ÁRABES
EN EL SANTO OFICIO DE LA INQUISICIÓN DE LA CIUDAD
DE GRANADA: Con el nombre de Dios, misericordioso y piadoso.
Éste es el metro divino que compuso mi señor
Zayd el Guerguali, que Dios perdone, y dice así: «¡Oh
cuanto ha que aguardo lo prometido en las profecías
acerca de lo que el verdadero Profeta prometió, y
Dios tiene proveído! Lo cual le fue revelado, no por
lengua de gentes, y se lo declaró; y no faltará
letra de la providencia de nuestro buen Dios, y será
como Él lo dice. De la novena generación quiero
hablar, por quien el legislador rogó muchas veces
a Dios que hubiese piedad; cuya oración oyó
Dios, y ha parecido. ¡Oh varones! Quiero especificar lo que
el Profeta adivinó de la isla encerrada entre los
mares, que es la isla del Español, cuyo juicio ha
parecido por su dicho y por dichos de profetas y varones,
escrito todo maravillosamente por adivinación antigua,
en lo cual se ha tenido la ley y en el dicho de Alí,
que declaró lo que había de ser hasta agora,
y todos lo han tenido, y les ha parecido que es lo que Odeifa
anunció y por él está divulgado, y ansimesmo
se lee por autoridad de Zahabe y de Daniel, porque en lo
que Alí dijo no hay duda; a él dan crédito
todas las gentes, y dél se han leído grandes
hazañas que han acaecido como él lo dijo. El
cual, hablando del poniente y de la Andalucía en sus
profecías, dijo que sin duda la habían de poseer
los descreídos; y esto es cierto haber sido ansí,
y todos lo han visto, así los de buen juicio, como
los que tienen advertencia en lo que pasa. Pues el año
96 se tornará a conquistar cumplidamente, y todas
sus ciudades se poblarán, alzando en ellas un príncipe;
y, antes que esto se quiera comenzar, con parecer del común
todos los ciudadanos irán a poblar los campos, y sembrarán
la tierra, y la sazón será cuando pareciere
un cometa anunciador del bien y libertad. Asosegaranse los
alborotos, y los de Meca
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saldrán, y vendrá
el enemigo de los crueles de las tierras del Haraje, que
son en el levante en los reinos del Yamen, y conquistará
la tierra de Ceuta, Alcázar y Tánger, y la
tierra de los negros, y con grandes ejércitos de turcos
bajará al poniente, y conquistará a sus moradores,
señores injustos e infieles, que adoran muchos dioses;
y volverá todo el reino a la sujeción del mensajero
de Dios, y la ley será ensalzada, y la generación
de los que adoran un solo Dios poseerá a Gibraltar,
que fue dellos su origen y entrada, y a ellos ha de volver.
Y en la sucesión décima se cumplirá
nuestra dicha, y lo que hubiere en ella de trabajos será
de los judíos. Grandes infortunios vendrán
a la casta maldita judaica y a los que adoran las imágines;
y grandes misterios habrá en el poniente y en las
tierras del Cinth en el levante, y en las tierras de Azasate,
y con vitoria y exaltación se excluirá todo
escándalo. De allá de Tamor, que son tierras
en levante, y de la provincia del Xem, ha de venir el conquistador
a la fortaleza de las Damas, Y vendrán con él
grandes capitanes de bárbaros, el Xerife, Eidar, Zaide
el Moreno, Yahaya el Farid, y Abul Celem, que con su brazo
desnudo se mostrará entre todas las gentes. Y el castigo
de Granada será historia admirable, porque en alboroto
de guerra quedarán sus casas asoladas por el hierro
que se hará en ella con mentira y engaño, hasta
venir a punto de muerte la generación de los naturales,
por mandado de los descreídos. Y cuando venciere el
vino los juicios de los gobernadores, entonces mandarán
asolar las alcarías, y al cabo todas las gentes se
atendrán a hacer paces. En estas paces, grandes pueblos
y fortalezas, se perderán por traición, y en
año 92 y 93 se verán grandes comunidades entre
dos partes. Málaga se perderá totalmente; y
no será ella sola, sino todas las ciudades, porque
el levantamiento de las honras hace perder los reinos; y
los que no se rigen con prudencia, acompáñalos
toda tristeza y pesar. En esta comunidad de guerra de gentes
faltará la fe, y la ley será desamparada; los
hombres sabios vendrán a ser escarnio de todos, y
ocuparse han los gobernadores en sacar las gentes de sus
pueblos, y en asolar los lugares con perder los pechos, sin
poder ofender la África, dejándola atrás.
Y luego incontinente tras desto sucederá a los infieles
guerra, y en el reino de Granada no quedará pueblo.
Y en el año largo crecerá la discordia, y serán
muy pocos en número los que escaparen de trabajo y
abatimiento, y habrá muertes; y el trono y vitoria
del poniente, aguardadlo de los africanos, porque lo que
el verdadero Profeta dijo, necesariamente se ha de ver en
las gentes: «Huirán de los poblados; y cuando errare
el hijo desobediente, serán buenos los viajes; y cuando
el término de Dios allegare de noche antes que de
día, se aparejará la mar para que corran por
ella los navíos sin peligro». Y lo que Dios reveló
no faltó ni faltará. Los climas de los cristianos
serán rompidos de la ley de los moros; y cuando reinare
el encorvado, siempre irá en diminución, y
vendrán los negros a conquistar a Ceuta, y las tierras
de Murcia, y la fortaleza de las Palomas la labrarán
los judíos. Los turcos caminarán con sus ejércitos
a Roma, y de los cristianos no escaparán sino los
que se tornaren a la ley del Profeta, los demás serán
cativos y muertos. Esta vuelta será forzosamente en
poniente y al mediodía y en las tierras de los negros,
y parecerá este suceso por todos los reinos, y de
la tierra del Tíbar saldrán conquistadores
contra los descreídos». Y dice más: «Oh sierra
de Taric, tu entrada y conquista es la verdadera estrena».
Habéis de entender en esto, que en Ceuta, y en Tánger,
y en los alcázares, y en todas sus comarcas, de necesidad
no quedará rama, y serán conquistadas. Y que
la isla de España y Málaga se tornará
a labrar y edificar con esta vuelta, y será dichosa
con la ley de los moros, y que a Vélez y Almuñécar
les será abajada la soberbia que tienen en la herejía,
y a Córdoba sus vicios y pecados; y que harán
callar su campana los almuédanes, de pura necesidad;
y por el consiguiente será expelida la herejía
de Sevilla, y se remediará la destruición que
hubo en ella en tiempo de su pérdida, con la aparencia
de los fieles; y se cumplirá la profecía del
profeta Daniel, que dijo que se había de libertar
después de perdida por un rey tirano; y vimos su salida:
plega a Dios se verifique en ella lo dicho. Dijo Dios altísimo
en su divino libro: «¿Por ventura no habéis visto
a los cristianos vencer en el cabo de la tierra, y después
de haber vencido, ser ellos vencidos propincuamente en pocos
días?» De Dios es este juicio; antes y después
fueron los creyentes gozosos en la vitoria; Él es
el que ayuda a quien es servido, y no faltará de la
promesa de Dios un punto. La primera de las señales
que habrá en esta profecía, oh varones, será
una muy grande señal, que parecerá un cometa
muy grande en medio del cielo, que dará mucha luz,
y después della ganará el rey de los turcos
una ciudad con su gente y rey. Y después desto muy
cerca poseerá la isla grande de Rodas, la cual, poseída
por los moros perpetuamente, habrán otras vitorias
los cristianos, que es de las grandes señales que
habrá desto. Y acudirán sus ejércitos
y crecientes por la Andalucía, hasta tanto que pensarán
dar fin a sus moradores, y de espanto muchos se volverán
a su ley. Mas después desto se levantará entre
ellos un amigo de verdad, el cual les aconsejará que
se alcen con la ley de Dios; y entonces vendrá la
creciente de los turcos sobre los cristianos y sobre toda
ciudad, lugar y fortaleza; y habrá acerca desto tres
levantamientos. El primero será de abatimiento y pérdida;
el segundo será de engaño y mentira, que los
porná en el punto de la muerte; el tercero de honra
y gracia, puerta y entrada para ganar todas las ciudades
y reinos. Y será tan grande este rompimiento que harán
los turcos sobre los cristianos, que entrarán y conquistarán
todos sus reinos y ciudades desde el mar a Dailán
hasta el de Marcad, y no quedará más memoria
dellos ni se oirán sino sus llantos; y desta manera
se perderá esta isla con su gente, y la conquista
della bajará, y manará como la lluvia de las
nubes, y cualquier señor será esclavo. Dios
altísimo nos deje ver esta sucesión, que es
el alto dador. Y dijo más el autor sobre esto: «Cuando
el tiempo te espantare con los enemigos, y te hiriere la
conciencia y disensión de tus amigos, y te comprehendiere
el temor por todas partes, advierte en el artificio de nuestro
Dios cómo acudirá con lo que deseas de libertad
muy propincua, y empezarán a parecer los luceros y
estrellas de ventura, y te vendrán mensajes de descanso
y de albricias». Por tanto, no desesperes; que en lo secreto
y más oculto de la providencia de Dios hay grandes
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maravillas y secretos; y si entre tanto tu corazón
es deshiciere con miedo, y no te parecieren señales
de lo que esperas ni oyeres nuevas del amigo que esperas,
di ansí: «¡Oh mi Dios, dame la misericordia de tu
mano y ten compasión de mí»; que en esto hay
maravilloso secreto; porque, oh cuantos negocios hay que
confunden los corazones, y sucede después en alegría
y descanso! Muchos trabajos, después de bien encumbrados,
trajeron tras sí quietud y reposo; y cuando la escuridad
de la noche viene, se descubren estrellas y parecen luceros.
Por tanto esperad en Dios y procurad su gracia, y recebid
alegremente de su mano lo que os hubiere ya proveído,
y decid, estando conformado con su voluntad: «Recibo de Ti,
mi Dios, lo que me has ordenado, Dios mío, que eres
el sabidor de las cosas futuras.» Hasta aquí decía
literalmente este pronóstico o ficción, que,
como dijimos, fue hallado entre unos libros árabes
que estaban en el santo oficio de Granada; y el componedor
parece alegar por autor a un morabito llamado Cidi el Guerguali,
natural de Guergala, ciudad de Libia, de adonde los almorabidas
o morabitines vinieron cuando conquistaron en Berbería,
y después en España; y según parece,
es una recopilación de todas las cosas que se contienen
en la zuna, o teología árabe, cerca de la conquista
que aquellas gentes hicieron en nuestra Andalucía,
alegando autoridad desde lo que escribieron Alahabar, Caabi,
Odeifa, Alí y otros Halifas de los de la seta de los
morabitos, que, como dijimos, en nuestra África tienen
muchas opiniones diferentes de las de los legislas de la
seta de Mahoma, no embargante que a todos los abraza un mesmo
nombre y seta generalmente. SEGUNDO PRONÓSTICO O
FICCIÓN, QUE TAMBIÉN FUE HALLADO EN LOS LIBROS
QUE HABÍAN SIDO RECOGIDOS EN EL SANTO OFICIO DE GRANADA:
Con el nombre de Dios piadoso y misericordioso. Léese
en las divinas historias que el mensajero de Dios estaba
un día asentado, pasada la hora de la oración
que se hace al mediodía, hablando con sus discípulos,
que están todos aceptos en gracia, y a la sazón
sobrevino el hijo de Abí Talid y Fátima Alzahara,
que están asimesmo aceptos en gracia, y asentándose
par dél, le dijeron: «¡Oh mensajero de Dios! Haznos
saber cómo ha de quedar el mundo a tu familia en fin
del tiempo, y cómo se ha de acabar». El cual les dijo:
«El mundo se ha de acabar en el tiempo que hubiere la gente
más perversa y mala; y presto habrá generación
de mi familia en una isla a los últimos confines del
poniente, que se llamará la isla de la Andalucía,
y serán los últimos moradores della de mi familia,
que son los huérfanos de la familia desta ley y la
última sucesión della. Dios se apiade dellos
en aqueste tiempo». Y diciendo esto se le hinchieron los
ojos de lágrimas, y dijo: «Son los perseguidos, son
los atribulados, son los destruidores de sí mesmos,
son los afligidos, de quien Dios dijo: -No hay lugar que
perezca, que no sea por nuestra permisión. -Léase
hasta el cabo toda la zuna lo que acerca de esto hay escrito,
en lo cual alude Dios soberano a esto que he dicho; y esto
será por el olvido que terná la gente de la
Andalucía de las cosas de la ley, siguiendo sus aficiones
y deseos, amando mucho al mundo y desamparando las oraciones,
defendiendo las limosnas y negándolas, y atendiendo
solamente a la lujuria y a los alborotos y muertes; y porque
entre ellos crecerá el mentir, y el menor no reverenciará
al mayor, ni el mayor se compadecerá del menor, y
crecerá entre ellos la sinrazón, la sinjusticia
y los juramentos falsos. Y los mercaderes comprarán
y venderán con logro y con falsedad y engaño
en lo que vendieren y compraren, todo por cudicia de alcanzar
el mundo; cudiciando acrecentar las haciendas y guardarlas,
sin parar mientes cómo lo adquieren, y lo que tienen,
si lo han adquirido bien o mal». Y diciendo esto, se le hinchieron
otra vez los ojos de lágrimas y lloró, y todos
juntamente lloramos a su lloro. Y después dijo: «Cuando
parecieren en esta generación estas maldades, sujetarlos
ha Dios poderoso a gente peor que ellos, que les dará
a gustar cruelísimos tormentos, y estonces pedirán
socorro a los más justos dellos, y no se lo darán;
y enviará Dios sobre ellos quien no se compadezca
del menor ni haga cortesía al mayor, porque cada cual
ha de ser condenado por su culpa y ha de padecer su castigo.
Jamás hemos visto que haya permanecido logro en ninguna
generación, ni engaño en compras y ventas,
pesos y medidas, que Dios altísimo haya dejado de
castigarlo, defendiendo o deteniendo el agua de sobre la
haz de la tierra. No ha permanecido ni extendídose
la lujuria, sin que les haya enviado fenecimiento y muerte;
y jamás ha permanecido en alguna familia logro en
las compras y ventas, juramentos falsos en la ambición
y soberbia, que Dios todopoderoso no los haya castigado con
diversos géneros de enfermedades endemoniadas. Jamás
parecieron en ninguna familia muertes malas y públicos
homicidios, sin que Dios los sujetase y entregase en manos
de sus enemigos; jamás pareció en ninguna gente
la obra de la familia de Lot, sin que Dios los castigase,
enviándoles destruiciones y hundimiento de sus pueblos;
jamás pareció en familia alguna la poca caridad
y misericordia, y el poco temor de Dios en cometer todo mal
y ofensa, sin que Dios los castigase con no oír sus
oraciones y plegarias en sus tribulaciones y fatigas; porque
cuando parece el pecado en la tierra, envía el Señor
soberano el castigo que debe tener desde el cielo. Y no maldice
Dios a ninguno de los de mi familia hasta que ve perdida
la misericordia entre ellos, ni castiga a su siervo en este
mundo con mayor mal que la dureza de su corazón; y
así, cuando se endurece el corazón del hombre,
su Dios le maldice, y no oye su demanda ni ha misericordia
dél. Y cuando más enojado estará Dios
con sus siervos, será cuando se querrá acercar
el juicio; y esto por el exceso de sus vicios, por el olvido
que ternán del bien, y por ir apartados del camino
de la verdad». Y a esto lloró, y dijo: «Dios se apiade
dellos en esta isla, cuando parecieren en ellos estos vicios
y pecados, y dejaren de hacer y cumplir los consejos del
Alcorán; porque los más dellos en aqueste tiempo,
so color de devoción y religión, buscarán
el mundo y se vestirán de pellejos humildes de ovejas,
y sus lenguas serán más dulces que la miel
ni el azúcar, mas sus corazones serán de lobos
y sus hechos de hombres viles y malvados; y por ellos les
enviará Dios su castigo, y no oirá sus oraciones,
porque dan favor a la injusticia, y no entrarán en
él colegio de mi familia los injustos damnificadores
perpetuamente. Y el que se sonriere en faz de algún
injusto, o le hiciere lugar donde se
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siente, o le ayudare
o diere favor para hacer mal, ciertamente rasga el velo de
la salvación de su garganta. Y si algún rey
tiranizare en su tierra y no guardare justicia a sus súbditos,
mostrará Dios sobre él en su reino diminución
en los panes, en las frutas y en todos los demás bienes;
y cuando juzgare con verdad y con justicia, y no hubiere
en su reino crueldad ni injusticias, enviará Dios
altísimo su bendición en su reino y familia,
y en todo bien habrá aumento. Y ansí, cuando
en esta isla pareciere en la gente della la injusticia y
él desamparo do la verdad y la infidelidad, y reinare
la soberbia y traiciones, haciendo mal a los huérfanos,
tiranizando en sus tratos, saliendo de los preceptos de la
misericordia de Dios y obedeciendo al demonio, siguiendo
los vicios, atestiguando con mentira y falsedad, humillándose
a los ricos y ensoberbeciéndose con los pobres, por
la dureza de su corazón y soberbia, y su habla fuere
dulce y la obra amarga, entonces les enviará Dios
su castigo». Ya esto lloró otra vez, y dijo: «Por
la misericordia de Dios y grandeza de sus nombres, si no
fuese por las palabras de la confesión de que no hay
otro Dios sino Dios, y que yo soy Mahoma, su mensajero, y
por el amor que Dios me tiene, él enviaría
sobre ellos su castigo en todo extremo y rigor». Y lloró
más agramente, y dijo: «¡Oh mi Dios! Habed misericordia
dellos»; repitiendo estas palabras tres veces. «Mas por esto
enviará Dios sobre ellos gobernadores crueles y tan
perversos, que les tomarán sus haciendas sin razón,
hacerlos han sus cativos, mataránlos, y meterlos han
en su ley, haciéndoles que adoren con ellos las imágines
de los ídolos, y les harán comer con ellos
tocino; y sirviéndose dellos y de sus trabajos, los
atormentarán tanto, hasta hacerles echar la leche
que mamaron por las puntas de las uñas de los dedos,
y vernán a tanta opresión en este tiempo, que
pasando alguno por la sepultura donde estuviere su hermano
o su amigo enterrado, dirá: ¡Oh, quién estuviera
ya contigo! Y perseverarán en esto hasta venir a perder
toda la confianza de poderse salvar en la ley de salvación,
y los más dellos vernán en desesperación
y renegarán de la ley de la verdad». A esto lloró
más gravemente, y dijo: «Apiadarse ha Dios soberano
dellos con su misericordia, y volverles ha el rostro misericordioso,
mirándolos con ojos de clemencia, piedad y compasión;
y esto será cuando más se encendiere en ellos
la ponzoña de sus enemigos, cuando vinieren a quemar
muchos dellos con fuego ardiendo, ansí hombres como
mujeres, y niños de tierna edad, y viejos ancianos,
y cuando los sacaren y desterraren de sus pueblos; a esta
sazón se alborotarán los ángeles en
los cielos, y todos con gran de ímpetu irán
ante el acatamiento de Dios, y le dirán: ¡Oh nuestro
Dios! Unos de la familia de vuestro amigo y mensajero Mahoma
se están abrasando en el fuego, siendo vos el poderoso
vengador. Y a esto enviará Dios poderoso quien los
socorra, y los sacará deste grandísimo mal
y castigo». Y a esto lloró Alí, que está
acepto en gracia, y todos juntamente lloramos con él.
Y le dijo: «¿En qué año enviará Dios
este socorro y remediará sus corazones atribulados?»
Al cual respondió en esta manera: «¡Oh Alí!
Será esto en la isla de la Andalucía, cuando
el año entrare en ella en el día del sábado;
y la señal que habrá desta es que enviará
Dios una nube de aves, y en ella parecerán dos aves
señaladas, que la una será el ángel
Gabriel y la otra el ángel Miguel, y será el
origen de las demás aves de tierras de los papagayos,
las cuales darán a entender la venida de los reyes
de levante y de poniente al socorro de esta isla de la Andalucía,
con señal que primero acometerán a los primeros
del poniente. Y si hablaren aquestas aves, dan a entender
que a la parte que hablaren habrá grande alboroto
de guerra en el poniente, y a todos sucederán temores
grandes y alborotos. Habrá escándalos y comunidades
entre la ley de los moros y la ley de los cristianos, y volverá
todo el mundo a la ley de los moros; mas será después
de grande aprieto. Este año habrá muchas nieblas,
pocas aguas, los árboles llevarán muchos frutos,
los agostos del pan serán más abundantes en
los montes fríos que en las costas, y las abejas henchirán
sus colmenas en este año bendito». Hasta aquí
es la letra deste jofor. TERCERO PRONÓSTICO O JOFOR
QUE FUE HALLADO EN LA CUEVA DE CASTARES: Con el nombre de
Dios, piadoso y misericordioso. Las alabanzas sean a Dios
solo, que no hay otro sino Él. Éste es un juicio
sacado del dicho del mensajero que Dios santificó
y salvó, llamado Tauca, el Hamema, que quiere decir
pecho de la paloma, comparando su composición y elegancia
a la hermosura de las colores del pecho de la paloma; y dice
desta manera: «Dejad de contar las burlas y los atavíos
preciosos y las dignidades; no olvide vuestra memoria la
muerte, que la vida se va concluyendo; vuestras culpas son
más graves que los montes; convertíos a Dios,
y no os durmáis; que amaneceréis sepultados
entre las penas. Dejad de contar los ricos vergeles de los
edificios suntuosos y de las damas coronadas y arreadas,
y traed a vuestra memoria los alborotos del día del
juicio y la furia del infierno y sus incendios. En aquella
hora precederán estas señales: movimiento y
temblor de tierra, espanto y terror gradísimo, y otras
señales que los humanos no pueden declarar. El que
más habló dellas fue Odeifa, y son más
de setenta las que dijo haber oído decir al guiador
profeta de Dios, de las cuales son ocho las más notables,
y las otras menores que las siguen. Preguntaron muchos al
escogido por todas ellas, y él les declaró
algunas de las nombradas, de las cuales dijo ser: la aparencia
del mensajero de Dios, el descendimiento de la una en el
vergel de Tuhema después de salir el sol hendido.
Estas son las señales del juicio, de quien el Alcorán
alega y habla, y las demás semejantes son muchas,
y el día de hoy notorias en este mundo, más
aparentes que la luz resplandeciente. Dijo el escogido que
le seguía la nube: -Cuando vieres las mujeres ir tras
los hombres pidiéndolos sin empacho ni vergüenza,
y rabiando como las mulas de lujuria; cuando creciere el
logro y lo mal ganado en los hombres, y tomaren por ley la
injuria y los homicidios, y multiplicare la desobediencia
de hijos a padres; cuando vieres abatido al buen creyente
y ser los sabios perseguidos hasta venir a servir a los malos;
cuando vieres poblados todos los encuentros de tu casa de
lo ilícito y mal ganado; cuando tu suegro te viniere
a ser más cercano pariente que tu hermano legítimo,
y desamparares a tu hermano y obedecieres a tu amigo; cuando
vieres la madre caduca ganar con sus hijas entre los hombres,
y salir el hijo de
—173→
la obediencia de sus padres y obedecer
a su mujer en todo negocio; cuando vieres las pinturas en
los templos y las mujeres darse a las costumbres pravas y
vicios malos; cuando vieres los hombres de religión
vivir en ricos y suntuosos edificios, y crecer los soberbios
malhechores y diminuirse el número de los justos,
y los temerosos de Dios solos como huérfanos, y los
malos con las cabezas más pertinaces y duras que las
aplomadas sierras; cuando vieres las colas preceder a las
cabezas, y el amigo muy allegado negar a su amigo, y no osarse
fiar el hombre de aquél con quien se junta; cuando
vieres empobrecer la gente liberal y enriquecer y subir los
avarientos, y las manos liberales hacerse duras y crecer
el número de los mendigantes, cuando vieres la ley
desamparada y sus secuaces tan pocos como lunares blancos
en cabellos prietos, y los hombres hechos lobos cubiertos
con vestiduras o hombres y que el que fuere lobo comerá
con los lobos y al que no fuere lobo le comerán los
lobos; y cuando vieres crecer las discordias con agudeza
y ser las lluvias sobre la tierra pocas, en este tiempo será
fin. -Y cada vez que el mensajero de Dios la nombraba, se
le henchían los ojos de lágrimas, y decía:
-¿Qué tal será la vida del que en esta era
naciera? -Otras señales decía asimesmo ser
fuegos que se encenderán en Roma, que correrán
entre las gentes; y entre las aguas y la tierra, y será
un humor sutil que se alzará un estado sobre la haz
della y abrasará los pechos de los herejes. Y nombraba
hundimientos de pueblos que habría en el Hixecen levante
y en otros más abajo de Sacera, la demostración
de la puente de Alcázar de la pasada, y nombraba señales
por la virtud cumplida. Cuando se tomare a fuerza de armas
Constantina por los romanos, y cuando viéredes a los
moros, tan pujantes en vitoria, conquistar a Roma y ganar
a Portugal, entonces crecerán entre ellos las riquezas
de piedras preciosas y monedas hasta las partir con el escudo
de Cacim. Y cuando el mundo viniere a esta perfición,
es señal que vendrá la diminución después
de su cumplimiento, y los corazones vendrán en desasosiego,
y el mundo les huirá de entre las manos. Mas antes
desto quiero que sepáis que mandará Dios salir
en el poniente un rey tirano que lo atajará y sujetará,
cuyo rostro no tendrá señal de vista humana:
maltratará y juzgará con toda maldad a las
gentes; entre sus manos perecerán ellos con todos
sus bienes. Después del cual se levantará otro
de gran valor, que se llamará Jacob, cuyos infortunios
y calamidades crecerán y morirán de necesidad.
Esto veréis en el poniente con grande incomodidad
y alboroto, y las gentes vendrán en mucha diminución.
El Andalucía quedará huérfana sin rey
ni quien en ella sea obedecido, y estará algún
tiempo en este trabajo negra, confusa y escura, hasta llegar
la nueva dello a Roma. De allí saldrá un rey
en quien no habrá falta, rey hijo de rey. ¡Oh varones!
Embarcarse ha con grandes ejércitos que le acudirán
de necesidad y con él vernán a Granada, la
cándida y clara, donde le dirán: -Vos sois
nuestro rey forzoso y nuestro gobernador en todo caso. -El
cual subirá con sus ejércitos y compañas
a los alcázares de la Alhambra, y allí estará
algunos días encubierto; y desde allí conquistará
muchas y muy grandes fortalezas, climas y provincias de los
de poco en continuación; y veréis pujante el
cetro y corona de los moros. Poseerán sin duda a Sevilla,
y tomarán noventa ciudades a los herejes, y por sus
manos deste, a quien mejorarán, todas las ciudades
del poniente serán dichosas con él. En la primera
salida tomará la ciudad de Antequera, subiendo por
sus muros, y rompiéndolos a fuerza de armas. Siete
años durará esta vitoria, y las riquezas se
llevarán de tierra de herejes. Bendito sea el señor
Dios, que esta justicia hará, dando a gustar a los
infieles estos cálices de amargura cuando la hora
de esta ensalzación llegare y el poderío de
Dios altísimo. Enderezará este señor
su viaje a Segovia, y en el mes de Ramadán la entrará
en todo caso; y ansí irá prosiguiendo su vitoria,
que será continua, tomando con maña las fortalezas
de los cristianos. A esto sucederán diferencias entre
los gobernadores y el Rey. Y saldrá Dolarfe, rey de
cristianos, y rebelarse ha contra todo el pueblo, y romperlos
ha, y llevaralos hasta hacerles que se encierren en Fez;
y cuando vinieren a pasar por Gibraltar, estorbarlos ha el
mar, y cercarlos han por todas partes grandes ejércitos
de cristianos del rey Dolarfe. Los de las riquezas escaparán
huyendo en los navíos, y los que no pudieren pasar
morirán la mayor parte a cuchillo, y otros ahogados
en la mar. Y a la sazón enviará Dios un rey
de alta estatura, encubierto, más alto que las sierras,
el cual dará con la mano en la mar, y la henderá,
y saldrá de ella una puente que es nombrada en esta
historia, y las dos partes del pueblo escaparán nadando,
y la tercera quedará al cuchillo y agua hasta proseguir
los cristianos su vitoria. Y en un punto entrarán
en Fez a fuerza de armas, y entrando en la ciudad, buscarán
su rey, y le hallarán encubierto en la mezquita, con
la espada de Idris en la mano, convertido moro; lo cual visto,
todos los cristianos se volverán con él moros.
Luego subirá a la casa de Meca; y hará su oración
hasta ver lo claro del pozo de Zemzem y su agua. Y luego
nacerá el maldito viejo Anticristo, y se levantará.
En este tiempo enviará Dios grandísima esterilidad,
que durará siete años; en los cuales no parecerá
pan ni semilla ni agua, si no fuere lo que este viejo maldito
mostrare; el cual sembrará el trigo a mediodía
y lo cogerá a vísperas, plantará los
árboles y plantas con la mano derecha y cogerá
los frutos con la izquierda. Dirá al muerto que resucite,
y levantarse ha, y presumirá ser él el resultador
de los muertos y el Dios y señor que no tiene semejante;
y el que le siguiere y obedeciere no alcanzará bien
alguno y morirá hereje sepultado en los infiernos.
Irá tras las gentes mostrándoles muchos y diversos
mantenimientos y fuentes de aguas; y en su frente llevará
escrito: Tiranizó y pecó. Su figura de rostro
será espantable, porque no terná más
que un ojo, y sobre la cabeza llevará un fibrillo
lleno de manjar, redondo como la redondez de la luna. Veréis
las gentes; tras dél en tanto número, que no
cabrán en los lugares con sus hijos y familias. Subirá
en su cabalgadura de espantable hechura, y tenderá
el paso tanto como alcanzare con la vista; y en siete días
dará una vuelta a todo el mundo. Tendrá dos
ríos señalados, uno de agua y otro de fuego;
y si los que vinieren con él bebieren del agua, hallarla
han ardiendo como fuego. Verná con todas las familias
de los judíos, con las cuales hará obscura
la clara luz de la mañana. Entonces enviará
Dios altísimo a Jesucristo, hijo de María,
que le saldrá al encuentro en las tierras de Hexen,
y en viéndole
—174→
se deshará ante él como
un cobarde afeminado; y dirán las piedras y lugares:
-Entrado ha el enemigo de Dios debajo de nosotros; -y quedará
el guiador Cristo, en cuya virtud el lobo andará con
la oveja en amor. Los niños jugarán con las
serpientes y víboras ponzoñosas, y no les empecerán,
obligando a la ley de nuestro profeta y juzgando rectamente
en ella; y pondrá para las oraciones y horas una dignidad
del linaje de Mahoma perpetuamente, y en su tiempo todo hereje
se convertirá a Dios. Y hallando los de la tierra
este conocimiento, subirá Cristo al monte Tahor, y
romperá los muros de Juje y Mejigue, que son los pigmeos
cuyo número excederá a las arenas del mar,
y sus hechuras, rostros y facciones serán diferentes:
unos tamaños como plumas de escrebir, otros más
altos que las sierras, y otros ternán las orejas tan
grandes, que se asentarán sobre ellas, y con parte
dellas cubrirán la tierra, y desto será su
andadura de ochenta años». Otros muchos disparates
decía este jofor, que no ponemos aquí por no
hacer a nuestra historia; y si pusimos éstos tan por
extenso, fue por dar un rato que reír al lector, y
porque siendo una de las principales cosas en que estribaron
los moriscos para su perdimiento, fuera cortedad dejarlos
de poner. Revolviendo pues estos jofores, que veneraban como
cosa sagrada, y buscando entre ellos algún consuelo,
los setarios alcoranistas que por ventura los habían
compuesto se los glosaban, trayéndolos por los cabellos
al propósito de su pretensión, que era levantar
el reino. Farax, Abenfarax y Daud y otros fueron los que
comenzaron a mover el ignorante vulgo, diciendo que ya era
llegada la hora de su libertad que los jofores decían;
porque la ponzoña de los cristianos, sus verdaderos
enemigos, jamás había estado tan encendida
en sus corazones como al presente estaba; que los ángeles
del cielo, viendo la desventura y trabajo en que estaban
los naturales de aquel reino, pedían delante del acatamiento
de Dios que se apiadase dellos con misericordia, y venían
a sacarlos de tan gran sujeción y captiverio, y que
muchas gentes los habían visto andar en nubes en forma
de aves volando por encima de la Alpujarra, guiándolas
dos mayores y más vistosas que las otras; que el año
largo tan deseado entraba en sábado, y era el proprio
en que Mahoma había dicho a su yerno Alí que
enviaría Dios socorro a su familia; que ya no les
faltaba otra cosa ni tenían que esperar sino eran
los alborotos y escándalos que los jofores decían,
por que los temores y aflicciones presentes los tenían;
que las diferencias y comunidades sobre cosas de religión
entre moros y cristianos, y las que había entre los
mesmos cristianos, eran cierta señal de su remedio;
y que tomando luego las armas animosamente, fuesen ciertos
que serían con brevedad socorridos de los reyes de
levante y de poniente; y que ellos mesmos se ofrecían
de irlos a solicitar. Hubo otros que, so color de la astrología
judiciaria, les decían mil desatinos, fingiendo haber
visto de noche señales en el aire, mar y tierra, estrellas
nunca vistas, arder el cielo con llamas y muchas lumbres,
haciendo bultos por el aire, y rayos temerosos de estrellas
y cometas, que siempre se atribuyen a mudanza de estado.
Dando pues a entender torcidamente todas estas cosas, y catando
otros agüeros, a que demasiadamente es dada aquella
nación, afirmaban ser pasados todos sus trabajos,
y que los cristianos comenzaban ya a temer su felicidad,
especialmente viendo a su rey tan ocupado en guerras con
luteranos sobre la posesión de sus proprios estados,
y con otras naciones poderosas, contra quien no podría
prevalecer. Todo esto divulgaban aquellos herejes, acreditándose
con encargar al vulgo él secreto; y era tan grande
la eficacia con que lo certificaban, que aun ellos mesmos,
que lo habían inventado, lo creían, y tenían
por cierto que les sucedería como lo decían.
 Capítulo IV
Cómo se tuvo aviso en Granada que los moriscos de
la Alpujarra trataban de alzarse, y lo que se previno en
ello
Si bien procuraban los moriscos del Albaicín
aplicar con humildad la furia de la ejecución de la
nueva premática, con que por tan ofendidos se tenían,
en lo tocante a la seta, a las haciendas y al uso de la vida,
tanto a la necesidad cuanto al regalo de sus personas, no
por eso dejaban de intentar otros medios. Y habiendo buscado
entre los mayores peligros algún remedio, acordaron
que sería bien hacer con los moriscos de la Alpujarra
que tratasen de levantarse, y para moverlos a ello les daban
a entender ser negocio guiado por Dios para su libertad,
animándolos con las ficciones vanas de los jofores;
y exagerando la sujeción que tenían, les traían
a la memoria sus fuerzas, diciendo que había ochenta
y cinco mil casas de moriscos empadronadas para farda en
el reino de Granada, sin otras más de quince mil que
encubrían los repartidores, de donde por lo menos
saldrían cien mil hombres de pelea, que pondrían
en condición a España siempre que fuese menester,
y que cuando otra cosa no hiciesen, no les faltaría
lo que tanto deseaban, que era la suspensión de la
premática por vía de paz. Estas y otras muchas
cosas les decían aquellos herejes, persuadiéndolos
a que se levantasen ellos los primeros, porque el principal
intento de los hombres ricos del Albaicín no era que
hubiese rebelión general ni que entrasen berberiscos
en la tierra, ni querían ser sujetos a rey moro; que
ninguno les estaba tan bien como el que tenían: solamente
querían estarse como estaban, y hacer su negocio con
peligro de cabezas ajenas, hallando los ánimos de
los bárbaros serranos tan aparejarlos para ello. No
dejaron de darles a entender que luego se levantarían
todos, y que no quedaría ciudad ni alcaría
en el reino de Granada que no se levantase; mas hacíanlo
con grandísimo recato, temiendo ser descubiertos,
y representándoseles la prisión, el examen,
el tormento y los duros y ocultos suplicios del riguroso
imperio de los alcaldes de chancillería, en que se
habían de ver. Y por esta causa, ningún hombre
de entendimiento se osaba declarar ni hacer cabeza, aunque
echaron mano de algunos principales y ricos; sólo
Farax Aben Farax, nacido del linaje de los abencerrajes,
tomó el negocio a su cargo, teniéndose por
ofendido de las justicias; y holgaron los demás dello
por ser hombre aparejado para cualquiera sedición
y maldad, y más diligente que otro. Éste era
tintorero de tinta de arrebol, y teniendo trato por todo
el reino, comunicó el negocio con los que sabía
que estaban más ofendidos, y particularmente con don
Hernando el Zaguer, alguacil de Cádiar, llamado por
otro nombre Aben
—175→
Jouhar, y con Diego López Aben Aboo,
vecino de Mecina de Bombaron, y con Miguel de Rojas, vecino
de Ugíjar de Albacete, y con otros moriscos principales
de la Alpujarra, que estaban siguiendo pleitos criminales
en Granada; y viniendo todos en ello, concluyeron que el
rebelión fuese el jueves santo del año del
Señor 1568, porque en tal día como aquél
estarían los cristianos descuidados, ocupados en sus
devociones, y se podría hacer bien cualquier efeto.
Esto se divulgó luego de unos en otros por las alcarías,
y comenzó a venir gente a Granada para saber de los
autores, y especialmente de Farax Aben Farax, lo que se había
de hacer; el cual no los dejaba parar mucho, por que no fuesen
descubiertos; y les decía que se fuesen a sus casas,
y que hiciesen lo que viesen hacer a sus vecinos, porque
ya estaba todo concertado; y tenían en su favor armas,
gente y socorros de ginoveses y de turcos y moros de Berbería.
Estas nuevas acrecentaron los malos, y las cuadrillas de
los monfíes con mayor desvergüenza comenzaron
a andar por toda la tierra armados de ballestas, con banderas
tendidas, matando y robando a los cristianos que podían
haber a las manos; y eran pocos los días que no traían
a la ciudad de Granada hombres muertos que hallaban en los
campos con las caras desolladas, y algunos con los corazones
sacados por las espaldas. Hubo muchos religiosos y otras
personas particulares que dieron aviso a su majestad y a
los de su consejo, del desasosiego que traía aquella
gente con señales tan evidentes de rebelión;
mas nadie sabía decir el cómo ni cuándo,
ni poner remedio en ello, porque sólo consistía
en la suspensión de la premática, que todos
juzgaban por santa y buena. El que mejor y más cierto
aviso dio fue Francisco de Torrijos, beneficiado de Darrícal,
que era también vicario de las taas de Berja y Dalías
y del Cehel, y después fue canónigo de la catedral
de Granada; y púdolo bien hacer, porque siendo muy
ladino en la lengua árabe, por este y por otros respetos
le hacían amistad y le respetaban. El cual, avisado
por algunos amigos de lo que se trataba entre ellos, por
fin del año de 1568 escribió al Arzobispo de
Granada y al marqués de Mondéjar, que aún
se estaba en la corte, avisándoles cómo había
sabido por cosa cierta que los moriscos de la Alpujarra tenían
tratado de alzarse el Jueves Santo. Esta nueva y la carta
del beneficiado Torrijos envió fuego el Arzobispo
a su majestad para que mandase poner remedio con brevedad;
la cual fue cansa de apresurar la venida del marqués
de Mondéjar a Granada, con orden que visitase la Alpujarra
y la costa, y se informase particularmente de lo que el beneficiado
Torrijos decía. Por otra parte, poniendo recaudo en
la ciudad y en las fortalezas, el conde de Tendilla metió
en la Alhambra al capitán Lorenzo de Ávila
con la gente de las siete villas, y apercibió y armó
toda la gente de la ciudad, previniendo a los unos y a los
otros de manera, que los moriscos del Albaicín entendieron
que había sido descubierto el negocio por los alpujarreños;
y desdeñados de ver el poco secreto que habían
guardado, les avisaron que no hiciesen movimiento, porque
la ciudad estaba prevenida.
 Capítulo V
Cómo los moriscos del Albaicín mostraron
sentimiento de que se dijese que se querían rebelar,
y de lo que se previno
Como no se tratase de otra cosa en
las plazas y calles de la ciudad de Granada sino de que los
moriscos se andaban por rebelar, juntándose algunos
de los más ricos y principales del Albaicín,
con muestra de grandísimo sentimiento fueron a casa
del Presidente, y uno dellos le hizo su razonamiento desta
manera: «La prosperidad de fortuna que debajo del felicísimo
imperio de su majestad tenemos, se nos va convirtiendo en
deshonra a los que por edad entera y madura sabemos lo que
es mantener verdadera fe, y aun deseamos la muerte antes
que el fin della. Sienten mucho los naturales deste reino
ver que se trate de sus honras en las calles y plazas públicas,
llamándolos de traidores, y diciendo que se quieren
rebelar, siendo fieles vasallos de su majestad, y estando,
como estaban, quietos y pacíficos, y muy contentos
con la merced que Dios nuestro señor les ha hecho
en traerlos a verdadero conocimiento de su santa fe católica,
y en haberles dado un príncipe cristianísimo
que con tanto cuidado procura su bien y su salvación,
y que los proprios ciudadanos, sus compadres, y amigos, que
eran los que habían de favorecerlos y animarlos, sean
los que los quieren destruir y asolar. Y no sabiendo que
remedio se tener para que ésta su fidelidad y quietud
se conozca y entienda, para satisfacción desto decimos
los que estamos presentes, en nombre de los naturales, que
siendo su majestad servido, nos pondremos en las fortalezas
o prisiones que mandare, docientos o trecientos hombres de
los más principales, hasta tanto que se averigüe
nuestra inocencia, y la calumnia que los malos y codiciosos
nos imponen, con menos deseo de quietud que de llevarnos
nuestras haciendas. Hecho esto, será muy justo que
se provea cómo los infamadores escandalosos sean castigados
con rigor, para que sirviéndose, Dios y su majestad
en ello, se consiga el efeto de quietud que se pretende y
desea, y con tanto cuidado procura vuestra señoría,
en quien tenemos puesta toda la esperanza del remedio». Hasta
aquí dijo el morisco, y el Presidente, disimulando
el aviso que se tenía, le respondió que era
verdad lo que decía de haberse publicado por la ciudad
que los moriscos andaban alborotados y con algún desasosiego;
más que también se entendía que lo debían
causar algunos monfís y hombres livianos, que deseaban
semejantes ocasiones para tener aprovechamiento de las haciendas
ajenas; que en cuanto a sí, él estaba satisfecho
de que los del Albaicín no trataban cosa contra el
servicio de su majestad, porque los tenía por hombres
honrados, cuerdos y que sabían bien lo que les cumplía.
Que no dejaba de haber alguna ocasión de sospecha,
aunque él no la tenía, viendo que se metían
en el Albaicín tanto número de moriscos forasteros
con sus mujeres y hijos, dejando sus labores y granjerías
del campo, y en haberse hallado cantidad de ballestas en
poder de algunos ballesteros, y averiguándose que
las hacían para moriscos, como quiera que también
podía ser que fuesen para monfís. Y finalmente,
concluyó con decirles que no había para qué
ofrecerse los vasallos de su majestad a que los pusiese en
prisión como por rehenes, porque aquello se haría
cuando pareciese que convenía a su
—176→
real servicio,
y que diesen sus peticiones, pidiendo lo que viesen que les
convenía, porque lo comunicaría con el Acuerdo,
y se proveería en todo lo que hubiese lugar, justicia
mediante. Salidos los moriscos de las casas, de la Audiencia,
el Presidente mandó llamar a los alcaldes de chancillería;
y entendimiento que sería de provecho hacer algunas
prisiones con que tener enfrenada aquella gente, tomando
aviso del ofrecimiento que hacían, les mandó
que hiciesen que los escribanos del crimen buscasen todos
los procesos que había contra moriscos, así
delincuentes como fiadores, y los prendiesen poco a poco,
sin que se entendiese que era por causa del rebelión.
Y desta manera hicieron prender los alcaldes muchos hombres
sospechosos, y entre ellos algunos de los más ricos,
cuya prosperidad les fue al cabo deshonra, tomándoles
la muerte con apresurado paso la delantera, como se dirá
en su lugar. Proveyose ansimesmo comisión a los alcaldes
de chancillería para que quitasen los arcabuces y
ballestas a todos los moriscos que tenían licencias
para poder traer armas, y que solamente se entendiesen y
extendiesen a una espada y un puñal y una lanza cuando
saliesen al campo, conforme a una provisión que el
emperador don Carlos había mandado despachar sobre
ello; y haciéndolos prender, los mandaba soltar debajo
de fianzas; de donde resultó tenerse por agraviados
muchos hombres a quien por servicios de sus pasados y suyos
se había dado aquellas licencias.
 Capítulo VI
De un razonamiento que el conde de Tendilla hizo a los
moriscos del Albaicín estos días
Estando las
cosas en este estado, y entendiendo el conde de Tendilla
que haría particular servicio a su majestad en persuadir
y aconsejar a los moriscos que recibiesen con buen ánimo
la premática y cumpliesen llanamente lo que se les
mandaba, sin alterarse ni causar escándalos, a 5 días
del mes de abril, domingo por la mañana, subió
al barrio del Albaicín, acomodado de algunos caballeros
y de la gente de su guardia, y a misa de San Salvador, donde
estaban recogidos la mayor parte de los moriscos, y cuando
el preste hubo acabado el oficio, les mandó decir
que se estuviesen quedos, porque les quería hablar.
Y estando todos atentos, desde la peaña del altar
les dijo desta manera: «Lo que agora hago, hubiera hecho
muchas veces, que es veniros a ver; y si lo he dejado de
hacer algunos años, ha sido porque tampoco vosotros
habéis acudido a casa del Marqués, mi señor,
y a mí, como solíades; y así, no hemos
querido tratar de vuestros negocios. Mas teniendo consideración
a la voluntad y amor que os tuvieron siempre nuestros pasados,
y a la que yo os tengo, me he movido a hablaros sobre tres
cosas. Lo primero es pediros y rogaros que en lo que toca
a la premática que su majestad manda que guardéis,
os determinéis de guardarla y cumplirla, pues el celo
con que lo manda es tan santo y bueno, como de un príncipe
tan católico se puede pensar, y para entremeteros
con los otros cristianos, sus vasallos, y servirse de vosotros
en todo y haceros las mercedes que a ellos. La otra es, que
mucho número de moriscos se han venido de todas las
alcarías a vivir a este Albaicín; y aunque
se os ha mandado que los echéis fuera, no lo habéis
hecho; de que se ha tomado alguna sospecha. Bien se entiende
que se han venido huyendo de los malos tratamientos que se
les hacen, y temiendo que ha de venir gente de guerra a embarcarse
y de camino alojarse en sus casas; más todavía
es negocio que da materia de hablar a las gentes; y así
conviene que luego se vayan a sus lugares, y que no los consintáis
más entre vosotros; que yo les certifico de mi parte
que no serán maltratados. Lo tercero es, que algunos
de vosotros me subistes a hablar a la Alhambra estotro día,
y me dijisteis cómo los curas y beneficiados andaban
empadronando vuestros hijos y hijas, y que se decía
que os los querían quitar; y porque entonces no estaba
informado de aquel negocio, no respondí a él;
después acá lo he tratado con el Arzobispo,
y sabed que lo que se hace es por vuestro bien y por mandado
de su majestad, que quiere que haya escuelas donde todos
los niños sean enseñados en la doctrina cristiana
y aprendan la lengua castellana, pues pasados los tres años
no se ha de hablar más la arábiga: estad ciertos
que no es para otro efeto; y esto, antes lo habíades
de desear y procurar, que alteraros por ello. Haced el deber
y lo que sois obligados al servicio de su majestad, que él
os hará muchas mercedes; y en lo que en mí
fuere, os favoreceré con mi persona y hacienda, como
lo veréis por la obra acudiendo a mí». Acabado
su razonamiento, los moriscos principales se levantaron,
y dijeron a Jorge de Baeza, su procurador general, que respondiese
por todos; el cual dijo al Conde que le besaba las manos
en nombre del reino por la voluntad que siempre había
mostrado de hacerles merced, y por la que esperaban todos
que les haría en tantos trabajos como se ofrecían
a la nación, y que ellos acudirían a valerse
de su favor siempre que se les ofreciese ocasión;
y así, le pidieron por merced tuviese cuenta con sus
cosas. Desta vez quisiera el conde de Tendilla poner una
compañía de infantería de guardia en
el Albaicín y alojaría en las casas de los
moriscos, so color de asegurarlos y asegurarse dellos, como
capitán general; y habiendo hecho venir al capitán
Garnica con su gente para este efeto, los moriscos acudieron
al Presidente y al Corregidor, diciendo que sin duda sería
la destruición del Albaicín si se alojaban
soldados en las casas donde tenían sus mujeres y hijas.
Y el Presidente le envió a decir que su majestad no
sería servido de aquel alojamiento, y que lo mandase
sobreseer, porque sería acabar de alborotar aquellas
gentes; y con esto cesó, mandando que el capitán
Garnica se fuese a alojar a Churriana, alcaría de
la Vega, donde estuvo hasta la víspera de pascua de
flores, que se le mandó despedir la gente.
 Capítulo VII
Cómo se tocó rebato la víspera de
Pascua en Granada, pensando que se alzaba el Albaicín,
y el escándalo que hubo en la ciudad
A 16 días
del mes de abril del año de 1568, víspera de
pascua de Resurrección, entre las ocho y las nueve
horas de la noche se tocó un rebato en la fortaleza
de la Alhambra, que hubiera de ser causa que los cristianos
saquearan el Albaicín y mataran los moriscos que había
en él, porque con la sospecha que se tenía,
creyeron que se alzaban. La causa deste rebato fue que un
alguacil de los que tenían cargo de rondar, llamado
—177→
Bartolomé de Santa María envió a la
hora que anochecía, cuatro soldados a hacer centinela
en la torre del Aceituno, que está puesta en la cumbre
alta del cerro del Albaicín; y porque hacía
muy escuro y llovía, llevaba cada soldado un hacho
de atocha ardiendo en la mano para hacerse lumbre; y como
llegaron al pie de la torre, que tenía la subida dificultosa
y descubierta, los que iban delante meneaban las hachas para
hacer lumbre a los que iban subiendo, y luego echábanlos
abajo, de manera que parecía que hacían almenarías
de aviso. Viendo esto la vela de la torre de la fortaleza
de la Alhambra, tocó a rebato, creyendo que había
alguna novedad, y fue a dar mandato al conde de Tendilla,
el cual envió luego veinte soldados a que supiesen
qué fuegos eran aquellos. El soldado de la torre que
tocaba la campana comenzó a dar grandes voces, diciendo:
«Cristianos, mirad por vosotros; que esta noche habéis
de ser degollados». Y con esto causo tan grande alboroto
en la ciudad, que las mujeres casadas y doncellas, dejando
sus proprias casas, unas iban corriendo a las iglesias, otras
a la fortaleza. Los hombres, sobresaltados, salían
por las calles y plazas, unos armando los arcabuces y las
ballestas, y otros abrochándose los jubones y los
sayos; ninguno sabía lo que era ni adónde había
de acudir: tanta era la turbación que todos traían.
Finalmente, toda la ciudad se alborotó, y hasta los
frailes del monasterio de San Francisco dejaron sus celdas,
y se pusieron en la plaza armados. Otros acudieron a la plaza
Nueva, y delante la puerta de la Audiencia hicieron su escuadrón
de piqueros y alabarderos, como buenos mílites de
Jesucristo, creyendo que era cierto el levantamiento de los
moriscos. El Presidente y el Corregidor, cada uno por su
parte, enviaron a saber de las guardias del Albaicín
lo que había en él; y entendiendo que había
nacido el rebato de la inadvertencia de aquellos soldados,
y que estaba todo quieto y pacifico, se sosegaron; y el Corregidor
tomó luego las bocas de las calles por donde se podía
subir a las casas de los moriscos, y puso en ellas algunos
caballeros que no dejasen pasar a nadie, porque no las saqueasen;
y fuera poca parte esta diligencia para excusar el saco,
si una tempestad muy grande de agua que cayó del cielo
no lo estorbara a los cudiciosos ciudadanos. Crecieron en
un momento los arroyos por las calles de manera, que a caballo
no se podían pasar, y fue necesario que la furia de
la gente plebeya aplacase. Pasada la tempestad, el Corregidor,
acompañado de algunos caballeros, dejando otros en
guardia de aquellos pasos, subió al Albaicín,
y anduvo todo lo que quedaba de la noche rondando; y cuando
fue de día claro reconoció por defuera todas
las murallas hasta llegar a la asomada del río Darro,
y viendo que estaba todo seguro, bajó a la ciudad,
y de allí adelante todas las noches rondaba con cantidad
de gente armada, ansí para que los moriscos no recibiesen
daño, como para asegurarse dellos. No fue de poco
momento el rebato desta noche, aunque falso, porque los ciudadanos
se pusieron mejor en orden, y los que no tenían armas
se proveyeron dellas, y el cabildo compró mucha cantidad,
y las repartió entre los vecinos, haciéndolas
traer de fuera. Los veinte soldados que envió el conde
de Tendilla llevaron las centinelas de la torre del Aceituno
a la Alhambra, y teniéndolos presos, llegó
el marqués de Mondéjar de la corte, y los mandó
soltar a todos, como entendió la ocasión que
había habido.
 Capítulo VIII
Cómo el marqués de Mondéjar vino a
Granada, y don Alonso de Granada Venegas fue a informar a
su majestad de los negocios de aquel reino
Llegó
a Granada el marqués de Mondéjar a 17 días
del mes de abril, que venía de la corte, y luego el
siguiente día se juntaron los moriscos más
principales del Albaicín con su procurador general,
y subieron a la fortaleza de la Alhambra a dar el parabién
de su venida, y le dieron grandes quejas, diciendo que los
habían puesto en términos de perderse por haber
tocado aquel rebato con tan pequeña ocasión,
estando quietos y pacíficos todos los vecinos; y al
cabo de su plática le suplicaron los favoreciese y
amparase, como lo habían hecho siempre el marqués
don Luis y el conde don Íñigo, sus antecesores.
El Marqués mostró sentimiento y haberle pesado
mucho de lo que había sucedido en su ausencia, y les
prometió que ternía particular cuenta con sus
cosas y con procurar que no fuesen agraviados. Con la venida
del marqués de Mondéjar pareció haberse
quietado algún tanto los moriscos; y don Alonso de
Granada Venegas, de quien dijimos en el libro primero, capítulo
16 desta historia, movido de celo cristiano, y siguiendo
los honrosos ejemplos de sus pasados, que sirvieron lealmente
a los reyes de Castilla desde el día que se convirtieron
a nuestra santa fe católica, acordó de ir a
informar a su majestad y a los de su consejo de las cosas
de aquel reino, porque se quejaban los moriscos de malos
tratamientos que se les hacían cada día en
hechos y en dichos y del poco remedio que se ponía
en ello, y de que los malos e inquietos, que eran muchos,
desacreditando a los pacíficos, tomaban alas contra
ellas. Creyendo pues poder hallar algún remedio de
lo que tanto se deseaba en el Albaicín, con la nueva
relación del capitán general presente, y sin
dar parte de su ida a otra persona que se lo pudiese impedir,
partió de Granada a 24 días del mes de abril,
y el primer día del mes de mayo entró en la
villa de Madrid, y andando en su negocio, le llegó
un correo de los moriscos del Albaicín con una carta
para su majestad en nombre de todos los de aquel reino, la
cual, según parece, no la había querido llevar
consigo, o no se la habían osado dar en su partida,
porque no se supiese de algunas espías a lo que iba.
Lo que la carta contenía era significar a su majestad
que los escándalos y alborotos que había en
aquella ciudad eran sin causa ni fundamento que hubiese sido
de su parte, sólo por la inadvertencia de los gobernadores
y ministros de justicia, mediante lo cual habían estado
todos a punto de ser destruidos en personas, vidas y haciendas;
y lo que peor era, habían sido infamados de infieles
de la fe de Jesucristo y de traidores a su rey, y publicádose
y dádose dello muy concluyentes apariencias y señales,
en perjuicio de sus honras. Que cuando se hallase haber sido
culpados algunos dellos, sería justo que se mandasen
castigar con rigor, como la gravedad del delito lo requería;
mas si pareciese no ser la culpa suya, sería bien
que su majestad mandase castigar a los que la tuviesen, proveyendo
para en lo de adelante como más fuese su real servicio,
de manera que semejantes ocasiones cesasen.
—178→
Que como desfavorecidos
y amedrentados del rigor que con ellos se podría usar,
no habían osado juntarse a tratar de su remedio; y
agora, que parecía estar las cosas con alguna quietud,
por la venida del marqués de Mondéjar, también
les había asegurado poderlo hacer para ocurrir a su
rey y señor natural y suplicarle lo mandase remediar
con justicia; y que por no poder acudir todos, enviaban algunos
particulares a quien se remitían, y especialmente
a la relación que de su parte haría don Alonso
de Granada Venegas, a quien todos tenían obligación
de reconocer y anteponer en todas sus cosas por el valor
de su persona y de sus antepasados. Por tanto, que suplicaban
a su majestad humildemente le oyese y creyese de su parte,
y mandando que la verdad se supiese, proveyese cómo
los culpados fuesen castigados, y los buenos y leales restituidos
en su honra y buena fama y desagraviados de los agravios
recebidos. Hasta aquí decía la carta, la cual
dio don Alonso de Granada Venegas a su majestad, y le informó
largamente del negocio. Y siendo remitido al cardenal Espinosa,
platicado en el Consejo, se acordó que se despidiese
la gente de las cuadrillas que estaba en el Albaicín
a costa de los moriscos, pues ya parecía estar pacíficos,
y que en lo demás acudiesen al presidente de Granada,
a quien estaba cometido aquel negocio, porque él proveería
cómo fuesen desagraviados. No mucho después
el presidente don Pedro de Deza, viendo que se mandaban despedir
los alguaciles y rondas del Albaicín, con parecer
del acuerdo y de los alcaldes de chancillería y de
otras personas graves, envió relación a su
majestad, diciendo que no convenía hacer novedad,
antes era muy necesario que los alguaciles rondasen, por
ser, como eran, hombres de bien y casados; y que con andar
la ronda todas las noches, estaban los vecinos quietos, y
resultaban muchos efetos buenos que la experiencia había
mostrado, porque los monfís y malhechores naturales
del Albaicín se habían ido, y los extranjeros
no se recogían allí, y los que se acogían
eran luego descubiertos y presos. Que los dueños de
los ganados estaban muy contentos, porque ya no se los hurtaban.
Las mujeres mal casadas tenían recogidos sus maridos,
los padres a sus hijos, los amos a sus criados. Que ya no
parecía persona en el Albaicín después
que anochecía, ni apedreaban las ventanas de los clérigos.
Que los borrachos, de que antes había gran número,
y hacían de noche grandes alborotos y delitos, habían
cesado; y era tanto el miedo que tenían cobrado a
las guardias, que todos estaban pacíficos y quietos,
sin osarse a menear. Que aquellos alguaciles eran los que
hacían que se guardase la premática en lo que
requería ejecución, que era en que las mujeres
anduviesen con los rostros desatapados, y que tuviesen abiertas
las puertas de sus casas los viernes y días de fiesta;
y esto con amor y cristiandad, sin otro ningún género
de interés ni molestia. Que los demás alguaciles
no daban un solo paso si no se les seguía algún
provecho, antes holgaban hallar de qué denunciar y
cómo encarcelar y llevar costas. Que después
que andaba aquella ronda no se pregonaban niños perdidos
ni hurtados, como solía, porque no los osaban llevar
a esconder al Albaicín, por temor de ser descubiertos;
y que por estas razones y otras muchas que se pudieran decir,
convernía que no se hiciese novedad, antes se les
diese todo favor para proseguir lo que tenían comenzado.
Y al fin se proveyó que se disimulase en lo que tocaba
a los alguaciles, con moderación de la gente que había
de andar con ellos.
 Capítulo IX
Cómo yendo el marqués de Mondéjar
a visitar la costa de la mar, se entendió más
claramente el desasosiego de los moriscos por unas cartas
que se tomaron a Daud, uno de los autores del rebelión,
que iba a procurar favores a Berbería
Estos días
salió el marqués de Mondéjar de Granada,
y llevando consigo al conde de Tendilla, su hijo, fue a visitar
la costa de la mar con la gente ordinaria de a caballo. Y
andando en la visita, parece que los autores del rebelión
acordaron que sería bien que fuese Aben Daud a Berbería
a procurar algún socorro de navíos y gente,
como lo había ofrecido muchas veces; y llevando consigo
otros moriscos del Albaicín, se fue a juntar con las
cuadrillas de monfís que andaban en la sierra de Bujol,
entre Órgiba y el Zuchel, hacia la mar, para esperar
que pasase por allí alguna fusta en que poderse ir;
y como vio que no la había, trató con un morisco
pescador, vecino de Adra la vieja, llamado Nohayla, que le
vendiese una barca que tenía en la playa, con que
pescaba, que era de Ginés de la Rambla, armador; el
cual no sólo se la ofreció, más prometió
de irse con él. En este tiempo los moriscos de aquellas
cuadrillas captivaron tres cristianos, y queriéndolos
matar, los defendió Daud, dándoles a entender
que no se permitía en la ley de Mahoma matar los cristianos
rendidos; mas hacíalo porque se los diesen para llevarlos
a Berbería, y presentarlos a algún alcaide
principal que le favoreciese en su negocio. Llegada pues
la noche aplazada en que se habían de embarcar, Daud
y sus compañeros se fueron a casa de Nohayla, y llevando
consigo algunas moriscas, que deseaban ir a poder ser moras
con libertad, bajaron al lugar donde estaba la barca, que
era junto a la puerta de Adra, y echándola con mucho
silencio a la mar, se metieron dentro todos. Este morisco
dueño de la barca, temiendo que, si el negocio se
descubría, le habían de castigar por ello,
usó de un trato doble, cosa muy ordinaria entre los
moros; y dando aviso al dueño de la barca, y al capitán
de Adra, de cómo unos moriscos se la habían
pedido para irse a Berbería, les dijo que les avisaría
el proprio día que se hubiesen de embarcar, para que
saliesen a ellos y los prendiesen; y por otra parte no fue
a dar aviso el día cierto de la partida, antes dijo
que sería un día señalado, y él
se embarcó con toda la gente tres días antes,
llevando consigo algunos monfís y los tres cristianos
captivos, y muchas moriscas y muchachos; mas no tenía
la barca tan segura como pensaba, porque el Ginés
de la Rambla, sospechando la cautela del morisco, le había
hecho dar de parte de noche unos barrenos, y tapándolos
livianamente con cera, la había dejado estar. Por
manera que habiendo navegado Daud un rato en ella, comenzó
a entrar el agua por los lados y por los barrenos, y temiendo
anegarse, le fue forzado volver a tierra; y cómo hacían
ruido las mujeres y los niños al desembarcar, las
guardas de Adra, que estaban sobre aviso, los sintieron y
salió luego la gente, y prendiendo a un turco y algunas
mujeres, dieron libertad a los tres cristianos,
—179→
y toda la
otra gente se les embreñó en la sierra. Yendo
pues huyendo los monfís, se cayó a uno dellos
una talega de lienzo, en que llevaba un libro grande de letra
arábiga, y dentro dél se hallaron una carta
y una lamentación, que del tenor de lo uno y de lo
otro pareció ser cosa ordenada por el mesmo Daud,
significando quejas de los moriscos a los moros de África,
para que apiadándose dellos, les enviasen socorro.
Este libro envió luego el capitán de Adra al
marqués de Mondéjar, que andaba visitando la
Alpujarra, y juntamente con él los tres cristianos,
para que le diesen razón de lo que habían visto;
los cuales le dieron noticia de Daud, porque le habían
conocido en Granada siendo geliz de la seda, y le dijeron
cómo iban con él otros moriscos del Albaicín,
que no supieron sus nombres; y que aquel libro era suyo,
y leía cada noche en él, y predicaba a los
otros la seta de Mahoma, y que acabando de predicar, llegaban
todos a besar el libro y decían: «Esta es la ley de
Dios y en ésta creemos, y todo lo demás es
aire». Queriendo pues el Marqués saber lo que se contenía
en aquel libro y en los papeles sueltos que iban dentro dél,
envió a Granada por el licenciado Alonso del Castillo
para que lo declarase, sospechando que había allí
alguna cosa por donde se entendiese lo que los moriscos trataban.
El licenciado Castillo fue luego al lugar de Berja, donde
había llegado ya el Marqués visitando, y tomando
el libro, lo hojeó, y halló que era de un autor
árabe llamado el Lollori, que trataba de la seta de
Mahoma, y traía muchas autoridades de historias antiguas;
y los papeles sueltos que había dentro eran de letra
del proprio Daud, porque la conoció luego. En el uno
dellos se contenía una carta misiva, que decía
desta manera: CARTA QUE SE TOMÓ A DAUD EN LA COSTA
DE ADRA «Con el nombre de Dios piadoso y misericordioso.
La santificación de Dios sea sobre el mejor de sus
escogidos, y después la salud de Dios cumplida sea
con aquellos que Dios honró, y no los desamparó
el bien, que son en este mundo dichosos; esto es, a todos
los príncipes y allegados señores y amigos
nuestros, a quien Dios hizo merced de dar vitoria y libertad
y ensanchamiento de reinos, los moradores del poniente (ture
Dios sus honras y guarde sus vidas), deseamos salud los moradores
de la Andalucía, los angustiados de corazón,
los cercados de la gente infiel, aquellos a quien ha tocado
el mal de la ofensión. Y después desto, señores
y amigos nuestros, hermanos en Dios, somos obligados de haceros
saber nuestros trabajos y negocios y lo que nos ha venido
de la mudanza de nuestra era y fortuna, que es parte de nuestro
mucho mal: por tanto, socorrednos y hacednos limosna; que
Dios gualardonará a los que bien nos hiciéredes.
Sustentadnos con vuestro poderío, y abundancia de
que a vosotros hizo Dios merced, aunque a nosotros no seáis
en cargo; mas confiados en vuestras personas magníficas
y en vuestra virtud, porque el magnífico y virtuoso
desea hacer bien, os encargamos por Dios poderoso que nos
sustentéis con oraciones, para que Dios nos junte
con vosotros. Habéis de saber, señores nuestros,
que los cristianos nos han mandado quitar la lengua arábiga,
y quien pierde la lengua arábiga pierde su ley; y
que descubramos las caras vergonzosas; que no nos saludemos,
siendo la más noble virtud la salutación. Hannos
abierto las puertas para que entre nosotros haya más
males y pecados; hannos acrecentado el tributo y la pena,
y han intentado de mudar nuestro traje y quitar nuestras
costumbres. Aposéntanse en nuestras casas, descubren
nuestras honras y vergüenzas, y con semejante mal que
éste se debe deshacer todo corazón de pesar:
todo esto después de tomar nuestras haciendas y captivar
nuestras personas, y sacarnos con destierro de los pueblos.
Hacennos caer en grande abatimiento y pérdida, apártannos
de nuestros hermanos y amigos, y somos mezquinos desamparados,
atenidos a la misericordia de Dios, porque nos han rodeado
grandes males y desasosiegos por todas partes. Suplicamos
a vuestra bondad, de parte de Dios altísimo, que contempléis
nuestros negocios y los miréis con ojos de misericordia,
y os apiadéis de nosotros con amor de hermanos, porque
todos los creyentes en Dios son unos. Por tanto, haced bien
a vuestros hermanos; ensalzadnos, ensalzaros ha Dios; apremiad
a los cristianos que allá tenéis, para que,
avisando a los suyos, sepan que con la pena que os fatigaren,
con aquella los habéis de atormentar; aunque sobre
todo la paciencia es mayor bien a los que esperan. Enviad
esto al rey de levante, que es el que ha sujetado a los enemigos
y ensalzado la ley, y no deis lugar a que entre vosotros
haya discordias, porque la discordia es mayor mal que la
muerte; y no tenemos saber ni poderío, inteligencia,
ni fuerzas, para tratar de un remedio tan grande. Vivimos
de contino en temor; rogad a Dios que perdone al que esto
escribió. Esto es lo que queremos de vuestra virtud,
que es escrita en noches de angustia y de lágrimas
corrientes, sustentadas con esperanza, y la esperanza se
deriva de la amargura». El otro papel era en metros árabes
y parecía ser lamentación, en que se quejaban
los moriscos de opresiones que los cristianos les hacían,
y literalmente decía desta manera: «Con el nombre
de Dios piadoso y misericordioso. Antes de hablar y después
de hablar sea Dios loado para siempre. Soberano es el Dios
de las gentes, soberano es el más alto de los jueces,
soberano es el Uno sobre toda la unidad, el que crió
el libro de la sabiduría; soberano es el que crió
los hombres, soberano es el que permite las angustias, soberano
es el que perdona al que peca y se enmienda, soberano es
el Dios de la alteza, el que crió las plantas y la
tierra, y la fundó y dio por morada a los hombres;
soberano es el Dios que es uno, soberano el que es sin composición,
soberano es el que sustenta las gentes con agua y mantenimientos,
soberano el que guarda, soberano el alto Rey, soberano el
que no tuvo principio, soberano el Dios del alto trono, soberano
el que hace lo que quiere y permite con su providencia, soberano
el que crió las nubes, soberano el que impuso la escritura,
soberano el que crió a Adán y le dio salvación,
y soberano el que tiene la grandeza y crió las gentes
y a los santos, y escogió dellos los profetas, y con
el más alto dellos concluyó. Después
de magnificar a Dios, que está solo en su cielo, la
santificación sea con su escogido y con sus discípulos
honrados. Comienzo a contar una historia de lo que pasa en
la Andalucía,
—180→
que el enemigo ha sujetado, según
veréis por escrito. El Andalucía es cosa notoria
ser nombrada en todo el mundo, y el día de hoy está
cercada y rodeada de herejes, que por todas partes la han
cercado: estamos entre ellos avasallados como ovejas perdidas
o como caballero con caballo sin freno; hannos atormentado
con la crueldad; enséñannos engaños
y sutilezas, hasta que hombre querría morir con la
pena que siente. Han puesto sobre nosotros a los judíos,
que no tienen fe ni palabra; cada día nos buscan nuevas
astucias, mentiras, engaños, menosprecios, abatimientos
y venganzas. Metieron a nuestras gentes en su ley, y hiciéronles
adorar con ellos las figuras, apremiándolos a ello,
sin osar nadie hablar. ¡Oh cuántas personas están
afligidas entre los descreídos! Llámannos con
campana para adorar la figura; mandan al hombre que vaya
presto a su ley revoltosa; y desque se han juntado en la
iglesia, se levanta un predicador con voz de cárabo
y nombra el vino y el tocino, y la misa se hace con vino.
Y si le oís humillarse diciendo: «Esta es la buena
ley», veréis después que el abad más
santo dellos no sabe qué cosa es lo lícito
ni lo ilícito. Acabando de predicar se salen, y hacen
todos la reverencia a quien adoran, yéndose tras dél
sin temor ni vergüenza. El abad se sube sobre el altar
y alza una torta de pan que la vean todos, y oiréis
los golpes en los pechos y tañer la campana del fenecimiento.
Tienen misa cantada y otra rezada, y las dos son como el
rocío en la niebla: el que allí se hallare,
verase nombrar en un papel, que no queda chico ni grande
que no le llamen. Pasados cuatro meses, va el enemigo del
abad a pedir las albalas en las casas de la sospecha, andando
de puerta en puerta con tinta, papel y pluma, y al que le
faltare la cédula, ha de pagar un cuartillo de plata
por ella. Tomaron los enemigos un consejo, que paguen los
vivos y los muertos. ¡Dios sea con el que no tiene que pagar!
¡Oh qué llevará de saetadas! Zanjaron la ley
sin cimientos, y adoran las imágines estando asentados.
Ayunan mes y medio, y su ayuno es como el de las vacas, que
comen a mediodía. Hablemos del abad del confesar,
y después del abad del comulgar; con esto se cumple
la ley del infiel, y es cosa necesaria que se haga, porque
hay entre ellos jueces crueles que toman las haciendas de
los moros, y los trasquilan como trasquiladores que trasquilan
el ganado. Y hay otros entre ellos, examinados, que deshacen
todas las leyes, y un Horozco y otro Albotodo. ¡Oh cuánto
corren y trabajan con acuerdo de acechar las gentes en todo
encuentro y lugar! Y cualquiera que alaba a Dios por su lengua
no puede escaparse de ser perdido, y al que hallan una ocasión,
envían tras dél un adalid, que, aunque esté
a mil leguas, lo halla, y preso, le echan en la cárcel
grande, y de día y de noche le atemorizan diciéndole:
Acordaos. Queda el mezquino pensando con sus lágrimas
de hilo en hilo en diciéndole acordaos, y no tiene
otro sustento mayor que la paciencia; métenle en un
espantoso palacio, y allí está mucho tiempo,
y le abren mil piélagos, de los cuales ningún
buen nadador puede salir, porque es mar que no se pasa. Desde
allí lo llevan al aposento del tormento, y le atan
para dárselo, y se lo dan hasta que le quiebran los
huesos. Después desto, están de concierto en
la plaza del Hatabin, y hacen allí un tablado, que
lo semejan al día del juicio, y el que dellos se libra,
aquel día le visten una ropa amarilla, y a los demás
los llevan al fuego con estatuas y figuras espantosas. Este
enemigo nos ha angustiado en gran manera por todas partes,
y nos ha rodeado como fuego; estamos en una opresión
que no se puede sufrir. La fiesta y el domingo guardamos,
el viernes y el sábado ayunamos, y con todo aun no
los aseguramos. Esta maldad ha crecido cerca de sus alcaides
y gobernadores, y a cada uno le pareció que se haga
la ley una; y añadieron en ella, y colgaron una espada
cortadora, y nos notificaron unos escritos el día
de año nuevo en la plaza de Bib el Bonut; los cuales
despertaron a los que dormían y se levantaron del
sueño en un punto, porque mandaron que toda puerta
se abriese. Vedaron los vestidos y los baños y los
alárabes en la tierra. Este enemigo ha consentido
esto, y nos ha puesto en manos de los judíos, para
que hagan de nosotros lo que quisieren, sin que dello tengan
culpa. Los clérigos y frailes fueron todos contentos
en que la ley fuese toda una y que nos pusiesen debajo de
los pies. Esto es lo que ha cabido a nuestra nación,
como si le diesen por honra toda la infidelidad. Está
sañudo sobre nosotros, hase embravecido como dragón,
y estamos todos en sus manos como la tórtola en manos
del gavilán. Y como todas estas cosas se hayan permitido,
habiéndonos determinado con estos males, volvimos
a buscar en los pronósticos y juicios, para ver si
hallaríamos en las letras descanso; y las personas
de discreción que se han dado a buscar los originales
nos dicen que con el ayuno esperemos remediarnos; que afligiéndonos,
con la tardanza habrán encarnecido los mancebos antes
de tiempo; más que después deste peligro, de
necesidad nos han de dar el parabién y Dios se apiadará
de nosotros. Esto es lo que tengo que decir; y aunque toda
la vida contase el mal, no podría acabar. Por tanto
en vuestra virtud, señores, no tachéis mi orar,
porque hasta aquí es lo que alcanzan mis fuerzas;
desechad de mí toda calumnia, y el que endechare estos
versos, ruegue a Dios que me ponga en el paraíso de
su holganza.» Por estos papeles se entendió ser verdad
lo que se decía del alzamiento de los moriscos, y
el Marqués envió los originales y un traslado
romanzado a su majestad; y habiendo estado algunos días
en el lugar de Berja, fue a visitar a Adra, y de allí
a la ciudad de Almería, donde estuvo mes y medio,
sin que se le ordenase cosa de nuevo, y de allí volvió
a la ciudad de Granada, dejando todas las plazas de la costa
visitadas y proveídas lo mejor que pudo.
—181→
 Libro cuarto
 Capítulo I
Cómo los moriscos del Albaicín que trataban
del negocio de rebelión se resolvieron en que se hiciese,
y la orden que dieron en ello
El recaudo que siempre hubo
en la ciudad de Granada fue causa que los moriscos del Albaicín
diesen alguna aparencia de quietud, aunque no la tenían
en sus ánimos. Disimulando pues con humildad, estuvieron
algunos meses, después de la venida del marqués
de Mondéjar y de la ida de don Alonso de Granada Venegas
a la corte, tan sosegados, que daban a entender estar ya
llanos en el cumplimiento de la premática, y ansí
lo escribió el Presidente a su majestad y a los de
su consejo. Mas como después vieron que se les acercaba
el término de los vestidos, y que no se trataba de
suspender la premática con alguna prorrogación
de tiempo, ciegos de pura congoja y faltos de consideración
y de consejo, haciendo fucia en sus fuerzas, que si bien
eran sospechosas para encubiertas, no dejaban de ser flacas
para puestas en ejecución, acordaron determinadamente
que se hiciese rebelión y alzamiento general, y que
comenzase por la cabeza del reino, que era el Albaicín.
Juntándose pues algunos dellos en casa de un morisco
cerero, llamado el Adelet, tomaron resolución en que
fuese el día de año nuevo en la noche, porque,
demás de que los pronósticos les hacían
cierto que el proprio día que los cristianos habían
ganado a Granada se la habían de tornar a ganar los
moros, quisieron desmentir las espías y asegurar nuestra
gente, si por caso se hubiese descubierto o descubriese un
concierto que tenían para la noche de Navidad. Y ansí,
advirtieron que no se diese parte de la última determinación
a los de la Alpujarra hasta el día en que se hubiese
de hacer el eleto, porque temieron que, como gente rústica,
no guardarían secreto, y tenían bien conocido
dellos que en sabiendo que el Albaicín se alzaba,
se alzarían luego todos. La orden que dieron en su
maldad fue ésta: que en las alcarías de la
Vega y lugares del valle de Lecrín y partido de Órgiba
se empadronasen ocho mil hombres tales, de quien se pudiese
fiar el secreto, y que éstos estuviesen a punto para,
en viendo una señal que se les haría desde
el Albaicín, acudir a la ciudad por la parte de la
Vega con bonetes y tocas turquescas en las cabezas, porque
pareciesen turcos o gente berberisca que les venía
de socorro. Que para que se hiciese el padrón con
más secreto, fuesen dos oficiales por las alcarías
y lugares, so color de adobar y vender albardas, y se informasen
de pueblo en pueblo de las personas a quien se podrían
descubrir, y aquellos empadronasen, encargándoles
secreto; que de los lugares de la sierra se juntarían
dos mil hombres en un cañaveral que estaba junto al
lugar de Cenes, en la ribera de Genil, para que con ellos
el Partal de Narila, famoso monfí, y el Nacoz de Nigüeles,
y otros que estaban ya hablados, acudiesen a la fortaleza
del Alhambra, y la escalasen de noche por la parte que responde
a Ginalarife. Y para esto se encargó un morisco albañir,
que labraba en la obra de la casa real, llamado Mase Francisco
Abenedem, que daría el altor de los muros y torres
para que las escalas se hiciesen a medida, y se hicieron
diez y siete escalas en los lugares de Güejar y Quéntar
con mucho secreto; las cuales vimos después en Granada,
y eran de maromas de esparto con unos palos atravesados,
tan anchos los escalones, que podían subir tres hombres
a la par por cada uno dellos. Que los mancebos y gandules
del Albaicín acudirían luego con sus capitanes
en esta manera: Miguel Acis, con la gente de las parroquias
de San Gregorio, San Cristóbal y San Nicolás,
a la puerta de Frex el Leuz, que cae en lo más alto
del Albaicín a la parte del cierzo, con una bandera
o estandarte de damasco carmesí con lunas de plata
y flecos de oro, que tenía hecha en su casa y guardada
para aquel efeto; Diego Nigueli el mozo, con la gente de
San Salvador, Santa Isabel de los Abades y San Luis, y una
bandera de tafetán amarillo, a la plaza Bib el Bonut;
y Miguel Mozagaz, con la gente de San Miguel, San Juan de
los Reyes, y San Pedro y San Pablo, y una bandera de damasco
turquesado, a la puerta de Guadix. Que lo primero que se
hiciese fuese matar los cristianos del Albaicín que
moraban entre ellos, y dejando cada uno una parte de la gente
de cuerpo de guardia en los lugares dichos, acometiesen la
ciudad por tres partes, y a un mesmo tiempo la fortaleza
de la Alhambra. Que los de Frex el Leuz bajasen por un camino
que va por fuera de la muralla a dar al Hospital Real, y
ocupando la puerta Elvira, entrasen por la calle adelante,
matando los que saliesen al rebato; y llegando a las casas
y cárcel del Santo Oficio, soltasen los moriscos presos,
y hiciesen todo el daño que pudiesen en los cristianos.
Que los de la plaza de Bib el Bonut, bajando por las calles
de la Alcazaba, fuesen a dar a la calle de la Calderería
y a la cárcel de la ciudad, y quebrantándola,
pusiesen en libertad a los moriscos, y pasasen a las casas
del Arzobispo y procurasen prenderle o matarle. Que los de
la puerta Guadix entrasen por la calle del río Darro
abajo a dar a las casas de la Audiencia Real, y procurando
matar o prender al Presidente, soltasen los presos moriscos
que estaban en la cárcel de chancillería, y
se fuesen a juntar todos en la plaza de Bibarrambla, donde
también acudirían los ocho mil hombres de la
Vega y valle de Lecrín, y de allí a la parte
donde hubiese mayor necesidad, poniendo la ciudad a fuego
y a sangre. Y que puestos todos a punto, se daría
aviso a la Alpujarra para que hiciesen allá otro tanto.
Este fue el concierto que Farax Aben Farax, y Tagari, y Mofarrix,
y Alatar, y Salas, y sus compañeros hicieron, según
pareció por confesiones de algunos que fueron presos,
que nos fueron mostradas en Granada, y de otros de los que
se hallaron presentes; y fuera dañosísimo para
el pueblo cristiano si lo pusieran en ejecución; mas
fue Dios servido que habiendo los albarderos empadronado
ya los ocho mil hombres antes de llegar a Lanjarón,
y estando los demás todos apercebidos
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y a punto para
acudir a las partes que les habían sido señaladas,
los monfís de la Alpujarra se anticiparon por cudicia
de matar unos cristianos que iban de Ugíjar de Albacete
a Granada, y otros que pasaban de Granada a Adra, y desbarataron
su negocio. Y porque se entienda cuán prevenidos y
avisados estaban para el efeto, ponemos aquí dos cartas
traducidas de arábigo, de las que Aben Farax y Daud
escribieron a los moriscos de los lugares con quien se entendían,
y a los caudillos de los monfís, sobre este negocio.
CARTA DE FARAX ABEN FARAX A LOS LUGARES, SOBRE EL REBELIÓN
«Con el nombre de Dios piadoso y misericordioso, Santificó
Dios a nuestro profeta Mahoma, y a su gente, familia y aliados
salvó salvación gloriosa. Hermanos nuestros
y amigos, viejos, ancianos, caudillos, alguaciles, regidores
y otros nuestros hermanos, y a todo el común de los
moros: ya sabéis por nuestros pronósticos y
juicios lo que Dios nos ha prometido; la hora de nuestra
conquista es llegada para ensalzar en libertad la ley de
la unidad de Dios, y destruir la del acompañamiento
de los dioses. Estad unánimes y conformes para todo
lo que os dijere e informare de nuestra parte nuestro procurador
Mahomad Aben Mozud, que tiene nuestro poder y cargo para
esto. Y lo que él os dijere haced cuenta que nos lo
decimos, porque con el ayuda y favor de Dios estéis
todos prevenidos y a punto de guerra para venir a Granada
a dar en estos descreídos el día señalado.
Los que no estuvieren apercebidos, haced que se aperciban,
y a los que no lo supieren, avisadlos dello, que para este
efeto están ya prevenidos todos desde el lugar de
la Jauría y del Gatucin, hasta Canjáyar de
la Jarquía. La salud de Dios sea con vosotros. -Farax
Aben Farax, gobernador de los moros, siervo de Dios altísimo».
CARTA DE DAUD A CIERTOS CAPITANES DE LOS MONFÍS
«Con el nombre de Dios piadoso y misericordioso. La salud
de Dios buena, comprehendiente, deseo a aquel que el soberano
honró, e no le desamparó el bien, que es mi
señor Cacim Abenzuda y sus compañeros, y a
mi señor el Zeyd, y a todos los amigos juntamente
deseo salud: vuestro amigo el que loa vuestras virtudes,
el que tiene gran deseo de veros, el que ruega a Dios por
el buen suceso de vuestros negocios, Mahamete, hijo de Mahamete
Aben Daud, vuestro hermano en Dios. Hágoos saber,
hermanos míos, que estoy bueno, loado sea Dios por
ello, y tengo puesto mi cuidado con vosotros muy mucho. Sábelo
Dios que me ha pesado de vuestro trabajo; el parabién
os doy del buen suceso y salvamento. Roguemos a Dios por
su amparo en lo que queda. Hágoos saber, hermanos
míos, que los granadinos me enviaron a buscar después
que de vosotros me partí, y no supieron dónde
estaba, y esta nueva tuve en el Rubite; mas no alcancé
de quién era la mensajería, hasta que lo vine
a saber de unos de Lanjarón, que me dijeron cómo
los de Granada andaban resucitando el movimiento en que entendían
por el mes de abril; y como supe esto, hablé con mi
señor Hamete, y me aconsejó que subiese a Granada,
y que supiese la certidumbre deste negocio y que le avisase
dello. Yo subí al Albaicín, y hallé
el movimiento muy grande, y la gente determinada a lo que
se debía determinar. Entonces me junté con
las cabezas que entienden en este negocio, y me dijeron que
enviase a la gente que estaba en las sierras, y les hiciese
saber esta nueva, para que ellos la publicasen de unos en
otros, y que se juntasen; porque juntos consultaríamos
y veríamos lo que se había de hacer. En esto
quedamos y enviamos a los de las alcarías, y les hicimos
saber la nueva; y todos dijeron: Querríamos que este
negocio fuese hoy antes que mañana, porque más
queremos morir, y nos es más fácil, que vivir
en este trabajo en que estamos; y lo mesmo dijeron las gentes
de la Garbia y de la Jarquía, diciendo: Veisnos aquí
muy prestos con nuestras personas y bienes. Y como contase
esto a los granadinos, acordaron de enviar por todo el reino,
avisándoles que apercibiesen la gente, y se aparejasen
lo mejor que pudiesen. A esta sazón acordamos de enviar
a los monfís, adonde quiera que estuviesen, para que
se juntasen y avisasen unos a otros para el día que
fuese menester. Este día están aguardando todos,
chicos y grandes, y esto es necesario que se haga, siendo
Dios servido, oh amigos míos. En recibiendo mi carta,
apercebíos a la obra como hombres, porque mejor os
será defender vuestros hijos y hermanos, y alzar el
yugo de servidumbre de nuestro reino, y conquistar al enemigo,
y morir en servicio de Dios, que pasaros a Berbería
para dejar desamparados a vuestros hermanos los moros; porque
el que esto hiciere de vosotros y muriere, morirá
sin premio; el que viviere, y matare alguno de los moros,
será juzgado ante las manos de Dios el día
del juicio; el que muriere peleando con los herejes, morirá
mártir; y el que viviere, vivirá honrado; y
las razones acerca desto se podrían alargar; por tanto
acortemos esta razón. Esto es, hermanos míos,
lo cierto que os hacemos saber; por tanto aparejáos,
y enviad a nuestro caudillo Hamete a hacerle saber esta nueva,
y él os avisará aquello que se deba hacer;
porque nosotros enviamos un hombre con la nueva, y no hemos
sabido más lo que hizo. Enviad a la gente y avisadlos
donde quiera que estén, y avisémonos de contino,
porque siempre sepamos unos de otros para lo que se ofreciere.
Y por amor de Dios os encargo el secreto que pudiéredes,
mientras Dios altísimo nos provee de su libertad,
la cual será muy propincua mediante él. La
gracia y bendición de Dios sea con vosotros, que es
escrita en 25 de otubre. Y la firma decía: Mahamete,
hijo de Mahamete Aben Daud, siervo de Dios».
 Capítulo II
Cómo se hicieron nuevos apercebimientos en Granada
con sospecha del rebelión
Todo esto que los moriscos
hacían en su secreto era de manera que causaba una
sospecha y confusión muy grande en Granada y en todo
el reino. Veíase que los monfís andaban cada
día más desvergonzados, despreciando y teniendo
en poco a las justicias; que los moriscos mancebos, a quien
no cabía en el pecho lo que estaba concertado, publicaban
que antes que se cumpliese el término de la premática
habría mundo nuevo. La ciudad estaba llena de moriscos
forasteros, que so color
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de vender su seda y comprar sayas
y mantos para sus mujeres, habían acudido de muchas
partes del reino a saber lo que se trataba y cuándo
había de ser el levantamiento. Tenía el marqués
de Mondéjar avisos del desasosiego que traían;
publicábase entre el vulgo que la noche de Navidad
habían de entrar a levantar el Albaicín seis
mil turcos, y aunque éstas parecían ser cosas
a que se debía dar poco crédito, traían
alguna aparencia. Entendiose después que ellos habían
echado aquella fama, para que cuando acudiesen los ocho mil
hombres que estaban empadronados en el Valle y Vega, entendiesen
que eran turcos, y no quedase morisco en todo el reino que
no se alzase. Con todo esto no acababan de persuadirse los
ministros de su majestad que fuese rebelión general,
sino que algunos perdidos andaban inquietando y alborotando
la tierra, y que éstos no podrían permanecer
muchos días, no siendo todos en la conjuración;
y era ansí que los hombres ricos y que vivían
descansadamente, creyendo que sola la sospecha del rebelión
sería parte para que los del Consejo hiciesen con
su majestad que mandase sus |