 Capítulo XXXI
Cómo don Diego de Quesada fue a ocupar a Tablate,
lugar del valle de Lecrín, y los moros le desbarataron,
y la descripción de aquel valle
Llámase valle
de Lecrín la quebrada que hace la sierra mayor, tres
leguas a poniente de Granada, donde comienza a levantarse
la Sierra Nevada. Tiene a poniente la sierra de Manjara,
que contina con el río de Alhama; al cierzo la vega
de Granada y los llanos del Quempe; al mediodía confina
con las Guájaras, que caen en lo de Salobreña,
y con tierra de Motril; y a levante con Sierra Nevada y con
la taa de Órgiba. Hay en este valle veinte lugares,
llamados Padul, Dúrcal, Nigüelas, Acequia, Mondújar,
Harat, Alarabat, el Chite, Béznar, Tablate, Lanjarón,
Ixbor, Concha, Guzbíjar, Melegix, Mulchas, Restábal,
las Albuñuelas, Salares, Lújar, Pinos del Rich
o del Valle. Es abundante toda esta tierra de muchas aguas
de ríos y de fuentes, y tiene grandes arboledas de
olivos y morales y otros árboles frutales, donde cogen
los moradores diversidad de frutas tempranas muy buenas,
y muchas naranjas, limones, cidras y toda suerte de agro,
que llevan a vender a la ciudad de Granada y a otras partes.
Los pastos para los ganados son muy buenos, y cogen cantidad
de pan de secano y de riego en los lugares bajos, y la cría
de la seda es mucha y muy buena. Corren por este valle seis
ríos, que proceden de la sierra mayor. El primero
hace a la parte de poniente, y llámanle río
de las Albuñuelas, porque nace de dos fuentes junto
al lugar de las Albuñuelas; el cual pasa cerca de
los lugares de Salares y Pinos del Valle, y se va después
a juntar con el río de Motril. El segundo nace par
del lugar de Melegix, y se va a juntar con el de las Albuñuelas
por bajo de Restábal. El tercero nace de la Sierra
Nevada, y va a dar
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en una laguna grande que se hace entre
los lugares del Padul y Dúrcal, y de allí va
a juntarse con el río de las Albuñuelas. El
cuarto nace también en la Sierra Nevada, en el paraje
del lugar de Acequia, y antes que llegue al lugar se parte
en dos brazos, y tomándole en medio, va el uno a dar
al lugar del Chite y el otro a Tablate, y de allí
al río de las Albuñuelas y al de Motril. El
quinto baja también de la Sierra Nevada y va al lugar
de Lanjarón, y de allí al río de Motril.
Y el sexto, que nace más a levante de la mesma sierra,
es el que divide los términos del valle y de la taa
de Órgiba, el cual se va a meter en el río
de Motril por los lugares de Sortes, Benizalte y Pago, que
caen en lo de Órgiba. Los lugares bajos del valle
de Lecrín se alzaron el segundo día de Pascua,
cuando Abenfarax y los otros monfís que venían
de Granada llegaron a Béznar, porque hicieron encreyente
a los moriscos que la ciudad y el Alhambra era suya, y que
el Albaicín quedaba levantado, y como hubieron robado
las iglesias y muerto muchos cristianos de los que vivían
en ellos, pasaron a levantar los otros lugares de la Alpujarra;
mas los que moraban en el Padul, Dúrcal, Nigüeles,
las Albuñuelas y Salares, que son los más cercanos
a Granada, no se alzaron por entonces, aunque se fueron muchos
dellos a la sierra, que hicieron después harto daño
en busca de su perdición. Uno de los lugares alzados
fue Tablate, que está puesto cerca de un paso importante,
por donde de necesidad se había de ir para pasar a
la Alpujarra. Queriendo pues el marqués de Mondéjar
tenerle ocupado para cuando fuese menester, mandó
a don Diego de Quesada que, con la gente que tenía
en Dúrcal y la que le enviaba para aquel efeto, se
fuese a poner en Tablate, y que el capitán Lorenzo
de Ávila volviese a Granada, y de allí fuese
a recoger la gente de las siete villas, porque entendía
salir con brevedad a castigar los rebeldes. Luego que llegó
esta orden a Dúrcal, don Diego de Quesada, con toda
la gente de a pie y de a caballo que allí había,
se fue al lugar de Béznar, y hallando las casas solas
y la iglesia destruida y quemada, pasó a Tablete,
donde halló también las casas solas y los moradores
subidos a la sierra. A este lugar llegó la gente muy
fatigada, así la gente como los caballos, y como se
desmandasen luego por las calles y casas desordenadamente,
sin poner centinela a lo largo, y con harto menos recato
del que convenía a gente de guerra, los moros, que
los estaban mirando desde lo alto de los cerros, vieron buena
ocasión para acometerlos, y juntándose muchos
dellos, bajaron lo más encubierto que pudieron, y
los acometieron impetuosamente en las casas y calles, y mataron
y hirieron muchos cristianos. Hubo algunos escuderos que
no teniendo tiempo de enfrenar los caballos, que estaban
comiendo, se los dejaron y salieron del lugar huyendo a pie;
y hicieran los moros mucho más daño, si no
fuera por unos soldados que se habían desmandado sin
orden a buscar qué robar por aquellos cerros; los
cuales, viendo que bajaban de la sierra desde lejos, y sospechando
lo que iban a hacer, dieron grandes voces a los nuestros,
y les capearon con una capa, para que se pusiesen en arma,
y hicieron tanto, hasta que el proprio don Diego de Quesada,
que andaba por la plaza del lugar con algún tanto
de cuidado más que los otros, oyó las voces,
y entendiendo lo que podía ser, hizo tocar a arma
a gran priesa, y con la gente que pudo recoger de presto,
salió al campo y ordenó un escuadrón,
donde guareciesen los que salían huyendo del lugar;
y cuando le pareció que convenía, se retiró,
y dejó el paso que se le había mandado guardar,
teniendo poca confianza en aquella gente tímida, mal
plática y poco experimentada que llevaba consigo,
y por los lugares de Béznar y de Dúrcal pasó
al Padul, yendo siempre escaramuzando con los moros; los
cuales le siguieron hasta el barranco de Dúrcal, y
de allí se volvieron, no osando pasar adelante, por
ser tierra donde era superior la caballería.
 Capítulo XXXII
De los apercebimientos que el marqués de Mondéjar
y la ciudad de Granada hicieron estos días
Con el
suceso de Tablate cobraron los rebeldes mayor ánimo;
y el marqués de Mondéjar, sabido que don Diego
de Quesada se había retirado al Padul sin su orden,
envió a mandarle que se viniese a Granada, y en su
lugar fueron el capitán Lorenzo de Ávila con
la gente de las siete villas, y el capitán Gonzalo
de Alcántara, hombre plático, criado en Orán,
con cincuenta caballos, y orden que se metiesen en Dúrcal,
y procurasen mantener aquel lugar y los otros comarcanos
del valle de Lecrín, que aun no se habían alzado,
en lealtad, mientras llegaba la gente que se aguardaba de
las ciudades de la Andalucía y reino de Granada. Porque
viendo que los rebeldes hacían demostración,
no sólo de defender sus casas, más aun de ofender
a los cristianos en las suyas, y que andaban en la Alpujarra
y cerca de Granada con banderas tendidas, levantando los
lugares por do pasaban, y no dejando hombre a vida que tuviese
nombre de cristiano, quería formar ejército
con que poderlos oprimir; y hallándose falto de gente,
de artillería y de municiones, y de todas las otras
cosas necesarias para ello, porque en Granada no la había,
ni menos se podía valer de la gente de guerra que
estaba en los presidios de la costa, por ser poca y estar
donde era bien menester, había despachado correos
a toda diligencia a los grandes y a las ciudades y villas
del Andalucía, dándoles aviso del levantamiento,
y de cómo quería salir a allanarlo en persona,
y la falta con que se hallaba de gente de a pie y de a caballo
para poderío hacer, ordenándoles de parte de
su majestad que le enviasen el mayor número que pudiesen.
Y porque los corregidores y alcaldes mayores tardaban en
hacerlo, pareciéndoles que debía de ser lo
que otras veces, que habían sido apercebidas las ciudades,
y se había vuelto la gente sin ser menester, el Acuerdo
había despachado provisiones con grandes penas, mandándoles
que con toda diligencia cumpliesen las órdenes del
marqués de Mondéjar. El cual mientras se juntaba
esta gente dio orden en aprestar vituallas y municiones dentro
de la ciudad de Granada y fuera della, y hizo apercebir todas
las cosas necesarias para formar un campo; lo cual todo se
aprestó y puso a punto desde 26 días del mes
de diciembre hasta 2 de enero, no embargante que de presente
no había dinero de su majestad de que poderlo hacer,
proveyéndose de otras partes lo mejor que pudo; y
porque los lugares de la costa estaban faltos de gente y
de bastimentos, y no se podían proveer por tierra,
escribió a la ciudad de Málaga, y al proveedor
Pedro Verdugo, encargándoles
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que con toda brevedad
los proveyesen en bergantines y barcos por mar, o como mejor
pudiesen. Era corregidor de aquella ciudad y de la de Vélez
Francisco Arévalo de Zuazo, caballero del hábito
de Santiago, hombre prático por la edad, y muy cuidadoso
de las cosas de su cargo; el cual envió luego a Castil
de Ferro, donde no había más que el alcaide
y dos mozos, a Sanchíznar con veinte hombres y algunos
mosquetes; a Salobreña a Diego Barzana con cincuenta
tiradores, y a Motril a Diego de Mendoza con otros sesenta;
y el proveedor proveyó aquellas plazas y la de Almuñécar,
y las que hay hasta Almería, de bastimentos y municiones
lo mejor que pudo para reparo de la necesidad presente. También
se acordó en el cabildo de Granada que, pues la gente
de guerra ordinaria era poca, y el peligro grande y común,
sería bien que se armasen todos los vecinos, y se
hiciese una milicia dellos, sin reservar a nadie, y que en
cada parroquia se nombrase un capitán que arbolase
una bandera, a la cual se recogiesen todos los parroquianos,
ordenándoles que rondasen y velasen cada noche la
ciudad por sus parroquias y cuarteles, y que el cuerpo de
guardia se hiciese en las casas de la Audiencia Real por
estar cerca de la plaza Nueva, donde había de ser
la plaza de armas; lo cual se puso luego por la obra; y porque
estaban desarmados los ciudadanos, se buscaron las armas
que se pudieron haber, y se las dieron; yen un punto se mudaron
todos los oficios y tratos en soldadesca, tanto, que los
relatores, secretarios, letrados, procuradores de la Audiencia,
entraban con espadas en los estrados, y no dejaban de parescer
muy bien en aquella coyuntura. También hicieron los
mercaderes ginoveses que moraban en aquella ciudad una compañía
de por sí, que en armas y aderezos de sus personas
hacia ventaja a las demás. Y desde luego se comenzó
la ronda, y se pusieron los cuerpos de guardia y centinelas
en las partes y lugares que pareció ser conveniente;
y el presidente y oidores mandaron pregonar que todos los
vecinos estantes y habitantes en Granada acudiesen a lo que
el Corregidor les mandase; aunque esto no duró mucho
tiempo, porque su majestad escribió a la Audiencia
y al Corregidor agradeciéndoles el cuidado que de
la guardia de la ciudad tenían, y mandándoles
que obedeciesen al marqués de Mondéjar, su
capitán general, y estuviese todo lo de la guerra
a su orden; y lo mesmo escribió al cabildo, porque
así convenía a su servicio.
 Capítulo XXXIII
Cómo don Juan Zapata fue con ciento y cincuenta
soldados a favorecer el lugar de Guájaras del Fondón,
y los moros los mataron
El lugar de Guájaras del
Fondón era de don Juan Zapata, vecino de Granada,
el cual se hallaba estos días en la villa de Motril;
y queriendo asegurar aquellos vecinos que no recibiesen daño
de los monfís que andaban levantando la tierra, juntó
ciento y cincuenta tiradores de los soldados de la costa,
y el jueves 30 días del mes de diciembre, entre las
cuatro y las cinco de la tarde, se fue con ellos a su lugar.
Los moriscos se alborotaron luego que le vieron venir con
aquella gente armada, y rogaron al beneficiado que le dijese
como los lugares estaban alborotados y llenos de moriscos
forasteros que venídose huyendo de otros lugares,
y andaban de mala manera, y que sería bien que se
volviese a Motril antes que le sucediese alguna desgracia.
El beneficiado fue a hablarle, y con él Gonzalo Tertel,
alguacil, y algunos de los regidores del lugar; los cuales
le pidieron ahincadamente que le volviese a Motril, porque
su estada allí no era para más que acabar de
alborotar la tierra; mas él les respondió que
aquellos soldados los traía a su costa para defenderlos
de los monfís, si acudiesen por allí a hacerles
daño, y que era menester que los pagasen y les diesen
de comer, y que le trajesen luego docientos ducados, y pan
y vino y carne a la iglesia, donde se recogerían,
porque no quería que diesen pesadumbre en las casas.
Y como le replicasen que no había orden de cumplir
nada de lo que pedía, por estar la tierra de la manera
que veía, los amenazó que si no le daban lo
que pedía, saquearía las casas donde se habían
recogido los moriscos forasteros, y podría ser que
a las vueltas fuesen las haciendas de los vecinos. Con esta
respuesta se volvieron los moriscos al lugar, quedándose
con él el beneficiado, el cual le importunó
mucho que se fuese antes que anocheciese, porque había
diez moros para cada cristiano, y podría ser que le
hiciesen daño. Y viendo que no aprovechaban los ruegos
ni temores que le ponía, le dejó, y se fue
al lugar de Guájar la alta, donde tenía su
casa; que no quiso quedarse con él aquella noche,
por mucho que se lo rogó. Los moros pues, indignados
de ver la respuesta que don Juan Zapata les había
dado, determinaron de matarle a él y a los soldados
que traía consigo, y para esto juntaron toda la gente
armada, y caminaron la vuelta de la iglesia. El alguacil
tomó consigo al beneficiado y a su gente, porque no
los matasen, y los encerró en un aposento de su casa
debajo de llave, y con ellos otros cristianos del lugar.
Lo primero que hicieron los moros fue tomar las puertas de
la iglesia, para que los cristianos, que inconsideradamente
se habían metido dentro, no pudiesen salir a pelear;
y haciendo traer muchas haces de leña, cañas
y tascos untados con aceite, le pusieron fuego a hora que
anochecía. Los soldados viéndose cercados de
llamas, quisieran salir al campo, mas los arcabuceros y ballesteros
que estaban puestos delante de las puertas, y el grandísimo
fuego que ardía alderredor, se lo defendía;
y si algunos atrevidos se aventuraron, fueron luego muertos.
Creciendo pues la llama por todas partes, los techos de la
iglesia se encendieron, y se fueron quemando hasta que vinieron
abajo, y cayendo tierra, tejas, ladrillos y maderos quemados
encima dellos, perecieron todos de diferentes muertes: unos
ahogados de humo y del polvo, otros aporreados, otros abrasados
entre llamas; por manera que en el espacio de una hora perecieron
todos, excepto tres que tuvieron lugar de poderse descabullir.
Don Juan Zapata fue muerto queriendo hacer camino a los demás
para que saliesen a pelear, y con él algunos animosos
soldados que le siguieron. Este infelice caso estuvieron
mirando el beneficiado y los cristianos que estaban con él
en casa de Gonzalo Tertel desde una ventana, bien temerosos
de que irían luego los moros a hacer otro tanto dellos;
mas el morisco les acudió, y los aseguró dende
a tres días con enviarlos a Motril acompañados
de cincuenta moriscos sus amigos, que los llevaron hasta
cerca de aquella villa, donde entraron
—215→
salvos y seguros
con los bienes muebles que pudieron llevar; y no solamente
hicieron esta buena obra; pero antes desto, viendo la determinación
de los moros y el peligro en que estaba don Juan Zapata,
envió a gran priesa un morisco al marqués de
Mondéjar, avisándole de lo que pasaba para
que proveyese con tiempo de algún socorro, antes que
se perdiese; el cual envió luego a mandar al capitán
Lorenzo de Ávila, que estaba alojado en Dúrcal,
que fuese a socorrerle con quinientos arcabuceros. Y partiendo
otro día a hacer el socorro, cuando llegó a
una venta que está en la cuesta que llaman de la Cebada,
donde se aparta el camino que va de Granada a Motril, supo
como eran perdidos todos los cristianos, y se volvió
sin hacer efeto a su alojamiento.
 Capítulo XXXIV
Cómo los moros quisieron alzar los lugares del río
de Almanzora, y la causa porque no se alzaron
Luego que
se levantó el lugar de Gérgal, el Gorri envió
a dar aviso a los lugares del río de Almanzora de
como la tierra estaba toda levantada, para que hiciesen ellos
lo mesmo, apercibiéndoles que si luego no lo hacían,
iría sobre ellos y los destruiría. Andando
pues las espías que había enviado persuadiendo
a los moriscos a rebelión, el viernes, postrero día
del mes de diciembre, aquella mesma noche acertó a
venir allí Diego Ramírez de Rojas, alcaide
de Almuña, que con el alboroto de la Alpujarra había
ido a llevar su mujer y familia a la villa de Oria; y llegando
cerca del lugar, encontró con unos cristianos que
por aviso de ciertos moriscos sus amigos se iban a guarecer
en la misma fortaleza; de los cuales supo como habían
llegado moros de Gérgal y de otras partes a levantar
la tierra por mandado del Gorri, y aunque le rogaron que
no pasase adelante por el peligro que había, no lo
quiso hacer. Y prosiguiendo su camino, entró en Almuña
antes que amaneciese; y sin apearse del caballo se fue derecho
a la plaza, y dando voces de industria para que le oyesen
los vecinos, llamó al tendero, que tenía cargo
de vender pan amasado, y le preguntó la cantidad de
harina que tenía en casa; y como le respondiese que
era muy poca, le dijo que fuese luego a su casa y le daría
veinte hanegas, y que las amasase, porque eran menester para
provisión del campo del marqués de los Vélez,
que llegaba aquel mesmo día al río con más
de quince mil hombres; y apeándose en su posada, tomó
luego tinta y papel, y delante de los moriscos del lugar
escribió cuatro cartas a los concejos de Bacares,
Serón, Tíjola y Purchena, avisándoles
que tuviesen prevenidos muchos bastimentos para aquel efeto,
y se las envió con cuatro moriscos. Luego se publicó
la nueva por todos los lugares del río y sierras de
Baza, de como el marqués de los Vélez entraba
poderoso por aquella parte; y los moros que el Gorri había
enviado, teniéndola por cierta, dieron vuelta hacia
la Alpujarra, echando ahumadas por las sierras, y algunos
dellos llegaron a Gérgal y lo dijeron a Puerto Carrero;
el cual, no se teniendo por seguro en aquel castillo, lo
desamparó, y se fijé con toda la gente a la
taa de Marchena. Este ardid de Diego Ramírez de Rojas,
intentado con tanta determinación, fue causa de que
los moriscos de aquellos lugares dejasen de alzarse por entonces.
Y no les engañó en lo que les dijo, porque
el miércoles víspera de la fiesta de los Reyes
llegó el marqués de los Vélez al lugar
de Olula con tres mil infantes y trescientos caballos; y
de allí pasó a dar calor a lo de Almería,
y se alojó en Tavernas; por manera que si el alcaide
acrecentó el número de la gente, no dejó
de decirles verdad en cuanto a su venida.
 Capítulo XXXV
Que trata de la descripción de Marbella y su tierra,
y cómo los moriscos del lugar de Istán se alzaron
Está la ciudad de Marbella puesta en la costa del
mar Mediterráneo iberio, cercada de muros y torres
con un castillo antiguo: su sitio es en tierra llana; tiene
ochocientas casas de población. Llamose antiguamente
Marbilli, y los moros no le mudaron el nombre. Sus términos
son todos de sierras ásperas y muy fragosas: sola
una campiña llana tiene delante, que se extiende cuatro
leguas hacia poniente, donde hacen sus simenteras los vecinos
y los de los otros lugares de su tierra. Son las sierras,
aunque ásperas, abundantes de viñas y de arboledas
de morales, castaños, nogales y de otros árboles
desta suerte, y de mucha yerba para los ganados. La granjería
principal desta tierra es la de la pasa y del vino que van
a cargar cada año en aquel puerto los navíos
que vienen de Flandes, de Bretaña y de Inglaterra,
y la cría de la seda. Solía haber en tiempo
de moros muchos lugares de su jurisdición metidos
entre aquellos valles, la mayor parte de los cuales despobló
Narváez, alcaide de Gibraltar, en tiempo de guerra,
llevándose los moradores captivos; y otros se despoblaron
para irse después a Berbería, habiendo los
Reyes Católicos ganado el reino de Granada. Solos
cinco lugares han quedado en pie, que son Hojen, Istán,
Daidin, Benahaduz y Estepona. Tiene Marbella a poniente la
ciudad de Gibraltar, al mediodía la mar, a levante
la ciudad de Málaga, y al cierzo la de Ronda. En los
términos de Marbella tiene principio la Sierra Bermeja,
la cual prosigue hacia poniente por la tierra de Ronda más
de seis leguas, hasta los postreros lugares del Havaral o
Garbia, llamados Casares y Gausin, yendo siempre apartada
una legua, poco más o menos de la mar. Solo un río
atraviesa por la tierra de Marbella, que es el río
Verde, tan celebrado por una notable rota que allí
hubo nuestra gente; el cual nace cuatro leguas de la mar
en otra sierra alta que le cae al cierzo, llamada Sierra
Blanquilla, del cual y de otros que nacen en ella haremos
mención cuando tratemos de la descripción de
la ciudad de Ronda. Este río baja por unos valles
muy hondos, y sale a las huertas de Istán; y dejando
el lugar a la mano izquierda, y la sierra de Arboto, principio
de Sierra Bermeja, a la derecha, se mete en la mar una legua
a poniente de Marbella. Istán fue siempre lugar rico,
y en este tiempo lo era más que otro ninguno de aquella
comarca. Levantose el día de año nuevo, y la
causa del levantamiento fue un morisco vecino de allí,
llamado Francisco Pacheco Manxuz. Este había estado
seis meses pleiteando en la chancillería de Granada
sobre la libertad de un sobrino suyo; y entendiendo la determinación
de los del Albaicín por comunicación de Farax
Aben Farax y de otros, se había ofrecido a hacer que
se levantasen los moriscos de los lugares de Sierra Bermeja,
y el solene
—216→
traidor le había dado orden por escrito
de lo que había de hacer, y patente de capitán
de su partido. Con estos recaudos llegó el Manxuz
a Istán muy ufano, y dando a entender a los vecinos
del lugar, que todos eran moriscos, que Granada y todo el
reino se alzaba, y que el negocio de los moros iba próspero,
los movió a rebelión, confiados en la sierra
de Arboto, sitio fuerte por su aspereza, donde se pensaban
recoger; y para que los ganados y bagajes pudiesen subir
arriba cuando fuese menester, les hizo desmontar y abrir
las antiguas veredas, que de no usadas, estaban ya cerradas
de monte y deshechas. Estando pues los vecinos movidos por
las persuasiones de aquel mal hombre, a 31 días del
mes de diciembre llegaron sesenta monfís que enviaba
Farax Aben Farax para dar calor a su traición; los
cuales, confirmando lo que el Manxuz les había dicho,
hicieron que se levantasen luego, solicitándolos de
uno en uno aquella noche, de manera que cuando fue de día
estaban todos fuera del lugar; que no quedaron dentro sino
solos dos moriscos, llamados Pedro de Rojas Huzmín
y Lorenzo Alazarac, que no quisieron irse con ellos. Era
beneficiado deste lugar el bachiller Pedro de Escalante,
el cual había poco que estaba en él; y por
no tener casa propria, moraba en una torre antigua de tiempo
de moros, que estaba hecha a manera de fortaleza; y queriéndole
prender los moriscos al tiempo que se alzaban para matarle,
fue uno dellos a llamarle muy de priesa, diciendo que saliese
a confesar una morisca que se estaba muriendo; el cual receló
de salir, no porque sospechase la maldad del rebelión,
como nos lo dijo después, sino por ser de noche y
no morar en el lugar otro cristiano más que él;
y respondiendo al que le llamaba que esperase hasta que amaneciese,
y que no se moriría tan presto la mujer, que no tuviese
lugar para confesar de día, dende a un rato volvieron
con otro recaudo, y le dijeron que por amor de Dios abriese
la puerta de la torre, porque la gente de Marbella venía
a matarlos y querían meter las doncellas dentro; y
tampoco le pudieron engañar. No mucho después
llegaron a una ventana del aposento donde dormía los
dos moriscos que dijimos que habían quedado en el
higar, y le rogaron que los dejase entrar dentro, porque
todos los vecinos iban huyendo al campo y no querían
ir con ellos; mas no por eso se quiso fiar hasta que fue
de día claro, y entonces llegó un cristiano
sastre que acaso se halló allí aquella noche
y había sentido el alboroto de la gente cuando se
iban, y juntándose con él, fueron hacia la
iglesia para entender qué novedad era aquella; y encontrando
en el camino a Huzmín y a su mujer, que todavía
iban a recogerse a la torre, estando hablando con ellos,
vieron un golpe de mancebos armados de ballestas y arcabuces,
que venían a atajarles la calle por donde iban, uno
de los cuales encaró el arcabuz contra el beneficiado,
y no le saliendo, tuvo lugar de meterse de presto con su
compañero en la casa de Huzmín; y apenas habían
cerrado la puerta y echado una aldaba recia que tenía,
cuando los herejes estaban ya dando golpes para romperla
diciendo a grandes voces: «Sal fuera, perro alfaquí».
Entonces dijo el Huzmin al beneficiado que mirase por sí,
porque le querían matar; el cual arrojó la
ropa y la vaina de la espada que llevaba por bordón,
y ayudándoles el morisco, subieron él y el
sastre por una pared arriba, y pasando por los terrados de
otras casas, quisieron tomar una puerta que salía
al barrio de la torre; y viendo que los moros la tenían
ya tomada con temor de la muerte se metieron en una caballeriza.
No se descuidó Huzmin en ayudarles todo lo que pudo
para que se salvasen, y cuando vio apartados de la puerta
los que la querían derribar, buscando los dos cristianos,
fue a ellos, y los bajó por la mesma pared donde habían
subido, y abriéndoles la puerta, les dijo que no convenía
parar en el lugar, porque los matarían; los cuales
no fueron perezosos en tomar el campo, saltando vallados
y peñas, como si fueran por tierra llana, por los
bancales de las huertas abajo, hasta que tomaron la sierra
que está entre el lugar y Marbella. Allí los
devisaron los mancebos gandules, y saliendo una cuadrilla
tras dellos, los siguieron más de una legua; mas no
los pudieron alcanzar, porque los unos iban huyendo y los
otros corriendo. Llegaron a la ciudad dos horas antes de
mediodía faltos de aliento y llenos de sudor y de
rascuños, que aún hasta entonces no habían
sentido, de las zarzas y espinos que habían atropellado.
El beneficiado fue el primero que llegó y dio rebato,
diciendo que los moriscos de Istán se habían
alzado y querídole matar; y a penas había quien
lo creyese: tanto era el crédito que los ciudadanos
tenían de la gente de aquel lugar, por ser rica, que
no podían persuadirse a que se hubiesen querido perder;
y ansí había muchos que le consolaban con decir
que debían de haberle tomado entre puertas con alguna
mujer. Había dejado el beneficiado en la torre una
sobrina doncella que tenía consigo, llamada Juana
de Escalante, y una moza de servicio; mientras él
iba huyendo, los moros hallando la puerta abierta, como él
la había dejado, entraron dentro, y robando trigo
y aceite y otras cosas que había en la primera bóveda,
prendieron la moza, que acertó a hallarse abajo; la
cual comenzó a llorar y les rogó que la dejasen
subir arriba con su señora. Tenía la torre
una escalera angosta, alta y muy derecha, y la sobrina del
beneficiado, que veía el peligro en que estaba, había
puesto en el postrer escalón una gran piedra, y junto
a ella otras muchas que acertó a haber en el sobrado
alto para una obra que se había de hacer en él;
y como tuvo la moza consigo, determinó de no dejar
subir a nadie arriba. Los hombres cargaron del despojo y
salieron de la bóveda; y como unos mozuelos quisiesen
ir donde ellas estaban, poniéndose en defensa, echó
a rodar la piedra por la escalera abajo, y matando al uno,
los otros dieron a huir. La doncella pues, que vio la torre
desocupada, sin perder tiempo bajó a gran priesa,
y cerrando la puerta, la atrancó con una fuerte viga
y tornó a subirse arriba. No tardaron mucho los moros
en volverá llevarlas a ella y a su compañera,
y hallando la puerta cerrada, quisieron derribarla con un
vaivén; mas defendióselo animosamente la doncella,
como lo pudiera hacer cualquier esforzado varón, arrojándoles
gruesas piedras por el ladrón y por encima del muro,
con que los tuvo arredrados y descalabró algunos dellos;
y aunque le dieron una saetada, que le atravesó un
brazo por junto al hombro, no dejó de pelear ni se
paró a sacar la saeta en más de tres horas
que duró la pelea, deshaciendo las paredes para sacar
piedras que poder tirar cuando hubo gastado las que había
sueltas. A este tiempo llegó Bartolomé Serrano,
—217→
alférez de la compañía de caballos
de don Gómez Hurtado de Mendoza, capitán de
la gente de guerra de Marbella, que había salido al
rebato con treinta escuderos y trecientos infantes; y siendo
ya dos horas después de mediodía, halló
los moros combatiendo la torre, y escaramuzando con ellos,
los retiró, mas no los pudo romper, porque se subieron
a unas peñas que están entre el lugar y el
río, donde no podían hacer efeto los caballos;
y habido su acuerdo, se volvió aquella noche a Marbella,
llevando la doncella y la moza consigo, y dejando la tierra
alzada.
 Capítulo XXXVI
Cómo las ciudades de Ronda, Marbella y Málaga
acudieron luego contra los alzados, y de las prevenciones
que Málaga hizo en sus lugares
El domingo 2 días
del mes de enero se juntaron en Marbella al pie de tres mil
hombres, y habiendo enviado aviso a las ciudades de Ronda
y Málaga como la los moriscos e habían alzado,
volvieron en su demanda; los cuales no se teniendo por seguros
en las peñas donde se habían retirado aquella
mañana, habían subídose a la sierra
por las veredas que tenían abiertas, llevando los
ganados y los bagajes cargados por delante, y se iban a meter
en el fuerte de Arboto, que está al norte del río
Verde, una legua de Istán. Nuestra gente no pudo tampoco
acometerlos este día, por la aspereza y fragosidad
de la sierra donde estaban metidos, y tornando por el río
abajo camino de Ronda, fueron a poner su campo en el proprio
lugar de Arboto, que, estaba despoblado, al pie de Sierra
Bermeja, donde llegó otro día el licenciado
Antonio García de Montalvo, corregidor de Ronda y
Marbella, con más de cuatro mil hombres; y por discordia
que hubo entre él y don Gómez Hurtado de Mendoza,
a cuyo cargo venía la gente de Marbella, no acometieron
aquel día a los alzados, dejándolo para el
martes siguiente. Los moros no osaron aguardar, y desamparando
bien de mañana el fuerte, huyeron todos, hombres y
mujeres, dejando puesto fuego a las barracas y a los bastimentos
que tenían dentro. No gozaron desta caza los que la
levantaron, porque fueron a dar en manos de otra gente que
iba de Monda, Guaro, Telex, Cazarabonela, Teba, Hardales,
Campillo, Alora, Coin, Cartama y Alhaurín a juntarse
con ellos, y encontrando las mujeres, niños y viejos,
que iban derramados huyendo por aquellas sierras, los captivaron
a todos, y solamente se les fueron los hombres sueltos y
libres de embarazo. Luego que sucedió el levantamiento
de Istán, la ciudad de Málaga, confiando poco
en los moriscos de su hoya, ordenó que los cristianos
de Coin se metiesen en Monda, los de Alora en Tolox, por
ser lugares sospechosos, para que no los dejasen alzar, y
que ocupasen dos casas fuertes que el marqués de Villena,
cuyas son aquellas villas, tenía en ellas; avisó
a don Cristóbal de Córdoba, alcaide de Cazarabonela,
que fuese a meterse en su fortaleza, por ser aquel paso importante
y estar maltratada, y la ciudad la hizo reparar luego, y
le dio ciento y cincuenta soldados que tuviese en la villa;
y como no fuesen allí menester, por estar aquellos
moriscos pacíficos, los enviaron después a
Yunquera, donde hicieron una desorden muy grande, que saquearon
la villa, y captivaron todas las mujeres moriscas; y trayéndolas
la vuelta de Alozaina, en las cuestas que dicen de Jorol,
encontró con ellos Gabriel Alcalde de Gozón,
vecino de Cazarabonela, que andaba asegurando la tierra con
cincuenta arcabuceros por mandado de Arévalo de Zuazo,
y se las quitó y prendió algunos soldados,
que fueron castigados. A la torre de Guaro, que está
junto a Monda, fue Gaspar Bernal con cien hombres; y haciendo
reparar la fortaleza de Almoxía, mandó que
se metiesen dentro los cristianos vecinos del lugar, avisó
a los alcaides de las fortalezas de Alora, Alozaina y Cartama,
que estuviesen apercebidos, y que los vecinos de aquellas
villas las velasen y rondasen por su rueda. El marqués
de Comares envió una compañía de infantería
y veinte y cinco caballos a la fortaleza de Comares, con
que la aseguró, porque aquella villa estaba toda poblada
de moriscos; y habiendo puesto los ojos en ella los alzados,
tenían hecho trato con ellos para ocuparla, según
lo que después se supo. Con estas prevenciones se
aseguró aquella tierra, y los de Istán, dejando
captivas las mujeres y los hijos, y juntándose con
otros que venían huyendo de tierra de Ronda y de la
hoya de Málaga, quedaron hechos montaraces por aquellas
sierras. Volvamos a lo que en este tiempo se hacía
a la parte de levante.
 Capítulo XXXVII
Cómo los moriscos de los lugares del marquesado
del Cenete se alzaron, y la descripción de aquella
tierra
El marquesado del Cenete está en la falda
de la Sierra Nevada que mira hacia el cierzo; a la parte
de mediodía Alpujarra; y por todas las otras tiene
los términos de la ciudad de Guadix. Es tierra abundante
de aguas de fuentes caudalosas que bajan de las sierras.
Atraviesa por ella el río que después pasa
por junto a la ciudad de Guadix, y por eso le llaman río
de Guadix; aunque más verisímil es haber dado
el río nombre a la ciudad, porque Gued Aix, como le
llaman los moros, quiere decir río de la Vida. Hay
en él nueve lugares, llamados Dólar, Ferreira,
Guevíjar, el Deyre, Lanteira, Jériz, Alcázar,
Alquif y la Calahorra. Los moradores dellos eran todos moriscos,
gente rica y muy regalada de los marqueses del Cenete, cuyo
es aquel estado; vivían descansadamente de sus labores
y de la cría de la seda y del ganado, porque tienen
muchas y muy buenas tierras, pastos y arboledas en la sierra
y en lo llano, donde poder sembrar y criarlos. La nueva de
como los moriscos de la Alpujarra se levantaban, y del daño
que hacían en los cristianos y en las iglesias, llegó
a la Calahorra el primero día de Pascua de Navidad;
y el alcalde Molina de Mosquera, que estaba entonces en aquel
lugar procediendo contra los monfís, como queda dicho,
se subió luego a la fortaleza con su mujer, que tenía
consigo, y con sus criados y veinte arcabuceros que llevaba
para guarda de su persona y ejecución de la justicia,
y metió dentro sesenta monfís moriscos que
tenía presos, haciéndolos encarcelar en unas
bóvedas del castillo, porque no se tuvo por seguro
con ellos donde estaba. De todo esto holgó el gobernador
del estado, llamado Juan de la Torre, vecino de Granada,
porque entendió que estaría la fortaleza más
a recaudo con la presencia del alcalde, y sería mejor
socorrida si se viese en aprieto; y cada uno por su parte
escribieron
—218→
luego a las ciudades de Guadix y Baza, avisando
rebelión y del peligro en que estaban aquella fortaleza
y la de Fiñana, pata que les enviasen gente de guerra
que se metiese dentro y las asegurase. Ordenaron a los concejos
de los lugares del Cenete que les proveyesen de leña
y bastimentos, y que los cristianos que moraban en ellos
se recogiesen a la fortaleza con sus mujeres y hijos. Los
vecinos del Deyre, temiendo que si venía mayor número
de gente de la Alpujarra, levantarían los lugares
por fuerza, acudieron al Gobernador, y le pidieron docientos
soldados, y que ellos los pagarían a su costa para
que los defendiesen, por estar desarmados. El cual, como
no los tenía, ni orden como podérselos dar,
procuró asegurarlos con buenas palabras, amonestándoles
que fuesen leales, y ofreciéndoles que cuando fuese
menester socorrerlos les acudiría con la gente de
Guadix; y para que estuviesen más seguros, les mandó
que recogiesen las mujeres y los niños en la fortaleza,
los cuales holgaron dello; y lo mesmo hicieron los de la
Calahorra, y hicieran después todos los demás
lugares, si pudieran caber dentro, porque fueron grandes
los robos y malos tratamientos que la gente de Guadix les
hacían, so color de irlos a favorecer, y los moros
de la Alpujarra porque se alzasen. Finalmente, siendo mal
defendidos, el día de año nuevo envió
el Gorri gente de la Alpujarra con orden que los alzasen,
y si no se quisiesen alzar, los robasen y matasen. Y llegando
a Guevíjar y a Dólar a tiempo que la mayor
parte de los vecinos andaban en el campo en sus labores,
alzaron aquellos lugares, y luego los de Jériz, Lanteira,
Alquif y Ferreira; y a los del Deyre no hicieron fuerza,
por tener las mujeres en la fortaleza; mas ellos se dieron
buena maña para sacarlas de allí; porque, como
viesen que todo iba ya de rota batida, tomaron por intercesor
al alcalde Molina de Mosquera para con el Gobernador, que
no quería dárselas, diciendo que mientras allí
estuviesen no se alzarían sus maridos y padres. El
cual le porfió tanto que se las hubo de entregar,
y juntamente con este yerro, que fue muy grande, se hizo
otro de mayor importancia para el desasosiego de aquellos
lugares, y fue que el Gobernador, temiendo que los sesenta
monfís que estaban presos en las bóvedas de
la fortaleza podrían alzarse una noche con ella, por
no tener la guardia que convenía, requirió
al alcalde Molina de Mosquera que los sacase de allí,
y los enviase a la cárcel de Guadix o a otra parte.
El cual los mandó bajar al lugar y meter en una casa
al parecer fuerte, de donde, después los sacaron los
alzados cuando cercaron aquella fortaleza; y viéndose
en libertad usaron éstos de grandísimas crueldades
contra los cristianos que pudieron haber a las manos, en
venganza de su injuria; que por tal tenían aquella
prisión y el tratamiento que se les había hecho.
 Capítulo XXXVIII
Cómo los moros alzados acabaron de levantar los
lugares del río de Almería, y se juntaron en
Benahaduz para ir a cercar la ciudad
Luego que la taa de
Marchena se alzó, los moros alzados de aquella comarca,
habiendo levantado los lugares altos del río de Almería,
comenzaron a juntarse para ir a cercar la ciudad, no les
pareciendo dificultoso ganarla, por la falta de gente, de
bastimentos y de municiones de guerra que sabían que
había dentro. Teníase aviso por momentos en
Almería de lo que los alzados hacían y del
desasosiego con que andaban los que no se habían aún
declarado, porque demás de su poco secreto, como había
en la ciudad más de seiscientas casas de moriscos,
iban y venían cada hora con seguridad a las alcarías
y sierras, so color de entender el estado en que estaban
sus cosas, y traían avisos ciertos; y aun los mesmos
alzados, como hombres bárbaros de poco saber, que
no les cabía el secreto en los pechos ocupados de
ira, enviaban soberbiamente recaudos para poner miedo a los
cristianos, acrecentando las cosas de su vanidad y poco fundamento.
Un morisco que venía de Guécija dijo un día
a don García de Villarroel públicamente como
Brahem el Cacis, capitán de aquel partido, se le encomendaba
y decía que el día de año nuevo se vería
con él en la plaza de Almería, donde pensaba
poner sus banderas; que tomase su consejo y diese la ciudad
a los moros, pues no les quedaba otra cosa por ganar en el
reino de Granada, y excusaría las muertes y incendios
que se esperaban entrándola por fuerza de armas. Otro
le trajo una carta del alguacil de Tavernas, llamado Francisco
López, en que cautelosamente le decía cómo
se iba a recoger en aquella ciudad con la gente de su lugar
y de otros que, como buenos cristianos fieles al servicio
de su majestad, querían abrigarse debajo de su amparo,
y que por venir su mujer en días de parir, se deternía
tres o cuatro días en los baños de Alhamilla.
Mas luego se entendió el engaño deste mal hombre
por aviso de una espía, que certificó ser mucha
la gente que traía consigo, y que venía entreteniéndose
mientras se juntaban los moros de Gérgal, Guécija,
Boloduí y de la sierra de Níjar para ir luego
a cercar la ciudad. Estos y otros avisos tenían a
los ciudadanos con cuidado; fatigábales la falta de
pan, aunque tenían carne, y mucho más la de
las municiones y pertrechos; y con todo eso, ayudados de
la gente de guerra, hacían sus velas y rondas ordinarias
y extraordinarias, y salían cada día a dar
vista a los lugares comarcanos, así para proveerse,
como para mantenerlos en lealtad, o a lo menos entretenerlos
que no se alzasen de golpe. Sucedió pues que el día
de a lo nuevo, habiendo salido don García de Villarroel
con algunos caballos y peones a correr los lugares del río,
llegan no cerca del lugar de Gádor, vieron andar los
moriscos fuera dél apartados por los cerros, que no
querían llegarse a los cristianos como otras veces;
y como se entendiese que andaban alzados, quisiera don García
de Villarroel hacerles algún castigo, si no se lo
estorbaran los moros de Guécija, que a un tiempo asomaron
por unos cerros con once banderas, y se fueron a meter en
el lugar. El cual, desconfiado de poder hacer el castigo
que pensaba, se volvió a poner cobro en la ciudad,
temeroso de algún cerco que la pusiese en aprieto,
porque veía que había dentro de los muros al
pie de mil moriscos que podían tomar armas, y de quien
se podía tener poca confianza; que los cristianos
útiles para pelear no llegaban a seiscientos, y esos
mal armados; y que dé necesidad se habían de
juntar muchos moros, y teniendo tan largo espacio de muros
rotos y aportillados por muchas partes que defender, de fuerza
habían de poner la ciudad en peligro. Vuelto pues
don García de Villarroel a Almería, los alzados
se alojaron aquella noche en Gádor, y otro día
de
—219→
mañana se bajaron el río abajo, y se fueron
a poner una legua de la ciudad en el cerro que dicen de Benahaduz,
donde traían acordado de juntarse; y como nuestros
corredores de a caballo, que andaban de ordinario en el río,
avisasen dello, hubo muchos pareceres en la ciudad sobre
lo que se debía hacer. Unos decían que se atendiese
solamente a la defensa de los muros mientras venía
socorro de gente, pues la que había en la ciudad era
poca para dividirse; y otros, con más animosa determinación,
querían que se fuese a dar sobre los enemigos, que
estaban en Benahaduz, para desbaratarlos antes que se juntasen
con ellos los demás, afirmando que solo en esto consistía
su bien y libertad. Finalmente se tomó resolución
en que don García de Villarroel con algunos caballos
y infantes fuese a reconocerlos, y a ver el sitio donde estaban
puestos, y el acometimiento que se les podría hacer;
y con esto se fue la gente a sus posadas aquella noche, donde
los dejaremos hasta su tiempo.
 Capítulo XXXIX
Cómo los lugares de las Albuñuelas y Salares
se alzaron
Las Albuñuelas y Salares son dos lugares
muy cercanos el uno del otro en el valle de Lecrín,
y habían dejado de alzarse cuando la elección
de Aben Humeya en Béznar, por consejo de un morisco
de buen entendimiento, llamado Bartolomé de Santa
María, a quien tenían mucho respeto, el cual,
siendo alguacil de las Albuñuelas, los había
entretenido con buenas razones diciéndoles que escarmentasen
en cabezas ajenas, y considerasen en lo que habían
parado las rebeliones pasadas, el poco fundamento que tenían
contra un príncipe tan poderoso, y lo mucho que aventuraban
perder, la poca confianza que se podía tener de los
socorros de Berbería, y el gran riesgo de sus personas
y haciendas en que se ponían y como después
vio que la gente andaba desasosegada, que los lugares se
henchían de moros forasteros de los alzados de tierra
de Salobreña y Motril, que crecían cada día
los malos y escandalosos, y que no era parte para estorbarles
su determinación precipitosa, porque iba todo de mala
manera, llamando al bachiller Ojeda, su beneficiado, que
aun hasta entonces no se había ido del lugar, le dijo
que recogiese los cristianos que pudiese y se fuese a poner
en cobro, si no quería que le matasen los monfís,
certificándole que si lo habían dejado de hacer,
había sido por tenerle a él respeto, sabiendo
que era su amigo; y porque pudiese irse con seguridad y los
monfís no le ofendiesen en el camino, le dio cincuenta
hombres, que le acompañaron dos leguas hasta el lugar
de Padul, donde le dejaron en salvo el día de año
nuevo. No fue poco venturoso el beneficiado en tener tal
amigo; porque dentro de dos días, sobrepujando la
maldad, se alzaron aquellos lugares, y en señal de
libertad, aunque vana, sacaron los vecinos de las Albuñuelas
una bandera antigua, que tenían guardada como reliquia
de tiempo de moros, y arbolándola con otras siete
banderas que tenían hechas secretamente para aquel
efeto, de tafetán y lienzo labrado, se recogieron
a ellas todos los mancebos escandalosos, y lo primero que
hicieron fue destruir y robar la iglesia y todas las cosas
sagradas. Luego robaron las casas del beneficiado y de los
otros cristianos, y dejando las suyas yermas y desamparadas,
por no se osar asegurar en ellas, se subieron a las sierras
con sus mujeres y hijos y ganados. No les faltó aun
en este tiempo el alguacil Santa María con su buen
consejo, el cual viendo idos la mayor parte de los monfís,
persuadió al pueblo a que se volviesen a sus casas
y procurasen desculparse con los ministros de su majestad,
diciendo que los malos les habían hecho que se alzasen
por fuerza y contra su voluntad, y que desta manera podrían
aguardar hasta ver en qué paraban sus cosas, y tomar
después el partido que mejor les estuviese, como adelante
lo hicieron. Vamos agora a lo que el marqués de Mondéjar
hacía en este tiempo.
 Libro quinto
 Capítulo I
Cómo el marqués de Mondéjar formó
su campo contra los rebeldes
Estaban en este tiempo los
ciudadanos de Granada confusos y muy turbados, casi arrepentidos
del deseo que habían tenido de ver levantados los
moriscos, por las nuevas que cada hora venían de las
muertes, robos e incendios que inician por toda la tierra;
y cansados los juicios con estos cuidados, perdida algún
tanto la cudicia, solamente pensaban en la venganza. El marqués
de Mondéjar daba priesa a las ciudades que le enviasen
gente para salir en campaña, porque en la ciudad no
había tanta que bastase para llevar y dejar, certificándoles
que de su tardanza podrían resultar grandes inconvenientes
y daños, si los rebelados, que estaban hechos señores
de la Alpujarra y Valle, lo viniesen también a ser
de los lugares de la Vega, por no haber cantidad de gente
con que poderlos oprimir, antes que sus fuerzas fuesen creciendo
con la maldad. Habiendo pues llegado las compañías
de caballos y de infantería de las ciudades de Loja,
Alhama, Alcalá la Real, Jaén y Antequera, y
pareciéndole tener ya número suficiente con
que poder salir de Granada, partió de aquella ciudad
lunes a 3 días del mes de enero del año de
1569, dejando a cargo del conde de Tendilla, su hijo, el
gobierno de las cosas de la guerra y la provisión
del campo; y aquella tarde caminó dos leguas pequeñas,
y fue al lugar de Alhendín, donde se alojó
aquella noche, y recogiendo la gente que estaba alojada en
Otura y en otros lugares de la Vega, la mañana del
siguiente día caminó la vuelta del Padul, primer
lugar del valle de Lecrín, pensando rehacer allí
su campo. Llevaba dos mil infantes y cuatrocientos caballos,
gente lúcida y bien armada, aunque nueva y poco disciplinada.
Acompañábanle don Alonso de Cárdenas,
su yerno, que hoy es conde de la Puebla, don Francisco de
Mendoza, su hijo, don Luis de Córdoba, don Alonso
de Granada Venegas, don Juan de Villarroel, y otros caballeros
y veinte y cuatros,
—220→
y Antonio Moreno y Hernando de Oruña,
a quien su majestad había mandado que asistiesen cerca
de su persona por la prática y experiencia que tenían
de las cosas de guerra, y otros muchos capitanes y alféreces,
soldados viejos entretenidos con sueldo ordinario por sus
servicios. De Jaén iba don Pedro Ponce por capitán
de caballos, y Valentín de Quirós con la infantería.
De Antequera Álvaro de Isla, corregidor de aquella
ciudad, y Gabriel de Treviñón, su alguacil
mayor, con otras dos compañías. Capitán
de la gente de Loja era Juan de la Ribera, regidor; de la
de Alhama, Hernán Carrillo de Cuenca, y de Alcalá
la Real, Diego de Aranda. Iba también cantidad de
gente noble popular de la ciudad de Granada y su tierra,
y las lanzas ordinarias, cuyos tenientes eran Gonzalo Chacón
y Diego de Leiva y la mayor y mejor parte de los arcabuceros
de la ciudad, cuyos capitanes eran Luis Maldonado, y Gaspar
Maldonado de Salazar, su hermano. Con toda esta gente llegó
el marqués de Mondéjar aquella noche al lugar
del Padul, y antes de entrar en él salieron los moriscos
más principales a suplicarle no permitiese que los
soldados se aposentasen en sus casas, ofreciéndole
bastimentos y leña para que se entretuviesen en campaña,
porque temían grandemente las desórdenes que
harían; y aunque el Marqués holgara de complacerles,
no les pudo conceder lo que pedían, porque el tiempo
era asperísimo de frío, la gente no pagada,
y acostumbrada a poco trabajo, y se les hiciera muy de mal
quedar de noche en campaña; y diciendo a los moriscos
que tuviesen paciencia, porque sola una noche estaría
allí el campo, y que proveería como no recibiesen
daño, los aseguró de manera, que tuvieron por
bien de recoger y regalar a los soldados en sus casas aquella
noche, aunque no la pasaron toda en quietud, por lo que adelante
diremos.
 Capítulo II
Cómo estando el marqués de Mondéjar
en el Padul, los moros acometieron nuestra gente, que estaba
en Dúrcal, y fueron desbaratados
La propria noche
que el marqués de Mondéjar llegó con
su campo al lugar del Padul, los moros acometieron el lugar
de Dúrcal, una legua de allí, donde estaban
alojados el capitán Lorenzo de Ávila con las
compañías de las siete villas de la jurisdición
de Granada, y el capitán Gonzalo de Alcántara
con cincuenta caballos. No pudo ser este acometimiento tan
secreto, que dejasen de tener aviso los capitanes, porque
el mesmo día que el marqués de Mondéjar
salió de Granada, los soldados de aquel presidio habían
tomado dos espías, al uno de los cuales hallaron quebrando
los aderezos de un molino, donde se molía el trigo
para las raciones de los soldados, y el otro era un muchacho
hijo de cristianos, criado desde su niñez entre moriscos
y hecho a sus mañas, que le enviaba Miguel de Granada
Xaba, capitán de los moros del Valle, a que espiase
la cantidad de la gente que había en aquel lugar y
el recato con que estaban. El espía que fue preso
en el molino jamás quiso confesar, aunque le hicieron
pedazos en el tormento; el muchacho, a persuasión
del doctor Ojeda, vicario de Nigüeles, que era el que
le había hecho prender, entre ruego y amenazas, vino
a confesar y declarar todo el hecho de la verdad, y el efeto
para que los habían enviado. Este dijo que los de
las Albuñuelas habían hecho reseña cuando
se quisieron alzar, y que se habían hallado docientos
tiradores escopeteros y ballesteros entre ellos, y trecientos
con armas enhastadas y espadas; que los moriscos forasteros
y monfís habían quemado la iglesia, y que después
se habían arrepentido los vecinos, viendo que los
del Albaicín y de la Vega se estaban quedos; y que
queriéndose tornar a sus casas por consejo del alguacil,
se lo habían estorbado otros de los alzados, diciéndoles
que no era ya tiempo de dar excusas ni de pedir perdón,
porque los cristianos no les creerían ni se fiarían
más dellos, viendo la señal que habían
dado; y que el alcaide Xaba había juntado de los lugares
de Órgiba y del Valle, y de Motril y Salobreña
mucha cantidad de moros, y entre ellos más de seiscientos
tiradores, para ir a dar sobre el lugar de Dúrcal,
y que sin falta daría la siguiente noche sobre él.
Con este aviso fue luego aquella tarde el capitán
Lorenzo de Ávila al marqués de Mondéjar,
y llevó el muchacho consigo; y siendo ya bien de noche,
se volvió a su alojamiento con cuidado de lo que podía
suceder, y en llegando hizo echar bando que ningún
soldado quedase desmandado por las casas; que todos se recogiesen
a la iglesia, donde estaba el cuerpo de guardia. Reforzó
las postas y centinelas, y puso otras de nuevo donde le pareció
ser necesarias; y el capitán Gonzalo de Alcántara
apercibió la caballería, que estaba alojada
en Margena, que es un barrio cerca de Dúrcal, para
que en sintiendo dar al arma, saliesen tocando las trompetas
desde el alojamiento hasta una haza llana delante de la plaza
de la iglesia; porque este hombre experimentado entendió
el efeto que se podría seguir animando a los soldados
y desanimando a los enemigos, con ver que tocaban las trompetas
hacia donde estaba el campo del marqués de Mondéjar,
que de necesidad habían de presumir que venía
socorro. Andando pues los animosos capitanes haciendo estas
prevenciones y apercibimientos, el Xaba, que no dormía,
venía caminando a más andar cubierto con la
escuridad de la noche, y llegando cerca del lugar, repartió
seis mil hombres que traía en dos partes: con los
tres mil fue en persona a tomar un barranco muy hondo que
se hace entre el Padul y el barrio de Margena, por donde
había de ir el socorro de nuestro campo; los otros
tres mil envió con otros capitanes, para que unos
acometiesen por el camino que va entre Margena y Dúrcal,
y otros por otra parte hacia la sierra, ordenándoles
que excusasen todo lo que pudiesen el salir a lo llano, porque
los caballos no se pudiesen aprovechar dellos. Desta manera
llegaron dos horas antes que amaneciese con un tiempo asperísimo
de frío y muy escuro. Nuestras centinelas los sintieron,
aunque tarde; y tocando arma, con estar apercebidas, casi
todos entraron a las vueltas en el lugar, no siendo menor
el miedo de los acometedores que el de los acometidos. Los
capitanes, que andaban a esta hora requiriendo las postas,
acudieron luego a hacer resistencia; mas presto se hallaron
solos. Lorenzo de Ávila se opuso contra los que venían
a entrar de golpe por una haza adelante con sola una espada
y una rodela, y los fue retirando con muertes y heridas de
muchos dellos; y siendo herido de saeta, que le atravesó
entrambos muslos, fue socorrido y retirado a la iglesia.
Gonzalo de Alcántara se puso a la parte del camino
de Margena a resistir un
—221→
gran golpe de enemigos que venían
entrando por allí; y fue tanta la turbación
de nuestra gente en aquel punto, que ni bastaban ruegos ni
amenazas para hacerles salir de la iglesia, como si la aspereza
y tenebrosidad de la noche fuera más favorable a los
enemigos que a ellos; y para castigo de semejante flaqueza
no dejaré de decir que hubo muchos que, soltando las
armas ofensivas, se metieron huyendo en la iglesia, tomando
por escudo otros, para que los moros no los matasen a ellos
primero; ni menos callará mi pluma el valor de los
animosos capitanes y soldados que pusieron el pecho al enemigo
por el bien común, acudiendo, no todos juntos, que
hicieran poco efeto, por ser muchas las entradas, sino cada
uno por su parte, y reparando con su mucho valor un gran
peligro; porque, los moros, hallando aquella resistencia
y sintiendo grande estruendo de armas, no creyendo que eran
de la gente que huía, sino de la que se aparejaba
contra ellos, aflojaron su furia, y aun se comenzaron a retirar.
A este tiempo el capitán Alcántara, viendo
que Lorenzo de Ávila, herido como estaba, procuraba
sacar la gente de la iglesia animándolos a la pelea,
con doce o trece soldados, que no le siguieron más,
volvió a su puesto, porque los enemigos daban de nuevo
carga por allí. Acudiéronle también
ocho religiosos, cuatro frailes de San Francisco y cuatro
jesuitas, diciendo que querían morir por Jesucristo,
pues los soldados no lo osaban hacer; mas no se lo consintió,
rogándoles de parte de Dios que haciendo su oficio,
acudiesen a esforzar la gente que estaba a las bocas de las
calles que salían a la plaza, porque no las desamparasen.
Viendo pues los moros que no eran seguidos; tornaron a hacer
su acometimiento, y adelantándose uno con una bandera
en la mano, llegó a reconocer la plaza por junto a
un mesón que estaba a la parte del cierzo; y como
no vio gente por allí, comenzó a dar grandes
voces en su algarabía, diciendo a los compañeros
que allegasen, porque los cristianos habían huido.
A esto acudió Gonzalo de Alcántara, y emparejando
con el moro de la bandera, le hirió con la espada
en el hombro izquierdo, y dio con él muerto en tierra;
mas cargando sobre él otros que venían detrás,
le hubieran muerto, si no fuera por las armas y por una adarga
que llevaba embrazada, y con todo eso le dieron una estocada
en el rostro y le derribaron de espaldas en el suelo, con
otros muchos golpes que recibió sobre las armas. No
le faltó en este tiempo el favor de un buen soldado,
llamado Juan Ruiz Cornejo, vecino de Antequera, que le acudió,
y no dio lugar a que los moros le acabasen de matar; antes
con sola la espada en la mano y la capa revuelta al brazo
le defendió, y mató dos moros de los que más
le aquejaban. Levantándose pues Gonzalo de Alcántara,
volvió con mayor saña a la pelea; y llegando
a él un fraile francisco con un Cristo crucificado
en la mano diciéndole: «Ea, hermano, veis aquí
a Jesucristo, que él os favorecerá»; estándoselo
mostrando, y diciendo estas y otras palabras, le dio uno
de aquellos herejes con una piedra en la mano tan gran golpe,
que se lo derribó en el suelo. Creció tanto
la ira a Gonzalo de Alcántara viendo un tal hecho,
que se metió como un león entre aquellos descreídos,
y acompañado de su buen amigo Cornejo, mató
al moro que había tirado la piedra y otros que le
quisieron defender y alzando el crucifijo del suelo, lo puso
en las manos del fraile, jurando por aquella santa insignia
que había de pasar por la espada aquella noche todos
cuantos herejes le viniesen por delante. No estaba ocioso
en este tiempo el capitán Alonso de Contreras, que
también estaba de presidio en este lugar con una compañía
de gente de Granada; mas no le sucedió tan felicemente
como a los demás, porque defendiendo la entrada de
una calle, fue herido de saeta con yerba, de que murió.
También murió Cristóbal Márquez,
alférez de Gonzalo de Alcántara, peleando como
esforzado. Estando pues nuestra gente en harto aprieto, y
bien necesitada de ánimo, si los enemigos le tuvieran
para proseguir su empresa, la caballería, que había
tardado en salir de su alojamiento, comenzó a entrar
por las calles, y no pudiendo romper, porque estaban llenas
de moros, salió lo mejor que pudo al campo tocando
las trompetas. Este aviso fue importante y valió mucho
a los nuestros, porque el Xaba, que estaba en el barranco
entre Dúrcal y el Padul, creyendo que la caballería
del campo del marqués de Mondéjar había
pasado de la otra parte, o que estaba alojado en Dúrcal,
comenzó a dar grandes voces a su gente diciendo: «A
la sierra, a la sierra; que los caballos vienen sobre nosotros»;
y luego dieron todos los unos y los otros vuelta. A este
tiempo habían sentido las centinelas del campo disparar
arcabuces en Dúrcal, y siendo avisado dello Antonio
Moreno, que andaba rondando, había dado noticia al
marqués de Mondéjar; el cual sospechando lo
que podría ser por la relación que tenía,
mandó recoger la gente a gran piesa, y enviando delante
a Gonzalo Chacón con las lanzas de la compañía
del conde de Tendilla, que estaba a su cargo, salió
en su seguimiento con la otra caballería, dejando
orden a Antonio Moreno y a Hernando de Oruña, que
servían de superintendentes de la infantería,
que marchasen a la sorda con todas las compañías
la vuelta de Dúrcal; mas ya cuando el marqués
de Mondéjar llegó eran idos los moros, y nuestra
gente estaba algo temerosa en la plaza de la iglesia, blasonando
de la vitoria algunos que no merecían el prez ni el
premio della. Murieron aquella noche veinte soldados, y hubo
muchos heridos, aunque no todos por mano de los enemigos;
antes se mataron y hirieron unos a otros, saliendo con la
escuridad de la noche y encontrándose por las calles,
y estos eran de los que se habían quedado sin orden
fuera del cuerpo de guardia, que no se habían querido
recoger a las banderas. Llegado el marqués de Mondéjar
a Dúrcal, agradeció mucho a los capitanes lo
bien que lo habían hecho, y mandó llevar los
heridos a Granada para que fuesen curados; y para aguardar
la gente que le iba alcanzando, y los bastimentos y municiones
que el conde de Tendilla enviaba de Granada, se detuvo cuatro
días en aquel alojamiento, porque no le pareció
entrar menos que bien apercebido en la Alpujarra. El capitán
Xaba volvió medio desbaratado a Poqueira con pérdida
de docientos moros; y Aben Humeya, que le estaba aguardando
para tras de aquel efeto hacer otros mayores, viéndole
ir de aquella manera, quiso cortarle la cabeza; mas él
se desculpó, diciendo que si había retirado
la gente había sido porque entendió que la
caballería del marqués de Mondéjar había
pasado por otra parte el barranco y tomádole lo
—222→
llano;
y que lo que él había hecho, hiciera cualquier
hombre atentado, oyendo tocar tantas trompetas hacia la parte
donde estaba el enemigo. Y no dejaba de tener alguna razón
el moro, porque demás de las trompetas de la compañía
de Gonzalo de Alcántara, que salieron de Margena,
había mandado el marqués de Mondéjar
que se adelantasen dos trompetas, y fuesen solas tocando
la vuelta de Dúrcal, para que los nuestros entendiesen
que les iba socorro; y como no había visto el Xaba
pasar caballos aquella tarde, entendiendo que todos debían
de estar alojados en Dúrcal, quiso retirarse con tiempo
antes que le atajasen, porque los tres mil hombres que tenía
consigo eran ruin gente y desarmada, que solamente llevaban
hondas para tirar piedras y algunas lanzuelas; y si los caballos
los hallaran en tierra llana, no dejaran hombre dellos a
vida.
 Capítulo III
Cómo la gente de Almería salió a reconocer
los moros que se habían puesto en Benahaduz, y cómo
después volvió sobre ellos y los desbarató
A gran priesa se juntaban los moros de la comarca de la
ciudad de Almería para ir a cercarla; y demás
de los que dijimos que se habían puesto en Benahaduz,
había ya otros recogidos en el marchal de la Palma,
cerca de allí, para juntarse con ellos, cuando don
García de Villarroel, queriendo hacer el efeto de
reconocerlos y ver el sitio que tenían y por dónde
se les podría entrar, salió de Almería
con cuarenta soldados arcabuceros y treinta caballos, y dejando
atrás los peones, se adelantó con la gente
de a caballo; y para haber de hacer el reconocimiento entre
paz y guerra, sin que sospechase aquella gente tan conocida
y vecina el intento que llevaba, envió delante un
regidor de aquella ciudad, llamado Juan de Ponte, a que les
preguntase la causa de su desasosiego, y reconociese qué
gente era, y la orden que tenían en el asiento de
su campo. El regidor llegó tan cerca de los moros,
que pudo muy bien preguntarles lo que quiso, y con seguridad,
por ir solo; y cuando le hubieron oído, le respondieron
soberbiamente que volviese a su capitán y le dijese
que otro día de mañana, cuando tuviesen puestas
sus banderas en la plaza de Almería, le darían
razón de lo que deseaba saber. Y como les tornase
a replicar, aconsejándoles que dejasen las armas y
se redujesen al servicio de su majestad, que era lo que más
les convenía, algunos dellos le comenzaron a deshonrar,
llamándole perro judío, y diciéndole
que ya era todo el reino de Granada de moros, y que no había
más que Dios y Mahoma. Con esto volvió Juan
de Ponte al capitán, el cual tornó a enviarles
otro recaudo con el maestrescuela don Alonso Marín,
a quien los moriscos de aquella tierra tenían mucho
respeto; el cual llamó algunos conocidos, y les rogó
que dejasen el camino de perdición que llevaban. Y
viendo que era tiempo perdido aconsejarles bien, se retiró,
y don García de Villarroel se les fue acercando lo
más que pudo en son de guerra, para ver qué
tiradores tenían; y como no tirasen más que
con un mosquete y dos o tres escopetas, entendió que
se podría hacer el efeto antes que se juntasen más
de los que allí estaban, especialmente cuando hubo
reconocido el sitio que tenían, que, aunque era fuerte,
su mesma fortaleza mostraba ser favorable a nuestra gente;
porque si la aspereza de una senda, por donde se había
de subir, impedía el poder llegar de golpe a los enemigos,
esa mesma era defensa para que tampoco ellos pudiesen bajar
juntos a dar en los cristianos. Sobre la mano derecha había
otra entrada, por donde se les podía también
entrar, hacia un cerro que estaba junto al de Benahaduz,
lugar áspero para hollar con caballos, y no muy fácil
para gente de a pie. Callando pues su concepto, y diciendo
a los moros que en la ciudad los aguardaba, aunque los tenía
por tan ruin gente que no cumplirían su palabra, se
volvió aquel día a Almería, donde halló
que le aguardaban con cuidado de saber lo que se había
hecho; que cierto le tenían todos muy grande, por
ser poca gente la que había llevado consigo. Deste
reconocimiento llevó don García de Villarroel
determinado de dar a los moros una encamisada la mesma noche
al cuarto del alba; y no se osando declarar, según
lo que nos certificó, temiendo que la justicia y regimiento
lo contradiría por el peligro de la ciudad, si por
caso le sucediese alguna desgracia, para tener ocasión
de poder salir sin que se entendiese su desinio, dejó
una espía fuera de la muralla entre las huertas con
orden que a media noche hiciese una almenara de fuego, para
que viéndola las centinelas de la ciudad, tocasen
arma. Sucedió la ocasión y el efeto conforme
con su deseo; porque en viendo la almenara, toda la ciudad
se puso en arma, y acudiendo también él al
rebato, reforzó los cuerpos de guardia; y siendo ya
después de media noche, dijo que quería salir
a ver qué rebato había sido aquel, y si andaban
moros en las huertas. Y mandando a los soldados que saliesen
con las camisas vestidas sobre las ropas, para que en la
escuridad de la noche se conociesen, partió de Almería
dos horas antes del día con ciento cuarenta y cinco
arcabuceros de a pie y treinta y cinco caballos, y entre
ellos algunos caballeros y gente noble; y andando un rato
cruzando de una parte a otra, por desviarse de las huertas
y de los lugares donde le pareció que los enemigos
podrían tener alguna espía o centinela, se
arrimó hacia el río, y cuando vio que ya era
tiempo paró el caballo, y haciendo alto, estando toda
la gente junta, les declaró la determinación
que llevaba, la causa porque lo había tenido secreto,
la importancia que sería desbaratar los moros que
estaban en Benahaduz antes que se juntasen con ellos los
del Marchal de la Palma y otros, que no podrían dejar
de ser muchos; diciendo que él había reconocido
los enemigos, gente desarmada y harto menos de la que se
presumía; que el sitio donde estaban les era más
perjudicial que favorable, y que haciendo lo que debían,
con el favor de Dios fuesen ciertos que ternían vitoria,
en la cual consistía el remedio y seguridad de los
vecinos de Almería, y los que allí estaban
serían aprovechados de los despojos de los moros en
premio de su virtud. No fue pequeño el contento que
recibió nuestra gente cuando supo el efeto a que iban,
y loando mucho aquel consejo, movieron todos alegremente
la vuelta de Benahaduz. En el camino prendieron tres moriscos,
de quien supieron como estaban todavía los moros donde
los habían dejado: esto les hizo alargar el paso,
y llegando ya cerca, se repartió la gente en dos partes.
Julián de Pereda, alférez de la infantería,
con cien arcabuceros se apartó por una vereda encubierta
—223→
sobre la mano derecha, y se puso en el cerro que está
junto con el de Benahaduz, donde estaban los enemigos alojados,
y llevó orden que en sintiendo disparar la arcabucería,
que pelearía por frente, saliese impetuosamente y
les diese Santiago; y el capitán con el resto de la
gente, llevando los arcabuceros delante y la caballería
de retaguardia, se fue acercando al enemigo por el camino
derecho, y llegó a descubrir su alojamiento cuando
ya esclarecía el alba. A este tiempo las centinelas
de los moros habían ya descubierto el bulto de los
soldados que llevaba Pereda, y como iban bajos y encamisados,
y no se recelaban de cristianos que acudiesen por aquella
parte, juzgaron ser ganado ovejuno que traían algunos
moros para provisión del campo, y con esto se aseguraron,
hasta que vieron venir caballos por la otra parte. Entonces
comenzaron a dar voces y a tocar los atabalejos a gran priesa,
y se pusieron todos en arma, aunque confusos, como gente
mal prática, que no sabían cuál les
sería mejor, salir a pelear o defenderse. Dejando
pues don García de Villarroel la caballería
atrás, como un tiro de honda fuera de un arboleda
que llegaba hasta el proprio cerro, cuyas ramas impedían
el efeto de las saetas y piedras que tiraban de arriba, metió
la infantería por debajo de los árboles, y
le fue mejorando hasta ponerla detrás de unas tapias,
cerca del vallado de una acequia y de una peña tajada
que había hacia aquella parte, donde se tomaba una
angosta senda, la cual estorbaba también a los moros
poder bajar de golpe a hacer acometimiento. Y cuando le pareció
que Julián de Pereda habría llegado a su puesto,
sin aguardar más, mandó que los arcabuceros
disparasen por su orden, dando una carga tras de otra. Solas
dos cargas habían dado, y entonces comenzaba la tercera,
cuando los cien soldados hicieron animoso acometimiento por
su parte; y como don García de Villarroel oyó
el estruendo de los arcabuces, hizo que los peones subiesen
por el cerro arriba, siguiéndolos la gente de a caballo,
y pasaron por una puentecilla harto angosta, que estaba sobre
el acequia. Al principio mostraron los moros ánimo
y hicieron alguna resistencia; mas cuando vieron la otra
arcabucería a las espaldas, creyendo que matas, árboles
y piedras todo era cristianos, como suele acaecer a los tímidos,
luego desmayaron. No faltó ánimo en este punto
a Brahem el Cacis, el cual hacía a un tiempo oficio
de capitán y de soldado, peleando por su persona,
y esforzando su gente con ruegos y con amenazas; y cuando
vio que todo le aprovechaba poco, apeándose del caballo,
con una lanza en la mano se metió entre los cristianos,
y hizo tales cosas, que algunos le volvieron las espaldas;
mas yendo tras de un soldado que le huía, otro más
animoso le salió de través, y le dio un arcabuzazo
y le mató. Con la muerte de su capitán, los
pocos moros que hacían armas acabaron de desbaratarse,
poniendo más confianza en los pies que en las manos,
y nuestra gente los siguió, y fueron muertos los que
pudieron alcanzar, sin tomar hombre a vida; solos siete moros
fueron presos, que se quedaron metidos en una cueva en su
alojamiento, y los hallaron unos soldados escondidos. De
nuestra parte hubo un solo escudero herido y dos caballos
muertos. Perdieron los moros todas sus banderas, con las
cuales y con la cabeza de Brahem el Cacis, en cuyo lugar
sucedió Diego Pérez el Gorri, volvió
don García de Villarroel aquel día a la ciudad
de Almería, donde fue alegremente recebido del Obispo
y de toda la clerecía, y del común, chicos
y grandes, dando gracias al Omnipotente por tan buen suceso,
mediante el cual los moros perdieron la esperanza que tenían,
y se abrió el camino a otros muchos y buenos efetos.
Y bien considerado, Brahem el Cacis cumplió su palabra,
pues su cabeza y sus banderas se vieron en la plaza de Almería
cuando él dijo. Señaláronse este día
don Luis de Rojas Narváez, arcediano de aquella santa
iglesia, el dotor don Diego Marín, maestreescuela,
el racionero Paredes, don Alonso Habiz Venegas, Pedro Martín
de Aldana, Juan de Aponte, Francisco de Belvis, y otros muchos
escuderos y soldados particulares. Este don Alonso Habiz
Venegas era regidor de Almería y de los naturales
del reino, aunque bien diferente dellos en su trato y costumbres,
y los moriscos le estimaban mucho, por ser fama que venía
del linaje de los reyes moros de Granada; y deseando hacerle
rey en este rebelión, le había escrito Mateo
el Rami sobre ello, rogándole de su parte que lo aceptase;
el cual tomó la carta y la llevó al ayuntamiento
de la ciudad, y la leyó a la justicia y regidores,
diciéndoles que no dejaba de ser grande tentación
la del reinar. Y de allí adelante vivió siempre
enfermo, aunque leal servidor de su majestad, procurando
enriquecer más su fama con esfuerzo y virtud propria
que con cudicia y nombre de tirano. Súpose después
de aquellos siete moros que llevaron presos, todo el intento
que tenían de ocupar la ciudad de Almería,
y otras muchas cosas que confesaron en el tormento; y al
fin se les dio la soga que andaban buscando, mandándolos
ahorcar de las almenas de la ciudad. Volvamos al marqués
de Mondéjar, que dejamos alojado en Dúrcal.
 Capítulo IV
Cómo se fue engrosando el campo del marqués
de Mondéjar, y cómo los moros de las Albuñuelas
se redujeron
En este tiempo iba juntándose la gente
de las ciudades del Andalucía en Granada; y estando
el marqués de Mondéjar en el alojamiento de
Dúrcal, llegó don Rodrigo de Vivero, corregidor
de Úbeda y Baeza, con la gente de aquellas dos ciudades.
Iban de Úbeda tres compañías de a trecientos
infantes y dos estandartes de a setenta y cinco caballos.
De Baeza eran novecientos y ochenta infantes en cuatro compañías
y cuatro estandartes de cada treinta caballos, toda gente
lucida y bien arreada a punto de guerra, que cierto representaban
la pompa y nobleza de sus ciudades y el valor y destreza
de sus personas, ejercitados en las guerras externas y civiles.
Los capitanes eran todos caballeros, veinticuatros y regidores;
la infantería de Úbeda gobernaban don Antonio
Porcel, don Garcí Fernández Manrique y Francisco
de Molina; y la caballería don Gil de Valencia y Francisco
Vela de los Cobos. De la infantería de Baeza eran
capitanes Pedro Mejía de Benavides, Juan Ochoa de
Navarrete, Antonio Flores de Benavides y Baltasar de Aranda,
que llevaba la compañía de los ballesteros
que llaman de Santiago. De los caballos eran capitanes Juan
de Carvajal, Rodrigo de Mendoza, Juan Galeote y Martín
Noguera, y por cabo Diego Vázquez de Acuña,
alférez mayor, con el pendón de la ciudad.
De toda esta gente que hemos dicho, volvieron a Granada
—224→
las cuatro compañías de caballos de Baeza y
la de Francisco de Molina de Úbeda, porque el conde
de Tendilla, que hacía oficio de capitán general
en lugar del Marqués su padre, las pidió para
guardia de la ciudad mientras llegaba otra gente: todas las
demás pasaron al campo, y con ellas más de
sesenta caballeros aventureros de los principales de aquellas
ciudades, que sirvieron a su costa toda aquella jornada,
hasta que el marqués de Mondéjar les mandó
volver a sus casas. Viendo pues los moriscos de las Albuñuelas
que nuestro campo se iba engrosando, y por ventura temiendo
no descargase la primera furia en ellos, acordaron de aplacar
al marqués de Mondéjar con humildad. Esta embajada
llevó Bartolomé de Santa María el alguacil,
que dijimos que les aconsejaba que no se alzasen; el cual,
siendo acepto y muy servidor del Marqués, vino por
su mandado a tratar con él este negocio, y le suplicó
admitiese aquellos vecinos debajo la protección y
amparo real, y los perdonase, certificándole que si
se habían alzado no había sido con su voluntad,
sino forzados a ello por los monfís y moros forasteros,
y que todos estaban con pena y les pesaba de lo hecho. El
Marqués, que deseaba asegurar las espaldas antes de
pasar adelante, holgó de admitirlos, y mandó
que les dijese de su parte que se quietasen, y volviendo
a sus casas, procurasen conservarse en lealtad, no receptando
los malos entre ellos: y que le avisasen de todo lo que les
ocurriese, porque haciendo lo que debían como buenos
vasallos de su majestad, los favorecería y no consentiría
que se les hiciese agravio. Luego se volvieron los moriscos
al lugar, y el alguacil envió por su beneficiado,
que aun estaba en el Padul, para que asistiese en su iglesia
y les dijese misa; mas él paró poco entre gente
tan liviana, que ya se habían comenzado a desvergonzar,
y tanto más viendo que les reprehendía haber
puesto las manos en las cosas sagradas. Finalmente, no se
teniendo por seguro, quiso volverse al Padul, y el alguacil
le dio escolta de amigos que le acompañaron. Este
morisco anduvo siempre bien con los cristianos, y, cuando
después se puso gente de guerra en el Padul, hizo
con los moriscos de su lugar que llevasen cada semana veinte
cargas de pan amasado de contribución, para que comiesen
los soldados, y dio avisos importantes y ciertos de lo que
los moros trataban; mas nunca pudo conservar el pueblo en
lealtad, y no fue merecedor de la muerte que después
se le dio ni del captiverio de su familia, si en alguna manera
no lo causaran nuestros soldados furiosos, teniendo poco
respeto a estos servicios, como se dirá en la destruición
que don Antonio de Luna hizo en este lugar. Digamos lo que
en este tiempo hacía el marqués de los Vélez.
 Capítulo V
Cómo el marqués de los Vélez, por
los avisos que tuvo, juntó cantidad de gente y entró
en el reino de Granada a oprimir los rebeldes
El aviso que
el presidente don Pedro de Deza envió, la necesidad
y peligro grande que representaban las ciudades de Almería,
Baza y Guadix, que todas pedían socorro, fueron causa
que el marqués de los Vélez apresurase su partida
antes de llegarle orden de su majestad para poder entrar
con campo formado en el reino de Granada, ateniéndose
a lo que dice una ley tercera, título diez y nueve
de la Segunda Partida, que deben hacer los vasallos por sus
reyes en casos de rebelión, y aun queriendo satisfacer
a la no vana opinión de quien había hecho elección
y confianza de su persona para negocio tan grave y de tanto
peso. Viendo pues que la gente ordinaria de su casa sería
poca, y que podría hacer poco efeto con ella, según
iban las cosas encaminadas, y que sería menester tiempo
para recogerla del reino de Murcia, envió a llamar
a gran priesa a sus amigos y vasallos y avisó a algunos
pueblos comarcanos a la raya que le acudiesen. A don Juan
Fajardo, su hermano, envió a Lorca, y mientras venía
con la gente de aquella ciudad, atreviéndose a su
hacienda, pues no tenía orden de gastar de la de su
majestad, proveyó bastimentos y municiones y todas
las cosas necesarias. Acudiole la gente con tanta presteza,
que a 2 días del mes de enero tenía ya en su
villa de Vélez el Blanco dos mil y quinientos infantes
y trecientos caballos. De Lorca vinieron mil y quinientos
hombres de a pie y ciento de a caballo muy bien en orden,
como lo suelen siempre estar los de aquella ciudad. Capitanes
desta gente eran Juan Mateo de Guevara, Pedro Helices, Alonso
del Castillo, Martín de Lorita y Luis Ponce. De Caravaca
vinieron los capitanes Andrés de Mora, Hernando de
Mora y Pedro Martínez, con trecientos infantes y veinte
caballos; de Moratalla, Juan López, con docientos
infantes y treinta caballos; de Hellín, Pablo Pinero,
con ciento y cincuenta infantes y quince caballos; de Zehegín,
Francisco Fajardo, con docientos y cincuenta infantes y veinte
caballos; de Mula, Diego Melgarejo, con docientos infantes.
Con esta gente escogida y voluntaria y la que salió
de los Vélez Blanco y Rubio y de Librilla y Alhama
con el capitán Hernando de León, partió
el marqués de los Vélez a 4 días del
mes de enero de 1569 años, dejando apercebidos los
otros lugares de aquel reino para que le siguiesen, y fue
a poner aquella noche su campo en la casa del Margen, donde
llaman la Boca Oria. En el camino le alcanzaron este día
Jaime Prado y otros caballeros de Orihuela, ciudad del reino
de Valencia, que venían a hallarse con él en
la jornada. Allí llegó un correo del presidente
don Pedro de Deza, con cartas en que le decía que
había sido muy buena prevención la que había
hecho, y que recogiendo la más gente que pudiese,
procurase entretenerla a costa de los pueblos, como se hacía
en los lugares de la Andalucía, mientras venía
la orden que se aguardaba de su majestad; mas el marqués
de los Vélez, viendo cuán mal la podía
sustentar de aquella manera, y que había de ser a
su costa, tomando por achaque los avisos que de hora en hora
tenía, y juzgando que ningún servicio mayor
se podría hacer en aquella coyuntura a su majestad
que socorrer a la necesidad presente, sin aguardar más
orden, partió luego otro día con determinación
de dar socorro y calor a la ciudad de Almería, porque
no sabía él la rota de Benahaduz, aunque algunos
creyeron haberse dado tanta priesa para que cuando llegase
la orden le tomase dentro del reino de Granada. Y como después
tuviese nueva del desbarate de aquellos moros, viendo que
la ciudad estaba sin peligro, quiso ir sobre el castillo
de Gérgal; y tomando lo alto de aquel valle, se fue
a alojar aquella noche al lugar de Ulula, que es en el río
de Almanzora. Allí llegó al campo don Juan
Enríquez el de Baza con
—225→
cien hombres entre caballos
y peones. Otro día de mañana, partiendo de
aquel alojamiento, atravesó por encima de la sierra
de Filabres con un tiempo asperísimo de frío,
agua y viento cierzo, que traspasaba los hombres y los caballos,
y caminando siete leguas por veredas de sierras ásperas
y fragosas, fue a alojarse a la villa de Tavernas, donde
se detuvo hasta 13 días del mes de enero, así
para que la gente descansase, como, según él
nos dijo, para aguardar orden de su majestad y las compañías
que habían de venir del reino de Murcia. No dejó
de ser importante su estada en aquel lugar, porque los moros
de la comarca mientras allí estuvo no se osaron levantar,
como lo hicieron después. Esta entrada del marqués
de los Vélez en el reino de Granada no fue bien recebida,
especialmente de los que le tenían poca afición,
aunque el vulgo y los que estaban ofendidos de los moros
se alegraron con ella, entendiendo que lo había de
llevar todo por el rigor de la espada y no reducir los lugares
alzados, como lo hacía el marqués de Mondéjar.
De aquí nacieron diferentes opiniones entre la gente
noble, atribuyéndoselo unos a mal y otros a servicio
muy señalado. Esta competencia duró mientras
duró la guerra, que cuando unos se alegraban otros
se entristecían, y por el contrario, según
los sucesos destos dos generales, aumentando o diminuyendo
sus hechos, como acaece donde envidia o enemistad reinan;
y lo peor era que las relaciones iban a su majestad y a los
de su real consejo tan diferentes, que causaban confusión
en las resoluciones que se habían de tomar.
 Capítulo VI
Cómo los moros del marquesado del Cenote cercaron
la fortaleza de la Calahorra, y Pedro Arias de Ávila
la socorrió
Habiendo entregado Juan de la Torre las
moriscas que tenía en la fortaleza de la Calahorra
a sus maridos, padres y hermanos, como queda dicho, el día
de los Reyes se juntaron muchos monfís y moros de
la Alpujarra con los del marquesado del Cenete, y con veinte
y seis banderas tendidas y muchos escopeteros bajaron de
la sierra, y dando grandes alaridos, entraron en el lugar
de la Calahorra, y sin hallar resistencia, pusieron en libertad
a los monfís que el alcalde Molina de Mosquera tenía
presos, y cercaron la fortaleza con más de tres mil
hombres, y sin perder tiempo comenzaron a combatirla, y pasaron
tan adelante, que horadando unas paredes del rebellin, entraron
animosamente por ellas, y se llevaron el ganado y los bagajes
que allí había sin que los cristianos se lo
pudiesen defender. Este cerco duró tres días
peleando siempre, aunque desde lejos, con los arcabuces y
escopetas. Y el alcaide Juan de la Torre en este tiempo mandó
hacer ahumadas de día, y de noche almenaras, y tiró
algunas piezas de artillería para que la ciudad de
Guadix, que está tres leguas de allí el río
abajo, le socorriese. La ciudad lo entendió luego,
y se juntó para tratar del socorro; y aunque hubo
diferentes pareceres en el cabildo, Pedro Arias de Ávila,
que era corregidor, se arrimó a los más animosos,
y con trecientos infantes y sesenta caballos que pudo juntar,
y los caballeros y ciudadanos nobles, de que siempre estuvo
adornada aquella ciudad, con más ánimo que
fuerzas, por ser tan pocos en comparación de los enemigos,
partió de Guadix a 8 días del mes de enero,
y el mesmo día llegó a la Calahorra. Por otra
parte, los moros, viendo ir el socorro, dejaron atrás
sus estancias, y haciéndose todos un tropel, salieron
al encuentro en el cuchillo de un cerro donde está
puesta la fortaleza, para defender a los nuestros la entrada
de aquel camino que traían; lugar a su parecer seguro
por ser áspero y no poderle hollar caballos; mas no
lo era, por tener a las espaldas un torreón de la
fortaleza, de donde los descubrían y tiraban con los
arcabuces y con algunos esmeriles. Allí aguardaron
que llegase la gente de la ciudad, y mientras los arcabuceros
peleaban con los de la vanguardia, los que estaban descubiertos
a la ofensa de la torre desampararon el sitio que tenían,
y desordenándose los unos y los otros, como gente
mal plática, dieron todos confusamente a huir la vuelta
de la sierra, por donde los caballos no los pudiesen seguir.
Un golpe dellos entró por el lugar, y poniendo fuego
a las casas, quemaron la iglesia; otros se acogieron a una
sierra que está frontero de la fortaleza a la parte
de la Alpujarra, y se pusieron en cobro, no sin mucho daño,
porque los caballos y algunos soldados que pudieron seguirlos
mataron más de ciento y cincuenta moros, y hirieron
muchos más. Con esta vitoria quedó la fortaleza
descercada, y Pedro Arias de Ávila volvió alegre
y vitorioso a Guadix, donde fue muy bien recebido; y por
si los moros tornasen a cercar la fortaleza, dejó
dentro al capitán Mellado con algunos arcabuceros
y cantidad de munición.
 Capítulo VII
De las diligencias que el conde de Tendilla hizo para proveer
de bastimentos el campo del Marqués su padre
Luego
como el marqués de Mondéjar partió de
Granada, el conde de Tendilla, a cuyo cargo había
quedado la provisión de las cosas de la guerra, envió
a las villas de la jurisdición de aquella ciudad por
quinientos hombres de guerra, y los metió en la fortaleza
de la Alhambra, porque había poca gente dentro; y
para que el campo estuviese bien proveído de bastimentos,
demás de los que iban con las escoltas ordinarias,
proveyó dos cosas importantes y muy necesarias. Repartió
los lugares de la Vega en siete partidos, y mandoles que
cada uno tuviese cuidado de llevar diez mil panes amasados
de a dos libras al campo el día que le tocase de la
semana, y que los vendiesen a como pudiesen, sin que se les
pusiese tasa en el precio, por manera que acudiendo cada
día diez mil panes al campo, estaba suficientemente
proveído. La otra fue mandar llamar a todos los regatones
de la ciudad que trataban en cosas de bastimentos, y juntándose
más de ciento dellos, les mandó que según
el trato de cada uno llevasen al campo tocino, queso, pescado,
vino y legumbres, y otras cosas de provisión, y para
que con más voluntad lo hiciesen, hizo prestarles
seis mil ducados por cuatro meses, y les dio licencia para
que pudiesen traer de retorno lo que les pareciese, sin que
incurriesen en pena de contrabando, porque había orden
que los que se viniesen del campo con despojos, los desbalijasen
y castigasen. Con esto y con lo que hallaban los soldados
en los lugares por donde iban, estuvo el campo bien proveído.
—226→
 Capítulo VIII
Cómo se mandó alojar la gente de guerra que
acudía a Granada en las casas de los moriscos, y el
sentimiento que dello hicieron
Acudía ya a más
andar la gente de las ciudades y villas de la Andalucía
que el marqués de Mondéjar había enviado
a apercebir, y la ciudad de Granada se iba hinchendo de soldados
y de caballeros particulares que venían a hallarse
en la jornada a su costa; y el Conde de Tendilla, cuidadoso,
de su cargo, no hallando mejor orden para poderlos regalar
y entretener, mandó que los alojasen en las casas
de los moriscos, donde les diesen camas y de comer el tiempo
que allí estuviesen, y a los que no querían
comer en sus posadas, les mandaba dar sus contribuciones
en dinero, ordenando a los pagadores que venían con
ellos que guardasen el dinero que traían para adelante,
porque deteniendo en la ciudad solamente las compañías
necesarias para la guardia della, todos las demás
enviaba luego al campo del marqués de Mondéjar.
Este alojamiento, que comenzó a 9 días del
mes de enero, era la cosa que más temían los
moriscos, y la más grave opresión que se les
podía hacer, y ansí lo sintieron extrañamente,
no tanto por la costa que se les hacía, como por ser
muy celosos de sus mujeres y hijas, y amigos de su regalo.
Y sintiendo ya su desventura en casa, acudieron luego los
principales del Albaicín con su procurador general
al mesmo conde de Tendilla, y viendo el poco remedio que
les daba, acudieron al presidente don Pedro de Deza, y le
significaron con muchas razones los inconvenientes que de
aquel alojamiento se seguían, diciendo que se continuasen
las guardas que al principio se habían puesto en el
Albaicín, y si pareciese necesario, se acrecentasen
otras a costa de los moriscos, y que la otra gente de guerra
que venía de fuera de la ciudad la alojasen en las
iglesias y en casas yermas, como lo había hecho el
marqués de Mondéjar, y que los moriscos por
sus parroquias les llevarían camas y de comer. Pareciéndole
pues al Presidente que se podría hacer lo que decían,
mandó a Jorge de Baeza que fuese al conde de Tendilla
y le dijese lo que los moriscos le habían dicho, y
la orden que daban en el alojamiento de la gente de guerra,
y que le parecía que debía tomarse el menor
inconveniente, teniendo consideración a lo de adelante,
para que aquel alojamiento se pudiese conservar, como era
razón que se conservase, pues los negocios de la guerra
se alargaban. Con este recaudo fue Jorge de Baeza al conde
de Tendilla, acompañado de aquellos moriscos, los
cuales con palabras de humildad le representaron el agravio
que se les hacía, poniéndole nuevos inconvenientes
por delante, como era la poca seguridad de sus mujeres y
hijas, y aun de sus personas y haciendas, si maliciosamente
tocando alguna arma falsa de noche, les robaban las casas;
todo lo cual cesaba con mandarlos aposentar, como se había
hecho hasta allí. Mas el conde de Tendilla les respondió
que la gente de guerra había de estar alojada en casas
pobladas, y no yermas; y que los soldados habían de
ser regalados y muy bien tratados, porque no se fuesen; y
se les había de dar posadas y contribuciones, pues
no había orden de poderlos entretener de otra manera;
que al servicio de su majestad convenía que los moriscos
no tuviesen libertad de poder meter moros de fuera ni hacer
juntas secretas en sus casas, sino que estuviesen los soldados
siempre delante para que viesen y entendiesen lo que decían
y hacían diez mil moriscos que había en el
Albaicín para poder tomar armas; y que si alguna desorden
hiciesen, en tal caso lo remediaría castigando a los
culpados; y con esta respuesta los despidió bien descontentos
y tristes, y de allí adelante se alojó toda
la gente de guerra en las casas pobladas, donde fue poca
parte el castigo para que la licencia militar no soltase
la rienda con más cudicia y menos honestidad de lo
que aquí podríamos decir. Pasó este
negocio tan adelante, que muchos moriscos, afrentados y gastados,
se arrepintieron por no haber tomado las armas cuando Abenfarax
los llamaba, y otros enviaron a decir a Aben Humeya que mientras
el marqués de Mondéjar estaba fuera de Granada
se acercase por la parte de la sierra con alguna cantidad
de gente, y se irían con él. El conde de Tendilla
en este tiempo, usando de la preeminencia de capitán
general, y viendo la necesidad que había de gente
de ordenanza, nombró siete capitanes y les dio sus
conductas para que la hiciesen. Hizo comisario y sargento
mayor a Lorenzo de Ávila, que ya estaba sano de las
heridas que le dieron en Dúrcal, mandándole
que se alojase en el Albaicín para reparar las desórdenes
de los soldados. No mucho después mandó su
majestad ir a Granada a don Antonio de Luna, señor
de Fuentidueña, y a don Juan de Mendoza Sarmiento,
para las cosas que ocurriesen de la guerra, y el conde de
Tendilla dio cargo de la gente de guerra de a pie y de a
caballo que se alojase en los lugares de la Vega a don Antonio
de Luna, y a don Juan de Mendoza dejó en Granada,
hasta que después fue con orden al campo, estando
ya de vuelta en Órgiba, como se dirá en su
lugar.
 Capítulo IX
Cómo nuestro campo ocupó el paso de Tablate
Teniendo ya el marqués de Mondéjar suficiente
número de gente con que pasar a la Alpujarra, domingo
por la mañana, a 9 días del mes de enero, partió
del lugar de Dúrcal con todo el campo puesto en sus
ordenanzas, la vuelta del lugar de Tablate, donde se habían
juntado los rebeldes, creyendo poderle defender el paso que
allí hay, y tenían recogidos tres mil y quinientos
hombres con Gironcillo, Anacoz y el Randati, sus capitanes,
y con otros sediciosos y malos, respetados, no por prática
de cosas de guerra ni por autoridad de personas, sino por
sacrilegios y crueldades que habían hecho en este
levantamiento. Aquella noche se alojó el marqués
de Mondéjar en el lugar del Chite, dos leguas de Dúrcal,
que estaba despoblado, y el campo estuvo puesto en arma,
por ser el lugar dispuesto para cualquiera acometimiento;
y el lunes bien de mañana caminó la vuelta
de Tablate, donde sabía que le aguardaban los enemigos.
Este lugar es pequeño de hasta cien vecinos, aunque
nombrado estos días por la rota de don Diego de Quesada,
y por el paso de una puente, por donde se atraviesa un hondo
y dificultoso barranco, que con igual hondura y aspereza,
sin dar entrada por otra parte en más de cuatro leguas
arriba y abajo de la puente, atraviesa desde encima del lugar
de Acequia basta el río de Melejix. Los moros tenían
desbaratada la puente de manera que no podían pasar
caballos ni aun peones sin grandísima dificultad y
peligro,
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porque solamente habían dejado unos maderos
viejos, que debieron ser estantes de la cimbra, al un lado,
y sobre ellos un poco de pared tan angosta, que apenas podía
ir por ella un hombre suelto; y aun este poco paso que para
ellos habían dejado, ofreciéndoseles necesidad
de pasar, le tenían descavado y solapado por los cimientos
de manera, que si cargase más de una persona fuese
abajo; y era tan grande la hondura del barranco por esta
parte, que mirando desde arriba desvanecía la cabeza
y quitaba la vista de los ojos. El marqués de Mondéjar
iba muy bien apercebido, aunque no avisado de la rotura de
la puente; llevaba la gente puesta en escuadrón, sus
mangas de arcabuceros a los lados, y los corredores delante
descubriendo el campo. Con esta orden llegó la vanguardia
a unos visos que descubren el lugar y la puente que está
antes de llegar a él. Luego se descubrieron los moros
que estaban de la otra parte, y muchas banderas blancas y
coloradas que campeaban por los cerros con aparencia de querer
defender el paso. El Marqués, mandando que las mangas
de los arcabuceros se adelantasen, dejó la caballería
en batalla, y pasó a la vanguardia, para que los animosos
soldados lo fuesen más con la presencia de su capitán
general; y llegando al barranco y a la puente, los tiradores
de entrambas partes comenzaron a tirar: los moros no pudieron
resistir la furia de nuestras pelotas, y se arredraron, teniendo
entendido que no había hombre tan animoso que osase
acometer a pasar la desbaratada puente, que tenían
por bastante defensa contra nuestro campo; mas un bendito
fraile de la orden del seráfico padre san Francisco,
llamado fray Cristóbal de Molina, con un crucifijo
en la mano izquierda y la espada desnuda en la derecha, los
hábitos cogidos en la cinta, y una rodela echada a
las espaldas, invocando el poderoso nombre de Jesús,
llegó al peligroso paso, y se metió determinadamente
por él; y haciendo camino, no sin grandísimo
trabajo y peligro, |