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Debían los expedicionarios ir a pernoctar a un pueblo que aún distaba tres horas, y a cierto caserón medio feudal, perteneciente a un hidalgo solitario que le habitaba. Era éste persona de bastante prestigio en aquel país, aunque de escasas rentas, y estábale don Simón muy recomendado por algunos amigos de la ciudad. Conocíanle además todos cuantos le acompañaban en la expedición, por otras análogas. Y dicho se está que el tal hidalgo era experto en los intríngulis electorales. Pero era muy diplomático antes de comprometerse con ninguno. En cambio, una vez comprometido, no podía hablársele más del asunto. Esto lo sabía muy bien don Simón; y para mayor pesadumbre, ignoraba, a aquellas horas, la actitud en que el hidalgo se hallaba con respecto a él; pues la única carta en que había contestado a las muchas que se le escribieron desde la ciudad pidiéndole su apoyo, tanto tenía de dulce como de amarga. Y caminando siempre, y meditando sobre éste y otros puntos, y rara vez hablando, el agua seguía cayendo espesa y muy fría, y el candidato no veía chispa... digo mal, veía las que sacaban las herraduras del caballo que precedía al suyo, al resbalar sobre los morrillos; y esto sucedía frecuentemente al borde de un precipicio, en cuyo fondo se despeñaba rugiendo un torrente, cada vez más impetuoso con el caudal de la lluvia. Veinte años antes, Simón Cerojo no se hubiera fijado siquiera en estos imponentes detalles, y hubiera caminado impávido a la misma hora y por el mismo sendero, entonando unas seguidillas, a pesar de la lluvia y del frío. Pero la vida regalona y el apego a las comodidades del rico Peñascales, habían enervado los bríos y arrugado el corazón del apuesto cortejante de la arisca Juana. Don Simón, pues, era, enfrente de todo peligro serio, tímido como una liebre. Por eso se estremecía de espanto al considerar la facilidad con que él y su apreciable candidatura podían ir en un momento a contar la campaña al otro mundo. Y no bastaban a tranquilizarle las seguridades que le daban sus compañeros, fundándose en el instinto y la firmeza de las cabalgaduras... ¡No era mucho, a la verdad, semejante garantía, única con que, de tejas a bajo, contaban en ciertos pasos peligrosos! Aterrábale otra vez la tenebrosa soledad de un bosque, impenetrable a la tenue claridad del firmamento, única luz que hasta entonces había visto desde que anocheciera. Asaltábanle allí toda clase de miedos; a los ladrones principalmente; pero de éste se sacudía con alguna facilidad, considerando que hasta para robar era cruel aquella noche, aun en el supuesto de ser creíble que en semejantes soledades habitaran los que viven a expensas de lo que tienen los que jamás pasarían por allí, a no estar tentados del demonio, o del afán de ser diputados a Cortes, que tanto monta. Del miedo a las fieras le curaban sus acompañantes, asegurándole que el lobo y otros animalitos por el estilo, no hacen caso del hombre como tengan bestias en qué cebarse; y los viajeros llevaban, por de pronto, siete caballos que ofrecer a la voracidad del soñado enemigo. Con éstos y otros consuelos, don Simón hasta se atrevía a toser sin taparse la boca, cuando el frío de la noche le obligaba a ello. De pronto se encontraba en una poza con el agua hasta las cinchas. -¡Afloje usted las riendas -le gritaban desde atrás-, y deje al caballo que siga la calzada! -Es decir -pensaba, aterrado, don Simón-, que este animal sigue, a tientas y por instinto, cierta calzada que está cubierta por el agua. De modo que si se sale de ella, porque el instinto no le alcanza, o si tropieza y cae... ¡Dios eterno!... Y todo, ¿por qué? ¡Por ir a buscar unos cuantos votos que, de fijo, no han de darme, para una elección que, de todos modos, y si no me agarro a otras aldabas, he de perder; y con el fin de ejercer un cargo que maldita la falta me hace! Y el buen señor, sincero y cuerdo en aquellos instantes, renegaba de la hora en que se resolvió a luchar en semejante terreno, y se acordaba del amor de su familia y de la paz de su hogar. Pero salía del atolladero por un esfuerzo de su cabalgadura y un milagro de la Providencia; y hasta que se metía en otro más apurado no volvía a ser cuerdo ni razonable... Así nos hizo Dios, y no hay que darle vueltas. De vez en cuando se distinguía una luz muy a lo lejos. -¿Es allí? -preguntaba con ansia el candidato, que ya no podía sostenerse en el caballo, de frío, de miedo y de cansancio. -Un poco más allá -le respondían siempre. Y para hacer más llevadera su impaciencia, encontrábase de pronto en una hoz, cuyos taludes de escuetos peñascos parecían juntarse sobre la cabeza del aturdido expedicionario, y cerrarle la salida en todas direcciones. Oía los mugidos del río que pasaba a su izquierda; tocaba los jaramagos que brotaban entre las rendijas a su derecha, y sentía en el rostro el fango con que le salpicaban los caballos que le precedían, y el aire sutil y nauseabundo, como el de una caverna, que silbaba al pasar por aquel tubo retorcido y caprichoso. Pero nada veía, si no era la espantosa representación de su cadáver, magullado por las peñas del río y dando tumbos con la corriente. Salíase también de aquel mal paso; y otra luz se ofrecía a la vista del asendereado candidato... Pero ¡tampoco era allí! Al cabo, perdiendo en cada luz una esperanza, como Colón antes de ver la tierra que buscaba; salvando nuevos precipicios y lloviendo siempre y haciendo cada vez más frío, llegó la expedición a puerto de seguridad. Estaban los viajeros delante de la casa del hidalgo... Pero esto lo supo don Simón porque se lo dijeron; pues tal era la oscuridad, que, por no ver nada, ni siquiera veía las orejas de su caballo. Oyó que alguien aporreaba una puerta, o cosa así, con algo tan duro como un morrillo, y que a cada golpe respondía, adentro, un ladrido tremebundo. Estos porrazos duraron cerca de un cuarto de hora, y otro tanto los ladridos. Al cabo de este tiempo percibió un rechinamiento, como el de una gran llave dentro de una inmensa cerradura; después el sonido de un barrote de hierro rebotando por un extremo sobre otro cuerpo menos duro; después el chirrido de unos goznes roñosos... y, por último, vio la luz de un farol muy ahumado, a cuyos débiles resplandores pudo observar que se había abierto enfrente una portalada. Preguntó el jayán que alumbraba quiénes eran los de afuera; respondieron éstos cumplidamente, y los hizo entrar en una corralada, donde fueron recibidos por un perrazo que se adivinaba por los feroces ladridos, que no cesaban un punto, y por el crujir de la cadena con que estaba amarrado; pues la luz del farol no alcanzaba tres varas más allá del hombre que le sostenía. En esto apareció en el ancho soportal, con otro farol en la mano, una especie de fantasma envuelto en un largo ropón, y cubierta la cabeza con una gorra de pieles. Al ver al aparecido los acompañantes de don Simón, corrieron a él; y con el acento del más afectuoso interés, dijeron a una: -¡Señor don Recaredo!... Mirólos éste despacio, arrimando el farol a la cara de cada uno; y cuando los hubo conocido, -¡Tanto bueno por acá! -exclamó- Ya me esperaba yo la visita. -¿Se la han anunciado a usted, acaso? -¡Qué más anuncio que la proximidad de las elecciones! -¡Je, je, je!... ¡Qué don Recaredo éste! -¡Siempre el mismo! -¡Qué célebre! -Y, a propósito de elecciones -dijo don Celso-: tengo el gusto de presentar a usted a nuestro... ¡Calle! ¿Dónde está don Simón? -¡Aquí está! -respondió desde el corral una voz débil y enronquecida. Corrieron allá los seis caciques, y encontraron al candidato haciendo los mayores esfuerzos para apearse, ayudado del jayán. El pobre hombre estaba entumecido, yerto. Bajáronle entre todos del caballo, y medio suspendido en el aire le llevaron al portal. -El señor -dijo don Celso continuando la interrumpida presentación a don Recaredo-, es nuestro candidato; persona ilustradísima y de gran arraigo, y se llama don Simón de los Peñascales. -¡Conque el señor es don Simón de los!... ¡Hombre, hombre! ¡Pues no me le han recomendado poco mis buenos amigos de la ciudad! ¡Cómo había yo de sospechar que venía entre tanta buena pieza!... Pero, ¿se siente usted mal, señor don Simón? -Nada de eso, mi señor don Recaredo -respondió con dificultad el interrogado-; sino que con una jornada tan larga a caballo, y la falta de costumbre... y luego el frío... ¿está usted?... Pero, ante todo, le ruego que excuse mi poca cortesía al corresponder a sus atenciones, en vista de la dificultad que... -¡Pues no faltaba más sino que anduviéramos ahora en cumplidos! Lo que usted necesita es un buen fuego y un regular alimento, y de todo le proveeremos al punto, si Dios quiere. Conque, señores, vamos arriba, que de las cabalgaduras ya cuidará el mozo. Guió don Recaredo a los expedicionarios por una vieja, ancha y sucia escalera de pocos tramos, y llegaron a un gran pasadizo, cuyo tillado, carcomido a trechos, se cimbreaba al andar sobre él. A uno de sus extremos estaba la cocina, en la cual entraron todos detrás del hidalgo. Ardía en ella una hoguera enorme, y esta hoguera estaba encerrada por el alto poyo del fondo y tres largos bancos, más un sillón de madera que ocupaba el sitio de preferencia. La cocina era inmensa, y la hacía parecer mayor aún de lo que era, el negro brillante de sus paredes, que no permitía ver líneas ni contornos, ni, por consiguiente, dónde concluían el techo y el pavimento y comenzaba la oscuridad del vacío. ¡Y grande necesitaba ser aquella pieza para contener lo que contenía! Además de la espetera y medio bosque de leña y otros objetos propios del lugar, se veían allí una montura completa de caballo; dos escopetas, una carabina, un cuchillo de monte y un morral de caza; un banco de carpintero con todas las herramientas; dos ruedas de carro, a medio hacer; madera labrada para otras tantas; tres sacos llenos de grano; una gata con seis hijuelos recién nacidos; varias pieles de oso; una piedra de afilar, de una vara de diámetro, montada sobre un pilón correspondiente... y ¡qué sé yo cuántas cosas más! En ciertos pueblos se vive en la cocina durante el invierno; y el invierno duraba ocho meses en aquel pueblo. No es extraño, pues, que la de don Recaredo fuera tan grande y estuviera tan provista. Despojado don Simón de cuantas prendas llevaba encima de sí contra la lluvia, sentáronle en el sillón de preferencia, a media vara del fuego. Sus amigos, y el hidalgo después de dar a sus criados algunas órdenes, se colocaron en los bancos. Y bien lo necesitaban los seis caciques; pues, menos provistos de impermeables que don Simón, estaban calados de agua hasta el pellejo. Era don Recaredo hombre que pasaba ya de los sesenta: alto, musculoso, de rostro atezado, medio cubierto por una barba muy cerrada y fuerte, pero casi blanca, o más bien, amarillenta; el pelo, que conservaba tan espeso como en su juventud, era mucho más blanco que la barba, así como las pestañas y las cejas. Al verle don Simón a la luz de la fogata, con aquella cara, con aquel birrete de piel y envuelto desde el cuello hasta los pies en un capotón de monte, creyó estar contemplando a uno de los magos que él había visto salir alguna vez por escotillón en el teatro, entre llamaradas de resina. Pero, lejos de ser un personaje siniestro, don Recaredo era todo lo contrario: afable, hospitalario y benévolo como pocos. Único resto de una familia antiquísima del país, y poco aficionado a las delicias matrimoniales, había dejado pasar los mejores años de su vida entre los placeres de la caza y las atenciones de su hacienda, que le daba lo necesario para vivir hecho un señor en aquellas soledades. Respetábanle los campesinos por su carácter... y por sus fuerzas, y también por ciertas convidadas que sabía darles oportunamente. Todo sinceridad y franqueza, no se le conocía vicio ni repliegue que tratase de ocultar a sus vecinos; aunque no faltaba mala lengua que asegurase que el tal hidalgo menudeaba demasiado las visitas a cierta cuba de lo añejo que conservaba en la bodega; pero lo cierto es que nadie pudo probarlo... no el vino, sino el hecho. Sus verdaderas aficiones, bien notorias, eran la carpintería y la caza. Como carpintero, hacía primores; como cazador, no tenía rival en el país. Amaba la garlopa y el escoplo, y se pasaba días enteros sobre el banco; pero amaba mucho más su escopeta y su cuchillo. Ir al monte con sus sabuesos; seguir la pista del oso; llegar a verle, apuntarle, herirle, ¡oh placer!... y, sobre todo, rematarle a puñaladas, luchando con la fiera cuerpo a cuerpo, brazo a brazo, solo, sin más testigos que sus perros, sin otro auxilio que el de su corazón impávido, su puño de bronce y su puñal de acero. ¡Oh embriaguez sublime! Estos lances, de los que contaba muchos en la vida, eran todo su orgullo, toda su gloria... Por eso creo yo que no debía ser verdad lo del vino... ni lo que también se murmuraba sobre ciertos mocetones del pueblo, que, a más de parecérsele en figura como un huevo a otro, recibían de él frecuentísimos agasajos y deferencias, y le llamaban padrino sin haberlos sacado de pila. ¡Buen caso hacía don Recaredo de esas debilidades de la naturaleza! Como hombre de rancia progenie, estaba muy relacionado en toda la provincia, aunque se pasaba años y años sin salir de su aldea; y como elector de empuje, era uno de los más mimados del distrito. De aquí la intimidad que parecía haber entre él y los acompañantes de don Simón. Todos eran veteranos del mismo ejército. Cómo pensaba el hidalgo antes de comprometerse en una elección, jamás se supo; y mal podía saberse cuando él mismo lo ignoraba. Y lo ignoraba, porque no era hombre de inclinaciones políticas. Salvos ciertos resabios de estirpe, cualquier color, y aun forma de gobierno, le eran indiferentes; porque, después de todo, para él no presentaba la historia más que un rey digno de haberlo sido: don Favila; y mientras el tiempo o las circunstancias no trajeran a reinar otro idéntico, y capaz, no sólo de luchar con el oso, sino de vencerle, no pensaba afiliarse en ningún bando. Por estas y otras razones, o no votaba a nadie cuando de elecciones se trataba, o se iba con el primero que supiera pedirle su apoyo con cierta habilidad. En el caso de que vamos tratando, ¿se había comprometido con alguno seriamente antes de visitarle don Simón? Esta era la duda. En vano intentaron aclararla el candidato y sus amigos, confortado ya el primero y secos los segundos al calor de la lumbre. El hidalgo no se franqueaba. Esto era un mal síntoma para ellos. Mientras los unos persistían en el tema, aunque con ciertos rodeos y miramientos, y el otro escurría el bulto, como decirse suele, una mocetona preparaba al fuego un perol de sopa de ajo, media arroba de lomo y otras menudencias por el estilo, que siempre abundaban en casa de don Recaredo. Cuando la cena estuvo pronta, condujo éste a los huéspedes a un salón tan grande como la cocina, pero no tan amueblado. Allí estaba preparada la mesa. Era alta, de tijera, y supongo que tallada, porque lo estaban, hasta con escudos y motes, los dos bancos de respaldo a ella adjuntos. Cubríala un mantel blanquísimo y fino, pero demasiado raído por el uso; y se conocía por el tamaño, por el peso y por la forma, que también eran de abolengo los cubiertos y dos cucharones de plata que brillaban sobre el mantel, a la luz de un velón de cuatro mecheros que pendía de una tablilla, clavada por un extremo en una vigueta del techo. Con el auxilio de esta luz, cuyo alcance no pasaba de la mesa, parecía distinguirse allá en lontananza, entre las sombras del fondo, dos grandes cuadros al óleo, un armario y un reloj de caja. Durante la cena, se habló largamente de las aficiones de don Recaredo, de sus ascendientes, de las peripecias del viaje, del tiempo... de todo, menos de las elecciones. Concluida la cena, hubo para cada huésped una cama, no muy blanda, pero sí muy limpia, y la mejor para don Simón. En buena justicia, ¿qué más había de pedir éste al hidalgo, sin ser un grosero? Acostóse, pues, sin saber lo que deseaba; durmióse al cabo... y amaneció el nuevo día, tan frío, tan lluvioso y tan desagradable como el anterior. ¡Y había que continuar el viaje! ¡y cuanto más se anduviera, mayor altura se ganaría, y mayores, por consiguiente, serían los rigores de la intemperie! Con estas reflexiones, se le erizaban a don Simón los pocos pelos que tenía. Cuando acabó de vestirse salió en busca de su gente; pero se extravió en un laberinto de salones y pasadizos desmantelados, y sin orden ni concierto. Por casualidad tropezó con la cocina al cabo de un buen rato, y allí encontró a sus amigos calentándose a la lumbre y almorzando sopas en leche, acompañados de don Recaredo, cuyo sitial de preferencia tuvo que aceptar. Nada se habló tampoco en aquella ocasión de lo que más interesaba al candidato, por mucho que éste y sus acompañantes buscaron la lengua al hidalgo. Y el tiempo apremiaba, y era preciso dejar sin tardanza el hospitalario albergue. Y se dio la orden para que se aparejaran los rocines; y llegó el caso de que los expedicionarios bajaran al portal con las espuelas calzadas; y montaron todos... ¡y todavía no se cruzaron entre don Simón y don Recaredo otras palabras que no fueran lisonjas, cumplidos y finezas! Por fin, al ponerse en marcha la gente en el corral, y teniendo entre las suyas el hidalgo una mano de don Simón, dijo al segundo el primero: -Crea usted, amigo y señor mío, que mi satisfacción hubiera sido cumplida, si al honor que recibo hospedándole en mi casa, pudiera añadir el placer de servirle en cuanto desea. -¿Tan invencibles son los obstáculos que se lo impiden a usted, mi señor don Recaredo? -preguntóle don Simón, en tono compungido y casi con lágrimas en los ojos. -No tanto como de ordinario -respondió el hidalgo-, porque la verdad es que a ninguna elección me he ligado con menos fuerza que a ésta. -Entonces -repuso don Simón, apretando más y más las manos de don Recaredo-, ¿me será lícito esperar que logre usted romper, o desatar, esos compromisos de tan poca consistencia? -Para mí señor don Simón -dijo el hidalgo con cierta solemnidad-, tratándose de compromisos de mi palabra, lo mismo son las ligaduras de hierro que las de estambre. -Entonces no insisto, -replicó don Simón aflojando su mano hasta soltar las de don Recaredo. -Vaya usted en la inteligencia -díjole éste con cierta sonrisilla y dando dos pasos atrás-, de que para hacer por usted cuanto me fuera posible, bastaban las cartas de sus amigos. Si esto fue una pulla, jamás se supo, pues don Simón, que era a quien más interesaba averiguarlo, ni lo intentó siquiera; y en cuanto a sus acompañantes, bien cenados, bien dormidos y bien almorzados en casa y a expensas del hidalgo, ¿qué diablo les importaba una frase más o menos, por intencionada que fuese? Al salir de la corralada tuvo don Simón la curiosidad de fijar la vista en la fachada del caserón. Era de piedra amarillenta, y estaba cubierto de blasones, de musgo... y de rendijas; el alero se caía y los balcones se desmayaban. Allí no se había gastado un real en reparaciones durante muchos años. ¿Estaría don Recaredo decidido a que fenecieran juntos el solar y el solariego? Todo era creíble en su carácter. La marcha de aquel día fue más penosa que la del anterior; pues a los inconvenientes de la víspera hubo que añadir los que ofrecían una capa de nieve de más de media vara de espesor, con que se hallaron a las pocas horas de camino, y la que continuaba cayendo. Frecuentes veces tenían que apearse los viajeros para descender rápidas pendientes. Entonces, sueltos los caballos y buscando los jinetes los pasos menos inseguros, solían rodar unos y otros, y cada cual por su lado, como troncos inertes; lo que no divertía gran cosa a don Simón, aunque hacía reír más de una vez a sus acompañantes. Estas peripecias y otras análogas, duraron tres días; hasta que, vueltos los expedicionarios al llano, encontraron una regular temperatura, mejores caminos y un sol radiante. En sus diversos altos y paradas, que disponía siempre aquél de los seis caciques más conocedor del terreno electoral que iba a pisarse, no encontró siempre don Simón un albergue tan placentero como el del hidalgo, ni muchos tipos que se le parecieran en la nobleza del carácter. ¡Cuánto abundaban los traficantes en votos y los especuladores en candidaturas! Durante el largo trayecto de algún punto a otro, departían calurosamente los expedicionarios sobre los azares de la elección, o discreteaban los acompañantes de nuestro candidato, o le pintaban muy lisonjero el desenlace de la campaña, con el fin de hacerle el viaje más divertido. Pero ¡ni por esas! Don Simón, nuevo en el oficio, hallaba en cada trámite casos y cosas que le aburrían, quizá más que las dificultades materiales del camino. Tenía encargo especial de su estado mayor, de saludar cortésmente a todo viandante que se cruzara con ellos; y así lo hacía el santo varón, por aquello de que «donde menos se piensa se adquiere un voto». Una vez se le decía, al pasar junto a una choza miserable y solitaria: -Es preciso que haga usted una visita a la persona que vive ahí. -¡Pero si no la conozco, hombres de Dios, ni aunque la conociera valdría el trabajo de detenernos! -observaba don Simón, con repugnancia. -¡Déjese usted de remilgos, don Simón, y considere que esta choza, entre padres, hijos y allegados, vale más de cinco votos. ¡Y allí tenía usted a todo un capitalista, cargado de oro y diamantes, apeándose entre puercos, terneros y mastines, descubriéndose humildísimo, dando la mano y preguntando por la señora y demás familia, a un rústico destripaterrones que olía a boñiga y aguardiente, y apenas se dignaba responder como sabía a tantas deferencias, no obstante haberle sido presentado el candidato con los títulos consabidos de «persona independiente, con treinta mil duros de renta y mucho talento». Otra vez se encontraban en el camino con un par de reses y su conductor. -Es preciso -se le decía entonces-, que pondere usted mucho y muy recio esos animales. -¿Para qué? -preguntaba asombrado don Simón. -Para que lo oiga el que va con ellos. -¿Y qué tengo yo que ver con él? -¡Friolera!... ¡Es un elector! -¡Aunque sea el preste Juan de las Indias!... ¡Yo no hago esas tonterías! -El que algo quiere, señor don Simón, algo tiene que sufrir. -Ya, ya; ¡pero hay cosas!... -¡Mire usted que cada uno de nosotros es viejo en el oficio; y cuando le aconsejamos algo, con su cuenta va! Y el soplado personaje, que se sentía dominado por aquellos seis diablillos en cuanto se relacionara con su empresa electoral, no tenía más remedio que parar su caballo cuando se le acercaban los animales; fijarse en ellos y comenzar a gritar como un energúmeno: -¡Oh!... ¡Magníficos! ¡Qué gallardía!¡Qué cuarto trasero! ¡Qué anchos! ¡Soberbia raza!¿Son de usted, buen hombre? -preguntaba por remate al conductor. -Para servir a usted, -respondía el interrogado, con cara de recelo. Acto continuo le asaltaban los caciques; y después de abrazarle y de sobarle mucho, -Tenemos el gusto -le decían-, de presentarte a nuestro candidato, el señor don Simón de los Peñascales, «persona independiente, con treinta mil duros de renta y mucho talento». -Muy señor mío, -añadía don Simón, quitándose los guantes, abriendo las solapas y dando un cigarro al campesino, para lucir tres cosas de un golpe: su rumbo, su cadena y sus diamantes. Tomaba el buen hombre el cigarro sin hacer gran caso de lo demás; y mientras chupaba para encenderle, decía con mucha calma: -De la que yo entendí a un señor tan prencipal como éste alabarme tanto las bestias, dije para mí: «¿por qué será?» ¡Mil demonios si me acordaba de las eliciones! -Pues ya te las han recordado... -Como si callaran; que nosotros, los pobres, vamos por onde nos llevan; ¡y gracias que así y todo!... Conque, ¡ea! se agradece el osequio y la alabanza; y hasta otra. -¡Pero oye un momento!... -No puede ser, que se me van las bestias, y temo que hagan alguna que me cueste los cuartos. -¡Lo ven ustedes! -decía don Simón, muy amoscado, volviéndose hacia sus consejeros. Pero éstos se le reían a las barbas por toda respuesta; y llevados del mejor deseo, y fundados en su experiencia, ni se arrepentían ni se enmendaban. Si el objeto exclusivo de estas páginas fuera pintar los azares y fatigas de un candidato en vísperas de su elección, yo siguiera paso a paso al de mi historia en su peregrinación, por el distrito; pero como son varios los asuntos que abarcan estos capítulos mal perjeñados, me limitaré a decir, en compendio y para gobierno del inexperto lector, que por donde quiera que iban nuestros expedicionarios, hallaban con frecuencia el terreno electoral rebelde a su cultivo, y el más propicio no pasaba del aspecto dudoso que ofrecía el del Mayorazgo. En todas partes aparecían huellas de la influencia moral del Gobierno. Aquí se había ofrecido un juzgado de primera instancia; allá, una carretera; en el otro pueblo, la aprobación de sus cuentas municipales ¡que ya tenían que ver!; en el del otro lado, la tala de un monte, y en el de enfrente, el repartimiento, entre los vecinos, de ciertos terrenos de propios. En vano don Simón saludaba hasta a los perros, y mostraba varas de cadena y adoquines de diamantes, y se desgañitaba don Celso para demostrar a las gentes reacias, con el recuerdo de otras muchas elecciones, que el poder oficial hace esas y otras muchas ofertas, y jamás las cumple aunque consiga su objeto. Los jefes de los diversos grupos electorales preferían ser engañados sirviendo al Gobierno, a ser servidos a medias por un charlatán con el desacreditado titulo de candidato independiente. En cuanto a las masas de electores, que eran los verdaderos árbitros de la contienda, nadie se cansaba en pedirles su parecer; irían como dóciles rebaños a depositar en las urnas una candidatura que se les entregaría cerrada; y ni más sabían ni más sabrán en los siglos de los siglos, aunque siglos dure, que lo dudo, esta comedia. Siempre que la expedición hacía un alto, y muchas veces mientras caminaba, recontaba los votos seguros, añadía los recaudados últimamente, y acababa por formar un estado general, cercenando una tercera parte de los probables y añadiéndoselos al enemigo, para ponerse don Simón en el peor caso imaginable. El último cómputo que se hizo dejaba muy dudoso el éxito de la lucha; y tener duda en tales casos, equivale a una derrota segura. Bajo esta triste impresión, y, además, molido, sucio, desgarrado y con la cara roja como un pimiento, volvió don Simón a su casa, ocho días después de haber salido de ella. Para colmo de angustias, cuarenta y ocho horas más tarde supo por don Celso (que había quedado con sus cinco compañeros recorriendo el distrito, el cual no abandonarían hasta que votara el último elector; tenacidad incomprensible para todo el que no sepa con que encarnizamiento se lucha en tales batallas), supo, repito, que el Mayorazgo se había pasado al enemigo con armas y bagajes, a cambio de no sé qué ensanche que la Administración le permitía dar al cierro que conocemos; otra falange segura de votos, se iba detrás de cierto cacique, seducido a última hora con la resolución favorable de un expediente escandaloso; don Recaredo decididamente no le votaba, y tres ayuntamientos, hasta entonces seguros, habían pasado a la categoría de muy dudosos, merced a ciertas garantías de favores ofrecidas por el candidato ministerial. Y lo peor de todo era que sólo faltaban tres días para dar principio a la elección; y en tan corto plazo no podía conjurarse el conflicto, aunque don Simón echara la casa por la ventana. Don Celso concluía su carta diciendo que había que decidirse, o por la derrota o por transigir con el Gobierno. Según él, esto último era lo más conveniente; pues, bien mirado, el Gobierno no era mejor que otros muy malos, pero tampoco era peor; y, al cabo, para hacer algo por el país, mejor se estaba al calorcillo ministerial, que en el infierno de la oposición o en el limbo de los independientes. Repugnábale a don Simón perder este último carácter que tanto le halagaba; pero no podía resignarse a no ser diputado, ya que estaba con las manos en la masa. En tan apurado trance, consultó a sus amigos, quienes, por unanimidad, opinaron como don Celso. A consecuencia de este acuerdo, mediaron negociaciones en ciertos centros oficiales, y don Simón fue admitido en ellos hasta con palio. Jugó el telégrafo; supo el Gobierno que acababa de hacer la adquisición de «uno de los personajes más importantes del país»; dijéronlo así al punto los periódicos oficiosos de la corte; súpolo toda España; desapareció la candidatura del pobre aventurero, a quien se dio en pago una credencial de primera, que es cuanto él ambicionaba, y se le dijo a don Simón: -Puede usted ir a descansar tranquilo. Ya es usted diputado. Y así fue. Verificadas las elecciones, y mientras se verificaban, se habló mucho de palizas, de urnas suplantadas, de electores presos, de muertos que votaban, y aun de algunos vivos que por votar murieron; de casas que ardían, y de otros recursos tan usuales y lícitos como éstos, empleados en beneficio de la candidatura de don Simón; pero lo cierto es que a éste se le proclamó diputado electo por el distrito, y se le entregó un acta que así lo declaraba, limpia como el oro. Diéronsele, pues, las consabidas serenatas por todas las murgas de la población; recibió las acostumbradas felicitaciones, y ¡oh fuerza de la vanidad satisfecha! llegó a creerse merecedor de tanto obsequio, y hasta legítimo representante de la libérrima voluntad de sus electores. Y lo creía tanto, que, días después de elegido, se indignaba, con la mejor buena fe, al hablar de las coacciones ejercidas contra él por el pobre candidato de oposición durante las elecciones. ¿Qué más podía pedirse a don Simón?... Estaba en perfecto carácter de diputado independiente. A todo esto, doña Juana estaba como niño con zapatos nuevos. En cuanto su marido recibió el acta de su elección, se lanzó a la calle y encargó a la modista tres vestidos de lo mejor, y uno de media cola... Iría al Congreso, a las tribunas de preferencia muy a menudo; a palacio alguna vez; daría rumbosas fiestas a los hombres de Estado; obsequiarían a su hija ministros y embajadores... ¡quizá obtendría un titulo de Castilla!... Todo esto, y mucho más que antes pasaba lentamente y como una ilusión por su fantasía, vio en un momento, palpable y como ya realizado, ante sus ojos. ¡Menudo sofocón iban a pasar las señoras provincianas que habían hecho mofa de sus resabios de lugareña! Pues ¿y cuando La Correspondencia anunciara sus idas y venidas? ¿Y cuando La Época historiase sus recepciones entonadas? Bajo impresiones tan embriagadoras, vestida con lo mejor que tenía, y su hija con lo más elegante de su bien provisto ropero, estuvo una semana haciendo visitas que siempre había desdeñado, y pagando otras que debía de muy atrás, sólo por buscar ocasiones de anunciar su salida para Madrid, adonde la llevaba el delicado cargo con que el país había honrado a su marido. Entre tanto, ordenaba éste sus asuntos mercantiles, para dejarlos bajo la dirección y al arbitrio de un dependiente de su confianza. Lo que resta de la presente historia, con ser lo más importante por lo que al protagonista afecta, ha de ser lo más soporífero para el lector, que, de seguro, conoce a palmos el terreno que vamos a pisar, y ha de anticiparse con la memoria a mucho de lo que yo le refiera. Y no será poca mi suerte si no me interrumpe más de una vez para decirme:-«Y a mí ¿qué me cuenta usted? ¡Si me lo sé de corrido mucho ha! ¡Si ese tipo y cuantos con él se rozan viven en mi calle!...» ¡Desdichado inconveniente que toca todo aquél que, falto de ingenio como yo, para inventar personajes y escenas del otro mundo, busca el asunto de sus prosaicas relaciones en los hechos vulgares y tangibles de la vida real y práctica de los hombres y de los pueblos! Pero ¿ha de impedirme esta razón, que en mí pesa mucho, seguir narrando los sucesos hasta el fin de la comenzada historia? No a fe; que, después de todo, no está mandado por ninguna ley que siempre que se cuente algo hayan de ser maravillas. Prosiguiendo, pues, sin más preámbulo, el suspendido relato, encontramos ya a Periquito hecho fraile; es decir, a don Simón en Madrid con su augusto carácter de diputado a Cortes; y a su familia, acomodada con él en una de las principales calles, y no en la peor de sus casas. Pero aún no había tomado asiento en el Congreso el flamante político, y ya estaba convencido de una, para él, triste verdad; a saber: que para brillar en Madrid como brillaba en su provincia, no bastaban el caudal del rico negociante y las demás preeminencias que sobre éste habían ido recayendo una tras de otra. La Correspondencia había anunciado su llegada a Madrid, no solamente como diputado, sino como una de las personas más importantes y beneméritas del país; y no se había sacudido el polvo del viaje, cuando el ministro de la Gobernación en un atento B. L. M., le había citado a su despacho. Allí S. E. le había llenado de incienso, asegurándole, entre otras cosas, que con el concurso de hombres tan respetables e ilustrados como el señor de los Peñascales, todos los conflictos políticos y económicos se conjuraban, y España estaba de enhorabuena. Y, a pesar de ésta y otras deferencias, que, dicho sea de paso, él creía merecer, don Simón se echaba a la calle, de intento a pie, y nadie le saludaba ni le miraba con curiosidad. Iba al Congreso en los días que precedieron a su solemne apertura, y en sus alfombrados salones y pasillos, y en cada uno de los infinitos grupos de diputados, periodistas, altos funcionarios y otras gentes de mucha nota, que se formaban aquí y allá, hablábase de todo menos de su llegada, de su caudal o de su importancia. Y, sin embargo, allí no había muchos gabanes más flamantes que el suyo, ni muchas camisas más limpias, ni muchas botas más aplomadas. Al contrario, abundaban los paños raídos, los pantalones con rodilleras, las camisas de tres días y los tacones de medio lado. ¿En qué, consistía, pues, la indiferencia con que se le miraba allí y fuera de allí? Quizá se necesitase en Madrid algo más que dinero para brillar; tal vez un poco de osadía, o muchas conexiones de familia, o algún triunfo ruidoso; elementos todos, hijos del tiempo y las circunstancias, que él adquiriría indudablemente. Pero lo cierto era, y esto le contristaba hondamente, que su caída en Madrid no había hecho el menor efecto en el público. Tenía, pues, que ganar en la corte, grado a grado, la altura que en la ciudad ganó de un brinco. La empresa, a la verdad, era superior a las fuerzas de don Simón; pero él no lo creía así, y esto le consolaba un poco. Entre tanto, se regodeaba con las distinciones que le correspondían por su investidura. Mientras las puertas del Congreso estaban cercadas por una multitud de papanatas, a quienes se prohibía hasta aproximarse a la acera, él las atravesaba erguido entre las reverencias de los porteros que, al abrirle respetuosamente la mampara de rojo terciopelo, le decían: -Pase Usía. Una vez adentro, podía tocar el botón eléctrico que se le antojase, para pedir a un ujier lo que tuviera por conveniente; pasear en el salón que mejor le pareciese; sentarse en el diván más cómodo; escribir en los gabinetes al efecto; pedir en secretaría el expediente más difícil de hallar, y en el archivo el libro más extraño; en fin, hasta beber, de balde, un vaso de agua con azucarillo en la cantina de la casa. El Ministro continuaba citándole frecuentemente a su despacho, con otros diputados de la mayoría; y allí, mano a mano y como en familia, se contaban las fuerzas y se discutían las batallas que, por de pronto, necesitaba dar el Gobierno, sin perjuicio de otras más rudas que tendría que librar más adelante. No se apuraba don Simón por esto, pues no paraba mientes en tan poca cosa. Fijábase únicamente en las distinciones con que se le honraba en aquella alta región. El Ministro le pasaba la mano por el lomo; le llamaba «mi excelente don Simón», y hasta le daba un cigarro o se le pedía; y los porteros del Ministerio, esos proverbiales cancerberos, bruscos y desabridos hasta la ferocidad con todo simple mortal, con él se descoyuntaban a reverencias y cortesías. Muy envanecido con éstas y otras parecidas distinciones, a falta de las más populares y solemnes que aguardaba para más adelante, considérese el efecto que le causaría la noticia que se le dio una vez en los pasillos del Congreso, de que las oposiciones iban a hacer una guerra implacable a las actas ministeriales, y que la suya figuraba en primer término, como la más escandalosa. Don Simón no había perdido aún la fe en el, para entonces, desacreditado aforismo: «de la discusión nace la luz». No contenía el acta una mala protesta, ni él creía lo que se contaba de su elección, sobre atropellos cometidos por sus auxiliares; pero tales cosas podrían decirse en el Congreso; de tal modo podrían presentarse los hechos, que al fin vacilaran los ánimos y se pusiera todo el mundo de parte del vencido; lo cual equivalía a echarle a él de allí y obligarle a volverse a su casa, como un Juan particular, sin haber llegado a ser inviolable. Esta consideración le aterró; y sin pérdida de un solo momento, acudió con la noticia y sus temores al Ministro. -¡No haga usted caso, santo varón! -díjole riendo S. E. -¡Es que se asegura mucho! -¿Y qué? -Que si realmente me la atacan, tales cosas podrán decir, aunque sean inventadas, que extravíen la opinión. -¿Y para qué sirve la mayoría? -No entiendo... -Fíjese usted bien. La comisión será nuestra. -Bueno. -Y presentará el acta entre las más limpias. -Bien; pero luego la atacarán... -Corriente; y hablarán contra ella una hora, dos horas... ¡tres meses, si usted quiere! -¡Canastos! -Pero vendrá al cabo la votación; y como somos tantos contra tan pocos... -¡Ah, ya!... Pero como yo creía que al discutirse una cosa, para algo serviría esa discusión... -¡Medrado estaba el Gobierno entonces, amigo mío!... ¡Cómo se conoce que usted es nuevo en la casa! -Todo eso es verdad; pero yo tendré que defenderme. -¡No, señor! Eso sería dar importancia a un asunto que no la tiene. La comisión se basta y se sobra para dejarle a usted en buen lugar... Para que usted debute, ya le buscaremos un motivo verdaderamente digno de su carácter y de su talento. -¡Oh! mil y mil gracias, señor Ministro -dijo don Simón cayéndosele la baba-; pero yo no merezco ese concepto... -¡Vaya si le merece usted! -replicó S. E. con una sonrisilla y un retintín que acabaron de emborrachar a don Simón; retintín y sonrisa que en -aquel personaje y en aquella ocasión, venían a significar un pensamiento que podía traducirse en estas palabras:-¡Qué hermoso suizo! A todo esto, doña Juana y su hija Julieta, luciendo cada día un traje nuevo en paseos y espectáculos, no pasaban de ser en espectáculos y paseos, dos señoras más, muy bien vestidas; lo cual halagaba poco la vanidad de la ex-tabernera, que aspiraba a mayores triunfos. Corrieron los días, y se aprobó el acta de don Simón, como se lo tenía prometido el Ministro; se constituyó el Congreso, y dieron comienzo los primeros debates políticos, apareciendo en escena los guerrilleros parlamentarios, como en avanzada de los expertos capitanes que habían de salir más tarde a dar las batallas decisivas. Ya para entonces nuestro diputado había conseguido vencer el estupor en que vivió los primeros días, efecto de la alta idea que concibiera del mérito de cuantos le rodeaban en el salón; idea que le acoquinaba hasta el punto de no atreverse a mirar a nadie a la cara, por si le aludía y le obligaban a tomar la palabra de repente, lo cual le hubiera hecho el efecto de un rayo sobre la mollera. Sereno, pues, y en completa posesión de sí mismo, todo se volvió ojos y oídos. Podía ver y oír de cerca a aquellos hombres extraordinarios que sabían pronunciar discursos como los que él había leído tantas veces en las reseñas de las sesiones; discursos llenos de sustancia y elocuencia; discursos que le revelaban oradores de majestuosa apostura y de irresistible autoridad, hasta en el menor de sus ademanes. De sus labios estaría pendiente el Congreso entero, unas veces convencido, otras veces indignado; pero siempre bajo la influencia poderosa de aquella elocuencia privilegiada. ¡Inútil afán el suyo! Cuanto más miraba y más quería oír, menos hallaba lo que iba buscando. Había allí verdadera fiebre habladora; pero ¿quién de los que hablaban valía el trabajo de ser oído diez minutos con paciencia? De aquí que no se sorprendiera maldita la cosa al observar que mientras un orador de mala facha y peor estilo se desgañitaba echando pestes por la boca, manoteando sobre el banco delantero y tragando vasos de naranjada, entre consulta y repaso a sus apuntes, los poquísimos diputados que quedaban en el salón se entretuviesen en hacer pajaritas de papel, en despachar su correspondencia, o en chupar los caramelos del presidente; dulzuras de que provee a este personaje abundosamente el Estado, teniendo en cuenta, quizá, que para soportar la amargura de ciertas horas, no basta un muelle sitial de terciopelo, por muy elevado que se ponga. De vez en cuando oía don Simón conceder la palabra a un diputado cuyo nombre le era bastante conocido-«Vamos -pensaba-, ahora irá lo bueno.» Pero tampoco le salía la cuenta; porque se levantaba una figura ruin y mal trajeada, que, con voz de grillo mal emitida, soltaba un aluvión de párrafos enmarañados que nadie se tomaba la molestia de desenredar; o un finchado presuntuoso que entre período y período de su discurso ponía una eternidad de paseos en corto, estirones de chaleco, montaduras de lente y mares de agua con azúcar; ya un perezoso desaplomado Adán que parecía sacar las pocas y desmadejadas frases que decía, a fuerza de restregarse contra el banco y de tirar de sus bragas hacia arriba; o un mozo encanijado y presumido, que sin ciencia, sin virtudes, sin voz y sin palabra, quería convencer como los sabios y convertir como los justos; ya un osado boquirubio, cuyo único afán era medir sus fuerzas con las de los padres graves del Parlamento, que se guardaban muy bien de replicarle; ya un viejo atrabiliario, cuyos furores causaban risa y cuyos chistes hacían llorar de compasión; ya una especie de cuákero mugriento, demagogo impenitente, que vociferaba sobre justicia y amor al prójimo, no en nombre de Dios, a quien negaba blasfemo, sino de una razón que parecía faltarle a él, ya que no a los que en santa calma le escuchaban... de todo, en fin, veía y oía, menos lo que era de esperar, dada la reputación de ciertos nombres aceptados por la opinión pública, si no como tribunos de primera fuerza, cuando menos como oradores distinguidos. ¡Qué valdrían cuando don Simón se creía capaz de terciar en un debate con el más guapo de todos ellos! Verdad es que el afán, que empezaba a comerle, de echar su cuarto a espadas, le hacía ver las cosas más a su alcance de lo que en rigor estaban. Desde luego era para él evidente, y en esto no se equivocaba, que la redacción del Diario de Sesiones se encargaba de convertir en un discurso perfecto la más completa sarta de desatinos. Y suplida con este auxiliar su carencia absoluta de nociones retóricas y hasta gramaticales, ¡quedábanle tantos estímulos que le aguijoneaban! ¡Había en el Parlamento unos detalles tan seductores para él!... Aquellos galoneados ujieres llevando sobre la argentina bandeja el vaso de agua azucarada para el orador, tan pronto como éste comenzaba a hablar; aquellos taquígrafos anotando escrupulosos cuanto se dijera y se accionara; aquellos diálogos entre la presidencia y el diputado, sobre la intención de cierta frase; aquellos discreteos entre las mismas dos potencias, con los cuales terminaba siempre el altercado; aquellas tribunas atascadas constantemente de aficionados que seguían sin pestañear todos los incidentes de una sesión; aquellas señoras tan elegantes, entre las que podían figurar su mujer y su hija; aquellos diplomáticos que tal vez se apresuraran a comunicar por telégrafo a sus respectivos Gobiernos el efecto de un discurso pronunciado a tiempo y de cierta manera... no imposible para él, si se le daba punto conveniente y no mucha prisa; y por último, y sobre todo, aquel país que le contemplaba y que al día siguiente había de comenzar a pronunciar su nombre, y a enterarse del asunto y a tomarle por lo serio... ¡Cielos, y cómo envidiaba a los que, más osados o más prácticos... o más apremiados por las circunstancias, se lanzaban desde luego a la pelea! ¿Qué importaba allí el temple de los argumentos? ¿Qué más daba que fuesen éstos de acero que de cartón? ¿Decidían acaso las razones aquellos debates? Mal podía ser así cuando sólo se enteraban de ellos los taquígrafos y algún que otro curioso por observar, no lo que se dijera, sino el modo de decirlo. -¿Qué se vota? -era la pregunta obligada de todo diputado al entrar en el salón de sesiones después de oír la campanilla que anuncia afuera a los dispersos que ha concluido de discutirse un asunto y va a comenzar una votación nominal; y según que el sustentante fuera de los suyos o del enemigo, se les respondía: -«Vote usted que SÍ», o «vote usted que NO». ¡Con semejante criterio se resolvían (y continúan resolviéndose), los asuntos de más transcendencia para la patria! ¿Tan insensatas eran, teniendo esto en cuenta, las pretensiones de nuestro diputado? Poco a poco, aquella mar ligeramente agitada comenzó a encresparse rugiendo; soplaron los huracanes de la pasión política, y se desencadenó la tempestad. Entonces se dejaron ver los dioses mayores de aquel Olimpo, los cuales, como Júpiter en el de la Mitología, nunca aparecen sino entre rayos y centellas. ¡Peregrina misión la suya! Durante aquel período turbulento, ¡qué escenas presenció don Simón! ¡qué refriegas! ¡qué motines! ¡qué escándalos! Una vez eran dos atletas del Parlamento, que del uno al otro lado del salón se lanzaban mutuamente los dardos más agudos y los dicterios más envenenados: partido sin pudor, grupo faccioso, hombre funesto, pandilla hambrienta... Tales piropos eran lo menos que se decían, entre el silencio más absoluto de la Cámara y la curiosidad febril de las tribunas, de las cuales se desbordaban racimos de humanas cabezas con los ojos fijos en los combatientes, las cejas arqueadas y la boca abierta. Y cuando don Simón, pasada la tempestad, los veía salir del salón por diferente puerta, «esos hombres -pensaba- van a matarse ahora». Y salía tras ellos azorado; y se los hallaba... comiendo, en un mismo plato, un pastel de crema en el ambigú de la casa. Lejos de continuar allí la batalla empezada adentro, parecían, con sus cáusticas sonrisas, decir del país entero lo que del público aquellos dos cómicos al pararse jadeando entre bastidores, después de haber cruzado en la escena sus aceros, y de salir el uno persiguiendo al otro, entre frenéticos aplausos y gritos de indignación: -«¡Estúpidos! ¡Veinte veces nos han visto hacer lo mismo, y todavía no se convencen de que todo ello es una farsa!» Otra vez eran dos fracciones políticas que, bramando de ira, se levantaban en masa, la una contra la otra. ¡Facciosos! -gritaba la de la derecha- ¡Pancistas! -respondía la de la izquierda. Y los gritos y las amenazas, y el estruendo de doscientas voces y de dos mil porrazos llenaban el Santuario de las leyes, y hasta las figuras pintadas en el techo parecían temblar y querer despegarse del lienzo para romperse el cráneo contra los mármoles del hemiciclo. Pero aquella tempestad no se había revuelto porque la fracción de un partido inutilizara propósitos de otro, encaminados a proporcionar algún bien a los pueblos. Cuando de esto se trataba, ya sabía don Simón que los bancos se quedaban desiertos y el presidente dormitando. Semejantes tumultos siempre eran provocados por alguna palabra suelta que no era del agrado de la fracción a la cual se dirigía. En ocasiones se discutían hechos, o se desenterraban expedientes, tras de los cuales aparecía la honra de algún diputado enemigo en el mismísimo traje que llevar suelen a la cárcel o a presidio los reos vulgares. Y aquellas discusiones provocaban otras parecidas en son de represalias; y siempre acusando los unos y respondiendo los otros «más eres tú», llegaba a dudar don Simón si aquello era el patio de un correccional, o, como se le aseguraba, una respetable Asamblea de legisladores. Entre tanto, ¿era el noble afán de purgar aquella atmósfera de ciertas impurezas lo que movía a los acusadores a descubrir tales gatuperios? -No por cierto: era siempre el espíritu de partido; o mejor, el odio de partida; pues frecuentemente se promovían estos edificantes debates entre dos agrupaciones que, juntas y en amigable inteligencia, habían saboreado poco antes las dulzuras del presupuesto. Probábalo también la curiosa circunstancia de que, pasada la refriega, quedábanse en sus bancos los acusados tan padres de la patria como el más caballero, y tan frescos y descansados como la madre que los parió. Lo que estos escándalos y aquellos tumultos y los otros motines atolondraban a don Simón, no hay que decirlo, conociendo, como conocemos, su sencilla buena fe. Pero más que los mismos sucesos le admiraba el poco rastro que dejaban en aquella casa. Buscándole con afán, se iba el buen hombre de pasillo en pasillo y de salón en salón; mas no hubiera dado con él ni la nariz de un sabueso. Se gritaba en unos corrillos, se cuchicheaba en otros y se agitaban todos... Y bullía entre ellos el redactor de La Correspondencia con el lápiz en una mano y las cuartillas de papel en la otra, apuntando lo que se decía, lo que se pensaba y hasta lo que no se había soñado; y don Simón, tomando de cada grupo las frases necesarias, sólo sacaba en limpio que todo aquel hervidero humano era un puro cabildeo para tirar un día más en el poder los que mandaban, o para hacérsele soltar los que le querían. En cuanto a la nación, en cuanto a la moralidad, en cuanto a lo ocurrido adentro... ¡como si habláramos de la China! Ya nadie se acordaba de esas pequeñeces. -Me parece -se atrevía a decir entonces don Simón a algún compañero más viejo que él en el oficio, pero no más entusiasta del sistema-, que no se observa aquí la mayor formalidad... Quiero decir que con estos enconos políticos, el país no gana cosa mayor. -¡El país va al abismo, señor de Peñascales! -¡Qué me cuenta usted! -La verdad, compañero. Esto es una farsa, créalo usted. -¡Hombre!... no me atrevía yo a decir tanto. -Pues atrévase usted, aquí que no nos oye la patria. -Luego, es decir que todo esto de Parlamento... -Es una calamidad. Aquí no hay más que ambiciones personales, con las que es imposible todo gobierno. -Tiene usted mucha razón. -¡Y siempre sucederá lo mismo! -De manera que si esto, que es notoriamente malo, se suprimiese... -¡Jamás! -gritaba entonces el veterano enardecido-. ¡Yo soy muy liberal! -¡Oh, en cuanto a eso, también yo! -replicaba el novel, contoneándose, y hasta mirando con cara de lástima al primer tradicionalista que casualmente pasara a su lado frotándose las manos. -¡Vivir sin Parlamento es vivir fuera del siglo! ¡caer en la abyección! -¡Y en la iznorancia! -concluía, ahuecando la voz, el ilustrado Cerojo, que en su vida había gastado media peseta en libros que no fueran «rayados, para cuentas». Don Simón de los Peñascales, como todo diputado, y a mayor abundamiento ministerial, recibía por docenas y cada día, las cartas de sus amigos y electores, y en todas ellas le pedían algo estos apreciables caballeros, desde un destino hasta un sombrero; desde una recomendación para el otro mundo, hasta la colocación de una nodriza1. Porque a un diputado se le considera en su distrito capaz de los imposibles, y, por ende, se le cree, y se le hace, el mejor y más barato agente de negocios en Madrid. El de nuestra historia, que creía darse importancia correspondiendo a tantas y tan raras exigencias, destinaba dos días de la semana a aquéllas que tuvieran que ver con los centros oficiales, y encomendaba las de más baja estofa al cuidado de doña Juana. ¡Era de ver lo que pasaba en los ministerios cuando don Simón entraba en ellos, a las horas marcadas por los ministros para recibir a los diputados, cargado de pretensiones y atacados sus bolsillos de memoriales! Sus compañeros, que siempre madrugaban más que él, habían caído ya sobre el terreno como nube de langosta. Uno quería un gobierno de provincia para su hermano; otro, una alcaldía en la isla de Cuba para sí mismo; otro, un juzgado para su pueblo; otro, una administración de aduanas para un primo arruinado por la causa de la libertad; otro, la destitución de un funcionario probo que se oponía tenazmente a ciertas pretensiones de su familia; otro, un ascenso; otro, una cátedra... en fin, por pedir, se pedía allí hasta la luna; y el ministro, o el subsecretario, en su deseo de complacerlos a todos, tecleaba sin cesar sobre los botones de las campanillas, a cuya música iban apareciendo los altos empleados que podían entender en aquel cúmulo de solicitudes. -Es imposible -se oía decir en un lado- No hay plaza vacante. -Pues créela usted. -No lo consiente el presupuesto. -Haga usted un cesante en tal parte. -Es un empleado antiquísimo e inteligente. -Mi recomendado es un consecuente liberal. -Tiene siete hijos. -Que los mande a una casa de Caridad. -En fin, le complaceremos a usted. . . . . . . . . . . . . -¿Y de qué procede esa cantidad que se reclama? -De inicuas cesantías sufridas en tiempos de gobiernos reaccionarios. -No es bastante motivo; y aun cuando lo fuera, no estamos facultados... -Es una friolera todo ello. -¿A cuánto asciende la indemnización? -A setenta mil reales. -Imposible. -¿Por qué? -Porque no hay fondo de qué sacarlos. -Yo digo que sí. -¿De cuál? -Del de calamidades públicas, por ejemplo. -Está agotado; y además, tenemos al clero y a los maestros de escuela sin pagar, medio siglo hace. -Y a mí ¿qué me importa? Lo que usted debe tener presente es que mi recomendado es en su pueblo el mejor agente de la política del Gobierno; que es un incansable propagandista de ella, y que tal vez a sus esfuerzos heroicos debo yo mi elección. -En fin, hablaré con el jefe y trataremos de complacerle a usted. . . . . . . . . . . . . -¿Y cómo va mi asunto? -Regularmente. -No basta eso. -Hay un obstáculo muy difícil de vencer. -¿Cuál? -El fallo del Consejo de Estado, enteramente contrario... -¡Demonio! ¿De cuándo acá? -Desde esta mañana. Aquí está a la aprobación de S. E. -¡Es preciso que se revoque ese fallo! -No lo veo fácil. -Pero yo lo veo necesario. Con él se perjudican los intereses de mi familia hasta un punto que usted no puede concebir. -Todo eso está bien; pero... -No hay pero que valga. -En fin, hable usted con el jefe, que, si quiere, mucho puede hacer. . . . . . . . . . . . . Todos estos diálogos y otros muchos por el estilo, oía don Simón a su entrada en los ministerios, mientras se abría paso entre aquel enmarañado laberinto de pretendientes y otorgantes; y en semejante ocasión, como era bastante novel en el tráfico para haber perdido el rubor por completo, solían saltarle a la cara algunas chispas de él... lo cual no le impedía llegar con sus peticiones al punto en que habían de ser atendidas. Verdad es que él no iba a pedir nada para sí ni para su familia; pero también es cierto que pedía para sus amigos o protegidos, y que jamás, al pedir, preguntaba: ¿es justo?, sino ¿es posible? El rubor, pues, de don Simón, no dejaba de ser algo farisaico. Pocas de estas visitas a aquellas verdaderas casas de contratación necesitó para conocer el ingrediente con que se adherían de una manera tan tenaz las huestes ministeriales al poder. Ciego hubiera sido para no verlo, y aun para no distinguir entre la nube invasora, mas de un rabioso oposicionista que tocaba el cielo con las manos cada vez que, fuera de allí, oía hablar de destinos concedidos al favor, o del caudal de la patria despilfarrado. Porque resulta que los gobiernos al uso, ya porque se les defiende, ya porque no se les pegue con mucha fuerza, lo mismo necesitan ser rumbosos con sus huestes que con las enemigas. Lo que nunca vio bien claro don Simón fue lo repugnante del papel que él mismo desempeñaba entre aquellos hombres, de cuya conducta, y con razón, se escandalizaba. Muchos de ellos no vivían, sin embargo, de otra cosa, ni adivinar les era fácil de qué vivirían cuando en el cargo cesaran, o los suyos cayeran. Pero él, hombre rico, mucho más, infinitamente más de lo que necesitaba para el sostenimiento, muy lujoso, de su corta familia, ¿por qué cobraba en credenciales y en preferencias de los ministerios, un apoyo a todo trance que daba al Gobierno, sin más criterio ni mayor dignidad que si fuera un suizo asalariado? Y no es extraño que no lo viera. Merced a esos procedimientos, se plantan de un salto junto al poder supremo, y son dueños de echar por la ventana la casa de la nación, muchos hombres que, fuera de ella, no tienen una triste buhardilla en qué albergarse, y otros que, teniendo mucho más, necesitan subir a grande altura para conseguir que alguien los contemple y acaso los envidie. Don Simón, como sabemos, era de estos últimos. En él podía la vanidad lo que la ambición o el hambre en otros muchos. Y si esto no fuera cierto, ¿por qué habían de hacerse las elecciones a garrotazos casi siempre? ¿Por qué un diputado, cuantas más veces lo es, con más afán desea volver a serlo? Pues qué, ¿tanto abunda el verdadero patriotismo que sea necesario conquistar a tiros la molestia y el pesar de abandonar la propia casa y la familia y los negocios, por ir a cuidar de los del país? Sabemos ya que don Simón, aunque muy halagado con la importancia que le concedía su propio cargo en las altas regiones en que éste pesaba algo, no estaba satisfecho. Su ambición de lustre abarcaba mucho más. ¿Qué era él todavía en la corte? ¿Quién hablaba del señor de los Peñascales, ni de la familia del señor de los Peñascales? ¿Qué periódico había cantado su opulencia, o la severa dignidad de doña Juana, o los atractivos de Julieta? Por ventura, aquellas resmas de prospectos, o aquellas circulares de industriales que «acaban de recibir el surtido para la estación»; o las esquelas mortuorias; o los folletos insulsos que diaria y profusamente le llegaban por el correo interior y que al principio creyó muestras de una especial deferencia a su persona, pues le eran desconocidos los remitentes, ¿no se le enviaba a titulo de diputado a Cortes? ¿No los recibían igualmente todos sus colegas, muchos de los cuales no tenían sobre qué caerse muertos? Y fuera de estas distinciones y las que también conocemos, ¿de qué otras había sido objeto hasta allí? Decididamente necesitaba hacer algo extraordinario en sus dos conceptos de hombre político y acaudalado personaje. Por ejemplo: pronunciar un discurso en las Cortes y dar un baile en su casa. Sumido en tales meditaciones, paseábase una tarde en el salón de Conferencias, solo y cabizbajo, cuando se le acercó un mozo de lustrosas patillas y retorcido bigote, agradable de rostro y pulcramente vestido, diciéndole con la mayor solemnidad: -¡Saludo al señor de los Peñascales! Volvióse éste y miró al otro atentamente; y como no lo conoció, quedóse sorprendido. -A los hombres públicos-añadió el intruso, viendo la sorpresa de don Simón-, les pasa mucho de esto. ¡Como son conocidos de tantos a quienes ellos jamás han visto!... Pero a bien que a mí, el temor de una fría respuesta no ha de quitarme el placer que recibo al estrechar la mano de una persona digna de todo mi respeto. -Un millón de gracias por mi parte, -dijo entonces don Simón, un poco envanecido con semejantes lisonjas, y aun recelándose si sería él más popular de lo que creía. -No las admito, señor mío -contestó el mozo quebrándose a cortesías-. Deseaba estrechar su mano de usted; acabo de verle pensativo y solo, y he elegido esta ocasión... Y a propósito de cavilaciones, ¿va usted a hablar mañana, quizá? -¿Mañana?... ¿mañana dice usted?... Hombre, precisamente mañana, no... -respondió don Simón desconcertado, por dos razones: porque le había leído parte de su pensamiento, y esto no le gustaba, y porque se le hacía desde luego capaz de hablar en el Congreso, lo cual le halagaba sobre toda ponderación. -Se me había figurado, no sé por qué -añadió el intruso-. ¡Como los periodistas estamos tan avezados a discutir hasta las fisonomías!... -¡Conque usted es periodista! -exclamó don Simón más y más satisfecho. -Hasta cierto punto, señor de los Peñascales. -No comprendo... -Quiero decir -continuó el otro, afirmándose los lentes sobre la nariz-, que soy periodista de devoción, no de profesión. Más claro, mato mis ocios y mis hastíos escribiendo la parte de política palpitante en un periódico batallador. Por lo demás, por inclinación y por carrera, soy diplomático. -¡Hola! -dijo don Simón abriendo mucho los ojos-. ¿Agregado, quizá, a alguna embajada? -Un poquito más. -Secretario acaso... -Un poquito más, si a usted le parece. -¡Caramba! -gritó aquí Peñascales, acordándose hasta de su hija-. En este caso -añadió-, ¿estará usted con licencia? -No señor, jubilado. -¡Y tan joven! -Señor de los Peñascales, la política no reconoce edades ni servicios. -Verdad es. -Sobre todo, cuando los funcionarios tenemos carácter y dignidad. -También es cierto. Pero ¿no piensa usted volver a ejercer?... -Lo veo difícil con este Gobierno, con el que no me reconciliaré jamás mientras yo observe que da al favor lo que debe al mérito. -Según eso ¿se cree usted postergado? -Sólo sé, mi respetable amigo, que por mis antecedentes, por mis servicios prestados hasta el día en que cesé, me correspondía hoy una embajada de primera clase... -Y quizá le han ofrecido a usted... -Una indignidad, señor de los Peñascales... lo que puede desempeñar un cónsul de tres al cuarto. -¡Qué atrocidad! -exclamó don Simón sinceramente escandalizado. -Pues así va todo, amigo mío. -Pero a bien que no me extraña, porque soy viejo en esta casa, y conozco hasta sus menores escondrijos. -Habrá usted sido diputado varias veces... -No he querido serlo... o mejor dicho, han tenido siempre los gobiernos buen cuidado de hacerme en las urnas cuanta guerra han podido. ¿No ve usted que a los gobiernos como los de España no les conviene en el Parlamento hombres como yo?... Ahora me ofrecieron un distrito; pero era con el fin de hacerme olvidar ¡mentecatos! el desaire de la embajada, y especialmente para atar mis manos en la prensa; pues ya saben ellos que tienen cada día la existencia pendiente de mi pluma. -¿Luego es usted de oposición? -Le diré a usted: observo una actitud espectante. Amenazo de vez en cuando; transijo al ver que ceden, y vuelvo a la benevolencia... Porque conozco que el país no está para escándalos ni para caídas ruidosas. ¡Ah... pues si no fuera por este patriotismo que me esclaviza!... Y se dio dos golpecitos con el junquillo en una pantorrilla, mientras volvía a afirmar los lentes sobre la nariz. Don Simón, que le creía como artículo de fe, no cesaba de regodearse con la idea de que un hombre de tanto valer le conociera, le admirara y le juzgase capaz de hablar allí como el más guapo. Bajo esta impresión le dijo, pasados breves instantes de silencio: -Pues volviendo a la pregunta con que usted me hizo el honor de saludarme, ha de saber usted que me sorprendió, tanto más, cuanto que estuvo a dos dedos de mi pensamiento. -Naturalmente. Diplomático y periodista, ¡figúrese usted qué se me ocultará a mí! -No es esto decir que mañana precisamente... -Es lo mismo, señor don Simón. Será pasado mañana, o dentro de unos días... -Podrá ser. -Y ¿sobre qué va usted a hablar? -preguntó el periodista, sacando de su cartera unas cuartillas y un lápiz. Aquí se vio cogido don Simón, que aún no había madurado el cuándo ni el asunto. -Pues hombre -respondió por decir algo-, pienso hablar... sobre.. Ya se ve ¡son tantas las cosas que uno!... -Vamos, ya le comprendo a usted. Versará el discurso sobre algún asunto importante para la provincia que usted representa. -Cabalmente -exclamó don Simón, mientras el otro escribía con el lápiz en una cuartilla, sobre el mármol de la contigua chimenea. -A ver si es esto -dijo a poco rato el periodista, leyendo al diputado lo que había escrito. «Dentro de algunos días tratará en las Cortes el opulento diputado don Simón de los Peñascales, un asunto de vital interés para el distrito que representa. La autoridad de que, por su brillante posición social, está revestido este digno miembro de la Cámara, y el talento que le distingue, hacen creer que la discusión será una de las más interesantes que, en su género, se promuevan en la presente legislatura.» Don Simón se quedó estático. Cuando aquel párrafo se publicara, su nombre comenzaría a sonar tan recio como él deseaba; pero, una vez publicado, adquiría el compromiso de hablar, de hablar mucho, y de no hablar mal de todo. Así es que no pudo menos de decir al periodista: -¡Canario, canario!... usted me favorece mucho; pero... -¿Cree usted que le lisonjeo? ¡Bah!... Dejando aparte que usted se lo merece, y mucho más, aquí no se gasta otra cosa. -Ya lo observo; pero así y todo... ¿Y cómo se llama su periódico de usted? -El Ariete. -Muy conocido, en efecto. -¡Oh! de primer orden. Desde mañana lo recibirá usted en su casa. -Tantas gracias. -Cabalmente son suscritores también todos los hombres notables de la política y de la Bolsa. Sólo usted nos faltaba, como quien dice. -En ese caso -dijo don Simón comprendiendo entonces la intención del periodista, que no era seguramente la de regalarle el periódico-, envíeme usted el recibo. -A su tiempo, señor de los Peñascales. Con hombres como usted, guarda la administración ciertos trámites de confianza. No los guardaría ciertamente con muchos de sus colegas de usted. ¡Aquí hay que tener más ojos que los de Argos! -¡Hombre, usted exagera! -¿Quiere usted que le trace algunas biografías? Le aseguro a usted que serán deliciosas. -No hay para qué, no hay para qué -se apresuró a responder don Simón, como si temiera comprometerse con la oficiosa espontaneidad del diplomático; el cual añadió inmediatamente: -Y su apreciable familia de usted, ¿se divierte en Madrid? -Pshé... Como todavía no conoce el terreno bien, por más que tenga muchas y buenas relaciones... -Cierto; faltan la intimidad de las provincias, el roce continuo, ciertas reuniones de confianza... Y a propósito: creo haber entendido que pensaba usted dar algunas. |