  Los hombres de pro
José María de
Pereda
[Nota preliminar: Edición digital a partir
de la de OO.CC., Madrid, Impta. de Manuel Tello, 1888, t.
I y cotejada con la edición crítica de Noël
Valis (OO.CC., Santander, Tantín, 1990, t. III, pp.
132-283).]
  Advertencia
La siguiente novela ha formado parte, hasta ahora, de un
libro titulado Bocetos al temple. Personas cuyos dictámenes
son leyes para mí, pretenden que Los hombres de pro deben establecerse de cuenta propia y correr solos las aventuras
que les depare la suerte. Por eso aparecen aquí dando
nombre a este primer tomo de mis Obras completas, en cuya
impresión no se seguirá el mismo orden en que
fueron saliendo a luz por vez primera, sino el más
conveniente a mis propósitos, que en nada perjudican
al escaso interés que puedan merecer al público
mis libros.
Siguiendo los consejos de las mencionadas personas,
no será la alteración hecha en los Bocetos
al temple la única que se observe durante el curso
de esta publicación. Parece ser que ha llegado la
oportunidad (y no quiero desaprovecharla) de que se completen
mutuamente algunos tomos de mis cuadros sueltos, adquiriendo,
por ejemplo, el de Escenas montañesas, lo que indebidamente
posee el de Esbozos y rasguños, y desprendiéndose,
en cambio, de lo que, con muy justos títulos, le reclama
éste su hermano menor.
Ignoro si con todos estos
cambalaches y trastrueques falto a alguna ley que debe respetarse.
Varios ejemplos, que recuerdo, me dicen que no; uno sólo,
pero de mucha calidad, afirma que ni las erratas de la primera
edición de un libro deben desaparecer de las sucesivas,
por respeto a los lectores que le poseen, o le han adquirido
o conocido con ellas.
Mientras se ventila esta cuestión
de derecho y se llega a formar jurisprudencia sobre el caso,
entiendo yo que no debe estar prohibido en la propiedad literaria
lo que es lícito y hasta recomendable en las rústicas
y urbanas. Ahora, si se me dice que eso de propiedad literaria
es, en España, música celestial, porque los
libros son aquí primi capientis, y todo el mundo,
menos su autor, puede hacer de ellos mangas y capirotes...
ya es otra cosa.
Por de pronto, y aceptando la responsabilidad
que me alcance por el atrevimiento, a mi parecer me agarro...
y lo dicho, dicho.
J. M. DE PEREDA. Febrero de 1884.
  Capítulo I
Docena y media de casucas, algunas de ellas formadas en
semicírculo, a lo cual se llamaba plaza, y en el punto
más alto de ella una iglesia a la moda del día,
es decir, ruinosa a partes, y a partes arruinada ya, eralo
que componía años hace, y seguirá componiendo
probablemente, un pueblo cuyo nombre no figura en mapa alguno
ni debe figurar tampoco en esta historia.
En el tal pueblo
todos los vecinos eran pobres, incluso el señor cura,
que se remendaba sus propios calzones y se aderezaba las
cuatro patatas y pocas más alubias con que se alimentaba
cada día.
Los tales pobres eran labradores de oficio,
y todos, por consiguiente, comían el miserable mendrugo
cotidiano empapado en el sudor de un trabajo tan rudo como
incesante.
Todos dije, y dije mal: todos menos uno. Este
uno se llamaba Simón Cerojo, que había logrado
interesar el corazón de una moza de un pueblo inmediato,
la cual moza le trajo al matrimonio cuatro mil reales de
una herencia que le cayó de repente un año
antes de que Simón la pretendiera.
Era Juana, que
así se llamaba la moza, más que regularmente
vana por naturaleza, a la cual debía algunos favores,
no muchos en verdad; pero desde los cuatro mil de la herencia,
fue cosa de no podérsela aguantar. Parecíale
gentezuela de poco más o menos toda la que la rodeaba
en su pueblo, y se prometió solemnemente morir soltera
si no se presentaba por allí un pretendiente que,
a la cualidad de buen mozo, reuniese un poco de educación,
algo de mundo y cierto aquel a la usanza del día.
Simón Cerojo, que acababa de recibir su licencia
de soldado; que sabía un poco de pluma y había
corrido media España con su regimiento, de cuyo coronel
fue asistente cinco años, y era, además, un
mocetón fresco y rollizo, se creyó con todas
las condiciones exigidas por la vanidosa muchacha; y se atrevió
a pretenderla, no sin llevar encima, por memorial y a mayor
abundamiento, en su primera visita, un reloj de cinco duros
y alguna de la ropa que, como prenda «de una buena estimación
y una fina amistad», le había regalado su coronel
al despedirle. Aceptó Juana la pretensión de
buen grado, y se celebró en su día la boda,
con la posible solemnidad; y como Simón, huérfano
de padres años hacía, y sin pizca de parentela
en el mundo, poseía, por herencia, en su pueblo, una
casuca con su poco de balcón a la plaza, trasladóse
a ella el flamante matrimonio.
Como Simón manejaba
la brocha casi tan bien como la pluma y la azuela, dando
un pellizco al caudal de su mujer, blanqueó la fachada
principal; pintó de verde el balcón y las ventanas
y una cruz del mismo color sobre cada hueco; puso por veleta
en el tejado, después de retejarle convenientemente,
un guardia civil de madera, apuntando con su fusil (obra
admirable y admirada, que él mismo talló),
y arregló el cuarto del portal, que hasta entonces
había estado sirviendo de cubil. Colocó en
él, según lo previamente pactado y convenido
con su mujer, un mostrador y una estantería que improvisó
con cuatro tablones viejos, e invirtió el resto de
la herencia en aceite, aguardiente de caña, hormillas,
hilo negro, cordones de justillo y otras baratijas por el
estilo. Distribuyóse todo convenientemente entre el
mostrador y la anaquelería; sentóse Juana detrás
del primero, muy grave y emperejilada; colocó Simón
sobre la puerta principal, y mirando a la plaza, un letrero
verde en campo rojo, que decía:
Abacería de
San Quintín
en memoria del regimiento en que él
había servido, y quedó abierto al público
aquel establecimiento, tan necesario en un pueblo que hasta
entonces había tenido que surtirse en la villa, a
dos leguas de distancia, de los artículos más
indispensables.
Por eso se celebró el acontecimiento
como uno de los de más transcendencia, por aquellos
sencillos habitantes, y fueron los tenderos, durante algunos
días, el objeto de la admiración de todos sus
convecinos; admiración que recibieron los admirados
con toda la dignidad del caso: Simón, con los brazos
remangados hasta el codo; de pie, y con el índice
y el pulgar de cada mano apoyados sobre el mostrador; Juana,
sentada detrás de éste, con el hocico plegado
y los párpados muy caídos. Así al principio;
y luego, con bastante más sencillo ceremonial, fueron
los de la tienda recaudando poco a poco las roñosas
economías de aquellos campesinos, a cambio de sus
bebidas y chucherías, no cobrando siempre al contado,
pero cuidando, en las fías, de sacar hasta los intereses
al vencer los plazos.
Por esta razón, la casa de
Simón Cerojo era la única que en el pueblo
de que se trata ofrecía un aspecto bastante risueño...
si bien se nublaba un tantico los días festivos, por
reunirse en ella más gente de la que dentro cabía,
a jugar a las cartas y a beber algo que no se parecía
al agua sino en el color. Mas eran éstas ligeras nubecillas
que trataba de disipar el señor cura con algunas pláticas
oportunas desde el altar mayor, aunque sin conseguirlo; pero
que jamás (sea dicho en honor de aquellas buenas gentes)
dieron que hacer cosa alguna al juzgado de primera instancia.
Ya irá comprendiendo el lector por qué al
decir que todos los vecinos del consabido pueblo comían
el pan amasado con el sudor de su rostro, exceptuamos a Simón
Cerojo.
Es de advertir que éste era la persona más
notable del pueblo, no solamente por su condición
de comerciante, de hombre de pluma y de campanudo consejo,
sino por estar agarrado a buenas aldabas, o séase
por privar con gente de mucha soflama.
En efecto, ya se
ha dicho que Simón fue durante cinco años asistente
de su coronel, y que le despidió colmándole
de atenciones, y, al decir del licenciado, de pruebas «de
una buena estimación y una fina amistad». Pues sépase
ahora, y es la verdad, que a pesar de haber sido ascendido
a general en menos de dos años, por no sé qué
ni cuántos pronunciamientos, el tal señor coronel
no se desdeñaba de responder muy atento a las cartas
en que Simón le enviaba la enhorabuena, ni le escaseaba
las ofertas de hacer algo por él cuando fuese necesario;
ofertas que cumplió en dos ocasiones en las cuales
el ex-asistente le puso a prueba, no muy dura por cierto,
en beneficio de dos convecinos suyos que se creyeron atropellados
por la Administración de Hacienda.
-Y ¿cómo
Simón -se nos preguntará-, estaba al tanto
de esos ascensos y de esas evoluciones de su antiguo jefe,
viviendo en aquel humildísimo rincón?
Para
responder a esta pregunta, hay que poner de manifiesto algo
que Simón no mostraba a sus convecinos; y como yo
había de denunciárselo al lector más
tarde o más temprano, lo haré en este momento,
y eso tendremos adelantado.
Había en la naturaleza
de Simón algo refractario a lo imposible. Para él,
dentro de lo humano, todos los hombres eran capaces de todo;
y si cuando le tocó la suerte de soldado alguno le
hubiera dicho en broma -«adiós, mi general», él,
encogiéndose de hombros, de seguro habría contestado
muy serio para sus adentros-: «¡Quién sabe?...»
No
por esto le asustó su condición de soldado
raso mientras sirvió de asistente a su coronel. El
cómo y el cuándo no preocupaban a Simón
gran cosa. Gustábale mucho viajar de pueblo en pueblo
y de ciudad en ciudad; y viendo aquí y escuchando
allá, fue familiarizándose con ciertas cosas
y acontecimientos, pero sin enamorarse de ellos. De este
modo, al tomar su licencia en Madrid, salió hacia
su pueblo sin penas ni alegrías; y al mirar a la corte
desde lejos, envióle una despedida que tanto podía
significar «adiós para siempre», como «hasta la vista».
Sentía, sin embargo, dentro de sí mismo, aunque
muy poco pronunciada, una afición especial: la política;
y el temor de perderla de vista, era lo único que
le hacía poco placentero el recuerdo de su pueblo.
No necesito decir que la política que amaba Simón
era la callejera, la política de las noticias. Ésta
le embelesaba tanto, que haciendo una calaverada, como él
decía, invirtió una parte de la rumbosa gratificación
que le hizo el coronel al despedirle, en la suscrición
de un periódico noticiero y baratito que no le faltó
un solo día después de llegar a su casa. He
aquí por qué estaba al tanto de los ascensos
de su coronel.
Era Simón de voz sonora, reposado
en el hablar, de palabra rebuscada y frase difícil;
pobre de imaginación, por ende, y no muy sutil de
entendimiento; muy aficionado a perorar, y liberal de conveniencia,
si es que tenía alguna opinión política.
Y digo de conveniencia, porque en sus expansiones con el
coronel solía decirle: -«Me gustan los liberales porque
con ellos hablan todos y de todo cuanto les da la gana. No
estoy yo, como los otros, porque sólo hablen de ciertas
cosas los que lo entienden.»
Instalado Simón en su
pueblo, como sabemos, se guardó muy bien de ocuparse
en otra cosa que en su familia y su negocio. Pero ¿le tomó
tanto cariño a este último, que estuviese resuelto
a seguir explotándole mientras a ello se prestase?
No por cierto. Antes al contrario; a medida que se iba haciendo
independiente iba mirando con menos apego los reducidos horizontes
de la aldea. No se acentuaba en él una ambición
determinada; pero más que nunca se creía capaz
de todo, en teniendo alas con qué volar. Pero todavía
no le atormentaba la prisa; y esto lo atribuyó a que
tenía que ocuparse en contener la que devoraba incesantemente
a su mujer, que volaba en ambiciones mucho más alto
que él. Simón, cuando menos, tenía la
habilidad o el privilegio ingénito de saber disimular.
Juana, por el contrario, se había hecho insufrible.
Despachaba detrás del mostrador con más humos
que un ministro en su poltrona, recibiendo a sus parroquianos
con un hocico y unos dengues como una señorona de
horca y cuchillo. Indignábale la osadía de
los muchachos que, a veces y por curiosear, asomaban la cabeza
dentro del establecimiento, y prohibía severamente
a su hija, niña de tres años, jugar con sus
contemporáneas, por no haber entre ellas ninguna de
su parigual.
Un día dijo a su marido, que estaba
meditabundo, sentado junto a ella detrás del mostrador:
-Simón, la verdad es que esto se va poniendo cada
vez más inaguantable.
-¿Eh? -respondió Simón,
un tanto azorado, como si le hubieran descubierto un secreto.
-Quiero decir que tú y yo estamos siendo los cerineos
de todo el pueblo, y que el oficio no tiene nada de divertido.
-Pues no te entiendo, Juana -repuso Simón, disimulando
el placer con que entraba a discutir aquel punto.
-Digo
que esta casa es el paño de lágrimas de toda
esa gentuza. Que un vecino no tiene que comer; pues aquí
a empeñar la manta o el jergón. Que otro necesita
un par de pesetas; aquí a vender el grano. Que otro
quiere un empeño para allá arriba; aquí
a buscar la carta tuya. Que a una le pega el marido una paliza;
aquí al vuelo a llorar la lástima. Que me echo
yo un refajo nuevo; aquí en seguida a saber lo que
me costó, y en qué tienda de la villa le compré...
Que el medio cuarterón de aceite, que los dos cuartos
de hilo, que la moneda roñosa, que la fía...
Vamos, Simón, que esto es un laberinto que acaba conmigo.
-¿Y nada más? -díjola Simón con mucha
flema.
-¿Y te parece poco? -Pues ven acá, mal pecao,
y dime: sin ese cuarterón de aceite, y esos dos cuartos
de hilo, y ese grano comprado a lance, y el empeño
de la manta, y el servir a todo el que se presenta, si se
puede y vale la pena, ¿qué sería de nuestros
intereses? Acuérdate que cuando nos establecimos,
apenas había en casa cuatro mil reales mal contados.
¿Te dejarías hoy ahorcar por treinta mil?
-Cierto
es eso, Simón; y no me quejo yo de la fortuna.
-Pues
¿de qué te quejas entonces?
-Quiero decirte que sin
tanto trabajo como el que aquí tenemos, podíamos
hacer más... pinto el caso, en otra parte.
-¡Conque
en otra parte!... Y ¿cómo? ¿Se te figura a ti que
estos cuatro cachivaches que uno tiene en casa van a producir
más en otro lado, donde haya que pagar la tienda y
hasta el agua que uno beba?
-Claro que no. Pero decía
yo que si con esto que ya tenemos y, pinto el caso, un estanco
que te sacara el general... en la villa...
-Aguárdate
un poco -dijo Simón, fascinado de repente con la indicación
de su mujer. -No había dado yo en lo del estanco.
-Y de ese modo -continuó Juana, explotando aquella
favorable actitud de su marido-, podríamos enseñar
algo a la niña para el día de mañana,
si la suerte quiere favorecerla con un buen acomodo... Porque
aquí, ya ves tú que nada bueno puede aprender.
-¡Que estamos conformes, mujer!... Pero... Y Simón
se rascaba la cabeza y fruncía la boca.
En esto entró
el señor cura, venerable viejecito, a comprar dos
cuartos de hilo negro para recoserse la sotana.
-Más
a tiempo no podía usted llegar, señor don Justo,
-le dijo Simón.
-Pues ¿qué ocurre? -preguntó
el cura.
-Algo muy serio para nosotros, -respondió
Simón ingenuamente.
-Que no le importa un rábano
a nadie de fuera de esta casa, -saltó Juana con acento
brusco, temiendo que la intrusión de un tercero pudiera
torcer la marcha de aquel asunto que tan a su gusto caminaba.
-Pues quedaos con Dios, -dijo el señor cura, que
ya conocía el humor de Juana, disponiéndose
a salir de la tienda.
-Poco a poco, señor don Justo,
y usted perdone -dijo Simón deteniéndole-;
que para estas ocasiones son los consejos de los hombres
de saber.
-Pues aconséjate de tu mujer -repuso el
cura-, que parece no necesitar consejos de nadie.
-Mi mujer,
que quiera que no, tomará el que usted le dé,
-añadió Simón mirando con firmeza a
Juana.
Hizo ésta un gesto de desagrado, y continuó
su marido:
-Es el caso, señor cura, que quisiéramos
trasladarnos a la villa con la tienda y algo más que
pudiéramos añadirla.
-Si ese es vuestro gusto
-dijo el cura-, ¿quién os lo ha de impedir?
-No se
trata de eso, sino del temor que yo tengo de que cambiemos,
como el topo, y usted perdone la comparanza, los ojos por
el rabo.
-Pues si temes eso ¿por qué te quieres mover
de aquí?
-Es que, por otra parte, parece que nos
conviene ir a la villa.
-Pues entonces, id benditos de Dios.
-No me explico bien, señor don Justo. -Pues explícate
mejor.
-Voy a hacerlo sin rodeos. A usted ¿qué le
parece? ¿Nos conviene o no nos conviene salir de aquí?
-Antes de responder a esa pregunta, necesito que tú
me respondas a otra.
-A cuantas usted quiera, señor
cura.
-Pregunto, pues: ¿es sólo el deseo de acrecentar
vuestras ganancias, extendiendo el comercio y la parroquia,
lo que os mueve a abandonar este pacífico rincón,
o hay en vosotros alguna otra ambición de distinto
género?
Al sentir esta estocada al pecho, Simón
miró a Juana, Juana miró a Simón; y
el señor cura, mirando al uno y a la otra, adivinó
lo que, al cabo de un rato y después de sonreír
y vacilar mucho, contestó Simón en estas palabras:
-Ya veo, don Justo, que para usted no hay secretos ni disculpas.
La verdad es que tenemos una niña que no puede educarse
aquí como nosotros quisiéramos. Por otra parte,
Juana, como no ha nacido en este pueblo, no le tiene gran
ley que digamos... Además de que también yo
tengo acá en mis adentros cierto escarabajeo que...
en fin, señor cura, ya sabe usted que la paloma no
vuela a su gusto en el palomar.
-No te hacía yo pájaro
de tan alto vuelo, Simón, don Justo con sorna.
-Es
un decir, señor cura -añadió Simón
algo confuso. -Por lo demás esto es todo lo que tenía
que decirle a usted. Conque hágame el favor de darme
su parecer sin reparos ni miramientos.
-Pues sin miramientos
ni reparos voy a dártele desde el fondo de mi corazón,
en vista de lo que me dices... Y de lo que te callas, y,
sobre todo, de que me le pides:
Lleváis aquí
cuatro o cinco años de establecidos, y en este tiempo
habéis hecho una fortuna que os permite ser las personas
más independientes del pueblo. Todos en él
os necesitan, casi todos os respetan, y muchos os envidian.
Dejar esto, que es seguro y positivo, por la esperanza ilusoria
de otra cosa mejor, téngolo por verdadera temeridad,
a más de insigne ingratitud. Dados vuestros antecedentes,
vuestra procedencia, vuestra educación, concededme,
y no os ofendáis por ello, que lo probable, lo racional,
lo seguro, es que no hagáis en parte alguna papel
más digno y más airoso que el que hacéis
aquí. Y en cuanto a la educación de vuestra
hija... ¿qué he de deciros? Yo tengo para mí
que el mejor colegio para una niña es una buena madre;
especialmente cuando la niña, como la vuestra, se
ha envuelto en toscos pañales, y no conoce otras grandezas
que las que Dios ha impreso en sus obras. -Tal es mi parecer,
en substancia; y si aún os parece largo, os le condensaré
en dos axiomas que, no por ser vulgarísimos, dejan
de ser muy dignos de que meditéis sobre ellos.
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La piedra movediza no cría moho. |
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Más vale
ser cabeza de ratón, que cola de león. |
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Pensativo
dejó al matrimonio el desengañado parecer de
don Justo; pero todavía se atrevió Simón
a hacerle este pequeño reparo:
-En todo caso, señor
cura, siempre nos quedará el recurso, si nos pinta
mal fuera de esta casa, de volvernos a ella con los trastos.
-¡Por supuesto! -dijo con ironía don Justo-. Al salir
de aquí dejáis a la fortuna clavada detrás
de la puerta, hasta que volváis a decirla que os ampare.
¡Como si no hubiera otros que se aprovecharán de ella
en cuanto vosotros la abandonéis! ¡Inocentes!
Volvió
a mirar Simón a su mujer, como preguntándola:
-«¿qué te parece de esto?»; pero con tal mirada y
tal semblante le contestó Juana, que, no pudiendo
aquél resistirla sereno, volvió sus ojos al
señor cura, y le dijo, por decir algo:
-Lo pensaremos,
señor don Justo.
-Y haréis bien, -replicó
éste.
Y como había leído muy claro
en la última mirada de Juana a su marido, comprendiendo
que estaba allí de más, concluyó con
estas palabras:
-Conque, hijos míos: dicho lo dicho,
me largo a mis quehaceres; pero conste que no me he mezclado
en vuestros asuntos hasta que lo habéis solicitado,
y no dudéis que aquí o donde quiera que la
fortuna os coloque, no han de faltaros mis pobres oraciones
ni mis deseos de que Dios, autor y dispensador de toda felicidad,
os la dé tan cumplida como duradera.
-¡Amén!
-dijo Juana en un arranque de despecho, mientras salía
de la tienda el santo varón.
Simón se quedó
pensativo.
Iba, de fijo, a promoverse un altercado entre
la mujer que estaba dominada por el demonio de la impaciencia,
y el marido que no lo estaba tanto, cuando entró la
niña llorando en la tienda.
-¿Qué tienes,
hija del alma? -le preguntó Juana entre iracunda y
alarmada.
-Te me peló... Titina... la del Toco...
Hi, hiii...
-¿Qué te pegó Cristina la del
Cojo, hija mía? -dijo Juana, único intérprete
capaz de traducir al castellano aquellas palabras, dichas
por la media lengua de la inocente-. ¿Y por qué te
pegó, ángel de Dios?
-Hi... hiii... Polque
telía tugal tomigo, y yo... hi, hiii... no telía
tugal ton ella, y... y... y la llamé piojosa.
-¡Hiciste
bien en llamárselo, hija mía! ¿Quién
es ella para ponerse a jugar contigo?-exclamó, en
un sincero arranque de soberbia, la mujer de Simón-
Y si después de esto no saca tu padre al suyo los
ojos o el dinero que le debe, te digo que no tendrá
sangre ni vergüenza. ¡Miserables! ¡Tras de que si no
fuera por uno, se morirían de hambre!... ¡Y todavía
hemos de andar aquí en contemplaciones, pedriques
y gazmoñerías para hacer lo que nos dé
la gana de nuestra hacienda! ¡Ah, si yo tuviera los calzones!...
Disponíase a responder Simón a Juana desde
la puerta, contra la cual estaba recostado, mirando a la
calle, cuando salió, botando, de hacia la cocina,
un perrazo de áspero y sucio pelaje, con una morcilla
chorreando caldo entre los dientes. Iba a enfilar la puerta
como una exhalación; pero viéndola ocupada
por el amo, saltó sobre el mostrador, sin duda para
que le sirviera de trampolín; y derribando y haciendo
añicos media docena de vasos y una botella, cruzó
el espacio como un cohete; pasó, sin tocar, sobre
la cabeza de Simón; cayó en la calle, sin soltar
la morcilla, por supuesto, y desapareció en la calleja
inmediata.
-¡El perro del sacristán! -gritó
Simón al verle, disponiéndose a coger una tranca.
Pero todo fue inútil: la aparición del animal,
el desastre del mostrador, el salto sobre Simón y
el desaparecer en la plaza, fue obra de un solo instante.
Juana alcanzaba el cielo con las manos al contemplar el
destrozo causado por el perro ladrón.
-¡Y esto es
de todos los días! -gritaba fuera de sí.
-Yo
te aseguro -gruñía Simón-, que he de
hacer pagar caro a su amo este estropicio.
-¡Sí -decía
Juana-, como la media libra de tocino que te robó
de entre las manos el otro día ese mismo demonio de
animal! ¡Como el pollo que me sacó de la tartera antes
de ayer el gato del enterrador! ¡Como el grano que se zamparon
ayer en el desván las gallinas del vecino!¡Como tantas
otras cosas que se nos van por arte del demonio!
Y como
todo lo convertía al punto en substancia aquella impetuosa
mujer,
-¡Cuando te digo -concluyó-, que no se puede
vivir en este pueblo! ¡que nos han de dejar en él
sin camisa y sin salud!
-La verdad es -refunfuñó
Simón-, que se le acaba a uno la paciencia para bregar
con esta gente.
-Eso te estoy predicando yo todos los días,
y no me haces maldito el caso.
-Más de lo que a ti
se te figura.
-Poco se te conoce. -Porque me gusta más
hablar a tiempo que hablar mucho.
-Pues ¿a qué esperas,
alma de hielo?
-A que me saque el general el estanco en
la villa, que voy a pedirle hoy mismo.
-¡Acabaras con dos
mil demonios! -exclamó Juana en un desahogo de insensata
alegría.
-Las cosas, mujer, han de seguir su marcha
natural -dijo Simón con acento solemne y reposado,
como si hubiera consignado una gran sentencia-. Te seguro
-añadió en tono aún más campanudo-,
que esto del perro me ha llegado al alma, y que me pesa en
ella mucho más que las palabras del señor cura.
No hay que reírse de esta ocurrencia de Simón,
que a razones deigual peso suelen agarrarse ciertas pasiones
para triunfar del corazón humano, cuando éste
desea ser vencido.
. . . . . . . . . . . . Algunos días después
vio el vecindario dos carros enrabados a la puerta de la
abacería; luego vio cargar en uno de ellos las aceiteras,
los barriles, los cacharros, las chucherías de la
tienda, ¡hasta los estantes y el mostrador!; vio en seguida
cómo en el otro carro se colocaron los colchones,
las camas desarmadas, la batería de cocina... todo
el ajuar de la casa deSimón; cómo se acomodaron
en un hueco dejado al efecto sobre los colchones, Juana y
su niña después de haberse restregado la primera
los zapatos contra el suelo repetidísimas veces, mirando
al mismo tiempo a todas partes, cual si quisiera, con alarde
tan necio, dar a entender que hasta el polvo de aquel suelo
la ofendía; vio la gente también, cómo,
después de sacar hasta la escoba, cerró Simón
la puerta y se guardó la llave en el bolsillo; y luego
ponerse en movimiento los carros, a loscuales seguía
Simón, saludando con gravedad a cuantas personas le
despedían desde lejos con un movimiento de cabeza;
no vio una sola vez asomar la de Juana fuera del toldo bajo
el cual iba; y vio, por último, que los dos carros,
y Simón que marchaba siempre junto a ellos, después
de atravesar la plaza, tomaron el camino de la villa y en
él desaparecieron.
  Capítulo II
Esta villa era como todas o la mayor parte de las villas
de España:un mal remedo de ciudad, sin dejar de ser
aldea; o mejor, todo lo malo de la aldea y de la ciudad,
sin tener nada de lo bueno de ellas. No tenía de la
aldea la holgura, ni la independencia, ni el horizonte, ni
el aire puro, ni el sol esplendoroso, ni los aromas, ni el
plácido aislamiento; pero sí sus miserias,
sus vecindades, su escasez de recursos, su soledad, su desamparo,
su pequeñez. No tenía de la ciudad los monumentos,
los espectáculos, la policía, la provisión
de todo, la cultura, las comodidades; pero sí sus
etiquetas, sus necesidades, sus estrecheces, su esclavitud,
sus pestilencias. Regía allí la ley de razas,
sino por colores, por posiciones o categorías, y se
guardaban las distancias hasta en la casa de Dios, único
punto de la tierra en que es un hecho la decantada igualdad
social, menos cuando se trata de esos ridículos términos
medios entre la confusión de las grandes poblaciones
y la tranquila sencillez de la vida campestre.
Remedo de
aquella presuntuosa sociedad era el pueblo mismo. Lleno de
tiendas de gran fachada, no se vendía en ellas lo
más indispensable para la vida que allí hacía
la gente encopetada; gruñían y se revolcaban
los cerdos en las calles mal empedradas; pastaban las aves
de corral en las grietas de las aceras y en los rincones
de la plaza; y en el campo inmediato, mitad jardín
y huerta, mitad de labranza, ni esponjaban las flores, ni
maduraba la fruta, ni el trigo espigaba, ni el heno crecía.
Por todo este conjunto desentonado y angustioso, habían
trocado Simón y Juana su pintada casita de aldea,
su hermoso horizonte y sus floridos linderos, cuatro años
antes del momento en que el lector y yo entramos en la villa
de que se trata.
Corría el mes de mayo a la sazón,
y el follaje, los pájaros, las flores y el céfiro
que los columpiaba, llenaban toda la campiña. De todos
estos primores de la naturaleza, sólo alcanzaba a
la villa tal cual penacho de mortecinas flores, que algunos
frutales raquíticos dejaban ver sobre los mohosos
lomos de ésta y la otra tapia, aun en las calles más
céntricas, como anuncio burlesco de una fruta que
no había de llegar a la madurez.
Tenía aquel
pueblo también, como todos los pueblos, como todos
los hombres, su especialidad, su fatalidad invencible, su
anankée insuperable, como diría Víctor
Hugo. Este anankée era un regato; el cual regato nacía
en un cerro vecino; y dejando morirse de sed durante el verano
a la pobre campiña que atravesaba, tenía la
desvergüenza de inundar varias veces cada invierno,
y merced a las aguas que le prestaban las lluvias y las destilaciones
del cerro, la parte más baja de la villa a cuya proximidad
pasaba. -Aquel regato, los desmanes de aquel regato, el partido
que podía sacarse de aquel regato encauzado convenientemente,
eran la pesadilla y el tema sempiternos de todos los municipios
de la villa y de sus más reposadas deliberaciones.
La cuestión del regato reaparecía nueva y
palpitante de interés entre el vecindario a cada Congreso
que se constituía en Madrid, a cada municipio que
se elegía en la villa, a cada gobernador que se cambiaba
en la capital de la provincia. Y dicho se está con
esto que la tal cuestión apenas se olvidaba un momento.
¡Y era de oír cómo se hablaba entre aquellas
gentes de canalizar, de fecundizar, de obras de fábrica,
del curso del río, de empalizadas, murallones y otras
magnitudes por el estilo, ni más ni menos que si trataran
de dar nuevo cauce al Amazonas, o de poner un dique a los
furores del Atlántico; cuando, en rigor, todo estaba
reducido a retorcer el cauce del regato, junto a la villa,
en un trayecto de cuarenta varas, de dos de anchura por otras
tantas de profundidad.
Ésta era la necesidad más
apremiante; y era otra, bastante urgente, la de abrir algunos
canales de riego, por los cuales se distribuyera convenientemente
el caudal del arroyo en invierno, a fin de que empapase toda
la campiña por igual, de modo que en verano conservara
alguna frescura, ya que en tan calorosa estación todo
canal era inútil, puesto que se secaba el regato hasta
su origen, y no corrían por su cauce otras cosas que
las nubes de polvo que levantaba el viento, las lagartijas
y las cucarachas.
Cabalmente el día en que nosotros
entramos en la villa con esta narración, había
en las Casas consistoriales reunión de contribuyentes
para tratar de este perdurable asunto, con motivo de haber
ido a las Cortes un diputado natural de un pueblo inmediato,
al cual representante iba a encomendarse la tarea, no floja,
de conseguir del Gobierno la protección tantas veces
intentada en vano por el vecindario de la villa.
Estaba
el salón de bote en bote, como decirse suele; pero
figurando en los bancos de preferencia, inmediatos a la comisión,
el señorío, o sea la gente de levita, aunque
allí la gastaban casi todos.
Abierta la sesión,
y después de leída la exposición de
razones que se elevaba a la consideración del Gobierno,
dijo el presidente:
-Creo, señores, que en esto todos
estaremos conformes. Que las crecidas del río perjudican
a la población, y que el canalizarle aprovecharía
a la campiña, no puede negarlo nadie.
-Conformes,
-dijeron todos.
-Medios que se proponen para llevar a cabo
esta empresa -continuó el presidente-: Que pague el
Gobierno la mitad de los gastos presupuestados, y la otra
mitad el pueblo.
-Conformes; contestó la concurrencia.
-Recursos con que cuenta el pueblo para pagar su parte,
y cuya aprobación solicita -añadió el
presidente hojeando la instancia en borrador, que estaba
sobre la mesa-. Primero: la demolición de la capilla
de San Roque que se halla a la vera del río... Señores
-dijo volviéndose al auditorio, en ademán resuelto-:
La comisión ha tenido presente al hacer esta proposición,
la proximidad de la capilla al sitio en que ha de abrirse
el nuevo cauce; los sillares y la madera que puede darnos
para la obra de fábrica que está indicada allí
mismo, y el dinero que han de valernos los ornamentos y las
esculturas, sacados oportunamente a remate. Se me dirá
por algunos que en esa capilla se dice la primera misa en
los días festivos, por lo cual es, hasta cierto punto,
una necesidad para el vecindario la conservación de
ese pequeño templo; pero, señores, lo cierto
es también que esa necesidad es puramente moral, al
paso que la otra se toca y se palpa, y afecta a la hacienda
y hasta a la vida de muchos de nosotros; de nosotros, señores,
que somos muy liberales... Digo, por tales os tengo... (Voces
estrepitosas: ¡Sí, sí!) Pues bueno; si, como
liberales que somos, no nos pagamos de ciertas preocupaciones
añejas..., (Voces: ¡No, no!) ¿a qué desechar
ese recurso, cuando con él podemos remediar en gran
parte la calamidad que nos aflige cuatro, cinco y seis veces
cada invierno, y, en sentido inverso, todo el verano? (Muchas
voces: ¡Abajo la capilla de San Roque! ¡Abajo los curas!)
¡No tanto, señores, no tanto!: con la capilla hay
bastante por ahora. (Bravos frenéticos en la sala.)
Ábrese discusión sobre este asunto.
Momentos
de silencio, durante los cuales pudo creerse que todos estaban
conformes con la opinión del presidente, o que nadie
se atrevía a manifestar otra distinta.
Creyendo lo
primero, iba a dar la comisión por aprobada la base,
cuando se levantó un pobre cura, viejo ya, y achacoso
como viejo, que había obtenido voz, pero no voto,
en el salón, por una especial merced de los congregados,
a protestar contra las palabras del presidente. Demostró,
en voz cascada y lenta, pero impávido, primero: que
era una superchería lo de que la demolición
de la capilla pudiese proporcionar los recursos a que se
refería el presidente; que no había en el edificio
más sillares que los pequeñísimos y
carcomidos de la puerta; que los ornamentos no valdrían,
en subasta, dos pesetas, y que no llegarían a treinta
reales las esculturas del pobrísimo y desmantelado
altar. Esto lo demostró como dos y dos son cuatro.
Segundo: que aun en el caso de ser ciertos los risueños
cálculos del presidente, la fe de un pueblo católico,
las santas tradiciones, las exigencias del culto divino,
el respeto al derecho de los demás y a la ley común,
exigían que no se procediese tan de ligero en un asunto
tan grave, siquiera porque no se dijese por algún
malicioso que se obedecía a un resabio de partido
más bien que al rigor de una apremiante necesidad.
Todo lo cual valió al pobre sacerdote una tempestad
de murmullos, entre los cuales tuvo que sentarse, abandonando
en seguida el salón, por no autorizar con su presencia
la discusión de un punto para él indiscutible.
Por segunda vez iba a darse por terminado el asunto, cuando
pidió la palabra un hombre joven, rechoncho, de escasa
frente, pero de mucha cara, abultado de pecho, ancho de espaldas,
muy atusado de pelo y crespo de bigote, grueso de manos y
amanerado en el vestir. Aquel hombre era Simón Cerojo,
que tenía ya toda la gordura y todo el lustre, y aun
todo el traje, propios de un tratante de caldos, que va en
próspera fortuna, pero que no ha llegado todavía
a la mitad de su carrera.
-Señores -dijo Simón
después de carraspear mucho y de atusarse el pelo
no poco-: Yo, el más incompetente y el más...
Y el más ineto (Risas hacia los bancos de la comisión);
y el más ineto, digo, de los presentes que aquí
estamos, me levanto a terciar en este debate, ya que nadie
ha querido hacerlo después que usó de la palabra
el dino señor cura. (Risas y jujeos a su lado.) Sí,
señores, dinísimo (Risas generales)... ¡dinísimo
digo, y circunspeuto añado! (Carcajadas.) Pero voy
al caso. Dice el señor presidente que el interés
moral no es quién contra el interés material
y del momento. No diré que no tenga razón el
señor presidente; pero tampoco diré que la
tenga. (Más jujeos.) Me explicaré, señores;
que, por lo visto, -aquí todos son erúditos
y saben latinidades. (Risas de levita y aplausos de chaquetón.)
Que es respetable la necesidad de echar el río por
otra parte, y respetable la cantidad que valga la ermita
después de derribada, y respetables los materiales
que proporcione para la obra: concedido. Pero se dice: «no
es respetable el interés moral». Yo no diré
que lo sea; ¡pero las aparencias tan siquiera, señores;
las aparencias! (Risotadas acá y allá.) Reírvos
lo que queráis, si eso vos engorda, que yo por ello
no he de ser ni menos contingente (Asombro)... ni menos liberal.
(Sensación.) Decía, señores, que debemos
salvar las aparencias, ya que no pueda salvarse la ermita
de San Roque. Yo soy cristiano, tan cristiano como el que
más (Rumores)... Sí, señores, tan cristiano
como el que más; pero más liberal que el primero
que se presente. (Estrepitosos aplausos.) Y claro está
que mi conciencia no se asusta porque haiga una iglesia,
más o menos... ¡porque yo no soy de esos fariseos
que especulan con la religión! (Frenéticos
aplausos)... ¡Ni tampoco de esos otros que no quieren nada
con ella! (Rumores.) Me gusta vivir bien, y ser tolerante
con todos. Por eso soy buen cristiano (Murmullos)... ¡buen
católico! (Risas)... ¡y buen liberal! (Aplausos.-El
orador se limpia la cara con el pañuelo, y pide un
vaso de agua con anisete, que no le sirven.) Repito que si
el derribo de la capilla es tan necesario como se dice, que
se lleve a efecto; pero que no se desoigan las palabras del
señor cura, que, al cabo, todavía hay muchas
almas que le escuchan. ¡Cómo yo había de oponerme
a ningún proyecto de interés general? Que caiga
la ermita, si está de Dios que ha de caer; pero que
caiga con el respeto debido a los que se oponen a ello. Esto
es lo que quería yo decir... porque yo soy muy contingente,
muy tolerante y muy liberal. He dicho. (Aplausos, risotadas
y murmullos. El orador recibe las felicitaciones de algunos
colegas; vuelve a limpiarse el sudor con el pañuelo,
y escupe pegajoso varias veces en medio de la sala.) No
habiendo quién quisiera ilustrar más el asunto,
púsose a votación, y fue aceptado casi por
unanimidad lo propuesto por la comisión.
Y continuó
el presidente:
-Segundo medio de arbitrar recursos: «Se
autoriza al municipio para imponer a los artículos
de beber y arder un recargo de seis por ciento.»
-Eso no,
¡voto al demonio! -dijo Simón Cerojo, poniéndose
de pie sobre el banco y echando espumarajos de ira por la
boca, contra su mesura, su tolerancia y su contingencia acostumbradas.
-¡Lo mismo digo! -gritaron otras muchas voces alrededor
de Simón-. ¡Fuera ese artículo! ¡Abajo la comisión!
-¡Orden! -gritaba el presidente dando bastonazos sobre la
mesa.
-¡Afuera la canalla! -vociferaban los señores
propietarios, encarándose con la masa tabernera.
-¡Abajo los tiranos! -gritaban algunos caldistas desde lo
último de la sala-. ¡Viva el pueblo que trabaja!
-¡Viva el duque de la Victoria! -gritó un zapatero.
-¡Orrrden!!! -¡Abajo los de arriba! -¡A la calle los de
abajo!
-¡Orrrrrrdeeennn! Y nadie se entiende allí,
porque todos gritan y se revuelven y manotean, armándose
un tumulto tan espantoso, que me río yo de los que
se promueven cada día en el «templo de nuestra Representación
nacional.»
Al cabo de media hora, y sin duda por cansancio,
se calma la tempestad.
-Es digno de observación,
señores -dijo entonces el presidente-, lo que acaba
de pasar aquí. Un hombre que, según él
mismo nos ha dicho, es todo tolerancia, todo moderación
y todo contingencia (Risas), es cabalmente quién ha
amotinado el salón en cuanto ha visto que se tocaba
al pelo, no más, de sus intereses particularísimos.
(Simón Cerojo pide la palabra para una alusión
personal.) ¡Así es, señores, el patriotismo
de algunos hombres! y no digo más.
-Señores
dipu... digo circunstantes: cumple a mi hombría de
bien, a mi lealtad y a mi... contingencia (Risas) dejar bien
claro este punto. Yo no me he rebelado contra la base que
se ha leído, sólo por lo que toca a mis intereses,
sino por lo que no toca a los de los demás. (Murmullos.)
Me explicaré. Se trata de hacer una obra que beneficie
los terrenos que hoy cruza el río, y se propone que
la paguemos, en su mayor parte, los que tratamos en artículos
de beber y arder... precisamente los que no tenemos media
libra de tierra en la campiña. Contra esto me rebelo,
porque no es justo. Pero tampoco es nuevo en este pueblo
ese modo de proceder; y por lo mismo que no es nuevo y ya
estoy cansado de arrimar el hombro para que otros suban a
lo alto, es por lo que me rebelo con más empeño.
(Aplausos hacia abajo. Murmullos hacia arriba.) Yo soy muy
liberal, pero no consiento que nadie me pise y me atropelle;
y también muy tolerante, pero no a costa de mis intereses,
que son el pan, y el sustento y la... contingencia intelectual...
(Jujeos) de mi familia. Yo pagaré la parte que me
corresponda para echar el río por otro lado, de modo
que no toque a la villa, que al cabo, y bien sabe Dios por
qué, en ella vivo; pero el que quiera buenas tierras
y bien regadas, que lo sude de su bolsillo. (Aplausos entre
los caldistas.) -El señor Cerojo -dijo con retintín
un personaje muy soplado, de la sección de propietarios-,
y los demás taberneros que le rodean, no son muy partidarios
de que se aleje el río, o mejor dicho, el agua que
lleva, de sus establecimientos. No me extraña.
-Oiga
usté, sió pendón -respondió un
caldista, asaz mugriento y desengañado-; ¿piensa usté
que, aunque pobres, vivimos aquí de estafar a inocentes,
como hace algún señorón que yo me sé?
-¡Al orden, señores! -gritó el presidente
deseando torcer el sesgo peligroso que tomaba el debate.
-Yo no sé cómo piensan en esto mis colegas
-objetó Simón, afectando desdén hacia
las palabras del propietario-; pero sé cómo
pienso yo, y por eso he dicho lo que dije; y ahora añado
que siempre somos la carne de pescuezo en este pueblo, los
pobres artistas; que lo bueno, lo cómodo y lo de lustre,
allá se lo reparten los manates. Entonces no se cuenta
con nosotros ni para un triste saludo de cortesía,
porque lo tienen a menos; pero cuando se trata de sacar dinero...
(Protestas de arriba) se nos busca y se nos mima. (Aplausos
abajo.) Y esto es insufrible, inominioso para nosotros; y
yo reniego ya hasta del día en que puse los pies en
la geografía de este pueblo.
-¡Señor Cerojo,
señor Cerojo! -gritó el presidente sin poderse
contener por más tiempo-; esas palabras son indignas
de este sitio y de esta concurrencia, y yo espero que usted
las retirará espontáneamente.
-Yo no tengo
nada que retirar, más que a mi persona, que voy a
retirarla de aquí ahora mismo.
-No será sin
que antes le demuestre yo, con una prueba sencillísima,
todo lo importuno que ha sido su enojo, todo lo inconveniente
que ha sido su conducta, ya que no se lo ha dado a entender
la muy diferente y digna que han observado otros señores
comerciantes que se hallan aquí presentes.
-Es que
a esos señores no se les ha pedido nada.
-Eso es
lo que usted no sabe... ¡Señores, para que se comprenda
toda la intemperancia del señor Cerojo y sus amigos,
baste saber que de la base que tanto le ha sulfurado, no
se ha leído más que la mitad! (Atención
general.) La otra mitad dice así: «... y otro recargo
de tres por ciento sobre la clavazón y quincalla (Protestas
de los quincalleros), paños del reino... (Enérgicos
rumores entre los pañeros), y otros artículos
de vestir y calzar.» (Alaridos en varias partes del salón.)
-¡Ahora no soy yo el intemperante, señor presidente!
-vociferó Simón, dominando con dificultad el
tumulto que empezaba a reinar en la sala.
-Orrrdeeen, señores!
-gritó el presidente.
-¡Justicia era mejor! -le contestaron
muchas voces.
-¡Catalana hay que hacerla en este pueblo!
-añadieron otras.
-¡Orrrrdeeeen! -¡Afuera esa gentuza!
-gritaron otra vez los propietarios.
-¡Abajo la comisión!
-¡Y los que quieran engordar a la sombra de ella! -¡Vivan
los pobres honrados!
-¡Viva el duque de la Victoria! -volvió
a gritar el zapatero.
-¡Orrrdeeen! -¡Canalla! -¡Ladrones!
Y se repite el tumulto, y la cosa se pone seria, y los prudentes
desaparecen, y el presidente, enronquecido ya, sube sobre
la mesa y logra hacerse oír breves momentos.
-Señores
-dice-: Por la centésima vez en mi vida, presencio
este espectáculo, hijo de la misma causa que hoy le
ha promovido. Esto me demuestra que los habitantes de este
pueblo estamos condenados a sufrir cobardemente, y por los
siglos de los siglos, los desafueros de ese mal regato. La
comisión, al comprenderlo así también,
hace respetuosa renuncia de su cargo y levanta la sesión.
Silbidos, denuestos, un estrépito espantoso y alguna
que otra bofetada, fueron el resultado inmediato de esta
arenga, y el remate de aquella sesión.
  Capítulo III
Mientras tales cosas pasaban en las Casas consistoriales,
ocurrían otras de bien distinta naturaleza junto al
mismo regato de que se ha tratado, a la escasa sombra que
proyectaba el aún no bien formado follaje de dos cortas
hileras de chopos, a las cuales se llamaba en la villa la
alameda grande.
Como el día era de trabajo y la hora
la menos a propósito para el descanso, eran dueñas
absolutas de todo el paseo, para correr por él sin
estorbos ni tropiezos, hasta media docena de niñas,
de nueve años la más esponjada; todas risueñas,
todas ágiles, todas hechiceras, como son todas las
niñas a esa edad, cuando no están cohibidas
por la opresión del vestido de gala o de las botitas
recién estrenadas.
Tras aquellas niñas tan
alegres, que corrían y gritaban sin cesar un punto,
no corría, sino andaba a lentos pasos, mustia y como
recelosa, otra niña no menos agraciada y no más
entrada en años que ellas. Había, sin embargo,
notables diferencias entre unas y otras. De éstas,
las que no eran rubias eran muy blancas; aquélla era
morena. Las que corrían eran ágiles como cabritillas,
y al correr parecía que no tocaban el suelo con sus
diminutos pies; la que las seguía con la vista, era
de formas más abultadas y de movimientos menos suaves
y graciosos; y aunque vestía lo mismo que ellas en
forma y calidad, en la combinación de los colores
y en el aire de su vestido, había algo que no era
del mejor gusto. Indudablemente aquella niña no pertenecía,
como las otras, al buen tono de la villa, y por eso no tomaba
parte en sus juegos más que con la intención.
He observado muchas veces que las niñas de corta
edad son muy exigentes en la elección de amigas, por
lo cual difícilmente se familiarizan con las que no
sean de su categoría social, o de otra más
alta, si es posible. Los niños son todo lo contrario:
parece que tienen a gala asociarse para sus juegos y empresas,
a todo lo más perdido y desarrapado que encuentran
en la calle.
La niña rezagada de nuestra historia
seguía siempre, y aunque de lejos, las evoluciones
de las que corrían, y frecuentemente, al encontrarse
con alguna de ellas, corría también como si
se forjara la ilusión de que la perseguían
al escondite, o la disputaban el sitio a las cuatro esquinas.
Y como estas libertades se las había permitido varias
veces, en una de ellas la niña con quien tropezó
se detuvo jadeante; y echándose atrás los rizos
con ambas manos, exclamó en el tono más desdeñoso
que pudo:
-¡Qué plaga de moco, hija!... ¡Cómo
se agarra!
-Eso es de familia, -dijo otra que se paró
a su lado.
-Pues vamos a decirla una fresca -añadió
otra-; a ver si se va.
-¡Si yo creo que hasta debe tener
miseria, mujer! -apuntó una delgadita como un mimbre,
que oscilaba mucho al andar, y se chupaba un dedo en cuanto
se paraba- ¡Cómo se arrasca!
-Oye, tú -dijo
al oído de la anterior, abriendo mucho los ojos y
enarcando las cejas, una pequeñuela, muy nerviosa
y asombradiza- ¡Si traerá la navaja!
-¿Qué
navaja? -preguntó la delgadita, no muy segura de su
valor.
-Una muy grandona que tenía en la mano el
otro día, a la puerta de su casa.
-¿Y qué
nos haría con ella, tú?...
-¡Madre de Dios!...
Como estamos aquí solas y en medio de este bosque...
-¿Quieres que nos vayamos a casa? -¡Para ella estaba! -dijo
con desenvoltura una mayorzuela que había oído
estas observaciones-. ¡Miedosas, más que miedosas!...
-¡Pues juega tú con ella si no! -¡Como no juegue
yo con ese pendón! Primero iba y se lo decía
a mi papá.
-¿Vamos a buscar el perro que tenemos
nosotros en la huerta, y a hinchársele aquí
mismo? -propuso la miedosa.
-¿Y si la come toda? -Que se
la coma. Mi papá es alcalde...
-Sí; pero eso
lo castiga Dios... y puede que nos caiga algo malo.
-Pues
¿qué hacemos si no?
-Vámonos a aquel rincón,
a ver si se queda aquí sola y después se marcha.
Y esto dicho, las vanidosillas fueron desfilando lentamente
y mirando hacia atrás con el rabillo del ojo; llegaron
a un ángulo de la alameda, y allí se acurrucaron
en el suelo, formando estrecho y apretado círculo.
A todo esto, la pobre desdeñada niña, que
había estado observando a las otras durante su breve
diálogo, mirando de reojo y mordiéndose las
uñas, cuando las vio sentadas se dirigió hacia
ellas paso a paso, con la cabeza gacha; y al estar a media
vara de las desdeñosas, se dejó caer al suelo
lentamente y se puso a deshojar las florecillas del césped,
sin arrancarlas, flechando ojeadas de través de vez
en cuando al grupo, y sorbiendo muy recio el aire con las
narices.
-¡Hija, qué peste de chica! -exclamó
impaciente la mayorzuela al verla a su lado otra vez-. ¡Ni
aunque fuera de engrudo!
-¡Así ella se pega! -observó
la más cachazuda.
-¡Si el otro día la vi yo
limpiarse las narices con la enagua! -dijo muy admirada la
delgadita, sonándose las suyas con los dedos.
-¿Vamos
a arañarla? -propuso la nerviosa, crispando los dedos.
-Eso no es de tono, hija -respondió la mayor-. Mejor
es otra cosa, ahora que me acuerdo.
-¿Qué cosa es?
-Darla mate, para que rabie de envidia. -Pues empieza tú.
-Verás qué pronto. Amigas de Dios -continuó
muy recio, de modo que lo oyera la intrusa-; mi papá
vino de las Indias el año pasado... y trajo cinco
fragatas cargadas de onzas... y un negrito para que le sirviera
el chocolate... y es tan rico, que se cartea con el rey de
las Indias... y a mí me da dos reales cada vez que
es su santo... y yo lo echo en lo que me da la gana..., y
tengo tres muñecas de resorte, y un muestrario de
botones que le regaló a mamá para mí
una modista que quitó la tienda... y tengo dos marmotas
de lana para ir al colegio en el invierno... porque yo voy
al colegio, y no a la escuela de zurri-burri, como algunas
infelices... que yo conozco... y puede que no estén
muy lejos de aquí. Yo voy a cumplir siete años;
y cuando los cumpla, me dará mamá una pechera
de imitación, que ella ya no pone, para hacer unos
encajes a la muñeca grande; y un señor que
viene a casa, me da dos cuartos todos los domingos; y si
yo quisiera, me regalaría una almohadilla de coser,
con su llave de oro y su dedal de plata... y... y..., (Ahora
tú), -dijo a la nerviosa, que la seguía por
la derecha; la cual, después de estremecerse y de
mirar con ojos espantados a la solitaria niña, continuó:
-Pues mi papá es alcalde de toda la villa, y tiene
tres casas como tres palacios, y un primo en la corte del
rey; y mi mama tiene una doncella que es hija de condes,
y siete vestidos para cada hora que da el reló, y
una cadena así, así, así de larga, que
le costó un millón a papá cuando estuvo
en París de Francia. Y cuando yo sea grande, me comprarán
tres vestidos cada mes, y un reló con diamantes y
botas a la emperatriz. Yo voy también al colegio con
ésta; y en mi casa se come principio todos los días,
y los domingos se toma café; y mi papá tiene
un perro en la huerta que muerde a las tarascas pegotonas.
-Yo soy hija de juez -dijo la que seguía a la nerviosilla-;
y siendo hija de juez, a mi papá le sirven cuatro
alguaciles, de levita, y le llaman usía; y además
le pagan una onza cada día todos los españoles;
y cuando va a Madrid, vive en los palacios del rey; y la
otra noche me dijo en la mesa que si le tocaba la lotería
me iba a comprar una caja de música. Y mi mamá
compra los garbanzos por mayor: ayer compró tres libras;
y por Navidad nos regalan pavos los señores que van
a casa porque tienen pleitos; y yo tengo muchos vestidos,
más de tres, y dos pares de botas, con las que tengo
puestas y otro par que me harán para San Pedro, si
le cae a papá la lotería; y mi papá
es tan poderoso, que manda a la cárcel a todo el que
quiere, ú le manda ahorcar, como ya lo ha hecho otras
veces; y si yo le dijera que metiera en la cárcel
a una pegotona que yo sé, en seguida la metía.
-Pues en mi casa -continuó la delgadita, dejando
de chuparse el dedo-, todo es un puro merengue. Mi mamá
no come más que pastelillos; mi papá, bizcochos;
y yo, jalea; y mi hermana Carmen, suspiros. No queremos puchero,
porque no es de tono; y por eso a las muchachas les damos
hojaldre. Y mi papá recibe todos los años,
de renta, más de doce sacos de harina, quince arrobas
de manteca y dos cajas de azúcar de La Habana... Porque
mi papá es indiano, y trae todas las noches mucho
dinero a casa, cuando viene de la tertulia, adonde va también
el juez, el papá de ésta; y si no comieran
tanta inmundicia algunas niñas zanguangas que yo sé,
no estarían tan pringosas, y tendrían mejor
educación.
-Toda mi casta -dijo la más seria
y conceptuosa-, viene de reyes; y en mi casa las camas son
de oro y las ropas de seda de la India; y si mi papá
gana el pleito que le defiende el papá de ésta,
ensanchará la huerta en más de otro tanto...
Y como soy tan fina por principios, cuando me apesta una
niña ordinaria, se lo digo; y al sol.
-Pu... pu...
pues yo -concluyó la sexta, que era bastante tartamuda-,
ta... ta... ta... tamién...
Oír esto y soltar
la carcajada la niña, hasta entonces taciturna y desdeñada,
fue una misma cosa.
-¡Y se chancea! -exclamaron admiradas
las otras.
-¡Ta... ta... ta! -repetía entre carcajada
y carcajada la burlona.
-¡El demonio de la!... -¡El diantre
de!...
-¡Miren si!... ¡Atreverse a burlarse de una niña
fina!
-Y sí; y me río. ¿Y qué? «Ta...
ta... ta...»
-Ahora mismo voy a decírselo a mi papá,
-exclamó la que nos dijo ser hija del juez.
-Y dile
de paso que pague los doscientos reales que debe a mi padre,
-replicó con desgarro la amenazada.
-¡Ay, qué
atrevida!
-Déjate, que yo traeré al perro,
-dijo la nerviosa.
-¡Fachenda traerás tú!
y no tendrás tanta cuando le ajusten las cuentas a
tu padre en el ayuntamiento.
-¡Ay, qué bribona!
-¡Chismosas! -¡Pegotona, aceitera! -¡Hambronas! ¡Tramposas,
más que tramposas!
-¡Aldeana! ¡Tarasca! -¡Golosas!
¡Relambidas!
-¡Ta... ta... ta... tab... tabernera! -logró
decir la tartamuda, después de un esfuerzo desesperado.
-¡Tar... tar... tartajosa! -la contestó, remedándola,
la otra.
En esto se oyeron muy cercanos los ladridos de
un perrazo. La del alcalde, pensando que era el de su huerta,
que venía a vengarla, comenzó a gritar:
-¡Aquí,
chucho, aquí!... ¡Éntrala, éntrala!...
-¡A ella, chucho, a ella, que aquí está! -gritaron
a coro sus amigas.
La amenazada chica comenzó a mirar,
asustada, en todas direcciones; y aunque no se veía
el perro, como los ladridos se oían cada vez más
cerca, dio a correr desesperadamente, buscando la entrada
de la villa por un atajo.
-¡A ella, chucho! -seguían
gritando las otras-. ¡Cómela, cómela!
Y viendo
que el perro no aparecía, siguieron a la fugitiva
arrojándole piedras, con una de las cuales la descalabraron
al fin.
-¡Qué me matan! -gritó la pobre chica
llevándose las manos a la cabeza.
Pero cuando, al
retirarlas, las vio manchadas de sangre, su espanto no tuvo
límites, y sus alaridos pudieron oírse desde
media legua.
Entonces retrocedieron aterradas las perseguidoras,
cuya intención no alcanzaba más que a meter
miedo a la fugitiva; pero al volver a la alameda, se hallaron
con el perro, que por desgracia, no era el del alcalde. Acabaron
de aturdirse en su presencia, y huyeron a la desbandada;
mas el animal, «a una quiero y a la otra la dejo», hartóse
de romper vestidos; y sabe Dios qué más hubiera
roto, si a los gritos y a los ladridos no hubieran acudido
algunas personas que ahuyentaron a palos a la fiera, y condujeron
al pueblo a las inocentes criaturas, bien merecedoras del
susto que pasaron si se les toma en cuenta lo que hicieron
padecer a la pobre descalabrada.
  Capítulo IV
Esquina a la plaza y a una de las calles que desembocaban
en ella, había una casa más pequeña
que cuantas la seguían en la fila. Debajo del balcón
del único piso que tenía, y sobre la puerta
principal, se leía, en un largo tablero coronado con
las armas de España, lo siguiente:
ESTANCO NACIONAL ESTABLECIMIENTO DE SAN QUINTÍN
LÍQUIDOS Y OTROS COMESTIBLES
Penetrando por aquella
puerta, se veía la razón del letrero en un
mostrador sobrecargado de cacharros menudos; una gran aceitera
con canilla, y algunas botellas blancas, llenas de aguardiente
de otras tantas denominaciones; en una estantería
espaciosa, ocupada con paquetes de cigarros y de cajas de
fósforos, libritos de fumar, grandes pedazos de bacalao,
tortas de pan, madejas de hilo, garbanzos y otros artículos,
tan varios en su naturaleza como reducidos en cantidad; en
algunas mesas simétricamente colocadas fuera del mostrador;
en tal cual barrica o hinchado pellejo que se vislumbraban
entre la oscuridad del fondo.. y en otros mil detalles propios
de semejantes establecimientos, los cuales conoce el discreto
lector tan bien como yo.
Detrás del mostrador estaba
sentada, haciendo media, nuestra antigua conocida Juana,
la mujer de Simón Cerojo. Como éste, había
engordado y echado mejor pellejo, y dado a su vestido cierto
corte presuntuoso. Pero, al revés que en su marido,
su entrecejo se había ido frunciendo, y todo su semblante
agriando, a medida que la suerte fue favoreciéndolos.
Porque la suerte los había favorecido. Para convencerse
de ello bastaba echar una mirada a su establecimiento, en
una sola de cuyas secciones había más capital
empleado que el que representaba toda la antigua abacería...
y permítaseme una corta digresión a este propósito.
Merced al estanco que obtuvo Simón sin dificultad,
a los ahorros que trajo de la aldea y al crédito,
aunque muy limitado, que no tardó en abrírsele
en algunos depósitos al por mayor, en el primer año
de establecido en la villa duplicó su capital. En
el segundo se dedicó, por extraordinario, a hacer
ligeros préstamos, bien garantidos, a un interés
variable, según las personas y las circunstancias:
entre una peseta por duro a la semana, si el menesteroso
era jugador de afición bien puesta, y treinta por
ciento al año, si era artista establecido convenientemente.
Esta nueva industria le permitió ensanchar un tanto
sus negocios principales; con tan buena mano, que al concluir
los dos años de su estancia en la villa, se encontró
con un capitalito de más de seis mil duros, libre
y desempeñado. Entonces se hizo caldista de veras;
es decir, no se anduvo con parvidades de aceite, vino y aguardiente,
sino que surtió de estos artículos su establecimiento,
por mayor; lo cual le permitió hacer préstamos
más en grande, más a menudo y en condiciones
de mayor atractivo. -Resultado de éstas y otras combinaciones:
que el día en que nos hallamos con Simón en
las Casas consistoriales, y con Juana en su establecimiento,
eran dueños de la casa que éste ocupaba, de
lo que la tienda contenía, y de un respetable sobrante
en continuo movimiento; todo lo cual representaba un valor
de unos miles de duros.
Por este lado, pues, los asuntos
de Simón y de Juana habían marchado viento
en popa. No así los demás; es decir, aquellos
que se relacionaban íntimamente con la vanidad de
Juana, y las no más cortas, aunque más disimuladas
aspiraciones de Simón.
Todos los esfuerzos de la
primera, todas sus meditaciones, todos sus desvelos y todas
sus consultas al espejo antes de darse a luz en los sitios
más públicos de la villa, hecha un brazo de
mar y cargada de relumbrones, no lograron colocarla en jerarquía
más alta que la correspondiente al nombre de la tabernera,
con el cual se la designó desde el primer día
en que se hizo notar por sus humos estrafalarios. Aunque
poco avisada, no desconoció que este descalabro la
alejaba para siempre, en aquel centro, de la altura que había
querido trepar de un salto. El primer efecto de una presentación,
jamás se olvida en la sociedad, máxime cuando
ésta es reducida y presuntuosa.
Bien penetrada de
esta verdad, Juana la sintió en su alma, como un toro
siente en el morrillo el primer par de banderillas; hízose
más áspera y brutal que de costumbre, y se
prometió arrollar cuanto hallara por delante, creyendo
demostrar así, mejor que con dulzura y sencillez,
que era tan digna como la más encopetada de ocupar
el puesto que no se le concedía.
Con esto consiguió
adquirir en la villa cierta celebridad que acabó de
exasperarla. Un solo ejemplo dará la medida de la
altura a que había llegado la insensatez de Juana.
Menudeaban allí los bailes y las recepciones entonadas,
a maravilla; y, naturalmente, nadie se acordaba de invitar
a la tabernera. Pues estas desatenciones sacaban de quicio
a Juana-Yo bien conozco, decía, que no estoy todavía
al corriente de esas ceremonias, y me guardaría mucho
de concurrir a ellas; pero la voluntad es lo que se agradece.
¿Por qué no se tiene para mí un mal recado
de atención, por lo mismo que soy forastera? ¿Se le
caería la venera a algunas de esas fachendosas por
acordarse de mí, que soy más rica que muchas
de ellas? ¡Pues no parece sino que todas son marquesas! ¡Y
el marido de la una vende paño de Munilla y sogas
de esparto, y el de la otra peca-Juana y engüento de
soldado, y me debe a mí hasta la sal con que sazona
lo poco que come!... Pues vinos y jabón vende mi marido.
¿Qué más da lo uno que lo otro?
Saturada también
de estas máximas su hija, apenas comenzó a
concurrir al entonado colegio en que quiso darle educación
su madre, hubo que retirarla de él. Era ya la niña
medio montuna por naturaleza, y con las predicaciones de
Juana llegó a hacerse indomesticable.
En los cuchicheos,
en las sonrisas, hasta en los juegos más inocentes
de sus compañeras, veía burlas y desprecios;
y en esta creencia, las ponía a todas como ropa de
pascua; se pegaba con algunas, y concluía por volver,
a su casa, todos los días, llorando soñados
agravios hasta de sus maestras. De este modo la niña
se hizo tan antipática a sus condiscípulas,
como su madre a cuantos se la aproximaban. Por eso la retiraron
del colegio y la enviaron a la escuela pública, donde,
según el parecer de Juana, no la enseñaban
tanto, pero se la miraba con el respeto debido.
Más
de tres años de martirio llevaba la mujer de Simón
al encontrarnos con ella de nuevo. No porque se fijase en
que en la villa se hacía con ella lo que ella había
hecho con los demás en la aldea; ni porque suspirara
por volver a recuperar su pequeño trono abandonado;
no, en fin, porque le atormentasen la memoria los atinados
consejos del anciano señor cura, sino porque deseaba
un campo más ancho en qué explayarse; otro
mundo más revuelto en qué campar por lo que
se era y no por lo que se había sido. Y un día
y otro día predicaba a su marido la conveniencia de
establecerse en grande en la capital de la provincia, donde,
según ella, ni los ricos eran vanos ni los pobres
envidiosos.
Oíala Simón sin soltar prenda,
y aun haciendo como que no la oía; pero la verdad
es que en el fondo de su corazón detestaba de la villa
tanto como su mujer.
Simón no podía perdonar
a aquella gente el que se le tratase como a persona de poco
más o menos, «en los momentos más críticos
para la vida de los pueblos, y, por consiguiente, para la
de los ciudadanos», como él decía en más
de un monólogo que no llegó a oír su
mujer. Se pagaba muy poco de que no se acordasen de él
para invitarle a un baile particular, o a una tertulia de
más o menos tono; pero que nunca hubiera para su nombre
un hueco en las candidaturas de concejales; que no se le
agregase jamás a una comisión de respeto que
había de representar ciertos intereses del pueblo
en el gobierno de la provincia, o en Madrid, o ante el municipio
mismo de la villa; que no se buscase, ni aun se tolerase
de buena gana, su opinión en tal cual corrillo formado
en la plaza por personas de importancia, en que no entraba
él sino a fuerza de brazo, como quien dice, o poco
menos; que se le tuviera, en fin, por un tabernerillo de
tres al cuarto, cosa era que le hacía perder su serenidad
habitual, y le ponía a pique de echarlo todo a trece,
aunque no lo vendiera, y largarse a otro terreno menos ocasionado
a esas «miserias de aldea». Pero Simón, que no era
tan insensato como su mujer, guardaba estos sentimientos
en el fondo del pecho, y, entre tanto, iba ocupándose
en adquirir alas con qué volar.-Por eso se le veía
atender con tanta asiduidad a su taberna y a su estanco...
y a sus préstamos garantidos. Odiando tanto como Juana
aquella sociedad inaguantable, sólo trataba de redondear
lo preciso para darle un adiós de despedida y caer
en medio de otra mejor; pero de tal modo, que no lastimasen
en lo más mínimo su importancia de actualidad
las reliquias del pasado. Estaba convencido de que, sin una
precaución por el estilo, en todas partes serían
él y su mujer los taberneros de marras, por grandes
que fueran sus caudales. Se ve, pues, que, en el fondo de
la cuestión, estaban perfectamente de acuerdo Juana
y su marido.
Y dejando esto bien consignado, porque importa,
volvamos a tomar el hilo de nuestra historia.
  Capítulo V
Así que la niña descalabrada en la alameda
notó la presencia del perro entre sus implacables
ofensoras, por los ladridos del uno y por los gritos de las
otras, contuvo su llanto, y, con íntima complacencia,
se volvió para presenciar los destrozos que el enfurecido
animal parecía estar haciendo en las ropas y pellejo
de aquellas mal aconsejadas criaturas. Fuera aquél
el perro del alcalde o dejara de serlo, era lo cierto que
a todas las trataba por igual, y que de todas la estaba vengando
a ella cumplidamente... Pero, ¿no era posible que después
de concluir con las seis desventuradas niñas la emprendiese
con la séptima, por lo mismo que a nadie conocía
ni en remilgos se paraba?
Esta consideración tan
cuerda, que asaltó de pronto la mente de la pobre
chica, hízola retroceder; y menudeando los pasos cuanto
pudo, y tornando a recordar su herida y a llorar, por ende,
llegó a la villa y no paró de correr hasta
el estanco que conocemos, en el cual entró momentos
después que nosotros, y al mismo tiempo que llegaba
también, aunque por distinto sendero, Simón
Cerojo, demudado el semblante y apretando los puños
de ira. Tanta, que ni siquiera reparó en la niña
que, por haberse limpiado las lágrimas con las manos
después de oprimirse con ellas la cabeza, tenía
la cara manchada de sangre. Pero Juana sí; y al punto
arrojó la obra en que se ocupaba, saltó por
encima del mostrador sobrecogida de espanto; y tomando a
la niña en sus brazos,
-¡Hija mía! -gritó-
¿Qué sangre es esa?
Entonces se fijó Simón
en la niña; y olvidando por un momento sus disgustos,
corrió también hacia ella.
-¿Te has caído?
-la preguntó con cariñoso anhelo- ¿Te han pegado?
¿Por qué sangras?... ¡Habla, hija mía, por
Dios!...
La niña, después de sollozar un rato,
refirió, punto por punto, cuanto la había ocurrido.
-¡Conque la hija del juez, y la del indianete, y la del
alcalde -exclamó Simón en seguida, con rencoroso
acento-, son las que más te han injuriado, porque
tenían a menos jugar contigo!... ¡Las hijas de esos
personajes que me adulan y me soban cuando necesitan un par
de duros para comer aquel día, o media docena de onzas
para apuntarlas a una carta, o pagar una trampa que podría
ponerlos en vergüenza... si alguna les queda!... ¡Pero
yo les juro que, por poca que ella sea, he de sacársela
a la cara... Y a algunos más también!
Juana,
maldiciendo a su vez de todos y de todo, comenzó a
lavar con agua fresca la herida de su hija, que, por cierto,
era insignificante.
Y, tranquilo ya sobre este punto, Simón
refirió a su mujer cuanto había ocurrido en
la junta que acababa de celebrarse en la casa de Ayuntamiento,
recargando un poquillo los colores a fin de que resultase
más justificado su enojo, y de más efecto sus
discursos, que repitió al pie de la letra.
-¿Y qué
piensas hacer después de tanto desengaño como
vas sufriendo, y de tanto disgusto como vamos llevando de
estos niquitrefes de levita? -preguntó Juana, que
no desperdiciaba ocasión de hablar de su pleito.
-¿Qué pienso hacer? -dijo Simón con su poquito
de rescoldo- Lo que estoy pensando tres años hace,
desde que conocí que en esta recua siempre había
de tocarme ir a la cola; lo que hubiera hecho entonces a
tener el remedio entre las manos, como le tengo hoy: sacar
a más de cuatro fachendosos a la vergüenza pública,
y largarme en seguida con la música a otra parte.
Juana vio el cielo abierto. -¡Lo mismo que yo te he dicho
tantas veces! -exclamó, retozándole la alegría
en el semblante- ¿Qué necesidad tenemos nosotros de
sufrir lo que aquí estamos sufriendo? Con lo que ya
conocemos este trato, ¿cuánto no podríamos
ganar estableciéndole en la ciudad?
-¡No, Juana,
no!... ¡Basta de taberna! Si con ella entráramos en
la ciudad, taberneros seríamos hasta el fin de los
siglos. Y si con ser taberneros, aunque ricos, nos conformáramos,
yo no saldría de esta villa donde he ganado en cuatro
años una riqueza, y podría ganarla mayor en
pocos más. Pero hay una noble ambición que
manda en ti y en mí con mayor f |