publicidad

 

Página principal
    Los que pasaron por Hollywood
     © Florentino Hernández Girbal, Juan B. Heinink, Robert G. Dickson
Página principal Enviar comentarios Ficha de la obra Marcar esta página Índice de la obra Anterior Abajo Siguiente

ArribaAbajo

     Edgar Neville



     Edgar Neville, periodista, escritor, diplomático y fotógrafo de afición -a su pequeña cámara de amateur se deben las más interesantes fotografías de Charlot en la intimidad-, vive hoy por y para el cine. En los cajones de su mesa quedaron olvidados los artículos, las comedias y las novelas, y su lugar lo ocupan desde ahora los guiones cinematográficos -planos meditados de estos ingenieros del cinema que son los directores-, cuyas acotaciones serán pronto sombras parlantes sobre la tela blanca de la pantalla.

     Edgar Neville no es un improvisador. Viene al cine por vocación, por entusiasmo, después de un largo aprendizaje en Hollywood, al lado de Charlie Chaplin y Harry d'Abbadie d'Arrast, director este último del mejor de los films españoles: La traviesa molinera, en el que Edgar intervino haciendo la adaptación cinematográfica y colaborando en su realización. De su fino temperamento de humorista, de su personalísima visión artística, puede y debe esperar mucho el cine español. Yo creo que logrará realizar sus proyectos, dando a nuestras películas ese desenfado, esa gracia zumbona, esa ironía sutil que tanto prodigó en las cuartillas y de la que ya se advirtieron certeros atisbos en sus últimos ensayos cinematográficos.

     Al citarle por teléfono para esta entrevista, me advierte:

     -Tendremos que vernos hoy mismo, porque mañana marcho a Barcelona, donde he de empezar inmediatamente El malvado Carabel, la nueva producción de Inca Film.

     -Esta tarde entonces. ¿Le parece?

     -De acuerdo.

     Horas después nos encontramos en su casa.

     -¿Quiere usted que le cuente cosas de Hollywood? -me pregunta, sentándose a mi lado.

     -La mayor cantidad de cosas de Hollywood -le contesto.

     -Además, se las voy a ilustrar a usted con fotografías inéditas -dice.

     Y colocando sobre la mesa tres grandes albums, continúa:

     -Aquí está lo más destacado de mi vida en Hollywood, de mis trabajos y de mi relación con grandes estrellas. Como usted verá, la mayoría de las fotos no son de Estudio, sino hechas por mí fuera del trabajo, sorprendiendo a las famosas figuras del cine en plena intimidad.

     Mientras yo contemplo la curiosa colección, Neville me va explicando:

     -Todas éstas, en las que aparecen, como ve, Charlie Chaplin, Douglas Fairbanks, Mary Pickford, Dolores del Río, Dorothy Mackaill, Stan Laurel, Oliver Hardy, Constance Bennett y Marion Davies, corresponden al primer período de mi estancia en Hollywood.

     -¿Cómo llegó usted allí?

     -Como turista. Yo estaba agregado a la Embajada española en Washington, y fui a pasar mis vacaciones a la Meca del cine. Hice amistades íntimas con todas las estrellas indicadas; pero especialmente con Charlot, Douglas y Mary. Y ya ganado totalmente por aquel ambiente de simpatía, y deseando adquirir conocimientos cinematográficos, pedí la excedencia en mi carrera y me instalé en Hollywood una larga temporada.

     -¿Intervino usted en algún film?

     -No. Sólo quería observar, familiarizarme con el trabajo. Al objeto de estudiarlo lo más cerca posible, solicité del que ya era mi gran amigo Douglas Fairbanks un pase para entrar libremente en el Estudio donde él filmaba por aquella época La máscara de hierro. Presencié todo el rodaje de este film, y por entonces hice por pura broma, utilizando una cámara de aficionado, un film casero, en el que tomaron parte Douglas, Charlot y algunos amigos míos. ¡Mire aquí, en estas fotografías, algunas escenas! Charlot, vestido de joven heleno, bailando una danza clásica.

     -Muy gracioso.

     -Al poco tiempo, el gran Charlie comenzó su gran obra Luces de la ciudad, y ya no salí del Estudio donde el famoso cómico trabajaba. Mire -dice mostrándome un sin fin de fotografías-, estos clichés son inéditos. Por mi amistad con Charlot, fui el único a quien permitió entrar con una cámara fotográfica en el set. Tuve la suerte de sorprenderle en muchos momentos: aquí está indicando la disposición de las cámaras; aquí explica a Virginia Cherrill la escena del auto; aquí ha colocado a uno de sus ayudantes con el hongo clásico en su lugar, mientras él observa el efecto junto al operador.

     Ante aquellas fotografías de enorme valor para todo aficionado, insinúo a Edgar:

     -¿Quiere usted que más tarde, cuando regrese a Madrid, dediquemos unas páginas de CINEGRAMAS a la intimidad de Charlot, ilustrándolas con todas estas instantáneas?

     -No tengo inconveniente. Ya le contaré cosas desconocidas e interesantes de este gran artista.

Edgar Neville en MGM (1930).

     -Bien. Sigamos con usted.

     -Sigamos. Motivos particulares me obligaron a regresar a España, y aquí fue donde, al comenzar la producción española en Estados Unidos, me contrató la Metro-Goldwyn. Ya en Hollywood de nuevo, comencé a trabajar activamente en el cinema. A mi llegada, me encontré con que Charlie Chaplin no había terminado aún Luces de la ciudad.

     -¿Qué fue lo primero que hizo en Metro?

     -Lo primero, luchar con los elementos sudamericanos que intervenían en las versiones españolas. ¡No puede usted imaginarse la clase de guerra que nos hacían en su deseo de seguir teniendo allí la hegemonía de todo lo español! Campañas en periódicos, maniobras cerca de los dirigentes del Estudio, oposición personal; en fin, todo lo que pudiera redundar en contra nuestra y beneficio suyo. Mi primer trabajo en el Estudio fueron unas sincronizaciones. Luego intervine en La mujer X y otros films. Por entonces logré llevar a Hollywood a Eduardo Ugarte y a José López Rubio; pero no por esto se acabó nuestra lucha con los sudamericanos, que deseaban imponer en los films un español absurdo. A tal extremo llegó su intromisión, que en el set producíamos discusiones tremendas: nosotros, velando por la pureza del idioma, y ellos, defendiendo sus modismos. Ante aquellas escenas desagradables, pues los yanquis no sabían de parte de quién estaba la razón, hablé con Irving Thalberg, el marido de Norma Shearer, que es uno de los directivos del Estudio, y le pedí un elemento de prestigio, un escritor famoso que dirimiera aquella contienda, ejerciendo de árbitro. Accedió, y así fue cómo llegó a la Metro-Goldwyn, Gregorio Martínez Sierra.

     -¿Su trabajo más importante en Hollywood?

     -La dirección escénica de El presidio, cuyo diálogo también escribí. Esta producción, una de las versiones españolas que han rendido mayores beneficios, fue realizada merced a mi insistencia. Los yanquis pensaban, porque así se lo habían hecho creer, que el público español deseaba lo que se ha dado en llamar comedia de alta sociedad, y al preguntarme cierto día cuál era el film que con más posibilidades de éxito podía rodarse en español, yo contesté sin vacilar: El presidio. Se admiraron un poco; pero al fin se hizo, y todos conocen el resultado.

     -Sin duda es una de las mejores películas en nuestro idioma que salieron de Hollywood.

     -Buen trabajo nos costó. Yo, personalmente, como director, hube de luchar con muchos inconvenientes. La versión inglesa, interpretada por Wallace Beery, me admiró. Desde el momento que me encargaron trasladarla al español, el film inglés me sirvió de guía en todos los momentos. Yo quise reflejarle con exactitud, porque realmente mi labor no pasaba de ser una traducción, y así hice copiar a los actores, especialmente a Juan de Landa, todos los gestos y movimientos de Wallace Beery. Para ello instalé en el set una mesa sincrónica, donde antes de rodar cada escena el actor veía y estudiaba la realizada por Beery. Ya apreció usted el resultado: un éxito para Landa y para todos.

     -¿Y después?

     -La producción española inició su caída. Empecé la adaptación al español de un film de Joan Crawford, Pagada; pero antes de que comenzara el rodaje llegó la orden de suspensión y la noticia de que la Metro nos compraba los contratos. Hubo quien no quiso venderlos, prefiriendo cobrar semana tras semana hasta su término; pero yo lo cancelé inmediatamente. Al día siguiente me encontré con el director Harry d'Abbadie d'Arrast, con quien había intimado en el Estudio de Charlot, y me propuso un contrato. La Paramount le había encargado dirigir una película con Maurice Chevalier, basada en una obra de Marcel Achard, y quería que fuera con él como ayudante. Acepté, y en Nueva York comenzamos a trabajar en el guión. Al cabo de diez semanas quedó listo; pero la Paramount no se decidió a realizarlo, por su excesivo coste: un millón de dólares.

     -Serio tropiezo, ¿no?

     -Calcule. De allí marché a Hollywood, y al convencerme de que la producción española se encontraba paralizada, regresé a España. De nuevo trabajé en periódicos y revistas, hasta que la llegada de D'Arrast a Madrid hizo realidad un proyecto que juntos habíamos acariciado en Hollywood, allá por el 1927: la filmación del romance popular que con el título de La traviesa molinera realizamos en la CEA.

     -Verdadera superproducción española.

     -Yo quedé satisfecho de ella.

     -Y terminado ya su historial cinematográfico en Hollywood, ¿qué impresión tiene usted de esta ciudad?

     -Hollywood es un lugar encantador. Sin duda alguna, de lo más simpático y acogedor que hay en el mundo. No merece sino elogios. Todo lo que en su contra digan otros no es más que desprecio.

     -¿Quienes eran allí los actores de su mayor intimidad?

     -Ya le he dicho: en primer lugar, Charlie Chaplin, a quien quiero tanto como admiro; Douglas Fairbanks y Mary Pickford, cuya casa frecuentaba diariamente; John Gilbert, el famoso galán que, perdida su fortuna y apagada su estrella, ahoga en whisky la amargura del presente tan cruel para él; Dolores del Río, una de las mujeres más inteligentes y elegantes de Hollywood. Y Marion Davies, toda simpatía y cordialidad. En su palacio de Santa Mónica nos reuníamos muchas noches. Comíamos espléndidamente, veíamos en la salita de proyección trozos inéditos de los films en rodaje, y luego terminábamos bañándonos en la piscina, entre juegos y bromas.

     -¿Quiere contarme alguna anécdota de los Estudios?

Edgar Neville y Charlie Chaplin.

     -Recuerdo una bastante graciosa. Los Angeles es una población donde hay seguramente más de doscientos mil mejicanos, casi todos emigrados de las revoluciones de aquel país. Durante la filmación de El presidio, nosotros utilizamos algunos cientos de «extras» elegidos entre ellos. Los primeros días trabajaron con una desgana y una indolencia tremendas; pero llegó la escena del motín, y al oír las detonaciones de los fusiles y el repiqueteo de las ametralladoras se volvieron otros. Con los ojos chispeantes, nerviosos, febriles, corrieron de un lado a otro gritando: «¡Comensó la balasera! ¡Comensó la balasera!». Aquellos días actuaron con un realismo admirable.

     -Añoranza de las revoluciones.

     -Sin duda alguna.

     -Y ahora, ya en España definitivamente, ¿qué proyectos cinematográficos le animan?

     -Acabo de terminar un film humorístico de corto metraje titulado Do, re, mi, fa, sol, la, si, con Juan García, y en seguida empezaré, como ya le dije, en los Estudios Orphea, de Barcelona, El malvado Carabel, adaptado de la novela de Fernández Flórez, cuyo protagonista será Antoñico Vico.

     -Les auguro un éxito.

     -Yo confío en que así sea. Por mi esfuerzo no ha de quedar.

     -Pues buen viaje, Neville.

     -Hasta la vuelta.

     Cinegramas nº 40
     16 de junio de 1935
 
     F. H.-G.
 
     NOTAS DEL EDITOR

     Datos complementarios. «Luces de la ciudad», título de estreno en España del film «City Lights» (Charles Chaplin, 1931). / «La máscara de hierro», título de estreno en España del film «The Iron Mask» (Allan Dwan, 1929). / «La mujer X» (Carlos F. Borcosque, 1931), versión española escrita por Eduardo Ugarte y José López Rubio, basada en el film «Madame X» (Lionel Barrymore, 1929). / «Pagada», título de estreno en España del film «Paid» (Sam Wood, 1930). / «El presidio» (Ward Wing, 1930), versión española escrita por Edgar Neville, basada en el film «The Big House» (George Hill, 1930).

     Observaciones. No existe constancia de la participación de Edgar Neville en las versiones oficiales de «La mujer X» y de «La fruta amarga», pero sí figura en los títulos de crédito del film «En cada puerto un amor».

     Precisiones. La versión española de «Paid», suspendida poco antes de comenzar el rodaje, hacia mediados del mes de marzo de 1931, iba a titularse «Dentro de la ley», contaba con Benito Perojo como director, y formaban parte del reparto previsto: María Tubau, Valentín Parera, María Alba, Rafael Rivelles, Julio Villarreal, José Soriano Viosca, Manuel Arbó y Romualdo Tirado. También se preparaba una versión francesa: «L'égalité».

     © 1935, 1992, 2000 by Florentino Hernández Girbal (entrevista)

     © 1992, 2000 by Juan B. Heinink (notas del editor)



Arriba

    Los que pasaron por Hollywood
     © Florentino Hernández Girbal, Juan B. Heinink, Robert G. Dickson
Página principal Enviar comentarios Ficha de la obra Marcar esta página Índice de la obra Anterior Arriba Siguiente
Marco legal