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    Historia del [sic] rebelión y castigo de los moriscos del Reino de Granada
     Luis de Mármol y Carvajal
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ArribaAbajoCapítulo IX

De la descripción de la taa de Órgiba, y cómo se alzaron los lugares della, y cercaron los cristianos en la torre de Albacete


La taa de Órgiba tiene a poniente a Lanjarón, lugar del valle de Lecrín, y a Salobreña y Motril; al cierzo confina con Sierra Nevada; al levante con las taas de Poqueira y Ferreira y con la del Cehel, que cae hacia la mar, que todas están en la Alpujarra; y al mediodía tiene el mar Mediterráneo, donde está en la lengua del agua un castillo fuerte de sitio, que los moros llaman Sayena, y los cristianos Castil de Ferro. Por medio desta taa atraviesa un río que baja de la Sierra Nevada, y corriendo hacia la mar con algunas vueltas, va a juntarse con el río de Motril. Es tierra fértil, llena de muchas arboledas y frescuras, y, por ser templada, se crían naranjos, limones, cidros y todo género de frutas tempranas, y muy buenas hortalizas en ella. La cría de la seda es mucha y muy buena, y hay hermosísimos pastos para los ganados, y muchas tierras de labor, donde los moradores de los lugares cogen trigo, cebada, panizo y alcandía, y la mayor parte dellas se riegan con el agua del río y de las fuentes que bajan de aquellas sierras. Hay en esta taa quince lugares, que los moriscos llaman alcarías, cuyos nombres son: Pago, Benizalte, Sortes, Cáñar, el Fex, Bayárcar, Soportújar, Caratanuz,   —190→   Benizeyed, Lexur, Barxar, Guarros, Luliar, Faragenit y Albacete de Órgiba, que es el lugar principal, donde está una torre, que estaba en este tiempo algo mejor proveída que otras veces, porque habiéndose llevado aquel lugar los moros de Berbería, pocos años antes se había puesto mejor recaudo en ella. La mayor parte destos lugares están en las haldas de las sierras, y los otros en una vega llana que se hace entre ellas, donde está el lugar de Albacete de Órgiba.

El día que el Partal y el Seniz mataron aquellos cristianos que dijimos de Ugíjar, los dos hombres que escaparon de sus manos fueron huyendo al lugar de Albacete de Órgiba y dieron aviso a Gaspar de Sarabia, que estaba por alcaide y gobernador de aquella taa, el cual luego otro día viernes bien de mañana envió a Camacho, alguacil mayor, con ocho cristianos arcabuceros, y con ellos algunos moriscos desarmados, a que supiesen qué novedad había sido aquella. Y mientras ellos iban, vino a él un morisco, alguacil de Benizalte, llamado Álvaro Abuzayet, y le dijo que hiciese recoger con brevedad todos los cristianos chicos y grandes a la torre, porque estaba la tierra levantada. Con este aviso se recogieron luego Alonso de Algar, cura de Albacete, y los otros clérigos, beneficiados y vecinos cristianos que moraban en los lugares de aquella taa, sin recebir daño, sino fueron los de Soportújar y algunos perezosos. Los ocho arcabuceros corrieron peligro de perderse, porque estando en el lugar de Barxar enterrando los cristianos que habían sido muertos el día antes, dieron los monfís en ellos, y haciéndolos huir, los fueron siguiendo hasta cerca de la torre, llamándolos de perros, y diciéndoles que ya era llegado su día, y les quitaron algunas armas, y los proprios moriscos de paces que iban con ellos fueron los que más los persiguieron. Viendo pues Gaspar de Sarabia lo que pasaba, recogió a gran priesa las moriscas y muchachos que pudo haber en el lugar y las metió en la torre, entendiendo que si se viese en necesidad, no faltaría quien se compadeciese, padres, maridos o hermanos, y que secretamente les proveerían de agua y de bastimentos mientras le venía socorro. Finalmente, se encerró en la torre con ciento y ochenta personas y algunos hombres esforzados entre ellos, uno de los cuales se llamaba Pedro de Vilches, y por otro nombre Pie de palo, porque teniendo cortada una pierna a cercen, la traía puesta de palo, y era hombre animoso y muy plático en aquella tierra; y otro Leandro, que era gran cazador, y acaso había llegado allí aquella noche con dos cargas de conejos y perdices y un cuero de aceite; que cierto pareció haberlo enviado Dios para la salud de aquella gente; porque demás de que él era buen arcabucero y llevaba su arcabuz con cantidad de munición para poder pelear, la caza suplió la necesidad y hambre algunos días, y el aceite fue de mayor importancia para quemar a los enemigos una manta de madera que les arrimaron al muro de la torre, entendiendo poderlo picar por debajo. No fueron bien recogidos los cristianos cuando se levantó el lugar, y en un barrio que está cerca dél arbolaron una bandera, y tumultuosamente se recogieron a ella los mancebos gandules, y no mucho después parecieron otras seis banderas, la mayor dellas colorada, con unas lunas de plata en medio, y las otras todas de seda de diferentes colores, y atravesando por un viso a vista de la torre, fueron a ponerse en los olivares, acompañados de mucha gente armada de arcabuces y bailes ballestas. De allí enviaron a recoger los lugares que estaban en lo llano, y saliendo hombres y mujeres con bagajes cargados de ropa y de bastimentos, y los ganados por delante, se subieron a la sierra de Poqueira, y la gente armada cercó la torre donde estaban nuestros cristianos. Luego que se alzaron los lugares de Soportújar y Cáñar y los demás de las sierras, lo primero que hicieron aquellos herejes fue destruir las iglesias, y saquear lo que había en ellas y en las casas de los cristianos. En Soportújar prendieron por engaño al vicario de Ojeda, beneficiado de aquel lugar, y después de tenerle preso a él y a un muchacho criado suyo, llamado Martín, ofreciéndole de darle libertad un morisco que tenía por amigo, que se decía Bartolomé Aben Moguid, hijo del alguacil del lugar, le sacó de donde estaba y le escondió en casa de otro morisco, llamado Miguel de Jerez, y allí estuvo cuatro días, al cabo de los cuales vino Farax Abenfarax, que, como queda dicho, iba recorriendo los lugares por mandado de Aben Humeya, y donde quiera que llegaba hacía pregonar que, so pena de la vida, ningún moro fuese osado de esconder cristiano de ninguna edad que fuese, sino que luego se los manifestasen, y de miedo dél declaró Aben Moguid cómo tenía aquellos dos cristianos. Y enviando Abenfarax dos moros por ellos, los sacaron de donde estaban y los desnudaron en cueros, y atándoles las manos atrás, los entregaron a Zacarías de Aguilar, enemigo del beneficiado, el cual los llevó a la plaza del lugar, y tomándolos los vecinos en medio, les dieron muchos bofetones y puñadas, y después los llevaron a un montecillo que está como media legua de allí, para matarlos y dejar los cuerpos en el campo, porque Abenfarax mandaba que no les diesen sepultura. Y juntamente llevaron una cristiana, llamada Beatriz de la Peña, con cinco hijos niños, y teniéndolos ya para matar, acertó a pasar por aquel camino Aben Humeya, que venía de Béznar, y condoliéndose de la mujer y de los niños, les mandó que solamente matasen al vicario, y que los demás los volviesen al lugar y se los guardasen hasta que enviase por ellos. Luego cargáronlos enemigo, de Dios sobre aquel sacerdote, que invocaba su santísimo nombre, y dándole uno dellos con la verga de la ballesta en la cabeza un gran golpe, que le aturdió y dio con él en el suelo, le hirieron luego los otros con las lanzuelas y espadas, hasta que le acabaron de matar. Y encendidos en aquella ira, hirieron también a Martín, su criado, de una cuchillada en la cabeza, que se la hendieron, diciéndole el que le hirió: «Toma, perro, porque eres hijo del alguacil de Órgiba». Ved cuánta enemistad era la que tenían con los ministros espirituales y temporales, que aun a sus hijos niños no perdonaban. La mujer con sus criaturas llevaron a Soportújar, y después al castillo de Juviles, donde alcanzaron libertad cuando el marqués de Mondéjar lo ganó, con otras muchas cristianas que había recogido allí Aben Humeya.




ArribaAbajoCapítulo X

Cómo se alzaron los lugares de las taas de Poqueira y Ferreira, y la descripción dellas


Las taas de Poqueira y Ferreira están en la entrada de la Alpujarra; las cuales confinan a poniente con   —191→   la taa de Órgiba, a levante con la de Juviles, al mediodía con el Cehel, y a tramontana con Sierra Nevada. En la taa de Poqueira hay cuatro lugares llamados Capeleira, Alguazta, Parmpaneira y Bubión; y en la de Ferreira hay once, que son: Pitres, Capeleira de Ferreira, Aylácar, Fondales, Ferreirola, Mecina de Fondales, Pórtugos, Luaxar, Busquistar, Bayárcal y Harat el Bayar. Toda esta tierra es muy fresca, abundante de muchas arboledas; críase en ella cantidad de seda de morales; hay muchas manzanas, peras, camuesas de verano y de invierno, que llevan los moradores a vender a la ciudad de Granada y a otras partes todo el año, y mucha nuez y castaña ingerta. El pan, trigo, cebada, centeno y alcandía que allí se coge es todo de riego, y lo mejor y de más provecho que hay en el reino de Granada. Está una sierra entre estas dos taas, donde se crían hermosas viñas y huertas, y en ella nacen muchas fuentes de agua fría y saludable, con que se riegan, y son todas las frutas, hortalizas y legumbres que allí se cogen muy buenas. Es tan grande la fertilidad desta tierra, que si siembran los garbanzos blancos en ella, los cogen negros; y son los castaños tan grandes, que en el lugar de Bubión había uno donde una mujer tenía puesto un telar para tejer lienzo entre las ramas, y en el hueco del pie hacía su morada con sus hijos; y cuando el comendador mayor de Castilla entró con su campo en la Alpujarra, estando en aquel lugar, vimos seis escuderos con sus caballos dentro del hueco de aquel árbol, y a la partida le pusieron fuego unos soldados y le quemaron. De verano hay en estas sierras hermosísimos pastos para los ganados; y de invierno, porque es tierra muy fría, los llevan a lo de Dalías, o hacia Motril y Salobreña, que es más caliente y templado por razón de los aires de la mar. Están estas dos taas a manera de Península, entre dos ríos que bajan de la Sierra Nevada; el primero y más ocidental nace sobre la mesma taa de Poqueira, y corriendo por entre asperísimas y altas sierras, la cerca por aquella parte, y se va a juntar con el río de Motril antes de llegar a la puente Tejafi, donde está el puerto de Jubilein, que es la entrada de Órgiba a la Alpujarra yendo por el río de Cádiar, que se pasa en este camino, en espacio de cuatro leguas, más de sesenta veces por pasos dificultosos y puertos fragosísimos de peñas. El otro río nace también en la Sierra Nevada, a levante dél y a poniente del lugar de Trevélez, y con la mesma aspereza y fragosidad cerca las dos taas hacia oriente y mediodía. Por bajo del lugar de Ferreirola hace dos brazos, y entrambos se juntan con el río que baja de Alcázar, y se van después a meter en el río de Motril en la garganta del Dragón, que los moriscos llaman Alcazaubin. Recógense en aquel lugar tantas aguas de verano, por razón de las nieves que se derriten de las sierras, que parece un mar tempestuoso el ruido que lleva el río. Esta tierra decían los moriscos haber oído decir a sus pasados que jamás había sido conquistada por fuerza de armas, y así tenían mucha confianza en el sitio y fortaleza della, creyendo que ningún ejército acometería la entrada, habiendo quien defendiese los asperísimos pasos, donde poca gente era fuerte y poderosa; y por esta razón eligieron aquel sitio donde se recoger del primer ímpetu con sus mujeres, hijos y ganados.

Alzáronse los lugares de la taa de Poqueira viernes por la mañana a 24 días del mes de diciembre. Los cristianos que había en ellos corrieron luego a favorecerse en la torre de la iglesia del lugar de Burburon, que al parecer era fuerte, aunque no estaba acabada, y los herejes traidores (que así merecen que los llamemos de aquí adelante), viendo que se defendían, fueron a saquearles las casas, y cercando la iglesia, abrieron una puerta que estaba tapiada, encubierta de la torre, y entrando furiosamente por ella, destruyeron y robaron todas las cosas sagradas, y luego juntaron muchos zarzos y tascos untados con aceite para poner fuego a la puerta de la torre. Viendo esto los cristianos, y hallándose sin defensa, sin agua y sin mantenimientos, tomaron por medio rendirse antes que morir abrasados en crueles llamas; y fuérales menor mal, si los enemigos no usaran después otras mayores crueldades con ellos; porque los desnudaron y ataron, y les dieron muchos palos y bofetadas; y habiéndolos tenido aprisionados diez y nueve días, los sacaron a justiciar por mandado de Aben Humeya a una huerta cerca del lugar, un día antes que el marqués de Mondéjar llegase a Órgiba; y allí hicieron pedazos con las espadas al licenciado Quirós, cura del lugar de Concha, y al beneficiado Bernabé de Montanos, y a Godoy, su sacristán, y a otros veinte legos; y dejando los cuerpos a las aves y a los perros que se los comiesen, a solas las mujeres y a los niños de diez años abajo tomaron por captivos. Al bachiller Baltasar Bravo, beneficiado y vicario de aquella taa, porque sabían que tenía mucho dinero, no le mataron, y dándole tormento, le sacaron tres mil ducados de oro y mucha plata labrada, y con esperanza que les había de dar más, le dejaron con la vida.

Los de la taa de Ferreira se alzaron en el mesmo día y hora que los de Poqueira, especialmente los de Pórtugos y de los otros lugares junto a él. Los cristianos, en sintiendo el alzamiento, fueron luego a favorecerse en la torre de la iglesia de aquel lugar con sus mujeres y hijos. Los moros les saquearon las casas, y entrando en la iglesia por una puerta pequeña, la robaron y destruyeron, y pusieron fuego a la torre, amenazando a los que se habían encastillado dentro con cruel muerte si fuego no se rendían. Hubo algunos animosos que mostraban querer más morir que verse en poder de aquellos infieles; otros, viéndose quemar vivos, y oyendo las piadosas lamentaciones de sus mujeres y hijos, considerando que ninguna crueldad se podía usar con ellos mayor que la del fuego, y teniendo alguna esperanza de que no los matarían, determinaron de rendirse; y al fin persuadieron a los demás a que se diesen a partido, con promesa de que no les harían otro mal sino tomarlos por captivos. Habiéndose pues tardado en determinarse, el fuego fue creciendo cada hora más y ocupó la escalera de la torre; y siéndoles forzado descolgarse con sogas por la parte de fuera, donde no habían aún llegado las llamas, el recebimiento que les hacían aquellas enemigos de Dios era desnudarlos en poniendo los pies en el suelo, y darlos muchos palos y bofetones, y atándoles las manos atrás, los llevaban a meter de pies en un cepo. Al beneficiado Juan Diez Gallego, que residía en Pitres, y acertó a hallarse allí aquel día, mataron de una saetada, estando asomado a una ventana de la torre. Prendieron a los beneficiados Juan   —192→   Vela y Baltasar de Torres, y a su padre, y a otros muchos legos, y a las mujeres y niños que tuvieron lugar de poderse descolgar; y cuando fue aplacada la llama, retirando la brasa, entraron dentro, y a todos los hombres que hallaron vivos los mataron; y por atormentar más a los cristianos presos con pena y vituperio, les hicieron sacar de la torre los cuerpos muertos, y que con sogas a los pescuezos los llevasen arrastrando fuera del lugar y los echasen en un barranco; y después los mataron a ellos, sacándolos de cuatro en cuatro, para que durase más la fiesta, llevándolos desnudos y descalzos, dándoles de pescozones y puñadas. Poníanlos sentados por su orden en el suelo en una haza, y luego comenzaban su venganza; el que llevaba la soga con que iba el cristiano atado, era el primero que le hería; luego llegaban los otros y le daban tantas lanzadas y cuchilladas, hasta que le acababan de matar; algunos entregaron a las moriscas antes que espirasen, para que también ellas se regocijasen. Uno de estos fue Juan de Cepeda, hafiz de la seda, el cual llevó su martirio, si en aquel punto supo gozar de Dios, por mano de mujeres con piedras y almaradas. Mataron también este día una morisca viuda, que había sido mujer de un cristiano, llamada Inés de Cepeda, porque no quiso ser mora como ellos, y les decía que era cristiana y que no quería mayor bien que morir por Jesucristo. En esta constancia la degollaron, y dio el alma a su Criador, encomendándose muchas veces a la gloriosa Virgen María. No podían los descreídos llevar a paciencia que los cristianos cuando se veían en aquel punto se encomendasen a Dios y a su bendita Madre. Y como herejes y malos les decían: «Perros, Dios no tiene madre»; y los herían cruelísimamente. Al beneficiado Baltasar de Torres rogaron mucho que se tornase moro dos herejes llamado Pedro Almalqui y Juan Pastor, y le prometían que le darían su hacienda y le casarían. Y como les respondiese que era sacerdote de Jesucristo y que había de morir por él, le dieron de bofetadas y puñadas; y diciéndole por escarnio: «Perro, llama agora al Arzobispo y al Presidente y a Albotodo que te favorezcan». Cuando hubieron sacado por engaño a su madre docientos ducados que tenía escondidos, con promesa de que no le matarían, le desnudaron en cueros, y maniatado con una soga a la garganta, le llevaron a la plaza, y apartándole a un cabo, donde llaman el Lauxar, le cortaron los pies y las manos, y luego le ahorcaron juntamente con otros dos cristianos mancebos, que el uno no tenía edad de catorce años; y porque lloraba un niño sobrino del beneficiado viendo matar a su tío, le mataron también a él. Murieron en este lugar veinte y ocho cristianos entre clérigos y legos, y dos niños de edad de tres años, o poco más. Los autores destas crueldades que Farax Aben Farax mandaba hacer, fueron Luis el Hardon y Miguel de Granada Xaba, juntamente con las cuadrillas de los monfís.

Alzose el lugar de Mecina de Fondales el mesmo día viernes en la noche, y tomando a los cristianos que vivían en aquel lugar descuidados, los prendieron a todos en sus casas y los robaron. Luego acudieron a la iglesia, y como si en aquello estuviera toda su felicidad, destruyeron todas las cosas sagradas, y se llevaron los ornamentos y cosas de precio que allí había. Fueron muchos los malos tratamientos y afrentas que hicieron a los cristianos captivos en este lugar; y después de bien hartos de ultrajarlos, mataron diez y seis personas, y entre ellos dos beneficiados, llamados Luis de Jorquera y Pedro Rodríguez de Arceo, y a Diego Pérez, sacristán, y a Pedro Montañés, hombre rico, y a su mujer y a una criatura que llevaba en los brazos. Sacábanlos a todos desnudos, las manos atadas, fuera del lugar, dándoles de palos y de bofetadas, y después los herían cruelmente con lanzas, espadas y con piedras.

El lugar de Pitres de Ferreira se alzó la noche de Navidad, viernes a 24 de diciembre, como los demás desta taa. Los cristianos que allí vivían, y otros que se hallaron en él acaso, en sintiendo el alboroto de la gente se metieron en la torre de la iglesia, y los moros les saquearon las casas y los cercaron. Teniéndolos pues cercados, y viendo que se defendían, un moro de los principales de aquel lugar, llamado Miguel de Herrera, les persuadió con buenas palabras a que se rindiesen, diciendo que no los matarían; los cuales lo hicieron ansí, viendo lo poco que podía durar su vana defensa. Luego saquearon y robaron la iglesia y deshicieron los altares. Miguel de Herrera llevó a su casa y a otras de particulares a los prisioneros, dándoles esperanza que no morirían; y habiéndolos tenido allí tres días, llegó el traidor de Farax, y dejándole mandado que los matase, los llevaron a todos maniatados a casa de Diego de la Hoz el viejo, que era un cristiano rico que vivía en aquel lugar, y haciendo pregonar que todos los moros y moras que quisiesen regocijarse con la muerte de sus enemigos saliesen a la plaza a ver cómo los mataban, en un punto se hinchó toda de gente. El primero que sacaron fue al beneficiado Jerónimo de Mesa, y poniendo una garrucha con una gruesa soga en lo alto de la torre de la iglesia, le ataron los brazos atrás asidos della, y subiéndole arriba, le dejaron caer tres veces de golpe en el suelo con los brazos descoyuntados, y de los golpes que daba sobre una losa, se le hicieron pedazos las canillas de los pies y de los muslos en presencia de su madre, que era morisca de nación y buena cristiana; la cual viendo hecho pedazos a su hijo, llegó a él con ánimo varonil, y besándole muchas veces el rostro, le dijo: «Hijo mío, esforzad en Dios y en su bendita Madre, que son los que han de favorecer vuestra alma; que los tormentos presto pasarán». El cual alzando los ojos al cielo, daba infinitas gracias a Jesucristo, derramando lágrimas de contemplación con tanto ánimo como si no sintiera aquel tormento. Viéndole pues los herejes en esta constancia, y que tan de corazón se encomendaba a Dios, llegaron a él, y por escarnecerle le decían: «Perro, di agora el Ave María; veamos si le quitará de aquí». Y tornándole a subir otra vez a lo alto, le dejaron caer cuatro veces, y luego le quitaron; y echándole una soga a la garganta, le entregaron a las moras para que también ellas tomasen su venganza en él; las cuales le llevaron arrastrando fuera del pueblo, y hiriéndole con almaradas, lanzuelas y piedras, le acabaron de matar; y volviéndose contra su madre, le escupían en la cara, llamándola de perra cristiana; y mesándola, y dándole de bofetadas, le dieron tantas heridas y pedradas, que la derribaron muerta sobre el cuerpo de su hijo. Acabado este espectáculo,   —193→   sacaron a Diego de la Hoz el viejo, y al gobernador de Torviscón, y a Francisco de Campuzano, y con ellos otros muchos cristianos, y los llevaron donde los habían de matar; y porque algunos, teniendo las manos atadas, hacían la cruz con los dedos pulgares y la besaban, llegaban a ellos y se los cortaban. Hubo entre estos cristianos dos muchachos, que el mayor sería de trece años, y era hijo de Antón Martín, familiar del Santo Oficio, en quien el señor puso su mano aquel día, porque no bastaron con ellos ruegos, promesas ni amenazas para que renegasen. Y queriéndolos sacar a matar con los demás, se llegó uno llamado Pedro, hijo de Diego de Hoz, a su madre, y con semblante alegre le dijo: «Señora madre, rogad a Dios por mí». Y como le respondiese llorando: «Hijo mío, tú eres el que has de rogar por todos», le replicó el muchacho: «Por cierto, señora, yo lo haré, y no tengáis pena de mi muerte; que voy muy alegre y contento a morir por Jesucristo». Y con grandísimo esfuerzo llegaron entrambos adonde estaban los otros cristianos muertos, y hincando las rodillas en el suelo, sin temor de aquella muerte breve, fueron a gozar de la vida perdurable, ensangrentando en ellos sus espadas los enemigos de Jesucristo: cosa por cierto de admiración, para dar gracias al Omnipotente, que no hubo en todo este alzamiento cristiano, hombre ni mujer, grande ni pequeño, sacerdote ni lego, que negasen la fe; antes hubo algunos moriscos y moriscas que holgaron de morir por ella, y se ofrecían de buena gana al sacrificio con tanto más ánimo, cuanto mayores crueldades veían hacer. Padecieron en este lugar veinte y tres cristianos por sentencia de Miguel de Herrera, que como juez los condenaba. Los principales ejecutores del mal que allí se hizo fueron Lorenzo de Murcia, Lorenzo Campanari, Miguel de Montoro y Miguel Zenin y el Mehme. Otras muchas crueldades se hicieron en los otros lugares destas taas, que dejo de poner, porque para haberlo de contar todo, sería menester gran volumen y cansar al letor.




ArribaAbajoCapítulo XI

Cómo se alzaron los lugares de la taa de Juviles, y la descripción della


La taa de Juviles confina a poniente con las taas de Poqueira y Ferreira, a tramontana tiene la Sierra Nevada, al mediodía el Cehel, y a levante la taa de Ugíjar de Albacete. Es tierra de muchas sierras y peñas, especialmente a la parte de Sierra Nevada. Hay en ellas veinte lugares, llamados Válor, Viñas y Exen, Mecina de Bombaron, Yátor, Narila, Cádiar, Timen, Portel, Gorco, Cuxurio, Bérchul, Alcútar, Lobras, Nieles, Cástaras, Notaes, Trevélez y Juviles, que es la cabeza. Hacia la parte de Bérchul hay grandes cuevas, que naturaleza hizo y fortaleció entre las peñas en lugares muy secretos, donde los moriscos tenían recogidos muchos bastimentos para el tiempo de la necesidad. A la parte de levante y mediodía cerca esta taa un río que nace en lo más alto de Sierra Nevada, junto al puerto de Loh, que quiere decir puerto de la Tabla, porque está una tabla de tierra llana en lo más alto dél, por donde se atraviesa la Sierra Nevada, yendo de Guadix a la Alpujarra, Este río es el que llaman de Cádiar, y entre él y el que dijimos que baja de junto a Trevélez y cerca las taas de Poqueira y Ferreira, está la taa de Juviles, la cual es abundante de pan, trigo, cebada, panizo y alcandía, y de mucho ganado; mas tiene muy pocas arboledas, y la seda que allí se cría no es tan buena como la de las otras taas, especialmente la del proprio lugar de Juviles.

Juviles es el lugar principal desta taa, donde se ven las ruinas de un castillo antiguo, en un sitio asaz grande y fuerte, en el cual dicen los moriscos antiguos que había en tiempo de moros un alcaide y gente de guerra para tener sujetos los lugares de aquel partido, que eran los más inquietos de la Alpujarra, bárbaros y bestiales sobremanera. Levantáronse los moriscos deste lugar y de los otros desta taa el viernes víspera de Navidad, cuando los monfís hubieron muerto los cristianos que fueron a alojarse a Cádiar con el capitán Herrera, y lo primero que hicieron fue robar la iglesia y destruir cuanto había en ella. Luego corrieron a las casas de los cristianos que moraban en el lugar, y no con menor cudicia que ira las saquearon, y prendiéndolos, los metieron en la iglesia con gente de guardia, y allí los tuvieron algunos días, predicándoles su seta y amonestándoles que se volviesen moros, hasta tanto que volvió Farax, y mandó que los matasen a todos; y por su orden los mataron el jueves 30 días del mes de diciembre. Los primero, fueron el beneficiado Salvador Rodríguez y el cura Martín Romero, y su sacristán Andrés Monje. Lleváronlos desnudos en cueros, las manos atadas atrás, a una haza que estaba cerca de la iglesia, y allí los acabaron a cuchilladas, y con ellos otros dos legos. Y teniendo ya en aquel lugar para hacer lo mesmo de otros cristianos de los que tenían presos, acertó a pasar por allí don Hernando el Zaguer, que andaba requiriendo aquellos pueblos, y se los quitó y los entregó a un morisco del lugar, para que tuviese cargo de guardarlos hasta que se los pidiese. Estas crueldades que Aben Farax hacía no aplacían nada al Zaguer; antes le aborrecía por ello a él y a los que con él andaban; mas no osaba contradecírselo, porque temía que los moros rebelados se lo ternían a mal, y dirían que favorecía a los cristianos, o que se apiadaba dellos; y por el mesmo caso, haciéndose a la parte de Aben Farax, le alzarían por su gobernador, por ser hombre enemigo y perseguidor del nombre cristiano.

Los del lugar de Alcútar se alzaron el mesmo día que los de Juviles, robaron la iglesia, hicieron pedazos los retablos y imágines, destruyeron todas las cosas sagradas, y no dejaron maldad ni sacrilegio que no cometieron en compañía de los monfís y de Esteban Partal, su capitán. Fueron a casa del vicario Diego de Montoya, beneficiado de aquel lugar, y entrándola por fuerza, le mataron de una saetada. Prendieron al licenciado Montoya, su sobrino, y cortáronle una mano; saquearon cuanto tenían. Tomaron vivos a Juan de Montoya, beneficiado del lugar de Cuxurio de Bérchul, que se halló allí a la sazón, y a otros cristianos y cristianas que vivían en él, y llevándolos después a matar al lugar de Cuxurio con otros captivos, como se dirá adelante, mostraban gran sentimiento de pesar por no haber prendido al vicario Diego de Montoya, porque quisieran tomar muy de espacio venganza en él. También se alzaron los del lugar de Narila el viernes   —194→   en la noche, los cuales destruyeron y robaron la iglesia y las casas de los cristianos, y prendiéndolos a todos, y entre ellos a un clérigo de misa llamado Cebrián Sánchez, los llevaron maniatados al lugar de Alcútar; y habiéndolos tenido allí predicándoles su seta y persuadiéndolos a que se tornasen moros, y amenazándoles que sino lo hacían les darían cruelísimas muertes, cuando vieron que les aprovechaban poco sus persuasiones y amenazas, desnudaron todos los hombres en cueros, y los llevaron, las manos atadas atrás, al lugar de Cuxurio, donde los mataron; siendo autores desta maldad Lope y Gonzalo Seniz, vecinos de Cuxurio de Bérchul, que fueron crueles perseguidores de cristianos, y caudillos de monfís.

El lugar de Cuxurio de Bérchul se alzó cuando los otros desta taa; y los rebeldes dichos con cruelísima rabia entraron lo primero en la iglesia, y haciendo pedazos los retablos y las imágines y la pila del santo baptismo, quebraron el arca del Santísimo Sacramento, y no hallando la sagrada hostia de la Eucaristía, que la había consumido el beneficiado Pedro Crespo, arrojaron con menosprecio y desdén todas las cosas sagradas por el suelo. Luego fueron a saquear las casas de los cristianos, y prendieron al beneficiado, que se había escondido en casa de un morisco su amigo, y le mataron cruelísimamente. A este lugar llevaron los cristianos que habían captivado en el lugar de Alcútar y Narila, y los mataron a todos delante de la iglesia. Al beneficiado Juan de Montoya, que había sido preso en Alcútar, sacó uno de aquellos herejes el ojo derecho con un puñal, y luego les tiraron a todos al terrero con las ballestas y con los arcabuces, estando presentes a ello Esteban Partal y Lope el Seniz y otros capitanes de monfís.

Los de Mecina de Bombaron se alzaron también el viernes en la noche, saquearon luego la iglesia, quebraron los retablos, despedazaron las venerables imágines, deshicieron los altares, y finalmente destruyeron y robaron todas las cosas sagradas; y hallando a los cristianos descuidados, los prendieron a todos y les saquearon las casas. En este lugar arbolaron los rebeldes una bandera de tafetán carmesí bordada de hilo de oro, y en medio un castillo con tres torres de plata, que la tenían guardada de tiempo de moros, y el que la tenía se llamaba Andrés Hami, vecino del mesmo lugar. Prendieron al beneficiado Francisco de Cervilla en su casa, y atándole las manos atrás, le dieron muchos bofetones y palos, y le llevaron de aposento en aposento, hasta que les entregó el dinero y la ropa que tenía; y después sacándole fuera, se adelantó un moro que solía ser grande amigo suyo, y haciéndose encontradizo con él en el umbral de la puerta, le atravesó una espada por el cuerpo diciéndole: «Toma, amigo; que más vale que te mate yo que otro»; y allí le acabaron de matar los sacrílegos a pedradas y cuchilladas. Y no contentos con esto, tomó uno de los que allí estaban un palo, y le quebrantó todo el cuerpo a palos desde los pies hasta la cabeza; y otro día de mañana le sacaron arrastrando fuera del lugar, y le echaron en un barranco. No mucho después mataron todos los cristianos que tenían captivos, y entre ellos al beneficiado Juan Gómez el viejo y al cura Juan Palomo, haciendo en ellos mil géneros de vituperios y crueldades. Fue cruel perseguidor de cristianos en este lugar Miguel Daloy, alguacil dél.

El lugar de Válor está en dos barrios, el alto y el bajo; entrambos se alzaron el viernes en la noche. Los cristianos clérigos y legos que allí moraban se recogieron, en sintiendo el alboroto, a la torre de la iglesia del barrio bajo, donde estuvieron con harto cuidado aquella noche. Los moros saquearon y robaron la iglesia del barrio alto y las casas de los cristianos; y otro día de mañana los cercaron en la torre, y asegurándoles Bernardino Abenzaba que no les harían ningún mal, los captivaron a todos; y desque hubieron destruido y robado también aquella iglesia, los llevaron maniatados a unas casas, y allí les predicaron algunos días la seta de Mahoma; y viendo que aprovechaba poco su predicación, porque todos decían que eran cristianos y que habían de morir por Jesucristo, sacaron los herejes a los hombres desnudos y maniatados fuera del lugar, y poniéndolos a terrero, les tiraron con arcabuces y ballestas. Los primeros que mataron fueron tres beneficiados, llamados el bachiller Delgado, Alonso García y Tejerina, y dos sacristanes, que el uno se decía Francisco de Almansa. Deste lugar era natural don Hernando de Válor, mas no se halló allí aquel día; y, si bien se hallara, no dejaran de hacer estas crueldades, a las cuales no quería contradecir, por tener el pueblo más culpado, más obligado, y con menos confianza de perdón; y por esta razón, si unas veces las permitía, otras muchas las mandaba hacer, porque le tuviesen por enemigo de cristianos.

El mesmo día y en la mesma hora que se alzó Válor, se alzaron los lugares de Yegen y Yátor, en los cuales no fueron menores las crueldades que usaron los enemigos de Dios. Destruyeron y robaron las iglesias y las casas de los cristianos, captiváronlos a todos, y haciéndoles muchos malos tratamientos, vinieron después a darles cruelísima muerte; y entre ellos mataron al bachiller Bravo y a su sacristán, y un vecino que se decía Juan de Montoya, que se escapó herido de una saetada en la cabeza, fue a parar a Ugíjar, donde también fue muerto con otros muchos cristianos que allí había.




ArribaAbajoCapítulo XII

Cómo se alzaron las taas de los dos Ceheles, y la descripción dellas


Los Ceheles son dos taas que están juntas en la costa de la mar; la que cae a poniente llaman Zueyhel, nombre diminutivo, porque es más pequeña que la otra. Esta confina a poniente con las sierras de Jubilein, en la entrada de la Alpujarra, donde están los lugares de Rubite, Bárgix y Alcázar, y con la taa de Órgiba. El Cehel grande tiene a levante la tierra de Adra; y a entrambas taas las baña al mediodía el mar Mediterráneo, y a la parte del cierzo confina con la taa de Ferreira, con la de Juviles y con parte de la de Ugíjar. Hay en ellas once lugares, llamados Albuñol, Torbiscón, Turón, Mecina de Todel, Bordemarela, Détiar, Cojáyar, Foronon, Murtas, Jorayrata y Almejíjar. Esta tierra es de grandes encinares y de mucha yerba para los ganados; cógese en ella cantidad de pan. Lo que cae hacia la costa de la mar, es muy despoblado, y por eso es muy peligroso, porque acuden de ordinario por allí   —195→   muchos bajeles de cosarios turcos y moros de Berbería, Cercan estas taas dos ríos; a la parte de levante el que llaman río de Adra, y a poniente otro que nace en el proprio Zueyhel cerca de la mar; y corriendo la tierra adentro hacia tramontana, dando muchas vueltas, se va a juntar con el río de Alcázar, que baja de las sierras de Jubilein, por bajo del lugar de Escariantes, que es de la taa de Ugíjar.

Todos los vecinos destos lugares que hemos dicho, se alzaron viernes en la tarde, destruyeron y robaron las iglesias, captivaron y mataron todos los cristianos que vivían entro ellos, y dejando sus casas, se subieron otro día a la aspereza de las sierras con sus mujeres y hijos y ganados, y la mayor parte dellos se metieron en unas cuevas muy grandes y muy fuertes que están media legua encima del lugar de Jorayrata.

En el lugar de Jorayrata, cuando los herejes sacrílegos hubieron saqueado la iglesia, y con manos violentas hecho mil géneros de sacrilegios y maldades, recogieron todos los prisioneros dentro, y entre ellos el beneficiado Francisco de Navarrete y a su sacristán; y habiéndoles tenido allí tres días, llegó orden de Farax Abenfarax para que los matasen; y un moro llamado Lope de Guzmán, alguacil del lugar, dijo al beneficiado que supiese que habían de morir él y todos los que allí estaban, y que en su mano estaba darle alguna hora de vida; el cual le rogó que por amor de Dios le diese aquella tarde y la noche siguiente de término para ordenar su alma. El moro se lo concedió, porque había sido su amigo, riéndose de oírle decir que quería ordenar su alma. Este clérigo, viendo que habían de morir aquellos cristianos tan en breve, los confesó a todos y les predicó los misterios de la pasión de Cristo, redemptor nuestro; y todo el tiempo que le sobró de la noche estuvo de rodillas puesto en oración, pidiendo a Dios misericordia de sus culpas. Siendo ya de día, volvió el alguacil a él y le dijo que ya era llegada su hora; que viese qué muerte quería morir, porque aquélla se le daría. El beneficiado le rogó que le cortasen la cabeza, porque no estuviese mucho penando, y que en acabando de espirar, le hiciese enterrar en la iglesia. A esto respondió el moro escarneciendo: «Cortarte la cabeza yo lo haré; mas quedar tu cuerpo en la iglesia no puede ser, porque la he menester para corral de mi ganado». Entonces se hincó el sacerdote de Jesucristo de rodillas delante del altar, que ya estaba deshecho y derribado, y estando orando al Señor, le alzó el hereje por la mano, y llevándolo a la puerta de la iglesia, donde había mucha gente recogida, le entregó a los herejes sayones, juntamente con el sacristán, diciéndoles desta manera: «A este perro bellaco del alfaquí os entrego para que le cortéis la cabeza, porque subiéndose en el altar, nos hacía estar hasta mediodía ayunos, después de haberse él comido una torta de pan y emborrachándose con vino; y cuando se la hayáis cortado, dadle una lanzada por el corazón, porque nos decía que no teníamos fe ni corazón con Dios. Y al sacristán, que con mucho cuidado apuntaba las faltas de los que no íbamos a misa los domingos y días de fiestas, y castigaba a los muchachos que no querían aprender la dotrina cristiana cuando estaba borracho, quitadle asimesmo la cabeza y echadla en una tinaja de vino, y entregad después el cuerpo a los muchachos para que le den tantas pedradas como él les dio azotes». Dicho esto, los enemigos de Dios ejecutaron luego la inicua sentencia; y siendo ya tarde, fueron algunas mujeres cristianas al alguacil, y le rogaron que les diese licencia para enterrar aquellos cuerpos, por que no se los comiesen los perros. El cual les respondió que los dejasen estar en el campo; que ellos eran tan grandes perros, que los mesmos perros habrían asco de comerlos.

Los vecinos del lugar de Murtas se alzaron cuando los de Jorayrata, mas fue de manera que no hicieron aquel día mal a los cristianos, antes les dieron lugar que se metiesen en la iglesia, y con ellos el beneficiado Juan Gómez de Perespada. Después llegó al lugar Bartolomé el Feten con una cuadrilla de monfís y su bandera tendida blanca, que llevaba Lorenzo Mehgua, y juntándose con ellos los mozos gandules, cercaron y combatieron la iglesia, y derribándoles las puertas, entraron dentro y hicieron pedazos los retablos, las cruces y la pila del sagrado baptismo y saquearon la sacristía. Y por asegurar a los que se defendían animosamente en la torre, no quisieron saquearles las casas, antes les persuadieron con buenas palabras a que se diesen, diciéndoles que se podían fiar muy bien dellos, pues eran sus vecinos y amigos, y que si les entregaban, las armas, les aseguraban sobre sus cabezas que no les sería hecho mal ni daño. Viendo pues los pobres cercados que de ninguna manera podían escapar de muerte si perseveraban en su varia defensa, acordaron de rendirse, y bajando de la torre, los maniataron a todos en el cuerpo de la iglesia. Luego subió uno de los monfís a lo alto de la torre, y arbolando una bandera morisca, pregonó la seta de Mahoma, como cuando los moros llaman a su oración o zalá. Los otros fueron a las casas de los cristianos y las robaron, y mataron algunos enfermos que estaban en las camas tan flacos, que no se habían podido levantar; aunque no duraron muchos días más los unos que los otros, porque los rebeldes herejes, juntándose como quien se junta para alguna fiesta solene, los sacaron a matar con gran regocijo, tañendo sus atabalejos y dulzainas; y poniendo a los cristianos en una hilera en el cimenterio de la iglesia, desnudos y descalzos, con las manos atadas atrás, les tiraron a terrero con los arcabuces y ballestas, y los mataron a todos cruelísimamente, comenzando por el beneficiado, y luego por el sacristán Esteban de Zamora. Mataron también a Catalina de Arroyo, morisca, madre del beneficiado Ocaña, porque dijo que era cristiana; la cual llevándola las mujeres a matar, iba rezando la oración del Anima Christi, y murió invocando el dulce nombre de Jesús. Al contrario desto hicieron los del lugar de Turón, los cuales recogieron diez y ocho cristianos que allí vivían, y porque los monfís no los matasen, los acompañaron hasta Adra, y los pusieron en salvo con todos sus bienes muebles.




ArribaAbajoCapítulo XIII

Cómo los lugares de la taa de Ugíjar se alzaron, y la descripción della


La taa de Ugíjar está en medio de la Alpujarra: es tierra quebrada, aunque no tan fragosa como las otras taas que hemos dicho; la cual confina a poniente con   —196→   la taa de Juviles, a tramontana con la Sierra Nevada, al mediodía con el Cehel grande y con tierra de Adra, y a levante con la taa de Andarax. Cógese en esta tierra cantidad de pan, trigo, cebada, panizo y alcandía, y tiene muy buenos pastos para ganados mayores y menores. La cría de la seda no es tanta en Ugíjar ni se hace tan fina como en las otras taas, ni tienen los moradores tantas arboledas. A levante y a mediodía cerca esta taa un río que procede de unas fuentes que salen de la laguna grande que se hace en la cumbre alta de Sierra Nevada, cerca del puerto de la Ravah, que en arábigo quiere decir recogimiento de aguas. Este río hace al principio dos brazos; el mayor corre hacia poniente, y va haciendo muchas vueltas y ensenadas sin llegar a lugar poblado hasta Escariantes, y allí se juntan con él otros dos ríos que proceden también de la mesma sierra. El otro brazo corre hacia levante, y atravesando la taa viene a pasar a poniente de Ugíjar de Albacete, que así llaman los moros este lugar, el cual tuvo título de ciudad, siendo el rey Abdilehi Zogoybi señor de la Alpujarra. De la mesma fuente que sale el río que hemos dicho, procede otro que lleva su corriente más a levante, y va u pasar junto con el lugar de Lároles, y de allí vuelve a Ugíjar, y se junta con otro brazo que procede de otra fuente que nace a levante de la laguna dicha, en unas sierras más bajas, al cual llaman después los moradores río de Paterna, del nombre de un lugar por donde pasa. Estas aguas todas, corriendo hacia el mar Mediterráneo, toman en medio a Ugíjar, y después se van a juntar par del lugar de Darrícal, y de allí van a entrar en la mar cerca de la villa de Adra, y por esta razón llaman aquel río, cuando ya van las aguas todas juntas, río de Adra.

Hay en la taa de Ugíjar diez y nueve lugares, llamados Darrícal, Escariantes, Lucainena, Chirin, Soprol, Umqueira, Pezcina, Lároles, Unduron, Júgar, Mairena, Cargelina, Almóceta, el Fex, Nechit, Mecina de Alfahar, Torrillas, Anqueira y Ugíjar de Albacete, que, como queda dicho, es el principal y tiene título de ciudad, y allí reside de ordinario el juzgado civil y criminal, alguaciles y escribanos, y un alcalde mayor que pone el corregidor de Granada para que administre justicia en toda la Alpujarra.

Estaba en este tiempo por alcalde mayor en la Alpujarra un letrado natural de la villa de Curiel, llamado el licenciado León, el cual había sido avisado del alzamiento que los muros querían hacer tres días antes que se comenzasen a levantar, porque el licenciado Torrijos, beneficiado de Darrícal, les había dicho secretamente a él y. al abad mayor de Ugíjar, que se llamaba el maestro don Diego Pérez y era natural de Illescas, como unos moriscos amigos suyos le habían certificado que sin duda resucitaban los granadinos el rebelión pasado, y que sería con mucha brevedad; y con este aviso había mandado pregonar que, so pena de la vida, todos los cristianos del pueblo se recogiesen luego a la iglesia, por estar en sitio asaz fuerte para batalla de manos; y porque esto se hiciese con brevedad y sin escándalo, había echado fama que tenía nueva cierta que venían más de mil turcos y moros de Berbería a llevarse aquel lugar. Los cristianos, pues, no se pudiendo persuadir a que esto fuese verdad, habían hecho burla del pregón, diciendo que cómo habían de llegar turcos a Ugíjar, cosa que jamas habían hecho, especialmente en invierno, con tan recios temporales como hacía; y como sucedió en tan breve el rebato que les dieron el viernes los monfís, que dejaban muerto al capitán Diego de Herrera en Cádiar, hallándose todos desapercebidos, unos desarmados, y muchos desnudos en camisa, se fueron a meter en la iglesia y en dos torres que tenían en sus casas dos vecinos, que la mayor era de Miguel de Rojas, morisco, y la otra estaba en casa de Pedro López, difunto, escribano mayor que había sido de aquel juzgado. En la iglesia, que era grande y muy fuerte, se metieron el alcalde mayor y el abad mayor, y los canónigos y mucha gente armada de arcabuces y ballestas; en la torre de Miguel de Rojas, el alguacil mayor, llamado Diego de Vallaizán, y con él algunos, moriscos y cristianos; y en la de la casa de Pero López, otros vecinos particulares. Estas tres torres estaban en triángulo, puestas de manera que los de dentro no dejaban asomar a nadie por las calles, que los enclavaban luego con arcabuces, y tenían mucha munición que tirar, porque les habían traído dos días antes catorce arrobas de pólvora de Málaga, y el alcalde mayor había repartídola entre los arcabuceros, y desta causa los monfís no habían hecho otro efeto más de quebrantar la cárcel y soltar los moriscos presos, y quebrar las puertas de los escritorios de los escribanos, y quemar todos los procesos. Luego el siguiente día, que fue sábado primero día de Pascua, recogieron todos los moriscos y moriscas del lugar, y se fueron los hombres de guerra a poner en la rambla de Burburon, dos tiros de arcabuz de allí donde no los descubrían los de las torres, aguardando a que llegasen don Hernando el Zaguer y el Partal de Narila, que habían ido a recoger la gente de los lugares comarcanos para combatirlas de propósito, no se atreviendo con ellas los que allí estaban.




ArribaAbajoCapítulo XIV

Cómo el capitán, Diego Gasca tuvo aviso que había moros en la tierra, y partió de Dalías en su busca, y cómo llegó a Ugíjar estando alzado el lugar


Estaba en este tiempo alojado en Dalías el capitán Diego Gasca, vecino de Málaga, y tenía consigo cuarenta caballos de los de su compañía; el cual siendo avisado el viernes por uno de los soldados que dijimos que escaparon de Cádiar, cómo había moros enemigos en la tierra, y del estrago que dejaban hecho en la gente del capitán Herrera, determinó de ir luego en su busca; y porque le pareció que sería menester más golpe de gente de la que llevaba, despachó una carta a don García de Villarroel, capitán de la gente de guerra de la ciudad de Almería, dándole aviso cómo iba en busca de aquellos moros la vuelta de Ugíjar, para que se aprestase y le saliese a favorecer. Don García no lo pudo hacer, porque tenía más cierta nueva que él del rebelión; y habiendo tan poca gente en la ciudad y tantos moriscos vecinos, no se atrevió a dejarla sola en aquella ocasión. Diego Gasca fue a la villa de Adra, y no hallando nueva que hubiesen desembarcado moros de Berbería, pasó a Berja, y de allí a Darrícal, donde sabía que moraba el licenciado Torrijos, para tomar lengua dél; y cuando llegó al lugar, que sería más de media noche, halló la gente toda ida y la casa del Torrijos   —197→   sola; y entendiendo que estaba en la torre de la iglesia, fue allá; y hallando la puente levadiza alzada y alguna ropa puesta por las ventanas, hizo dar voces llamándole; mas era por demás, porque no estaba allí, que habiéndose recogido dentro con su familia, había venido a él un morisco del lugar de Lucainena, vecino y amigo suyo, a prima noche, y hecho que se fuese con él antes que los alzados llegasen a cercarle, y le había llevado a una cueva en la falda de la sierra de Gádor, donde le pareció que estada más seguro, hasta ver en qué paraban los negocios; y de industria había dejado la puente levadiza alzada y aquella ropa puesta por las ventanas, para que entendiesen los que viniesen que estaba dentro. Diego Gasca, creyendo que no quería responder, comenzó a deshonrarte, y pasando adelante, llegó a vista de Ugíjar el domingo por la mañana, y se puso en un viso adonde le podían descubrir muy bien los cristianos de las torres; los cuales comenzaron a hacer gran fiesta y regocijo, tendiendo las banderas y campeándolas, y tirando con los arcabuces a los enemigos; porque viendo gente de a caballo, entendieron que les iba socorro. Los moros, creyendo lo mesmo, se pusieron en huida por aquellas sierras; mas presto se les aguó a los nuestros su contento, porque Diego Gasca, viendo que la tierra estaba alzada y que los moros a gran priesa tomaban las sierras, entendió que iban a atajar el paso por do había de volver; y sin haber para qué, se fue retirando la vuelta de Adra, con un escudero menos, que le mataron en el camino. Este socorro había sido muy a tiempo, y se salvara toda la gente cristiana que había en Ugíjar si nuestros caballos entraran en el pueblo, porque se juntaran con ellos los peones, que eran muchos, y pudieran retirarse seguramente a la villa de Adra. Y aun por ventura hicieran algún buen efeto, con que los rebeldes no pasaran adelante con su maldad; porque, según entendimos de algunos hombres fidedignos, don Fernando el Zaguer, arrepentido del daño hecho, y viendo su perdición en las manos, había dicho a los alpujarreños que con él estaban aquel mesmo día: «Hermanos, nosotros vamos perdidos; engañado nos han los monfís; los granadinos quieren hacer su negocio con nuestras cabezas; busquemos otros remedios». Y casi tenían convertidos algunos de los principales a que se volviesen a sus casas.




ArribaAbajoCapítulo XV

Cómo los rebeldes volvieron a Ugíjar, y cómo batieron las torres donde estaban los cristianos, y se les rindieron


Vuelto pues Diego Gasca a la villa de Adra, los alzados tornaron a ponerse en la rambla de Burburon, y desde allí fueron de parte de noche a las casas, y horadando de unas en otras, porque no osaban descubrirse por las calles, por miedo de los arcabuceros de las torres, llegaron a casa de Pero López, y entrando por ella, cercaron la torre, que era toda hecha de madera, y poniéndole fuego, quemaron la puente levadiza, y creció la llama tanto, que los de dentro pidieron que se querían dar a partido; y siendo admitidos, mientras descolgaban las mujeres con sogas, que no podían salir por la puerta, que ocupaba el fuego, se quemaron casi todos los hombres, sin poderlos remediar. Vista esta crueldad, los de la otra torre de Miguel de Rojas, donde estaban algunos moriscos sus parientes, y Andrés Alguacil, hombre rico y de los principales de la Alpujarra, y el alguacil mayor y otros veinte cristianos, hubieron por bien de rendirse, entregando a los moros la torre el proprio alguacil mayor; el cual fue luego por su mandado a tratar con el alcalde mayor que rindiese la de la iglesia, diciendo que le harían cualquier honesto partido; y para que se pudiese hacer con toda seguridad, se dieron rehenes de una parte a otra: los moros dieron dos hijos y un sobrino de Miguel de Rojas, y los cristianos a Bartolomé Quijada y a un hijo suyo, y a Gonzalo Pérez, canónigo de aquella iglesia, hermano del abad mayor, y a Juan Sánchez de Piñar y a un hijo suyo, y a Jerónimo de Aponte, procurador, y a Bartolomé Quijada, escribano público de aquel juzgado. Lo que se capituló fue: «que los cristianos pagasen a ciento y diez ducados por cada cabeza, y que dejasen las armas, y los dejarían ir donde quisiesen; y los moros prometieron de llevarlos sanos y salvos a tierra de Guadix o de Baza; y que en este concierto entrasen el licenciado Torrijos, y el dotor Bravo, abogado, que estaba en el lugar de Pezcina, que no había querido encerrarse, en la torre». Dados los rehenes, entraron muchos moros en la iglesia, y comenzaron a tratarse amigablemente con los cristianos, abrazándose unos a y cierto parecía estar ya todo concluido y acabado, si el proprio alcalde mayor no lo desbaratara. Porfiaba este hombre con los rehenes que no le habían de llevar a él nada por su cabeza ni por las de su mujer y hija, sino que los habían de poner libremente en Guadix; y como no quisiesen venir en ello los moros, diciendo que todos habían de ir por un rasero, y que había de pagar él el primero, comenzó a dar grandes voces, diciendo: «Afuera, afuera; tiradles, tiradles a estos perros descreídos, que no mantienen fe ni palabra; que estos rehenes me asegurarán la cabeza hasta que me venga socorro»; y metiéndose en la torre, hizo alzar la puente levadiza y se puso en defensa. Y si advirtiera desde el principio en defender toda la iglesia, pudiera ser que no se perdiera, porque demás de que era fuerte, tuvo lugar de meter dentro agua y bastimento para más de un mes, y los moros no pudieran llegar a quemar la torre, como lo hicieron; mas como hombre mal plático en cosas de guerra, entendiendo que no podía durar aquel negocio muchos días, y que resistiría allí mejor el ímpetu de los alzados mientras le iba socorro, y aun porque los cristianos, hecho el concierto, no se le huyesen, como lo habían comenzado a hacer algunos, dejó el cuerpo de la iglesia y un reducto que estaba delante de la puerta, y se metió en la torre con toda la gente. Los moros llegaron de golpe, y por las espaldas de la iglesia rompieron la sacristía con picos y barras de hierro, y entraron dentro sin hallar más resistencia que la de un pobre cristiano que mataron, y hicieron pedazos las cruces y los retablos y el arca del Santísimo Sacramento; y robando los ornamentos sagrados, en escarnio de nuestra Santa Fe tomaban las casullas y las albas, y se las vestían al revés, y después hicieron bonetes, calzones y ropetas de todo ello. Ganada la iglesia, fueron mejorándose por aquella parte de manera, que vinieron a estar tan fuertes como los nuestros en su torre, y cavando muchos hoyos debajo la puente levadiza, los hinchieron de aceite, y   —198→   arrimaron sobre ellos muchos haces de leña y la madera de los retablos, escaños y bancos de la iglesia, y gran cantidad de zarzos de cañas y tascos untados con aceite, y le pusieron fuego. Los cristianos, tapiaron con barro y piedra la puerta de la torre de manera, que aunque se quemó la puente levadiza, no podía entrar la llama dentro; mas era tan grande el calor del fuego, que traspasando las paredes, causaba gran sequedad y sed a los que estaban faltos de agua y de todo refrigerio, acompañados del clamor de las mujeres y niños. Hubo algunos hombres esforzados que quisieron salir a pelear con los enemigos, entendiendo poder romper por ellos y ponerse en libertad; y con esta determinación el abad mayor consumió el Santísimo Sacramento, y se confesaron y encomendaron todos a Dios; y pusiéranlo en efeto si las piadosas lágrimas de las mujeres que dejaban desamparadas no lo estorbaran y les hicieran tomar otro partido, al parecer más seguro, aunque menos honroso; porque al fin se hubieron de rendir con el partido que les habían ofrecido los moros, y no hubiera sido tan mal remedio para asegurar las vidas, si los rebeldes, faltos de fe y caridad, les guardaran la palabra que les dieron. Habiendo pues veinte y cuatro horas que los combatía la llama, creciendo cada hora más la violencia del fuego, y el número de la gente que de toda la comarca venía, por hallarse en aquel sacrificio, los pobres cristianos comenzaron a descolgarse de la torre por una soga, no pudiendo salir por la puerta, que ardía; y siendo tantos, fue necesario que tardasen más de veinte horas, por el embarazo de las mujeres y de los niños; y como llegaban al suelo, el regalo que aquellos enemigos de Dios les hacían, era darles muchos palos y puñadas, y desnudando a todos los hombres, les ataban las manos atrás y los encerraban en la iglesia. Luego entraron en la torre, y apagando el fuego, saquearon lo que hallaron dentro; y como herejes y malos, que no querían carecer de culpa ni excusarla, antes obligarse unos a otros con mayores delitos y excesos para que todos desconfiasen de poder alcanzar perdón, hicieron grandísimos sacrilegios y maldades, sin respetar a cosa divina ni humana.




ArribaAbajoCapítulo XVI

Cómo los alzados mataron los cristianos que se les habían rendido en las torres de Ugíjar; y cómo el Zaguer, arrepentido de lo hecho, quisiera que no pasara adelante el negocio del rebelión


Cumpliendo pues los herejes rebeldes el cruel mandato de Farax Abenfarax, como si en ello estuviera su felicidad, otro día bien de mañana se pusieron los monfís y gandules en el cimenterio de la iglesia, Y diciendo a los cristianos que los llevaban a juntar con los de la torre de Miguel de Rojas, los sacaron de la iglesia de dos en dos con las manos atadas atrás, desnudos y descalzos, y los mataron cruelmente a lanzadas y cuchilladas. Quedaron algunos con las vidas, porque tuvieron amigos que los favorecieron en aquel punto, especialmente oficiales herreros, alpargateros, carpinteros y sastres, y entre ellos el hermano del Abad mayor, y Francisco Jerónimo de Aponte, y Juan Sánchez de Píñar, y otros de los rehenes, que después hizo matar el solene traidor de Abenfarax. Sólo a Jerónimo de Aponte y Juan Sánchez de Píñar los tuvo el Zaguer en parte segura, porque no se los matasen, entendiendo que le serían de provecho algún día, por la mucha amistad que tenía con ellos. Viendo pues el Abad mayor sacar a matar aquellos cristianos, y considerando que lo mesmo harían dél y de todas las mujeres que allí estaban, anduvo de unas en otras exhortándolas a que osasen morir por Jesucristo, diciéndoles que fuesen constantes en su santa fe católica, que huyesen de las tentaciones del demonio, y que confiasen en la bondad de Dios, que les había de dar vida eterna. Y andando derramando muchas lágrimas con estas y otras palabras dignas de su buena vida y dotrina, llegó a él un moro gandul, y le dio una puñada en el rostro con tanta fuerza, que le hizo saltar un ojo, y acudiendo otro con una espada, le mató, y abriéndole el pecho con un puñal, le sacó el corazón, y llevándolo alto en la mano, comenzó a dar grandes voces, diciendo: «Gracias doy a Mahoma, que me dejó ver en mis manos el corazón deste perro cristianazo». Al licenciado León y al alguacil mayor encerraron en la capilla de la pila del baptismo el Zaguer y Diego López Aben Aboo, su sobrino, para tomar venganza dellos, y allí los tuvieron hasta las diez del día, que los mataron. Y porque no quede atrás cosa que desear saber al letor, diremos en este lugar la causa por que estos dos moriscos, de los más principales de la Alpujarra, estaban airados contra las justicias de Ugíjar. Dos hermanos, de quien esta historia hace mención llamados Lope el Seniz y Gonzalo el Seniz, vecinos de Bérchul, grandes monfís, que salteaban y robaban por los caminos, habían muerto pocos meses antes a un mercader llamado Enciso y a otros cristianos que venían de una feria, por quitarles el dinero que llevaban; y como los concejos de los lugares en cuyos términos acaecían semejantes delitos estaban obligados por provisión real a dar los dañadores o pagar los daños, habían aguardado a matarlos en una mojonera entre términos, donde alindan cinco concejos, que son Cádiar, Narila, Bérchul, Mecina de Bombaron y Jériz, del marquesado del Cenete. El alcalde mayor o la Alpujarra, que era este licenciado León, siendo avisado del delito, había procedido contra todos aquellos concejos, pidiéndoles los delincuentes, y que pagasen el daño que habían hecho; los cuales procuraron descargarse cada cual por su parte, diciendo que no había sido en su término, y sin embargo, tuvo presos muchos días los alguaciles y regidores, y los condenó. Y pareciéndole que cincuenta mil maravedís que tenía de pena cada concejo por cualquier cristiano que faltase en su término, era muy poca condenación, y que convendría que fuese mayor para que temiesen, mandó que pagase cada concejo mil ducados, y que los alguaciles y regidores estuviesen presos, depositados en las galeras, hasta que diesen los malhechores. Desta sentencia apelaron para Granada, donde estuvieron también presos hasta que se entendió su negocio, y pareciendo a los alcaldes del crimen que había sido recia cosa querer el alcalde mayor traspasar la ley y alterarla de su propria autoridad, mandaron darlos a todos en fiado. Viendo esto los hijos de Enciso, acudieron al consejo real de su majestad, y pidieron un juez pesquisidor contra ellos. Estaba a la sazón el licenciado Molina de Mosquera, alcalde de chancillería de Granada, en la Calahorra, procediendo por comisión de la Audiencia Real contra otros monfís que   —199→   habían muerto a un hijo de Pedro Díaz de Montoro y a un fraile de la orden de San Francisco, llamado fray Diego de Villamayor, el día de Santa Catalina de aquel año de 1568, y el Consejo Real Mandó que se le cometiese aquel negocio. De aquí vino que los monfís apresuraron la rebelión por temor de venir a sus manos, porque había prendido más de sesenta dellos, y ahorcado algunos, cuando se rebelaron. Volviendo pues a nuestro propósito, entendiendo Aben Aboo y el Zaguer que todo el daño y mal que les había venido había sido por la rigurosa sentencia del alcalde mayor de Ugíjar, viniéndoles a la memoria que cuando estaban presos habían dádole muchas peticiones, pidiendo que los mandase dar en fiado para poder salir a buscar los malhechores, y no lo había querido proveer, respondiendo que las pusiesen en el proceso, cuando lo tuvieron a él y a su alguacil mayor, quisieron vengarse dellos; y llegándose a la reja de la capilla donde los tenían encerrados, Aben Aboo les dijo: «Perros, ¿acuérdaseos cuando mandastes que trajésemos los monfís que habían muerto a los cristianos? Véislos aquí, éstos que tenéis delante son: vosotros nos habéis destruido. Y tú, mal juez, porque otra vez no hagas injusticia, teniéndonos presos sin haber cometido delito, y nos lleves nuestras haciendas, toma». Y allegándose al alcalde mayor, le hendió la cabeza con una hacheta, y dio con él muerto en tierra, y cargando los otros sobre el alguacil mayor, le mataron a cuchilladas, y sacándolos arrastrando de la iglesia, los llevaron al pie de la torre; y hallando allí los tocinos de un puerco cebón, que habían arrojado los moros desde arriba, como cosa desaprovechada y que no comen, metieron los cuerpos de los cristianos entre ellos, y poniendo al derredor mucha leña los quemaron. Murieron este día en Ugíjar docientos y cuarenta cristianos clérigos y legos, y entre ellos seis canónigos de aquella iglesia, que es colegial. Las mujeres cristianas, viendo matar delante de sus ojos a sus maridos, a sus hijos y a sus padres y hermanos, entre miedo y dolor estaban como encantadas, mirándose las unas a las otras, sin poder llorar ni hacer otro sentimiento, esperando la muerte, y echando secretas plegarias contra los crueles verdugos. Acabada de solenizar la maldad con derramamiento de tanta sangre cristiana, los traidores, hechos de siervos señores, repartieron las cristianas por los lugares comarcanos para que las mantuviesen, mientras Aben Humeya mandaba lo que se había de hacer dellas; y acabaron de robar y destruir la iglesia, como gente bárbara, indignada contra todo amor, fe y caridad, desnudos del temor de Dios y vestidos de crueldad. Hecho esto, don Hernando el Zaguer, que cada hora conocía más su perdición, juntando segunda vez los moros más principales, les tornó a rogar que pusiesen fin al levantamiento, diciéndoles que mirasen que iban todos perdidos; que lo que se había hecho había sido ceguedad muy grande por las ocasiones que habían tenido para ello; que su remedio estaba solamente en decir que los monfís habían sido autores de todo el mal, pues había tantos y era la verdad, y que sería más sano a los de la Alpujarra que el rey don Felipe mandase ahorcar treinta o cuarenta moriscos, aunque fuese él el uno dellos, que no que perdiesen la tierra, y juntamente los hijos, las mujeres y todas sus haciendas. Mas no bastaron todas estas persuasiones con los bárbaros airados, y que sentían ya sus conciencias tan cargadas, que les parecía no haber lugar de misericordia para ellos; y así, le respondieron que si temía a los cristianos, hiciese de sí lo que le pareciese; que no faltarían hombres en la Alpujarra que la defendiesen.

No me parece justo dejar de tratar en este lugar de un niño que los moros mataron este día, lo cual diremos conforme a una información que el arzobispo de Granada mandó hacer sobre ello, que estuvo en nuestro poder, y a lo que algunas cristianas de las que se hallaron presentes nos dijeron. Estaba en la iglesia de Ugíjar un niño de edad de diez años, llamado Gonzalo, hijo de Gonzalo de Valcácer, vecino de Mairena; el cual viendo que sacaban a matar a su padre, hincó las rodillas en el suelo delante del altar mayor, y llorando tiernamente, rezó el Credo, y rogó a Dios diese esfuerzo a todos aquellos cristianos para morir por su santa fe católica; y levantándose de la oración con tanto ánimo que admiraba, pasó por junto a su padre, y fue a donde estaba su madre con las otras mujeres, y le dijo: «Señora madre, sea vuesa merced constante en la fe de Jesucristo, y muera por ella, como lo hace mi señor padre». Y estándola animando a ella y a las otras cristianas, llegaron a él dos monfís, y le dijeron que si quería ser moro le harían mucho bien, y que llamase a Mahoma, como hacían ellos; el cual les respondió que era cristiano, hijo de cristianos, y había de morir por Jesucristo. Y aunque le pusieron una ballesta armada con una jara a los pechos, amenazándole que le matarían si no llamaba a Mahoma, jamás quiso hacerlo. Y entonces dijo uno de los monfís: «Saquémosle fuera, y muera con su padre, que tan perro es como él». Y viendo el niño que las mujeres lloraban por ver que le querían llevar a matar, volvió el rostro a ellas diciendo: «Señoras, ¿porqué lloran vuestras mercedes? Sepan que todos los cristianos que mueren hoy, son mártires que padecen por Jesucristo y van a gozar dél». Y volviendo a su madre con un semblante piadoso, le dijo: «Señora madre, de buena gana voy a morir con estos cristianos; sólo me da pena que la dejo sola, porque ciertamente viendo morir unas muertes tan lindas como éstas, no sé quién desea quedar en el mundo.» Y diciendo estas y otras palabras de consolación y piedad, que parecían exceder a su capacidad, llegaron otros herejes a él, y atándole las manos atrás, le sacaron azotando de la iglesia, y el niño iba diciendo: «Señores, sálganme a ver morir por Jesucristo; que voy a gozar de su reino. Señora madre no tenga pena». Y teniéndole fuera de la iglesia, volvieron los moros a persuadirle que se tornase moro, y no le matarían; y viendo cuán poco les aprovechaba, le llevaron al lugar de Lucainena, que esta media legua de Ugíjar, y allí le mataron a cuchilladas, y después le jugaron a la ballesta. Certificonos un moro de los que se hallaron presentes, que hasta que dio el alma a Dios, no dejó de llamar a Jesucristo. ¡Ejemplo grande de su divina providencia, y triunfo glorioso de sus enemigos, que pensaban triunfar dél!




ArribaAbajoCapítulo XVII

Cómo Lároles y los otros lugares de la taa de Ugíjar se alzaron


Alzose el lugar de Lároles el mesmo día viernes, víspera de pascua de Navidad: los cristianos hubieron sentimiento   —200→   dello, y recogiendo sus mujeres y hijos, se metieron en la iglesia y se hicieron fuertes en la torre del campanario. Luego acudieron los moros de Bayárcal y de los otros lugares comarcanos, y robando las casas de los cristianos, fueron a la iglesia, y hallando poca defensa, porque los nuestros se habían recogido en la torre, entraron dentro, y con cruel rabia deshicieron los altares, rompieron las aras y los retablos, y saquearon cuanto había dentro, y arrastraron y trajeron por el suelo todas las cosas sagradas. Mientras unos se ocupaban en estos sacrilegios, otros cercaron la torre, y requirieron a los cercados que se rindiesen y les entregasen las armas, pues veían que no se podían defender, prometiéndoles que no les harían mal ninguno; donde no, que supiesen que los habían de quemar vivos; los cuales, creyéndose de sus falsas promesas, se rindieron fuego. Mas los herejes descreídos no les guardaron la palabra, antes en abajando de la torre, y entregando las armas, los desnudaron a todos en camisa, y dándoles de palos y de puñadas, los maniataron y los metieron dentro de la iglesia, donde les hicieron muchos malos tratamientos, escarneciéndolos por vituperio; y viniendo por allí los monfís de la compañía de Abenfarax, entraron en la iglesia, y delante de los clérigos que tenían presos y maniatados se vistió uno dellos una casulla, y se puso un pedazo del frontal del altar en el brazo, como por manípulo, y otro pedazo en la cabeza; y tomando otro moro la cruz al revés, vueltos los brazos para abajo, fueron donde estaban los cristianos, y comenzaron a deshonrarlos diciéndoles: «Perros, veis aquí lo que vosotros adoráis, ¿cómo no os ayuda agora en la necesidad en que estáis?» Y diciendo esto, escupían la cruz y a los cristianos en las caras. Y por más escarnio asaetearon y acuchillaron las cruces y las imágines de bulto, y poniendo los pedazos de todo ello y de los retablos en medio la iglesia, le pegaron fuego y lo quemaron. Hecho esto, sacaron de allí el día de los inocentes a los sacerdotes, que eran tres clérigos beneficiados, llamados Bartolomé de Herrera, Beltrán de las Aves y Rodrigo de Molina, y al sacristán Alonso García, y a dos hijos suyos, y a otros muchos legos que tenían presos de aquel lugar y de los otros cercanos; y antes de matarlos untaron a los clérigos los pies con aceite y pez, y poniéndolos sobre un brasero ardiendo, les dieron cruelísimos tormentos. Después los ataron a todos en una trailla, desnudos y descalzos; y los llevaron a una haza en el camino del jugar de Pezcina, y allí les tiraron a terrero con los arcabuces y ballestas, y los despedazaron con las espadas, y dejaron los cuerpos a las fieras.

El lugar de Nechit se alzó la mañana del primer día de Pascua antes que amaneciese, y los cristianos tuvieron lugar de recogerse en casa del beneficiado Juan Díaz, creyendo poderse defender, mas los moros cercaron la casa y la entraron, y los prendieron a todos dentro antes de las ocho del día. Luego robaron la iglesia y las casas con igual rabia que los demás herejes, porque todos tenían una mesma voluntad y una ira contra las cosas divinas y humanas. Después fueron unos vecinos del mesmo lugar, llamados los Mendozas, a la casa donde tenían los cristianos aprisionados, y sacándolos de allí, los llevaron la vuelta de Ugíjar. Iba por el camino uno de aquellos herejes diciéndoles que se tornasen moros y los soltarían y porque el beneficiado les decía que diesen gracias a Jesucristo y estuviesen firmes en la fe, airándose contra él, le hirió el traidor en la cabeza con una hacha de partir leña, y se la hendió en dos partes, luego mató a Pedro Valera, su cuñado, y poniendo todos mano a las espadas y a los alfanjes, mataron todos los cristianos que llevaban delante de las proprias mujeres, y desnudándolos en cueros, echaron los cuerpos en un barranco, que no consintieron que se les diese sepultura.

El mesmo día que se alzaron los de Nechit, se rebelaron también los del lugar de Júgar; los cristianos se metieron en la iglesia, mas no se pudieron defender, y luego los prendieron. El bachiller Diego de Almazán, beneficiado de Lároles, salió huyendo del lugar, creyendo poderse guarecer en la torre de la iglesia, mientras los rebeldes andaban embebecidos en robar, y llegando al lugar de Unduron, salió a él un moro que había tenido por amigo, llamado Gaspar, y lo llevó a su casa, diciéndole que no pasase adelante, porque estaba toda la tierra alborotada; que él le escondería y le pornía después en salvo. Y cuando le tuvo en casa fue el solene traidor a llamar otros herejes como él, y sacándole arrastrando de donde estaba, le llevaron maniatado a Júgar a su mesma casa, para que les diese el dinero que tenía escondido; y desque se lo hubo dado, le sacaron a un cerro allí cerca, descalzo y desnudo, dándole de bofetones y puñadas, y dejándole allí con gente de guardia, fueron a traer a su ama y a una sobrina que tenía consigo, y llegadas donde estaba, hicieron un gran fuego y le metieron dentro desnudo en cueros, diciéndole que muriese por Mahoma; el cual les respondió animosamente que no moría sino por Jesucristo y por su bendita Madre. Entonces le sacaron del fuego medio quemado, y le dieron muchas heridas, y se le entregaron a las moras, que le acabasen de matar con cuchillos y almaradas en presencia de aquellas dos cristianas que habían traído allí por darles mayor pena, y después mataron cruelmente los otros cristianos que tenían presos.

El lugar de Mairena se alzó cuando Júgar: los moros robaron y destruyeron la iglesia y las casas de los cristianos, y los prendieron a todos, y luego el mesmo día los soltaron, sino fue al beneficiado Geurigui, que le encerraron en un aposento. Estos cristianos, viendo que no podían defenderse en el lugar, se salieron dél huyendo, y ciertos moriscos de los que los habían soltado dieron aviso a los de Unduron para que les saliesen al camino y los prendiesen; los cuales lo hicieron ansí, y presos, los llevaron a Ugíjar de Albacete, donde los mataron con los demás que hemos dicho. Deste lugar era aquel niño Gonzalico que dijimos en el capítulo de Ugíjar. Volviendo pues al beneficiado Geurigui, habiéndole tenido encerrado en aquella cámara sin dejarle hablar con nadie, echándole pedazos de pan de alcandía que comiese como a perro, cuando estuvieron enfadados de tenerle allí guardado, le sacaron desnudo en cueros con las manos atados atrás, y dándole de bofetadas y escupiéndole en la cara, le llevaron a las eras del lugar para matarle. Decíanle los herejes por escarnio: «Perro, ¿por qué no nos llamas agora a misa, y dices a las moras que no se atapen las caras?» Y atándole al pie de una higuera, le hirieron con una lanza en el costado derecho, estando invocando el dulce nombre   —201→   de Jesús; luego le tiraron de saetadas, y estando aun vivo, llegó un moro a él, llamado Gavia Melga, y le desjarretó con un alfanje, y derramándole un frasco de pólvora en la boca y sobre la cabeza y en la cara, le puso fuego, y después le tiraron al terrero con los arcabuces y ballestas, y no consintiendo enterrar el cuerpo, se lo dejaron en el campo.

No fue menor la crueldad que usaron los de Pezcina que los de los otros lugares: alzáronse cuando supieron que los de Mairena se habían alzado; y como los cristianos se recogiesen en la iglesia, pensando poderse defender algunos días, los enemigos de Jesucristo les robaron las casas, y los cercaron luego; y queriendo poner fuego al templo y quemarlos dentro, dos moros, llamados Francisco de Herrera y Diego de Herrera Alhander, les dijeron que rindiesen las armas y se diesen a prisión si no querían morir quemados. Viendo pues la poca defensa que tenían, tuvieron por buen consejo rendirse, y los herejes entraron en la iglesia, y despedazando los retablos, imágines, cruces y la pila del baptismo, derribaron también el arca del Santísimo Sacramento por aquel suelo, y hicieron grandes abominaciones y maldades. Después maniataron a los cristianos, y los sacaron a una ladera fuera del lugar, donde les dieron cruelísimas muertes. Al dotor Bravo, clérigo, colgaron de los brazos en un moral tan bajo, que llegaba con las rodillas al suelo, y dándole muchas bofetadas, le persuadían con amenaza; a que se tornase moro; y como les dijese que era cristiano y que había de morir por Jesucristo, le dieron tantas pedradas y cuchilladas, hasta que le mataron. Luego deslindaron a un viejo de más de sesenta años, y le llevaron en cueros, azotándole y escupiéndole en la cara, y atándole a un árbol, le jugaron a la ballesta. Después sacaron al beneficiado Pedro de Ocaña y a su sacristán, y en presencia, de las mujeres cristianas, que habían llevado para que viesen aquel espectáculo por darles mayor dolor, arcabucearon al beneficiado; y cuando estuvo muerto, entregaron a su madre, que era ya mujer mayor, a las moras que la matasen diciéndole: «Anda, perra, vete con tus amigas; que ellas te darán carta de horra». Las cuales la tomaron enmedio con gran regocijo y la llevaron a un barranco; y cuando la hubieron mesado, abofeteado y dádole muchas puñadas, la hirieron con almaradas y cuchillos, y antes que acabase de espirar la echaron del barranco abajo, yéndose siempre encomendando a Dios y a su bendita madre. También despeñaron vivo al sacristán, arrojándole en otro barranco tan hondo, que cuando llegó abajo iba ya hecho pedazos.




ArribaAbajoCapitulo XVIII

Cómo los lugares de la tierra de Adra se alzaron, y la descripción della


La tierra de Adra cae en la costa del mar Mediterráneo: a poniente tiene la taa de Cehel, a levante la de Berja, a tramontana la de Ugíjar, y al mediodía el mar Mediterráneo. Por esta tierra de Adra atraviesa el río que dijimos que pasa junto al lugar de Darrícal, y se va a meter en la mar cerca de Adra la nueva, que es una fortaleza donde reside ordinariamente presidio de gente de a pie y de a caballo para seguridad de aquella costa. Los lugares deste partido son cuatro: Adra la vieja, donde había antiguamente una fortaleza que los moros llamaban la Alcazaba; Salalobra, Marbella y Adra la nueva: están en la ribera del río, donde tienen huertas y arboledas, y buenos pastos para ganados, y algunas tierras de pan; todo lo demás es tierra estéril y arenales, especialmente hacia la mar. Las granjerías de los moradores son aquellas huertas y alguna seda que crían, y la pesca de la mar, que es buena. Alzáronse los de Adra la vieja, Salalobra y Marbella cuando los de la taa de Ugíjar y los moriscos se subieron a las sierras con sus mujeres y hijos; mas no hicieron daño a los cristianos que vivían entre ellos, porque se recogieron con tiempo a la villa de Adra la nueva. Luego que el capitán Diego Gasca volvió de Ugíjar, queriendo poner cobro en aquella plaza, se metió dentro con los caballos de su compañía; y viendo la falta de gente y de bustimentos que había para poderlo defender si los enemigos le cercasen, y cuán mal podría ser socorrido por tierra, por estar alzada la Alpujarra, despachó ir gran priesa una barca a la ciudad de Málaga, pidiendo que le socorriesen por mar el Corregidor y Pedro Verdugo, proveedor de las armadas de su majestad. Envió el Corregidor luego al capitán Hernán Vázquez de Loaisa con cien hombres en bergantines, y el proveedor los bastimentos y municiones que pudo aprestar para socorro de la presente, necesidad; y llegando también una fragata con gente de Almería, se aseguró la plaza, y se pudieron salvar en ella muchos cristianos que huyeron de Berja y de Dalías y de otras partes. Y corriendo Diego Gasca los lugares de aquella comarca con la gente que le acudía de la ciudad de Málaga, hizo algunos buenos cielos contra los alzados.




ArribaAbajoCapítulo XIX

Cómo los lugares de la taa de Berja se alzaron, y la descripción della


La taa de Berja confina a poniente con la tierra de Adra, a levante con la taa de Dalías, al mediodía con el mar Mediterráneo, y a tramontana tiene la sierra de Gádor y parte de la taa de Andarax. Es toda ella tierra fértil, de mucho pan, trigo y cebada, y de mucha yerba para los ganados. La cría de la seda es allí muy buena, y tienen los moradores muchas huertas de arboledas de frutas tempranas, que se riegan con el agua de los arroyos que proceden de fuentes que nacen en la sierra de Gádor. Hay en ella catorce lugares, llamados Río Chico, Benínar, Rigualte, Berja, Inavid, Bena Haxin, Pago, Virgualta, Almentolo, Alcobra, Castala, Capileira, Ílar y Jerea. En el lugar de Castala nos certificaron muchos moriscos y cristianos que no se crían gurriones, y que si los llevan allí vivos, mueren luego; y que algunas veces se ha visto pasar por cima de las casas volando y caerse muertos; y que en el de Bena Haxin no pueden las zorras asir las gallinas con la boca, y las ven muchas veces andar tras dellas dándoles con las manos, porque no pueden abrir la boca para morderlas; cosa que parecería ridiculosa si no hubieran certificádolo personas de mucho crédito, clérigos y legos; mas no saben decir la causa por que esto sea: solamente entienden que es por encantamiento que hizo allí un moro antiguamente.

Berja es el lugar principal desta taa: está media legua de la orilla de la mar; alzose el primer día de pascua   —202→   de Navidad: algunos de los cristianos que allí vivían se acogieron luego a la villa de Adra, y otros, confiados en unas torres fuertes que tenían hechas en sus casas por miedo de los cosarios turcos, se metieron dentro con sus mujeres y hijos; y los que no tuvieron comodidad de hacer lo uno ni lo otro, se fueron a recoger a la torre de la iglesia. Los que fueron a Adra se salvaron, y todos los demás se perdieron, porque los enemigos de toda verdad los aseguraron con buenas palabras, diciendo que no les harían mal, y desque los tuvieron en su poder, los desnudaron y trataron cruelísimamente: solos Celedron de Enciso y Juan Muñoz se pudieron escapar descolgándose de sus torres y acogiéndose a Adra. Siendo pues ganadas las torres, los enemigos de Cristo, y especialmente los monfís y gandules, destruyeron y robaron la iglesia, deshicieron los altares, patearon las aras, los cálices y los corporales, derribaron el arca del Santísimo Sacramento, tomaron un Cristo crucificado, y con voz de pregonero le anduvieron azotando por toda la iglesia, y haciéndole pedazos a cuchilladas, le arrojaron después en un fuego, donde tenían puestos los retablos y las imágines. Y derribando una imagen de bulto de Nuestra Señora, que estaba sobre el altar mayor, la arrojaron por las gradas abajo, diciendo los herejes por escarnio: «Guárdate, no te descalabres». Y a las cristianas que estaban allí presentes les decían que por qué no favorecían a su Madre de Dios, y otras muchas blasfemias, deshonrándolas de perras y amenazándolas con la muerte. Luego el siguiente día hincaron muchos palos en la plaza del lugar, y con grande fiesta de atabalejos y dulzainas sacaron a ajusticiar a los cristianos, llevándolos de cuatro en cuatro; y atándolos en aquellos palos, les tiraban a terrero con los arcabuces y ballestas, escarneciéndolos y haciendo burla porque se encomendaban a Jesucristo y a su bendita Madre; y desta manera los fueron matando a todos, sin dejar ninguno que pasase de doce años. Duró el justiciar a los legos hasta la oración y entonces sacaron a los clérigos, que eran cuatro beneficiados, llamados Pedro Venegas, Martín Caballero, Francisco Juez y Luis de Carvajal. A éstos llevaron desnudos, las manos atadas atrás, por donde estaban las mujeres cristianas, azotándolos con voz de pregonero, hasta los palos donde los habían de poner; y porque iban rezando y encomendándose a Dios, les daban de bofetadas y de puñadas en la boca, y les decían que llamasen a Mahoma, y verían cómo los libraba de allí mejor que su Cristo, y otras muchas blasfemias. Llegados a los palos, los ataron, y les tiraron con los arcabuces, y después llegaron ellos con las espadas, y los hicieron pedazos a cuchilladas. Habían los crueles herejes dejado cinco cristianos que enterrasen a los muertos, y desque los hubieron enterrado, los sacaron a matar a ellos, y con sogas a los pescuezos los entregaron a los muchachos, que los llevasen arrastrando hasta unos barrancos fuera del lugar. No sé cómo exagerar la bestialidad destos bárbaros de Cristo, que aún no se preciaban de poner las manos en los cristianos muertos, haciendo asco dellos. Fue cruel perseguidor de nuestra gente en este lugar y en los de su taa un moro vecino de allí, llamado el Rendedi. No hacemos mención de lo que hicieron en los otros lugares, porque todos iban por un rasero; y siendo éste el principal acudió casi toda la gente a él. Sólo diremos que todos desampararon los pueblos, y se subieron con sus mujeres y hijos y bienes muebles a la sierra de Gádor, y se llevaron las cristianas captivas luego que hubieron hecho justicia de los hombres.




ArribaAbajoCapítulo XX

Cómo los lugares de la taa de Andarax se alzaron, y la descripción della


La taa de Andarax está entre dos grandes sierras: a poniente confina con la taa de Ugíjar, a tramontana tiene la Sierra Nevada y la parte della que cae sobre el marquesado del Cenete, donde está el Puerto de Guevíjar, no menos dificultoso de atravesar que el de la Raguaha, por su aspereza y altura y por la mucha y continua nieve que carga en las cumbres dél. Al mediodía tiene las taas de Berja y de Dalías, y a levante la de Lúchar y parte de la sierra de Gádor. Por medio desta taa atraviesa un río que baja de la Sierra Nevada, que pasando por ella, le llaman río de Andarax. Después va a la taa de Lúchar, y juntándose con otro río que baja de la sierra que está sobre el lugar de Oháñez, cerca del lugar de Rague, entra por la taa de Marchena y se va a meter en la mar, dando muchas vueltas, con nombre de río de Almería, junto a la propria ciudad, llevando consigo otras aguas. Esta taa de Andarax es la mejor tierra de toda la Alpujarra, y así lo significa el nombre árabe, que quiere decir la era de la vida, porque es muy fértil de pan de toda suerte, abundante de yerba para los ganados, el cielo y el suelo muy saludable y templado, y tiene muchas fuentes de agua fresca y muy delgada, con las cuales se riegan hermosas arboledas de frutas por extremo lindas y sabrosas, y especialmente la cría de la seda es mucha y muy buena. Hay en ella quince lugares, llamados Dayárcal, Alcudia, Paterna, Harat, Alguacil, Iñiza, Harat, Albolot, Harat Aben Muza, Guarros, Alcolava, Lauxar Al Hican, Codbaa, Horinica, Beni Ail y el Fondón; de los cuales Codbaa tiene título de ciudad; y en el Lauxar estaba antiguamente una fortaleza grande, en sitio fuerte, a un lado del camino por donde se sube al puerto de Guevíjar, que agora está destruida.

Los lugares de Iñiza y Guarros fueron los primeros que se alzaron en esta taa el viernes víspera de pascua de Navidad. Lo primero que los rebeldes hicieron fue ir a casa de su beneficiado, que se decía el bachiller Biedma, y no le hallando allí, porque en oyendo el alboroto se había escondido en casa de un vecino que tenía por amigo, le saquearon la casa. Luego fueron a la iglesia, y la destruyeron y robaron, sin perdonar cosa sagrada, y la quemaron; y con deseo de vengar su ira en el sacerdote de Jesucristo, fueron a la casa donde estaba, y rompiendo las puertas, le sacaron y le llevaron desnudo y descalzo, las manos atadas atrás, por las calles, haciéndole muchos malos tratamientos; y presentándole delante de los monfís y de los regidores de aquellos lugares, le dijeron dos dellos, llamados Benito de Abla y Diego de Abla, si quería ser moro, que le dejarían la vida. Y como les respondiese que tenían poca necesidad de darle tan mal consejo, porque él era cristiano sacerdote de Jesucristo, y que había de morir por su santa fe católica, le hicieron asentar en el suelo delante dellos, y mandaron a los moros mancebos que   —203→   le jugasen a la ballesta, y después de haberle asaeteado, le dieron muchas cuchilladas y lanzadas, y echándole una soga al pescuezo, le entregaron a los muchachos, que lo llevasen arrastrando hasta un barranco fuera del lugar.

Los moriscos del lugar de Alcudia y de Paterna se alzaron el primer día de pascua de Navidad, y como los cristianos que allí moraban entendieron el alboroto que traían, y que se querían rebelar, tomando sus mujeres y hijos consigo, se fueron a guarecer a la torre de la iglesia, que era fuerte. Y los moros, viendo que no se podían aprovechar dellos, los aseguraron diciendo que se volviesen a sus casas, porque los del lugar no querían alzarse, y que ellos mesmos los defenderían cuando fuese menester; los cuales, confiados en sus falsas palabras, se salieron de la torre; y porque no pareciese que dejaban de cumplir lo que les habían prometido, cuando los vieron vueltos a sus casas enviaron a llamar a los monfís forasteros, los cuales los prendieron y les robaron cuanto tenían, y los unos y los otros con grandísima ira entraron en la iglesia, y la saquearon y robaron, y destruyeron todas las cosas sagradas. El beneficiado Arcos se escondió en casa de un moro que solía tener por amigo, llamado Agustín el viejo, el cual le pagó la amistad con entregarle luego a sus enemigos, y ellos le llevaron desnudo y descalzo a la iglesia, adonde estaban los otros captivos que tenían presos, y después los sacaron a matar. Los primeros fueron el beneficiado y Diego López de Lugo, hombre muy rico, señor de la mayor parte del lugar. A éstos los desnudaron en cueros, y dándoles muchas bofetadas y puñadas, porque se encomendaban a Dios y a su bendita Madre, los llevaron desde el lugar a una cruz que está en el camino que va a Iñiza, y atándolos al pie della, los asaetearon, y después les dieron muchas estocadas y cuchilladas, hasta que los acabaron de matar; y de la mesma manera mataron a todos los otros cristianos que tenían presos: hubo algunos que tuvieron lugar de huir por las sierras, antes que los prendiesen, y éstos se salvaron. Fueron crueles perseguidores de cristianos en este lugar cuatro moriscos, llamados Gaspar Rojo, Hernando de Málaga, Pedro de Escobar y Bernardino de Escobar.

Codbaa, como queda dicho, tiene título de ciudad, porque moró allí el rey Abí Abdilehi el Zogoybi, que rindió a Granada. Están tres lugares juntos, que parecen barrios, que son Codbaa, Lauxar y el Fondón: todos los cristianos que vivían en estos lugares y en otros allí cerca, se recogieron a la iglesia de Codbaa en sintiendo que los otros lugares se levantaban, y queriéndose ir a guarecer en la ciudad de Almería, por parecerles que no estaban allí seguros, un morisco regidor, llamado Pedro López Aben Hadami, que era de los más ricos y principales de la taa, les aconsejó que no se fuesen hasta ver en qué paraba el negocio: llevó a su casa al beneficiado Juan Lorenzo y a un hermano suyo con toda su familia, y los tuvo el lunes en la noche haciéndoles mucho regalo. Luego el siguiente día, que fue martes 28 de diciembre, entraron en el lugar muchos moros de Alcolea y de otras partes, y los monfís que iban alzando la tierra; y Aben Hademi, pareciéndole que no estaban seguros los cristianos que tenía en su casa, porque aun hasta entonces debía de tener voluntad de salvarles la vida, los metió en un aposentillo bajo que estaba junto al corral, y echándoles unos haces de cañas de alcandía a la puerta, se fue a la plaza a ver lo que se hacía, y halló muchos moros forasteros y del lugar, que andaban con banderas tendidas robando las casas de los cristianos; los cuales le dijeron cómo el reino todo estaba alzado, y que Granada y sus fortalezas eran de moros. Entonces, viendo que la cosa debía ir de veras, entró con ellos en la iglesia y hizo prender todos los cristianos clérigos y legos que allí había, y haciendo pedazos los retablos y las cruces y el arca del Santísimo Sacramento, le pusieron a todo fuego y lo quemaron. No mucho después Hernando el Gorri, que era el principal caudillo de aquel partido y vecino de Lauxar, y Alonso Aben Cigue y el mesmo Pedro López Aben Hademi mandaron que matasen todos los cristianos que tenían presos, como se había hecho en los otros lugares; y juntándose en la plaza mucha gente, tocando sus atabalejos y dulzainas, cantando canciones a contemplación del día tan deseado que veían, sacaron los primeros a Diego Ortiz y a Juan Ortiz, su hermano, y desnudos en cueros los llevaron ante el Gorri, el cual mandó que los arcabuecasen, y que lo mesmo se hiciese de todos los demás. De allí los llevaron a una rambla que está antes de llegar al Fondón, y les tiraron con los arcabuces y ballestas, y después los acabaron con las espadas y alfanjes. Desta manera mataron los cristianos que habían prendido en los tres lugares, y a los de Guécija, lugar del marquesado del Cenete, que también los trajeron allí. Solos los huéspedes de Aben Hademi no murieron por entonces, mas desde a quince días, enfadado de tenerlos escondidos tanto tiempo, o por miedo de Abenfarax, alguacil mayor de Aben Humeya, que había venido a lo de Andarax, y mandaba que, so pena de muerte, nadie fuese osado de dar vida a hombre cristiano, denunció dellos ante él, el cual mandó al Hoceni y a otros sus compañeros llevasen luego ante él al beneficiado Juan Lorenzo, y haciéndole desnudar en cueros, atados los pies y las manos, le mandó poner de pies sobre un brasero de fuego ardiendo en casa de Lanxi, y desta manera le asaron de las rodillas abajo; y porque llamaba a Jesucristo a su bendita Madre y se encomendaba a ellos, el hereje traidor le hizo dar con una suela de una alpargata sucia en la boca y muchos palos y puñadas en la corona, y escarneciendo dél, decía: «Perro, di agora la misa; que lo mesmo hemos de hacer del Arzobispo y del Presidente, y hemos de llevar sus coronas a Berbería». Y para darle mayor tormento trajeron allí dos hermanas doncellas que tenía, para que le viesen morir, y en su presencia las vituperaron y maltrataron, y por escarnio les preguntaban si conocían aquel hombre que se estaba calentando al fuego. Y habiéndole tenido desta manera un buen rato, le llevaron arrastrando con una soga fuera del lugar, y en un cerrillo lo entregaron a las moras, para que también ellas se vengasen, las cuales le sacaron los ojos con cuchillos y se acabaron de matar a pedradas. Luego fueron a traer a su hermano, y junto a él le hicieron pedazos, y un hereje le hizo abrir la boca antes que espirase, y le echó dentro un buen golpe de pólvora y le puso fuego, de enojo de ver que se encomendaba a Dios tan de veras, glorificándole por su lengua. También mataron al sacristán Francisco   —204→   de Medina, entregándole a los muchachos que le apedreasen, porque les enseñaba la doctrina cristiana, y hicieron una grandísima crueldad en Luis Montesino de Solís, de quien diremos adelante en el capítulo de Guécija. A Diego Beltrán, mocito de edad de catorce años, martirizaron dos herejes, llamados el Huceni y el Caicerani, el cual, estándole atando para llevarle al lugar del martirio, preguntó a su madre que dónde le querían llevar; y ella respondió varonilmente: «¡Hijo, a ser mártir! Muere por Jesucristo. Bienaventurado tú, que le gozarás presto; encomiéndate a él, y no temas de morir por tan buen señor». Y ansí lo hizo el mocito, y lo mataron los sayones a cuchilladas.




ArribaAbajoCapítulo XXI

Cómo los lugares de la taa de Dalías se alzaron, y la descripción della


La taa de Dalías es en la costa del mar Mediterráneo: a poniente confina con la taa de Berja, a levante con tierra de Almería, al mediodía tiene la mar, y a tramontana parte de la sierra de Gádor, que cae entre ella y la taa de Andarax, y es también de Almería. Toda esta taa está en tierra llana, donde hay hermosísimos campos para apacentar ganados de invierno. Cógese en ella mucha cantidad de pan, trigo y cebada, y hay grandes arboledas, y la cría de la seda es buena. Hay en ella seis lugares, llamados Asubros, Odba, Célita, Elchitan, Almecet y Dalías, que es el principal, donde están los campos que dicen de Dalías, famosos por el mucho ganado que allí se cría.

Contáronnos algunos moriscos, y aun cristianos, que el mesmo día que se alzaron los de Berja fue al lugar de Dalías aquel moro que dijimos, llamado el Rendedi, y que estando todos los vecinos a la puerta de la iglesia para entrar en misa, llegó con cuatro banderas y mucha gente armada, y se puso a vista del lugar, en un viso que se hace en una serrezuela que cae por bajo de la sierra de Gádor a la parte de levante; y que a un mesmo tiempo habían asomado otras cuatro banderas a la parte de poniente sobre una punta de la mesma sierra, y que los vecinos se alborotaron con aquella novedad; y juntándose los regidores, que todos eran moriscos, salieron con alguna gente a ver qué banderas eran aquéllas, y que el Rendedi bajó a ellos con cincuenta tiradores, y les dijo que se alzasen luego, porque todos los lugares de la Alpujarra estaban alzados; y como le respondiesen que ellos no entendían hacer mudanza por entonces, el moro se enojó mucho, y les dijo que no había venido a otra cosa, y que se habían de alzar mal de su grado; el cual entró con toda la gente en el lugar, y mandó pregonar por todo él que, so pena de la vida, todos los vecinos saliesen luego a la plaza con sus armas los que las tuviesen; y porque algunos hombres ricos no salieron tan presto, los hizo matar y saquearles las casas, diciendo que eran cristianos enemigos de Mahoma. Corriendo pues