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Si cambiándose un día las tornas, o trastrocándose los poderes, fueros y obligaciones entre los seres condenados a purgar sobre la pícara tierra el delito de haber nacido, se tomara residencia por los que hoy son sus esclavos al tiranuelo implume, al bípedo soberbio que habla y legisla de todo y sobre todo de tejas abajo, y aun, a las veces, osa levantar sus ojos profanos más arriba del campanario de su lugar, como si todo le perteneciera en absoluta indisputable propiedad, ¡magnífica lotería le iba a caer! Y cuenta que no hablo del hombre encallecido en el crimen; ni del a quien la altura de su poderío hizo desvanecerse y desconocer la índole y naturaleza de sus gobernados; ni del guerrero indomable a quien embriaga la sed de una funesta gloria, y han hecho creer que ésta puede fundarse alguna vez sobre montones de cadáveres mutilados y de ruinas humeantes: refiérome al hombre vulgar, al hombre de la familia, y, por tanto, no excluyo a las mujeres ni a los niños; tomo, en fin, por tipo para mis observaciones al hombre de bien, a la mujer de su casa, al niño cándido; y empiezo por asegurar que ninguna de estas criaturas se acuesta una sola noche sin un delito que, en justas represalias, no le costara una mano de leña, cuando no el pellejo, si se suspendieran las garantías que hoy nos mantienen en despótico dominio sobre los irracionales, y tocara a éstos empuñar el látigo. No pretendo ser el descubridor de esta verdad manoseada en fábulas y alegorías hasta el infinito; pero nihil est novum sub sole; y si la forma de mi breve tarea lo parece, en ello doy cuanto puede exigírseme. Hemos de convenir de antemano en que todo bicho viviente tiene su sensibilidad física como el hombre, y, a falta de razón, un instinto que le hace amar la vida y aterrarse enfrente de todo peligro de perderla; y hay que conceder forzosamente que el frío, el hambre, la sed, la fatiga, la persecución, los palos y las heridas atormentan a los irracionales, en lo físico, lo mismo que nosotros. Esto entendido, recordemos algunos de los actos de ferocidad más comunes en la vida del hombre, ejercidos sobre las demás especies. ¿Han visto ustedes matar un cabritillo? Yo sí, tentado del demonio de la curiosidad. La tímida bestezuela lamía, con su lengüecita, roja y brillante como una cinta de raso, la mano del pedazo de bárbaro que la sujetaba, y cuando éste hundió en su cuello, blanco como la nieve, medio palmo de navaja, el pobre animal gimió con la angustia de un niño delante de un objeto horrible; lanzó después algunos quejidos débiles, suspiró trémulo y cerró los ojos con que poco antes parecía implorar el perdón del carnicero. Siempre que veo, diariamente, conducir centenares de estas reses al matadero, recuerdo con verdadero disgusto aquella escena, que me he guardado muy bien de volver a presenciar. Nada más corriente y acreditado entre nosotros que el caldo de gallina: este líquido, que se administra cincuenta veces al día a los enfermos, y se recomienda, por sustancioso, a todas horas, y se usa a cada veinticuatro en la cocina de la gente que sabe y puede cuidarse. Y ¿se han fijado ustedes con atención en los preliminares que exige la costumbre para obtener el susodicho caldo? Pues no tienen malicia, que digamos. Se coge la gallina, la coloca una fregona incivil entre sus rodillas, le pliega el pico sobre el cuello; y con un cuchillo, de ordinario roñoso y desportillado, le sierra el cráneo por la mitad. No cabe suplicio más feroz... ni más frecuente. El que se emplea en los mataderos con el ganado vacuno, es más breve; pero, en cambio, es tal la cantidad de reses sacrificadas en ellos diariamente que se engulle la humanidad, que debiera, siglos hace, haber puesto en alarma a la especie, no obstante lo bestia que es. Y ¿qué diremos del señor de la Cerda, del apreciable individuo «de la vista baja», en sus postrimerías? ¡Cuánta iniquidad se comete con él! Tan mimado, tan cebadito durante el año, ¿para qué? Para dar con una muerte ignominiosa ocasión, a una fiesta de vecindad; para ofrecer su agonía por blanco a la burla, a la sátira y al escarnio de un barrio entero... y no es exageración. En los pueblos rurales que yo conozco, entran por docenas las personas que rodean a la cerdosa bestia en su último trance: unas para atesar las cuerdas que la impiden moverse, y hasta gruñir; otras para tener por las cerdas del lomo; varias con ellas para cargarse sobre la mole y sujetar su cabeza contra el poyo en que yace todo el cuerpo; quién para revolver la sangre cuando fluya; quién, en fin, para los preparativos de cada operación de las subsiguientes al sacrificio. En medio del grupo descuella el matarife, que comienza su tarea lavando la garganta del reo, y raspando enseguida la parte lavada con un cuchillo que no mide menos de dos pies de hoja; fija después la afilada punta en un hoyuelo que forma el tocino cerca del pecho, y ¡chiff!, le sopla dentro media vara de hierro, saliendo por la herida, acto continuo, un torrente de sangre que se precipita en una caldera por el mango del cuchillo y sobre la mano que no le suelta. Ni las ligaduras, ni el peso que le oprime en tan crítico instante, impiden al herido animal darse un par de revolcones sobre el poyo y lanzar un gruñido que dura medio minuto. Cuando la sangre fluye en menor cantidad, el matador revuelve bonitamente el arma buscando a tientas el corazón, y ¡figúrense ustedes lo que pasará allá dentro! A la cuarta o quinta calicata de esta clase, espira la víctima entre la rechifla, los puñetazos y los improperios de sus mataores, que le hacen esta despedida por todo consuelo. Vienen después la chamusquina, y las fricciones de teja, y la apertura en canal, y el desbandullamiento, y el disputarse el rabo y la vejiga los chicos de la casa; y en éstas y otras operaciones se pasa todo un día. Al siguiente se destocina, o descuartiza, y se salan los pedazos, y se hacen los chorizos, y dura aún la broma y el buen humor, en torno a los sangrientos despojos, media semana. Aunque la forma de éstos y otros delitos, que no quiero citar por no hacer de este artículo una carnicería, lleva en sí todas las condiciones de alevosía, ensañamiento y premeditación que tan duramente castiga el Código cuando la víctima es un hombre, éste se ha ido acostumbrando a ellos, cediendo a las exigencias de una supuesta necesidad que le obliga a cometerlos. Pero si admitimos como razón atenuante esta salvedad, hay que convenir en que otros mil que diariamente consuma el mismo tirano son penables a todas luces. Por ejemplo: don Serafín Rosicler es un rentista modelo de los hombres pacíficos y morigerados; ni se enfada, ni juega, ni fuma, ni murmura. Vive perpetuamente con su mujer y sus hijos, y para sus hijos y su mujer. Por única diversión, extraña al régimen doméstico, se permite salir todas las mañanas muy temprano a tirar cuatro perdigonadas a los pajaritos de su huerta. Y estos pajaritos son, según las estaciones, la tórtola, el jilguero, la golondrina o la calandria; es decir, lo más bello, lo más inofensivo y tímido de la volatería. Pero don Serafín, como todos los cazadores, hiere con más frecuencia que mata; y cuando hace el recuento de sus víctimas para volverse a almorzar, entre los seis u ocho pájaros que contiene su morral, halla tres o cuatro que están vivos, aunque con un ala rota o el pecho atravesado. -«Éstos, para los niños», exclama lleno de satisfacción el seráfico rentista. Y al llegar a casa, entrega gozoso a sus inocentes retoños los inválidos animalitos. Los cuales, aletargados por el dolor de sus heridas, apenas se mueven al variar de poseedor; y como esta circunstancia no divierte a los rapaces, cada uno examina el que le pertenece, pluma a pluma y hueso a hueso. Así consigue tropezar con el ala rota o con la patita hecha astilla, a cuyo brusco contacto el pobre animalito se estremece y abre el pico y quiere extender las alas. ¡Felicísimo descubrimiento! El angelito ya sabe cómo poner en actividad aquel cuerpo inerte. Y tira que tira de la pata o del ala, o pincha que pincha la herida, se pasa medio día, hasta que, no hallando chiste en la tarea, comienza a aporrear los muebles de la sala con la cabeza del pájaro, o le echa, vivo aún, a la lumbre, o le ata al extremo de un cordel para que el gato le vaya destrozando poco a poco. Don Cleofás es un sabio, y estudia incesantemente las funciones del estómago, la circulación de la sangre y la actividad de los venenos; y como gusta de ver las cosas con sus ojos y no con los de la ciencia, tiene la casa llena de animales que le ayudan en sus experimentos. Quiere estudiar, por ejemplo, la virtud de un tósigo que ha extraído de la planta a o b: va al corral, atrapa un conejo, le lleva a su gabinete, le aplica a los ojos, o a la lengua, o a una herida que al efecto le hace, una pluma mojada en el veneno, y si éste es fino, el animal cae como herido del rayo; pero si es lento, allí le tienen ustedes un día o una semana sufriendo horrores y prestando a cada instante síntomas que el sabio devora con ansiedad febril. Para estudiar la circulación, diseca a un pollo, o a un perro, o a otro conejo, una arteria, le pasa una lámina de cristal por debajo, y al microscopio enseguida. Si ve entonces lo que deseaba, yo no lo sé; pero es evidente que el suplicio del animal que le sirve en la experiencia debe ser morrocotudo. ¿Y cuando le lleva su fanatismo hasta el extremo de querer estudiar los fenómenos de la digestión sobre el terreno, y, para conseguirlo, abre al perro o al gato un boquerón en el pecho hasta dejar descubierto el estómago, o taladra quizá esta víscera y le encaja dentro un aparato de su invención, capaz de ver, palpar y analizar los jugos... y qué sé yo cuántas cosas más? Cierto es que, con tamañas atrocidades, dicen que ha ganado y gana todos los días mucho la ciencia; pero también es verdad que la vida humana sigue tan achacosa y breve como antes, y a esto me atengo. Juzgo, pues, punto menos ocioso que el delito del cazador de pajaritos, el de los sabios que sacrifican centenares de víctimas al afán de sorprender a la naturaleza animal un secreto que, aun después de descubierto, no había de hacer más feliz a la humanidad. Juan es un jornalero que se gana el sustento con el trabajo de un par de bueyes que le pertenecen. Parece natural que Juan tuviera los cinco sentidos puestos en aquellas mansas bestias que son su pan y su abrigo, y que las mimase como a las niñas de sus ojos. Pues no, señor: todos los días les pega dos docenas de palizas, una cada vez que, por arrastrar más carga que la que pueden sufrir, resbalan en el repecho de una calle adoquinada, y besan repetidas veces el duro suelo hasta sangrar por los hocicos. Lo que hace Juan con los bueyes, hace Pedro con un caballejo que también le sostiene con su trabajo. Palo para que ande, y más palo si se para o si tropieza. Cuando los bueyes se caen de viejos, Juan los engorda un poco y los envía al matadero. La recompensa que da Pedro a las fatigas de su caballo, que le ha servido diez o quince años, es aún más digna de la ingratitud de la raza humana: se le vende por un puñado de pesetas a un contratista de la plaza de toros; y dicho se está con esto que Pedro es español, y que, por ende, acude solícito a la corrida en que sale a la arena su caballo con los ojos vendados, para que no vea el peligro a que le expone el picador que le monta, al acercar su pecho indefenso a las astas de la fiera, que a la primera embestida le arroja al suelo y le desgarra el vientre. Pedro no pierde ripio de esta escena; y al ver a su caballo levantarse aún, merced a los palos que se le administran, y al contemplar cómo el noble bruto, sin exhalar un quejido, pisa y desagarra sus propias entrañas, patea frenético, y grita pidiendo «¡más caballos!» y llama, porque tarda un instante en aparecer otro de refresco, ladrón al empresario, pillos a los picadores, tunantes a los chulos y estúpido al presidente; pero no vomita estos improperios porque hayan desbandullado a su caballo, no, señor, sino porque el toro, que tal hizo en tan breves instantes, promete hacer mucho más, y es un dolor que no se le ofrezca prontamente abundancia de víctimas. Y la prensa ilustrada, al siguiente día, cuando reseña la función, al llegar a este toro que destrozó siete caballos e hirió a tres lidiadores, le llama bueno y voluntarioso, y al pobre jaco de Pedro, sardina, aleluya, oblea y otras transparencias por el estilo; del picador que lastimó con el hierro, indebidamente, el cuello de la fiera, y a lo cual debió el pobre hombre salir vivo de la suerte, dice que es un tumbón, y que el presidente debió enviarle a la cárcel. Si los caballos supieran leer, no podrían menos de simpatizar con los periodistas que, en su empresa de difundir la luz de la civilización por todos los rincones del globo, consagran diariamente largas columnas ad majorem gloriam de la celebérrima fiesta nacional. -«En los circos taurinos, dirían, se nos trata inicuamente; pero también es verdad que allí es donde vemos al hombre medir a su semejante con la misma vara que a nosotros, animado contra él de mayor ferocidad que el toro, que no embistiera si no se le hostigara». Donde no se lidian toros, hay carreras de caballos; y para estas bestias quizá no sea preferible, a morir de una cornada, espirar con los pulmones entre los dientes, por haber corrido dos leguas en diez minutos buscando el oro de la apuesta... de sus amos. Y si no hay carreras, hay batallas abundantes, gracias a Dios, y cuadros en ellas, cuyas bayonetas mechan en un instante un escuadrón que acude a desordenarlos, porque los hombres no han podido conseguirlo. Todos éstos y otros muchos favores por el estilo, tienen que agradecernos los animales que más nos sirven y acompañan, incluso el fidelísimo can, cuya raza medio extermina todos los años la estricnina, con el filantrópico objeto de acabar con media docena de excepciones rabiosas, que son, precisamente, los únicos perros que no comen la morcilla traidora. Pero no se contenta el hombre con esto sólo; no ejerce su tiranía exclusivamente sobre aquellos irracionales que encuentra en su terreno y pueden ayudarle o estorbarle. Surca también los mares, y de su seno roba el esquivo pez, y le fríe, a veces vivo, o le reduce a la triste condición de cautivo en una mezquina vasija, o, cuando más, en una tinaja, donde le enseña, por dos cuartos, al son de un organillo saboyano. ¡Digno destino de un ser que tuvo por cuna y por barreras de su libertad el seno y la inmensidad del Océano! Armado hasta los dientes, penetra asimismo en las montañas y en los bosques, y destroza cuanto pasa al alcance de su plomo mortífero: lo mismo cae entonces la tímida cierva que el valiente jabalí; lo mismo persigue sañudo y feroz al oso forzudo que al débil gazapo, y lo mismo le deleita la agonía del primero que la del segundo. Su único afán es matar, sin otro objeto que la gloria de la matanza. Entre tanto, acosado por el hambre o extraviado en la senda, un fiero morador de las selvas baja un día al valle; pasa rápido junto a la morada de un hombre; halla delante una res de la pertenencia de éste, y le tira una zarpada que vale al salvaje animal media libra de carne. Sábelo el hombre; toca a concejo; ármanse los vecinos; echan tras la fugitiva bestia; alcánzanla en el monte; dánle una batida, y acaban con su vida a palos. Cunde la noticia del suceso; apoderase de ella la prensa; desgañítase ésta pidiendo a las autoridades que exijan a sus dependientes la más exquisita vigilancia; llama héroes a los apaleadores, y no parece sino que el equilibrio del globo terrestre dependió del buen éxito de la paliza aquella. ¿La llevarían menuda los hombres, si después de ésta y otras fechorías fuesen llamadas las bestias a legislar sobre la tierra? Mas contra esta consideración se subleva nuestro orgullo de raza. O somos, o no somos hombres. ¿Lo somos? Luego el mundo y cuanto en él y sobre él crece y respira, nos pertenece. Niego resueltamente este principio tiránico. Si en la mente sublime del Hacedor supremo cupo, al crear la oveja y el caballo, la idea de que el hombre utilizase el vellón de la una y el trabajo del otro, no pudo ofrecerle los tormentos y la agonía de entrambos para su deleite. La crueldad y la ingratitud son vicios de la humana naturaleza, no la obra inmediata de quien es la suma perfección. Por eso los castiga inexorable. Por tanto, creo que, en el supuesto caso, merece el hombre la consabida paliza como un santo un par de velas. Más aún: creo que el hombre es el bicho de peor intención, más malo, más dañino de cuantos viven sobre la haz de la tierra. Y lo pruebo con nuevas razones. Hemos visto hasta aquí que el bípedo a quien Platón llamó implume, persigue y atormenta a los irracionales siempre y en todas partes... y porque le da la gana. Se ha observado más. Al hallarse sorprendido el hombre con la presencia de un individuo de una especie que no es la suya, su primer impulso es tirarle con lo que encuentre a mano; matarle, si es posible. Las bestias, en su estado de libertad, huyen del hombre y viven con sus propios recursos, y las más feroces no le atacan, si en su insensato atrevimiento no va él a provocarlas en sus recónditas guaridas. El mismo tigre no mata si el hombre no le obliga a ello; la víbora no muerde si no la pisan. Se llama fiero al león, carnicero al lobo, porque viven a expensas de la sangre de las especies inferiores. Y ¿qué hace el hombre? Eso mismo y algo más. El león no devora al león, ni el lobo al lobo; pero el hombre devora también al hombre, de lo que pueden certificar no pocas tribus salvajes de ambos hemisferios. Nuestro orgullo de raza vuelve a sublevarse aquí, y exhibe como protesta, contra ese resabio de la barbarie, al hombre civilizado. Acepto el reto, por más que, probada mi tesis con relación a la especie, nada signifique contra ella la excepción del individuo. El hombre de la civilización devora también a sus semejantes. Como pueblo, ataca al de enfrente por ensanchar un palmo más su territorio, o por vengar la injuria envuelta en una frase que su misma diplomacia no ha logrado descifrar; y en estas perdurables empresas sacrifica millares de víctimas, que ni el consuelo tienen, al morir, de saber por qué se han batidotala los campos, arrasa aldeas, villas y ciudades, y siembra el luto y la desolación por todas partes. Como individuo, explota, humilla, veja y martiriza a cuantos halla un grado más abajo que él en la escala de la fortuna; por satisfacer una venganza mezquina, acecha a su enemigo, y, rastrero y cobarde, le clava un puñal en el corazón; tiene esclavos, así como suena; esclavos a quienes apalea y acorrala, y vende y cambia y anuncia, como si fueran bestias; y por último, so pretexto de un pudor que, a serlo, infamara al mismo Lucifer, más de dos veces arroja al fondo de una letrina el fruto de su propia sangre. Para coronamiento de gloria de la especie, recuérdese que ésta necesita una ley y un verdugo para matar con hierro a quien con hierro mata. Ahora, respóndaseme con franqueza: ¿Es esto devorar a sus semejantes? Y si no lo es, de ello a comerse uno al vecino en pepitoria, ¿hay muchos pasos de distancia? Que se ponga de moda en París la carne humana como se ha puesto la de caballo, y, aunque no peco de rollizo, verán ustedes lo que tardo yo en liar el petate y en buscar, más que deprisa, una guarida donde jamás haya respirado la prole de Adán. Entre tanto, bueno es que conste que veinte siglos ha dijo Plauto: Homo, homini lupus: el hombre es lobo para el hombre. Su enfermedad, como se ve, procede de muy atrás; y como quiera que, lejos de decrecer, ha ido en aumento, puede fundarse en ello la esperanza de que, si Dios no lo remedia, no ha de sanar en los siglos de los siglos. Tal es el único consuelo que puedo ofrecer en este instante a las especies inferiores, que, como el hombre mismo, gimen bajo la tiranía del lobo del poeta. 1870 Es evidente que el hombre se acostumbra a todo. Ama con delirio a su esposa, a su hijo, a su madre: cree que si la muerte le arrebatara el objeto de su amor, no podría sobrevivirle; y llega la muerte al cabo, y le lleva la prenda querida... y no se muere: la llora una semana, suspira un mes, viste de luto un año; y con el crespón que arranca de su sombrero a los trece meses, desarraiga de su pecho el último recuerdo doloroso. Vive en la opulencia, contempla la miseria que agobia a su vecino, y cree de buena fe que si él se arruinara sucumbiría al rigor de la desesperación antes que aclimatarse a las privaciones, a la levita mugrienta, a la estrechez de una buhardilla y, sobre todo, al desdén de los ricos. Y un día la inestable rueda da media vuelta, y le coge debajo, y le desocupa los bolsillos, y le desgarra el frac, y le reduce a la más precaria de las situaciones; y lejos de morirse, frota y cepilla sus harapos, devora los mendrugos de su miseria, y con cada humillación que le produce el desprecio de sus mismas hechuras, más afortunadas que él, siente mayor apego a la vida. Quien se imagina, porque nació en América, que sin aquel sol, sin plátanos, sin dril y jipi-japa, fenecería en breve; y la suerte le trasplanta a la mismísima Laponia, y allí, bajo una choza de hielo, sin sol, chupando témpanos, royendo correas de bacalao y vestido de pieles, engorda como un tudesco. Quien otro, artista fanático, gana el pan que le sustenta vergando pipas de aceite o pesando fardos de pimentón... Y si así no fuera; si Dios, en su infinita misericordia, al echar sobre la raza de Adán tantísima desdicha, tanta contrariedad, no hubiera dado al hombre una memoria frágil, un corazón ingrato, un cuerpo de hierro y una razón débil y tornadiza, ¿cómo llegaría al término de su peregrinación por este mundo pícaro sin ser un santo? Pues bien; esta misma ley, que tal se enseñorea de nuestro corazón y de nuestro temperamento, por su propio e inatacable origen, se impone también al humano criterio y le obliga a aceptar como casas corrientes los absurdos más peligrosos. No es otra la razón del baile, como fórmula solemne del regocijo social en la Europa civilizada, donde, oficialmente, el rubor, la compostura, el decoro de la doncella, tienen un culto; ni me explico de distinta manera la causa de que en esos certámenes lujosos de la escogida sociedad, sea la mujer casada la que da el tono en salones, espectáculos y paseos, con pleno, omnímodo, amplísimo consentimiento de su legítimo consorte. Y ahora que estamos en nuestro terreno, discurramos sobre este hecho tan notorio como transcendental. Y pregunto yo: -¿Para qué se adorna la mujer? Y me responden todas ellas: -Para embellecer más y más nuestros naturales atractivos. -Y ¿por qué queréis embellecerlos más y más? -vuelvo a preguntar. -Por rendir culto a un sentimiento de amor a lo bello, que es innato en nosotras -vuelven a responderme-; por parecer bien, como se dice vulgarmente. -Y ¿qué es eso de parecer bien, tratándose de la mujer? -insistió. -Causar cierta complacencia en los hombres de buen gusto, y la mayor curiosidad posible en las mujeres de nuestra esfera -me responden aún. -Y ¿qué pasa por los hombres cuando se deleitan en la contemplación de los hechizos de una mujer?... Aquí callan éstas, quizá por ignorancia, acaso por prudencia; pero callan. Mas, en su defecto, responde la experiencia de mis francos lectores: -Un deseo más o menos vehemente, más o menos pronunciado, de esos mismos hechizos. -Luego -concluyo yo-, la mujer que adorna sus naturales gracias con el fin de embellecerlas más y más a los ojos voraces de los hombres, si deliberadamente no provoca el asedio de éstos, da, cuando menos, ocasión a él. Esto es lógica pura. Ahora bien: no tengo inconveniente en admitir esta conclusión para la mujer soltera, que, al cabo, con ese anzuelo se pescan casi todos los maridos; pero la que ya le tiene, ¿debe ostensiblemente aceptarla para sí? ¿Puede, acaso, sin su propio desdoro? No, seguramente. Y aquí me sale al encuentro un hecho que se está dando testerazos con esta ley. Mientras la mujer es soltera, las faltas que cometa refluyen sobre ella exclusivamente, y nadie más que ella paga, a costa de su porvenir, las flaquezas o debilidades de su fortaleza; pero desde el momento en que se casa, todos sus deslices redundan en desprestigio, en desdoro de su marido. Pues bien: el hombre sabe esto (¡como que en su egoísmo lo ha dictado él como una ley social!), y, sin embargo, en su ciega obstinación, cuando se trata de la hija, toda precaución se le antoja escasa, y cuando se trata de la esposa, toda libertad le parece poco. A la primera le exige un guardián asalariado para la calle, cuando carece de una madre o de una hermana, no soltera, que le preste el amparo de su autoridad; le tasa el número y la clase de espectáculos y las horas de paseo; le prescribe el modo de andar, las expresiones del rostro y los asuntos de sus conversaciones; le fija el color, la calidad, la forma de sus vestidos, y hasta le impone las horas de descanso y los platos de su comida. A la segunda, ni una traba, ni una restricción en su conducta pública o privada: es libre como el aire; va por donde quiere y como y cuando quiera; viste lo que más le gusta; habla de lo que se le antoja y se ocupa en lo que más le agrada. En suma: a la doncella, todas las seguridades; a la casada, a su propia mujer, es decir, a su propio honor, todos los peligros. Áteme usted esa perspicacia por donde pueda... y prosigamos. Decía que la mujer casada no aceptaría jamás, ostensiblemente, como móvil de su presunción, el efecto sensual que he definido; al contrario, sostienen todas que al rendir a la moda ese ostentoso testimonio de adoración, no les anima otro afán que el de satisfacer esa misma pasión; que visten, que bailan y que pasean como el gastrónomo come y bebe el sediento y estudia el sabio; pero que, en todo caso, aun cuando (y esto lo dicen en confianza y muy bajito), aun cuando el efecto que causan en el otro sexo sus exhibiciones y coqueterías les fuera previamente conocido, ningún peligro corrían en ello, ni tampoco sus maridos, supuesto que el sentimiento de los deberes, su educación, etc., etc... se opondrían, y que es un agravio hasta hacerlas capaces, por un instante, de exponerse siquiera a... y que su distinción por arriba, y que su dignidad por abajo... En fin, que no puede ser. Yo voy a demostrar que sí. Al efecto, examinemos su tesis. «Que visten y bailan y triunfan por el mero afán de vestir, de bailar y de triunfar; y que aunque otra cosa fuera, ningún riesgo corrían en ello ni su honra ni la de sus maridos». Tenemos aquí dos aseveraciones, a cual más importante, que rebatir; y para proceder en orden y con mejor éxito, empiezo haciéndome cargo de la primera. La mujer que necesito para ejemplo la conoce perfectamente el lector, y se la encuentra todos los días en la calle, en los entierros, en el teatro, en el paseo, en las tiendas; en todas partes menos en su casa. El invierno, el verano, el frío, el calor, la lluvia, el sol, las tinieblas, la alegría, las lágrimas de los demás... todas las estaciones, todas las horas, todas las circunstancias climatéricas, meteorológicas y astronómicas, todas las preocupaciones, todos los acontecimientos sociales, políticos y religiosos la ayudan en su empresa; todo lo explota para sus fines. Con el barro, se luce una bota hecha ad hoc en Francia; sobre el polvo, se arrastran unas enaguas que harían la fortuna de un pobre; con el frío, se ostentan las ricas pieles y el pesado terciopelo; con el calor, las gasas leves; de noche, el abrigo fantástico; en el duelo, la mantilla de encajes, el rosario de gruesos corales o las doradas cifras del devocionario relié en oloroso cuero; en el baile, en los salones... ¡oh, aquí todos los recursos de la fortuna, de la naturaleza y de la coquetería! Esta mujer no existe solamente en los grandes centros de la elegancia: existe también en la más humilde capital de provincia. En la corte será su teatro más grande, más aparatoso; pero su papel es el mismo en los pueblos provincianos, con la ventaja de ser en éstos sus relumbrones de mayor efecto, su vocación más enérgica, su voluntad más decidida. En una como en otra región, este tipo vive para todo menos para su familia, y de todos se deja ver menos de sus hijos y de su cocinera. Los demás puntos de diferencia importan poco o nada en los tiempos que corremos; y lejos de las etiquetas palaciegas, una ejecutoria de rancia nobleza se suple fácilmente con un caudal efectivo... o aparente, con un destino bien remunerado, o con uno de esos créditos de prestidigitación que, por más que no se conciban en su origen, se dejan apreciar a cada paso en sus efectos. La posesión de cualquiera de estos diplomas y un palmito regular, bastan a un mujer vana para hacerla creer que no es vulgo, que es distinguida. Inmediatamente, no conformándose con que su propio convencimiento se lo diga, exige el testimonio de alguno más; después no le basta que dos, diez o veinte que la hallan al paso se lo confirmen: necesita hacerse sentir en todo el círculo de sus semejantes. Así se lanza a la carrera del buen tono. Si el porvenir se vislumbra en ella, se observa entonces que adquiere popularidad en esta esfera su hechizo especial; verbigracia, la pantorrilla, un lunar en el hombro... algo que pertenezca al catálogo de lo oculto y a la jurisdicción exclusiva de los ojos de su marido. Es de advertir que cada mujer de esta madera tiene su especialidad por el estilo, y también es de notar que no ignora que los hombres la conocen en todos sus detalles... y que no la conocen éstos por haber sondeado con ojo profano los misterios del tocador, sino porque ella la ha puesto córam pópulo con la frecuencia necesaria y en ocasión oportuna. Así las cosas, necesita popularizarse toda entera; y, por ende, aspira a que de ella se hable como del sol; que nadie ponga en duda sus resplandores; a que sean proverbiales su belleza y su elegancia, hasta entre aquellos que no la han visto. Si lo consigue, un síntoma infalible se lo da a entender: deja de ser señora, y se convierte simplemente en Fulana de Tal, sin más doña, ni más de, ni otra zarandaja; o en Fulanita, o Fula, o Fulita Tal; con la cual contracción, tan lisa y llana, la citan siempre en sus recuerdos pollos, modistas, solterones, cursis y demás gente nociva... y la prensa, si la hay en el pueblo, que sí la habrá, gracias a Dios, para sahumerio, cuando menos, de estos ídolos, y decirnos si van o si vienen, o si vestían de nube o de carámbano la noche de la recepción de X o de Z. La popularidad en esta forma es la consagración del apetecido encumbramiento de la heroína. Los hombres la admiran y la codician; las mujeres la odian. Triunfo completo. Sustancia de todo este potaje: una mujer a la moda, que aspira siempre, y en ocasiones llega, a ser una mujer de moda. Esta aspiración significa: una lucha sin cuartel con todas y cada una de las mujeres que se dirigen al mismo fin, y con las que a él han llegado ya; arrancar a éstas el cetro y conquistar a todas ellas su corte, o sean sus apasionados satélites. Entre éstos hay mucho tonto, es verdad: muchos hombres que sólo anhelan que el público los vea en familiar inteligencia con el astro de moda; pero los hay también muy diestros y muy pegajosos, que van derechos al bulto, y no gustan de perder el tiempo en escarceos inocentes. Es preciso, pues, tolerar a los unos; transigir, hasta cierto punto, con los otros, y mostrarse afable, nada escrupulosa y un tantico insinuante con todos. (Aquí asoma la oreja la causa de la publicidad del precitado hechizo secreto). Y poner en juego el arsenal de recursos que tal campaña exige; defenderse, acometer, herir con ellos, según las circunstancias, y no conocer sus respectivos efectos la misma persona que los maneja con magistral habilidad, ¿es posible acaso? Concediendo cuanto en este asunto puede concederse, admito que no sea la sensación de marras en el otro sexo el móvil único y exclusivo de los alardes públicos de esta mujer; pero negar que la conoce y que la acepta como el arma más poderosa para llegar al fin que se propone... es imposible, porque está a la vista. Y demostrada así la falsedad de su primera aseveración, paso a destruir la segunda: tarea harto fácil en verdad. «Que aun conociendo la mujer casada el susodicho efecto; aun siendo éste el móvil de sus afanes, ni para su honra ni para la de su marido hay peligro en entregarse a ellos». Demos de lado todo lo que se viene preceptuando, desde Jesucristo hasta el último de nuestros moralistas, acerca de la conducta pública y privada que debe observar una buena esposa: fuera esta arma, por su temple, demasiado ventajosa para mí; y arguyendo sólo al sentido común, prescindamos también del estado, y consideremos a la mujer como sexo simplemente. Y ahora respóndaseme: -la que tiene por oficio hacer ostentación pública de sus atractivos morales, físicos y artificiales; aceptar lisonjas y galanteos, y resistir más de un asedio tenaz, ¿se expone a sucumbir en la lucha? Es evidente que sí; y aunque la historia de la humana debilidad no lo enseñara, me lo confirmaría el hombre mismo, el vencedor en esas luchas, poniendo un guardián a la virtud de su hija, de cuyas fuerzas desconfía, porque él las ha probado en otro terreno análogo. Y si la hija es débil, ¿por qué no ha de serio la esposa joven? ¿Tienen acaso distinta naturaleza? Pero aún quiero suponer, cerrando los ojos a la elocuencia de los mil desastres conyugales que recuerdo, que todas las mujeres de moda salen vencedoras e incólumes de sus luchas. La fama que en ellas adquieren pregona la posibilidad, y, muy a menudo, las probabilidades de todo lo contrario. Una mujer casada, como la del tipo que nos ocupa, lo primero de que prescinde es de sus deberes domésticos, de los derechos, de la autoridad, de la consideración, de todo lo que se refiere a su marido. Pues este síntoma, según Balzac, hombre competentísimo en la materia, se presenta siempre que la mujer está resuelta a profanar la fe conyugal; y no es lo peor que lo diga él, sino que los hechos comprueban, con una precisión horrible, la exactitud de la máxima. Callo, en obsequio a la especie, la definición que da el mismo filósofo de la mujer que vive, como ésta, de sus vanidades mundanas: sus adjetivos sacan sangre, y yo no soy cruel. Recomiendo, en su defecto, la no menos autorizada opinión, aunque más suave, del sublime Cervantes, a propósito del mismo asunto. «La buena mujer, dice, no alcanza la buena fama solamente con ser buena, sino con parecerlo». Verdad es que las aludidas podrán objetar a este sabio dictamen: «Nosotras no buscamos buena fama, sino que, conservando la que ya tenemos adquirida, vamos, en alas de nuestro gusto, por la atmósfera de nuestras inclinaciones». Pero es el caso que el sutil manco, como si previera esta objeción, añadió, para confundirla, la siguiente friolera: «Mucho más dañan a la honra de las mujeres las desenvolturas y libertades públicas, que las maldades secretas». Aunque esta máxima es contundente, yo quiero todavía prescindir de ella para dar la mayor amplitud posible a la defensa de las acusadas. «Balzac y Cervantes», podrán decir éstas, «no pasan de ser dos hombres de mucho talento... según fama, pues nosotras jamás los hemos visto en la sociedad, y, por tanto, sus opiniones no son al cabo más que... dos opiniones particulares». Aceptando yo, por un momento, tamaña herejía, en mi propósito de atacar al enemigo (vamos al decir) en sus trincheras, apelo ahora a la sinceridad de los mismos satélites de esas señoras, o, lo que es igual, sus apasionados, sus aduladores, sus amigos, las personas que más las admiran, acatan, estiman y consideran, y les pregunto: -Resueltos a casaros, ¿elegiríais para mujer propia a una de ésas?... Pongo las dos orejas por la negativa. Ergo... No formulo la consecuencia, porque está en la mente de todos, hasta en la de las aludidas, aun desde antes que yo estableciera como premisas los hechos consignados hasta aquí. Una vez demostrada la existencia del peligro para la mujer, es evidente, por necesidad, el del hombre, que, a este propósito, no es más que un cuerpo con la desdichada virtud de reflejar, en tamaño centuplicado, la menor de las máculas de la honra de su adjunta. Habrán observado ustedes que a medida que adquiere popularidad en el mundo el nombre de una mujer, va olvidándose el de su marido; y que cuando la primera está en la cumbre de su triunfal carrera, cuando se la cita en todas partes con la llaneza que más atrás indiqué, el segundo ha perdido todos sus títulos personales. Verbigracia: -¿Quién es ese sujeto? -pregunto, al pasar junto a uno que, sin saber por qué, me llama la atención. -El marido de Fulanita de Tal -me responden. No tengo más que averiguar... Ya sé que aquel sujeto es.. nadie, menos que nadie, el que paga los despilfarros de la mujer cuyo nombre arrastra. No puede darse, para un nieto de Caín, una condición más humillante, un desprestigio más lastimoso. Pues esto es lo menos que le cuesta a un marido la gloria de serlo de una mujer de moda, ¡lo menos! Y, sin embargo, con ello habría sobrado para... Les aseguro a ustedes que, pensando en la posibilidad de despertar de un sueño semejante, se concibe hasta la morcilla municipal. La idea de esta posible catástrofe me excusa de extender mis consideraciones hasta los casos de lesión enormísima en el honor conyugal por los propios excesos elegantes de la mujer. El lector, no obstante, puede discurrir sobre este tema, y de su cuenta y riesgo, cuanto guste: yo, entre tanto, voy a permitirme hacer una salvedad, que juzgo necesaria en mis inofensivos propósitos. Al condenar la pasión desenfrenada del lujo y de la popularidad en la mujer casada, no pretendo someter a ésta a su antigua condición de esclava, ni transformarla en beata gazmoña, ni condenarla a perpetua clausura: tan peligroso sería cualquiera de estos extremos como el otro para la felicidad conyugal. El menos severo de los moralistas cristianos, dice: time Deum et fac quod vis. En la necesidad de formular yo mi pensamiento sobre el asunto en cuestión, diría algo parecido a este sabio precepto a las señoras mujeres... «Cumplid con vuestros deberes de esposas, y después haced lo que os acomode»; bien entendido que, sujetándose ellas a la condición de la primera cláusula no me apuraría por verlas disfrutar ampliamente de la libertad entendida en la segunda. Ni la visita, ni el vestido, ni el paseo, ni el mismo rigodón, aliquando, presentarían entonces a mis ojos el menor síntoma alarmante. Sin embargo, antes de solemnizar este contrato, precisaría con toda claridad un punto interesantísimo, para evitar ulteriores disgustos: yo entiendo por deberes de esposa su atención constante hacia esos mil detalles domésticos que constituyen el fundamento de la vida íntima, desde el estrado hasta la cocina, desde los calcetines del niño hasta el ropero del marido... ¡Oh, el marido sobre todo! Sus derechos, su prestigio; nada antes que él. La tan ilustre por el talento como por la cuna, la condesa Dash, dice a este propósito: «tu único, tu urgente negocio (se dirige a la mujer casada), es agradar a tu marido, conservar su ternura y esparcir en torno vuestro un aura de poesía que le impida pensar en otra cosa... Vela tú misma por lo que él tenga en más estima, y no confíes a los criados el cuidado de su ropa y de su gabinete: debe encontrarte en todo cuanto le rodee, y agradecer tus cuidados y tu amor». Elijo de intento esta autoridad, porque su doble carácter de mujer y de mujer del gran mundo, presta al consejo mayor importancia. Las razones en que le funda esta célebre escritora pueden servir a la vez como testimonio de mi sinceridad al proponer semejante plan de conducta: «No olvides, continúa, que el marido es el jefe, por Dios y por la ley, por la sociedad y por la naturaleza: tú eres débil, él es tu apoyo y tu protector... ¡y nada más dulce que ser protegida por aquél a quien se ama!». Conspirando a un fin tan dichoso, no cabe egoísmo en proponer los medios que yo he propuesto, ni aceptándolos es posible verlos por su lado prosaico. De acuerdo sobre este punto ella y yo, firmaría, con la fe de un bienaventurado, el convenio de más atrás... et si non, non; entonces, y sólo entonces, le diría sin el menor recelo: «Haz lo que te dé la gana»; entonces, y sólo entonces, la vería, sin estremecerme, abarrotar su tocador, porque seguro estaría de que, al encerrarse en él, conforme al consejo de la misma ilustre señora, «para asearse, todo le parecería poco; para pintarse, todo le parecía mucho», fórmula cuya aparente trivialidad abarca entero el modelo de una mujer discreta. Mientras a él se ajustan las de mi cuento (que no se ajustarán), retournons a nos moutons; es decir, vuelvo a mi tema. -No comprendo cómo es la mujer casada la que da el tono en paseos, salones y espectáculos, siendo tan notorios los riesgos que en la empresa corre el prestigio de su marido... He dicho mal: comprendo que la mujer casada aspire a esos triunfos de su vanidad, y que a ellos consagre todos sus afanes; lo que al sentido común se resiste es que lo tolere, y hasta lo aplauda (¡borrego!) su marido. Por eso dije al principio, y lo he demostrado con un ejemplo más, que el hombre se acostumbra a todo. Ahora, si ustedes me preguntan que cómo este supremo legislador de costumbres, egoísta y tiranuelo por naturaleza, arregló las cosas de tal manera; cómo promulgó esa ley cuya ejecución había de caer sobre su propia mollera a modo de infamante coroza; cómo, en fin, se colocó, pudiendo evitarlo, en la necesidad de mostrar tan inaudita mansedumbre; si ustedes, repito, me preguntan esto... tampoco sabré dar una respuesta satisfactoria, porque no soy fatalista. Y a fe que, si lo fuera, nunca podría citar con mayor oportunidad que ahora, el tan sabido apotegma pagano: Quos Júpiter vult perdere, dementat prius. 1870 2 Cándidos hay todavía que creen que existe sobre la tierra algún rinconcillo donde es posible la paz del espíritu, y, como consecuencia inmediata, el perfecto equilibrio de los humores. Las grandes pasiones, los choques infinitos de los múltiples elementos y encontradas tendencias que constituyen la vida social en los grandes centros de población, aturden al hombre pacífico y sedentario. -¡Dichoso el campesino -exclama a menudo-, que vive sin ruido, sin política, sin literatos, sin filosofía, sin periódicos, sin gas, sin talleres... y sin guantes! El sol refulgente, la pradera florida, el verde follaje, el río murmurando, la dulce brisa, las mieses fecundas, la sonora esquila y el santo trabajo a la luz del astro vivificante, para depositar en las entrañas de la madre tierra el leve grano que, bendecido por la mano de Dios, ha de producir la suculenta hogaza... Esta es la vida. ¡Gloria a Dios en las alturas, y paz a los hombres de buena voluntad! Concédanme ustedes que no hay versión más admitida entre los desengañados de la civilización. Pero ¿dónde está ese rincón bendecido? Yo le buscara con más ahínco que el ilustre genovés el Nuevo Mundo entre los misterios del virgen Océano; yo trocara estos hábitos, refinados por la civilización, por el burdo ropaje del labriego, y la pluma con que trazo estos rasgos por el timón del arado, si bajo los duros pliegues del tosco vellón y revolviendo las costras de la tierra, callaran todos mis deseos, renacieran mis juveniles esperanzas, tornara a mi imaginación el color de las rosas, y rendido mi cuerpo por el trabajo de todo un día, hallara, aunque en pobre lecho, el perfecto reposo... Y eso, lector, que no soy, a Dios gracias, de los más infortunados mortales; que mato con repugnancia hasta el insecto que me destruye las flores del jardín, y no he robado al vecino ni a la Hacienda el pan que comen mis hijos. ¡Qué fuera, gran Dios, si me infundiera espanto la guardia civil! ¡Ah! Podrán variar hasta el infinito el peso y la calidad de la cruz, según las fuerzas y la condición de quien la lleve a cuestas; pero es innegable que allí donde existe un hombre, hay una cruz que le agobia. Lo del aire puro, lo de la luz radiante, lo de la humilde choza o del soberbio palacio, lo del paño burdo y del frac ridículo, aunque son la verdad pura, no pasan de ser meros detalles de paisaje, simples accidentes del inevitable Calvario social en que hemos de morir crucificados. Cierto es que el sencillo aldeano no conoce el tufillo de las modernas industrias, ni el de los artículos de fondo, ni se ha inscrito en la Internacional, ni frecuenta el Salón de Conferencias, ni está al tanto de los motivos primordiales de ciertas crisis ruidosas, ni da una higa por todos los derechos políticos, ni conoce las visitas de etiqueta; pero no es menos cierto que paga los desmanes, y las ambiciones, y las calaveradas de los periódicos y de la Internacional, y las intrigas de los pasillos del Congreso... y hasta las alfombras de los pasillos. Con sus hijos, porque la gente ilustrada armó un cisco gordo, y se necesitan hombres para defender al Gobierno y a las instituciones que se hallan en peligro; con sus pobres ahorros porque los grandes ejércitos y los grandes destinos consumen mucho dinero, y con su hogar y su cosecha a veces, porque las vicisitudes de la guerra se la llevaron a las puertas de su casa, y se la destruyó una bomba por casualidad, o se la arrasaron de intento, porque estorbaba a la visual de una batería inmediata. Además, como pecado ingénito y cruz peculiar, tiene el campesino sus pasiones non sanctas, sus deudas de taberna, su tercio para caer3, su res enferma, su vecino envidioso, su vecina deslenguada, su pleito muy a menudo; y, por último, la desdicha que no conocéis, la plaga que no adivináis, viciosos de la ciudad; la pesadilla que jamás os ha quitado el sueño, dormilones del gran mundo: tiene, en una palabra, al secretario de su ayuntamiento. Esta es la gran cruz, digo, la cruz grande de los pueblos rurales, el espantajo de su tranquilidad, el abismo de sus economías... el tirano de la aldea. Y aquí debo yo hacer una salvedad muy importante, tanto en honra de los que desempeñan este respetable cargo dentro de las atribuciones que le son propias, como en aclaración del verdadero asunto de este Esbozo. En las grandes agrupaciones municipales, o allí donde, junto a la riqueza rústica, tienen alguna representación otras industrias lucrativas, no hay que buscar al personaje aludido. El destino está bien remunerado, ha habido muchos aspirantes, y ha podido elegirse uno verdaderamente capaz, suficientemente ilustrado y honrado a carta cabal. Este secretario, lejos de ser una calamidad para el pueblo, es el mejor amigo del ignorante labriego, y el procurador más desinteresado en todos sus apuros con el municipio. Conozco muchos funcionarios así, y me honro con la amistad de algunos de ellos. Al tirano de mi cuento se le encuentra en esos pequeños municipios que tanto abundan en las provincias del Norte y Occidente, compuestos de aldeanos de pura raza, sin excepción quizá de una levita temporera, apegados a sus yuntas y a sus tierras, como el marisco a la roca, sin más ciencia, sin más literatura, sin más necesidades intelectuales; en esos rinconcitos contribuyentes, de los que jamás se acuerda el Gobierno si no es para sacarles sus hijos y su dinero. Mi personaje pertenece, en suma, al grupo de secretarios de ayuntamientos de los lugares, que son (al decir de Fernán Caballero) los más malos, los más venales, los más tiranos y los más opresores de los hombres4. La plaza está pobremente remunerada, y tuvo pocos golosos que la pretendieran. Sólo un indígena puede con ella, y un indígena la explota. ¿Cómo la consiguió? No es fácil decirlo, porque no se sigue en esto una tramitación determinada. Era el tal menos apegado que sus convecinos a los trabajos agrícolas, díscolo además y turbulento; no tenía mala letra y escribía con soltura; sabía en aritmética algo más que las cuatro reglas, y sustituía al maestro de escuela en ausencias y enfermedades; pintaba en el aire unas cuentas municipales; escamoteaba como un prestidigitador la riqueza imponible a las barbas de la misma administración de Hacienda... quizá sacó alguna vez al ayuntamiento de alguna maraña peligrosa, y libró con ello de un grillete a los inocentes concejales... ¡qué sé yo! Ello es lo cierto que de la noche a la mañana se hallaron sus convecinos amarrados a su omnipotencia, como pollino al árbol de la noria. Y no borro la comparación, porque como a pollinos entre varas los trata el tiranuelo. El cual no tiene otras rentas ostensibles que los tres mil escasos reales que vale el destino; y no obstante, traga más vino que una cuba; cada sábado va de caracolada y cada lunes de callos con arroz: el resto de la semana, ferias y mercados, para cuyos viajes tiene un tordillo de buen andar; viste bien y tiene moza, amén de la familia, numerosa, eso sí, pero rollicita y bien trajeada. No se le conocen deudas. Una administración municipal no se hace odiosa a un aldeano por el solo delito de ser algo más cara que otras que la antecedieron: suspira, murmura, pero no pierde el sueño porque le pidan el recargo, y el recargo del recargo, y el tanto por ciento más sobre todos estos recargos, y dos del anticipo, y tres del empréstito, y cinco de consumos, y tanto del puerto, y cuánto de los pastores, y esto para el médico, y lo otro para el señor cura. Todas éstas y otras exacciones llevan apariencia legal: el aldeano cuenta siempre con ellas o con otras parecidas; y aunque alguien más sagaz pudiera, con mucha frecuencia, hallar no poco que tachar, así en la calidad como en la cantidad de lo exigido, él lo paga religiosamente y no se escandaliza, porque no le extrañan los motivos. Pero es el caso que, después de descansar pagando, como en señal de su ingénita honradez dice el pobre hombre, logra éste, a fuerza de privaciones, esconder un roñoso ochavo en el pico del arca. Aquel ochavo es, con otros que irá juntando poco a poco, una chaqueta nueva para él, o una saya para su hija, o el puchero limpio del primero de la familia que caiga en cama, o el socorro para el chico si la suerte se le lleva al servicio de las armas, o el calor del invierno, o el pan de la primavera. Robarle aquel ochavo es robarle la paz, el sueño, el mayor pedazo de su alma. Pues bien: este ochavo es, precisamente, el ochavo del secretario. Cómo le huele, no siempre se sabe, ni nos importa. Cómo le saca, es lo que iremos viendo poco a poco. Al efecto, extendamos más el lienzo y bosquejemos algunos accesorios esenciales a la figura principal. La corporación municipal, como que en el pueblo no hay otra cosa, se compone de media docena de toscos, sencillos e ignorantes labriegos, para quienes es una carga insoportable la obligación de asistir a las sesiones. Generalmente, estos concejales ignoran por qué y para qué lo son; cuáles son sus atribuciones y hasta dónde alcanzan. El secretario preside, el secretario habla, el secretario resuelve, el secretario lo hace todo. El alcalde y los concejales firman como autómatas, y no pocas veces temblando, como soldado novel que corre a la brecha en pos de su jefe, y teme que aquel esfuerzo de disciplina le cueste la vida. Porque es de advertir que estos pobres hombres, recelosos por naturaleza, y que tantas cosas ignoran, no desconocen que están amarrados como bestias a la voluntad del secretario. El juez de paz, o municipal, es otro campesino de la misma madera que los concejales: deletrea mal el catecismo, apenas sabe firmar, y así entiende de códigos y de interpretar leyes, como de capar cigarras. Mal sentado en el tosco banco de la justicia, sabe decir tartamudeando: -Hable Juan, o conteste Pedro -y Juan y Pedro hablan y riñen, y aun quizá se cascan las liendres. Y nada más. Pero el juez tiene a su lado un secretario, y este secretario habla, discurre y sentencia por el juez, que no da señales de vida sino para firmar la sentencia. El tal secretario es el mismo del ayuntamiento, porque el juzgado no produce bastante para permitirse el lujo de uno especial. Y he aquí cómo viene a tener en sus manos la administración municipal y la de justicia, libre de toda responsabilidad. Pero todavía tiene más. El solemnizar un contrato de venta con un documento público, trae, según él, el compromiso y los derechos del registro; el registro una declaración oficial de la finca, y esta declaración la contribución subsiguiente. Es preferible un documento privado, a lo más en un pliego del sello 9º. extendido ante él, que, sin rúbricas ni garabatos, da tanta fe como el más guapo, y a mitad de precio que el escribano. Y así se hace. Por un procedimiento análogo recibe la última voluntad de sus convecinos in articulo mortis. Se ve, pues, que también es depositario de la fe pública. Es dueño del monte, porque el guarda es obra suya; y lo es también, en cierto modo, del médico, del maestro y hasta del párroco, por razones que iremos viendo. Amén de otros recursos, que el lector deducirá fácilmente, tiene uno más, que puede considerarse como el mejor filón de su mina: un apoderado universal del ayuntamiento en la capital de la provincia. Este hombre es, por lo común, un bribón de siete sucias, capaz de pegársela al lucero del alba, concursado veinte veces y procesado criminalmente otras tantas. Por último, tiene guardadas las espaldas por un señorón, que nunca falta en la ciudad, de esos que en todo ven por disculpa la razón de Estado, y que a todo trance le ampara y sostiene, aunque le salten a las barbas rociadas del fango que no ha logrado tapar con su influencia omnipotente. Conocidos ya sus principales instrumentos, hemos de ver ahora cómo maneja algunos de ellos; y no todos, porque fuera ofender la perspicacia del lector irle enumerando uno a uno cuantos recursos tiene un secretario de esta calaña para hacer un buen agosto en el campo de lo que pudiéramos llamar trampas corrientes del oficio, después de haber dicho que el ayuntamiento que le paga es sordo, mudo y ciego, y que el pobre pueblo está amarrado a sus antojos como borrico a la noria. Fijémonos, por ejemplo, en la época de quintas, que es, de todas las del año, la más socorrida para el secretario. Por de pronto, si éste tiene un hijo sorteado, le libra a todo trance, aunque sea más sano y robusto que una encina, le haya tocado el número 1 y no esté comprendido en ninguna de las exenciones que marca el cuadro. En último caso, se forja un expediente declarándole hijo o nieto único de padre o abuelo sexagenario y pobre, aunque tenga otros hermanos, y el abuelo más nietos, y el padre no llegue a los cuarenta, y el padre y el abuelo vivan de sus rentas como unos caballeros. Y es de notar que todo esto lo saben los infelices sacrificados; pero se les fascina con un fárrago de palabrotas estampadas en un papel sellado, a cuyo pie, para mayor escarnio, se les hace poner sus firmas, cerrando de este modo todo pretexto a ulteriores reclamaciones contra semejante felonía. Para conseguir tal resultado, basta, generalmente, el miedo que inspira el tiranuelo a los sencillos aldeanos; pero si éstos se resisten, se les hace creer que hay el proyecto de presentar ante el Consejo provincial a todos los mozos sorteados exentos del servicio, por medio de expedientes arreglados por el secretario, a condición de que todos los interesados se presten a formar a su gusto el de su hijo. Lo que después de servido hace el pícaro con los incautos que le ayudaron, no lo saben éstos hasta que en la capital se verifica la declaración de soldados, y se examinan los fárragos, intencionalmente incomprensibles, que, como áncoras de salvación de sus hijos, llevaban los pobres hombres guardados cuidadosamente en el bolsillo más hondo de sus burdos chaquetones. Pedro y Juan son dos mozos que han jugado la suerte juntos. Pedro fue declarado libre en el ayuntamiento, y Juan, soldado; por lo cual Juan protestó a Pedro. Pero el secretario, que es hombre previsor y sabe que ni el padre de Juan ni el de Pedro dejan de apurar los recursos que estén a sus alcances por un punado de duros, pues los tienen para tales casos, si no al pico del arca, en una res o en unas tierras, echándosela de magnánimo y compasivo, le dice a Juan: -Creo que puedes ganar este negocio si sabes trabajarle en la capital. No seas tonto: sacrifica una onza, y yo te diré quién te ha de sacar triunfante. El inocente se deja seducir, y poco después recibe una cartita de recomendación, que te da el seductor para cierto caballero de la ciudad. -Entrégasela mañana mismo -le dice-, porque me consta que Pedro piensa ver también al mismo sujeto. Luego se avista con Pedro, le hace las mismas reflexiones que a Juan, y le añade: -Sé que Juan va mañana a ver a don Fulano; pero sé también que no le podrá servir, porque es negocio perdido. Aguántate sin apurarte hasta el día de la entrega, y entonces te recomendaré yo a cierta persona que en un momento arregla los imposibles. Entre tanto, presenta Juan la carta al caballero de la ciudad, que no es otro que el apoderado de quien ya se hizo mención. Después de oír al mozo y de leer la credencial, se hace el pensativo, frunce las cejas, ráscase la barbilla, y dice, por último: -Esto es muy grave... y muy caro. Cuando es cuestión de talla o de exenciones físicas, con un par de duros para el tallador, o media onza para el médico, estamos al cabo de la calle; pero estos señores del Consejo pican muy alto, amigo. -Ya lo veo -observa tímidamente el mozo, o su padre, o quien lo represente-; pero quiere decirse que... vamos al decir, en el conceuto de que la cosa marche, probes semos, pero por una onza... u dos... Y el infeliz las hace sonar en la faltriquera para que no se dude de su palabra. El agente oye el sonido como el tigre huele la presa, y se hace el desentendido; y después de meditar un rato, o de fingir que medita, despide al recomendado citándole para dentro de una hora, tiempo que dice necesitar para tantear el terreno. Cuando se vuelven a reunir, el agente está muy sofocado. Ha reñido con unos, ha tenido que empeñar grandes luchas con otros, y se ha visto muy mal para convencerlos a todos. El negocio es ya cuestión de dos onzas; pero a condición (y ésta la obtuvo el agente por un esfuerzo especialísimo que hizo en obsequio a una persona tan digna como el recomendante) de que si el mozo no se libra, se le devolverá el dinero. ¿Qué más celo, qué mayor desinterés puede exigirse a aquel protector? Así pensando, afloja las dos peluconas el desdichado; y con la promesa de no hablar del asunto ni a su propia sombra, porque de descubrirse el ajo tanto sufriría el seductor como los seducidos, vuélvese Juan a su lugar lleno de risueñas esperanzas. La misma escena se representa días después en casa del agente, cuando el secretario le presenta a Pedro para que haga algo por él en las pocas horas que faltan hasta la de la declaración de soldados. Cuando ésta llega, Juan y Pedro admiran al protector, que no cesa de moverse del salón de sesiones a los pasillos, de los pasillos a las oficinas y de las oficinas al cuarto de los médicos. Es verdad que también notan que todos sus trabajos se reducen a dar una sombrerada a unos, a mirar intencionadamente a otros, a salir detrás de aquél y a entrar en pos de éste; pero como lo principal está hecho de víspera y en secreto, basta su presencia allí como recuerdo de lo convenido. El Consejo, entre tanto, declara soldado a Juan. Bien sabía el secretario que uno de los dos tenía que serlo irremisiblemente. El activo protector, en cumplimiento de su palabra, devuelve, pocas horas después, las dos onzas de oro a la persona que representa a Juan. -No se ha podido hacer más -dice al entregar las monedas. Y el que las recibe, al ver tanta honradez, tantos afanes malogrados, ¿qué menos ha de hacer que obsequiar con unos cuantos duros a aquel caballero? Despachado así Juan, le dice a Pedro: -Amigo mío: la cosa ha estado en un tris; llegué a temer que aquellos señores no se conformaran con las dos onzas y se me volvieran atrás: así me lo anunciaron; pero les apreté de firme, y al cabo se conformaron. El presidente, sobre todo, estaba emperrado como un demonio en los sesenta duros. Conque te doy la enhorabuena. Y Pedro, o su padre, conmovido ante tanta adhesión, estrecha la mano de aquel señor generoso, y desliza en ella, por no ofenderle con la oferta, media onceja más, que el otro recibe muy ruboroso y porque no se tome a desaire. De este modo, aun sin la propina, que es eventual, son infalibles las dos onzas, puesto que uno de los dos mozos tenía que ser soldado. No necesito decir que éstas y otras ganancias análogas se parten religiosamente entre el secretario que prepara los negocios, y su asociado que los remata. -¿Y es posible -preguntará el lector menos perspicaz-, que nada sospechen esos pobres hombres? Así debe ser, puesto que el único convencimiento seguro que llevan, de vuelta a su casa, es que los señores que componen el Consejo o la Diputación, todos, sin excepción de uno solo, se venden por un puñado de dinero. Otra vez se trata de un mozo notoriamente inútil por defecto físico, cuyo padre tiene en dinero o en especie algo que explotar. Aunque declarado libre y sin protesta en el ayuntamiento, el secretario le advierte que en la capital le van a dar un disgusto si no se agarra bien. El mozo tiembla, y su padre se resigna a hacer un sacrificio. Una carta para cierto médico célebre, que todo lo arregla en la ciudad, y la promesa de que con menos de quinientos reales quedará el pobre hombre libre de todo recelo, le hacen encaminarse con su hijo en busca de aquella providencia, después de haber malvendido una vaca o hipotecado el huerto, para llenarse de duros el bolsillo. El médico no es otro que el agente consabido. Enterado de la carta de su socio, manda desnudarse al mozo, que tiene una joroba enorme y una pierna más corta que la otra; te palpa, le soba, le exprime, le estira y le sacude, y acaba por decirle que aquello está grave y que, si no anda listo, le van a declarar útil. Felizmente influye él en el Consejo y sobre los facultativos, y puede arreglarlo todo si el interesado hace un sacrificio para tapar la boca a aquella gente hambrienta. Se calcula en veinte duros el esfuerzo, los afloja la víctima; y con la promesa del filántropo médico de que si el chico no se libra se compromete él a ponerle sustituto a sus expensas, vuélvense a su casa padre e hijo, maldiciendo de las leyes del país y de la conciencia de sus intérpretes jurados, porque sin hombres entendidos como el secretario, y benéficos como el médico influyente, ni los pobres jorobados estarían seguros en su pueblo. Lo mismo discurre otro infeliz que, merced a un procedimiento análogo, ha conseguido que sólo le cueste doscientos reales el testimonio de un expediente de quintas archivado en la Diputación, de donde no podía sacarse, según dictamen del secretario, en menos de quince duros, sin la influencia de un amigo suyo que todo lo arregla en la ciudad. Como el señorón sólo hace aquellas cosas por servir a los amigos, el buen hombre le ha dado además tres pesetas para el portero, que, por lo visto, se ocupó en esas pequeñeces oficinescas, a la sombra de la influencia poderosa de aquél; y cree que se ha ahorrado cinco duros, sin sospechar que le han robado diez y medio. Y no quiero citar más ejemplos de este género de infamias, por lo mismo que es inagotable el catálogo. Con la idea que se tiene en los pueblos del saber, de la travesura y de la omnipotencia de un secretario, nada más fácil sería para éste, si le diera por honrado como le da por bribón, que conseguir la concordia completa entre las más enconadas rencillas de sus convecinos. Lejos de esto, las irrita, y procura que se lleven todas a la justicia, para explotarlas a su gusto; y donde no las hay, las enciende con el mismo fin. Un día se ve citado un pobre hombre ante la autoridad. -Se te acusa -dice el secretario mientras el juez eructa despatarrado en su banco-, en parte que pasa el montanero, de haber traído tu hija una carga de quimas. -¡Eran ramas secas, señor! -¡Quimas dice la autoridad!... Ésta sabe también que la susodicha hija tuya saltó la huerta de Juan Bardales, al venir del monte; robó las manzanas y rompió el seto. Ítem, que apedreó las gallinas del mismo vecino en su propio corral. Ítem, que enturbió la fuente pública un poco después, y le rompió el silabario a una niña del mismo sujeto, que iba de la escuela y se encontró con ella. -Señor, la muchacha dice que no cogió una sola manzana; que el seto que se cayó, al entrar ella, volvió a levantarle; que al ver que la acometía el perro, le tiró con una piedra que fue a parar al corral y espantó las gallinas; que por sacar un pendiente que se le cayó en la fuente bebiendo en ella, enturbió el agua; y que si rompió la cartilla a la hija de ese sujeto, fue porque la muchacha la tiró del moño. -Pamema y todo pamema. Pruebas cantan, y aquí están contra ti. Con la menor de ellas se te puede echar a presidio, porque este montón de papeles, que son leyes y decretos, se te va encima. Todo te condena: la Ley de aprovechamiento de aguas, por lo de la fuente; la de orden público, por lo de las pedradas tomoltuosas a las gallinas en propio corral ajeno, y el Código penal, título tantos, artículos tales o cuales,por lo de la huerta, supuesto que ha habido robo con fractura, y fractura también en lo de la cartilla. ¿Y qué fue lo de las quimas más que un robo a mano armada y en despoblado? ¿No fue en el monte? ¿No llevaba tu hija un machete? ¿Pues sabes tú lo que rezan las leyes en tales casos?... ¡Hasta la horca, si a mano viene! Pero la justicia no es rencorosa... y todo puede arreglarse.¿Quieres transigir antes de que escriba el juicio y haya que enviarle al juzgado de primera instancia para que se forme causa criminal? El pobre hombre tiembla y cree, ante tanto papelón oficial como se le enseña, y, sobre todo, ante la idea que tiene de que, si no merece su delito tanta pena, puede la habilidad del secretario conseguir que se la apliquen. -Transijo -dice-, aunque casi ignora por qué se le persigue. Se tasa en seis duros la multa por la leña y los desperfectos de la fuente; págalos el paciente, así como los derechos del juicio, aunque no se ha celebrado, y paga también la convidada en la taberna, de la cual sale a media noche y a medios pelos, admirándose de que el secretario no le haya pedido también las asaduras, pues, lo mismo que la multa, se las hubiera dado sin replicar. En algunas ocasiones estos infelices se arman de valor, y hasta se atreven a consultar sus cuitas con alguna persona más ilustrada y pudiente que ellos. Entonces oyen un consejo sano, que de algo les valdría si le pusieran en práctica; pero antes de volver a su casa, ya les pesa comoun remordimiento porque temen las iras deldéspota si lo descubre, y no descansan hasta dar con él y hacerle beber en su mismo vaso. Porque se han dado casos,muy pocos en verdad, de apelar, en un juicio de faltas, para ante el juez de primera instancia, y ¡qué cola ha traído el atrevimiento! Por de pronto, una sola vez se ha revocado la sentencia del secretario, porque aquel señor que le guarda las espaldas, puede hasta torcer la vara de la justicia. Para eso es influyente en elecciones; y como el secretario le sirve a él en iguales lances, tiene él que servir al secretario a toda costa. La vez que se revocó la sentencia, aunque era inicua, le costó al juez el destino. ¡Conque figúrense ustedes! El hecho es que los perdidosos y el ganancioso sufrieron las mismas consecuencias con respecto a los furores del tirano; porque lo que éste castiga es el atrevimiento de alzarse contra él, no el resultado de la apelación. Al tenor del caso pintado más atrás, calcúlese cuántos puede urdir el bribón para castigar a sus víctimas y sacarles los cuartos. Aun sin estos motivos, no se conoce un ejemplar de que haya sentenciado un juicio conforme a justicia: según el ojo con que mira a cada uno de los litigantes, así sentencia. Por eso la frase sacramental de los desdichados, al verse perseguidos y robados, es ésta siempre: -¿Y qué voy a hacer yo contra ese hombre? ¡Gracias que se ha conformado con esto! Y «esto» es, quizá, el haberse quedado el pobre sin pan y sin camisa. Cuando se muere alguien que deja cosa que valga la pena, y se propone sacar una parte de ello, bien en concepto de manda especial, o de mejora en favor de tal cual pariente, con quien ya se ha puesto de acuerdo, acude a la cabecera del moribundo, papel en mano y pluma en ristre, «porque los abintestatos acaban con las familias». -Lego para misas por mi alma... -dice el que va a morir. -¡Qué alma ni qué calabaza, hombre! Las buenas obras son las que te han de salvar, no los pícaros curas. -Es que San Gregorio... -Los santos no comen. -Es que Dios... -Dios no se mete en estas pequeñeces... Si el testador se convence, se estampa en el papel la voluntad del secretario; y si no... también. Apuradamente aquél casi nunca sabe, o ya no puede, leer ni firmar. Hecho el documento, llama el secretario a siete borregos que ya estaban avisados y reunidos en la taberna inmediata; firman a ciegas, y se acaba la operación. Muerto el testador, cobra el secretario seis duros por sus derechos y el papel; y después que éste se formaliza ante escribano, llámase a la parte y recibe la manda, o lo ofrecido en la mejora que él supo arrancar. Si el secretario necesita madera, va al monte, señala los árboles que le convienen, y dice al guarda: -Túmbalos. A los pocos días se rematan en concejo tantos robles viejos que han aparecido caídos en el suelo, según parte del guarda. Están en lo más inaccesible del monte, y apenas valdrán para quemar. Con estas noticias los puja. Un solo vecino ofrece cinco reales por cada uno; y eso es porque no son para él. De este modo adquiere el secretario media docena de hermosas vigas por treinta reales... Porque el acarreo se le hacen los vecinos por una convidada de aguardiente. Como tiene todas las voluntades en su mano, y éstas pueden volverse contra el médico titular, contra el maestro o contra el cura, cuando a él se le antoje, al primero le ha impuesto la obligación de darle dos mil reales de los diez que le paga el pueblo; al segundo, parte del maíz que recauda, o el equivalente en dinero; y al último, como nada le puede chupar, le tiene prevenido que a la menor alusión que oiga en sus sermones, a su mozona, a sus manejos o a cosa que le pertenezca, le forma un expediente de conspirador que le balda. Cuanto se mueve, cuanto respira, cuanto vive en el pueblo, está sujeto, amarrado, a la voluntad del tirano. Todas las épocas, todos los acontecimientos le sirven para sus fines y le producen dinero; y este dinero es el sudor, la agonía de unos cuantos pobres labriegos, que, sin una cruz como aquélla, quizá fueran felices... hasta donde se puede serio en este pícaro mundo. Por eso todos le maldicen, todos le execran; todos, pero muy bajito, le piden a Dios que se le quite de en medio, como la mayor de las calamidades; mas como todos le temen, todos, entre tanto, marchan sumisos a su voz, como rebaño de esclavos delante del sangriento azote; todos tiemblan en su presencia, y todos le dan de buena gana la camisa, considerando que pudo haberles robado hasta el pellejo... Y ahora caigo en que, entretenido en pintar a este tipo por el lado de sus hechos, no le he dado a conocer por el de su estilo. Sirva, pues, de muestra el siguiente párrafo tomado de un informe suyo cerca de unos terrenos comunales que trató de apropiarse, so pretexto de que había en ellos una charca, la cual se comprometía a cegar si se la cedían a este precio... con el terreno en que radicaba. «Asimismo, el vecindario colindante a cuatro vientos acaece de continuo de terciana pestífera y otras insalaciones, porque, según dictamen facultativo, las aguas contingentes en un solo punto, arrojan de sí corrompiciones y putrimentos que insurrecionan toda robustez por opípara que sea. Y tocante a esta laguna, excmo. Señor, es de las más eminentes y perseverantes; como que ocupa una extensión de diez carros de tierra, y no se ve seca de sus líquidos ni en la fogosidad del verano, por lo cual abundan en ella las ranas cuadrúpedas y los peces acuáticos de ambos sexos, quiero decir, de varias dimensiones». De manera, lector, que no puede darse un pillo más redomado, que sea, al mismo tiempo, mayor pedazo de bárbaro. Ahora bien, señores gobiernos (y perdonen ustedes la franqueza): son ustedes muy escrupulosos en averiguar a cada instante cómo piensan en política este ayuntamiento y el de más allá; y si hay informes de que no son adictos sin condiciones a los hombres de la situación, se les sustituye ignominiosamente con otros que inspiren a ustedes mayor confianza. ¡Como si estos pobres baldragas supieran lo que son matices políticos, ni adhesiones, ni partidos! ¡Como si les interesara otra cosa que la lozanía de sus mieses y la seguridad de sus ahorros! Si se tomaran ustedes el mismo afán por preguntar a sus delegados: -¿Qué tal por esos pueblos? ¿Se roba, se veja mucho a los pobres campesinos? ¿Queda todavía algún mal secretario sin grillete? Y con esto, y con enviar a presidio a los ladrones oficiales que aún quedasen rezagados en los ayuntamientos... y también a los señorones que los encubren, amparan y protegen, los pueblos se irían en tropel detrás del inverosímil |