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     José María de Pereda
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Los hombres de pro


José María de Pereda


[Nota preliminar: Edición digital a partir de la de OO.CC., Madrid, Impta. de Manuel Tello, 1888, t. I y cotejada con la edición crítica de Noël Valis (OO.CC., Santander, Tantín, 1990, t. III, pp. 132-283).]


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Advertencia

La siguiente novela ha formado parte, hasta ahora, de un libro titulado Bocetos al temple. Personas cuyos dictámenes son leyes para mí, pretenden que Los hombres de pro deben establecerse de cuenta propia y correr solos las aventuras que les depare la suerte. Por eso aparecen aquí dando nombre a este primer tomo de mis Obras completas, en cuya impresión no se seguirá el mismo orden en que fueron saliendo a luz por vez primera, sino el más conveniente a mis propósitos, que en nada perjudican al escaso interés que puedan merecer al público mis libros.

Siguiendo los consejos de las mencionadas personas, no será la alteración hecha en los Bocetos al temple la única que se observe durante el curso de esta publicación. Parece ser que ha llegado la oportunidad (y no quiero desaprovecharla) de que se completen mutuamente algunos tomos de mis cuadros sueltos, adquiriendo, por ejemplo, el de Escenas montañesas, lo que indebidamente posee el de Esbozos y rasguños, y desprendiéndose, en cambio, de lo que, con muy justos títulos, le reclama éste su hermano menor.

Ignoro si con todos estos cambalaches y trastrueques falto a alguna ley que debe respetarse. Varios ejemplos, que recuerdo, me dicen que no; uno sólo, pero de mucha calidad, afirma que ni las erratas de la primera edición de un libro deben desaparecer de las sucesivas, por respeto a los lectores que le poseen, o le han adquirido o conocido con ellas.

Mientras se ventila esta cuestión de derecho y se llega a formar jurisprudencia sobre el caso, entiendo yo que no debe estar prohibido en la propiedad literaria lo que es lícito y hasta recomendable en las rústicas y urbanas. Ahora, si se me dice que eso de propiedad literaria es, en España, música celestial, porque los libros son aquí primi capientis, y todo el mundo, menos su autor, puede hacer de ellos mangas y capirotes... ya es otra cosa.

Por de pronto, y aceptando la responsabilidad que me alcance por el atrevimiento, a mi parecer me agarro... y lo dicho, dicho.

J. M. DE PEREDA.

Febrero de 1884.






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Capítulo I

Docena y media de casucas, algunas de ellas formadas en semicírculo, a lo cual se llamaba plaza, y en el punto más alto de ella una iglesia a la moda del día, es decir, ruinosa a partes, y a partes arruinada ya, eralo que componía años hace, y seguirá componiendo probablemente, un pueblo cuyo nombre no figura en mapa alguno ni debe figurar tampoco en esta historia.

En el tal pueblo todos los vecinos eran pobres, incluso el señor cura, que se remendaba sus propios calzones y se aderezaba las cuatro patatas y pocas más alubias con que se alimentaba cada día.

Los tales pobres eran labradores de oficio, y todos, por consiguiente, comían el miserable mendrugo cotidiano empapado en el sudor de un trabajo tan rudo como incesante.

Todos dije, y dije mal: todos menos uno. Este uno se llamaba Simón Cerojo, que había logrado interesar el corazón de una moza de un pueblo inmediato, la cual moza le trajo al matrimonio cuatro mil reales de una herencia que le cayó de repente un año antes de que Simón la pretendiera.

Era Juana, que así se llamaba la moza, más que regularmente vana por naturaleza, a la cual debía algunos favores, no muchos en verdad; pero desde los cuatro mil de la herencia, fue cosa de no podérsela aguantar. Parecíale gentezuela de poco más o menos toda la que la rodeaba en su pueblo, y se prometió solemnemente morir soltera si no se presentaba por allí un pretendiente que, a la cualidad de buen mozo, reuniese un poco de educación, algo de mundo y cierto aquel a la usanza del día.

Simón Cerojo, que acababa de recibir su licencia de soldado; que sabía un poco de pluma y había corrido media España con su regimiento, de cuyo coronel fue asistente cinco años, y era, además, un mocetón fresco y rollizo, se creyó con todas las condiciones exigidas por la vanidosa muchacha; y se atrevió a pretenderla, no sin llevar encima, por memorial y a mayor abundamiento, en su primera visita, un reloj de cinco duros y alguna de la ropa que, como prenda «de una buena estimación y una fina amistad», le había regalado su coronel al despedirle. Aceptó Juana la pretensión de buen grado, y se celebró en su día la boda, con la posible solemnidad; y como Simón, huérfano de padres años hacía, y sin pizca de parentela en el mundo, poseía, por herencia, en su pueblo, una casuca con su poco de balcón a la plaza, trasladóse a ella el flamante matrimonio.

Como Simón manejaba la brocha casi tan bien como la pluma y la azuela, dando un pellizco al caudal de su mujer, blanqueó la fachada principal; pintó de verde el balcón y las ventanas y una cruz del mismo color sobre cada hueco; puso por veleta en el tejado, después de retejarle convenientemente, un guardia civil de madera, apuntando con su fusil (obra admirable y admirada, que él mismo talló), y arregló el cuarto del portal, que hasta entonces había estado sirviendo de cubil. Colocó en él, según lo previamente pactado y convenido con su mujer, un mostrador y una estantería que improvisó con cuatro tablones viejos, e invirtió el resto de la herencia en aceite, aguardiente de caña, hormillas, hilo negro, cordones de justillo y otras baratijas por el estilo. Distribuyóse todo convenientemente entre el mostrador y la anaquelería; sentóse Juana detrás del primero, muy grave y emperejilada; colocó Simón sobre la puerta principal, y mirando a la plaza, un letrero verde en campo rojo, que decía:

Abacería de San Quintín

en memoria del regimiento en que él había servido, y quedó abierto al público aquel establecimiento, tan necesario en un pueblo que hasta entonces había tenido que surtirse en la villa, a dos leguas de distancia, de los artículos más indispensables.

Por eso se celebró el acontecimiento como uno de los de más transcendencia, por aquellos sencillos habitantes, y fueron los tenderos, durante algunos días, el objeto de la admiración de todos sus convecinos; admiración que recibieron los admirados con toda la dignidad del caso: Simón, con los brazos remangados hasta el codo; de pie, y con el índice y el pulgar de cada mano apoyados sobre el mostrador; Juana, sentada detrás de éste, con el hocico plegado y los párpados muy caídos. Así al principio; y luego, con bastante más sencillo ceremonial, fueron los de la tienda recaudando poco a poco las roñosas economías de aquellos campesinos, a cambio de sus bebidas y chucherías, no cobrando siempre al contado, pero cuidando, en las fías, de sacar hasta los intereses al vencer los plazos.

Por esta razón, la casa de Simón Cerojo era la única que en el pueblo de que se trata ofrecía un aspecto bastante risueño... si bien se nublaba un tantico los días festivos, por reunirse en ella más gente de la que dentro cabía, a jugar a las cartas y a beber algo que no se parecía al agua sino en el color. Mas eran éstas ligeras nubecillas que trataba de disipar el señor cura con algunas pláticas oportunas desde el altar mayor, aunque sin conseguirlo; pero que jamás (sea dicho en honor de aquellas buenas gentes) dieron que hacer cosa alguna al juzgado de primera instancia.

Ya irá comprendiendo el lector por qué al decir que todos los vecinos del consabido pueblo comían el pan amasado con el sudor de su rostro, exceptuamos a Simón Cerojo.

Es de advertir que éste era la persona más notable del pueblo, no solamente por su condición de comerciante, de hombre de pluma y de campanudo consejo, sino por estar agarrado a buenas aldabas, o séase por privar con gente de mucha soflama.

En efecto, ya se ha dicho que Simón fue durante cinco años asistente de su coronel, y que le despidió colmándole de atenciones, y, al decir del licenciado, de pruebas «de una buena estimación y una fina amistad». Pues sépase ahora, y es la verdad, que a pesar de haber sido ascendido a general en menos de dos años, por no sé qué ni cuántos pronunciamientos, el tal señor coronel no se desdeñaba de responder muy atento a las cartas en que Simón le enviaba la enhorabuena, ni le escaseaba las ofertas de hacer algo por él cuando fuese necesario; ofertas que cumplió en dos ocasiones en las cuales el ex-asistente le puso a prueba, no muy dura por cierto, en beneficio de dos convecinos suyos que se creyeron atropellados por la Administración de Hacienda.

-Y ¿cómo Simón -se nos preguntará-, estaba al tanto de esos ascensos y de esas evoluciones de su antiguo jefe, viviendo en aquel humildísimo rincón?

Para responder a esta pregunta, hay que poner de manifiesto algo que Simón no mostraba a sus convecinos; y como yo había de denunciárselo al lector más tarde o más temprano, lo haré en este momento, y eso tendremos adelantado.

Había en la naturaleza de Simón algo refractario a lo imposible. Para él, dentro de lo humano, todos los hombres eran capaces de todo; y si cuando le tocó la suerte de soldado alguno le hubiera dicho en broma -«adiós, mi general», él, encogiéndose de hombros, de seguro habría contestado muy serio para sus adentros-: «¡Quién sabe?...»

No por esto le asustó su condición de soldado raso mientras sirvió de asistente a su coronel. El cómo y el cuándo no preocupaban a Simón gran cosa. Gustábale mucho viajar de pueblo en pueblo y de ciudad en ciudad; y viendo aquí y escuchando allá, fue familiarizándose con ciertas cosas y acontecimientos, pero sin enamorarse de ellos. De este modo, al tomar su licencia en Madrid, salió hacia su pueblo sin penas ni alegrías; y al mirar a la corte desde lejos, envióle una despedida que tanto podía significar «adiós para siempre», como «hasta la vista».

Sentía, sin embargo, dentro de sí mismo, aunque muy poco pronunciada, una afición especial: la política; y el temor de perderla de vista, era lo único que le hacía poco placentero el recuerdo de su pueblo. No necesito decir que la política que amaba Simón era la callejera, la política de las noticias. Ésta le embelesaba tanto, que haciendo una calaverada, como él decía, invirtió una parte de la rumbosa gratificación que le hizo el coronel al despedirle, en la suscrición de un periódico noticiero y baratito que no le faltó un solo día después de llegar a su casa. He aquí por qué estaba al tanto de los ascensos de su coronel.

Era Simón de voz sonora, reposado en el hablar, de palabra rebuscada y frase difícil; pobre de imaginación, por ende, y no muy sutil de entendimiento; muy aficionado a perorar, y liberal de conveniencia, si es que tenía alguna opinión política. Y digo de conveniencia, porque en sus expansiones con el coronel solía decirle: -«Me gustan los liberales porque con ellos hablan todos y de todo cuanto les da la gana. No estoy yo, como los otros, porque sólo hablen de ciertas cosas los que lo entienden.»

Instalado Simón en su pueblo, como sabemos, se guardó muy bien de ocuparse en otra cosa que en su familia y su negocio. Pero ¿le tomó tanto cariño a este último, que estuviese resuelto a seguir explotándole mientras a ello se prestase? No por cierto. Antes al contrario; a medida que se iba haciendo independiente iba mirando con menos apego los reducidos horizontes de la aldea. No se acentuaba en él una ambición determinada; pero más que nunca se creía capaz de todo, en teniendo alas con qué volar. Pero todavía no le atormentaba la prisa; y esto lo atribuyó a que tenía que ocuparse en contener la que devoraba incesantemente a su mujer, que volaba en ambiciones mucho más alto que él. Simón, cuando menos, tenía la habilidad o el privilegio ingénito de saber disimular. Juana, por el contrario, se había hecho insufrible. Despachaba detrás del mostrador con más humos que un ministro en su poltrona, recibiendo a sus parroquianos con un hocico y unos dengues como una señorona de horca y cuchillo. Indignábale la osadía de los muchachos que, a veces y por curiosear, asomaban la cabeza dentro del establecimiento, y prohibía severamente a su hija, niña de tres años, jugar con sus contemporáneas, por no haber entre ellas ninguna de su parigual.

Un día dijo a su marido, que estaba meditabundo, sentado junto a ella detrás del mostrador:

-Simón, la verdad es que esto se va poniendo cada vez más inaguantable.

-¿Eh? -respondió Simón, un tanto azorado, como si le hubieran descubierto un secreto.

-Quiero decir que tú y yo estamos siendo los cerineos de todo el pueblo, y que el oficio no tiene nada de divertido.

-Pues no te entiendo, Juana -repuso Simón, disimulando el placer con que entraba a discutir aquel punto.

-Digo que esta casa es el paño de lágrimas de toda esa gentuza. Que un vecino no tiene que comer; pues aquí a empeñar la manta o el jergón. Que otro necesita un par de pesetas; aquí a vender el grano. Que otro quiere un empeño para allá arriba; aquí a buscar la carta tuya. Que a una le pega el marido una paliza; aquí al vuelo a llorar la lástima. Que me echo yo un refajo nuevo; aquí en seguida a saber lo que me costó, y en qué tienda de la villa le compré... Que el medio cuarterón de aceite, que los dos cuartos de hilo, que la moneda roñosa, que la fía... Vamos, Simón, que esto es un laberinto que acaba conmigo.

-¿Y nada más? -díjola Simón con mucha flema.

-¿Y te parece poco?

-Pues ven acá, mal pecao, y dime: sin ese cuarterón de aceite, y esos dos cuartos de hilo, y ese grano comprado a lance, y el empeño de la manta, y el servir a todo el que se presenta, si se puede y vale la pena, ¿qué sería de nuestros intereses? Acuérdate que cuando nos establecimos, apenas había en casa cuatro mil reales mal contados. ¿Te dejarías hoy ahorcar por treinta mil?

-Cierto es eso, Simón; y no me quejo yo de la fortuna.

-Pues ¿de qué te quejas entonces?

-Quiero decirte que sin tanto trabajo como el que aquí tenemos, podíamos hacer más... pinto el caso, en otra parte.

-¡Conque en otra parte!... Y ¿cómo? ¿Se te figura a ti que estos cuatro cachivaches que uno tiene en casa van a producir más en otro lado, donde haya que pagar la tienda y hasta el agua que uno beba?

-Claro que no. Pero decía yo que si con esto que ya tenemos y, pinto el caso, un estanco que te sacara el general... en la villa...

-Aguárdate un poco -dijo Simón, fascinado de repente con la indicación de su mujer. -No había dado yo en lo del estanco.

-Y de ese modo -continuó Juana, explotando aquella favorable actitud de su marido-, podríamos enseñar algo a la niña para el día de mañana, si la suerte quiere favorecerla con un buen acomodo... Porque aquí, ya ves tú que nada bueno puede aprender.

-¡Que estamos conformes, mujer!... Pero...

Y Simón se rascaba la cabeza y fruncía la boca.

En esto entró el señor cura, venerable viejecito, a comprar dos cuartos de hilo negro para recoserse la sotana.

-Más a tiempo no podía usted llegar, señor don Justo, -le dijo Simón.

-Pues ¿qué ocurre? -preguntó el cura.

-Algo muy serio para nosotros, -respondió Simón ingenuamente.

-Que no le importa un rábano a nadie de fuera de esta casa, -saltó Juana con acento brusco, temiendo que la intrusión de un tercero pudiera torcer la marcha de aquel asunto que tan a su gusto caminaba.

-Pues quedaos con Dios, -dijo el señor cura, que ya conocía el humor de Juana, disponiéndose a salir de la tienda.

-Poco a poco, señor don Justo, y usted perdone -dijo Simón deteniéndole-; que para estas ocasiones son los consejos de los hombres de saber.

-Pues aconséjate de tu mujer -repuso el cura-, que parece no necesitar consejos de nadie.

-Mi mujer, que quiera que no, tomará el que usted le dé, -añadió Simón mirando con firmeza a Juana.

Hizo ésta un gesto de desagrado, y continuó su marido:

-Es el caso, señor cura, que quisiéramos trasladarnos a la villa con la tienda y algo más que pudiéramos añadirla.

-Si ese es vuestro gusto -dijo el cura-, ¿quién os lo ha de impedir?

-No se trata de eso, sino del temor que yo tengo de que cambiemos, como el topo, y usted perdone la comparanza, los ojos por el rabo.

-Pues si temes eso ¿por qué te quieres mover de aquí?

-Es que, por otra parte, parece que nos conviene ir a la villa.

-Pues entonces, id benditos de Dios.

-No me explico bien, señor don Justo.

-Pues explícate mejor.

-Voy a hacerlo sin rodeos. A usted ¿qué le parece? ¿Nos conviene o no nos conviene salir de aquí?

-Antes de responder a esa pregunta, necesito que tú me respondas a otra.

-A cuantas usted quiera, señor cura.

-Pregunto, pues: ¿es sólo el deseo de acrecentar vuestras ganancias, extendiendo el comercio y la parroquia, lo que os mueve a abandonar este pacífico rincón, o hay en vosotros alguna otra ambición de distinto género?

Al sentir esta estocada al pecho, Simón miró a Juana, Juana miró a Simón; y el señor cura, mirando al uno y a la otra, adivinó lo que, al cabo de un rato y después de sonreír y vacilar mucho, contestó Simón en estas palabras:

-Ya veo, don Justo, que para usted no hay secretos ni disculpas. La verdad es que tenemos una niña que no puede educarse aquí como nosotros quisiéramos. Por otra parte, Juana, como no ha nacido en este pueblo, no le tiene gran ley que digamos... Además de que también yo tengo acá en mis adentros cierto escarabajeo que... en fin, señor cura, ya sabe usted que la paloma no vuela a su gusto en el palomar.

-No te hacía yo pájaro de tan alto vuelo, Simón, don Justo con sorna.

-Es un decir, señor cura -añadió Simón algo confuso. -Por lo demás esto es todo lo que tenía que decirle a usted. Conque hágame el favor de darme su parecer sin reparos ni miramientos.

-Pues sin miramientos ni reparos voy a dártele desde el fondo de mi corazón, en vista de lo que me dices... Y de lo que te callas, y, sobre todo, de que me le pides:

Lleváis aquí cuatro o cinco años de establecidos, y en este tiempo habéis hecho una fortuna que os permite ser las personas más independientes del pueblo. Todos en él os necesitan, casi todos os respetan, y muchos os envidian. Dejar esto, que es seguro y positivo, por la esperanza ilusoria de otra cosa mejor, téngolo por verdadera temeridad, a más de insigne ingratitud. Dados vuestros antecedentes, vuestra procedencia, vuestra educación, concededme, y no os ofendáis por ello, que lo probable, lo racional, lo seguro, es que no hagáis en parte alguna papel más digno y más airoso que el que hacéis aquí. Y en cuanto a la educación de vuestra hija... ¿qué he de deciros? Yo tengo para mí que el mejor colegio para una niña es una buena madre; especialmente cuando la niña, como la vuestra, se ha envuelto en toscos pañales, y no conoce otras grandezas que las que Dios ha impreso en sus obras. -Tal es mi parecer, en substancia; y si aún os parece largo, os le condensaré en dos axiomas que, no por ser vulgarísimos, dejan de ser muy dignos de que meditéis sobre ellos.


La piedra movediza no cría moho.


Más vale ser cabeza de ratón, que cola de león.

Pensativo dejó al matrimonio el desengañado parecer de don Justo; pero todavía se atrevió Simón a hacerle este pequeño reparo:

-En todo caso, señor cura, siempre nos quedará el recurso, si nos pinta mal fuera de esta casa, de volvernos a ella con los trastos.

-¡Por supuesto! -dijo con ironía don Justo-. Al salir de aquí dejáis a la fortuna clavada detrás de la puerta, hasta que volváis a decirla que os ampare. ¡Como si no hubiera otros que se aprovecharán de ella en cuanto vosotros la abandonéis! ¡Inocentes!

Volvió a mirar Simón a su mujer, como preguntándola: -«¿qué te parece de esto?»; pero con tal mirada y tal semblante le contestó Juana, que, no pudiendo aquél resistirla sereno, volvió sus ojos al señor cura, y le dijo, por decir algo:

-Lo pensaremos, señor don Justo.

-Y haréis bien, -replicó éste.

Y como había leído muy claro en la última mirada de Juana a su marido, comprendiendo que estaba allí de más, concluyó con estas palabras:

-Conque, hijos míos: dicho lo dicho, me largo a mis quehaceres; pero conste que no me he mezclado en vuestros asuntos hasta que lo habéis solicitado, y no dudéis que aquí o donde quiera que la fortuna os coloque, no han de faltaros mis pobres oraciones ni mis deseos de que Dios, autor y dispensador de toda felicidad, os la dé tan cumplida como duradera.

-¡Amén! -dijo Juana en un arranque de despecho, mientras salía de la tienda el santo varón.

Simón se quedó pensativo.

Iba, de fijo, a promoverse un altercado entre la mujer que estaba dominada por el demonio de la impaciencia, y el marido que no lo estaba tanto, cuando entró la niña llorando en la tienda.

-¿Qué tienes, hija del alma? -le preguntó Juana entre iracunda y alarmada.

-Te me peló... Titina... la del Toco... Hi, hiii...

-¿Qué te pegó Cristina la del Cojo, hija mía? -dijo Juana, único intérprete capaz de traducir al castellano aquellas palabras, dichas por la media lengua de la inocente-. ¿Y por qué te pegó, ángel de Dios?

-Hi... hiii... Polque telía tugal tomigo, y yo... hi, hiii... no telía tugal ton ella, y... y... y la llamé piojosa.

-¡Hiciste bien en llamárselo, hija mía! ¿Quién es ella para ponerse a jugar contigo?-exclamó, en un sincero arranque de soberbia, la mujer de Simón- Y si después de esto no saca tu padre al suyo los ojos o el dinero que le debe, te digo que no tendrá sangre ni vergüenza. ¡Miserables! ¡Tras de que si no fuera por uno, se morirían de hambre!... ¡Y todavía hemos de andar aquí en contemplaciones, pedriques y gazmoñerías para hacer lo que nos dé la gana de nuestra hacienda! ¡Ah, si yo tuviera los calzones!...

Disponíase a responder Simón a Juana desde la puerta, contra la cual estaba recostado, mirando a la calle, cuando salió, botando, de hacia la cocina, un perrazo de áspero y sucio pelaje, con una morcilla chorreando caldo entre los dientes. Iba a enfilar la puerta como una exhalación; pero viéndola ocupada por el amo, saltó sobre el mostrador, sin duda para que le sirviera de trampolín; y derribando y haciendo añicos media docena de vasos y una botella, cruzó el espacio como un cohete; pasó, sin tocar, sobre la cabeza de Simón; cayó en la calle, sin soltar la morcilla, por supuesto, y desapareció en la calleja inmediata.

-¡El perro del sacristán! -gritó Simón al verle, disponiéndose a coger una tranca.

Pero todo fue inútil: la aparición del animal, el desastre del mostrador, el salto sobre Simón y el desaparecer en la plaza, fue obra de un solo instante.

Juana alcanzaba el cielo con las manos al contemplar el destrozo causado por el perro ladrón.

-¡Y esto es de todos los días! -gritaba fuera de sí.

-Yo te aseguro -gruñía Simón-, que he de hacer pagar caro a su amo este estropicio.

-¡Sí -decía Juana-, como la media libra de tocino que te robó de entre las manos el otro día ese mismo demonio de animal! ¡Como el pollo que me sacó de la tartera antes de ayer el gato del enterrador! ¡Como el grano que se zamparon ayer en el desván las gallinas del vecino!¡Como tantas otras cosas que se nos van por arte del demonio!

Y como todo lo convertía al punto en substancia aquella impetuosa mujer,

-¡Cuando te digo -concluyó-, que no se puede vivir en este pueblo! ¡que nos han de dejar en él sin camisa y sin salud!

-La verdad es -refunfuñó Simón-, que se le acaba a uno la paciencia para bregar con esta gente.

-Eso te estoy predicando yo todos los días, y no me haces maldito el caso.

-Más de lo que a ti se te figura.

-Poco se te conoce.

-Porque me gusta más hablar a tiempo que hablar mucho.

-Pues ¿a qué esperas, alma de hielo?

-A que me saque el general el estanco en la villa, que voy a pedirle hoy mismo.

-¡Acabaras con dos mil demonios! -exclamó Juana en un desahogo de insensata alegría.

-Las cosas, mujer, han de seguir su marcha natural -dijo Simón con acento solemne y reposado, como si hubiera consignado una gran sentencia-. Te seguro -añadió en tono aún más campanudo-, que esto del perro me ha llegado al alma, y que me pesa en ella mucho más que las palabras del señor cura.

No hay que reírse de esta ocurrencia de Simón, que a razones deigual peso suelen agarrarse ciertas pasiones para triunfar del corazón humano, cuando éste desea ser vencido.

. . . . . . . . . . . .

Algunos días después vio el vecindario dos carros enrabados a la puerta de la abacería; luego vio cargar en uno de ellos las aceiteras, los barriles, los cacharros, las chucherías de la tienda, ¡hasta los estantes y el mostrador!; vio en seguida cómo en el otro carro se colocaron los colchones, las camas desarmadas, la batería de cocina... todo el ajuar de la casa deSimón; cómo se acomodaron en un hueco dejado al efecto sobre los colchones, Juana y su niña después de haberse restregado la primera los zapatos contra el suelo repetidísimas veces, mirando al mismo tiempo a todas partes, cual si quisiera, con alarde tan necio, dar a entender que hasta el polvo de aquel suelo la ofendía; vio la gente también, cómo, después de sacar hasta la escoba, cerró Simón la puerta y se guardó la llave en el bolsillo; y luego ponerse en movimiento los carros, a loscuales seguía Simón, saludando con gravedad a cuantas personas le despedían desde lejos con un movimiento de cabeza; no vio una sola vez asomar la de Juana fuera del toldo bajo el cual iba; y vio, por último, que los dos carros, y Simón que marchaba siempre junto a ellos, después de atravesar la plaza, tomaron el camino de la villa y en él desaparecieron.




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Capítulo II

Esta villa era como todas o la mayor parte de las villas de España:un mal remedo de ciudad, sin dejar de ser aldea; o mejor, todo lo malo de la aldea y de la ciudad, sin tener nada de lo bueno de ellas. No tenía de la aldea la holgura, ni la independencia, ni el horizonte, ni el aire puro, ni el sol esplendoroso, ni los aromas, ni el plácido aislamiento; pero sí sus miserias, sus vecindades, su escasez de recursos, su soledad, su desamparo, su pequeñez. No tenía de la ciudad los monumentos, los espectáculos, la policía, la provisión de todo, la cultura, las comodidades; pero sí sus etiquetas, sus necesidades, sus estrecheces, su esclavitud, sus pestilencias. Regía allí la ley de razas, sino por colores, por posiciones o categorías, y se guardaban las distancias hasta en la casa de Dios, único punto de la tierra en que es un hecho la decantada igualdad social, menos cuando se trata de esos ridículos términos medios entre la confusión de las grandes poblaciones y la tranquila sencillez de la vida campestre.

Remedo de aquella presuntuosa sociedad era el pueblo mismo. Lleno de tiendas de gran fachada, no se vendía en ellas lo más indispensable para la vida que allí hacía la gente encopetada; gruñían y se revolcaban los cerdos en las calles mal empedradas; pastaban las aves de corral en las grietas de las aceras y en los rincones de la plaza; y en el campo inmediato, mitad jardín y huerta, mitad de labranza, ni esponjaban las flores, ni maduraba la fruta, ni el trigo espigaba, ni el heno crecía.

Por todo este conjunto desentonado y angustioso, habían trocado Simón y Juana su pintada casita de aldea, su hermoso horizonte y sus floridos linderos, cuatro años antes del momento en que el lector y yo entramos en la villa de que se trata.

Corría el mes de mayo a la sazón, y el follaje, los pájaros, las flores y el céfiro que los columpiaba, llenaban toda la campiña. De todos estos primores de la naturaleza, sólo alcanzaba a la villa tal cual penacho de mortecinas flores, que algunos frutales raquíticos dejaban ver sobre los mohosos lomos de ésta y la otra tapia, aun en las calles más céntricas, como anuncio burlesco de una fruta que no había de llegar a la madurez.

Tenía aquel pueblo también, como todos los pueblos, como todos los hombres, su especialidad, su fatalidad invencible, su anankée insuperable, como diría Víctor Hugo. Este anankée era un regato; el cual regato nacía en un cerro vecino; y dejando morirse de sed durante el verano a la pobre campiña que atravesaba, tenía la desvergüenza de inundar varias veces cada invierno, y merced a las aguas que le prestaban las lluvias y las destilaciones del cerro, la parte más baja de la villa a cuya proximidad pasaba. -Aquel regato, los desmanes de aquel regato, el partido que podía sacarse de aquel regato encauzado convenientemente, eran la pesadilla y el tema sempiternos de todos los municipios de la villa y de sus más reposadas deliberaciones.

La cuestión del regato reaparecía nueva y palpitante de interés entre el vecindario a cada Congreso que se constituía en Madrid, a cada municipio que se elegía en la villa, a cada gobernador que se cambiaba en la capital de la provincia. Y dicho se está con esto que la tal cuestión apenas se olvidaba un momento.

¡Y era de oír cómo se hablaba entre aquellas gentes de canalizar, de fecundizar, de obras de fábrica, del curso del río, de empalizadas, murallones y otras magnitudes por el estilo, ni más ni menos que si trataran de dar nuevo cauce al Amazonas, o de poner un dique a los furores del Atlántico; cuando, en rigor, todo estaba reducido a retorcer el cauce del regato, junto a la villa, en un trayecto de cuarenta varas, de dos de anchura por otras tantas de profundidad.

Ésta era la necesidad más apremiante; y era otra, bastante urgente, la de abrir algunos canales de riego, por los cuales se distribuyera convenientemente el caudal del arroyo en invierno, a fin de que empapase toda la campiña por igual, de modo que en verano conservara alguna frescura, ya que en tan calorosa estación todo canal era inútil, puesto que se secaba el regato hasta su origen, y no corrían por su cauce otras cosas que las nubes de polvo que levantaba el viento, las lagartijas y las cucarachas.

Cabalmente el día en que nosotros entramos en la villa con esta narración, había en las Casas consistoriales reunión de contribuyentes para tratar de este perdurable asunto, con motivo de haber ido a las Cortes un diputado natural de un pueblo inmediato, al cual representante iba a encomendarse la tarea, no floja, de conseguir del Gobierno la protección tantas veces intentada en vano por el vecindario de la villa.

Estaba el salón de bote en bote, como decirse suele; pero figurando en los bancos de preferencia, inmediatos a la comisión, el señorío, o sea la gente de levita, aunque allí la gastaban casi todos.

Abierta la sesión, y después de leída la exposición de razones que se elevaba a la consideración del Gobierno, dijo el presidente:

-Creo, señores, que en esto todos estaremos conformes. Que las crecidas del río perjudican a la población, y que el canalizarle aprovecharía a la campiña, no puede negarlo nadie.

-Conformes, -dijeron todos.

-Medios que se proponen para llevar a cabo esta empresa -continuó el presidente-: Que pague el Gobierno la mitad de los gastos presupuestados, y la otra mitad el pueblo.

-Conformes; contestó la concurrencia.

-Recursos con que cuenta el pueblo para pagar su parte, y cuya aprobación solicita -añadió el presidente hojeando la instancia en borrador, que estaba sobre la mesa-. Primero: la demolición de la capilla de San Roque que se halla a la vera del río... Señores -dijo volviéndose al auditorio, en ademán resuelto-: La comisión ha tenido presente al hacer esta proposición, la proximidad de la capilla al sitio en que ha de abrirse el nuevo cauce; los sillares y la madera que puede darnos para la obra de fábrica que está indicada allí mismo, y el dinero que han de valernos los ornamentos y las esculturas, sacados oportunamente a remate. Se me dirá por algunos que en esa capilla se dice la primera misa en los días festivos, por lo cual es, hasta cierto punto, una necesidad para el vecindario la conservación de ese pequeño templo; pero, señores, lo cierto es también que esa necesidad es puramente moral, al paso que la otra se toca y se palpa, y afecta a la hacienda y hasta a la vida de muchos de nosotros; de nosotros, señores, que somos muy liberales... Digo, por tales os tengo... (Voces estrepitosas: ¡Sí, sí!) Pues bueno; si, como liberales que somos, no nos pagamos de ciertas preocupaciones añejas..., (Voces: ¡No, no!) ¿a qué desechar ese recurso, cuando con él podemos remediar en gran parte la calamidad que nos aflige cuatro, cinco y seis veces cada invierno, y, en sentido inverso, todo el verano? (Muchas voces: ¡Abajo la capilla de San Roque! ¡Abajo los curas!) ¡No tanto, señores, no tanto!: con la capilla hay bastante por ahora. (Bravos frenéticos en la sala.) Ábrese discusión sobre este asunto.

Momentos de silencio, durante los cuales pudo creerse que todos estaban conformes con la opinión del presidente, o que nadie se atrevía a manifestar otra distinta.

Creyendo lo primero, iba a dar la comisión por aprobada la base, cuando se levantó un pobre cura, viejo ya, y achacoso como viejo, que había obtenido voz, pero no voto, en el salón, por una especial merced de los congregados, a protestar contra las palabras del presidente. Demostró, en voz cascada y lenta, pero impávido, primero: que era una superchería lo de que la demolición de la capilla pudiese proporcionar los recursos a que se refería el presidente; que no había en el edificio más sillares que los pequeñísimos y carcomidos de la puerta; que los ornamentos no valdrían, en subasta, dos pesetas, y que no llegarían a treinta reales las esculturas del pobrísimo y desmantelado altar. Esto lo demostró como dos y dos son cuatro. Segundo: que aun en el caso de ser ciertos los risueños cálculos del presidente, la fe de un pueblo católico, las santas tradiciones, las exigencias del culto divino, el respeto al derecho de los demás y a la ley común, exigían que no se procediese tan de ligero en un asunto tan grave, siquiera porque no se dijese por algún malicioso que se obedecía a un resabio de partido más bien que al rigor de una apremiante necesidad.

Todo lo cual valió al pobre sacerdote una tempestad de murmullos, entre los cuales tuvo que sentarse, abandonando en seguida el salón, por no autorizar con su presencia la discusión de un punto para él indiscutible.

Por segunda vez iba a darse por terminado el asunto, cuando pidió la palabra un hombre joven, rechoncho, de escasa frente, pero de mucha cara, abultado de pecho, ancho de espaldas, muy atusado de pelo y crespo de bigote, grueso de manos y amanerado en el vestir. Aquel hombre era Simón Cerojo, que tenía ya toda la gordura y todo el lustre, y aun todo el traje, propios de un tratante de caldos, que va en próspera fortuna, pero que no ha llegado todavía a la mitad de su carrera.

-Señores -dijo Simón después de carraspear mucho y de atusarse el pelo no poco-: Yo, el más incompetente y el más... Y el más ineto (Risas hacia los bancos de la comisión); y el más ineto, digo, de los presentes que aquí estamos, me levanto a terciar en este debate, ya que nadie ha querido hacerlo después que usó de la palabra el dino señor cura. (Risas y jujeos a su lado.) Sí, señores, dinísimo (Risas generales)... ¡dinísimo digo, y circunspeuto añado! (Carcajadas.) Pero voy al caso. Dice el señor presidente que el interés moral no es quién contra el interés material y del momento. No diré que no tenga razón el señor presidente; pero tampoco diré que la tenga. (Más jujeos.) Me explicaré, señores; que, por lo visto, -aquí todos son erúditos y saben latinidades. (Risas de levita y aplausos de chaquetón.) Que es respetable la necesidad de echar el río por otra parte, y respetable la cantidad que valga la ermita después de derribada, y respetables los materiales que proporcione para la obra: concedido. Pero se dice: «no es respetable el interés moral». Yo no diré que lo sea; ¡pero las aparencias tan siquiera, señores; las aparencias! (Risotadas acá y allá.)

Reírvos lo que queráis, si eso vos engorda, que yo por ello no he de ser ni menos contingente (Asombro)... ni menos liberal. (Sensación.) Decía, señores, que debemos salvar las aparencias, ya que no pueda salvarse la ermita de San Roque. Yo soy cristiano, tan cristiano como el que más (Rumores)... Sí, señores, tan cristiano como el que más; pero más liberal que el primero que se presente. (Estrepitosos aplausos.) Y claro está que mi conciencia no se asusta porque haiga una iglesia, más o menos... ¡porque yo no soy de esos fariseos que especulan con la religión! (Frenéticos aplausos)... ¡Ni tampoco de esos otros que no quieren nada con ella! (Rumores.) Me gusta vivir bien, y ser tolerante con todos. Por eso soy buen cristiano (Murmullos)... ¡buen católico! (Risas)... ¡y buen liberal! (Aplausos.-El orador se limpia la cara con el pañuelo, y pide un vaso de agua con anisete, que no le sirven.) Repito que si el derribo de la capilla es tan necesario como se dice, que se lleve a efecto; pero que no se desoigan las palabras del señor cura, que, al cabo, todavía hay muchas almas que le escuchan. ¡Cómo yo había de oponerme a ningún proyecto de interés general? Que caiga la ermita, si está de Dios que ha de caer; pero que caiga con el respeto debido a los que se oponen a ello. Esto es lo que quería yo decir... porque yo soy muy contingente, muy tolerante y muy liberal. He dicho. (Aplausos, risotadas y murmullos. El orador recibe las felicitaciones de algunos colegas; vuelve a limpiarse el sudor con el pañuelo, y escupe pegajoso varias veces en medio de la sala.)

No habiendo quién quisiera ilustrar más el asunto, púsose a votación, y fue aceptado casi por unanimidad lo propuesto por la comisión.

Y continuó el presidente:

-Segundo medio de arbitrar recursos: «Se autoriza al municipio para imponer a los artículos de beber y arder un recargo de seis por ciento.»

-Eso no, ¡voto al demonio! -dijo Simón Cerojo, poniéndose de pie sobre el banco y echando espumarajos de ira por la boca, contra su mesura, su tolerancia y su contingencia acostumbradas.

-¡Lo mismo digo! -gritaron otras muchas voces alrededor de Simón-. ¡Fuera ese artículo! ¡Abajo la comisión!

-¡Orden! -gritaba el presidente dando bastonazos sobre la mesa.

-¡Afuera la canalla! -vociferaban los señores propietarios, encarándose con la masa tabernera.

-¡Abajo los tiranos! -gritaban algunos caldistas desde lo último de la sala-. ¡Viva el pueblo que trabaja!

-¡Viva el duque de la Victoria! -gritó un zapatero.

-¡Orrrden!!!

-¡Abajo los de arriba!

-¡A la calle los de abajo!

-¡Orrrrrrdeeennn!

Y nadie se entiende allí, porque todos gritan y se revuelven y manotean, armándose un tumulto tan espantoso, que me río yo de los que se promueven cada día en el «templo de nuestra Representación nacional.»

Al cabo de media hora, y sin duda por cansancio, se calma la tempestad.

-Es digno de observación, señores -dijo entonces el presidente-, lo que acaba de pasar aquí. Un hombre que, según él mismo nos ha dicho, es todo tolerancia, todo moderación y todo contingencia (Risas), es cabalmente quién ha amotinado el salón en cuanto ha visto que se tocaba al pelo, no más, de sus intereses particularísimos. (Simón Cerojo pide la palabra para una alusión personal.) ¡Así es, señores, el patriotismo de algunos hombres! y no digo más.

-Señores dipu... digo circunstantes: cumple a mi hombría de bien, a mi lealtad y a mi... contingencia (Risas) dejar bien claro este punto. Yo no me he rebelado contra la base que se ha leído, sólo por lo que toca a mis intereses, sino por lo que no toca a los de los demás. (Murmullos.) Me explicaré. Se trata de hacer una obra que beneficie los terrenos que hoy cruza el río, y se propone que la paguemos, en su mayor parte, los que tratamos en artículos de beber y arder... precisamente los que no tenemos media libra de tierra en la campiña. Contra esto me rebelo, porque no es justo. Pero tampoco es nuevo en este pueblo ese modo de proceder; y por lo mismo que no es nuevo y ya estoy cansado de arrimar el hombro para que otros suban a lo alto, es por lo que me rebelo con más empeño. (Aplausos hacia abajo. Murmullos hacia arriba.) Yo soy muy liberal, pero no consiento que nadie me pise y me atropelle; y también muy tolerante, pero no a costa de mis intereses, que son el pan, y el sustento y la... contingencia intelectual... (Jujeos) de mi familia. Yo pagaré la parte que me corresponda para echar el río por otro lado, de modo que no toque a la villa, que al cabo, y bien sabe Dios por qué, en ella vivo; pero el que quiera buenas tierras y bien regadas, que lo sude de su bolsillo. (Aplausos entre los caldistas.)

-El señor Cerojo -dijo con retintín un personaje muy soplado, de la sección de propietarios-, y los demás taberneros que le rodean, no son muy partidarios de que se aleje el río, o mejor dicho, el agua que lleva, de sus establecimientos. No me extraña.

-Oiga usté, sió pendón -respondió un caldista, asaz mugriento y desengañado-; ¿piensa usté que, aunque pobres, vivimos aquí de estafar a inocentes, como hace algún señorón que yo me sé?

-¡Al orden, señores! -gritó el presidente deseando torcer el sesgo peligroso que tomaba el debate.

-Yo no sé cómo piensan en esto mis colegas -objetó Simón, afectando desdén hacia las palabras del propietario-; pero sé cómo pienso yo, y por eso he dicho lo que dije; y ahora añado que siempre somos la carne de pescuezo en este pueblo, los pobres artistas; que lo bueno, lo cómodo y lo de lustre, allá se lo reparten los manates. Entonces no se cuenta con nosotros ni para un triste saludo de cortesía, porque lo tienen a menos; pero cuando se trata de sacar dinero... (Protestas de arriba) se nos busca y se nos mima. (Aplausos abajo.) Y esto es insufrible, inominioso para nosotros; y yo reniego ya hasta del día en que puse los pies en la geografía de este pueblo.

-¡Señor Cerojo, señor Cerojo! -gritó el presidente sin poderse contener por más tiempo-; esas palabras son indignas de este sitio y de esta concurrencia, y yo espero que usted las retirará espontáneamente.

-Yo no tengo nada que retirar, más que a mi persona, que voy a retirarla de aquí ahora mismo.

-No será sin que antes le demuestre yo, con una prueba sencillísima, todo lo importuno que ha sido su enojo, todo lo inconveniente que ha sido su conducta, ya que no se lo ha dado a entender la muy diferente y digna que han observado otros señores comerciantes que se hallan aquí presentes.

-Es que a esos señores no se les ha pedido nada.

-Eso es lo que usted no sabe... ¡Señores, para que se comprenda toda la intemperancia del señor Cerojo y sus amigos, baste saber que de la base que tanto le ha sulfurado, no se ha leído más que la mitad! (Atención general.) La otra mitad dice así: «... y otro recargo de tres por ciento sobre la clavazón y quincalla (Protestas de los quincalleros), paños del reino... (Enérgicos rumores entre los pañeros), y otros artículos de vestir y calzar.» (Alaridos en varias partes del salón.)

-¡Ahora no soy yo el intemperante, señor presidente! -vociferó Simón, dominando con dificultad el tumulto que empezaba a reinar en la sala.

-Orrrdeeen, señores! -gritó el presidente.

-¡Justicia era mejor! -le contestaron muchas voces.

-¡Catalana hay que hacerla en este pueblo! -añadieron otras.

-¡Orrrrdeeeen!

-¡Afuera esa gentuza! -gritaron otra vez los propietarios.

-¡Abajo la comisión!

-¡Y los que quieran engordar a la sombra de ella!

-¡Vivan los pobres honrados!

-¡Viva el duque de la Victoria! -volvió a gritar el zapatero.

-¡Orrrdeeen!

-¡Canalla!

-¡Ladrones!

Y se repite el tumulto, y la cosa se pone seria, y los prudentes desaparecen, y el presidente, enronquecido ya, sube sobre la mesa y logra hacerse oír breves momentos.

-Señores -dice-: Por la centésima vez en mi vida, presencio este espectáculo, hijo de la misma causa que hoy le ha promovido. Esto me demuestra que los habitantes de este pueblo estamos condenados a sufrir cobardemente, y por los siglos de los siglos, los desafueros de ese mal regato. La comisión, al comprenderlo así también, hace respetuosa renuncia de su cargo y levanta la sesión.

Silbidos, denuestos, un estrépito espantoso y alguna que otra bofetada, fueron el resultado inmediato de esta arenga, y el remate de aquella sesión.




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Capítulo III

Mientras tales cosas pasaban en las Casas consistoriales, ocurrían otras de bien distinta naturaleza junto al mismo regato de que se ha tratado, a la escasa sombra que proyectaba el aún no bien formado follaje de dos cortas hileras de chopos, a las cuales se llamaba en la villa la alameda grande.

Como el día era de trabajo y la hora la menos a propósito para el descanso, eran dueñas absolutas de todo el paseo, para correr por él sin estorbos ni tropiezos, hasta media docena de niñas, de nueve años la más esponjada; todas risueñas, todas ágiles, todas hechiceras, como son todas las niñas a esa edad, cuando no están cohibidas por la opresión del vestido de gala o de las botitas recién estrenadas.

Tras aquellas niñas tan alegres, que corrían y gritaban sin cesar un punto, no corría, sino andaba a lentos pasos, mustia y como recelosa, otra niña no menos agraciada y no más entrada en años que ellas. Había, sin embargo, notables diferencias entre unas y otras. De éstas, las que no eran rubias eran muy blancas; aquélla era morena. Las que corrían eran ágiles como cabritillas, y al correr parecía que no tocaban el suelo con sus diminutos pies; la que las seguía con la vista, era de formas más abultadas y de movimientos menos suaves y graciosos; y aunque vestía lo mismo que ellas en forma y calidad, en la combinación de los colores y en el aire de su vestido, había algo que no era del mejor gusto. Indudablemente aquella niña no pertenecía, como las otras, al buen tono de la villa, y por eso no tomaba parte en sus juegos más que con la intención.

He observado muchas veces que las niñas de corta edad son muy exigentes en la elección de amigas, por lo cual difícilmente se familiarizan con las que no sean de su categoría social, o de otra más alta, si es posible. Los niños son todo lo contrario: parece que tienen a gala asociarse para sus juegos y empresas, a todo lo más perdido y desarrapado que encuentran en la calle.

La niña rezagada de nuestra historia seguía siempre, y aunque de lejos, las evoluciones de las que corrían, y frecuentemente, al encontrarse con alguna de ellas, corría también como si se forjara la ilusión de que la perseguían al escondite, o la disputaban el sitio a las cuatro esquinas.

Y como estas libertades se las había permitido varias veces, en una de ellas la niña con quien tropezó se detuvo jadeante; y echándose atrás los rizos con ambas manos, exclamó en el tono más desdeñoso que pudo:

-¡Qué plaga de moco, hija!... ¡Cómo se agarra!

-Eso es de familia, -dijo otra que se paró a su lado.

-Pues vamos a decirla una fresca -añadió otra-; a ver si se va.

-¡Si yo creo que hasta debe tener miseria, mujer! -apuntó una delgadita como un mimbre, que oscilaba mucho al andar, y se chupaba un dedo en cuanto se paraba- ¡Cómo se arrasca!

-Oye, tú -dijo al oído de la anterior, abriendo mucho los ojos y enarcando las cejas, una pequeñuela, muy nerviosa y asombradiza- ¡Si traerá la navaja!

-¿Qué navaja? -preguntó la delgadita, no muy segura de su valor.

-Una muy grandona que tenía en la mano el otro día, a la puerta de su casa.

-¿Y qué nos haría con ella, tú?...

-¡Madre de Dios!... Como estamos aquí solas y en medio de este bosque...

-¿Quieres que nos vayamos a casa?

-¡Para ella estaba! -dijo con desenvoltura una mayorzuela que había oído estas observaciones-. ¡Miedosas, más que miedosas!...

-¡Pues juega tú con ella si no!

-¡Como no juegue yo con ese pendón! Primero iba y se lo decía a mi papá.

-¿Vamos a buscar el perro que tenemos nosotros en la huerta, y a hinchársele aquí mismo? -propuso la miedosa.

-¿Y si la come toda?

-Que se la coma. Mi papá es alcalde...

-Sí; pero eso lo castiga Dios... y puede que nos caiga algo malo.

-Pues ¿qué hacemos si no?

-Vámonos a aquel rincón, a ver si se queda aquí sola y después se marcha.

Y esto dicho, las vanidosillas fueron desfilando lentamente y mirando hacia atrás con el rabillo del ojo; llegaron a un ángulo de la alameda, y allí se acurrucaron en el suelo, formando estrecho y apretado círculo.

A todo esto, la pobre desdeñada niña, que había estado observando a las otras durante su breve diálogo, mirando de reojo y mordiéndose las uñas, cuando las vio sentadas se dirigió hacia ellas paso a paso, con la cabeza gacha; y al estar a media vara de las desdeñosas, se dejó caer al suelo lentamente y se puso a deshojar las florecillas del césped, sin arrancarlas, flechando ojeadas de través de vez en cuando al grupo, y sorbiendo muy recio el aire con las narices.

-¡Hija, qué peste de chica! -exclamó impaciente la mayorzuela al verla a su lado otra vez-. ¡Ni aunque fuera de engrudo!

-¡Así ella se pega! -observó la más cachazuda.

-¡Si el otro día la vi yo limpiarse las narices con la enagua! -dijo muy admirada la delgadita, sonándose las suyas con los dedos.

-¿Vamos a arañarla? -propuso la nerviosa, crispando los dedos.

-Eso no es de tono, hija -respondió la mayor-. Mejor es otra cosa, ahora que me acuerdo.

-¿Qué cosa es?

-Darla mate, para que rabie de envidia.

-Pues empieza tú.

-Verás qué pronto. Amigas de Dios -continuó muy recio, de modo que lo oyera la intrusa-; mi papá vino de las Indias el año pasado... y trajo cinco fragatas cargadas de onzas... y un negrito para que le sirviera el chocolate... y es tan rico, que se cartea con el rey de las Indias... y a mí me da dos reales cada vez que es su santo... y yo lo echo en lo que me da la gana..., y tengo tres muñecas de resorte, y un muestrario de botones que le regaló a mamá para mí una modista que quitó la tienda... y tengo dos marmotas de lana para ir al colegio en el invierno... porque yo voy al colegio, y no a la escuela de zurri-burri, como algunas infelices... que yo conozco... y puede que no estén muy lejos de aquí. Yo voy a cumplir siete años; y cuando los cumpla, me dará mamá una pechera de imitación, que ella ya no pone, para hacer unos encajes a la muñeca grande; y un señor que viene a casa, me da dos cuartos todos los domingos; y si yo quisiera, me regalaría una almohadilla de coser, con su llave de oro y su dedal de plata... y... y..., (Ahora tú), -dijo a la nerviosa, que la seguía por la derecha; la cual, después de estremecerse y de mirar con ojos espantados a la solitaria niña, continuó:

-Pues mi papá es alcalde de toda la villa, y tiene tres casas como tres palacios, y un primo en la corte del rey; y mi mama tiene una doncella que es hija de condes, y siete vestidos para cada hora que da el reló, y una cadena así, así, así de larga, que le costó un millón a papá cuando estuvo en París de Francia. Y cuando yo sea grande, me comprarán tres vestidos cada mes, y un reló con diamantes y botas a la emperatriz. Yo voy también al colegio con ésta; y en mi casa se come principio todos los días, y los domingos se toma café; y mi papá tiene un perro en la huerta que muerde a las tarascas pegotonas.

-Yo soy hija de juez -dijo la que seguía a la nerviosilla-; y siendo hija de juez, a mi papá le sirven cuatro alguaciles, de levita, y le llaman usía; y además le pagan una onza cada día todos los españoles; y cuando va a Madrid, vive en los palacios del rey; y la otra noche me dijo en la mesa que si le tocaba la lotería me iba a comprar una caja de música. Y mi mamá compra los garbanzos por mayor: ayer compró tres libras; y por Navidad nos regalan pavos los señores que van a casa porque tienen pleitos; y yo tengo muchos vestidos, más de tres, y dos pares de botas, con las que tengo puestas y otro par que me harán para San Pedro, si le cae a papá la lotería; y mi papá es tan poderoso, que manda a la cárcel a todo el que quiere, ú le manda ahorcar, como ya lo ha hecho otras veces; y si yo le dijera que metiera en la cárcel a una pegotona que yo sé, en seguida la metía.

-Pues en mi casa -continuó la delgadita, dejando de chuparse el dedo-, todo es un puro merengue. Mi mamá no come más que pastelillos; mi papá, bizcochos; y yo, jalea; y mi hermana Carmen, suspiros. No queremos puchero, porque no es de tono; y por eso a las muchachas les damos hojaldre. Y mi papá recibe todos los años, de renta, más de doce sacos de harina, quince arrobas de manteca y dos cajas de azúcar de La Habana... Porque mi papá es indiano, y trae todas las noches mucho dinero a casa, cuando viene de la tertulia, adonde va también el juez, el papá de ésta; y si no comieran tanta inmundicia algunas niñas zanguangas que yo sé, no estarían tan pringosas, y tendrían mejor educación.

-Toda mi casta -dijo la más seria y conceptuosa-, viene de reyes; y en mi casa las camas son de oro y las ropas de seda de la India; y si mi papá gana el pleito que le defiende el papá de ésta, ensanchará la huerta en más de otro tanto... Y como soy tan fina por principios, cuando me apesta una niña ordinaria, se lo digo; y al sol.

-Pu... pu... pues yo -concluyó la sexta, que era bastante tartamuda-, ta... ta... ta... tamién...

Oír esto y soltar la carcajada la niña, hasta entonces taciturna y desdeñada, fue una misma cosa.

-¡Y se chancea! -exclamaron admiradas las otras.

-¡Ta... ta... ta! -repetía entre carcajada y carcajada la burlona.

-¡El demonio de la!...

-¡El diantre de!...

-¡Miren si!... ¡Atreverse a burlarse de una niña fina!

-Y sí; y me río. ¿Y qué? «Ta... ta... ta...»

-Ahora mismo voy a decírselo a mi papá, -exclamó la que nos dijo ser hija del juez.

-Y dile de paso que pague los doscientos reales que debe a mi padre, -replicó con desgarro la amenazada.

-¡Ay, qué atrevida!

-Déjate, que yo traeré al perro, -dijo la nerviosa.

-¡Fachenda traerás tú! y no tendrás tanta cuando le ajusten las cuentas a tu padre en el ayuntamiento.

-¡Ay, qué bribona!

-¡Chismosas!

-¡Pegotona, aceitera!

-¡Hambronas! ¡Tramposas, más que tramposas!

-¡Aldeana! ¡Tarasca!

-¡Golosas! ¡Relambidas!

-¡Ta... ta... ta... tab... tabernera! -logró decir la tartamuda, después de un esfuerzo desesperado.

-¡Tar... tar... tartajosa! -la contestó, remedándola, la otra.

En esto se oyeron muy cercanos los ladridos de un perrazo. La del alcalde, pensando que era el de su huerta, que venía a vengarla, comenzó a gritar:

-¡Aquí, chucho, aquí!... ¡Éntrala, éntrala!...

-¡A ella, chucho, a ella, que aquí está! -gritaron a coro sus amigas.

La amenazada chica comenzó a mirar, asustada, en todas direcciones; y aunque no se veía el perro, como los ladridos se oían cada vez más cerca, dio a correr desesperadamente, buscando la entrada de la villa por un atajo.

-¡A ella, chucho! -seguían gritando las otras-. ¡Cómela, cómela!

Y viendo que el perro no aparecía, siguieron a la fugitiva arrojándole piedras, con una de las cuales la descalabraron al fin.

-¡Qué me matan! -gritó la pobre chica llevándose las manos a la cabeza.

Pero cuando, al retirarlas, las vio manchadas de sangre, su espanto no tuvo límites, y sus alaridos pudieron oírse desde media legua.

Entonces retrocedieron aterradas las perseguidoras, cuya intención no alcanzaba más que a meter miedo a la fugitiva; pero al volver a la alameda, se hallaron con el perro, que por desgracia, no era el del alcalde. Acabaron de aturdirse en su presencia, y huyeron a la desbandada; mas el animal, «a una quiero y a la otra la dejo», hartóse de romper vestidos; y sabe Dios qué más hubiera roto, si a los gritos y a los ladridos no hubieran acudido algunas personas que ahuyentaron a palos a la fiera, y condujeron al pueblo a las inocentes criaturas, bien merecedoras del susto que pasaron si se les toma en cuenta lo que hicieron padecer a la pobre descalabrada.




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Capítulo IV

Esquina a la plaza y a una de las calles que desembocaban en ella, había una casa más pequeña que cuantas la seguían en la fila. Debajo del balcón del único piso que tenía, y sobre la puerta principal, se leía, en un largo tablero coronado con las armas de España, lo siguiente:

ESTANCO NACIONAL
ESTABLECIMIENTO DE SAN QUINTÍN
LÍQUIDOS Y OTROS COMESTIBLES

Penetrando por aquella puerta, se veía la razón del letrero en un mostrador sobrecargado de cacharros menudos; una gran aceitera con canilla, y algunas botellas blancas, llenas de aguardiente de otras tantas denominaciones; en una estantería espaciosa, ocupada con paquetes de cigarros y de cajas de fósforos, libritos de fumar, grandes pedazos de bacalao, tortas de pan, madejas de hilo, garbanzos y otros artículos, tan varios en su naturaleza como reducidos en cantidad; en algunas mesas simétricamente colocadas fuera del mostrador; en tal cual barrica o hinchado pellejo que se vislumbraban entre la oscuridad del fondo.. y en otros mil detalles propios de semejantes establecimientos, los cuales conoce el discreto lector tan bien como yo.

Detrás del mostrador estaba sentada, haciendo media, nuestra antigua conocida Juana, la mujer de Simón Cerojo. Como éste, había engordado y echado mejor pellejo, y dado a su vestido cierto corte presuntuoso. Pero, al revés que en su marido, su entrecejo se había ido frunciendo, y todo su semblante agriando, a medida que la suerte fue favoreciéndolos. Porque la suerte los había favorecido. Para convencerse de ello bastaba echar una mirada a su establecimiento, en una sola de cuyas secciones había más capital empleado que el que representaba toda la antigua abacería... y permítaseme una corta digresión a este propósito.

Merced al estanco que obtuvo Simón sin dificultad, a los ahorros que trajo de la aldea y al crédito, aunque muy limitado, que no tardó en abrírsele en algunos depósitos al por mayor, en el primer año de establecido en la villa duplicó su capital. En el segundo se dedicó, por extraordinario, a hacer ligeros préstamos, bien garantidos, a un interés variable, según las personas y las circunstancias: entre una peseta por duro a la semana, si el menesteroso era jugador de afición bien puesta, y treinta por ciento al año, si era artista establecido convenientemente. Esta nueva industria le permitió ensanchar un tanto sus negocios principales; con tan buena mano, que al concluir los dos años de su estancia en la villa, se encontró con un capitalito de más de seis mil duros, libre y desempeñado. Entonces se hizo caldista de veras; es decir, no se anduvo con parvidades de aceite, vino y aguardiente, sino que surtió de estos artículos su establecimiento, por mayor; lo cual le permitió hacer préstamos más en grande, más a menudo y en condiciones de mayor atractivo. -Resultado de éstas y otras combinaciones: que el día en que nos hallamos con Simón en las Casas consistoriales, y con Juana en su establecimiento, eran dueños de la casa que éste ocupaba, de lo que la tienda contenía, y de un respetable sobrante en continuo movimiento; todo lo cual representaba un valor de unos miles de duros.

Por este lado, pues, los asuntos de Simón y de Juana habían marchado viento en popa. No así los demás; es decir, aquellos que se relacionaban íntimamente con la vanidad de Juana, y las no más cortas, aunque más disimuladas aspiraciones de Simón.

Todos los esfuerzos de la primera, todas sus meditaciones, todos sus desvelos y todas sus consultas al espejo antes de darse a luz en los sitios más públicos de la villa, hecha un brazo de mar y cargada de relumbrones, no lograron colocarla en jerarquía más alta que la correspondiente al nombre de la tabernera, con el cual se la designó desde el primer día en que se hizo notar por sus humos estrafalarios. Aunque poco avisada, no desconoció que este descalabro la alejaba para siempre, en aquel centro, de la altura que había querido trepar de un salto. El primer efecto de una presentación, jamás se olvida en la sociedad, máxime cuando ésta es reducida y presuntuosa.

Bien penetrada de esta verdad, Juana la sintió en su alma, como un toro siente en el morrillo el primer par de banderillas; hízose más áspera y brutal que de costumbre, y se prometió arrollar cuanto hallara por delante, creyendo demostrar así, mejor que con dulzura y sencillez, que era tan digna como la más encopetada de ocupar el puesto que no se le concedía.

Con esto consiguió adquirir en la villa cierta celebridad que acabó de exasperarla. Un solo ejemplo dará la medida de la altura a que había llegado la insensatez de Juana. Menudeaban allí los bailes y las recepciones entonadas, a maravilla; y, naturalmente, nadie se acordaba de invitar a la tabernera. Pues estas desatenciones sacaban de quicio a Juana-Yo bien conozco, decía, que no estoy todavía al corriente de esas ceremonias, y me guardaría mucho de concurrir a ellas; pero la voluntad es lo que se agradece. ¿Por qué no se tiene para mí un mal recado de atención, por lo mismo que soy forastera? ¿Se le caería la venera a algunas de esas fachendosas por acordarse de mí, que soy más rica que muchas de ellas? ¡Pues no parece sino que todas son marquesas! ¡Y el marido de la una vende paño de Munilla y sogas de esparto, y el de la otra peca-Juana y engüento de soldado, y me debe a mí hasta la sal con que sazona lo poco que come!... Pues vinos y jabón vende mi marido. ¿Qué más da lo uno que lo otro?

Saturada también de estas máximas su hija, apenas comenzó a concurrir al entonado colegio en que quiso darle educación su madre, hubo que retirarla de él. Era ya la niña medio montuna por naturaleza, y con las predicaciones de Juana llegó a hacerse indomesticable.

En los cuchicheos, en las sonrisas, hasta en los juegos más inocentes de sus compañeras, veía burlas y desprecios; y en esta creencia, las ponía a todas como ropa de pascua; se pegaba con algunas, y concluía por volver, a su casa, todos los días, llorando soñados agravios hasta de sus maestras. De este modo la niña se hizo tan antipática a sus condiscípulas, como su madre a cuantos se la aproximaban. Por eso la retiraron del colegio y la enviaron a la escuela pública, donde, según el parecer de Juana, no la enseñaban tanto, pero se la miraba con el respeto debido.

Más de tres años de martirio llevaba la mujer de Simón al encontrarnos con ella de nuevo. No porque se fijase en que en la villa se hacía con ella lo que ella había hecho con los demás en la aldea; ni porque suspirara por volver a recuperar su pequeño trono abandonado; no, en fin, porque le atormentasen la memoria los atinados consejos del anciano señor cura, sino porque deseaba un campo más ancho en qué explayarse; otro mundo más revuelto en qué campar por lo que se era y no por lo que se había sido. Y un día y otro día predicaba a su marido la conveniencia de establecerse en grande en la capital de la provincia, donde, según ella, ni los ricos eran vanos ni los pobres envidiosos.

Oíala Simón sin soltar prenda, y aun haciendo como que no la oía; pero la verdad es que en el fondo de su corazón detestaba de la villa tanto como su mujer.

Simón no podía perdonar a aquella gente el que se le tratase como a persona de poco más o menos, «en los momentos más críticos para la vida de los pueblos, y, por consiguiente, para la de los ciudadanos», como él decía en más de un monólogo que no llegó a oír su mujer. Se pagaba muy poco de que no se acordasen de él para invitarle a un baile particular, o a una tertulia de más o menos tono; pero que nunca hubiera para su nombre un hueco en las candidaturas de concejales; que no se le agregase jamás a una comisión de respeto que había de representar ciertos intereses del pueblo en el gobierno de la provincia, o en Madrid, o ante el municipio mismo de la villa; que no se buscase, ni aun se tolerase de buena gana, su opinión en tal cual corrillo formado en la plaza por personas de importancia, en que no entraba él sino a fuerza de brazo, como quien dice, o poco menos; que se le tuviera, en fin, por un tabernerillo de tres al cuarto, cosa era que le hacía perder su serenidad habitual, y le ponía a pique de echarlo todo a trece, aunque no lo vendiera, y largarse a otro terreno menos ocasionado a esas «miserias de aldea». Pero Simón, que no era tan insensato como su mujer, guardaba estos sentimientos en el fondo del pecho, y, entre tanto, iba ocupándose en adquirir alas con qué volar.-Por eso se le veía atender con tanta asiduidad a su taberna y a su estanco... y a sus préstamos garantidos. Odiando tanto como Juana aquella sociedad inaguantable, sólo trataba de redondear lo preciso para darle un adiós de despedida y caer en medio de otra mejor; pero de tal modo, que no lastimasen en lo más mínimo su importancia de actualidad las reliquias del pasado. Estaba convencido de que, sin una precaución por el estilo, en todas partes serían él y su mujer los taberneros de marras, por grandes que fueran sus caudales. Se ve, pues, que, en el fondo de la cuestión, estaban perfectamente de acuerdo Juana y su marido.

Y dejando esto bien consignado, porque importa, volvamos a tomar el hilo de nuestra historia.




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Capítulo V

Así que la niña descalabrada en la alameda notó la presencia del perro entre sus implacables ofensoras, por los ladridos del uno y por los gritos de las otras, contuvo su llanto, y, con íntima complacencia, se volvió para presenciar los destrozos que el enfurecido animal parecía estar haciendo en las ropas y pellejo de aquellas mal aconsejadas criaturas. Fuera aquél el perro del alcalde o dejara de serlo, era lo cierto que a todas las trataba por igual, y que de todas la estaba vengando a ella cumplidamente... Pero, ¿no era posible que después de concluir con las seis desventuradas niñas la emprendiese con la séptima, por lo mismo que a nadie conocía ni en remilgos se paraba?

Esta consideración tan cuerda, que asaltó de pronto la mente de la pobre chica, hízola retroceder; y menudeando los pasos cuanto pudo, y tornando a recordar su herida y a llorar, por ende, llegó a la villa y no paró de correr hasta el estanco que conocemos, en el cual entró momentos después que nosotros, y al mismo tiempo que llegaba también, aunque por distinto sendero, Simón Cerojo, demudado el semblante y apretando los puños de ira. Tanta, que ni siquiera reparó en la niña que, por haberse limpiado las lágrimas con las manos después de oprimirse con ellas la cabeza, tenía la cara manchada de sangre. Pero Juana sí; y al punto arrojó la obra en que se ocupaba, saltó por encima del mostrador sobrecogida de espanto; y tomando a la niña en sus brazos,

-¡Hija mía! -gritó- ¿Qué sangre es esa?

Entonces se fijó Simón en la niña; y olvidando por un momento sus disgustos, corrió también hacia ella.

-¿Te has caído? -la preguntó con cariñoso anhelo- ¿Te han pegado? ¿Por qué sangras?... ¡Habla, hija mía, por Dios!...

La niña, después de sollozar un rato, refirió, punto por punto, cuanto la había ocurrido.

-¡Conque la hija del juez, y la del indianete, y la del alcalde -exclamó Simón en seguida, con rencoroso acento-, son las que más te han injuriado, porque tenían a menos jugar contigo!... ¡Las hijas de esos personajes que me adulan y me soban cuando necesitan un par de duros para comer aquel día, o media docena de onzas para apuntarlas a una carta, o pagar una trampa que podría ponerlos en vergüenza... si alguna les queda!... ¡Pero yo les juro que, por poca que ella sea, he de sacársela a la cara... Y a algunos más también!

Juana, maldiciendo a su vez de todos y de todo, comenzó a lavar con agua fresca la herida de su hija, que, por cierto, era insignificante.

Y, tranquilo ya sobre este punto, Simón refirió a su mujer cuanto había ocurrido en la junta que acababa de celebrarse en la casa de Ayuntamiento, recargando un poquillo los colores a fin de que resultase más justificado su enojo, y de más efecto sus discursos, que repitió al pie de la letra.

-¿Y qué piensas hacer después de tanto desengaño como vas sufriendo, y de tanto disgusto como vamos llevando de estos niquitrefes de levita? -preguntó Juana, que no desperdiciaba ocasión de hablar de su pleito.

-¿Qué pienso hacer? -dijo Simón con su poquito de rescoldo- Lo que estoy pensando tres años hace, desde que conocí que en esta recua siempre había de tocarme ir a la cola; lo que hubiera hecho entonces a tener el remedio entre las manos, como le tengo hoy: sacar a más de cuatro fachendosos a la vergüenza pública, y largarme en seguida con la música a otra parte.

Juana vio el cielo abierto.

-¡Lo mismo que yo te he dicho tantas veces! -exclamó, retozándole la alegría en el semblante- ¿Qué necesidad tenemos nosotros de sufrir lo que aquí estamos sufriendo? Con lo que ya conocemos este trato, ¿cuánto no podríamos ganar estableciéndole en la ciudad?

-¡No, Juana, no!... ¡Basta de taberna! Si con ella entráramos en la ciudad, taberneros seríamos hasta el fin de los siglos. Y si con ser taberneros, aunque ricos, nos conformáramos, yo no saldría de esta villa donde he ganado en cuatro años una riqueza, y podría ganarla mayor en pocos más. Pero hay una noble ambición que manda en ti y en mí con mayor f