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 El torso
El duque de Candelario tenía media provincia por
suya; y no iba muy descaminado, porque a sus cotos redondos
no se les veía el fin, y ejércitos de labradores
le pagaban renta. Mucho había heredado de sus ilustres
ascendientes; pero él también había
adquirido no poco, y nadie podía decir que de mala
manera y sin servir a la patria: era en su vejez, que casi
se podía llamar florida por lo bien que en cosas que
habían de dar fruto la empleaba, y por la lozana alegría
de su humor y la constancia de sus fuerzas y alientos, era,
digo, un agricultor de grandes vuelos, inteligente, activo,
desinteresado con el pobre; pero atento a la legítima
ganancia; y así se enriquecía más y
más, ayudaba a los que le rodeaban a ganar la vida,
y a quien le sacaba el jugo era a la tierra. Si de este
modo servía ahora a la patria, antes le había
dado algo que valía más; su sangre y el
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continuo
peligro de la vida; había sido bravo militar, llegando
a general, y en todos los grados de su carrera había
tenido ocasión de probar el valor en verdaderas hazañas.
Aún más que por todo esto, le estimaban en
su tierra por lo llano, alegre y franco del carácter.
No se diga que despreciaba sus pergaminos, pero tenía
la democracia del trato, como rasgo capital, en la sangre;
y por algo le llamaban el duque de los abrazos. En los membrudos
remos, como él decía, que no desdeñaban
las armas del trabajo del campo, estrechaba con sincera hermandad
a los humildes aldeanos, que adoraban en él y le acompañaban
en su vida sana, activa, de cazador y labrador y buen camarada
en honestas francachelas. Vivía casi siempre en el
campo, en un gran palacio, con aspecto de castillo feudal,
donde el más aristocrático señorío
se mostraba por todas partes. El amo inspiraba confianza
en cuanto se le veía; su regia mansión, situada
en medio de sus dominios, rodeada de bosques, imponía
frío respeto. Pero mientras D. Juan Candelario, duque
de Candelario, vivió, venció él a todos
a la tradicional reserva, a la etiqueta linajuda, al aspecto
imponente y aristocrático de su casa; y lo que era
más arduo, venció la sorda oposición
de su digna esposa, tan noble como él, no menos buena,
pero de gustos menos democráticos, menos expansiva
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en el trato de los inferiores. El duque, burla burlando,
tenía voluntad de hierro, y donde estaba él
no mandaba marinero. Así era su gran palacio casa
de todos, porque él lo quería, y hacíase
tratar como un labrador más rico que los otros, pero
no de otra madera. Tenía sólo un hijo, que,
en cuanto fue posible, su madre se apresuró a enviar
a Inglaterra a que se educara en Eton, después en
Oxford y después en la escuela del gran mundo inglés.
No se opuso el duque, porque le pareció racional que
su heredero recibiese la sólida instrucción
y las lecciones de vida de gran señor que allá
lejos sabía él que se adquirían; pero
esto no le impidió suspirar cuando advirtió
que su Diego se había entregado a ideas, hábitos
y tendencias que distaban mucho de aquella sencillez castellana
que para D. Juan era educación y naturaleza. Su hijo
se parecía más a la duquesa que al duque mismo,
y la educación que este llamaba estirada, correcta
y fría, ponía el sello a las diferencias que
lamentaba. Pero no se quejó. Cada cual sería
a su manera. A él, ni Diego, ni nadie le sacaría
ya de su paso; pero el sucesor, que fuera como Dios tuviese
dispuesto; dejaba a los demás la libertad, que él
para sí había reclamado, de vivir a su modo.
Ahora sí; mientras el duque viejo existiese, su casa,
pusiera el señorito el gesto que pusiera, seguiría
marchando como siempre.
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Diego, en efecto, sentía
invencible repugnancia ante aquellas costumbres de su padre.
Él, que había tenido criados estudiantes, que
desde el colegio había aprendido a medir las distancias
que la realidad establece entre las clases diferentes, por
necesidad, veía hasta una hipocresía, o por
lo menos una ilusión ridícula, de mal gusto,
en aquella aparente igualdad del trato, que no pasaba de
la superficie, que no podía llegar al fondo. Todo
esto, pensaba, es una comedia grotesca, que a nosotros nos
molesta y a los pobres aldeanos los humillaría, si
fueran de más fina epidermis. Con lo que menos transigía,
con lo que estaba a matar, era con la confianza dichosa,
extendida a las relaciones de los amos y de la servidumbre.
Aquí lo grotesco y lo incómodo rayaban en tormento.
-Es preferible -decía D. Diego a su madre en secreto-
servirse a sí propio a ser por otros servido de esta
manera; un criado que no es una máquina respetuosa,
un autómata perfecto, es la mayor impertinencia que
puede haber en un hogar. Siempre he distinguido a los verdaderos
nobles de los improvisados y de los personajes plebeyos,
por la servidumbre. La de estos últimos suele ser
descuidada en el vestir, incorrecta en las ceremonias del
trato, y todo ello sin que su señor, tal vez déspota,
note semejantes distancias, que pregonan su humilde origen.
El criado adivina al señor verdadero,
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y aunque en
su servicio tenga que soportar más severa disciplina,
en él está más satisfecho, tomando más
en serio su oficio. Casi odio contra su querido padre sentía
don Diego, al ver cómo trataba al duque Ramón,
su antiguo compañero de glorias y fatigas, un héroe
de la clase de tropa, y ahora jardinero y un poco mayordomo,
y claramente favorito del amo. Diego era el ídolo
de Ramón; antes de marchar el chico a Inglaterra,
a las nodrizas y al ayo había disputado el veterano
el cariño, los cuidados del rapaz, que, cuando no
estaba sobre su rodilla sana, estaba sobre su pata de palo,
y si no sobre sus hombros, apretándole las orejas
como los ijares a un caballo. Con la ausencia, el cariño
del jardinero no se enfrió, se idealizó, cuando
volvió el señorito tieso, pulquérrimo,
frío, con aires de gran señor, que hasta en
el menor gesto muestra la sangre privilegiada. Ramón
convirtió de repente la mitad de su cariño
en respeto; si antes le quería como a un ídolo
familiar, ahora le temía como a un dios, con temor
amoroso, reconociendo la suprema justicia de aquella desigualdad
que se le señalaba. Si con el amo viejo era confianzudo,
era por cumplir una consigna; porque así se lo había
ordenado implícitamente; por lo demás, él
tenía el respeto a la sangre donde el señorito
la nobleza, en el fondo de la conciencia. Bueno se hubiera
puesto el duque si Ramón le hubiese venido con remilgos
y etiquetas.
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Verdad era que poco a poco aquellas relaciones
de hermandad, aquella vida de camaradas, las había
ido tomando como cosa de la naturaleza; y como todo lo que
él decía o hacía estaba bien para el
amo, y como su celo por el interés de la casa era
de corazón, apasionado, y esto lo estimaba el duque
más que un tesoro, Ramón se dejaba llevar por
aquella plácida pendiente. Aun en presencia del duque
joven continuó tratando al viejo con la franqueza
igualitaria de siempre; porque ¡ay de él y de todos
si el amo hubiera advertido que allí que allí
se desobedecía a nueva voluntad, a gustos nuevos!
-En muriendo yo -había dicho una vez don Juan- que
te cuelguen de un árbol, o que te pongan una casaca
verde, si quieren; pero mientras yo viva...¡lo de siempre!
* * * Pasaron años; Diego vivió
lejos de su padre, a lo gran señor, en el mundo; se
casó con una duquesa, y no volvió al palacio
de Candelario hasta que murió su madre. Estuvo allí
poco tiempo. Lo bastante para convencerse que el duque llenaría
el vacío que dejaba su mujer, en lo posible, con la
influencia de Ramón. Sin malas artes, sin astucia,
sin ambición, por su inteligencia, su energía
y su celo, el jardinero había invadido todas las funciones
de mando. El duque, muy postrado, decía:
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-Él
es mis pies y mis manos... y eso que no tiene ni manos, ni
pies. En efecto; el veterano, que había dejado una
pierna en la guerra, había dejado después,
poco hacía, en un tejado del palacio, un brazo, con
ocasión de apagar un incendio. No importaba; con lo
que le quedaba, Ramón lo dirigía todo, lo vigilaba
todo. Diego, al verle de tal modo lisiado, le puso un mote
que hizo sonreír a su esposa la duquesa, poco amiga
también de aquellas confianzas de los criados; le
llamó el Torso, porque apenas le quedaba más
que el tronco, y ese, viejo y arrugado, aunque fuerte como
una encina. Poco antes de morir, el duque llamó a
su hijo a su lado. El pobre viejo, rendido ya en el lecho
en que iba a expirar, no sentía ahora la energía
que en otro tiempo le hizo ser dueño absoluto de su
casa. A los pocos días de llegar don Diego, Ramón,
ya caduco también, tuvo que entregar el poder; el
señorito muy amado, que no dejaba de quererle a él,
pero a distancia, le hizo entender bien claramente que se
había equivocado si creía que aquel trato familiar
de amos y criados que don Juan había impuesto, era
ley natural del mundo; el verdadero respeto, la verdadera
lealtad a los amos, consistía en otra cosa; en saber
guardar la decorosa distancia que hay de clase a clase.
En adelante, puesto que por desgracia don
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Juan ya no dirigiría
nunca la casa, todo cambiaría; cada cual volvería
a su sitio; él, Ramón, pues era jardinero,
volvería a sus jardines, viviría allá
arriba, en el Pabellón de la Glorieta, que estaba
en un altozano, a lo último del parque. Ramón
no se lo hizo decir dos veces. «Amo nuevo, vida nueva». Era
un perro fiel: mientras se había querido caricias,
confianza, había sido cariñoso, confianzudo;
había dormido a los pies de su amo, dándole
el calor de su afecto... ahora se le mandaba a la puerta,
a vigilar desde fuera como buen mastín... pues afuera,
al Pabellón de la Glorieta; al destierro. Y allá
se fue, humilde, algo avergonzado de haber tomado en serio
su papel de mayordomo y favorito. Don Juan notó el
cambio, pero ya no tenía humor ni fuerzas para protestar.
Además, él abdicaba de buen grado: era natural
que su hijo quisiera empezar a ejercer el mando; él
mismo le animaba a ello para darse el gusto de ver reinar
al heredero, orgullo y gloria de su padre. «Diego es un gran
señor, se decía don Juan; yo, a lo sumo, habré
sido un gran aldeano». * * * Y murió
don Juan, y el cambio iniciado se acentuó y acabó
por ser completo. Aquellos dominios,
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metidos en el riñón
de España, parecían ahora una de esas mansiones
de los landlords que nos describe y pinta The Graphic de
vez en cuando; allí todo era inglés; todo,
como diría don Juan, tieso, correcto, frío.
Mayordomo hubo, pero no fue Ramón; los criados fueron
autómatas con aquella casaca verde de que el difunto
duque se burlaba; hubo en el palacio siempre convidados;
pero no eran los labradores del contorno, sino señores
muy serios poco llanos también. Ramón apenas
salía de su pabellón de allí arriba
al extremo del parque; se dio por confinado, sobre todo desde
que se le advirtió que su cargo de jardinero sería
en adelante honorario, si bien seguiría cobrando su
sueldo, pero sin ejercicio de funciones. Don Diego atendería
a su vejez con todos los cuidados que merecía. No
le faltaría más que la confianza de antaño.
No se quejó; cambió de vida; fue el más
respetuoso, el más estirado, el menos comunicativo
de la servidumbre. Aceptó su suerte, y sin vergüenza
comió agradecido el pan que se le daba por los servicios
de toda una vida. Sin embargo, en un rincón de la
huerta trabajaba lo que podía, casi siempre solo.
Los duques iban y venían; vivían en Candelario
parte del verano y todo el otoño. En toda la temporada
Ramón veía a su don Diego del alma dos o tres
veces. Llegaban a él, como rumores lejanos, ecos de
las borrascas domésticas, ecos conducidos
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por aquellos
criados de librea verde, tan tiesos, tan finos, tan respetuosos.
Ramón sentía lágrimas en los ojos cuando
oía aquellos chismes de lacayos, en que las tragedias
domésticas se tomaban como sainetes por la servidumbre,
que se vengaba así, a escondidas, de su humillación
constante... «El señorito no era feliz!» pensaba en
sus soledades en el Pabellón de la Glorieta. ¡Pero
Dios le librara de decirle una palabra de consuelo! Una
tarde le vio acercarse a la Glorieta, solo, taciturno, con
el terrible ceño fruncido. Ramón estaba sentado
en un banco rústico, descansando de la faena, para
él cada día más fatigosa de regar las
legumbres. Pasó el duque a su lado, cabizbajo; Ramón
se puso en pie, en el pie que tenía, y llevó
la mano única a la frente para hacer el ademán
de descubrirse, aunque no traía nada en la cabeza.
El duque le vio; le miró con repentina dulzura; le
puso una mano sobre el hombro; pero al notar que al criado,
al Torso, se le llenaban los ojos de agua y de preguntas,
y temiendo que rompiera a hablar como no debía, en
vez de permitirle preguntar por las penas del amo, le dejó
frío con un gesto, y le dijo: -¿Qué tal ese
reuma? -El médico dice que acabaré por perder
el uso de este otro brazo -y con el muñón del
que le faltaba procuraba señalar el que tenía-.
Y yo creo que lleva razón el médico, porque
me pesa como
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un plomo. Pero lo peor no es eso: es que la
pierna... mía se empeña en pedir el canuto,
y no hay otra en la reserva. -Ya sabes que nunca te faltará
nada. Y el señorito, el que un día jugaba
saltando sobre aquella pierna que a Ramón se le moría,
cansada de trabajar sola, siguió adelante, hundida
el alma otra vez en sus pesadumbres, y la cabeza inclinada
hacia la tierra de sus dominios, que no les daba una respuesta
a las dudas infamantes de sus airados celos, a las sospechas
de su honor. * * * Después de
cien borrascas de la vida, el duque, solo, separado de su
duquesa, cuya perfidia supo de modo cierto; sin hijos, sin
amor a nada del mundo, sin amigos verdaderos, como la mayor
parte de los hombres, se retiró a sus dominios de
Candelario, como al abrigo de una ensenada en una isla desierta.
No era un puerto familiar donde le aguardaran los suyos;
era un abrigo en tierra inhospitalaria. El mundo era ya para
él la isla desierta; en Candelario vivía con
hombre de cariño, de fe, de ilusiones; pero sin luchar
con las olas. En calma terrible; de cementerio. Pero también
entre cementerios, el afecto escoge. En su palacio había
la corrección de siempre; los criados, siempre de
verde, saludaban inclinándose hasta el suelo; el
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servicio era solícito, esmerado; nada faltaba al duque;
su cuerpo era servido como por las manos volanderas de los
castillos encantados. Pero le sobraba una cosa: la discreción
absoluta de su gente; los criados, según antigua costumbre,
por disciplinaria tradición, miraban en el duque al
ser superior, feliz y sin flaquezas, por decreto divino,
por privilegio de la sangre y la grandeza; suponer al amo
necesitado de consuelo, de ayuda, pidiendo y solicitando,
con la mirada a lo menos, amparo, calor del corazón,
era absurdo, una irreverencia. Ningún criado de aquellos,
ni el más sinceramente fiel, creía que entraba
en el cuadro de sus obligaciones tener lástima del
señor, pararse a pensar en qué podía
estar triste en aquella soledad espantosa. En cuanto a los
campesinos dependientes de la casa, ya hacía muchos
años que habían olvidado el camino del palacio,
a lo menos el de las habitaciones del amo. El duque nuevo
era una abstracción para ellos; su señorío
un concepto de derecho, no un poder representado en una forma
conocida. Don Diego envejecía de dolor, de hastío,
de soledad; a solas con su grandeza, se sentía como
un rey Midas del linaje y de la etiqueta: todo lo que tocaba
se le convertía en frío respeto. La debilidad
de sus achaques, que empezaron pronto, le tenía nervioso;
empezó a aborrecer a
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sus siervos voluntarios, porque
no adivinaban lo que ahora necesitaba, que era afecto, trato
humano, pero no de humanidad humillada, servil. Llegó
a hacer la corte a sus palaciegos; a procurar, de modo indirecto,
adulándolos, como podía, sin abdicar, sonsacarles
algo más que el servicio exacto, cumplido con ceremoniosa
perfección. Fue en vano; nadie sospechaba lo que quería.
Estaba entre muebles y semovientes: no entre hombres. Los
árboles del Parque, inclinados, a su paso, por la
brisa, le saludaban; lo mismo hacían los criados;
pasaba el amo y se inclinaban como los árboles. Cerca
del anochecer, cierto día, el duque llegó hasta
el extremo del Parque; alzó la cabeza al verse junto
al pabellón solitario de la Glorieta. Allí
dentro, como enterrado en vida, estaba Ramón, que
no acababa de morir; olvidado de todos menos de un mozalbete
encargado de su servicio. El veterano había ido perdiendo
terreno, pero no quería abandonar la casa de que había
sido perro fiel; no quería morir. El señorito
no le visitaba nunca. Pasaba el día sentado en un
sofá de paja, haciendo solitarios con naipes viejos,
sobre una mesa de mármol, con grandes esfuerzos de
la mano única que movía apenas, para la cual
cada naipe, sobado y lleno de dobleces, pesaba como una losa.
La pierna de carne se había hecho de palo también;
no se movía. Los ojos eran centellas, pero los oídos
tapias:
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todo le sonaba a Ramón a ruido del bosque
que tenía a la espalda. Como no oía, apenas
quería hablar, para no decírselo él
todo. Además, casi nunca tenía con quién.
Le dominaba una idea. «¿Qué haría, cómo
lo pasaría el señorito allá abajo?».
Don Diego vaciló... pero no pudo contenerse. El alma
le hizo dar unos pasos más y penetrar en la triste
vivienda del desterrado, del confinado, del enterrado en
vida, del tronco arrinconado, como mueble vetusto y noble;
del Torso de carne y hueso. El Torso, al ver al amo frente
a sí, quiso incorporarse, pero no pudo. Levantó
un poco la mano, que no llegó a la cabeza. Saludó
con ponerse rojo de respeto y de dicha. ¡Qué santo
orgullo el suyo! ¡El señorito venía a verle
a su sepulcro! El duque le puso la mano sobre el hombro;
se sentó a su lado en el sofá de paja. -¿Qué
solitario es ese? -preguntó por señas. -El
de los reyes. -¿Te lo enseñó mi padre? -volvió
a decir don Diego también con gestos, señalando
con la mano, que sacudió dos veces, allá hacia
las nubes, hacia los cielos... -Sí; el señor
duque -contestó Ramón, moviendo el muñón
del brazo perdido, también hacia arriba. -El señor
duque... que de Dios goza -repitió
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el Torso, que
no pudo contener dos lágrimas pobres, muy delgadas.
Y el amo tampoco pudo, ni tal vez quiso reprimirse; y, dejando
caer la cabeza sobre el hombro de Ramón, abrazando
al Torso, lloró en silencio, en abundancia, como idólatra
que se reconcilia con su fetiche, y le cuenta al tronco inerte,
dios de los lares, las penas íntimas que no le importan
al mundo.
-170-
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 Cristales
Si el alma un cristal tuviera... Mi amigo Cristóbal
siempre estaba triste... no, no es esa la palabra; era aquello
una frialdad, una indiferencia, una abstinencia de toda emoción
fuerte, confiada, entusiástica... No sé cómo
explicarlo... Hacía daño la vida junto a él.
Sus ojos, de un azul muy claro y de pupilas muy brillantes,
brillantes desde una obscuridad misteriosa y preguntona,
parecían el doctor Pedro Recio de toda expansión,
de toda admiración, de todo optimismo; amar, admirar,
confiar, en presencia de aquellos ojos, era imposible; a
todo oponían el veto del desencanto previo. Y lo peor
era que todo lo decían con modestia, casi con temor;
la mirada de Cristóbal era humilde, jamás prolongada.
Podría decirse que destilaba hielo y echaba a correr.
¿Por qué era así Cristóbal, por qué
miraba así? Un día lo supe por casualidad.
* * *
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-«El mejor amigo, un duro» -dijo delante
de nosotros no sé quién. -Me irritan -dije
a Cristóbal en cuanto quedamos solos- me irritan estos
vanos aforismos de la falsa sabiduría escéptica,
plebeya y superficial; creo que el mundo debe gran parte
de sus tristezas morales a este grosero y limitado positivismo
callejero que con un refrán mata un ideal... -Sin
embargo -dijeron a su modo los ojos de Cristóbal,
y sus labios sonrieron y por fin rompieron a hablar: -Un
duro... no será gran amigo; pero acaso no hay otro
mejor. Otros lloran la perfidia de una mujer... Yo me había
enamorado de la amistad; había nacido para ella. Encontré
un amigo en la adolescencia; partimos el pan del entusiasmo,
el maná de la fe en el porvenir. Juntos emprendimos
la conquista del ensueño. Cuando la bufera infernal
del desengaño nos azotó el rostro, no separamos
nuestras manos que se estrechaban; como a Paolo y Francesca,
abrazados nos arrebató el viento... Los dos vivíamos
para el arte, para la poesía, para la meditación;
pero yo era autor dramático, y él no. Menos
el don del teatro, que niega Zola, tal vez porque no lo tiene,
todo lo dividíamos Fernando y yo. Nuestra gloria y
nuestro dinero eran bienes comunes para los dos. El mundo,
con su opinión autoritaria, vino a sancionar estos
lazos; se nos consideró
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unidos por una cadena de
hierro inquebrantable. Así sea, dijimos. Y en nuestro
espíritu nació uno de esos dogmas cerrados
en falso conque la humanidad se engaña tantas veces.
Yo había notado que Fernando era muy egoísta;
de la terrible clase de los inconscientes; era egoísta
como rumia el rumiante: tenía el estómago así.
Pero había notado también que yo, aunque más
refinado y lleno de complicaciones, era otro egoísta.
«¿Cómo puede vivir nuestra amistad entre estos egoísmos?
Vive en su atmósfera», pensaba yo; observando que
mi amigo tenía vanidad por mí, preocupaciones,
antipatías y odios por mí. Yo también
me sentía ofendido cuando otros censuraban a Fernando;
este derecho de encontrarle defectos me lo reservaba; pero
no veía en ello malicia, porque también, y
con cierta voluptuosidad, examinaba yo mis propias máculas
y deficiencias, creyendome humilde. Uno de los disfraces
que el diablo se pone con más gusto para sus tentaciones,
es el de santo. * * * Cierta noche se
estrenó un drama mío; era de esos en que se
rompen moldes y se apura la paciencia del público
adocenado, pero no tan malévolo como supone el autor.
En resumidas cuentas, y desde el punto de vista del mundanal
ruido, el éxito
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fue un descalabro. Una minoría
tan selecta como poco numerosa me defendía con paradojas
insostenibles, con hipérboles que equivalían
a subirme en vilo por los aires, para dejarme caer y aplastarme.
En el saloncillo bramaba una verdadera tempestad crítica.
La fórmula era darme la enhorabuena, pero con las
de Caín. En cuanto yo daba la vuelta, se discutía
el género, la tendencia, y por último, se me
desollaba a mí. Entonces acudían los amigos;
me ensalzaban a mí y le echaban una mano protectora
al género, a la tendencia. Yo recibía los parabienes
con cara de Pascua, pero en calidad de cordero protagonista.
Lo que nadie decía, pero lo que pensaba, era esto:
«La culpa no es del género, no es de los moldes nuevos,
es del repostero este, es del ingenio mezquino que se ha
metido en moldes de once varas. Se ha equivocado. Esta es
la fija. Se ha equivocado». Así pensaban los enemigos;
y aun lo insinuaban, atacándome de soslayo. Y así
pensaban los amigos, defendiéndome de frente e insinuándolo
más con esta franca defensa. ¿Y Fernando? Fernando
me defendía casi a puñetazos. En poco estuvo
que no tuviese dos o tres lances personales. Yo le oía
de lejos; no le veía. Él no pensaba que yo
le oía. Su defensa, apasionada, furiosa, era ingenua,
leal. ¡Qué entusiasmo
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el suyo! Era ordinariamente
moderado, casi frío; pero aquella noche, ¡qué
exaltación! -Le ciega la amistad -se oía por
todos los rincones. ¡Qué no me hubiera cegado aquella
noche a mí! Como se recogen los restos gloriosos
de una bandera salvada en una derrota, Fernando me recogió
a mí, me sacó del teatro y me llevó
a nuestra tertulia, de última hora, en un gabinete
reservado de un café elegante. Al entrar allí
me fijé, por primera vez en aquella noche, en el rostro
de mi amigo que vi reflejado en un espejo. Sentí un
escalofrío. Me atreví a mirarle a él
cara a cara. Y en efecto, estaba como su imagen. Aún
había en el amigo no sé qué de pasión
que no había en el espejo. Estaba radiante. En sus
ojos brillaba la dicha suprema con rayos que sólo
son de la dicha, que no cabe confundir con otros. Fernando,
muy diferente de mí en esto, era un amador de mucha
fuerza y de buena suerte; para él la mujer era lo
que para mí la amistad: su buena fortuna en galanteos
le hacía feliz. Su rostro, generalmente frío,
soso, de poca expresión, se animaba con destellos
diabólicos, de pasión intensa, cuando conseguía
su amor propio grandes triunfos de amor ajeno. Pero tan hermosamente
transfigurado por las emociones fuertes y placenteras, como
le vi aquella noche, en aquel gabinete del café, no
le había visto ni siquiera en
-176-
la ocasión solemne
en que vino a pedirme que le dejara solo en casa con su conquista
más preciosa: la mujer de un amigo. Mientras cenábamos,
me fijé en los ojos de Fernando. Allí se concentraba
la cifra del misterio. Allí se leía, como del
enigma: «¡Felicidad! ¡La mayor felicidad que cabe en este
cuerpo y en este espíritu de artista, de egoísta,
de hombre sin fe, sin vínculos fuertes con el deber
y el sacrificio!». ¡Si el alma un cristal tuviera!... ¡Oh!
¡Sí; lo tenía! Yo leía en el alma de
Fernando, a través de sus ojos, como en un libro de
psicología moderna, como en páginas de Bourget.
Fernando era feliz aquella noche de una manera feroz; sin
saberlo, sí, como las fieras. Sabía él
por experiencia propia, que la quinta esencia del sentimiento
de un artista, de lo que este cree su corazón, tal
vez porque no tiene otro mejor, y no es más que una
burbuja delicada y finísima, un coágulo de
vanidad enferma, estaba padeciendo dentro de mí dolores
indecibles; sabía que el público y los falsos
amigos me habían dado tormento en la flor del alma
artificiosa del poeta... pero no sabía que él,
su vanidad, su egoísmo, su envidia, se estaban dando
un banquete de chacales con los despojos del pobre orgullo
mío triturado. ¡Qué luz mística, del
misticismo infernal de las pasiones fuertes, pero mundanas,
en sus ojos! ¡Cómo se quedaba en éxtasis de
placer, sin sospecharlo!
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¡y qué decidor, qué
generoso, qué expansivo! Lo amaba todo aquella noche.
Hubiera sido caritativo hasta el heroísmo. Su dicha
de egoísta le inspiraba este espejismo de abnegación.
Sin duda creía que el mundo seguía siendo él.
Oía las armonías de los astros. Y para mí,
¡qué cuidados, qué atenciones! ¡Qué
hermano tenía en él! Se hubiera batido, puedo
jurarlo, por mi fama. ¡Y el infeliz, sin sospechar siquiera
que estaba gozando una dicha de salvaje civilizado, de carnívoro
espiritual, y que esta dicha se alimentaba con sangre de
mi alma, con el meollo de mis huesos duros de vanidoso incurable,
de escritor de oficio! Aquel espectáculo que me irritó
al principio, que fue supremamente doloroso, fue convirtiéndose
poco a poco en melancólica voluptuosidad. El examen,
lleno de amargura, del alma de Fernando, que yo veía
en sus ojos, se fue trocando en interesante labor finísima;
no tardó mi vanidad, tan herida, en rehacerse con
el placer íntimo, recóndito, de analizar aquella
miseria ajena. ¡Cuánta filosofía en pocos minutos!
A los postres de la tal cena, en que el único apóstol
comensal era un Judas, sin saberlo, a los postres, ya recordaba
yo mi obrita del teatro como una desgracia lejana, de poética
perspectiva. Mi descalabro, el martirio oculto de mi amor
propio, la perfidia de los falsos amigos y compañeros,
todo eso quedaba allá, confundido con la común
miseria humana, entre las
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lacerías fatales necesarias
de la vida... En mi cerebro, como un sol de justicia, brillaba
mi resignación, mi frío análisis del
alma ajena, mi honda filosofía, ni pesimista ni optimista,
que no otorga a los datos históricos, al fin empíricos,
siempre pocos, más valor del que tienen... Y lo que
más me confortó fue el sentimiento íntimo
de que el dolor intenso que me producía la traición
inconsciente de Fernando, no me inspiraba odio para él,
ni siquiera desprecio, sino lástima cariñosa.
«Le perdonaba, porque no sabía lo que hacía».
«Mi dogma, la amistad, me dije, no se derrumba esta noche
como mi pobre drama: Fernando no me quiere de veras, no es
mi amigo, ¿y qué? lo seré yo suyo, le querré
yo a él. Su amistad no existía, la mía
sí». * * * En tal estado, llegué
a mi casa. Entré en mi cuarto. Comencé a desvestirme,
siempre con la imagen de Fernando radiante de dicha íntima,
apasionada, ante los ojos de la fantasía. Mi espíritu
nadaba en la felicidad austera de la conciencia satisfecha,
de la superioridad racional, mística, del alma resignada
y humilde... ¡Qué importaba el drama, qué importaba
la vanidad, qué importaba todo lo mundano... qué
importaba la feroz envidia satisfecha del que se creía
amigo!.. Lo serio,
-179-
lo importante, lo noble, lo grande, lo
eterno, era la satisfacción propia, el estar contento
de sí mismo, elevarse sobre el vulgo, sobre las tristes
pasiones de Fernando... Antes de apagar la luz del lavabo
me vi en el espejo. ¡Vi mis ojos! ¡Oh, mis ojos! ¡Qué
expresión la suya! ¡Qué cristales! ¡Qué
orgullo infinito! ¡Qué dicha satánica! Yo estaba
pálido, pero, ¡qué ojos! ¡Qué hoguera
de vanidad, de egoísmo! Allí dentro ardía
Fernando, reducido a polvo vil... Era una pobre víctima
ante el altar de mi orgullo... de mi orgullo, infierno abreviado.
¿Y la amistad? ¿La mía? ¡Ay! Detrás de los
cristales de mis ojos yo no vi ningún ángel,
como la amistad lo sería si existiese; sólo
vi demonios; y yo, el autor del drama, era el diablo mayor...
tal vez por razón de perspectiva...
-180-
-181-
 Don Urbano
Se hizo superior el año sesenta, en Julio, el día
del eclipse. Por cierto que, dice él, muy orgulloso
sin saber por qué, por cierto que hubo que suspender
el ejercicio, porque no se veía, y el tribunal discutió
si se traerían luces o no se traerían. El año
sesenta y cinco, la Unión liberal, dice él
también, me dio la escuela de párvulos; y lo
dice de un modo que da a entender que no le pesará
si alguien llega a creer que el mismo O'Donnell em persona
vino al pueblo a darle la escuela de párvulos, a él,
a don Urbano Villanueva. Por lo demás, no crean ustedes
que es fatuo, ni que tiene grandes aspiraciones políticas;
su vanidad se reduce a eso, a encontrar una misteriosa relación
entre el acto solemne de hacerse el maestro superior, y el
famoso eclipse de sol del año sesenta... Con esto,
u con suponer a la Unión liberal interesada en otorgarle
la escuela de párvulos, se da por satisfecho su egoísmo.
En todo lo
-182-
demás es altruista; su existencia estuvo
por mucho tiempo consagrada... no al prójimo sino
a los árboles y a los edificios, principalmente a
los árboles, sin que tampoco despreciase los arbustos,
siempre y cuando que se tratara de los que son propiedad
del concejo. En un principio, cuando la Unión liberal
le dio la escuela, creyó que su vocación consistía
en renovar el sistema de educación de los infantes,
y hasta llegó en su audacia a imaginar una especie
de reloj gráfico intuitivo, para que los niños
de teta mamaran nada más a las horas debidas. Su idea
era facilitar el desarrollo de las facultades físicas
y anímicas de los niños llorones, dejándolo
todo a la espontaneidad de la naturaleza... metódicamente
enderezada. Los niños eran tiernas plantas. (De esta
metáfora nació la afición de don Urbano
al arbolado público). La savia natural, decía,
se encarga de hacerlos física e intelectualmente;
yo todo lo dejo a la intuición y al aire libre...
pero... pero
|
árbol que crece torcido | | | | tarde su tronco endereza, | | | | pues hace naturaleza | | | | del vicio con que ha nacido. | | |
Y es
necesario que el árbol crezca derecho mediante el
método racional-intuitivo. Por lo cual, don Urbano,
en un principio, trató s los niños,
-183-
física
y moralmente, como si fueran sistemas de poleas, enredándolos
en una porción de correas... físicas y morales
también. Para enseñarles a poner bien la pluma,
les ataba los dedos con balduque, y después les decía:
«Ea; ahora, allá vosotros; escribid con toda libertad».
Era muy partidario de la libertad... con correas. Creía
firmemente en el crecimiento espontáneo; pero la dirección
del crecimiento era cosa de él, de don Urbano; lo
cual demostraba con un análisis etimológico
de las palabras pedagogo, método, ortografía,
ortología, ortopedia, ortodoxo, y otras como estas
últimas, en que entraba por mucho la idea de rectitud;
rectitud que conseguía él por medio de rodrigones
y ligaduras. «Señores», solía exclamar dirigiéndose
a los párvulos que le había entregado la Unión
liberal; «señores, tienen ustedes que desengañarse;
así como
|
Dios el bravo mar enfrena | | | | con muro de leve arena, | | |
es necesario
que el buen pedagogo, esto es, director de niños,
enfrene las malas pasiones de ustedes y los extravíos
psicofísicos propios de la edad por que ustedes atraviesan,
no con muros de arena, sino con una de arena... y otra de
cal, es decir, por las dulces y por las agrias, por aquello
de que, entre col y col, lechuga. Mucho recreo, mucha expansión
al aire libre... pero todo con método,
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con orden,
con medida; ya lo dijo la Sabiduría: omnia in mensura,
in numero, in pondere disposuisti. El aire libre, el libre
ambiente es cosa muy recomendable... pero con medida. ¡Oh,
si hubiera contadores de aire como los hay para el agua y
para el gas! Señores, yo lo confieso, cada vez que
veo una cuerda me enternezco y bendigo a la naturaleza que
la ha criado, o por lo menos ha criado la primera materia
que la industria aprovecha para hacer cuerda. ¡Una cuerda!
¿No ven ustedes en ella el símbolo de la sociedad?».
Y callaba un momento D. Urbano, para hacer con toda intensidad
una pausa, que él tenía como recurso retórico
muy socorrido. En las comedias románticas de la época
leía él muchas veces la palabra pausa, entre
paréntesis, y le causaba siempre excelente efecto.
Pues bueno, en sus discursos de la escuela hacía pausas,
particularmente cuando cometía la figura de interrogación;
y también le gustaba mucho cometer figuras, y atreverse
con las licencias que le permitían, en cierta medida,
la gramática de la Academia y la retórica de
Terradillos. Cada vez que decía: Lo he visto con mis
propios ojos, se quedaba muy hueco y se tenía por
un pillín, temerario como él sólo en
materia de pleonasmos. Y el infeliz, que no había
roto un plato en su vida, tenía remordimientos gramaticales,
y a media noche despertaba diciéndose: «Se me figura
que ayer, en aquella solicitud a la Junta provincial de
-185-
Instrucción pública... he abusado de las sinalefas».
Porque es de advertir que D. Urbano escribía estas
solicitudes en verso, aunque disimulado por la forma de los
renglones; era verso libre; siempre endecasílabos
u octosílabos, muy bien medidos (¡la dicha de medir!)
por los dedos, pero como no caían en copla, la Junta
de Instrucción pública no caía en la
cuenta, y tomaba por prosa la poesía. Si D. Urbano
escribía así, no era por faltar al respeto
a los señores vocales, sino por el gusto de medirlo
todo. «Mida usted sus palabras», quería decir para
él: «hable usted en verso». ¡El verso, el metro! ¿ven
ustedes? decía D. Urbano a sus párvulos; el
metro es la poesía y el metro es la medida; luego
la medida es la poesía, porque dos cosas iguales a
una tercera son iguales entre sí. Volviendo a lo
de la cuerda, después de hacer aquella pausa para
dar tiempo a los chicos a contestarle algo, si se les ocurría
alguna objeción, cosa inverosímil, D. Urbano
proseguía: -Sí, señores; la cuerda
es el símbolo de la sociedad, porque la sociedad es
un vínculo de derecho, vinculum juris, un lazo, algo
que ata; y ¿con qué se hacen los lazos, las lazadas
y los nudos? Con cuerda. Además, la cuerda no sólo
es materia del lazo social, del vínculo, sino sanción
para impedir o castigar las transgresiones, y de aquí
el trato de cuerda, los azotes, las disciplinas. Esto,
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elevado
a institución religiosa, es el cilicio, la cuerda
del mendicante. Si de estas regiones místicas descendemos
a los intereses materiales, tenemos que sin cuerda no habría
ciudades ni propiedad rústica bien deslindada; porque
con la cuerda de la plomada construimos los sólidos
edificios, para que obedezcan a las leyes arquitectónicas
y den a la vertical lo que es suyo; con las cuerdas determinamos
las rasantes de las calles, alineamos las arboledas municipales,
lugares de recreo, trazamos los caminos a través de
la tierra, y por último, medimos las heredades y las
distinguimos y separamos con sus linderos correspondientes,
en digno tributo a la divinidad del dios Terminus. Por eso,
señores, lejos de quejarse, deben ustedes dar gracias
a Dios, que crio el cáñamo, cuando yo les ato
la mano a la pluma o les ato ambas manos a la espalda para
corregir sus desafueros, y enseñarles, por el sistema
preventivo, lo que es la pena del galeote y del presidiario
que va a purgar su delito atado codo con codo; y como la
educación debe ser integral, y ustedes deben ir creándose
hábitos para toda clase de finalidad racional; como
cabe en lo racional que algunos de ustedes acaben en un presidio,
bueno es que sepan de todo y aprendan por experiencia propia
cómo las gasta la vindicta pública para reprimir
los excesos de la libertad en los ciudadanos. Porque sí,
señores míos; a propio intento, y
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como manda
la retórica, he dejado lo de más efecto para
lo último en esta apología de la cuerda; la
forma sublime de la cuerda es la cuerda de presidiarios,
porque esta es la que sirve para garantía del orden,
para sujetar el mal y dejar libre el bien; y aun si quisiera
remontarme más a la suprema expresión de la
cuerda simbólica, representaría ante la pasmada
fantasía de ustedes la imagen de una horca, en la
que el papel principal lo representa una cuerda; una cuerda
con un nudo, siquiera sea corredizo; para demostrar que al
que huyó del lazo del vínculo social, este
lazo, este nudo se le aprieta al cuello». Y D. Urbano enjugaba
el sudor de la frente con un pañuelo de hierbas.
Pero ¡ay! Fueron en vano sus discursos. Los párvulos
no le comprendían. Cambió de escuela, trató
de enderezar a mocosos más talladitos, y peor. -¡Peor,
gritaba él: la cera está fría, ya no
es cera, es hierro; y esto es machacar en hierro frío!-.
No había remedio; la humanidad se torcía; no
había rodrigones que bastaran; todo el esparto y todo
el cáñamo del mundo no eran suficientes para
guiar por el buen camino, ni la letra ni el espíritu
de la infancia. El corazón del niño, como los
perfiles de su pluma, iban de mal en peor. Fue inútil
que D. Urbano inventase varias máquinas de madera
y cuerda, todas mecánico-intuitivas, como las llamaba
él, para corregir los defectos
-188-
de la humanidad pueril.
Los chicos seguían siendo el diablo. Por fin, cansado
de luchar, dejó la enseñanza, y procuró
conquistar una plaza de delineante al lado del arquitecto
municipal. Ya que los hombres no se dejaban alinear, alinearía
casas. ¡Oh, la santa simetría! Su biblia, en adelante,
fueron las ordenanzas municipales, que tan sabias disposiciones
contenían para impedir las demasías arquitectónicas
de los vecinos. D. Urbano se convirtió en un verdadero
familiar de aquella inquisición de policía
urbana. Era un espía del alcalde, y le denunciaba
los abusos de la vecindad que abría una puerta a la
calle, ensanchaba un hueco o cambiaba la disposición
de una tapia. Acudía a las sesiones del ayuntamiento,
ávido siempre de denunciar abusos de este género
a los concejales celosos. Lo que más le preocupaba
eran los áticos y las rasantes. «¡Que Fulano Gómez
ha sacado un ático sobre el segundo piso! ¡Fuego en
él! ¡Embargo! ¡Que Zutano Pérez no sigue la
rasante de la calle Tal en su casa nueva! ¡Multa y embargo!
La gente empezó a murmurar. Todos decían:
-Pero ¡qué mala intención tiene el maestro
de párvulos! ¿Qué le importará a él
que una casa sea más alta que otra, o que avance más
o menos hacia el arroyo?
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¡Mala intención! No, señor;
era amor de la medida, del orden, de la plomada y del nivel,
de la simetría, de la línea recta. Y no cejaba
en su empeño. Si en el Ayuntamiento no le hacían
caso, se iba a los periódicos, y procuraba deslizar
una gacetilla que se titulaba, por ejemplo, (con letras gordas):
¡Alinear por la derecha! Era gran amigo de la expropiación
forzosa, y con tal de evitar un martillo (su pesadilla) en
la vía pública, hubiera derribado la casa paterna,
aunque tuviese que pasar por el ombligo de cualquiera de
sus mayores. Línea recta, y caiga el que caiga. Era
un anarquista de la rasante. ¡La rrrasante! como él
decía con énfasis nivelador. Pero también
tuvo que renunciar a la policía urbana, a la belleza
del orden municipal de los edificios; calles, casas con ático,
rasantes y demás ensueños, se convirtieron
en desengaños; la intriga, el favor, el caciquismo,
pudieron más que él; sólo consiguió
perder el destino. Los amigos del alcalde, ya se veía,
podían construir en mitad del arroyo, y levantar las
siete colinas de Roma sobre la rasante de la calle. Las ordenanzas
eran un papel mojado. No podía haber calles derechas.
Le pasaba a la ciudad lo que al ciudadano, se torcía
por naturaleza. Ni los hombres, ni las casas, se sujetaban
al orden, a la rectitud.
-190-
Sus ilusiones se refugiaron en
el arbolado. Prefería los plantíos nuevos:
de los árboles seculares que mandaban respetar los
gacetilleros, se reía él. Los árboles
viejos solían ser irregulares, retorcidos, llenos
de nudos y verrugas; ¡claro! Habían crecido sin rodrigones,
sin orden,
|
y árbol que crece torcido | | | | tarde su tronco endereza... | | |
¡abajo los árboles seculares! y nada de sensiblería...
Alamedas nuevas, y vamos andando. Calles de chopos muy derechitos
en filas muy derechas... eso es el progreso, esa es la hermosura...
Pero los árboles nuevos se secaban, se morían,
o no se plantaban siquiera, y sólo aparecían
en las cuentas municipales. ¡La comisión de arbolado
se comía en dinero los ejemplares más ricos
de esperanzas! Don Urbano abandonó la ciudad a su
destino de corrupción, de libertinaje y desorden.
Madrugaba mucho y salía al campo y no volvía
hasta la noche. ¿Qué hacía? En la estación
correspondiente se extasiaba viendo a las yuntas abrir la
tierra con el brillante colmillo del arado. Aquellas líneas
rectas que los pacienzudos bueyes iban trazando en la madre
tierra, como quien borda, le encantaban. El instinto los
guiaba, porque el arador era más buey que ellos, en
concepto de don Urbano, que aborrecía ya a la humanidad.
Si a veces el
-191-
surco se desviaba un poco de la marcha conveniente,
don Urbano gritaba en tono de jovial reprensión:
| ¡Ay, ay, que surco tan torcido ha hecho! | | |
|
y no se sabe si
este verso del fabulista lo aplicaba al labrador, o a la
yunta. Con esta costumbre de salir tan temprano a la aldea,
y no volver hasta la noche, fue adquiriendo aspecto montaraz;
no se afeitaba ni cortaba el pelo. Un día se lo advirtió
un rapabarbas de las afueras. -¡Pero don Urbano! ¿Usted
no tiene espejo en casa? -¿Por qué lo dices? -Porque
esa cabeza necesita una buena poda. Don Urbano sintió
vergüenza. ¡Nosce te ipsum! pensó, mientras se
miraba en aquel espejo que le presentó el barbero.
¡Él, que tanto aborrecía el desorden, el crecimiento
sin medida ni simetría, tenía la cara y la
cabeza como una selva virgen! Desde aquel día dio
una importancia excepcional al arte de la peluquería,
y empezó a reconciliarse con la humanidad barbuda.
Notó que había muchos hombres que acudían
con sistemática frecuencia a que les hicieran la barba
y les cortaran el pelo.
-192-
Todas
aquellas almas torcidas, que habían rechazado la cuerda
y el rodrigón para el propio crecimiento, se sometían
humildes a las tijeras y a la navaja niveladoras del peluquero.
Desde entonces, don Urbano, menos adusto y siempre muy afeitado,
frecuentó las peluquerías más acreditadas.
Y se pasa hoy las horas muertas viendo a los maestros y
a los oficiales servir a los parroquianos, y sigue con atención
casi mística el subir y bajar de las tijeras por el
cuero cabelludo del prójimo. Y su mayor delicia es
poder decirle a cualquiera que se ha servido, mientras este
se sacude los pelos que le pican, decirle sonriendo... -Está
usted perfectamente... No le han dejado ninguna escalera.
-193-
 El frío del Papa
Decía el periódico: «No es cierto que Su
Santidad León XIII esté enfermo. Su salud se
mantiene firme; pero no hay que olvidar que es la salud de
un anciano, de un anciano cuyo espíritu ha trabajado
y trabaja mucho. Está débil, sin duda; pero
no se ha de juzgar por las apariencias de lo que es capaz
de resistir aquel temperamento; detrás de aquella
delicadeza, de aquel palidísimo color, de aquellos
músculos sutiles, hay un vigor, una resistencia vital
que no puede sospechar el que le ve y no conoce su fibra.
Los catarros le molestan a menudo. Su gran batalla es con
el frío. En sus habitaciones no se enciende lumbre;
pero después que se acuesta necesita sobre su cuerpo
flaco mucho abrigo. Parece imposible que aquellos miembros
tan débiles resistan el peso de tanta ropa como hay
que echarles encima». Interrumpió Aurelio -marco,
exfilósofo, la lectura
-194-
que le había llenado
de lágrimas los ojos, y el espíritu de ideas
y de imágenes. Era la noche del 5 de Enero, víspera
de Reyes. En su pueblo, donde Aurelio se había refugiado
después de recorrer gran parte del mundo, todavía
se consagraba aquella noche a la inocente comedia mística,
tradicional, de ir a esperar lo Reyes; ni más ni menos
que en su tiempo, cuando él era niño, y seguía
por calles y plazas y carreteras, a la luz de las pestíferas
antorchas, a los pobres músicos de la murga municipal,
disfrazados, con trapos de colorines y tristes preseas de
talco, de Reyes Magos, reyes melancólicos con cara
de hambrientos. A lo lejos, allá en la calle, se
oía la inarmónica elegía de un clarinete
desafinado que se alejaba con su tristeza... «¡El Papa tiene
frío!» pensó Aurelio. Y la ternura de un símbolo
de inefable misterio doloroso le anegó el alma en
visiones mezcladas de agudas ideas luminosas. Sus recuerdos
de otras noches de Reyes, el clarinete que se alejaba, la
noticia que acababa de leer, le devolvían, por lo
que atañe al sentir, a la fe de su poética
infancia, de su tormentosa adolescencia... La verdad estática
de la leyenda sublime, única, le penetraba el corazón;
y por él pasaba algo muy semejante a lo que el Fausto
de Goethe sentía al escuchar las campanas que tocaban
-195-
a Gloria y los cánticos populares de Pascua: («Erinn'rung
halt mich nun, mit kindlichem Gefühle, etc...».) (¡Tal
recuerdo reanima en mi corazón los sentimientos de
la niñez... y me vuelve a la vida. ¡Oh! que os oiga
otra vez, cánticos celestiales; ha corrido una lágrima,
la tierra me reconquista».) Aurelio Marco llegaba a la vejez
y su espíritu necesitaba un báculo; tenía
canas en el pensamiento de nieve: huyendo de pretendida ciencia
positiva, que niega y profana lo que no explica, había
vuelto, no a la confesión dogmática de sus
mayores, pero sí al amor y al respeto de la tradición
cristiana: no entraba en el templo por no profanarlo, se
quedaba a la puerta, aterido. Asistía al culto por
fuera, contemplando la austera y dulce arquitectura de la
torre gótica, himno de la sincera piedad musical,
inefable... Mas tales sentimientos, tales ideas de lo que
llamaba él el buen sentido religioso, no le calentaban
el corazón, como en su juventud borrascosa, borrascosa
por dentro, se lo calentaban hasta abrasarlo loe relámpagos
de la fe poética, expectante, personal, originalísima,
que brillaba a veces entre las tinieblas de sus dudas y negaciones.
-Ahora -pensaba- sentía mejor, más sinceramente,
con más prudencia, con más caridad para las
ideas contrarias; se acercaba, sin duda, al justo medio,
a la sabia parsimonia... ¡pero qué frío!
-196-
-También tenía frío el Papa; un frío
que le llegaría a los huesos. * * * Aurelio Marco se puso en pie de repente, como para sacudir
las ideas; se quedó mirando, sin verla, la luz de
su lámpara, roja detrás del cristal de color
de leche; hizo un gesto singular con los labios, que chocaron
con fuerza y ruido, como dando un beso a la adversidad y
a la resignación a un tiempo, y llevando ambas manos
a la frente, cual si buscara un medio artificial, mecánico,
para pensar como quería, se dijo casi casi como quien
se vuelve a una divinidad que se imagina en el cenit, no
muy lejos: -¡Oh! ¡Si yo pudiera... aunque fuese soñando,
volver a creer esto mismo que ahora siento... y no creo!
¿Por qué en mí la poesía y el amor son
creyentes, y no lo es la inteligencia? Si me viera por dentro,
¿vería en mí la Iglesia un enemigo? ¡Ah! Debiera
ser yo para ella, como tantos otros, un enfermo, pero un
enfermo suyo. ¿Qué tengo yo que ver con el Papa? Y,
sin embargo, ¡qué, escalofríos me da el frío
del Papa! Todo un símbolo tierno y melancólico...
Volvió a sentarse Aurelio Marco en su sillón
de cuero, y creyendo oír todavía, a lo lejos,
los ayes del clarinete del rey Baltasar, inclinada la cabeza,
se quedó dormido.
-197-
Había vuelto a los siete
años; le llevaba una garrida moza del pueblo, de la
mano, corriendo, corriendo, haciéndole volar, tocando
apenas con los delicados pies el polvo de la carretera; su
melena flotante batía sobre sus hombros como unas
alas, y le infundía como un soplo en la nuca. Era
de noche, una noche muy clara, helada, de estrellas que parecían
acabadas de lavar. La carretera, bien la conocía,
era la de Castilla, la de Madrid, la del ancho mundo, la
de los ensueños ambiciosos... por allí se iba
a la dicha misteriosa, vaga, pero segura. Y, sin embargo,
mirando mejor a los lados, desconocía el camino. A
derecha o izquierda edificios sin cuento, todos tristes,
solemnes, de piedra; todos sepulcros: aquella inmensa mole
parecía el gran monumento fúnebre de Cecilia
Metela... Aquella era la carretera de Castilla, y era, además,
algo así como la Vía Apia. -¿Adónde
vamos? ¿Adónde va tanta gente? ¡A esperar los Reyes!
En el corazón y en el pensamiento de Aurelio había
los anhelos del niño y la experiencia y la ciencia
del adulto. ¿Qué era ir a esperar los Reyes? Nada,
un juego, una ilusión; y, con todo, ¡qué alegría!
¡qué exaltación! Aquel engaño, que no
engañaba a nadie, engañaba a todos. Era una
imagen, un símbolo de la vida aquella carrera en la
noche helada, por la Vía Apia arriba. Viéndose
apenas,
-198-
distinguiéndose mal, como en la vida, donde
apenas nos conocemos, la multitud se apresuraba, se disputaba
el paso, atropellándose por llegar primero, ¿adónde?
A la ilusión. Salían al camino a los Reyes...
que no habían de encontrar. -¡Allí vienen!
¡Allí vienen! ¡Aquella luz! -gritaban los de la broma.
Y Aurelio casi los creía, y la carrera se precipitaba.
La luz era de una taberna. Allí no había Reyes;
había borrachos y mujerzuelas, que también
preguntaban por los Reyes. -¡Más arriba! ¡Más
arriba! ¡Otra luz! ¡Otra taberna! ¡Adelante! ¡Más
arriba!... Tumbas, sombras a los lados; estrellas frías
y brillantes en el cielo; oscuridad y esperanza enfrente,
a lo lejos. ¡Adelante! * * * La multitud
va quedando zaguera; la ilusión ya la fatiga; las
tabernas van tragando por el camino al pueblo que vuelve
a la realidad para caer en la ilusión alcohólica
sin ideal y de despertar amargo. Aurelio y la moza garrida
que le hace volar, llevándole en vilo, llegan a verse
solos... no importa, siguen. El camino hace un recodo en
un altozano; el horizonte se ensancha y lo corta con obscuridad
simétrica el perfil de un gran templo, de cúpula
inmensa. Aurelio se ve solo dentro de la nave cuyas bóvedas
se pierden en las sombras
-199-
de la altura. Por la parte del
ábside el gran templo está en ruinas y deja
ver el campo, las montañas y las estrellas; en el
altar mayor hay una cuna humilde en un pesebre; del lado
del Evangelio hay una cama de hospital, limpia y pobre; en
la cuna gime y tirita de frío un niño de piel
de rosas; en la cama humilde tirita un anciano caduco, pálido
como la cera, de piel transparente, en los huesos. Las estrellas
parece que envían sobre la cuna y la cama efluvios
de hielo. ¡Cuánto frío! ¡Qué desnudez!
Una mula y un buey están al lado de la cuna; el buey
arroja nubes del vapor de su aliento sobre el niño
en la cuna. El anciano, que se muere de frío, de tarde
en tarde levanta la cabeza temblorosa y mira hacia la cuna,
y sonríe agradecido al buey que calienta con su aliento
al niño. El frío hace delirar al anciano, que
piensa, con esos consuelos de la pesadilla que huye del dolor:
«Mientras él no se hiele, yo no me hielo». Aurelio
ve que de repente entran en la nave del templo tres personajes
vestidos de púrpura y oro, con sendas coronas en la
frente; son, como el buey y la mula, figuras de nacimiento
de tamaño natural. Bien los conoce: son Baltasar,
zapatero y clarinete en la murga del municipio; Melchor,
sacristán y figle de la banda; Gaspar, panadero y
cornetín. Los Reyes Magos rodean el lecho del anciano.
«¡Se muere de frío!» dijo Melchor.
-200-
-«¡Se hiela en
esta noche eterna del mundo sin fe, sin esperanza, sin caridad».
Esto lo dijo Gaspar. Y Baltasar, suspirando: «Cubrámosle
con nuestro manto». Y Baltasar entonces echó sobre
el Pontífice León XIII, que este era el anciano
del lecho humilde, echó su manto pesado de púrpura,
y Gaspar el suyo, y Melchor el suyo. El buey, que los veía,
dejó un momento al Niño, y vino también
a calentar con su aliento al Papa, que se moría de
frío. Aurelio Marco, de rodillas, sentía la
inefable emoción del dolor religioso, de la sumisión
piadosa a las despiadadas lecciones del misterio impenetrable
y santo. «¡El Niño, en la cuna, muriendo de frío
al nacer!; ¡el anciano, el Pontífice, sucesor de Pedro,
vicario del Niño en la tierra, muriendo de frío
en la extrema vejez! El buey, Aurelio lo conocía,
era el buey mudo disfrazado, Santo Tomás, que con
el aliento de su doctrina quería calentar al Papa
aterido. Los mantos de los Reyes eran: la tradición
respetada; las grandezas del mundo que se adherían
a la Iglesia para salvar el capital de la civilización
cristiana; el poder de la herencia de la fe, de la belleza
mística... Todo era en vano; el viejo daba diente
con diente.
-201-
Los Reyes Magos ya no sabían qué
hacer; cómo dar un poco de calor al cuerpo débil
que los temblores sacudían. Miraban al cielo. Por
la parte del ábside derruido se veía la bóveda
estrellada. Allí estaba quieta, como un ascua de oro,
su guía fiel, la estrella de Oriente... pero fría,
como todas las demás, indiferente. -¡Si saliera el
sol! ¡si saliera el sol! decían los Reyes Magos.
Y arropaban bien, ciñéndole los mantos al triste
cuerpo consumido, el Papa, que se moría de frío.
Y el Papa, de tarde en tarde, sonriendo entre los temblores,
levantaba la cabeza y miraba hacia la cuna del pesebre, en
el altar mayor. En el delirio, cuajado en su cerebro, pensaba:
«Mientras Él no se hiele, yo no me hielo». Y Melchor,
Gaspar y Baltasar, como un coro, repetían: «¡Si saliera
el sol! ¡Si saliera el sol!».
-202-
-203-
 León Benavides
|
«Un león por armas tengo, | | | | y Benavides
se llama». | | |
|
| (TIRSO DE MOLINA -La prudencia
en la mujer.) |
|
Apuesto cualquier cosa a que la mayor parte
de los lectores no saben la historia ni el nombre del león
del Congreso, el primero que se encuentra conforme se baja
por la Carrera de San Jerónimo. Pues, llamar, se llama...
León, naturalmente. Pero ¿y el apellido? ¿Cómo
se apellida? Se apellida Benavides. Pero más vale
dejarle a él la palabra, y oír su historia
tal como él mismo tuvo la amabilidad de contármela,
una noche de luna en que yo le contemplaba, encontrándole
un no sé qué particular que no tenía
su compañero de la izquierda. «¿Qué tiene
este león de interesante, de solemne, de noble y melancólico
que no tiene el otro; el cual, sin embargo, a la observación
superficial,
-204-
puede parecerle lo mismo absolutamente que
este?». Hacia la mitad de la frente estaba el misterio;
en las arrugas del entrecejo. No se sabía cómo,
pero allí había una idea que le faltaba al
otro; y sólo por aquella diferencia el uno era simbólico,
grande, artístico, casi casi religioso, y el otro
vulgar, de pacotilla; el uno la patria, el otro la patriotería.
El uno estaba ungido por la idea sagrada, el otro no. Pero
¿en qué consistía la diferencia escultórica?
¿Qué pliegue había en la frente del uno que
faltaba a la del otro? Y contemplaba yo el león de
más arriba, empeñado, con honda simpatía,
en arrancarle su secreto. ¡Cuántas veces en el mundo,
pensaba, se ven cosas así: dos seres que parecen iguales,
vaciados en el mismo molde, y que se distinguen tanto, que
son dos mundos bien distantes! El nombre, la forma, cubren
a veces bajo apariencias de semejanza y aun de identidad,
las cualidades más diferentes, a veces los elementos
más contrarios. Y en estas filosofías me sorprendió
una voz metálica, que vibraba a los rayos de la luna
como a los del sol vibraba aquella famosa estatua egipcia.
Temblorosa, dulce, apagada, saliendo de las fauces de hierro,
decía la voz: «Es una cicatriz, la diferencia que
buscas entre mi compañero y yo no está más
que en eso; en que yo tengo en la frente una cicatriz. La
cicatriz
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te revela un alma, y por eso te intereso. Gracias.
Ya que te has fijado en que yo tengo un espíritu y
el otro no, oye mi historia y la historia de esta cicatriz.
* * * Nací en las montañas
de León, hace muchos siglos, en los más altos
vericuetos que dividen, con agujas de nieve eterna, la tierra
leonesa y la tierra asturiana. Yo era de piedra, de piedra
blanca, dura, tersa. Desde mi picacho veía a lo lejos,
hacia el Nordeste, otras montañas, blanquecinas también,
y a fuerza de contemplarlas hundidas como yo, hundidas hacia
arriba, en los esplendores del cielo azul, llegué
a enamorarme de ellas, como el objeto más digno de
mis altos pensares. El sol nos iluminaba; de ellas a mí,
de mí a ellas, iban y venían resplandores.
Se llamaban Covadonga. Un día, el hierro de un noble
montañés me hizo saltar de mi asiento, me arrancó
de las entrañas de mi madre, la cima, y abajo en la
cañada el tosco instrumento de un vasallo me labró
de suerte que del fondo de mi naturaleza berroqueña
poco a poco se fue destacando en relieve una figura, y desde
entonces tuve un alma, fui una idea, un león. Fui
un león rapante en un cuartel de un escudo. De aquellos
días acá pasé por cien avatares, por
metempsícosis sin cuento; pero sin perder la unidad
de mi idea, mi idea de león. Mi idea nació,
en rigor, de un equívoco; mi
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nombre no debiera ser
león, sino legión; porque vengo de Legio y
no de Leo. La ciudad de León, a que debo el ser quien
soy, se llama así, como saben todos, por haber sido
asiento de cierta legión romana. Pero hay algo superior
a la lógica gramatical, y la transformación
de Legio en León quedó justificada por la historia.
Los leoneses fueron leones en la guerra de la Reconquista.
Desde mi escudo montañés, donde el cierzo puro
de la cañada del puerto me fue ennegreciendo con la
pátina del tiempo noble, bajé con los Benavides,
cuyo orgullo era, cuyas hazañas inspiraba, a los llanos
de Castilla y corrí por Extremadura y Portugal, y
hasta puse la garra en tierra de Andalucía. En matrimonios
por amor y en matrimonios por razón de Estado, vime
enlazado muchas veces, en los cuarteles de los escudos, con
águilas y castillos, y cabezas cortadas, y barras
y pendones. Unas veces fui de piedra, otras de hierro, de
plata y oro a veces también; y ora corrí los
campos de batalla, flotando al aire en el bordado relieve
de una enseña, ya saltando sobre el pecho de un noble
caballero, o de una hermosa castellana en la caza, imagen
de la guerra. Mas un día quise probar fortuna en
la vida real, dejar de ser símbolo y tener sangre...
y convertirme en león verdadero, con garras y dientes,
por tener el honor de que me venciera Mío Cid, Rodrigo
de Vivar, el que ganó a Valencia.
-207-
Pasaron siglos
y siglos, y de una en otra transformación llegué
a verme hecho hombre, mas sin dejar mi naturaleza leonina.
Y en mi encarnación humana quise nacer donde había
nacido como piedra, y fui leonés de la montaña,
y al bautizarme llamáronme León, y mis padres
eran de apellido Benavides. Pero Benavides pobres; nobles
olvidados que trabajaban el terruño como sus antiguos
siervos. En mi aldea, como Pizarro en la suya, fui el terror
de mis convecinos, pues desde muy tierna edad comencé
a obrar como quien era, a hacer de las mías, leonadas,
cosas de fiera. Valga la verdad... desde chico vertí
sangre; pero fue defendiendo mi dignidad o la justicia del
débil, y luchando siempre, como el Cid mi vencedor,
con quince y más enemigos. Me llamaban Malospelos,
porque los tenía tales, que crecían como selva
enmarañada, crespos y abundantes, de tal forma, que
en la fortísima cabeza no se me tenían gorra
ni sombrero, que me sofocaban como si fueran yugo. En las
romerías hacía yo mis grandes estragos, mis
hazañas mayores... Yo no quería mal a nadie,
ni siquiera a los montañeses del otro lado de los
puertos, con quien los de mi pueblo andaban en guerra en
tales romerías... No aborrecía a nadie... pero
el amor, el vino, todo se me convertía a mí
en batalla. Los ojos de las zagalas morenas y pensativas
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de mi montaña leonesa me pedían hazañas,
sangre de vencidos... La voluptuosidad para mí tenía
como un acompañamiento musical en el esfuerzo heroico,
en la temeridad cruenta. Y después, como el diablo
lo añasca, siempre se me ponían entre las manos
huesos frágiles, músculos fofos... No sabía
resistirme... Sabían irritarme y no sabían
vencerme. Nadie me tenía por malo, aunque todos me
temían; y entre bendiciones y llantos de zagalas,
viejos y niños... acabé por salir del pueblo,
camino de presidio. Tenía veinte años. Por
hazañas inauditas, por esfuerzos heroicos; salvando
a un pueblo entero a costa de sangre mía -poca y casi
negra- vime libre de cadenas y convertido en soldado. En
la guerra bien me iba; ¡pero la paz era horrible! Había
una cosa que se llamaba disciplina, que en la guerra era
un acicate que animaba, que confortaba; y en la paz como
el hierro ardiente del domador, que horroriza y humilla,
y hasta acobarda, y agria y empequeñece el mismo carácter
de los leones, que ya se sabe que por sí son nobles.
¡Lo que me hizo padecer un cabo chiquito, que olía
a mala mujer, y se atusaba mucho; muy orgulloso porque sabía
de letra! ¡Lo que me hizo pasar por causa de los pícaros
botones, que todos los días me estallaban sobre el
pecho! A mí el pecho se me ensanchaba como por milagro;
respiraba
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fuerte, como una fragua y... ¡zas! allá
iba un botón; y el cabo allí enfrente, debajo
de mi barba, insultándome, sacudiéndome: «¡Torpe!
¡haragán! ¡mal recluta!». ¿Y la gorra de cuartel?
No me cabía en la cabeza. Cada vez que entraba en
fuego, la gorra, el ros, o lo que fuese, me saltaba del cráneo,
porque de repente la melena me crecía, se enmarañaba...
¡qué sé yo! No podía llevar nada sobre
las sienes. ¡Y qué disgustos! ¡qué humillaciones
por esto! En la acción yo era el más bravo;
pero en el cuartel siempre estaba bajo el rigor de un castigo;
pasaba arrestado la vida... Por fin, en una campaña
terrible, en que morían los nuestros como si fueran
moscas, y morían sin compasión, descuartizados...
yo me volví lo que era, una fiera loca. Y no sé
lo que hice, pero debió de ser tremendo. En el campo
de batalla, a mis solas, rodeado de enemigos, me convertí
en lo que fui en tiempo del Cid... pero aquí el Cid
era yo; vencí, deshice, magullé, me bañé
en sangre... hasta hinqué los dientes... era león
para algo. Después se habló de mi heroísmo,
de la victoria que se me debía... pero me vendió
la sangre que me brotaba de la boca. ¿Era una herida? No.
La sangre no era mía. Parece ser que entre los colmillos
me encontraron carne. La cosa estaba clara: caso de canibalismo...
¡qué se diría! No había precedente...
pero por analogía... El honor, la disciplina... la
causa de la civilización... también estaban
-210-
sangrando. Se formó el cuadro, dispararon mis compañeros,
los mismos a quien yo había salvado la vida. Y caí
redondo. No me tocó más que una bala, pero
bastó aquella, me dio en mitad de la frente. Me enterraron
como un recluta rebelde, y resucité león de
metal, para no volver más a la vida de la carne. Aquella
bala me mató para siempre. Ya jamás dejaré
esta figura de esfinge irritada, a quien el misterio del
destino no da la calma, sino la cólera cristalizada
en el silencio. Esta cicatriz tiene tanto de cicatriz como
de idea fija. Calló el león, y con desdén
supremo, volvió un poco la cabeza para mirar a su
compañero de más abajo, el león sin
cicatriz, vulgarmente arrogante, insustancial, cómico,
plebeyo. «Yo», concluyó Benavides, «soy el león
de la guerra, el de la historia, el de la cicatriz. Soy noble,
pero soy una fiera. Ese otro es el león... parlamentario;
el de los simulacros».
-211-
 El Quin
Lo siento por los que en materias de gusto no tienen más
criterio que la moda, y no han de encontrar de su agrado
esta verídica historia, porque en ella se trata de
estudiar el estado de alma de un perro; y ya se sabe que
el arte psicológico, que estuvo muy en boga hace muchos
años, volvió a estarlo hace unos diez, ahora
les parece pueril, arbitrario y soso a los modistos de las
letras parisienses, que son los tiranos de la última
novedad. Los griegos, los clásicos, no tenían
palabra para el concepto que hoy expresamos con esta de la
moda; allí la belleza, por lo visto, según
Egger, no dependía de estos vaivenes del capricho
y del tedio. ¡Ah! los griegos hubieran podido comprender
a mi héroe, cuya historia viene al mundo un poco retrasada,
cuando ya los muchachos de París y hasta los de Guatemala,
que escriben revistas efímeras, se burlan de Stendhal
y del mismísimo Paul Bourget.
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De todas suertes,
el Quin era un perro de lanas, blanco. Él no sabía
por qué le llamaban el Quin, pero estaba persuadido
de que este era su nombre y a él atendía, satisfecho
con este conocimiento relativo, como lo están los
filósofos positivistas con los suyos, que llama Clay
conocimientos sin garantía, y que no alcanzan más
firme asiento. Si hubiera sabido firmar, y poco le faltaba,
porque perro más listo y hasta nervioso no lo ha habido,
hubiera firmado así: El Quin; sin sospechar que firmaba,
aunque con muy mala ortografía: Yo el rey. Sí,
porque sin duda su verdadero nombre era King, rey; sólo
que las personas de pocas letras con quien se trataba pronunciaban
mal el vocablo inglés, y resultaba en español
Quin, y así hay que escribirlo. Mayor ironía,
por antífrasis, no cabe; porque animal que menos reinase,
no lo ha habido en el mundo. Todos mandaban en él,
perros y hombres, y hasta los gatos; porque le parecía
una preocupación de raza, indigna de un pensador,
dejarse llevar del instinto de antipatía inveterado
que hace enemigos de gatos y perros sin motivo racional ninguno.
El Quin había nacido en muy buenos pañales;
era hijo de una perrita de lanas muy fina, propiedad de una
señorita muy sensible y muy rica, que se pasaba el
día comiendo bombones y leyendo novelas inglesas de
Braddon, Holifant y otras escritoras
-213-
británicas.
Nació el Quin, con otros cuatro o cinco hermanos,
en una cesta muy mona, que bien puede llamarse dorada cuna;
a los pocos días, la muerte, más o menos violenta,
de sus compañeros de cesta le dejó solo a sus
anchas con su madre. La señorita de las novelas le
cuidaba como a u príncipe heredero; pero según
crecía el Quin, y crecía muy deprisa, iba marchitando
las ilusiones de su ama, que había soñado tener
en él un perrito enano, una miniatura de lana como
seda. La lana empezó a ser menos fina y rizosa; la
piel era como raso, purísima, sonrosada... pero el
Quin ¡daba cada estirón! Un perito declaró
a la señorita fantástica que se trataba de
un bastardo; aquella perrita ¡preciso es confesarlo! Había
tenido algún desliz; había allí contubernio;
por parte de padre el Quin era de sangre plebeya sin duda...
De aquí se originó cierto despego de la sensible
española-inglesa respecto del perro de sus ensueños;
sin embargo, se le atendía, se le trataba como a un
infante, si no ya como a príncipe heredero. Al principio,
por miedo que lo arrojara a la calle, a la vida de vagabundo,
que le horrorizaba, porque es casi imposible para un perro,
sin el pillaje y el escándalo; al principio, digo,
Quin procuró mantenerse en la gracia de su dueño
haciendo olvidar el vicio grosero de su crecimiento aborrecido,
a fuerza de ingenio... y, valga la verdad, payasadas.
-214-
Un
escritor muy joven y de mucho talento, Mr. Pujo, en un libro
reciente hace una observación muy atinada, que no
me coge de nuevas, respecto de lo mucho que se engañan
las personas mayores, de juicio, respecto del alcance intelectual
de los niños. El niño, en general, es mucho
más precoz de lo que se piensa. Yo de mí sé
decir que, cuando contaba muy pocos años, me reía
a solas de los señores que me negaban un buen sentido
y un juicio que yo poseía hace mucho tiempo, para
mis adentros. Pues esto que les suele pasar a los niños,
le pasaba al Quin, que había llegado a entender perfectamente
el lenguaje humano a su manera, aunque no distinguía
las palabras de los gestos y actitudes porque en todo ello
veía la expresión directa de ideas y sentimientos.
El Quin no acababa de comprender por qué extrañaban
los hombres que él fuera tan inteligente; y los encontraba
ridículos cuando los veía tomar por habilidad
suma el tenerse en dos pies, el cargar con un bastón
al hombro, hacer el ejercicio, saltar por un aro, contar
los años de las personas con la pata, etc., etc. todas
estas nimiedades que le conservaban en el favor relativo
de su ama, le parecían a él indignas de sus
altos pensares, cosa de comedia que le repugnaba. Si se le
quería por payaso, no por haber nacido allí,
en aquel palacio, poco agradecimiento debía a tal
cariño. Además, delante de otros perros menos
mimados, que no hacían títeres,
-215-
le daba vergüenza
aquel modo de ganar la vita bona. Él deseaba ser querido,
halagado por el hombre, porque su naturaleza le pedía
este cariño, esta alianza misteriosa, en que no median
pactos explícitos, y en que, sin embargo, suele haber
tanta fidelidad... a lo menos por parte del perro. «Quiero
amo, decía, pero que me quiera por perro, no por prodigio.
Que me deje crecer cuanto sea natural que crezca, y que no
me enseñe como un portento, poniéndome en ridículo».
Y huyó, no sin esfuerzo, del palacio en que había
visto la luz primera. * * * Pasaba junto
a la puerta de un cuartel, y el soldado que estaba de centinela
lo llamó, le arrojó un poco de queso y el Quin,
que no había comido hacía doce horas, porque
todavía no sabía buscárselas, mordió
el queso y atendió a las caricias del soldado. ¿Por
qué ir más lejos? Él, amo sí
lo quería; la vida de perdis le horrorizaba: si le
admitían, se quedaría allí. Y se quedó.
Ocultó al regimiento, que a poco prohijó al
animal, las habilidades que tenía; pero dejó
ver su nobleza, su lealtad; y todo el cuartel estaba loco
de contento con el Quin, cuyo nombre se supo porque lo llevaba
grabado en el collar de cuero fino con que se había
escapado. Desde el coronel al último recluta, todos
se juzgaban dueños y amigos pro indiviso del noble
animal.
-216-
El Quin ocultaba sus gracias, su gran ingenio, pero
se esmeraba en las artes de la buena conducta, era leal,
discreto en el trato, varonil, hasta donde puede serlo un
perro, en su fidelidad al regimiento no había nada
de amanerado, de comedia. Era el encanto y el orgullo del
cuartel y a él no le iba mal del todo con aquella
vida. Desde luego la prefería a la del palacio. A
lo menos aquí no era un bufón, y podía
crecer y engordar cuanto quisiera. Huía de que le
cortaran la lana al ras del pellejo, porque no quería
lucir la seda de color de rosa de su piel; no quería
mostrar aquellas pruebas de su origen aristocrático.
La lana larga le parecía mejor para su modestia, para
su incógnito; la llevaba como una mujer honesta y
hermosa lleva un hábito. Procuraba estar limpio, pero
nada más. Trabó algunas amistades por aquellos
barrios y le presentaron sus compañeros en el oficio
de azotacalles a una eminencia que llamaba muchísimo
la atención en Madrid por aquella época. Le
presentaron al perro Paco. El Quin le saludó con mucha
frialdad. Le caló en seguida. Era un poseur, un cómico,
un bufón público. En el fondo era una medianía;
su talento, su instinto, que tanto admiraban los madrileños,
eran vulgares; el perro Paco tenía la poca dignidad
de hacer valer aquellas habilidades que otros canes ocultaban
por pudor, por dignidad, por no merecer la aclamación
humillante
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de los hombres, que se asombraban de que un perro
tuviera sentido común. Entre los perros, Paco llegó
pronto a desacreditarse; los más grandes de su especie,
o lo que fuese, le despreciaban en medio de sus triunfos
populares; prostituía el honor de la raza; todo su
arte era una superchería; todo lo hacía por
la gloria; llegó al histrionismo y al libertinaje
asqueroso. Las vigilias de los colmados, sus hazañas
de la plaza de toros las vituperaban los perros dignos, serios,
valientes y las miraban como Agamemnon y Ayax, de Shakespeare,
los chistes y agudezas satíricas de Tersites. El
Quin era de los que le desdeñaba más y mejor,
sin decírselo. El perro Paco cada vez que le encontraba
se ponía colorado, como se ponen colorados los perros
negros, es decir, por los ojos, y en su presencia afectaba
naturalidad y fingía estar cansado de aquella vida
de parada, de exhibición y plataforma. Por no ver
aquellas cosas, el Quin deseaba salir de la corte. «Perro
chistoso, pensaba el Quin, recordando a Pascal, mal carácter».
Empezó, además, a encontrar poco digna de su
pensamiento más hondo, la vida del cuartel. Algunos
soldados eran groseros, abusaban de su docilidad... y aquella
fama de perro leal que tenía y tanto había
cundido, acabó por molestarle. Deseaba oscurecerse,
irse a provincias; peor ¿con quién? * * *
-218-
Un comandante del regimiento que había
declarado al Quin, si no hijo, perro adoptivo, tenía
pendiente de resolución en las oficinas de Clases
pasivas la jubilación de un pariente cercano, y con
el tal comandante solía nuestro héroe entrar
en aquellas oficinas; pero es claro que no pasaba de la portería,
donde le toleraban; y allí esperaba a que saliera
su comandante para irse de paseo con él. Pues en aquella
portería, donde el Quin llevaba grandes plantones,
encontró la persona con quien pudo realizar su gran
deseo de marcharse a provincias. Observaba el Quin que,
después de mayor o menor lucha con los porteros, todos
los que pretendían entrar a vérselas con los
empleados, lo conseguían. Notó el perro que
los más audaces, los más groseros en sus modales
eran los que entraban más fácilmente, aunque
no fueran personajes. Los tímidos sudaban humillación
y vergüenza antes de vencer la resistencia de los cancerberos
con galones. Y un jove |