  Una noche de vela
I
El enfermo
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¡Oh variedad común, mudanza cierta! |
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¿quién habrá que en sus males no te espere, |
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quién habrá que en sus bienes no te tema? |
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Argensola. |
Doy por supuesto que todos mis lectores conocen lo que es pasar una noche en un alegre
salón, saboreando las dulzuras del Carnaval, en medio de una sociedad bulliciosa y partidaria del
movimiento; quiero suponer que todos o los más de ellos comprenden aquel estado feliz en que
constituyen al hombre la grata conversación con una linda pareja, el ruido de una orquesta
armoniosa, el resplandor de la brillante iluminación, la risa y algazara de todos aquellos grupos,
que se mueven, que se cruzan, que se separan, y que luego se vuelven a juntar. Quiero igualmente
sospechar, que concluido el baile y llegada la hora fatal del desencantamiento, alguno de los
concurrentes lleno el corazón de fuego y la cabeza de magníficas ilusiones, reconcentrado su
sistema vital en el interior de su imaginación, no haya hecho alto en la exterioridad de su persona;
no haya reparado en la humedad de su frente, en la dilatación de sus poros, en el ardor exagerado
de su pulmón; y que tan sólo ocupado en sostener una blanca mano para subir a un coche, o en
aguardar el turno para reclamar su capa en un frío callejón, apenas haya reparado que el sudor del
rostro se ha enfriado, que su voz se ha enronquecido, que su pecho y su cabeza van adquiriendo
por momentos cierta pesadez y mal estar.
Doy por supuesto que el tal, de vuelta a su casa, sienta unos amables escalofríos amenizados
de vez en cuando con una tosecilla seca, sendos latidos en las sienes, y un cierto aumento de
gravedad en la parte superior de su máquina, que apenas le permite tenerse en pie. Quiero
imaginar que le asalten las primeras sospechas de que está malo; y que tiene que transigir por lo
menos con una fuerte constipación; que se mete en la cama, donde le coge un involuntario y frío
temblor, y luego un ardor insoportable; pero se consuela con que, merced a un vaso de limonada
o un benéfico sudor, bien podrá estar a la noche en disposición de repetir la escena anterior.
Supongo por último que esta esperanza se desvanece; pues ni el sudor ni el sosiego son bastantes
a devolverle la perdida salud, con lo cual, y sintiéndose de más en más agravado, hace llamar a
su médico, quien después de echarle un razonable sermón por su imprudencia, le dice que guarde
cama, que se abstenga de toda comida, y que beba no sé qué brebajes purgativos, intermediados
de cataplasmas al vientre, y realzado el todo con sendos golpes de sanguijuelas donde no es de
buen tono nombrar. Remedios únicos en que se encierra el código de la moderna escuela
facultativa; y que parecen ser la panacea universal para todos los males conocidos.
Pues bien; después de supuesto todo ello, quiero que ahora supongan mis lectores, que el
sujeto a quien acontecía aquel desmán era el condesito del Tremedal, sujeto brillante por su
ilustre nacimiento, sus gracias personales, su desenfadada imaginación y una cierta fama de
superioridad, debida a las conquistas amorosa a que había dado fin y cabo en su majestuosa
carrera social. Cualidades eran éstas muy envidiables y envidiadas; pero que para el paso actual
no le servían de nada, preso entre vendas y ligaduras, inútil y agobiado, ni más ni menos que el
último parroquiano del hospital.
Mediaba sin embargo alguna diferencia en la situación exterior de nuestro conde, si bien su
naturaleza interior revelaba en tal momento su completa semejanza con los seres a quienes él no
hubiera dignado compararse. Hallábase, pues, en su casa, asistido más o menos cuidadosamente,
en primer lugar por su esposa, joven hermosa y elegante, de veinte y cuatro abriles, que si no
recordaba a Artemisa, por lo menos era grande apasionada de las heroínas de Balzac.
Luego venía en la serie de sus veladores un íntimo amigo, un tercero en concordia de la casa;
militar cortesano; cómplice en las amables calaveradas del esposo; encargado de disimular su
infidelidad y tibieza conyugal; de suplir su ausencia en el palco, en el salón, en las cabalgatas;
depósito de las mutuas confianzas de ambos consortes, y mueble, en fin, como el lorito o el galgo
inglés, indispensable en toda casa principal y de buen tono.
En segundo término del cuadro, ofrecíase a la vista una hermana solterona del conde, que
según nuestras venerandas sabias leyes, estaba destinada a vegetar honestamente, por haber
tenido la singular ocurrencia de nacer hembra, aunque fruto de unos mismos padres, e igual a su
hermano en sangre y derechos naturales. Añádase a esta injusticia de la ley, la otra injusticia con
que la naturaleza la había negado sus favores, y se formarán una idea aproximada de la cruel
posición de esta indefinida virgen, con treinta y dos años de expectativa, y dotada además de un
gran talento, que no sé si es ventaja al que nace infeliz y segundón. En compensación, empero,
de tantos desmanes, todavía podía alimentarse en aquel pecho alguna esperanza, hija de la falta
de descendencia del conde, esperanza no muy moral en verdad, pero lo suficientemente legal para
prometerse algún día ocupar un puesto distinguido en la sociedad.
Rodeaban, en fin, el lecho del enfermo varios parientes y allegados de la casa. -Una tía vieja,
viuda de no sé qué consejero, y empleada en la real servidumbre; archivo parlante de las glorias
de la familia; cadáver embalsamado en almizcle; figura de cera y de movimiento; tradición de la
antigua aristocracia castellana; y ceremonial formulado de la etiqueta palaciega. -Un ayuda de
cámara, secretario del secreto del señor conde, su confidente y particular favorito para todas
aquellas operaciones más allegadas a su persona. -Varias amigas de la condesa y de su cuñada,
muchachas de humor y de travesura, con sus puntas de coquetería. -Un vetusto mayordomo
disecado en vivo, vera efigies de una cuenta de quebrados; con su peluca rubia, color de oro; su
pantalón estrecho como bolsillo de mercader; su levita de arpillera; su nudo de dos vueltas en la
corbata; el puño del bastón en forma de llave; los zapatos con hebilla de resorte, un candado por
sellos en el reloj; y éste sin campanilla, de los que apuntan y no dan; persona, en fin, tan análoga
a sus ideas, que venía a ser una verdadera formulación de todas ellas, un compendio abreviado
de su larga carrera mayordomil.
El resto del acompañamiento componíanlo tal cual elegante doncel que aparecía de vez en
cuando para informarse de la salud de su amigo el condesito; tal cual vecina charlatana y
entrometida que llegaba a tiempo de proponer un remedio milagroso, o verter una botella de
tisana, o destapar distraída un vaso de sanguijuelas; el todo amenizado con el correspondiente
acompañamiento de médicos y quirúrgicos; practicantes y gentes de ayuda; criados de la casa,
porteros, lacayos, niños, viejas y demás del caso.
¡Ah! se me había olvidado; allá en lo más escondido de la alcoba, como el que se aparta
algunos pasos de un cuadro para contemplar mejor su efecto de luz, se veía un hombre serio,
triste y meditabundo, que apenas parecía tomar parte en la acción, y sin embargo moderaba su
impulso; el cual hombre, según lo que pudo averiguarse, era un antiguo y sincero amigo de la
familia, a quien el padre del conde dejó encomendado éste al morir; que le quería
entrañablemente; pero que más de una vez llegó a serle enojoso con sus consejos francos y
desinteresados; pero en aquella ocasión el pobre enfermo se hallaba naturalmente más inclinado
a él, y no una vez sola, después de recorrer la desencajada vista por todos los circunstantes,
llegaba a fijarla largo rato en aquella misteriosa figura, la cual correspondía a su mirada con otra
mirada, y ambas venían a formar un diálogo entero.
II
JUNTA DE MÉDICOS
Era, según los cómputos facultativos, el séptimo día, digo mal, la séptima noche de la
enfermedad del conde. Su gravedad progresiva había crecido hasta el punto de inspirar serios
temores de un funesto resultado. El médico de la casa había ya apurado su ordinaria farmacopea,
y temeroso de la grave responsabilidad que iba a cargar sobre su única persona, determinó
repartirla con otros compañeros que, cuando no a otra cosa, viniesen a atestiguar que el enfermo
se había muerto en todas las reglas del arte. Para este fin propuso una junta para aquella noche,
indicación que fue admitida con aplauso de todos los circunstantes, que admiraron la modestia
del proponente, y se apresuraron a complacerle.
Designada por el más antiguo en la facultad la hora de las ocho de aquella misma noche para
verificar la reunión, viéronse aparecer a la puerta de la casa, con cortos minutos de diferencia, un
birlocho y un bombé, un cabriolé y un tilbury; ramificaciones todas de la antigua familia de las
calesas, y representantes en sus respectivas formas del progreso de las luces, y de la marcha de
este siglo corretón.
Del primero (en el orden de antigüedad) de aquellos cuatro equipajes, descendió con harta
pena un vetusto y cuadrilátero doctor, hombre de peso en la facultad, y aun fuera de ella; rostro
fresco y sonrosado, a despecho de los años y del estudio, barriga en prensa y sin embargo fiera;
traje simbólico y anacronímico, representante fiel de las tradiciones del siglo XVIII, bastón de
caña de Indias de tres pisos, con su puño de oro macizo y refulgente; y gorro, en fin, de doble
seda de Toledo, que apenas dejaba divisar las puntas del atusado y grasiento peluquín.
Seguía el del bombé; estampa grave y severa; ni muy gorda, ni muy flaca, ni muy antigua, ni
muy moderna; frente de duda y de reflexión; ni muy calva ni con mucho pelo; ojo anatómico y
analítico; sencillo en formas y modales como en palabras; traje cómodo y aseado, sin afectación
y sin descuido; sin sortija ni bastón, ni otro signo alguno exterior de la facultad.
El cabriolé (que por cierto era alquilado), produjo un hombre chiquitillo y lenguaraz, azogado
en sus movimientos e interminable en sus palabras; descuidado de su persona; con el chaleco
desabotonado, la camisola entreabierta, e inclinado hacia el pescuezo el lazo del corbatín. Este
tal no llevaba guantes para lucir cinco sortijas de todas formas, y su correspondiente bastón, con
el cual aguijaba al caballejo (que por supuesto no era suyo), y llegado que hubo a la casa, saltó
de un brinco a la calle, y subió tres a tres los peldaños de la escalera.
El cuarto carruaje, en fin, el tilbury, lanzó de su seno un elegante y apuesto mancebo, cuyos
estudiados modales, su fino guante, sus blancos puños, su bien cortada levita, el aseo y primor,
en fin, de toda su persona, representaba al físico viajador, culto y sensible, el médico de las
damas; su semblante juvenil, sobradamente severo para su edad, revelaba el deseo de
sobreponerse a ella, afectando un sí es no es de gravedad científica y de profunda reflexión que
no decía bien con el complicado nudo de su corbata; si bien su mirar profundo y animado, daba
luego a conocer un alma bien templada para el estudio y entusiasmada con la idea de un glorioso
porvenir.
Después del reconocimiento y de las preguntas de estilo, a que contestaba como sustentante
el médico de cabecera, quedaron, pues, los cinco doctores instalados en un gabinete inmediato
para tratar de escogitar los medios de oponerse al vuelo de la enfermedad. Animados por este
filantrópico deseo, la primera diligencia fue pasar de mano en mano petacas y tabaqueras, hasta
quedar armónicamente convenidos, cuál con un purísimo cigarro de la Habana; cuál con un
abundante polvo de aromático rapé.
El primer cuarto de hora se dedicó, como es natural, a pasear el discurso sobre varias materias,
todas muy interesantes y oportunas; tales como la rigidez del invierno, las muchas enfermedades
y la aperreada vida que con tal motivo cada cual decía traer. Allí era el oír asegurar a uno que a
la hora presente llevaba ya arrancadas catorce víctimas a las garras de la muerte; allí el afirmar
muy seriamente otro que aquella noche había estado de parto; cuál limpiándose el sudor repetía
el discurso que acababa de pronunciar en una junta, cuál otro metía prisa a los demás por tener,
según decía, que contestar a cuatro consultas por el correo.
Después de compadecerse mutuamente, entraron luego a compadecerse de sus caballos y de
sus míseros carruajes, amenizando el diálogo con la historia de sus compras, cambios y
composturas, y el interesante presupuesto de sus gastos; y de aquí vino a rodar el discurso sobre
el obligado clamor de la escasez de los tiempos, y las malas pagas de los enfermos que sanaban,
y el escaso agradecimiento de los que morían. A propósito de esto, tomó la palabra el rostriseco,
y habló de las elecciones, y analizó largamente los últimos partes del ejército, a que contestaron
los demás con la mudanza del ministerio, y el resultado de la última interpelación.
Después de haber discurrido largamente por estos alrededores de la facultad, pensaron que sin
duda sería ya tiempo de entrar de lleno en ella, y empezaron a disertar sobre la causa posible de
las enfermedades, colocándola unos en el estómago, otros en la cabeza, cuál en el hígado, y cuál
en el tobillo del pie.
Aquí hubo aquello de defender cada cual sus sistema médico favorito, y se declaró el viejo fiel
partidario de los antiguos aforismos, y del tonífico método de Juan Brown; a lo que contestó el
serio con toda una exposición del sistema fisiológico, y del tratamiento antiflogístico y de la dieta
de Broussais. Replicó el tercero (que era el pequeño) con una descarga cerrada de burletas y
sinrazones contra todos los antiguos y futuros sistemas, diciendo que para él la medicina era una
adivinanza hija de la casualidad y de la práctica; y que sólo empíricamente podía curarse, por lo
cual no admitía sistema fijo, y que si tal vez se inclinaba a alguno, parecíale mejor que ningún
otro el de Mr. Le-Roy, por lo heroico y resolutivo de su procedimiento. Una ligera sonrisa de
desdén que se asomó a los labios del físico elegante, bastó para dar a conocer la superioridad en
que se colocaba a sí mismo sobre todos sus compañeros, si al mismo tiempo no hubiera querido
consignarla con la palabra, exponiendo científicamente los errores de los diversos sistemas
anteriores, y la filosofía de un nuevo descubrimiento a que él como joven se hallaba naturalmente
inclinado, esto es, la medicina homeopática del doctor Hannemann.
Aquí soltó el viejo una carcajada, y el chiquito lanzó varios epigramas sobre el sistema de
curar las enfermedades con sus semejantes, preguntándole si como decía Talleyrand,
acostumbraba cortar la pierna buena para curar la mala, con otras sandeces que irritaron la bilis
del homeopático y descargó una furibunda filípica contra los charlatanes que, según dijo,
deshonraban la noble ciencia de Esculapio; a lo cual el Brusista trató de aplicar sus emolientes,
y el antiguo Galeno dar un nuevo tono a la desentonada conversación.
En esto uno de los circunstantes (que sin duda debió ser el adusto incógnito de que antes
hicimos mención) tuvo la descortesía de abrir despacio la vidriera del gabinete, para advertir a
aquellos señores que el pobre enfermo se agravaba por instantes, y preguntarles si habían
acordado a buena cuenta alguna cosa que poder aplicarle, mientras llegaba la resolución formal
de aquella cuádruple alianza. -Los doctores quedaron como embarazados a tan exótica demanda;
pero, en fin, salieron de ella diciendo: que hiciesen saber al enfermo que tuviese un poquito de
paciencia para morirse; porque ellos a la sazón estaban formalmente ocupados en salvarle, y
mientras tanto que esto hacían, formaban sinceros votos por su alivio, y sentían hacia su persona
las más fuertes simpatías. Con lo cual el interpelante volvió a retirarse a comunicar al enfermo
tan consoladora respuesta.
Declarado el punto suficientemente discutido respecto al diagnóstico y el pronóstico, vinieron,
por fin, a proponer la curación, y fiel cada cual a sus respectivos métodos, indicaron, el
Browmista un tonífico récipe de treinta y dos ingredientes entre sólidos y líquidos; pero con la
condición de tenerlo todo cuarenta y ocho horas en infusión, y que se había de hacer precisamente
en la botica de la calle de... y entre tanto que la muerte tuviese la bondad de aguardar. -El alumno
de Broussais sostuvo que a beneficio de seis docenas de sanguijuelas y cuatro sangrías se cortaría
el mal, y que para sostener las fuerzas del enfermo no había inconveniente en administrarle de
vez en cuando algún sorbo de agua engomada, o un azucarillo. -El homeopático puso a discusión
la aplicación de la vigesimillonésima parte de un grano de arena, disuelto en tinaja y media del
agua del Rhin, con lo cual se habían visto pasmosas curaciones en el hospital de
Meckelembourg-Strelitz. -El empírico, en fin, propuso que el enfermo se levantara y saliese a
paseo, tomando únicamente de dos en dos horas catorce cucharadas del vomi-toni-purgui-velocífero de Le-Roy.
Dejo pensar a mis lectores la impresión que semejantes propuestas harían respectivamente en
el ánimo de todos los doctores; por último, viendo que ya era pasada la hora, y que otros mil
enfermos reclamaban el auxilio de su ciencia, convinieron en que, supuesto que el médico de
cabecera había seguido su sistema con este parroquiano, cada uno continuase haciendo lo propio
con los suyos; conque, después de acordar por la forma unos nuevos sinapismos y no sé qué
purga, decidieron unánimemente que sería bueno que el enfermo fuese preparando sus papeles,
por si acaso le tocaba marchar en el próximo convoy; todo lo cual dijeron con aire sentimental
a aquel señor feo de cara de que queda hablado; y después de asegurarle del profundo acierto con
que el médico de la casa dirigía la curación, recibieron de manos del mayordomo sendos doblones
de a ocho, y marcharon contentos a continuar sus graves ocupaciones.
III
EL TESTAMENTO
Aquella noche, como la más decisiva e importante, se brindaron a quedarse a velar al enfermo
casi todos los interlocutores de que queda hecha mención al principio de este artículo; y
convenidos de consuno en reconocer por jefe de la vela al severo anónimo, pudo éste dar sus
disposiciones para que cada uno ocupase su lugar en aquella terrible escena. Hízose, pues, cargo
del improvisado botiquín, que en multitud de frascos, tazas y papeletas se ostentaba
armónicamente sobre mesas y veladores; clasificó con sendos rótulos la oportunidad de cada uno;
dio cuerda al reloj para consultarle a cada momento, y escribió un programa formal de
operaciones, desde la hora presente hasta la salida del sol.
La vieja tía, por su parte, envió a su lacayo por la escofieta y el mantón, y sacó de su bolsa un
rosario de plata cargado de medallas, y un elegante libro de meditación, encuadernado por
Alegría. La juventud de ambos sexos, dirigida por el amable militar, se encargó de distraer a la
condesita y su hermana, llevándoselas al efecto a un apartado gabinete, donde para enredar las
largas horas de la noche y conjurar el sueño, improvisaron en su presencia una modesta partida
de ecarté. El mayordomo, el ayuda de cámara, acompañados de la turba de familiares, quedaron
en la alcoba a las órdenes del jefe de noche, para alternar armónicamente en la vela.
Todo estaba previsto con un orden verdaderamente admirable; cada cual sabía por minutos
la serie de sus obligaciones, y durante la primera hora todo marchó con aquella armonía y compás
con que suelen las diversas ruedas y cilindros de una máquina al impulso del agente que los
mueve. La vieja rezaba sus letanías, y aplicaba reliquias y escapularios a la boca del enfermo; el
mayordomo recibía de manos de los criados las medicinas, y las pasaba al ayuda de cámara, el
cual las hacía tomar al paciente; uno revolvía a éste en su lecho, otro ahuecaba las almohadas y
extendía los sinapismos; el incógnito, en fin, velaba sobre todos, y corría de aquí para allí para
que nada faltase a punto.
Entre tanto en el gabinete del jardín el alumno de Marte redoblaba sus agudezas para distraer
a las señoras; aplicaba bálsamos confortantes a las sienes de la condesita, sostenía los
almohadones, y de paso, la cabeza que en ellos se apoyaba, y con el noble pretexto de evitar un
acceso nervioso, tenía entrambas manos fuertemente estrechadas en las suyas.
De pronto un fuerte desmayo acomete al enfermo; suenan voces y campanillas; y los que
jugaban en el gabinete, y los que charlaban en la sala, y los mozos que dormían en los colchones
improvisados, todos se mueven apresurados, y corren a la alcoba. El enfermo, sostenido por su
buen amigo, yace desfallecido e inerte; los circunstantes prorrumpen en diversas exclamaciones.
-«¡El médico, llamar al médico!» -«¡El confesor!» -«¡El escribano!»
Cuál saca un pomo de álcali y casi se lo introduce por la nariz; cuál acude diligente con una
estopa encendida para aplicársela a las sienes; éste le frota los pulsos con agua balsámica de la
Meca y espuma de Venus que encuentra en el tocador de la señora; aquél va a la cocina por
vinagre, y viene diligente a rociarle la cara con el aderezo completo de la ensalada. Entre tanto
las mujeres chillan. -«¡Pobrecito!» -«¡Se ha muerto!» -Los hombres imponen silencio a voces.
-La vieja reza en alto un latín que no entendiera el mismo San Gerónimo. -La señora se desmaya
y cae redonda... en un mullido sofá.
El peligro y atención se dividen entonces; los unos abandonan al conde; los otros corren a la
condesa; los agudos chillidos de ésta despiertan, en fin, a aquél de su letargo; abre los
desencajados ojos; mira en derredor de sí, y se ve rodeado de figuras angustiosas, que le miran
ya como cosa del otro mundo, y empiezan a contemplarle con aquel silencioso respeto con que
se contempla a un cadáver.
Allá en el fondo, y detrás de aquellos grupos misteriosos, se deja ver un hombre melancólico
y de mirar sombrío, que aparece allí como el precursor de la muerte, como el avanzado portero
de las puertas de la eternidad. Aquel hombre siniestro había sido introducido con precaución en
la alcoba por el viejo mayordomo, que hablaba con él en voz baja, después de haber dicho dos
palabras al oído de la señora, y hecho tres profundas cortesías a la hermana del conde.
Algún tanto despejado ya éste, no sé bien si por prudencia o por precepto, fueron
desapareciendo de la alcoba todos los circunstantes, a excepción del jefe de la vela, el
mayordomo y su misterioso compañero.
-Aquí tiene usía, señor conde, a nuestro honrado secretario el señor don Gestas de Uñate, que
viene a informarse de la salud de usía, y de paso a saber si a usía se le ofrece alguna cosa en que
pueda complacerle.
-¡Ay Dios! (exclamó el conde). ¡El escribano! me muero sin remedio.
-¿Quién dice tal cosa, señor conde? (interrumpió el escribano) yo sólo vengo a ley de buen
servidor de usía a ponerme a sus órdenes y ofrecerle mi inutilidad. No es esto decir que usía
hiciera mal en haber pensado en mi ministerio antes de ahora, porque al fin, todos somos
mortales, y cuando el hombre tiene arreglados sus negocios...
El severo velador del conde había guardado silencio durante esta corta escena, como
sorprendido de la audacia del mayordomo, y penetrado de la misma idea terrible que había
asaltado al conde; sin embargo, no dejó de reconocer que en el estado en que éste se hallaba,
acaso aquel paso tenía más de prudente que de audaz, por lo cual trató de poner en la balanza
todo su influjo para inclinar al conde a someterse a aquel terrible deber.
No tardó éste en ceder a los consejos de la amistad y a lo crítico de los momentos, y
significando por señas su resignación, dio orden al mayordomo de que abriese cierto bufete,
donde hallaría un pliego cerrado que contenía su última voluntad, el cual formalizase con todas
las cláusulas necesarias, y él lo firmaría después. -«Pero por Dios (añadió), que nadie se entere
de mis secretos hasta después de mi muerte; este amigo (dirigiéndose al incógnito), el
mayordomo y el ayuda de cámara, pueden ser los únicos testigos, y les reclamo la observancia
de mi encargo.»
IV
LA SUCESIÓN
Aquellas tres cortesías del escribano y del mayordomo a la hermana del conde, habían también
hecho variar el espectáculo del retirado gabinete del jardín. Los amables interlocutores que en él
se reunían, arrancados a sus ilusiones por la escena del último amago de la muerte, empezaban
a creer de veras su posibilidad, y a calcular las consecuencias naturales en aquella casa. La
próxima viuda, sin tanto aparato de desmayos, empezaba ya a manifestar una verdadera
inquietud, en tanto que por un movimiento eléctrico los vaporosos ataques habíanse inoculado
en la persona de la hermana, para quien las ya dichas cortesías del mayordomo y escribano
acababan de darla a sospechar un magnífico porvenir.
Los cuidados de todos los circunstantes se convirtieron, como era de esperar, hacia el nuevo
peligro, hacia la nuevamente acometida; y a pesar de que los visajes de su feo rostro, fuertemente
contraído en todas direcciones, pusieran espanto al hombre más audaz y denodado, y por más que
formase un admirable contraste la sentimental y ya verdadera tristeza de la hermosa faz de la
condesita, veíase ésta sola, por una de las anomalías tan frecuentes en este pícaro mundo, al paso
que todos se apresuraban a reunirse en grupo auxiliador en derredor de la presunta heredera... ¡Oh
leyes! ¡oh costumbres!...
Al frente de todos aquellos celosos servidores distinguíase el mismo joven militar favorito de
la condesa, que poco antes no parecía existir sino para ella, y ahora olvidando sus gracias, y
cerrando los ojos sobre la triste figura de la cuñada, se apresuraba a sostener a ésta, a consolarla,
y yacía arrodillado a sus pies, estrechando su mano y aparentando toda la desesperación de un
romántico dolor... La convulsa heredera, sensible sin duda a esta súbita expresión de un género
tan nuevo para ella, hizo un paréntesis a su terrible accidente; entreabrió sus cerrados párpados,
dirigió sus hundidas pupilas al amable interpelante, y con un gesto inexplicable en que se
retrataba la caricatura del dolor, correspondió con un suspiro a otro suspiro, y abandonó su mano
a los labios del joven triunfador; éste entonces, alzando la osada frente en señal de su próxima
apoteosis, paseó sus miradas por todos los circunstantes con una sonrisa de desdén; pero al llegar
a fijarlas en los hermosos ojos de la futura viuda, no pudo menos de bajar los suyos entre dudoso
y turbado.
En este momento la puerta del gabinete se abre. -El escribano, el mayordomo y el ayuda de
cámara se presentan, siguiendo al amigo incógnito. Éste, procurando contener su conmoción,
manifiesta a los circunstantes que su amigo el conde había dejado de existir... Todos se agrupan
en torno de la nueva condesa... El escribano lee entonces el testamento, y la decoración vuelve
a cambiar... El conde declara en él tener un heredero natural, habido en una de sus varias
excursiones amorosas antes de contraer su matrimonio; pedía perdón a su esposa por este secreto,
y la encargaba la tutela y dirección de su legítimo heredero; en cuanto a su hermana, la dejaba
pasar tranquilamente a ocupar un vástago lateral en el tronco genealógico.
De esta manera nacieron, se manifestaron y desaparecieron como el humo tantas esperanzas
y quiméricos proyectos; y la luz matinal, que ya empezaba a iluminar aquella estancia, vino a
poner de manifiesto el desengaño de aquellos desengañados semblantes; amigos y dependientes
rodearon a la condesa viuda, tutora y gobernadora; y cada cual se esforzaba en manifestarla su
no interrumpida adhesión, y a proponerla varios planes halagüeños; pero el severo Velador,
valiéndose de su persuasiva influencia, la aconsejó por entonces lo único que podía aconsejarla,
y era que se retirase a descansar. Hízolo así, con lo cual todos los circunstantes fueron
desapareciendo. Y luego que quedó solo el incógnito, se arrimó a un bufete, tomó una pluma,
escribió largo rato, puso al principio de su discurso este título: «Una noche de vela», y al final
de él estampó esta firma,
EL CURIOSO PARLANTE.
  De tejas arriba
I
Madre Claudia
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...a tus tiernas palomillas |
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el velo peligroso las rehúses; |
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que andan muchos azores por asillas |
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de cuyas uñas penden los despojos |
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de otras aves incautas y sencillas. |
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Bartolomé de Argensola. |
Dios sea en esta casa.
-Y en la de usted, buena madre; santas noches, ¿qué se ofrece?
-Nada hijo, sino venir en cuerpo y en ánima a ponerme al su mandar, como vecinos que
somos, y amigos que, Dios mediante, tenemos que ser.
-Por muchos años; y ya veo que si no me engaña el corazón estoy hablando con la señora
Claudia, la que viene a habitar la buhardilla número 7.
-Doña Claudia me llamaron en el siglo, y esa misma soy, en buen hora lo cuente; pero tal me
verás que no me conocerás, y yo misma me tiento y no me encuentro; ¡cosas del mundo!; hoy por
ti, mañana por mí; y como dijo el otro, abájanse los adarves y álzanse los muladares; que hoy
nadie puede decir de esta agua no beberé; y mientras la viuda llora, bailan otros en la boda... No
digo todo esto por mal decir, que de menos nos hizo Dios, y viva la gallina y aunque sea con su
pipita; sino explícolo para dar a conocer a vuesa merced, señor vecino, que aquí donde me ve con
estos trapos, yo también fui persona, y no como quiera, sino como suele decirse empingorotada
y de capuz... pero vive cien años y verás desengaños, y tras el día viene la noche, que lo que Dios
da llevárselo ha, y el caballo de regalo suele parar en rocín de molinero.
Pero dejando esto a un lado, y viniendo a lo que importa, ¿qué tal va la parroquia en la tienda
nueva? ¡Válgame Dios, y qué aseada y qué provista está de cuanto el Señor crió!... Tal me vea
yo a la hora de mi muerte... ¿Es rosoli o aniseta?... gracias por el favor; ¡bien haya la Mancha, que
da vino en vez de agua!... a la salud de ustedes, caballeros... ¡fuego de Dios y qué calorcillo tiene
el espíritu!... ¡y qué bien le parecen esos dos mantecadillos que están diciendo «comedme»!...
¡Ah! si no estuviera tan atrasada en esto que ahora llaman el porsupuesto, en Dios y mi ánima que
no había de pedir ayuda para dar buena cuenta de ellos... apostaría que son obra de aquellas
manecitas que con tanto salero hacen ahora saltar a la aguja... gracias, hija mía, por el favor...
bien se la conoce que es hija de tal padre... ¡bendígala Dios, y qué hermosa es y qué garrida! ya
me temo yo que han de llorar su venida todos los mozos del barrio.
-Gracias, madre Claudia.
-Bien hacéis, hija, en dar las gracias, que para eso las tenéis, y aun para quedaros después con
ellas; ¡ay! quién me tornara a mí de ese talle y esa frescura, y no me robara la experiencia del
mundo, que por el alma de mi padre que otro gallo me había de cantar y no me vería ahora en
medio del arroyo, como quien dice; pero así somos todas; mientras nos reluce el pellejo poco
consejo, y luego que vienen los años llorar por los que son idos... ¡Cuánto más valiera mascar
mientras nos ayudan los dientes, y...! ¿no es verdad, hija mía?... ¿qué, no me entiendes?
¡picaruela! ¿pues a qué vienen esos colores que se te han asomado al rostro? Pero ¡pecadora de
mí! ya veo que no conviene distraerte de tu labor, pues que te has picado con la aguja, y...
¡válgame Dios!... ¡qué no diera alguno que yo me sé bien, por atajar con su labios esa gota de
coral!...
-¿Alguno, madre?
-Alguno digo, y no hay que hacerse la desentendida, sino ponerle el nombre que mejor le
cuadre... pero bajemos la voz, que ya señor padre ha acabado de servir a los parroquianos y se
viene derechito hacia nosotras; por fin, hija mía, más días hay que longanizas, y cuando queráis
noticias de la tierra, sabed que allá cerca del cielo hay una vieja que os quiere bien; y ahora me
voy, señor vecino, que ya ha acabado de ser noche y la vieja honrada su puerta cerrada, y cada
uno en su casa y Dios en la de todos... A fe que ya me he de ver y de desear para subir la escalera,
y a no ser un cuarto roñoso de Segovia que traigo aquí para trocarlo con un palmo de cerilla...
¿También ese favor?... muy obligada me voy, señor vecino; a bien que Dios es mayordomo de
los pobres, y él se lo pagará con su tanto por ciento... Y pues ya me siento alumbrada por esas
manos caritativas, iremos paso a paso caminando a mi chiscón, donde me espera el huso con
deseos de bailar, y mi amigo Micifuz durmiendo al amor de la lumbre, si no es que se haya salido
a los tejados en busca de las vecinas, salidas también como él; que amor con amor se paga, niña
mía, y cuando nace él nace ella, y si no fuera por esto, ¿para qué estamos acá bajo los unos y las
otras?... Conque buenas noches, vecino; y cuidado niña, que no hay que olvidar a quien bien nos
quiere, y que cuando quieras tomarte el trabajo de llegar al último tramo de la escalera, sabrás
muchas cosas y habilidades, así de punto y aguja como de cazo y sartén; que, gracias a Dios y a
mis años, así me da el naipe para aderezar un guisado, como para coser un zurcido... Conque,
adiós.
La buena vieja, dicho esto, salió por la puerta de la tienda que daba al portal, y después de
persignada, y sosteniendo con la diestra mano la vacilante cerilla, colocada la siniestra entre ella
y su rostro para evitar la ofuscación de sus resplandores, subió pausadamente los noventa y siete
escalones que se contaban hasta su chiribitil, haciendo descanso en todas las mesetas o tramos
de los diversos pisos. Y llegada que fue arriba, sacó de su faltriquera la llave, y con temblona
dirección la encajó en la cerradura; reunió todas sus fuerzas para dar las vueltas, y la puerta se
abrió; mas desgraciadamente con un impulso muy superior a la resistencia de la cerilla, la cual
negó en aquel momento sus reflejos, quiero decir, que se apagó: y la vieja que entraba, y el gato
que se esperezaba sobre el fogón se quedaron a buenas noches.
II
Las buhardillas
Algunos días eran pasados, y ya la buena madre sabía por puntos y comas las condiciones y
semblanzas de todos sus convecinos, y más especialmente de aquella parte de la tripulación de
la casa que, a hablar con propiedad, cobijaba bajo un mismo techo.
Este quinto estado de aquel mecánico artificio no distaba, como hemos visto, más que unos
cien palmos de la superficie de la calle, y por lo tanto tocaba ya en la región de las nubes, con lo
cual no habrá de extrañarse si tal cual tormenta solía de vez en cuando alterar la uniformidad de
aquella atmósfera. Semejantes tormentas, de que apenas tenemos noticia los habitantes del centro,
son harto frecuentes en las alturas; sino que nuestra pequeñez microscópica no sabe distinguirlas,
o bien afectamos desdeñarlas por el ningún interés que nos inspiran; pero no han faltado por eso
arriesgados aeronautas que ascendieron de intento a estudiarlas; y de uno de éstos, que logró
bajar, aunque con una pierna menos, es de quien hube yo en confianza las noticias y
observaciones que de suso y de yuso son y serán explicadas.
Dividíase, pues, el elevado recinto que queda señalado, en un doble callejón a diestra y
siniestra mano, que prestaba paso y comunicación a ocho o diez celdillas o habitaciones, tan
cómodas como cepo veneciano, y tan anchurosas como nichos de cementerio. En ellas, mediante
sendos treinta reales nominales de alquiler mensual, habían hallado medio de colocarse otros
tantos grupos de figuras, reducidas a tal extremo, cuáles por las desdichas pasadas, cuáles por las
miserias presentes.
Sabía, por ejemplo, la madre Claudia, que en la primera buhardilla de la derecha conforme
vamos, vivía un pobre empleado, entrado en nueve meses, reloj descompuesto apuntando a
marzo, y con cuatro chiquillos por pesas, que tiraban hacia la próxima Navidad. Sabía que en la
de más allá existía una honrada viuda, fuera de cuenta, clamando en vano por los dividendos del
Monte Pío, y sustentada escasamente por el trabajo de tres hijas doncellas, que todo el mundo
sabe lo que en estos tiempos vale una honrada doncellez. Más allá cobijaba con dificultad un
matrimonio joven, zapatero y ribeteadora; él, mozo garrido, de chaquetilla redonda y sortija en
el corbatín; ella airosa y esbelta estampa, de zagalejo corto y mantilla de tira.
En el agujero del rincón que formaba el ángulo de la casa, había entablado su laboratorio un
químico de portal, gran confeccionador de agua de Colonia y rosa de Turquía, y bálsamo de la
Meca, y aceite de Macasar; vendía además corbatines y almohadillas, fósforos y pajuelas,
cajetillas y otros menesteres, para lo cual mantenía relaciones con todos los mozos de los cafés,
y cuando esto no bastaba, corría con los empeños de alhajas, y negociaba por cuenta de algún
anónimo cartas de pago y billetes del tesoro; o bien acomodaba sirvientes o limpiaba botas en el
portal. Él, en fin, era un verdadero tipo de la industria fabricante y mercantil; y tan pronto se
traducía en francés, como se trocaba en italiano; y ora se adornaba con un levitín blanco y una
enorme corbata como il Dottore Dulcamara, ora corría las calles con sombrerito de calaña y
agraciado marsellés.
Frontero de la habitación del químico, había dado fondo una física criatura, que sin más
preparaciones que sus gracias naturales, era capaz de volatilizar la cabeza más bien templada.
Valencia, el jardín de España, había sido la cuna de este pimpollo, y con decir esto no hay
necesidad de añadir si sería linda, pues es bien sabido que en aquel delicioso país es más difícil
encontrar una fea que en otros tropezar con una hermosa. El contar las aventuras por donde ésta
había venido desde las riberas del Turia a las del Manzanares, y a las sombrías tejas de Madrid
desde los pajizos techos del Cabañal, fuera asunto para más despacio; baste decir que vino ella
o que la trajeron; y que la abandonaron o que se abandonó; en términos que en el día era tan
romanescamente libre como la bella Esmeralda de Victor Hugo, aunque si va a decir la verdad,
algo más positiva que ella; efectos todos del siglo prosaico en que vivimos, en el cual no se matan
los hombres por las muchachas de la calle, ni se contentan éstas con bailar y tocar el pandero.
Pared por medio de la valenciana vivía un viejo adusto y regañón, escribiente memorialista
a dos reales el pliego, que por el día detrás de su biombo en el portal, escuchaba las relaciones
de los pretendientes, y les ensartaba memoriales y seguía correspondencia con media Asturias,
y recibía las confesiones de todas las mozas del barrio; y sucedíale a veces, como veía poco, a
pesar de los anteojos, trocar los frenos, quiero decir, los papeles, y asentar una declaración de
amor en un pliego del sello cuarto, o pretender un estanquillo en una orla de corazones y Cupidos.
Con lo cual, y otras desazones que le proporcionaba su oficio, que siempre venía a casa
regañando, y como solterón y que no tenía mujer con quien pegarla, la solía pegar con toda la
vecindad.
Últimamente, en el ángulo opuesto, y para que nada faltase a este risueño drama tenía su
mansión un hombre de presa (corchete, que suele decir el vulgo), el cual cuando creía que nadie
le miraba, solía hacer sus excursiones por el tejado a correr con los gatos, por inclinación y
natural simpatía. Hombre de rostro enjuto y sospechoso, cuerpo sutil y mal configurado, manos
negras como su ropilla, nariz torcida como la intención, antípoda del agua como un hidrófobo,
amante del vino como el mosquito, vara enroscada como sus palabras, oído listo a las promesas
y cerrado a las plegarias, multiplicado a veces como edición estereotípica, y tan invisible e
impalpable otras, que no pocas llegaron a dudar los vecinos si subía por la escalera o por el cañón
de la chimenea.
Con tan opuestos elementos, combinados ingeniosamente por la casualidad, déjase conocer
si podría estar ociosa la imaginación de nuestra Claudia, o si más bien llegaría en breves días a
ser, como si dijéramos, el centro de aquel sistema; planeta fijo que girando únicamente sobre sí
mismo, obligara a los demás a girar dentro de la órbita que les señaló en su derredor.
III
Drama de vecindad
La primera atención de la vieja se convirtió naturalmente hacia la valencianita, que como la
más sola e indefensa oponía más obstáculo a sus ataques...
-¿Es posible, hija mía, que tan joven y hermosa como plugo hacerte al Señor, gustes enterrarte
viva en ese zaquizamí, sin buscar un apoyo en este pícaro mundo que te defienda de sus recios
temporales, y haga sacar de tus gracias el partido que merecen? En buen hora sea, si el mundo
te lo agradeciese y tomara en cuenta; ¿pero quién será el que te crea bajo tu palabra y que no
sospeche de ese tu recato alguna mengua de tu virtud? Mira que la hermosura es flor delicada que
todos codician, y no puede permanecer oculta y entregada a sí misma, antes bien conviene
exponerla con precauciones entre guardas y cercados, que no es ella nacida para crecer como el
cardo en medio de los campos, sino para ostentar su elevación como el jazmín en finos búcaros
y en cerradas estufas. Mira que la inocencia busca naturalmente su apoyo en la experiencia, la
debilidad en la fortaleza, la tierna edad en el consejo de la vejez. La hiedra puede sostenerse si
se abraza al olmo erguido, y el débil infante caería indudablemente al primer paso, si no hubiera
una mano amiga que cuidase de sostenerle. Mal estás así, hija mía, tierna y hermosa, sin olmo
que te defienda, sin mano que cuide de tu sostén. Yo seré, si gustas, este arrimo protector, ese
escudo de tu niñez; y así como la barquilla sabe burlar las furiosas tormentas, confiando su timón
a un hábil marinero, así tú en mis manos experimentadas, podrás atravesar sin pena este piélago
del mundo, y reírte de los furores de los vientos desencadenados contra ti.
Yo no sé si fue precisamente en estos términos u otros semejantes como habló la vieja, ni
acierto a decir si ella era tan fuerte en esto de las comparaciones para dar robustez y persuasiva
a su discurso; pero lo que sí podré decir es que debió revestirlo con argumentos irresistibles,
cuando a los pocos días consiguió su objeto, y atrajo a su red la incauta mariposilla, formando
una sociedad mercantil bajo la razón de Amor, Venus y Compañía; sociedad en que una ponía la
prudencia y la otra la presencia; una el capital industrial y otra el positivo; a partir por supuesto
el beneficio que de ambos había de resultar.
Desde entonces la buhardilla de madre Claudia no se veía ya tan solitaria como de costumbre;
antes bien se entabló entre ella y la calle una regular y periódica comunicación; y no era nada
extraño oírse en el interior algunos sonidos de voz varonil, o encontrarse en la escalera tal cual
embozado hasta los ojos, que bajaba con la debida precaución.
La niña por su parte es de suponer que seguía en un todo los consejos de su madre adoptiva,
la cual sin duda la recomendaba la mayor amabilidad y cortesanía con todo el mundo; pero en una
sola cosa hubo de oponer una resistencia fatal, resistencia que pudo desde sus principios
comprometer aquella naciente sociedad; tal fue la obstinación con que se negó a admitir los
obsequios de su vecino el alguacil, que puesto que recortado de uñas y atusado de greñas, todavía
conservaba en su aspecto un no sé qué de siniestro y repugnante, que no pudo neutralizar la
natural aversión de la criatura, la cual temblaba de pies a cabeza, y huía a esconderse cada vez
que le miraba acercarse a su puerta.
Y era, como lo veremos más adelante, formidable enemigo este alguacil; pues además de las
condiciones anejas a su profesión, envolvía la personal circunstancia de ser el instrumento de que
se servía el casero para sus ejecuciones y despojos; conque venía a parecer el alma de un
propietario, encarnada, por decirlo así, en la persona de la justicia. Ahora vayan ustedes a
profundizar todo el poder de un casero alguacilado, monstruosa aberración, con los ojos de
acreedor y las manos de ministril.
Hartos desvelos había ocasionado a la vieja esta terrible consideración; pero ya que no podía
evitarla, pensó como buena política en prevenir en lo posible sus efectos, y para ello siempre
andaba, como quien dice, bailándole el agua, siempre su mes adelantado por escudo, siempre las
mayores precauciones de prudencia para que él no tuviera modo de malquistarla.
No contenta con esto, ideó un plan de defensa que no hubiera desdeñado el mismo Talleyrand,
y fue el formar con los demás vecinos una décuple alianza, que pudiera ofrecerla en su caso una
benéfica cooperación contra la alguacilesca enemistad.
Las simpatías naturales de la vieja reparadora y la niña reparada, se inclinaron por de pronto,
como era de esperar, hacia el ingenioso químico que cobijaba en el rincón, y el cual no se hizo
mucho de rogar para prestar a entrambas el apoyo de su espíritu, y colocar su laboratorio bajo la
tutela y protección de ambas deidades. Aquí tenemos ya un triángulo no menos romántico que
el de los dramas modernos, es a saber: -la gracia, la experiencia y la ciencia -o en otros términos-
una muchacha, una vieja, y un doctor. Y digo doctor, no porque lo fuera ni pudiera gloriarse de
poseer una de esas borlas que tan frecuentes se dan en las universidades, a trueque de algunos
reales y de unos cuantos latines, sino porque estaba cursado en la ciencia de plazas y callejuelas,
ciencia desdeñada por los sabios, pero que suele ser más positiva que todas las que contienen sus
libros.
El zapatero no tardó tampoco en entrar en la confederación, merced a algunas copillas de
mosto y sus correspondientes buñuelos, ofrecidos oportunamente cuando se retiraba por las
noches; y su esposa tampoco se hizo esperar gran cosa para venir de vez en cuando a escuchar
los chistes de la madre, o a recibir de manos del químico algún frasquito de elixir con que curar
de las muelas o añadir a las mejillas un benéfico rosicler; todo lo cual, animado con la grata
conversación de tal cual caballero que por casualidad solía hallarse allí, prestaba ciertos ribetes
a aquella sociedad muy propios a excitar la simpatía de la alegre ribeteadora.
El vetusto empleado ofrecía alguna mayor dificultad, por lo inaccesible de su edad a los
sentimientos mundanos; pero al fin era padre de cuatro chiquillos, que puesto que alborotaban
toda la casa, y rompían los vidrios con la pelota, y escaldaban al gato, y quebraban las tejas, y
rodaban con estrépito por la escalera, eran todavía agasajados con sendas castañas y soldados de
pastaflora (que buena falta les hacía a los pobres para engañar el atraso de pagas del papá), el cual
por su parte, agradecido a tantos favores recibidos en la persona de sus hijos, cerraba los ojos a
lo demás del espectáculo, y achacaba justamente a su miseria aquella capitulación con sus
principios.
La pobre viuda y sus hijas eran también un gran obstáculo a los planes de aquella veneranda
dueña: ¡pero qué no pueden la astucia de un lado y la miseria de otro! ¡y qué la virtud, cuando
tiene que disputarla a la hermosura y al amor! Estas niñas eran jóvenes y lindas, y habían sido
educadas con primor en vida del papá, aprendiendo a figurar en bailes y tertulias, sin pensar que
muerto aquél habían de parar en los estantes de un Monte Pío, y todo el mundo sabe que una vez
empeñada pierde mucho de su valor la alhaja más primorosa. En vano recurrieron por apelación
a las habilidades de la aguja que hasta allí habían mirado como adorno o pasatiempo;
desgraciadamente todo el trabajo de una mujer, no logra al cabo del día un resultado comparable
con el del más mísero albañil. Y luego, que como eran tres a trabajar y cuatro a consumir
(entrando en cuenta la mamá), resultaba un déficit por lo menos equivalente a la cuarta parte del
presupuesto; lo que en buen romance quiere decir que si comían escasamente tres días, tenían que
ayunar el cuarto, cosa ciertamente que no es fácil de combinar con ninguno de los sistemas
filosóficos. Añádase a esto que como jóvenes aún y amigas del bullicio y los amores, no habían
podido renunciar a sus relaciones antiguas, y gustaban todavía de concurrir a las fiestas y
diversiones, con lo cual había también que perder mucho tiempo, y otro tanto para preparar
guarniciones y prendidos en que lucir la brillantez de su imaginación y disimular los rigores de
su fortuna. -¿Quién sabe? (decían ellas) quizás estos trapillos, colocados oportunamente, sirvan
de reclamo a algún rico mayorazgo o algún viejo capitalista, que nos extienda su mano y nos
saque de esta angustiada situación. ¿Sería acaso por mal este inocente engaño, y seríamos
nosotras las primeras que lo usáramos en Madrid? -No, a fe mía, respondían todas; y si no ahí
están Fulanita y Zutanita, que cualquiera que las mire darse tono en nuestra tertulia, por fuerza
las ha de tomar por excelencias, o cuando menos señorías; pues lléveme el diablo si sus padres
son otra cosa que un portero de no sé qué grande, o un meritorio de no sé qué oficina. Y con todo
eso se ven muy obsequiadas y servidas, y van a los toros en coche, y en los teatros están abonadas
en delantera... No, si no, vistámonos de estameña, y acostémonos con las gallinas, y vendrán a
buscarnos los novios aquí encerradas en este caramanchón. A fe que como decía ayer la vecina
madre Claudia, que Dios dijo al hombre ayúdate y te ayudaré, y el cristal engarzado en oro parece
diamante, y el diamante en un basurero parece cristal.
Madre Claudia sabía muy bien estas bellas disposiciones de las niñas, y no tardó en advertir
que por una consecuencia natural de ellas mediaban ya relaciones extramuros con tres galanes
fantasmas, los cuales luego que descubrieron el buen corazón de la vieja, aprovecharon su
mediación para entablar con seguridad su triple correspondencia. Pasaron, pues, por aquellas
yertas y disecadas manos, primero los billetes en papel barnizado con cantos de oro; luego las
coplas de fatalidad y de ataúd; más adelante los paquetes de merengues y las sortijas de souvenir;
las petacas de abalorio y las cadenitas de pelo; por último, pasaron los mismos galanes en
persona, y pudieron reiterar de palabra sus juramentos y maldiciones, mientras mamá dormía la
siesta, o daba una vuelta al puchero.
Conque tenemos en conclusión, que por estos y otros caminos, la suprema inteligencia de la
vieja Claudia dominaba, por decirlo así, en toda la vecindad, si se exceptúan el alguacil y el viejo
memorialista, a los que de modo alguno halló forma de reducir. Pero en cambio cultivaba sus
primeras relaciones con la planta baja, esto es, con el honrado tendero y su hermosa niña, que
eran para ella, como veremos, la acción principal, el verdadero interés de su argumento.
IV
Peripecia
Una noche... ¡qué noche!... llovía a cántaros y los vientos desencadenados amenazaban
arrancar la miserable techumbre de la buhardilla de madre Claudia; rodaban las tejas y caían a
la calle con estrépito, envueltas en torrentes de agua; por los ángulos del desván aparecían goteras
interminables, cansadas, que llenaban las jofainas, los barreños, las artesas, y prometían inundar
aquel miserable recinto, disolviendo su mecánico artificio; y de vez en cuando un brillante
relámpago venía a iluminar todo el horror de aquella escena, y una prolongada detonación
concluía por hacerla más terrible e imponente.
Rezaba la vieja, y pasaba de dos en dos las cuentas de su rosario, puesta de hinojos delante
de una estampa de Santa Bárbara, pegada con pan mascado en el comedio de la pared. De tiempo
en tiempo entreabría cuidadosa el ventanillo, por ver si serenaba la tormenta, y volvía a rezar y
a darse golpes de pecho, y se asustaba de ver al gato que saltaba por las paredes, y temblaba
creyendo haber oído andar en la puerta, y retrocedía al mirar su sombra, viendo en ella temblar
su espantable figura, a las trémulas ondulaciones del candil.
En esto un trueno horrísono estalló, y el gato dio un brinco hacia la chimenea, y cayó la luz,
y todo quedó en la más profunda oscuridad... La vieja despavorida corre a la puerta, a tiempo que
ésta se abre por sí misma, y al fulgor de otro relámpago se ve entrar con precaución a un bulto
negro embozado, que alarga la mano y cierra la puerta detrás de él.
-¡Jesús mil veces! -grita la vieja, y cae en el suelo sin voz ni esfuerzo para decir más.
-Nada tema usted, madre Claudia... soy yo... ¿no se acuerda usted de lo que me prometió para
esta noche?...
-En el nombre sea de Dios, señorito; el Señor le perdone a usía el susto que me ha dado, pues
pienso que en tres semanas no me lo han de sacar del ánima.
-Vaya, buena madre, álcese del suelo y encienda una luz, que nos veamos las caras, y pueda
yo colgar la capa, que la traigo como sopa de rancho.
-¡Ay, señor! pero con esta noche que parece que va el cielo a juntarse con la tierra... mas
cuenta que como estoy toda azorada, ni sé qué me hago, ni dónde puse la pajuela.
-A bien que aquí traigo yo el fósforo, y...
-Alabado sea el Señor, Dios nos dé luz en el alma y en el cuerpo; traiga, traiga, aquí, y
endiñaré el candil... pero ¿qué es esto? ¿usía tiembla también? -Y así era la verdad, que el osado
mancebo al alargar la luz a la vieja, y mirar su lívida faz y desencajada, no pudo menos de hacer
un movimiento de retroceso.
Encendido ya el candil, restablecida la calma, y serenado por fin el ruido de la tormenta, pudo
entablarse un diálogo misterioso entre la vieja y el señorito, en que éste porfiaba, y la vieja se
hacía de rogar, y aquél juraba, y ésta se reía; y luego sacaba aquél un bolsillo: y ésta se ponía a
discurrir.
-¿Pero no ve usía, señorito, que me pide un imposible? Yo no diré que ella no le quiera a usía
y mucho, que a mis años y a mi experiencia no lo ha podido ocultar; pero al fin usía es usía, y ella
es una pobre muchacha, hija de un tendero de bien, que se mira en ella como en las niñas de sus
ojos, y aunque pobre, también tiene su aquél, y si él llegara a sospechar la intención con que por
usía he venido a esta casa... ¡Dios nos libre!
-Todo eso está bien, replicó el caballero, pero es lo cierto que ella me quiere, porque yo lo sé,
porque ella no me lo ha disimulado, y luego tú me prometiste convencerla...
-Y mucho, que varias veces la he tanteado sobre el particular; pero, amiguito, una cosa es
apuntar y otra caer el gorrión; que no se ganó Zamora en una hora, y para el hierro ablandar,
machacar y machacar... No si no aguarda la breva en enero y verás si cae.
-¡Maldita seas con tus refranes y con tu eterno charlar! ¿Pues no me dijiste, vieja del diablo,
que esta noche?...
-No es esto decirle a usía que yo no ponga de mío hasta donde se me alcance al magín, que
Dios deja obrar las segundas y aun las terceras causas, y por falta de voluntad ni aun de memoria
no me ha de pedir cuenta el Señor; pero nunca la pude reducir a bondad, y eso que la conté el oro
y el moro, y la pinté, como quien dice, pajaritas en el aire; pero así es el mundo; para unas no
basta el só, ni para otras el arre, y muchas conozco yo que no se harían tan remolonas.
-No me vayas a hablar de otras, como sueles, bruja maldita... Yo no he venido aquí a escuchar
tus graznidos, ni por todas tus protegidas hubiera subido un solo escalón de esta escalera
infernal... Vengo sólo a que me cumplas tu promesa... y ya tú sabes que yo no tengo cara de que
se me hagan en balde.
-Pues a eso voy, señor; ¡cáspita! y qué vivos de genio son estos boquirrubios, y que...
-Perdona, buena Claudia, pero mi impaciencia...
-Después que una se desvive por servirlos, haciéndose (como quien dice) piedra de molino,
para que ellos coman la harina.
-Pero...
-Ande usted de aquí para allí como un zarandillo, por la gracia del Señor, cuando a él le
convenga; deje usted su cuarto de la calle de las Huertas, que bien me estaba yo en él sin estos
trampantojos; súbase usted a las nubes como el gavilán, y póngase desde allí en acecho de la
paloma... y todo ¿para qué?...
-Tienes razón, Claudia, tienes razón; pero como tú me dijiste...
-Y ya se ve que dije y no me vuelvo atrás, que bien sé lo que me tengo que hacer, pero...
-Mira, toma lo que llevo conmigo, y esto será nada más que principio de mi eterno
agradecimiento; pero por tu vida que hagas porque yo la vea esta noche, aquí mismo, en tu casa,
y... su padre está de guardia, ya ves tú que mejor ocasión...
-¿Y por quién sabe usía todo eso sino por mí?
-Es verdad, dices bien, mucho tengo que agradecerte.
-Quiera Dios que dure y que a lo mejor no me muestre las uñas.
-No temas, amiga Claudia, mi protectora; mi esperanza; ahora baja, que se va haciendo tarde,
y me pesan los momentos que dilate al mirarla en mi presencia.
-Vaya, ya bajo, y para la subida me encomiendo a Dios; pero sobre todo, señorito, me
encomiendo a su prudencia y... ¡Ah! mejor será que os escondáis tras de la puerta, porque el susto
de veros no la incline a volver atrás.
-Bien, bien, como queráis, madre mía.
Y la vieja se santiguó, y ayudada de su cerilla comenzó a bajar pausadamente la escalera, y
llegada a la tienda, entabló un diálogo, al parecer indiferente, con la inocente criatura, que, como
hemos sabido, estaba sola con un hermanito de pocos años; y como se quejase de dolores en las
sienes a causa de la tormenta, luego la brindó la vieja con que subiese a su buhardilla, donde la
pondría unos parches de alcanfor que la remediasen, con que la prometió que la había de dar las
gracias; y la inocente creyó al pie de la letra el consejo de aquel maligno reptil y luego emprendió
con ella la subida de la escalera, encargando de paso a su hermanito el cuidado de la tienda.
Llegadas que fueron arriba, abre Claudia la puerta cuidando de cubrir con ella a su cómplice;
vuelve entonces a cerrar, y éste ya descubierto se arroja precipitado a los pies de la joven, y la
renueva con los más vivos colores sus juramentos y sus deseos. La sorpresa y la indignación
privaron por un momento a la niña del uso de la voz; después lanzó una mirada suplicante a la
vieja, la cual con su diabólica sonrisa la dio a conocer lo que podía esperar de ella; entonces
aquella alma pura recobró toda la energía propia de la virtud; en vano la vieja y el galán quieren
detenerla; en vano son los juramentos, las promesas, las amenazas; arráncase violentamente de
sus manos, corre desalada a la puerta, hace saltar los cerrojos, y aparece en lo alto de la escalera
gritando: «Favor, vecinos, favor...»
En el mismo punto se abren simultáneamente las puertas de las demás habitaciones, y mientras
los más próximos acuden a preguntar a la niña, se oye acercar un estrepitoso ruido de un hombre
armado de pies a cabeza que subía los escalones cuatro a cuatro, gritando desaforadamente...
-«¡Mi hija... mi hija... ¿quién me la ofende?...»
A esta pregunta contestan el memorialista y el alguacil trayendo de las orejas a madre Claudia
hasta plantarla de rodillas a sus pies, en tanto que el galán anónimo había tenido por conveniente
escapar por el tejado...
El zapatero, que subía a este tiempo la escalera en amor y compañía con la valencianita, mira
escapar a su esposa de la buhardilla del químico, y se enfurece de veras, sin reparar que él
también tenía por qué callar; en tanto los chicos del cesante gritan que en el callejón de las esteras
hay tres bultos escondidos que sin duda deben de ser los facciosos; y súbito el alguacil y el
memorialista, y el tendero y el cesante, corren a verificar su captura, a tiempo que las niñas de
la viuda salen despavoridas gritando que no los maten que no son los facciosos, sino sus novios,
que a falta de otro sitio estaban hablando con ellas en el callejón.
El químico, que desde su chiscón observaba aquel embrollado caos, no halla otro medio para
poner término a semejante escena, que reunir multitud de mistos de salitre y plata fulminante, con
que produce un estampido semejante al de un tiro de cañón, y a su horrísono impulso ruedan por
la escalera todos los interlocutores de aquel drama; el tendero con su hija; el memorialista y el
cesante con los chicos; éstos agarrados de la vieja; las niñas de sus galanes; el zapatero de la
viuda; la ribeteadora del químico; y el alguacil de la valenciana; gritando: «Favor a la justicia,
dejadme a esta pecorilla que es el cuerpo del delito...»
V
Desenlace
Ocho días eran pasados, y el alguacil, en virtud de providencia de su merced el señor alcalde
del barrio había hecho desocupar toda la casa y colocado a la vieja en una buena reclusión; el
tendero había cerrado su almacén y caminaba, con su hija hacia las montañas de Santander; las
niñas de la viuda, por disposición de ésta, trabajaban entre vidrieras bajo la dirección de Madama
Tul Bobiné; el zapatero había apaleado a su mujer y estaba en la cárcel; y ésta se había colocado
bajo la protección del químico; finalmente, la valencianita alquilaba un cuarto entresuelo calle
de los jardines, y al tiempo de extender el recibo daba por fiador... al alguacil.
(Enero de 1838.)
  El Martes de Carnaval y el Miércoles de Ceniza
I
Noche del martes
Las locuras del Carnaval tocan a su fin; la hora suprema del Martes ha sonado ya en todos los
relojes de la capital; la población, sin embargo, ensordecida con el bullicioso ruido de las músicas
y festines, no escucha la fatal campana que le advierte, grata y sonora, que todo tiene término, que
la mano severa de la razón acaba de arrancar la máscara a la locura. Esta, empero, tenaz y
resistente, todavía pretende prolongar su dominio, y no contenta con algunas semanas de tolerada
adoración, cambia mil disfraces, y hasta se atreve a profanar el de la religión misma, para
continuar arrastrando en pos de su carroza a los desatentados mortales.
¡Qué horas tan próvidas de sucesos aquellas en que la noche del Martes lucha tenazmente con
la aurora del día santo!... ¡Qué extravagancia de escenas, qué vértigo de pasiones, en los últimos
instantes del reinado del placer! ¡Qué contraste ominoso con la tranquila calma de la religión y
de la filosofía! Ellas, sin embargo, vencerán con sus naturales atractivos, con su envidiable
reposo, y apoderándose de los corazones embriagados de placer y de voluptuosidad, restituirán
la calma a los sentidos, el bálsamo de la paz a los corazones agitados. Tal la voz pura y sublime
del Redentor del mundo, cual rayo de viva lumbre penetró en las bacanales del pueblo rey, y a
su aspecto se deshicieron como sombras los ídolos del paganismo.
Pero ¿quién detiene su imaginación en estas consideraciones, cuando se halla instalado en un
rico salón, dorado y refulgente a la luz de mil antorchas, sonoro a la vibración de los músicos
instrumentos, henchido de vida y movimiento en mil grupos vistosos de figuras extrañas, que con
sus variados ropajes, sus disfraces caprichosos, sus agudos diálogos, ofrecen un traslado fiel de
la vida animada, de los diversos matices de la humana sociedad?
Austero filósofo, que estudias y lamentas las debilidades del hombre; dirige entonces tus
severos preceptos al joven animoso que por primera vez se mira en aquel momento coronado con
una dulce mirada, con un sí lisonjero del envidiado objeto de su amor... Te mirará con ceño o
acaso no reparará en ti; pero si insistes en aconsejarle, en mostrarle el fiel espejo de la razón, en
hacerle adivinar un porvenir doloroso tras de aquella mirada, tras de aquel dulce y halagüeño sí,
te volverá la espalda, o frunciendo los labios ante tu grave y mesurada faz, te dirá con sonrisa
desdeñosa... «Máscara, no te conozco, déjame bailar.»
Pura y cándida Virtud, que ceñida de blanco lino, la sien coronada de laurel, apareces de
repente a los deslumbrados ojos de la noble cortesana, que envuelta en seda y pedrerías apenas
acierta a divisarte por entre la nube de incienso que sus adoradores tributan a sus pies... Dila
entonces lo falaz de sus promesas y juramentos; la mentida ficción de las grandezas humanas;
los cándidos placeres de un corazón sencillo e inocente; -«Apártate de mí, Beata (te replicará con
imperio), no pises los bordados de mi manto, no deshojes con tu aliento de mal tono la frescura
de las rosas que ciñen mi frente. Ea, márchate...»
Y vosotras también, grande y noble Sabiduría, austero Deber, dulce y tranquilo Amor
conyugal, apareced de repente ante el descuidado autor que emplea en aquellos instantes todo su
talento en seducir a una niña inocente o en dejarse engañar por una astuta cortesana; ante el noble
magistrado que trueca la severa toga de la justicia por el callado y maligno dominó; ante el
marido mundanal, ante la esposa terrena, que se separan voluntariamente en busca de aventuras,
y vuelven a encontrarse a la hora convenida haciendo alarde de su mutua infidelidad. Apareced,
digo, entonces de repente ante esos grupos bulliciosos; cortad de improviso sus diálogos
animados, reflejaos en su mente como un recuerdo instantáneo de sus respectivos deberes...
Veréis fruncirse sus frentes, despertarse su arrogancia, y pretender arrancaros la careta (que no
tenéis) diciéndoos con indignación: -«¿Quién sois, máscaras insolentes, o qué venís a hacer
aquí?»
Todo es, en fin, placer y movimiento, y risa y algazara, y cuadros halagüeños, sin pasado y sin
porvenir; la capital entera resuena con las músicas armoniosas: por las anchas ventanas se
desprenden torrentes de luz, y el confuso sonido de la conversación y de la danza; mil carruajes
precipitados surcan en todos sentidos las calles, para conducir a los respectivos saraos a los
alegres bailadores; la plateada luna refleja sus luces en los mantos recamados de oro, en las
trenzas entretejidas de pedrerías; yacen desocupados los lechos conyugales, el opulento palacio,
y el elevado zaquizamí; todos sus moradores déjanlos precipitados, y corriendo en pos del tirso
de la locura, acuden de mil partes a las bulliciosas mansiones del placer, a los innumerables
templos de aquella Diosa de Carnaval.
¡Qué importa que a la mañana siguiente, el sol terrible alumbre la desesperación del cortesano,
la miseria del indigente, la enfermedad del cuerpo, o el horrible tormento de un engañado amor!...
¡Qué importa!... Hoy han hecho una tregua los dolores; el hambre y la guerra han cubierto un
instante su horrorosa faz; los recuerdos de lo pasado, los temores de lo futuro, han cedido a la
mágica esponja que la locura pasó por nuestras frentes... ¡Se acaba el Carnaval!... ¡Es preciso
disfrutarlo!... Y marchan y se cruzan las parejas precipitadas, y retiemblan las altas columnas, y
gimen las modestas vigas, al confuso movimiento que empezando en los sótanos sombríos
adonde tiene su oscura mansión el pordiosero, concluye bajo los techos artesonados y de
inestimable valor...
La luz del sol, pura y radiante como en los días anteriores, penetra descuidadamente en lo
interior de esta escena, y pintando de mil matices los empañados cristales de las ventanas, viene
a herir las descuidadas frentes, los macilentos ojos de las hermosas; a su terrible y mágico
talismán aparecen también las enojosas arrugas de los años, los estudiados afeites de la fingida
beldad; rásgase el velo de la ilusión a los ojos del amante; hiélanse las palabras en los labios del
cortesano; en vano la incansable locura quiere prolongar por más tiempo su dominio; sus
adoradores ven clara a la luz del sol su desencajada y mortecina faz... y envolviéndose
avergonzados de sí mismos, en sus falsos ropajes, y ocultando su semblante en el fondo de sus
carrozas, tornan a sus respectivas habitaciones donde a la cabecera de su lecho les espera la triste
realidad...
II
El Miércoles de Ceniza
Suena cercano el monótono clamor de una modesta campana que llama a los fieles a la
ceremonia religiosa que va a empezar en el templo. Cruzan desapercibidas por delante de sus
puertas las bulliciosas parejas, los elegantes carruajes, sin que apenas ninguno de aquellos
dichosos mortales se dignen parar un instante su imaginación en el saludable aviso envuelto en
el sonido de aquella campana... Alguno, sin embargo, o más dichoso o más prudente, recoge
animoso su inspiración, y deseoso de aprovecharla, pisa los sagrados umbrales, y entra en el
templo en el momento mismo en que va a principiarse la sagrada ceremonia...
¡Qué apacible tranquilidad, qué solemne reposo bajo aquellas santas y encumbradas bóvedas!
¡Qué misterioso silencio en la piadosa concurrencia! ¡Qué noble sencillez en el sacrificio santo!
¡Qué contraste, en fin, sublime y majestuoso, con el cansado bullicio, con el mentido aparato de
la mansión de la locura!... Los fieles concurrentes no son muchos en verdad; pero tampoco el
templo se halla tan desocupado como era de temer de las escenas de la pasada noche... Refléjase
en los semblantes ya la tranquilidad de una conciencia pura, ya la tregua religiosa de un profundo
dolor; ora la rápida luz de una esperanza; ora la animada expresión de un ardiente y noble deseo...
¡Vosotros, pintores apasionados de las debilidades humanas, pretendidos moralistas modernos,
novelistas y dramaturgos, escritores de conveniencia, que os atrevéis a fulminar el dardo
envenenado de vuestra pluma contra la sociedad entera pretendiendo negar hasta la existencia de
la virtud...! ¿La habéis buscado acaso en el sagrado recinto de la religión; en el modesto hogar
del tierno padre de familias; en el taller del artesano; en el lecho hospitalario del infeliz? ¿O acaso
desdeñando indiferentes estos cuadros, reflejáis sólo en vuestra imaginación y vuestras obras, los
que os presentan vuestros dorados salones, vuestros impúdicos gabinetes, vuestras inmundas
orgías, vuestros embriagantes cafés?... ¿Y pretendéis ser pintores de la naturaleza, cuando sólo
la contempláis por su aspecto repugnante?... ¿Creéis conocer al hombre, cuando sólo pintáis sus
excepciones? ¿Os atrevéis a retratar a la sociedad, cuando sólo hacéis vuestros retratos o el de
vuestros semejantes? Temeridad, por cierto, sería la de aquel que pretendiera juzgar de la
impureza de las aguas de un majestuoso río, por las escorias y el légamo que sobrenadan en su
superficie, sin reparar que allá en el fondo de su lecho, y entre las menudas arenas, corre tranquilo
y gusta de permanecer escondido lo más puro y limpio de su raudal.
Concluido el santo sacrificio, el sacerdote baja las gradas del altar, y pronunciando las
sublimes palabras del rito, va imprimiendo en todas las frentes la señal del polvo en que algún
día han de ser convertidas. Ni un suspiro, ni una lágrima, aparecen a tan fúnebre aviso en aquellos
semblantes, en que sólo se ven retratadas la conformidad y la esperanza; y tan apacible alegría,
contraste sublime con la triste señal, sin duda sorprendería a aquel desgraciado que no siente en
su pecho el bálsamo consolador de la religión.
Entre los varios grupos interesantes que se ofrecen a la vista por todo el templo, uno sobre
todos llama la atención en este momento... Un venerable anciano, cuya blanca cabellera se
confunde naturalmente con la mancha de la ceniza que lleva en la frente, trabaja y se afana
ayudado de su muleta, para incorporarse y ponerse en pie... Sus débiles esfuerzos serían
insuficientes si no contase con otro auxiliar más poderoso... Una figura angelical de mujer, en
cuyas hermosas facciones se pinta toda la pureza de un corazón tierno e inocente, corre a sostener
al impedido, y confundir sus blanquísimas manos con las secas y arrugadas del anciano. Mírala
éste lleno de gratitud, y sus lágrimas de ternura parecen dar nuevas fuerzas a la tierna criatura,
que prestando sus débiles hombros al pobre viejo, le conduce lentamente hasta la puerta del
templo entregándole al mismo tiempo una moneda, única que en su bolsillo existe...
Aquella joven era su hija, aquella moneda el premio mezquino del trabajo de su costura en
toda la noche anterior... ¡Y aquella noche había sido la noche última del Carnaval!... Y los alegres
libertinos que regresaban de los bailes, al pasar por la puerta del templo, y viendo salir de él a
aquella modesta beldad, se detienen un momento sorprendidos de su hermosura, y calmadas sus
risas por un involuntario respeto, míranse mutuamente prorrumpiendo en esta exclamación:
«¡Qué diablos! ¡y creíamos que habían estado en el baile todas las hermosas de Madrid!»
III
El entierro de la sardina
Hay una calle en alguno de los barrios meridionales de esta corte, que encierra en su breve
recinto más aventuras que un drama moderno, y más procesos que el archivo de la Audiencia.
Esta calle, conocida harto bien de la policía civil, descuidada demasiado por la urbana, cuenta
entre sus moradores cantidad considerable de profesores industriales y manufactureros, modestos
paladines, músicos guitarristas, cantadores en falsete, matronas benéficas, doncellas re-catadas,
viajeros berberiscos, viejas mitradas, mozos despiertos, maridos dormidos, y muchachos del
común.
No sabré decir a cuántos grados longitudinales se extiende el dominio e influjo de la tal calle;
pero bien podremos considerarla como centro y emporio del Madrid meridional, que se dilata
(según la opinión de los más acreditados geógrafos), desde las Vistillas de San Francisco a la
iglesia de San Lorenzo, comprendiendo en su extenso dominio multitud de pequeños estados más
o menos independientes o feudatarios, en que varían también las leyes, usos y costumbres de sus
respectivos moradores.
Ahora, pues, no es del caso fijar la estadística, ni hacer el deslinde de tan considerable
agrupación de pueblos; y bastará para nuestro propósito suponernos llegados al punto capital (la
calle ya referida), en la mañana del Miércoles de Ceniza del año de gracia de mil ochocientos
treinta y nueve.
De contado, podemos asegurar que a la hora que corre, duerme y descansa de sus fatigas de
la pasada noche el Madrid-Norte y Centro-Madrid, pero vela y pestañea en toda su actividad el
Madrid-Sur; a la manera de aquel gigante de que nos habla Homero que mientras dormía con la
mitad de sus ojos, velaba con la otra mitad. A este Madrid, pues, agitado y bullicioso, a este ojo
del gigante despierto y animado, es adonde hoy dirigimos nuestro rumbo, al través de los vientos
y a bordo de un menguado y azaroso calesín.
Fuerte cosa es que la maldita política, que todo lo invade (menos mi pluma), nos vaya
empobreciendo continuamente el diccionario, o como decía el médico Bartolo, secuestrando la
facultad de hablar. Si no fuera por ello, no hubiera salido la voz programa de sus modestos
límites, de simple anuncio, o según la define el diccionario de la Academia «el tema que se da
para un discurso o cuadro».
Pudiera yo entonces a mansalva usar aquí de esta voz, sin riesgo de alusiones de ninguna
especie; mas ya que la fuerza de los usos contemporáneos nos traigan a término que sean
necesarias estas continuas salvedades en el lenguaje común, debo decir en descargo de mi
conciencia, que aquí sólo trato de un anuncio, o vademécum que me entregó el calesero a tiempo
de darnos a la vela, y en menguado papel asqueroso y mugriento, y con trazos de pluma un sí es
no es inexperta y vacilante decía:
Porgama de la solene junción y estupenda asonaa que a e celebrarse el miércoles de ceniza
de esta corte, como es uso y de-bota costumbre en toa la cristiandá de estos barrios, saliendo
la procisión den ca el tío Chispas el taernero, crofade mayor de la sardina con el intierro de este
animal y too lo demás que aquí se relata.
Dejo sospechar al piadoso lector lo grato que para un asistente al espectáculo había de ser
encontrarse a dos por tres formulado el espectáculo mismo, y tener en la mano sin ulteriores
explicaciones la clave de aquella cifra. Seríalo empero todavía para muchos de mis lectores, si
me contentase con estampar aquí punto por coma (o por mejor decir, sin unos y sin otras, porque
de ambos carecía) el tal programa; pero en cumplimiento de mi propósito y para edificación del
auditorio, habré de trasladarlo del idioma de Germania al común castellano; de los límites de letra
muerta al animado espectáculo de cuadro en acción.
Esto supuesto, y supuestos también los oyentes en el punto término necesario para disfrutar
de tan halagüeña vista, procederemos en la descripción por el orden siguiente.
Rompían la marcha bailando hacia atrás y abriendo paso con sendas estacas y carretillas
disparadas a los pies de las viejas, hasta una docena de docenas de pícaros en agraz, fruta
temprana y de grandes esperanzas, en quienes la elocuencia del foro funda su futura causa de
gloria, y los caminos y canales su inmediata prosperidad.
Seguían en pos otros ciento o doscientos mozallones, ya más cariacontecidos y con diversos
disfraces, cuáles de ruedos y esteras en forma de monaguillos; cuáles con cabezas postizas de
carneros (figurando ir disfrazados); cuáles de encorozados y penitentes; cuáles de berberiscos y
soldados romanos.
Entonaban los unos un cántico endiablado no sujeta su letra a ningún diccionario, ni su música
a ningún diapasón; mojaban los otros sendos escobones en calderos de vino con que hacían un
profundo asperges en la devota concurrencia, y retozaban bestialmente los de más allá disparando
al aire sendos garrotazos, manotadas y pescozones. Amenizaban el conjunto de este grato
episodio cuatro o seis gatazos negros atados por la cola o por las patas en la punta de un palo y
enarbolados en alto a guisa de pendones; cinco docenas de esquilones de todos tamaños, movidos
por robustos puños y en pugna con otros tantos collarines de campanillas y cascabeles puestos
igualmente en palos o en los pacientes cuellos de los hermanos de la cofradía de San Marcos, que
en unión con la otra de la Sardina celebraba igualmente tan estupenda función.
Descollaba después un gran coro de vírgenes desenvueltas, de sonrosadas mejillas, ojos
rasgados, nariz chata, labio retorcido, cesto de trenzas, mantilla al hombro, brazos en jarras y
colorado guardapiés. Estas tales con aventadores de esparto dirigían sus expresivos saludos a una
y otra fila de concurrentes; mascaban higos o mondaban naranjas, y arrojaban las cáscaras a las
narices del más inmediato; bailaban y se pinchaban con alfileres, o repicaban las castañuelas y
cantaban el ¡ay, ay, ay!
Seguían luego los maestros de la ceremonia; caras rugosas y monumentales; páginas
elocuentes de la humana depravación; pliego de aleluyas de la vida del hombre malo, fac simile
de los caprichos de Alenza; y original, en fin, de los sainetes de Cruz.
Allí, como si dijéramos, se hallaba el núcleo del drama, el primer término del cuadro, el fondo
de la cuestión principal. Allí el tío Chispas, director de la escena, ostentaba su grande inteligencia
ante los taimados ojos de la Chusca, moza de siete cuartas, aventurada y resuelta, con más
desenfado de acción que un molino de viento, y más sal en el cuerpo que la montaña de Cardona.
Allí Juanillo (alias Vinagre) con un pañuelo en la cabeza y una manta pendiente del hombro,
miraba a entrambos con ojos amenazadores, y su feroz expresión y su atezado rostro, ofrecían un
fiel trasunto del celoso amante de Desdémona. Otros grupos más o menos interesantes retrataban
todos los grados posibles del amor carnal, desde la primera mirada incentiva, hasta el último
desdeñoso puntapié. Allí, en fin, los maridos de aquellas deidades, último término del cuadro,
formaban una gruesa falange, y seguían apresurados el trote de los delanteros, todos revueltos,
mansos y bravíos, como en el camino de Abroñigal.
Sostenida en hombros de los más autorizados, y en un grotesco ataúd, se elevaba una figura
bamboche formada de paja y con vestido completo, el cual pelele era una vera efigies por su traje
y hasta sus facciones del señor Marcos, marido y conjunta persona de la Chusca, a cuya ventana
había estado expuesto de cuerpo presente en los tres días de carnes-tolendas; ofrenda dirigida por
sus propias manos en obsequio del faraute de la fiesta, su predilecto y osado Chirlo, y emblema
harto claro para él y para los circunstantes, y únicamente mudo para el cándido original de aquella
ingeniosa mistificación.
En la boca del pelele, y casi sin que nadie lo echase de ver, una mísera sardina iba destinada
a la fatal huesa, sucediendo en esta fiesta como en otras más importantes en que la multitud de
accesorios cubren y hacen olvidar el objeto principal.
Precedían, seguían, o esperaban a tan regia comitiva en todos los puntos de la fiesta, diversos
Coros o estaciones, por lo regular delante de los puestos de licores o de las calderas de buñuelos,
en estos términos.
Coro de doncellas
Las que envuelven cigarros en la fábrica del Portillo de Embajadores.
Las que pasean entre dos luces desde la Red de San Luis a la plazuela de Santa Ana, dedicadas
al comercio por menor.
Las que hacían de Madre España, y de Virtudes teologales, y de Diosas del Olimpo en las
funciones de la Jura.
Las que venden rábanos en verano, o avellanas en feria, o naranjas en primavera, o castañas
en invierno.
Las que vinieron de su pueblo a servir a un amo, y acabó su humildad por servir a muchos,
barro frágil de Alcorcón, sujeto a golpes y quebraduras.
Coro de mancebos
Todos los que asisten al encierro del domingo; los que pueblan la cuerda de la plaza, los que
venden bollos o truecan por vino agua de naranja o café.
Los que hicieron el paseo de Recoletos, o prestaron iguales servicios al Estado en puentes y
calzadas.
Los que forman las diversas comisiones de industria de esta capital; comisión de pañuelos;
comisión de relojes; comisión de cuarenta horas; comisión de posadas y forasteros.
Los que juegan a la barra en las tapias de Chamberí, o cantan amores a las ninfas del
Manzanares, o cobran el barato en la Virgen del Puerto, o venden caballos en el portillo de
Lavapiés.
Todos los estropeados de los ojos o piernas, que los tienen buenos para huir de San
Bernardino, o los que rascan guitarras a las puertas del jubileo, o sanan de sus accidentes
epilépticos a la vista de un alguacil.
Coro de inocentes
Todos los que venden fósforos y libritos de papel en la Puerta del Sol y sus adyacentes.
Los que cargan arena en los altos de San Isidro, o juegan a las aleluyas en la pradera de los
Guardias.
Los que arrojan carretillas o garbanzos de pega a las faldas de las mujeres, o apalean los
perros, o cogen la fruta de los puestos y echan a correr.
Los que vocean por las calles «el papel que ha salido nuevo», o acompañan a los héroes en sus
triunfos y a los reos en su suplicio; órganos destemplados de la pública opinión, fuelles del aura
popular.
Todas estas y otras muchas clases que sería harto prolijo enumerar, alternaban confusamente
con los enjaezados caballos, las campanillentas calesas, los perros aulladores, máscaras
espantosas, fuegos y petardos disparados al viento.
En tan amable desorden y con la progresión que es consiguiente al continuo trasiego del mosto
desde las botas a los estómagos, descendió la imponente comitiva hacia la puente toledana,
siguiendo a lo largo por las frondosas orillas del Canal, y dándosele una higa, así de la elegante
capital que dejaba a la espalda, como del fúnebre cementerio que miraba a su frente.
La burlesca y profana parodia se verificó en fin con toda solemnidad; ni se economizaron los
cánticos burlescos, ni las religiosas ceremonias; el mísero pececillo quedó sepultado, cerca del
tercer molino, en una profunda huesa y dentro de una caja de turrón; el pelele tío Marcos ardió
ostentosamente encima de una elevada pira; y creciendo con las sombras de la noche el bullicio
y la embriaguez, agitáronse más y más los ánimos, callaron las lenguas, hablaron los garrotes, y
para que nada faltase a la propiedad de aquellas profanas exequias, diversos combatientes a la luz
de las llamas se entregaban mutuamente a la más encarnizada pelea...
A la mañana siguiente la gente se agrupaba a mirar por la reja que hay debajo de la escalerilla
del hospital... Dos cadáveres mutilados y desconocidos, expuestos hasta que algún pasajero
pudiese declarar sus nombres y la causa de su muerte... ¡Sus nombres!... ¡la causa de su muerte!...
la Chusca lo sabía; y todo el barrio, menos el tío Marcos, los adivinó.
(Marzo de 1839.)
  La posada o España en Madrid
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La patria más natural |
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es aquella que recibe |
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con amor al forastero, |
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que si todos cuantos viven |
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son de la vida correos, |
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la posada donde asisten |
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con más agasajo, es patria |
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más digna de que se estime. |
|
El Maestro Tirso de Molina. |
I
No hace muchas semanas que en el DIARIO DE MADRID y su penúltima página, en aquella
parte destinada a las habitaciones, nodrizas, viudas de circunstancias y demás objetos de alquiler,
se leía uno, dos, y hasta tres días consecutivos el siguiente anuncio:
«Se traspasa la posada número... de la calle de Toledo, con todos los enseres correspondientes.
Es establecimiento conocido hace más de cien años con el nombre del Parador de la Higuera.
Su parroquia se extiende más allá de los puertos, y sirve de posada a los ordinarios más famosos
de nuestras provincias. En cuanto a instrucción sobre precio y condiciones, el mozo de paja y
cebada dará uno y otro a quien le convenga; teniendo entendido que el miércoles 9 del corriente
a las diez de la mañana se adjudicará al mejor postor.»
No fue menester más que estas cuatro líneas para que todos los trajineros y especuladores
provinciales, estantes y transeúntes, que de ordinario asisten en esta muy heroica villa, acudiesen
al reclamo en el día y hora señalados, como si llamados fueran a son de campana comunal.
Y el caso, a decir verdad, no era para menos. Tratábase (como quien nada dice) de aprovechar
la más bella ocasión de echar los cimientos a una sólida fortuna; de arraigar en un suelo fructífero
y sazonado; de continuar una historia y fama seculares; y dar a conocer a la corte y a la villa, a
las provincia |