  Esbozos y rasguños
José María
de Pereda
[Nota preliminar: Edición digital a partir
de la de OO.CC., Madrid, Impta. de Manuel Tello, 1888, t.
II y cotejada con la edición crítica de Salvador
García Castañeda (OO.CC., Santander, Tantín,
1989, t. II, pp. 143-399).]
  Al Sr. D. Manuel Marañón
Queridísimo amigo e inolvidable conterráneo:
Perdone usted la franqueza con que le elijo para presentar
al bondadoso público, a quien tantas atenciones inmerecidas
debo, estos rebuscos de mis cartapacios, obras, las más
de ellas, que ni siquiera tienen el atractivo de ser inéditas;
pero precisamente para las malas causas es para lo que se
necesitan los buenos abogados; y he aquí por qué,
en la presente ocasión, le cargo con el peso de esta
dedicatoria. Mas no se entienda por ello que reputo el libro
por enteramente indigno de andar en letras de molde, porque
si tal creyera no le publicara: observación que se
me ocurre cada vez que leo al frente de una obra pueriles
e insistentes declaraciones del autor, de que la tal obra
no vale un pito. Pues si tal cree, ¿para qué la da
a luz?; y ya que la da, ¿para qué lo dice? Con franqueza,
amigo mío: creo que entre mucho, menos que regular,
hay en este libro algo que merece los honores de la imprenta,
y por eso no comienzo poniéndole a los pies de los
caballos, aunque lamente de todo corazón que no sea,
en conjunto, tan excelente como yo quisiera, para que el
público le recibiera con palmas y usted me agradeciera
el cargo que le encomiendo. Lo
que podrá muy bien ocurrir (y aquí está
lo grave del negocio) es que el lector y yo discordemos grandemente
en lo relativo a la bondad de lo que yo reputo por no malo.
Él no verá, pongo por caso, donaire, ni color,
ni dibujo, ni ingenio en tal Rasguño o en cuál Esbozo, y yo le pondré sobre mi cabeza porque me recuerda
tiempos, hombres, cosas, motivos y ocasiones que, al pasar
por mi memoria, tócanme en el corazón y remózanme
el espíritu. Diráme que nada de esto le sucede
a él, y que, por ende, la obra es mala; a lo cual
replico que pasan de media docena los lectores que la esperan
y han de juzgarla por el mismo lado que usted y yo, porque
fueron unos actores y otros testigos presenciales de los
sucesos, y hasta de la pintura de ellos, y saben y aprecian
el por qué de cada trazo y el motivo de cada línea...
y no digamos tan mal de un libro que cuenta con siete lectores,
por lo menos, hoy que tantos mueren intonsos, pasto de polillas
y ratones. Hay, además,
otra razón que justifica la aparición de este
volumen; y es la de habérsele ofrecido al público
en dos ocasiones, llevado yo de esta candorosa sinceridad
que no me consiente ocultarle el más mínimo
propósito que tenga alguna conexión con estas
mis literarias aficiones... De
todas maneras, ruégole a usted, mi buen amigo, que
si oye lamentarse a alguien del dinero que invirtió
en comprar el libro, le excite a volver los ojos al rótulo
de la portada: verá entonces cómo no tiene
derecho a pedirme más de lo que le doy, o miente el
diccionario de la Academia; y hasta le sería a usted
fácil demostrarle que me debe gratitud, puesto que,
al limpiar los fondos de mis cartapacios, no agregué
a los presentes papelejos más de otros tantos que,
en su obsequio, condené a perpetua oscuridad. Conste,
pues, que, al salir a luz este libro, pago una deuda contraída
con el público, y, que la pago con cosa que, aunque
no buena, encaja perfectamente en los términos de
la oferta. La recta justicia no obliga a más. Y
si, a pesar de éstas y de las otras razones, aún
insiste el huraño lector, tentado del demonio, en
dar una silba al libro, ¿qué hemos de hacerle?...
En este triste caso, ruéguele usted, amigo mío,
en nombre de los dos, que la reserve para un poco más
adelante; pues entre manos traigo asunto de mayor empeño,
y más digno que esta pequeñez, de encender
sus iras o de alcanzar sus alabanzas. Déme
Dios bríos para merecer las últimas; inspírele
a él, y no la idea de la silba; guárdele a
usted, y reciba estos renglones y la pobre ofrenda que los
acompaña, en testimonio de lo mucho que le quiere
su amigo y paisano. José María de Pereda
Santander, enero de 1881.
  Las visitas
  - I -
Ponte los guantes, lector; sacude el blanco polvo de la
levita que llevabas puesta cuando despachaste el último
correo (supongamos que eres hombre de pro); calza las charoladas
botas que, de fijo, posees; ponte majo que hoy es día
de huelga, no hay negocios en vamos a hacer visitas.
Este
modo de pasar el tiempo no será muy productivo que
digamos; no rendirá partidas para el debe de un libro
de caja; pero es preciso hacer un pequeño sacrificio,
lo menos una vez a la semana, en pro del hombre-especie de
parte del hombre individuo; es decir, dejar de ser comerciante
para ser una vez sociable.
Y para ser sociable, es de todo
punto necesario atender a las exigencias del gran señor
que se llama Buen-tono. Ser vecino honrado, independiente
y hasta elector, son cualidades que puede tener un mozo de
cuerda que haya sacado un premio gordo a la lotería.
Para vivir dignamente en medio de esta marejada social,
es indispensable tener muchas «relaciones», hacer muchas
visitas, aunque entre todas ellas no se tenga un amigo.
Porque amistad es hoy una palabra vana: es un papel sin valor,
que nadie toma, aunque le encuentre en medio de la calle.
La amistad, tal como la comprenden los hombres de buena
fe, es una señora que, si bien produce algunas satisfacciones,
en cambio acarrea muy serios compromisos, y no es esto lo
que nos conviene. Hállese un afecto, llámese
como quiera, que aparentando las primeras evite los segundos,
y entonces estaremos montados a la dernière. En esta
época de grandes reformas todo lo viejo debe desaparecer
como innecesario, si no quiere pintarse al uso moderno.
Dar los días a la señora de A.; despedirse
de la condesa de B.; apretar la mano al barón de C.;
refrescar con el capitalista D.; hablar en calles, plazas
y cafés de la última reunión de las
de Tal, o del té de las de Cual; decir «a los pies
de usted» a cuantas hembras crucen por delante de uno, y
no conocer a fondo a nadie, es lo que se llama vivir a la
alta escuela moderna; ser un fuerte apoyo de la flamante
sociedad.
¡No se concibe cómo se arreglaban las gentes
cuando no se conocían las tarjetas, ni se pagaban los afectos con papel-visita!
Por eso tenemos el derecho
de reírnos de su crasa ignorancia.
Pero
no te rías, lector, en este momento, porque vamos
a entrar de lleno en el asunto, y el asunto es tan serio,
que la menor sonrisa le profana.
Descúbrete, pues,
y chitito.
La visita de rigor es un vínculo sui géneris
que une a dos familias entre sí. De estas dos familias
no puede decirse que son amigas, ni tampoco simplemente conocidas: son bastante menos que lo uno y un poco más que lo
otro; es decir, están autorizadas recíprocamente
para no saludarse en la calle, para hacerse todo el daño
que puedan; pero no deben de prescindir entre sí del
ofrecimiento de la nueva habitación, ni de la despedida
al emprender un viaje, ni de la visita al regreso, ni del
regalo de los dulces después de una boda o de un bautizo.
Esta definición parecerá un poco ambigua a
primera vista; pero si se reflexiona un poco sobre ella,
se comprenderá menos.
Y lo peor es que no se puede
dar otra más clara, porque lo definido es incomprensible.
Vaya un ejemplo, en su defecto. Doña Epifanía
Mijo de Soconusco, y doña Severa Cueto de Guzmán,
son visita.
Ricas hasta la saciedad y envidiadas de cuantas
se quedaron unos grados más abajo en la rueda de la
voluble diosa, son la esencia de buen tono provinciano, que
es la equivalencia o copia de la etiqueta cortesana, si bien,
como todas las copias, bastante amanerada, o, como diría
un pintor, desentonada. Mas la entonación de cuya
falta adolece el cuadro, está perfectamente compensada
con la riqueza del marco que le rodea; lo cual, en los tiempos
que alcanzamos, vale algo más que los rancios pergaminos
de un marqués tronado.
Y no se crea por esto que
doña Epifanía despreciaría una ejecutoria
si la hubiera a sus alcances. Dios y ella saben lo que ha
trabajado para encontrar, entre las facturas de su marido
don Frutos, algún viejo manuscrito que la autorizara
para pintar en sus carruajes algún garabato heráldico;
ya que no león rampante en campo de gules, siquiera
una mala barra de bastardía entre un famélico
raposo y una caldera vieja en campo verde; pero siempre tan
nobilísimos deseos han tenido un éxito desdichado.
Los únicos manuscritos que parecieron de algún
valor, eran efectos a cobrar; las barras eran más
de las precisas, pero de hierro dulce y ya estaban vendidas;
la caldera se halló en la cocina, pero era la de fregar;
por lo que hace al raposo, le dijeron que, aunque abundaban
en el país, eran muy astutos y difíciles de
atrapar.
A pesar de tan funestos desengaños, no vayan
ustedes a creer que doña Epifanía desistió
de su proyecto. Persuadida, por lo que había oído
alguna vez, de que la heráldica es una farsa, y que
cada cual se la aplica según le parece, concibió
un proyecto magnífico si se le hubieran dejado llevar
a cabo. Ideó cruzar en una gran lámina de oro,
la barra, colgando de ella la caldera; en el cuartel que
quedaba vacío, retratar el gato, ya que el raposo
no se prestaba a ello, y para orla, a manera de toisón,
encajar un rosario de peluconas de don Félix Utroque. Todo esto cubierto por detrás con un pañolón
de Manila, en defecto de un manto santiagués, debía
hacer un efecto sorprendente, y sobre todo, un escudo que
si aristocráticamente valía poco, en cambio,
en riqueza intrínseca, mal año para todos los
más empingorotados de la historia. Tal fue el proyecto
de doña Epifanía; mas a don Frutos, que, aparte
de ser hombre de gran peso, es bastante aprensivo con sus
puntas de visionario, se le antojó que aquel grupo
de figuras era una batería de cocina; que el gato
mayaba; que la caldera sonaba contra la barra, y que bajo
los pliegues del pañuelo asomaba la punta de un estropajo,
lo cual era hablar muy recio en heráldica y exponer
a grave riesgo su posición entonada.
Dos Frutos negó
su consentimiento, por primera vez en su vida, a un capricho
de doña Epifanía. Por eso no gasta librea su
servidumbre.
Más afortunada doña Severa por
haber dado su mano a un Guzmán, le ha sido muy fácil
llenar su antesala y sus carruajes de coronas y blasones,
sin más trabajo que encargar a un pintor unas cuantas
copias de las armas del defensor de Tarifa, armas que, dicho
sea de paso, apenas fueron expuestas a la pública
consideración, produjeron terribles disgustos al infeliz
que las consideraba como su mejor obra. ¡Pobre Apeles, y
cómo le pusieron las visitas de doña Severa,
y hasta gentes que nada tenían que ver con ella! ¡En
mal hora para su fama emprendiera aquella obra! Nadie quiere
reconocer en los cuarteles del escudo el pensamiento de la
de Guzmán. Quien toma la torre por un barril de aceitunas;
quien por un balde de taberna; a unos recuerda el tajo de
un herrador; a otros el yunque de un herrero; a éste
un cuévano pasiego; al otro la cubeta de un zapatero;
y en su afán etimológico, no falta quien le
compare con el tamboril del Reganche. El puñal del
héroe, que aparece en el espacio, también varía
de nombre a medida que le van observando. Ya es una lesna,
ya una navaja de afeitar, el flemen de un albéitar...
en lontananza, es decir, allá a lo lejos, como existen
en la mente los recuerdos de lo ya pasado.
Entre tantas
divergencias, doña Epifanía endereza su opinión
hacia otro lado. Sostiene, siempre que viene a pelo y aunque
no venga, que las alhajas y los blasones valen tanto como
el que los lleva; lo cual en el asunto de que se trata podrá
ser un poco exagerado, pero en tesis general es la mayor
verdad que ha salido de los labios de la señora de
don Frutos. El fragmento de un vaso sobre la pechera de un
rico negociante, pone en grave riesgo la reputación
de un diamantista, al paso que el mismo Soberano lanzando
sus rayos de luz bajo las solapas del humilde gabán
de un hortera, parece un cristal mezquino; la espada de Alejandro
en la diestra de un cocinero, no vale más que un asador.
Todo lo cual, traducido libremente, significa que el hábito
no hace al monje.
Pero sea de esto lo que fuere, es indudable
que la blasonada señora figura en el gran mundo (no
se olvide que estamos en una provincia), y es individua de
cuantas asociaciones filantrópicas se crean; circunstancia
que, por sí sola, constituye el crisol en que se prueba
hoy el verdadero valor social de las gentes principales.
Al grano, lector. La señora de don Frutos ha dado
la última mano a su prendido; y enterada, por su libro
de memorias, de las visitas con quienes está en descubierto (técnicas), se ha decidido a cumplir (id.) primero
con doña Epifanía, o expresándonos a
mayor altura, con la de Guzmán.
Provista la visitante
de todo lo necesario para el caso (sombrilla, abanico y tarjetero),
sale a la calle a pie, no por falta de carruaje, sino porque
la distancia no le exige; y sin alterar por nada ni por nadie
su grave marcha, llega a pisar el lujosísimo estrado
de su visita, que aparece, a poco rato, con la sonrisa en
los labios.
Oprímense ligeramente las manos (la etiqueta
no permite más); y, después de las preguntas
de ordenanza, añade doña Epifanía:
-¿Y ese caballero?
(Con permiso del dómine de mi
lugar, ese caballero es Guzmán).
-Bien, gracias -dice
su costilla-: está en el escritorio y siente mucho no poder saludar a usted. ¿Y Soconusco?
-Pues está bien, gracias: ocupado, corno siempre, en sus
negocios.
Aquí se constipa doña Epifanía,
y su abanico revuelve un huracán. Hay que advertir
que esta señora trata, siempre que puede, de mencionar
a su marido con el nombre de pila, y por lo mismo sus visitas
se empeñan en usar el apellido.
Como de ordinario
le sucede, esta vez le amargó el Soconusco, y quedó
la conversación interrumpida un breve rato, hasta
que doña Severa, algo más diplomática
y traviesa, volvió a anudarla.
-¿Conque usted, según
eso, no se ha movido de su casa este verano? -dijo la de
Guzmán, después de haber tocado el capítulo
de los viajes.
-¡Como pienso ir muy pronto a París
por dos o tres meses, o por todo el ivierno, si me acomoda!...
-contestó la de don Frutos, poniendo un gesto que
quería decir: «chúpate esa».
-¡Ay, dichosa
de usted que sale de este destierro! Yo también había
pensado en ese viaje; mas con el trastorno de los baños
primero, y ahora con la indisposición de la niña,
temo no poder hacerle hasta la primavera.
-Pero lo de Mariquita
no es cosa de importancia.
-¡Jesús!, ya se ve que
no; pero, con todo, ¿cómo había de salir yo
de casa dejándola tan delicada?... ¡La pobre!... ¡Quince
días con dolor de muelas! ¡Bien tranquila estaría
yo!...
-Eso se le pasará pronto -insistió
doña Epifanía, que a todo trance quería
obligarla a confesar la verdadera causa que le impedía
el viaje.
-También yo lo creo así, pero la
convalecencia.
-Cuestión de dos días, hija...
-No te hace, siempre quedará algo delicada.., y ¡qué
sé yo! -añadió ya picada-, la inquietud...
y... porque el amor de madre...
-(¡A quién se lo
cuenta) -díjose la otra señora; y en voz alta:
-Tiene usted razón; para no ir con toda libertad,
más vale quedarse en casa.
Doña Severa no
contestó. Esta vez venció doña Epifanía,
que enseguida mudó de conversación.
-¿Y cómo
han estado los baños?
-Pues como siempre: mucho barullo y nada en limpio. Aquello se
va poniendo incapaz... Yo, gracias a que estaban allí
la marquesa A, la generala B y la condesa Z, con quienes
pasaba el rato, que si no, me hubiera vuelto en cuanto llegué.
¡Qué bromas! ¡Qué bailes! Aquella gente parece
que no tiene prencipios.
-Por supuesto que no los tiene,
y por aquí sucede lo mismo; hay una mescolanza que
nadie la entiende.
-Pero por Dios, señora, que sepan
distinguir de colores tan siquiera.
-A buena parte va usted.
-¡Si yo estoy atontada con lo que veo! Esa gente de todo
saca partido; lo mismo de una boda que de un intierro.
-Así
anda ello -dice la de don Frutos con cierto retintín-.
Por algo menos se ha visto muchas veces intervenir a los
de policía.
-¡Ya se desengañarán alguna
vez! -exclama entonces en tono profético la de Guzmán.
-Sí; pero entretanto, como dicen ellas, «gozamos
y vivimos».
-Y luego extrañarán que... Más
vale callar.
-Dice usted bien: hay cosas que no valen la
pena de que una trate de ellas.
La conversación toma
otro giro nuevo; pero le toma como la tijera de un sastre,
sobre el mismo paño.
Cuando la visitante cree que
ha pasado el tiempo preciso para la visita (la de rigor le
tiene rigorosamente marcado), cambia el abanico a la mano
izquierda, pónese de pie, tiende la diestra a la visitada,
asegúranse por la milésima vez sus profundas
simpatías, dánse el último adiós
en la escalera, y poco después está doña
Epifanía en la calle, haciendo rumbo a otra visita,
con quien se halla también en descubierto.
No trataremos
de seguirla, porque las visitas de rigor todas son lo mismo,
con ligerísimas variantes.
Despidámonos, pues,
de ella con toda la galante gravedad que el caso exige, y
vamos a hacer otra de distinto carácter.
  - II -
Si te estorban los guantes, amigo lector, puedes quitártelos;
si el charol te oprime los pies, puedes sustituirle con anchas
botas de becerro; si las tirillas te sofocan, aflójate
sin reparo la corbata; si el négligé, en fin, te gusta
más que el acicalamiento, adóptale enhorabuena,
que la visita que vamos a hacer es de confianza y admite
la comodidad en todas sus formas, como no le falte el asco.
Todas las horas del día y de la noche, hasta las
diez, son hábiles para esta ceremonia, excepto la
de la una de la tarde, que es la de comer, y la en que las
señoritas de la casa se están vistiendo. En
la primera suele transigirse algunas veces en obsequio a
la franqueza; pero en la segunda no se abre la puerta, ni
a cañonazos, especialmente a los que gastamos pelos
debajo de la nariz. El tocador de una dama ha sido, es y
será siempre una fortaleza inaccesible (no por ello
inexpugnable); porque las mujeres, desde que la primera satisfizo
aquel antojo que tan caro nos costó, han tenido, tienen
y tendrán un misterio bajo cada pliegue, misterios
que sólo conocen ellas y los que, por dejarse arrastrar
del demonio de la curiosidad, no reparan en condiciones.
Por estas y otras razones de no menor calibre, doña
Narcisa y su linda polluela, la segunda de sus tres hijas,
han ido al anochecer a casa de doña Circuncisión,
madre de dos pimpollos que son el encanto de los paseos y
la ilusión de su casa.
Dos meses hace que las visitantes
y las visitadas no se han visto juntas; pero no por eso carece
de oportunidad la visita, porque sobre ser ésta de
confianza, las tres niñas han sido compañeras
de enseñanza, y las dos mamás cuentan una amistad
de muchos años. ¿Qué importa, con estas circunstancias
solas, un olvido de dos meses?
La cara de doña Narcisa
está radiante de elocuencia; su paso es decidido,
su respiración visiblemente anhelosa. Su hija la sigue
con dificultad y con menos risueño semblante, aunque
no por eso te lleva triste. Llegan a la puerta de doña
Circuncisión, llama con los nudillos de la mano doña
Narcisa, abre una doncella, introduce a las visitantes en
un gabinete, salen las visitadas, y lo que allí pasa
es un verdadero motín, aunque sin la gravedad trágica
de los que se usan en calles y plazuelas en estos días
de confraternidad y bienandanza: refiérome al estrépito
y al movimiento.-¡Carolina! -¡Doña Circuncisión!
-¡Elisa! -¡Soledad! -¡Doña Narcisa!... -¡Pícara!
-¡Ingratas!... Voces en todos los tonos, chillidos, exclamaciones,
estallido de besos, crujido de muebles, ruido de seda...
Todo ello junto hace temblar la casa por algunos instantes.
Al fin se calma la tormenta. Las mamás se sientan
en el sofá, y las tres polluelas en las sillas inmediatas,
pero agrupadas, compactas, como las flores de un ramillete.
-¡Dos meses sin venir a vernos! -Hijas, otros tantos habéis
pasado vosotras sin poner los pies en mi casa.
-¡Anda, pícara!
-¡Andad, ingratas! -¡Y al cabo de tanto tiempo vienes tú
sola! ¿Por qué no te acompañó Mercedes?
Carolina contesta con una sonrisa particular, y mira de
reojo a su mamá.
Doña Narcisa no lo ve, porque
está hablando con su amiga, a quien dice en el mismo
momento:
-¡Qué ganas traía de llegar!... Por
supuesto, por ver a ustedes, en primer lugar, y después
por descansar un rato... Como que ya había pensado
dejar esta visita para mañana.
-Muchas gracias por
la atención.
-Ya se ve que sí... Precisamente
porque no me gusta venir a esta casa de cumplido. ¡Y como
hoy tengo el tiempo tan escaso!... Hija, gracias a que estas
cosas suceden muy pocas veces en la vida, que si no... ¡Las
escaleras que yo he subido hoy!
-¿Tantas visitas han hecho
ustedes?
-Figuréselo usted, doña Circuncisión:
desde mi casa hasta aquí, que es una regular distancia,
he visitado a todas mis relaciones... y ya sabe usted que
son algunas.
-¡Ave María Purísima! Comprendo
que esté usted rendida... ¿Pero qué idea le
ha dado a usted hoy de hacer tanta visita?
-Va usted a saberlo,
que a eso he venido... y por lo mismo dije antes que estas
cosas suceden pocas veces en la vida.
-¡Hola! -exclama doña
Circuncisión, haciéndose toda oídos.
-A ver, a ver -dicen sus hijas con una sonrisilla maliciosa,
acercándose más a doña Narcisa.
Carolina
abre el abanico, le mira por ambos lados y se hace la distraída.
Doña Narcisa, después que es dueña
de todo el auditorio, le dirige, sonriendo, estas palabras:
-Tengo que dar a ustedes una noticia que, me parece, les
ha de ser agradable.
-Si lo es para ustedes, desde luego
-contesta el auditorio.
-Sí, por cierto... Pues la
noticia es... que se casa mi hija Mercedes.
-¡Que sea enhorabuena
mil veces! -grita a doña Narcisa su amiga doña
Circuncisión, estrujándole la mano y mirando
con cierta languidez a sus dos hijas.
Éstas, al mismo
tiempo, abrazan a Carolina colmándola de plácemes
y asediándola a preguntas.
-¡Pero qué callado
se lo tenían ustedes! -dice doña Circuncisión.
-No hay tal cosa -replica doña Narcisa. -Crean ustedes
que hasta hace tres días no se ha espontaneado ese
señor.
-¿Y quién
es él?... si se puede saber, se entiende.
-Claro
está que sí... Pues un tal don Simeón
Carúpano, sujeto muy recomendable, aunque poco conocido
aquí.
-Efectivamente; yo no recuerdo... ¿Le conocéis
vosotras, chicas?
Las dos polluelas, después de reflexionar
un rato, dicen que no; pero la mayor de ellas, arrepintiéndose
enseguida, exclama:
-Espere usted; creo que le conozco.
¿Es un señor... de alguna edad?
-Ese mismo -contesta
Carolina-; cetrino, bajito... no conoceréis otra cosa.
-¡Eh, mujer! -repone su mamá con disgusto-; no es
para tanto. Es verdad que no es alto, pero tampoco choca
por lo bajo; y si no fuera tan cargado de hombros, sería
hasta esbelto. El color, es verdad que no es de rosa, ni
muy sano; pero sería preciso un cutis de cera para
que no perdiese muchísimo al lado de un pelo tan blanco
como el suyo. La edad no es la de un joven; pero no es tan
avanzada como cualquiera creería al oír a esta
chiquilla: cincuenta años... poco más.
-¡Bah!...
¿eso qué vale? -contesta doña Circuncisión,
como si hablara con la mayor sinceridad.
-Es que las mujeres
de ahora no quieren más que donceles; como si la vida
de un matrimonio estuviese reducida al día de la boda.
Lo que yo le dije a Mercedes: «mira que en el día
hay muchas necesidades, y el amor de un hombre hermoso no
puede satisfacerlas todas; y cuando hay privaciones, hasta
el amor se entibia. Por el contrario, cuando hay recursos,
todos los obstáculos se allanan; y el hombre que los
tiene, si además es honrado y caballero, acaba por
hacerse amar, aunque no sea un Adonis. Ahora haz tu gusto».
Y como dio la casualidad de que don Simeón es tan
rico como hombre de bien y Mercedes no es tonta, no ha habido
más dificultades para el asunto que las que usted
acaba de oír.
-Ni era de creer otra cosa. ¡Ave María!
-Adivine usted, doña Circuncisión, lo que
se dirá por ahí: lo menos que su padre, porque
el pretendiente es rico, la ha obligado, «la ha sacrificado»,
que es la frase de moda entre la gente sensible.
-¡Cómo
se va a creer eso, doña Narcisa! No sea usted aprensiva.
-¡Ay, doña Circuncisión!, yo conozco bien el
mundo y sé cómo juzga de las cosas.
-Sí,
pero el mundo les conoce bien a ustedes, y no puede, en justicia,
atribuirles ciertas miras... Yo, por mi parte, encuentro
muy en su lugar la boda, pues que es del gusto de toda la
familia y especialmente de la novia; y la vuelvo a felicitar
a usted con todo mi corazón.
-Y yo se lo agradezco
a usted con el mío, porque sé lo mucho que
ustedes nos aprecian.
-Ustedes se merecen eso y mucho más.
-Usted nos honra demasiado, doña Circuncisión.
-Les hago a ustedes justicia, doña Narcisa. -Gracias,
amiga mía.
A la vez que las dos mamás en este
diálogo, se han ido enredando en otro muy animado
las tres polluelas, y separando poco a poco del sofá
hasta formar grupo aparte.
-¿Sabes, Carolina, hablándote
con franqueza, que yo no esperaba esta noticia? -dice muy
bajito la mayor de las dos hermanas.
-Ni yo tampoco -añade
la pequeña.
Carolina mira hacia su mamá, y
viéndola engolfada en conversación con la otra
señora se vuelve hacia sus amigas, y haciendo un graciosísimo
gesto en el que se revela su disgusto, les dice lacónicamente:
-Ni yo. -Yo esperaba otra cosa.
-Y yo. -Y yo también.
-César es un chico muy guapo, muy fino y de talento,
según dicen. No tiene una gran fortuna, pero está
bien acomodado, quería mucho a Mercedes... y Mercedes
a él, si no me engañó cuando me lo dijo.
-No te engañó. -Pues, hija, no comprendo
lo que está pasando.
-Ni yo. -Ni yo. -Pues yo sí
lo comprendo, vamos, ¿a qué te he de engañar?
Apostaría una oreja a que a César se le despidió
en cuanto se presentó ese hombre.
-Algo ha habido
de eso.
-¿Lo ves? -¡Eh!, ¿por qué no se ha de decir
la verdad entre amigas de confianza como nosotras? ¿Queréis
saber lo que hubo?
-Sí. -Sí. -Pues bien:
César era muy bien recibido en casa, como sabéis;
Mercedes le quería... y toda la familia le quería
también. En esto, viene recomendado a papá
ese hombre, da en visitarnos a todas horas... y yo no sé
lo que pasaría en el escritorio y con mamá;
pero es lo cierto que a ellos todo se les volvía hablar
de los hombres ricos, y de lo buenos que eran para las jóvenes;
decir que «oro es lo que oro vale», ponderar a don Simeón
y marear a Mercedes con sus gracias. A todo esto, no se le
ponía muy buena cara a César; y tan cierto
es, que él lo conoció, tuvo una pelotera con
Mercedes y faltó algunos días de casa. Diose
Mercedes por ofendida, riñó algo con él,
y como al mismo tiempo mamá no se cansaba en obsequiarle,
creyó el infeliz que mi hermana no le quería
ya... y se largó para no volver. Entonces apretó
de firme el otro, mamá le ayudó más
que nunca, y Mercedes, por pique, dijo que sí. Le
pesó al principio; pero dice que ha encontrado luego
tan fino y tan complaciente a don Simeón, que se casa
con él muy a gusto. Ahí tenéis todo
lo que ha pasado.
-Ya me sospechaba yo algo de eso... Pero,
hija, francamente, aunque me lo jures, no creo que Mercedes
llegue a querer a ese vejestorio.
-Ella lo asegura. -Ella
dirá lo que quiera... Y puede que tenga razón
después de todo; que, según yo voy viendo,
las mujeres, cuando se trata de mejorar de fortuna, nos dejamos
convencer enseguida...
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . Pero doña Narcisa ha concluido su párrafo
con su amiga, y quiere marcharse.
-Pon los huesos de punta,
Carolina; que tu papá nos estará esperando.
-¡Tan pronto! -exclaman las tres niñas. -Para vosotras,
cuando estáis reunidas, nunca alcanza el tiempo. Otra
vez hablaréis más despacio... Vámonos,
hija.
Nuevo estrépito en la casa, nueva confusión.
-Conque repito la enhorabuena, y désela usted de
mi parte a Mercedes.
-Y de la mía. -Y de la mía...
¡Que no se te olvide, Carolina!
-Gracias. -Gracias. -Ya
iremos un día de éstos a verla.
-Cuando ustedes
gusten. (Muchos besos.) -Adiós, doña Circuncisión.
-Adiós, doña Narcisa. -Adiós, niñas.
-No me olvidéis, ingratas. -Ven a vernos a menudo.
(Siguen los besos.) -¡Hija, qué gruesa te vas poniendo,
Carolina! -Es muy precoz esta chica; tiene más pantorrilla
que yo. -Lo dicho, y memorias. -¡Agur!... -¡Adiós!...
-¡Adiós!...
Los últimos ósculos resuenan
en la escalera.
Dejemos en ella a nuestras conocidas, y
vámonos a otra parte.
  - III -
-¿Está la señora? -Creo que sí.
-Pero ¿está visible?
-Debe estar acabando de vestirse.
-Pásela usted recado. -Tenga usted la bondad de
pasar a la sala, caballero.
El que pasa al estrado, lector,
es Alfredito, pollo incipiente con aspiraciones a hombre
formal; Alfredito, con el pelo escarolado, pantalón
con crecederas, gabán con más vuelos que una
golondrina, sombrero abarquillado, guantes de color de calamina,
botas de flamante charol y bastón de sándalo.
Hétele contemplándose ante un espejo, en tanteos
de una seductora sonrisa y de una reverencia de verdadero
gentleman, para presentarse ante el objeto de su visita, o examinando uno a uno los cuadros de la sala, después
que se ha convencido de su beldad y desenvoltura. No te extrañes
si ves que en medio de la delicadeza con que se atusa el
cabello y arregla el pantalón sobre la bota, deja
escapar un suspiro de angustia y se tira con agitación
de los cuellos de la camisa: es que pisa por primera vez
aquel terreno, y recuerda entonces que quizá no esté
para ello debidamente autorizado.
Ocho días hace
que en un tren de placer se halló colocado entre una
mamá... como todas, y una hija, rubia como un doblón,
rolliza como una muñeca, fresca y lozana como una
rosa.
Desde el muelle de Maliaño hasta Renedo, hay
más que suficiente distancia para que un pollo endose
un centenar de fascinadoras miradas, para que reciba otras
tantas incendiarias, y para que crea que ha hecho efecto.
Por otra parte, la flamante raza femenil no escrupuliza
mucho en materia de aceptaciones; en vistiendo a la europea,
todo es papel corriente.
Esta circunstancia justifica las
ilusiones de Alfredito, que, tan pronto como llegó
a la estación, ofreció sus servicios a las
dos señoras, porque los tres llevaban igual destino;
y como el día era de campo, los servicios fueron aceptados
mientras pasaban las horas hasta el retorno del tren. Dudar
que Alfredo echó los bofes para hacerse necesario
y cumplido caballero a los ojos de las damas, sería
lo mismo que decir que éstas hallaron el placer que
habían soñado; que no bostezaron trescientas
veces, sentadas en el viejo tronco de una cajiga, mientras
dirigían la vista hacia el Oeste en busca de una columna
de humo, mensajera de una locomotora, y lo mismo que negar
que al día siguiente, aun contra la experiencia y
la verdad de los hechos, sostenían las mismas señoras
que se habían divertido.
La hora del retorno llegó,
y nuestro visitante se colocó en un coche de primera
con sus acompañadas.
Ya sabía que ella se
llamaba Luisita, y su mamá doña Tadea, y que
eran hija y esposa de un gran contribuyente, circunstancia
que no dejó de animar bastante al galán para
sus futuros propósitos.
Cuando se despidieron en
el Muelle, Alfredito se prometió a sí mismo
que aquello no había de quedar así; y aunque
no le ofrecieron la casa, no dudó que en ella sería
bien recibido.
Aquella noche soñó con Luisita,
con el párroco y con la luna de miel.
Desde el día
siguiente se dedicó a recorrer bailes, reuniones,
teatros y paseos con el objeto de encontrarse con su conquista, ponerse a su lado y echarla un discurso sentimental que llevaba
estudiado. Pero todo fue en vano: ella no pareció
por ninguna parte.
Un día le dijo su papá
que en cuanto se lo permitieran los negocios de la casa,
iba a hacer un viaje... lo menos hasta Torrelavega, y que
él, Alfredito, le acompañaría.
Para
el que nunca pasó de Cajo o de Renedo, un viaje hasta
Torrelavega es un acontecimiento vital.
Alfredito, pues,
se echó a la calle para contárselo a sus amigos
y consultarles sobre la forma de un traje y acerca de otros
preparativos indispensables.
Como además de pollo
era enamorado, pensó que el viaje le prestaba cierta
aureola de interés. En su consecuencia, trató
de hacer sus visitas de despedida, y consultó si debería
ir a casa de Luisita, ¡único remedio que le quedaba
a su abatida esperanza!
-¡Vete, y sobre mí los resultados!
-le dijo otro pollo que no tenía por dónde
cogerse, en fuerza de ser flaco y encanijado.
-¡Oh magnífico
amigo! -exclamó entusiasmado Alfredo, como se entusiasman
los chiquillos siempre que encuentran un apoyo a sus antojos-;
¡tú me reconcilias con la sociedad que ya me hastía
sin ella!... ¡Corro ahora mismo a verla!...
Poco después
salía de su casa con lo más selecto de sus
galas, en dirección a la morada de su conquista de
Renedo, como él la llama aún.
Ya le hemos
visto llegar hasta el estrado, y casi arrepentirse de tanta
temeridad.
Los instantes que pasan sin que aparezca lo que
él desea, los cree siglos. ¿Si vendrá ella?, ¿si saldrá su madre?, ¿si hará el diablo que
salga el papá?
Esta idea le hizo temblar, y hasta
le indujo a marcharse a la calle; pero entonces oyó
crujir el vestido de seda de alguna persona que se acercaba
a la sala, y se quedó. Era doña Tadea.
-A
los pies de usted, señora.
-Beso a usted la mano,
caballero... No tengo el gusto de...
-¡En buena me he metido!
-se dijo el otro-: ¡ya no me conoce!
Y perdiendo el color,
dejóse caer en una butaca.
-Señora -balbuceó-,
me he tomado la libertad de...
-Me parece -le interrumpió
doña Tadea, después de reflexionar unos instantes-,
que no es la primera vez que nos vemos; pero no recuerdo
cuándo ni dónde.
-Hemos viajado juntos -añadió
el pollo, más animado ya.
-Ya recuerdo: hasta Renedo,
¿no es verdad?
-Justamente, señora. -¿Y decía
usted que?...
-Que pensando marchar dentro de unos días,
me he tomado la libertad de venir a despedirme de ustedes.
-Gracias, amiguito. ¿Y va usted solo? -No, con papá.
-¿Para dejarle a usted en algún colegio? Hacer a
un pollo galanteador capaz de ser colegial, es el mayor insulto
que se le puede dirigir. Alfredito se mordió los labios
de coraje, y pasando la diestra por su bigote... futuro,
contestó ahuecando la voz:
-No, señora, voy
a viajar por gusto.
-¡Ah!, ya. ¿Y adónde van ustedes?
-Pues, por ahora, a Torrelavega. -¡Hola! ¿Por mucho tiempo?
-repuso doña Tadea, disimulando la risa.
-Pues por
lo que quiera papá.
-Se va usted a divertir. -Así
lo espero; tengo muy buenas noticias de ese país:
dicen que la gente es muy animada.
-¡Yo lo creo! -Sin duda
que me voy a divertir.
-Bien hecho; deben aprovecharse todas
las ocasiones de dar expansión al ánimo, aunque
el de usted no debe estar muy combatido.
-¡Quién
sabe! -exclamó Alfredo con dolorido acento.
-¿Será
posible?
-¡Ay, señora!, las pasiones no reconocen
edad ni categoría.
-Es cierto. Y ¿hace mucho que
padece usted?
-Muy poco tiempo -contestó él
con intención, por si Luisa estaba escuchando detrás
de alguna puerta-. Libre y feliz vivía procurando
estudiar el mundo al través de un prisma por el cual
las pasiones y las flaquezas, apareciendo en toda su desnudez
mezquina y reflejándose en la mente del profundo observador
cuyo corazón palpitara al abrigo de... pues las...
y los... en lucha tenaz, y luego la seducción de los
atractivos...
-Dispense usted, amiguito, que me llama la
cocinera -dijo doña Tadea, cortándole su inspirado
discurso y lanzándose fuera de la sala para reír
a sus anchas.
Alfredo se quedó estupefacto, y, herido
en su amor propio, juró marcharse enseguida si no
iba Luisa a la visita. Al mismo tiempo sacó su reló
y vio con espanto que señalaba la una y media. En
su casa se comía infaliblemente a la una, y conocía
muy bien el genio de su papá: un retraso de media
hora siempre le había valido una caricia con la punta
de una bota paterna por debajo de los faldones del gabán.
Este recuerdo excitó su materialidad de una manera
tan notable, que, olvidándose de su Filis y de que
aún no se había despedido de doña Tadea,
caló el sombrero y se dispuso a marcharse. En esto
volvió a entrar aquella señora.
-¿Se retira
usted ya?
-Si usted no dispone otra cosa... -Que lleve
usted feliz viaje, y...
-Gracias, gracias. A los pies de
usted -y sin aguardar contestación, escapó
hacia la escalera.
Entonces, al fin del corredor, por la
estrecha puerta de un cuarto adyacente a la cocina, salió
una mujer desgreñada, con una bata de percal de color
de polvo, y en chancletas. Era Luisa. Pero Alfredo, como
iba buscando a la elegante viajera de Renedo, pensó
que aquélla era la cocinera, y se fue sin saludarla.
  - IV -
Supongamos que la escena pasa en un salón, a media
luz, adornado comm'ilfaut.
En el centro de un muelle sofá
está una señora vestida de rigoroso luto: a
sus dos lados y en otros varios asientos, formando semicírculo,
hay muchos personajes de ambos sexos, de distintas edades
y parecidas condiciones. Todas sus fisonomías están
graves e impasibles.
Los hombres miran al suelo mientras
tocan en el bastón una marcha con los dedos, o se
afilan las puntas del bigote, o se pasan la mano por la barba,
o juegan con los sellos del reló.
Las mujeres agitan
el abanico, se arreglan la mantilla, tosen de vez en cuando
y miran de reojo a la presidente del mustio cortejo. Ésta
lanza un hondo suspiro, levanta los ojos al cielo y hace
un gesto como si tratase de contener una lágrima que
asomara entre sus párpados, rojos como los de una
cocinera que ha picado cebolla.
Su marido, sentado entre
los concurrentes y a corta distancia de ella, contesta con
un rugido que bien pudiera tomarse por el resuello de un
cetáceo, saca el pañuelo del bolsillo, cruza
las piernas y murmura:
-¡Cómo ha de ser! Los demás
personajes, por hacer algo, cambian de postura en sus respectivos
asientos, suspiran por lo bajo y exclaman:
-¡Válgame
Dios!
Después sigue un intervalo en que no se percibe
otro ruido que el de las respiraciones y el de los abanicos
que no cesan de agitarse.
Nuevos personajes aparecen en
escena. Es un matrimonio.
Todos se levantan para recibirle.
Los recién venidos penetran en el semicírculo;
la señora enlutada y su marido dan dos pasos al frente
y, sin cambiar con ellos una frase, les tienden la mano.
Luego se estrechan las señoras del sofá para
hacer lugar a la que llega, la cual toma asiento y dice:
-No se molesten ustedes. Su marido se coloca más
abajo.
-Con permiso -murmura, y se deja caer. Después
vuelve todo a quedar en silencio.
Ahora me preguntas tú,
impaciente lector, ¿qué significa ese cuadro lúgubre?
¿Se ha muerto alguno?
-Sí, amigo: doña Casilda
Guriezo, la señora enlutada, acaba de perder un tío
en San Francisco de la Alta California; un tío a quien
nunca conoció más que de oídas. Sólo
sabe de él que hace cuarenta años marchó
de su pueblo, en calidad de grumete, en un bergantín,
a Matanzas, y que acaba de morir en remotos climas, legando
su inmensa fortuna a los pocos parientes que le quedan en
la madre patria.
-¿Y por eso -me replicas-, está
tan llorosa y abatida; por un tío a quien nunca conoció,
cuando hay padres cuya muerte no deja en el corazón
de sus hijos más huella que la que dejó en
el Océano el bergantín que condujo al grumete
a Matanzas?
-¿Y eso qué, malicioso? ¿No ves que ese
tío ha dejado a su sobrina la miseria de ciento cincuenta
talegas, mientras aquellos padres han tenido la desfachatez
de morirse ab intestato, por no tener de qué? ¿Qué
menos ha de hacer doña Casilda que llorar unos días
y vestirse seis meses de negro?
-¿Y esa gente que ahora
la rodea?
-Son sus visitas que van a darle el pésame, después de haber rogado a Dios por el alma del difunto
en las pomposas honras que se acaban de celebrar en la mejor
iglesia de la población.
-¿Y por qué se presentan
todos con cara de herederos?
-Porque, «donde estuvieres,
haz como vieres».
La escena sigue muda algunos instantes
más, hasta que doña Casilda se vuelve a la
señora que tiene a su derecha para hacerle algunas
preguntas.
Esto es para la reunión lo que el «rompan
filas» para un pelotón de quintos; el «hasta mañana,
señores» en una cátedra de humanidades. Cada
uno se dirige hacia la persona más inmediata; y, aunque
a media voz, el semicírculo se fracciona en varias
porciones y en otras tantas conferencias.
-¿Ha visto usted
el correo de hoy, don Tiburcio?
-¡Ojalá no le viera!
-¿Otra tenemos? -No fuera malo... quiero decir que... que
no sé cuál es peor.
-¿La expedición
de harinas acaso?
-Sí, señor... ¡desgraciadísima!
-¡Hombre, qué lástima! -Y aún hay
más.
-¡Conque... hay más! -Lo de Alaejos...
-¡Aprieta! -¡Ni un garbanzo! -Hombre, ¿qué me cuenta
usted?... Conque ni un garbanzo.
-Bien sé yo quién
tiene la culpa; pero deje usted, que a cada puerco, como
usted sabe, le llega su San Martín.
-¡Oh!, perfectamente,
sí, señor; vaya si le llega... Conque todo,
todo desgraciado... ¡Hombre, qué lástima!
-Sí, señor... ¡todo! -¡Vea usted... qué
demonio!
A la derecha de este señor que con todo
conviene y de todo se admira, así se trate de la elocuencia
de Bellini como de la música de Demóstenes,
pero que todo lo escrupuliza si puede terminar en el Diario de su casa, se ventila otro asunto cuya índole nos
evita revelar el sexo, y hasta el seso, de las personas que
en él toman parte.
-Desengáñese usted,
que todas son a cual peor...
-Si parece mentira que se porten
así después que tanto se hace por ellas...
Mire usted que en mi casa jamás se las reprende; todo
lo contrario: tiene cuanta libertad desean.
-Así
paga el diablo a quien le sirve.
-Si por más que
usted se empeñe, no puedo creer...
-En hora buena;
pero sírvale a usted de gobierno que la puse de patitas
en la calle en cuanto empezó con esas historias.
-¿Nada más que por eso la despidió usted?...
-Es que hoy por ti y mañana por mí. -Pero,
¿qué es lo que dijo? ¡Alguna tontería!
-Por
supuesto; pero irrita oírlas.
-A mí no me
importaría tres cominos.
-Cuando son cosas serias...
-En mi casa hago lo que me da la gana. -Mucho que sí;
pero... cuando se aumenta...
-Por eso quisiera saber lo
que ha dicho.
-¡Dios me libre! Soy muy enemiga de mezclarme
en chismes ni en cuentos. Además, tal fue la rabia
que me dio su descaro, que ni siquiera la escuché.
¿Qué me importa a mí si en casa de usted nunca
se come a la hora; ni si hay madres de tres hijos que pasan
el día haciendo moños y ensayando pasos al
espejo para ir por la noche al baile; que no saben en dónde
están los calcetines del marido, ni los pañales
del último retoño que está gimiendo
a los pies de la cama de la nodriza, mientras ésta
despide a un primo que va a la Isla de Cuba; ni si hay mujeres
que aprecian más un vestido que al padre de sus hijos?
No, amiga, esas cosas no las oigo yo nunca de boca de una
mujer así... Como yo la dije: «esa no es cuenta que
hemos de ajustar nosotras: si hay mujeres tan simples y madres
tan frívolas, con su pan se lo coman... Vaya usted
con Dios, que no me conviene usted».
-¿Y eso es todo lo
que pasó?
-¿Y cree usted que es poco? -¡Bah! ¿Y
qué tengo yo que ver en ello?
-Nada, si a usted le
parece...
-Por supuesto... Y hablando de otra cosa: cuando
salgamos de aquí va usted a ver un vestido que acabo
de comprar en la tienda de enfrente... verá usted
qué bonito es... Eso de la cocinera ya lo arreglaremos
otra vez.
-Como usted quiera. Tampoco falta allí
quien habla con su vecino del tiempo, a falta de otro asunto
más importante; del tiempo, que es siempre el refugio
de un diálogo agotado ya de materiales; la rama de
salvación de un enamorado cuando al frente de su ídolo
no sabe por dónde empezar, en fuerza de ser mucho
lo que tiene que decirle; el amparo del que se las ha con
un prójimo a quien apenas conoce, o le merece pocas
simpatías y está deseando que se largue; del
tiempo, en fin, que ha sido, es y será el objeto de
la conversación de todos los aburridos y de todos
los tontos.
También hay quien, muy bajito y con una
cara muy triste, dice a su vecino:
-¡Cuidado si hay personas
de suerte!... Vea usted, meterse en caja, de sopetón,
un pico de dos o más milloncejos...
-Lo dice usted
por...
-Chitón, que mira doña Casilda. Estos
personajes son inherentes a toda sociedad, por pequeña
que sea; y téngase presente que si hay algo que echar
a perder, como ellos dicen, son los primeros que llegan y
los últimos que se van.
El aspecto de la visita,
en general, es animado, pero grave. A veces apunta la risa
en los labios de los visitantes y retoza vergonzante en los
de los visitados: enseguida desaparece para dejar el puesto
a la circunspección. Alentado por el rumrum de la
sociedad, no falta quien aventure un chiste; mas al punto
se retira dos pasos atrás, como diciendo: «yo no he
sido». El cuadro no tiene carácter propio: ríe
con un ojo y llora con el otro.
Doña Casilda ha preguntado
a una amiga que en dónde hallará buenos lutos
para sus niñas.
-Encárguelos usted a París
-le responde ésta-: son más baratos y mejores
que aquí.
-¡Les hacen tanta falta! Ya se ve ¡como
no contábamos con este golpe! ¡Ayyyyy... qué
desgracia!
Estupefacción en la visita; todos suspiran.
Después de algunos instantes de recogimiento, el
más atrevido se levanta, da dos vueltas al sombrero
entre sus manos, mira en torno de sí como pidiendo
parecer sobre su nueva determinación, y un «vámonos,
si usted quiere» le contestan algunas bocas de otros tantos
individuos que a la vez se ponen de pie; hacen una profunda
reverencia a doña Casilda, dan un apretón de
manos a su marido, y con una grave inflexión de pescuezo
hacia los que se quedan, se largan fuera de la sala.
¡En
nuestros días todo se hace con una precisión
asombrosa!
En un caso igual, los antiguos se hubieran despedido
diciendo «acompaño a ustedes en el sentimiento...
Dios les dé a ustedes salud para encomendarle el alma»;
a lo cual los herederos contestarían «amén»,
marchándose los visitantes en la persuasión
de haber dicho, al menos, a lo que fueron a la casa mortuoria.
¡Necedad como ella! Cerca de una hora pasaron algunos en
casa de doña Casilda, y ni siquiera la dirigieron
la palabra. ¿Para qué? Una frase de consuelo en tales
casos no sirve más que para recrudecer la herida...
Cuando nuestros personajes están en la calle, nótaseles
igual transformación que si salieran de un sermón
de cuaresma: sus lenguas se desatan y sus ojos chispean;
parece que quieren vengarse de la violencia en que han vivido
durante la visita. El uno llama la atención sobre
el gesto de la señora; el otro sobre los ronquidos
de su esposo; éste sobre que la cocinera estaba atisbando
la escena detrás de las cortinillas; el más
cauto se conforma con decir que dineros y calidad, etc.,
y que ya, será algo menos de lo que se dice. A nadie
se le ocurre una palabra sobre el papel que ellos han desempeñado
en la comedia.
Al quedarse solos los herederos cónyuges
míranse cara a cara, con una sonrisa que quiere decir
«¡qué felices somos!», y volviéndose la espalda
mutuamente, se van a saborear a sus anchas el dolor que les
ha causado «un golpe tan tremendo».
  ¡Cómo se miente!
  - I -
-Adiós, señor don Pedro. -Muy buenos días,
don Crisanto. ¿Va usted a misa?
-No, señor: yo la
oigo muy temprano. Ahora estoy esperando al amigo don Plácido
que está en la de nueve, para irnos enseguida a dar
nuestro paseo.
-Ustedes nunca le pierden: muy bien hecho.
¡Ojalá pudiera yo acompañarlos hoy!
-¿Y por
qué no? Es domingo, no hay negocios... Pero ahora
recuerdo que anoche no fue usted al Círculo.
-Estuve
bastante disgustado ayer todo el día... y sigo estándolo...
Tengo el chico mayor indispuesto.
-¿De cuidado? -Hasta
ahora no, a Dios gracias; pero como está tan robusto,
no sería difícil, si nos descuidáramos,
que le sobreviniese alguna fiebre maligna.
-¿Qué
es lo que tiene?
-Una indigestión de castañas.
-¡Diablo, diablo!... Mucho cuidado don Pedro, que la estación
es muy mala: la primavera para los muchachos...
-Por eso
precisamente me apuro yo... Pero ya sale don Plácido
y le dejo a usted con él... Adiós, señores.
-Beso a usted la mano, señor don Pedro: que se alivie
el chico.
-Pues qué ¿está enfermo? -preguntó
don Plácido, que cogió al vuelo las palabras
de don Crisanto.
-Parece que sí. -¿Cosa de cuidado?
-Me lo sospecho. El origen fue una indigestión de
castañas; pero como está tan robusto, le ha sobrevenido una fiebre que ha puesto en cuidado a la familia.
-¡Caramba! ¿Si serán viruelas? -Oiga usted, es fácil.
Y en esto, los dos personajes se dirigieron hacia la calle
de San Francisco, por la Plaza Vieja, deteniéndose
un instante junto a la esquina del Puente, en la cual había
un vistoso cartelón, recientemente pegado, anunciando,
para después de varios ejercicios olímpicos,
la segunda ascensión aerostática del intrépido
Mr. Juanny.
Mr. Juanny era un muchacho, casi imberbe, director
de una desmantelada compañía ecuestre, que
trabajaba los domingos en Santander, en un lóbrego
corral, ante un escaso público de criadas, soldados
y raqueros. La primera ascensión, por cierto en una
tarde fría y lluviosa de abril, tuvo para el valeroso
aeronauta el éxito más desgraciado.
Henchida
la remendada mongolfiera en medio del circo, y sujeta al
suelo, del que distaba más de veinte pies, por dos
delgadas e inseguras cuerdas, Mr. Juanny comenzó a
trepar por otra suelta del centro, para alcanzar el trapecio
que en el espacio le había de servir de columpio;
pero al oscilar el globo con el peso del aeronauta, rompió
las cuerdas que le sujetaban, y rápido se lanzó
a las nubes, cuando aún distaba del trapecio el pobre
muchacho más de ocho pies. Para el público
no tuvo el lance aquel nada de particular: creyó de
buena fe que el ir Mr. Juanny agarrado a la cuerda era un
alarde más de su agilidad y de su impavidez; sólo
su familia, que era toda la compañía, y él,
comprendieron lo terrible de la situación: la primera
la manifestó bien pronto con lágrimas de desconsuelo;
y por lo que hace al segundo, según la relación
que de boca del mismo oímos, conociendo mejor que
nadie el espantoso peligro en que se hallaba, trató,
lo primero, de llegar hasta el trapecio; pero la rapidez
con que ascendía el globo le impedía adelantar
un solo palmo. Como la cuerda era larga, al salir del circo
se enredó entre las ramas de la Alameda vieja, y por
un momento creyó Mr. Juanny que había desaparecido
el peligro; mas, para mayor desconsuelo, las débiles
ramas cedieron al empuje del globo, y aquel desdichado no
tuvo otro remedio que acudir a su valor y a su destreza.
Agarróse, pues, lo mejor que pudo a la cuerda, y dejó
a la Providencia lo demás. Entre tanto, las manos
se le habían desollado, sus fuerzas se debilitaban
por instantes, y cada vez hallaba más irresistible
la violencia con que el globo parecía que trataba
de desprenderse de él. Las casas, los objetos que
en furioso torbellino pasaban a su vista, le mareaban en
aquella angustiosa situación: perdió al fin
el conocimiento, y maquinalmente siguió todavía
agarrado a la cuerda. Un instante más y no había
remedio para él. Pero afortunadamente la mongolfiera
era muy vieja, y a pesar de los remiendos que tenía,
iba perdiendo gas a cada instante por sus muchas rendijas;
cedió al fin al peso del aeronauta, y descendió
rápidamente, cayendo una legua adentro de la bahía,
y a más de media del barco más próximo.
Ya era tiempo. Mr. Juanny sólo conoció que
se hallaba en el agua, cuando su frialdad le sacó
de su estupor. Mas el nuevo peligro era insignificante comparado
con el que acababa de correr. El globo, aún henchido,
flotaba como una enorme boya: agarróse, pues, a él
y esperó. Por mucha prisa que se dieron los tripulantes
de algunas lanchas que le vieron caer, las dos primeras que
hasta él llegaron, a toda fuerza de remo, tardaron
un cuarto de hora.
Mr. Juanny desembarcó al fin en
el Muelle, entre su familia y un inmenso concurso, desolladas
las manos y tiritando de frío, pero sereno y risueño
como si nada le hubiera sucedido.
Hecha esta ligera digresión,
que bien la merece el asunto por su histórica terrible
gravedad, volvamos a nuestros conocidos.
Pertenecen éstos
por patrón, edad e instinto al pequeño grupo
de figuras reglamentadas que son indispensables a toda población,
y sobre las cuales pasan en vano los años y las revoluciones:
alguna arruga de más, algún cabello de menos,
son los únicos rastros que deja el tiempo sobre estos
seres: traje, costumbres y alimento siguen siendo para ellos
los mismos que los del año en que se plantaron, hasta
la hora de su muerte; porque ésta, siendo producida
generalmente por una apoplejía fulminante, o por otro
torozón cualquiera, no les atormenta con sus preludios,
ni les altera en lo más mínimo, durante la
vida, el metódico sistema de ella. Egoístas
y avaros por naturaleza, temiendo adquirir compromisos o
arriesgar su dinero, sólo toman del mundo aquello
que el mundo echa a la calle, bien porque le sobre o porque
lo regala.
Por eso, su única biblioteca, en el capítulo
de erudición, la constituyen los carteles de las esquinas,
los prospectos volantes y los periódicos del café.
Sabido esto, y no olvidando el dramático suceso que
acabamos de referir, excusado será decir a ustedes
que leyeron con avidez el cartel de Mr. Juanny; que al separarse
de la esquina, continuando su paseo, iban hablando con horror
de tamaño atrevimiento; que calcularon y se concedieron
recíprocamente el sitio en que, según el viento
que reinaba, caería aquella tarde el aeronauta, y,
por último, que decidieron ir a presenciar la ascensión;
mas no se crea que al circo mismo, donde no habría
bastante comodidad sobre costar el dinero, sino a los prados
de la Atalaya, cuya elevación les permitía
dominar los sucesos con la vista y respirar aires puros.
Cuando llegaron a San Francisco, discurriendo aún
sobre el mismo tema, repararon que un corredor, muy conocido
de ellos, se les acercaba con un andar de siete millas.
Al cruzarse con él no pudieron contener su curiosidad,
y, a dúo, le interpelaron:
-¿Adónde tan de
prisa?
-¿Han visto ustedes a don Pedro? -les preguntó,
casi al mismo tiempo, el corredor.
-Ahora mismo acabamos
de separarnos de él.
-¿Ha ido al escritorio? -No,
señor; a su casa... ¿Ha ocurrido alguna otra novedad?
-añadió alarmado don Plácido, al ver
cómo jadeaba aquel hombre.
-¿Según eso había
ya una?
-¡Qué! ¿No lo sabe usted? -Hombre, no; yo
le buscaba para un negocio... y muy bueno.
-Pues, amigo
-dijo don Crisanto en tono sentido-, de nosotros se ha separado
de muy mal talante.
-Pero, ¿qué tiene? -El chico
mayor muy malo -exclamó don Plácido.
-¿De
qué? -dijo sorprendido el corredor.
-De
viruelas -contestó solemnemente don Crisanto, y con
la más profunda convicción.
-¡De viruelas!...
Pero si ayer le he visto yo en el escritorio copiando una
factura.
-Pues ahí verá usted -observó
don Plácido.
-¿De suerte -añadió el
corredor-, que su padre no estará dispuesto a hablar
de negocios?
-Figúreselo usted -contestaron los dos
amigos.
-Pues ¡cómo ha de ser!... paciencia, que
lo peor es para él... Adiós, señores,
y gracias.
-No hay de qué: vaya usted con Dios.
-El agente, desesperanzado de hacer el negocio, emprendió
una marcha más lenta que la anterior; y mustio y cabizbajo,
se internó en la calle de San Francisco.
Los dos
amigos continuaron su paseo hacia la Alameda.
Habrán
extrañado al lector los progresos de la enfermedad
del hijo de don Pedro, o habrá creído, a pesar
de lo que le he dicho acerca de don Plácido y don
Crisanto, que éstos trataban de dar un bromazo al
corredor. Nada de eso. Ni el carácter, ni la posición,
ni la edad de estos señores se prestan a la broma:
tienen cincuenta mil duros cada uno, y un siglo cumplido
entre los dos. Pero sobre algunas otras manías a que
consagran todos los desvelos que no necesita la administración
del milloncejo, les esclaviza y atormenta la de adquirir
noticias, cualesquiera que ellas sean; y no por el placer
de saberlas, sino por el de propalarlas; pero de propalarlas
de manera que interesen y exciten bien la curiosidad del
público. Esto no podrían conseguirlo siempre,
porque los datos adquiridos, algunas veces no lo dan de sí.
Por eso, ocurrido un suceso cualquiera, le suponen el curso
que les parece más natural, y con la mejor buena fe,
le colocan en el término que más se acomoda
a sus cálculos. -«Que esto ha de suceder, es infalible -dicen ellos-; pues contémoslo enseguida, porque después
no tendría novedad, y, bien mirado, no faltamos a
la verosimilitud». La calidad de la noticia es lo que menos
les importa, ni las consecuencias que pueda producir su afán
de exagerarla: haga ella efecto, coméntese, propáguese,
y su amor propio se verá satisfecho.
No tuvieron
otro origen las viruelas del hijo mayor de don Pedro.
El
corredor, entre tanto, llegó a la Guantería,
se sentó sobre el mostrador y comenzó a renegar
de su suerte.
-Vea usted -decía-, hasta las epidemias
conspiran contra mis intereses.
-Pues ¿qué sucede?
-le preguntó un tertuliante de aquel establecimiento-;
¿vuelve otra vez el cólera?
-¿Qué más
cólera que no hacer un negocio en cuatro días?
-Como decía usted que la epidemia... -Y lo repito:
el mejor corretaje, acaso el único de toda la semana,
acabo de perderle porque han entrado las viruelas en la casa.
-¿Hay algún comerciante con ellas? -No, señor:
un hijo.
-¿Quién es el padre? -Don Pedro Truchuela.
-¡Caramba! ¿Aquel muchachón tan robusto está
con viruelas?... ¿Y son de mala ley?
-Según me han
dicho, con referencia a su padre, no lo cuenta.
-¡Qué
lástima!
Y al exclamar así el ocioso, marchóse
a la Plaza y refirió el suceso al primer conocido
que halló a mano.
En los comentarios estaba ya, cuando
la doncella de don Pedro, muy conocida del comentarista por
su lindo palmito, cruzó hacia el Puente y entró
en uno de sus portales. Al notarlo el ocioso, exclamó:
-¡Adiós, mi dinero!, ¡ya van a llamar al cura! -¡Ca!
-dijo el otro sorprendido.
-Sí, señor: he
visto entrar a la doncella de don Pedro en casa del padre
N... Cuando salga la he de preguntar.
Ignoraba el noticiero
que el padre N... se había mudado a otra calle, y
que vivía, a la sazón, una modista en la casa
que él dejó.
A poco rato salió la doncella
con unos paquetes debajo del brazo, y se fue por el Muelle.
El espía no lo notó por haberse enredado en
una nueva acalorada controversia, sobre las causas de algunas
epidemias como la que ya juzgaba apoderada de la población;
pero, en su defecto, vio poco después atravesar al
padre N... por la esquina de la Ribera y en dirección
al barrio en que vivía don Pedro.
-Véalo usted
-exclamó-; ¡se realizaron mis sospechas!...
Y sin
despedirse de su contrincante, fue a llevar la noticia a
la Guantería.
Cuando a la una en punto volvieron
del paseo don Crisanto y don Plácido, encontraron
otra vez al corredor.
-¿Ha visto usted a don Pedro? -le
preguntaron.
-¡Bueno estará el pobre señor
para visto! -contestó.
-Pues ¿qué ha sucedido?
¿Está peor su hijo?
-Ya le han dado la unción.
-¡Ave María purísima! -exclamaron los dos
amigos-. Lo mismo que sospechábamos salió,
desgraciadamente.
Y con cierto aire de satisfacción,
por el buen éxito de sus presunciones, pues que no
estaba en sus manos evitar la desgracia y era ocioso afectarse
por ella, se separaron del corredor, sin pasarles por la
imaginación que ellos, y nada más que ellos,
eran el origen, desarrollo y progreso de la enfermedad del
hijo de don Pedro Truchuela.
  - II -
Fieles como dos cronómetros, a las cuatro en punto
de la tarde llegaron nuestros dos amigos a los prados de
la Atalaya, y se colocaron en el más elevado de ellos
para dominar mejor todos los incidentes de la ascensión
del globo. Destacábase éste, henchido ya de
humo, en el reducido circo de la Alameda, balanceándose
sobre las cuerdas que le sujetaban, esperando a que le dieran
libertad para lanzar al espacio su gran mole.
En instantes
tan supremos, cuando la curiosidad de medio pueblo diseminado
por aquellas praderas estaba fija en el aparato, el campanón
de la catedral sonó, grave y acompasado, tres veces.
Su lúgubre tañido no produjo el menor efecto
en el ánimo de aquellos espectadores. Sin embargo,
nuestros dos conocidos, aunque afanosamente ocupados en explicarse
la teoría del espectáculo que a |