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—[249]→ El gran cehel De cabeza al mar.- Las eternas moriscas.-
Alfornon.- Recuerdos de África.- Dos
tradiciones.-
Albuñol a lo lejos.- Llegada a
Albuñol A las cuatro de la tarde montamos a caballo y emprendimos la bajada a la costa. ¡Veleidad humana! -Veinticuatro horas antes, no deseábamos más que escalar montañas, medir derrumbaderos, atravesar soledades agrestes, perdernos en inexploradas regiones, y hacer, en fin, todo lo posible por incomunicarnos con la llamada sociedad... Ya, nuestro anhelo y nuestra impaciencia eran por bajar a terreno llano y expedito, a comarcas fértiles y cultivadas, a la orilla del mar (camino de todas partes)... y por ponernos en íntima comunicación con el mundo de los hombres, de las mujeres y de los niños. Albuñol, el rico pueblo costeño, en que habíamos —250→ de hacer noche, empezaba a sonreirnos como expectativa... Palmeras, flores, frutos, templadas brisas, cómodas viviendas, trato social, Alcaldes, camas, periódicos, comida caliente... y, a lo lejos, velas en el Mediterráneo, hablándonos de la universalidad de la vida humana y del movimiento del siglo...: -tales habían llegado a ser nuestros dorados sueños, -que, por cierto, se convirtieron pronto en realidades. ¡Muy pronto, sí!... La bajada era allí tan pendiente como áspera había sido la subida por el otro lado.- Aquello era ir ya de cabeza a la playa.- Así es que, a los pocos minutos, en la cuesta llamada de Alfornon, empezamos a ver otra vez hojas en los árboles, otra vez olivares y vinas, y otra vez blancos cerezos y colorados guindos... (Esto de blancos y colorados lo digo por las flores de que estaban cubiertos.) * Pero hubo más. En los abrigados barrancos de aquellas vertientes, adonde no pueden llegar nunca los aires fríos de Sierra Nevada, pero en donde tienen libre acceso los cálidos vientos africanos, nos salieron al encuentro las primeras golondrinas de 1872. Quince días llevaban ya de estar allí, procedentes de la Costa del Moro, sin que todavía se hubiesen atrevido a salvar la Contraviesa, y mucho menos el Mulhacén, para invadir el resto de España... —251→Así nos lo dijo el señor Cura, -el cual añadió luego: -Todos los años hacen lo mismo, y, algunos, hasta se vuelven a África, si la primavera alpujarrena se presenta demasiado inclemente. Ya hace dos semanas que las estoy viendo revolotear por aquí, entregadas a sus observaciones meteorológicas o a sus reconocimientos militares. -Eso demuestra -observó uno galantemente toda la benignidad del clima de esta costa. A Guadix nunca llegan las golondrinas antes del día de San Felipe y Santiago... -Es cuando generalmente pasan la Sierra por aquella parte, -replicó el Sacerdote.- A Granada, que es tierra más baja y menos fría que Guadix, llegan mucho más temprano, en busca de sus antiguos nidos. -¡Nobles viajeras, padre Cura! -exclamó el otro.- Son las eternas moriscas... ¿no es verdad? -¿Cómo he de quitarle yo la razón a un poeta? ¡Pero no olvide usted que también son las que arrancaron las espinas de las sienes del Redentor! -¡Justamente! Y por eso no las matan nunca los cazadores. ¡Ah! Yo adoro las golondrinas. -Y yo también, -dijo un tercero, gran labrador por mas señas, interviniendo en aquel diálogo. -A mí me recuerdan siempre -continuó el poeta- aquel Último Abencerraje de Chateaubriand que vino a visitar religiosamente el que había sido Reino mahometano. -Pues a mí -repuso el labrador -me limpian la siembra de muchos bichos dañinos. —252→-Es un tercer mérito de estas preciosas aves, se apresuró a exclamar discretísimamente el señor Cura. * Hablando así, llegamos a un Barrio, denominado Alfornon, anejo de un lugar, distante de allí tres kilómetros, que se llama Sorvilan. En las 122 casas de aquel barrio no había casi nadie cuando nosotros pasamos. Sólo algún niño que todavía no sabía andar sino a gatas, o algún viejo que ya se encontraría otra vez en el mismo caso, vimos sentados al sol, en el tramo de tal o cual puerta, como encargados de custodiar la aldea durante la ausencia de sus moradores... Esto trajo a nuestra imaginación aquellos aduares que encontró el ejército del difunto General O'Donnell en las estribaciones de Cabo-Negro, el día de su paso al llano de Tetúan.- ¡La misma soledad, más triste aún que la de los despoblados! ¡El mismo silencio melancólico! ¡El mismo aparente aislamiento y olvido del resto del mundo! La única diferencia que existía entre los aduares africanos y el barrio alpujarreño, era que los habitantes de aquéllos los habían abandonado para guerrear, y los de éste para cultivar las laderas de los montes circunvecinos. -Pero ¿y las mujeres? -me diréis. ¡Pobres mujeres! -Las de los aduares estarían escondidas durante aquel sangriento combate en las fragosidades de Sierra Bermeja.- Las de Alfornon habrían ido a Sorvilan por avío, a algún arroyo a —253→ lavar, o a los cerros de las cercanías a llevarles la comida a sus maridos, padres y hermanos. * Todavía tuvimos que volver a subir a las regiones del perpetuo invierno antes de bajar definitivamente a las del perpetuo verano; pero, una vez salvada aquella última defensa de los agonizantes montes, tornamos a complacernos en la creciente hermosura y progresiva templanza del terreno a que descendíamos. Las doradas flores de la áspera y punzante abulaga, que sólo abren en mayo en la que desde allí podíamos llamar Andalucía del Norte, cubrían ya los cerros y las lomas con su brillante y escandalosa vestimenta. La pita, gradación anterior a la higuera chumba en el termómetro vegetal, brotaba otra vez enérgicamente en las laderas de los precipicios, mientras que el olivo y la vid volvían a proclamar en todas partes el absoluto imperio del sol. Sin embargo, lo que más nos distrajo y entretuvo en aquel rápido descenso (por la gráfica y material idea que nos dio de la variedad de climas y temperaturas que íbamos atravesando), fue la gradación de higueras que recorrimos con la vista en el espacio de dos o tres kilómetros. Primero las encontramos sin asomo alguno de vida, deshojadas y secas, como blancos esqueletos, o más bien como fósiles de una antigua vegetación. Más abajo, las higueras tenían ya yemas; más abajo, las encontramos cubiertas de breves y rizadas hojillas; más abajo, —254→ vestidas de amplias y lujosísimas hojas, y, por último, cerca ya de la Rambla de Albuñol, estaban cuajadas de adolescentes higos, cuando no de maduras y ya comestibles brevas. Mas no hablemos todavía de aquella apetecida rambla; que, antes de llegar a ella, aún hemos de bajar muchos escalones, y la menor distracción pudiera costarnos una celebridad... a que no aspiramos de manera alguna. * Dígolo, porque a nuestra izquierda se halla el célebre Tajo del Veredon, desafiado, si es permitido hablar así, por una de las sendas más atrevidas que hayan abierto las abarcas de los pastores... Encima de aquella estrechísima vereda se levanta un desmesurado monte vertical, llamado el Cerro de Álvarez. -Debajo, se descubren las tinieblas de un espantoso abismo, que muchos suponen llega a los antípodas. Pues bien (y ya... no de cuento, sino de sucedido): en lo más escarpado e inaccesible de la ladera de aquel cerro, se ven todavía las estacas que clavó ÁLVAREZ para subir a robarles su miel a unas abejas. La subida le fue posible; pero, al bajar, colgado de una soga que sujetó en lo alto, rompiose ésta... y el infeliz desapareció en la sima, -¡camino de la Nueva Zelanda! Un trozo de la soga rota, pendiente de una de las estacas a modo de resto del dogal de un ahorcado, fue el único indicio que quedó de aquella desventurada empresa... —255→Pero esto sólo bastó para que el nombre de Álvarez se hiciese tan inmortal como el de Chéops, yendo como va ya unido a la existencia de aquel cerro, -monumento de su gloria, no menos alto y sólido sin duda alguna que la gran pirámide de Djizeh. ¡Y todo por haber muerto cometiendo un robo! ¡Cuán fácil es pasar a la posteridad! * Ni paran aquí las historias del Tajo del Veredon. Más allá del Cerro de Álvarez, se ve el de las Covezuelas, que sirve de asiento al Cortijo del Padre Francisco. Dirigíase a este cortijo una viejecita con un saco de lentejas, y, habiéndose despeñado, nacieron y fructificaron las lentejas antes de que el cuerpo de la viejecita llegase al fondo del Tajo. Señores: ¿estará profundo? * Comentando íbamos éstas y otras consejas populares, cuando a todo lo largo de nuestra cabalgata resonó el suspirado grito: «¡Albuñol!» en el mismo tono con que los cruzados debieron gritar: «¡Jerusalén!» desde lo alto de los montículos que la dominan, o como los compañeros de Colon gritarían: «¡Tierra!» la madrugada del 12 de Octubre de 1492 o como los soldados de O'Donnell gritaron: —256→ «¡Tetuán!» desde las susodichas alturas de Cabo-Negro. Reconozco que estas tres comparaciones son demasiado superiores a la cosa comparada; pero la verdad es que Albuñol, visto, como nosotros lo veíamos, muy a lo lejos aún y todavía desde una grande altura, no era, materialmente considerado, menos bello, seductor y atractivo que con cuyo general aspecto tenía un extraordinario parecido. La blanca villa alpujarreña, iluminada por el sol Poniente, parecía un puñado de mármoles rotos, restos de una titánica edificación, arrojados en la combada pendiente de una loma.- Esta loma relacionábase luego en apariencia, por ingentes peldaños sucesivos, con el Cerrajón de Murtas, detrás del cual asomaba todavía Sierra de Gádor su encanecida cabeza. El mar dista de Albuñol cerca de una legua; pero desde Albuñol hasta él se puede ir de paseo por una especie de calle natural, muy llana y anchurosa, que termina en el puerto, castillo y lugar de La Rábita. La Rábita es, por consiguiente, el Grao de Albuñol. En cuanto a la que hemos llamado calle natural, no es otra cosa que la rambla a que da nombre aquella villa; arenosa faja de llanura que penetra desde la playa hasta el corazón de la Contraviesa, ondulando entre las montañas de uno y otro lado. Nosotros bautizamos, pues, desde luego a la Rambla de Albuñol con el dictado de Boulevard de la Alpujarra; dictado muy merecido, si se atiende —257→ a que en ella desembocan otras calles (vulgo ramblas) de segundo orden; a que es lo más desahogado y transitable del país (exceptuado el terreno de Ugíjar); a que está formada por amenísimas huertas y valiosos cortijos; y a que ha sido (dicen) recorrida (no se sabe fijamente cuándo) por cierto aparato con ruedas (¡ruedas en territorio alpujarreño!), que conducía bañistas a la Rábita...- «Carruaje» quiere decir este circunloquio. Pero mañana hablaremos de tales cosas. Contentémonos a la presente con haber acabado ya de bajar y no tener por hoy que volver a subir: contentémonos con encontrarnos en la Rambla de Albuñol, que es como aquí se llama todavía la que más abajo es Rambla de Albuñol: contentémonos, finalmente con estar ya casi al nivel del mar, en plena primavera, casi en plena África, y en la hora más dulce y apacible de una hermosa tarde. * Serían las cinco y media. El sol había desaparecido para aquel valle, aunque todavía doraba las alturas. La tierra, libre ya de la abrumadora presencia del astro rey (que allí es un rey tan absoluto como inexorable), principiaba a respirar y desentumecerse, inundando el aire de balsámicas esencias y placidísimos rumores. Por la rambla corría, dividido en dos o tres brazos, un arroyo de agua cristalina, que difundía por todas partes amenidad y frescura... —258→¡Delicioso término de jornada! Los caballos sacudían las crines alegremente, saludando el fresco de la brisa, la reaparición de la llanura y la proximidad del pienso... Y nosotros abusábamos de su entusiasmo, poniéndolos a galope, a fin de llegar a Albuñol antes de que acabase de oscurecer. Llegamos al fin...-pero ya era noche completa; por lo cual sólo os puedo decir que fuimos recibidos con los brazos abiertos por nuevos e inolvidables amigos, y que en aquel punto y hora tuvimos la dicha de conocer al buen caballero cuyo nombre figura el segundo en la dedicatoria de este libro, y con quien muy luego había de ligarnos un cariño del alma que durará tanto como nuestra vida.- ¡Tal y tan grande hubimos de encontrar bien pronto, en gravísimos sucesos ajenos al argumento de la presente obra, aquel corazón de león, que me honro y honraré siempre de haber estrechado contra el mío! Con que buenas noches, lectores.- Vamos a acostarnos; que tiempo tendremos mañana de estudiar la villa de Albuñol. Albuñol pintoresco,
histórico, geográfico, estadístico, agrícola,
poético. y otras muchas cosas Habíamos dejado abiertas las maderas de los balcones para despertarnos en cuanto fuera de día. Y, en efecto; no había salido el sol, cuando los pájaros —259→ vinieron a llamar con sus alas a los cristales de nuestros dormitorios, o más bien a almorzar en las macetas que aquellos balcones adornaban, y cuyas verdes hojas y pintadas flores, coronadas de luz y de rocío por la risueña aurora, fue lo primero que vimos al abrir de nuevo los ojos a este mundo.- ¡Qué despertar tan apacible y tan sabroso, y de tan buen agüero para el resto del día! Gracias al sumo Alá, que tan ricos y espléndidos hizo a nuestros patrones, y gracias a nuestros patrones, que tan cariñosa hospitalidad nos acordaron, habíamos dormido aquella noche como antiguos reyes; y, al reaparecer entonces en nuestra mesocrática vida, hallámosnos alojados en un gracioso departamento, más parecido a una confortable habitación de París o Londres que a todo lo que podíamos prometernos encontrar en el fondo de la Alpujarra... ¡Dios se lo pague a nuestro huésped! -Alá le pague, digo, a aquél su gran servidor, y a su noble y santa esposa, y a sus adorables hijas, y a sus angelicales pequeñuelos, todo lo que disfrutamos en su casa las muchas veces que demandamos en ella asilo y probamos el pan y la sal, al regreso de nuestras continuas peregrinaciones por los montes y valles alpujarreños!... ¡Auméntele la misericordia divina sus bienes de fortuna, hasta que sean tan largos de contar como las arenas de los Dos Zeheles!... ¡Prolongue sus días, para que vea las buenas acciones de los hijos de sus nietos!... ¡Defienda la sombra de su techo, en la ciudad, —260→ y la de su tienda, en el desierto, de la presencia de huéspedes ingratos!... ¡Conserve clara su vista, despierto su oído y fino su paladar, para que siga distinguiendo el hongo de la seta, el canto de la alondra del silbo de la serpiente, y el café de moka del indiano caracolillo!... ¡Dele, en fin, gratas ilusiones por el día y deliciosos ensueños por la noche!... Y la paz.- * Hecha nuestra oración matutina, que no se diferenció mucho de la precedente, cogimos nuestros historiadores, geógrafos y poetas relativos a la Alpujarra; abrimos de par en par los balcones, que por cierto daban a la mismísima rambla; nos instalamos en ellos por lo pronto, y, ora valiéndonos de la lectura, ora de nuestras propias observaciones, emprendimos un doble estudio de la bienhadada villa de Albuñol. La mañana estaba hermosísima. El sol, que salía en aquel momento, doraba únicamente, como la tarde antes, las crestas de los montes. La rambla, solitaria y silenciosa (pues no había para qué hacer alto en los pajarillos que revolaban y cantaban acá y acullá), tenía algo de exótico y ajeno a nuestro continente o a nuestra zona, algo de valle tropical, algo de África o de América. ¡Tanta era la templanza del aire, a pesar de ser las seis de la mañana de un día de marzo; tal la lujosa vegetación de las huertas; tan peregrina la índole de las plantas; tan ricos y penetrantes sus aromas! —261→Baste decir a buena cuenta (pues más adelante hemos de hablar hasta de botánica...) que en el propio arenal de la rambla crecía la caña de azúcar, mientras que por encima de las tapias de los huertos (que tanto abundan en aquel extremo de la villa) coloreaban las naranjas, amarilleaban los limones y verdegueaban las anchas hojas de los plátanos. La intensa luz del sol, como una inundación descendente, amenazaba anegar muy pronto con sus olas de fuego aquella honda calle de montañas, a la sazón tan húmeda y deliciosa... Pero, entre tanto, respirábase allí no sé qué paz de los sentidos, que se convertía en paz del alma, y que traía a la imaginación los ideales de silencio, de reposo y de ventura de los poetas árabes.- La sombra es la alegría del africano, como el sol es la alegría del europeo. Ninguna casa más a propósito que la en que nos encontrábamos para apreciar y sentir todas las ventajas poéticas de la situación geográfica de Albuñol.- Recuéstase esta villa en una especie de cabo o promontorio determinado por la confluencia de la Rambla de Ahijon con la de Aldáyar, las cuales, al juntarse, forman un ángulo casi recto, y constituyen la Rambla de Albuñol.- Pues bien: aquella casa está edificada en el vértice de dicho ángulo, en la punta del promontorio, en el encuentro de las dos primeras ramblas, -sobre las cuales dan ora éstos, ora aquéllos de sus balcones. Pero la verdad es que la fantasía del viajero menos soñador sólo se preocupa ya allí del que hemos calificado de boulevard alpujarreño, o sea de la gran —262→ Rambla, que pone en comunicación a Albuñol con la mar y sus pescados. Si este boulevard fuera recto, se vería el líquido elemento hasta desde los balcones bajos de aquella casa; pero, como la Naturaleza sólo ama la línea curva, y la rambla, hace, por lo tanto, muchas eses, hay que subir a los balcones altos para persuadirse de que está uno, aunque disimuladamente, en la mismísima costa. Desde allá arriba, esto es, desde el primer piso, descúbrese, sí, de un modo claro, entre el matizado verdor de la tierra y la diafanidad del horizonte, una ancha faja de azul mucho más turquí que el del cielo (cuando la reverberación del sol no hiere la vista), o (en el caso contrario) una bruñida lámina de acero, cuya refulgencia añade algo de sobrenatural y olímpico a tan espléndido paisaje... Es el agua que media entre la Alpujarra y el Riff. Y aquí debo explicaros el «aunque disimuladamente» que subrayé hace pocos renglones. * Un célebre historiador, haciendo la pintura de estas tierras, escribía en 1570: «Todo lo que cae hacia la costa de la mar es muy despoblado, y por eso es muy peligroso; porque acuden de ordinario por allí muchos bajeles de cosarios turcos y moros de Berbería». He aquí sencillamente expuesta la razón de que Albuñol y otros pueblos de su litoral, en vez de —263→ haber sido edificados en la misma playa, al lado de sus respectivos fondeaderos, estén escondidos tierra adentro, entre enmarañados montes, a tres o cuatro kilómetros de las olas.- Así se ocultaban, por una parte, a las codiciosas miradas de los piratas berberiscos, y así era fácil, por otra, a sus moradores tener tiempo de armarse y de reunirse si por acaso los rapaces nautas se atrevían a desembarcar y a adelantarse por aquellos misteriosos terrenos... Albuñol, pues, es una población marítima, aunque con cierto disimulo: -con el mismo disimulo que lo es también Tetuán, edificado por igual razón a tres cuartos de legua de su rada.- Sólo que en Tetuán eran berberiscos los que temían, y alpujarreños los temidos.- España no ha sido nunca menos aficionada a la costa de África que África a la costa de España39. * Por aquí íbamos en nuestras investigaciones, cuando tuvimos la dicha de ver entrar al joven Alcalde —264→ Primero de Albuñol, a quien habíamos conocido hacía algunos años... no creáis que en ningún bazar, mezquita o kiosco de Oriente, sino en lo alto de la Columna de Vendòme de la capital de Francia, y el cual sabe de Bellas Artes, de Arqueología, de Numismática, de Cerámica y de otras muchas cosas bastante más de lo que es lícito saber en estos tiempos a todo un señor Alcalde Constitucional... Hablamos largamente su merced y las nuestras (su merced tiene la sal de Dios, y nos hizo reír lo que no es decible) acerca de los tiempos presentes, de los históricos y de los prehistóricos (sobre todo acerca de éstos en que está muy versado, como puede verse en el famoso libro de D. Manuel de Góngora y Martínez, titulado Antigüedades Históricas de Andalucía): paseamos luego por la villa y por la rambla; y, con lo que él nos dijo, con lo que nosotros mismos observamos y con lo que leímos en muchos autores, resultamos a la hora de almorzar sabiendo todo lo siguiente: * Albuñol se llamaba en tiempo de los moros Hisn Al-bonyul. Hisn, según dijimos en otra parte, significa castillo; y al es el artículo árabe. En cuanto a Bonyul, que es lo principal del caso, no sé lo que quiere decir. Advertencia: el castillo de la Rábita lo nombran aparte los geógrafos islamitas. La región en que se asienta Albuñol denominábase el Sehel o Cehel, que significa costa. —265→(De esto estoy segurísimo; pues todavía llaman los argelinos «el Sahel» a la marina de su comarca, como puede verse en el admirable libro Une année dans le Sahel de Eugenio Fromentin, que recomiendo a los que no lo hayan leído.) En la Alpujarra había dos Ceheles, o sea dos Tahas con este nombre: El gran Cehel, cuyas más importantes poblaciones eran Albuñol y Jubiles; y el pequeño Cehel, o Suaihil, que otros llaman Zuayhel, y que es la parte occidental de la costa, donde están Rubite, Alcázar, Sorvilan, Polópos, etc. Porque las Tahas de los Dos Ceheles comprendían, no sólo la marina alpujarreña, sino todos los pueblos de la Contraviesa, y del Cerrajón de Murtas. «Esta tierra (decía el mencionado escritor del último tercio del siglo XVI) es de grandes encinares y de muchas hierbas para los ganados. Cógese en ella cantidad de pan». ¿No es verdad que parece que habla de una región acabada de descubrir en las Indias, en vez de hablar de un pedazo de la Península Española? «Todos los vecinos de estos lugares (añade luego, refiriendo cómo fue secundada en los Dos Ceheles la insurrección iniciada por FARAG ABEN-FARAG) se alzaron viernes en la tarde; destruyeron y robaron las iglesias, captivaron y mataron todos los cristianos que había entre ellos; y, dejando sus casas, se subieron otro día a la aspereza de las sierras con sus mujeres, hijos y ganados, y la mayor parte de ellos se metieron en unas cuevas muy grandes y muy fuertes, que están media legua encima del lugar de Xorayrata.» —266→Y ya no sé más de la historia de Albuñol, sino que, desde la expulsión de los moriscos hasta fines del siglo XVII, estuvo la villa, como tantas otras, casi totalmente despoblada; -que, en tiempos de Felipe V, comenzó a animarse de nuevo, bajo la dependencia administrativa de la de Torbiscon, muy superior entonces a ella en importancia (naturalmente, Torbiscon, más próxima a la capital, y defendida por la Contraviesa de las correrías de los piratas berberiscos, tardaría mucho menos en repoblarse y volver a florecer); -que a principios del siglo presente, ya había recobrado por su parte la antigua prepotencia, y llegó a ser cabeza de partido judicial, de que a su vez dependió Torbiscon; -y que hoy día de la fecha continúan las cosas en tal estado, constituyendo la vieja Al-bonyul uno de los mayores centros de riqueza de la Alpujarra, granadina, en su múltiple calidad de pueblo industrial, comercial, agrícola, marítimo y minero. * La población de la villa de Albuñol ascendía hace poco tiempo (a la fecha del Nomenclátor General de la Dirección de Estadística) a 8078 habitantes, repartidos en: -La villa propiamente dicha: -Diez aldeas, denominadas El Bajo, Los Colorados, La Hermita, Casa Fuerte, La Haza de la Mora, Los Morenos, El Palomar, Los Pelados, El Pozuelo y Los Rivas: -Veintiséis cortijadas grandes: -Un lugar (la Rábita) compuesto de 219 casas; -y muchos cortijos, molinos, caseríos, etc. —267→Total: 1712 casas, 800 de ellas esparcidas por el campo. * Y basta ya de arideces, de guarismos y de antiguallas. Eran las dos de la tarde, y estábamos en una deliciosa huerta del Conde de Santa Coloma, situada entre las últimas casas meridionales de la villa y la extensa Rambla de Aldáyar. Un distinguido moro bautizado, tan discreto como afectuoso, abogado de los Tribunales Nacionales, hermano del joven Alcalde que ya conocemos, e hijo de un venerable anciano, administrador del dicho Conde y respetado Néstor político de la comarca... (a todos los saludo cariñosísimamente: ¡fueron todos ellos tan buenos con nosotros!...) -un distinguido moro bautizado, vuelvo a decir, nos hacía los honores de los naranjos y limoneros a cuya sombra nos habíamos sentado. Hacía mucho calor, y la deslumbradora llama del astro-sultán, si no abismaba todavía a la Naturaleza en los letargos febriles del estío alpujarreño, iluminaba tan enérgicamente casas, huertas, arenales y montes, que una vez más creímos encontrarnos, no en el Reino de Granada, sino en el Bajalato de Tafilete, en el Valle de la Orotava o en la feraz Isla de Cuba.- A lo menos, la pintura, la fotografía y los libros nos habían hecho concebir, acerca de estas regiones tropicales, el ideal que veíamos allí realizado ante nuestra vista. Otras huertas como aquélla formaban una especie —268→ de zócalo de verdura al pie de la morisca Albuñol. Luego se dilataban, amarilleando como en el desierto, las tostadas arenas de la Rambla de Aldáyar. Después se veía, en el ángulo formado al Sur por esta rambla y por su heredera, una infinidad de nuevas huertas, extensos plantíos de caña de azúcar, un laberinto de alamedillas y de enmarañados setos, y, donde quiera y por donde quiera, árboles frutales originarios de las otras cuatro partes del mundo.- Al término de todo se adivinaba siempre el mar, pie forzado de la especie de poesía de descubrimiento y de colonia que respiraba para nosotros aquel paisaje. Difícil me sería hacer la enumeración puntual de las plantas que crecen precisamente en aquella parte de la costa; pero, en cambio, me será fácil, con ayuda de mis libros, daros una idea de los productos más extraordinarios de la costa, en general, para que vengáis en conocimiento del asombro y la veneración que causa al observador menos botánico una tierra tan privilegiada. * Manos a la obra. «Dios (dice El Corán, recomendando la contribución del Diezmo) ha criado las legumbres y los arboles que hermosean nuestras huertas; hace brotar las olivas, las naranjas, los dátiles, las diversas frutas de forma y sabor infinitamente vario: usad de estos dones». Y dice Abu-Zacaría, en el prólogo de su Libro de Agricultura: —269→«Todo aquél que plante o siembre alguna cosa y con el fruto de su simiente proporcione sustento al hombre, al ave o al fiera, ejecutará una acción tan recomendable como la limosna». «El que construya edificios o plante árboles, sin oprimir, a nadie ni faltar a la justicia, recibirá premio abundante del Criador, Misericordioso». Y añade Abu-Harirat, citado por el mismo Abu-Zacaría: «Cuida con esmero y vigilancia de tu pequeña posesión, para que se haga grande; y no la tengas ociosa cuando grande, para que no se haga pequeña». Abu-Sofian escribe, en fin, estas hermosísimas palabras: «La heredad dice a su dueño: "HAZME VER TU SOMBRA"». Los moros que se establecieron a ambos lados de Sierra Nevada cumplieron religiosamente estos preceptos y máximas de su libro santo y de sus grandes escritores. «Los Granadinos (dice Lafuente Alcántara) aclimataron en los valles templados de la costa, en la serranía, en la Alpujarra y en las Vegas de Granada, de Guadix y Baza, los frutos que la Naturaleza había creado en los bellos climas del Oriente, y en las abrasadas praderas del África... »La seda había sido una mercancía reservada en tiempo de los romanos a los pueblos del Oriente... Las colonias de árabes españoles iniciados en secreto de esta granjería, encontraron en los valles —270→ andaluces un clima acomodado a ella, y poblaron el terreno con los árboles que alimentan a la más útil de las orugas. Concentrados los moros en el territorio granadino, y animados por un saneado lucro, multiplicaron las moreras, perfeccionaron las fábricas de seda, y mantuvieron una ventajosa competencia con Pisa, Florencia y demás ciudades de la escala de Levante. El Zacatin y la Alcaicería ostentaban toda suerte de ropas, tafetanes, sargas, ricos terciopelos y otras manufacturas del gusto persiano y chinesco... Años después de la Conquista se contaban en Granada 5000 tornos... »La caña de azúcar fue también conocida y su plantación esmerada entre los moros de la costa. Miles de ingenios destilaban el precioso líquido, y era tal la abundancia de miel y de azúcar, según los historiadores árabes, que bastaba para el consumo y sobraba para hacer rico el comercio... »Cuantas frutas, legumbres e hilazas son conocidas hoy (concluye el ameno historiador), eran por ellos cultivadas con singular conocimiento... y les somos deudores de la introducción de nuevos árboles, entre los cuales merecen citarse la higuera chumba, el níspero, el algodón, el membrillo, el naranjo, la palma, el madroño y el azofaifo, y muchas plantas aromáticas y medicinales». * Interrupción importantísima: Además de todo lo que acabamos de leer, la costa tenía sus correspondientes viñas durante la —271→ dominación de los sectarios del profeta; pues, si bien éstos no bebían vino (o no podían beberlo, según el Alcorán), comían muchísimas uvas y amaban la sombra lujosa y transparente de los parrales. Hay más: según Al-Katib, conocían la elaboración del vino, del vinagre y del aguardiente, cuyos líquidos (añade) aplicaban a medicinas o vendían a los cristianos». Conste. Y no es esto todo: Abu-Zacaría refiere que en tiempo de los califas de Córdoba, hubo ejemplos de altos dignatarios destituídos o burlados por sus excesos en la bebida.- «El Rey Abul Walid Ismael de Granada (añade luego) promulgó una ley para reprimir a los consumidores de vino, y su hijo Jusef mandó en sus ordenanzas que en reuniones familiares no incurriesen los convidados en embriaguez». Conste de igual manera. * Con que vengamos a tiempos más recientes. Dice el geógrafo Sr. Miñano: «Las faldas meridionales de la Contraviesa y de Sierra de Gádor, presentan el cuadro más variado y delicioso que la Naturaleza puede ofrecer al hombre para morada suya... Cerca de la costa prospera el algodón, y la caña dulce, y han llegado a connaturalizarse un gran número de vegetales de la zona tórrida, como las ananás, el café y el añil. Son muy pocas las plantas que no pueden cultivarse al aire libre...» —272→Otro geógrafo, el erudito Sr. Carrasco, enumera de este modo los productos tropicales del litoral alpujarreño: «Allí se ven el plátano, la caña de azúcar, el café, el añil, que da el hermoso azul, el chirimoyo, las ananás, el algodonero y el nopal, que cría el precioso insecto de la cochinilla». Pero lo que dicen que hay que leer, respecto de la flora alpujarreña, es lo que escribió el ilustre botánico Rojas Clemente, comisionado por nuestro gobierno, en 1803, para describir las producciones -naturales del Reino de Granada.- Él formó, a lo que parece, la primera escala vegetal detallada que se ha hecho hasta el día acerca de aquel país, como parte principal de su Geografía Botánica Bética, y la Ceres Española. Estos interesantes trabajos originales no se han publicado, que yo sepa; mas sin duda se refieren a ellos los escritores contemporáneos que nos cuentan cómo y de qué modo crecen en las playas granadinas «las períplocas, los áloes, las estapelias, las leiseras, notóceras, y casi todas las especies de la flora atlántica, muchas todavía inéditas, y aún géneros enteramente nuevos»... En fin, lectores: yo, -que rara vez sé cómo se llaman las cosas que más me gustan, y que si os he suministrado los anteriores datos botánicos ha sido bajo la responsabilidad de mis libros, que no bajo la mía, -concluiré esta larga disertación repitiéndoos que, por lo que toca a su fisonomía poética y a su aspecto pictórico, el litoral de la Alpujarra trae a la imaginación del viajero presentidas imágenes —273→ de África y de América; que estas imágenes le hacen soñar con patios marroquíes sombreados por cortinajes de seda y plata, o con lascivas hamacas sombreadas por el plátano y el caobo; y que, en tal situación de ánimo, no puede uno comprender que, a cinco leguas de allí, aguarden su visita los eternos hielos y las plantas hiperbóreas de la virginal Sierra Nevada. * Como población urbana, Albuñol es Guadix, es Loja, es el Albaicín de Granada, es cualquiera de tantas poblaciones moriscas como aún ostenta aquel antiguo reino, edificadas todas en anfiteatro sobre pendientísimas laderas. El mismo gracioso apiñamiento de casas; las mismas retorcidas y pendientes cuestas; la misma planta árabe en los edificios; el propio animado y pintoresco conjunto. Calles en que nunca entra el sol: huertos más altos que las azoteas colindantes: mucha maceta en los balcones: mucha tertulia en la puerta de las tiendas; y un poema de amor o de odio en todas las miradas... En cuanto a las costumbres, vicios, virtudes y vestimentas de los albuñolenses que habitan dentro de la villa, son iguales a los del resto de los granadinos. De los cortijeros y cortijeras y gentes de mar, ya tratarémos en ocasión más oportuna... * Porque habéis de saber que, según indiqué antes, no fue aquella la última vez que estuvimos en —274→ Albuñol, y que, si por entonces nos limitamos a descansar allí un día, consistió en que nos solicitaban o soliviantaban las siguientes cosas notables, que sabíamos encerraban los Dos Ceheles y que deseábamos visitar antes de emprender nuestra gran excursión final a Sierra Nevada: La prehistórica Cueva de los Murciélagos: Las célebres Angosturas de Albuñol: La renombrada Encina Visa: El famoso Cerrajón de Murtas: Las reputadas Higueras de Turón, y las nunca bien ponderadas Olas del Mar. Que tal era la índole de aquel viaje, y tal tiene que ser por ende la naturaleza del presente libro: -buscar y describir unas peñas, un árbol, un monte o una playa con el propio afán y la misma delectación que si se tratase de la Basílica de San Pedro, de la Venus de Milo o de las ruinas de Pompeya. Y eso y no otra cosa es la Alpujarra: -un rincón del mundo que sirvió de teatro a grandes y memorables tragedias, pero de donde la intolerancia y el miedo de los vencedores de un día arrancaron de cuajo la población, arrasando palacios y castillos, poniendo fuego a villas y aldeas, arando hasta los cementerios, y no dejando en pie otros monumentos u otros testigos de la dominación de la raza vencida y expulsada, que algún hueco en las rocas, algún árbol que se salvó del hacha, los montes inconmovibles, los ríos de históricos nombres, el mar eterno, y los miles de fantasmas que la imaginación del caminante pueda ir evocando en el mudo imperio de tanta soledad y tanta muerte. —275→Ni ¿a qué más? El arqueólogo podrá necesitar vestigios reales y fehacientes de lo pasado para enriquecer colecciones y museos; pero el poeta sólo necesita verificar los sitios históricos para sentir en ellos la infinita melancolía de los destinos humanos. Las sabanas de arena que cubren hoy los antiguos campos de Babilonia no impiden que el peregrino se detenga en ellos, con reverente tristeza, a evocar y restablecer por medio de su fantasía las escenas en que figuraron Nemrod, Sardanápalo y Baltasar. [...] Quedó, pues, acordado que a la mañana siguiente saldríamos hacia el Norte con dirección a Murtas y Jorairátar: que desde aquí retrocederíamos luego al Sur hasta bajar al mismísimo mar por la parte de Adra, y que de esta villa regresaríamos a Albuñol, recorriendo para ello todas las playas del Gran Cehel. Formado este plan, que sumaba unas diez y seis leguas, repartidas entre caminos por las nubes y caminos por los abismos, pasamos el resto de aquella tarde empapando nuestro espíritu y nuestro cuerpo en el dulce reposo oriental que el cielo y la tierra brindan en Albuñol. ¡Ay! En Albuñol hubiéramos podido repetir lo que dijo de Berja (distante de allí cuatro leguas a vuelo de pájaro) un poeta árabe llamado Abulfadhl-ben-Xafat-Alcairawani: «Cuando llegues a Berja dispuesto a marchar, detente en ella y deja el viaje». «Porque todo lugar es en ella un paraíso, y todo camino hacia ella un infierno». —276→O, lo que dijo el antiquísimo poeta Abulatahia, favorito del Califa Harum Arraxid: «El mundo procura nuestra seducción. ¡Dios sea loado!» Sesión nocturna.- Noticias de la
Guerra Aquella noche, previa la venia de nuestros huéspedes, nos retiramos temprano a nuestro departamento; pero, en vez de acostarnos, como parecía prudentísimo, habiendo de madrugar al otro día, citamos a cabildo a D. Diego Hurtado de Mendoza, Luis del Mármol Carvajal, Ginés Pérez de Hita y D. Miguel de Lafuente Alcántara, y allí, a puerta cerrada, celebramos con ellos una importantísima sesión, relativa a los sucesos de la Guerra. He aquí lo que averiguamos. La cosa marchaba. El fuego de la insurrección se había extendido, como por regueros de pólvora, por todas las serranías meridionales de España, desde Vera hasta Gibraltar, penetrando tierra adentro por la parte de Levante hasta el Marquesado del Cenet y la jurisdicción de Huéscar. «Los moros (díjonos Pérez de Hita, el valeroso poeta soldado) continuaban haciendo grandes apercibimientos de armas, poblando muchas cuevas seguras Y ásperas (que jamás pudieron ser ganadas) —277→ de mucha harina de trigo y cebada, miel y aceite, y de otros diversos mantenimientos, y todo esto para más de seis años. Y ansimismo ponían sus riquezas, sedas, oros, paños, en silos debajo de tierra, y otras partes, para que de los cristianos no pudiesen ser halladas». Los martirios de cristianos seguían también en toda la tierra levantada, sin que el naciente poder del Rey morisco bastase a tener a raya la ferocidad del execrable FARAG ABEN-FARAG y de sus hordas de Monfíes. Suplicios, torturas, degüellos en masa, sacrilegios inauditos, crueldades mayores que las de Nerón y Diocleciano; nada omitían aquellos monstruos. Comunidades enteras de religiosas habían sido inmoladas entre los tormentos más atroces. Los agustinos de Huécija (por ejemplo) habían perecido todos, unos mutilados, otros quemados, y otros enterrados vivos40. En cuanto al móvil de tamañas iniquidades, no era otro que el fanatismo musulmán, vivo aún y ardiente en aquellas almas, a pesar de los ochenta años que los descendientes de los moros acababan de pasar fingiéndose cristianos. «Lo primero que hicieron (refirionos a este propósito el iracundo Mármol, que por lo visto no podía —278→ olvidar sus ocho años de cautiverio en África) fue apellidar el nombre y seta de Mahoma, declarando ser moros ajenos a la Santa Fe Católica que tantos años había que profesaban ellos y sus padres y abuelos. Era cosa de maravilla ver cuan enseñados estaban todos, chicos y grandes, en la maldita seta». ABEN-HUMEYA (los cuatro historiadores convenían en ello) había ido sabiendo la mayor parte de estas atrocidades algunos días después de ocurridas, y tratado de refrenar a los Monfíes (como después vimos en Ugíjar y otros puntos); pero, convencido luego de que no podía sujetarlos, y con ánimo de defenderse de ellos al mismo tiempo que las tropas cristianas, acababa de enviar a África a su hermano ABDALLA con un presente de cautivos, pidiendo socorro de hombres y armas al Gobierno de Argel y al Emperador de Marruecos.- «De este modo (observó Pérez de Hita) libraba de paso a aquellos cautivos de la muerte tan segura como inmediata que les amenazaba en poder de los Monfís». Respecto del campo cristiano, adquirimos también curiosas noticias en nuestra plática con los historiadores. Ya vimos en la primera parte de este relato cómo el insigne MARQUÉS DE MONDÉJAR, Capitán General de Granada, salió contra los rebeldes con dos mil infantes y cuatrocientos caballos; cómo pasó el cortado Puente de Tablate bajo el fuego y las flechas del enemigo, y cómo socorrió en seguida la renombrada Torre de Órgiva... Pero lo que no supimos entonces fue que los —279→ moriscos habían alcanzado antes una victoria sobre DIEGO DE QUESADA, que mandaba la vanguardia del ejército cristiano, obligándole a retroceder al Padul; y que el mismo MARQUÉS no se atrevió a pasar de Dúrcal hasta que le llegaron grandes refuerzos procedentes de Úbeda y Baeza.- ¡Tan formidable era la insurrección! MONDÉJAR había avanzado después con toda esta gente, sin darse descanso alguno ni reparar en la crudeza de la estación, desde Órgiva, donde lo dejamos, hasta los confines de Andarax, reduciendo a su paso la Taha de Poqueira, los lugares de Pitres y Jubiles y la entonces ciudad de Ugíjar, todo ello a costa de varias escaramuzas muy sangrientas, reñidas desde el 10 al 18 de enero, pero sin conseguir habérselas de un modo formal con el grueso del ejército rebelde.- ABEN-HUMEYA, fiel a la tradición de los guerrilleros españoles, empezando por VIRIATO y concluyendo por ABDALÁ EL ZAGAL, se había propuesto desde luego, como plan de campaña, evitar los grandes encuentros y multiplicar las emboscadas y sorpresas, por medio de un continuo movimiento de partidas. Así las cosas, había acontecido en Jubiles este trágico episodio, digno ciertamente de la apasionada fantasía de Lord Byron. A la llegada de MONDÉJAR, los trescientos moriscos sin armas y las mil trescientas mujeres que allí habían quedado (pues toda la gente de combate se había ido con ABEN-HUMEYA) rindieron el castillo y se entregaron prisioneros. El MARQUÉS dispuso que aquellos cautivos fueran muy vigilados, y, no cabiendo todos en la iglesia y casas —280→ principales, ocupadas por sus tropas, mandó que unas mil mujeres acampasen fuera del lugar, cercadas por un cordón de centinelas... Pero oigamos a Mármol, que fue el que nos refirió el hecho con más pormenores: «Sería como media noche (dijo), cuando un mal considerado soldado quiso sacar de entre las otras moras una moza: la mora resistía, y él le tiraba reciamente del brazo para llevarla por fuerza, no le habiendo aprovechado palabras; cuando un moro mancebo, que en hábito de mujer la había siempre acompañado (fuese su hermano, o su esposo, u otro bien queriente), levantándose en pie, se fue para el soldado y con una almarada que llevaba escondida le acometió animosamente, y con tanta determinación, que, no solamente la moza, mas aun la espada le quitó de las manos, y le dio dos heridas con ella, y, ofreciéndose al sacrificio de la muerte, comenzó a hacer armas contra otros, que cargaron luego sobre él. »Apellidose el campo, diciendo, que había moros armados entre las mujeres, y creció la gente que acudía de todos los cuarteles con tanta confusión, que ninguno sabía dónde le llamaban las voces, ni se entendían, ni veían por dónde habían de ir con la oscuridad de la noche.- Donde el airado mancebo andaba, acudieron más soldados; y allí fue el principio de la crueldad: haciendo malvadas muertes por sus manos, y, ejecutando sus espadas en las débiles y flacas mujeres, mataron en un instante cuantas hallaron fuera de la iglesia... »Hubo muchos soldados heridos, los más que se —281→ herían unos a otros, entendiendo los que venían de fuera que los que martillaban con las espadas eran moros, porque solamente les alumbraba el centellear del acero y el relampaguear de la pólvora de los arcabuces... Duró la mortandad hasta que, siendo de día, los mesmos soldados se apaciguaron, no hallando más sangre que derramar (los que no se podían ver hartos de ella) y conociendo otros el yerro grande que se había hecho». Este yerro era mucho mayor de lo que ellos podían imaginarse. Precisamente aquellos días, el MARQUÉS DE MONDÉJAR (abundando en el espíritu conciliador y benévolo que su abuelo el CONDE DE TENDILLA mostró siempre a los vencidos mahometanos) andaba en tratos y negociaciones con algunos moriscos de importancia, a fin de llegar a un acomodamiento pacífico, sobre la base de que los alzados se sometiesen al Rey D. FELIPE II y el Rey D. FELIPE II a las Capitulaciones pactadas entre los REYES CATÓLICOS y BOABDIL. Apresurose, pues, MONDÉJAR, no bien ocurrió la catástrofe de Jubiles, a castigar con pena de horca a los soldados que parecieron más culpables y dar Cartas de Salvaguardia a todos los alpujarreños de origen moro que se hubiesen rendido sin pelear, logrando, al fin, ponerse, en comunicación epistolar con ABEN-HUMEYA. Pero, por más cartas que le dirigió a éste su pariente, y amigo D. ALONSO DE GRANADA VENEGAS (quien, a pesar de ser nieto del famoso príncipe CID-HIAYA, seguía fiel a su Majestad y militaba contra los moriscos a las órdenes del MARQUÉS), no se consiguió cosa alguna; pues ABEN-HUMEYA (díjonos —282→ Lafuente Alcántara) «rehusó rendirse, -después de tanta sangre vertida, -y se obstinó en aventurar su fortuna a la suerte de las armas». Semejante determinación era tanto más audaz de parte del joven agareno, cuanto que no tenía que habérselas ya solamente con el ejército de MONDÉJAR.- El célebre D. LUIS FAJARDO, MARQUÉS DE LOS VÉLEZ, sin esperar la orden de su Majestad, y «ateniéndose (según la curialesca observación de Mármol) a lo que dice la Ley 3.ª, Título 19, Partida 2.ª, que deben hacer los vasallos por sus Reyes en caso de rebelión»; sabedor de que los moriscos del río Almanzora estaban en armas, había reunido gente por su cuenta y por la de sus deudos y amigos, entrado a sangre y fuego en territorio de Almería, sembrado el terror en los rebeldes, y pacificado a su juicio todos aquellos pueblos; con lo que ya se encontraba a las puertas mismas de la Alpujarra por el lado de Levante, ganoso de penetrar en ella y de enseñar (decían sus soldados) al de MONDÉJAR cómo se debía tratar a los sectarios de MAHOMA. Habían, pues, estallado entre ambos MARQUESES aquellos celos, emulación y rencillas (tradicionales entre sus respectivos antepasados) que habían de hacer preciso a la postre el que FELIPE II enviase a su propio hermano D. JUAN DE AUSTRIA a poner paz entre los partidarios de uno y otro guerrero, y término a la Rebelión de los moriscos. Por cierto que ya se nos había alcanzado a nosotros algo, y aún algos, acerca de tales desavenencias al ver cómo se producían dos de los historiadores allí presentes... —283→Y es que el uno de ellos (D. Diego Hurtado de Mendoza) era tío carnal del de MONDÉJAR, mientras que el otro (Ginés Pérez de Hita) era soldado y cronista del de los VÉLEZ; y aunque el noble D. Diego, en virtud de su carácter austero e inquebrantable energía, llegaba a veces hasta maltratar a su propio sobrino, siempre se echaba de ver en el lenguaje de ambos un fondo de irritación y apasionamiento. Como quiera que fuese, a la fecha de las últimas noticias que leímos aquella noche, la situación de ABEN-HUMEYA y de su improvisado ejército antes resultaba ventajosa que desfavorable; pues, con el buen acuerdo que tuvo el Caudillo ismaelita de contramarchar a Poniente por la Contraviesa en tanto que MONDÉJAR marchaba a Levante por Sierra Nevada, había vuelto a hacerse dueño del Puente de Tablate y de casi todo el resto del Valle de Lecrín, dejando así incomunicado con Granada al ejército cristiano. Por eso, sin duda, el malogrado Lafuente Alcántara, apreciando imparcialmente el verdadero estado de las cosas, nos decía, sin ambages ni rodeos, que «el desaliento y la confusión reinaban en Granada con el Levantamiento de los moriscos y la audacia y energía de ABEN-HUMEYA», y que «hasta los más acérrimos partidarios de medidas severas mostrábanse va arrepentidos de haber provocado tantas desgracias y una Guerra tan cruel». * A todo esto, era ya muy tarde y nos caíamos de sueño. Levantamos, pues, la sesión, no sin asegurarnos —284→ antes de que los cuatro historiadores continuarían teniéndonos al corriente de todas las vicisitudes de la comenzada Guerra: dímosles y nos dimos las buenas noches; y nos acostamos con la cabeza llena de fantasmas de cronistas difuntos, entre los cuales el que más agitó mi sueño fue el adusto espectro de D. Diego Hurtado de Mendoza, de aquel «hombre de grande estatura y feo de rostro» que tan magistralmente nos retrata el Comendador de León, Don Baltasar de Zúñiga. La Cueva de los Murciélagos Al ser de día estábamos a caballo. -¡Hasta el Domingo de Ramos a las ocho de la noche! -nos dijeron por vía de recuerdo nuestros bondadosos huéspedes. -¡Basta el Domingo de Ramos a las ocho de la noche! -contestamos nosotros con toda solemnidad. Y partimos. [...] Un nuevo compañero se había agregado a la caravana. Erase un nobilísimo hijo del lugar de Turón (adonde también nos dirigíamos), y pertenecía a la misma tribu que aquel bizarro joven que nos introdujo —285→ en territorio alpujarreño, a la misma que el simpático Hércules que nos acompañaba desde Órgiva, a la misma que nuestro espléndido huésped de Albuñol. Dicha tribu es, sin duda alguna, la principal de la Alpujarra, -lo cual no niegan sus propios adversarios: -ha dado Ministros a la Nación y Prelados a la Iglesia: cuenta Representantes de su nombre y de su fibra en muchísimas localidades de la comarca, y, en todas ellas, el que nació de tal sangre es objeto del amor o de la pugna de sus convecinos, pero jamás de su indiferencia, y siempre de su respeto. Considero tan esencial y característico de la Alpujarra contemporánea lo que acabo de decir, que no he creído deber callarlo.- Aquella familia no es ya solamente política: cuarenta años de victorias o reveses la han elevado a histórica. En cuanto al insigne individuo de ella que había ido de Turón a Abuñol a incorporarse a nuestra cabalgata, tenía un título especial a mi cariño, y este título era: que veinticinco años antes nos tuteábamos ya en la Universidad de Granada... Vinum novum, amicus novus: veterascet, et cum suavitate bibes illud, dicen las Sagradas Letras. * A la salida de Albuñol nos despedimos del señor cura,-que se marchó a su feligresía (no sin arrancarnos antes palabra formal de visitarlo en ella), -y nosotros tomamos por la Rambla de Aldáyar, —286→ a tiempo que asomaba el sol por el Oriente. Era Viernes de Dolores. La mañana se presentaba hermosísima. Teníamos a nuestra disposición un día entero para andar las tres leguas que dista Murtas de Albuñol, y el camino, según nuestros informes (de que ya os he dado cuenta más atrás), estaba lleno de curiosísimos accidentes y pintorescas perspectivas. Por todas estas consideraciones acordose viajar muy despacio, o más bien ad libitum, y cada uno por los vericuetos que prefiriese, aunque sin perdernos nunca de vista. Pero, me diréis: «¿Qué tenía que ver el que fuese Viernes de Dolores con semejante determinación?» ¡Oh! ¡Tenía que ver y mucho! -Figuraos, en primer lugar, que los caminantes pueden comer jamón en día de vigilia [...] Nota.- El mulo de las provisiones no nos abandonaba. * Media hora después, parte de los expedicionarios subíamos penosísimamente por unas quebradas peñas en demanda de la Cueva de los Murciélagos, mientras que algunos de nuestros compañeros, que por lo visto ya conocían los breñales en que íbamos a engolfarnos, seguían por la rambla arriba, tan campantes y satisfechos como si no hubiese tal cueva en el mundo, y gritándonos desde lejos que nos esperaban «a la salida de las Angosturas». Dominamos al fin, subiendo por el pedregoso lecho de un torrente, la empinada montaña que nos —287→ habíamos empeñado en asaltar, y dimos vista a las Majadas de los Campos, cerca de las cuales hállase la entrada de la famosa Cueva, en el último tercio de la pared de un escarpadísimo monte que forma con otros fronterizos un espantoso despeñadero, o más bien un verdadero tajo. Bájase desde la cima de la cordillera a aquella especie de alta ventana abierta sobre el abismo, por una angosta vereda de cornisa, cuya posición colgada e inclinación sobre el derrumbadero produce vértigo y espanto.- Los que no hayáis andado, cuando niños, por las estrechas repisas exteriores de un campanario, saliéndoos al electo por debajo de una campana, y dado así la vuelta a los cuatro lados de la torre, entre sus repelentes muros y la aterradora soledad del aire, no podéis formaros idea de lo que es bajar (a pie, por supuesto) por donde nosotros bajamos aquel día. Y todo ello ¿para qué? -¡Para nada! Para ver más de cerca la tenebrosa boca de la gruta, y para percibir el fortísimo olor a nitro que salía de aquella cavidad, tan negra y pavorosa como el infierno. Porque lo más singular del caso es que nosotros no íbamos provistos de ninguno de los útiles necesarios para penetrar convenientemente en la Cueva, -como son linternas, planos, bastones, medicinas contra la asfixia, testamento, etc., etc. ¡Ni era menester! Según nuestras noticias, no se trataba de una gruta bella y fantástica por sí propia, como las que ya habíamos visto en el Monasterio de Piedra de Aragón, en la Isla de Capri y en otros varios puntos; ni tampoco existían ya dentro —288→ de aquella caverna los curiosos objetos que le han dado celebridad.- Y lo que es como peregrinación, ¡me parece que bastaba y sobraba con haber llegado hasta su misma puerta, a riesgo de no poder contarlo! No entrarnos, pues, en la Cueva de los Murciélagos (llamada así tradicionalmente por los muchísimos que en ella habitan, y cuyo guano la alfombra, dicen, de un extremo a otro (-¡uff!)... No; no nos atrevimos a entrar; y, como no nos atrevimos, lo declaro así con franqueza.- Proceder de otro modo fuera estafar al público y abusar de la confianza de los lectores. Sin embargo, creo interesante, y hasta necesario, poneros aquí al corriente de todo lo que significa aquella cueva. * Su verdadera fama data del año de 1868, en que mi amigo D. Manuel de Góngora y Martínez, Catedrático de la Universidad de Granada, publicó su notable libro titulado Antigüedades prehistóricas de Andalucía.- Hasta entonces sólo había sido famosa dentro de la Alpujarra, si bien hacía ya algún tiempo que hablaban mucho de ella los anticuarios de la provincia, y tal cual otro de Madrid. Lámina VIII ...y aquellos honrados labradores volverían a la otra mañana a sus acostumbradas faenas. Según el citado libro, en el año de 1831, un tal Juan Martín, propietario de las próximas Majadas de Campos, logró penetrar el primero en la Cueva de los Murciélagos, a fuerza de arrojo y de paciencia, y avanzando por las hendiduras y filetes de la —289→ roca. Una vez dentro, vio que formaba un recinto semicircular; que varios peñascos obstruían el paso a otro boquete interior, y que el suelo estaba cubierto con espesa capa de guano, acumulado allí por los murciélagos durante muchos siglos. Juan Martín aprovechó para sus tierras aquel fecundo abono; y, como viniesen poco a poco a ensanchar la senda que al antro conducía las continuas visitas de amigos y conocidos, llegó éste a servir para encerrar ganados. «En este tiempo (continúa el Sr. Góngora) se hubo de encontrar en la Cueva alguna muestra de mineral plomizo, cuya abundancia y riqueza se fantaseó a gusto del deseo, en alas de la afición que tienen aquellos naturales a exploraciones mineras; lo cual bastó y sobró para que en el año de 1857 se formase una compañía, al intento de beneficiar la Cueva, como depósito de minerales. »Diose principio a las exploraciones despejando la entrada interior de los peñascos que la obstruían; cuando de repente se ofreció a la vista de los mineros un anchurón, y antes de llegar a él, en una corta mina y en un sitio especial y como privilegiado, tres esqueletos, uno de los cuales, de hombre seguramente, ceñía ruda diadema de oro puro de veinte y cuatro quilates y peso de veinte y cinco adarmes, cuyo valor intrínseco es el de sesenta escudos». Sigue luego el Sr. Góngora refiriéndose a los magníficos planos y láminas que acompañan a su obra, por lo que tengo que tomarme el trabajo de extractar su interesantísimo relato.- Resulta de él —290→ que la caverna consta de varias estancias o anchurones sucesivos, puesto que aquella vasta concavidad se reduce o se agranda en irregulares formas con la libertad propia de las construcciones naturales; que todos estos antros suman una longitud de ciento treinta metros por veinte de anchura máxima, y que en unos u otros se han hecho los descubrimientos siguientes: Otros tres esqueletos, puesto el cráneo de uno de ellos entre dos peñones y al lado un gorro de esparto, y doce cadáveres más, colocados en semicírculo, alrededor de un esqueleto de mujer, admirablemente conservado, vestido con túnica de piel, abierta por el costado izquierdo y sujeta por medio de correas enlazadas, mostrando collar de esparto, de cuyos anillos pendían sendas caracolas de mar, excepto el anillo del centro, que ostentaba un colmillo de jabalí labrado por un extremo. «El precitado esqueleto de la diadema (dijeron al Sr. Góngora) vestía corta túnica de tela finísima de esparto; asimismo los otros, aunque algo más toscas; sendos gorros de la propia materia, cuáles doblado su cono, cuáles de forma semiesférica; y el calzado, también de esparto, alguno primorosamente labrado. »Había junto a los esqueletos cuchillos de esquisto; instrumentos y hachas de piedra; cuchillos y flechas con puntas de pedernal pegados a toscos palos con betún fortísimo, hasta el punto de romperse antes el asta que el betún; muy bastas, pero cortantes armas de guijarro y otras guardadas en bolsas de esparto; vasijas de barro, como el que se —291→ encuentra en otras sepulturas del Reino granadino...; un gran pedazo de piel extremadamente gruesa; cuchillos y punzones de hueso y cucharas de madera, trabajadas a piedra y fuego, con el cazo ancho y prolongado y el mango sobremanera corto y con agujero para llevarlas colgadas. »En diferentes parajes de la cueva... encontraron los exploradores sobre cincuenta cadáveres, todos con sus calzados y trajes de esparto, a estilo de las cotas de malla, sendas armas de piedra y hueso como las ya descritas, y un alisador de piedra... »Cerca de sí tenía cada cual de los esqueletos tal y tal... (aquí se hace referencia a una lámina de la obra) un cesto o bolsa de esparto, cuyo tamaño variaba de seis a quince pulgadas, dos llenos de cierta como arenosa tierra negra, que tal vez fueran alimentos carbonizados por la acción del tiempo, y otros varios cestillos o bolsitas con mechones de cabellos, o flores, o gran cantidad de adormideras y conchas univalvas». Repito que todo lo preinserto se lo contaron al Sr. Góngora, el cual dedujo que «la sequedad del lugar, el nitro de que estaban revestidas las paredes u otro agente difícil de señalar había conservado perfectamente los cadáveres, trajes y utensilios», y les calculó desde luego más de cuatro mil años de antigüedad, advirtiendo de paso que los esqueletos estaban cubiertos de carne momia, y las vestiduras y cestos conservaban sus primitivos colores. Refiramos ahora en breves palabras, no ya lo que le contaron a mi excelente amigo, sino lo que —292→ él mismo vio con sus propios ojos en la visita que hizo a la Cueva en Marzo de 1867. Halló en primer lugar que la empresa minera, desesperanzada de hallar plata y oro, se había contentado humildemente con beneficiar el nitro que tanto abunda allí dentro: halló también a la puerta de la gruta (donde oportunamente se había formado a fuerza de barrenos una plazoletilla) los pilones en que se elaboró esta sal, y, cerca de ellos, el depósito del agua y una caldera; y halló, en fin, que en todos estos puntos se veía una espesa capa formada por los residuos de los trajes y por las cenizas de los esqueletos que los mineros habían machacado para obtener la mayor cantidad posible de nitro. Con el entusiasmo, la laboriosidad y la inteligencia que distinguen al Sr. Góngora, armose de brújula y cinta de medir, penetró en la gruta, sacó el plano de todas sus cavidades, y hasta tuvo la fortuna de encontrar algún resto más o menos conservado de huesos, de trajes y utensilios de esparto y de vasijas de barro cocido, convenciéndose de paso de lo peligroso que era permanecer allí mucho tiempo: -¡A poco más, las emanaciones del nitro asfixian materialmente al voluntarioso anticuario! No contento con lo que recogió y observó entonces, e imposibilitado de detenerse en la Alpujarra, muchos días, envió muy luego a su hijo mayor D. Fernando a hacer excavaciones en lo hondo del despeñadero, en busca de los objetos que los primeros descubridores de la Cueva pudiesen haber arrojado a él; y el joven Góngora, mozo de gran instrucción, talento y valentía, a quien también —293→ tengo el gusto de conocer41, llevó a su padre una gran cantidad de barros antiguos, hechos pedazos, pero sumamente curiosos. Y todo ello confirmó a éste en la idea de que la Cueva de los Murciélagos había sido el enterramiento de una raza primitiva, prehistórica, que habría cruzado por la Alpujarra Dios sabe cuándo; o una morada de los aborígenes de aquella tierra; tribus trogloditas, que, por lo que él calcula, ignoraban hasta el cultivo de los campos... Es decir, ¡que, según el Sr. Góngora, los objetos apuntados tendrían sobre cuarenta siglos de fecha! * No era mucho, ciertamente, para tratarse de pueblos prehistóricos: los indios y los chinos giran contra el pasado con más denuedo... Pero yo, -pobre poeta que, cuando ignoro una cosa, podré no ser muy crédulo, pero tampoco soy muy rebelde, sino dulcemente escéptico, ecléctico e indeciso, al par que muy respetuoso hacia los que están seguros de algo bajo el sol; -yo, digo, sin meterme a examinar ninguna cuestión de hecho, hubiera preferido que la cerámica, la indumentaria y los demás ramos de la Geología de la Historia, (frase que acabo de inventar), me hubiesen dejado campo para suponer que los cadáveres de la Cueva de los Murciélagos eran de moriscos o de judíos que se refugiaron allí cuando —294→ los expulsaron los cristianos, o de cristianos perseguidos por los Monfíes. Esto nos habría servido mucho para el drama romántico relativo a ABEN-HUMEYA que íbamos entretejiendo con nuestras excursiones por la Alpujarra; mientras que aquellas razas anteriores a la Historia, aquellas gentes inmemoriales, aquellos hombres de la Edad de piedra, no nos interesaban de manera alguna.- ¿Qué teníamos nosotros que ver con ellos? Pero reparo que estoy plagiándome a mí mismo; pues ya hace muchos años que, refiriéndome a unas momias egipcias (¡y cuenta que aquello era ya menos extraño a mi imaginación y al mundo de mis ilusiones!), expuse esta misma teoría. «Cuando los testimonios del tiempo pasado -dije entonces42 -se refieren solamente a tres, a doce, hasta a veinte siglos, producen en el alma poéticas vibraciones; pero cuando se extienden más allá de la historia de nuestra raza; cuando nos hablan de civilizaciones anteriores a la nuestra; cuándo nos revelan un mundo completamente extraño a nuestra genealogía histórica, lo que despiertan en el espíritu es una glacial filosofía, una ráfaga de muerte, que aniquila y barre todas las imágenes que son vida de la vida y sustancia de la imaginación.- Un sepulcro de la Edad Media, por ejemplo, se contempla por todo latino con amor, con devoción, con reverente melancolía... Diríase que a él nos une un sentimiento filial y religioso... Pero las —295→ ruinas de Palmira, una sepultura pelasga, un jeroglífico de Tebas, nos inspiran graves y áridos pensamientos y una indiferencia estoica muy semejante a la misantropía». Por consiguiente, transeamus. Las
Angosturas de Albuñol.- La costumbre
de vivir.- Lontananzas, perspectivas, panoramas alpujarreños.- La
Encina Visa Desde la escarpada cumbre a que habíamos subido para buscar la entrada de la Cueva de los Murciélagos, nos hubiera sido fácil (posible he querido decir: en la Alpujarra no hay camino fácil)... enderezar nuestros pasos hacia la Encina Visa, sin necesidad de volver pies atrás; pero nosotros preferimos hacer esto último con tal de recorrer de un extremo a otro las Angosturas de Albuñol, de que tanto nos habían hablado, y a fin también de reincorporarnos a aquellos de nuestros amigos que, más sabios que nosotros, se habían excusado de acompañarnos a la dichosa gruta. Tornamos, pues, a bajar a la Rambla de Aldáyar, y pusimos la proa en la misma dirección que éstos siguieron dos horas antes. No nos pesó ciertamente el haber dado este segundo rodeo. Al contrario, quedamos tan enamorados de lo que en las Angosturas vimos, que, por lo que a mí toca, no fue aquélla la última, ni la penúltima, —296→ ni la antepenúltima vez que crucé, ora acompañado, ora solo, ora con buen tiempo, ora con malo, por tan maravilloso paraje. Quisiera yo que os lo figuraseis tal cual es, y voy a ver si excogito alguna comparación tan adecuada y gráfica que os lo ponga materialmente ante los ojos...- Figuraos... un túnel sin techo, o sea un angosto y profundísimo desmonte de desmesuradas y paralelas paredes, tajado verticalmente por los siglos con el hacha de las aguas desde la cumbre hasta la base de una altísima cordillera. Allá arriba (hacia donde alzáis recelosamente la vista, como desde lo hondo de un pozo, para persuadiros de que aún sigue existiendo el mundo) los hendidos peñascos o las partidas mesetas parece que sirven de sostén al velarium azul del radiante firmamento; mientras que abajo, en el piso del hondo callejón que recorréis, reinan una semioscuridad fantástica; un ambiente fresco y sosegado en que no respiráis la vida de la tierra, sino una paz, una soledad y un silencio que recuerdan los patios árabes o los claustros de las cartujas; algo, en fin, de subterráneo y delicioso a un tiempo mismo, como en los palacios encantados a que se baja por una escalera de caracol... en los cuentos de la niñez. Aquel inesperado pasadizo, que se diría abierto por el tránsito de la estatua del Comendador, y cuyos rectos muros miden cuatrocientos cincuenta pies de altura, tiene unas seis varas de ancho y más de un cuarto de legua de longitud.- El ingeniero a quien se debe semejante obra se llama la Rambla —297→ de la Alcaicería. Los siglos que ha empleado para hacerla no se pueden calcular.- ¡Aquello sí que es prehistórico! La Rambla de la Alcaicería, antes de llegar a las Angosturas, recibe el poderoso refuerzo de la Rambla de los Puñaleros, y, al salir de ellas, va a fenecer, como un atleta fatigado, en la anchurosa Rambla de Aldáyar.- Caminábamos, pues, nosotros contra la corriente de unas aguas tan pujantes que habían abierto brecha en un muro de mil trescientos metros de espesor!... Sin embargo, no arrostrábamos ningún peligro en aquel momento. La Rambla de la Alcaicería estaba a la sazón completamente seca, del propio modo que la de Aldáyar y otras circunvecinas.- En cambio, así que llueve en la Contraviesa, cada una de ellas es una catarata que arrolla cuanto encuentra en su camino. Hínchense entonces las Angosturas hasta una elevación enorme, como un canal cuyas exclusas se hubiesen alzado...; pero, pasada la avenida, aquella calle vuelve a quedarse enteramente enjuta, y alfombrada de una finísima arena... Semejante fenómeno debe de consistir, a mi juicio, en la excesiva pendiente de todo el territorio alpujarreño (bien que esta inclinación se advierta poco en aquel sitio), y en la calidad caliza y cavernosa de las peñas que encajonan allí la Rambla de la Alcaicería; como también se me ocurre que la formación de la Cueva de los Murciélagos puede datar del tiempo en que esta rambla trabajaba por aquellas alturas, época en la cual habría probablemente un lago entre el Cerrajón de Murtas y la —298→ Contraviesa...- Y si me equivoco en estas suposiciones, y los geólogos me excomulgan, bien empleado me estará, por haberme metido a hablar de lo que no sé. Ahora: lo que sí sé, pues salta a la vista, es que, durante la apertura de aquel hondo camino, los aluviones encargados de tan lenta operación fueron rellenando de tierra vegetal (y de un fango cuyo aspecto me recordó el tuff o toba volcánica de Nápoles) todas las anfractuosidades de las rocas; de cuyas resultas (¡y aquí ya estoy en mi terreno!) causa asombro y maravilla ver salir a lo mejor, de aquellas lisas y áridas paredes, bien a una altura intermedia, bien a una extraordinaria altura, como de los balcones llenos de macetas de una verdadera calle, tal o cual inopinada y brusca masa de vegetación; ora opulentos recamados de verdes hierbas, ora elegantísimos lirios silvestres, ora adelfas en flor, ora grandes higueras...- que primero crecen en sentido horizontal, y luego retuercen sus ramas para mirar devotamente al cielo... Todo lo cual acontece dentro de la misma caja de las Angosturas, o, como si dijéramos, en el subsuelo de la montaña, en aquel escondrijo de encantamientos, en aquel edén troglodita; |